Su voz es casi inaudible. Le impide hablar un nudo en la garganta. En su rostro surcado por las lágrimas se percibe la tristeza, la nostalgia y la impotencia. Cuando habla, entrelaza nerviosamente los dedos de las manos a la altura del vientre y dice, “nosotros nos salimos por miedo, vimos que toda la gente ya se estaba yendo, por eso nos salimos también, y dejamos la casa solita, los animales, todas mis cositas”.
Es una mujer de 61 años de edad y forma parte del grupo de 36 indígenas nahuas de nueve familias de las comunidades de Ahuihuiyuco, Tepozcuautla y Tetitlán de La Lima, municipio de Chilapa, que el 8 de junio abandonaron sus comunidades ante la violencia protagonizada por los grupos criminales de Los Rojos y Los Ardillos. Hoy se refugian, lejos de su pueblo, en una comunidad del municipio de Juan R. Escudero, pero todavía con el miedo de ser encontrados.
“Ahorita allá andan los soldados, pero cuando se vayan, otra vez va a ser lo mismo”
Con su intempestiva huida de Tepozcuautla, la mujer todo lo perdió, lo único que le queda son sus recuerdos que ahora cuenta; igual que todos sus compañeros del grupo, pide no revelar su identidad, ni mencionar el lugar donde se encuentran. El miedo los acecha.
“Quién sabe si algún día regresemos, tenemos miedo, ahorita allá andan los soldados, pero cuando se vayan, otra vez va a ser lo mismo”, cuenta.
A ella no le mataron a ningún familiar, no le desaparecieron a nadie, tampoco fue amenazada, se salió de su pueblo simplemente por miedo de ver y oír tantas cosas, reconoce.
“De pronto, en la noche, aparecían muertos en la carretera que va para Chilapa. Nosotros sólo escuchábamos las balaceras, a veces hasta en el pueblo amanecían cuerpos, veíamos cuando los iban a levantar, entonces la gente del pueblo se empezó a ir; también se fueron los vecinos que vivían mas cerquita, nos dejaron solitos, y fue cuando en mi familia decidimos también salirnos”.
Añade que su familia también se fue del pueblo porque los hombres armados se estaban llevando a todas las muchachas, “a unas muchachas se las fueron a quitar a sus mamás, y eso nos dio harto miedo, de plano, que nos fueran a quitar a la nuestra que ya tiene 21 años”.
Recuerda que fue la mañana del 8 de junio. Ese día tomaron poca ropa y sus documentos personales, para que si los encontraban los hombres armados no pensaran que iban huyendo del pueblo. “Le dimos por la barranca y de allí salimos al cerro. Nos fuimos pa’ Chilapa; allá (en su comunidad) dejamos mis bueyes, mis chivos, mis pollos, mis marranos, mis perros y toda mi ropa se quedó”.
Agrega que ahora quisiera ir a traer, aunque sea, su ropita, “¿pero cómo?”, se pregunta y ella misma se responde, “no vamos porque no sea que no nos vayan a dejar entrar a nuestra casa, o que nos maten, porque hasta ahorita, bendito sea Dios, estamos completos”, dice mientras deja escapar un suspiro.
Aseguran que no volverán al cumplirse un mes de su huida
Él tiene 26 años, ella 22, y tienen un hijo de 6 y una bebé de un año. Ellos también vivían en Tepozcoautla, de donde la violencia los expulsó; ahora sobreviven en alguna comunidad del municipio de Juan R. Escudero. Este 8 de junio se cumple un mes de que abandonaron su comunidad, a la que definitivamente ya no van a volver.
“Regresar es como entregarse a la muerte”, dice él, mientras su joven mujer entretiene a su bebé quien, ignorante de la tragedia que viven sus padres, juega con la grabadora del reportero en el regazo de su madre.
La pareja y sus dos hijos viven ahora en una choza de cinco por seis metros con una sola división en medio, y en la que también habita otra pareja y los padres de él. En total, ahí viven hacinados 11 personas de tres matrimonios.
Él cuenta porqué decidieron salirse de Tepozcuautla. A su hermana y a su cuñado los levantó la delincuencia organizada. Él trabajaba fuera del pueblo y, cuando se enteró, le pidió por teléfono a su mujer que se saliera de allí para evitar que se fueran a ir también en contra de ella.
