Hay cierto tipo de libros que me hubiera gustado escribir; por ejemplo, Ferito a morte (Italia, Oscar Mondadori, 1998, 200 páginas), de Raffaele Le Capria. No porque los personajes, crecidos en la playa con el mar de aliado, tengan preocupaciones similares a las nuestras: falta de desarrollo, sujeción laboral a los requerimientos de la siempre volátil industria hotelera y la improbabilidad de que nuestra ciudad mejore. Crecer en una ciudad marina es una herida, pero irse de ella es la muerte, indica Le Capria y de ahí el título: Herido de muerte (cuya traducción al español ocurrió hace 21 años y estuvo a cargo de Pedro Luis Ladrón de Guevara y Laura Volpe. Tuvo pocos lectores hispanos).
Le Capria escribió este libro a finales de los años cincuenta del siglo pasado, pero fue publicado en 1961 por la editorial Bompiani; es la segunda novela de este autor. Ferito a morte orbita en torno a la figura del joven napolitano Massimo De Luca, quien se muda a Roma y en la duermevela propiciada por el transporte recuerda la vida napolitana: “La lubina, en la sombra gris perfilada por el azul marino, avanza hacia él y se detiene inmóvil, suspendida, como una nave cuando se asoma silenciosa en el círculo tranquilo de la mañana. El ojo fijo, celuloide; el relieve de la escama, la cabeza corrugada de una máscara china –está cerca, cerquísima, a tiro de piedra. La aleta del arpón hace de mirilla en la línea deslumbrante del rifle, la mirada sigue un punto entre la branquia y la espina dorsal”. Así inicia el relato y, como usted nota, no se va en añejos pensamientos de “crepúsculos arrebolados”, sino que despunta en asociaciones que fungen como ecos. La memoria da brillo al ánima. ¿Cuánto buen humor prodiga un recuerdo generoso?
El autor narra el verano de 1954 (cuando Triste se anexa oficialmente a Italia), lleno de muchas perspectivas de cambio y esperanza; desde ahí rememora la herida de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados bombardearon Nápoles y atrofiaron la ciudad marina. Después de ese ataque, nunca volvió la bonanza y la idea de la reconstrucción fue oro molido para los políticos, pero nunca una realidad. Massimo analiza la vida en Nápoles: “Autodestrucción, había dicho, esto es un placer exquisitamente meridional, que yo no puedo permitirme , el mío es un rechazo histórico. […] Aquí sirve aparentar una vida supuestamente divertida, una vida que en realidad es ruidosa, aburrida y representa para muchos un milagro de la felicidad”.
Me parece que las emociones de Massimo son reproducidas con fidelidad en la estructura de este libro, pues con recursos tomados de Faulkner y Joyce, Le Capria recrea los rituales de seducción en torno al Mediterráneo, aunque las conversaciones de apariencia frívola apuntan siempre a un solo hecho: salir de Nápoles es necesario / quedarse en Nápoles implica carencia. (Estas aseveraciones dan sentido a lo que ocurre en Acapulco, ¿no cree?).
Massimo logra que lo contraten –gracias a un amigo– en un periódico de la capital de Italia. Ese trabajo le prodigará estabilidad económica y mejores oportunidades de vida, ¿pero él quiere eso? Sí. No sólo porque desea ganar dinero sino porque anhela aprender otras cosas. Quiere crecer. Se debate entre la vida local y el conocimiento del mundo.
Durante toda la novela hay conversaciones de literatura, charlas que bien podríamos definir como snobs, pero sirven para agrandar el contrapunto entre la vida tropical y la vida cultural, la vida de los que se quedan y la vida de los que se van. Los que se fueron mencionan a narradores europeos, poetas estadunidenses, escritores de la vanguardia literaria del momento –Hemingway, Fitzgerald, W. H. Auden, Ennio Flaiano, Carlos Emilio Gadda, Dino Buzzati, Natalia Ginzburg– y la información sobre esos autores agranda otra urgencia que me gustaría enunciar como pregunta: ¿es necesario dejar la playa para acoger los libros?
Aparte de Massimo, la voz narrativa se transfiere a Ninì, hermano menor del protagonista, y a Gaetano, amigo de los De Luca. El autor usa un narrador distante en tercera persona y de inmediato lo convierte en un monólogo interior; después pasa al libre encabalgamiento de los diálogos:
–Pero mira con qué empeño defiende la propiedad privada –dice Massimo, disgustado, y ahora ellos están demasiado cerca: –Dime un poco, buen hombre, ¿sabes que la propiedad privada es un robo? ¡Lee a Marx!
–¿De qué hablas?
–¿Qué?
–¿Cómo?
Peligro superado.
El protagonista narra como si no se conociera, es decir, desde esa distancia de la tercera persona ensambla la primera; después se dispersa en los diálogos. Mantiene ese orden y le permite al lector identificar cada una de las voces que confluyen. “No siente las palabras que él mismo está diciendo, pero entiende la expresión de aquello ojos atentos, divertidos, que se han vuelto fascinantes. Está hablando, en esa ocasión, de su historia con Flor. En un tono imparcial, irónico, como si hablara de otro que se llama Massimo, no de sí mismo. Como ahora, cuando escucha la voz de Ninì:
–Massimo… Massimo… Massimo.
… Me llamaba, alcé la cabeza. Ninì me indicó el horizonte tras la punta de la campanela.”.
La voz narrativa que afoca y desenfoca me parece atractiva. Ayuda a potenciar la tensión dramática sin la necesidad de cortar abruptamente el relato, por eso comento este tipo de libros que ya no se publican, tienen tantos recursos que desempolvan los deseo de un taller literario. Ahora se da por sentado que todo debe seguir como le funciona a las editoriales grandes: facilito para que todos podamos entenderlo y así se venda más.
Lo que propuso Le Capria me entusiasma porque está fundamentado en una estrategia de racconto que consiste en organizar momentos del pasado en una narración en presente. Es decir, el motor del relato es simple, irse de Nápoles y con ello se pone en marcha la memoria, pero esos recuerdos no son benevolentes, sino que ponen en tensión la aparente estructura lineal del texto. Estratifica los recuerdos. Aunque yo no estoy satisfecho con el final circular de la historia (la duermevela del viaje), sostengo lo que afirmé al inicio de este texto, Ferito a morte es una de esas novelas que me hubiera encantado escribir. ¿A quién no le apetece meter las manos al alma de su ciudad y salpicar las páginas en blanco con tinta? ¿A quién no? A menos, claro, que ya todos tengamos las mismas vivencias y eso sería horrísono.
Le Capria señaló en varias entrevistas que este libro es sobre la gente que se va y sobre la que se queda; sobre los que no saben qué hacer en Nápoles para salir de la pobreza y sobre los que intentaron, sin fortuna, dejar su casa. Es inevitable no pensar en Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. En especial hablo de una escena. El viejo Alfredo le dice a Salvatore: “No vuelvas. Olvídanos. No permitas que la nostalgia te engañe”.
Le Capria crea un artefacto intenso y flamígero. Yo lo equiparo con una antorcha. Leo en 2025 Ferito a morte y me parece un libro joven y sensible. Tal vez el único placer que queda es leer todo lo hecho por Le Capria.
* Como es una costumbre en este espacio, la traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite
