Las cenizas del cóndor

 

(Segunda de dos partes)

Decíamos que Las cenizas del cóndor (España, Alfaguara, colección Narrativas Hispánicas, 2022, 765 páginas), del periodista y escritor uruguayo Fernando Butazzoni, está sometido a hechos reales y la impresión del lector es que tiene ante sí un reportaje.
El libro propone cuatro líneas de acción: Butazzoni, Natalia, Katia y el capitán Docampo. Gran parte del relato se nutre de un contexto histórico en el que el dictador Augusto Pinochet tiene voz y voto para hacer, no sólo de Chile sino de gran parte de América latina, un infierno. En manos de Butazzoni, Pinochet es una caricatura adusta, un hombre de palo que no se emociona, pero detenta el poder; da órdenes e incluso ofrece grandes banquetes para convidarse con los suyos.
Recordemos que Butazzoni funge como personaje secundario y narra gran parte de esta novela; pero a contrapelo de ese relato en primera persona, el lector descubre las historias (narradas por una voz omnisciente) de Natalia (a la postre Aurora), Katia (a la postre María) y Docampo. Estos pilares del texto cambiarán de manera sustancial. Natalia de nombre; Katia de ideología, pues es una espía rusa que termina mal con su patria; y Docampo, el trazo más complejo del mecanismo novelístico, sufre una metamorfosis interna que lo mantiene en constante contradicción. Se mantiene en el ejército y adopta a un chico que en la novela conocemos como Ricardo, es quien ofrece una prueba de que en el Batallón 13 de Uruguay se enterraron de manera clandestina a cientos de jóvenes subversivos. Esa pista abre un mar en el que los personajes mencionados exploran el terror que se vivió en Argentina y en Uruguay desde 1974 hasta 1978, pues gracias al Plan Cóndor policías militares de varios países iban de un lugar a otro en busca del enemigo. No había tregua para defender “el país de miserables desalmados”.
La trama que evoca el terror de Estado parece un reportaje y las indagaciones no llevan un buen fin, siempre se topan con la pared militar; así que Butazzoni señala que lo único que puede ayudarle a contar toda la historia es una novela, no un género informativo. Apuesta por la ficción, pero durante todo el desarrollo del libro veo un leitmotiv recurrente: narrar lo que alguien le dicta. Narra, por ejemplo, la experiencia subversiva de Aurora; la vida del capitán Docampo y la extraordinaria declaración de principios de Katia. Se ciñe a lo que alguien más le cuenta y toma prestadas de las entrevistas que realiza datos, lugares y atmósferas para fortificar la verosimilitud. Estas son las herramientas que usa para crear el mundo de esta novela. Pero lo que él busca es la verdad. Citó al autor: “Al fin y al cabo, yo iba a escribir una novela, y en una novela lo que se narra tiene que ser verdadero, aunque no necesariamente real.
–Sí –dijo–. La realidad es a veces demasiado plana para un novelista.
–La novela está en mi cabeza, no en los hechos que pudieron haberla propiciado. Casi siempre la verdad queda escondida detrás de la realidad. Una novela no es una crónica. Un personaje nunca es una persona.”.
Es decir, el material que se va pulsando en este libro está inspirado en hechos reales, pero lo narrado no necesariamente es real. Para mí, la clave de todo está en la palabra verosimilitud. Los personajes, hayan existido o no, deben ser verosímiles. Y esta reflexión debe sumarse a otra frase de Butazzoni: “Pero la decisión de contar todo lo que sabía era definitiva: la verdad, aunque no fuera toda la verdad. Una novela debe de ser eso antes que nada. Más allá de la ficción y más allá de la realidad incluso, del otro lado de esas máscaras, está lo verdadero.”.
Insisto, se trata de verosimilitud, no de verdad. Pero en Las cenizas del cóndor el ideal de verdad es alucinatorio y se comprende porque los hechos son horrendos y se ocultan de manera estratégica por el Estado. A ratos parece que el relato es surreal. Lo más inquietante, quizá, radica en que la novela es fiel a hechos reales: es decir, cuando apareció este libro, en 2014, Aurora aún vivía; Katia también. El capitán Docampo murió, como se advierte en la novela, y Butazzoni orquestó esas vivencias en un relato y durante el relato mismo describió, detalló y contó cómo se fue forjando la historia que el lector tiene al frente.
Hay aspectos que me sorprenden, porque Butazzoni persigue hasta Venezuela a Katia y la encuentra. La entrevista y corrobora que lo dicho por ella sea lo mismo que contó Aurora. De igual manera, lo que ellas refieren sobre Docampo es lo mismo que Butazzoni encontró al cotejar documentos militares y, por supuesto, es lo mismo que estaba anotado en las libretas de Docampo. El factor verosimilitud está sometido a pruebas reporteriles, pues los personajes están ahormados por los hechos; entonces, podría pensarse que los personajes y los hechos le restan movimiento al autor y así lo creí hasta la escena monumental que hace de esta novela un libro entrañable.
Docampo carga una maleta hacia el departamento de Katia, en Buenos Aires, hay toque de queda, vigilancia hasta por debajo de las piedras. Docampo la sufre durante tres cuadras. La maleta pesa 32 kilos. Cada paso es una proeza y el contenido en la maleta es de vida o muerte para los personajes involucrados en Las cenizas del cóndor. Es esencial para la historia y Butazzoni la resuelve de manera impecable. Tiene algunas pifias en otros aspectos, exceso de diálogos e información y un poco de torpeza en la creación de momentos humorísticos, pero esa escena, la más importante, se queda en la memoria del lector. Es imposible soltar un libro de 765 páginas en la página 320, cuando aquel hombre desfallece metros antes de llegar a la meta y algo, un segundo impulso de vida, le hace levantarse y culminar la faena. No hay muchos libros con escenas de esa intensidad. Cada vez es menos común encontrar autores que logran pasajes narrativos de altísimo nivel. Y es cuando entiendo una nota de Butazzoni: “Para sentarme a escribir la novela requería antes que nada de una sólida base documental que me permitiera entender los entretelones de la historia que deseaba contar”. Y lo hace. Butazzoni lo hace con suficiencia.
El tempo que transcurre de la página uno hasta la página 765 es de “veinte meses de fatigosa búsqueda”, para armar los andamios sobre los cuales “se debe sostener esa historia llena de preguntas, personajes enigmáticos y verdades dolorosas e improbables”. Todo va quedando ahí, bien organizado, bien resuelto, bien trabajado. Es mezquino no rendirse frente a tanto trabajo. Yo no sé si la mejor narrativa de Latinoamérica se escribe en México o Argentina, no lo sé, pero sería un error no atender la obra de un escritor tan completo como Fernando Butazzoni.

@Federí Vite

 

Las cenizas del cóndor

(Primera de dos partes)

Pareciera que la tradición de los escritores latinoamericanos no está del lado de la imaginación, sino cerca del realismo cruel y despótico. Y, por supuesto, cuando hablamos del realismo enfatizamos tintes políticos. Hablo de un ajuste de cuentas con las injusticias y el daño provocado por el Estado. Se escribe en Latinoamérica para resarcir tanta ignominia. Se pone como ejemplo el abuso de poder, así como tantas otras acciones autoritarias que evitan el libre ejercicio del pensamiento y el libre ejercicio de la libertad de expresión de los ciudadanos. Con eso en mente, me sumerjo a un libro de inusual volumen en el mercado editorial de América latina. Hablo de Las cenizas del cóndor (España, Alfaguara, colección Narrativas Hispánicas, 2022, 765 páginas), del periodista y escritor uruguayo Fernando Butazzoni.
De Butazzoni tengo pocas noticias, lo conocí como lector con la novela breve El tigre y la nieve (1989). Grosso modo: narra la peripecia de Julia Flores, una uruguaya que fue secuestrada y detenida en un campo de exterminio en Córdoba, Argentina. Es un texto narrado con destreza. No es un libro cursi ni mucho menos panfletario. Por esa razón me anime a leer Las cenizas del cóndor, cuya ambición es desmedida, pero bien recompensa para quien se adentra en los misterios de la banalidad del mal, de esa energía cuyas tragedias son endilgadas siempre al acato de una orden. Es la sin razón y el abuso de poder lo que mueve muchos libros de Latinoamérica, pero para efectos prácticos les llamamos injusticias.
La primera sorpresa es que el autor, Fernando Butazzoni, es un personaje y narrador de esta novela, pero a contrapelo de ese relato en primera persona, el lector descubre las historias (narradas por una voz omnisciente) de dos mujeres: Natalia y Katia. Estos dos pilares del texto cambiarán de nombre, de idioma, de país y de ideología.
Butazzoni tenía un programa de radio en el año 2000, en Uruguay. Recibe la llamada de un joven llamado “Ricardo”. Él asegura que tiene información confidencial sobre los sitios en los que fueron enterrados los cadáveres de varios rebeldes en la década de los 70 del siglo pasado. Es un testimonio fidedigno con pruebas contundentes. A partir de ahí, la historia se abre y poco a poco ingresa a una serie de superposiciones de la trama en las que Katia y Natalia tienen mucho que ver entre sí y de manera indirecta confirman la historia de “Ricardo”. Es decir, hay pruebas de que muchos jóvenes fueron enterrados en el Batallón 13. A partir de ese hecho, Butazzoni recrea la historia reciente de Latinoamérica y, por supuesto, la abusiva imagen del ejército chileno, argentino, uruguayo, paraguayo y peruano, quienes traman un plan para que los rebeldes, los que intentan cambiar el status quo, sean aprehendidos, torturados y aniquilados.
La historia avanza como si fuera un reportaje, se tienen fuentes, hechos, declaraciones e incluso testimonios, pero ninguno de esos elementos es una prueba que pueda llevar a los altos mandos militares a prisión. Aunque hay forma de juzgarlos, aún nadie los incrimina de manera directa. Y lo interesante se da en la página 200. Pues el autor se da cuenta de la imposibilidad de la empresa y acepta (para sorpresa del lector) que hubo un plan operativo en contra de los subversivos, pero no puede demostrarlo en una reportaje, sino en una novela. Entonces su libro se vuelca en la ficción. Es decir, apuesta por la ficción basada en hechos reales para ahondar en ese periodo oscuro de la historia del cono sur de nuestro continente.
En el libro también hay menciones a la CIA y a la KGB, aspectos que potencian el furor de la Guerra Fría, porque esa guerra “a veces se calienta mucho” y América latina padece ese calentamiento acelerado.
La novela, entonces, circula por Uruguay, Paraguay, Argentina y Chile. Se mencionan otros países y ocurren algunas cosas más, pero los hechos trascendentales se llevan a cabo en las urbes ya mencionadas, ahí es donde se concentra el Plan Cóndor, al que alude el autor y personaje de la novela en cuestión. Este plan, siniestro y abusivo, se fundamentaba en mantener campañas de represión política y terrorismo de Estado; se puso en marcha en 1975 por varias dictaduras de latinoamericanas que actuaron con apoyo del gobierno de Estados Unidos. Ese plan consistió en la vigilancia y detención, tortura, desaparición y asesinato de personas que el régimen considera enemigo. ¿Quiénes eran los enemigos? Todos aquellos que opinan distinto al dictador. El Plan Cóndor se constituyó en una organización clandestina. Era el martillo de los dictadores, aplastaba a los movimientos de izquierda y a todo aquel que hiciera sombra al gobierno.
Aunque Las cenizas del cóndor fue publicado por primera vez en 2014, la vigencia de este relato no se pierde, porque describe muy bien toda una maquinaria para preservar el poder a toda costa. Pero saliendo un poco de la pertinencia del libro, yo me sumerjo en la historia aplaudiendo el rigor de una narrador que cuenta muchos aspectos significativos, pero en esencia, inicia un reportaje que se transforma en novela.
En cuestiones técnicas, me interesa un hecho: en la página 200, Butazzoni entiende que la pesquisa no va llevarlo más que a especulaciones y para ello decide, con inteligencia, mantener el trote de la prosa, conserva el orden lineal del tiempo y el desarrollo de los personajes, pero con la certeza de que esa corrección in situ no degrada la verosimilitud de todo lo narrado. ¿Por qué?
De eso escribo la siguiente entrega, pero me gustaría señalar antes un aspecto: siempre hay algo popular y condescendiente en una buena novela, algo que enganche con muchos lectores, pero en el caso de Las cenizas del cóndor el bien controlado torrente de una prosa que a pesar de que narra hechos tristemente célebres e históricos, tiene la entereza de apoyarse en personajes ficticios que están construidos con el mismo rigor que Natalia, la persona que en 2014 aún vivía y contribuyó en gran medida al nacimiento del libro que ahora comentamos.

@Federí Vite

 

El primer bloque de un edificio literario

Tal vez conozca a Patrick McGrath por algunos de los títulos que enlisto: The grotesque (1989), Spider (1990), Port Mungo (2004), Trauma (2008) y Constance (2013). Las novelas mencionadas poseen una estupenda manufactura, una hondura psicológica envidiable y las considero esenciales para todo aquel que esté interesado en la narrativa gótica moderna. Así que después de haber entregado a sus lectores tantos libros estupendos, es de una curiosidad enorme leer sus cuentos: Blood and water and other tales (1989). El problema, si es que hay alguno, es que encontré la versión en italiano. Y descubrí, con sorpresa, que los textos en este volumen muestran que el mundo interno de McGrath está reunido en los trece cuentos que integran Acqua e sangue (Traducción del inglés al italiano a cargo de Alberto Cristofori. Italia, Bompiani, 2004, 203 páginas).
Pero lejos de reseñar cada unidad narrativa, me gustaría exponer que el molde de estos cuentos es moderno. Dista mucho de aquellas exigencias en las que el autor de este género narrativo debe sorprender al lector al final del texto. A Patrick le interesan otras cosas, es decir, lejos de que el objetivo sea asustar, construye tramas que cambian el tono de los usuales relatos tenebrosos. Lejos de consumarlos en la estética de un canon, McGrath se permite el uso del humor como un recurso que refresca el ceño de lo que se considera un molde añejo. Me refiero a los textos que sólo buscan asustar con presencias espectrales u hondos giros de la trama. A contracorriente de esta tesis, McGrath apuesta por el humor, por lo acuciante, por lo sobrenatural y lo siniestro para organizar las tramas de las historias. Se permite crear sin parangones y usa el cuento para desarrollar formas expresivas mucho más interesantes, artefactos que lo alejan de un requisito de género y lo aproximan a nuevos horizontes. Por ejemplo, de los trece cuentos de Acqua e sangue uno me parece extraordinario, no por el tema, sino por la frescura con la que transmite el conflicto interno del protagonista. En Victor bibulus, el pintor Jack Fin tiene una extraña visión del muelle de su barrio. Un buen día se emborracha y se lanza al río. Es una noche fría y rebosante de neblina. No sabe por qué, pero se avienta al agua. Está nadando, pero no sabe para qué. Logra salir del río. La vida continúa, él sigue viviendo en un cuarto sucio, viejo; sigue emborrachándose y pintando. Una noche, un joven prostituto muy alegre y jovial, le pide un cigarro.
“Ey, jefe”, dice, el muchacho acercándose al banco. “¿Por qué te has dado un baño en el río?”.
“No lo sé”, responde Jack, dándose la vuelta. “Estaba borracho, creo”.
“Lo he visto… Sí. Lo he visto entrar al río. Y he pensado: ¡aquel está loco!”.
“Sí, propiamente un loco”, confirmó Jack.
“Ey, jefe”, dice al final, “¿eres un artista o algo parecido?
“Sí…”.
El muchacho pierde interés. “Ah, un artista”, dice y se dirige a la rocola. Jack reinicia el camino hacia su fantasía y extingue sin dificultad la breve llama que encendió cuando estaba hablando con el joven. Volvió a su toro. Piensa que debería haber titulado al cuadro: Carne en movimiento.
El lector tiene múltiples lecturas de los hechos, pero el hilo conductor es un cuadro que Jack está por finalizar. Al inicio se llama El muelle, después el autor no está seguro de que deba llamarse así y al final del texto, el pintor entiende que no puede ser El muelle sino Carne en movimiento. ¿Por qué? Esa es la chamba del lector, porque el autor deja en el texto todas las pistas y lo asombroso es que en un momento, una párrafo del cuento, él habla de un “viejo de barba roja, está en la esquina de la calle, sobre la espalda tiene algo viscoso”.
Jack no sólo está hablando de fantasmas o criaturas de la noche, él vive su fantasía y trata de ponerla sobre el lienzo. Para efectos prácticos, este hombre padece un embrujo; en inglés embona mejor: “he’s haunting”. Está embrujado por la creación y arranca de eso que percibe como real algunas imágenes que se quedan en el lienzo. Lo que experimenta Jack es real. Me dirá usted, ¿eso es un cuento gótico? Yo diría que es algo más, pero para efectos sencillos lo llamamos gótico por todo el desarrollo del texto en el que, no sobra decirlo, la sensación de asfixia es enorme. Un pintor, cuya realidad le quita el aliento, se lanza al río, no sabe para qué, pero logra salir indemne; después termina su obra. Dicho de una manera más elegante: esa experiencia le ayuda a culminar su lienzo.
En otros cuentos de Acqua e sangue el autor capitaliza especulaciones sexuales, asesinatos brutales, el temor por los extranjeros de piel oscura (africanos e indios), pero sobre todo, le saca mucho jugo al humor. Uno de los cuentos, quizá el más tradicional, es el que inaugura el volumen: El ángel. Aborda la convivencia con una entidad femenina que a ratos parece un vampiro, a ratos un ángel. Y el autor modula bien el registro de la trama, de tal manera que al final el lector entiende que la experiencia de convivir con el bien y con el mal es una elección asistida por la seducción.
Es complejo decir que hay una tradición cuentística aquí, pero eso es lo que me agrada. Es un ejercicio de libertad que rasga lo tradicional, porque abreva del humor, la ironía, la violencia, el terror, pero en esencia, la cercanía con lo oculto. Y lo oculto no siempre es brutal, a veces, de verdad, resulta jocoso.
Mejores, sin embargo, son otras piezas que no intentan sorprender, sino que se limitan a narrar: La enfermedad de la sangre y La historia de Arnold Crombeck. El primero bordea un registro vampírico extraño, porque está involucrado un insecto. El segundo es una entrevista a un asesino en serie, orgulloso de sus crímenes y de su capacidad para envenenar. Pero a estos textos agregaría dos, justo por el humor: La mano negra del Raj y La mano de un maniaco. En el primero una extraña maldición india hace que un inglés empiece a transformarse en monstruo. Una mano le brota de la cabeza; esta siniestra extremidad le aniquila de manera brutal. El segundo es una joya, porque es el parangón de lo que acá conocemos como “la mano peluda”. El obseso narrador pone en perspectiva la repentina aparición de una mano que se deleita con el toqueteo de cuerpos y suele estar en un bar de punks, gangstas y alcohólicos empedernidos. Al final, aparece el dueño de esta mano y la resolución, por supuesto, es violenta.
Son trece experiencias contadas por un escritor que se ha tomado el tiempo de mostrar el gradual avance de la locura; pero en especial, su labor es un proceso en el que la violencia, el abuso y lo espectral van de la mano. Esas son las novedades que traigo del primer libro de un autor que me ha ayudado a entender un poco más los vericuetos de la mente humana.

