La precisión sensible de lo que pesa

Hace ciento un años, el escritor italiano Italo Svevo publicó su obra capital: La coscienza di Zeno. Muchísimos autores se han detenido en este libro que pone en perspectiva uno de los grandes placeres de la vida: fumar. Bueno, realmente Zeno, el protagonista de esta historia, intenta dejar de fumar, así que después de varios fracasos por dejar de echar humo acude a un psicoanalista para que le ayude. En el intento por acabar de una buena vez con el vicio, Zeno recibe la instrucción de poner en un diario todo eso que vive y que, en cierta forma, le ayudará a entender por qué fuma y por qué él se siente al filo de la navaja siempre. El libro está dividido en 8 partes:
1.- Prefacio.
2.- Preámbulo.
3.- Fumar.
4.- La muerte de mi padre.
5.- La historia de mi matrimonio.
6.- La mujer y la amante.
7.- Historia de una asociación comercial.
8.- Psico-análisis.
La primera, sin duda, trae una jiribilla punzante. Son dos páginas, firmadas por el Dottor S., que preparan al lector y le inducen a seguir la biografía de una persona con múltiples flancos oscuros. El hecho es que ese hombre revela el secreto profesional por venganza, así que ofrece una disculpa y comienza a soltar las riendas de esta historia que parece estar diseñada por una mala entraña que rebosa de humor y de mucho desprecio. De igual manera que Doktor Faustus (1947), de Thomas Mann, La coscienza di Zeno tiene un sesgo metaliterario, pero claro, en aquel tiempo este tipo de literatura no se llamaba así; era metarreferencial porque con esos detalles –de la vida y de la literatura bien mezclados– daba verosimilitud al relato. En este caso, el Dottor S. dispone al lector para que literalmente escuche la vida de un hombre que pasa por un sin fin de sinsabores, pero en especial, por una cadena de ritos que le ayudan a ser lo que es, un tipo con defectos y virtudes, pero finalmente atrapado en otros aspectos que le inhiben la experiencia de vivir a plenitud. Su nombre es Zeno Cosini. Padece una enfermedad, la de la ineptitud, y es incapaz de vivir serenamente. Su neurosis lo ataca todo el tiempo.
Tanto en el Doktor Faustus, como en este clásico de Svevo, el lector entiende que la voluntad de narrar no está ligada con la diversión o con la búsqueda de entretenimiento. Hay escenas inolvidables, sin duda, como la muerte del padre en La coscienza di Zeno. Frases, por ejemplo, que no terminan de ajustarse en la mente; en especial, después que el protagonista se pregunta, ¿por qué mi padre no se instruyó más? ¿Por qué no fue más educado, si podía hacerlo? “Parezco un obrero mexicano”, dijo el padre al hijo, cuando el padre se dejó el mostacho y el hijo lo veía con preocupación; más bien, Zeno lo observaba como un objeto de estudio, ¿por qué su padre no fue más curioso si le interesaba la filosofía? La pregunta real era, ¿por qué su padre no pudo ser más de lo que fue? Ni durante esas charlas ni después lo supo. En otra ocasión, visitó a su padre y lo vio hacer algo extraño. “Aquel día, pasó de la cama al sofá, se detuvo delante del espejo y, volviéndose a mirar, murmuró: Parezco un mexicano.
Yo pienso que fue por cortar la horrenda monotonía de aquel viaje, de la cama al sofá, que ese día estuvo tentado a fumar. Comenzó a llenarse la boca de humo, con una sola fumada, y de súbito quedó sin aliento”.
Me marca la escena anterior por razones personales (mi padre tenía la barba cerrada y de vez en cuando se dejaba el mostacho; solía decir esa frase: Parezco un mexicano), pero la atesoro por la siguiente lección. Una vez que muere el padre, Zeno afirma: “Yo creo que uno sobrevive al placer, porque el dolor no es muy necesario”. Gracias a esa sentencia, el personaje se permite vivir. Para un hombre de esa época, en el alba del siglo pasado, vivir era entonces buscar una mujer para casarse, tener hijos y ser felices, así, sin matices. Todo ese episodio, buscar mujer, casarse y ser feliz implica una tremenda y agridulce experiencia para Zeno, quien corteja a cuatro hermanas, descendientes de una familia adinerada, pero sólo una de ellas le acepta por esposo, justamente la que él no ve como la futura madre de sus hijos. Es de una humillación tremenda el caso, porque a ratos parece que Zeno terminará casándose con la suegra; pero al final se consuma el matrimonio con una de las hijas, y mientras Zeno se esfuerza por amar a su esposa entiende que le viene bien tener una amante. Y la encuentra. La resolución de este capítulo es memorable.
El apartado que finiquita la historia de Zeno es justamente el de una aventura empresarial, donde su socio se transforma, no sólo en su cuñado, sino en uno de los personajes más viles de la novela. Después de esa experiencia sólo queda el psicoanálisis.
El lector ve desfilar preocupaciones vitales, diálogos sensibles y bien elaborados, anhelos laborales, torpeza emocional, situaciones incómodas y se pregunta, ¿por qué la literatura ha dejado de ser lo que era? Es decir, ¿por qué la literatura de ahora es mucho menos elaborada y se decanta por lo fútil?
Mientras atendía con paciencia la obra más famosa de Svevo, leí también un par de novelas recientes, libros que no tiene sentido mencionar, pero son vagos, difusos, terriblemente contemporáneos. Y eso pone en perspectiva otro hecho, la literatura ha dejado de ser pesada. Todo la evapora, todo la mueve, todo la diluye, todo la desvanece. Tengo la impresión de que en un futuro cercano la literatura estará más cerca del uso corriente del papel higiénico. Vamos, no es nada nuevo. Sólo una confirmación que para bien o para mal ayuda a quien escribe textos con apetencias literarias porque nos replantea una pregunta, ¿quién publicaría ahora La coscienza di Zeno? Una editorial inteligente, claro. Y por ellas hay que ir. Porque aún hay de ésas, aunque no por mucho tiempo.
Este no es un texto llorón a favor de lo perdido, sino una voluntad de coleccionista que concluye con la certeza de hallar resabios de la literatura que pesa. Y de paso, recordar la buena traducción que hizo Guillermo Fernández sobre la obra capital de Italo Svevo –libro, por cierto, que se llevó Otis–, publicada por la Universidad Veracruzana en 2009.
Yo leo por primera vez la novela en el idioma que fue escrita, en una versión integral, y la experiencia de lectura es muy amable. Dejé de ver series, puse en pausa muchas películas; no porque fueran malas, no, sino que volví a entender que no las necesitaba: Zeno cobró relevancia en mi día a día. A este hechizo le llamo arte. Es difícil olvidar a Zeno. Svevo lo ha convertido en un ser entrañable, cuyo destino me interesa e incumbe. Es un perogrullo, pero resulta necesario decirlo: ese hombre está hecho de pura literatura. No tengo duda alguna. Y lo agradezco. Si no conoce la novela, échele un ojo. Hay mucho de Zeno en todos nosotros.

*Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía. Para la escritura de este texto recurrí a la edición italiana de Giunti Editore, publicada en 2023, con 540 páginas de pura vida.

 

