¿Podrán joder a Samuel García?

De aquí al 2 de diciembre se despejará la última incógnita que aún persiste en la campaña presidencial de 2024. Para esa fecha Samuel García habrá, en efecto, abandonado la gubernatura de Nuevo León para ser candidato presidencial de Movimiento Ciudadano o, por una serie de razones propias de Nuevo León, habrá desistido de seguir ese camino. Aunque ya está en campaña, ya tiene spots, ya va a eventos y ya figura en algunas encuestas, como se dice ahora tan comúnmente, no me queda claro que ese arroz ya se haya cocido.
El tema del relevo de García como gobernador, y su regreso a la gubernatura a partir del 2 de junio, es decir, cuando haya perdido la elección (nadie en su sano juicio puede creer que vaya a ganar) sigue pendiente. Hay una serie de litigios jurídicos, involucrando hasta a la Suprema Corte, y también una serie de versiones o rumores que circulan sobre un posible desenlace de todo el enredo. No es de menor importancia.
García quiere dejar a un incondicional suyo en el Palacio de Gobierno de Nuevo León por dos razones muy evidentes, y perfectamente sensatas. En primer lugar, no quiere que lo pasen a la báscula durante los meses que él no esté en Monterrey, y que no nombren a un equipo de gobierno antagónico a sus intereses que podría encontrar diversos indicios de conductas indebidas durante los dos años que lleva de gobernador. La segunda razón es que lógicamente desea volver a la gubernatura cuando concluya su labor como rival de Xóchitl Gálvez –obviamente no de Claudia Sheinbaum. Ambos temas se han complicado y no es evidente qué vaya a suceder.
Supongo –porque es absolutamente evidente– que los principales dirigentes de lo que se llamaba el Frente Amplio, o como se llame ahora, y de la campaña de Xóchitl Gálvez, están ya operando en Monterrey para que los legisladores estatales del PRI y del PAN no lleguen a un acuerdo local, venal e inconfesable con García, para permitirle que sea candidato en condiciones favorables. Me imagino que están todos ya atrincherados en Monterrey, y ahí seguirán hasta el 2 de diciembre, para impedir que los diputados locales, que no tienen precisamente fama de ser gente muy decente, no vayan a negociar con García un arreglo que le facilite hacer campaña con las espaldas cubiertas en Nuevo León por un interino a modo, y que luego regrese a la gubernatura, todo eso a cambio de presupuesto y quizás otros nombramientos pendientes en el estado, como el de la Fiscalía. Supongo que están siguiendo la pauta de Luis Donaldo Colosio, congruente y noble a la vez.
Desde luego que en un país normal y en un momento normal, una negociación local a partir de intereses locales permitiría salir del atolladero en que se encuentra la gobernabilidad en Nuevo León. Pero este no es un país normal, y tampoco vivimos un momento normal. Espero que las versiones aberrantes que han circulado sobre la posible designación de Mauricio Fernández como gobernador interino sean falsas. Asimismo quiero suponer que habría manera de impedir en la Cámara de Diputados en México el recurso a la llamada desaparición de poderes en Nuevo León, para que fuera el Congreso de la Unión, y en particular la Cámara de Diputados, quien designara al interino.
No es necesariamente un asunto de vida o muerte que Samuel García no pueda ser candidato, y que le robe puntos a Xóchitl. Para empezar, la mayoría de las encuestas actuales, con todo y sus enormes defectos y misterios de financiamiento y patrocinio, no le dan demasiados votos al hipotético candidato de Samuel García. Además, aún no se sabe si le quita votos a Xóchitl o a Claudia Sheinbaum. Creo que la consecuencia objetiva de su candidatura, y la intención evidente de la misma consiste, en efecto, en restarle votos a la candidata de oposición. Pero eso puede suceder o no.
No creo en el cinismo de Dante Delgado en el sentido de que a cambio de grandes sumas de recursos procedentes de la Presidencia de la República haya lanzado a García sólo para sabo-tear la candidatura de Gálvez. Sin embargo, sí creo que Dante está abordando el tema de qué hacer en el 2024 de una manera enteramente transaccional. Busca el mayor número de senadores y de gobernadores posible, así como un porcentaje que le permita obtener mayores prerrogativas a partir del año que entra. No estoy convencido de que esta apuesta sea tan sensata como mucha gente lo piensa, es decir, que Dante pueda conseguir más diputados y senadores así que los que el Frente Amplio le llegó a ofrecer hace ya muchos meses.
Pero, en todo caso, la tarea del Frente, independientemente de las intenciones de Movimiento Ciudadano, consiste en hacerle la vida imposible a Samuel García en Nuevo León de aquí hasta el 2 de junio. Imposible en todos los sentidos de la palabra: investigaciones, ataques, denuncias, en fin, todo lo que distrae y debilita a una campaña, si se da, y todo lo que la impida, si se puede. Todos los estrategas y operadores del Frente, obviamente, están abocados a esto, ya que definieron la mayoría de sus propias candidaturas a la Cámara de Diputados, al Senado y a las gubernaturas.

