Ramón Gracida Gómez
El Otatal, Tecpan
Para atrapar a Lucio Cabañas y a sus escasos tres compañeros de la guerrilla del Partido de los Pobres, uno adolescente de apenas 14 años, el Ejército impuso el 2 de diciembre de 1974 un cerco militar de varios kilómetros a la redonda de la pequeña comunidad El Otatal Tecpan, mandó a “muchísimos” soldados a la zona, allanó casas, tiró a los vecinos al suelo y sobrevoló con helicópteros.
Félix Ramos Maldonado recuerda fielmente el lunes 2 de diciembre de aquel año porque ya no pudo regresar a su vivienda que se encontraba a unos metros de la cañada en la que cayó el líder guerrillero debido a que los militares no lo dejaron pasar.
Dos días antes, el entonces joven de 15 años se casó a las 6 de la tarde, desde el jueves preparó la celebración bajando de su pueblo para ir a comprar la bebida y traer los insumos para llevarla a cabo.
La cañada donde se encontraba El Otatal es un rincón de la Sierra Madre del Sur, al que actualmente se llega después de 40 minutos desde la comunidad Las Mesas en transporte apto para un camino rupestre de 7 kilómetros, camionetas y cuatrimotos pasan encima de zanjas, piedras y tierra; en aquel entonces “ni carretera había”.
La cruz que recuerda la caída de Lucio está posada sobre una gran roca, también hay un cartel con la foto del profesor; su frase Ser pueblo, hacer pueblo y estar con el pueblo; el lema En honor a los caídos, desaparecidos y sobrevivientes; y una reflexión que culmina con: “Muchos quisieron aniquilarte y con ello sembraron la semilla que ahora germina en la conciencia del pueblo que te recordará hoy, mañana y siempre”.
A un costado se encuentra una manguera que conduce al rancho de Félix Ramos, es visible que por ahí cae un arroyo actualmente seco, las únicas personas que pasan por estas tierras que parecen solitarias son los mismos campesinos y el dueño del predio.
Al día siguiente del casamiento, Félix Ramos volvió a bajar de su pueblo para entregar las sillas y las mesas utilizadas para la fiesta, pero cuando quiso regresar a El Otatal ya no pudo porque “ya estaba la balacera aquí temprano”, alrededor de las 7, 8 de la mañana.
La zona “estaba rodeada de guachos, muchísimos, alrededor, helicópteros” que sobrevolaron la zona, Félix ya no pudo pasar el retén instalado en San Luis San Pedro, localidad que se encuentra a orilla de la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo y a una media hora en automóvil de Las Mesas.
Es decir, fue un gran cerco militar de varios kilómetros a la redonda de El Otatal, “estaba muy lejos”, rememora Félix a medio siglo del suceso.
“Mandamos a unos primos míos que llevaran bestias para subirnos y ellos vieron la rastrería y ya no quisieron entrar, vieron carros pa’lla, ya no pudieron, que era pa’quí pues”.
Las pocas viviendas que conformaban El Otatal en aquel tiempo se encontraban a un costado de la cañada donde murió Lucio Cabañas, unas escasas 20 personas vivían en este territorio recóndito, de las cuales sólo dos estaban en sus casas cuando comenzaron los balazos.
“Los tiraron al suelo; no se levanten hasta que nosotros les digamos”, ordenaron los militares a los habitantes de esta comunidad de Tecpan.
Félix Ramos pudo regresar a su casa el 3 de diciembre, pero todo estaba “destruido, se robaron papeles de tierra, me trozaron los mangos, nos revisaron las casas”, pese a que los vecinos de El Otatal no sabían “nada” de la llegada de los guerrilleros a la zona porque provinieron de cerros más altos.
Antes de la llegada de los guerrilleros el ambiente era más tranquilo en el pueblo, pero los campesinos ya llevaban tiempo soportando las restricciones que impuso el Ejército en toda la Sierra de controlar la comida con la excusa de que no fueran a alimentar a los integrantes del Partido de los Pobres.
Félix y otro vecino recuerdan que después de comprar los productos en partes más bajas de la Sierra, cada uno de los campesinos sólo podía pasar el retén militar con un kilo de arroz para una semana, por lo que si iban con su pareja se dividían la mercancía y poder llevar más a sus casas.
Pese a estos intentos de burlar el cerco militar, ambos señores adultos mayores dicen haber pasado “hambre” junto con sus familias de El Otatal.
