De los que se van y de los que se quedan

 

Hay cierto tipo de libros que me hubiera gustado escribir; por ejemplo, Ferito a morte (Italia, Oscar Mondadori, 1998, 200 páginas), de Raffaele Le Capria. No porque los personajes, crecidos en la playa con el mar de aliado, tengan preocupaciones similares a las nuestras: falta de desarrollo, sujeción laboral a los requerimientos de la siempre volátil industria hotelera y la improbabilidad de que nuestra ciudad mejore. Crecer en una ciudad marina es una herida, pero irse de ella es la muerte, indica Le Capria y de ahí el título: Herido de muerte (cuya traducción al español ocurrió hace 21 años y estuvo a cargo de Pedro Luis Ladrón de Guevara y Laura Volpe. Tuvo pocos lectores hispanos).
Le Capria escribió este libro a finales de los años cincuenta del siglo pasado, pero fue publicado en 1961 por la editorial Bompiani; es la segunda novela de este autor. Ferito a morte orbita en torno a la figura del joven napolitano Massimo De Luca, quien se muda a Roma y en la duermevela propiciada por el transporte recuerda la vida napolitana: “La lubina, en la sombra gris perfilada por el azul marino, avanza hacia él y se detiene inmóvil, suspendida, como una nave cuando se asoma silenciosa en el círculo tranquilo de la mañana. El ojo fijo, celuloide; el relieve de la escama, la cabeza corrugada de una máscara china –está cerca, cerquísima, a tiro de piedra. La aleta del arpón hace de mirilla en la línea deslumbrante del rifle, la mirada sigue un punto entre la branquia y la espina dorsal”. Así inicia el relato y, como usted nota, no se va en añejos pensamientos de “crepúsculos arrebolados”, sino que despunta en asociaciones que fungen como ecos. La memoria da brillo al ánima. ¿Cuánto buen humor prodiga un recuerdo generoso?
El autor narra el verano de 1954 (cuando Triste se anexa oficialmente a Italia), lleno de muchas perspectivas de cambio y esperanza; desde ahí rememora la herida de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados bombardearon Nápoles y atrofiaron la ciudad marina. Después de ese ataque, nunca volvió la bonanza y la idea de la reconstrucción fue oro molido para los políticos, pero nunca una realidad. Massimo analiza la vida en Nápoles: “Autodestrucción, había dicho, esto es un placer exquisitamente meridional, que yo no puedo permitirme , el mío es un rechazo histórico. […] Aquí sirve aparentar una vida supuestamente divertida, una vida que en realidad es ruidosa, aburrida y representa para muchos un milagro de la felicidad”.
Me parece que las emociones de Massimo son reproducidas con fidelidad en la estructura de este libro, pues con recursos tomados de Faulkner y Joyce, Le Capria recrea los rituales de seducción en torno al Mediterráneo, aunque las conversaciones de apariencia frívola apuntan siempre a un solo hecho: salir de Nápoles es necesario / quedarse en Nápoles implica carencia. (Estas aseveraciones dan sentido a lo que ocurre en Acapulco, ¿no cree?).
Massimo logra que lo contraten –gracias a un amigo– en un periódico de la capital de Italia. Ese trabajo le prodigará estabilidad económica y mejores oportunidades de vida, ¿pero él quiere eso? Sí. No sólo porque desea ganar dinero sino porque anhela aprender otras cosas. Quiere crecer. Se debate entre la vida local y el conocimiento del mundo.
Durante toda la novela hay conversaciones de literatura, charlas que bien podríamos definir como snobs, pero sirven para agrandar el contrapunto entre la vida tropical y la vida cultural, la vida de los que se quedan y la vida de los que se van.  Los que se fueron mencionan a narradores europeos, poetas estadunidenses, escritores de la vanguardia literaria del momento –Hemingway, Fitzgerald, W. H. Auden, Ennio Flaiano, Carlos Emilio Gadda, Dino Buzzati, Natalia Ginzburg– y la información sobre esos autores agranda otra urgencia que me gustaría enunciar como pregunta: ¿es necesario dejar la playa para acoger los libros?
Aparte de Massimo, la voz narrativa se transfiere a Ninì, hermano menor del protagonista, y a Gaetano, amigo de los De Luca. El autor usa un narrador distante en tercera persona y de inmediato lo convierte en un monólogo interior; después pasa al libre encabalgamiento de los diálogos:
–Pero mira con qué empeño defiende la propiedad privada –dice Massimo, disgustado, y ahora ellos están demasiado cerca: –Dime un poco, buen hombre, ¿sabes que la propiedad privada es un robo? ¡Lee a Marx!
–¿De qué hablas?
–¿Qué?
–¿Cómo?
Peligro superado.
El protagonista narra como si no se conociera, es decir, desde esa distancia de la tercera persona ensambla la primera; después se dispersa en los diálogos. Mantiene ese orden y le permite al lector identificar cada una de las voces que confluyen. “No siente las palabras que él mismo está diciendo, pero entiende la expresión de aquello ojos atentos, divertidos, que se han vuelto fascinantes. Está hablando, en esa ocasión, de su historia con Flor. En un tono imparcial, irónico, como si hablara de otro que se llama Massimo, no de sí mismo. Como ahora, cuando escucha la voz de Ninì:
–Massimo… Massimo… Massimo.
… Me llamaba, alcé la cabeza. Ninì me indicó el horizonte tras la punta de la campanela.”.
La voz narrativa que afoca y desenfoca me parece atractiva. Ayuda a potenciar la tensión dramática sin la necesidad de cortar abruptamente el relato, por eso comento este tipo de libros que ya no se publican, tienen tantos recursos que desempolvan los deseo de un taller literario. Ahora se da por sentado que todo debe seguir como le funciona a las editoriales grandes: facilito para que todos podamos entenderlo y así se venda más.
Lo que propuso Le Capria me entusiasma porque está fundamentado en una estrategia de racconto que consiste en organizar momentos del pasado en una narración en presente. Es decir, el motor del relato es simple, irse de Nápoles y con ello se pone en marcha la memoria, pero esos recuerdos no son benevolentes, sino que ponen en tensión la aparente estructura lineal del texto. Estratifica los recuerdos. Aunque yo no estoy satisfecho con el final circular de la historia (la duermevela del viaje), sostengo lo que afirmé al inicio de este texto, Ferito a morte es una de esas novelas que me hubiera encantado escribir. ¿A quién no le apetece meter las manos al alma de su ciudad y salpicar las páginas en blanco con tinta? ¿A quién no? A menos, claro, que ya todos tengamos las mismas vivencias y eso sería horrísono.
Le Capria señaló en varias entrevistas que este libro es sobre la gente que se va y sobre la que se queda; sobre los que no saben qué hacer en Nápoles para salir de la pobreza y sobre los que intentaron, sin fortuna, dejar su casa. Es inevitable no pensar en Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. En especial hablo de una escena. El viejo Alfredo le dice a Salvatore: “No vuelvas. Olvídanos. No permitas que la nostalgia te engañe”.
Le Capria crea un artefacto intenso y flamígero. Yo lo equiparo con una antorcha. Leo en 2025 Ferito a morte y me parece un libro joven y sensible. Tal vez el único placer que queda es leer todo lo hecho por Le Capria.

* Como es una costumbre en este espacio, la traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite

La capilla sixtina de la novela histórica

 