*La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite

 

La plaga mundial del insomnio

Recuerdo que en el libro de ensayos Danse macabre (1981), Stephen King dedica una interesante mención a un aspecto esencial para todo aquel que está interesado en escribir una novela. Refiere que al tener una buena idea, el autor debe cuidar un aspecto: no escribirla de la manera equivocada. La frase da para una amplia reflexión. Repito: “de la manera equivocada”. Yo traigo a cuento esta idea porque sigo pensando en un libro de Karen Russell, Sleep donation.
Esta autora estadunidense ha publicado algunos libros que ya he reseñado en este diario, por ejemplo, el libro de cuentos Vampires in the lemon grove: Stories (2013). La impresión que me dejó aquel volumen fue que Russell tiene un enorme poder imaginativo y desarrolla una muy sugerente veta de la ficción fantástica.
Ahora leo de Russell una novela distópica, pero antes de entrar en el tema me gustaría señalar que Sleep donation ha tenido dos vidas. Se publicó por primera vez como libro electrónico en la ya desaparecida editorial Atavist Books, en 2014. Tuvo una acogida discreta. Se vendió la novela a lectores de dispositivos electrónicos y smartphones. Seis años después, la editorial Vintage Books publicó este libro con algunas ilustraciones que le dieron una nueva presentación y, por supuesto, una vida nueva, pues estaba en puerta el coronavirus y, quiera uno o no, en Sleep donation hay vasos comunicantes con ese triste periodo de nuestra historia reciente.
Durante la segunda mitad del siglo XXI gran parte del mundo padece una plaga: el insomnio. La falta de sueño ha cambiado la normalidad de la vida cotidiana. El insomnio ha matado a muchas personas y poco a poco se ha logrado revertir ese mal gracias a la donación del sueño, algunos bebés son útiles para eso. Trish Edgewater es la protagonista de esta distopía en la que el mundo, tal como lo conocemos ahora, da la impresión de ser mucho más ominoso. Y la presencia de Trish es para encontrar al primer donante universal. A la par de éste, aparece la némesis, Donor Y, quien se encarga de contaminar los sueños con pesadillas. Entre estos dos polos se conduce Trish y la resolución de la historia implica una nueva etapa en la vida de los seres humanos sobre la faz de la Tierra. ¿Qué pasa cuando la gente no duerme? “El tiempo mismo pronto se convertirá en un anacronismo”.
“Para la mayoría de los habitantes en el siglo XXI, el insomnio se trató bajo prescripción médica. Yo me recuerdo yendo con mi padre a recoger en la farmacia con un logotipo de búho las pastillas que mi hermana tomaba para dormir. Eran cápsulas de Silenor (doxepina) –mitad blanco, mitad rosa carne–. Dori empezó a tener problemas para dormir a los once años. Antes de que la enfermedad progresara, los medicamentos la tumbaban. Yo solía estudiar la cara de mi hermana sobre la almohada, traté de capturar el momento en el que el Silenor hacía efecto. […]”, ilustro con este fragmento el tono que usa Russell para desarrollar la prosa de esta novela. Y como bien se nota, es una prosa sin ornamentos, concisa y directa.
Un aspecto que me llama mucho la atención de la novela es la vida vegetal en la Tierra, pues en esta distopía hay algunos cambios. Durante una visita a un donante de sueño, Trish observa que las flores de la casa son muy carnosas, abundantes y llenas de vida. Incluso mucho más grandes de lo normal. Al mirar un árbol, la protagonista descubre que el tronco tiene demasiadas ramas que copan el tejado rumbo “hacia una libertad silenciosa y salvaje”. Es decir, la relación entre dormir bien y la abundante vegetación me parece más que interesante. Este hecho sólo lo apuntala la autora, pero a mí me abrió una puerta.
Russell describe las complejidades de la epidemia y el protocolo para donar sueño, pero no llega a detallar qué es exactamente lo que se le extrae a un donante cuando se recuesta en la camilla para una extracción. Es decir, la autora narra los hechos para que el lector rellene con la imaginación el resto del proceso. Y queda la certeza de una nueva privacidad, porque Trish recluta donantes y aunque se trata de sueños es como si dieran sangre o esperma, algo fisiológico que implica una radical exterioridad, pues si algo nos caracteriza son los sueños y estos también serían compartidos en una especie de batidora mecatrónica. Algo muy parecido a la maquinaria de la película Eternal sunshine of the spotless mind (2004), de Michel Gondry. En aquel filme, con la chispa adecuada y un casco bien conectado a la cabeza, se borraba la memoria de manera selectiva.
La historia que Trish cuenta a los posibles donantes versa sobre la muerte de su hermana menor: “No pudo dormir y murió”. Es la misma historia que los jefes de Slumber Corps (empresa que intenta remediar la plaga del insomnio) le cuentan a Trish para convencerla de seguir trabajando a favor del sueño natural; es la misma historia que se cuenta sobre la hija de los creadores de Slumber Corps, pero queda la duda: ¿Realmente fue así? Es parte de la intriga general, de las leyendas urbanas que los insomnes cuentan y escuchan para pasar la noche en vela. Pero para efectos prácticos, ese leitmotiv funge como una motor sensible que ablanda el corazón de los posibles donadores y de quienes simplemente no pueden pegar el ojo, ya sea por estrés, por nervios, por ansiedad, por hambre, por temor, por neurosis, por daños psicológicos o por razones biológicas. No importa cuál sea la causa. Cada vez más personas empezaron a perder el sueño y hubo casos extremos, pues algunos dejaron de dormir por semanas y terminaron cometiendo errores garrafales e incluso se laceraron y se hirieron hasta quitarse la vida.
En la epidemia de insomnio murió mucha gente y en las autopsias de los fallecidos se reportaba lo siguiente: “deceso por causas naturales. Falla de un órgano”. Nunca se precisaba cuál órgano, ni por qué falló. Se sobreseía esa información y eso dio continuidad a muchas más especulaciones en el relato. Al final se aceptó la enfermedad del sueño y con ella se comercializaron los métodos para sanar. Este proceso lo vivimos todos con el coronavirus. Y en la novela está muy bien trabajado.
Sleep donation funciona por la brevedad, por el tono coloquial que elige Russell y, en especial, por la idea central del libro: la plaga del insomnio y la cura. La historia no tiene un apéndice científico ni rebosa en tecnicismos. Se deja leer con el valor sentimental de quien se siente apremiado por la muerte.

