Nachito

Egresó como abogado en la escuela de Derecho de la UAG, la de Acapulco, profesión que prácticamente nunca ejerció. Eso pasó como en 1988. El oficio que ya le había ganado era el de monero. Las primeras caricaturas suyas aparecían entonces en El Sol de Guerrero, de Donato Valdez, oficinas entre Comonfort y Roberto Posadas, abajo del viejo Ayuntamiento, y en ese cuadrante se ubicaban la mayoría de los viejos periódicos: Revolución (después El Observador), El Gráfico de Chema Gómez, los periódicos de los hermanos Caballero, y El Trópico, que ya administraban los hermanos Pérez García. De su primer sueldo, donde sin tutoría entregó sus primeras notas, don Donato le descontó las dos tortas que le había invitado y que él había ido a comprar.
Aprendía el oficio de imprimir en la imprenta Lépez Vela. Se libró por pelos de ser detenido cuando la policía detuvo a un trabajador de la imprenta porque duplicó boletos de un torneo internacional de futbol en la UDA.
Nacho para ese entonces ya era un chavo politizado, en tiempos donde ser universitario y asumirse de izquierda, aunque sea tímidamente, no sólo era mal visto sino mal juzgado socialmente. La guerrilla y sus saldos de la guerra sucia aún eran recientes, y él provenía de la Prepa 7, donde tuvo como maestros a Rafael Trejo, Silvano Torreblanca y Romualdo Hernández, que integraban la dirigencia del PSUM, y antes del Partido Comunista.
En la Prepa se alineó a ese grupo. Eran tiempos donde la universidad era un campo de batalla entre las izquierdas: los radicales y los reformistas. Según el ya fallecido maestro Leoncio Domínguez Covarrubias, el Estado (todo era PRI), estaba más complacido de que las izquierdas se destrozaran entre sí en la universidad y no compitieran por la vía electoral.
Allá en la Prepa 7 participó en un periódico, lo que sea que técnicamente fuera eso, llamado La Antorcha o Chispa. Chispa debió ser, como el periódico de Lenin, Iskra.
Cuanto entró a Derecho, creo que la tercera generación de la entonces llamada Escuela de Derecho y Ciencias Sociales, ya era un personaje inevitable de la izquierda, aunque su participación en las grillas fue discreta.
En Sociales le promovimos una exposición de caricaturas en una zona al aire libre (Viernes Culturales en Sociales), de las cuales se robaron dos, dos cuadros se cayeron con el viento y se descuadraron y a una le pegaron un chicle. Nunca lo reprochó.
La familia de Nacho era originaria de Chilapa. Allá conservan aún la casa familiar, prácticamente en el centro de la ciudad. A Acapulco llegan pues, por la atracción del empleo. En la Hogar Moderno, la casa paterna, comienzan a vender el platillo de su región, el pozole. Un empleo familiar fue el cuidar casas en la zona turística. Lo hacen por mucho tiempo en la Inalámbrica, en el barrio de La Pinzona, donde son vecinos de la mecenas Dolores Olmedo, en la ahora llamada Casa de los Vientos. Allí, Diego Rivera, cuando elabora el mural exterior de la Casa Emplumada (1956-1957), dibuja en uno de sus cuadros a uno de sus hermanos mayores.
Allá, vecino de La Quebrada, intentó la emprendeduría de vender chicles a los turistas, hasta que al segundo día fue corrido a patadas por la mafia de chicleros.
Nacho nace en 1961 o 62, según recuerdo.
Estar alejado de la grilla universitaria le valió, para bien, estar más allá del bien y del mal –sobre todo esto último– de los rencores que aún se guardan entre ellos las generaciones de entonces. Aunque era prácticamente imposible no dejarse seducir y llegar por la simpatía y las ocurrencias, originales e inéditas de este camarada “de partido” al que le pasaban las mayores calamidades impensables.
Las reciclaba, claro, y eran motivo de las anécdotas que lo fueron vistiendo a quien ya era un personaje en el medio periodístico, donde las mezquindades son lo común.
En 1988, el parteaguas de la vida política en México, en el PMS fue nuestro asesor en el diseño de mantas contra el fraude electoral, aunque ya como periodista prefería mantener el perfil bajo, según él, aunque la solidaridad lo precedía: marchas contra el imperialismo, en favor de Palestina, por Cuba, o contra las agresiones a los colegas de prensa lo encontraban en primera fila. Era la solidaridad andante. Temas locales como las matanzas de Aguas Blancas, El Charco y Ayotzinapa no lo encontraron indiferente, lo mismo que su recurrente memoria de reivindicar a las guerrilas de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas.
De monero pasó a dedicarse a la reporteada. Tras El Sol de Guerrero, pasó a El Sol de Acapulco –primero haciendo un cartón, que firmaba como Nacho’s– y siguió con Novedades de Acapulco, Diario 17 y también en televisión, en Cable Acapulco.
Un breve periodo fue jefe de prensa de la UAG en la Zona Sur (¿92, 93?), y trabajó brevemente en el INEA, dato que sería inocuo de no ser porque recordaba que para reforzar una campaña de alfabetización fue con un camarógrafo a Monterrey a grabar un spot de promoción con un futbolista en funciones que por dos minutos de grabación y una carcajada de paisano cobró un maletín de billetes. Creo que se refería a un comentarista a quien ahora en TV Azteca le dicen El Inmortal.
Algo que irritaba a muchos colegas, que lo hacían motivo de sorna, fue que nunca abjuró y ocultó su militancia en las izquierdas: PMS, PSUM, PRD, Morena. De ese partido tuvo el privilegio no de ser el fundador, sino de los primeros expulsados, junto con Rafael Trejo. Cosa de pedir democracia y hacerlo explícito cuando el primer dogma morenista fue no externar los diferendos internos.
En ese partido donde se compite por quién es más puro y democráticamente originario, Nacho evitó, con inmerecida modestia, presumir sus credenciales. En tiempos de la fundación de las organizaciones por la presentación de los desaparecidos, era un contacto directo con Rosario Ibarra de Piedra, de ¡Eureka!, y de Josefina Martínez, esposa de Felipe Martínez Soriano, el ex rector de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Fue amigo del ex rector de la UAG y primer presidente del PRD, Rosalío Wences Reza, y de ex guerilleros y luchadores sociales con Eloy Cisneros, Juan García Costilla, Arturo Gallegos y muchos más.
Siguió participando en ese partido aún ya sin militancia, proselitista, chairo como le decíamos, sin rubor. Aún incluso cuando le espetábamos que la 4T nunca le hubiera hecho justicia, pues las consecutivas administraciones morenistas en Acapulco ni lo pelaron a pesar de que los tiempos de gloria por algo a lo que dedicó su vida lo encontraron prácticamente en la banca.
La picaresca era su tarjeta de presentación, las anécdota propias, el alimento; los chismes del medio nunca le fueron ajenos, pese a la decencia de la tradición católica de la que provenía y de la que nunca se desligó, la chilapeña.
–Pareces mi biógrafo, cabrón –me dijo una de las últimas veces que nos vimos, en el restaurant de Esteban, en Juárez y José María Iglesias–, al recordar diversas fechorías propias del oficio.
Pues sí, hermano.

