La fórmula “Sheinbaum” o la construcción de un híbrido

Entre el estupor provocado por el mazazo de las tarifas de Donald Trump y las represalias en las que se debaten las muchas naciones afectadas, México parecería ser el único país que ha aprovechado las circunstancias para ofrecer una salida hacia adelante. Menos de 24 horas después del drástico planteamiento de Trump, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó el jueves pasado un programa de 18 puntos, que en conjunto constituyen una alternativa frente al mundo globalizado que está terminando y el caos indefinido en el que ahora navegamos.
Las medidas de la Casa Blanca ponen fin al modelo económico planetario que dominó durante casi cuatro décadas. El fin de la globalización como la conocimos y el surgimiento de un nuevo (des)orden, confuso e incierto entre otras cosas porque el protagonista del cambio es un hombre tan contradictorio como Trump. La mayor parte de los dirigentes se debaten entre la incredulidad, las ventajas y desventajas de las represalias y la defensa de lo que pueda salvarse. Sheinbaum decidió utilizar el desafío de Trump al mundo como una oportunidad para construir otra cosa.
En realidad, su estrategia tiene dos dimensiones. Por un lado, proteger “la integración” hasta donde sea posible para defender la planta productiva y los empleos vinculados al libre comercio. Se estima que un tercio de los trabajadores con un empleo en la economía formal están vinculados directa o indirectamente al T-MEC. Y, en ese sentido, nada que reprochar a la actitud responsable, paciente y digna para sobrellevar las relaciones con el nuevo gobierno de Washington en materia de seguridad, migración, comercio o geopolítica. Cuánto mérito personal tiene la actitud de Sheinbaum en las favorables condiciones que consiguió México respecto a otros países, es asunto que puede debatirse. Pero es evidente que ha jugado las cartas de manera correcta.
Sin embargo, es la segunda parte de la estrategia la que en verdad importa. Como en una táctica de judo, la presidenta está utilizando la agresión de Trump contra el modelo que terminó integrándonos a Estados Unidos, como un impulso para construir un nuevo modelo. Un esquema híbrido que consistiría en aprovechar al máximo la cercanía con el principal mercado de consumo del mundo y, al mismo tiempo, construir las bases para un crecimiento interno mejor integrado y equilibrado, que disminuya nuestra vulnerabilidad frente al exterior.
Eso es justamente el llamado Plan México, que ya había sido delineado semanas antes. Lo que sucedió el jueves es un aceleramiento aprovechando las circunstancias propicias. Los puntos nodales de esta batería de programas podrían centrarse en cuatro ejes.
1.- Autosuficiencia estratégica. La búsqueda de soberanía en dos aspectos clave: alimentos y energía. Ello es fundamental porque los nuevos proteccionismos han dejado súbitamente expuestos a los países dependientes. Un desabasto de energía o de granos nos convierte en rehenes absolutos de cualquier chantaje y en víctimas pasivas de todo imponderable. Lo vimos durante la pandemia; a la hora de las decisiones difíciles las potencias actúan de manera egoísta. Los depósitos de gas o gasolina y diésel procedentes del exterior apenas permitirían una semana de consumo; en materia de cereales andamos por las mismas. Un país que se precie, en el incierto mundo al que nos encaminamos, no puede permitirse ser tan vulnerable.
Este viernes se presentaron los detalles del primero de estos 18 puntos, el de la autosuficiencia alimentaria. Se fijaron metas para 2030 y se expusieron los programas puntuales diseñados para conseguirlo. Parecen razonables. En la exposición solo faltan las métricas de cada año para poder darle seguimiento; es decir, qué resultados deben conseguirse en 2025, 2026 y sucesivamente para llegar a las metas. Solo así puede monitorearse el realismo de las mismas y la posibilidad de corregir contratiempos. En los próximos días se presentará el programa para la autosuficiencia energética.
2.- Infraestructura. En esta batería de medidas es notorio el esfuerzo de inversión pública y fomento de la inversión privada con tres objetivos. Por un lado, generar infraestructura que sea capaz de convertirse en incentivo para el crecimiento (trenes, carreteras, generación de energía, parques industriales, proyecto del Istmo, saneamiento de canales de riego). Por otro lado, propiciar una derrama en empleos y oportunidades para empresas nacionales o locales, con el objeto de formar mercado interno. Y, finalmente, priorizar el crecimiento de ramas industriales y agrícolas que habían sido abandonadas en aras de la integración. La ventaja de impulsar la industria textil tradicional, el calzado, el mueble, el juguete y similares, es que no amenazan al modelo de integración con Estados Unidos (lo cual podría generar represalias de la Casa Blanca), y responden, más bien, a la necesidad de poner un coto a la importación de productos asiáticos a los que nos abrimos de manera incondicional.
3.- Fortalecer el poder adquisitivo de las mayorías. Mejoras al salario mínimo, mejoría y ajuste de los programas sociales en marcha y profundización de la derrama social forman parte constitutiva del Plan México. Frente a la contracción del mercado externo tenemos que crear mercado interno.
4.- Modernización del Estado. Está en marcha una callada revolución de la administración pública para hacer más eficiente los servicios, mejorar las condiciones para la inversión y hacer más con menos. Para decirlo rápido, el gobierno quedó en los huesos luego del modelo de financiación al que recurrió López Obrador para darle a los pobres sin quitarle a los ricos. Literalmente utilizó toda la grasa y “guardaditos” del sector público. Pero es un modelo irrepetible y tiene un alto costo para el funcionamiento del Estado. Digitalización, simplificación, reorganización, planeación y seguimiento son las herramientas que ha puesto en marcha el nuevo gobierno.
En suma, un modelo híbrido que intenta mantener hasta donde sea posible los beneficios de la integración con Estados Unidos, pero disminuyendo las vulnerabilidades y la dependencia extrema y, sobre todo, un plan de ruta puntual que seguramente se irá puliendo y enriqueciendo, para beneficio del crecimiento interno. No se trata de crear nuestro propio México first, sino de actuar en función del interés de la mayoría de los mexicanos y no solo de aquellos que pudieron beneficiarse de la integración.

