Espacios de lectura compartida

 

(Segunda y última parte)

De la novela Vita (Italia, Einaudi, 2013, 462 páginas), de Melania G. Mazzuco, no avancé ni una línea. La mujer de piel oscura me había dicho que yo era rico, porque la gente no tiene tiempo para leer, ni dinero para comprar libros en otro idioma, y me preguntó con curiosidad, ¿por qué lee esa cosa tan gorda? No sabía si había un límite para que un libro fuera flaco o gordo, pero desde ese punto de vista, la novela que una escritora italiana escribió durante años, simple y sencillamente se convirtió en una voluminosa necesidad de silencio que en el consultorio no me iban a dar mis compañeras de espera. La mujer de piel blanca dijo en voz alta: ‘Ya se tardó mi mamá’. Extrajo su teléfono celular y puso el teléfono en speaker. Así que oímos toda la conversación, que en esencia fue simple, pero demoró, repitió el mensaje esencial. No había un momento de silencio. ¿Le tenemos miedo al silencio? Después de guardar su celular en el bolso de piel sintética, volvió a verme. ¿Usted cree que le gustaría ese libro a mi mamá? Es que habla mucho y a lo mejor si se lo compro se calla un poco. Quería imitar a Condorito y simplemente dejarme caer diciendo: ¡Plop! Pero me intrigó el hecho de que ella pensara que los libros podrían interesarle a los adultos mayores. Sí, dije, seguramente le va gustar. ¿Y usted dónde lo compró?, inquirió. Di referencia de una dirección electrónica en internet y conté que tardaban un poco en llegar los pedidos, pero llegaban sin falla. No es mucho tiempo de espera, agregó, pero bueno, si le va gustar se lo voy a pedir. Ahí vino la pregunta clásica: ¿cuánto cuesta? Yo he notado que la gente acá es muy abierta, habla casi de todo, eminentemente de lo sexual, de lo político, lo laboral, etcétera, pero en cuestiones de precios, nunca decimos cifras concretas. Así que dije: Alrededor de quinientos pesos. La mujer de piel oscura enfatizó su punto de vista: ¡Eso es para ricos!
¿La novela vale la pena? Yo estoy seguro que sí. La autora pone en perspectiva la búsqueda de su genealogía. Intenta, desde diversos flancos, la autoficción, la biografía y la recreación histórica del siglo pasado, tanto en Estados Unidos como en Italia, para dar cuenta de los problemas que padecían los personajes y, por añadidura, manifiesta las dificultades económicas como un motor que potencia los desplazamientos de la historia, y de los personajes, de un lado a otro de las geografías referidas. El crack de los años 30 del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial, hechos en los que puede notarse el impacto de la carencia, la pobreza y la urgencia de dinero. Pero Mazzuco no se detiene en la recreación del daño sino que pone en funcionamiento el rastreo de su linaje y, aunque no logra llegar a la raíz de los Mazzuco, se reconoce con cierto tipo de gente, quienes tienen “la misma ceja ancha de mis antepasados”.
Vita, la consciencia femenina de la historia, debe vivir en una espacio pequeño; primero, en la prisión de Agnello, luego en la escuela y posteriormente en la universidad, sin que el intento forzoso de americanización aportara beneficios rotundos. “Vita sigue siendo italiana: siempre será sucia y fea, siempre mentirosa e ignorante, coludida con un mafioso, relegada a los barrios bajos”. Me sorprendió un hecho, que los italianos ricos en Estados Unidos no construyeran una escuela para los recién llegados de Europa, para los pobres; al contrario, se avergonzaban de ellos y afirmaban que en realidad Italia no es un país, sino que se compone de dos países diferentes y, especialmente, que se compone dos razas diferentes: los de arriba –que son son celtas, buenos y confiables– y los de abajo –malolientes–. En definitiva, hay dos tipos de italianos: los nórdicos y los sureños. ¿A usted no le parece que hablamos de México?
Durante la lectura, los pasajes más duros son los que describen a la gente imposibilitada para crecer económicamente. Como si los trabajadores nunca dejaran de serlo ni pudieran escapar de esa epidemia de trabajar, trabajar y trabajar sin obtener resultados concretos ni mejoría alguna. Obviamente, la intención de Melania es contextualizar un periplo entre continentes e idiomas que le ayuda a rastrear sus raíces, pero el mayor acierto es describir con precisión que el sueño americano simplemente fue una pesadilla para muchos. Pareciera decirnos que nos han vendido una linda historia que no corresponde con la realidad. Obviamente no puedo decir eso a mis compañeras de espera, pero les conté que me interesa saber por qué se va la gente a otro lugar en busca de una mejoría económica. Por eso la leo, confesé. Entonces sí le va gustar a mi mamá, señaló la de piel blanca. Yo tengo familia en Estados Unidos, comentó la de piel oscura, pero nada más llaman para saludarme. Dijo que las cosas ya no están tan bien como antes, pero tienen dinero y mandan. Yo no comenté nada. Me abstraje un momento para entender que la idea del sueño americano ya no es lo que era, aunque yo tenga muchos conocidos en Estados Unidos y, sin duda, les va mejor que en México, pero el sueño americano no es lo que era.
Se abre la puerta del médico y sale una pareja de adultos mayores. Avanzan despacio y saludan a todos. A veces se nos olvida que en Acapulco la gente se solidariza con los otros hablando y hablando mucho, en realidad. Ellos pagaron la consulta a la recepcionista. Se despidieron de todos. La mujer de piel oscura se tomó su tiempo para entrar al consultorio. No dijo nada, por primera vez en la tarde, y cerró la puerta. La mujer de piel blanca volvió a sacar su celular. Hizo la llamada, pero esta vez la madre no contestó. Esta mujer, monologó, no se da cuenta que ya es bien tarde y nomás no se digna a llegar. Al oírla hablar pensé que hace años, yo iba a una casa –recuerdo que estaba en Costa Azul– que fungía como grupo de ayuda para débiles visuales. Estaban armando un proyecto que me ilusionaba mucho. Uno iba, leía en voz alta algunas páginas del libro que te indicaban los encargados del proyectoy poco a poco iban se iba engrosando el catálogo de audiolibros; otros compañeros capturaban los libros en computadoras para que poco a poco se hiciera la traducción al braille. Invertía mis horas leyendo en voz alta; después, capturando cientos de palabras en la pantalla electrónica. Me sentí un poco extraño al ver de nueva cuenta la portada de Vita en la mano. Pensé que antes era alguien más servicial. Se abrió la puerta junto a la recepcionistas. Una mujer de avanzada edad entró a reunirse con la mujer de piel blanca; la madre era más blanca aún y empezaron a platicar del calor, del tráfico, del hermano, del dinero. Ella aceleraba la conversación a una velocidad considerable, como si la inminencia del ingreso al doctor la pusiera inquieta. Consulté mi reloj; después eché una mirada a la ventana: el cielo completamente claro y azul me raptó. Repentinamente se fue la luz. Y el calor empezó a sentirse en cuestión de segundos. Yo no hablaba; no veía nada, pero mis compañeras de espera sacaron sus celulares y empezaron a hacer llamadas. Hacían la misma pregunta, ¿no se fue la luz allá? Diez minutos después, sin un sólo momento en silencio, regresó la energía eléctrica. La madre de la mujer de piel blanca me observaba con un ligero desconcierto. Escrutaba el libro que yo tenía en el regazo. Y me dijo: “Usted no es de acá, ¿verdad?” Fue el segundo momento de la conversación en el que sentí que alguien dibujaba la palabra ¡Plop! junto a mi asiento. La mujer de piel blanca agregó: “¿verdad que no parece de acá, mami?”. Y todo se repitió de nuevo.
* La traducción de las frases entre comillas es mía.