 

 

Sobre el Cronista de la Ciudad

CRUCE DE PEATONES

 

 

A mediados de los 80 del siglo pasado, que no hace un siglo, las mesas del Café Astoria eran un retablo –eso vale para una descripción de ahora– de personajes que por sí solos narraban la vida intelectual de Acapulco.
Eran parte de la comunidad viva de cronistas e historiadores de la ciudad que como parte de una civilización más amplia, la originaria de la penísula ibérica, frisaba ya los 450 años de existencia.
Uno –pobrecito reportero que era–, los miraba en un pedestal levantado sobre varios libros en su haber, los de ellos, mientras devoraba unas enchiladas verdes acompañados de agua de jamaica en una copa-bola repleta de hielos y a 20 grados centígrados, la cosa del clima.
Bajo el enorme mangle ya difunto, que por las mañanas eran el dominio de una parvada de aves entre las que destacaban los zanates cagones, acudían a tomar café y a tirar la polilla periodistas, escritores y políticos –porque era en parte un sitio de reunión de veteranos– que tenían en su currículum ser parte activa de la narración de esta Ciudad y Puerto.
La Ciudad, aunque imparable en su crecimiento demográfico y territorial, aún tenía una identidad. Acompañados, porque ya estaban algo cascareados, llegaban Febronio Díaz Figueroa y don Pepe Pasta Tagliabue. Alternaban esas mesas con las de La Flor de Acapulco, ahí mismo en el Zócalo, o con el Sanborns del Centro, a donde acudía el ya ex alcalde Alfonso Argudín (inaccesible y pedante), y aún el muy discreto Ernesto García Moraga (Premio Nacional de Periodismo en 1974), quien mantenía una columna en El Sol de Acapulco. Carlos Jiménez Mabarak, el músico, autor del himno de los Juegos Olímpicos del 68, tomaba café en una mesa del restaurante de doña Bertha, el Astoria. El lugar se comenzaba a poblar a las ocho de la mañana con los lectores de los mal llamados periódicos locales, y se volvía a repoblar poco después de las 10:30, cuando llegaba en avión la llamada prensa nacional. Estar bien informado implicaba comprar al menos tres periódicos o tener “su periódico”.
Por esos días, quizá en 1988, el alcalde Israel Soberanis Nogueda nombra al periodista Enrique Díaz Clavel, corresponsal de Excelsior –con un centenar de exclusivas para la prensa nacional–, Cronista de la Ciudad, designación en uso de sus facultades como primer edil, sor-presiva porque no hubo convo-catoria ni consulta de por medio, y mirada por algunos con recelo, porque consideraban a Enrique cercano al grupo (y partido) en el poder, en un contexto donde se perfilaba ya el movimiento que llevaría dos décadas después al fin del régimen que durante los 70 años anteriores fue inamovible y sempiterno (eso se pensaba fatalmente). Pero designación justa en vista de la fama pública del personaje.

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“Entre el conocimiento de una ciudad y la capacidad de poseerla existe un mar de aprendizajes, de intenciones, de encuentros fortuitos que se producen o no, de búsquedas conscientes o no… Una ciudad tiene capas, como una cebolla. Ves una capa pero debajo hay otra, otras. Son como máscaras que debes levantar para ver el rostro, que puede estar maquillado y esconde manchas y arrugas que todavía te impiden observar, conocer, palpar toda la realidad de la piel que cubre los músculos, cartílagos o huesos…”. Leonardo Padura, Ir a la Habana, TusQuets, 2024.

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Los Cronistas de la Ciudad son la memoria (o un versión de ésta) de una ciudad. Pero no son la memoria por escribir. Eso es lo que no se explica de la convocatoria emitida creo que el 10 de marzo, literalmente con bombo y platillo, por el Ayuntamiento de Acapulco, donde llama a concursar por el puesto vacante desde 2016, tras el deceso de Don Enrique, y en donde pide a los aspirantes un “Plan de Trabajo”.
¿Qué plan de trabajo puede presentar un cronista que su oficio es escribir? ¿O se tiene la convicción de que ese espacio es un puesto administrativo?
No se entiende que una ciudad no conozca a sus cronistas. O a su cronista. Hay en diversas ciudades, una versión institucional de sus cronistas, en la mayor parte de los casos un reconocimiento a una trayectoria, a una labor de años, pero no como acceso a una labor administrativa (las remuneraciones del Bienestar).
El cronista de Saltillo, Coahuila, es el celebrado periodista Catón, Armando Fuentes Aguirre, la referencia contemporánea de esa función. No tiene cubículo ni sueldo en el Ayuntamiento, y lo es de años. Ciudades importantes del país, Mérida, Monterrey, Veracruz, los tienen o han tenido, y para el desarrollo del trabajo hay algo que se llama Consejo de Cronistas.
Bien. Plan de trabajo. ¿Hay con qué? Hace años un grupo de periodistas sugirió a la alcaldesa Adela Román rehabilitar la hemeroteca de Acapulco, sin tener acuse de recibo. La propuesta sería hoy inocua, ante la impostergable e inevitable transición a lo digital. Las labores pendientes: al menos reeditar una veintena de libros sobre la historia de Acapulco, películas por catalogar, un edificio para museo, un presupuesto para conferencias, un programa para crear una identidad de acapulqueños en cientos de miles que son hijos de padres migrantes de una entidad que los expulsó de sus lugares de origen por motivos que dan para un ensayo sobre el capitalismo bananero depredador, y que terminaron habitando lomas y colonias cada vez más alejadas de las playas.

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La referencia de los cronistas oficiales es la Ciudad de México, el epicentro del país que no se acaba de descentralizar culturalmente. Su último cronista como tal fue el historiador del arte virreinal Guillermo Tovar y de Teresa (La Ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido, 1991) designado en 1986 por el presidente Miguel de la Madrid, a los 30 años, cargo al que renuncia un año después para dar paso a la creación de un Consejo de Cronistas.
Ponía fin a una tradición de cronistas, entre quienes estuvieron Luis González Obregón (México Viejo, 1900, Las Calles de México, 1932); Artemio del Valle Arizpe (Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México, 1957), y Salvador Novo (La vida en México en el periodo presidencial de… son siete entregas, desde Lázaro Cárdenas hasta Luis Echeverría), nombrado este último por el presidente Gustavo Díaz Ordaz en 1965.
Cronista de la vida en México, sin reconocimiento oficial, pero con la fama pública de serlo lo fueron Carlos Monsiváis (1938-2010), y Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco, 1971, Nada, nadie, las voces del temblor, 1988).
La fama pública es el antecedente inevitable en cada uno de estos personajes. Por ello, resulta como un mal chiste que la convocatoria pida a los aspirantes –es un decir, los que se inscriban– acta de residencia, currículum, carta de antecedentes no penales y el “respaldo de tres personas de reconocida honorabilidad”. Ah, y “Carta de exposición de motivos”.

