* Magnificencia de un ritual al que asistió gente bien
Aurelio Peláez * Una larga alfombra roja condujo a Juan Navarro Castellanos, desde ayer obispo auxiliar de Acapulco, a la plataforma desde donde en asamblea litúrgica se le ordenaría en su nuevo cargo. Unos 2 mil católicos presenciaron el rito, entre ellos, feligreses y una camarilla eclesiástica que le acompañó desde Jalisco. En concreto, desde San Juan de los Lagos, de donde era vicario parroquial de la rica y poderosa iglesia.
Oriundos de Jalisco son ahora el arzobispo, Felipe Aguirre Franco, y el nuevo obispo auxiliar. El Grupo Jalisco también es uno de los que parten el pastel a la hora de decidir cargos y ascensos dentro de la Iglesia católica mexicana.
Alguna vez, refiere Ignacio Retes, en su libro Nostalgia de la Tribu, hubo una ruta religiosa-militar entre Guerrero y aquél estado de occidente durante la Guerra Cristera. La Iglesia católica es otra y desde el periodo de gobierno de Carlos Salinas, con la reforma al artículo 130 que actualiza la relación de la Iglesia con el Estado, el ejercicio de la liturgia es cada vez más abierto.
Ayer la ordenación de Juan Navarro fue al aire libre, aunque dentro del recinto del templo de Cristo Rey. Pero fue una ordenación como no la hubo hace tres años, cuando Felipe Aguirre Franco llegó a sustituir a Rafael Bello Ruiz, quien hace 30 años fue ordenado como arzobispo y tampoco llegó a su encargo en un ritual con la magnificencia de la que se invistió ayer, presidido por el Nuncio Giuseppe Bertello.
El sol aún quemaba y de la plancha de cemento se elevan vapores calientes, como preámbulo al inicio del ritual de ordenación. Señoras y damas de edad, gente bien, son los asistentes. Nada de clase popular. De las escuelas, alumnas de La Salle; también monjas, integrantes de diferentes congregaciones religiosas. Un coro de música de unos 200 jóvenes a un extremo de la plancha. Enfrente, dos plataformas con sillas que esperan a unos 150 sacerdotes (los curas, pues), que asisten a participar en la ordenación. Detrás, al fondo, una amplia pantalla en donde apenas se percibieron imágenes, porque el acto se realizó, en su mayoría, aún a la luz del día.
La liturgia de ordenación se abre a los laicos, a la grey religiosa. Antes de la asamblea, Bertello devela la primera piedra de la futura y renovada iglesia de Cristo Rey (una placa de mármol con su nombre, el de Aguirre Franco y el de Sánchez Castellanos); una escultura del Papa hecha en arena y en donde alguien tropezó y le botó un pedazo en la base, y el timbre postal conmemorativo por los 25 años de papado de Juan Pablo II que se vendía a 12 pesos.
Luego, el paso de nuevo por el pasillo de la iglesia para salir al atrio, en donde le esperaban los asistentes a la ordenación: cantos religiosos les acompañan en el lento caminar. Entre los pocos políticos asistentes, está la secretaria de Turismo, Guadalupe Gómez Maganda, quien asiste con su madre. La funcionaria se hincó cuantas veces se pidió en el ritual. A su lado, el síndico Fernando Donoso Pérez, y tras ellos, el ex candidato del PRI a la diputación federal por el distrito 10, Jorge Ochoa Jiménez.
Al principio el vicario de la diócesos, Blandino Bárcenas, leyó la bula papal en donde se acepta la petición de Aguirre Franco para que a la Diócesis de Acapulco se le designara un obispo auxiliar. Entre las bocinas de un ala del equipo de sonido, sale bajito el sonido de un noticiero radiofónico del DF: “es el de Pepe Cárdenas”, dice un reportero.
Aparece en el estrado el obispo emérito de Acapulco, Rafael Bello Ruiz, quien dice a Juan Navarro que el de la diócesis de Acapulco “es un pueblo sencillo, devoto, humilde y leal”. La asamblea sigue con el consabido acto de penitencia: “Yo confieso que he pecado mucho, de pensamiento, acción, omisión… por mi culpa, por mi culpa…”, sigue la letanía, a la que envuelve el humo y el olor del copal.
Juan Sánchez escucha la misa, aún con el solideo en la cabeza; en una hora recibiría, como parte de la misma liturgia, la biblia, el anillo, la mitra y el báculo que le investirían como obispo de Acapulco. Antes, el arzobispo emérito de Acapulco, Rafael Bello Ruiz, le diría que en esta arquidiócesis “vive un pueblo sencillo, devoto y leal”.
Fuerte fue la homilía del arzobispo de San Juan de los Lagos, Javier Navarro Rodríguez.
“Han aparecido signos que provocan descomposición en nuestra sociedad en general, a la vida política, como todas las demás actividades humanas, debe ser confrontada con los valores del evangelio, y esta es una tarea que compete especialmente a los pastores de la Iglesia. No hacerlo, por temor a la crítica, por las malas interpretaciones, por la aparente, momentánea impopularidad, sería una grave omisión que reportaría graves consecuencias para la Iglesia que predomina en México. Hay de nosotros si no envangelizamos”.
En la parte de los regalos, tras la imposoción de manos y la entronización del nuevo obispo, vinieron los regalos de la feligresía de San Juan de los Lagos y de las 12 regiones de Acapulco: abre una botella coñaquera; una canasta de esferas, varias canastas de frutas; otra de panes; un cuadro de la Virgen de Guadalupe, un cuadro collage con dos remos pegados. y una lancha de madera de dos metros repleta de frutas y que a duras penas cargan una docena de voluntarios.
Siguen los cánticos. Alguien extraña los mariachis de Tlaquepaque.
