Meditaciones de poetas canadienses

 

(Segunda parte y última)

En la novela famosísima The english patient, de Michael Ondaatje, el personaje femenino es la enfermera Hana. Ella encuentra una anotación en un libro que “El paciente inglés” lee con recurrencia: “La novela es un espejo andando el camino”. Esta idea no es nueva, pero me agrada que Ondaatje dialogue con el escritor francés César Vichard de Saint Réal, cuya frase textual es la siguiente: “Un roman: c’est un miroir qu’on promène le long d’un chemin”. Algo así como: “Una novela es un espejo que uno carga a lo largo del camino”. Stendhal utiliza esta misma idea en el capítulo XIII de Rouge et le Noir (1830). Las palabras son: “¡Ah!, señor, una novela es un espejo que se lleva por un camino elevado. En un momento refleja ante sus ojos el cielo azul, en otro el lodo de los charcos a sus pies. ¡Y el hombre que lleva este espejo en su mochila será acusado por usted de ser inmoral! ¡Su espejo muestra el lodo, y usted culpa al espejo! Más bien, culpe al camino elevado donde se encuentra el charco, y aún más al inspector de caminos que permite que el agua se acumule y se forme el charco”. Dicho eso, estamos advertidos, Ondaatje narra experiencias límite.
El primer impacto para el lector es el descubrimiento de un hombre con graves quemaduras en todo el cuerpo, “El paciente inglés”, atendido por la joven y atractiva Hana, quien en algunos momentos agarra Los nueve libros de la historia, de Heródoto, para curiosear en la vida de ese hombre “cuyo cuerpo ella conoce muy bien, el pene duerme como un caballo de mar y las caderas son delgadas”. Hana encuentra esa nota y explica con ello la postura estética del autor.
Aparte de los dos personajes referidos, hay dos hombres más que engrosan las filas del relato, un tipo maduro, quien fuera amigo del padre de Hana, Patrick. Él conoció a Hana cuando ella era una niña. Se llama David Caravaggio, luchó en varias batallas y llega a la villa de San Girolamo con los pulgares amputados. Es italo-canadiense, miembro del servicio de inteligencia exterior británico desde 1930. Estuvo en el norte de África para espiar a los alemanes. “El paciente inglés” y Caravaggio son adictos a la morfina y ese vínculo les da cierta intimidad e incluso propicia conversaciones importantes para la trama, pues las charlas ayudan al lector en el arduo terreno de las identidades. El otro referente masculino es Kip, un sij indio, buscador de minas y prospecto ideal para que Hana tenga una pareja, pero ella devanea entre “El paciente inglés” y Caravaggio.
La historia no está organizada con una representación de los hechos de manera lineal; Ondaatje logra que los saltos temporales favorezcan a la creación del suspenso y le permiten al lector entender a cabalidad la hondura psicológica de los personajes, imbricados todos con las campañas norteafricanas e italianas de la Segunda Guerra Mundial. Heridos todos por ese nubarrón letal que es la violencia.
El relato está orquestado por una voz narrativa que nombra todo, posee una característica adánica que todo lo bautiza e ilumina: “Ella era un sauce. ¿Qué podría ser uno, a cierta a edad, en invierno?”. Pero la trama se consuma por los monólogos de los personajes, por los diálogos. Y eso me lleva a pensar que esta novela está hecha para ser oída en voz alta, como si fuera un montaje escénico que necesita con urgencia del público. Hay mucho de esa energía poética que impele al lector a leer en voz alta algunos párrafos: “Yo conocía las herramientas del demonio y había mencionado en algunas charlas a la hermosa tentadora que venía al cuarto del joven. Y si él fuera sabio debería exigir que ella volviera, porque los demonios y las brujas nunca regresan, sólo cuando cuando desean presentarte ante ti. ¿Qué había hecho yo? ¿Qué animal le había entregado a ella? Yo había estado hablándole y pensé en ella más o menos una hora. ¿Yo había sido su amante demonio?”.
El monasterio italiano de Villa San Girolamo (en Fiesole, Florencia), ligeramente dañado por las bombas, funge como un teatro en el que la historia ocurre. “El paciente inglés”, sedado por la morfina, revela que no es inglés; habla alemán también y se llama László de Almásy, es un conde húngaro y vivió explorando el desierto. Se enamoró de la inglesa Katharine Clifton, quien acompañó al equipo de exploración del desierto. Un accidente terrible destruye a Almásy. De todo ello se va enterando el lector cuando entiende que las conversaciones, en un tono nocturno, explican la valía de Los nueve libros de la historia. Pero el mandato superior de la novela es recordarnos que la guerra destruye todo, incluso la posibilidad del amor.
El autor se apoyó en los personajes para darle fuerza y movimiento al relato, para hacer memorable la historia; pero no fue capaz de dotar de andamios o columnas a todo ese discurso que se fragmenta y de manera eventual e intermitente gana intensidad gracias al ejercicio de la poesía en prosa. Me temo que en la relectura este libro ya no sorprende como lo hizo antaño, cuando el lector sentía que tenía entre las manos una tajada de vida o un soplo endiablado del desierto. Las mismas palabras no conmueven como antes, porque en realidad no pasan muchas cosas en la historia y las que pasan son narradas de manera elíptica. Ondaatje fue muy hábil para encender la trama con una serie de hechos desafortunados que ayudan a decantar lo memorable de un fracaso amoroso, porque The english patient es una historia de amor que perdería magia si la narraran de manera, digamos, factual. El contexto le da vigor a la historia y los personajes orbitan en torno a “El paciente inglés”, ¿por qué? Porque todo está diseñado para hablar de quien perdió en el amor, para hablar de quien perdió la guerra. Todo está diseñado para hablar de quien estuvo en el lado equivocado de la historia y conmueve ese testimonio de la derrota porque la intensidad del fracaso es inmensa. Quizá un eco que aún reverbera en esta línea.
* Para la escritura de este artículo se utilizó The english patient (Londres, Bloomsbury, 2004, 321 páginas). La traducción de algunas líneas entre comillas es mía.

@FederìVite

 

Meditaciones de poetas canadienses

 

(Primera de dos partes)

