Perdidos en la traducción

Claudia Sheinbaum y Donald Trump están metidos en una dinámica de dimes y diretes por el contenido de su conversación telefónica del 27 de noviembre. Nos han metido al campo de la subjetividad y de los actos de fe. Quién le cree a quién, porque alguien no esta diciendo la verdad. La presidenta ha tenido que desmentir la descripción que ha hecho el presidente electo de Estados Unidos de su plática, pero Trump la ha ignorado e insistido en su verdad. Cada uno le está hablando a sus audiencias, pero quizás existe una variable donde ambos tengan razón en lo que dicen y este malentendido tenga que ver con que se perdieron en la traducción.
La conversación se efectuó en inglés, por decisión de Sheinbaum, lo que puede ser interpretado como una forma inteligente de establecer una conexión empática con él, eliminando la barrera de la traductora. Lo que habría que ver ahora es si los códigos de comunicación fueron los mismos –lo que claramente no parece–, y si esa falta de conexión que tuvieron en el fondo de los temas los llevaron a significados diferentes. Como señaló un agudo observador, no basta saber inglés, sino entender los significados de las palabras, a lo que se podría añadir, que la diferencia del significado de la estructura y las palabras de los idiomas, puede conducir por caminos opuestos.
No hay una transcripción de la conversación, pero el alcance de los malentendidos a partir de las declaraciones que han hecho de su plática es monumental por lo antagónica de las posiciones expresadas en público. Por ejemplo, Trump afirmó que Sheinbaum le dijo que cerraría la frontera, pero ella afirma que nunca se lo ofreció.
Trump escribió en su red Truth Social: “México impedirá ahora que la gente venga a nuestra frontera sur. Esto contribuirá de manera importante a poner fin a la inmigración ilegal a Estados Unidos. Muchas gracias”. Sheinbaum respondió: “En la conversación con el presidente Trump, le expliqué la estrategia integral que sigue México para enfrentar el fenómeno migratorio respetando los derechos humanos. Con esta estrategia los migrantes serían atendidos antes de que lleguen a la frontera. Reiteramos que México no quiere cerrar sus fronteras, sino tender puentes entre gobiernos y pueblos”.
Probablemente, en el fondo, los dos tienen razón. Sí dijo Sheinbaum que estaban frenando la migración, pero agregó los conceptos de “estrategia integral” y el respeto a los derechos humanos, que a Trump le tienen sin cuidado y no existen como factores en la estructura de su mente. Trump tiene lo que poseen de manera notoria los populistas del mundo, una especie de inteligencia selectiva, que toma solo las cosas que les interesan porque se acomodan a sus creencias y a su discurso, e ignora todo aquello que les altere la narrativa, por lo cual borran esa información de su memoria y de su análisis. Es lo que en estadística le llaman la parcialidad de variables (variables bias).
Trump afirmó que Sheinbaum estuvo de acuerdo en detener la migración, que antes había señalado en discursos que se estaba dando con caravanas de indocumentados cruzando por México, aunque lo que apuntó la presidenta, como lo dio a conocer, es que estaban trabajando para que las caravanas de migrantes se desbarataran. Una vez más, la discordancia de las declaraciones parece tener que ver con el empaquetado de los contenidos de la presidenta, que parece abusar de la retórica propagandista, hablando con Trump como si estuviera en una mañanera en Palacio Nacional.
Esto se puede apreciar mejor en la carta que le envió a Trump en la víspera de la conversación telefónica, cargada de datos e ideas sobrantes en una comunicación de esa naturaleza, como cuando afirma que “debemos arribar conjuntamente a otro modelo de movilidad laboral que es necesario para su país y de atención a las causas que llevan a las familias a dejar sus lugares de origen por necesidad”, o planteamientos como cuando agrega que Estados Unidos debía destinar un porcentaje de su presupuesto militar para “la construcción de la paz y el desarrollo”, con lo que se “estará atendiendo de fondo la movilidad de las personas”. Estos señalamientos estuvieron fuera de lugar y subrayaron su desconocimiento del personaje.
Es una verdad de Perogrullo decir que Sheinbaum y Trump son personalidades antagónicas en absolutamente todo, origen, religión, ideología y formación, por lo que, a raíz de los resultados obtenidos de su conversación habría que revisar para el futuro que ella le hable en inglés. El modelo es muy bueno, pero no parece estar la presidenta equipada para hablar con un personaje como Trump en su propio idioma. Como sugirió el observador que la ha escuchado hablar inglés, haber estudiado en Berkeley, el campus de la Universidad de California más liberal de Estados Unidos, no la convierte en una interlocutora eficiente con Trump, porque su vocabulario y estructura semántica no existe en el mundo del presidente electo.
No es un problema de capacidades intelectuales, sino de entendimiento de las diferentes cosmogonías en las que se mueven y los códigos tan distintos que han mostrado tener. Hace aproximadamente una década la secretaria de Seguridad Territorial de Estados Unidos, Janet Napolitano, le pidió a un ex funcionario del gobierno mexicano con quien había trabajado en el pasado, que la acompañara a Guatemala para una entrevista con el presidente Otto Pérez Molina, a fin de que le pudiera traducir en sus códigos lo que quería plantearle y evitar malas interpretaciones.
Sheinbaum no tiene a nadie en su equipo que la apoye. Quedó demostrado por los malentendidos con Trump. En la conversación telefónica estuvo presente el canciller Juan Ramón de la Fuente, quien junto con el secretario de Economía Marcelo Ebrard, la están asesorando, aunque sus recomendaciones no están funcionando. La presidenta está sola y a merced de las interpretaciones de Trump, que la está tratando con un paternalismo inaceptable. Parte es culpa de ella, pero la solucion también está en sus manos, reconociendo que las diferencias empiezan en el lenguaje y tendrá que ajustar equipo y estrategia para enfrentar lo que viene.