El humor negro de pensar en la modernidad, en la India y en nosotros

Aravind Adiga –autor de ascendencia india, pero radicado en Australia– visibiliza los focos rojos y otros aspectos criminales de la India en su primera novela, The white tiger (England, Free Press, 2008, 288 páginas), con la cual obtuvo el Premio Booker en 2008.
Adiga también ejercita el músculo literario con el periodismo. Así que es fácil entender por qué está tan enojado con su país, pero más allá de las rabietas resulta interesante entender el porqué se propuso crear una novela con material inflamable. El libro regocija al lector. No a la manera de un chiste, sino que la elaboración del humor negro va siendo más y más brutal; eso que supuestamente debería ser simpático termina siendo terrible. Un ejemplo: “Puse mi dedo en el charco de aguas sucias, tan fresco, tan tentador. Vi sobre un muro las huellas de un animal; sus patas estaban por todas partes. Me detuve a observar una nueva tierra oscura. A lo lejos estaba un hombre con vitiligo en los labios y parte del rostro. Me informó que estaba en una zona de albañiles, quienes construían los supermercados y algunos condominios. Gente que vivía en la miseria y trabajaba construyendo casas de ricos. Ahí no iba nadie, salvo para hacer algunos negocios sucios. Vi frente a mí una línea de gente, estaba acuclillada y tardé en entender que defecaban. Me veían fijamente, como si estuvieran orgullosos de lo que hacían. Atrás de ellos había más personas, cubiertas con lonas, recostadas unas junto a otras. Tomé mi camino, pegado a la zona industrial. Agradecí que me llegara el olor de los químicos, no el de la mierda de todos esos tipos que parecían estatuas de piedra”.
Obviamente, un autor que intenta señalar (o denunciar) los vicios de un país suele enfrentarse a un hecho tremendo: resulta imposible ser muy serio en situaciones terribles. De hecho, el humor da un respiro al lector para hundir más los hechos en la ciénaga del corazón humano. Lenta y jubilosamente.
En The white tiger la voz narrativa expone un montón de problemas estructurales que el lector no suele tener en mente cuando piensa, con esa aura de romanticismo, en la India y en la multicultural historia que le precede.
Adiga da en el blanco con una proposición literaria sumamente filosa: Balram Halwai es un tipo ambicioso que logra un ascenso social hasta consumar una empresa exitosa en el transporte ligero. La vida en las calles le ayudó a entender que se tiene que hacer trampa, se deben cometer algunos delitos para llegar al sitio sagrado de la bonanza laboral y consumar así una pequeña fortuna. Fue chofer de un ricachón. Conoció Nueva Delhi y entonces comprendió algo: para triunfar (esta idea de pasar por encima de otros) es necesario ser despiadado.
El pretexto que pone en marcha todo el relato es la inminente visita de Wen Jiabao, Primer Ministro de la República Popular de China, a la India. Así que Balram le escribe porque le quiere poner al tanto de la situación de un país y de una ciudad, en especial, quiere mostrarle el lado oscuro de Nueva Delhi.
No me imaginaba tanto pillaje, tanto delito, tanta inmundicia, pero está ahí, como dice Balram, a la vista de todos, sin la intención de ocultarse. Los vicios y los problemas de una urbe sin planeación, sin organización social, sin voluntad gubernamental para meter en cintura a algunos de los millones de ciudadanos que con el afán de salir de la miseria terminan por delinquir en mayor o en menor grado. Ahí ha estado todo este tiempo el daño. “Yo podría decir que todo valió la pena para saber, por un día, por una hora, por un minuto, que significa no ser un sirviente”.
Transcribo acá un pasaje esencial del libro. “Verá: este país, en sus días de grandeza, cuando era la nación más rica de la Tierra, era como un zoológico. Un zoológico limpio, ordenado y bien conservado. Cada uno de los animales estaba feliz y en su sitio. Los orfebres, aquí; los vaqueros, allá; los señores, más allá. El que se llamaba Halwai fabricaba dulces; el vaquero cuidaba vacas, y el intocable limpiaba las heces. Los señores eran amables con sus siervos. Las mujeres se cubrían la cabeza con un velo y bajaban los ojos cuando hablaban con un extraño. Entonces, gracias a todos esos políticos de Delhi, el 15 de agosto de 1947, es decir, el día en que los británicos se fueron, todas las jaulas quedaron abiertas. Los animales empezaron a atacarse y a destrozarse entre sí, y la ley de la jungla sustituyó a la ley del zoológico. Los más feroces, los más hambrientos, se comieron a todos los demás y empezaron a echar barriga. Eso era lo único que contaba ahora: el tamaño de la barriga. No importaba si eras mujer, musulmán o intocable: cualquiera con una buena panza podía progresar. El padre de mi padre debió de ser un Halwai auténtico, un fabricante de dulces. Pero cuando él heredó su tienda, algún miembro de otra casta debió de robársela con la ayuda de la policía. Mi padre no tenía una buena barriga para defenderse. Por eso se había desplomado hasta el fondo del lodo, hasta el nivel de un conductor de bicitaxi. Por eso me arrebataron mi destino de gordito sonriente, de un hombre de piel blanca y cremosa.
En resumen: en los viejos tiempos había en la India un millar de castas y un millar de destinos. Hoy sólo hay dos castas: la de los hombres con grandes barrigas y la de los hombres sin barriga.
Y sólo dos destinos: comer o ser comido”.
Honestamente, no tenía muchas expectativas con este libro. Encontré en él un paralelo de aquella película surcoreana de Bong Joon-ho: Parásitos. Pero el hecho de que el autor lograra en mí ese sonrisa sardónica gracias al buen manejo del humor negro terminó por convencerme de una certeza: hay algo atractivo en este forma de narrar. Esencialmente, me refiero a la sencillez de quien mira sin amargura toda esa masa urbana que le hizo beber terribles dosis de veneno, pero al final lo recompensó con el milagro más grande de todos: entender lo que significa la libertad.
Adinga muestra con gran acierto que la base piramidal de la bonanza en muchas megalópolis siempre inicia cuando el prospecto a rico se convierte en un omiso de la ley. Pasarse un alto, por principio; después cometer algo más grave, más y más grave hasta entender que esa es la única manera de avanzar en la escala social. Infringir la ley pareciera una receta. Basta mirar nuestro país para reírse a carcajadas de lo terriblemente cruento que hay en las relaciones laborales, porque muchísimos empleados sólo ganan dinero para seguir trabajando. Eternizan la pobreza. Y los grandes infractores siguen ganando dinero a costa de… Usted ya sabe. ¿O no?

* Como es habitual en este espacio, la traducción de las líneas entre comillas es mía.