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(Primera de dos partes)

No siempre es fácil explicar los motivos de la lectura. En especial cuando las interlocutoras interpelan de manera ordinaria e instan a una respuesta convincente. Pero este tipo de experiencias sirven para apuntalar un credo personal; aunque bien podrían formar parte de un anecdotario muy parecido a los chistes que el elegante y perspicaz Condorito solía mostrar en las venturosas andanzas por la sutil e imaginaria ciudad de Pelotillehue, porque mucho de eso, de la revista chilena, hay en esto de la lectura en espacios públicos, donde es imposible estar tranquilo, porque la espera propicia una inestabilidad emocional. Y el nerviosismo nos impele a hablar y hablar mucho impide la pausa obligada para leer.
Yo estaba en la sala de espera de un hospital, esperando el arribo de un traumatólogo, es un hospital privado (porque sepa usted que los creadores no siempre tienen la bendición de la seguridad social) y ahí reunidos, en torno a una mesa de madera, estábamos tres pacientes de diversas edades y tonos de piel: blancos, morenos claros y negros. Yo suelo leer para mitigar la espera. Valoro mi silencio. Y procuro poner los ojos en los márgenes de una página mientras los demás, supongo que una práctica habitual, empiezan a conversar sobre sus males. Son muchos. Así que me sumerjo en las tibias aguas de la novela Vita (Italia, Einaudi, 2013, 462 páginas), de Melania G. Mazzucco. El libro es algo más que una indagación literaria, porque la autora romana recrea la historia de su abuelo en América, justamente en el corazón de Nueva York, pero más allá del viaje en el tiempo a los albores del siglo pasado, Melania –durante una gira por Estados Unidos– se topa con el domicilio en el que su abuelo vivió una larga estancia. Ahí también se anuda la existencia de Vita, un personaje que desde niña llegó a los Estados Unidos y convivió con italianos que se dedicaban tanto al comercio legal como ilegal, pero sobre todo, se relacionó con los extranjeros que se involucraron con la mafia. Por supuesto, se critica el prejuicio italiano de la criminalidad, porque mucha gente veía en esa nacionalidad una predisposición natural al crimen; pero sobre todo, Melania analiza la vida de los migrantes italianos a Estados Unidos. Y yo estaba leyendo ese ejercicio entre ficción y no ficción que propone la autora cuando una mujer de unos cuarenta años, de piel blanca y de lacio cabello castaño, me hizo una pregunta. Usó un tono de voz lo suficientemente alto como para que la oyera, ¿usted de qué sufre? Si hubiera tenido un monóculo, créanme, lo hubiera usado en ese momento. De nada, respondí, no sufro de nada. Yo tengo una dolencia en la espalda, me dijo; pero vengo con mi mamá porque ella tiene más dolores en las piernas, pero ella todavía no llega. Otra mujer, de unos sesenta años, de piel oscura, cabellos chino y cano muy corto, movía los ojos negros, escrutándome, tras sus lentes de gran aumento, como los míos. Agregó a la conversación una pregunta que detonó múltiples posibilidades de respuesta: ¿Usted no es de aquí, verdad?
Sabía exactamente a lo que se refería. Pero antes de eso, déjame mostrar mi atuendo: sandalias, bermuda, playera, un libro y lentes. Nada más. Ni mochila ni bolsa ni nada más. ¿Usted no es de aquí?, dijo de nuevo. La cuestión estaba enfocada, tal vez, en mi silencio. Sí, respondí, soy de Acapulco. La mujer de piel blanca refirió algo con sobresalto: No, usted parece como de otra parte. Como de la Ciudad de México. Sí, enfatizó la mujer de piel oscura, parece como la gente de la Ciudad de México. Y agregó una frase: No habla como los de aquí. Obviamente cerré el libro. Exactamente qué es ser de aquí en una situación así: ¿la piel? No creo. Yo también estoy quemado por el sol, también tengo un ligero ritmo en el fraseo que me permite cierta identificación con los acapulqueños. ¿Qué les hace pensar que no soy de aquí? Y probablemente eso me lleve a otra manera de enfrascarme en los requisitos de la identidad tropical. Estando en otras partes, siempre me presento como acapulqueño, es cierto que mis documentos dicen otra cosa, pero mi vida la he hecho acá, más aún, mi obra la he dedicado a este espacio geográfico; primeramente, como una manera de entender esta estética singular de vida, aunque más bien dicho, he escrito sobre Acapulco como una manera de entender los vínculos entre humanos en esta parte del mundo. Alguno que otro libro, cierto, lo he dedicado a preocupaciones esenciales: los usos y costumbres de la literatura, por ejemplo, el oscuro latir de cierto tipo de humanos que entendieron algo que yo sólo puedo imaginar, como la poesía o la aniquilación entre iguales. Eso no me hace acapulqueño; tal vez mi idioma también tenga que ver con esto de ser local. Se dispararon estas ideas y otras tantas que ya no pude capturar en estas líneas, pero es claro un hecho: mi respuesta no las dejó satisfechas. La de piel blanca me preguntó, ¿dónde vive? En Las Playas , comenté. La de piel oscura se ajustó los lentes y esbozó una interesante idea: Ahh, pero seguro no trabaja acá. ¿Por qué habrá dicho eso? Mi presencia no corresponde con la imagen que ellas tienen de un acapulqueño. También trabajo acá, comenté. Vi la cara de mis compañeras en la sala de espera. ¿Y de qué? Inquirió la de piel blanca y agregó de inmediato: ¿Es maestro? No, señalé, pero siempre me causa un prurito inexplicable decir que soy escritor. Siempre deriva en cosas raras la respuesta acerca de mi oficio. Así que hice una variación en mi balbuceante respuesta: “Me dedico a leer y a escribir”. Ja-ja-ja, se rieron a coro las dos. La de piel blanca dijo: O sea que es como un escritor o algo así. Me gustó esa respuesta: Soy algo así. ¿Pero de qué vive? A esas alturas ya sabía que no iba a adelantar ni una página de Vita. Pues de escribir artículos, de escribir libros y venderlos, de escribir y de leer, afirmé. Después de eso, la interrogante inmediata fue la que se imagina: ¿Y qué lee? Les pasé el libro. La de piel blanca vio el título, empezó a hojearlo. Pero no está en español, replicó, ya ve, ¡usted no es de acá! Eso también me hizo pensar lo que tanta gente me ha comentado sobre mis artículos: ¿por qué hablas de italianos o de gringos o de franceses que no son famosos? Igualmente me han preguntado, ¿por qué no escribes más de mexicanos y de guerrerenses? Bueno, otros tantos lectores ocasionales también me han preguntado cuánto cobro por hacer artículos de guerrerenses y alguno que otro despistado me ha insinuado que no cobro nada por hacer reseñas laudatorias de escritores locales y “eso está muy mal”. Pero mi respuesta a ellas, compañeras de espera, fue simple: Leo italianos porque así hago más grandes mis referencias. Y me pidieron que les dijera algo de lo que había en el libro. Y elegí estas líneas:
“En Prince Street ha estado el padre de mi padre, dije distraídamente a Luigi. Vino a América cuando era un muchacho.
¿Cuándo? Dice él.
No lo recuerdo. Era una vieja historia, y desde hacía mucho tiempo ninguno me había hablado más de esto. No ha habido más interés por la historia de mi familia. En realidad, deseaba sólo liberarme. ¿Quién no lo desea? No nos frecuentamos entre parientes y si nos frecuentábamos era poco: buscábamos la máxima libertad recíproca”.
Entonces, dijo la de piel oscura, se me hace que usted es rico. La gente no tiene tiempo para leer, ni dinero para comprar libros en otro idioma. Pero dígame una cosa, ¿por qué lee ese libro tan gordo?
De eso hablamos la semana entrante.

@FederìVite

El arte de ser un flagelo

 

(Segunda parte y última)

 