Cuenta que su mujer no quería dejar su casa, sus muebles, sus animalitos, “¿cómo los voy a dejar?”, recuerda que le reprochó un día ella. Él le contestó, “primero estás tú y los niños, lo demás hay luego vemos como le hacemos para recuperarlo, vamos a salir adelante, pero salte”, le ordenó. Sin embargo, la mujer le contestó resuelta, que no.
El joven dice que por eso le sorprendió cuando la tarde de ese mismo día fue ella la que le llamó para notificarle: “¿sabes qué?, me voy”. Y salió de Tepozcoautla la noche de 8 de junio, con sus dos hijos menores de edad.
El joven relata su caso mientras su mujer lo escucha al lado suyo, con su hija en brazos.
Entonces, ella retoma el testimonio y cuenta, “ese día dejé todo, mi casa, mis cosas, mis animales. Nomás me traje una poquita de ropa que alcancé a juntar y los papeles, fue lo único que nos trajimos, no nos pudimos traer nada más. Haga de cuenta que no fue planeada nuestra salida. Nosotros decíamos, ‘no, no nos vamos a salir’, y de un ratito para otro vimos que ya estaban feas las cosas.
–¿Por qué de un ratito para otro?
–Cómo le dijera, la delincuencia ya estaba de por sí desde hace mucho tiempo en el pueblo, pero ya últimamente andaban que querían gente. Levantaban a mucha gente y muchos aparecían ya sin vida, por eso tuvimos miedo.
“Por ejemplo, a él (su esposo) le quitaron a su hermana, se la llevaron, y así (las mujeres) ya no estábamos seguras ni en la propia casa”. Denuncia, “últimamente hubo muchos cuerpos que estuvieron encontrando en las carreteras. Se oían muchas cosas, disparos, peleas. En el barrio donde nosotros vivíamos estaba ubicado el grupo que según gobierna en el pueblo. Siempre que yo bajaba con mi niño al jardín era normal encontrarlos, porque por allí siempre andaban. Tantito salíamos, los encontrábamos tomando o fumando”.
Explica que por eso se salieron. “Mi niño está chiquito, pero ya tenía mucho miedo. Haga de cuenta que, si andaba jugando en la calle con su bicicleta, cuando los veía no le importaba nada, dejaba todo y corría a la casa, y uno de ellos siempre le preguntaba por su papá, que dónde estaba, que cuándo iba a regresar”.
Explica que atrás de su casa no hay camino, pero siempre por allí pasaban, “por eso decidimos salirnos. Ya estaba muy feo teníamos miedo que algo pasara”.
Entre nostálgica y triste la joven mujer agrega, “y ahora la vida nos cambió drásticamente, porque aquí no tenemos nada. Ahorita tenemos unos ahorritos y de allí estamos agarrando, pero no sabemos cuánto nos va a durar. Como verá, la casa donde vivimos ahora está muy chiquita, tiene una sola cocina para las tres familias que vivimos allí”, dice.
Dice que les urge que el gobierno les ayude con su reubicación, “y más que nada, nos dé seguridad, porque tenemos miedo que nos encontremos a los delincuentes que pueden andar buscándonos, en represalia de que nos salimos. Más que nada eso, también que nos ayuden para tener derecho de ir al centro de salud para que atiendan, sobre todo a nuestros hijos”.
El día de la entrevista, la pareja acababa de llegar del centro de salud, donde no los atendieron. Iban con su hija de brazos enferma, pero les dijeron que como no estaban registrados como vecinos del lugar no podían atenderlos, “pueden venir el día que sea de la semana, menos hoy”, les dijo un médico.
El joven padre denunció que así les han venido diciendo desde hace un mes, cuando llegaron.
Acepta que no les queda otra que aguantar y seguir así aquí. “Regresar es como entregarse a la muerte. Haga de cuenta que, si yo regreso a mi casa, luego luego me van a ir a matar, pero van a esperar el momento adecuado, cuando digan, ‘ya se confiaron, ya viven aquí normal’, y entonces van a ir y me sacan, o allí mismo me matan”.
–¿Por qué?–, pregunta el reportero.
–Porque nos conocen bien y saben que nosotros también los conocemos a ellos, y ese mismo miedo les va a decir, ‘te saliste, a dónde fuiste y por qué regresaste’. Por eso, de regresar, ya no vamos a regresar.
“No los vamos a exponer a ellos –dice mientras señala con el índice a sus hijos–, preferimos estar aquí, sufriendo, en vez de estar allá arriesgando la vida, mejor aquí”, dice mientras voltea a su alrededor, como resignado a estar en una tierra que no es la suya.