Cimitero di Praga (Italia, La Nave di Teseo, 2020, 560 páginas), de Umberto Eco, es un artefacto sobre la manipulación y el espionaje en el siglo XIX. La novela ocurre entre Turín, Palermo y París. Sitios cosmopolitas que empiezan a construir a su enemigo. Los hechos narrados son reales, las personas mencionadas también; salvo Simone Simonini, el protagonista, quien echa a funcionar el relato y bajo la óptica maliciosa de Eco se lee la novela con una inquietante pregunta: “¡Díos mío!, ¿cómo se puede vivir en un mundo de falsarios?”.
En este proyecto los personajes tienen poca profundidad psicológica, se aproxima mucho al ideal del folletín. Es un organismo omnívoro que ofrece al lector el misterio de un satanista que cura la histeria, un sacerdote que muere dos veces, la inexplicable aparición de cadáveres en una alcantarilla parisina. Si eso fuero poco, se perfila una explicación al sonado caso de espionaje militar de Alfred Dreyfus, quien supuestamente envía a la embajada alemana un memorándum con información confidencial sobre el ejército francés; y como aspecto impresionante, el lector asiste a la renovación de Los Protocolos de los Sabios de Sión. Se trata de ideas que tendrán auge (orquestadas por una minoría intelectual y poderosa) e inspirarán la construcción de los campos de exterminio, a la par de este hecho se pondrán en práctica conspiraciones de jesuitas contra masones, de masones contra los seguidores del periodista, político y activista Giuseppe Mazzini; todos van contra la sociedad secreta llamada Carbonería, cuyos ideales nacionalistas y liberales insuflarán el antisemitismo. Hay muchos debates sobre medicina, gastronomía, estrategias militares, literatura, unificación de Italia y religión. Pero lo que más se nota es el antisemitismo. La novela es un compendio de sabiduría. Y de afecciones al poder, por ejemplo, me causó asombro leer al mítico Garibaldi con las piernas torcidas por la artritis, atado al reino de Nápoles.
Las imágenes de París que ofrece Eco son terribles. En La Comuna se alimentan con sobras de comida, viven entre ratas y deambula uno que otro poeta menesteroso entre fieles devotos del demonio, quienes ofrendan misas en honor de su señor. También aparecen escritores esenciales, por ejemplo, Alexander Dumas. Pero no sale bien parado, pues luce como muchos otros novelistas de la época, con un donaire que bien nos haría pensar en un pedante, aunque sus intenciones e ideales eran honrosos, pareciera que los escritores “comprometidos” siempre emiten un poco de bluff y demagogia.
Son muchos asuntos narrados y evitan que el lector pierda la atención de la trama, pues el tratamiento de la información permite que este folletín –sin claves históricas complejas–, capitalice la realidad como pocos, pues muestra al lector cómo se orquesta la manipulación de las masas. “Cuando estemos en el poder cortaremos de los programas educativos todas las materias que pudieran turbar el espíritu de los jóvenes y los convertiremos en chicos obedientes, los cuales amarán a su soberano. En vez de estudiar los clásicos y la historia antigua, que contengan más ejemplos malos que buenos, los haremos estudiar problemas del futuro. (…) Nuestra fuerza consistirá en tener continuamente el mando en una situación de penuria e impotencia, así nunca tendrán la energía ni la fuerza para rebelarse contra nosotros”.
En otros libros, Eco ha hecho la admonición sobre las masas y el poder en fenómenos culturales del siglo XX, pero verlo utilizar las mismas herramientas de Apocalittici e integrati (1965) para mostrar el otro color y la otra densidad del siglo XIX es sorprendente. Todo encaja. Eso habla de lo predecibles que somos como especie.
Bajo el resplandor de esta novela, la historia adquiere otra lectura, una mucho más siniestra y mucho más perniciosa para los hombres del futuro que aún se regodean con líderes sociales y partidos políticos e iglesias omnipotentes, igual que en el siglo pasado.
Simonini articula los hechos que otras personas consumaron en la vida real y logra así tejer las subtramas. Logra darle unidad a un serie de contubernios que definen las batallas de aquel siglo. Es pues un falsificador y un espía, trabaja para una élite y su servicio debe realizarse a escondidas. Se camufla en la iglesia, en el Estado, el ejército y su verdadero jefe se mantiene en la sombra.
Eco construye un artefacto histórico con apetencias narrativas que degluten diarios, recetas de cocina, álbumes gráficos, misivas, bitácoras militares, señalamientos médicos, decálogos liberales y, por supuesto, gustos culposos por los postres parisinos. Pero en esencia, lo que más atrae del relato es la manera en la que tantísimas personas se ponen de acuerdo para construir una mentira, una grande y jugosa, que pone en movimiento las pasiones de las masas. Gracias a las creencias populares y al temor colectivo se construye la manipulación. Claro, en este aspecto, los prejuicios son fundamentales. No entiendo por qué esta novela se ha olvidado tan pronto –fue publicada por primera vez en 2010.
Leer El cementerio de Praga es una especie de cura para todo eso que se oye en los medios de comunicación masiva, en las redes sociales y en los coloquios de corte político y liberal. La manipulación, no lo dice Eco pero lo sugiere, es uno de los jinetes del Apocalipsis. Azuzar nacionalismos para encender el odio es la primera parte del proceso.
Otro aspecto que vigoriza la proposición novelística es que el autor hace mención metarreferencial a este proyecto en voz de uno de los personajes. Se trata del congreso de El cementerio de Praga y la importancia de esas conversaciones, refiere, sólo podría equipararse con la perfección de la Capilla Sixtina.
Gracias a este libro entendí aún más el oscurantismo de mi realidad. Noté que el gobierno se gana a los ciudadanos desacreditando mentes brillantes, fragmenta también las clases sociales, crea miedo y construye estereotipos en los libros de texto, material candente que terminará por definir a un enemigo. ¿En qué punto estamos? Parece que la respuesta se halla en una de las frases oscuras que nos regaló el entonces presidente López Obrador en una de las conferencias de prensa mañaneras: “Lo mejor es lo peor que se va poner”. En ese momento nadie lo entendió, ahora todo cobra sentido.

* La traducción de las frases entrecomillas es mía.

@FederìVite

La elegancia como nutriente literario

Le strade di polvere (Italia, Einaudi, 1987, 240 páginas ), de Rosseta Loy, es una novela con un tipo de magia inusual en el Continente Literario. Permite al lector sentirse en buenas manos, pero nunca cómodo. Todo lo que ocurre en la historia está perfectamente anudado. Tiene el privilegio de ser un producto bien hecho. El problema es el siguiente, ¿por qué una historia como ésta no se lee tanto?
Loy fue una escritora afincada en Roma. Falleció en 2022. Tuvo algunos premios y el reconocimiento de sus colegas, pero hay algo en este libro que lo acerca a situaciones como las que plantea Juan Rulfo en Pedro Páramo (1955). Espectros, fantasmas muy presentes y edificaciones viejas que emiten más que ruidos y generan sospechas. Pero a la par de estos aspectos, se desarrolla la vida de una burguesía extraviada, que no es ni francesa ni italiana, pero se alienta de ambas y busca darle sentido a un abolengo cada vez más rancio.
La autora narra que una hacienda de Monferrato, ubicada en esos caminos polvorientos (una alusión al título del libro), fue creada por el Gran Masten, el patriarca de quien nadie conoce el nombre porque se destruyeron los registros burocráticos durante las primeras incursiones napoleónicas.
Se pone en relieve a los italianos que combatieron en las guerras napoleónicas y quienes, al regresar a casa, iniciaron la vida de la Italia unificada. Pareciera muy simple contar las vicisitudes de un familia, pero eso involucra a los hijos (Scarlott, Giai, María) y a los nietos (Gavriel, Luis, Magna Munja, Manin y Gioacchino) y a los bisnietos (Duardin, Sofía, Evasio, Piulott). Sobre la página escrita, lo que encuentra el lector es el resultado de narrar con mucha habilidad, y destreza usos y costumbres, fiestas, ciertos desplantes humanos que en esa época tenían una mayor resonancia: “Emprender una cabalgata por días para conseguir una buena peluca con la que la mujer de la casa pudiera lucirse en un baile”. Loy especifica actividades domésticas, por ejemplo, conseguir plantas para cocinar, cuidar las hortalizas, proteger los viñedos, alimentar a los animales, cuidar los árboles, abastecerse de agua, lidiar con el lodo, la nieve y el viento.
Loy narra sin prejuicios. No tiene un aparato ideológico para criticar a los burgueses, ni para destacar la vitalidad de los pobres, simple y sencillamente da cuenta de los vicios y los errores de una comunidad, de los excesos y las estupideces de un familia, de los estrambóticos despliegues de humanidad que prodiga la vida entre guerras en Monferrato (uno de los más valiosos distritos vinícolas de Italia, ubicado en la región del Piamonte, entre las provincias de Alessandria y Asti).
La voluntad de narrar cien años, entre los finales de 1700 y las postrimerías de 1800, implica un ejercicio de imaginación sostenido durante 230 páginas. Loy cuenta la vida de los personajes como si tuvieran la misma jerarquía. Lo mismo habla de Masten que de la Sirenia (una mujer que en su juventud embelesaba a todos con su cuerpo y con su voz), la autora les confiere el mismo valor dentro de la trama. Detalla hechos esenciales, pero no explota a un puñado de personajes sino que recurre a bastantes para abrir los senderos narrativos. Imita ese proceso de pulido y encerado en los muebles de madera, pues el texto esté perfectamente liso, sin astillas ni imperfecciones que estropeen un buen acabado.
Es una historia simple, cierto, pero bien escrita. Posee una línea de tiempo aristotélica y son perfectamente identificables los actantes principales; sobre todo, la casa y las dimensiones del inmueble, los espacios que permiten el desarrollo de la trama. Esta aparente facilidad, disfrazada por la vida rural del siglo XIX, le permite a la autora regodearse en la creación de una existencia diseñada sólo para estos personajes. Insisto, parece muy sencillo darles vida, verlos enamorarse, ir a la guerra y morir, además, no sucede nada espectacular. Se trata de la vida a secas. Estamos ante otro ritmo de la existencia, literalmente otro mundo en el que la casa suele manifestarse con sonidos, sombras y recuerdos intensos. “(…) contó que luego de avanzar por la calle de Giarole le habían seguido pasos que se detenían cuando él se paraba. Y cada vez que se giraba no lograba ver a nadie; atrás de él la calle aparecía siempre vacía, blanca (por la nieve) bajo la luna. En cambio, a Piulott le vinieron los escalofríos y se cobijó las piernas bajo la seda porque siempre temía que algo invisible le jalara los pies”.
El trabajo del narrador es estupendo, une todos los puntos equidistantes y los diálogos entre personajes son esenciales. Aunque la vida rural no se antoja mucho, Loy hace que la historia resulte memorable y verosímil. Es un proyecto eficaz, no espectacular ni rimbombante.
El retrato de una familia ya lo hemos leído (García Márquez e Isabel Allende), pero no es realismo mágico lo que elaboró y propuso Loy. No. Se trata de naturalismo con aspectos paranormales, pero no se trata de hechos abandonados a la “magia”, pues la carga sensible de las actividades de los ancestros se hace presente en la trama. Está más cerca de Almas grises (2005), del escritor francés Philippe Claudel, que de La casa de los espíritus (1982).
A mí me llama la atención que la autora grade el tiempo con guerras. Por ejemplo, Luis va a luchar en 1848 y se enfrenta a tres austriacos. Loy dice así las cosas: “El día era irreal y el sol estaba alto, más allá de los árboles. Luis avanzaba a buen trote. Se enfrentó a tres austriacos. Usó la bayoneta para atravesar al primero, después atacó al otro; el tercero huyó”. Con este ejemplo ilustro la elegancia para dar cuenta de un hecho.
Varios personajes mueren a causa de enfermedades; pero es entrañable lo que le ocurre a Manin. Vivió dieciocho meses. Se le recuerda como un infante contundentemente hermoso al que todos querían besar. Un prodigio que en un mundo como el nuestro no dejaría de ser una mera anécdota, pero en lo rural adquiere visos de hallazgo; indica que los tiempos mejores se han ido y todo lo que viene será más tosco, más romo y feo. “Lo bello no puede vivir en la confusión”.
Hace mucho tiempo que no me encontraba con este tipo de literatura, algo que no trata de ser más, sólo literatura, simple literatura, pero bien hecha. Es un proyecto que hace olvidar la urgencia de la publicidad. Le strade di polver podría considerarse “literatura de museo”. Un libro ambicioso en lo estrictamente literario, porque lo importante es narrar.
Es un bocadillo exótico, cocinado a fuego lento. Algo que ya no sabemos apreciar. Pasa lo mismo con la comida chatarra y la comida nutritiva. Loy ofrece otra perspectiva a lo que ahora presenta el mercado editorial. Y no es que sea mejor esta propuesta, simplemente se trata de algo nutritivo, distinto a lo reciente. Si secretamente desea escribir una novela, aprenda de esta autora, no le va a decepcionar, algunos de sus libros fueron editados por la editorial española Salamandra.