@jorgezepedap

Pistón o pisotón

¿Ha sido correcta la actitud prudente de Claudia Sheinbaum frente a las exigencias de Donald Trump o, por el contrario, muestra una debilidad que podría ser contraproducente? ¿Sería mejor responder con represalias y salir al paso del buleador, como lo están haciendo Canadá y Europa, o seguir apostando a la construcción de un espacio lo más terso posible con el hostil vecino?
La verdad, solo el tiempo dirá qué estrategia es la más acertada, porque estamos en terrenos desconocidos y sin mapa de navegación. La impresión que dejan los primeros dos meses de la administración de Trump es que él mismo carece de ese mapa de ruta y da bandazos en un sentido y otro; lo que está claro es que cada bandazo provoca efectos devastadores a diestra y siniestra.
Sin embargo, hay datos y realidades que ayudan a percibir la estrategia menos perjudicial para cada país en particular. En cualquier escenario saldremos perdiendo, pero será mucho o poco, dependiendo de la actitud que asumamos.
La clave, en ese sentido, es entender la situación de cada país. Imposible comparar en abstracto, porque los márgenes de maniobra son muy distintos y, peor aún, las consecuencias. En ese sentido México es el protagonista más vulnerable de todos. El producto bruto anual que genera Europa es de 24.5 billones de dólares frente a 29 billones de Estados Unidos. Los productos norteamericanos necesitan de ese mercado de consumo casi tanto como sus contrapartes europeas. El PIB de México ronda 1.5 billones de dólares, y eso sin considerar que una parte importante de esa producción está asociada a Estados Unidos.
Es cierto que Canadá, como México, también exhibe una alta dependencia con respecto a su vecino, pero a diferencia nuestra, no está tan aislado. Forma parte de la comunidad británica y conserva relaciones de pertenencia con Europa; Inglaterra y Francia, en particular, sostienen vínculos orgánicos con territorios canadienses. Y, por lo demás, salvo Trump y sus halcones, el resto de los estadunidenses ven a los canadienses como una especie de primos provincianos, pero primos al fin.
México, en cambio, está absolutamente solo en su dependencia con Estados Unidos. Nadie meterá las manos por nosotros, más allá de algunas palabras de aliento o nuevos intercambios comerciales simbólicos pero mínimos. A diferencia de otros países, que en el peor de los casos tendrían que buscar mercados alternativos para sus productos, muchos de los nuestros, en particular los industriales, están vinculados a cadenas de producción con Estados Unidos. Y, para decirlo rápido, el 90 por ciento del consumo de gas de los mexicanos, excluyendo a Pemex, procede de nuestro vecino; nuestros inventarios son menores a una semana de consumo. Con la gasolina sucede otro tanto. Eso nos convierte en rehenes, atados de pies y manos frente a Trump. Así que antes de pensar en represalias tenemos que calcular las posibles repercusiones y eso no resulta fácil, considerando la desmesura de Trump. Y no es por darle ideas, pero en esa materia no parece tener límites. Afectar las remesas, obstaculizar al turismo o en efecto detener el suministro de gas procedente de Texas puede convertirse en una pesadilla insoportable. Ningún país corre el riesgo de quedar súbitamente paralizado frente a una represalia extrema por parte de Trump, salvo México.
Con esto no quiero decir que debamos aceptar una humillación denigrante o asumir condiciones inadmisibles. Más bien solo dejar en claro de que el margen de riesgo en una confrontación abierta expone a millones de mexicanos a la miseria.
Si Estados Unidos decide interpretar nuestra disposición al diálogo como muestra de sumisión absoluta y eso provoca abusos inadmisibles, México tendrá que diseñar represalias que expongan nuestra determinación para devolver algún golpe, incluso sabiendo que el daño recibido puede ser mayor. En algún punto tendríamos que hacerle saber al buleador que habrá un costo creciente por cada agresión, por lo menos para que sepa que no saldrá sin rasguño alguno.
Sin embargo, estamos muy lejos aún de ese punto. Por el contrario, hasta ahora la disposición mexicana al diálogo ha sido bien recibida. Que eso redunde en un retraso adicional en la aplicación de tarifas o una actitud deferente está por verse, pero la apuesta vale la pena, considerando los escasos márgenes de maniobra que ahora tenemos. El acierto de Claudia Sheinbaum es no solo haber leído correctamente el momento en el que nos encontramos, sino haberlo aterrizado en una actitud digna, que nada tiene de entreguista, humillante o indigna.
Lo demás es libro abierto. Lo que no puede hacerse es comparar las estrategias de los países ignorando la situación objetiva en la que se encuentran. La enorme vulnerabilidad que México experimenta resulta de un modelo de integración elegido hace 40 años; no lo escogió Claudia Sheinbaum, pero tiene que actuar en función de esa realidad. Marcelo Ebrard ilustró la interdependencia con el caso de los pistones para automóviles que cruzan la frontera hasta siete veces antes de quedar terminados. Juzgar la estrategia que deban implementar Europa o México frente a Estados Unidos sin tomar en cuenta esa interdependencia es absurdo. Ningún producto europeo es un pistón de ida y vuelta transatlántico, ni el pisotón que podrían llevarse reviste la gravedad que asumiría el que sufra México.
Y quién sabe, en una de esas la actitud cuidadosa y responsable de Sheinbaum genera una alianza inesperada cuando las cosas comiencen a complicársele a Trump. No podemos dejar morir la posibilidad de que la Casa Blanca termine entendiendo que la única posibilidad que tiene Estados Unidos de hacerse competitivo frente a China reside en la integración de Norteamérica como un todo. En tal caso, el nearshoring y todo lo que ello significa, estaría de regreso. El pistón, en lugar del pisotón.

@jorgezepedap

 

La popularidad de Claudia un activo, un desafío

Se dice que las peores crisis pueden convertirse en un parto venturoso. Algo así le está sucediendo a Claudia Sheinbaum con las tormentas desatadas por Donald Trump. El entorno de pesadilla que ha puesto en marcha el presidente y sus halcones sobre el presente y el futuro de México, paradójicamente se ha convertido en una especie de turbo o esteroides para efecto del liderazgo de la mandataria de México. Una consolidación que, sin la intensidad de esas amenazas, podría haber tomado mucho más tiempo.
Hace un año publiqué un artículo titulado Las Cuatro Claudias para dar cuenta de las etapas que recorrería la figura política de Sheinbaum. La primera Claudia se desenvolvía todavía durante la campaña electoral, bajo el liderazgo de un Andrés Manuel López Obrador en pleno dominio del movimiento y su partido. Era evidente que la apuesta ganadora, adentro y afuera, consistía en la identidad puntual con las formas y el tono lopezobradorista.
A la segunda Claudia la veríamos tras el triunfo electoral y su arribo a Palacio fuera un hecho irreversible. Esos meses de “presidenta electa”, le darían margen para expresar con un poco más de nitidez su manera personal de entender el proyecto del cambio con continuidad. Pero estaba claro que a la tercera Claudia sólo podríamos percibirla al sentarse en la silla presidencial, cuando pudiese delinear un programa, nombrado a un equipo y el fundador del movimiento hubiera dejado de conducir el día a día de la vida nacional.
Sin embargo, la versión plena, la Claudia Cuatro, señalé en ese texto, sólo la veríamos una vez que su sexenio alcanzara el vuelo crucero y se sintiera en pleno control de la cabina de mando. Con lo anterior no estoy describiendo una confrontación, sino el hecho natural de un relevo incluso generacional dentro del propio movimiento. Estilos personales claramente distintos, producto de un origen y una trayectoria diferentes; mismos ideales, pero no necesariamente la misma manera de aterrizarlos.
En este relevo había, además, un enorme desafío. Tras el vertical liderazgo de López Obrador, la incógnita era cómo se comportarían los distintos actores políticos (gobernadores, generales, coordinadores de las cámaras, dirigentes del partido, dueños del dinero, líderes sindicales, etc.). Se entendía que muchos de ellos buscarían ampliar los márgenes de operación luego del fuerte control ejercido por la figura del fundador. Todos intentarían fortalecerse a costa de la nueva presidenta. Lo vimos muy claramente en el caso de Ricardo Monreal y Adán Augusto López, coordinadores de Morena de las cámaras de diputados y senadores, respectivamente. Ambos sacaron adelante “los encargos” de Palacio, pero al mismo tiempo operan una agenda personal para acrecentar sus redes y su poder. Cada vez les será más difícil hacerlo.
Sheinbaum sorprendió a todos para bien desde el principio. Mañaneras asertivas, un ritmo febril, giras continuas para centrar el trabajo de los gobernadores, involucramiento personal en la agenda de seguridad pública (generales incluidos), ideas claras y novedosas siempre en el marco de las banderas obradoristas. Sentó las bases para ir solidificando, lentamente, la noción de que había un nuevo piloto, respetuoso del anterior, pero con su propia identidad. Un derrotero, insisto, que habría conseguido su plena consolidación a lo largo de los primeros 12 o 18 meses, sobreviviendo a las pullas y zancadillas dentro y fuera del equipo gobernante. Trump cambió todo.
El ascenso de popularidad de Claudia había comenzado aún antes de que el republicano regresara a la Casa Blanca, el 20 de enero. Señal de que estaba haciéndolo bien. Se dice fácil, pero muchas cosas podrían haber salido mal considerando que se trataba de la primera mujer presidenta (en una sociedad política de machos) y, sobre todo, el difícil tránsito que supone ser el relevo de un liderazgo tan carismático como el de López Obrador.
Sin embargo, fueron las agresiones y amenazas de Trump lo que hizo visible a ojos de muchos mexicanos de qué está hecha la presidenta. En ese sentido, aceleró la transición. Lo muestra el relevo en Hacienda el viernes pasado, Edgar Amador en lugar de Rogelio Ramírez de la O. La presencia de Ramírez en el gabinete no fue una imposición de López Obrador, como suponen las visiones simplistas. Se trató de una decisión tomada en el marco de la transición para contribuir a la estabilidad de los mercados. Ramírez nunca escondió su deseo de regresar a sus actividades profesionales lo más pronto posible, pero aceptó quedarse hasta que su salida no incurriera en algún riesgo de inestabilidad. Es sintomático que eso haya sucedido apenas a los cinco meses.
La popularidad de Sheinbaum ronda un 80%, más alta incluso de la que tuvo el presidente López Obrador, aunque cualitativamente es distinta. Muy intensa y pasional la que generaba el tabasqueño, más extendida y plural la de la presidenta.
La legitimidad que rodea a la figura de Sheinbaum servirá para una aceleración de la Claudia Cuatro, por así decirlo. Es una buena noticia porque en el marco de un contexto amenazante una comunidad necesita confianza y unidad en torno a su liderazgo. Y dicho más en concreto, le otorga una mayor capacidad para poner en movimiento la agenda más ambiciosa del ideario claudista; aquella que tendría que desenvolverse con cuidado por la previsible resistencia de los intereses afectados.
Hay muchas cosas que habrá que enderezar en nuestro país, algunas a contrapelo de intereses e inercias: el combate a la corrupción o a la inseguridad, la modernización de la administración pública, el saneamiento de las finanzas, profundizar la agenda de igualdad y justicia, la búsqueda de crecimiento económico.
La legitimidad del liderazgo de Claudia constituye un enorme activo político, una oportunidad para intensificar y anticipar el cambio dentro de la continuidad: desde una potencial reforma fiscal hasta la limpieza profunda de la vida pública, pasando por un largo etcétera entremedio. Ojalá lo use pronto y a fondo.
Por lo mismo, habría que cuidar este consenso que ahora tiene. Muchos actores económicos aceptaron su llamado, por encima de las diferencias. En ese marco se dio la convocatoria al Zócalo este domingo para mostrarse unidos frente a Trump. Sería imprudente, contraproducente incluso, que utilizara ese espacio para hablar sobre la reforma judicial, que cuestionan muchos o algunos que ahora le han apoyado. Hay espacios y hay espacios.

@jorgezepedap

Ucrania y la extradición de los capos

Antes de comenzar a reclamar a Claudia Sheinbaum la decisión de extraditar a 29 capos a Estados Unidos como obvia muestra de buena voluntad para retrasar la entrada en vigor de las tarifas, habría que preguntarnos de quién es la responsabilidad de habernos colocado allí, en tal grado de vulnerabilidad. El papel de la mandataria es el de alguien a quien han sentado al volante de un camión que desciende sin frenos: una situación de perder o perder, una condena a elegir el mal menor. Extraditar capos tiene un costo, por supuesto, porque rompe reglas del juego no escritas que mantenían a los cárteles al margen de la política (me refiero a la nacional, no la local de los ayuntamientos). Recordemos que los actos político terroristas de Pablo Escobar en Colombia fueron la respuesta a la amenaza de extradición a Estados Unidos. Sin embargo, la valoración de esta medida, polémica como pueda ser, debe asumirse en el contexto de lo que estamos viviendo.
Lo que acaba de suceder en la Casa Blanca entre Donald Trump y Zelenski deja en claro los límites a los que el presidente de Estados Unidos está dispuesto a llegar con tal de aprovechar al máximo una ventaja contra el más débil. En este caso, hacerse de los territorios ucranianos con depósitos de minerales estratégicos, a cambio de impedir que Rusia los arrase. Una extorsión a ojos vista. Una llamada más a poner nuestras barbas a remojar.
Lo de Zelenski tendría que hacernos pensar con mayor seriedad en el punto en que nos encontramos. La vulnerabilidad de México frente al giro extorsionador que ha adoptado Washington es enorme; nuestros márgenes de maniobra no son más amplios que el de un vecino retenido en su casa por un par de sicarios. No hay muchas opciones: ceder a sus demandas, sabiendo que pueden escalar hasta límites insoportables; intentar escapar a riesgo de perder a un miembro de la familia; responder a la agresión, conscientes de que nuestra capacidad para causar daño es mucho menor que la del agresor. Por el momento mantenemos la cabeza fría, intentando apaciguar los ánimos y llevar la “negociación” en santa paz, en tanto no se precise qué es lo que van a exigir.
Lo anterior podrá parecer una alegoría excesiva. Quizá, pero ayudaría a vacunarnos de negligencias o falsas expectativas. Lo impensable, lo que parecería inconcebible hasta hace unos meses, se ha instalado y no existen reglas, salvo el intento del matón del barrio a sacar provecho a expensas de quien se deje. Y, en ese sentido, ningún país, además de Ucrania, está más expuesto que México.
Convendría tenerlo en cuenta porque veo comentarios y valoraciones sobre cada palabra y cada acción del gobierno de Claudia Sheinbaum, como si aún tuviera los márgenes de respuesta que existían en el mundo anterior. Lo que acaba de suceder muestra que Estados Unidos y sus halcones están dispuestos a saltarse todas las trabas que imponían las leyes internacionales o los organismos multilaterales.
El gobierno mexicano se verá obligado a actuar entendiendo que la inmolación es la última de las alternativas, la que debe evitarse. Envolverse en el masiosare afectaría a millones de compatriotas de manera inmediata y condenaría a la economía a una prolongada crisis. En el peor de los escenarios lo que está en juego son millones de empleos, estabilidad del peso y el riesgo de represalias que afectarían a muchos mexicanos que viven en la frontera o de las remesas. Paradójicamente la fuerza de Morena en términos políticos no sería tan afectada en lo inmediato, porque las agresiones económicas y financieras, ya no digamos militares, provocarían la efervescencia de un sentimiento nacional y una relativa unidad interna en torno al mandatario mexicano, en este caso Claudia Sheinbaum.
Pero la presidenta entiende que no son momentos de heroísmo (regresemos a la escena de los sicarios) sino de prudencia. Tramitar las presiones, dar cauce a las exigencias, razonar con cautela aquellas que podrían ser inadmisibles. Ganar tiempo, en tanto conocemos de qué tamaño será el botín exigido.
Extraditar súbitamente a 29 capos puede ser juzgado como un acto de sumisión por aquellos que todavía creen que vivimos en el contexto geopolítico de hace unos meses. Obviamente se trata de un acto de cesión, la utilización de un comodín, como argumento para evitar la entrada en vigor de tarifas arancelarias el próximo martes. El pretexto formal de Washington para imponerlas, recordemos, es que México no está haciendo lo suficiente para combatir el tráfico de drogas y que, por el contrario, existen acuerdos del gobierno con los capos. Entregar a las principales cabezas de los cárteles a la justicia estadunidense es un fuerte contra argumento a ese pretexto.
El Plan México planteado por el gobierno propone los primeros pasos para construir una alternativa económica menos vulnerable: fortalecer el mercado interno, diversificar el comercio exterior y la autosuficiencia al menos parcial en áreas estratégicas. Habrá que hacerlo. Pero entendamos que en lo inmediato nuestra situación es la de un rehén que debe actuar con cautela e intentar retrasar y matizar cada una de las amenazas que se presenten.
¿Servirá? Imposible saberlo, porque Trump es impredecible y porque en el fondo entendemos que tarde o temprano terminará imponiendo tarifas de una u otra manera. Pero el sustento de millones de mexicanos dependerá de esa “una u otra manera”. Cada mes que se gane será valioso, cada matiz que se consiga hará una diferencia. Tarifas temporales, restringidas a determinados productos o con tasas bajas es muy distinto a una tarifa universal de 25% de manera indefinida.
¿Cuánto más tendremos que ceder? Imposible decirlo a priori. El gobierno tendrá que juzgar una a una cada amenaza y cada exigencia, y determinar el costo de soberanía o el daño inmediato y contrastarlo con el impacto en la situación de vida de millones de mexicanos. En algún momento habrá que establecer límites y no sabremos cuál será la reacción del agresor. Esperemos no llegar al punto de tener que descubrirlo. Por lo pronto, habría que reconocer que la presidenta se está moviendo con responsabilidad, cautela y determinación. Todos los demás también tendríamos que hacerlo. Lo que siga está en el aire.