Recuerdos de nuestro futuro

En 2017, el libro que más se vendía en Estados Unidos era justamente 1984, de George Orwell. La distopía más famosa de la historia se releía constantemente por el arribo del nuevo gobierno trumpista. Luego vino López Obrador, supuestamente para poner en su lugar a Trump, pero resultó que se volvieron amigos. Ahora Trump regresa al poder; en México la presidenta es Claudia Sheinbaum. 1984 vuelve a subir considerablemente sus estándares de venta. Eso nos indica algo. Y atrae mi atención un hecho, Sheinbaum empezó con una serie de novedades para el rediseño del país que bien podrían formar parte de esa ficción que Orwell ensambló cuidadosamente para advertirnos lo que sigue después de crear instituciones invasivas y desaparecer las que abogan por el acceso a la información, como el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI). Ahora se propone la reforma de “Supremacía Constitucional”, se creará también el “Servicio Nacional de Identificación Personal”, la “Agencia de Transformación Digital”, la “Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno”. La opacidad como reino. Eso se prevé a simple vista.
Es decir, Orwell nos advierte que la aplanadora de Morena (y cualquier partido mayoritario del mundo) no tiene reparo alguno en aplastar todo aquello que le impida hacer lo que se le antoja. Tiene todo y va por más, ¿para qué quiere el poder?
En n1984 se ponen en perspectiva ideales amorosos que contrarrestan el poder de los tiranos. Describe sistemas de gobierno que controlan todo y, nunca sobra decirlo, nulifican toda disidencia, toda crítica, toda independencia, porque podría perfilarse una oposición. Y eso es inconcebible. El Estado, como lo denunció George Orwell, evita incluso que uno pueda elegir a la persona que ama. Y amar libremente es, en ese mundo, una omisión capital.
En la relectura de 1984 encuentro algunos aspectos sobresalientes, por ejemplo, el sexo recreativo (y a veces amoroso) como un acto político en el que se contraviene la orden de un gobierno totalitario. Es una idea preciosa que debería permanecer en la mente de cualquier lector. Obviamente, no escribo este texto porque encuentre un símil entre esa realidad de la novela y la nuestra, sino porque hay señales, más bien, encuentro síntomas de la misma enfermedad: autoritarismo. Primero, nos advierte Orwell, viene todo ese numerito de retorcer el lenguaje para que las palabras oculten aspectos perniciosos: “La guerra es paz/ La libertad es esclavitud/ Ignorancia es fortaleza”. Estas líneas nos ayudan a comprender cuán confundida estaba la sociedad en ese mundo. El protagonista Winston Smith empieza a cuestionarse si todas esas frases que se proyectan en pantallas omnipresentes no son más que una serie de esquemas que ayudan a perpetuar un gobierno intimidatorio y totalizante.
Otro rasgo que destaco es el siguiente: “La pluma fuente fue un arcaico instrumento, a menudo usado para firmar, y él (Winston) ha procurado usar una, de manera furtiva y con algunas dificultades, simplemente a causa de sentir que la bella cremosidad del papel merece ser escrita con una cuña real en vez de ser arañada con un lapicero”. Esta modernidad tecnológica nos distancia de nosotros, de tareas encantadoras, como la descrita en el fragmento anterior. Y nos advierte también, de la dependencia de las máquinas, de la dependencia de la inteligencia artificial. Aunque, el otro aspecto, es mucho más atractivo: no olvidemos que escribir es una actividad de pleno goce personal. No importa si se publica o no. Acá el asunto es que escribir –goce personal– le conduce a una certeza bien delineada: “Derrumba a Big Brother”. Un pensamiento que le atravesó la cabeza y el corazón. Más que un reto, esa frase es una invocación. Y así pone en marcha otro engranaje del relato.
A mí me sigue sorprendiendo no sólo el envidiable estilo directo de Orwell, sino la auténtica visión (me refiero al esfuerzo sostenido para cincelar en los pasajes literarios un mundo) de una sociedad sumamente controlada. Más allá de la mención distópica, lo que el autor puso sobre papel es realista y, ¿por qué no decirlo?, fatalista, pero es una admonición fenomenal para todo aquel que piense ilusamente que los problemas ciudadanos se acaban cuando el Estado se hace cargo de todo. Aunque siendo un poco más incisivo, Orwell no habla del Estado per se, sino del brazo militar de un Estado que controla a los civiles mediante la inserción de personas con mentalidad armisticia en la gestión pública (piense también en la cantidad de empresas del ejército en este país y le propongo algo, responda estas simples preguntas: ¿a quién le rinden cuentas esos negocios? ¿Para qué necesita más dinero una institución, como el ejército, con enorme presupuesto?). Otro aspecto es el espionaje a civiles, son un objetivo militar por el simple hecho de parecer sospechosos, esto en la novela; pero en la vida real ya hay pistas de “seguimiento de inteligencia miliar” a quienes han criticado desde diversas tribunas al gobierno actual. Por ejemplo, el caso del activista Óscar Kabata (puede verificar la historia El caso de la soldado infiltrada como periodista en el canal de youtube de Casa de América, publicado el 10 de octubre de 2024). Big Brother es tan obvio y eso tal vez le confiere una apariencia inofensiva.
Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad reescribiendo y retocando la historia para un Estado totalitario que somete de forma despiadada a la población; de pronto, siente que no quiere contribuir más a este sistema perverso y decide rebelarse; en ese proceso encuentra el amor de una mujer más joven: Julia. Y eso modifica la vida de ambos personajes. Lo más interesante es que en el interludio amoroso, mientras se esconden para amarse, Winston visita un pub de bohemios, quienes vivieron algunos tiempos que los libros de historia ya no mencionan y si lo hacen es sólo para agrandar la imagen que se tiene de Big Brother. En la escena hay una reunión entre el protagonista y un viejo parroquiano. Winston invita unos tragos y pregunta: “Lo que yo realmente quiero saber es esto, ¿tú crees que tienes más libertad ahora de la que tuviste en aquellos días? ¿Antes te trataban más como un ser humano?. El anciano parece pensar profundamente. Bebe un cuarto de su pinta antes de responder. Sí, él dice, sí.”.
1984 cumple 75 años. Luce muy joven y crítica con ferocidad un sistema de gobierno que, como el nuestro, empieza a pintarse cada vez más y más y más de verde olivo. Cada vez tolera menos la crítica. Y lo que comunica Orwell es una gran advertencia sobre el daño que producen los movimientos totalitarios. Lo que más me atrae y lo que yo quiero compartir es un hecho que Orwell subrayó con énfasis: la manipulación. Gracias a esta herramienta se legitiman muchas decisiones políticas que convierten a 1984 en una novela de vigencia estremecedora: “La palabra que estás tratando de encontrar es solipsismo. Un solipsismo colectivo, si prefieres. Pero es una cosa diferente a la metafísica; de hecho, es la oposición. El poder real, por el que nosotros debemos pelear de día y de noche, no es el poder sobre las cosas, sino el poder sobre los hombres. Él hizo una pausa y por un momento asumió ese aire de maestro de escuela cuestionando a un prometedor pupilo.
¿Cómo un hombre detenta su poder sobre otro, Winston?
Winston Smith pensó: Haciéndolo sufrir.
xactamente. Haciéndolo sufrir. La obediencia no es suficiente. A menos que él esté sufriendo. ¿Cómo puedes estar seguro que él está obedeciendo tus deseos y no los suyos? El poder está en infligir dolor y humillar. El poder está en desgarrar las mentes humanas en pedazos y juntarlos otra vez en una nueva forma de tu elección” .
Gracias a esta clase magistral del agente O’Brien, el antagonista de Winston, entendemos por qué es tan importante cambiar el significado de las cosas. Recordemos las primeras aseveraciones del texto: “La guerra es paz / La libertad es esclavitud / Ignorancia es fortaleza”. Sobre esa tesis de Orwell usted fácilmente puede entender: “Abrazos, no balazos”, “Austeridad republicana” y “El pueblo bueno y sabio”. Si la quiere actualizar, pues diga como perico: “Hay una campaña mediática en contra de Evelyn Salgado”.
Hablo de un síntoma que afortunadamente para nosotros, Orwell diseccionó a la perfección en una novela que le ayudará a entender que la hipervigilancia sólo tiene un objetivo: controlar. Pero no me crea, mejor lea 1984 y saque sus propias y poco optimistas conclusiones del tiempo que nos toca vivir.

PD.- Para la escritura de este artículo releí 1984 (England, Penguin Books, 1989, 326 páginas). La traducción de las líneas entrecomilladas es mía.

@FederìVite

 

Una breve trama paranormal

 

(Segunda de dos partes)

Federico Vite

Antes de terminar la preparatoria empecé a trabajar como taxista. Los fines de semana eran una locura, porque a esa edad lo importante siempre consistía en el momento y el momento se transformaba en novedad recurrentemente. Recuerdo que llevé de la pozolería Los Cazadores a la ya tristona discoteca Cat’s una triada de travestis bien ataviados y dispuestos a seguir la fiesta. Muy coquetos ellos, muy risueños. En cuanto los tacones se alejaban del auto se acercó una pareja de ancianos. Me veían fijamente. Iban a Luces del Mar (en aquel tiempo ahí todo era una enigma, entre la laguna y el mar, entre la oscuridad y las múltiples historias acerca de la delincuencia siempre latente). Me ofrecieron una buena paga y me comentaron que tenían ganas de llegar en taxi a la casa de sus hijos, quienes acababan de irse a Estados Unidos. Eran las diez de la noche. No dudé. Abordaron, él en el asiento del copiloto; ella en la parte trasera del vehículo. Te ves muy joven, dijo ella y escuché una voz grave, seguramente lijada por muchos años de trabajo. No mucho, recuerdo que respondí. Salimos de Mozimba, pasamos por el Jardín Azteca y me enfilé hacia Pie de la Cuesta. Se notaba ya en el panorama el arribo a una zona semi rural. El mar, a esa hora, sólo era una sombra extensísima, del mismo material que la noche.
Te queremos pedir un favor, comentó ella, queremos que nos esperes. ¿Te parece bien? Sí, agregué, un poco tenso porque cada vez había menos luz y los baches en la carretera podrían poncharme más de una llanta y, por supuesto, arruinar los rines. Kilómetros adelante de la Fuerza Aérea doblamos a la derecha por un sendero que conducía hacia la laguna. No había iluminación, pero gracias a los focos de algunas cabañas pude ubicarme mejor en la terracería.
Vamos hasta el final del callejón, dijo el hombre, ahí te vas a parar. Nosotros dejamos lo que tenemos que dejar y regresamos. No bajes los cristales, fue la reconvención del anciano, no apagues el motor. ¿Estamos?
La radio tenía algunos problemas de recepción y decidí apagarlo. Vi avanzar a la pareja, a oscuras, rumbo a la laguna. Ella llevaba una bolsa de plástico; él, un morral de tela, como el que solían usar los albañiles años atrás. Oí el zumbido de los moscos, algunos susurros y se percibían los golpes de algo cayendo al agua. Fragmentos de algo entrando al agua, precisaría yo.
Minutos después regresó la pareja. No apresuraron la marcha. Ella ya no cargaba la bolsa; él mantenía el morral colgando del hombro derecho, pero no daba la impresión de pesar mucho. Abordaron el auto. Me pidieron que me diera la vuelta y avanzara rumbo a El Cochero. No me sentí cómodo. Estaba más oscuro aún, pero de alguna manera sentía que podía manejar la situación. Me sentía protegido.
No tengas miedo, dijo ella, yo me dedico a servir a la gente. Estoy del lado de los buenos. De verdad.
Te vamos a pagar bien, agregó el anciano.
Fijé las manos al volante y la mirada en el camino. Pensé también que a otros compañeros los habían asaltado con este viejo truco: subían a personas de apariencia inofensiva y cuando llegaban al sitio pactado salían otras personas para someter al chofer.
Lo veo tenso, comentó ella, de verdad, no se preocupe. Yo me dedico al servicio. Estábamos entregando los huesos de unos muertitos, señaló, como si estuviera hablando de la entrega de abarrotes o de dulces. Este señor que viene con usted me conoce desde hace muchos años, agregó, y sabe que no me dedico a hacer el mal. ¿Verdad?
El anciano asintió con la cabeza, dos inclinaciones contundentes.
Yo veo que cuando tú eras niño había alguien cerca de ti, señaló ella, no sé si es tu familiar o no, pero no está vivo y aún anda atrás de ti. Tú lo veías y le hablabas. No te hace ruido, pero segurísimo que lo sientes a veces. ¿Verdad?
No estoy entendiendo, respondí, eché una mirada de soslayo a la laguna de Coyuca y pensé que si alguien aventaba un cadáver ahí, a esas horas, lo más seguro era que nadie lo encontrara. Y me vino a la mente una de las viejas leyendas urbanas que se contaban en la preparatoria. Decían que una pareja, hacía un par de años, había desaparecido en la playa de Pie de la Cuesta. Fueron a ver cómo desovaban las tortugas. Sus compañeros –porque ellos no fueron solos, sino en un grupo de estudiantes de ecología marina– encontraron la tienda de campaña y la ropa. No había rastro de esos jovencitos. Nunca hubo.
No te vamos a hacer daño, comentó el anciano, y eso me tensó un poco más. Ya mero llegamos, afirmó. A ver, Licha (recuerdo que dijo Licha), dale su dinero al muchacho.
Sí, enfatizó ella, sacó del brasiere los billetes; los contó. Toma, dijo al poner el dinero en la bolsa de mi camisa blanca. No tengas miedo. ¿Quieres que te ayude con ese señor que veías?
Gracias, dije.
Ya déjalo en paz, mujer, reconvino el anciano.
Aceleré, tal vez para darle un poco de velocidad a las cosas. Llegué a El Cochero. Me dieron la indicación de tomar la terracería principal y me detuve metros adelante.
Por aquí está bien, dijo el anciano.
Te voy a decir una cosa, confesó ella, algo importante: yo me dedico a ayudar a los muertos. Les doy paz, descanso, los procuro. Y a mí no me buscan los vivos, a mí me dicen los muertos lo que yo debo hacer. ¿Por qué crees que te escogimos para venir acá?
Vi por el retrovisor el rostro arrugado, el color negro de los ojos y el cabello cano de Licha. ¿Quién crees que me dijo lo del señor que veías cuando eras chamaco? ¿Quien crees? Ellos no se van, comentó, están con nosotros. Están vivos, pero en otra parte, cerca de nosotros. Sólo te voy a decir una cosa, lo vas a volver a ver, pero no tengas miedo. Toma, me dio un billete más de propina.
Los vi salir del taxi. Regresé a la carretera. Puse un cassette en el estéreo y subí el volumen. Oía Sweet dreams (are made of this), de Eurythmics, y sonreí, porque la letra de la canción y mi experiencia eran complementarias. Entendí a la perfección lo que dijo Licha y sentí un escalofrío. Sin duda alguna, ella había conversado con un difunto mío. Alguien importante para mí. Con el tiempo le di la dimensión exacta a esa experiencia y la atesoré. Puse sobre las páginas de mi diario la absoluta certeza de que hay vida después de la muerte, por eso reproduzco la vivencia aquí, una y otra vez, con el convencimiento de que tendrá sentido para algunos e incluso consuelo para otros. Saberlo, me reconforta.