Más allá de valorar lo técnico, de analizar la perfecta sincronía de la trama, de estudiar la verosimilitud de los personajes, las novelas de los poetas tienen un sabor distinto. Quizá por la cocción a fuego lento. Es como si sopesaran las palabras y, de eso estoy completamente seguro, proponen otra cadencia en la prosa, un ritmo aparte que ayuda a sondear las profundidades de la historia que desarrollan con calma, con mucha más calma que un narrador habitual.
Anne Michaels, poeta y narradora, oriunda de Toronto, es la autora de Fugitive pieces (1996), novela en la que se propone una inmersión extraña y siniestra en la memoria de Jakob Beer, cuya historia es insólita y triste. Para una mejor organización del relato, la autora divide el libro en dos partes. La primera narra infancia del judío Jakob Beer, quien vive en Polonia. Su casa es asaltada por nazis; escapa de la muerte, pero para su desgracia ni su padre, madre y hermana, quienes se escondieron en un armario. Jakob se esconde en el bosque. Hace un hoyo y se mete ahí para cubrirse de tierra hasta el cuello. Tiempo después conoce al arqueólogo Athos Roussos, quien trabaja en Biskupin, en Polonia. Roussos lo lleva de contrabando a Zante, Grecia. Roussos también es geólogo y está fascinado por la madera, los trilobites y las piedras antiguas. Jakob aprende griego e inglés, pero descubre que aprender nuevos idiomas borra su memoria. Tras la Segunda Guerra Mundial, Roussos y Jakob se mudan a Toronto. Ahí estudia Jakob y años más tarde conoce a Alexandra en una biblioteca musical. Ella disfruta mucho los juegos de palabras y la filosofía. Jakob y Alexandra se enamoran y se casan, pero la relación fracasa porque ella espera que Jakob cambie demasiado rápido y supere los traumas del pasado. Él está obsesionado con Bella, su hermana, en especial recuerda la manera en la que ella tocaba el piano. Alexandra y Jakob se divorcian. Él conoce a Michaela, una mujer joven que parece comprenderlo, y con su ayuda logra dejar atrás a Bella. Se mudan a Grecia, a la antigua casa de la familia Roussos. Hacen su vida y finalmente mueren.
La segunda parte de la novela propone un cambio de perspectiva. Ben es un profesor canadiense de ascendencia judía, nacido en Canadá, hijo de sobrevivientes del Holocausto. Él se encarga de cerrar la pinza. Es admirador de la obra poética de Jakob y, en especial, valora mucho las traducciones de Beer, porque Jakob se encargó de traducir varios escritores griegos al inglés. ¿Qué hay en el trabajo de Jakob que fascina tanto a Ben? Yo propongo, aunque suena cursi, que Ben entiende el dolor de Jakob. Y es cuando el lector empieza a entender el arco reflejo del lenguaje, porque a pesar de que todo ocurre en inglés, las personalidades en el relato tienen matices que agrandan la proposición literaria. “Yo entonces supe del poder del lenguaje para restaurar: esto fue lo que ambos, Athos y Kostas, estaban tratando de enseñarme. En la noche, las luces demarcaban el puerto y el estribor de entre esas formas pantagruélicas de la industria, y yo me llenaba con la soledad. Escuché esa forma de lo oscuro, como si fuera una lección musical del silencio. Sentí que esto era mi verdad. Que mi vida no podría ser expuesta en lenguaje alguno, sólo en silencio; entonces comprendí que yo debía escribir poemas de esta manera, en código, con las letras torcidas, para que esa pérdida hiciera naufragar el lenguaje y llegar entonces a mi idioma”.
En 1954, la casa familiar de Ben, en Weston, Ontario, es destruida por el huracán Hazel. Ben se obsesiona con los canales del clima, con la historia de los huracanes. Se casa con una chica llamada Naomi. Es un gran admirador de la poesía de Jakob y respeta la forma en la que ese hombre sensible abordó el Holocausto. A Ben le cuesta afrontar los horrores que debieron sufrir sus padres. No puede superar ese tópico familiar. Ben viaja a Zakynthos, Grecia, para recuperar los diarios de Jakob. Pasa horas nadando, camina por el campo, por el desierto. Piensa en Jakob, en cómo tradujo toda esa vida en los poemas. A Ben no le interesa el proceso creativo, sino en cómo tradujo la vida en los poemas. Se obsesiona sobre lo que un hombre como Jakob fue capaz de sentir.
Me inquieta y me emociona que Michaels exponga el daño de un huracán con la misma intensidad que los horrores del Holocausto, habla de un dolor que no se puede digerir con facilidad, pero que gracias Jakob se convierte en un tópico tolerable.
La estructura de este libro es un símil de dos engranajes dentados que se impulsan mutuamente al girar en sentido opuestos. Ensamblan a la perfección. Anne organiza de tal forma los discursos y las subtramas para que Ben entienda lo que quiso decir Jakob cuando hablaba del oficio de traductor, porque estando en Grecia todo cobraba sentido: “Si pudiera aislarme en ese espacio, que daña los cromosomas con palabras, en esta imagen, entonces quizá uno podría restaurar el orden con sólo nombrarlo”.
La impresión general es que esta novela está escrita con sutileza y con mucho cuidado; se trata de un artefacto delicado que no pierde jovialidad. Jakob vivió una tragedia en polaco, sobrevivió en griego y recuerda en inglés todos los flancos de su vida. Desde ese idioma enuncia la experiencia de estar vivo. Anna reproduce muy bien lo vivido por el protagonista y sentencia en voz de Jakob: “Y al final, cuando empecé a escribir los eventos de mi infancia en un lenguaje extranjero a los hechos, tuve una revelación: el inglés podría protegerme, era un alfabeto sin memoria”. Esto sólo es posible por obra y gracia de la sensibilidad de un poeta y lo atractivo del relato es cómo organiza Anne Michaels toda la información de manera sensible, cuyo orden jerárquico siempre es el idioma.

* Para la escritura de este artículo utilicé el ejemplar de Fugitive pieces (Londres, Bloomsbury, 2017, 295 páginas). La traducción de las frases entre comillas es mía. @FederìVite

 

Malabares de alta manufactura

 

Ian McEwan es un narrador de Reino Unido que se hizo famoso en todo el mundo por su novela Atonement (2001), cuyo título en español le será conocido: Expiación. En este espacio se han reseñado varios libros de él, tanto novela como cuento, pero desde hace tiempo lo dejé en pausa. Retomo su trabajo con Sweet tooth (Estados Unidos, Anchor Books, 2012, 379 páginas).
La historia ocurre en la década de los 70 del siglo pasado en Londres. Bajo la apariencia de una vida sofisticada, la protagonista de este libro, Serena Frome, nos cuenta, casi como si se tratara de una novela de aprendizaje, sus aciertos y errores en el espionaje; a la par incursiona en las vici-situdes estudiantiles, en los pri-meros frentes amorosos, eróticos y profesionales. Expone su interés por el otro sexo, en especial, la apetencia por hombres mayores. Serena, hija de un obispo an-glicano, demuestra talento para las matemáticas e ingresa a la Univer-sidad de Cambridge. Tiene difi-cultades académicas y se gradúa con esfuerzo. En Cambridge se involucra con Tony Canning, un profesor mayor y reservado, quien le consigue un puesto en el MI5 (Military Intelligence Sección 5, responsable de las actividades de espionaje dentro del país). Así que ella trabaja en algo de muy bajo nivel, pero surge una oportunidad más emocionante cuando a Serena se le invita a participar en un nuevo programa llamado Sweet Tooth. Se trata de un proyecto para contrarrestar la propaganda comu-nista durante la Guerra Fría, la MI5 quiere ofrecer ayuda finan-ciera a escritores, académicos y periodistas jóvenes anticomu-nistas.
La entrevista que le realizan los altos mandos del MI5 se enfoca sólo en el conocimiento literario de Serena, porque ella durante toda su vida ha tenido la pasión por leer novelas y se decanta por los libros escritos por mujeres. Ese hecho, por nimio que parezca, lleva el relato a otro nivel y Serena arriba a los anchos pasillos del espionaje inglés. Después de pasar con suficiencia la entrevista de los mandos superiores debe evaluar al prometedor escritor Thomas Haley. ¿Un hombre que lee sólo a hombres? No le convence el prospecto, pero acata la orden.
Serena busca a Haley, le ofrece un apoyo económico que “brinda” la Fundación Internacional para la Libertad, pero en realidad el capital será tomado de una partida del MI5 con el objetivo de supervisar y espiar el trabajo de escritores que se interesan por temas políticos anticomunistas. Ella logra que Haley acepte la beca sin preguntar mucho de dónde viene el dinero. Escribirá lo que a él le venga en gana durante dos años.
Serena y Haley, sin proponérselo, inician una relación sentimental. Ella descubre que la novela que está escribiendo Tom es una distopía anticapitalista; no considera que sea un libro espectacular o atractivo, así que teme haberse equivocado al reclutarlo, pero mantiene los informes al MI5 y espera que las cosas tomen buen curso. Para su sorpresa, Serena escucha boquiabierta que una editorial de prestigio acoge la novela de Tom, la publica y recibe una nominación a un premio importante en el que compiten Iris Murdoch, Anthony Burgess, Margaret Drabble y Tom Haley. ¿Qué es esto? Piensa ella. Por primera vez en todo el relato duda de su capacidad de discernimiento, porque ha sido una buena lectora y lo que proponía Haley era de menor calidad (y menor volumen) en comparación con los libros de los otros finalistas. Así que la fama recibe a Tom cuando gana el premio. Y le invitan a dar una lectura en público al lado de Martin Amis: “Tom deja que Martin vaya primero, como para calentar al público. Fue un error. Amis leyó partes de su nueva novela titulada Los papeles de Rachel. Es obscena, cruel y muy divertida –tan divertida que él tuvo que hacer una pausa durante y después para dejar que la audiencia se recuperara. Cuando él terminó y Tom salió al escenario para tomar su turno, el aplauso se mantuvo más y más, y Tom tuvo que regresar a la oscuridad de una de las alas del teatro. La gente estaba ahí, sonriendo y secándose los ojos, y Martin finalmente se paró ante el atril para despedirse y presentar a Tom: ‘Estas fueron mis tres mil palabras de baba, pus y muerte’. Durante la lectura de Tom algunas personas se fueron; tal vez tenían que alcanzar el último tren para regresar a casa”.
Serena se lleva una revés al leer que un periódico serio de Londres publica una filtración tremenda: “El MI5 subvencionó a escritor premiado”. No quiero desvelar el final, pero hasta este punto, la historia tiene diversos géneros; pasa por un relato de aprendizaje, un relato amoroso, una novela erótica y una intrincada pesquisa de espionaje. Es plausible el cambio de registro que logra darle a la novela McEwan, no porque sea complejo hacerlo, sino porque ese dominio de la sustancia literaria forma parte de una obligación para cualquier novelista serio; por ejemplo, sin problema alguno va del relato de usos y costumbres rural –para describir la familia de Serena– a la diversidad cultural de la vida agitada de una espía en Londres. McEwan cambia el género, el tono y la intensidad del relato, pero nunca descuida el crescendo de la novela. En términos sencillos, hay una constante contaminación intergenérica, porque la pureza, me temo, ya no existe. Es la era del reciclaje. McEwan ha demostrado, libro tras libro, que la novela es omnívora y lo mismo deglute diarios que poemas, reportes de espionaje, documentos burocráticos, misivas, telegramas, relato amoroso, erótico y perfiles anticomunistas. Toda esa amalgama tiene un orden impecable que revela el oficio del autor. Sweet Tooth no es una obra menor, pero no alcanza a Atonement; tampoco a la extraordinaria Amsterdam (1998).
Uno de los logros de Sweet Tooth es la aparente candidez de la voz narrativa que da cuenta de las andanzas de la protagonista y esa candidez está relacionada con los mecanismos técnicos que estructuran la historia. No basta con saber escribir, ni con tener dominio de los personajes, ni con saber crear escenas, ni con dividir bien los capítulos ni con entrecruzar a la perfección los destinos de los personajes. Es necesario hacer malabares de alta manufactura para que una historia de apariencia sencilla tenga una resolución memorable, congruente y cruel.
Sweet Tooth me recordó a Invisible (2009), de Paul Auster, ambas novelas abrevan de la realidad para darle soporte el entramado de ficción y encuentran con cierto afán –la segunda más que la primera– la gracia de la metaficción. También sumo a la lista The counterlife (1986), de Philip Roth, en la que el autor encajona corrientes alternas de caudales narrativos con mucha astucia y encapsula una novela posmoderna de pura cepa. Las tres apelan a las misivas para cerrar el relato. Y es un final sin estridencia, con una sutileza que apabulla porque la historia se viene encima del lector.