*La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederíVite

 

El amor, la sororidad y las tragedias

The girls (Estados Unidos, Random House Trade Paper Pack, 2016, 355 páginas), de Emma Cline, es una novela que atrajo la atención de muchos lectores debido a que la autora narró con gran habilidad los vínculos que una adolescente sostuvo con una secta que ofrecía libertad y amor, pero lo único que le dio en retribución fue daño. Aunque en palabras de Cline, La Familia –un grupo que asesinó a Sharon Tate y a otras seis personas– era como cualquier otro grupo de drogadictos violentos, sólo que parecían algo más. Daban la impresión de ser interesantes. Tenían el disfraz adecuado para hacerse invisibles, pero después de lo ocurrido la noche del 8 de agosto de 1969 todo cambió.
Cline es una escritora estadunidense, cuya primera novela resultó un verdadero home-run en el Continente Literario anglosajón. Se licenció en Bellas Artes y cursó un master en escritura creativa en la Universidad de Columbia. Trabajó como lectora para The New Yorker, donde también publicó textos de ficción, igual que en las revistas Tin House y The Paris Review. A los 27 años publicó The girls. En español, este libro fue titulado Las chicas y la traducción estuvo a cargo de Igna Pellisa. La editorial española Anagrama se encargó de publicar este texto en agosto de 2016. Es decir, The girls fue publicada en el mismo año en cuarenta países, ganó el Shirley Jackson Award y fue finalista del First Novel Prize, el National Book Critics Circle Award y el LA Times Book Prize. No es común que un libro haga tanto ruido, pero siguen pasando estas generosas sorpresas. Después de Las chicas vino una nouvelle titulada Harvey y el libro de cuentos Papi (título en español). La segunda novela fue The guest, pero ninguno de esos libros ha generado el mismo interés que su primer libro de ficción.
The girls se divide en cuatro partes. Posee un introito de dos páginas en el que la voz narrativa no se presenta, pero se hace sentir y deja que la conozcamos lentamente en el relato: es Evie Boyd. La protagonista tiene catorce años de edad cuando ocurrió aquello con las chicas (porque las chicas cometieron los asesinatos) y su familia está en proceso de desintegración. Se siente sola, empieza a experimentar el deseo sexual y anhela no estar al cuidado de su madre. Una noche observa a un grupo de chicas en un parque, vestidas de manera inusual –con harapos– e incluso van descalzas. Queda impactada por la libertad con la que se conducen; primero, porque beben alcohol, fuman mariguana y lo hacen sin ocultarse. Salen a las calles a buscar comida y dinero. Es común verlas en los basureros recogiendo las sobras de comida. Van a los vecindarios ricos para tener mejores alimentos. Ahí suelen tener fortuna. Y ahí también empieza a crecer el rencor social, porque un chico tan carismático, talentoso y amoroso (Charlie Manson) empieza a transformarse, pero a Evie aún le toca esa dulzura y tiene sexo con él, no de manera ortodoxa, pero resulta un encuentro inolvidable.
Evie se une a ellos y deja a su madre; posteriormente se mete en problemas y debe irse a la casa de su padre, con la nueva esposa de él y en una nueva casa. La nueva esposa es una chica pretenciosa, interesada en el mundo fitness y en las apariencias de una vida holgada y millonaria. Es el prototipo de lo que ahora consideramos una influencer. Estando con ellos, el 8 de agosto escapa de casa y se va directo a la guarida de La Familia. Quiere unirse a ellos en una misión súper especial, pero algo cambia para Evie esa noche, algo le hace pensar que la vida tiene una serie de sorpresas extraordinarias, fincadas en el amor y en la sororidad, porque la poderosa Suzanne (la musa enferma de esta novela) es quien sabe que Evie no “es como ellas” y la protege. En este libro lo interesante es la mirada sobre lo femenino.
Y es cuando la protagonista se pregunta algo de apariencia simple, ¿por qué la rechaza su madre; de igual manera, su padre? Pero esas cosas que le pasan van moldeándola, de una u otra manera, para que tome la decisión más importante de su vida el 8 de agosto de 1969.
Emma detalla todo el mítico verano de 1969, pero evidentemente le interesa al lector lo ocurrido la noche del 8 de agosto. No más ni menos. Sobre todo, porque la figura de Charlie deja de ser amorosa y se transforma en alguien que vive de puras drogas, de la amargura por no haber sido un músico famoso y millonario, aunque huelga decir que por los testimonios de Evie, Charlie no es tan buen músico como él cree que es. Claro, Charlie no aparece como Charlie, el lector irá descifrando ese enigma en los personajes, pero es evidente su presencia. También es justo decir que al inicio de ese verano, el amor era un sinónimo de relaciones homosexuales, heterosexuales y polígamas sin problema alguno. Así que Evie, de catorce años de edad, experimenta todo eso y descubre las bondades del sexo recreativo e incluso las relaciones sexuales por conveniencia, pues el señor Manson “necesitaba que Evie y Suzanne” le dieran a un amigo “todo lo que él necesitaba”. La droga y el sexo que él necesitara porque sólo así conseguiría una audición con un productor musical reconocido y el más amoroso de todos los miembros de La Familia saldría del anonimato, pero el músico falló en el propósito y La Familia, a manera de respuesta, le incendió la casa. Ahí hay una ruta nueva que trastoca el ideal del amor.
Las escenas sexuales son realistas, bien detalladas, no caen en la superlativa fogosidad de quien no entiende que la verosimilitud se consuma por aspectos, detalles, no por maratónicas descripciones de orgías y de fluidos.
The girls no adquiere la categoría de novela histórica, pero sí está ambientada en los años 60 del siglo pasado. Se pueden apreciar la ropa, los autos, los programas de televisión, la música y, sobre todo, la idea de libertad que permeó todos los aspectos de la vida pública en esa época. Pero lo más atractivo es la sensación de libertad que capitaliza muy bien la narradora para exponer el deseo sexual irresoluto y la frustración de no haber sido lo que Evie quería ser. Y lo que ella quería se vio trastocado por “las chicas”. Algo así nunca se olvida. Evie es un personaje entrañable. Emma la creó con acierto y mostró un buen dominio del oficio, algo que pocas veces puede leerse en un primer libro. En especial, porque pululan los personajes llorones en las novelas de formación, pero The girls está en otro tono y se fortifica memorablemente por la buena resolución de la historia. Eso es difícil, no sólo a los 26 años de edad. Siempre.