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Concluyo que hay dos lecturas sobre la convocatoria del municipio a Cronista de la Ciudad, que previa convocatoria e inscripciones evaluará el Cabildo de la ciudad con el voto de calidad de la alcaldesa. Las que ven el espacio como un cargo administrativo, sueldo incluido y un plan de trabajo para desarrollar sin presupuesto de por medio para 2025 –a la Dirección de Cultura se le asignaron 39 millones etiquetados ya para el Festival de La Nao, el Jolgorio acapulqueño (lo que sea eso), y la cada vez más castigada Feria del Libro–, y quienes la vemos como una referencia a una labor de una de las ciudades fundadoras del país llamado México y sus más de 500 años de historia.
Es decir, en contraposición a la memoria inmediata, la que priva entre quienes ven a la ciudad sólo como avenida Costera, cuyas referencias son los artistas que vivieron como recreo en los años sesentas, un Acapulco idílico que oculta bajo la alfombra su construcción por vía de despojos y agandalles, su violencia pasada y reciente, a la irresuelta falta de agua potable y la contaminación de sus playas, y niega su composición multirregional.
Qué pedirá la Carta de intención para aspirar al cargo: ¿Habla bien de Acapulco? Hace 15 años, y todavía recientemente, esa fue una campaña que ocultaba la intención de denostar a los locales que hacían observaciones sobre los problemas de la ciudad; era como condenar a quien renegaba de su parroquia.
Inevitablemente es una tendencia en las ciudades. En Saltillo, Coahuila, la vergonzosa historia de la matanza de chinos en 1911 fue silenciada por sus cronistas y achacada por sus historiadores a las huestes de Pancho Villa. Vito Alessio Robles, coahuilense, quien en 1932 entrega Acapulco en la historia y en la leyenda, y en 1934, Saltillo en la historia y en la leyenda, elude ese episodio, que por cierto revive el acapulqueño afincado en esa ciudad, Julián Hebert (La casa del dolor ajeno, 2015), y recuerda que en ese genocidio de más de 300 chales participaron coahuilenses, resentidos de la prosperidad de esa comunidad trabajadora.
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En una ciudad en reconstrucción, la reconfiguración de la identidad tiene que ser lo más inclusiva posible, pero no una reinvención de “lo bonito”. La acotación tiene que ver con las reacciones –que no debate– en redes sociales tras la emisión de la convocatoria. Como en el oficio de periodismo, el facilismo de tener redes a su disposición del usuario, subir fotos, artículos ajenos, han creado especialistas en historia sin el rigor que demanda la profesión. En esas anda uno cuando de pronto hay una convocatoria oficial para descubrir al cronista de la ciudad, la cual o balconea la falta de actualización de los emitentes (hay quienes piensan que en esa convocatoria hay un retrato hablado por un candidato ya apalabrado), o se cuelga de la inercia de los actores del ahora régimen dominante para someter todo a consulta.
Comentario a tiempo, porque no es un tema nada novedoso en mesa de amigos del gremio periodístico y de la cultura, es la propuesta pública que se ha hecho a las alcaldías de ejercer su potestad para designar al cronista, sin necesidad de los formalismos, y de crear un Consejo de Cronistas. De busca chambas no nos han bajado.

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Sí pues. Propusimos que se designara cronista oficial de la ciudad al periodista Anituy Rebolledo. Y se aclara que cuando se le pidió al testigo y relator de la vida de la ciudad aceptar que otros iniciaran su promoción, la desacreditó. El lunes se cerró el plazo para el registro de aspirantes. No va en la lista. Lo único que lo atestigua es una carta pública firmada por medio centenar de sus lectores. Faltó tiempo para buscar más. Es en fin, un testimonio de que para unos, el cronista de la ciudad es Anituy Rebolledo. A ver qué opina el Cabildo.

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Refiere el escritor Guillermo Fadanelli que tras una comida con la crítica de arte Raquel Tibol –ya entonces nonagenaria–, ésta con espíritu de pitonisa le reveló: “Usted va a suicidarse”.
–No Raquel –le dijo el entonces cuarentón. Yo cuando era niño fui a Acapulco. Y me sentí más feliz que ningún otro niño en el mundo”.
“Ella se marchó mientras yo reflexionaba sobre mis palabras. ¿Por qué le había soltado tal disparate… Es probable que un niño que fue feliz en el Acapulco de los años setentas jamás tendría que pensar en la muerte o hacerse a un lado del tumulto de los vivos” Y después describe el Acapulco “que me ha mantenido vivo frente a la profecía de Raquel”. (El Universal, 31/03/25, columna Terlenka) .

 

Radiografía del taxqueño, la mirada crítica a los vecinos de Fulgencio Bustamante*

La inmensidad de Taxco en la historia silencia su vida cotidiana.
El referente de la riqueza de este país llamado México desde hace más de cinco siglos, o por lo menos uno de sus referentes antes del petróleo, opaca la vida cotidiana de sus ciudadanos.
Taxco es la plata en el imaginario mexicano. En el mío, en el principio, es un pollo.
Antes que leer Las venas abiertas de América latina, de Eduardo Galeano, que me obligó a rever la ciudad que visité en 1976 en paso a las grutas de Cacahuamilpa como parte de la excursión por el cierre de sexto año de la primaria de Acapulco, vi Macario (1960) en la otrora televisión estatal, Canal 13: esa crónica particular de una ciudad que posteriormente me acercó a la literatura de B. Traven.
Antes de indignarme por el saqueo –narrado por Galeano– que la corona española hizo de la plata mexicana en las minas de la América –en nuestro caso cercano, Taxco– en ese paso a la politización que algunos ciudadanos llegamos a tener, tuve el apetito de comerme el pollo entero que López Tarso se despachó como Macario, en la película de Roberto Gavaldón, mi referencia lúdica de la ciudad.
En esa excursión de sexto año de primaria, la Iglesia no la visitamos, quizá porque nuestra escuela era propiedad de una iglesia protestante, con sede en Estados Unidos. Compré una pulsera de plata que me robaron en el camión escolar, en el camino de regreso a Acapulco. Y cierto, después me olvidé de Taxco por años, porque como bien dice Fulgencio Bustaman-te, Taxco parecía que no perte-necía a Guerrero.

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Dice un poema de Quevedo: “Peregrino, a Roma vas y a Roma no la hallas”. Poema que filosofó hace más de cuatro siglos. Sucede lo mismo al turista, al viajante, al visitador ocasional de esta antiquísima ciudad llamada Taxco: inasible, indescifrable como tal a simple vista.
Bajo el estruendo de sus minas, de su iglesia de Santa Prisca, de su Semana Santa, referencias inminentes para el buscador de Google, hay ciudadanos que la transitan y que la hacen posible. En mi caso, este libro, Por senderos turbulentos y apacibles, del profesor, activista, periodista y cronista Fulgencio Bustamante, me revela lo que no se halla: el Día del Jumil, las vicisitudes de quienes están detrás de la misteriosa procesión de los entrecruzados de la Semana Santa, y que el autor distingue de los flageladores, que uno pensaba eran el mismo show: ambos son grupo con acceso restringido. O sea, no cualquiera se agarra a cargar 40 kilos de zarzas a lomo o abrirse la espalda a fuetazos. El libro nos revela la labor y penuria de los artesanos de la plata, la bohemia de los hermanos Krayem y la leyenda tras Camioncito Flecha Roja; el carácter reservado, huidizo y conservador de sus habitantes, todo ese paisaje humano en donde paradójicamente los turistas son actores de reparto.