En la novela Vía Gemito (Italia, Feltrinelli, 2000, 389 páginas), de Domenico Starnone, la voz narrativa es el autor. Usa el diminutivo de Domenico, Mimì, como un personaje que entra y sale del pasado. Analiza a su padre. Rememora, expone, indaga y describe. Así da cuenta de la vida de Federì. Y con él establece un vínculo de masculinidad imborrable, aunque no siempre están en buenos términos.
Esta novela también indaga estéticamente la obra plástica del padre, porque en la medida que se va revelando la personalidad de Federì, el lector entiende que la violencia no nace de una mera reacción al entorno adverso, sino que toda esa energía acumulada no encontraba el cauce adecuado en el papel rígido de la masculinidad tóxica. Toda la energía creativa de un pintor se fue acumulando hasta encontrar el punto de fuga y, mal que bien, logró pintar un poco y con fortuna.
El abuelo Domenico fue quien empezó el eslabón de masculinidades. Mientras recogía a Federì de la escuela primaria recibió la noticia más tenebrosa que podía oír un hombre en el alba del siglo pasado: “Su hijo tiene una habilidad natural para el arte plástico. Debe llevarle lo más pronto posible a estudiar”. Y la respuesta inmediata de don Domenico, cuando Federí tenía diez años, fue simple: el hijo debía irse a trabajar a las vías del tren, como un hombre. Ahí se hizo adulto, al molde viejo de ese canon; eso lo alejó del arte plástico, pero no fue desarraigado del todo, porque Federì lograba ganarle tiempo a su vida obrera para estudiar composición y aprender a mezclar colores. Finalmente hizo su obra.
Mimì usa la novela para recordar cómo fueron esos momentos en los que el padre pintaba uno de los cuadros más interesantes del relato, uno de gran formato y que le dio muchas satisfacciones a la familia: “La manta abarcaba prácticamente toda la habitación; como no lograba terminar la pintura, debíamos dormir encogidos, sin movernos mucho, porque los pinceles, la paleta, las pinturas podrían derramarse. Era una imagen enorme de un pescador. Tardó algunos días en terminarla”. Aparte de todo, Federì debía trabajar aprisa, debía apresurarse con sus encomiendas. Salía de casa, iba al trabajo y regresaba completamente agotado para darle vida en el lienzo a algo que a la postre se convertiría en un premio; seguido de ese premio vino otro y otro más. Recibió dinero, algo impensable para los los cercanos a Federì, y se hizo de prestigio.
I bevitori / Los bebedores fue uno de los cuadros que el autor de la novela se propuso localizar en los museos de Nápoles, de Roma y los alrededores: Positano, Salerno, etcétera. Buscó el legado de su padre. Pero no tuvo fortuna. En el trayecto vino a su mente un hecho: cuando ganaba un premio, el humor de Federí cambiaba. Se lograba en él una metamorfosis. Era dulce con la esposa, Rusiné; la mimaba, la cuidaba e incluso le hablaba bonito: ponían en práctica uno de los dialectos que conocían. Mimì cree que se comunicaban en véneto. Recordemos que vivían en Nápoles, pero su idioma secreto era el véneto. Y Federí decía que llevaba sangre alemana en las venas. Sus maestros de pintura, cuando pudo tenerlos, veían en él a alguien con un futuro fulgurante, pero no tuvo la instrucción necesaria ni las relaciones sociales adecuadas. Conoció lo amargo del mundo y suavizaba esa experiencia con la pintura.
Starnone estudia a Federì; se decanta por los recuerdos artísticos de un hombre que fue educado para ejercer la violencia. No tenía muchas opciones para crecer. Como pudo se hizo adulto y como pudo se hizo pintor. A la sombra del pintor quedan el esposo, el padre y el compañero de trabajo. ¿Por qué Mimì buscaba I Bevitori? Porque mientras posaba para ese cuadro descomunal, ancho largo y complejo, se dio cuenta que la composición estaba “equivocada”, e intentó “arreglarlo” haciendo pequeños desplazamientos hasta adoptar la posición que creía correcta; temía que al señalar el error su padre convertiría ese momento en un infierno. Y en cierta forma, esa escena expone muy bien la dinámica familiar: todos debían hacer lo señalado por el padre, aunque fuera un error el mandato.
Mimí intenta reconstruir los acontecimientos que caracterizaron su infancia y, para ese efecto, viaja a Nápoles. Rastrea hechos que marcaron su existencia; recorre esas mismas calles por las que había caminado de niño, va en busca de los cuadros de su padre, que acabaron colgados en oficinas públicas, pero al final aborta la misión. No encuentra el cuadro que marcó su infancia (Los bebedores) y deja que los recuerdos se expandan por los alrededores de Vía Gemito, cuando él, como niño, se hizo distinto a su padre, porque su padre le propuso una cosa: “Yo no me voy a meter en lo que tú elijas, no lo voy a hacer, porque mi padre fue un obstáculo; yo no quiero serlo para ti”. Pareciera un efecto cursi del relato, pero esas frases, simples frases, condensan la enseñanza de una vida. Y desactivan así el flagelo de masculinidades tóxicas iniciado con el abuelo.
La tercera parte del libro se titula Il ballerino y el autor narra con gracia que durante la etapa de viudo, Federì se dedica a practicar diversos tipos de baile en salones musicales. Esa fue la última estancia vital, en la que pintó menos, pero vivió más. Quizá se trate de la etapa más feliz de un hombre que parecía inagotable, pero ya entrada la vejez se dedicó a pensar en lo que había pintado: la mayoría de los cuadros estaban signados por el realismo socialista. Probablemente por eso, su obra fue colocándose en oficinas públicas; esa fue una tragedia, pero en aquel momento era lo único a lo aspiraba un pintor pobre, un pintor camarada, sin padrino, sin apoyo.
El otro bastión que critica Domenico es la visión que se tenía de la mujer en Italia (y en el mundo), porque la mujer del sur de Italia, después de la Segunda Guerra Mundial, era vista como un objeto. “Buena para tener hijos; debe quedarse en casa para no avergonzar a su marido en reuniones sociales”. Quizá la peor referencia, pero ilustrativa, sea el hecho de que mucha gente aseveraba que una “mujer es feliz sólo cuando está embarazada”. Rusiné, en algún punto de la historia matrimonial, intenta rebelarse, quiere hacerse cargo de un negocio de sastrería y, por supuesto, mostrar su belleza en público, pero los temores de Federì literalmente la enfermaron. Fueron un lastre. Con todo eso encima, Rusiné logró marcar su territorio y trabajar por cuenta propia en casa. Pero el motivo del libro es justamente comprender cómo fue posible que Federì apaciguara su ira. La intención es hermosa; la resolución de Starnone es impecable. Abreva del pasado para reconstruir un artefacto poliédrico. Logra que el lector vea las facetas de Federì y nos regala esta idea que bien podría entenderse como una petición de principio: “No puedo distinguir entre lo que vi y lo que él me hizo ver con sus palabras”. En el fondo, esto es lo que siempre pasa con los padres, nos pintan el mundo con sus palabras. Como una fachada para nuestros apetitos y para nuestras esperanzas.
Vía Gemito no se ha traducido al español, pero es un documento espléndido, áspero y en muchos momentos incisivo; sobre todo, resulta atractivo para quien intenta diseccionar las paternidades tóxicas. Finalmente, la traducción de las frases entrecomilladas es mía.

@FederìVite

 

La metafísica del manuscrito: los premios y el mercado

 

(Tercera y última parte)

En 1997, la novela El Anatomista, de Federico Andahazi, ganó el premio Planeta, pero no lo recibió porque el autor infringió una cláusula importante y se desbarrancó de lo que se insinuaba como la gloria literaria de su tiempo. Cuestión aparte, Andahazi es el mayor logro del agente literario Guillermo Schavelzon, quien detalla en El enigma del oficio (México, Océano, 2023, 294 páginas) esos dimes y diretes en materia de literatura y de mercado.
Primeramente debe decirse que la novela de mi tocayo es protagonizada por Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento que al enamorarse de una prostituta veneciana, Mona Sofía, emprende la búsqueda de una pócima que le permita conseguir el amor de esa mujer. Se enfrasca entonces en la ardua exploración de la naturaleza femenina. Mateo Colón descubre en pleno siglo XVI una “dulce tierra hallada”: el Amor Veneris, equivalente anatómico del clítoris. Pero en cuanto intenta hacer público su hallazgo debe forzosamente enfrentar a la Inquisición, lo cual implica consecuencias mortales.
En los albores del nuevo milenio, este libro cosechó muchos lectores. No sólo fue aplaudido por la recreación histórica, sino que cautivó por el tema: el placer femenino. La señal para la industria editorial era clara: hacer a un lado lo masculino. Y eso también permeó al jurado del premio Planeta. “La decisión que no lograba tomar el jurado se tomó sola: a la mañana siguiente, tres días antes de fallar el Premio Planeta, los diarios anunciaban el Premio Fortabat de Novela, ganado por un joven argentino de apellido extraño y compuesto que yo escuchaba por primera vez: Federico Andahazi-Kasnya. ¡La novela era El Anatomista! Quedé paralizado. ¡Era la misma novela! ¡Nos habían birlado a nuestro casi ganador del Premio Planeta! Pasé de la sorpresa a la bronca: las bases del premio exigían no estar participando en otros concursos, y Andahazi las había aceptado pero incumplido. Estaba llamando a cada uno de los jurados para explicar la situación cuando Noemí, mi asistente, que sabía lo que estaba pasando, me dice: ‘Lo llama ese señor Andahazi’. Efectivamente, me llamaba para decirme que sabía que estaba entre los diez finalistas del Premio Planeta (la lista hacía una semana que se había dado a conocer), pero que como acaba de ganar el Fortabat quería retirarse de este premio. No supe qué contestarle. Me sentí burlado, apenas atiné a decirle, con mal tono, que viniera a la editorial, y en una hora después, estaba en mi oficina. Era un tipo joven, de unos treinta años, guapo, de pelo largo, recogido; parecía asustado, lo que me envalentonó. Solté toda mi bronca porque había incumplido las bases. No podía decirle que estaba por ganar el premio, pero se lo insinué. Pasado el momento de tensión me contó su historia. Era psicólogo, tenía algún paciente y trabajaba gratis en un hospital, pero lo que le interesaba era ser escritor. Hacía tres años que paseaba el manuscrito de El Anatomista por las editoriales, sin conseguir que nadie quisiera publicar su novela. Me contó que solo en una editorial lo recibieron personalmente, pero el matrimonio que lo atendió le dijo que no porque era poco comercial. Entonces, sin saber ya qué hacer, decidió presentarse a cuanto premio literario hubiera, firmando lo que fuera. Ya era tarde, le dije que quedaba fuera del Planeta y para que le doliera más, le conté que estaba por ganarlo. A una velocidad que me sorprendió a mí mismo, al ver que pedía disculpas por todo suplicando que lo comprendiera, mi enojo desapareció, le dije que su novela era muy buena, y comencé a hablar detenidamente de ella”.
Lo interesante es que el premio Fortabat no incluía la publicación. Así que Schavelzon le hizo una propuesta. Federico aceptó. “Al día siguiente firmamos el contrato de edición, y me quedé con todos los derechos internacionales”.
Pronto se supo que quien resultó ganadora del premio Planeta era María Esther de Miguel con la novela El general, el pintor y la dama “y se convirtió, de todos los premios Planeta, en el de mayor venta”.
Casi al mismo tiempo, la señora Amalia Lacroze de Fontarbat, personaje de mucha presencia, mucho dinero y mucha beatitud, se enteró de la novela que había ganado el premio de su fundación y montó un escándalo mayúsculo que llegó a las páginas de periódicos muy importantes en América y en Europa.
“Al enterarse de que la novela era la historia del descubrimiento del clítoris, y que además, juzgaba el papel represor de la iglesia durante la Inquisición, la señora Fontarbat –conocida por ser una buena católica, pero famosa por sus atribuidos amantes muy jóvenes– publicó en todos los diarios una solicitada de gran tamaño, desautorizando su propio premio”, cuenta Willy y seguro estaba desternillándose de la risa. Finalmente, agrega: “Además de los anuncios a página completa en los diarios, con los que la señora Fontarbat hizo un ridículo tremendo, se suspendió la gran fiesta del premio (…). Un abogado muy serio apareció en casa de Andahazi, donde de manera muy rápida, casi sin entrar, le entregó el cheque del premio, quince mil dólares, que en esa época era mucho dinero”.
A mí me sorprende poco todo esto, pero la pregunta obligada es simple, ¿qué hace un agente literario en estos casos? Schavelzon procedió de la siguiente manera: “el affaire Amalia llegó a las páginas de The New York Times (…). La nota del prestigioso periódico hizo que esa misma semana la editorial Doubleday contratara la novela, pagando un anticipo .