@jorgezepedap
 

Lo que sigue

Si el sexenio de Andrés Manuel López Obrador tuvo el infortunio de padecer una devastadora pandemia, el de Claudia Sheinbaum sufrirá el tsunami que representa Donald Trump. Quién sabe cuál sea peor. Durante la primera 4T el covid-19 provocó un desplome de 8.4% en el PIB de 2020, daños estructurales a la economía y condenó al sexenio a un raquítico crecimiento de menos de 1% promedio anual, el más bajo en varias décadas. Y tampoco es que viviéramos en Jauja: en los tres sexenios anteriores (2000 a 2018) el país creció apenas a 2.1% anual por año en promedio; es decir, un ritmo que apenas supera el estancamiento, considerando que el crecimiento de la población durante esos años era mayor a 1%.
¿Cuánto habría crecido la economía con López Obrador sin el efecto pandemia? Imposible saberlo, pero es probable que hubiera sido muy parecido al que experimentó el país con Fox, Calderón y Peña Nieto, en torno a ese mediocre 2%. Ciertamente con López Obrador hubo un cambio cualitativo en la manera en que ese crecimiento se distribuyó entre la población y las regiones, gracias a la mejoría del poder adquisitivo de lo sectores populares y a las inversiones en el sureste. Pero se trata de cambios moderados muy lejanos del vuelco que se propone en favor de las mayorías. Resultó evidente que, mientras no haya una generación de riqueza significativa, es muy poco el pastel a repartir.
Claudia Sheinbaum entendió que la verdadera prosperidad de los mexicanos dejados atrás solo puede asegurarse con una economía en expansión que sea capaz de generar los millones de empleos dignos que requiere un pueblo mal pagado. Un 54% de la población activa sigue trabajando en el sector informal, muestra inequívoca de que el sistema ha sido incapaz de proporcionar un empleo aceptable para la mayoría de los ciudadanos. No es de extrañar la enorme atención y energía invertida por la presidenta y su equipo para concitar el interés de los empresarios y activar la inversión. El llamado nearshoring o relocalización de empresas destinadas a producir para el mercado estadunidense, se suponía, iba a ser la vía para propiciar un nuevo impulso a nuestra atribulada economía. El segundo piso de la 4T demostraría que el proyecto de nación de Morena podía ser compatible con una época de prosperidad y alto crecimiento económico.
El fenómeno Trump cambia todo ello. En este momento ya no hablamos de las nuevas empresas que traerá la relocalización, hablamos más bien de cómo impedir que las tarifas y la presión de la Casa Blanca no provoquen una desbandada de las industrias que ya están instaladas. No es sencillo determinar en qué va a acabar la volátil y estruendosa colección de alardes y amenazas de parte de Trump en lo que atañe a nuestro país. Un día hay una señal tranquilizante, seguida por dos días de espanto. Por lo pronto la incertidumbre, el peor de los ingredientes para efectos de un clima favorable a las inversiones, ya ha provocado daños para este 2025.
¿Qué esperar en medio de esta montaña rusa? ¿Dónde situarse para evitar actitudes catastrofistas que provoquen una depresión auto infligida y, al mismo tiempo, no ser negligentes o pasivos frente a los riesgos que afrontamos?
Me parece que grosso modo habría tres posibles escenarios. Por un lado, el positivo. No es descartable que al final se imponga en Trump la necesidad de competir con China y que, frente a la imposibilidad de producir a precios competitivos lo que compra del país asiático, Estados Unidos entienda que la única posibilidad es hacerlos en México. iPhones, juguetes, plásticos, muebles, calzado y ropa de vestir y fases de la producción electrónica, línea blanca e industria pesada intensivas en mano de obra. Sea una política deliberada o simplemente tolerada, eso reinstalaría la noción de la relocalización, directamente orientada a neutralizar las importaciones del sudeste asiático.
En el otro extremo estaría el escenario más pesimista. Un aumento tarifario a la industria automotriz, a la agroexportación y en general a las cadenas productivas integradas a la economía estadunidense. Según especialistas, en el peor de los casos eso provocaría un daño estructural que nos condenaría a una recesión prolongada. De ser así, el sexenio de Sheinbaum quedaría condenado a una actitud defensiva para paliar la tragedia y comenzar el lento y trabajoso proceso de alinear las estructuras productivas al mercado interno. Un escenario hostil en el que el éxito de Sheinbaum no se mediría en términos de crecimiento, sino de habilidad para atenuar la caída.
Y luego está el escenario intermedio, que francamente es el que considero más probable. Cuatro años de muchos amagos, algunos raspones y descalabros temporales, pero en general de crisis conjuradas una y otra vez, lo cual mantendría el estatus quo del aparato productivo. Entendamos que Trump mismo está sujeto a muchas presiones de los intereses en juego, algunos de ellos poderosamente vinculados a la integración de los tres países firmantes del TLC. Ganará una y perderá otras. En muchas se contentará con festejar aparentes triunfos sin que hayan cambiado las actuales inercias.
De darse este probable escenario las perspectivas económicas serían las de un periodo de vacas flacas, aunque tampoco desastrosas. Tasas de crecimiento entre 1 y 2 por ciento anual si logramos sortear las crisis y entre 0 y 1 si proliferan los raspones. ¿Qué significa eso? Un segundo piso de la 4T modesto, en el que los mayores méritos serían cualitativos, no cuantitativos. Sheinbaum tendría que limitar sus aspiraciones; que pasarían de plantearse un salto drástico, a concentrarse en la modernización de la administración pública, al ordenamiento institucional y a una vuelta de tuerca adicional para asegurar las premisas del proyecto social y político de Morena.
Tampoco es poco mérito mantener la línea de flotación en medio de la tormenta. Pero se verá obligada a escoger muy bien las batallas, las políticas públicas y los objetivos, porque serán tiempos de apremio y de recursos limitados. Quizá una oportunidad para repensar la ruta a seguir en un mundo que, definitivamente, ya ha cambiado.
@jorgezepedap