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Comienzo destacando el ensayo Radiografía del Taxqueño, y la trinchera desde donde lo hace: la crítica o la revisión a sus conciudadanos, desde mediados de los 70 y principios de los ochentas, lo que resume en un escrito finalmente en los 90.
Hay acá un tanto la decepción de quien abrazó tempranamente la bandera de la izquierda, las ideas progresistas –y la represión a su difusión– y de quien no se siente acompañado por sus vecinos.
Revela, quien en 1977 se asumió plenamente como ciudadano de esta ciudad, que el taxqueño es poco solidario con las causas sociales más elementales y no reacciona en general ante, narra, “el robo, los asaltos, el abuso de las autoridades, los cacicazgos, la explotación de las autoridades y los mayoristas de las artesanías de la plata”.
Y reprocha su falta de participación en actividades para el mejoramiento de su comunidad. Esas tareas y retos cívicos, concluye, “lo tienen sin cuidado creyendo que tal que nunca se va contra la autoridad, o que sin su intervención tal vez alguien las tendrá que hacer”.
Más adelante, acepta, el taxqueño se desquita a su manera. En esa época con ese voto oculto contra el PRI, o a favor del PAN, que quizá sea o no lo mismo. El ciudadano chingaquedito que decía Carlos Fuentes en La región más transparente, que comenzó a expresarse bajo el sufragio anónimo contra el régimen que era partido, que en 1988 en la elección presidencial y en 1989 en la de la alcaldía, dio un inédito pero no suficiente rechazo al partido de estado, y que en 1996 logra finalmente llevar a la alcalde a un candidato del PAN, siendo Taxco la primera de las grandes ciudades del estado que perdió el PRI.
Entonces la izquierda de don Fulgencio era meramente testimonial.

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La movilidad del taxqueño tampoco se da hacia el estado sino a Morelos o el Estado de México, entidad esta última a la que pertenecía hasta 1849. Su integración a Guerrero se da con el mejoramiento carretero a Iguala, más o menos tras el primer tercio del siglo pasado.
De manera que don Fulgencio, ya muy viajado por las necesidades propias del apostolado de la militancia de izquierda, confronta el carácter de sus vecinos con el resto de los guerrerenses.
Encuentra que el taxqueño es conservador y huidizo, y se diferencia del carácter extrovertido, franco, sincero, dicharachero, bromista, alburero, de sus geográficamente paisanos.
El taxqueño es muy apegado a sus tradiciones, a la Semana Santa y toda la preparación a lo largo del año, que implica cierta secrecía comunitaria.
Otra: “El taxqueño puede aplazar sus penurias y miserias pero jamás dejar de festejar el Día del Jumil”, ese día en que se desocupa media ciudad para acudir en procesión al cerro del Huixteco y en donde como en días de carnaval antes de Semana Santa, se explaya en los gozos y retozos, como diría Armando Jiménez, el autor del antropológico estudio Picardía Mexicana.
Eso sí, siendo paradójicamente la sociedad taxqueña “de las más conservadoras del país”, concluye: “más de la mitad peca con todas las fuerzas del alma y la pasión durante los once meses, pero se abstiene de hacerlo durante un mes que coincide con la Semana mayor”. Privata Peccata.
(“Hemos cambiado”, dicen asistentes a la conferencia).

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Sin embargo, la ciudad no es una Fuenteovejuna. La minería y ahora el turismo son su ventana, su nexo con el mundo. A diferencia de muchas otras ciudades donde se dio el saqueo de la plata, el oro o el estaño durante los primeros decenios del virreinato, donde la esclavitud de indios y negros son la parte vergonzosa de su historia, vemos una ciudad reconciliada con su pasado, aún con los excesos y excesivos personajes que se enriquecieron con la plata, según leo o más bien releí la historia referida por Rafael Ramírez Heredia en ese libro de viajes llamado Por los caminos del Sur: la de doña Elena de Añorga, dueña de la mina de Espíritu Santo, que mandaba a alfombrar las calles empedradas por donde pasaba con barras de plata. El menos excéntrico José Borda financió en tanto la iglesia de Santa Prisca.
Ramírez Heredia en el libro este publicado en 1990, con la venia y el patrocinio del entonces gobernador José Francisco Ruiz Massieu, refiere el punto de convivencia de los taxqueños con sus visitantes: las cantinas. Ramírez Heredia cuenta de su estancia en la ciudad, una de las tantas visitas, para la presentación de su libro Los Territorios de la tarde. No precisa pero quizá haya sido como parte de las Jornadas Alarconianas en las que Ruiz Massieu echó mano del erario estatal para financiar sus veleidades culturales, proceso minimizado por los gobiernos sucesores.
El tamaulipeco refiere sus escapadas a el Paco’s, hoy con otro nombre, a una consumición de cervezas y el muy local brebaje Bertha.
La investigación periodística con base en entrevistas a veteranos de la bohemia y la coctelería de Fulgencio Bustamante nos descubre un inmenso y vasto mundo cantinero y de bohemia. Basta decir que el recuento memorioso con el viejo cantinero Raymundo Quinto, y con Felipe Krayem, hermano del compositor y cantante Raful Krayem, provoca el vértigo por la cantidad de sitios enumerados de ese mundo o submundo ajeno al turismo o al visitante esporádico. Ya lo dicen los manuales de viajeros, quien quiera conocer una ciudad, empezando por su comida, que visite los sitios a los que van los locales; además, su vida cotidiana, el santo y seña de la identidad: las cantinas o sus mercados.
La picaresca del viejo y retirado cantinero, que se sincera y que dice que el de robar borrachos fue trabajo que más disfrutó, y los hábitos del consumo bohemio de la clase política de los setentas revelados por el músico, son capítulos imperdibles y de valor periodístico y de la propia historia de los taxqueños y quizá una veta de donde se puede seguir picando.