*Para la escritura de este artículo consulté Sleep donation (Estados Unidos, Vintage Books, 2020, 155 páginas). La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite

 

Una insinuación pertinente a dos nostalgias

Una de las escritoras jóvenes de mayor impacto en el continente literario de Italia es Giulia Caminito (1988). Su primera novela llamó la atención de los lectores y de los críticos literarios: La Grande (2016). En esta empresa narrativa da cuenta de la vida de Giada, una niña que la mayoría de sus conocidos consideran “defectuosa”. Es muy pequeña y le apodan “raganella” (rana). Vive a regañadientes en la casa de su tío en la periferia de Milán. Desde que su madre fue a traficar con camiones, alcohol y bares en las colonias italianas en África, Giada no ha pensado en nada más que en unirse a ella en lo que ella llama “la Gran A”, una tierra que imagina llena de maravillas y promesas. Pero una vez que llega a Assab, un pueblo que lidia con el calor asfixiante y el aire salado, entiende que la vida sólo gira en torno al pequeño bar que Adi regentea hasta altas horas de la noche, donde Giada hace nuevos amigos. Ahí conoce a Orlando, su padrastro, quien siempre está animado por una retórica fascista anticuada; el verdadero problema es cuando conoce a Giacomo Colgada, un tipo que parece un actor de cine antiguo. Y es con él que comienza la verdadera historia de Giada, pues se casa con Giacomo. Ella padece las insidias de la suegra y para salir de esas tribulaciones protagoniza increíbles viajes en jeep por el desierto. Las penurias sentimentales hacen que Giada se compare con su madre, una mujer triste, dura y emprendedora.
La Grande fue una revelación literaria, y cómo no, si saca del hueco citadino la narrativa italiana. La segunda novela de Caminito es Un giorno verrà (Italia, Bompiani, 2023, 249 páginas), cuya acogida del público ha sido esplendorosa. Ninguna de las dos novelas mencionadas ha sido traducida al español.
En su segunda novela, Caminito tiene la esplendorosa idea de escribir sobre Zeinab Alif, la abadesa esclava. Zeinab fue raptada cuando tenía ochos años. La sacan de Sudán para llevarla a Egipto. Ahí la vende a una familia que la conduce a Roma. Conoce al Papa, se domicilia en Belvedere Ostrense, cerca Ancona, donde se bautizó e ingresó al convento de Las Clarisas; y al final arribó a Serra de ‘Conti. Ahí adoptó el nombre de Maria Giuseppina Benvenuti y se convirtió en una figura muy reverenciada. A la par de la historia real de esta mujer, la autora fusiona el destino de Lupo, un chico huérfano que acoge la rebelión como destino, aprende a leer, lee a Marx, no quiere al rey de Italia. Busca un mundo igualitario en que el ideal de la familia sea mayúsculo: “La Tierra sin reyes, sin monarquía, sin tiranos, sin Papa y con miles de dioses, era gigante, contenía todo y a todos, podía imaginarlo, pero también se lamía las heridas mientras los otros ya habían partido y otros tantos estaban saliendo, pensaban cambiar el curso de la vida, escapar de la enfermedad, de los muertos, de las cosas arruinadas; los paisanos viejos y débiles se aferran a la costa del monte italiano y conservan las enaguas de las madres ahora sepultas”. En suma, imaginaba un mundo mejor que el suyo.
La autora contextualiza la ebullición social de la primera década del siglo XX, cuando se cernían sobre el mundo los fantasmas de la Primera Guerra Mundial, la gripe española, las masacres a jóvenes idealistas y rebeldes que intentaban cambiar el sistema de gobierno e implementar uno local, más cercano a la gente que a las cúpulas del poder.
La estructura de Un giorno verrà se yergue sobre los personajes, tienen una vida agreste, convulsa, casi casi a salto de mata. Por un lado, Zeinab representa un área espiritual, pero de igual manera rebelde en contra de un contexto de mucha fricción. Lupo, por su parte, reproduce los esquemas violentos del proceso vital que ha padecido al crecer en orfanatos. Debido a su escasa educación sólo consigue trabajos extenuantes, mal pagados. Ha sufrido abusos y ha tenido poco cariño. Descubre, durante una reunión con campesinos, El capital, de Karl Marx. Hay alguien leyendo en voz alta y Lupo piensa que el autor de ese libro tiene algo de razón, porque él vive una situación abusiva, no tiene dinero, trabaja mucho y es explotado. ¿Qué hacer?
Se enrola con los grupos que años más tarde se convertirían en partigianos, aunque en ese momento se conocían de manera simple: anarquistas. Y se une a la batalla en busca de un mundo mejor, queda herido de una pierna y para colmo lo busca la justicia. ¿Qué hacer? La migración a América es una de las tantas opciones para salir avante.
En cierta forma, Un giorno verrà es un libro tradicional, no por el tema, sino por la forma en la que la autora anuda las historias. La cronología de los hechos es lineal, se engarzan capítulos de Zeinab y de Lupo, uno tras otro hasta unirlos, confrontarlos y desanudarlos.
Esta novela, bajo la óptica de los personajes, es un diálogo a favor de la esperanza. Se anhela el cambio social. Para Lupo, por ejemplo, la monarquía es cosa del pasado y en el futuro sólo había igualdad, mejores salarios, mejores empleos, mejores personas.
También hay personajes que leen a la poeta Ada Negri, gente que invierte con Benito Mussolini para crear Il Popolo d’Italia, trabajadores que empiezan a contagiarse del fervor revolucionario y soldados que ingresan las filas del ejército en la Primera Guerra Mundial. La gripe española mata a tantos que sacude aún más el aspecto emocional de aquella época. La autora pone sobre el papel un caldo de cultivo interesante y resuelve bien la historia. No es una obra maestra, pero sí es un libro que suma a la conversación de nuestro presente.
Las dos nostalgias de las que habla Caminito son precisamente el misterio de Dios y el sueño de un mundo mejor. Dos nostalgias enormes, sobre todo en este momento, cuando la ultraderecha se cierne como un jinete del Apocalipsis; pero la izquierda es una simple entelequia que ya no aspira a lo que antes aspiraba. Olvidó el motivo de su existencia.
La pertinencia de una novela como ésta es enorme, porque narra otras formas de entender el mundo y es posible así imaginar otros escenarios, otras maneras de exigir lo primordial y lo genuino, aunque esa exigencia implique el encierro (Zeinab) o el escape a América (Lupo).
El único libro que se ha traducido al español, de Giulia Caminito, es su tercera novela: El agua del lago nunca es dulce (2022). Un año antes se publicó en italiano y fue finalista del premio Strega.