Una breve trama paranormal

(Primera de dos partes)

Desde hace años, el Acapulco Náutico es una zona oscura y devastada. Pero antes podía verse el resplandor verde sobre la bahía de Acapulco, el corazón artificial de la discoteca B&B, un sitio que yo recuerdo, en los años 90, como un verdadero paraíso. Fui de parranda unas cuantas veces y en el año 2001 me mudé a esa zona, pero las cosas ya estaban muy tristes. Seguía abierta esa disco, pero el ambiente ya se percibía como el de un funeral. Toda esa región está completamente deprimida ahora, después de los huracanes Otis y John, pero en los albores del milenio yo trabajaba en las oficinas de El Sur como corrector y regresaba en bicicleta a casa. Recorría diariamente desde el Fraccionamiento Hornos hasta Caleta. Manejaba a oscuras, porque la iluminación pública siempre ha sido un fiasco en esa parte del puerto. Iba sumergido en la tenebra y recuerdo que solía escuchar el programa radiofónico La Mano Peluda, transmitido en Radio Fórmula, aún en Amplitud Modulada. Usaba mi walkman y pensaba que no había un mejor momento para pasear que la noche profunda. Sabía que rebasando el carcomido y escarapelado edificio de la CROM se ponía más tensa la atmósfera. Obvio, yo no tenía celular, iban en tenis, con pants y una playera, sólo me acompañaba mi eterna mochila al hombro. Iba de regreso con muy poco dinero en mi bolsillo (el temor a los asaltos siempre ha sido latente) y muchas ganas de acostarme. Justo en la calle Las Palmas, el atajo para llegar a Sinfonía del Mar y a La Quebrada, se me ponchó una llanta. Pero nada podía quitarme el buen humor de ser yo, así que continué mi camino y en la entrada de La Bodega vi a un grupo de borrachos que estaban jugando baraja. Al cruzar por su camino los saludé y me respondieron con una complicidad entrañable. Antes de llegar al inmueble de la Arena Caleta Náutica apagué el radio. Limpié mis ojos y noté que justo a la altura del puente que conecta ahora la Arena Caleta y el Walmart express (que desde hace un año se mantiene en reparación porque la gente rapiñó, destruyó y dejó en ruinas ese negocio) una bolsa de plástico ascendía y bajaba, rozaba el suelo y emprendía de nuevo el ascenso. No pasaba ningún auto, no había persona alguna y yo juraba que ese plástico blanco no podía moverse solo por el aire de esa manera tan inteligente. El otro detalle, de suma importancia, es que no corría viento. Y el plástico iba de un lado a otro de la calle. Ondeaba. Se comprimía y volvía a expandirse. Supuse que alguien lo estaba jalando con un hilo y creaba así el efecto de movimiento diligente. Me detuve a contemplar la escena y constaté, a corta distancia, que no había hilo y que el viento tampoco corría. Seguí caminando, despacio, porque literalmente estaba empujando la bicicleta. Llegué hasta la avenida Suiza, en el 2001 aún no existía la estatua de Tin-tán. Eché una mirada y la bolsa seguía haciendo exactamente lo mismo. Pensé en las historias que había oído en el programa de La Mano Peluda, apariciones, duendes, demonios. Por ejemplo, recuerdo mucho que un vigilante de San Miguel Allende había contado que dio un rondín en el almacén que cuidaba y vio a un Minotauro caminando en el estacionamiento de ese negocio. Yo miraba hacia todas partes, seguían sin aparecer autos ni personas. Ya fuera por la densidad de los amates o por la falta de luces en la zona, sentí que estaba encapsulado en una noche interior. El trayecto se me hizo eterno. Probablemente por una serie de pensamientos oscuros creí oír que alguien se reía, fue un sonido infantil que se acompañó de una palabra: “Mami”. Apresuré mis pasos y el rechinido de la bicicleta me pareció un escándalo. Me acercaba al hotel La Joya, ahí ya había luz. Estaba abierto un depósito de cervezas, cerca de la gasolinera de Las Américas. Hice una parada y le conté al tendero, a quien ya conocía, que había visto una bolsa moviéndose de un lado a otro de la Costera. Sonrió. Me dio mi cerveza, destapó otra para acompañarme y comentó: “Cuando yo era niño por ahí había ojos de agua y vi chaneques; muchos chaneques, así que deben ser ellos”. Seguimos hablando de eso; me contó que cuando los chaneques andan felices se oyen risas, como de niño. Son bien juguetones, agregó. A mi hermano se lo llevaron, pero mi abuelo lo rescató, expuso. Llegaron unos taxistas a comprar dos cartones de cerveza y yo seguí mi camino. Obviamente no creí todo lo que me contó el tendero, pero logró su cometido: ¿podían haber sido los chaneques los que movían la bolsa? Caminé más despacio; mucho más relajado. Estaba frente al hotel, ahora conocido como Acamar, ahí había un supermercado y compré un par de cervezas en lata. Las envolví en la bolsa de plástico oscuro que me dieron y las acomodé en mi mochila. Subí por la irónicamente nombrada Gran Vía Tropical. Avancé más despacio, entre hoteles bulliciosos, autos estacionados en doble fila y autobuses. Hice una pausa para respirar y giré la cabeza hacia la playa. El Faro de La Roqueta me iluminó. Y a pesar de que yo sudaba sentí la respiración marina del oleaje y pude ver una serie de luces en el mar. Tuve la impresión de presenciar el ritual nocturno de un prodigio adormilado. Y subí a casa. Seguí empujando la bicicleta, una y otra vez, con una energía renovada. Un kilómetro adelante giré a la derecha. Después de bajar cincuenta escaleras entré al departamento. Acomodé la bicicleta y me di un baño. Al salir vi que la bolsa en la que había guardado las cervezas estaba en el suelo, moviéndose lentamente. Aún no entiendo cómo se salió de la mochila. Pero ahí estaba, a media sala. Sonreí, no porque dudara de mi razón, sino porque supuse que los chaneques eran una energía, no un cuerpo físico. Y metí la bolsa en un cesto de mimbre. Guardé las cervezas en el refrigerador. Me recosté y soñé que un enano de cabeza enorme entraba a mi habitación y de un brinco se posaba en mi pecho. La densidad de su cuerpo me fue asfixiando. Abrí los ojos y encontré sobre mi plexo solar la bolsa de plástico oscuro que horas atrás había puesto en el cesto. Preparé café y deduje que algún día escribiría sobre esto. También pensé en otro caso raro, uno que me ocurrió cuando yo trabajaba en un taxi y fui a dejar un pasaje a Luces del Mar. Vi algo que me cambió la forma de entender el más allá o la muerte, o como usted quiera llamarle al “término” de nuestra vida mundana. Se lo cuento la semana entrante.