Dos proyectos escriturales y el mercado

Un hecho que me parece inaudito es el caso del español Javier Marías, quien decía con arrogancia que él no corregía sus libros. Se dejaba envolver por la trama y escribía páginas tras página hasta encontrar el final de la novela. Pero lo asombroso es que se dedicaba a escribir diariamente, terminaba el libro y lo mandaba al editor; después, decía Marías, simple y sencillamente esperaba la impresión. No volvía a corregir. Nunca. Para lograr eso, es decir, para afinar el oficio a tal grado, hay que tener muchas, pero muchas horas de trabajo. Y, en especial, es inobjetable otro aspecto: debe tener mucha, pero mucha confianza en lo que hace. Traigo esto como un punto de lanza porque la obra de Marías tampoco es tan sencilla, ni mucho menos se definiría como fácil o popular. No, no es un autor popular, tiene un estilo, una forma peculiar de encarar la prosa, porque se propuso edificar una muy buena plataforma literaria en la que campea, en especial, la inmersión psicológica de la voz narrativa. Marías puso la vara muy alta. No cualquier autor tiene tanto dominio sobre su oficio. Pertenece a otra generación. Un autor de altura, digamos, y de comprobada suficiencia, pero con poco arrastre para el lector de a pie. No es García Márquez pues. No. Este hombre se cuece aparte. Tiene lo suyo. Y dejó una obra decorosísima. Ni duda cabe.
Un caso distinto es el de la escritora estadunidense, de ascendencia croata-persa, Ottessa Moshfegh (1981). Ella es autora de las novelas McGlue (2014), Eileen (2015) y el libro de cuentos Homesick for another world (2017). Tiene buenas ventas, buenas críticas literarias y se le considera “rara”. Es una autora que  adjetivaría como impopular, pero bien vendida. Sus libros son rudos y parecen estar diseñados para asustar a los lectores. Escribió un artículo, en 2015, en la publicación digital The master review que bien vale la pena tener en cuenta al hablar de métodos de escritura porque, aunque no pareciera, se validan mutuamente estos dos casos que hoy expongo. Uno en contra del pópulo; otra, a favor.
El artículo de Moshfegh que me gustaría reproducir, tiene un título de apetencias fisiológicas y se titula How to shit. Es decir, Cómo cagar. Y dice: “Lo mismo ocurre con las reglas para escribir ficción. Cualquier paradigma que exista en nuestra conciencia colectiva es solo eso: un modelo de interpretación o una estructura interna para proyectar una realidad”. Ottessa desarrolla un poco más la idea y señala: “Cuando lees una historia o una novela, suspendes tu lealtad a tu propia realidad y te entretienes con una que el escritor ha creado. Si la discrepancia con tu propia realidad es demasiado grande, tal vez digas: ‘No puedo entrar en esto’ y dejes el libro. O tal vez sea una mala pieza de escritura. Hay muchas por ahí. Aun así, el acto de leer ficción es verdaderamente mágico. El poder imaginativo hace que sólo lo literalmente cierto se sienta literalmente verdadero; esto es un aspecto maravilloso de la conciencia humana. Significa que somos capaces de imaginar realidades distintas a la nuestra. Además, una gran pieza de escritura puede cambiar permanentemente nuestros paradigmas. ‘Este libro cambió mi vida’, dice la gente”. Cuando ella habla de libros “buenos”, habla de libros interesantes para el lector. Y, finalmente, Ottessa sentencia: “No me gusta hablar de cómo escribir ficción. No me gustan los términos “artesanales”. Las discusiones sobre el oficio refuerzan lo que me parece un paradigma institucionalizado de ficción dictado por la industria editorial. Cuando pienso en “narrativa”, convencionalmente hablando, mi mente se refiere a esto: un personaje (con pensamientos, sentimientos, instintos, voluntad, un archivo de experiencias y gestos habituales) aparece en un entorno. Se presenta una situación, generalmente nacida de un conflicto o de un deseo. El personaje hace algo. A menudo el resultado es comprometedor. Sobreviene el drama. A partir de la adversidad se crea un nuevo aspecto del personaje. El personaje hace otra cosa. El efecto da origen a una nueva realidad. El personaje ha cambiado. Todo es muy razonable. También es muy limitado. En mis escritos, me gusta utilizar el paradigma dominante y torcerlo para señalar sus limitaciones. He descubierto que ésta es una forma de expandir la conciencia sin alarmar violentamente a las personas sobre sus propios delirios. Hace unos años, cuando estaba arruinada, decidí escribir una novela que atrajera a más público que mi libro anterior. Adopté deliberadamente la estructura de narrativa convencional para llegar al mainstream. Me imaginé una audiencia aplaudidora de lectores ávidos, personas que viven indirectamente a través de libros; en otras palabras, personas con vidas aburridas. Consideré el paradigma personal de una persona aburrida e imaginativamente escapista. El aburrimiento es un síntoma de negación, pensé. Una persona aburrida es en esencia un cobarde. Así que concebí un personaje atrapado por las costumbres sociales, que sondea las profundidades de sus propios delirios y hace algo increíblemente valiente. Pensé que sería divertido para el público. Así nació Eileen. Y gané un poco de dinero. Digo esto porque muchas de mis decisiones creativas fueron motivadas por el vacío de mi cuenta bancaria. Miré el paradigma dominante y abusé de él. Entonces se podría decir que participé en el paradigma que tanto critico”.
Marías ganó premios, tuvo prestigio, pero no cedió en cuanto al prototipo habitual de una novela. Al contrario, radicalizó su propuesta escritural. No puedo decir lo mismo de Moshfegh, pero ella es la que se vende como “rara”, cuando en realidad es típica. Lo extraordinario es lo que hizo Marías. Sumando estos dos aspectos, bien valdría una certeza: las reglas para escribir ficción las pone el autor; no el mercado. Lo demás es mercadotecnia, no literatura.

*Como es habitual en este espacio, la traducción de frases entre comillas es mía.

 

Acerca de los perdedores sagrados

 

(Tercera parte y última)