 

No estamos solos

Un mérito que hay que reconocerle a Donald Trump. En ningún momento esconde sus defectos ni disfraza con buenas intenciones o sutilezas su propósito de sacar ventaja a quien tiene enfrente. Su America First no es otra cosa que una actitud narcisista convertida en política de Estado. Ningún intento de relacionarse a partir de la ganancia mutua, como era el viejo argumento de los imperios para obtener lo que deseaban. Hoy se ha reducido a un simple “dame lo que quiero por las buenas o me lo darás por las malas”. Sobre pedido no hay engaño.
El tema es qué va a hacer el resto del mundo. A menos de un mes del ascenso de Trump a la Casa Blanca, los mandatarios, los dueños del dinero o los líderes de organismos internacionales apenas han podido reaccionar, a medio camino entre la incredulidad y la sorpresa. No es para menos, porque en tres semanas ha lanzado amenazas desestabilizantes que parecerían una locura en cualquier otro contexto que no fuera Trump. La intención de apoderarse de Groenlandia o del Canal de Panamá, de expulsar a 2 millones de habitantes de la franja de Gaza, de pactar con Putin el fin de la guerra de Ucrania sin incorporar a Ucrania o al resto de Europa, o ponerse a cogobernar con el excéntrico y disparatado Elon Musk.
La primera reacción del “orden mundial” ha sido de enorme cautela, y con toda razón porque en su primer período Trump dijo muchas cosas que quedaron en mero discurso. La mayor parte de los líderes han preferido evitar engancharse en batallas verbales con el presidente y los suyos. Algunos, como Putin o Xi Yiping, porque hay medidas anunciadas por el norteamericano que podrían ser aprovechadas en su favor, a condición de explotarlas en el momento oportuno. Otros, sobre todo europeos, porque esperan ver la magnitud del daño de las acciones tomadas antes de diseñar contrataques o mecanismos de defensa.
Por desgracia, Trump ya ha dado suficientes muestras de que su segundo período será mucho más drástico que el primero y que está dispuesto a cumplir muchas de sus amenazas. Ya empezó a hacerlo sobre todo en política doméstica.
La pregunta es ¿qué va a hacer el resto del mundo? Es evidente que cada una de las partes, por separado, son más débiles que Estados Unidos y en toda negociación bilateral terminarán perdiendo. Por el contrario, cualquier forma de negociación consolidada de parte de los otros poderes podría poner las cosas en proporción. La economía de Estados Unidos representa 25% del PIB mundial, pero la de China llega a 19% y la de la Unión Europea a 15%.
En enero del año pasado publiqué en este espacio una reflexión sobre la debilidad de Occidente para seguir imponiendo su voluntad al resto del mundo. Lo dejó en claro el fracaso para desencadenar sanciones eficaces en contra de Rusia tras la invasión a Ucrania. El investigador francés Emmanuel Todd documentó que el Kremlin sobrevivió con éxito al boicot financiero, tecnológico y comercial impuesto por Estados Unidos y Europa. Apenas resintió la caída de ingresos por concepto de hidrocarburos, pero a cambio diversificó su mercado gracias a sus exportaciones a China, India, Turquía y en general al sudeste asiático, con la ventaja de que ahora lo hacía en yenes o rublos y no en dólares. Algo similar sucedió con el boicot tecnológico. Las medidas en contra de Rusia empujaron al importante sector tecnológico, cibernético y científico de la otrora Unión Soviética a una alianza simbiótica con el poderoso motor económico chino. El boicot fallido ha sido un tiro al pie en otros aspectos. Para evitarse sanciones buena parte del comercio de otros países dio lugar a la proliferación de flotas mercantiles informales, apócrifas o piratas y se estima que hoy movilizan un 20% del comercio mundial. En 2024 la economía rusa creció 3.7%, la de Estados Unidos 2.7 y la de Europa en su conjunto apenas 0.9. El castigo ejemplar de Occidente para obligar a Rusia a ceder por hambre, fue un fracaso. El tema de fondo, más allá de la infamia de una invasión, o del carácter autoritario del régimen de Putin, es la incapacidad de las élites del primer mundo para entender que la geopolítica había cambiado.
Habría que recordar esta lección con las baladronadas de Trump. Hasta ahora las primeras señales de parte de los centros de poder son desalentadoras. Cada uno ha intentado apaciguar la hostilidad real o potencial de la Casa Blanca contra su país y ha explorado vías directas para entenderse con Trump. No muy distinto de lo que hacen los dueños de las empresas tecnológicas punta, todos cediendo en algo para congraciarse con él.
Pero esperemos que, en caso de cumplir sus peores amenazas, el mundo encontrará formas de afrontarlo. En ocasiones, quizá las menos, respondiendo con represalias en contra de Estados Unidos; en otras, recurriendo a la puerta trasera, como lo hizo Rusia. Si actúan en conjunto, al menos para algunas acciones, Trump tendrá que ceder o conformarse con victorias menores.
Y recordemos que Trump no es Estados Unidos. Hay poderosos grupos de interés internos afectados por muchas de sus medidas. Hasta ahora también han actuado con cautela. Reaccionarán en su defensa, cuando llegue el caso. Salvó a los trumpistas, para todos es evidente que China podría ser el ganador de las políticas egoístas y abusivas de Washington. Si bien el proteccionismo de Trump daña en lo inmediato los intereses de Pekín, a la larga ganará enormes espacios geopolíticos, comerciales y financieros con el resto del mundo.
Así pues, México no está solo en la difícil tarea de enfrentar a este buleador. Nuestro problema es también el problema de todos. Sin embargo, hay una singularidad que, a diferencia de los demás, limita nuestro margen de respuesta. Somos la economía más dependiente de la estadunidense en todo el planeta, por no hablar de las relaciones simbióticas entre las dos sociedades si consideramos frontera, migración, remesas, turismo o seguridad pública. Washington considera a México como parte de su espacio de seguridad nacional y basta recordar la crisis de los misiles en Cuba para entender lo que Estados Unidos se juega. Pueden no gustarnos las consecuencias, pero sería ingenuo ignorarlas. Es una carta interesante a jugar, a condición de saber los límites y consecuencias que ella impone. Para decirlo rápido, Brasil puede “jugar” a entregarse en brazos de China; México no puede hacerlo porque, por razones militares, Estados Unidos no lo permitiría.
Esperemos que el mundo responda y acote los excesos de este abusador. Y solo será eficaz si algunas reacciones son multilaterales y no individuales. Pero no es el camino de México, que tendrá que ser extraordinariamente cauto para trabajar en los pliegues, adentro y afuera de Estados Unidos, como corresponde a nuestra realidad. Tarde o temprano el mundo tendrá que afrontar un pulso frente a Trump, pero no México. Lo nuestro tendrá que ser una hábil estrategia de ajedrez.