Milei y México

La victoria de Javier Milei en las elecciones presidenciales de Argentina ha suscitado diversas reacciones en la región, en Estados Unidos y en Europa. Podríamos resumir el sentido de esas reacciones de una manera sencilla: cada quien responde según le fue en la feria. La derecha latinoamericana, norteamericana y europea, está extática; la izquierda, enlutada. Donald Trump, el PP y Vox en España, Orbán y Marine Le Pen en Hungría y en Francia, y toda la derecha latinoamericana que apoyaron a Milei de diversas formas –desplegados, cartas, declaraciones, entrevistas– se congratulan del triunfo de uno de los suyos. La izquierda, por su parte, lamenta una derrota inesperada. Gustavo Petro, de Colombia, afirma que fue un día triste para América Latina; Lula declara que no irá a la toma de posesión de Milei; López Obrador describe la elección del ultraderechista argentino como un autogol; y ya ni hablemos de los tres dictadores: Díaz Canel, Maduro y Ortega.
Este alineamiento ya se había comprobado antes de la elección. Una gran cantidad de personajes de la llamada izquierda continental y europea firmaron una carta, junto con un par de Premios Nobel, en apoyo a Sergio Massa; un buen número de ex presidentes latinoamericanos identificados de derecha o de centro-derecha apoyaron a Milei. Sólo los latinoamericanos y españoles más sensatos –y diría yo más exitosos y reconocidos internacionalmente– prefirieron no tomar partido. Ni Ricardo Lagos, ni Juan Manuel Santos –Premio Nobel de la Paz- ni Óscar Arias –Premio Nobel de la Paz– ni Felipe González, se manifestaron en un sentido o en otro, por lo menos no colectiva y públicamente. Al final del día cada quien se posiciona sobre la elección en Argentina en función de su propia postura política, ideológica, y de la raja que quiere sacarle al desenlace electoral del país cono sureño.
El dilema que plantea el resultado argentino no es sencillo. Para muchos, incluyéndome a mí, el peronismo, a pesar de sus profundas raíces populares y del evidente arraigo que conserva en el seno de la sociedad argentina, le ha hecho más daño que beneficio a ese país, a lo largo de ya casi setenta años. Al mismo tiempo, Milei no sólo parece ser un loco desquiciado en su comportamiento personal –sus perros, su peinado, su motosierra, sus comunicaciones con el ultramundo– sino por sus posturas económicas, sociales y culturales. Me podría hasta cierto punto resignar a un hecho evidente, a saber, que el ministro de Economía de un gobierno responsable de una inflación de 140 por ciento anualizada no puede ganar una elección. Sin embargo, tampoco puedo entusiasmarme por la victoria de un ultraderechista, por lo menos en sus intenciones. Pero existen razones adicionales para no asociarse con Milei, para cualquiera que desee mantener una posición equilibrada en el espectro político de su país, incluyendo desde luego a México.
Milei va a fracasar rotundamente en su proyecto de gobierno. No sólo por ser inexperto y estar rodeado de inexpertos; no sólo por carecer de mayoría en ambas Cámaras del Congreso argentino; no sólo por el carácter delirante de muchas de sus propuestas. Sino sobre todo porque las circunstancias internas y externas simplemente no permiten el tipo de “terapia de shock” que él se ha propuesto. Con un par de excepciones en un par de países latinoamericanos –Bolivia a finales de los años 80, bajo la conducción de Jeffrey Sachs, y quizás algún país del post socialismo de Europa Oriental– estas terapias han fracasado. La razón para no asociarse con Milei no es sólo su carácter extremista, reprobable, y por los que lo acompañan en el mundo –Trump, Bolsonaro, Abascal, Orbán, hasta Erdogán– sino por el inevitable fracaso al que se dirige.
Estoy dispuesto a creer que la reacción inicial de Xóchitl Gálvez al triunfo de Milei provino de un error de su equipo de redes, y no suyo ni de su equipo internacional. Extiendo el beneficio de la duda a los integrantes de este último, en el sentido de que sólo propusieron una felicitación al pueblo argentino, y en su caso a Milei, sin asignarle ningún significado y ninguna analogía con la situación en México. Entiendo también el apoyo de Fox y Calderón; si Milei se derrumba, su error carece de consecuencias. Pero tengo la sospecha de que no se trata de un tropiezo sino de una tendencia. Ya en dos ocasiones anteriores Xóchitl Gálvez se ha alineado con la derecha y extrema derecha latinoamericana. Su corrección posterior es incorrecta: felicitó a la democracia argentina por una alta participación electoral –nada nuevo en un país donde el voto es obligatorio desde hace décadas– o por el reconocimiento del triunfo por parte del candidato derrotado –ha sucedido en todas las elecciones argentinas desde el retorno a la democracia de 1983– no revela una plena conciencia del error cometido.
El sesgo contrario a los salientes en 18 de 19 elecciones presidenciales durante los últimos cinco años en América Latina no significa per se que esto vaya a suceder en México. Ojalá así fuera. Nada me daría más gusto que López Obrador y Morena se sumaran a la lista de gobiernos y líderes en funciones que pierden su reelección o su continuidad. Y nada me daría más gusto que eso fuera gracias a Xóchitl. Pero no es con este tipo de error o de confusión que se llegará a ese bienaventurado puerto.

 

La terna del Amloato

 

 