Seis meses después de Otis, en este espacio se exigía un proyecto que ayudara a reconstruir bibliotecas y facilitara opciones para el florecimiento de librerías. Aún no existe tal entelequia en la mente de los políticos, ni les interesa. Se pedía también que se pusiera a la cultura como el eje rector de esto, el resquebrajamiento emocional del puerto, pero como ya sabemos, era pedirle peras al olmo. Regresaron las balaceras, los ajusticiamientos, la quema de urvans, de camiones y de taxis, se volvió a sufrir por los problemas en el servicio de transporte, no había urvans porque los “Chicos malos” así lo determinaban. Se veía a la gente en las paradas, en los sitios; estaban de pie, inquieta, consultando el reloj. Las calles se poblaron de transeúntes, iban sudados, porque caminar rumbo al trabajo implica necesariamente perder la imagen de frescura matutina, imagen endeble en el puerto gracias al calor. Y uno suda más, en especial, si no hay seguridad. Seguían, igual que ahora –ocho meses después del impacto del huracán–, los cortes de energía eléctrica. El abierto de tenis había logrado el espejismo de la recuperación y los incendios forestales en Acapulco, y sus alrededores, abrieron los senderos de la normalidad caótica, casi una normalidad sagrada la de este puerto. A la par de esa embestida ambiental aumentaron las balaceras, las persecuciones, los levantamientos forzados; aparecieron decapitados, empezaron a verse los cadáveres en el mar. Nuestra normalidad gatilló otras dinámicas que a la par de las interminables filas para recibir apoyos federales comenzaron a llamar la atención, por ejemplo, el aumento desproporcionado de las extorsiones. A la par de ese hecho, vimos con azoro que la cantidad de militares aumentó y sigue aumentando y la violencia no para.
El señor del Palacio dice que todo va mejor, que seguimos siendo muy felices junto al mar y que sólo los fifís y los conservadores se quejan. Ah, claro, también se dice que quienes trabajan en medios y disienten de ese discurso en realidad extrañan su chayote. Un caldo de cultivo ideal para hacerse una pregunta. ¿Por qué estamos como estamos? Justo por eso traigo a cuento la investigación Estado de Guerra, de la Guerra Sucia a la Narcoguerra (México, Editorial Era, 2014, 191 páginas), de los investigadores Carlos Illades y Teresa Santiago. Este libro es una herramienta útil para entender nuestro presente. Illades y Santiago nos ofrecen un panorama rudo, sumamente deprimente que ilustra muy bien lo que fue la presidencia de Felipe Calderón en materia de seguridad. Y nos habla de algo que hoy se repite, crea usted o no, está documentado que hoy se toman decisiones igual que antes, gracias a las “reuniones de gabinete”. No con estudios ni con partes de guerra, sino con “reuniones”. Hagamos un paréntesis, Calderón –detallan los investigadores– inició la guerra contra el narcotráfico para obtener el respaldo de la clase media. Fue un motor para calmar las aguas después de una elección presidencial sumamente competida. Volviendo al punto de las “reuniones”, ahí se diagnostica la necesidad de militarizar al país, porque se refiere un asunto de seguridad nacional, pero el aspecto esencial (no debemos perderlo de vista) es que estamos ante un grave problema de seguridad pública y en este asunto se requieren policías, no soldados. El caso es que AMLO, cuando candidato, prometió sacar a los soldados de la vida pública; pero ya como presidente les dio permiso de entrar a todo: turismo, aduanas, refinerías, aeropuertos, etc. No se regresaron a los cuarteles y la violencia no para, estamos en el sexenio más violento de nuestra historia. ¿Por qué?
En Estado de guerra se hace un recuento de los daños de todo esto que padecemos día con día. Por ejemplo, se signa lo siguiente: “En Chilpancingo vi cómo despedazan a la gente y la torturan; los compas (los delincuentes) me invitan, me llevan por la carretera y me enseñan cómo tienen a la gente amarrada, cómo le van quitando las manos y los pies, la cabeza y sus partes, y por eso, pensando que ahí se gana dinero fácil, me fui, y ahora me anda buscando en el pueblo (Ayutla de los Libres) el compa que me llevó, pero ya no quiero”. Y el “ya no quiero” es irreversible. Y “el ya no quiero”, sin duda, forma parte de un problema mayúsculo. ¿Qué sigue? Antes de dar una respuesta, pongo sobre la página un hecho, el análisis que se hace en Estado de guerra es sobre la continua presencia militar en el país, y Guerrero tiene un papel protagónico. Y duele saber lo que hay aquí. Estamos en una geografía que tiene muchas actividades informales, pero lo peor no es eso, sino la ausencia legal de Estado que propicia y fomenta la impunidad.
Lo preocupante es que este gobierno hace lo mismo que los anteriores. La 4T repite el esquema y eso, ya lo sabemos, no ayuda en nada. Y si lo que sigue es nada, ¿qué hacemos? Ahh, esa es la tremenda y absurda respuesta de nuestra realidad: Abrazos, no balazos. “Sin entrar a discutir aquí cuánto ha penetrado el crimen organizado a la democracia –financiando campañas, comprando favores, regalando despensas, induciendo el miedo, prestando su maquinaria a algún candidato o asesinando a otro–, lo cierto es que está contaminada de origen por las excrecencias de un aparato autoritario que no ha sido desmontado por la alternancia y que de antiguo trabó estrechos nexos con la delincuencia, incluido el narcotráfico. La policía y el ejército, que actuaron con toda impunidad para acabar con la guerrilla desde la década de 1960, en el gobierno del cambio intervinieron al margen de la ley en la demencial cruzada calderonista contra la delincuencia organizada”, señalan los investigadores. Y si a Calderón le criticamos tanto la inconsciencia de militarizar el país, ¿qué se entiende tras la lectura de este documento sobre los mecanismos empleados por la 4T? El diagnóstico que desata, genera y produce tanta violencia es erróneo. Y si el diagnóstico es erróneo, el plan de acción no sirve.
Este libro también aborda los desplazamientos por violencia, el vía crucis de los desaparecidos, la tragedia de la inseguridad pública y el tremendo clamor de la injusticia en un país que cada vez se vuelve más indiferente en cuanto a materia de seguridad se refiere. Guerrero es un laboratorio, pero obviamente de bajo presupuesto. ¿Qué sigue? Ningún cambio. Queda el recurso de las situaciones peligrosas: Extreme precauciones. ¿Por qué? Déjeme transcribir un párrafo más de Estado de guerra: “En mayo del 2012, el periodista Daniel Lizárraga comentó en un conocido programa de radio (MVS) que había pedido a la Sedena información acerca de cómo se había diseñado la estrategia de combate al crimen organizado durante el gobierno de Felipe Calderón. La respuesta que recibió es que se trataba de ‘conferencias y programas de gobierno que recopilaban acciones’, alegando que se trataba de ‘versiones finales de la estrategia’: ningún documento oficial. Después de presentar un recurso de revisión ante el IFAI, recibió la misma respuesta de la Sedena y el gobierno”. Sin inteligencia ni transparencia, las cosas no van bien. Las pruebas de mi aseveración están a su alcance.

Acerca de los perdedores sagrados

 

(Segunda de tres partes)