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Quién tiene que disculparse

En el encontronazo más memorable en la radio que recuerde, el miércoles estalló lo que venía incubándose: la indignación de Ciro Gómez Leyva, el conductor del noticiero de radio con el mayor rating, con el videógrafo del ex presidente Andrés Manuel López Obrador, Epigmenio Ibarra, a quien le reclamó airadamente de agredirlo, agredir a sus colaboradores y al propietario de Radio Fórmula en su columna en Milenio. En más de 35 años de conocerlo (a Ibarra lo conocí unos siete años antes), jamás había visto a Gómez Leyva tan molesto con nadie, como con el protagonista más conspicuo del régimen.
Gómez Leyva lo increpó por su columna de ese día donde, escondido en un alegato falso sobre lo que consideró ausencia de autocrítica porque fracasó la candidatura presidencial de Xóchitl Gálvez, a quien dijo la apoyaron todos los periodistas que han sido críticos a López Obrador, lo espetó por “rehusarse a aceptar” que el ex presidente ha cumplido con la palabra empeñada al retirarse por completo, en un gesto democrático que lo honra”.
Las afirmaciones del periodista de que fue atacado, fueron rechazadas por Ibarra, al que le preguntó “con quién se tenía que disculpar”, porque su trabajo era con los ciudadanos y su gran audiencia lo respaldaba. El videógrafo no respondió. La pelea radial, de hecho, no tuvo una conclusión, pero la pregunta es válida. Sobre todo porque en la transparencia de la confrontación que vivieron, hay una parte que es opaca, la de Ibarra, que en sus primeros años de profesional se ganó la vida captando con su cámara al hombro la guerra en El Salvador, vendiendo sus imágenes a diferentes televisoras, y enviando despachos noticiosos a Excélsior y Notimex. Poco después comenzó una etapa de su vida por la cual tendría que disculparse con López Obrador y con tantos a quienes ha timado con su falsa congruencia y consistencia.
Como botones de muestra:
* En los 80 trabajó en la oficina de Comunicación Social de la Presidencia, durante el gobierno de Carlos Salinas, en el área de televisión y propaganda. Con su experiencia con la cámara, fue contratado para que registrara las actividades del presidente y realizara los envíos a las televisoras hispanas en Estados Unidos, que agradecieron a los operadores de Salinas el trabajo y esmero con el que Ibarra había colaborado con ellos.
* Renunció a la Presidencia y fundó en 1992 la productora Argos, junto con Carlos Payán, fundador y director de La Jornada, y Hernán Vera, un venezolano que montó Radio Venceremos, del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. En 1994 comenzó a grabar las acciones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y 40 días después del alzamiento, fue detenido por el Ejército en un retén en Gabino Vázquez, en la Selva Lacandona, junto con Javier Elorriaga, miembro del EZLN, y que usaba como cobertura trabajar de sonidista. Elorriaga terminó en la cárcel acusado de rebelión y terrorismo, en donde estuvo 16 meses.
Ibarra nunca la pisó porque Payán acudió en su rescate y habló con el presidente Ernesto Zedillo para pedirle que lo liberara. Zedillo accedió, ordenando al Ejército que lo soltara, con la única condición de que quería verlo. Días después Ibarra fue a Los Pinos donde habló a solas con él. Colaboradores de Zedillo dijeron en su momento que el ex presidente le dijo que no lo meterían a la cárcel únicamente como un gesto a Payán. Ibarra negaba estar vinculado con el EZLN y Zedillo le mostró la documentación en lo que se iba a sustentar la acusación. De acuerdo con sus colaboradores, Zedillo le dijo que no podría volver a tocar temas de política durante su sexenio porque lo encarcelarían. Cómo se lo planteó, no se sabe, pero los coladoradores del ex presidente dijeron que Ibarra salió del despacho temblando, literalmente.
* Ibarra obedeció la exigencia de Zedillo, y con el dinero del empresario Carlos Slim, relanzó con Payán y Vera la productora Argos. Con esa inyección de recursos produjeron varias de las telenovelas más exitosas de la televisión mexicana, introduciendo en 1996 a los hogares mexicanos e hispanos en Estados Unidos la temática de la narcopolítica. Desde entonces, y hasta ahora, su principal línea creativa ha sido la vinculación de los políticos con el crimen organizado, y la apología del narcotráfico.
* Terminado el sexenio de Zedillo, Payán lo ayudó a comenzar a escribir en Milenio semanalmente, mientras seguían las producciones de Argos. Con esa cachucha visitó en 2005 al entonces director de la Agencia Federal de Investigación, Genaro García Luna, para proponerle una serie de televisión que promoviera a la dependencia. Lo que ofreció no era una telenovela, sino un proyecto de propaganda como durante años se hizo en Estados Unidos con el FBI y otras agencias policiales para ensalzar su imagen. Nunca se concretó la serie por los altos costos que propuso Ibarra.
Payán lo llevó con López Obrador donde comenzó a fabricar la otra historia de su vida. En una entrevista en 2018 con la perdiodista de Infobae, Mariana Dahbar, a la pregunta si manejaría la comunicación del presidente entrante, respondió: “No. Si yo he sido un opositor toda mi vida, estaría muy mal que ahora decidiera vivir del Estado. Podría trabajar en lo que pueda personalmente para apoyar al nuevo presidente, pero no vamos a cobrar ni un centavo ni a asumir ninguna posición dentro del gobierno de López Obrador”.
Ibarra fue un opositor químicamente puro, se puede decir, durante los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, porque fue parte del equipo de propaganda de Salinas, ni siquiera pudo intentar ser crítico durante el de Zedillo, y quiso ser también propagandista de García Luna. De todos ellos ha hablado mal, por lo que ha hecho con Gómez Leyva no es algo nuevo. Su memoria es corta. En el gobierno de López Obrador no cobró en la Presidencia, pero le otorgó un crédito de 150 millones de pesos en 2020 que fue extendido y que se sepa, no se pagó este año como estaba programado.
La doble moral ha acompañado al iracundo guerrero del régimen que, también, ha tenido una doble vida.

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¿Una halcón para México?

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Si nunca ha escuchado el nombre de Kari Lake, métaselo en la cabeza. Es la persona en quien está pensando el presidente electo Donald Trump para enviar a México como embajadora. Si no sabe nada de Kari Lake, es importante empezar a conocerla porque será, de ser confirmada, la próxima representante de la Casa Blanca en Palacio Nacional y una embajadora como probablemente no hemos visto en México desde los tiempos de John Gavin en los 80, que se ubica en las antípodas de Ken Salazar, el quedabien con el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, que será sustituido por una guerrera.
Diplomáticos estadunidenses confiaron recientemente a altos funcionarios del gobierno mexicano que Lake será quien releve a Salazar, quien se espera renuncie al cargo antes del 20 de enero próximo, cuando Trump asuma la jefatura de la Casa Blanca. La información, transmitida de manera extraoficial, dejaba claro que con el control que tendrá Trump en el Senado, su confirmación en el Comité de Relaciones Exteriores no será problema.
El problema lo tendrá México.
Lake, parte del movimiento de extrema derecha de Trump, Make America Great Again, conocido como MAGA, es una caja de resonancia del presidente electo por cuanto al nacionalismo blanco y ha generado polémicas encendidas por sus abiertas simpatías con los movimientos nazis y los activistas de QAnon, la teoría conspiracionista en internet que logró convencer al 17% de los estadunidenses que Trump estaba enfrentando una cábala de “demócratas pedófilos”, y que llevó a varios de ellos a encabezar el asalto al Capitolio en enero de 2020 para descarrilar la victoria de Joe Biden.
Durante 22 años fue conductora de la estación de Fox News en Phoenix, Arizona, de la que renunció porque dijo que ya no se sentía a gusto con la forma como los medios de comunicación informaban “porque era pura propaganda”, y se mudó a Twitter –hoy X–, donde compartió falsedades sobre la Primera Enmienda –que se refiere a la libertad de expresión– y diseminó información falsa sobre el Covid-19 y el movimiento Black Lives Matter. Lake no tardó mucho en involucrarse en el ecosistema de las redes de extrema derecha, como Parler y Gab, donde cohabitan los antisemitas, en donde convergía la extrema derecha estadunidense y europea.
Lake, que quiso ser gobernadora por Arizona en 2022 (perdió por un punto) y senadora este año (que perdió por 2.4%), formaría parte, de anunciar Trump el nombramiento de quien trae en mente para la Embajada en México, del selecto grupo de cercanos –como ella–, que está designando para misiones estratégicas: su consuegro Charles Kushner para Francia, el multimillonario Warren Stephens, uno de los grandes donadores del Partido Republicano, para el Reino Unido, Mike Huckabee, que contendió por la candidatura con el presidente electo en 2016 y es padre de Sarah Huckabee, secretaria de prensa y vocera en su primer periodo en la Casa Blanca, y Elise Stefanik, la diputada que llegó a considerar como posible vicepresidenta, que irá a Naciones Unidas.
Stefanik y Lake son exactamente lo que es Trump. La primera es una fuerte crítica de la organización multilateral, y Lake está totalmente convencida de que se tiene que cerrar la frontera con México. En su plataforma para aspirar al Senado, proponía la cancelación de las previsión que permitía el asilo por razones de violencia endémica en sus países de origen, terminar el muro, fortalecer con tecnología la vigilancia fronteriza y endurecer las leyes anti migratorias. Pedía suspender la ayuda a los países que no respaldaran activamente a las agencias estadunidenses para frenar la migración y proveer personal y apoyo material a países para que combatieran a los cárteles de las drogas en su territorio.
Su cuenta en X habla de ella por sí misma.
Cuando Trump lanzó su amenaza a México y Canadá de imponer aranceles de 25% para obligarlos a frenar la “invasión” de indocumentados y fentanilo, reenvió en su cuenta en X el comentario de que “es tiempo de desincentivar la inmigración ilegal, quizás cobrando 25% por cada persona que cruza la frontera ilegalmente y usar ese dinero para mandarlos de regreso”. Cuando Trump nombró a Tom Homan zar fronterizo, Lake dijo en Real America’s Voice, un servicio de streaming de la extrema derecha, que era un tipo duro con el corazón de oro, “exactamente lo que necesitamos”.
Tras el mensaje en X de Trump, donde informó que había hablado con la presidenta Claudia Sheinbaum, quien “(había) aceptado frenar la migración a través de México…, cerrando la frontera sur”, Lake señaló:  “(Si) como presidente electo ya está tomando pasos sólidos para asegurar nuestra frontera sur, imagínese lo que logrará cuando sea oficialmente Presidente”. Y agregó en otro mensaje: “Solo tomó una llamada telefónica para frenar la invasión”.
Lake no está solo metida en cuestiones fronterizas y en temas electorales, donde se distinguió dentro del trumpismo por ser una de las más ardientes voceras del falso fraude electoral en 2020 –lo mismo ha dicho de su elección por el Senado–, y recién comenzó a hablar duramente del fentanilo. No es un tema en donde había tenido alguna participación relevante, pero ayer en Buenos Aires, en el marco de la primera Conferencia de Acción Política Conservadora que se lleva a cabo en la capital de Argentina, lo hizo.
En una de las pocas conferencias magistrales del evento organizado por el presidente Javier Milei, Lake habló de la crisis del opiáceo, que ha generado fricciones entre Estados Unidos y México. “Hay que poner fin a este flagelo que está matando a nuestros jóvenes”, urgió. “No puedo seguir esperando para hacerlo”. La republicana le puso nombre y apellido a los responsables, a su decir, de esa calamidad: China y México.
Migración, cárteles de las drogas y el fentanilo son los tres temas fundamentales en la agenda de Trump con México. A su gabinete mexicano –Homan, Stephen Miller, el arquitecto de las deportaciones masivas en su primer gobierno, y Peter Navarro, nombrado ayer asesor en comercio y manufactura–, se le sumará probablemente Lake, una mano de ases radicales, racistas y ultraconservadores, con quienes tendrá que lidiar el gobierno de Sheinbaum.