* Como es usual en este espacio, la traducción de las frases entrecomilladas es mía.

@FederìVite

 

Comparaciones odiosas de la espuma editorial

Algunos libros de narrativa criminal tienen la virtud de retratar de cuerpo completo a los personajes, no como elementos de un melodrama sino como asignaturas vitales con muchísimos matices. Y es cada vez menos frecuente que la literatura amplíe registros, no porque no sea rentable (pensemos siempre en la industria) sino porque es mucho más complejo elaborar textos con esa características y las novelas –las buenas novelas sin adjetivos– exigen tiempo para desarrollarse de manera adecuada. Para madurar. Si no me cree, recuerde la saga de libros –muy parecidos entre sí– de Harlan Coben; bueno, si no lo ha leído, en Netflix hay por lo menos una decena de series basadas en sus novelas. E incluso las series parecen clones. Los libros de Coben se fundamentan en gente que oculta algo (una vida con pasado oscuro) y eso les conduce a otros derroteros, pero el método más socorrido es desaparecer y al final el protagonista vuelve con la solución de un enigma. No demerito esos proyectos, porque este tipo de literatura es un signo de nuestros tiempos y sería estúpido no reparar en lo que proponen, aunque la apuesta sea muy ligera. Tal vez esa sea su virtud. Si comparamos esos textos con otros. Por ejemplo, Hell to pay (Estados Unidos, Warner Books Edition, 2002, 399 páginas), de George P. Pelecanos. ¿Qué pasa?
Hell to pay presenta como un interesante prospecto de investigador a Derek Strange. Es un hombre negro de 50 años que pone especial atención en unos matones que aniquilan a un niño de nueve años. El compañero de Strange es un ex policía, Terry Quinn, católico-irlandés, quien intenta salvar a una joven prostituta de un proxeneta. Pero en el camino se enamora de una de las mujeres que organizan el rescate de la prostituta. Strange atraviesa un periodo difícil con su amante (y secretaria) Janine, pues ella le exige que reconsidere las visitas frecuentes a los salones de masajes. Con esos dos problemas, los personajes principales tienen suficiente, pero la trama los impele a luchar en varios flancos, pues atienden otros casos para ganarse la vida como detectives y la novela, ubicada en las zonas no turísticas de Washington, D.C., focaliza los barrios donde mueren muchísimos niños negros. Asesinan a tantos que la venta de camisetas –con retratos de los difuntos en velorios y en funerales– se ha convertido en una actividad bien remunerada.
La pesquisa no sólo es exhaustiva, sino que de verdad somete al lector a mirar aspectos de la civilización que nosotros, como guerrerenses, entendemos bien: asesinatos, pleitos entre bandas criminales, drogas como último recurso para salir de la pobreza o para tener un poco de seguridad en el barrio, porque quien labora con los que mandan tiene siempre un poco de respaldo.
Pelecanos focaliza un problema, ¿qué pasa cuando un niño muere en una balacera? ¿La policía finge que ayuda y luego aprehende al primero que pasa? ¿Ignora los hechos? ¿Los familiares imparten justicia por mano propia? La escena de la balacera pareciera fortuita, pero está revestida de algo que no se puede resolver de manera sencilla, porque involucra dinámicas de una ciudad, en especial, los códigos de conducta de un barrio conflictivo, pobre y armado, donde cualquiera puede morir por el simple hecho de salir a comprar un refresco o dar un paseo.
Algunos aspectos de Hell to pay me parecieron inusuales en la literatura criminal reciente. Primero, porque los personajes se toman su tiempo: beben café, soda, conversan y el autor orquesta todo eso, olores, frases, canciones con un esquema que nos recuerda viejos frescos de la novela decimonónica. Pelecanos no lleva prisa y su destreza para retratar a los personajes es destacable. Sabemos incluso la manera en la que toma un helado el chico asesinado, conocemos la música que oía, las cosas que le gustaban y el impacto es muy fuerte cuando fallece. Bajo la óptica del detective Strange, siempre hay un motor interno que conduce a la fatalidad, no sólo por las cosas que desea obtener quien comete los delitos, sino porque un barrio determina en gran medida la existencia y el futuro de sus habitantes. Es imposible salir indemne de un sitio armado, con drogas, un barrio en el que se vive en la ilegalidad. Para mala fortuna de los personajes, el daño hecho nunca podrá resarcirse. Los matones también aprenden a ser lo que son a base de sufrimiento. Y eso no lo muestran con tanto poder muchos novelistas, sólo los destacados.
En contraposición a Hell to pay me viene a la mente un libro de Elizabeth Brundage, titulado La apariencia de las cosas (Traducción de Juanjo Estrella. España, Duomo Ediciones, 2018, 499 páginas), en el que la autora estadunidense narra la tragedia de George Claire, profesor universitario que vuelve a casa una tarde y encuentra a su esposa Catherine asesinada en la cama. A pocos metros juega su hija Franny, de tres años de edad. Al parecer no se ha enterado de nada. Esto es lo que George cuenta a los vecinos y sirve de arranque para una historia de intriga. Cada personaje reconstruye los hechos y el regodeo con el daño está bien capitalizado, pero el lector no logra salir de ese juego, no ve un más allá, en especial, porque la trama se regodea con el asesinato. La niña de esta historia no goza de la verosimilitud literaria que logra Pelecanos, pero a pesar de esa pifia elemental, la novela de Brundage ilustra muy bien un hecho: no basta con escribir bien para hacer una estupenda novela. Es decir, no sólo se necesita saber escribir para que la novela proyecte su mundo interno sobre el lector. La buena literatura siempre tiene una dosis de malicia. Y en el caso de La apariencia de las cosas, la astucia literaria es poca. La prosa pierde intensidad cuando supuestamente debería ganarla al describir la brutalidad del asesinato cometido.
Pensando en estos dos autores, me parece que quien mejor comprende el mal es Pelecanos. El proyecto de Brundage, a pesar de que tuvo una muy buena campaña de publicidad, se ha olvidado muy rápido. Sería motivo de otro artículo replantear lo hecho por Pelecanos en varias novelas, pero la que hoy comento abre un panorama interesante, el mal en una comunidad no puede sostenerse si no es con la complacencia o el silencio de muchos. Basta con denunciar para que los eslabones de ese mal pierdan fuerza. Es tan obvia esa premisa que al terminar de leer la novela uno piensa que puede cambiar el alma de su barrio, pero vamos, esa ilusión sólo ocurre cuando un autor es espléndido.
Pienso también que los libros de Coben se fundamentan en una resolución de enigmas que no hacen más grande la experiencia de lo humano sobre la página escrita; al contrario, la reducen a un hecho: la comodidad de haber contado una anécdota, no la de haber recreado el universo interno que todo autor respetable doma para depositarlo en un libro.
Pelecanos sigue vivo y publica con cierta frecuencia. Sus libros se traducen cada vez menos al español porque no habla de narcotraficantes; pero póngalo en una lista, porque si puede conseguir alguna de sus novelas, créame, no se sentirá defraudado de esto que él hace y cada vez es más difícil de hallar: buena literatura criminal. Ya sabe a qué me refiero, no a encontrar culpables o sondear misterios, sino a radiografiar los instantes, los motivos, las carencias, las desilusiones y el odio, pulsiones que convierten en delincuentes a más de uno.
Elizabeth Brundage trabaja en las adaptaciones visuales de sus novelas para convertirlas en series y en películas. Netflix transmite desde hace algunos años Things heard & seen (2021), filme basado en La apariencia de las cosas.