También recuerdo que los problemas de comunicación fueron graves, sobre todo durante noviembre y diciembre. En Las Playas, donde tengo mi epicentro, no gozábamos de la señal de teléfono en esos meses. Fueron regularizando el servicio a principios de enero. La conexión a internet fue lenta, pero afortunadamente se consumó en febrero. La señal dejó de ser inestable y empecé a checar mi correo con regularidad; en ese momento había muchos cortes de energía. Hablo de marzo. La ilusión de normalidad empezó en ese mes. Ya había señal de teléfono, se estabilizó la luz, también el servicio de internet. Había montones de basura en las calles, los problemas eran de otro tipo: higiénico. El servicio de agua potable también se volvió regular y los productos de primera necesidad empezaron a tener variantes de marcas, tamaños y precios. En ese contexto uno puede sumergirse al trabajo sin quejas. O más o menos, pero afortunadamente ya había condiciones para no anhelar las maravillas de la tecnología. Simplemente para disfrutarlas. Empecé a leer The circle (Estados Unidos, Random House, 2004, 521 páginas), de David Eggers. Y me vino a la mente un libro de ensayos, Farther away (2013), del novelista Jonathan Franzen, quien aborda justamente lo postulado por Eggers en este libro: los peligros de la superficialidad en las redes sociales y el uso de esas herramientas para llevar de una mejor manera, con más comodidad, nuestra vida cotidiana. Franzen fue rudo, recuerdo, y señalaba que la retórica humanista de ‘empoderamiento’, ‘creatividad’, ‘libertad’, ‘conexión’ y ‘democracia’ favorecen la creación de monopolios, esas virtudes encumbran a los tecno-titanes; la nueva máquina obedece los dictados de una lógica de desarrollo y esa máquina la integraban justamente las redes sociales. Esta idea la expone Eggers en esta novela atractiva, aunque de innecesaria apariencia infantiloide, pero bien escrita, sin duda, bien planeada y punzantemente bien elaborada la crítica a nuestro presente. Eggers muestra en el relato la más esclavizante y adictiva relación que hemos tenido con la complacencia y con nuestro ego. Es decir, lleva hasta el delirio el uso de las redes sociales.
Grosso modo, abordamos obra y milagros de Mae Holland, una mujer de 20 años, quien consigue un trabajo en la enorme empresa de medios sociales, una empresa tecno-sexy, The Circle, es una combinación de Facebook, Google, Twitter, PayPal y todos los grandes consorcios que hemos conocido hasta ahora.
The Circle recluta cada semana “cientos de mentes jóvenes talentosas” y ha sido considerada como “la empresa más admirada durante cuatro años consecutivos”. Entre sus inventos se encuentra “TruYou”, una interfaz de usuario que ejecuta y agiliza cada interacción y cada compra en internet: “Un botón para el resto de tu vida en línea”. Su filosofía es la transparencia total y su campus es un portento arquitectónico hecho puramente de vidrio, un templo para gozar de todo el entretenimiento y de todas las comodidades geek-chic que se pueden comprar. Todo ahí está tocado por el rey Midas: las ganancias son ilimitadas.
Percibí que la novela empañaba mi visión del futuro. Yo acaba de volver a la edad moderna debido a la catástrofe llamada Otis. Si fuera Mae, créame, también estaría agradecido por la oportunidad de trabajar en este nuevo mundo feliz. Ecos de Aldous Leonard Huxley resuenan como redobles de tambores anunciando la guerra en este documento.
Eggers asume que la vida doméstica pronto será afectada por la tecno-intrusión total. La propia Mae termina sugiriendo que el gobierno debería hacer obligatoria una cuenta en The Circle. Hace de esta proposición la forma más efectiva para aumentar la participación electoral. Viniendo de la protagonista del libro, esta proposición es atrevida y renueva toda esa incredulidad hacia la buena voluntad del ser humano. Esa propuesta alimenta las conspiraciones paranoicas que esconde el “mundo feliz”. Pero vamos, yo acababa de salir de las cavernas. Y un huracán eligió esta lectura. Agrió en cierta forma el espejo del futuro inmediato.
Dan, el jefe de Mae, es descrito como “inquebrantablemente sincero”; asiente “enfáticamente, como si su boca acabara de pronunciar algo que sus oídos encontraron muy profundo”. Es un tipo robótico, pero efectivo para darle sobriedad y verosimilitud a ese mundo ideal que postula el autor. Los jefes son amables en un mundo feliz y lo son porque controlan todo de sus empleados.
Un pasaje de la novela que ahuyentó mi anhelo de volver activamente a Facebook fue el siguiente: Mae intenta elevar su “PartiRank”, la puntuación relativa de participación social en The Circle, calculada gracias a la cantidad de interacciones digitales realizadas en un día. Se siente frustrada porque no es más popular que antes, es decir, sigue siendo igual de popular que hace 23 horas. Así que después del trabajo, un poco frustrada, se sienta durante horas frente a innumerables pantallas y publica en 11 grupos de discusión, se une a 67 feeds más, responde 70 mensajes, confirma la asistencia a docenas de eventos, firma peticiones y ofrece “críticas constructivas” generalizadas antes de darse cuenta que, para lograr un verdadero avance, será mejor que se quede despierta toda la noche y comente, sonría, se una a más grupos, frunza el ceño, haga más amigos, invite a más personas a debatir, celebre felicidades ajenas y sonría nuevamente. Siempre. Más. Y mi experiencia, al volver a Facebook, no fue satisfactoria. De hecho, agrandó mi vacío. Simplemente resultaba irreconciliable lo que ahí veía con lo que yo vivía. Abismado entonces volví a The Circle. Di más fuerza a ese espejismo.
Lo atractivo de la novela es que Mae tiene un ex novio, Mercer, su antagonista. Mercer pasa horas pensando en las maneras de “cancelar la suscripción a listas de correo sin herir los sentimientos de nadie”. Sabe que la sobredosis digital del mundo le deja “vacío y disminuido”, y que existe “esta nueva necesidad” de estar conectado todo el tiempo. Mercer siente que ha “entrado en un mundo-espejo, donde la mierda más tonta es completamente dominante”, y concluye, por supuesto, que “el mundo se ha atontado”.
Era curioso pensar en esta novela cuando uno vive una situación distópica (gracias a Otis), aunque yo más bien definiría este contexto como apocalíptico. Pensaba en el antitecnologista de Mercer. ¿Qué haría él acá; sobre todo, qué haría él acá cuando notara a la gente robando todo lo que encontraba a su paso? Probablemente aceptaría que todo está perdido. Pero no tengo un argumento para revocar esa certeza, sobre todo ahora, cuando han pasado ocho meses y los ejes centrales de un proyecto de desarrollo integral siguen sólo en el imaginario de los políticos. Son buenas voluntades, no un mandato, ni mucho menos un plan de acción que evitaría repetir vicios, errores y muchas, pero muchas más pifias gubernamentales. ¿Pero qué haría Mercer?
Mae y Mercer funden de manera interesante su vida en la novela. The Circle, tal vez por la sinceridad con la que está escrita, no deja espacio a la discusión técnica, pero es impecable. Un autor como Eggers no suele equivocarse en las tramas, no deja cabos sueltos; sus recursos, aunque clásicos y conversadores, le ayudan a construir una advertencia temible: el mundo está más cerca de convertirse en un monopolio. Y quizá eso sería el paraíso para muchos políticos.
Pienso en Mercer como un personaje sagrado; no tiene un motivo para sentirse contento, porque si el mundo se desploma o si el mundo sigue igual que siempre, nada será como él quiere. Nada. El fracaso es una clase magistral y estoica de aceptación. Nos ayuda a ser rotundamente quienes somos.
*Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.

Acerca de los perdedores sagrados

 

(Primera de tres partes)

Recién pasado el huracán Otis empezaron algunas lamentaciones por los daños; en mi caso, padezco la pérdida de la biblioteca que he ido reuniendo durante mi periodo de sobriedad, desde hace diez años a la fecha. Eran aproximadamente mil quinientos ejemplares en cuatro idiomas: italiano, inglés, francés y español. Algunos de los libros que sobrevivieron a la catástrofe la pasaron muy mal. Hubo mucha agua, mucho viento, muchos golpes y muchas, pero muchas, magulladuras. Empecé a secarnos al sol. A darles un poco de limpieza con algodón y ofrecerles una especie de terapia intensiva que a mí me servía para idealizar el futuro. Dicho de otra manera, eso me daba esperanza. Los días calcinantes sin agua y las noches calurosas sin luz me hacían pensar en la dulce modernidad que prodiga la energía eléctrica y, por supuesto, el ventilador y el aire acondicionado eran algo similar al maná. Era un paraíso imaginarme frente a un ventilador a toda potencia. La abundancia era tener agua para bañarme las veces que fueran necesarias. El sudor, sin embargo, me recordaba lo aciago del momento. Después, la sed derrumbaba lo edificado durante las horas de sol. Pero algunos de los ejemplares que sobrevivieron, del librero “De los que no se han leído”, quedaron listos para recibir a un lector. La páginas arrugadas, la tinta borrosa y una que otra mancha de hongo, de humedad y derivas por el estilo, todo eso era peccata minuta para quien suscribe esta experiencia.
Tres meses después del huracán, algunos de esos ejemplares se convirtieron en objetos distantes del ideal de un libro: páginas inflamadas, arrugadas, amarillas, pestilentes; hongos oscuros al centro de la caja de texto. Me deshice de más sobrevivientes. Quedaron cinco de ese librero; aún tienen la linda huella del agua en sus páginas, pero se dejan leer. He comenzado a leerlos y en cierta forma entiendo por qué se salvaron. Elegí tres para abrir una conversación.
El crítico literario Harry Silvester publicó en agosto de 1952, en The New York Times, una reseña sobre el libro inaugural del narrador judío Bernard Malamud: The Natural (1952). Habla de un libro de culto para los deportistas. Y señala un aspecto digno de atención: “Malamud tiene una misión y le otorgamos ciertos privilegios, incluido el uso del superrealismo que alterna con el naturalismo. Malamud también se basa en gran medida en la leyenda y la historia del béisbol, casi indistintamente, su ambición es grande”.
El libro, con una discreción abrumadora, se posicionó firmemente como un referente de ventas ese año. A pesar de que en septiembre apareció East of Eden, de John Steinbeck, Malamud tuvo muy buenas reseñas, buenas ventas, pero no ha tenido la fortuna de ser un best-seller. Sin duda alguna dejó libros entrañables. Falleció en 1986. Su libro debut cumple 72 años de edad ahora. Y luce jovencísimo. Lo leí pensando que antes de The Natural, yo había disfrutado The Fixer (hice una reseña de esa novela en este diario hace algunos años). Ese libro me dejó un grato sabor de boca.
The Natural logra mostrarnos un modelo de esa gente tremendamente dotada para ciertas cosas, en este caso hablo del beisbol, pero no consuman esa superioridad. Lo superlativo del antihéroe de este libro es su habilidad para luchar a pesar de que eso implica herirse. Roy Hobbs llega del Oeste al Centro de Estados Unidos. A los 19 años de edad fue contratado por un cazatalentos y lo lleva a un campo de entrenamiento de las Grandes Ligas. Una chica misteriosa le dispara con una arma de calibre pequeño, pero la intención de matarlo fue grande. Una habitación de hotel atestigua esa tragedia. Así sale Roy del mapa del deporte norteamericano profesional. Fue una promesa del béisbol. Se perdió en la noche del tiempo. A los 34 años de edad vuelve a un equipo pequeño de la Liga Nacional y, con un bat poderoso, hecho por el mismo Roy, conduce a su equipo a empatar por el primer lugar con una escuadra de  ricachones. Logra esto a pesar de diversas tribulaciones femeninas, a pesar de problemas con los compañeros de trabajo y a pesar de una absurda necesidad de competir por una femme fatale con un apostador tuerto. A pesar de sí mismo es un deportista superdotado. Un genio del beisbol.
Pero lo que leemos es la historia de un hombre literalmente herido por su primer amor. Se recupera tarde de esa lesión y vuelve al deporte profesional, casi alcanza la grandeza, luego distraído, o traicionado por personas que nunca consideró leales, pierde la oportunidad de convertirse en una superestrella del deporte. Y el contexto de tanta calamidad se reduce a una simple certeza: hay veces que la gente está destinada a fracasar. No importa lo que hagan, no importa incluso si son buenos, fracasarán. Roy es de ese tipo y lo hace con tal fortaleza que sus fracasos no son una calamidad sino una lucha constante, paciente y elaborada por demostrar que no saben perder, sin embargo, su vida ejemplifica lo contrario.
Capitaneando un equipo “chico”, Roy llega al “Clásico de otoño” y juega la serie mundial en contra de hombres bien alimentados, bien cuidados mentalmente, con estabilidad económica, con psicólogos y muchas otras cosas que los ayudan a ganar, porque esa es su meta: ganar siempre. Roy, en cambio, sufre la tentación del dinero y le proponen un jugoso contrato con enormes beneficios económicos si se deja perder. Es decir, si “evita” conectar un solo hit, así se abrirá las puertas de la grandeza. Cierra el pacto y durante el partido cambia de opinión. Se suman más calamidades, su bat de la suerte se rompe, su ex novia le anuncia que debe ganar, porque esperan un hijo y el niño quiere verlo triunfar. Así que con una seña a la tribuna rompe el pacto que había hecho. Pero las cosas no salen como él hubiera querido. Entiende que todos estaban en su contra porque su destino es perder y que ante eso no puede hacerse absolutamente nada. Salvo resistir, porque esa es la escuela estoica del fracaso, resistir. Y me imaginaba a Roy, un fortachón tocado por el daño psicológico, intentando enamorar a una mujer que se declara francamente interesada por el dinero, así que no lo elige como esposo porque él no tiene para mantener los lujos que ella necesita. ¿Qué hace un hombre como él en una situación así? Bueno, siempre es revelador leer una historia de perdedores sagrados.
Técnicamente la novela es sencilla; todo es contado por un narrador omnisciente que dosifica con elegancia la información. La línea del tiempo es clásica: inicio, desarrollo, conflicto, desenlace y final. Los personajes no son extravagantes, se someten a un realismo elaborado decentemente. Pero la magia está en hacer de un hombre una leyenda oscura, un ángel sin alas, alguien que anhela el cielo y se debe conformar con una certeza: el destino no le permite volar. No esta vez. Cerré las páginas de este documento pensando que hay historias bien escritas, conservadoras, pero bien escritas, que transmiten una energía inquietante. Y comparé a Roy con Acapulco. Tiene todo para ser mejor, pero algo no lo deja. Yo pensaba en ello cuando me iba a dormir en el suelo anhelando el arribo de la energía eléctrica. Los sueños no eran placenteros. Pero me recuerdo leyendo a The Natural. Fue como ir al cine a ver Casablanca.