A pesar de las señales cada vez más evidentes, abundan los analistas, incluso feroces críticos de la 4T, que sostienen que aún en el caso en que Claudia Sheinbaum resultara electa, López Obrador dejará de mandar, lo cual obviamente sucedería si ganara Xóchitl Gálvez el año entrante. Sin embargo, creo que la tesis según la cual AMLO va a seguir gobernando hasta que la salud le dé, cada vez cuenta con más elementos que la confirman.
Ya habíamos comentado aquí hace un par de días que la decisión de Arturo Zaldívar de renunciar a la Suprema Corte y, por tanto, de entregarle a López Obrador la posibilidad de nombrar a su sucesor, en lugar de que fueran Sheinbaum o Xóchitl quienes lo hicieran, era una señal muy clara de la ambición del presidente de seguir mandando. Pero si alguien pudiera haber albergado alguna duda al respecto, la terna que envió al Senado la disipa. Las tres candidatas son absolutamente incondicionales suyas, tanto familiar como política e ideológicamente hablando. La hermana de la secretaria de Gobernación lo es por partida doble: por hermana y por hija de Bertha Luján, compañera de lucha y de camino de López Obrador desde años atrás. Lenia Batres lo es por la vía de su hermano Martí, el del audio contra Harfuch cuya autenticidad fue corroborada por algunas instituciones bancarias en México que cuentan con dispositivos altamente tecnificados para comparar voces y detectar inteligencia artificial. Ambos, Martí y Lenia, vienen de lejos en las filas de la izquierda más radical y más “dura”. En cuanto a la consejera jurídica de López Obrador, por algo la escogió justamente como consejera, en sustitución de Julio Scherer, que también era sumamente leal a López Obrador, pero no era hechura suya ni mucho menos.
Como se sabe, el Senado puede rechazar la terna, pero al final del camino tortuoso que se adoptó en 1994 para designar a los ministros de la Corte, el presidente –AMLO o cualquiera– termina pudiendo imponer a quien quiera. Se podrá discutir si la consejera jurídica es elegible o no, pero si ella no es “la buena”, o resulta inelegible, las otras dos pasan la prueba del añejo de la pureza ideológica.
Aquí no corre López Obrador el riesgo de equivocarse, como él mismo lo ha confesado: con Margarita Ríos Farjat y con Juan Luis González Alcántara Carrancá. Pero nadie puede extrañarse de este descaro lopezobradorista: está haciendo lo que dice, y diciendo lo que hace. Lo que está en juego es nada menos que la independencia del Poder Judicial. Por eso, la directora de la División de las Américas de Human Rights Watch de inmediato sacó un comunicado advirtiendo de los riesgos que entraña esta terna y sus consecuencias: “Nos preocupa la terna de candidatas presentada hoy para la Suprema Corte. Tres de ellas son funcionarias del gobierno de AMLO. Dos son la hermana de un integrante cercano del presidente. Este tipo de nombramientos perjudica la independencia judicial.”
¿Que se va a ir a su casa López Obrador y dejar en paz a su sucesora designada, en caso de que gane la elección? Cada vez veo más lejana esta posibilidad. La única manera de evitar que eso suceda es que Claudia Sheinbaum no gane la elección. Afortunadamente, todavía existen condiciones para que, en efecto, eso no suceda. Pero no indefinidamente.

¿Qué hará Dante y qué harán sus amigos?

Sucedió lo que tenía que suceder. En un proceso diseñado para que ganara Sheinbaum, ganó Sheinbaum. Los demás le alzaron la mano, salvo Ebrard, que como claramente lo dibujó Paco Calderón, recurrió al clásico camachazo. Pataleó, criticó el proceso que él mismo contribuyó a armar, y veremos de aquí al lunes si pasa algo más.
Mientras, todo lo que dijo Ebrard sobre las irregularidades y excesos de la interna morenista se carga a la cuenta de la candidata morenista, y el Frente sabrá si lo utiliza, o prefiere no evocar recuerdos de su propio proceso. La comentocracia, por su parte, decidirá si le aplica el mismo rigor y se rasga las mismas vestiduras a propósito de Morena que del Frente, o si le perdona a López Obrador sus pecados en vista de que todo el mundo conocía de antemano el desenlace.
Lo interesante que permanece pendiente reside no tanto en lo que resuelva Ebrard, sino en lo que decida Dante Delgado. Partamos de lo evidente. La posible candidatura de Ebrard por MC, al igual que su desafortunado intento de conquistar la de Morena, no sería competitiva, sólo testimonial. Se entiende que a López Obrador le pueda convenir. Como él mismo afirmó, Ebrard y MC probablemente le restarían más votos al Frente que a Morena. Así sería, sobre todo si en la campaña sus ataques se dirigieran más contra el PRI que contra la 4T (como sería lógico). Es un error de principiante andar buscando a Ebrard para el Frente. De ser candidato, concentrará su fuego contra Xóchitl, no contra Sheinbaum.
Asimismo, con la excepción de la pérdida del fuero que obtendría si aceptara la senaduría de Morena, a Ebrard le vendría bien una candidatura de MC. Ciertamente perder el fuero no es poca cosa, vista la cola que le pisan. Pero igual se pasea, se le pasa lo ardido, consigue escaños para sus seguidores y no tiene que respaldar a Sheinbaum.
Menos claro es el interés de Dante y de los cuadros más jóvenes de MC, sobre todo estos últimos. La pregunta es bastante obvia. Realmente Colosio, Basave (h), Salomón Chertorivski, Jorge Álvarez, Juan Zavala y muchos más ¿desean que su abanderado sea Ebrard? ¿El de Santa Fe, el de Camacho, el de Tláhuac, el de la Línea 12, el de los negocios con las pipas y las vacunas, el de los acuerdos ignominiosos con Trump, el de la Secretaría de Estado para el hijo de AMLO, el virtual vicepresidente de la 4T durante cinco años, el leal (y vergonzoso) segundo de AMLO durante casi todo el sexenio?
No comparto los razonamientos de algunos de mis amigos emecesistas de no ir ni a la esquina con el PRI. Pero comprendo su línea de pensamiento: ver más allá del 2024, construir algo nuevo y distinto. ¿Con Ebrard? Hasta tiene sentido el coqueteo de Samuel García con una candidatura presidencial: se da a conocer, se placea, satisface su considerable ego y hace gala de su considerable talento, básicamente a costa de nada (o por lo menos eso cree). ¿También le complacería que Dante lo hiciera a un lado para acomodar al secretario de Gobierno del Distrito Federal de final de los años ochenta, cuanto García apenas nacía? Y los emecesistas de Jalisco, después de lo que han dicho estos días ¿se prestarían al obvio esquirolaje representado por Ebrard e impulsado por Dante?