* La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederíVite

 

Miradas agudas sobre sí misma

A menudo suele confundirse la autoficción con un estudio etnológico. En lo etnológico, la mirada del autor es penetrante y mucho más intensa para analizar el comportamiento humano. Se contrastan las perspectivas de género, los aspectos culturales, los parentescos familiares y, en especial, los vínculos afectivos. Es algo complejo y extenuante, pero debe, ni duda cabe, estar escrito con pulcritud. Para ilustrar mi aseveración traigo a cuento Shame (traducción del francés al inglés por Tanya Leslie. Estados Unidos, Seven Stories Press, 2019, 112 páginas), de Annie Ernaux.
“Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio, en la tarde. Yo había ido a misa al cuarto para las doce, como de costumbre. Debía comprar algunos pastelillos en la panadería del nuevo precinto comercial –un racimo de edificios construidos después de la guerra, mientras la reconstrucción estaba en camino”, así comienza este libro que bien podría traducirse como Vergüenza. Y pone en perspectiva este hecho: la infancia de Annie Ernaux como un sendero narrativo que conduce a otros derroteros. Pero lo que pensaría el lector común es que el libro estaría fundamentado sólo en ese evento trágico y, en realidad, Ernaux analiza todo aquello que le produjo ese hecho.
Annie tenía 12 años cuando vio la discusión acalorada entre sus padres. Vivían en un sótano bajo el negocio familiar, una cafetería. Ambos padres pronto ignoraron la violencia, el enfrentamiento y el odio. Iniciaron una conversación autoritaria para difuminar lo ocurrido: “‘¿Por qué estás llorando? Si no te hice nada’, le asegura el padre a la madre. ‘Vamos, esto ya terminó’, dice la madre a la niña que estaba visiblemente asustada. Y la niña responde: ‘Vas a inspirar el desastre en mí’.
Después de eso los tres fuimos a dar un paseo en bicicleta cerca del campo. Cuando regresamos, mis padres abrieron el café como lo hacían cada domingo. Eso fue el fin de todo.
“Eso ocurrió en junio de 1952. La primera fecha de mi infancia que yo recuerdo con una precisión infalible. Antes de eso, los días y las fechas que se inscribían en los pizarrones y en mis libretas parecían irse a la deriva”.
La elección de palabras de Ernaux es plausible. “Inspirar el desastre” es lo que hace mucho más grande el daño entre los padres, ese evento presenciado por la hija –pero ese daño se cuenta de manera expansiva en otros libros de Annie.
Ernaux aseveró en el texto que el incidente era “un velo que se interponía entre mí y todo lo que hacía”. En los meses siguientes a esa discusión paternal, Annie perdió la concentración, tuvo dificultades con las lecciones escolares e incluso perdió la “capacidad natural para aprender”. ¿Por qué? La respuesta es obvia, pero no para un estudio etnológico. Ella trata de entender el hecho; no culpa a nadie, se enfrasca en aprehender todo lo relacionado con la afectación que ella sintió después del evento. De igual manera busca la respuesta en otras de las lecturas que le marcaron el camino por el que debía transitar esta apuesta narrativa: “Proust sugiere que nuestra memoria está separada de nosotros, residiendo en la brisa del mar o en la fragancia del otoño temprano –cosas unidas a la Tierra que se repiten periódicamente, confirman la presencia de lo humano”.
Ernaux emprende otra arista de esta empresa escritural detallando la vida en aquella época, sus pensamientos en aquella cafetería que fungía también como mercería y tienda de abarrotes en un pequeño pueblo de Normandía. Shame expande una emoción muy fuerte y con muchos matices, una sensación que en ciertos momentos “estaba enloqueciendo” a Ernaux.
En palabras de la autora, este libro demoró un buen tiempo en desarrollarse porque ella quería emprender algo inusual: “Naturalmente yo no podría optar por la narrativa, lo cual podría significar la invención de la realidad en vez de hacer una búsqueda de ésta. Tampoco podría estar contenta con escoger y transcribir las imágenes que recuerdo; podría procesarlas como documentos, examinarlas desde diferentes ángulos y darles sentido. En otras palabras: yo podría realizar un estudio etnológico de mí misma”. Y me parece que lo hizo. Ensambló, gracias al trabajo de la memoria, el contexto de aquella época. Lo encapsuló. El libro es el resultado de un largo análisis de sí misma.
Otro aspecto a enfatizar es la siguiente aseveración de Ernaux: “Yo creo que mi escritura está aún confinada a ese lenguaje material del pasado; las palabras y la sintaxis no venían a mí en ese momento, nunca habían venido. Yo no podría experimentar el placer de hacer malabares con las metáforas o ser complaciente con un juego estilístico”. Expone así la razón de ser de la prosa concisa que ella ejercita. Y, aunque parezca sencillo, no sólo es un ejercicio del laconismo narrativo, sino que con ese registro casi notarial, Ernaux da cuenta de la significancia vital de una época.
También detalla pasajes de apariencia inocua, en los que la vergüenza es palmaria. Por ejemplo, una noche, acompañada a casa por la profesora y varios compañeros de la escuela privada a la que iba, Ernaux se avergüenza de que en la puerta de la casa esté su madre con un camisón arrugado y sucio “que usábamos para limpiarnos después de orinar”. Después, viene otra estancia. Hace un viaje a Lordues. Su padre debe acompañarla. Ella se da cuenta que no tiene la ropa ni el calzado adecuado. Tampoco tienen mucho dinero y para colmo, debe soportar que su padre se haga el chistoso y cuente una historia vulgar sobre un sacerdote y debe soportar también que los demás compañeros de viaje escolar se rían a carcajadas.
En nuestro país tenemos libros con un apetito similar al de Ernaux, Canción de tumba (2011), de Julián Herbert; y La invencible (2012), de Vicente Quirarte, ambos con giros proclives a la autoficción, pero siempre fieles al ejercicio de mirarse las entrañas con herramientas de sensibilidad poética.
Si no conoce la obra de Annie Ernaux, se pierde de algo importante. De verdad.

* La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite

 