* Para este artículo recurrí a The Natural, Estados Unidos, Penguin, 2002, 227 páginas.  Y la traducción del párrafo entre comillas es mía.

 

Encíclica del abuso, ¿usted sabe para qué quieren el poder los que gobiernan?

Hace algunos gobiernos municipales se hablaba de la reconstrucción del tejido social mediante la cultura. El apoyo a la cultura será mucho, dijeron los políticos, y la realidad es que no. Ha venido a menos. En esta administración y su secuela, recientemente apoyada por la reelección, se pone de manifiesto un hecho: la cultura no importa. Aunque la toman en cuenta como slogan, como lo usa el gobierno estatal, donde hay puro relumbrón, casi igual que un sticker del astrólogo Walter Mercado, aunque hay más ganas en el señor Mercado que en el trabajo de la secretaria de Cultura, Aída Melina Martínez Rebolledo. Sus compañeros de Morena deberían preguntarle a la funcionaria, ¿qué hace en el puesto que ocupa? Aplaudir todo lo que repite la gobernadora no es gestión cultural. Es propaganda y de eso ya hay mucho. Quizá eso no importa. Como tampoco importa el director de Cultura de Acapulco, Christopher Brito Salgado, quien durante su gestión se dedicó a jugar a la animación cultural con recursos públicos. En suma, lo que hay es poco; pero lo hemos elegido entre todos. Aunque hay otros puntos que analizar, digamos que vamos para los nueves meses sin librerías. En este espacio, desde hace siete meses se exige atención a este flagrante olvido en el plan rector de la reestructuración, pero a los políticos (empezando por la federación) no les interesa eso. Se han olvidado de lo que no parezca dádiva, porque eso (más que comprobado durante las elecciones) es lo que vuelve populares a nuestros gobernantes, es lo que les da muchos votos, pero la dádiva no propicia una desarrollo integral, sobre todo después de Otis.
Nuestra normalidad son las balas, las explosiones, las masacres, las extorsiones, la militancia por un partido que olvida problemas estructurales y todo lo deja a la popularidad. Con la popularidad no se hacen muchas cosas, salvo seguir gobernando a la gente que intenta sobrevivir de las dádivas. ¿Para qué quieren el poder?
Tomemos a Acapulco como epicentro del texto, queda perfectamente reflejado que el ideal de la reestructuración es simplemente material y monetario. Ni se abogó por la pacificación (en el fondo no pueden hacerlo, ni quieren, como diría el ex gobernador Zeferino Torreblanca sobre el problema de la violencia) ni se combatió el rezago educativo, ni salimos de los índices denigrantes de pobreza, hay mucho maquillaje en la estadística, pero en términos generales vale una sola cosa: los mexicanos sigue leyendo 3.2 libros al año (la cifra de oro fue en 2022, durante la pandemia, porque se llegó a los 3.9 libros al año; en 2015 se leían anualmente 3.6 libros, ¿qué pasó con la transformación?). Los guerrerenses, usted sabe, leen menos. ¿Por qué? Hay tesis que intentan develar esa obviedad, pero la certeza es que no hay librerías. A riesgo de cantinflear, debo decir que una cosa alimenta la otra y viceversa. En 2012 se tenía una cifra escalofriante: los habitantes de Guerrero leíamos medio libro al año. Los datos no cambian. Se mantienen ahí. ¿Usted por qué cree que pasa esto? La respuesta tiene como principal eje a los funcionarios encargados de incentivar la lectura y, por supuesto, destaco el enorme desprecio que regímenes como el nuestro tienen por el conocimiento. Aún a sabiendas de eso, ¿por qué votamos por ellos? ¿Para qué les sirvió el poder? ¿Hubo una transformación en la política cultural de Acapulco? Usted sabe la respuesta. Yo diría que hubo una involución. Ahora hay menos de lo que había y habrá menos aún de lo que tenemos (si esto lo ponemos en otro nivel, el estatal, por ejemplo, notaremos lo mismo. Y si hacemos el ejercicio, veremos que en el gobierno federal también quedó a deber la transformación cultural de la que tanto se hablaba, porque a final de cuentas todo se mantuvo como siempre, sólo que los amigos de este régimen tuvieron menos alcance que los amigos de la otra mafia del poder).
No hay manera, para un creador, de vivir de lo que hace si habita en Acapulco. A menos, claro está, que termine como ejemplar propagandista de las hazañas inexistentes de la 4T. Ya lo hemos visto con el PRI, con el PRD y ahora con Morena. Estamos ante un sistema que cambia de fisonomía, pero en esencia es el mismo, aunque algunas veces parece peor y sus resultados así lo muestran. Si están ahí, si han ganado dos elecciones en este puerto, ¿para qué quieren el poder? Si no transforman lo que existe, ¿por qué preservan los vicios y hacen de la simulación un estandarte? Se abanderan con el ideal del cambio, de la lucha contra la corrupción, del apoyo a la cultura, pero no hay nada nuevo, ni mejoran lo que existe. Todo esto tiene un nombre y fácilmente podría considerarse un engaño.
Para los políticos, nunca debemos olvidarlo, es mejor que la gente no lea. Es ideal para ellos que las personas no encuentren otras referencias informativas, disonantes y distintas a las que tanto privilegia el gobierno en sus tres niveles de gobierno: municipal, estatal y federal. Leer, hoy más que nunca en Acapulco, es un acto de rebeldía. Es salir de esquemas (de corsé y del cinturón de castidad mental) que implican una franca contraposición con los datos y las cifras que ostentan los políticos como una muestra de la mejoría de nuestra vida pública. Vamos para nueve meses sin librerías y eso debe tener algunas consecuencias, porque se rompió el eslabón de un proyecto que nos daba la ilusión de no vivir en un páramo cultural. Nuestra realidad es otra y pesimista. Más que antes. Las bibliotecas están en extinción, sirva decir que el proyecto encabezado por la maestra Themis Mendoza, la biblioteca 22 del Zócalo, es la única que se aferra a seguir con vida en esta dura y ardua tarea de no ser lo que estamos siendo: gente que no atesora el conocimiento venido de los libros.
A pesar de la falta de librerías y de bibliotecas, hay un proyecto que para efectos prácticos denominaremos librero. El librero se encuentra en el corazón del Zócalo de Acapulco. Al costado derecho del kiosco si entra por la Costera. El librero de Nabokov ofrece material de segunda mano. A diferencia del servicio de librería que brindan las tiendas departamentales, tiene una variedad generosa. Ése sería el pulmón que oxigena una carencia. Pero habrá quien señale lo vetusto del argumento, ¿para qué las librerías si puede conseguirse todo por internet? Porque las librerías se convierten en puntos de encuentro y propician conversaciones y recortan distancias afectivas e incluso clases sociales, pero por encima de todas esas bondades, las librerías son un escape de toda esta maquinaria, que en aras de la industria turística, se convierte en una condena, porque el gobierno insiste en aleccionarnos para convertirnos en sirvientes de turistas depauperados.
Nuestro páramo cultural se convierte en una loza. Asfixia todo lo que se encuentra bajo él, como una atmósfera hiper contanimada. No se fortaleció la estructura que había antes de que llegara Morena; no hubo una transformación sino un olvido programado, un plan maestro para adelgazar ramificaciones de nuestra intellighenzia. Se redujo la dirección de Cultura a un departamentito que administra la pobreza de este municipio. Y decir esto es aceptar que no estamos a la estatura moral de nuestras circunstancias. ¿O usted tiene otros datos?