 

La bola de nieve y la elección de Estado

Ya arrancó la campaña presidencial de la candidata de la oposición, y pasado mañana arrancará la de la candidata del gobierno. Lo primero que debe quedarle claro a todo el mundo es que no se trata de una contienda entre dos figuras simétricas: Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum. Para nada. Henos aquí ante una competencia entre una coalición opositora con una figura que la encabeza, y el Estado.
López Obrador pondrá todos los recursos del Estado mexicano al servicio de la campaña de Sheinbaum. Todos los recursos: fiscales, mediáticos, humanos, logísticos y propagandísticos. No escatimará ningún esfuerzo para lograr la victoria de su delfina. Es importante entonces revisar las dos últimas veces en que de una manera o de otra sucedió lo mismo, aunque a una escala mucho menor, que en 2024.
La primera es la campaña de Fox en los años 1999-2000. Hasta poco antes de la elección, el presidente en funciones –Ernesto Zedillo– puso todos los recursos al servicio del candidato del PRI, Francisco Labastida. Recuerdo perfectamente cómo en una ocasión que fui a pasar un día con Zedillo a San Luis Potosí, regresé a la Ciudad de México en un avión del Estado Mayor Presidencial. Los medios masivos de comunicación estuvieron también totalmente a la disposición del candidato oficial, y lo mismo puede decirse de buena parte de la prensa, de los gobernadores estatales priistas, y de las grandes secretarías de Estado. En el año 2006, el propio Fox, en mucho menor medida –en parte por convicción, en parte por ineficiencia de su gobierno, en parte por desavenencias entre él y Calderón– colocó lo que pudo de recursos estatales, y sobre todo de su propia capacidad proselitista, a favor del candidato de Acción Nacional. Las autoridades electorales determinaron posteriormente que así fue, aunque no en un grado suficiente para alterar el resultado de la elección.
De estas dos experiencias derivan dos lecciones. La primera es que, a pesar de todo ello, se puede ganar: Fox lo hizo y López Obrador casi lo logró, pero en términos estadísticos emparejó la votación. En otras palabras, cuando la gente está buscando algo, o está harta de algo, todo el apoyo estatal se vuelve redundante. Abundan los ejemplos en otros países –Nicaragua en 1990, Chile en 1988– donde la oposición da la sorpresa a pesar de la asimetría o la desigualdad radical entre su fuerza y la del Estado que tiene enfrente.
Pero es importante entender que si bien esto es posible, parte del instrumental necesario para lograrlo radica en la denuncia sistemática de cada abuso. He aquí la segunda lección. Fox y su equipo de campaña alertaban prácticamente todos los días de cada ejemplo de uso y abuso de los recursos estatales por parte de Labastida. También denunciaban la complicidad de los medios de comunicación. Todas estas denuncias, más bien de tipo propagandístico –no existían verdaderos recursos legales– fueron inútiles en el sentido de que no lograban emparejar el terreno disparejo. Pero generaban opinión pública, reticencias en algunos sectores, incluso miedo en otros. La denuncia sistemática es absolutamente indispensable para remontar el desequilibrio de origen.
Es cierto, como mucha gente en el ámbito del Frente Amplio lo sabe bien, que las denuncias y la insistencia en el hecho de que se trata de una elección de Estado puede desanimar a la gente. Afirmar todo el día, todos los días, que la contienda es entre una candidata y el Estado mexicano, puede transmitir una sensación de derrota, resignación e impotencia a los seguidores, simpatizantes y militantes opositores. Por ello es importante sostener siempre los dos discursos: la denuncia de la elección de Estado y la afirmación de que la victoria es factible.
Por lo mismo, es necesario generar un efecto de bola de nieve en la oposición. La consolidación definitiva y exitosa de la candidatura de Xóchitl, con todos los bemoles que se quieran a propósito del proceso de designación, puede echar a andar una dinámica de esta naturaleza. Ya comienza a suceder en Movimiento Ciudadano, primero con el deslinde de Alfaro y su grupo de Jalisco de las posiciones de Dante Delgado, y ahora con un deslinde muy parecido por parte de Agustín Basave y su grupo en Monterrey y Nuevo León. Son síntomas de esa tendencia. El Frente y el equipo de Xóchitl deben dedicarse a trabajar este efecto: para que la bola de nieve se vuelva una avalancha.

 