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Culiacán: parte de guerra

La guerra fratricida en el Cártel de Sinaloa comenzó tres semanas antes de que Claudia Sheinbaum asumiera la Presidencia, pero definirá todo su gobierno. La guerra está por cumplir tres meses el próximo domingo, con asesinatos casi a diario, y una creciente calidad de violencia y crueldad entre las dos facciones enfrentadas. Desde que inició su administración se estableció que Sinaloa sería la prioridad del gobierno, pero no están pudiendo contenerla, menos aún acabar con ella.
No se puede decir que se deba a falta de capacidad de fuego, sino a la dubitación presidencial sobre qué tanto y hasta dónde podría autorizar a las fuerzas federales para restablecer el orden, la paz y la gobernabilidad en el estado, sin que su mentor, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, se sienta agredido por el contraste que harían los balazos frente a sus abrazos. Sheinbaum parece estar atrapada en la red de López Obrador y sus contradicciones entre lealtades y sumisiones.
El análisis no debería ser político, pero lo es. Importa más Palenque que Sinaloa, cuando menos hasta ahora.
Mientras tanto, ya hubo 523 muertos entre el 9 de septiembre y el 28 de noviembre, de acuerdo con las cifras de la Fiscalía General de Justicia de Sinaloa y la Secretaría de Seguridad Pública estatal, 131 privaciones oficiales de la libertad -la cifra negra de secuestros, se estima en al menos tres veces más-, casi 60 balaceras y una crisis económica profunda. La estadística sigue subiendo, pero todos sus números tienen nombre y apellido.
La guerra entre las milicias de Ismael El Mayo Zambada -preso en Brooklyn, en espera de juicio- y los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán -preso en la cárcel de máxima seguridad ADX Florence, en Colorado, donde purga su sentencia de cadena perpetua-, se libra a lo largo de 220 kilómetros, desde Culiacán a Mazatlán.
La guerra la comenzaron Iván y Alfredo Guzmán Salazar, que rearmaron a sus sicarios y reclutaron combatientes desde que El Mayo Zambada fue detenido en Estados Unidos el 25 de julio, para hacerse del control del Cártel, la organización criminal más importante del mundo, que desde que iniciaron las hostilidades no han tenido un solo día para descansar, de acuerdo con personas con conocimiento, que los ha desgastado y explica lo que fue sucediendo después.
La ofensiva en las zonas rurales del municipio de Culiacán, controladas por la mayiza, como identifican a las milicias de Zambada encabezadas por su hijo, Ismael Zambada Sicairos, El Mayito Flaco, tuvo una contraofensiva que no ha parado. Primero se dio en Culiacán, enclave de los Guzmán López que, de acuerdo con información de inteligencia mexicana, tuvieron que salir de la capital de Sinaloa para irse al sur, al puerto de Mazatlán, también controlado por ellos, a donde se extendió la guerra en las últimas semanas.
Aunque en el mapa ampliado de la guerra van ganando los leales a Zambada, estableciendo incluso cabezas de playa en la zona urbana de Culiacán, no es un conflicto que tenga ganadores definitivos. Lo vivieron los culiches este martes, que fueron despertados por una explosión causada por un proyectil artesanal que llevaba un dron, en Limita de Itaje, un sector rural dentro del municipio de Culiacán, donde opera el grupo llamado Los Rusos, milicias de Zambada, que siguió a una balacera y a un mensaje aparentemente para el gobierno: restos humanos en dos contenedores de plástico dejados frente a la Unidad de Servicios Estatales, donde se hacen trámites municipales, junto con los cuerpos de tres hombres tirados a la orilla de la carretera hacia Mazatlán, con narcomensajes firmados por la mayiza y la chapiza.
La guerra fratricida del Cártel de Sinaloa comenzó ante la indiferencia e inacción de López Obrador, que la dejó avanzar, preocupándose más por saber cómo las agencias estadonunidenses capturaron y se llevaron a Zambada y a Joaquín López Guzmán, también hijo de El Chapo, a Nuevo México, que por evitar el colapso de Culiacán. Sheinbaum inició su Presidencia con la autorización a las fuerzas federales para actuar, contener, neutralizar y terminar con la violencia.
Varios cientos de miembros de las unidades de élite del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, conocidos como los Gafes, tropas convencionales y elementos de la Guardia Nacional fueron movilizados a Culiacán y a otros puntos del estado, para actuar a partir de la información del Centro Nacional de Inteligencia, que permitió golpes importantes, que, sin embargo, le metieron dudas y temores políticos a la presidenta.
El operativo que desencadenó sus dubitaciones fue el 23 de octubre, cuando en una operación para detener a Edwin Antonio Rubio, El Max, el jefe de los comandos que estaban atacando a los chapitos en Culiacán, fue detenido por los Gafes tras un enfrentamiento en donde mataron a 19 de sus escoltas. No hubo ningún militar muerto o herido. El índice de letalidad espantó en Palacio Nacional, no por lo que significó el uso de un poder de fuego muy superior al de los criminales, sino por lo que significaba políticamente, que leyó correctamente la prensa cuando subrayó que la estrategia de López Obrador era cosa del pasado y que ahora sí enfrentarían a los criminales que tuvieron un largo y productivo día de campo en su gobierno.
La instrucción, como reveló cándidamente el gobernador Rubén Rocha Moya hace unos días, fue reducir los “encuentros” entre las fuerzas del gobierno y los grupos criminales. El hablantín gobernador reveló de esa manera que el ímpetu inicial de Sheinbaum se frenó, y regresó la política de abrazos y no balazos. Esto, sin embargo, no resistirá.
El capital de tolerancia con la narcopolítica que utilizó López Obrador se agotó. Sheinbaum no tiene esos márgenes y tampoco parece quererlos. Pero está atrapada en la contradicción de la lealtad al ex presidente y la sumisión política, y la urgencia por recuperar Culiacán, en momentos donde la están viendo con atención desde Mar-a-Lago para ver de qué está hecha, si tiene el valor y la determinación política de enfrentar a los criminales para salvar a Sinaloa y, aunque no lo vea aún, su sexenio.