La escritura en manga corta

NW (Estados Unidos, Penguin Press, 2012, 401 páginas), de Zadie Smith, es una de esas novelas en las que se percibe el esfuerzo del autor por cambiar la estructura de una novela. Claro, no hablo de una desplazamiento radical en el que todo es distinto, como hubiera ocurrido con Pale fire (1962), de Vladimir Nabokov, sino que a su manera, Smith trata de darle la vuelta a moldes manidos.
Nunca le viene mal a un escritor remozar la estructura de sus libros, hacer juegos tipográficos, modular de otra forma el contenido del texto en la hoja, hacer cambios en los espacios entre línea y línea, jugar con el uso de mayúsculas y minúsculas; recurrir a la ficción breve para dar cuenta de los hechos de un apartado del libro e incluso crear algunos caligramas. Tampoco le viene mal entender a un autor que la página en blanco es un lienzo, no una tortura ni una consigna empresarial. Aunque a veces parece que sí.
Smith le da un tono, ritmo y estructura sui generis a NW. Claro, lo que más llama la atención es que esta autora quiera darle seguimiento a personajes crecidos en un barrio de Londres. Me refiero a North West (que en realidad se trata de uno de los 13 distritos de códigos postales). Los protagonistas son Leah, Natalie, Felix y Nathan. Nativos de un barrio en el noroeste de Londres. Ahí crecieron, pero en la medida que se hicieron adultos empezaron a mudar de pensamientos, de ideales y de apetencias sexuales. El libro se divide en 5 partes y cada una de ellas tiene un personaje principal; la obertura es Visitation, cuyas acciones recaen sobre Leah Hanwell; el segundo apartado es Guest, en el que Felix Cooper lleva el papel central de su infierno personal; el tercero es Host, capitular extenso en el que Keisha Natalie presenta muchos de los temas de actualidad, sobre todo, en lo relacionado con la sororidad y las desavenencias en la etapa adulta de dos mujeres exitosas. El cuarto y quinto capítulos (Crossing y Visitation) son una mezcla de todos los problemas entre los personajes. Es aquí donde las historias se cruzan, se desanudan, se tensan y finalmente se resuelven. Aparte de Nathan, Leah, Natalia y Felix aparecen otros tantos actantes secundarios que ayudan a darle un cierre prudente a la experiencia vital de los personajes que a pesar de todo (lo bien o lo mal que les vaya) se sienten parte del viejo barrio donde crecieron.
Pero lo interesante, y por lo que yo traigo a cuento este libro, es que muchos de los capítulos parecen estar construidos en voz alta. Es decir, aunque la intimidad de los actantes está expuesta, los sueños, los vicios los anhelos, los deseos, todo circula sin esa idea de intimidad; insisto, como si estuviera en voz alta la proposición narrativa: “La amorosa voz sale de las bocinas en el café del parqué. Natalie Blake y su amiga Leah Hanwell tenían un largo acuerdo en el que esa voz sonaba como Londres –especialmente en el Norte y en la zona Noroeste–, como si el dueño de esa voz fuera un santo patrón de los vecindarios. ¿La voz es algo de lo que tú puedes apropiarte? La hija de Natalie y muchos otros niños estaban brincoteando, arriba y abajo, y bailando esa canción, sus parientes discretamente afirmaban con la cabeza. El sol salió. Desafortunadamente Lea Hanwell estaba como siempre, tarde, y pronto terminó la canción, eso le daba unidad a este barrio de Londres”. Habla de una canción que se ponía a determinada hora en el parque y que fungía como un punto de encuentro para varias generaciones de paseantes.
En otra escena, una pareja conversa sobre las cosas que no les permiten crecer, en especial, hablan acerca de los vicios que aún preserva Felix, quien intenta salir de las drogas y de la mala vida que le da la pobreza, pero por más que busca la salida ese trance oscuro no puede. Los amigos se encargan de recordarle que su caso es una broma de mal gusto y su pareja le habla con encono: “Tú eres una de esas almas optimistas que siente que llega a ser una nueva persona cada siete años, una vez que las células se han regenerado –páginas en blanco, inicia todo otra vez–, nunca más serás lo que fuiste antes. Ahora es tiempo de que yo tenga una nueva relación. ¿Entiendes?
Yo estoy fuera de todo eso, dijo Felix y se alejó caminando”.
La novela contrasta las clases sociales; sobre todo porque a una de las mujeres de este barrio, “en el que pasan muy pocas cosas y siempre que hay un drama todos quieren ponerse en el centro de la foto”, hizo dinero como abogada y cambió por completo; de inicio, se mudó a un mejor lugar, pero conservó a sus amigos y los invitaba a fiestas con las nuevas amistades; durante una comida, por ejemplo, los viejos amigos decían palabras como “esa negra sucia”, “ese negro ladrón”, pero los demás conversaban sobre las noticias recién publicadas en los diarios, sobre los políticos y sobre las decisiones gubernamentales. ¿Cómo seguir siendo amigo de alguien que ya no encaja ni en las conversaciones? La respuesta no es fácil. Zadie propone la honestidad como único recurso. Es decir, ellos, en la medida que enfrentan problemas sexuales, económicos y emocionales, recuerdan su vida en el barrio y lejos de una alegato a favor de la identidad (muchos de ellos son de padres extranjeros), entienden que la vida en ese barrio les ayudó a modular muchos comportamientos, matizó conductas y la respuesta de todo esto se dibuja como la conminación a la tolerancia. Bajo esa óptica se afianzan los vínculos de la novela, con el viejo y útil recurso de la tolerancia y el autoconocimiento.
Me agrada que NW abreve de la cotidianidad y tenga la intención de crear una estructura parecida a esa cotidianidad, algo que conlleva lo efímero de la existencia. Smith recurre a todo lo que tiene a la mano, incluso a los caligramas para darle un poco de sentido (y juego) a disquisiciones que sólo ocurren en la mente de los personajes, pero tienen una impronta tipográfica en el libro y el lector aprecia esa intención porque esa intimidad está descrita para conocerse sin filtros: “Leah cree en la objetividad de dormitorio: Aquí está recostado un hombre. El hombre es más hermoso que la mujer. Y por esa razón han tenido momentos en los que la mujer ha temido que ella ama al hombre más de lo que el hombre le ama. Él siempre niega eso. Pero no puede negar que es más bello. Es fácil para él ser tan bello. Su piel es oscura y envejece mucho más lento. Él tiene una estructura ósea del oeste de África. Es un hombre acostado, desnudo. Ellos han tenido mucho sexo anal, mucho sexo oral. Han tenido tiempo de conocerse. Él no puede entender la preocupación de ella”.
Por momentos, el narrador omnisciente pareciera la voz en off de una serie similar a Friends, pero no se tome esto como una burla, sino como una necesidad expresiva, un recurso para sacar a la novela de ciertos moldes heredados por las obras del siglo XIX. “El único autor” intenta cambiar el tono de las novelas serias, por eso Smith recurre a lo coloquial y ensambla también un proyecto metaliterario. Estamos, bien vale la pena señalarlo, ante una escritura muy personal. Hablo de un libro escrito en manga corta, lejano de aquellos proyectos en los que el frac, el monóculo y la pipa forman parte de la proposición estilística de la prosa.
Entiendo que sobre los hombros de Smith –después de White teeth (2000), On beauty (2005), Swing time (2016) y The Fraud (2023)– reposa la esperanza de la novela hecha en Londres, pero ella se lo toma con mucha calma y se permite ser natural, sin filtros ni pirotecnia, sin engolamientos, a eso se debe que el tono de Smith siempre tenga esta vitalidad que no se copia ni se puede plagiar, un sello que la da identidad y estilo. Eso nadie puede negarlo.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.
@FederìVite

 

No tengo duda, el mes más cruel

Yo soy producto de una anécdota luminosa, la intensa vida cultural de Acapulco en la etapa final del siglo XX, cuando el albor del Nuevo Milenio trajo una mayor presencia artística al puerto. Fui comparsa de muchos creadores, a todos los respeto, aprecio y admiro. Muchos ya murieron; otros tantos se han ido lejos; pocos seguimos acá. La lección mayor de aquella época es una frase de Marcelo Adano, director del Museo Histórico Naval: Resistir es vencer, Vite.
Pienso en ello y tomo prestado un verso del poeta T.S. Eliot, autor de The waste land, que describe lo que entendemos como nuestro presente tropical: April is the cruellest month. Lejos de toda quejumbre es pertinente entender que estamos inmersos en una espiral de violencia, no hay tregua contra los transportistas, contra los comerciantes, aumentaron las extorsiones y los asesinatos. Basta con recorrer las calles para entender el caos en el que estamos parados. Mientras se habla del asesinato de Marco Antonio Suástegui Muñoz, vocero de las comunidades opositoras a la presa La Parota, aún no digerimos el asesinato de un taxista, adulto mayor, en el estacionamiento de Coppel Bahía. El sicario fue un joven que sacó de la mochila un arma y frente a los transeúntes jaló el gatillo. Era el nieto de alguien matando al abuelo de alguien. También se tiene muy presente el asesinato de otro taxista que lideró una protesta para denunciar la inseguridad en la que viven y, como un efecto colateral de esa misma inercia, hay otro tipo de noticias que no parecen estar relacionadas con la delincuencia, pero describen muy bien el Edén oscuro en el que nos hemos convertido: la semana pasada los trabajadores de la librería Educal de Acapulco, Martha Campos y Aldair Pascual, hicieron público en redes sociales que fue imposible reabrir la librería después del impacto del huracán Otis.
Los hechos evidencian la estrategia de un gobierno que anhela un pueblo ignorante porque le es más fácil manipularlo. Si no fuera así, ¿por qué no hay apoyo real y decidido para proyectos con rubros culturales? Ni siquiera tenemos, y eso resulta patético para un puerto como éste, una librería de verdad. No hay una sola librería. ¿Por qué? La respuesta de esta cuestión es palmaria. A este gobierno no le conviene invertir en la cultura, pero sí en el folclor demagógico que encandila a más de una mente brillante.
A pesar de todo, aún se venden libros en tiendas departamentales, en negocios pequeños (en el Zócalo y frente a la glorieta de CAPAMA; en una fotocopiadora hay ejemplares viejos de narradores latinoamericanos). Quienes desean conseguir material de lectura encuentran algo, pero ninguno de esos establecimientos es una librería de verdad. Venden libros y se aprecia el servicio, pero resulta extraordinario que nuestro puerto, con la historia y el abolengo que nos precede, no tenga una librería.
Yo llevo años señalando, en éste y otros espacios, que más allá de un desdén por la cultura, lo que nosotros padecemos es una estrategia de aniquilamiento, un método que nos hunde a una velocidad insospechada en un pantano. Ese ninguneo se ve impulsado por un meta grandiosa para un gobierno fachoso y negligente: la sumisión por la dádiva.
¿Por qué los gobiernos estatal y municipal no comprenden que la cultura, en momentos tan terribles como el que vivimos, es un analgésico que ayuda a liberar la presión que ejerce la criminalidad flagrante? Interrogante no muy difícil de responder si se piensa que los gobernantes no entienden la realidad porque viven de otra manera. Tienen muchos privilegios y eso no ayuda a que toquen la tierra. Eso me lleva a una deriva importante, ¿los políticos están devengando un salario por hacernos más ignorantes, por manipularnos, por engañarnos? La respuesta me la dan los hechos. Nuestra gobernadora, Evelyn Salgado, llegó por nepotismo a la candidatura de la gubernatura; no tuvo ninguna experiencia ni talento para desempeñar un trabajo como el que, gracias a su padre, consiguió. El primer acto de corrupción fue asumir un cargo para el que no estaba preparada. ¿Eso importa? Sí, de igual manera que la violencia, la inexistencia de librerías y la mentalidad criminal que impera en nuestras calles. Todo lo que vino después, ya con la señora Salgado como gobernadora, todo lo que está ocurriendo, es el efecto dominó. Estamos contra la pared en diversos flancos.
Las librerías no sólo ofrecen productos culturales, sino que propician conversaciones, generan vínculos, hacen comunidad. Si usted no lo entiende es porque le ha tocado esa otra violencia que atraviesa nuestro presente, la estandarizada que nutre y moldea el futuro por los designios semánticos de un bienestar a conveniencia del grupo político en el poder. La lectura y la buena oferta cultural hacen más grande la perspectiva de vida, sobre todo, en sitios como Acapulco, lugares pobres y violentos. Ciudades que omiten la aplicación de la ley. No es casual que nos estemos quedando solos; tampoco que nos estén quitando lo que se había ganado.
Antes de Otis, la empresa Mercado Libre suspendió la entrega de materiales al puerto. Robaron la bodega varias veces; los delincuentes pidieron una cuota para mantener las cosas en calma. La librería Gandhi, por ejemplo, tuvo problemas. Los repartidores reportaban pérdida de mercancía, por asalto, entrando a Acapulco.
A pesar del daño, aún hay opciones para comprar material de lectura, pero lo esencial, no lo perdamos de vista nunca, es que en nuestra ciudad desaparecen personas e instituciones. Lo ganado en otras épocas se diluye. Ni siquiera estamos construyendo un Acapulco idéntico al de hace 50 años, el que nos llevó hasta este punto del camino, donde siempre ganan los políticos y sus amigos, donde nunca queda bien parado el de a pie, el que se las tiene que ver a diario con los que llevan las armas en la mano. Estamos construyendo un emporio para los que vienen a gobernar, amigos de los que ya están gobernando. Somos la sucursal de una casta de banales demagogos, ¿no me cree? Mire a los que tienen cargos públicos.
La Secretaría de Cultura de Guerrero informó en un boletín, escueto e impreciso, que la sucursal de Educal en Acapulco se reubicará. No decreta el cierre de la librería, pero la suspicacia de una aseveración institucional tan breve da resquemor. Y eso me lleva a una certeza: el gobierno edulcora todo. Yo sólo espero que no despidan injustamente a Martha Campos y Aldair Pascual, quienes han pugnado por la reapertura de la librería desde enero de 2024 hasta la fecha. Quince meses después de aquel huracán, Acapulco sigue sin librerías. Pero no olvidemos la lección: Resistir ya es vencer.

@FederîVite

 

Otra de las plegarias no atendidas

Giuseppe Pontiggia fue un académico y narrador que tuvo cierta influencia en el Continente Literario de Italia en la década de los setenta del siglo pasado. El libro que le dio fama y prestigio es L’arte della fuga (1968), cuya tesis es obvia, pero técnicamente compleja: evadir la narración de manera tradicional. Aborda un tema, los personajes aparecen y desaparecen, una voz narrativa en constante fuga sugiere la existencia de una trama que no logra aprehenderse a totalidad ni de manera clara. Narra, pero no de la misma manera que siempre se ha hecho. Es parecido a lo que David Markson hizo con Wittgenstein’s Mistress (1988), aunque Pontiggia se animó a hacerlo veinte años antes que Markson y, sabrá usted, el famoso es Markson, no Pontiggia.
Otro hallazgo en la obra de Pontiggia es Il giocatore invisibile (1978), no sólo por el aporte técnico, sino por el sentido del humor que yo encuentro muy similar a Pnin (1957), de Vladimir Nabokov, novela publicada dos años después de Lolita. La historia aborda la vida del profesor Timofey Pnin, quien enseña ruso en la universidad Weindel College, una ciudad pequeña que se caracteriza por su lago artificial. El proyecto es una farsa de la vida académica, está llena de pesares para un profesor ruso que llega a América y debe cambiar de idioma para hablar de la literatura de su país natal. El señor Pnin trata de encontrar el American way of live, pero no encuentra asidero ni encanto en la tierra de la libertad. Se siente abatido por la grandeza exterior, pero él vive en una pensión, tiene un cuarto, una silla, una mesa, un foco. La amargura se cuela hasta el alma, pero hay cuestiones técnicas que nos permiten dudar de la voz narrativa y de la hostilidad de ese alguien que odia a Pnin y por eso lo describe con visos de desgracia. Este aspecto, consumado gracias a un movimiento técnico en el punto de vista, es un tesoro que capitaliza muy bien Pontiggia en la nouvelle Il giocatore invisibile. Claro, no porque uno imite al otro. El asunto es que no había otra forma de finiquitar la historia.
El jugador invisible es una empresa pequeña en cuanto al número de hojas se refiere; de hecho, la historia es sencilla. Un importante profesor de filología clásica, en la cima de su carrera, lee inesperadamente una carta anónima en una revista especializada, La Parole agli Antichi. En la misiva “alguien” lo ataca tanto a nivel laboral como personal. La carta, redactada con precisión lingüística y sabiduría, logra trastocar la vida del profesor a tal grado que se obsesiona con el autor de ese texto culto e hiriente. Al leer de nuevo la carta entiende que su reino, elaborado con mucho tesón, se resquebraja. La pregunta inmediata y el motor del relato son las preguntas esenciales: ¿quién la escribió? ¿Por qué? Esas interrogantes derivan en pesquisas y en mucho temor, porque ponen en evidencia que cualquiera, en un campus, puede ser denostado por las vías institucionales de una publicación especializada. ¡Esa carta! El profesor no logra quitarse de encima la ofensa. ¿Por qué un compañero mordaz, y de una agudeza siniestra, dañó su reputación y su vida personal? ¿Por qué usó la palabra “hipócrita” para definirlo?
El profesor en cuestión sospecha que algunos amigos e incluso algunos conocidos desean hacerle daño por cuestiones del pasado; por ejemplo, a quienes intentó, en su juventud, bajarle la novia o a quienes insultó en una borrachera o a quienes él les cae muy, pero muy mal. Se trata de una obsesión deliciosa.
En la novela de Nabokov, el señor Pnin es visto como un don nadie; en el libro de Pontiggia, un escriba malicioso denuesta a un profesor. Tanto en la novela del ruso como en la del italiano hay un manejo espectacular del punto de vista en el que los autores, con suma delicadeza, finalizaron la historia. Así se resuelven los enigmas; en el caso de Il giocatore invisibile uno de los últimos párrafos agranda la proeza estilística del autor. En el señor Pnin, Nabokov pone en duda todo lo narrado y siembra en el lector la inquietud de que todo lo contado haya sido “real” u “objetivo”. Es el mismo truco, pero con efectos distintos.
En el caso de Il giocatore invisibile, el profesor es un gran jugador de ajedrez y la última línea de la noveleta, que no revela nada, refuerza el enigma y uno entiende el subtexto y aprehende el hilo narrativo faltante. Cito: “Vuelve acercarse a los libros de abajo, los toca con el índice, hasta que encuentra uno titulado El sacrificio en el juego de ajedrez. Lo extrae, busca rápidamente el capítulo: ‘La función del sacrificio… el pseudosacrifio… el sacrificio ventajoso… el sacrificio preventivo.. el sacrificio simplificador’.”.
O como bien dice Nabokov en Pnin: “Hay un viejo dicho americano: ‘El que vive en una casa de cristal no podría tratar de asesinar a dos pájaros con una piedra’”.
No hablo de retruécanos sino de un modus operandi, de una estrategia narrativa que no es usual y que antes, hablo de cincuenta años atrás, buscaba rasgar los moldes de lo tradicional. Tanto el italiano como el ruso finalizan los textos con un gesto que bien podría considerarse una vuelta de tuerca.
En Il giocatore invisibile, el profesor queda tocado por la misiva y el autor de la lettera era muy inteligente, muy culto y manejaba el lenguaje como un bólido en autopista. La envidia y el encono, la sorpresa de ser común, todo eso viene a la mente del profesor y la contraofensiva se consuma de manera intertextual.
Mientras llega la resolución de El jugador invisible, el lector disfruta el malicioso humor narrativo y pone contra la pared al profesor, un hombre nunca descrito, nunca perfilado emocionalmente. Se conoce de él sólo el ego herido y con eso basta para montar una nouvelle en la que los editores de la revista La Parole agli Antichi, los bibliotecarios, los alumnos, los catedráticos e incluso los empleados y clientes de los negocios cercanos a la universidad ven con azoro la endeble existencia de alguien que en teoría lo tenía todo: respeto de sus coetáneos, reconocimiento laboral, buen salario, el cariño de una esposa y el aprecio de los pupilos. Pero nada de eso era tan importante como la palabra hipócrita. Vaya lección de Pontiggia. De paso nos recuerda que la obra de Nabokov se hace más joven en cada relectura.