De las gelatinas al aspiracionismo

Quiero suponer que todo saldrá bien para el Frente. De una manera u otra –prefiero aquella que implica llevar el proceso hasta su culminación el domingo– para el 3 de septiembre habrá candidata competitiva; los demás, todos, le alzarán la mano a Xóchitl y comenzará una nueva etapa en la sucesión presidencial de 2024.
Cuando así sea, el Frente deberá llegar a una serie de acuerdos tan importantes como los que desembocaron en el proceso de designación de su candidata. He mencionado algunos ya en este espacio: por ejemplo, la necesidad de una coordinación específica entre la candidata, los partidos y los grupos de la sociedad civil organizada, separada de la coordinación de la campaña propiamente tal. Dejo a otros la tarea de discutir si los equipos actuales de los partidos y de la candidata se encuentran a la altura de una batalla como la que se avecina, no contra Sheinbaum, sino contra el Estado mexicano en su conjunto. Quisiera centrarme en otros dos temas cruciales.
Parte de la comentocracia señala que la historia personal de Xóchitl ya se agotó como lema de campaña, y que lo repite demasiado. Como sugirió un amigo, a quien le fusilé la consigna que después retomó la prensa internacional: “The messenger is the message”, es un gran mensaje, pero las gelatinas no dan para más, según simpatizantes y malquerientes de la abanderada del Frente.
Creo que la crítica proviene de un hecho innegable, pero engañoso. Los ociosos como yo que no tenemos otra cosa que hacer más que leer los periódicos y seguir las campañas, nos hemos topado con el metate, el techo de lámina y los tamales decenas de veces, y ya nos aburrió. Pero eso no significa que la sociedad en general –el llamado círculo verde– tenga la misma familiaridad con la historia personal de Xóchitl. Más bien, a juzgar por las cifras de reconocimiento de las últimas encuestas, en particular la de Reforma de ayer, los muy bajos niveles de Xóchitl sugieren que casi 60 por ciento de la población ni siquiera sabe de su existencia, mucho menos de su vida. Huelga decir que el sector que no la conoce es justamente aquel al que debe llegar si se quiere competir: los deciles bajos del ingreso, o medios bajos.
El Frente y su candidata deben machacar todo lo que puedan la historia personal de Xóchitl en tele y radio, ahora que se va a poder un poco más que durante los últimos tres meses. De la misma manera que las reglas de facto de completa ausencia de todos los contendientes (Morena y Frente) de la tele abierta impidieron que se moviera la aguja a favor de Ebrard, tampoco permitieron que el mensaje de Xóchitl penetrara en los sectores de menores ingresos del país (no necesariamente en las regiones de menor nivel de vida). Allí se deben concentrar todos los esfuerzos, y seguir vendiendo gelatinas.
El segundo tema abarca la necesidad de construir un puente conceptual entre la historia de vida y las propuestas de gobierno. La primera no basta (es necesaria mas no suficiente), y las segundas obviamente no están listas (espero que algún día lo estén). Xóchitl ha insinuado un tal puente, y me parece que por allí va la cosa.
El único ámbito en el que López Obrador no sintoniza con los sectores populares del país es el aspiracionismo. La encuesta de Nexos de hace unos meses sobre los valores y sueños de los mexicanos demuestra, una vez más, que el mexicano es profundamente aspiracionista. Lo es cuando se va a Estados Unido a trabajar, cuando migra a Monterrey a conseguir empleo, cuando realiza sacrificios impensables para mandar a sus hijos a la escuela y luego a la universidad, cuando deja las varillas desnudas o tapadas con una botella de plástico de Coca Cola en el techo de su casa para construir un segundo piso, que quizás nunca verá la luz del sol. El desprecio de AMLO por el aspiracionismo mexicano no resuena con la gente.
Xóchitl tiene la gran ventaja de poder promover el aspiracionismo que ansía cada mexicano, a través de su propia experiencia. Puede decirles a los sectores más humildes que ella comparte su aspiracionsimo, que lo ha vivido y vuelto realidad, y que sabe cómo compartir su éxito con ellos. ¿Por qué sabe cómo hacerlo? Porque lo hizo. Es la aspiracionista por excelencia. No quiere que todo el mundo venda gelatinas, pero sí quiere que todo el mundo puede dejar de vender gelatinas para estudiar ingeniería, aprender matemáticas, crear una empresa, ser próspera y llegar incluso a la Presidencia de la República. En fin, son algunas ideas que tal vez resulten útiles.

Por fin un acierto en política exterior

 

En un sexenio plagado de errores, tropiezos y ausencias en materia de política exterior, da gusto poder señalar un acierto. Hay que aceptar que ha habido un par de posiciones menos absurdas que otras. La idea de López Obrador de buscar un acuerdo con Estados Unidos en materia migratoria, que abarcara tanto la legalización de los mexicanos allá sin papeles, como los flujos futuros con un número mayor de visas, y que se parece como una gota de agua al planteamiento que se hizo durante el sexenio de Fox con George W. Bush, fue correcto. Los votos de México en el Consejo de Seguridad sobre la invasión rusa de Ucrania también fueron correctos, aunque desde luego también fueron contradichos y neutralizados por las aberraciones de López Obrador en las mañaneras.
Pero el acierto en esta ocasión consiste en otra cosa: en no cometer un error. Me refiero a que México tuvo toda la razón en no solicitar ni insistir en un posible ingreso al grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), cuyos jefes de Estado o de Gobierno se acaban de reunir en Johannesburgo. El grupo de los BRICS es un contrasentido en sí mismo. Incluye a dos dictaduras (China y Rusia), una democracia en plena deriva autoritaria (India), y dos democracias amenazadas (Brasil y Sudáfrica). Pero no tiene ninguna coherencia, salvo la que le dio Jim O’Neill de Goldman Sachs hace veinte años, cuando se refirió a economías emergentes cuya población y actividad crecían a ritmos elevados. En ese mismo momento ya no era tan cierto lo que O’Neill afirmaba: la economía de la India crecía poco, la de Sudáfrica menos; la de Brasil sí, pero muy rápidamente se estancó y entró en recesión; y todavía en ese momento, en efecto, la economía de China crecía a tasas estratosféricas, pero su crecimiento demográfico ya se había detenido.
Hoy, sin embargo, existe una contradicción fundamental dentro de los BRICS, además de la heterogeneidad de sus regímenes políticos. China no es parte del llamado Sur global, de lo cual se jactan los BRICS de ser representantes, ni en el sentido geográfico, ni en el sentido económico. Todo su territorio se encuentra al norte del Ecuador y hasta del Trópico de Cáncer. Sobre todo, no es una economía emergente, no es una economía en desarrollo; tiene el PIB más grande del mundo en PPP, y el segundo en precios corrientes. Es la fábrica del orbe y una potencia militar, tecnológica y financiera sin parangón fuera de Estados Unidos.
Existen muy pocas cosas en común entre la superpotencia china y Sudáfrica, un país que ha vivido agobiado desde Mandela por malos gobernantes, una infraestructura vetusta, una desigualdad abismal y una móndriga expansión económica. Lo único que tienen en común China y la India son el número de sus habitantes y un comercio importante entre ambos, de la misma manera que Brasil sí le vende materias primas a China y nada más. Los BRICS son una construcción imaginaria, primero de un economista de un banco, y ahora de un grupo de demagogos.
Pero, a pesar de ello, varios países buscaron ser invitados a algo que no existe. A menos de que se considere que el banco de los BRICS, con sede en Shanghái y dirigido por Dilma Rousseff –la destituida ex presidenta de Brasil– sea una realidad pertinente. Esos países son: Argentina, Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos, Irán y Arabia Saudita. Afortunadamente, México decidió no buscar ser incluido en este grupo, en buena medida de impresentables ¿Por qué? De nuevo, se trata de cuatro dictaduras (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto e Irán), una democracia tambaleante (Etiopía), y una democracia que vive en una permanente crisis económica (Argentina). La heterogeneidad de los BRICS y su falta de convergencia, salvo en la retórica del nuevo sur global, o del viejo Movimiento No Alineado, o de un nuevo e incipiente G77, es algo a lo que México no debe pertenecer. Qué bueno que no fue el caso.
Un último comentario sobre Argentina. No me extraña que Cristina Fernández de Kirchner –la que manda– y Alberto Fernández –el que ya se va– se sientan muy cómodos en un aparente frente nacionalista, antiimperialista, tercermundista y plagado de dictaduras. Esa es la mentalidad peronista. Pero sí me sorprendería que Patricia Bullrich o Javier Milei –dos de los tres posibles candidatos a suceder a Alberto Fernández a fin de año, sean especialmente partidarios de este club variopinto. Me pregunto si cuando los nuevos invitados ingresen formalmente al grupo inexistente, todavía figure entre ellos una Argentina endeudada hasta el copete y necesitada de todo el apoyo norteamericano para seguir recibiendo dinero del Fondo Monetario Internacional.