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Disco rayado y sin estrategia

México, tenemos un problema. La presidenta Claudia Sheinbaum responde con lugares comunes ante la amenaza de Donald Trump de imponer aranceles de 25% mientras el fentanilo y la migración indocumentada de México y Canadá no se frenen, y va reaccionando en cámara lenta, cuya parsimonia se magnifica ante la velocidad como el primer ministro Justin Trudeau apura su paso para contener las bravatas del presidente electo. No se trata solo de una métrica sobre la capacidad de reacción, sino la pachorra para actuar. Uno tomó la iniciativa y ella se sentó en la silla para hablar consigo misma y señalar a Trump y Trudeau de no ver su realidad. Pobre. Y pobres de nosotros.
Trump amenazó a México y Canadá hace ocho días, y el mismo lunes de su declaración, Trudeau le habló por teléfono. A esas mismas horas Sheinbaum escribía una carta –¿de dónde habrá sacado que la comunicación epistolar es mejor que una directa?–, que antes de enviar a Mar-a-Lago la leyó en la mañanera –al estilo de su mentor Andrés Manuel López Obrador de hablar a las audiencias locales, sin importar las consecuencias de la grosería diplomática–, en donde le da un sermón sobre la política migratoria mexicana, los problemas de adicción en Estados Unidos, el daño que hacen las armas de su país en México y que aplicará la Ley del Talión en el caso de los aranceles.
¿Y hablaría ella con Trump por teléfono?, le preguntaron en su mañanera. Más adelante. Los diplomáticos de carrera en la Cancillería le consiguieron una llamada con Trump el miércoles por la noche. Mientras ella hablaba con el terminator de Florida, en Ottawa se hacían los arreglos para una cena en Mar-a-Lago entre Trump y futuros miembros de su gabinete, y Trudeau y su gabinete el sábado por la noche. ¿Y habrá cena con Trump?, inquirieron a la presidenta. “No hemos fijado la fecha, pero vamos muy bien”, respondió. Bueno.
Trudeau salió muy contento de la cena y sugirió que había neutralizado las amenazas de Trump. El domingo anunció el reforzamiento de la frontera con Estados Unidos con drones, helicópteros y más personal, y el lunes inició una campaña de spots para advertir en varios idiomas que migrar a Canadá ya no será fácil. En México se decomisaron productos piratas –para que vean en Florida que se combate el dumping chino– en una plaza en la Ciudad de México. “Se acabó la fiesta” para las agencias aduanales, celebró Ebrard. Patético.
Trudeau, que ha dicho que no quiere que México quede fuera del acuerdo comercial norteamericano, como le están pidiendo los gobernadores de las 13 provincias y territorios canadienses, se mostró dispuesto ante Trump a bajar del autobús trilateral a México. No somos iguales, narró la embajadora canadiense en Washington, que le dijo a Trump en la cena y lo convenció de ello. ¿Y qué tiene que decir Sheinbaum?
Otra acusación: Canadá tiene un problema de adicción al fentanilo –nadie le ha dicho, parece, que una ruta importante del fentanilo a Vancouver, la ciudad más afectada por el opiáceo, la maneja una red de traficantes cercana a Morena–. Y una declaración extraña: “A México se le respeta. Somos un país grandioso, con enormes riquezas, con nuestras problemáticas que estamos atendiendo y que estamos desarrollando un presente y un futuro muy promisorio”.
Eso está en duda. El domingo The New York Times publicó un reportaje de primera plana donde describen que el Cártel de Sinaloa está reclutando estudiantes de química para empezar a producir los precursores del fentanilo en México y dejar de importarlos de China. Y este lunes, The Globe and Mail, el principal diario canadiense, analizó la exportación de fentanilo de México y Canadá a Estados Unidos, y mostró que los decomisos en 2022 fueron 500 veces más lo que provenía de este país.
Otros sectores influyentes en el mundo tampoco coinciden con la cosmogonía que tiene Sheinbaum de México. El Financial Times, uno de los dos periódicos financieros internacionales más importantes, publicó ayer un análisis que se titula “El riesgo de que México sea excluido de Norteamérica está creciendo”, en donde menciona que los mercados no han registrado las amenazas de Trump porque han optado por la visión optimista de que su nueva administración repetirá lo que hizo en su primer periodo, sin tomar en cuenta que las condiciones cambiaron radicalmente, como por ejemplo que no necesita contenerse porque iría a la reelección.
El Financial Times sugiere hacerle caso a Trump y no pensar que está blofeando, una recomendación que podría tomar también Sheinbaum, que está actuando como si no fuera posible que concretara su amenaza desde el primer día en que despache en la Oficina Oval, como lo ha prometido.
Por sus declaraciones y sus escritos, la presidenta parece estar convencida de que Trump blofea, que es una consecuencia de los diagnósticos y escenarios que le han presentado los secretarios de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente, y de Economía, Marcelo Ebrard, que siguen haciendo política inexperta, en el caso del primero, y economía básica, en el caso del segundo, llevándola a pensar que la racionalidad es la motivación del terminator de Florida, y no las emociones que envuelve en acciones mediáticas espectaculares.
Sheinbaum debe saber que De La Fuente es inexperto y desconocido en el equipo de Trump, y que de Ebrard tienen tan mala impresión como negociador, que han ignorado en el equipo de transición sus intentos por agendar una cita con Howard Lutnick, a quien designó como el futuro secretario de Comercio y quien llevará la negociación comercial. Ambos la han llevado hasta a ser una pendenciera ante Trump sin tener la fuerza porque la estrategia sugerida de pelearse simétricamente, es un callejón sin salida.
Trudeau optó por el método de ceder ante Trump en lo menos para obtener lo más, que no haya aranceles contra Canadá. Sheinbaum ni cede estratégicamente, ni hace nada que se vea eficaz. Así no, porque está caminando hacia un abismo a donde llevará a todo el país.