 

Último año de vida para Kafka, el inicio del porvenir

Hace cien años, Franz Kafka escribió en su diario: “Recluso dentro de mis cuatro muros, me encuentro como un prisionero en un país extraño”. Estaba en Austria, no quería regresar a Praga, por los fantasmas de Praga, los espíritus de Praga, los que le habían mostrado ciertos senderos narrativos. Esos fantasmas eran insoportables para él.
Dice el crítico literario Pietro Citati, en el libro de ensayos Kafka (Italia, Adelphi, 2007, 378 páginas), que el último año en la vida (1924) de este escritor legendario tuvo una extraordinario padecimiento de insomnio. Dormía muy poco y eso aumentaba aún más la alteración del sistema nervioso. Los pulmones estaban dándole mucho problemas y eligió irse a vivir a Berlín para empezar una vida marital. No resultó, porque la enfermedad en él era algo mayúsculo. La tuberculosis atacó todo el sistema respiratorio e incluso la garganta. Ni siquiera podía beber líquidos. Anhelaba la cerveza, por cierto. Deseaba irse a Palestina. Y aunque nunca había amado, dice Citati, sí había escrito muchas cartas de amor. Y se enfrascó en ello.
En Berlín, Kafka encontró evidentes luchas políticas, mucha miseria, terrible inflación. Tenía miedo, y casi terror de acercarse al centro de la ciudad, que le pareció espantoso, cruel y terrible. “En cualquier momento puede pasar algo”, dejó escrito en varias cartas y señaló que las mil cuarenta y cuatro coronas checas que recibía mensualmente no le alcanzaban para mucho, porque la renta subía a niveles estratosféricos; los productos de primera necesidad estaban muy por encima del valor “normal”. Meses después de ese disturbios sociales ocurrió la anécdota de la muñeca. Kafka encuentra a una niña llorando porque perdió su muñeca y él le cuenta que ella está de viaje y le escribe cartas a su dueña, cartas que él escribe y él lee a la niña. Una historia que revela la honda fuerza de la literatura para conciliar ciertos lazos afectivos entre humanos. El “juego” de la muñeca duró más o menos tres semanas. Kafka y su pareja, Dora Dyamant –una chica de diecinueve años– no tenían dinero para pagar la renta, que subía cada mes, no tenían para comprar la comida, el carbón, ni para pagar el gas, la luz ni la prensa (en ese momento era como tener internet ahora), ni mucho menos para ir al teatro. La familia de él envía víveres para que se mantenga la pareja por un tiempo.
Citati se da a la tarea de rastrear lo que leía Kafka, lo cual ya me parece una revelación interesante: “Kafka leía sobre Rembrandt, Rodin, Gauguin, y la pintura paisajistas china. La editorial de Kuet Wolff le mandó los poemarios de Hölderlin y Eichendorff, y dos libros, muy de su gusto irónico y sutil: Las aventuras del barón de Münchhausen y Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso: juegos con la sombra y el absurdo. A Dora le leía otros libros que apreciaba muchísimo y podían iniciarla en el mundo occidental que ella ignoraba: las fábulas de Grimm y de Andersen, Lebens-Ansichten des Katers Murr (Consideraciones del gato Murr sobre la vida), de Hoffmann; el Schatzkästlein (Cofrecillo de joyas), de Peter Hebel y Hermann und Dorothea, de Goethe”.
En enero de 1924, señala Citati, Kafka pensó en hacer una hoguera ritual donde deseaba quemar todo lo que nació bajo el dominio de los fantasmas nocturnos: La condena, La metamorfosis, El proceso, El castillo y decenas de cuentos. Si lo quemaba todo, dice el crítico italiano, tal vez recuperaría su libertad, “convirtiéndose así en otro escritor, tal como lo había soñado”. Este hecho me obsesiona (intento explorar esa posibilidad, ser otro tipo de escritor, algo ajeno a lo que fui), en especial, porque no hay textos sobre el nuevo Kafka. Ni rastros, ni pistas. “Si tuvo de veras hubo nuevas esperanzas y sueños y revelaciones de algo absolutamente nuevo, mantuvo cerrada la boca, con un arte silencioso”, asevera Citati y agrega una pista de todo este renovación del escritor: “Pero el gran relato que prorrumpe del silencio de sus noches, quizá de una sola noche, no es necesariamente una fuga o una liberación de fantasmas. No contiene ninguna ‘consideración estratégica’. Obra maestra sugerida por los fantasmas, dominada por los fantasmas, La madriguera interpreta todas las experiencias de Kafka en los largos años en los que los fantasmas lo habían inspirado”. Y pongo énfasis en eso, durante varios  momentos Citati habla de fantasmas que le brindaban ayuda a Kafka para escribir esos textos. Fantasmas, sí, que pueden ser otra cosa, alucinaciones o meras referencia a los estados insomnes que padecía este hombre, afectaciones cerebrales, producto de las múltiples asechanzas de la enfermedad. Probablemente esa visión, sesgada por la falta de sueño, propició la aparición de esos fantasmas.
Después vinieron las atenciones médicas, las hospitalizaciones. El último sanatorio, en Kierling, cerca de Klosterneuburg, en Austria, recibió a Kafka el 19 de abril. Fue atendido por el doctor Hoffmann. Dora quería llevar a Kafka a Praga, pero él no quiso volver a “esa trampa de fantasmas”. En esa estancia todavía pudo leer el borrador final de Un artista del hambre. “Cuando terminó la lectura lloró, ¿por qué si eso nunca le pasaba? ¿Por la muerte? ¿Por el escritor que había sido? ¿Por el escritor que había podido ser y que quizá entrevió en la última hoguera, donde quemó una obra de teatro y algunos cuentos?”.
Les escribió a sus padres un día antes de morir: recordó la cerveza, la escuela de natación donde asistió con frecuencia al lado de su padre. A pesar de esa conciliación familiar que sugería con la misiva, no quiso que sus padres fueran a verlo a Austria. Deseaba morir sin la sombra de Praga encima de su cuerpo. “Me sentiría contento de morir si no fuera a tener muchos dolores”, escribió hace cien años, pero los dolores fueron terribles y en ese momento punzante quiso vivir. Quiso seguir viviendo. Mucho.
La mañana del 3 de junio pidió morfina. “Lleva usted prometiéndola desde hace cuatro años. Me tortura usted. Siempre me ha torturado. No quiero hablar más. Es como moriré”. Le pusieron dos inyecciones. Cuando le dieron morfina fue feliz. “Está bien, pero otra vez, otra, pues no hace efecto”. Se adormeció lentamente, se despertó en un estado de confusión. El doctor Klopstock le sostenía la cabeza: “Apártate, Elli (lo confundió con su hermana), no estés tan cerca”. Después se arrancó la sonda, y la aventó al piso. Cuando Klopstock se levantó para recoger el estropicio, Kafka dijo: “Basta ya de esta tortura. ¿Para qué prolongarla?”. No se vaya, dijo a Klopstock, no se vaya. Soy yo quien se va. Es lo último que hizo antes de regresar a la camilla y esperar el fin de esa existencia.
Es más grande la obra de Kafka cuando uno piensa en nuestro presente, en la hipervigilancia, cuando uno siente que disentir es peligroso, cuando uno se percibe como un bicho raro entre “normales”. Eso es Kafka y más aún si fija la mirada en El Castillo, porque entiende que para conocer esa estructura, ese símbolo del poder y de control, hace falta un terrible reto existencial que no cualquiera puede consumar. Analizar el paisaje interno, en eso se fundamenta la república del porvenir.

*Como es habitual en este espacio, la traducción de algunas frases entre comillas es mía y corresponden al libro de Pietro Citati.