@jorgezepedap
 

Frente a Trump, estrategia y entereza

Finalmente sucedió, y en los peores términos. Trump aplicó un gravamen universal de 25% a las importaciones procedentes de México y Canadá. Con el añadido de que cualquier réplica será castigada con un aumento adicional de tarifas. En la práctica un acto de abuso inconcebible en materia de relaciones comerciales en el mundo contemporáneo. Un proteccionismo solo de un lado, por sus pistolas.
¿Qué efectos tendrá y qué podríamos hacer para afrontarlo? Primero, habría que entender que la excusa tantas veces mencionada del tráfico de fentanilo o la persecución de los cárteles es solo eso, una excusa. Desde luego habrá que hacer lo necesario para quitarles el motivo de esgrimirla; al margen de Trump, era imprescindible que el gobierno asumiera una estrategia más decidida en contra del crimen organizado. Pero es evidente que esa no es la razón de la imposición de tarifas, no en este caso. Y el castigo a Canadá lo revela.
Lo que Trump busca es disminuir el deficit comercial (nos compran más de lo que nos venden), repatriar empresas, sustituir importaciones y generar empleos. Por lo menos esa es una parte esencial del discurso con el que ganó, y muy probablemente él mismo lo cree. De paso, esas tarifas constituirían ingresos netos para el atribulado presupuesto del gobierno estadunidense. Y, finalmente, aunque la mayor parte del mundo de los negocios está en contra, es una medida popular entre su base electoral y parte sustantiva de la narrativa de Make America Great Again (MAGA).
La pregunta de fondo es si se trata de un régimen tarifario temporal, de mediano plazo o definitivo. Lo cierto es que sea una cosa u otra, es un paso en una dirección contraria al proceso de integración que Estados Unidos favoreció con México durante tres décadas. Cuán profundo vaya a ser este bandazo probablemente ni el mismo Trump lo sabe, entre otras cosas porque estamos en un terreno inédito. Es tal la urdimbre de intereses que sus efectos apenas pueden vislumbrarse.
Encarecer las mercancías procedentes de México no genera su producción en suelo estadunidense de manera automática ni mucho menos. Lo único que haría es que otro país sustituya a México. Muy evidente en casos como el jitomate, la fresa, los pimientos o los aguacates, de los que somos el principal proveedor. Si bien es cierto que se cultivan en la Unión Americana, por clima y cambios estacionales son incapaces de responder a la demanda todo el año. Cancelar las importaciones de México solo haría que Centroamérica, Filipinas o equivalentes entraran “al quite”. Se produciría un daño a México, es cierto, pero sin beneficio para Estados Unidos, salvo que el consumidor tendría que comprarlo más caro.
Por otro lado, hay muchas exportaciones mexicanas cuya competitividad supera el 25% de gravamen; es decir, seguirán siendo más baratas que intentar producirlas en Estados Unidos. La diferencia en costo de la mano de obra entre Estados Unidos y México es de 5 a 1. La media del salario por hora allá ronda los 20 dólares, en nuestro país equivale a 4 dólares considerando no el salario mínimo, sino los 17 mil 200 pesos mensuales promedio de los trabajadores inscritos en el IMSS.
A pesar del castigo del 25%, productores e intermediarios pueden ajustar márgenes de ganancia para hacerse competitivos. Por otra parte, el deslizamiento del peso irónicamente jugaría a nuestro favor, al menos en este punto. Un peso más barato hace que el precio en dólares para adquirir productos mexicanos disminuya en la misma proporción; parte de ese 25% sería compensado por el deslizamiento. Todo lo anterior significa que el aumento tarifario no equivale al fin de las empresas mexicanas que hoy exportan a la Unión Americana.
El tema nodal, sin duda, es el de la industria automotriz, tractores incluidos. Si Trump quiere hacer una guerra a las armadores para obligarlas a trasladarse a Estados Unidos, tendría que ser brutal y permanente, porque los costos en Detroit o similares son mucho más altos que ese gravamen. Y, por lo demás, una parte no desdeñable de esa producción está encaminada al mercado final mexicano y a otros sitios, con márgenes de rentabilidad que las empresas automotrices no querrían perder. Dependerá de su capacidad de cabildeo bregar con las intenciones de la Casa Blanca. En su defecto, si Trump solo desea evitar que empresas chinas usen a nuestro territorio para colocar autos en Estados Unidos, la respuesta de México sería totalmente distinta.
Y luego está el tema de “las represalias”. Es cierto que México y Canadá “necesitan” de Estados Unidos mucho más de lo que este nos necesita, al menos en cifras. El 80% de lo que exportan los dos primeros va a la Unión Americana, mientras que apenas el 29% de lo que este país compra procede de sus dos vecinos. Pero en muchos casos puntuales la codependencia es dramática. Para productores estadounidenses de maíz, cerdo, industria alimentaria, frutas, acero, gasolinas y un largo etcétera, la aplicación de un gravamen de 25% por parte de México en reciprocidad, provocaría impactos significativos. En los planes C y D, de México y de Canadá, están detectados los sectores electorales y regiones más afectos a Trump para, llegado el caso, aplicar gravámenes selectivos de manera quirúrgica y con mayor probabilidad de incordiar a su base.
¿Conviene replicar con tarifas, a pesar de la amenaza de Trump de ampliarlas en represalia? México tendrá que tomar una decisión en las próximas horas, aunque tiene hasta el martes para hacerlo. Y, por lo demás, es ingenuo tratar de convencer a Trump de que el empobrecimiento de México no acarrea ningún beneficio a su país.
Nótese que, al usar el pretexto del fentanilo, Trump se deja abierta una coartada para levantar tarifas en poco tiempo, en caso de que el resultado le sea inconveniente. Eso deja a Claudia Sheinbaum en un dilema ¿declararle la guerra tarifaria o apostar al cabildeo y a los contrapesos que surgirán dentro de Estados Unidos? Solo ella puede determinarlo, porque nuestra capacidad de resistencia depende de la relación con empresarios y poderes fácticos, del comportamiento del peso y del espíritu de la nación, por así decirlo. Si Trump decide emprender golpes de gracia a las cadenas de producción y al proceso de integración en marcha desde hace 35 años, habrá que afrontarlo y asegurar que el costo le sea prohibitivo. No se trata de envolverse en la bandera e inmolarse, sino de resolver lo que más convenga al interés de los mexicanos. La guerra tarifaria podría ser la respuesta si estamos convencidos de que nuestra capacidad de sacrificio es mayor que la tolerancia de los estadunidenses a la incomodidad. En tal caso, habría que asegurar que el ciudadano de aquel país experimente más rápido las inconveniencias de una guerra tarifaria que sus eventuales ventajas.
Pero si no estamos convencidos de nuestra capacidad de resistir un incremento de tarifas a 50%, el freno a las remesas o la interrupción del suministro de gas (porque con Trump todo es posible), convendría una negociación táctica que permita sobrellevar la peor parte de la tormenta y dedicarnos a construir un modelo mixto, que a la postre disminuya lo que parecía una codependencia acordada y terminó siendo una servidumbre.
En un sentido u otro, habrá que sobrevivir a esto como sobrevivimos a la pandemia; superaremos esta infamia, a condición de actuar con entereza y, en efecto, cabeza fría. Frente a las muchas desventajas, en materia política el gobierno mexicano tiene más fortaleza y apoyo popular que el de su contraparte estadunidense. Eso servirá para lo que viene, que apenas comienza. En todo caso, tengo la impresión de que Claudia Sheinbaum tomará la decisión más conveniente y encontrará los argumentos para que la nación lo entienda. Lo demás, será un largo proceso de resilencia y entereza.