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Una de las imposturas que acepta el autor es la percepción que se tiene de la ciudad como una ciudad de cultura efervescente. La referencia son las Jornadas Alarconianas, que colocaron a Taxco en el mapa nacional de la actividad cultural a partir de 1987, en el gobierno de José Francisco Ruiz Massieu. No obstante, el autor nos revela a la ciudad como un páramo en la cultura, ausente de vida tras el mes de actividades promovidas y patrocinadas por el gobierno del estado. En contrapartida, cuenta de los heroicos esfuerzos por crear esa vida al margen de los presupuestos estatales, en la radio o en los periódicos muy de barrio, las casas de cultura que aparecen huidizas entre las calles empedradas, la ausencia de librerías, y en donde la acumulación parece ser el principio y fin del sentido de la vida. En descargo, don Fulgencio, el resto de las ciudades de Guerrero están así, aunque sin Alarconianas…

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La salida para los estudios en Morelos, la militancia de izquierda y la vida universitaria, aunque en episodios no lineales, son un testimonio de vida del maestro Fulgencio que pese a las decepciones sigue en el barco al que algunos ya no nos subimos o nos bajamos. Llega a esta etapa, donde el México ya es otro, más o menos con las costillas en su lugar, que no es poco, tras detenciones, encarcelamientos y calentadas durante el figueroísmo durante una campaña del Partido Comunista, y otra por el proselitismo universitario. Hace tres años el que esto escribe habría deseado que Fulgencio Bustamante hubiera ganado la alcaldía de esta ciudad como candidato que fue de Morena. Cuenta aquí, con decencia y sin resentimiento, los factores externos e internos que conspiraron en su contra. Sin duda, esta ciudad en estos días habría sido otra.

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Es Por Senderos turbulentos y apacibles una miscelánea que va de la autobiografía, la biografía política, donde el profesor de Literatura y fundador de la preparatoria de Taxco no resiste incluir su trabajo literario, que son una extensión de su vida taxqueña.
El plano de la autobiografía se entrecruza con la anécdota; el testimonio de la vida universitaria y la militancia con la crónica del ser taxqueño. Del niño que sale de su pueblo empujado por su madre al profesor que años después tiene la responsabilidad de educar dentro y fuera de las aulas.
La crónica, ese idioma que no habrá de morir en la mañana donde aparece el periódico, como sentencia Ricardo Garibay, recibe pincelazos en un armado donde se entrecruzan la entrevista y el testimonio.

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Ahora bien, este andar entre el ojo crítico y el ojo gozoso, entre el andar y el respingar, entre sobarse las revolcadas y sacudir el polvo, dan valor a la perseverancia de quien llega a Taxco a fundar una preparatoria y se queda nada más los últimos 47 años, ciudadano taxqueño por decisión y adopción. Me recuerda estos textos del poema de Jaime Sabines, Primeros pasos en la ciudad: Resucitado, para ti es la calle/ y los árboles y la neblina/ y el sol que pica…”, dice uno de ellos. Y remata:
Te saludo. Brindo por ti/ que te levantas de tu ruina./ El aire de la noche te adelgaza, / la canción te espera./ Abre sus calles esta ciudad de México/ como los brazos de una amante nueva./ Estás aquí y es tuya. Poséela.

* Texto leído en la presentación del libro Por senderos turbulen-tos y apacibles, de Fulgencio Bustamante Mendoza, en Taxco de Alarcón el 25 de enero.

 

Sobre Hugo Zúñiga: algunos trazos imperfectos

Al maestro David Alfaro Siqueiros se le antojó un tequila:
–Vete por la botella, muchacho.
Hugo Zúñiga estiró la mano.
–¿Cómo, yo? –le respondió el muralista al muralista.
Hugo Zúñiga se dio vuelta y fue con sus compañeros.
–Cáiganse, cabrones.
Meses antes el maestro Siqueiros se había presentado en La Esmeralda, la escuela de pintura, y a dedo señaló a tres, cuatro alumnos.
–Tú, tú y tú.
Hugo entre ellos.
Fueron escogidos para ayudarle en el megamural que estaba por iniciar (¿1966, 1967?), y que se conocería como el Poliforum (La marcha de la humanidad), allá por avenida Insurgentes de la Ciudad de México. Sin paga clara, por supuesto. Era el privilegio de tener como maestro a Siqueiros

–¿Hugo, ya tienes 79 años?
Mata, periodista, le revisa los papeles. Lo quiere inscribir en un programa de pensiones o algo así.
Hugo asiente, sin mirar apenas.
–Pérate, pero acá, en esta credencial, a ver… acá tienes 81 años.
–Es que tengo dos actas.
–¿Entonces naciste en Coyuca, Hugo? –le digo.
–Nací en Acapulco, pero mis papás me fueron a registrar a Coyuca.
–Entonces.
–Tengo tres actas de nacimiento.

*

Solidario, violento, mezquino, generoso, explosivo, apacible, taciturno, intolerante, amiguero, odiador, gandalla. Todo eso era el maestro Zúñiga, como se le conocía en los barrios del centro de Acapulco, en restaurantes, cafés, bares. Una figura ineludible del inventario de personajes de la ciudad. Reverenciado las más de las veces por quienes conocían su dispersa obra artística. Trabajador aún cuando rondaba los ochenta años, disciplinado, caminador (veloz). Sombrero de fieltro la mayor de las veces, camisa de manga larga semiabierta al pecho, lentes oscuros amplios, anillos pesadísimos en las manos, que él diseñaba, cadenas y pulseras colgantes, ego suficiente para ningunear aquí y allá. A su paso obligaba al respeto: Buenos días, maestro.

*

Niño de la playa que un día es invitado, allá por los años 50, a ir a una casa de la Cultura a un taller de artes; niño de barrio que sorprende por sus cualidades para el dibujo; chavo de Acapulco que es promovido para ir a estudiar pintura a la Ciudad de México, a La Esmeralda, donde alcanza a conocer a Diego Rivera, Frida Khalo, Siqueiros; de alguna manera se gana la estimación de Dolores Olmedo –luego pareja de Rivera– a quien frecuenta años después en su casa de Acapulco, en la Inalámbrica, donde la pinta. Sin embargo, a diferencia de muchos, Hugo era su propia galería andante, apartado por su propio temperamento de los grupos y las galerías conocidas. Acapulco, lejos del mercado del arte, su trinchera.

*

Todos estos detalles estaban en una libreta perdida en un camión, tras una larga charla, por fin, con Zúñiga:
Interrumpe sacando un arma una conferencia de José Luis Cuevas, años 60, cuando éste osa hablar mal de un maestro de La Esmeralda.
–Nomás le menté la madre.
Según se dice, encañonó a Cuevas.
Luego, provoca que clausuren un programa cultural de radio en Acapulco, cuando se refiere a Cuevas como “ese pinche puto”.
Su afición por las armas venía tras la del lápiz y el pincel, tanto que el Ejército tuvo que irrumpir años después en una de sus casas para confiscar lo que ya era un arsenal. Sólo lo dejaron con La Chata Zúñiga, que durante años cargo en su morral.

*

¿De algo tienen que vivir los artistas, no?
Hugo lo hizo retratando políticos. Fue consentido en algún periodo. Una exposición acá, otra allá. Su radicalismo era en un entorno limitado. ¿Apolítico? Para nada, pero eso sí, de expresiones reservadas.
En alguna ocasión –no tengo claro si aún Rubén Figueroa Alcocer era gobernador (1993-1996)–, trabajó duro, reunió cuadros y montó una exposición (¿Centro de Convenciones?), y en el inter, al ir a revisar cómo iba la cosa, le reportaron:
–Maestro, ya se vendieron todos sus cuadros.
–¿Cómo, quién?
–Alfredo Figueroa los compró todos.
Con eso, Hugo se fue muchos meses a Italia.