¿De quién son los degollados?

La barbarie exhibida en el video de Lagos de Moreno obliga a afirmar una barbaridad innegable. López Obrador tiene razón: la culpa es de Calderón. Lo cual no lo exculpa de mostrar una falta de empatía casi inhumana, ni de burlarse de la tragedia, ni de haber perpetuado la guerra de Calderón. Pero todo empieza con Calderón a finales de 2006, y las consecuencias de esa decisión aberrante no han desaparecido.
Hoy, casi 17 años más tarde, hay más violencia en México, más atrocidades dentro de esa violencia, más drogas (de otro tipo) encaminadas a Estados Unidos, más muertos en Estados Unidos producto de dichas drogas, más extensión de la fuerza y presencia de los cárteles mexicanos a otros países (Ecuador), más corrupción e injerencia del crimen organizado en la arena electoral mexicana, y una peor imagen internacional de México que nunca.
Como se recordará, Calderón declaró su guerra innecesaria, optativa, y motivada principalmente por consideraciones políticas internas en diciembre de 2006. Más de un tercio de la población descreía de su victoria electoral (yo no), y su toma de posesión casi no se produce (se la debió al PRI y a Manlio Fabio Beltrones). Como demostramos Rubén Aguilar y yo desde 2009 en El narco: La guerra fallida, todos los argumentos esgrimidos por Calderón para justificar su guerra eran falsos.
“Para que la droga no llegue a tus hijos”: mentira. México tenía entonces, y sigue teniendo hoy, uno de los índices de consumo y adicción a las drogas más bajos de América Latina, ya sin hablar de Europa o Estados Unidos. A pesar de la bola de trogloditas que han pasado por la Conadic, y de que AMLO suspendió sus encuestas de adicciones, las cifras siguen mínimas y los incrementos son porcentualmente elevados porque se dan a partir de bases muy bajas.
“Para detener una violencia descontrolada”: mentira. Las cabezas tiradas a la pista de baile de un antro en Uruapan a finales de 2006 fueron estrujantes (no más que el video de Lagos), pero la violencia en México se encontraba en sus niveles más bajos de la historia moderna. Fox le entrega a Calderón 8 homicidios dolosos por cien mil habitantes, y todavía durante 2007, bajo el nuevo sexenio, la cifra desciende casi a siete –comparable a Estados Unidos, y a apenas el doble de muchos países europeos. Llegó hasta casi 30 a principios de este sexenio, y se mantiene por arriba de 25, sin contar el incremento de desaparecidos (como los de Lagos) durante este sexenio y que probablemente explique en parte el ligero descenso de homicidios.
“Todo es culpa de las armas gringas”: mentira. La “Assault Weapons Ban” (Prohibición de Venta de Fusiles de Asalto) prescribió en 2004 (Bush, el socio de Calderón en la Iniciativa Mérida, se negó a extenderla), pero la violencia no se desata en México hasta finales de 2007, después de que Calderón, como dijo desde entonces López Obrador, pateó el avispero sin pensar en las implicaciones.
“De no haberlo hecho, el crimen organizado ocuparía amplios espacios del territorio”: mentira. Hoy controla más ciudades, regiones, rutas y plazas que nunca, según los militares norteamericanos, los expertos mexicanos, la prensa nacional e internacional, y el propio gobierno actual, y la oposición (incluyendo al PAN, partido al que perteneció Calderón).
Ni Calderón, ni Peña Nieto, ni López Obrador han logrado reducir la violencia de modo duradero. En cada uno de los sexenios ha tenido lugar un aumento vertiginoso, seguido por un descenso, que se cancela poco después. “Abrazos, no balazos” no es más que una ocurrencia, o una consigna hueca. En el fondo, la guerra contra el narco no ha cesado; pronto cumplirá 17 años, con más de 340 mil muertos, más o menos el triple de los decesos que se hubieran producido si la tendencia de los sexenios de Zedillo y Fox se hubiera mantenido. Lagos de Moreno no es un accidente, o una bestialidad excepcional. Es la conclusión lógica de estos 17 años de plomo. No hay absolutamente nada que reivindicar de la guerra de Calderón, ni siquiera “Todos somos Juárez”, la operación conjunta de García Luna y del Gobierno de Estados Unidos, que se originó en la salvajada de Salvárcar. Nada es nada.