 

De los vínculos afectivos en la literatura

 

(Segunda parte y última)

“Me parece que estamos en el curso de dos procesos paralelos: de un lado el esfuerzo físico del que ninguno comprende la dinámica; del otro, un movimiento del alma que se libera”, señala Emanuele Trevi en Due vite (Italia, Neri Pozza, 2021, 121 páginas) y pone en perspectiva que tanto Rocco Carbone como Pía Pera forman parte de una sabiduría exterior que para efectos prácticos llamaremos amistad. “Rocco ha practicado meticulosamente, obstinadamente, una especie de penitencia que consistía en la escritura de novelas. Como si cavara una galera en una montaña de dolores, de inconveniencias. Pero con la idea implícita de haber encontrado la misma e idéntica cosa que era el punto de partida”.
En cuanto a Pía, las cosas no pintaban mejor, parecía extraviada e incluso frívola, pero eso sólo era la superficie. Pía creció en una familia culta y excéntrica. Estudió Filosofía en la Universidad de Turín e hizo un doctorado en Historia Rusa en la Universidad de Londres, fue alumna de Isabel de Madariaga, enseñó Literatura Rusa en la Universidad de Trento. Tiempo después renunció a la vida académica y decidió hacerse cargo de una finca abandonada para transformarla en un maravilloso jardín. Publicó dos novelas, La bellezza dell’asino y Diario de Lo –texto muy conocido en el que revisa la mitología en torno a la figura de Lolita– que se convirtió en un bestseller internacional. Editó y tradujo a Chéjov, Pushkin, Lérmontov y, por supuesto, a Hodgson Burnett, escritora inglesa amante de los jardines.
“Hace unos meses cumplí la edad exacta en la cual Pía enfermó; comenzó a perder progresivamente, inexorablemente, día tras día, el uso de su cuerpo. Los años de Rocco, en cambio, ya los tengo superados en abundancia. Nuestros amigos también son esto, representaciones de una época en la vida durante la cual cruzamos, como si fuéramos navegando, un archipiélago y rodeamos promontorios que nos parecían lejanísimos, quedándonos así cada vez más solos, incapaces de intuir el escollo donde nos tocará, de una buena vez, estrellarnos”.
Rocco dejó un libro inconcluso. Trevi fue el encargado de terminarlo y aunque fuera un proceso delirante, el documento salió a flote y se publicó, pero literalmente Rocco siguió en los sueños a su amigo vivo: “Estábamos en un auto que yo tenía de joven, un auto pequeño blanco con el maletero completamente ocupado. Recorríamos una larguísima vialidad del periférico, repleto de plátanos. Sabía que Rocco estaba muerto, porque tenía la herida en la frente, mostraba el golpe que lo había matado y estaba pálido. Pero a diferencia de como lo había imaginado el verano pasado, aquella noche en Grecia, no me parecía más preocupado o en pena por algún motivo. En un primer momento estaba enojado con él porque manejaba a alta velocidad, inconsciente, sin detenerse en los semáforos ni en los cruces viales. Él sonreía, no tenía miedo de nada”.
Rocco perdió la vida en un accidente vial. Iba en su motocicleta, no acató una señal de tránsito y un auto lo embistió. Fue repentina y brutal su partida. Por eso, el sueño narrado por Trevi tiene sustancia emotiva en el lector. Una y otra vez, Rocco vuelve al mundo y Trevi conecta esa imagen con el último viaje que hicieron a Grecia.
Durante los últimos años de su vida, Pía escribió sobre la naturaleza, los paisajes y los jardines. Tuvo un éxito repentino y fulgurante, pero también efervescente, pues se contagió de un virus que la devoró rápidamente. Transcribo uno de los mensajes que Pía envió a Trevi por wWhatsApp: “Seguramente ya no soy atractiva a los ojos de los demás: ahora me siento, más que nunca, internamente conectada a una especie de belleza y de armonía impalpables. Una belleza que va revelándose mano a mano, que al salir extingue mi ego, mi apego al mundo. Me siento absorbida por algo más grande que yo”.
Lo único importante en este tipo de retratos escritos es buscar la distancia adecuada entre un amigo y un autor. Esos puntos equidistantes de una misma persona ayudan a configurar la amistad. Esto que Trevi muestra con suficiencia sólo puede lograrse con un esfuerzo sostenido de la memoria, metiendo la vida a una estructura similar a la de los relatos, anécdotas bien organizadas, que hacen de los afectos algo significativo. Carbone y Pera, escritores fallecidos prematuramente –y unidos durante su corta existencia por la amistad– revelan que la literatura también puede ser entendida como un vínculo indisoluble.
Trevi describe la obsesión de Rocco Carbone por los escenarios de su mundo interno; también expone con sorpresa la tímida audacia de Pía Pera y se asombra al presenciar que ella se transforma en una especie de Madre coraje de la literatura (personaje que Bertolt Brecht y Margerete Steffin convirtieron en un símbolo escénico del mundo entre guerras) durante los años de enfermedad. Todo ese dolor deviene en una purificación espiritual. Dar cuenta de esos procesos vitales es una labor honrosa, porque cualquiera habla del sufrimiento, pero hay aquí una cercanía con el oro molido de las experiencias vitales y eso no sabe describirlo mucha gente.
Otro aspecto destacable en el texto es una reproducción de la obra L’origine du monde, de Gustave Courbet, pues funge como bisagra: abre y cierra la historia. El libro inicia con una visita a Francia. En 1995, Rocco, Pía y Emanuele vieron en París L’origine du monde en el Museo de Orsay, compraron reproducciones baratas de la pintura y al final de Due vite, Courbet vuelve a mostrarse, probablemente para indicarle al lector que la inmanencia de la vida geométrica de los afectos pervive siempre en la organización superior del universo.
Trevi nos recuerda la fragilidad de ser un humano. Due vite es uno de esos textos que pocas veces se escriben así, tan emocionalmente vivos. “No sé decir por qué o en qué sentido he comenzado a imaginarla como una fuente que surge de la oscuridad de una caverna y alimenta un río interior que permanece invisible”. Ésta, me parece, es una definición precisa de amistad.

* La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite

 

El huracán zombie en el puerto demasiado oscuro

 

(Segunda y última parte)