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Andy contra Omar

 

En los primeros 100 días del gobierno de Claudia Sheinbaum se había planeado realizar 100 capturas de alto impacto para lanzar el mensaje que la seguridad sí era una prioridad para la presidenta y que enfrentaría a los criminales, entre los cuales se encontraba la detención de un sicario apodado El Tijeras, el principal responsable del atentado contra el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch en junio de 2020. El Tijeras estaba ubicado en Chiapas, y su detención era parte de la estrategia que pensaba seguir García Harfuch para cambiar rápidamente la percepción de que el gobierno no hacía nada, porque era cómplice del crimen organizado. Pero no se pudo.
Las resistencias dentro del gobierno federal, donde los leales al ex presidente Andrés Manuel López Obrador pertenecen al sector duro al que le molesta la presencia de García Harfuch porque no es parte de su causa sino simboliza a sus enemigos, pero es en quien descansa fuertemente Sheinbaum y lo perfilan como una de sus cartas fuertes para la sucesión en 2030, sabotearon el trabajo interinstitucional para detener a El Tijeras, mediante una filtración que lo alertó y se fue del estado.
Lo que sucedió con El Tijeras es el mejor ejemplo de la lucha intestina que se está viviendo en el gobierno de Sheinbaum, donde el combate a los criminales se está cruzando con pugnas entre las facciones que existen dentro de Morena y, por razones de sobrevivencia, el realineamiento de lealtades rumbo a la sucesión presidencial en 2030.
La más clara hasta ahora es la Operación Enjambre, que escondió los primeros golpes contra el grupo político de Andrés López Beltrán, hijo del ex presidente López Obrador y actual secretario de Organización de Morena, a quien se señala dentro del gobierno como el principal responsable de los ataques contra García Harfuch, y las complicidades políticas mexiquenses con el crimen organizado, que propiciaron la fuga de siete funcionarios que iban a ser detenidos.
Coordinada por García Harfuch, la Operación Enjambre se ejecutó en los territorios controlados por La Familia Michoacana, que encabezan los hermanos Johnny y José Alfredo Hurtado Olascoaga, que nunca operaron en Michoacán, pero fueron aliados de aquella organización criminal que fue aniquilada durante el gobierno de Felipe Calderón y renació en el de Enrique Peña Nieto. En el sexenio anterior se alió con Cárteles Unidos para enfrentar al Cártel Jalisco Nueva Generación, y se renombró La Nueva Familia Michoacana.
Los Hurtado Olascoaga operan desde la zona de la Tierra Caliente en Guerrero, pero controlan esa misma región en el Estado de México, donde se fueron expandiendo hasta operar en 49 de los 125 municipios mexiquenses, de acuerdo con un informe elaborado el año pasado en la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.
La Familia Michoacana tuvo la protección de altos funcionarios federales del obradorismo, y amenazaron y secuestraron a candidatos de oposición en varias contiendas municipales para neutralizarlos o eliminarlos de la lucha electoral a cambio de pagos millonarios, de acuerdo con personas con conocimiento y experiencia en algunos de esos episodios. Esas viejas alianzas fueron rotas por la Operación Enjambre.
Información pública vincula a varios de los políticos detenidos, en particular a la alcaldesa de Amanalco, María Elena Robles, como parte del grupo del senador Higinio Martínez, muy cercano a López Obrador, quien hace escasas tres semanas hizo una crítica a la política de seguridad del gobierno de Sheinbaum, que nunca hizo con anterioridad. Martínez era jefe del Grupo Texcoco, en el que se formaron la gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez, y su secretario general de Gobierno, Horacio Duarte, y se distanció de ellos porque él no fue quien se quedó con la candidatura. El golpe de la Operación Enjambre lo sintió en los municipios conurbados al oriente de la Ciudad de México, que tiene bajo su control político.
La Operación Enjambre sirvió también para ocultar el relevo de Paulina Moreno García como secretaria de Finanzas del Estado de México, y la llegada de Óscar Flores Jiménez, que había trabajado con la gobernadora en la Secretaría de Educación como su oficial mayor.
La sustitución de Moreno García fue para que Gómez se quitara una losa de encima porque la ex secretaria tenía prácticamente paralizado al estado, al no responderle a la gobernadora y secarla presupuestalmente, acatando órdenes solo de Juan Pablo de Botton –alfil de López Beltrán–, removido por Sheinbaum de la Subsecretaría de Egresos en Hacienda, y nombrado secretario de Administración y Finanzas del gobierno de la Ciudad de México, en donde se concentra la mayor fuerza opositora a la presidenta.
El cambio por Flores Jiménez, sin embargo, no es una ruptura definitiva con López Beltrán. Todavía no hay condiciones para ello. Flores Jiménez también responde a ese grupo y fue enviado como oficial mayor a Educación –donde se maneja uno de los presupuestos más grandes de la administración federal– por la pareja López Beltrán-De Botton. Pero el cambio en sí mismo es una señal. Moreno García, muy cercana a De Botton desde que estudiaron en el CIDE, estaba convertida en el principal poder en el Estado de México, desafiando al constitucionalmente instituido.
La vinculación de este episodio con el tema de la seguridad es indirecta, aunque fundamental para entender lo que está sucediendo. López Beltrán es a quien le adjudican dentro del gobierno de Sheinbaum los golpes públicos que ha estado recibiendo García Harfuch, para deslegitimarlo y desacreditarlo, como se ha estado intentando desde septiembre, a través de personas ligas al ex vocero presidencial y actual coordinador de asesores de la presidenta, Jesús Ramírez Cuevas, y al director del ISSSTE, Martí Batres, quienes encabezaron su descarrilamiento como candidato a la jefatura de gobierno capitalina el año pasado.
La sucesión presidencial se está cruzando en la estrategia de seguridad, demasiado pronto para ese proceso, y demasiado rápido para lo que tiene que enfrentar Sheinbaum, que está buscando reforzar a García Harfuch con una mayor presencia en las mañaneras y admitiendo que acciones como la Operación Enjambre tendrán que ser una norma no una excepción, cueste a quien le cueste.