@jorgezepedap
 

Ilegales, jamás tendrían que haberse ido

Es más que justificada la indignación que provoca el desprecio y maltrato de parte de Trump y de los suyos en contra de los latinos. Con toda razón se ha denunciado la ola de odio y resentimiento que ha surgido en buena parte de la sociedad estadunidense con su narcisismo disfrazado de nacionalismo barato, racista en el fondo. Es necesario exhibirlo, combatirlo y hacer lo posible por paliar el sufrimiento de sus víctimas.
Pero al mismo tiempo no podemos descargar la propia responsabilidad que llevamos en todo esto. Muy fácil denunciar la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio (o la viga en ambos). Por incómodo que resulte, no basta ponernos del lado de las víctimas y hacer algo al respecto, también habría que asumir que tenemos una responsabilidad como victimarios. Porque en la medida en que no lo entendamos seguiremos perpetuando las condiciones de injusticia, racismo y desprecio que provocaron la “expulsión” de esos migrantes.
“Hoy toca abrazar a quienes vienen de regreso a nuestro país con un solo pensamiento, jamás tendrían que haberse ido”, afirma Susana Crowley este sábado en un texto en Sinembargo.mx. Tiene toda la razón. Nadie deja terruño y familia por gusto para afrontar los desafíos que entraña la emigración ilegal, con su carga de riesgos, explotación de los polleros, endeudamiento para financiar el viaje, asaltos y violaciones del crimen organizado y la amenaza de ser tratado como un paria una vez que logran cruzar. Lo hacen porque las alternativas donde viven son peores. ¿Y por qué son peores? Porque en sus lugares de origen padecen el desprecio, la injusticia, el maltrato y el racismo del que ahora, con sobrada indignación, denunciamos por parte del trumpismo.
O de qué otra manera llamar al congelamiento en términos reales del salario mínimo durante 35 años, la falta de inversión pública en el sureste y en las zonas deprimidas, el desinterés en la educación pública, un sistema judicial siempre sometido al mejor postor, el despojo de tierras campesinas, la inviabilidad de la economía popular y un largo etcétera. No solo se trata de un sistema de mercado que produce desigualdades, algo que sucede en todo el mundo. En algunos países, notoriamente los europeos y en particular los nórdicos, los gobiernos intentan moderar los excesos de la sociedad mercantilista en la que vivimos. Pero en México el sistema hizo justamente lo contrario, acentuó las distorsiones y operó con un racismo apenas disimulado: márgenes de ganancias extraordinarias para un seudo empresariado rapaz y especulativo, corrupción invariablemente favorable para el que tiene más, explotación en contra de las comunidades, políticos expoliadores. El resultado: es más fácil cruzar una frontera, el desierto y los riesgos que encontrar una manera de ganarse la vida en la propia tierra. Y no se trata de un asunto de méritos. Basta ver la manera en que la mayoría de los migrantes prospera a base de esfuerzo, sacrificio, habilidad e ingenio. Nada de eso les ayudó para hacerse de una oportunidad en su propio país.
Si no se trata de una cuestión de méritos, como muchos conservadores afirman, podemos pretender que la desigualdad que se ceba de esa manera en la enorme base desfavorecida de nuestra pirámide social es una condición natural de nuestras tierras. Refugiarnos en el recurso fácil de pensar que se trata de una rueda de la fortuna que a unos nos hizo nacer en un ambiente favorecido y a otros no. Una especie de “ni hablar, así es la vida”, como si no hubiera ninguna relación entre la riqueza de unos y la pobreza de otros, como si muchos de los beneficios de los que disfrutamos no surgieran de las condiciones de privilegio y distorsión que explican la falta de oportunidades de los que menos tienen. En esencia tienen menos porque el sistema ha operado para que otros tengamos más.
La contra cara de la deportación de la que ahora nos indignamos es la expulsión a la que, en la práctica, condenamos a millones con la lenta y terrible erosión de las condiciones que permitían una existencia de por sí precaria. No hicimos nada para contenerla. Se fueron expulsados, regresan deportados. Mínimamente habría que repartir responsabilidades.
En cierta forma, la migración fue un subsidio político y social para nuestras élites. Para ser mínimamente viable una sociedad debe ofrecer alguna oportunidad a sus mayorías; México no lo hizo, pero las élites no tuvieron que sufrir las consecuencias (forzar cambios o asumir la inestabilidad y probable insurrección) porque contaron con la válvula de escape que representó la salida de millones de personas que carecían de opciones. Con frecuencia se dice que el sistema político mexicano tuvo el mérito de salvarnos de los golpes militares y levantamientos que padecieron todos los demás países latinoamericanos. Habría que preguntarse si eso habría sido posible si los 12 millones de mexicanos que se han ido hubieran presionado al sistema y si tantas familias no hubieran recibido las remesas que les ha permitido paliar la pobreza durante tantos años.
En las cifras absurdas de la riqueza de los gobernadores oaxaqueños, llámense Murat, Ruiz o Carrasco, reside la otra cara de la moneda de los jardineros y recolectores de cosechas oaxaqueños que han comenzado a ser deportados.
Andrés Manuel López Obrador decía una verdad, aunque incompleta, cuando aseguraba que había que centrarnos en las verdaderas causas de la migración, la falta de oportunidades. Habría que asumir las implicaciones completas de ese planteamiento, ahora que afrontamos sus secuelas.
En fin, la caridad y la solidaridad con los caídos en la desgracia, en este caso los deportados, es lo mínimo que debemos hacer, pero no basta. En ocasiones la caridad no es más que una manera de esconder o descargar la conciencia de la propia responsabilidad. Hacerse cargo no solo supone que las élites asuman la imposibilidad de sostener un modelo que impone tales niveles de desigualdad; también una llamada puntual al gobierno de la 4T para hacer algo más urgente. En particular con las nuevas causas de expulsión, como la violencia, que se han añadido a las viejas infamias que ya existían. Jamás tendrían que haberse ido. El tema no es rasgarse vestiduras sino preguntarnos ¿qué podemos hacer para que dejen de hacerlo?