Lucio Cabañas, de 36 años, murió y a unos 200 metros de distancia cayeron Esteban Mesino Martínez, de 21 años, y Lino Rosas Pérez, de 20; el tercer combatiente de 14 años, Marcelo Serafín Juárez, sigue desaparecido, pero su aprehensión en vida quedó inmortalizada en una foto en la que aparece con el rostro de coraje junto con los militares que lo agarraron en El Otatal.
Después del enfrentamiento, los militares sólo les hicieron “algunas preguntas” a los habitantes de El Otatal, pero los campesinos no tenían información de que estuviera Lucio ahí, habían escuchado de él nada más, e incluso fue hasta el día después de la muerte que supieron que ahí cayó el líder guerrillero.
De las viviendas originales sólo quedan pequeños vestigios escondidos entre la maleza, los habitantes se fueron cuatro años después de la muerte de Lucio porque no había escuelas para las nuevas generaciones.
El domingo pasado, familiares y activistas encabezados por la hija de Lucio, Micaela Cabañas, acudieron a El Otatal a rendirle honores a los guerrilleros. Félix Ramos asistió y considera que este tipo de eventos “está bien porque si aquí murió, pues que venga su familia a ver dónde quedó, sus últimos días”.
Los asistentes a la conmemoración escucharon a Félix Ramos decir que se había casado por esos días de la caída de Lucio cuando el cronista de Atoyac, Víctor Cardona Galindo, les explicaba que los guerrilleros llegaron a este punto de la Sierra tras la persecución en los pueblos de Atoyac.
Enterraron el cuerpo de Lucio con metales para desaparecerlo
Un testimonio de la persecución en los pueblos es del periodista Felipe Fierro Santiago, de 62 años, que cuenta en entrevista que cuando era niño en la comunidad de Agua Fría le tocó ver las concentraciones masivas de los pobladores en la cancha por órdenes del pueblo.
El autor del libro El último disparo, en el que recrea la muerte de Lucio y la historia de sus restos, señala que los militares trasladaron el cuerpo de Lucio Cabañas en helicóptero al cuartel de la 27 Zona Militar, actualmente Ciudad de los Servicios de Atoyac.
El presidente municipal, Silvestre Hernández Fierro, el cronista del municipio y director de Panteones, Régulo Fierro Adame, y la directora de la primaria Modesto Alarcón cuando Lucio daba clases, Genarita Reséndiz de Serafín, identificaron el cadáver en “secrecía” para que el gobierno federal lo informara posteriormente.
El alcalde le pidió al cronista escoger el lugar para sepultarlo en el cementerio municipal, éste eligió a “dos borrachitos” para excavar la fosa y los militares completaron el entierro del cuerpo tal como estaba, sin ataúd.
La luchadora social y maestra compañera de Lucio, Hilda Flores, su mamá Elisa Flores Reynada “y unos cuantos del Ayuntamiento” conocieron el lugar donde fue enterrado clandestinamente, “la gente no se quería ni acercar, tenía miedo”.
Según Fierro Santiago, “esconder el cuerpo significaba dejarle dudas al pueblo y decirle en un momento dado se vendió, se fue a Cuba, se fue a Rusia, que fue la versión que sacaron posteriormente; y mucha gente aquí en Atoyac cree que Lucio vive y que está en Rusia, que está en Cuba, precisamente porque el Estado fue creando eso”.
Los informes militares afirman que mataron a Lucio Cabañas, pero Fierro Adame le contó Fierro Santiago mucho tiempo después que cuando identificó el cuerpo tenía un balazo en la cabeza de abajo hacia arriba, lo que supone un suicidio.
Un grupo encabezado por Máximo Gómez Muñoz, “el cura rebelde”, promovió el rescate de los restos de Lucio y el punto de entierro fue señalado por la maestra Hilda Flores, es el mismo lugar donde actualmente se encuentran enterrados los restos de sus compañeros también caídos en combate en El Otatal, Esteban Mesino y Lino Rosas.
Entre el 3 y 4 de diciembre de 2001 el cuerpo fue exhumado por peritos forenses de la Fundación Rigoberta Menchú, quienes presumieron que los metales con los que lo encontraron, monedas y clavos, fueron colocados “para que el cuerpo se deshiciera”.
El 2 de diciembre de 2002, los restos del líder guerrillero fueron inhumados donde actualmente se encuentra el obelisco y monumento construidos en su honor en el zócalo de Atoyac.