@FederìVite

David Lodge, hablando de memoria

El pasado fin de semana falleció en la industrial ciudad de Birmingham el escritor británico David Lodge. Su nombre puede pasar inadvertido en el ruidoso pasillo de los éxitos literarios actuales; sobre todo, porque los lectores quieren figuras públicas, no escritores. ¡Quieren ruido y pocas nueces! Pero eventualmente veremos más de un libro de Lodge en estos días nuevos de 2025.
Yo, como muchos lectores, tuve la fortuna de encontrar sus novelas en librerías de segunda mano. A un precio módico y en ejemplares no precisamente resplandecientes ni cuidados, pero sí bastante legibles e incluso doblemente divertidos, porque algunas anotaciones al margen ayudaban a darle un sabor comunitario a la lectura, eran una extensión de ciertos pasajes del relato (recuerdo, por ejemplo, que venía anotado el número telefónico de un psicólogo en Londres y estaba subrayada la palabra: bastard).
Viene a mi mente, quizá como primera referencia, la novela Therapy (1995). Habla de Laurence Tubby Passmore. Tubby es un exitoso escritor de comedias televisivas, ha ganado mucho dinero, tiene un matrimonio estable, una amante platónica y un auto escandalosamente llamativo. Claro, siendo un escritor de televisión, posee más razones que la mayoría para ser feliz, sin embargo, no lo es. Un dolor de rodilla lo tiene en la lona. Así que se pone en busca de una solución. Pero ni la fisioterapia ni la aromaterapia, ni la terapia cognitivo-conductual, ni mucho menos la acupuntura pueden curar su desconcertante dolor de rodilla y al mismo tiempo crece la angustia de la mediana edad. En la medida que la vida de Tubby se doblega por el padecimiento de una rodilla, la felicidad se aleja. El protagonista inicia un recorrido por caminos misteriosos: la lectura de Kierkegaard, la constante asistencia a camillas de fisioterapeutas en Rummidge (ciudad creada por Lodge), Tenerife y Beverly Hills. Obviamente, la situación sacude a Tubby y trastoca la integridad literaria de su trabajo. Entiende que al analizar su niñez –en el sur de Londres en los años 50 del siglo pasado– encontrará la respuesta tan buscada. Y la solución, aunque humorista, termina por hacernos ver lo obvio: vivimos construyendo ficciones que nos corresponden con nuestra existencia.
El autocuestionamiento del protagonista propicia en el lector una especie de revelación acre, construida sobre un tono mordaz. Todo camino que conduce a la vejez, parece decirnos el autor, es sumamente doloroso. Recuerdo esa novela con una ligera amargura, pero me interesó la forma en la que Lodge construía el humor, no fue gracias a una sucesión de chistes, sino que lo logró mediante una estrategia en la que se involucra algo esencial para el protagonista. Es decir, el humor lo fundamenta en la búsqueda incesante de un tratamiento que cure el dolor en la rodilla, pero esa búsqueda revela un mal mayor. ¿Por qué es humorista? Porque expone, no encuentro otra manera de decirlo, los motivos esenciales de una existencia “cómoda y exitosa” encumbrada en una gran mentira.
En mi etapa madura de lector, me tocó la alegría de las novelas de campus escritas por Lodge. Quizá su mayor logro. Encontré en un solo volumen, llamado Trilogy (Estados Unidos, Penguin Books, 1993, 897 páginas), Changing places, Small world y Nice work. Fue una gran dosis de humor inglés que me acompañó por meses.
En Changing places, ambientada en los años 60 del siglo pasado, conocemos la ficticia Universidad de Rummidge, ahí se unen los destinos de los profesores Philip Swallow y Morris Zapp; el primero inglés y el segundo gringo. Empiezan una relación laboral estupenda, se sienten tan bien que terminan intercambiando todo, incluso las esposas. Obvio, las cosas se salen de control y la normalidad tarda en volver, pero nuevamente tenemos el eje del humor: una vida cómoda se desmantela fácilmente y la pena de ese dolor, al saber que se vive una mentira, agranda la disonancia cognitiva de los personajes.
En Small world, el lector entiende que hay una currícula internacional de conferencias y conferencistas; todos los profesores de la Universidad de Rummidge buscan colocar su ponencias en otras latitudes y gracias a los intercambios académicos, el irlandés Persse McGarrigle se hace presente. Busca el amor de su vida y cree que está en alguno de esos múltiples ciclos de conferencias de Rummidge. El profesor Zapp y su némesis Swallow aparecen nuevamente, sólo que ahora compiten por una cátedra especial, tienen la urgencia de luchar y los recursos a la mano son tantos que la batalla rebasa toda proporción, aunque la recompensa es tan, pero tan raquítica que bien valdría la pena no haber luchado.
Finalmente, Nice work. Esta novela cambia la perspectiva y la propuesta literaria de las dos anteriores. En primer plano aparece la feminista Robyn Penrose, quien se encarga de llevar a buen puerto una relación extraña entre la Universidad de Rummdige y una fábrica. Literalmente se la pasa siguiendo al jefe de la fábrica, pues Penrose supervisa y sugiere mejores vínculos entre Rummidge y su entorno industrial. Aunque la línea humorista es obvia, la relación entre la académica y el jefe de la fábrica, abre una perspectiva que bien valdría la pena retomar: ¿cómo mejorar la relación entre una universidad y su entorno industrial? En la proposición de Lodge las cosas salen más o menos bien. Pero el vínculo entre universidad y sociedad necesita limar muchas asperezas.
Al terminar de leer este volumen pensé en algunos autores que trabajaron el humor en México y, por supuesto, recordé a Daniel Sada (Casi nunca), a Rosario Castellanos (El eterno femenino), a Emilio Carballido (Rosalba y los llaveros), a José Rubén Romero (La vida inútil de Pito Pérez), Armando Ramírez (Chin-Chin El Teporocho), entre otros tantos que, por qué no decirlo, han hecho la vida menos pesada. La mecánica del humor, sirva enunciarlo con fuerza, es otra forma de inteligencia. Y, por lo menos, aligera la carga diaria de ser un acapulqueño en Acapulco.