@FederìVite

 

Ferrovie del Messico, influencia sobre influencia en seguimiento calculable

 

(Segunda parte y última)

Como decía: Ferrovie del Messico (Italia, Laurana Editore 2023), de Gian Marco Griffi, se divide en dos partes: la primera, de 806 páginas; la segunda es de una sola cuartilla. Durante la primera estancia notamos que algunos fragmentos de la novela están escritos como si hubiera una correspondencia y las misivas estuvieran escritas a un Querido futuro y ese futuro rebasa cualquier otro dato más allá de febrero de 1944, año y mes en el que todo ocurre en el relato. Esa inquietud temporal se resuelve en la segunda parte, pues el lector entiende que esos fragmentos que trastocan la línea de tiempo presente y se perfilan a un porvenir son disparadas por un dínamo que es el personaje Cesco Magetti. Esas estancias futuras son un correlato magnífico que cierra la historia. Y en esas páginas el lector tiene una visión de México en la que la niebla, los cerros, los magueyes y el ferrocarril ofrecen un paisaje sombrío, pero se convierte en exótico cuando la referencia es Frida Kahlo, el jai alai, la muerte y la poesía emanada de una tierra en la que la gente es pasional y vive con intensidad. Ya sea la religión, el deporte, la comida, la pintura, el alcohol y la vida bohemia, pero en especial –y eso me pareció un acierto tremendo de Griffi–, me atrapó la visión mexicana en road movie. Es decir, la voz narrativa da cuenta de visitas a Guadalajara, Michoacán, Puebla y Veracruz. Se da tiempo para conocer Oaxaca, Acapulco y Chilpancingo. Habla del país con mucha calma. Al final, encuentra en San Luis potosí, Querétaro y Guanajuato nuevas formas de lo mexicano; pero en especial, varios lugares de Coahuila le parecen adorables, por ejemplo, Cuatro Ciénegas. La voz narrativa no logra asir el paisaje, pero lo intenta con algunas frases: “[…] todo se pinta de flores selváticas que crecen en esta parte y recubren la pared de la casa, la muerte expresa su arte en un lunar perdido en la piel de México”.
La mención a Historia poética y pintoresca de los ferrocarriles en México, de Gustavo Adolfo Baz e ilustrado por Eduardo Gallo, potencia aún más el enigma de esto que ahora no puede explicarse, de ninguna manera, como ese México de auge progresista. También la violencia era tremenda en aquellos años, pero no como ahora; insisto, antes había violencia y se menciona en esta novela un ejemplo preciso: la Guerra de los Cristeros. De hecho, se refiere a este hecho como un rasgo de identidad muy mexicano que agranda la intriga de vivir en este país.
Cesco Magetti, quien nunca quiso ser facista, pero se enroló en el ejército,  sale de Asti y de Italia por una serie de intrincadas complicaciones; viaja por Suiza, por Francia e inevitablemente llega a México. Recorre nuestro país en ferrocarril desde 1969 hasta 1986. Busca a Gustavo Baz, establecido en Santa Brígida, municipio de San Pedro, en Coahuila.
Esa segunda parte de la novela, expuesta en tan pocas palabras, es una lección de elegancia que explica a la perfección por qué hay fragmentos atemporales en una línea de tiempo presente, pues esa diáspora textual es la prolepsis que nos refiere a México en futuro. Cito una enumeración breve de aquel viaje: “Setenta, la copa Jules Rimet, setenta y dos, cien años de la muerte de Benito Juárez, setenta y tres, Chilpancingo de los Bravo con sus flores y los cien años cumplidos de la ferrovía de Veracruz, setenta y cuatro, una exposición canina, setenta y cinco, el Congreso Internacional de la Educación del Tercer Mundo y la pavimentación de calles, llamada ‘Construyendo caminos para el progreso’, setenta y seis, el Primer Foro Latinoamericano de televisión para niños y la exposición ‘México hoy y mañana’, setenta y siete, el Tratado de Tlatelolco de Armas nucleares, setenta y ocho, el concurso Miss Universo en Acapulco… ”. Obviamente la lista de actividades de la vida en este país crece y describe el otro ritmo, la otra forma de entender México mediante actividades que cada vez lo alejan más del misticismo y lo acercan a la convención de la normalidad social.
La novela narra una preocupación vital que se transforma en una congoja estética. Atenaza la idea de México con una estrategia narrativa similar a la famosa novela de Roberto Bolaño: Los detectives salvajes (1998), donde la ciudad de Cdmx es un epicentro cultural. En Ferrovie del Messico este país se entiende como una lejanía íntima, como un porvenir místico que sólo puede percibirse gracias a los libros, las misivas y las narraciones orales. Pareciera, y en eso estoy de acuerdo con Griffi, que México sólo puede entenderse con la poesía. La poesía es el instrumento ideal para asir el alma de esta geografía. Y como el núcleo de la novela oscila en torno a México, Magetti, de manera normal, es magnetizado por este país. Necesita entenderlo y el viaje acá es inminente.
Esa elipsis de la novela se refleja también en misivas a Tilde, una muchacha muy inteligente, cuyo destino fúnebre irradia una belleza melancólica, similar a México. De hecho, Magetti la equipara con nuestro país: “Después de todo, me viene a la mente la boca de Tilde, elegante y desdeñosa, sus dientes perfectos que mordisqueaban los labios regios y reacios, y la imagen de su rostro se mezclaba con los sabores de México, si sólo hubiera tenido la idea de los sabores de México. También vinieron a la mente las cartas de Firmino, aquellas hojas manchadas de tierra y de secreciones animales, y me di cuenta que dibujar un mapa ferroviario de México era para mí lo mismo que diseñar un animal nunca visto”.
Las fotografías de Tina Modotti, la obra de José Guadalupe Posadas, de Frida Khalo, de Diego Rivera, el sonido del ferrocarril atravesando los cerros neblinosos, todo eso brinda la idea de un país unido por el frontón, el progreso y la Guerra Cristera. ¿Cómo dar cuenta de esa belleza sin ser mexicano? La única respuesta que encuentro es simple: la documentación sensible, unida a la voluntad de recrear un país. Estas son las llaves para que un libro magnetice al lector. Porque en esta novela México es un misterio creciente, un anhelo reforzado por mapas. Y quien tiene muchos mapas sólo acrecienta el deseo de viajar.
Gian Marco Griffi vive en Asti. Ha publicado Più segreti degli angeli sono i suicidi (2017) e Inciampi (2019). Con Ferrovie del Messico fue finalista del premio Strega, se hizo de muchísimos lectores, tradujeron su libro a varios idiomas y está por aparecer su nueva novela en la editorial Einaudi, el título provisional es Digresión.
*Como es habitual en este espacio, la traducción de los fragmentos entre comillas es mía.