“Desperté con una desolación que me estremecía. Por supuesto, seguía lloviendo con fuerza. ¡Me lleva la chingada!”, esa frase es de Nigro; la tomo de la novela Dos horas de sol (México, Seix Barral, 1994, 213 páginas), de José Agustín, y me permite ejemplificar la urgencia por encontrar nuevas maneras de narrar Acapulco; es decir, acá sigue cayendo el agua y la tripulación empieza a dejar el barco. Cada vez son más las personas (en menor proporción que todas aquellas que se desplazaron tras el impacto de Otis; se publicó en los diarios que hubo ocho cientos mil acapulqueños saliendo por la caseta de la Autopista del Sol) que se van del puerto; otras tantas ven en la catástrofe un modus operandi pujante y exitoso. Intentan sacar más dinero, como en la ocasión anterior, cuando se anunció el apoyo para los damnificados por Otis. Esta vez será menos capital, porque es obvia la situación: los tiempos electorales ya pasaron y Acapulco cumplió dando muchísimos votos a Morena. El dinero sirvió para alguito, pero no esperemos más. La tristemente célebre alcaldesa del puerto, Abelina López, da la cifra de 50 mil millones de pesos para “reparar” el puerto. Usted y yo sabemos que ese dinero no va a llegar y que Acapulco tendrá más problemas que se agudizarán por la marginación, la pobreza y la violencia.
En Dos horas de sol se hacía una proyección de los males terribles que ocasiona un “temporal”, pero eso dejó de ser una amenaza y se convirtió en la normalidad de este puerto; así que lo normal, dadas las circunstancias, es que la población se reduzca y busque otra forma de vida. Habrá cambios radicales, pero no se espera ni de broma que los gobiernos, federal, estatal y municipal resuelvan la situación. Debemos sobrellevar nuestra “normalidad”. Es la única manera.
Las notas informativas indican que hay menor interés en la opinión pública por lo que nos ocurre. Nuestra realidad seguirá siendo ominosa. En algún punto dejaremos de importarle a los demás y por añadidura caeremos de la gracia de quienes nos ayudan. Hablo de la necesidad de reinventarnos. De lo contrario, la única opción sería unirse a las caravanas que abandonan el puerto. Abandonando así la dignidad de ser quienes pudimos reconstruir el puerto.
Hace once meses estábamos en una situación igual de grave, sin agua, con dificultades de movilidad vía terrestre, sin energía eléctrica y preocupaciones extremas. En familia fuimos a comprar víveres a Chilpancingo y en un supermercado de la capital del estado hubo un conato de robo: los acapulqueños que hicieron el viaje querían apropiarse de los víveres, como lo hacen acá, en el puerto. Los empleados pidieron apoyo a la policía y en cuanto llegaron las primeras patrullas todo se tranquilizó. Algunas tiendas de conveniencia, en Chilpancingo, padecieron lo mismo: los acapulqueños querían robarse las cosas. Las personas que nos atendían ejercitaban la aspereza en el trato y la tensión se notaba aún más. Hicimos el resto de las compras y las recargas telefónicas con una preocupante seriedad que no nos caracteriza. Tardamos horas en llegar a casa y acomodamos la despensa bajo la luz de las velas, a 30 grados centígrados de temperatura. Con todo esto en la mente, sumado a la pujante destreza del huracán John, recordé que desde hace algunos años tengo escrita una novela de 400 páginas (mi perfil definitivo sobre lo que está germinando este puerto, un libro que ha tocado las puertas de varias editoriales, pero no ha tenido aún la fortuna necesaria para salir del clóset) en la que prefiguro un credo escritural: tengo forzosamente que referir a Acapulco de una manera distinta a la nacida de todos esos atributos que le brinda la nostalgia. Hablo de evitar el pasado glorioso siempre y cuando éste funja como una negación del presente miserable y terrible. Este presente en el que el clima extremo y el desorden urbano encuentran su máximo punto de expresión en el caos. En esa novela no uso la mímesis como esgrima, transformo la geografía amorosa en islotes sumamente trastocados por la ríspida vida cotidiana de los tropicales.
La nostalgia no ayuda mucho a denunciar que alimentamos un ideal de progreso tóxico, violento y excluyente. No puedo (como escritor) abogar por la nostalgia porque su apuesta es la comodidad del pasado y sus frutos los bálsamos que evitarían la reconstrucción narrativa del puerto. Asumir la nostalgia como vía de acceso al futuro evidencia que no hemos entendido nada. No atender lo ocurrido en estos años –en el Continente literario y en la vida misma– sería negar el presente; por lo tanto, el futuro.
Imaginé (imagino aún) un puerto oscuro, porque en la sombra se desarrolla la semilla y sus frutos podrán verse únicamente a la luz. Se aprecia el florecimiento de una desorganización urbana que padece una y otra vez el azote de múltiples discursos políticos y el botín de la reconstrucción constante es para los mismos de siempre. La semilla, bajo el manto de catástrofes, de violencia y de omisiones de Estado, irradia una soledad punzante. Así entendí que estábamos en una transformación, en un proceso que puede darnos la virtud de la consciencia. Y dejé constancia de ello en esa novela.
Lo más triste sería convertir a este puerto en una vitrina para reporteros, para personas que intentan ilustrar sus espacios (informativos o de propaganda) con daños ejemplares; el caos –que desde hace años convierte a este lugar en una fuente segura de calamidades– debe servir para algo. Debe tener un para qué. “Acapulco se hallaba entre los primeros lugares del país en el consumo de alcohol, anfetaminas, cocaína, mariguana, heroína y sedantes En cambio, estaba en los últimos lugares en cuanto a enseñanza universitaria.
“–La estrategia –decía Chema, acalorado– consiste en mantener al pueblo guerrerense ignorante, inculto y desnutrido, pues saben que es valiente, inquieto, cuestionador de injusticias; si a los guerrerenses nos dieran buena educación y buena alimentación, seríamos capaces, en una generación, de cambiar el destino político del país”, esta es la enseñanza de José Agustín, cuya novela –comentada en estos dos artículos– es la piedra angular de lo que ahora podemos entender como declaratoria de emergencia. Y volver a Dos horas de sol va ser preciso en unos años más. También creo que la renovación vital y literaria van de la mano. Renovación a secas, sin adjetivos, integral, terriblemente necesaria.

@FederìVite

 

El huracán zombie en el puerto demasiado oscuro

 

(Primera de dos partes)

En Dos horas de sol (México, Seix Barral, 1994, 213 páginas), de José Agustín, hay referencias importantes para conversar acerca de lo que Acapulco ofrece a sus habitantes (que de manera cursi refieren muchos poetas como sus hijos) desde hace treinta años. Nos quejábamos en 1994 de la enorme cantidad de autos que circulaban a diario en las avenidas del otrora bello puerto, el que podría considerarse una sombra áurea de lo que ahora somos. La población era de 2 millones de habitantes. Ahora somos la mitad. Tal vez un poquito menos. José Agustín refiere en la novela los desplazamientos demográficos que signaron el futuro del puerto. La gente empezó a vivir detrás del cerro de La Cima, en 1980. “Afeaba” la vista de la “Bahía más hermosa del mundo”. Se intentaba reubicar a la población. Y como todos sabemos, el fracaso fue mayúsculo.
Gracias a ese intento de “reubicar” a la población se colonizaron los sueños de algunos acapulqueños que desde hace más de treinta años han padecido epidemias, sequías, huracanes, violencia y esencialmente abusos. Porque debe decirse que en las campañas políticas los utilizan, claro, los apapachan en tiempos electorales, pero no les resuelven lo esencial. Ellos saben que se encuentran atrapados por brazos de agua y olvidan esa presencia, pero ahí están los cuerpos de agua para reclamar los territorios que les pertenecen. Renacimiento, la Zapata, la Vacacional, La Sabana, Cayaco, Coloso, Colosio, Piedra Roja y un largo etcétera se encuentran con la realidad luego de las muchas tormentas, después de las muchas depresiones tropicales y, ahora, después de los huracanes.
José Agustín pone en perspectiva esto que podría entenderse como un arma punzocortante: el cambio climático sumado al caótico crecimiento urbano. Vivir en Acapulco cansa. Y cansa mucho. En los años 80 la temperatura era de 27 grados en promedio, ahora se padece calor y lluvia extremos. Se ha deforestado la región y se ha contaminado el mar a niveles inmorales. ¿Esperamos algo favorable después de nuestros desplantes predatorios?
José Agustín estableció como una postal sumamente recurrente del futuro: Acapulco bajo el agua, Acapulco destruido, Acapulco intoxicado. Siempre lejos, muy lejos, de la sobriedad. Desde hace tiempo, desde 1997, Acapulco empezó una debacle propiciada por gobiernos que no atienden lo esencial y deslumbran a los nativos con ideas caras que insuflan encantos y distraen de lo importante. Aunque no queramos ver lo inevitable, nos va salir muy caro recuperar la sobriedad y entender que vivir aquí implica mucho peligro. Si es así, asumamos el costo.
Muchos acapulqueños viven en zonas de alto riesgo; otros, avalados por “omisiones” legales, pagaron mucho dinero por el suelo de sus casas en zonas de gran paisaje pero endeble seguridad. Sobre esa idea, la del resplandor de la Riviera Diamante, podrían aterrizar nuevas perspectivas del caos, porque es sabido que Acapulco es corrupto, violento y permisivo; pero esencialmente permisivo, porque a todo le ganamos terreno; por ejemplo, a las banquetas las llenamos de comerciantes para sacar del paisaje a los comercios establecidos. Al agua le robamos espacio para colocar casas en medio de arroyos o de ríos que desde hace años no crecen, pero están vivos. De igual manera le arrancamos pedazos a los humedales, le quitamos tramos de tierra al mar y achicamos las lagunas. Recortamos todo en aras de “tener un poco de espacio” para pasarla mejor. Y a eso le llamamos progreso. El gobierno tolera esto: no importa el partido político que esté al frente. El Estado mira hacia otro lado y cuando el peso de la naturaleza se hace presente culpan al cambio climático, porque parece que la naturaleza se ha vuelto mala, pero al decir eso una y otra vez liberamos nuestra culpa, nuestra depredadora ansia por el desarrollo que detona ganancias para unos cuantos, siempre para unos cuantos, en detrimento de muchísimos más.
Aquí se vive de la imagen. Así que la pregunta es pertinente: ¿Usted ha visto políticas para cuidar nuestro capital más valioso? No hablo de frases lindas que suelen acompañar a los políticos ni a los empresarios. Me refiero a multas graves en contra de turistas o cualquier persona que contamine nuestros cuerpos de agua dulce y de agua salada. No se regula, siquiera, el ingreso de alimentos y bebidas a las playas o lagunas. No hacen lo importante porque los políticos intuyen que cualquier acto radical (y legal) de preservación del patrimonio podría considerarse una medida impopular y temen que la popularidad cambie el color del partido político en el poder. Prefieren hacer las cosas a medias antes de revertir la debacle de la que no hemos querido hablar. José Agustín puso la primera piedra narrativa de todo esto que ahora entendemos como “declaratoria de emergencia”.
Había olvidado que nuestro egregio Salgado Macedonio encabeza la Comisión Especial para vigilar la reconstrucción de Acapulco en 2024; pero él ha estado más interesado en lo suyo (hacer bullicio) a favor de AMLO y de su hija, la actual gobernadora de Guerrero, Evelyn Salgado. Está apoyando reformas retrógradas, como la del Poder Judicial y de la Guardia Nacional; lo que más recuerdo de él es la frase: “El INE va caer”. ¿Ha hecho lo suficiente para reconstruir Acapulco? Sería brutal decir que sí. Pudo gestionar recursos, organizar otros proyectos de apoyo e incluso programar brigadas de apoyo para la limpieza del puerto con sus camaradas motociclistas, pero eligió seguir el juego de la “transformación”. No sé a ustedes, pero a mí todo esto de la “transformación política” me parece insustancial. Oigo discursos de prosperidad, promesas de cambio y edulcorados señalamientos a favor de los pobres, pero no veo por ningún lado la grandeza.
José Agustín, en Dos horas de sol, se asoma a tres polos que bien podrían darnos pistas de todo este enmarañamiento: lo político, lo ecológico y lo económico. Él escribió esa novela con ciertas dosis de humor, pero ahora estamos en algo más grave: ¿de qué reírnos en una situación así? Ni siquiera puede tomarse como una gracia el hecho de que un huracán de nombre John se convirtiera en un zombie que revive una y otra y otra vez. Es algo que no muere y que causa mucha destrucción. Obviamente los daños no sólo son físicos, sino que hacen perder la certeza (la poca certeza) que Acapulco ofrece a quien aquí vive. Recordemos que este municipio es de los que más dinero aporta a Guerrero. Perder al puerto significa empobrecer a Guerrero. Pero vayamos un poco más adelante, a lo preocupante, ¿qué puede ofrecer este lugar? ¿Turismo de catástrofe? Bueno, desde el sábado yo he visto turistas en Caleta, disfrutan la playa y se quejan del agua que escurre por la avenida López Mateos. Se molestan porque nada está abierto. La gente de la CDMX que tanto “nos quiere” se detiene frente a las tiendas de conveniencia y al tratar de abrir las puertas de cristal se enteran que el acceso se ha restringido. ¿Por qué?, insisten en la pregunta, ¿por qué si nosotros somos turistas? La respuesta es obvia si ponen atención al entorno: decenas de jóvenes en motoneta ensombrecen la escena. Sacan celulares de bolsillos mojados y literalmente hablan en clave; es gente que avanza preguntando, ¿dónde hay tiendas abiertas? Y la actitud no es la de alguien que quiere comprar, sino la de una persona que busca víctimas para el saqueo. Los policías estatales dan rondines por las playas, algunos guardias nacionales se han estacionado frente a tiendas de conveniencia y las maniobras disuasivas han funcionado, pero se siente la tensión en la Costera y a menudo se incrementa cuando los helicópteros hacen sus recorridos y uno piensa que otra vez el caos se ha desatado. Pero eso únicamente es el trabajo del ansia.
Un vecino, de los que hace once meses robó muebles, comida e incluso una moto tras el paso del huracán Otis, se asoma al balcón un poco desanimado porque esta vez no ha sacado provecho del caos. Espero que así siga. Aunque sea sólo por hoy.
Las noches vuelven a perder brillo. Puedo intuir en la profundidad nocturna el tic tac biológico de algo oscuro. De fondo se escucha la llovizna y la caída del agua que desde hace siete días no cesa. Todo esto traerá más pobreza, mayor marginación y más vulnerabilidad. Esa es la única certeza.