@FederìVite

Cuando James Ellroy se transformó en director de orquesta

 

Federico Vite

Estoy completamente seguro que leer libros voluminosos engorda. Pero los disfruto. Recientemente me di a la tarea de hincarle el diente a la novela histórica Perfidia ( Alfred A. Knopf, Estados Unidos, 2014, 700 páginas), de James Ellroy, un libro que intenta capturar el espíritu de una época; para ser preciso, narra veintiséis días de aquel diciembre de 1941.
Se divide en tres partes: “Los Japoneses”, “Las grietas”, y “La quinta columna”. Cada sección está vinculada por los personajes: policías corruptos, violentos e injustos, William H. Parker y Dudley Smith, acompañados por un médico forense gay, Hideo Ashida; el más inteligente, considerado un genio por sus pares, es Kay Lake, quien lleva un diario y gracias a eso sabemos algunas cosas de los otros personajes y de Los Ángeles como epicentro del daño. Ellos cuatro se involucran, de alguna u otra manera, con el salvaje homicidio de una familia japonesa de apellido Watanabe, a quienes encuentran anegados de sangre en la sala de su casa.
Un día después de que la policía descubriera los cadáveres de los Watanabe, el 7 de diciembre de 1941, en la vida real y en la novela, se consuma el ataque de la Armada japonesa a la base naval estadunidense en Pearl Harbor. El homicidio de los japoneses pone en perspectiva una cuestión racial. Escala la violencia, la Segunda Guerra Mundial pone contra la pared a todos los vecinos del norte y el departamento de policía de Los Ángeles recibe la urgente llamada de un funcionario para que se resuelva urgentemente ese caso.
Como es usual en estas circunstancias, ¿a quién le importa la justicia? ¿Cómo detener al asesino de un caso que nadie quiere resolver? De eso va la novela, y Ellroy tiene el músculo narrativo para hacer que la realidad de esa época se mezcle con la ficción. Bajo la sombra de la violencia, crece un romance; bueno, muchos affaires, muchos besos, mucho sexo.
Gracias a la pluma de Ellroy asistimos a fiestas de primer nivel, donde los actores, productores y cineastas conviven con políticos, artistas y mujeres bellas, quienes nunca faltan. Hasta este punto, Perfidia suena más o menos a lo mismo que ha hecho Ellroy, el problema es que el lector avanza en el relato pero la historia se empantana en incansables pesquisas, abusos de poder, escenas de sexo tanto homosexual como heterosexual y, en especial, se empantana en la violencia que todo lo empaña.
Los personajes reproducen un contexto y lo hacen con ansiedad, literalmente metiéndose todo lo que encuentran de alcohol y de drogas.
Durante toda la novela se percibe que la orden de los superiores es demostrar que el departamento de policía de Los Ángeles no es racista, pero todo funciona al revés. Se reproducen las contradicciones a un nivel superlativo. Uno de los personajes que le da un toque siniestro a la historia es Lin Chung, un cirujano plástico que transforma los rasgos de algunas víctimas. Tanto el médico Chung como Ashida, dotan de mucha información forense al relato; lo hacen más verosímil. De paso, el lector tiene más claro el panorama político: los mecanismos de poder con los que algunos tipejos logran ascender a cargos importantes.
Como usted nota, estamos en el universo interno de Ellroy, quien busque esto, se sentirá halagado, porque durante 700 páginas ocurren muchas cosas como las referidas, pero no logran que la historia avance. Dicho de otra manera, yo encuentro en Perfidia algo inusual, no por la extensión, sino porque el autor se interesa en mostrar los motivos de los criminales, no sólo el poder, el deseo o la ansiedad, sino los actos de ellos de manera científica. Por ejemplo:“Ashida dijo: ‘El asesino trajo las espadas aquí dentro, de alguna manera se las ingenió para su conveniencia, o las había ocultado aquí en una visita previa. El acto fue premeditado, y embellece el estado de psicosis que escala en el asesino. La familia obedeció por un sentimiento de vergüenza racial y culturalmente regresivo, derivado de la inapropiada conducta sexual de Nancy y su reciente aborto’”. Es decir, Ellroy quiere competir con las series al estilo CSI, donde básicamente un equipo de ciencias forenses y psicológos hurga en la mente del asesino.
Me temo que Ellroy no busca entretener al lector, ni asustarlo, sino darle cuenta de la normalización de la violencia. No busca impactar tampoco, sino que demuestra un hecho: los mecanismos para normalizar la violencia empiezan por decisiones políticas.
A un libro de 700 páginas podrían sobrarle varias cuartillas, le vendría bien una poda de cincuenta páginas, pero con todo y este señalamiento, Perfidia es un trabajo complejo, estructura por horas, a la manera de un bitácora judicial. Hay días muy largos, con pocos resultados legales, pero repletos de sangre y de maldad. Todo eso va siendo registrado en la escritura.
Al finalizar Perfidia quedan ganas de leer El principito o Cien años de soledad, algo suave, entretenido y mágico, porque la narración del daño, gracias al afecto de la acumulación, es tremenda. Y también lo comparo con la vida de Guerrero porque todo orbita en hechos que nos harían ver como una bomba de tiempo, porque la normalidad ya no la podemos diferenciar de la anormalidad. Piense usted: asesinan al alcalde de Chilpancingo y las investigaciones no dan los resultados esperados; al contrario, confunden las versiones y hasta los hechos; sumado a eso, otra vez se incendia el mercado central de Acapulco, se caen los juegos mecánicos de la feria, se accidentan turistas llegando a Tecpan, hay varias carambolas en la Autopista del Sol, infinidad de choques, abusos de autoridad por las agentes de tránsito, decenas de asesinatos y detenciones policiales, más cobardes asesinatos, persecuciones, esas cosas empañan nuestra realidad y nublan el ideal de futuro. Todo expuesto así, en un mismo tronco del relato, describe un infierno, pero hay algo más, una pista de hielo para regocijo de chicos y de grandes. Es la coronilla de una obra macabra, ¿cierto? Pues sí, con un elemento como ese, ¿qué dirán los periodistas? Nada, sólo comentar que los acapulqueños conocieron el hielo, casi como un cuento de hadas.
Ellroy pone todo el color rojo a las escenas y deja así, con una especie de daltonismo, al resto de la historia. El único contrapeso son las fiestas estupendas (conviven y beben Bette Davis, Serguei Rajmáninov, John Houston, Joseph Cotten, etc.), porque todo orbita en torno a Hollywood, todo, los artistas, los ricachones, los productores, los policías y los asesinos, todos están involucrados. La fábrica de sueños, como lo cuenta Ellroy, entró en crisis en 1941, pero no por la guerra, sino por la falta de sentido en la existencia y al intentar representar la belleza y la felicidad llegaron a ejercicios fílmicos impresionantes. Para mí no es casual que Casablanca, de Michael Curtiz, naciera en 1942.
Las 700 páginas dan una lección valiosa. Algo simple, pero importante: organizar una historia con estas proporciones transforma al autor en un símil de director de orquesta. Es un milagro que Perfidia se mantenga a base de escenas breves. Ellroy, para bien o para mal, sostiene la energía de los personajes y le da así ritmo a todo el cuerpo narrativo, logra profundizar en la mente de los forenses, de los policías y de los delincuentes, logra darle profundidad demográfica a una ciudad convulsa como Los Ángeles. Y nos recuerda que las grandes empresas literarias no son para todo el público. Una cosa más: la habilidad para construir diálogos de Ellroy es, sin menoscabo, portentosa.
Feliz 2025 para todos.

* La traducción del fragmento entre comillas es mía.