 

Los dos dilemas del PAN y del PRI

Al arrancar la última etapa del hasta ahora afortunado proceso de selección del candidato presidencial del Frente Amplio, tanto el PRI como el PAN enfrentan disyuntivas críticas, y hasta desgarradoras. Se derivan de los datos de la encuesta del Frente, así como de los sondeos de El Financiero y El Universal de anteayer.
El detalle de la encuesta de vivienda del Frente revela que Xóchitl Gálvez y Beatriz Paredes se encuentran en un virtual empate. En dicho detalle de vivienda, con un 53 por ciento de no sabe/no contestó, es decir en el resultado bruto, Xóchitl obtiene 15.3 por ciento y Beatriz 13.8 por ciento, muy dentro del margen de error. La de vivienda contó por 70 por ciento de la ponderación, pero la gran ventaja de Xóchitl en la telefónica compensó y le permitió ganar en el total. Aunque el sesgo de la telefónica es notable: 38 por ciento de quienes respondieron tienen licenciatura. Es otro país.
Hay tres explicaciones de este dato sorprendente. Una, sugerida por la propia Xóchitl, es casi seguramente falsa: la gente tiene miedo de contestar en vivienda debido a los ataques de López Obrador. La segunda se fundamenta en la encuesta de El Universal: Beatriz Paredes tiene un reconocimiento de 54 por ciento, versus 43 por ciento de Xóchitl. Es lógico que en una encuesta de vivienda, que por definición incluye mucha gente de estratos populares, rurales, de educación básica, el reconocimiento sea clave. Esta parece ser la buena explicación. La tercera, no falsa pero menos clara, es que el PRI todavía mantiene arraigo en el campo y sectores populares, y Paredes se benefició de ello. La encuesta final, que vale la mitad de la ponderación para escoger a la ganadora, puede arrojar un resultado inesperado.
El número de firmas que obtuvieron todos los aspirantes también genera especulación. Las de Enrique de la Madrid no son suyas, para entregárselas a nadie, pero entre sus propias y legítimas sugerencias de apoyo a Beatriz, y el hecho de que muchas (casi la mitad) fueron recaudadas por promotores del PRI, se puede pensar que buena parte de sus simpatizantes se irán con Paredes. Entre ambos, superaron el número de firmas de Xóchitl por 250 mil, más o menos. Incluso la segunda preferencia de los encuestados que favorecieron a De la Madrid indican esto. De la misma manera, muchos (la tercera parte) de los firmantes de Santiago Creel también provienen del PAN, y serían sensibles, en caso de una declinación de Creel, a la recomendación del partido a inclinarse por Xóchitl. Por último, quienes firmaron por Aureoles y Mancera podrán votar, y es posible que se inclinen por el PRI más que por Xóchitl.
De todo esto se derivan las dos disyuntivas. ¿Qué prefiere Alejandro Moreno Alito? ¿Que Paredes sea la candidata del PRI, sabiendo que es poco verosímil su victoria y que cada partido obtendrá menos gubernaturas, diputaciones y senadurías? ¿O prefiere a una candidata que no pertenece a su partido, pero que tiene mayores posibilidades de ganar y en todo caso de conquistar un número superior de escaños en las cámaras y los estados? ¿O sólo busca fortalecer su posición negociadora con el PAN, el PRD y la sociedad civil organizada, aceptando que Xóchitl sea la candidata?
El PAN y Santiago Creel enfrentan un dilema parecido. No tengo idea si Santiago piensa declinar a favor de Xóchitl o no, pero si está contemplando la posibilidad, a la luz de los números, su decisión no es sencilla. Por una parte, su presencia en los cinco debates que comienzan hoy –y que muy poca gente va a ver, debido a la cerrazón de los medios– es importante. Puede equilibrar un mano a mano entre Xóchitl y Beatriz, donde la segunda trae ventajas por experiencia y tiempo de preparación. Pero, por otra parte, la reorientación de los votantes de Creel hacia Gálvez por parte del PAN necesita tiempo: no es de la noche a la mañana. ¿Qué conviene más para asegurar el triunfo de Xóchitl, y el papel clave que Creel debiera asumir en coordinar al Frente? Para que le piensen…

La guerra de los libros de texto

 

 