@FederìVite

Ferrovie del Messico, influencia sobre influencia en seguimiento calculable

 

(Primera de dos partes)

Harold Bloom publicó hace 51 años una tesis seductora: The anxiety of influence (La ansiedad por la influencia). Palabras más, palabras menos, refería lo siguiente: No existe nada original en la literatura, cada nueva composición es simplemente una versión o derivación de una anterior y esta influencia es inevitable. Bloom considera que todos los autores adoptan, manipulan, alteran o asimilan inevitablemente aspectos y contenidos del tema, estilo literario y otros elementos de sus predecesores. Ejemplifica su teoría con estas palabras: “La influencia es simplemente la trasferencia de la personalidad, un modo de obsequiar lo precioso para uno mismo. Su ejercicio produce un sentido y, quizá, una realidad perdida. Cada discípulo toma algo de su mentor”.
Pienso en esto al terminar de leer Ferrovie del Messico (Italia, Laurana Editore 2023, 816 páginas), de Gian Marco Griffi. La novela aún no se ha traducido al español y me pregunto por qué, si convoca a muchos personajes históricos y ficticios de Latinoamérica. Hablo de una novela extensa en la cual hay muchas ideas, muchas subtramas; pero bien amalgamadas con un estilo envidiable. Me llama la atención que el autor no recurra al clásico uso de guiones para eslabonar largas secuencias de diálogos, sino que se las ingenia para que los personajes ofrezcan información sensible, irónica y divertida con una estructura que recuerda las novelas epistolares. El uso del monólogo es envidiable. Gracias al efecto de la acumulación, Gian Marco construye una variante espacio-temporal de la Segunda Guerra Mundial, algo que no puede tomarse sólo como un intento de enunciación, sino que le permite al lector entender el entresijo de la Historia y abrir así una variante humorista en la que los nazis buscan un arma secreta y potente, oculta en una de las ferrovías de México. Es 1944 y una joven patrulla de la Guardia Nacional de Italia recibe una encomienda extraña. Todo nace de una conversación casual en Alemania. Y es la siguiente:
“Adolf, hay un lugar en México donde se encuentra un arma diabólica y terrible. Un arma espectral, una bestia salvaje y legendaria. La llamamos: ‘El arma resuelta’.
Continúa, dice Adolf.
El lugar es un cementerio oculto, demoniaco. En suma, un buen lugar para nosotros.
Continúa, continúa, dice Adolf, siempre muy excitado.
Hay un problema, dice Heinrich. Es accesible sólo a través de una ferrovía desconocida e ignota para nosotros.
Nunca hay cosas simples, se atribuló Adolf.
Pero el viaje para encontrarlo es minuciosamente descrito en un libro secuestrado a un dependiente administrativo de una librería, dice Heinrich.
¡Magnífico!, exclamó Adolf, ¿dónde está ese libro?
Quemado, dice Heinrich.
¡Mierda!, dice Adolf, ¿y quién diablos lo ha quemado?
Nosotros, dice Heinrich.
Sabía que no debía preguntarlo, dice Adolf con tristeza. Convoca al dependiente administrativo.
Está muerto, dice Heinrich.
¡Mierda!, protestó Adolf, ¿y cómo ha muerto?
Lo hemos matado nosotros, dice Heinrich.
Sabía que no debía preguntártelo, dice Adolf suavemente, ¿por qué lo hemos asesinado?
Porque podía ser un espía, dice Heinrich”.
No es ocioso decir que la novela no inicia con Hitler, no, comienza con una entelequia burocrática que confronta al lector; más bien, lo atribula porque obliga a una pregunta urgente, ¿por qué darle importancia a las ocurrencias de los políticos dictatoriales? ¿Por qué?
El tono de esta novela es, como bien se nota en el fragmento anterior, irónico e iconoclasta. Pero el arranque real del libro ofrece una inquietante propuesta político-militar: “¿Sabe el ayudante en jefe que el abajo firmante de este escrito no sabe nada sobre la red ferroviaria de México?
Cierto, Magetti, ¡qué cosa voy a saber de la red ferroviaria de México!
Dio media vuelta para estudiar a la tropa.
¿Hay alguien aquí que sepa alguna cosa de la ferrovía de México?
Ninguno respondió.
¿Has entendido, Magetti? La tropa no sabe nada, ni dónde está México. No hay duda. La tropa apenas sabe escribir. Por eso he decidido que te harás cargo de esta tarea.
Me señaló.
¿Has entendido, Magetti?”.
A partir de ahí la orden deriva en una serie de inquietantes pesquisas que involucran la poesía, la guerra, los nazis, los mexicanos, el deporte, las mujeres y el dolor de dientes aqueja durante 800 páginas al guardia nacional Cesco Magetti.
La figura tutelar de este libro no es un europeo, sino un escritor chileno, fallecido en Barcelona hace veintidós años. Me refiero a Roberto Bolaño. Hay huellas indelebles de él en todo el cuerpo del relato. Por ejemplo, en la novela Estrella distante (1996), Bolaño escribe lo siguiente acerca de la casa del poeta Juan Stein: “La casa, más que de libros, estaba llena de mapas. Eso fue lo primero que nos llamo la atención a Bibiano y a mí, encontrar tan pocos libros (en comparación, la casa de Diego Soto parecía una biblioteca) y tantos mapas. Mapas de Chile, de la Argentina, del Perú, mapas de la Cordillera de los Andes, un mapa de carreteras de Centroamérica que nunca más ha vuelto a ver, editado por una Iglesia protestante norteamericana, mapas de México, mapas de la Conquista de México, mapas de la Revolución Mexicana, mapas de Francia, de España, Alemania, de Italia, mapas de los ferrocarriles ingleses y un mapa de los viajes en tren de la literatura inglesa, mapas de Grecia y de Egipto, de Israel y del Cercano Oriente, de la ciudad de Jerusalén antigua y moderna, de la India y de Pakistán, de Birmania, de Camboya, un mapa de las montañas y ríos de China y uno de los templos sintoístas del Japón, un mapa del desierto australiano y uno de la Micronesia, un mapa de la Isla de Pascua y un mapa de la ciudad de Puerto Montt, en el sur de Chile”.
Los mapas son el pretexto para que Ferrovie del Messico se convierta en una realidad, porque Magetti realiza la encomienda: reproducir un mapa de las ferrovías de México. ¿Por qué? Bueno, el viaje desde Asti, en la región noreste de Italia, hasta México, es largo. Así que la Schutzstaffel opta por buscar el libro Historia poética y pintoresca de los ferrocarriles en México, de Gustavo Adolfo Baz e ilustrado por Eduardo Gallo. La pesquisa entonces se fundamenta en el libro mencionado.
En este relato aparecen personajes de otros libros. Menciono uno esencial, creado por Malcolm Lowry; me refiero al ex cónsul Geoffrey Firmin, de la mítica novela Bajo el volcán, con quien entabla comunicación uno de los personajes de Ferrovie del Messico para entender qué pasaba en El Casino de la Selva; de igual manera transitan por estas páginas Arturo Belano, ilustre detective salvaje; pero la enseñanza latinoamericana no queda en Bolaño, sino en una figura toral: Jorge Luis Borges. Y, por supuesto, sobre la corola de estas páginas se mueve Thomas Pynchon, cuyo magnetismo irradia largas secuencias, emanadas todas ellas de Gravity’s rainbow. Es decir, Gian Marco concede su influencia a muchos autores distantes de Europa, pero también hay rastros de narradores italianos: Carlo Emilio Gadda, por ejemplo. Es decir, con todas estas figuras encima, la novela de Gian Marco pone la vara muy alta. Y el desempeño de este narrador es impecable. A pesar de la extensa novela, el dominio de estilo resulta hipnótico, no es repetitivo ni confuso, logra darle unidad a todo, lo cual resulta extraordinario. Hay una atención por los detalles que se agradece. En especial, cuando perfila la geografía mexicana y cuando pone en perspectiva el anhelo del ferrocarril en México: progreso, futuro e interconexión social. Ideales que no se cumplieron, pero eso es harina de otro costal. Vamos, a Acapulco ni siquiera llegó el tren. Eso ya dice mucho. El futuro se quedó en Iguala.
El problema, si es que hay alguno, es que Ferrovie del Messico aún no está traducida al español, pero no tarda en aparecer. A pesar de esta agridulce noticia, diré que la novela transcurre en Asti y, como arco reflejo de la vitalidad de los personajes, hay testimonios de la vida en México. Se habla de la hermandad entre estos dos países, de los italianos liberales que visitaron México y que gracias a este intercambio cultural hicieron más impactante la vida de este lado del mundo. No es de sorprender que México se entienda como una región extraña, cuyo amor por la muerte potencia la proposición cultural de un país que sigue abrillantado por las fotografías de Tina Modotti, por la obra de José Guadalupe Posadas, un país unido por el frontón, los ferrocarriles y la Guerra Cristera. ¿Qué lograban ver de México los italianos de Asti en 1944? De eso hablamos la semana entrante.