@FederíVite

Algunos afectos especiales

Hace algunos días leí en el diario italiano La Stampa una noticia relacionada con la nueva película de Angelina Jolie. Ella, en su faceta de directora, está por presentar una adaptación cinematográfica de la novela Senza sangue (2002), del turinés ilustre Alessandro Baricco. En los papeles protagónicos aparecen Salma Hayek y Demián Bichir. No estoy seguro de cuál sea el resultado, pero sí tengo la certeza de que la adaptación, como lo anunció Jolie, está bajo su cuidado y el trabajo que se presente en la pantalla tendrá algunas variaciones al respecto de lo que un lector descubre en el libro.
Senza sangue (Sin sangre) es una nouvelle que yo recordaba con cierta incomodidad, porque Baricco había sido de mis autores perdidos. Es decir, me había deslumbrado en Castelli di rabbia (1991) Setta (1996) y City (1999), pero después lo encontraba un poco soso e incluso cursi, pero en su faceta de ensayista siempre me ha parecido muy solvente e interesante. Le debemos un ejercicio de relectura colosal; literalmente hablo de una pesquisa policial en la que mostró el antes y después del editor Gordon Lish en la obra de Raymond Carver. Los resultados son asombrosos. El texto, por si desea cotejarlo, se llama L’uomo che rescriveva Carver (El hombre que reescribía a Carver) y es digno de estudio, porque en 2001 se cae la imagen de Carver como un genio y se focaliza el oficio de Lish como un editor de estupendo. Pensándolo mejor, le debo mucho a Baricco.
Decía entonces que yo había leído el libro por primera vez en 2004. Vivía en la Ciudad de México. Fue gracias a una edición de Anagrama, traducida por el español Xavier González Rovira. Después de Otis, tuve la fortuna de salir de viaje y encontré en una librería de segunda mano un ejemplar del libro en italiano. A raíz del anunció de Jolie me di el tiempo y la calma para entrar de nuevo a la historia. En la relectura vi a Nina (Salma) y a Tito (Demián), los protagonistas del relato, con otros ojos. ¿Qué cambió? Me temo que la hondura de mi existencia y sólo así pude darle el valor a un pequeño detalle que ahora considero magnífico. Me refiero al contexto que atraviesa la historia.
Senza sangue se divide en dos partes. La primera es de 46 páginas. Grosso modo describe un ataque a la casa de Nina. Manuel Roca y sus dos hijos viven en una antigua fábrica en el campo. Un día, cuatro hombres abordo de un viejo Mercedes toman el camino polvoriento. Y como si siempre hubiera estado esperando este momento, Roca pone en alerta a los dos hijos. Algo terrible está por suceder; algo que trastornará irreparablemente la vida de todos, especialmente de Nina. Durante ese momento queda plenamente demostrado que al autor le interesa contar con cierta crudeza una cacería.
“La niña buscó instintivamente los ojos del padre, cualquier cosa que la ayudara a entender. No ve nada. El padre se inclinó hacia ella y le besó los labios.
–Ahora, Nina, vamos. Baja hasta el fondo.
La niña se dejó caer en el vacío. La tierra era sólida, y seca. Ella se acostó en el suelo”.
Es dura la secuencia de balazos, de gritos, de desesperación, pero no cae en estridencias. Posteriormente, para finiquitar ese segmento del libro, Baricco refiere: “El hombre permanece en la silla de montar. Hace un recorrido en torno a la fábrica, en la vereda. Se acercó al pozo y sin descender del caballo dejó caer el balde. Siente la bofetada de la cubeta contra el agua. Alzó la mirada a la fábrica. Ve que sentada, en la tierra, apoyada en lo que quedaba del muro, estaba una niña. Lo estaba mirando. Tenía una faldita rosa. Tenía rayones por todas partes. O heridas”.
Todo está dispuesto para que el lector imagine la situación en la que emocionalmente se encuentran los personajes, en especial, Nina. Ahí, cuando la rescatan, ella pega la cabeza a la espalda de otro personaje. Y se suspende la narración e inicia la segunda parte –de 56 páginas– que a mi juicio es la más compleja, da un largo salto en el tiempo para colocar de nueva cuenta a Nina ante uno de los sobrevivientes de aquel ataque letal a la familia Roca. Tito estuvo en el bando contrario. Es decir, fue parte del equipo que asesinó a la familia Roca. Es un viejo ya. Atiende un puesto de revistas y periódicos. Aunque su verdadero nombre es Pedro Cantos. Y ese personaje, en la primera parte, es conocido especialmente porque usó la pistola para consumar una masacre. Sabemos que un hombre, cuando Tito fue niño, le entregó una bolsita con los ojos de su padre y gracias a eso supo de qué lado de la historia debía estar. Así que cuando Nina lo encuentra uno piensa en la palabra: vendetta. Es decir, el lector supone que la deriva del relato cerrará la pinza con más odio. Y es la única opción para alguien que vive entre balazos, entre odio, rencor social y extorsionadores.
Diserta Tito: “Y en todos estos años miles de veces te has preguntado por qué había entrado en aquella guerra, y todo el tiempo le has dado vueltas a tu mundo mejor para no pensar en el día que en que me entregaron los ojos de mi padre, para no volver a ver a los otros muertos asesinados igual que ahora, como siempre, vaciando la memoria, como si fuera un recuerdo intolerable de que es la única, la verdadera razón, por la cual he combatido, por lo que no había en mente otra cosa que aquello, vengarse, ahora debes ser capaz de pronunciar esa palabra, venganza, y no es de avergonzarse, se trata del fármaco que se toma contra el dolor, todo aquello que has encontrado para no enloquecer, es la droga con la cual te sientes capaz de combatir, pero no ves ni sientes más libertad, has quemado la vida entera”.
Él piensa que llegó la hora de morir. Ella le pide que la acompañe a una cafetería para charlar, después le invita a bailar una pieza tranquila. El narrador señala:“A baja voz contó que él era viejo para bailar, pero se movía con gran ligereza y antes de que terminara la pieza le había explicado que el destino de una muchacha se ha inscrito en el modo en que baila”.
La segunda parte, insisto, es una propuesta de paz, narrada en un tono completamente distinto al que usó el autor en la primera sección. Ayuda a concebir la idea de la reconciliación como un mandato lógico para zseguir viviendo. Y Nina, a contracorriente de todo lo vivido, propone algo más a Tito. Un hecho insólito que les ayuda a recuperar un poquito eso que les arrebató la violencia.
La relectura me pareció menos melosa, incluso, adorable. Supuse que todo eso era porque me estoy haciendo viejo o simple y sencillamente porque vivo en una ciudad temible, violenta, corrupta, abandonada, sucia y cara. No sé. Pero yo, igual que muchos, anhelamos la paz. Escribamos este capítulo que nos falta. Que así sea.

* Para la realización de este artículo utilicé la edición de la editorial italiana Rizzoli, publicada en 2002, consta de 105 páginas.

 

Una enseñanza sensible

Siempre es motivo de intriga lo que piensa un cineasta al momento de iniciar la filmación de un largometraje; pero más aún, la elección del sitio en el que realizará el proyecto. Es decir, ¿por qué escoge una ciudad o un puerto para recrear la vida con las herramientas del séptimo arte? No sólo tiene que ver con el presupuesto, supongo, pero más allá de las bellezas del paisaje elegido, creo que la decisión se toma pensando en el beneficio de la  historia.
Me hago la pregunta reflexionando sobre Acapulco, porque es un sitio que imanta historias de rebosante y bulliciosa memorabilia, por ejemplo, Acapulco, la vida va (2014), de Alfonso Serrano Maturino, quien narra el puerto, y la vida de los personajes, con la vista puesta cincuenta años atrás porque el presente, sin menoscabo del adjetivo que invoco, es decrépito y la memoria es lo único que funciona a la perfección.
¿Qué es Acapulco? Sitio desangelado en el que desde hace tiempo no le interesa a cineastas que tengan un proyecto escandalosamente jugoso en lo económico y, por supuesto, en lo cinematográfico. Un recuento exprés coloca a las películas de Guillermo Iván —Welcome to Acapulco (2019)— y de Michael Franco — Sundown (2021)— como las cabezas de serie de esta nueva imagen que tiene el puerto. En la primera, el tono cómico de una situación violenta modula las persecuciones a balazos entre extranjeros; en la segunda, un problema familiar (entre extranjeros) se fusiona con nuestra realidad. El resultado: Acapulco es un moridero de primer mundo y, sobre todo, se encumbra la imagen de un puerto criminal de excelencia.
Después de ver las proposiciones de estos cineastas, la pregunta inmediata es, ¿Acapulco sólo sirve para este tipo de ficciones visuales? Entre dos tonos, la comedia de acción (blockbuster) y el drama con dosis de thriller, el asunto de ser acapulqueño es preocupante. Claro, el trabajo de Tim Roth y de Charlotte Gainsbourg es más que sobrio en la obra de Franco; no puedo decir lo mismo en el largometraje de Guillermo Iván, pues la actuación de Ana Serradilla y Michael Kingsbaker puede fácilmente olvidarse.
A caballo entre esas dos películas, pongo Semana santa (2015), de Alejandra Márquez Abella, cuyos protagonistas, Tenoch Huerta y Anajose Aldrete, visitan las zonas del viejo Acapulco, más pegado a La Roqueta que a la Base Naval, más cerca del mar que del Viaducto Diamante, aunque claro, también se filma Pie de la Cuesta y algunos pasajes emblemáticos de la Costera y La Quebrada. Me parece un trabajo decoroso. Sin aspavientos ni berrinches, sin desnudos sofocantes ni secuencias de acción que disparan la adrenalina, Acapulco se revela como una locación esencial para contar una historia sensible.
Me gustaría referirme al guión como un artefacto que funciona por la sutileza de sus engranajes. No es casual este hecho. Márquez Abella también adaptó la novela más conocida de Guadalupe Loaeza y logró algo que la distancia del libro, pero no traiciona la esencia de la historia que tantos y tantos aplausos le trajo a Loaeza. Me refiero a la versión fílmica de Las niñas bien (2018); ya en épocas recientes, Márquez Abella tuvo la fortuna de presentar El norte sobre el vacío (2022) y A million miles away (2023). Pero esos proyectos son harina de otro costal, lo que nos convoca es Semana Santa, un drama en el que cada personaje tiene una bomba interna y llegados a un hotel —en un sitio solitario e impactante por la tristeza suave que destila— el cronómetro se pone en marcha y potencia las explosiones en cadena; nos permite así asomarnos a los abismos de cada personaje y del entorno.
Acapulco es entonces para esta cineasta un sitio adecuado para la implosión y logra aislar, en varios momentos de la cinta, a los personajes, de esta manera ofrece un panorama con cierta dosis de amargura, pero no cae en los excesos, ni en el tremendismo. Otro aspecto importante es que, aunque hay tomas en exteriores —como la Autopista del Sol, un paseo en calandria, la playa, el amanecer, la noche marina, las cevicherías, la alberca y el bar del hotel—, Márquez Abella se las ingenia para hacer de esos tiros de cámara retratos intimistas. Visto así, como una intimidad en movimiento, Acapulco adquiere otra fisonomía y ese hecho me llamó profundamente la atención de la película, porque a pesar de que habla (desde el título) de un tópico de playa, vacacionistas y una familia en proceso de desintegración, este largometraje expone algo que a pesar de lo evidente tiene otro matiz: turistas nacionales con poco dinero, un puerto semivacío en un periodo vacacional importante y una infraestructura hotelera en franca decadencia.
Como un monumento a ese Acapulco que fue, el Hotel Caleta aparece espectralmente en Semana santa y luce con poca vida, apurado tal vez por la inminencia de su destino (las deudas, las balaceras, los fantasmas, todo le ha pasado a ese bello inmueble en abandono), pero lo más atractivo es que describe muy bien nuestro presente y refresca esa pesada insistencia de los cineastas nacionales (y de muchísimos escritores) por hablar de lo que ya fue. Y fue grandioso, sí, pero ya no existe, mientras más rápido entendamos el sitio en el que estamos parados será mejor.
Obviamente, al ver el título de este filme viene a la mente el clásico de Luis Alcoriza, Semana Santa en Acapulco/Viacrucis Nacional (1981), pero si hacemos cuentas de las edades entre película y película, notamos que la diferencia es de 34 años y ese dato hace mucho más atractivo el largometraje de Márquez Abella, porque actualiza, o desempolva, un tópico que nos incumbe: ¿cómo sobrevivir a lo que fuimos? Es un gran ejercicio para entender lo que imanta este puerto, no por la belleza del paisaje y el mar contaminado, sino por la infraestructura que aún pervive y la pregunta es, ¿para qué? Aunque mejor formulada la interrogante debería quedar de la siguiente manera: ¿por qué tratamos de ser lo que ya fuimos? Habrá que reinventarse. O morir. Aunque también queda el recurso de apostar por el turismo militar. ¿Por qué no? Si criminales ya estamos.
Si le interesa Acapulco, como un asunto estético, esta película de Márquez Abella es importante.

@FederìVite

 

Un vistazo a Commedia dell’Arte

Ofrezco un adelanto de mi nuevo libro, que reúne seis cuentos, escritos hace nueve años pero recientemente publicados por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en la colección Asteriscos. Esto sólo es una pizca. Ojalá que sea de su agrado.

El auténtico vate

Alejandro no va a cambiar su credo estético por una paliza. No, claro que no. Él predica con hechos una de las frases atribuidas al cubista Picasso: El artista mediocre roba, pero el genio plagia. Como todo buen actor, observa su entorno, reflexiona y lo critica. A ese desplante creativo se debe la molestia que terminó en una calentadita literaria. Parodió a una vaca sagrada de la literatura mexicana. Así que con el dolor propiciado por los golpes, aprieta la mandíbula para no soltar gemidos lastimeros. Eso no es de hombres. Eleva con dificultad el brazo para detener un taxi. Se sostiene de un poste palpando el costillar derecho con la mano izquierda. Chifla para acompañar el movimiento de su mano en alto. No hay mucho tráfico vehicular a esa hora. Se encuentra en una de las calles que enarbola la libertad de expresión nacional –muy cerca de las oficinas de los periódicos Excélsior, El Universal y Esto– como si de escaparates de ropa barata se tratara. Un Tsuru se detiene. Alejandro aborda despacio el vehículo, siente dolor en todo el cuerpo.
–¿Está bien? –pregunta el chofer arrojando la colilla del cigarro por la ventanilla. Observa a su cliente con morbo y repite la pregunta–: ¿De verdad está bien?
–No, carnal –dice limpiándose la sangre del labio abultado con el dorso de la mano–. Llévame al Hospital Ángeles. ¡Hasta los zapatos se llevaron estos cabrones montoneros! –mira con incredulidad las marcas negras de los puntapiés en sus calcetines blancos. Ladea la cabeza para ver su imagen en el espejo retrovisor–. Se pasaron de rosca. De verdad que se pasaron de rosca.
–El hospital está aquí en la Roma, ¿verdad? –pregunta frunciendo el ceño, como si acabara de cometer un error con sólo abrir la boca. Espera la respuesta con un gesto casi agónico mientras mueve la palanca que pone en marcha los direccionales–. ¿Sí me oyó?
–¿Sabes o no sabes, carnal? –el tono de voz se vuelve nasal. Se recarga en el sillón trasero con mucho cuidado. Jala aire un par de veces. Cobra conciencia de sus actos violentos y sigue al pie de la letra las indicaciones de la campaña nacional de autocontrol que se transmite por televisión: cuenta hasta diez en voz baja e inhala con fuerza, aunque el dolor en las costillas aumente–. Va ser aquí en la Roma, manito. Disculpa mi comportamiento.
El taxista afirma en silencio, mueve la cabeza de arriba abajo; también está contando hasta diez.
Frente al hospital, Alejandro siente una punzada en el párpado. La inflamación aumenta; pierde visión del ojo derecho. Sonríe pensando que tiene el pretexto ideal para hacerse ojo de hormiga con el pago, pero al ver el rostro adusto del conductor coteja la cuenta en el taxímetro y liquida el adeudo en silencio. Abandona el auto sin decir una palabra.
En calcetines y con el ojo cerrado, Alejandro avanza por el pasillo hasta la recepción. Cuenta los billetes en su cartera. Se detiene frente a una enfermera de la misma manera que lo haría frente a una cámara de televisión: exagerado sus emociones. Se palpa el costillar derecho. Un paramédico detiene frente a él una silla de ruedas, así que aborda el vehículo. Se alejan por los luminosos vericuetos del hospital rumbo al departamento de rayos x. Piensa en las consecuencias de la madriza. ¿Podrá grabar a tiempo su sección en La carabina de Ambrose Bierce? ¿Se notarán mucho los moretones con el maquillaje? Sin proponérselo, habla como su personaje, El vate del calcho: Pues bien, doctor, yo necesito que me cure, que duele todo como un morro, que ya no puedo ahíto estar de pie aquí con dolo y solo, solito.
Después de que le toman un par de radiografías en la sala de rayos x, Alejandro llega a una habitación pequeña. Se desviste bajo la mirada absorta del paramédico, quien le entrega una bata azul cielo y le pide, sin mirarlo a los ojos, que se acueste en el camastro y relaje los glúteos mientras le inyecta un calmante. Cuenta mentalmente hasta diez; enseguida duerme.
Bajo la premisa de que una copa no es ninguna y dos son una, se detuvo en El Consorcio por cuatro vodkas. Cumplida la misión, notó que un grupo de cinco jóvenes desaseados, con pantalones de mezclilla y playeras grises, lo observaban. Él bebía con ritmo, antes de terminar la primera ya estaba junto a él la otra copa. Checaba el reloj, porque un profesional suele beber contra el tiempo. Quince minutos por trago, no más. Antes de terminar el vodka, liquidó la cuenta. En cuanto salió de la cantina caminó pegado al Reloj Chino. Escuchó el sonido de unos tacones apresurándose hacia él; eran los jóvenes que había visto en El Consorcio. Apuró el paso, porque las calles en esa zona no suelen tener la iluminación suficiente como para sentirse tranquilo al deambular por ellas. No había duda alguna de la intención violenta de los muchachos. Corrieron para alcanzarlo. Rodearon al objetivo. Alejandro se aflojó la corbata, tuvo tiempo para desanudarla y la enredó en el puño. Un gesto optimista, pues seguramente creyó que lograría acertar varios golpes. Recibió una buena tanda de patadas, puñetazos y golpes de karate que terminaron por ablandarle las piernas. Al tocar el suelo, Alejandro se enconchó, pero las puntas de los mocasines enemigos dieron con fuerza en las nalgas, los muslos, los bíceps, el abdomen y algunas partes del rostro. Al final de la golpiza, uno de ellos, el del pelo más largo, recitó en voz alta un par de versos: “Me doctoré en masoquismos, también en jurisprudencia, me doctoré en la alta ciencia de fabricar silogismos y de inventar espejismos. Me doctoré en la vehemencia de saber que la conciencia sólo acelera los ismos […]”.
–No vuelvas a burlarte de la poetisa en tu programa chafa, pendejito. ¿Oíste, vulgar, ignaro, chupapijas del gobierno? –advirtió frente a Alejandro, quien a pesar de que se cubría las orejas con las manos, casi empuñadas, logró escuchar la admonición del rapazuelo–. Una más y te rompemos las piernas, actorcito de televisión pública mexicana.
El jovencito dio media vuelta, el resto del grupo imitó al líder. Se alejaron gritando: ¡Larga vida, Pita Amor!
El personaje de mayor éxito que personifica Alejandro es ‘El vate del calcho’, un poeta que se encarga de exaltar los lugares comunes de la bohemia mexicana: alcohol, fracaso amoroso y escasos recursos monetarios para continuar la juerga en la que se detalla el hundimiento afectivo con los comparsas. Observa el mundo y lo critica. Al inicio de su participación, choca los talones y comienza a recitar algunos poemas que le han dado enorme reconocimiento a escritores ficticios, casi siempre coetáneos.