Siempre he pensado que la marca sobresaliente de este gobierno es la incompetencia. Podríamos encontrar muchas más: el autoritarismo, la ideología trasnochada de los años 70, el provincialismo exacerbado, la apelación constante a los peores sentimientos y atributos, que al igual que todos los pueblos, el mexicano también los tiene. Pero no, es la ineptitud. Afortunada-mente. Esto significa que algunas de las peores barbaridades que se les han ocurrido, y no me refiero a la mega farmacia más grande del mundo mundial que quiere ahora López Obrador, sino a una serie de otras ocurrencia o estupideces que se han propuesto pero que por simple impericia no han podido consumar.
Es el caso de los nuevos libros de texto. Vienen trabajando en ellos desde el primer año del sexenio y de alguna manera tienen razón. Es cierto que desde el sexenio de López Mateos, y en particular en los de Echeverría y de Salinas, se hizo un esfuerzo también por modificar los libros de texto anteriores para imbuirlos del contenido ideológico o factual de cada uno de esos sexenios. Y es cierto que toda propuesta transformadora de la sociedad –subrayo propuesta porque en la 4T no hay transformación– existe siempre un empeño por modificar las mentes, o las conciencias, o los corazones de los ciudadanos. Y los ciudadanos más importantes son obviamente los niños, porque son los que garantizan que a largo plazo las convicciones, las certezas, las mentiras, las falacias de cualquier régimen se perpe-túen o en su caso se transmitan de sexenio en sexenio el tiempo de las ilusiones.
Cambiar los libros de texto del sexenio anterior, con los cambios que incluyó en ellos la reforma educativa de Peña Nieto, era casi inevitable e indispensable para López Obrador. Y, como es lógico, designó en espacios claves de la Secretaría de Educación Pública a quienes podían llevar a cabo esa modificación de los libros de texto. Se trata de gente con creencias, con una ideología muy acendrada, arraigada y de convicciones absolutas: es el marxismo en versiones más o menos modernas de los años 70, es Paulo Freire, es Chantal Mouffe, es Ernesto Laclau. Todo esto, desde luego, traducido no a la facultad de filosofía de las universidades públicas, si no más bien en la labor de quienes redactaron los libros de texto de primaria, y de los manuales o guías para profesores que utilizarán dichos libros para compartir sus contenidos con los niños.
Se tardaron cinco años en hacerlo, afortunadamente. De tal suerte que sólo se utilizarán en este ciclo escolar, y en su caso el siguiente, si es que no se logra echar para atrás todo el esfuerzo. Cuando mucho, entonces, durarán dos ciclos, ya que gane la oposición o gane Morena, es altamente probable que un esquema tan radical, tan estridente, tan explícito, no sobreviva a la presencia en la SEP de los adeptos de estas creencias, y de los colaboradores cercanos de quien realmente tutela todo el esquema de libros de texto, de educación y de historia: ya saben quién (no me refiero a López Obrador).
No es necesario caer en el anticomunismo primario de algunos sectores, desde la Unión Nacional de Padres de Familia hasta TV Azteca, para estar en completo desacuerdo con muchos de los principios –si no es que con todos– de los cuales están imbuidos los nuevos libros de texto. López Obrador sí se pasa al acusar a los críticos de no haberlos leído cuando no están disponibles para ser leídos justamente. Hay una crítica a los libros que es de procedimiento: no haber pasado por los filtros de consulta, de discusión y de revisión por distintas instancias que, en principio, se encuentran estipuladas en la normatividad, incluyendo la constitucional. Pero la crítica fundamental no debe ser de tipo procesal sino del contenido, y en particular de tres puntos que a mí me parecen centrales, sin ser desde luego una autoridad en la materia, salvo por el hecho de que he sido profesor universitario desde hace casi medio siglo.
Centrar todo en la comunidad es una barbaridad, no porque la comunidad no sea importante sino porque lo comunitario en muchos países se vuelve rápidamente en lo identitario, mientras que, en efecto, el individualismo –característica absolutamente primordial del ser nacional mexicano– no sólo es consonante con el tipo de economía que tenemos en México, con el tipo de acuerdos internacionales que tiene México, con el tipo de régimen político que tiene México sino que lo opuesto, a saber, lo colectivo, lo comunitario, lo socializado, pertenece a sistemas que han fracasado en el mundo entero por buenas o malas razones. A menos de que se comparta la visión del presidente colombiano Gustavo Petro de que la caída del muro de Berlín significó una derrota terrible del movimiento obrero mundial, esas nociones de las cuales están plenamente contaminados los libros de texto, pertenecen a otra época, a otro sistema. Se puede estar a favor de ese sistema, pero no existe en México.
Segunda crítica: la equivalencia de todos los saberes. Los saberes comunitarios, los ancestrales, los religiosos, los originarios, son iguales a los saberes de la llamada ciencia neoliberal, de las matemáticas, de la biología, de la física y de la química. En algunas mentes trasnochadas en efecto son equivalentes, es la misma equivalencia que en Estados Unidos establecen los que sostienen la igualdad de legitimidad del evolucionismo darwiniano y de la teoría del diseño inteligente, es decir, el hecho de que hay un ser supremo, inteligente, que diseñó todo lo que existe en la tierra porque no es posible que algo tan perfecto, tan extraordinario, haya podido emerger de manera espontánea o careciendo de ese diseño inteligente. En los estados más retrógradas de la Unión Americana se ha buscado siempre establecer la paridad, la igualdad, la identidad de estas dos formas de saber. Ninguna persona civilizada en Estados Unidos sostiene eso, y ninguna persona civilizada en México debe sostener la versión tropicalizada de esta aberración norteamericana.
Por último, la tercera crítica es la de la transformación de la sociedad. En efecto, es perfectamente lógico decir que la educación deber servir para transformar la sociedad, a condición de que se quiera transformarla. No me queda claro que en México se haya votado por la transformación de la sociedad; se votó por López Obrador, y por una enorme confusión mental del tipo de cambios que quiere imponerle al país. Yo no veo ninguna voluntad revolucionaria en esta sociedad que busque transformarla, más bien, la enorme mayoría de los mexicanos acepta los paradigmas fundamentales de esta sociedad: economía de mercado, globalización, régimen de democracia representativa, respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. Si eso es lo que se quiere transformar, sería bueno saber ¿para lograr qué? ¿cuál es el destino de la transformación que se quiere? Por todas estas razones, este es uno de los combates más decisivos de este sexenio, y uno en el cual la 4T puede naufragar.