* Como es habitual en este espacio, la traducción de los fragmentos entre comillas es mía.
@FederìVite

 

Los ángeles de nuestro infortunio*

Al seguir con la mirada las piruetas de los aviones de la Fuerza Aérea Mexicana y, en especial, al contemplar el rastro efímero de la propulsión a chorro en el cielo azulísimo de la bahía de Acapulco, me hundí en las grafías de un show híper promocionado: “La gran fuerza de México”. Fueron aros, líneas rectas, curvas que me recordaron el símbolo del infinito. Al sumergirme en toda esa enunciación, signada el domingo 23 de febrero, vino a mi mente una de las novelas que más aprecio de Roberto Bolaño: Estrella distante (1996). El chileno perfila a un poeta de nuestro tiempo, un artista de vanguardia. Narra vida y obra de Carlos Wieder. Aunque también fue conocido como Alberto Ruiz-Tagle. No escribía en papel ni con tinta. Usaba el cielo como continente de los versos que cincelaba con el humo emitido por el motor de los aviones. Escribía poemas en el cielo y a veces retaba a la fuerza de una tormenta para dejar en claro que un poeta debe hacer su trabajo siempre, a pesar de los obstáculos mundanos. Era piloto militar y durante los años oscuros de la dictadura chilena se encargó de espiar a poetas, a estudiantes, artistas y mató a más de uno. Tuvo la entereza de montar una exposición fotográfica en la que confirmaba la sospecha de muchos: él era parte de ese sistema que perseguía, torturaba y asesinaba jóvenes por el temor de que fueran de izquierda y consumaran el comunismo. Disfrutaba su trabajo y a la par de sus proposiciones literarias de vanguardia, era un consumado torturador. Yo pensaba en todo eso con la certeza de que había una broma macabra en este espectáculo aéreo. Y lo confirmé cuando la gente aplaudió, risueña, con la mirada puesta en el cielo.
Guerrero es uno de los estados de México que más ha padecido los abusos militares. No sólo basta con nombrar la época del terror, instaurada en los 70, con la guerra sucia, donde todo aquel que fuera o pareciera comunista debía ser encarcelado, torturado y muerto. Es sabido que algunos de los Vuelos de la Muerte salían de la fuerza aérea de Pie de la Cuesta. Está documentado que la misión era sobrevolar mar abierto y lanzar ahí los cuerpos. Eran otros tiempos, claro, tiempos signados por el verde militar de nuestro ejército y por el abuso de poder del gobierno priísta, tristemente célebre por los excesos de Rubén Figueroa Figueroa. Sin duda, pienso ahora, la vida de Guerrero ha estado ahormada por gánsters.
En marzo de 2024, el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez publicó una reconstrucción de los “Vuelos de la Muerte”, un plan operativo en el que el Ejército Mexicano trasladaba a la Base Aérea Militar de Pie de la Cuesta, en Acapulco, a disidentes políticos; luego de largos interrogatorios y tortura, los ejecutaban. Por las noches emprendían los vuelos para arrojar cuerpos al mar, desaparecían así cualquier rastro de los asesinatos. Esta práctica se realizó de manera sistemática durante seis años, en la década de los años 70 del siglo pasado. Y en agosto de 2024, la periodista Marcela Turati y Quinto Elemento Lab publicaron en el portal adondevanlosdesaparecidos.org una investigación que quita el aliento. Se hizo de conocimiento público una lista con los nombres de 183 víctimas de los llamados “Vuelos de la Muerte”, ocurridos en 1974. Cincuenta años después de aquellas atrocidades, uno de los incentivos para que la gente vuelva a visitarnos es un show aéreo, un espectáculo de la fuerza aérea. Esta idea debería hacernos pensar en algo más que la diversificación de la oferta turística. Debería recordarnos que estamos en manos de quienes nos han hecho mucho daño. Estamos en los albores de la resemantización del verde olivo.
Me deja perplejo que 50 años después el uso de aviones militares sea recreativo. Y si para mí es inmediata la referencia a Estrella distante, para los afectados y las familias de las víctimas de la Guerra Sucia, ¿qué es esto? ¿Una forma de pasar la página y dejar atrás el dolor?
En la novela hay frases que me siguen pareciendo significativas, por ejemplo, la siguiente aseveración que describe nuestro entorno: “Hablaba de poesía (no de poesía chilena o poesía latinoamericana, sino de poesía y punto) con una autoridad que desarmaba a cualquier interlocutor (aunque he de decir que sus interlocutores de entonces eran periodistas adictos al nuevo régimen, incapaces de llevarle la contraria a un oficial de la Fuerza Aérea) […] ”. O este otro dardo envenenado: “Pero volvamos al origen, volvamos a Carlos Wieder y al año de gracia de 1974.
Por entonces Wieder estaba en la cresta de la ola. Después de sus triunfos en la Antártida y en los cielos de tantas ciudades chilenas lo llamaron para que hiciera algo sonado en la capital, algo espectacular que demostrara al mundo que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos”. Dicho de otra manera, el arte de vanguardia y la dictadura militar chilena eran algo que funcionaba a la perfección. Cómo negarlo si lo que yo veo en el cielo es una serie de pilotos balbuceando un mensaje y corroboran así la nueva proyección turística de Acapulco, un plan al mando del ejército. Esto implica, me temo, otra aseveración: Ahora en el turismo veremos militares y se encargarán de cuidar y fomentar esta expresión nacional del patrimonio.
Mientras escuchaba el rugido de los motores atravesando el cielo y las naves se alejaban mar adentro, mientras atisbaba los curvas efímeras de humo y el Sol –con su estridente presencia– proyectaba su imagen en los cuerpos sólidos de los aviones, mientras todo eso me sobrepasaba entendí que hemos tocado fondo, porque no hay un más allá, sólo la repetición de nuestros actos, ahora convertidos en atractivo turístico. “Y ahí, en esas alturas, comenzó a escribir un poema en el cielo. Al principio creí que el piloto se había vuelto loco y no me pareció extraño. La locura no era una excepción en aquellos días. Pensé que giraba en el aire deslumbrado por la desesperación y que luego se estrellaría contra algún edificio o plaza de la ciudad. Pero acto seguido, como engendradas por el mismo cielo, en el cielo aparecieron las letras. Letras perfectamente dibujadas de humo gris negro sobre la enorme pantalla de cielo azul rosado que helaba los ojos de quien las miraba”. Grosso modo, algo así testimonié y me quedé cavilando con hondura en todos los torturados, en todos los muertos, en todo el dolor, la sangre y la injusticia de un sitio tan bello como éste, un sitio tan acostumbrado a convivir con el doble discurso del ejército, con la disonancia cognitiva del Estado, un puerto anclado en la zozobra. Pero aún aplaude. Y en estos días tiene el cielo más diáfano que conozco.

* La oración que da título a este artículo y las frases entre comillas las tomé de Estrella distante (España, Penguin Random House, 2017, 133 páginas).

@FederìVite

 

Acerca de los blockbusters y su método de seducción

(Segunda y última parte)