@FederìVite

 

Biblioteca de espíritus: el problema de lo real y su representación

El Virtual Festival Day –que forma parte de la Feria de Libro de Brooklyn– organizó el pasado domingo por la tarde una mesa de discusión titulada Writing personal and collective histories, donde tres escritores compartieron ideas acerca de la vida y la escritura en distintas partes del mundo.
La conversación estuvo moderada por la poeta y traductora Yasmine Seale, quien ponderó el hecho de que la literatura propiciaba una militancia que derivaba, prácticamente por inercia, en múltiples aspectos de la vida de los escritores. Los invitados al convite fueron Rania Mamoun, de Sudán; Omar Khalifah, de Palestina; y Hisham Matar, nacido en Nueva York, de ascendencia libanesa.
Seale contextualizó de manera estupenda la charla: “Los tres invitados tienen en común un aspecto: regresan constantemente, mediante la escritura, a sus lugares de origen. Regresan y ven que todo ha cambiado, que todo ha sufrido modificaciones por la violencia, por la política, por la censura o por la guerra. Hay un efecto en ellos al ver todos estos cambios, sobre todo, la violencia. Sé que están siempre, siempre escapando de sus lugares, pero están fascinados por ellos. ¿Cómo acercamos a Sudán a la conversación?”.
La primera en hablar fue Rania. Expuso su pasión por la poesía y por el cuento. “Mi lado emocional y dominante es la poesía y trabajo en ella desde pequeñas sentencias, desde versos que se van desarrollando a partir de una simple línea. Ahora estoy escribiendo historias con la conciencia del idioma inglés y los colocó en Sudán. Claro. Son personajes con una mirada distinta al Sudán del presente. En especial, quiero mostrar las características de la vida política de Sudán. Quiero mostrar la situación pública de mi país. Son cuentos que conectan entre sí. Y en mi mente se van traduciendo al inglés. Todos estos personajes tienen en común a Sudán, pero en mi mente hay un aspecto de unidad mayor que sólo lo geográfico, me refiero al sentido de la vida”, señaló.
La moderadora refirió de inmediato: “Tienes la responsabilidad de traducir a escritores de Sudán, de proponerlos en la discusión”.
Sí, fue la respuesta de Rania. Y agregó: “Hay muchos de alta calidad, de gran valor y necesitan que se les abra la puerta al lector en inglés”.
Posteriormente tocó el turno a Matar, uno de los autores que a pesar de ser neoyorkino escribe sobre Libia y Egipto con una pasión que lo distancia de su idioma: el inglés. Tiene una fuerte presencia en el continente literario anglosajón; sus novelas han tenido gran repercusión, tanto por los críticos especializados como por los lectores de diversas regiones del mundo. Ha sido traducido a muchos idiomas. Los reflectores finalmente se posaron en él en 2017. Después de ganar el premio Pulitzer, el premio Folio, el premio del Círculo nacional de las Artes y el premio Baillie Gifford, entre otros tantos galardones, con la autobiografía The return (2017). Es un pez grande, sin duda.
La moderadora dijo: “Hablemos sobre la responsabilidad de comunicar. No sólo en la ficción sino en la no ficción. Es decir, ¿cómo es el proceso?”.
Bueno, aseveró Matar, “me anticipé a la conversación, me pregunté, ¿por qué escribo novela o por qué escribo memoria o autobiografía?  Yo tengo fe en la ficción. Voy entre estos dos géneros, ficción y no ficción. Y pienso que es todo lo que hago: ir sin problemas de un lado al otro. Es simple definirlo, pero es lo que hago, reimaginar detalles y ponerlos en un texto. En la novela no puedo saber todo, es decir, la ficción me permite ser muchísimo más entusiasta acerca de las demarcaciones de cada género. Y cada género me sugiere, mejor dicho, cada género me permite encontrar las palabras para hacerlo. En mi caso, la existencia pasa primero por el lenguaje. Eso me ayuda a entender que realmente son artificiales los límites de la ficción y de la no ficción. A final de cuentas, se trata de una construcción artística. También habría que preguntarse si nosotros podemos de verdad decir todo eso que deseamos decir. La pregunta sería, ¿podemos expresar todo lo que nos preocupa? Quiero llevar esto hasta el final, pero cuando me siento a escribir me sorprendo por lo que realmente ocurre con el texto. Esta es la irrupción de la libertad que ejercita un escritor, ir o no ir por el sendero que se propone. El trabajo de escribir ficción tiene mucho que ver con la improvisación. De pronto, uno tiene que elegir el camino”.
La moderadora señaló, acerca del escritor Palestino, lo siguiente: “Tu libro más reciente (Sand catcher) es una sátira, muy divertida, sobre la memoria colectiva de Palestina. ¿Por qué elegir el humor para hablar del presente?”.
Antes de reproducir lo dicho por Omar, déjeme comentarle que Sand catcher (publicada al inglés en 2020, será reeditada en diciembre de este año) da cuenta de las peripecias de cuatro jóvenes periodistas palestinos, quienes laboran en un periódico jordano y tienen la tarea de hacer el perfil de uno de los últimos testigos vivos de la Nakba (la expulsión violenta de los palestinos nativos por parte del naciente Estado de Israel, en 1948). Confiados en que el anciano estará encantado de dejar constancia de su vida, los periodistas se quedan perplejos cuando son rechazados repetida y obscenamente por el anciano. El testigo de la historia de Palestina no tiene ningún deseo de ser entrevistado, no quiere que se conserven sus recuerdos, ni mucho menos desea ser la inspiración de los jóvenes. A medida que las exigencias del editor aumentan, los periodistas deben decidir hasta dónde están dispuestos a llegar para que el viejo dé un testimonio. La fortuna de este libro se fundamenta en el humor negro. Es un texto políticamente incorrecto. Omar, quien forma parte de la plantilla de profesores de la Universidad de Georgetown, aseveró: “Yo escribo ficción en árabe, trato de juntar estas dos esferas, estas dos maneras de coexistencia, entre mi trabajo y mi vida profesional. Lo simpático es que yo escribo en árabe viviendo en New York, es una elección que hice. Mi idioma literario es el árabe y mi idioma de la vida académica, de mi carrera académica, es el inglés. El inglés es un idioma profesional, pero no puedo tener una escritura literaria en inglés, porque mi relación con el lenguaje en árabe es importante, es esencialmente emocional, y esto no me lo da el inglés. La lección es que básicamente debes reprimir algunas palabras (en árabe) para permitir que otras surjan (inglés). En cuanto al presente y los conflictos que padecemos, yo creo que Palestina está dentro de una gran broma de humor negro. En especial, trato de ser irónico, porque para muchas personas en el mundo Palestina es sinónimo de desastre, de catástrofe. Nosotros, como Palestinos, no podemos entrar a esa capital del desastre si no es mediante la sátira, el humor y la ironía. Eso nos permite entender el genocidio de otra forma. Vivimos esta etapa postcolonial horrorosa de muchísimas maneras. El sarcasmo y la ironía nos asustan, pero al mismo tiempo nos ayudan a ser mucho más empáticos con el dolor. También es una forma de resistir todo este horror en mi Palestina, es una forma de acercarme a mi Palestina, porque en este momento de terror muchos escritores de Palestina están creando y viviendo su propia Palestina. Es la manera de asumir nuestro país”. Esta respuesta posee una interesante cuota de sabiduría.
Los tres invitados abogaron por la representación de la realidad y los problemas que esto implica. Esta breve muestra de la literatura en el mundo nos recuerda que cada autor es una biblioteca de espíritus. Ni más, ni menos.

* Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.
@FederìVite

La épica del estado de ánimo

Eileen (Inglaterra, Penguin Random House, 2016, 263 páginas), de la escritora norteamericana Otessa Moshfegh, pone en perspectiva algo que he notado desde hace años: la infantilización de los personajes. Es decir, ya no hay autores de tonos graves sino de moduladas y aflautadas voces, cuyos protagonistas potencian con un magnetófono puerilidades. Son timbres de voz ligeramente afectados por algo que en otro momento se consideraría soso, o blandengue, pero ahora recibe el beneplácito del público, el apoyo de las editoriales y la determinante obsesión de los cineastas. Es el sello de una generación. No tengo duda.
La protagonista de esta novela es Eileen, quien trabaja en un centro de menores infractores, una especie de reformatorio en el que los chicos malos llegan después de haber cometido algunos “errores”. Es secretaria y aparte de convivir con delincuentes debe cuidar y abastecer de alcohol a su padre, un ex policía que la trata como una sirvienta e incluso le “ha tocado el pecho indebidamente una vez que estaba muy ebrio”. Este libro le dio fama a la autora de raíces croatas y persas. De hecho, en noviembre pasado se presentó la película basada en el texto que hoy comento, pero ahí no me voy a meter mucho. No quiero estropear la experiencia fílmica.
La novela se contextualiza a finales de la década de los años 60 del siglo pasado. Tras la muerte de su madre, Eileen se hunde. Padece una depresión crónica porque desea escapar de X-ville (así nombra a su aldea fría, aburrida y melancólica), pero no puede. También intenta seducir al celador del reformatorio Moorhead. “Yo no veo a los Beatles ni a Ed Sullivan en TV […]. Una mujer adulta es como un coyote –ella puede arreglárselas con poco. Los hombres son como gatos caseros. Si los dejas solos por un largo tiempo podrían morir de tristeza. Después de muchos años, ha crecido mi amor por los hombres débiles. Yo he tratado, día tras día, de respetarlos como personas, llenas de sentimientos, tropiezos y bellezas, pero no puedo”, dice Eileen en uno de los tantos monólogos que pueblan la novela. Este personaje tiende a divagar y explica, por añadidura, algunas de las acciones que le inhiben el ansia: Eleva las piernas a la manera de un bailarín ruso mientras aprieta los pezones con los dedos de las manos. Así se tranquiliza y la normalidad se establece; pero ese recurso no se utiliza en el momento determinante de la historia, lo cual potencia mi idea sobre la innecesaria puerilidad de los personajes. Dicho de otra manera, no es un estorbo que los actantes tengan un carácter endeble, si a final de cuentas la madurez llegará como un relámpago y los hará cambiar de parecer por arte de magia. No es un estorbo, pero sí un factor de verosimilitud. Sé que la infantilización no ayuda al arco dramático de los personajes, pero entiendo que la proposición estética de la autora es así. Ha contado en múltiples entrevistas y, de hecho, lo dejó muy claro en una artículo publicado en The Master review –edición de octubre de 2019–, donde afirma que escribir es muy parecido a cagar. También señala que la novela Eileen nació al comprender que la gente aburrida es esencialmente cobarde, porque los cobardes siempre tienen miedo a los cambios. Eso es Eileen, el ejemplo de una poética que yo veo desde otro ángulo y para efectos sencillos me refiero a la proposición de la eterna adolescencia, alguien que no crece, sigue siendo un hijo, aunque los padres sean abusadores, enfermos, locos o magnánimos ceros a la izquierda. No crecen, ni padres ni hijos. Es un estancamiento absoluto.
Este libro parece un relato sumamente aburrido, de hecho hasta la página 100 empieza a levantar la tensión y el interés del lector; la esplendente Rebecca, nueva empleada en el reformatorio Moorhead, logra que la novela por fin se convierta en una historia interesante.
Después de que Eileen y Rebecca se hacen amigas se consuma el deseo de la protagonista: salir del aburrimiento. Obviamente hay otros personajes involucrados: un chico que le cortó el cuello a su padre, una madre indolente que sabía el motivo de ese asesinato y eligió callar; lo mejor de todo es que ese muchacho, Leonard Polk, se convierte en un atractivo espécimen. Para Eileen representa una fantasía sexual; para Rebecca, un ideal de justicia que la autora expone como último recurso para liberar la tensión de los personajes principales.
No me parece una novela bien acabada; de hecho, tiene algunos cabos sueltos. Por ejemplo, el desenlace nebuloso de Rebecca, pero a final de cuentas no importa, porque todo orbita en torno a Eileen y ella logra su cometido con creces: escapar de todo aquello que no le ha permitido ser lo que deseaba ser.
¿Por qué la autora usa este tono de voz, que a ratos es adolescente y a ratos un pantano en el que no se ofrece nada atractivo; ni siquiera hay voluntad de contar una historia, que a final de cuentas es el único motivo de escribir novelas? ¿Tiene algún sentido prolongar el tedio durante cien páginas? Quizá en esta poética del aburrimiento se requieran diez decenas de hojas para trascender ese estado de ánimo; pero, ¿qué sentido tiene ilustrar el aburrimiento con aburrimiento?
Abogo por recortar esas páginas, cien, y darle mayor intensidad, interés y atracción a esta novela. Ni siquiera creo que “el problema” se deba a una incapacidad autoral; entiendo esto como una imposibilidad de síntesis. Si usted tiene este libro en sus manos, hago lo mismo que hicieron en la película: vaya directo a la página 90 y marche sin bostezar hacia el final de la novela.
Yo podaría el texto, porque mientras más hermética es la vida del personaje, el interés crece. No conviene enumerar la cantidad de pus que sale de un grano o la cantidad de comida chatarra que puede comer un chica en aras de su hastío por cocinar algo saludable, ni mucho menos importa la cantidad de veces que la protagonista le da la mano a la gente después de tocarse la vulva con ahínco. No. La enseñanza que subyace en esta novela es simple: el hermetismo atrae más que la cotidianidad de una mujer infantilizada.
Obviamente en las primeras cien cuartillas hay información desperdigada en pesquisas torpes, en fantasías sexuales, en recuerdos y uno que otro vistazo al trabajo burocrático del servicio público norteamericano, pero podar es necesario.
Los noveles autores rellenan sus libros con cualquier cantidad de palabras para dar el número de cuartillas que exige un editor. Otros desperdician el talento dando vueltas a un asunto: agradar al público. El problema con Eileen es que la autora desarrolla el tedio (una atmósfera), no apresura el relato con la mudanza de vida. ¿Es difícil narrar la épica del estado de ánimo? Me parece que sí. Pero esta novela no es el mejor ejemplo. Está lejos, muy lejos de un libro fundamental en la exploración del tedio: Oblómov, del escritor ruso Iván Goncharov.
* La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite