(Segunda de dos partes)
Decíamos que Las cenizas del cóndor (España, Alfaguara, colección Narrativas Hispánicas, 2022, 765 páginas), del periodista y escritor uruguayo Fernando Butazzoni, está sometido a hechos reales y la impresión del lector es que tiene ante sí un reportaje.
El libro propone cuatro líneas de acción: Butazzoni, Natalia, Katia y el capitán Docampo. Gran parte del relato se nutre de un contexto histórico en el que el dictador Augusto Pinochet tiene voz y voto para hacer, no sólo de Chile sino de gran parte de América latina, un infierno. En manos de Butazzoni, Pinochet es una caricatura adusta, un hombre de palo que no se emociona, pero detenta el poder; da órdenes e incluso ofrece grandes banquetes para convidarse con los suyos.
Recordemos que Butazzoni funge como personaje secundario y narra gran parte de esta novela; pero a contrapelo de ese relato en primera persona, el lector descubre las historias (narradas por una voz omnisciente) de Natalia (a la postre Aurora), Katia (a la postre María) y Docampo. Estos pilares del texto cambiarán de manera sustancial. Natalia de nombre; Katia de ideología, pues es una espía rusa que termina mal con su patria; y Docampo, el trazo más complejo del mecanismo novelístico, sufre una metamorfosis interna que lo mantiene en constante contradicción. Se mantiene en el ejército y adopta a un chico que en la novela conocemos como Ricardo, es quien ofrece una prueba de que en el Batallón 13 de Uruguay se enterraron de manera clandestina a cientos de jóvenes subversivos. Esa pista abre un mar en el que los personajes mencionados exploran el terror que se vivió en Argentina y en Uruguay desde 1974 hasta 1978, pues gracias al Plan Cóndor policías militares de varios países iban de un lugar a otro en busca del enemigo. No había tregua para defender “el país de miserables desalmados”.
La trama que evoca el terror de Estado parece un reportaje y las indagaciones no llevan un buen fin, siempre se topan con la pared militar; así que Butazzoni señala que lo único que puede ayudarle a contar toda la historia es una novela, no un género informativo. Apuesta por la ficción, pero durante todo el desarrollo del libro veo un leitmotiv recurrente: narrar lo que alguien le dicta. Narra, por ejemplo, la experiencia subversiva de Aurora; la vida del capitán Docampo y la extraordinaria declaración de principios de Katia. Se ciñe a lo que alguien más le cuenta y toma prestadas de las entrevistas que realiza datos, lugares y atmósferas para fortificar la verosimilitud. Estas son las herramientas que usa para crear el mundo de esta novela. Pero lo que él busca es la verdad. Citó al autor: “Al fin y al cabo, yo iba a escribir una novela, y en una novela lo que se narra tiene que ser verdadero, aunque no necesariamente real.
–Sí –dijo–. La realidad es a veces demasiado plana para un novelista.
–La novela está en mi cabeza, no en los hechos que pudieron haberla propiciado. Casi siempre la verdad queda escondida detrás de la realidad. Una novela no es una crónica. Un personaje nunca es una persona.”.
Es decir, el material que se va pulsando en este libro está inspirado en hechos reales, pero lo narrado no necesariamente es real. Para mí, la clave de todo está en la palabra verosimilitud. Los personajes, hayan existido o no, deben ser verosímiles. Y esta reflexión debe sumarse a otra frase de Butazzoni: “Pero la decisión de contar todo lo que sabía era definitiva: la verdad, aunque no fuera toda la verdad. Una novela debe de ser eso antes que nada. Más allá de la ficción y más allá de la realidad incluso, del otro lado de esas máscaras, está lo verdadero.”.
Insisto, se trata de verosimilitud, no de verdad. Pero en Las cenizas del cóndor el ideal de verdad es alucinatorio y se comprende porque los hechos son horrendos y se ocultan de manera estratégica por el Estado. A ratos parece que el relato es surreal. Lo más inquietante, quizá, radica en que la novela es fiel a hechos reales: es decir, cuando apareció este libro, en 2014, Aurora aún vivía; Katia también. El capitán Docampo murió, como se advierte en la novela, y Butazzoni orquestó esas vivencias en un relato y durante el relato mismo describió, detalló y contó cómo se fue forjando la historia que el lector tiene al frente.
Hay aspectos que me sorprenden, porque Butazzoni persigue hasta Venezuela a Katia y la encuentra. La entrevista y corrobora que lo dicho por ella sea lo mismo que contó Aurora. De igual manera, lo que ellas refieren sobre Docampo es lo mismo que Butazzoni encontró al cotejar documentos militares y, por supuesto, es lo mismo que estaba anotado en las libretas de Docampo. El factor verosimilitud está sometido a pruebas reporteriles, pues los personajes están ahormados por los hechos; entonces, podría pensarse que los personajes y los hechos le restan movimiento al autor y así lo creí hasta la escena monumental que hace de esta novela un libro entrañable.
Docampo carga una maleta hacia el departamento de Katia, en Buenos Aires, hay toque de queda, vigilancia hasta por debajo de las piedras. Docampo la sufre durante tres cuadras. La maleta pesa 32 kilos. Cada paso es una proeza y el contenido en la maleta es de vida o muerte para los personajes involucrados en Las cenizas del cóndor. Es esencial para la historia y Butazzoni la resuelve de manera impecable. Tiene algunas pifias en otros aspectos, exceso de diálogos e información y un poco de torpeza en la creación de momentos humorísticos, pero esa escena, la más importante, se queda en la memoria del lector. Es imposible soltar un libro de 765 páginas en la página 320, cuando aquel hombre desfallece metros antes de llegar a la meta y algo, un segundo impulso de vida, le hace levantarse y culminar la faena. No hay muchos libros con escenas de esa intensidad. Cada vez es menos común encontrar autores que logran pasajes narrativos de altísimo nivel. Y es cuando entiendo una nota de Butazzoni: “Para sentarme a escribir la novela requería antes que nada de una sólida base documental que me permitiera entender los entretelones de la historia que deseaba contar”. Y lo hace. Butazzoni lo hace con suficiencia.
El tempo que transcurre de la página uno hasta la página 765 es de “veinte meses de fatigosa búsqueda”, para armar los andamios sobre los cuales “se debe sostener esa historia llena de preguntas, personajes enigmáticos y verdades dolorosas e improbables”. Todo va quedando ahí, bien organizado, bien resuelto, bien trabajado. Es mezquino no rendirse frente a tanto trabajo. Yo no sé si la mejor narrativa de Latinoamérica se escribe en México o Argentina, no lo sé, pero sería un error no atender la obra de un escritor tan completo como Fernando Butazzoni.
@Federí Vite