Decía que la novela La Portalettere (Italia, Casa Editrice Nord, 2023, 406 páginas), de Francesca Giannone, tiene virtudes que superan la intención mercantil del bestseller. Es decir, aunque hablo de un taquillazo literario que vendió en Italia 500 mil copias, y se ha traducido a 40 idiomas, este libro también posee virtudes inusuales para un producto diseñado con la única intención de vender.
Desde hace poco más de dos años, la ópera prima de Giannone no ha dejado de reeditarse, tanto en formato digital como impreso. ¿Por qué? Yo asumo que gracias a la vibrante emancipación de la protagonista: Anna. Aparte de lo mencionado en la primera parte de este artículo, esta mujer de los años 30 del siglo pasado también usaba pantalones, se cortó el pelo y se comportaba a contracorriente del canon social de aquella época. Pero me gustaría sumarle algunos aspectos que han hecho de este libro una interesante reflexión sobre las virtudes del feminismo en la vida social de una sociedad delimitada por el machismo.
Anna se encargó de hacer alianzas con grupos de apoyo, en Roma y otras ciudades italianas, en los que muchísimas mujeres se habían organizado para participar con énfasis en la vida política de Italia. El objetivo primordial era ejercer el voto, porque sólo mediante el sufragio lograrían trabajar a favor de la emancipación femenina en todos los flancos. Y lograron su cometido. El voto de las mujeres se hizo realidad. También debo destacar una coincidencia emblemática en este tema, porque en 2024 apareció el filme italiano C’e anche domani, dirigida por Giacomo Campiotti. Esta película ganó el beneplácito del público porque narra una historia en la que el derecho al voto femenino se representa como un acto de amor, claro, es un logro obtenido por el amor a un país y, en especial, por la necesidad de cambiar el gobierno machista de Italia. Así que el rechazo al gobierno machista, insisto, le dio a Giannone un tremendo acercamiento con el público. No es cuestión menor, no, porque recrear la historia y mostrarnos que la mujer tuvo un gran peso e influencia en la construcción de una sociedad moderna es en sí un logro. Y sería estúpido negarlo.
¿Cómo entender nuestro presente sin mirar un poco al pasado? Tanto Italia como México tienen en este momento una mujer como la responsable de los destinos de millones de ciudadanos. Eso no se logró por mero empuje, pero personajes como Anna ayudan a entender nuestro momento.
Aunque la trama rebosa de tópicos manidos por las historias de amor no correspondido, La Portalettere propone una resolución distinta a estos vínculos heterosexuales. La escena es más o menos así: una charla sube de tono, se convierte en una pelea verbal y él golpea a ella. Para una feminista, eso es inadmisible y al final de la historia una carta ayuda a comprender por qué el odio fue la única solución posible para un amor que bajó su intensidad y así quedó, sin posibilidad de hacer las paces, porque se cruzaron los límites. “Y eso es imperdonable”. Me agrada esta idea, es imperdonable cruzar los límites, no sólo de un vínculo efectivo, sino de una conversación, porque no sólo se conversa con palabras sino con el cuerpo. De ahí la importancia de erradicar la violencia de nuestra vida.
Otra buena forma de atender la melcocha de los bestsellers es gracias a las pequeñas variaciones en cuanto a la educación sentimental; por ejemplo, este volumen aborda la educación sentimental feminista. Anna apela a la realidad, no a la idealización de las princesas y con eso en cuenta suceden otras cosas en el relato, le pasan otras cosas a los personajes femeninos. Una escena entre tía y sobrina ilustra lo que comento. Anna inicia una pequeña revolución. “Sólo hay una persona en el mundo que puede salvarte”, dice Anna a Lorenza en un tono severo. ‘Eres tú la única que puede salvarte de ti misma. No hay un príncipe, ni habrá príncipes que puedan hacerlo, créeme. No hay un hombre que pueda salvarte. Tú misma debes hacerlo’”.
Destaco otro hecho, la protagonista es una buena lectora y asocia los buenos libros que lee con lo que ocurre en su vida. Los libros que lee reatroalimentan principios e ideales; es decir, leer es una actividad que complementa su existencia y le asiste en situaciones confusas y difíciles. Anna tiene mucho de los personajes que lee: se siente Emma de Madame Bovary; y Catherine, de Cumbres borrascosas. De hecho, bien podría definirse como una mezcla de ambas. Y aquí está cifrada la textura de la protagonista. Anna lee para espejear su vida en los libros que consulta.
Durante todo el relato hay desavenencias: primero, en el matrimonio; después en la sociedad. Pero el núcleo es el esposo, Carlos, quien acepta una propuesta del Partido de la Democracia Cristiana. Se convierte en el candidato a alcalde de Lizzanello. Ella se declara comunista y, en efecto, no vota por él; él gana la elección. ¿Qué sigue si el Partido de la Democracia Cristiana es misógino y hace a un lado a las mujeres? Un ligero distanciamiento, por principio; pero Anna entiende que su papel es jugar el juego de la democracia. Empieza a trabajar con analfabetas, les ayuda y se encumbra en la sociedad construyendo una Casa para Mujeres. No vive como la esposa de un funcionario público. Protagoniza la etapa de la reconstrucción de Italia y lo hace con seriedad, sin dramatismo. Decide emprender una nueva forma de florecimiento social en la que la sororidad es la punta de lanza. ¿Hay otra manera?
Giannone hace elipsis sobre la guerra. No hay batallas, ni relatos de daño, ni recreaciones de la masculinidad tóxica en una batalla, sino estragos y esos, aunque dolorosos, se sobrellevan con trabajo comunitario. La autora ilustra muy bien este aspecto del trabajo en la comuna. Logra crear la ilusión de un mundo mejor, logrado gracias al esfuerzo personal de cada personaje. Porque la única manera de socavar una guerra es construyendo la realidad con acciones pequeñas. Anna tiene la virtud de la lectura y ese placer se contagia, porque si el lector no conoce las obras mencionadas en el libro, sin duda, querrá leerlas de manera inmediata. La lectura y la política van de la mano.
El magnetismo de La Portalettere no está en lo rentable de los personajes, sino en detalles que hacen verosímil el placer de la lectura que experimenta Anna. Es la mayor virtud de la novela.
En una entrevista que Francesca Giannone le concedió al reportero Vincenzo Maruccio, la escritora habla de un hecho que me parece importante traer a la conversación, porque a pesar de que sus lectores son del siglo XIX, Anna es una heroína del siglo XX, una mujer moderna y una mujer moderna es libre y la libertad no es un tema sino una elección que implica responsabilidades. Giannone señala lo siguiente: “En Anna, su modernidad reside en que es una mujer libre; también quiere realizarse en el trabajo y en la comunidad, no sólo en el matrimonio. Se pone pantalones y hasta lleva con orgullo un gafete con la palabra “Cartero”. Encontré este gafete en un cajón de mi bisabuela y a partir de ahí empezó el redescubrimiento de esta historia que hoy se presenta como novela”.
Por encima de todo lo mencionado, el amor y la infidelidad de los personajes es un gancho para generar ventas, pero el valor literario de la novela está en saber contar una historia individual y transformarla en el rastro del cambio generacional. Es la huella profunda de unos pasos ascendentes. Parece sencillo escribir algo así, pero no lo es, aunque se trate de un blockbuster.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite

Acerca de los blockbusters y su método de seducción

(Primera de dos partes)

Desde el año antepasado, mediados de 2023 para ser preciso, la escritora italiana Francesca Giannone es una mención recurrente en el Continente Literario. No sólo por una pujanza editorial ni porque se haya desempeñado también como articulista (estudió ciencias de la comunicación), sino por una novela: La portalettere (Italia, Casa Editrice Nord, 2023, 406 páginas).
Esta historia transcurre en el sur de Italia, en Lizzanello, una provincia de Puglia, justo en el tacón de la bota italiana. Es 1934 y los personajes de esa comunidad reciben a una mujer del país del norte: Anna Allavena. Es blanca, habla francés y no le gusta el chismorreo ni el contacto físico característico de la gente del sur. Se aburre en un pueblo y extraña la vida cultural activa del norte. Prefiere leer y lo hace con soltura en otros idiomas, no sólo en francés. Padece también el calor, la religión manifiesta en todos los aspectos de la vida social y está inquieta porque no le gusta pasar el tiempo hablando de otras personas ni mucho menos en longevas visitas a los familiares de su esposo. Quiere leer y, en especial, le interesan las novelas escritas por mujeres, no disfruta tanto la obra de los hombres, aunque a Gustave Flaubert sí le tolera, en especial: La educación sentimental. Pero su placer máximo anida en Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.
En 1935 logra aclimatarse al calor, el barullo y la convivencia social constante. Un año después de su arribo a Lizzanello, Anna se presenta a la oficina de correos para hacer los exámenes que le darían un puesto como cartera. Aprueba los filtros de selección y se convierte en la primera mujer que reparte cartas en esa región, porque se consideraba que ese trabajo era sólo para los hombres. Obtiene el puesto y trabaja con ahínco, enfrenta nuevas crisis vitales, por ejemplo, una atracción amorosa y correspondida por su cuñado (un lector hecho y derecho), esta emoción es fortificada por el distanciamiento del marido, embebido por el trabajo de los vinos y el aceite de olivo; pero la razón esencial de esa frialdad marital es que Anna decidió laborar en un trabajo hecho para hombres. Quiero suspender la historia en este punto, porque son apenas las puntas del iceberg. Es decir, yo experimenté la curiosa sensación de haber leído esta historia antes, pero no de esta manera. Los elementos mencionados no son el núcleo de toda la trama, porque estos hechos que le menciono ocultan el resto del corpus literario.
Si ahí acabara la novela, todos la habíamos considerado un bodrio; pero lo atractivo es que ahí comienza, justo después de la página 80, la historia. La autora dispuso de elementos manidos para apuntalar una visión del mundo, porque con estos elementos empiezan a poner en funcionamiento algunos engranajes de la trama: hijos no reconocidos, preferencias sexuales y, en especial, la aparición del facismo no sólo como una amenaza, sino con un sistema paternal que en apariencia desea el bien del pueblo italiano, ideales consagrados a la bandera por Benito Mussolini. Ideas que permearon toda la vida de los italianos. Y esos ideales políticos entraron poco a poco hasta la sala de las casas, en las escuelas, las calles y, por qué no decirlo, en las cantinas. El facismo era bien visto porque “aspiraba” a lo bueno, pero el resultado quedó bien dibujado con un afán totalitario, un sistema machista incapaz de tolerar las críticas y las discrepancias.
Me gustaría ilustrar este hecho, la intromisión de la política en la vida personal, con una escena, Anna habla con su sobrina, Lorenza. “Obviamente le tocó a Anna ayudar a la niña y por fortuna, ella tenía casi toda la tarde libre. Anna asistía a Lorenza durante las tareas y despues ella la corregía y le preparaba la merienda con pan, mermelada y jugo de granada y todas las tardes le cepìllaba el cabello largo. La única cosa que arruinaba el humor de Anna era la exaltación del facismo que, sobre todo en las tareas del idioma italiano, salía siempre a relucir.
Inaceptable, gritó una tarde, destrozando los argumentos que Lorenza debía escribir, por elección propia, en la tarea. Después, en tono cantado y burlón, leyó: Soy una pequeña italiana, ¿cuáles obras del facismo son las que yo más admiro? Desde Vittorio Veneto hasta la marcha de Roma. Un mártir y héroe de la guerra italo-etiope.
Tú sabes que el facismo está equivocado, ¿verdad?, le dice después.
Lorenza bajó la cabeza: “Mmmm-mmm”, murmuró, un poco dudosa.
Te lo diría tu padre si estuviera aquí.
Aunque a mi maestra le gusta, Il Duce… intentó debatir Lorenza.
“Tu maestra es una verdadera imbécil”.
Claro, no estamos ante una obra de arte, sino ante un mecanismo ultra procesado que fue hecho para mantener la atención, pero lo que deberíamos aprender al leer esta novela es justamente a trabajar el suspenso, porque lo va regulando de una manera impecable y eso sí que termina potenciando la velocidad de la lectura.
En algunas entrevistas que la autora ha dado a programas televisivos y, por supuesto, a ciertos medios de comunicación impresos, señala la importancia del sur de Italia para esta novela, porque sin ese sur no habría La Portalettere. “El libro se inspira en un hecho que detona toda la historia. Encontré la tarjeta de presentación de mi bisabuela, también cartera, encontrada por casualidad en un cajón”. A partir de ese descubrimiento, Giannone empieza a indagar en la vida de la bisabuela y empieza a fabular lo que ahora conocemos como La Portalettere. Crea una historia que entrelaza la vida de Anna, la emancipación de la mujer y la de todo el país en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.
Poco a poco se va desarrollando la vida interior de Anna y el lector descubre también que ella fue una profesora que escribía. Es decir, su oficio literario tenía intenciones artísticas. Ella poseía un conocimiento específico y trata de acoplarse al país del sur, trata de servirle al sur. Más allá de una idea de sororidad o feminismo, lo que se manifiesta es la solidaridad, en especial, cuando estalla la guerra. Pero esta historia seguirá aún más allá de la guerra, culmina en la revolucionaria década de los años 60 del siglo XX.
Me gustaría señalar que la gran virtud de este bestseller es que recrea la visión de la otra moneda de la historia, el punto de vista femenina del periodo entre guerras. ¿A quién no le gustaría conocer esa parte de la noche humana? ¿A quién no? De eso hablamos la semana entrante.

*Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite

 

El chispazo que irradia al chocar los cables

Tomo como arranque a Elio Vittorini, no porque sea italiano, ni mucho menos porque lo que escribió de Sicilia sea importantísimo para quienes anhelan entender el carácter meridional, sino porque considero que su trabajo es significativo. Respeto a Vittorini porque tuve la fortuna de haber encontrado un sustancial libro suyo: Sardegna come un’infanza (Cerdeña como una infancia, 1952). Es una bitácora de viaje en la que Vittorini habla de lo que veía, sentía y pensaba. Así de simple, como si fuera un reportero, pero el resultado es asombroso, porque el lector descubre una prosa intensa y entiende a cabalidad la experiencia de habitar una región tan mágica, sombría y misteriosa como Cerdeña. Habla de árboles, de playas, de la vida nocturna de los costeños, del mar en calma y los delirios que propicia. Describe los paisajes: bosques, playas, islas, varaderos, hoteles de dos estrellas, restaurantes, campiñas y una región selvática, casi virgen. El traslado en carretera sirve de contrapunto para no abrumar al lector con la vida costeña, porque de pronto pareciera que todas las playas son iguales: alcohol, mujeres, pesca y música. Pero lejos de hacer coloquial el relato, Vittorini recurre a otra modulación específica de la prosa. Un ejemplo es el siguiente: “En la parte más alta del bosque los árboles son de un follaje canoso y erizado, poseen troncos que sangran”.
Sardegna come un’infanza narra una gira por Cerdeña. Vittorini obtuvo el primer lugar de un premio al que convocó la revista L’Italia literaria. Su “diario” obtuvo el galardón gracias al beneplácito de un jurado en el que participaba la premio Nobel italiana Grazia Deledda. En 1936, el “cuaderno sardo” fue publicado por primera vez; se titulaba Viaggio in Sardegna. Vittorini no dejó de trabajar en el texto y publicó una versión definitiva de este compendio de crónicas en 1952 con el título Cerdeña como una infancia. Es decir, estuvo trabajando en un libro de su juventud durante 16 años. ¿Por qué? Ya no tenía motivos para volver a ese texto, ya había publicado sus obras mayores: Conversazione in Sicilia (1941), Uomini e no (1945), Le donne di Messina (1946). Yo sospecho que regresó al libro que hoy traigo a cuento por una razón, había que afianzar el primer ladrillo de un edificio literario. Y bueno, lo lógico es que usted se pregunte, ¿qué le puede interesar a un lector de Guerrero este tipo de ajustes literarios? La respuesta sería más ambiciosa. Hablo de un siciliano porque pone en la gran pizarra del mundo una enseñanza para todo oficiante de la literatura: la reescritura.
En este momento pareciera que la reescritura es una equivocación, un sinsentido para quien piensa en “la desquiciante carrera de escritor” como una línea vertical y fulgurante. En suma, la reescritura se percibe como un error, ahora nadie regresa a los libros fundacionales. Al contrario, habría que alejarse de ellos.
Vittorini pone sobre la mesa una línea de estudio interesante, un aspecto raro para los escritores que asumen lo literario como una serie constante de publicaciones cuya importancia es medida por los impactos publicitarios de “su obra”. La reescritura decanta otras ideas que hacen ver menos inmaduros los libros que nacieron de un autor muy joven —a veces no es necesario, pero es importante considerar la opción.
Al visitar Sardegna come un’infanza tuve la impresión de leer un libro recién publicado. La prosa es concisa, precisa e intensa. El estilo de vida de los ciudadanos que conviven, dialogan y disertan en esta bitácora de viajes sí parece de otro tiempo. Hay momentos en los que la vida semirural de Cerdeña le permite al autor hablar de cabras y de viviendas –hechas con materiales endebles (barro y leños)– como los “fermentos mitológicos que no destruye el tiempo” ni el progreso, diría yo. Y esta aseveración me lleva de la mano a un libro con características parecidas; me refiero a Acapulco (1979), de Ricardo Garibay, harto comentado en este diario y en este espacio. Pero, me temo, es un texto aún vigente.
Mientras avanzaba en la crónica de Vittorini, también pensé que un buen narrador no sólo mira sino que percibe. No basta con la recreación del habla popular, no basta con el uso quirúrgico del lenguaje, sino que la emoción que propicia una visita a un lugar determinado influye bastante en el resultado del texto. En el caso de Garibay, conocemos el resultado, Acapulco es una arbitrariedad; en el libro de Vittorini se siente el alma de Cerdeña. Ergo: debido a la voluntad poética de Vittorini, Cerdeña es entrañable; pero en el caso de Garibay, gracias a la denuncia política, Acapulco es una entelequia fuera de la ley.
Vittorini, después de publicar Sardegna come un’infanza manifiesta una actitud política bien definida en Il garofano rosso (El clavel rojo/ 1948). Esta novela fue censurada debido a una detallada descripción de las relaciones sexuales que el inmaduro protagonista mantenía con una prostituta. Gracias a ella el joven de esta historia entiende un aspecto esencial: la violencia fascista es imparable. Garibay, después de lanzar Acapulco, publicó otro tomo de crónicas: De lujo y hambre (1981), después vendrían sus memorias: Fiera infancia y otros años (1982). Hago esta odiosa comparación para preguntarme en voz alta, ¿qué coincidencia es ésta de escribir sobre una región específica del mundo y mostrarnos así una pasión personal por el lenguaje, por los ecosistemas marinos y las virtudes o errores de los gobernantes? No lo sé, pero me temo que con este breve artículo sondeo un poquito algo del no sé qué que qué sé yo de todo esto: ¿por qué uno escribe lo que escribe?
Tanto el mexicano como el italiano ponen de manifiesto un hecho: la vida en las costas posee rasgos de inocencia que de inmediato se ven opacados por la malicia intrínseca en el desarrollo urbano.

* Para la realización de este artículo se usó la edición de Sardegna come un’infanza de la editorial italiana Il Maestrale, publicada en 2022, posee 160 páginas. Como es costumbre en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.