*

Hugo iba regalando dibujos a su paso. Sacaba, ya en un restaurante, una cantina, un lápiz, una cartulina, y advertía: “Te voy a dibujar, no te muevas”. También se desprendía de pinturas que traía en la carpeta de su morral. Lo vi despedirse, con envidia de la mala, de varias de ellas. En el dibujo, pulso preciso a pesar de los mezcales. Al final, logrado el trazo, una expresión de júbilo de él mismo: “¡Zúñigaaa! Se reía hacia adentro, se entendía que lo hacía por la sonrisa. Hace tres décadas, en sus mejores tardes del desaparecido Bar Chico (calle José María Iglesias), llegaba después de su jornada en el gran Atelier que tuvo alguna vez en la Costera, frente a la Aduana. Los periodistas Raúl Pérez, Abel San Román a su lado. Sus pinturas de caballete, de un alto erotismo: cuerpos, rostros de mujeres satisfechas, sobre un fondo de colores imprecisos. Pero Hugo no encontró en nosotros un sparring, ni siquiera un punchin’ bag, para hablar de su técnica.

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Entonces se supo, Hugo lo declaró. Había retratado al hombre más buscado por la policía de México y la de Estados Unidos –ya Osama Bin Laden había sido escabechado–, y el pintor contó casi de un secuestro para ser llevado ante El Chapo Guzmán. ¿2012, 13, 14? Fue en Taxco. Hugo pasaba allá una temporada después de un episodio de amenazas durante su estadía en su casa de la colonia Jardín, una de tantas que tenía (¿tiró balazos?), y se decidió por un autoexilio. “Me vendaron los ojos, me pasearon dando vueltas, me metieron por un túnel” y ahí estaba minutos después, ante el mismísimo Chapo.
Advertido, ya llevaba el material para la obra (¿un día, dos?).
–¿Cómo te contactaron?
–Alguien que no conozco.
No le creí, por supuesto.
–¿Cuánto te pagaron?
–Muchos dólares y una pistola con cachas de oro.
–¿Y la pistola?
–Ya la vendí.

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J. tenía ya apalabrado un contrato para pintar en las paredes del hotel Flamingos (el de Tarzan). Hugo se enteró y habló con Fito, el dueño. Ofreció hacerlo él. Costo no inaccesible, pero que le dieran chance de quedarse en una de las cabañas durante el periodo de trabajo. Claro, Zúñiga era una firma reconocida. Pero el mural nunca terminaba. Eran, le dije a alguien, como los pescaditos de oro de Aureliano Buendía, el de Macondo, que hacía de día y deshacía de noche. Cinco, seis años, ¿siete quizá? Conchitas por acá, motivos marinos. Ver al pintor trabajar era parte del atractivo del hotel. Fito murió en lo del Covid. Y el mural no acababa. Las hermanas preguntaron. ¿Maestro, y el mural? ¿Maestro, cuándo deja la cabaña? Hay un contrato, respondió, altanero. Las hermanas dejaron de preguntar. Ahí lo agarró el Otis. Solo. Ahí lo encontró días después el fotógrafo de El Sur, Carlos Carbajal:
–¿Cómo le fue, maestro?
–Estuvo duro el temblor.
–No maestro, fue un huracán.
–Pues duró mucho el temblor.
El Alzheimer ya no daba pausa.

*

Hugo se instaló finalmente en esa cabaña del Flamingos. Dejó sus casas abandonadas. Se aisló de hijos, hermanos. Un rompimiento premeditado, alevoso de su parte, quizá, pero que finalmente le pasaría factura. Ya no vendía ni malvendía sus cuadros. Comidas escasas, baño ausente. Acompañé a Mata a sacar del cuchitril que ya era el cuarto de hotel un cuadro a lápiz y carbón de Frida Khalo, con el fin de venderlo pronto y sacarlo de broncas. Sin las medidas propias de un Curador. En fin, salió el cuadro y con él se agenció, quien lo haya comprado, mis huellotas digitales.

*

Hugo falleció, ya se publicó, hace unos días, en un asilo, sin reconciliarse –sí, es una indiscreción– con su familia. No vendría al caso tocar ese tema, pero el espacio cerrado, sin mar, sin barrio, también le abandonaron. Tenía 85 años.

 

Crónica de los días después

¿A dónde se van los pajaritos cuando hay un ciclón? Bajo las suelas de los zapatos crujen ramas. Crac, crac. Los árboles de mango, una decena de la calle Riscos, en Mozimba, están en el suelo. Y los que quedan, pelones. En mayo, en temporada, la calle está plagada de mangos aplastados. Un olor dulzón de fruta recién caída y de cientos en edad de pudrición, perfuman entonces el ambiente. Ahora los árboles están en el suelo, tapando la calle, entrelazados con postes de electricidad, de teléfonos, y láminas de aluminio que la madrugada del martes volaron como alfombras mágicas desprendidos de los techos. Es sábado a mediodía, cuatro días después del inicio del superdesmadre del huracán Otis, nombre de cantante de jazz, qué cosa. Una vecina me encuentra subiendo la empinada calle.
–¿Va a ver cómo quedó su departamento? Mejor regrésese, acá esta todo muy feo. Hace cuatro días que sin teléfono, sin internet, no sé nada de Acapulco.
En la subida, encuentro un solitario pájaro, en los restos de un mango. Está en el suelo, aplastado entre ramas y cablerío. Ser valiente sale caro.

***

Veinticuatro horas después de que el presidente AMLO informó en su conferencia manañera que enviaría a la Guardia Nacional a poner orden en Acapulco, tras dos días de saqueo y rapiña en supermercados, tiendas de conveniencia y lo que se atravesara enfrente, en el Bulevar de Las Naciones no se habían enterado. Viajo de raid desde la Ciudad de México, antes, escala en Chilpancingo. La calle es un mosaico antropológico de lo que se llevó la gente, un día, dos días antes. Cajas vacías de aceites, champús, etc, en el suelo, aplastadas por el paso de los camiones, en los camellones. En un súpermercado algo queda. Un pelón cincuentón mete dos cajas en la cajuela de su auto, una sonrisa petrificada. Alcanzo a leer la de arriba: Flor de Caña (ron), y la de abajo tienen de imagen unas uvitas. Festín de alcohol. Allá mamá e hija empujan un pesado carrito metálico de demostraciones. A lo lejos, en los mercados alrededor del fraccionamiento Colosio, más familias dejando en pelotas lo que quedaba de un centro comercial. La camioneta camina entre tumbos –nos venimos por la caseta de Metlapil– donde la gente se organizó para saquear pero no para limpiar la calle. Árboles, postes, chatarra, estructuras de acero hechas chicharrón; condominios de ricos a lo lejos, descobijados de paredes. Vecinos de la Colosio, los de departamentos de interés social, en los bajos del llano donde los fraccionadores vendieron casas, se conduelen al observarlos de lejos: “pobres, lo que habrán sufrido”.