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Cuidado con la carta china

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La carta china no debe estar en la baraja de la presidenta Claudia Sheinbaum en su relación con Estados Unidos. No es lo mismo tener intercambios comerciales, como lo dijo el martes, que abrirle la puerta a industrias que han generado fricciones y molestias previamente con Washington. Sheinbaum debe tener claridad sobre las preocupaciones de Estados Unidos y sus objetivos de largo plazo si quiere meter a China en su ecuación para la negociación con el futuro presidente Donald Trump, en el entendido que habrá un enfrentamiento del cuál sabrá cuándo comenzó pero no cuándo, ni cómo ni a qué costo, terminará.
China es la principal prioridad para Estados Unidos, su rival comercial y con quien está disputando la hegemonía económica del mundo. Pero también es vista en algunos sectores en Washington como una potencia que está siendo utilizada por el presidente ruso Vladimir Putin, para golpearlos. Si tienen evidencia de que está en marcha esa estrategia o es resultado de la paranoia, no cambia sus peocupaciones ni lo que están dispuestos a hacer para protegerse. Sheinbaum no debe minimizar esa lucha porque México no está lejos, sino dentro de ella.
La presidenta tiene precedentes y experiencias de los gobiernos de López Obrador y Enrique Peña Nieto, de los que puede abrevar para que pueda tomar decisiones informadas.
Peña Nieto se abrió a las inversiones chinas sin tener en cuenta las acciones que estaba tomando Estados Unidos para frenar su expansión en América Latina, como evitar que Nicaragua abriera una vía marítima para competir con el Canal de Panamá con dinero chino. Aceptó tres grandes proyectos chinos, el tren bala México-Querétaro, el enorme desarrollo cultural y comercial en Cabo Pulmo, en Baja California Sur, el centro de distribución Dragon Mart en Cancún, y una donación a Huawie de un terreno a 15 kilómetros de la Base Naval, la sede de la Séptima Flota del Pacífico, que terminaron cancelados por las presiones de Washington, que las veía como un riesgo para su seguridad nacional.
López Obrador, que tampoco prestó atención a esas preocupaciones, se agarró de China durante la crisis del Covid-19, se acercó políticamente al presidente Xi Jinping y lo presumió en una reunión de la Comunidad de Esta-dos Latinoamericanos y Caribeños –impulsado por el entonces canciller Marcelo Ebrard–, y luego rechazó la petición de firmar la Iniciativa Clean Network, impulsada por Trump, que buscaba mitigar los riesgos en tecnologías de información y comunicación, redes, cibersegu-ridad, telecomunicaciones e infra-estructura, y frenar el avance de China y su predominio en el mercado con marcas como Huawei y ZTE.
El ex presidente se salió con la suya porque entendió que podía chantajear a Trump y más adelante al presidente Joe Biden con el tema de la migración. La estrategia funcionó hasta que más de 100 mil muertos por el fentanilo cambiaron la dinámica de la relación, y comenzaron las presiones contra México para combatir el opiáceo que llegaba de China, y frenar que la facción de Los Chapitos en el Cártel de Sinaloa, siguiera introduciéndolo a Estados Unidos.
López Obrador los hizo enojar más cuando los chinos aprovecharon la puerta trasera de México –como la describieron recientemente en Canadá–, para que sus importaciones entraran al mercado norteamericano a bajo precio –dumping– y sin pagar aranceles. En julio, después de forcejeos y compromisos rotos, México aceptó coordinarse con Estados Unidos para establecer reglas más estrictas a las impor-taciones chinas de acero y alumi-nio. “Estas acciones resolverán una laguna legal que anteriores gobiernos (estadunidenses) no resolvieron, y que países como China utilizan para evitar los aranceles al exportar sus productos desde México”, dijo en ese entonces el consejero eco-nómico de la Casa Blanca, Lael Brainard.
Aún así, no le creían a López Obrador, que ya había perdido credibilidad ante el gobierno estadunidense. En ese contexto se dio ese mismo mes, un viaje de trabajo a Washington de la entonces secretaria de Relaciones Exteriores, Alicia Bárcena, y del ex secretario de Marina, almiran-te Rafael Ojeda, cuyo propósito era presentar el Corredor Inter-oceánico del Istmo de Tehuan-tepec. Mientras Bárcena sostenía reuniones bilaterales, Ojeda cruzó el río Potomac y llegó al Pentá-gono para una cita de la cual no quedó registro público, ni siquiera protocolar.
Ojeda llegó con su propia presentación del Corredor Interoceánico, pero su contraparte lo interrumpió casi al comienzo de su explicación. No les interesaba en absoluto hablar del canal, sino de darle un mensaje para López Obrador y para la presidenta electa Claudia Sheinbaum.
Eran cuatro puntos: no querían que China y Rusia tuvieran una mayor presencia política, diplomática y comercial –Moscú ya había aumentado en más de 90 sus diplomáticos acreditados en México; que frenaran la exportación disfrazada de acero, aluminio y componentes electrónicos chinos al mercado norteamericano; que frenaran la reforma judicial por el temor de que los cárteles controlaran a los jueces, y que aceleraran la construcción del puerto de Cuyutlán, porque el de Manza-nillo, a solo 36 kilómetros, no veían cómo podría el gobierno mexicano arrebatárselo al crimen organizado.
La reforma judicial pasó, pero la construcción del nuevo puerto arrancó esta semana. No se sabe de más diplomáticos rusos, pero BYD, la gran armadora china, dice que está cerca de cerrar un acuerdo para construir una fábrica en México. Sheinbaum dice que es incorrecto el señalamiento de la puerta trasera para importaciones chinas, y que la crisis del fentanilo se debe al enorme consumo de los estadunidenses.
Su posición es contradictoria, cuando menos en público. No ha dicho nada de los rusos, pero el sector duro de Morena, que está desafiándola continuamente, es admirador de Putin. Sobre China dice estar muy agradecida por el apoyo que le dio Jinping con los electrodomésticos para repartir en Acapulco tras el huracán Otis el año pasado. La ambivalencia que muestra, si no se corrige, le traerá problemas y enfrentamientos con Trump. Si así decide jugar la carta china, que lo haga. Sus decisiones tienen que ser soberanas, es decir, que tome las que considere mejor para México. Solo que recuerde que el 84.2 por ciento de las exportaciones mexicanas, van hacia Norteamérica.

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De la ficción a la realidad, o de la realidad a la ficción

Desde hace más de un siglo, Hollywood ha sido la meca del cine en el mundo, y ha generado programas de televisión que inspiraron a investigadores o ayudaron a la academia a explorar nuevas vías de conocimiento, como sucedió con los Expedientes Secretos X. La industria del entretenimiento más poderosa que existe, también ha ido de la mano por décadas, de los aparatos de propaganda del Pentágono y el Departamento de Estado, para fortalecer la ideología, los valores y creencias de esa nación, en busca de objetivos políticos perfectamente definidos.
Walt Disney fue uno de sus grandes aliados, aunque nunca quiso hablar de sus años de colaboracionista, pero ayudó a modular el pensamiento norteamericano y reforzar su patriotismo en la Segunda Guerra Mundial, cuando el Pato Donald apareció donando uniformes a los reclutas del Ejército, y Mimí reciclaba la grasa del tocino para fabricar explosivos. Armand Mattelart y Ariel Dorfman escribieron en 1972 el libro Para leer al Pato Donald, que mostraba la colonización de los latinoamericanos a través del “American Way of Life”.
Muchos años después Joseph Nye, un académico de Harvard que fue subsecretario de Defensa, desarrolló la teoría del “poder suave”, donde Estados Unidos, mediante sus industrias culturales, utilizaba al entretenimiento en lugar de las armas para conquistar pueblos por la mente. Múltiples ejemplos vimos en las películas y series de televisión durante la Guerra Fría, donde la Unión Soviética era el enemigo. Caído el Muro de Berlín fue el narcotráfico el que la sustituyó, aunque efímeramente porque los ataques terroristas de Al Qaeda en Estados Unidos en 2001, movieron el eje de sus rivales hacia el fundamentalismo musulmán y la guerra contra el terrorismo.
Esto cambió recientemente y Hollywood, como en otras ocasiones, perfiló la ruta para dónde quiere hacer voltear a los estadunidenses y que como consecuencia, se forme lo que Edward Herman y Noam Chomsky llamaron “la fabricación del consenso”. Esto lo estamos empezando a vislumbrar en la 2ª temporada de Lioness, que en la primera siguió con el terrorismo musulmán, que evolucionó a un cártel llamado Los Tigres, de Ciudad Acuña, Coahuila, que secuestran a una diputada en su casa en Texas y la llevan a México.
En el análisis de las agencias de seguridad e inteligencia en el Situation Room de la Casa Blanca, un experto señala en la serie que no podían haberlo hecho sin alguien poderoso arriba de ellos. Ese enemigo es un agente del Ministerio de Estado de China –nombre ficticio pero que podría empalmarse en funciones con el de Defensa Nacional que encabeza el presidente Xi Jinping–, acreditado en la Embajada en México. El gobierno chino vinculado a los cárteles mexicanos, tal y como lo han venido señalando en Washington hace algún tiempo.
Hace casi tres años, un análisis de dos de los principales expertos en seguridad de la Brookings Institution, el centro de investigación demócrata en Washington, advertía que la presencia china en México se había expandido en unos cuantos años a actividades legales e ilegales. En junio, el Departamento de Justicia afirmó que el Cártel de Sinaloa tenía relación con las mafias chinas que lavan dinero del narcotráfico con ganancias superiores a los 50 mil millones de dólares.
No fue fortuito que desde hace casi dos años cambiara la política de tolerancia absoluta de la Administración Biden con México a cambio de frenar la migración, y caminara hacia una actitud crecientemente crítica por la crisis del fentanilo en Estados Unidos, acusando al gobierno de Andrés Manuel López Obrador de ser laxo con el narcotráfico y el ingreso ilegal del opiáceo de China, que los cárteles mexicanos introducían a ese país.
El status quo de la relación bilateral se modificó porque el fentanilo estaba matando a decenas de miles de estadunidenses por año, pero también porque una corriente de opinión en Washington considera que la droga es parte de una operación china de gran escala para acabar con esa sociedad desde dentro. De esta forma, a la guerra comercial abierta entre las dos potencias económicas, se agregó la presunta estrategia militar de Beijing contra Estados Unidos, aprovechando sus altos niveles de consumo de drogas.
México quedó en medio de todo esto, y la serie Lioness, inspirada en un programa real de los Marines en Irak y Afganistán, está socializando lo que hasta hace muy poco solo era interés de las élites: los chinos están usando a los cárteles mexicanos para matar a la sociedad norteamericana. El argumento es persuasivo y en lo que va de la temporada, no ha habido ninguna protesta oficial del gobierno mexicano.
Apenas hace unos días el gobierno de Coahuila dijo que emprendería acciones contra Paramount, la empresa que la produce, por utilizar patrullas cuyo diseño es el que tiene la Policía Estatal. También emplean vehículos con los logos, la tipografía y los colores de la Guardia Nacional, que no se sabe si es un uso no autorizado o algún funcionario obradorista lo permitió.
La exitosa serie de Paramount, conociendo el pasado que ha jugado Hollywood como parte de un diseño estratégico político-militar, o incluso inadvertidamente, se inscribe en el contexto geopolítico en el cual se encuentra inmerso México, y las amenazas arancelarias del presidente electo Donald Trump si el gobierno de Claudia Sheinbaum no actúa contra la migración indocumentada y contra el crimen organizado.
Ambos temas han sido inscritos en el marco de la seguridad nacional y deben abordarse como el objetivo final de las amenazas arancelarias. La intimidación de Trump es vista por muchos como transaccional –punto de partida para la negociación del acuerdo comercial norteamericano–, pero la vinculación china a las actividades ilícitas de la migración indocumentada y el tráfico de fentanilo, no es transitable en Washington.
Responder con estadísticas es una parte del camino, pero Trump responde a imágenes, no a cartas, y como Biden empezó a manejarlo, el caso chino es un asunto de Estado para Washington, donde el comercio es un vehículo para obligar a México a que se defina en qué parte del tablero quiere estar, China o Estados Unidos, donde los matices y las dudas no tienen cabida.