* Para la escritura de este artículo utilicé Il giocatore invisibile (Italia, Mondadori, 2007, 190 páginas ) y la traducción de los fragmentos entre comillas es mía.

@FederìVite

 

Meditaciones de poetas canadienses

 

(Segunda parte y última)

En la novela famosísima The english patient, de Michael Ondaatje, el personaje femenino es la enfermera Hana. Ella encuentra una anotación en un libro que “El paciente inglés” lee con recurrencia: “La novela es un espejo andando el camino”. Esta idea no es nueva, pero me agrada que Ondaatje dialogue con el escritor francés César Vichard de Saint Réal, cuya frase textual es la siguiente: “Un roman: c’est un miroir qu’on promène le long d’un chemin”. Algo así como: “Una novela es un espejo que uno carga a lo largo del camino”. Stendhal utiliza esta misma idea en el capítulo XIII de Rouge et le Noir (1830). Las palabras son: “¡Ah!, señor, una novela es un espejo que se lleva por un camino elevado. En un momento refleja ante sus ojos el cielo azul, en otro el lodo de los charcos a sus pies. ¡Y el hombre que lleva este espejo en su mochila será acusado por usted de ser inmoral! ¡Su espejo muestra el lodo, y usted culpa al espejo! Más bien, culpe al camino elevado donde se encuentra el charco, y aún más al inspector de caminos que permite que el agua se acumule y se forme el charco”. Dicho eso, estamos advertidos, Ondaatje narra experiencias límite.
El primer impacto para el lector es el descubrimiento de un hombre con graves quemaduras en todo el cuerpo, “El paciente inglés”, atendido por la joven y atractiva Hana, quien en algunos momentos agarra Los nueve libros de la historia, de Heródoto, para curiosear en la vida de ese hombre “cuyo cuerpo ella conoce muy bien, el pene duerme como un caballo de mar y las caderas son delgadas”. Hana encuentra esa nota y explica con ello la postura estética del autor.
Aparte de los dos personajes referidos, hay dos hombres más que engrosan las filas del relato, un tipo maduro, quien fuera amigo del padre de Hana, Patrick. Él conoció a Hana cuando ella era una niña. Se llama David Caravaggio, luchó en varias batallas y llega a la villa de San Girolamo con los pulgares amputados. Es italo-canadiense, miembro del servicio de inteligencia exterior británico desde 1930. Estuvo en el norte de África para espiar a los alemanes. “El paciente inglés” y Caravaggio son adictos a la morfina y ese vínculo les da cierta intimidad e incluso propicia conversaciones importantes para la trama, pues las charlas ayudan al lector en el arduo terreno de las identidades. El otro referente masculino es Kip, un sij indio, buscador de minas y prospecto ideal para que Hana tenga una pareja, pero ella devanea entre “El paciente inglés” y Caravaggio.
La historia no está organizada con una representación de los hechos de manera lineal; Ondaatje logra que los saltos temporales favorezcan a la creación del suspenso y le permiten al lector entender a cabalidad la hondura psicológica de los personajes, imbricados todos con las campañas norteafricanas e italianas de la Segunda Guerra Mundial. Heridos todos por ese nubarrón letal que es la violencia.
El relato está orquestado por una voz narrativa que nombra todo, posee una característica adánica que todo lo bautiza e ilumina: “Ella era un sauce. ¿Qué podría ser uno, a cierta a edad, en invierno?”. Pero la trama se consuma por los monólogos de los personajes, por los diálogos. Y eso me lleva a pensar que esta novela está hecha para ser oída en voz alta, como si fuera un montaje escénico que necesita con urgencia del público. Hay mucho de esa energía poética que impele al lector a leer en voz alta algunos párrafos: “Yo conocía las herramientas del demonio y había mencionado en algunas charlas a la hermosa tentadora que venía al cuarto del joven. Y si él fuera sabio debería exigir que ella volviera, porque los demonios y las brujas nunca regresan, sólo cuando cuando desean presentarte ante ti. ¿Qué había hecho yo? ¿Qué animal le había entregado a ella? Yo había estado hablándole y pensé en ella más o menos una hora. ¿Yo había sido su amante demonio?”.
El monasterio italiano de Villa San Girolamo (en Fiesole, Florencia), ligeramente dañado por las bombas, funge como un teatro en el que la historia ocurre. “El paciente inglés”, sedado por la morfina, revela que no es inglés; habla alemán también y se llama László de Almásy, es un conde húngaro y vivió explorando el desierto. Se enamoró de la inglesa Katharine Clifton, quien acompañó al equipo de exploración del desierto. Un accidente terrible destruye a Almásy. De todo ello se va enterando el lector cuando entiende que las conversaciones, en un tono nocturno, explican la valía de Los nueve libros de la historia. Pero el mandato superior de la novela es recordarnos que la guerra destruye todo, incluso la posibilidad del amor.
El autor se apoyó en los personajes para darle fuerza y movimiento al relato, para hacer memorable la historia; pero no fue capaz de dotar de andamios o columnas a todo ese discurso que se fragmenta y de manera eventual e intermitente gana intensidad gracias al ejercicio de la poesía en prosa. Me temo que en la relectura este libro ya no sorprende como lo hizo antaño, cuando el lector sentía que tenía entre las manos una tajada de vida o un soplo endiablado del desierto. Las mismas palabras no conmueven como antes, porque en realidad no pasan muchas cosas en la historia y las que pasan son narradas de manera elíptica. Ondaatje fue muy hábil para encender la trama con una serie de hechos desafortunados que ayudan a decantar lo memorable de un fracaso amoroso, porque The english patient es una historia de amor que perdería magia si la narraran de manera, digamos, factual. El contexto le da vigor a la historia y los personajes orbitan en torno a “El paciente inglés”, ¿por qué? Porque todo está diseñado para hablar de quien perdió en el amor, para hablar de quien perdió la guerra. Todo está diseñado para hablar de quien estuvo en el lado equivocado de la historia y conmueve ese testimonio de la derrota porque la intensidad del fracaso es inmensa. Quizá un eco que aún reverbera en esta línea.
* Para la escritura de este artículo se utilizó The english patient (Londres, Bloomsbury, 2004, 321 páginas). La traducción de algunas líneas entre comillas es mía.

@FederìVite