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El Sol después del mediodía del martes está de la fregada; la tierra que el fenómeno desplazó a las calles, a las zonas habitadas, aún está húmeda. Lodos que serán polvo. Polvo que con el tiempo, será el recuerdo de aquéllos ingratos lodos. A partir de la Base, bajando de la ya despejada avenida Escénica, trabajan en la limpieza empleados del gobierno de la Ciudad de México. Lo dicen sus overoles de trabajo, verdes: “CDMX”. Hay maquinaria para remover escombros, carros de volteo. Están de ahí hasta la zona de la Condesa. Se ve que sufren por el calor. El rostro colorado. Algunos se quitaron la parte de la camisa de este traje hecho para el frío del centro del país. Palas, picos, botellas de agua. Algunos ven con nostalgia o recelo –¡a poco el pinche mar hizo esto¡– hacia el mar. Quizá es la primera vez que ven el mar.

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¿A poco había tanto metal en el cielo? Es un decir. En toda la Costera hay estructuras de acero derribadas. Estructuras sólidas rotas como palillos. En cada esquina, montones de basura. Ya comienza a oler a caño y lo que le sigue. El tránsito es lento. ¿Dónde están los agentes de tránsito de Acapulco? El tráfico lo resuelven –es un decir– elementos de la Guardia Nacional. Hay uno cada diez metros. Vienen de Puebla, dice uno. Sudan bajo su gorrita y bajo el grueso traje de manga larga. Sólo mueven la mano de ‘pase, pase’, aunque se avanza a velocidad de tortuga. El metal, los árboles siguen en el suelo; tierra, basura, plásticos. Detrás de ellos, locales saqueados, vidrios rotos, gente que camina esperando que alguien le dé raid, porque no hay camiones ni taxis. Las heroicas fuerzas armadas se aburren, pero en este sexenio donde el gobierno federal les dio tantas funciones, controlar el tránsito civil es como la propina. En una de esas aprenden a morder.

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Bostezan, semiadormilados. Ocupan como hogar lo que hace tres días fue quizá un local de ropa, cuyos anaqueles lucen vacíos. Las puertas de ese pequeño ex negocio, ya prontamente abandonado, están rotas. Tras de ellos, hay un cerro de latas de tequila preparado, New Mix, palomas. Las sillas salieron de algún lado. En estos días, de beber no les ha faltado. Uno de ellos se levanta, va a una bola de basura, husmea, la patea enojado. Sacaron durante la rapiña las bebidas que pudieron. Se les olvidó la comida. Ya tiene hambre.

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A una cuadra de la Costera, donde está concentrada la Guardia Nacional, Regino –el del raid desde la Cdmx– busca cómo llegar al departamento que tiene deshabitado en la colonia Cumbres de Figueroa. Es la zona de la Condesa, clase media y media alta sus habitantes, lo menos. Entrada por una calle, bloqueada; arboles, postes de electricidad caídos, de Telmex, láminas de aluminio, piedra, basura. Intentos por acá, por allá. Cero agentes. Optan por regresar a la Costera, para reorganizar la ruta, donde cientos de la Guardia Nacional siguen moviendo el bracito derecho.

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La Laja. La Ruiz Cortines es un embrollo de basura, más arboles caídos y láminas. Pero ahora los vecinos sacan sus muebles inservibles para contribuir al paisaje de escombros. A lo largo de la avenida se ve gente sentada. Esperando quién sabe qué, estoicos. ¿Ayuda del gobierno? Hay gente reunida alrededor de las puertas de alguna casa, platican. En la gasolinería se acumulan más láminas de alumnio, calurosas bajo el sol, pero al parecer, del gusto de los arquitectos costeños. Mi amigo trae acá despensas a un familiar (gallletas, atunes, agua, huevos). Deja en tanto una botella de agua de medio litro a medio tomar en la camioneta, y me la vacío en la cabeza. Ah. Allá no lejos se ve un grupo de gente. No es una reunión. No están platicando entre ellos. Tienen el celular al aire, como quien usa lentes para ver el eclipse. Hay señal. Están hablando para otro lado. En esta parte del anfiteatro. Cada vecino con su tema. Desde algún lado se oye el grito de una niña: “tengo hambre”.

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¿Cuántos Oxxos hay en Acapulco? Según el censo del Inegi de 2020, la ciudad con mayor número de estas tiendas de conveniencia en el país, es Mexicali, con 539, y con cerca de un millón 200 mil habitantes. Acapulco tiene alrededor de 800 mil. ¿300 Oxxos, 250? Para las estadísticas a futuro, no quedó ninguno en pie. Ni Circle K ni Seven Eleven; ni supermercados. Desconozco el principio motivador de esos saqueos, de la rapiña, que comenzó en pleno despertar del miércoles. ¿Cuál es el rostro del vecino de la calle que se dio a la tarea de llenar carritos o bolsas con mercancía de diversos tipos? Reconocería en la calle el gesto de quién tomó ventaja de la situación, del insolidario, del mezquino ¿Como quien se mete a la cola del banco o de las tortillas? 24 horas después de que el presidente anunció el orden en Acapulco, en la Mega Comercial de La Diana aún salía gente con bolsas de mercancía, con pantallas de televisión. Elementos del Ejército los miraban de soslayo. La policía municipal, ausente. ¿Dónde se fueron? ¿Están acuartelados? Más tarde mi amigo desiste de llevarme hasta las puertas de mi casa. O más bien, me apiado, y después de cuatro horas de deambular por la ciudad, le pido, ‘acá déjame’, cuando el tránsito se bloquea en la calzada Pie de la Cuesta. Camino con mi bolsa de enseres para la posible remodelación del daño a mi Depa, y la bolsa con tres botellas de agua de dos litros de Bonafont que compré en la Ciudad de México. Subida, sol, mentadas de madre por los cláxones. Adelante, el atorón, Los de la CFE están bajando postes y uno de ellos dirige el tránsito de lo peor, al cerrar la calle de salida a Coyuca: pasan 20 de allá, uno de acá. Ningún tránsito. Subo Granjas echando el bofe. Pasan a mi lado lo que supongo una señora y su hija. Sonríen mirando hacia mi bolsa, la escrutan. Pasan chuchiceando despectivamente. Más adelante me detengo, siguen mirándome, con sus bolsas vacías, sonriendo con desprecio. Han visto, están seguras, a un saqueador.