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Ser o no ser, el dilema de Sheinbaum

William Shakespeare ayuda a entender el momento por el que atraviesa la presidenta Claudia Sheinbaum con su soliloquio de Hamlet, que sintetiza un momento de dudas e indecisiones. “Ser o no ser, esa es la pregunta”, es como arranca la primera línea del tercer acto de su obra, que hoy condensa las tribulaciones y confusiones por las cuales atraviesa Sheinbaum en su visión de Donald Trump y las dificultades y contradicciones que está mostrando para interpretarlo.
Sheinbaum se sacó de la manga ayer una carta de 599 palabras para responder al presidente electo de Estados Unidos, que en la víspera amenazó a México y a Canadá con imponer aranceles de 20 por ciento a sus importaciones a partir del 20 de enero, el día en que toma posesión de la Casa Blanca, si no cierran sus fronteras al tráfico de drogas, particularmente el fentanilo, y a la migración indocumentada. Las acciones de Trump, de llevarse a efecto, probablemente violarían el acuerdo comercial de Norteamérica, lo que parece no alcanzar a comprender la presidenta en sus alcances, intenciones y motivaciones, porque a él, eso no le importa.
No son los únicos asegunes de la carta. El primero es que siguiendo el pésimo ejemplo de su predecesor Andrés Manuel López Obrador, hizo pública una comunicación antes de entregarla a su destinatario, lo que es política y diplomáticamente un error, y parecería que está más dirigida a una audiencia doméstica que buscar una interlocución real con Trump que lleve a buen puerto. Fue un acto de propaganda, no de alta política.
El espejo de Sheinbaum fue el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, que en lugar de preparar un evento de parafernalia, tomó el teléfono y le marcó a Trump el lunes mismo por la noche para explicarle los hechos factuales de la relación bilateral, y discutir sobre algunos de los desafíos en los cuales podían trabajar juntos y de manera constructiva. Trudeau dijo que fue “una buena llamada” y anunció que se reunirá esta semana con los 13 premieres de provincias y territorios para armar un “Team Canadá” y diseñar la estrategia para hacer frente a las amanazas de Trump.
En tanto, Sheinbaum perdió el tiempo preparando la carta, cuyo mejor momento es donde le dice a Trump que “no es con amenazas ni con aranceles como se va a atender el fenómeno migratorio, ni el consumo de drogas en Estados Unidos, (sino que) se requiere de cooperación y entendimiento recíproco a estos grandes desafíos”. En seguimiento a la estrategia que desarrollaron en momentos similares los presidentes Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, 180 grados distinto a la postura de inflexión de López Obrador, respondió la amenaza con medidas simétricas, arancel por arancel.
Su frase era la correcta, porque México tiene el conocimiento –no el personal– para hacerlo, y ante la dureza de Trump, la respuesta proporcional fue la adecuada. Sin embargo, el cuerpo de la carta reveló que ni la presidenta ni su equipo parecen terminar de entender que el Trump 2.0 –como lo definió Leo Zuckerman en su columna del lunes–, no tiene ninguna atadura que le impida hacer en cuatro años lo que prometió en campaña porque ya no puede reelegirse, y que la composición de su gabinete tiene dos características, muy proteccionistas y altamente ideológico. Y, en ambos casos, antimexicanos.
Sheinbaum está conceptualmente equivocada. Está utilizando la información dura para argumentar contra la política de deportaciones –que en efecto se redujeron este año por las presiones del presidente Joe Biden–, y que imponer aranceles producirá altas tasas de inflación –que se reflejó ayer en los mercados que no recibieron bien la amenaza–, cuando a quien tiene enfrente no es a un científico que tome decisiones a partir de los datos y las evidencias, como en muchos casos lo hace ella, sino a una persona mercurial, enloquecido a veces, narcisista e ideológico. Su futuro gabinete es una extensión de él.
Su carta –salvo el párrafo donde responde con amenazas, sus amenazas– y sus declaraciones, no se asientan en la realidad política –como insistir en dedicar un porcentaje de su presupuesto militar a la paz y el desarrollo–, y de la guerra comercial con China, sino en el deber ser, que la hace ver ingenua y en riesgo de que Trump comience a tener desplantes públicos con ella. No puede darse el lujo de perder credibilidad ante Trump, porque nadie en su gabinete la tiene ante él, porque no los conoce, o porque los conoce demasiado bien, como a Marcelo Ebrard, secretario de Economía, de quien ha tenido opiniones obscenas y despectivas.
La razón le puede asistir a Sheinbaum, como el tráfico de armas desde Estados Unidos y que si tienen una crisis de salud por el fentanilo, es porque ahí están los consumidores. Tiene que repetirlo, pero no puede fincar en posiciones principistas su estrategia frente a Trump, que maneja imágenes, emociones y subjetividades. Anclarse solamente en los hechos no la va a llevar a ningún lado. Un equipo sin creatividad estratégica montado en la misma silla, tampoco. No están analizando lo que significa un Trump 2.0 y lo que necesitan hacer de inmediato para hacerle frente.
Para responder la amenaza con una respuesta recíproca, necesita tener el equipo capacitado en la Secretaría de Economía para hacerlo, pero no lo tiene, porque la exsecretaria Raquel Buenrostro, los corrió a todos en el sexenio pasado. La falta de técnicos y negociadores no los va a remplazar con Ebrard ni su débil equipo en Economía. Tampoco ha dado luces la Secretaría de Relaciones Exteriores, que tendría que estar cabildeando en Estados Unidos, particularmente en los estados que podrían resultar más afectados por los aranceles, como Texas, que es republicano, y generar una presión doméstica a Trump por parte de gobernadores y empresas.
Sheinbaum se está equivocando y probablemente no se esté dando cuenta que está inmersa en el dilema shakesperiano. Tiene poco menos de dos meses para actuar, pero sin juegos pirotécnicos que le darán popularidad, aunque se esfumarán si Trump cumple las amenazas y nos arrastre a todos.