@FederìVite

 

La ceremonia de leer con microscopio

Algunos de los pasajes más significativos en mi vida como lector han ocurrido al ejercitar las labores hercúleas de la traducción. En algún momento del primer semestre del 2017, me llegó una oferta de trabajo no muy bien pagada, pero interesante. La propuesta consistía en hacer la versión al castellano de uno de los libro emblemáticos del Marqués de Sade, la obra que más me atrae de él: Les 120 journées de Sodome, ou l’École du libertinage (Los 120 días de Sodoma o la Escuela del libertinaje). Obviamente acepté, pero no estoy seguro de volver a lanzarme al vacío de la misma manera que hace siete años.
Cuando escuché el tiempo que tenía para entregar el trabajo me asusté. Debía terminar el borrador en tres meses. Sin dudarlo, volví a aceptar. Me hicieron llegar el original en francés y el texto de apoyo en inglés. Mi francés no competía lo suficiente para hacer la hazaña, así que me decanté por el trabajo en inglés, cuya traducción era de Austryn Wainhouse y había sido publicada originalmente en 1954. Empecé a leer el original y luego la versión anglosajona. Pensaba que las palabras que me alentaron a hacer esta traducción fueron sencillas, pero bien acomodadas: “Creemos que tu trabajo dialoga muy bien con la obra de Sade”. Agradecí el elogio y sonreí. No por el piropo, sino porque a mi mente acudieron algunas otras cosas que me confirmaron la cercanía con el marqués. En la universidad usé la novela Justine o Los infortunios de la virtud para darle sentido, fondo y forma a una ficción en torno al marqués de Sade. Fue un trabajo que se produjo con el objetivo de aprobar la materia de guión radiofónico. En ese tiempo leí mucho al marqués con una emoción distinta, más roma, diría yo. Aunque siendo honesto, no encuentro influencia de Sade en mis libros.
Los 120 días de Sodoma fue escrita del 22 de octubre al 28 de noviembre de 1785. El trabajó se realizó durante 37 días seguidos. Fue una labor ejemplar. No sobra decir que el autor redactó la historia en la cárcel de la Bastilla, una de las prisiones en las que el marqués purgó condena. Usó una letra pequeña en un rollo de papel de dos metros de largo por doce centímetros de ancho, aproximadamente. Nosotros conocemos 500 páginas de ese proyecto y aún sorprende el conocimiento de lo humano vertido ahí. Hablo de un libro que subvierte el orden social y critica la opulencia, pero más aún, la impartición de justicia. Visto con calma se entiende ese libro como un alegato a favor de la degradación humana. El abuso y el castigo expuesto en las páginas son un condimento del goce sexual; además, claro, de la exquisita descripción del sometimiento, fuente inagotable de placer para muchos.
Recuerdo que compré la versión de la editorial española Akal, cuya traducción de César Santos Fontenla me sorprendió por la fluidez de la prosa y el ritmo. Esa versión fue publicada originalmente en 1973. Comparaba las páginas que yo llevaba “traducidas” y me asombraba de las variantes entre el trabajo de César Santos y el mío. El goce de leer esa versión me acercó aún más al original. Compré tres diccionarios de francés y recuerdo, por ejemplo, que literalmente no hacía nada más que leer al marqués y escribir un par de páginas al día. Mientras pasaba el tiempo, me avergonzaba pensar que el marqués de Sade escribió esta novela en la cárcel durante 37 días y yo, al intentar traducirla, llevaba el mismo tiempo, pero aún no llegaba a la página cien.
Algunas veces caía en la neurosis obsesiva compulsiva. Por ejemplo, revisé un par de diccionarios, pero no lograba discernir si estaba frente a un juego de palabras. Leí: “poule poularde”. El marqués usa ese sustantivo y adjetivo para describir uno de los manjares que se presentan en la mesa durante la cena. Para ser preciso, el banquete habla de una ave exquisita. El término era, repito, “poule poularde”. Busqué, les decía, esas palabras, no porque no las entendiera, sino porque necesitaba saber a qué se refería exactamente “poularde”. Tal vez, supuse, había algo escondido. Uno de los diccionarios me llevó a una pista que satisfizo mi curiosidad: “La pularda es una gallina doméstica joven a la que se le quitó un ovario para evitar que ponga huevos y de esta manera, la fase de engorda sea mucho más fructífera, pues no sufre el estrés de la gallina ponedora”. Para llevar eso a la frase de la novela, recurrí al pié de página. Y quedó así, sencillo, en la prosa: gallina pularda. La versión al inglés refería a una gallina de engorda (“broiler chicken”). Tampoco me pareció mala idea consumar la frase así, como lo hizo Wainhouse.
Y de hecho, también pensé que un libro como el que tenía en las manos sería muy difícil de publicar en estos días por una editorial transnacional. Corregí: Sería imposible. La novela cuenta la historia de cuatro libertinos (un duque, un obispo, un juez y un banquero) que se encierran en un castillo de la Selva Negra con un séquito que incluye dos harenes de chicos y de chicas adolescentes secuestrados para la ocasión; algunos de ellos son hijos de ministros de justicia y eso muestra el filo del arma que oculta el autor bajo la manga. Cuatro ancianas de burdel son asignadas como narradoras orales que amenizan las veladas y su tarea es narrar 150 pasiones o perversiones que conozcan de primera mano.
Los libertinos escuchan y representan las pasiones descritas, y a medida que las narraciones se vuelven más brutales, también los libertinos incrementan su furia: la novela alcanza su máxima tensión con las pasiones criminales y las pasiones asesinas. El marqués presenta el material a manera de lista e intercala con breves relatos las escenas.
El proyecto de Sade evoluciona desde lo pedestre (herir un pie a martillazos) hasta lo complejo: hacer que una mujer se trague una serpiente que la devorará por dentro. Recuerdo un proyecto sofisticado. Se describe un artefacto creado para asfixiar: “El suministro de aire se abre y cierra a su antojo dentro de una máquina”.
Las acciones caen en lo grotesco, sacuden a quien los atiende, porque se percibe el ansia de quien las narra. Y la tortura no está alejada del libro, hay relatos que se consideran obscenos y terribles, alcanzan la estética gore.
Los 120 días de Sodoma no es un libro que busque halagar al lector, literalmente lo golpea. Y de hecho, más allá del contenido, lo que a mí me pareció espléndido mientras pergeñaba líneas, checaba conceptos y ajustaba oraciones era el hecho de que por primera vez en mi vida estaba leyendo a un nivel microscópico. No importaban sólo los personajes, la trama, la verosimilitud, la congruencia y la estructura, sino lo que me revelaba cada palabra. Me pareció una hazaña, no por el resultado de la traducción, pues me hubiera gustado tener más tiempo para hacer mejor el trabajo, pero aprendí muchísimo sobre esa vieja idea que habla de la escritura como un edificio cuya esencia consiste en poner sólidamente una palabra sobre otra.
Descubrí el contenido de un libro a ese nivel (micro) y advertí la enorme vigencia del marqués de Sade, y más allá de lo actual de un clásico, también me hice consciente de la necesidad de recobrar (aunque sea a cuentagotas) el poder que tenía la literatura para discernir, elucubrar y criticar ferozmente un sistema de gobierno. Es necesario recuperar la potencia de la literatura para hacer que el lector experimente otros marcos referenciales de la discordancia. Si alguien hizo este tipo de textos en una prisión, ¿de qué es capaz una generación de escritores con muchísimas comodidades? La respuesta podría hacernos llorar, pero no de gusto.

* La traducción de la que hablo apareció en la Editorial Mirlo, de México, en 2017 y consta de 490 páginas.