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Dos, tres balazos cercanos a eso de las tres de la madrugada del domingo. El sueño sin ventilador es ligero, incómodo, terrible. Sudor. ¿De dónde salieron? ¿Ya regresó la Maña a la normalidad? El sueño en este sillón Acapulco, frente a la ventana, apenas se puede llamar tal. Los mosquitos hacen de las suyas. En el cielo, luna llena. Abajo, horas más tarde, la mañana del domingo es un concierto de escobas barriendo vidrios rotos: crinch crinch por todos lados. En estos tres edificios, donde habito, al menos cada depa tributó a Otis una ventana. Mi piso, alfombrado de pedacera de cristal, vasos, y esa taza cafetera de Tin Tan cantando con el carnal Marcelo. A sacar escombros y a oir rumores. Noche sin luz, día sin agua. Volaron todos los tinacos. V. me cuenta, en uno de esas salidas de la calle a dejar escombros de vidrio, que anoche no lo dejaban pasar hacia acá. Había una barricada de vecinos que impedía la entrada a ajenos a la colonia. No llevaba cartera, credencial, y tuvo que dar santo y seña de su casa. Los balazos, contó otro vecino después, fueron hacia un grupo que andaba en una moto como ubicando casas deshabitadas para robar. Disparos disuasivos. “Es que ahora traen motos nuevas”, cuenta el chavo, que dice que estuvo en la barricada, armada con troncos y piedras hasta la 1 de la mañana. “Las motos de los saqueos se las chingó la Maña, pues”, dice en ese fraseo costeño, veloz, que tenía dos meses de no oír. “¿Viene lo peor?”. “Lo más cabrón”, me dice otra vecina. En Acapulco, el 70 por ciento de la población trabaja en la informalidad. El futuro sin un plazo para el regreso a la normalidad.

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Locales asaltados, puertas abiertas. Sin empleados. Una muchacha se detiene ante un Oxxo. Algo ve, entra y sale con una mini coca cola huérfana, seguramente caliente. La abre y se la va tomando, camino hacia algún lado. La ciudad es el deja vú de la viejísima película Un día después. Aquí ahora el dinero no vale nada. Visto esto desisto de ir al centro a buscar algo de comer. Además, no hay transporte, Unas sardinas y agua, y a seguirle dando a la limpieza. La ventana hueca cubierta con plástico. ¿Quieres repararla? A la cola de los más de 200 mil hogares dañados.

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El nido que durante años respeté en una ventana de mi casa, está chueco. Ausente de la familia que por unos ocho años se ha reproducido ahí. Ya caigo, la mañana estuvo casi ausente de trinos madrugadores. Desde mi ventana buena veo que unos vecinos se alistan a dejar el desastre; en una pequeña camioneta de mudanzas meten ropa en bolsas y lo que queda de bueno en la despensa. Ya se fue la mitad de las 30 familias. El sábado la Autopista del Sol era un escenario de contrastes; un éxodo de los que pueden salir, en autos (coches descalabrados), maletas arriba, y los que llegan con ayuda para sus familias al puerto, los menos, con bolsas de comida, botellas de agua, en la parte trasera. El que puede, huye. El recuerdo de hace 23 años, tras el huracán Paulina, donde se vivió durante días sin luz ni agua, es la referencia. Días de polvo, obras, reconstrucción, semanas, meses. ¿Será cierto que para la Navidad ya estaremos contentos, como dice el presidente?

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“¿Qué se dice en México? ¿Saben cómo estamos acá?”, me pregunta P. P. es de la parte de los ciudadanos que no traga al presidente. Dispuesta a echarle bronca a quien le demuestre la menor simpatía. Le comento que las imágenes los primeros días sólo daban Costera, poco de las colonias. Incluso desde acá, Mozimba, poco, nada se sabe de qué pasa en Ciudad Renacimiento, Zapata, Cruces. La ciudad también está incomunicada entre sí. “Que ya se están robando las casas por allá?”. Se habla de barricadas, de saqueos igual, de robos a plena luz por parte de la Maña. Más tarde, en la primera llamada que logra hacer a sus familiares desde el Zócalo, pide, grita: “No le crean nada al Peje, acá estamos de la chingada”.

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Desde el mediodía del miércoles, jueves y hasta el viernes, A. fue un privilegiado testigo del saqueo a los supermercados y negocios de la Cuauhtémoc. No fue el asalto de una hora, sino de día entero. Desde la terraza de su casa, en la colonia Progreso, a dos cuadras de la avenida, hace el recuento. Primer round: celulares, computadoras, electrodomésticos, a cuenta de la Maña; segundo, comida, ropa, medicinas de Farmacias del Ahorro o Guadalajara, así sin prescripción medica, echadas a la bolsa. Tercero, lo que quedaba. “Como fila de hormiguitas”. Un vecino, a primeras horas del jueves, le gritó desde la calle: “!vente cabrón, ya abrieron el Office Depot!”. Le deseó suerte. Dos horas más tarde, el vecino regresó con un refrigerador en su camioneta. “¡Ya viste, cabrón!”.
Cuando se aburrió –el domingo– de estar sentado en la terraza, el veterano sociólogo tomó el volante de su auto –descalabrado– y agarró rumbo a la Ciudad de México, donde viven sus hijos. Además, en el mercado de la Progreso cerraron las fondas.

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El huachicol, el asalto a las gasolinerías, comenzó la mañana del jueves. No es que hubiera desabasto del energético. De hecho, en la Base Naval, en Icacos, está el centro de distribución a la región. Chilolo fue hasta el viernes. A la gasolinería a la que llegó los tipos apenas acababan de abrir la tapa del depósito. “un huequito así”, explica uniéndo los dos pulgares y los índices. Les ayudó a armar una latita amarrada a un palo para sacar el líquido. En premio, le dieron 20 litros extra… ellos, los tipos, la Maña que encabezó y se apoderó de la distribución. Una labor social donde no hay Estado.

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Este reportero no quería que el saqueo y la rapiña ocuparan la mayor parte de sus apuntes. De hecho quería ir a ver su Depa y saber de su familia, sus amigos. En las calles, los primeros días, la gente se organiza para sobrevivir. Ya se describió a los primeros; por el otro, están los vecinos despejando calles, barriendo, reorganizando sus casas. Vigilancia, comidas comunes, reparto de agua, preocupación del a qué hora alguien pasa por la basura. Cálculos del gasto para remodelar lo abollado; para comprar la sala, el colchón, la televisión, la computadora. “Es que ya no pudimos salvar nada güey, la verdad, nos atrincheramos en el baño, el edificio temblaba”.
Luego, este reportero regresó el lunes al confort de la Ciudad de México. La mañana del martes, recibe comunicación de su familia. Está bien. El hermano, policía, sobrevivió en la zona Diamante –es guardia privado– trepado seis horas a un árbol de guamúchil; su casa en tanto se quedaba sin techo. El jueves se retorcían de hambre cuando los vecinos les avisaron de que abrieron Soriana. “La verdad nos da pena, pero también fuimos a saquear”, le confesó una sobrina, que habita en una colonia donde deberle a Coppel y esconderse de los cobradores es una cuestión de estatus.
A mediodía del miércoles este reportero sale a la calle a comprar el periódico. En el camino, los pajaritos caminan despreocupados, sin miedo al peatón, por las banquetas. Ya comienzan a armarse los batallones de niños disfrados de vampiros, de Merlina, de diablos, con su calabaza de plástico en pos de la “calaverita”. De paso queda el salón Guerrero. El barman, previamente informado del viaje, pregunta cómo está Acapulco. Este reportero toma aire para platicar. La verdad, esta Corona fría y esta botana de chicharrón ahora no tienen sabor.