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Culiacán, en llamas

El fin de semana pasado fue terrible para el país en tér-minos de violencia. Dos-cientos treinta y seis asesinatos, de los cuales la mayoría recayó en Sinaloa, con casi un 10 por ciento del total nacional. El gobernador Rubén Rocha Moya no estaba en su estado sino en la Ciudad de México, a donde viajó justo cuando empezaba el baño de sangre, señalando a la prensa que, en efecto, había algunos “problemitas” que todavía necesitaban resolver. “Problemita” es un eufemismo escandaloso para describir lo que sucede en el estado agrícola más importante del país. Basta ver los encabezados de los periódicos sinaloenses este lunes.
“Se desata violencia en el centro de Sinaloa; reportan narco-bloqueos y ‘ponchallantas’”.
“Tirotean cámaras de segu-ridad en Culiacán; la SSP también confirma asesinatos, ataques y ‘levantones’”.
“Transporte urbano se impone toque de queda ante violencia”.
“‘Parece guerra’, dicen vecinos de Culiacán; se escuchan disparos sin cesar esta madrugada”.
Solo el domingo fueron vandalizadas 65 cámaras de videovigilancia, que dejaron escondidos actos criminales. Hubo balaceras en varios puntos de la capital y una casa incendiada, que no se sabe si la explosión que se escuchó ayer en la madrugada a kilómetros, tuvo su origen ahí. Sin embargo, los sinaloenses no encontraron la empatía de la presidenta Claudia Sheinbaum, que no le dedicó una sola palabra en su conferencia de ayer, pero se llenó la boca presumiendo una encuesta publicada por El Universal que muestra una aprobación de 74 por ciento a dos meses de iniciado su gobierno, 7 puntos menos de los que tuvo Andrés Manuel López Obrador en el mismo periodo, y 4 más de los que registró Vicente Fox.
El silencio le ayuda en el corto plazo, pero pensar que los 2 mil 300 kilómetros que la separan de Culiacán le construyen un cordón sanitario que la inmuniza, es otra cosa. Lo que sucedió este domingo y la madrugada del lunes en Culiacán, de acuerdo con la información que circula de personas con vasos comunicantes con el roto Cártel de Sinaloa, es un cambio de paradigma en la guerra intestina que vive la organización criminal más importante del mundo.
El nivel de violencia que se vio en Culiacán es explicado como la llegada de las milicias de Ismael El Mayo Zambada, que aún no tiene remplazo como jefe del Cártel de Sinaloa, a la capital del estado, que era el enclave de Los Chapitos, Iván Archibaldo y Alfredo Guzmán, hijos de Joaquín El Chapo Guzmán, cabezas de la facción que quisieron aprovechar su captura para hacerse del control de la organización.
Tras la captura de El Mayo el 25 de julio, la violencia no llegó de inmediato, porque Los Chapitos comenzaron a comprar armamento y a reclutar sicarios para la guerra que iban a desatar. Lo hicieron atacando las sindicaturas en la zona sur de la periferia de Culiacán, pero poco a poco fueron siendo relegados. La nueva información que se tiene es que las milicias de Zambada, a las que identifican como Los Mayitos o “Los del Sombrero”, reflejando su perfil campesino, entraron ayer a Culiacán con toda su capacidad de fuego para apoderarse de la plaza.
A eso parece responder, por ejemplo, que la vandalización de las videocámaras fuera un operativo sincronizado de 20 minutos entre las 2:12 de la madrugada de ayer, y las 2:39, que no solo incluyó puntos dentro de la capital, sino aquellas que se encuentran a la entrada de la ciudad. ¿Ocultaron cuántos vehículos y milicias llegaron a Culiacán para su conquista? Es una probabilidad. Pero de lo que sí hay evidencia es que la lucha contra Los Chapitos provocó un incremento en el número de vehículos robados, lo que se explica cuando se aprecian las imágenes del alto volumen de vehículos destruidos o incendiados. Es decir, los sicarios también tuvieron que renovar el parque vehicular que quedó destrozado en la guerra.
Las autoridades federales no tienen una estrategia que enfrente a las dos facciones del Cártel de Sinaloa, y están actuando únicamente como contención y disuasión, lo que no ha funcionado en absoluto, como tampoco las tareas de inteligencia les han permitido acciones preventivas. Hay más de 2 mil elementos del Ejército y la Guardia Nacional que no han frenado la guerra porque no fueron a Sinaloa para ello.
La estrategia pasiva por la que optó el gobierno federal fue esbozada ayer por Rocha Moya en una entrevista espontánea poco antes del evento en Xochimilco sobre agua con Sheinbaum, que reconoció que los “encuentros” –que al parecer utilizó como eufemismo de “enfrentamientos”– entre criminales y militares se han reducido últimamente, lo que es una pésima noticia. Peor sería si la interpretación que hicieron varios medios de sus palabras, es que el “encuentro” fue una reunión de funcionarios federales con criminales, que toma verosimilitud por los acercamientos que tuvo con Zambada y Los Chapitos.
Los militares y el resto de fuerzas federales parecen estar apostando a que una de las facciones triunfe e imponga una vez más la pax narca, que ayer en una entrevista radiofónica con Azucena Uresti, recordó Marcos Barrón, presidente de la Barra Mexicana de Abogados de Sinaloa, quien dijo que diversos integrantes de su gremio hubieran preferido que Zambada siguiera libre.
“La ciudadanía veía hasta cierto punto normal que los hijos de El Chapo Guzmán y El Mayo convivieran en Culiacán, pues ‘se mantenía un control de seguri-dad’”, dijo Barrón.
Esta forma de pensar era la que expresó el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, quien llegó a reclamar a Estados Unidos la captura de Zambada, porque al hacerlo habían propiciado la violencia. En ambos casos es la claudicación del Estado mexicano y la carta blanca a los criminales para que se apoderen de una ciudad a cambio de pax narca. Pero como se ha visto, después de la ciudad viene el estado, y luego la región y luego el país. Afortunadamente terminó el sexenio de López Obrador y no le dio tiempo de entregar la mitad de los municipios del país que aún no tienen bajo su control las organizaciones criminales. Lamentablemente el gobierno de Sheinbaum, en el caso de Sinaloa, camina en el mismo sentido.

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