@jorgezepedap

El futuro según Elon Musk

Parecería el guión de una mala película de ciencia ficción: el hombre más rico, el dueño de la empresa que domina el espacio exterior y la operación y lanzamiento de satélites, propietario de la red social con mayor influencia en el mundo, es potencialmente el poder tras el trono del mayor imperio militar y económico planetario. Alguien ha dicho, con cierta razón, que está en curso una especie de putinización del gobierno de Estados Unidos; la urdimbre entre la oligarquía y el poder político. Trump ha hecho una alianza con un puñado de billonarios para apoyarse mutuamente y vencer a sus rivales. La élite económica, dueña de las grandes empresas tecnológicas, ha venido resintiendo la intervención de los gobiernos que buscan limitar sus excesos. Ahora encontrarían en Trump una garantía para operar sin restricciones. Incluso los mandamases de Amazon, Facebook y Google, que en principio se inclinaban por una visión más progresista, han terminado por ceder ante el nuevo soberano. En parte porque así conviene a sus intereses, en parte porque no desean ser objeto de represalias y en mucho porque no les hace gracia dejarle a Elon Musk el control absoluto de lo que Washington vaya a hacer en materia tecnológica.
Para desgracia de ellos, y en realidad de todos, Musk les lleva ya mucha ventaja. No solo porque donó 250 millones de dólares a la campaña de Trump y abrió la red X a los puntos de vista de la derecha, comenzando por los suyos. Sobretodo porque se convirtió en vocero de su causa en muchos terrenos.
Trump respondió generosamente. De entrada, lo ha nombrado responsable de la reestructuración, leáse achicamiento, del gobierno. Un puesto que dice nada, porque no están claras sus atribuciones dentro de la jerarquía, pero podría ser todo porque, si así lo desea la Casa Blanca, cruza horizontalmente a toda la estructura de poder.
La diferencia entre Trump y Putin, una de ellas por lo menos, es que Putin es un producto del Estado. En su alianza con la oligarquía rusa tiene perfectamente claro que el centro de gravedad reside en el poder político que él detenta. Trump carece de esa solidez, disciplina, convicciones o como quiera llamársele. El neoyorquino pertenece a esa oligarquía millonaria, doctrinariamente vaga y oportunista, que hace de los intereses coyunturales su razón de ser. Su debilidad reside en su inconsistencia, en su narcisismo vulnerable al cortejo, en su edad proclive al chocheo.
En tales condiciones, Elon Musk puede convertirse en el verdadero motor en los temas que a él le importan; en la influencia decisiva, o incluso el operador directo de la agenda planetaria de su incumbencia. A diferencia de otros colaboradores del próximo presidente, Musk no es un empleado, en cierta forma es un ídolo para Trump, pues es el absoluto triunfador a escala mundial, el depredador más exitoso del planeta. Cómo no va a admirar a quien superó a la Nasa en exploración espacial, a los gobiernos de Estados Unidos y Rusia, por no hablar de Google, en comunicaciones satelitales, a Japón y a Europa en poderío automotriz. Trump tuvo problemas con Twitter, Musk lo compra y la pone a su servicio.
Solo podemos especular sobre el protagonismo que realmente habrá de tener en la nueva administración. Por lo que se advierte, no va a ser menor. Se conduce más como un nuevo miembro de la familia Trump que como un mero colaborador del gabinete. Y mucho dice el desparpajo con el que suelta opiniones de política interior en países europeos, sea apoyando directamente a corrientes de derecha o socavando a gobiernos progresistas.
¿Cuál podría ser el efecto Musk en el mundo que viene? Imposible saberlo ahora, pero resulta muy elocuente la conversación de más de una hora sostenida por el empresario con la candidata alemana de ultraderecha, Alice Weidel. Lo cual nos regresa a la ciencia ficción.
En esta entrevista, Musk asegura que la vulnerabilidad del planeta es tal que nuestra especie está condenada a la extinción tarde o temprano, a menos que nos convirtamos en una civilización de dos planetas. “Si vamos a salvar a la especie necesitamos colonizar Marte”, y añade que bastaría un millón de personas allá arriba para escapar de la aniquilación. En dos años, afirma, estará en condiciones de enviar la primera nave no tripulada al planeta rojo.
Visto desde esta perspectiva mesiánica, miles de millones de personas más o menos son irrelevantes (esto no lo dice, pero se desprende de esta lógica). Lo importante es la carrera contra el tiempo. “Los dinosaurios se extinguieron porque no tenían naves espaciales”, afirma. Consecuentemente, el mundo ideal muskiano, en este momento, sería aquél que maximizara el acceso a la fuerza de trabajo, a las materias primas baratas y los márgenes de ganancia para mantener la reinversión masiva, sin obstáculos de parte de gobiernos, restricciones humanitarias o consideraciones éticas. ¿Qué derecho humano puede estar por encima de una misión que está centrada en salvar a la especie?
No es de extrañar el absoluto alineamiento de Musk con las agendas de la derecha y la extrema derecha. El control político por parte de líderes fuertes que aseguren gobiernos no intervencionistas, regulaciones mínimas, plena libertad para el capital.
No deja de ser paradójico que, alguien que teme por la extinción de la especie, abrace la causa de los negacionistas sobre el deterioro del medioambiente. La explotación a mansalva y la voracidad del mercado son los principales motores del calentamiento global. Pero no hay contradicción alguna. Musk pertenece a la corriente elitista, centrada en la supervivencia del más apto; el reto no consiste en salvar a la humanidad y su hábitat, a los 8 mil millones de habitantes, porque eso eventualmente está perdido. No, lo suyo es asegurar que un puñado se salve, los más ricos, los más aptos tecnológicamente hablando.
Lo más grave de esa conversación no es el diálogo delirante con la líder fanática alemana, o que en algún punto señalen ambos que Hitler era un comunista de izquierda y que no era de derecha, o despropósitos similares. Lo que en verdad preocupa, es que la ciencia ficción amenaza convertirse en realidad. Un mundo en que las decisiones comiencen a tomarse en función de la supervivencia de los más ricos y poderosos, y los demás seamos un mero instrumento y, eventualmente, un estorbo.

@jorgezepedap

 

La vida de los otros

 

 

En los meses por venir la vida de los otros, de aquellos que nacieron en otras tierras y pasan por la nuestra entre penurias y desgracias, habrá de convertirse en parte de la vida de nosotros. En Europa, porque el tema de la migración o la difícil integración de las comunidades de África y Medio Oriente en sus metrópolis, acabará siendo la razón o el pretexto para que unos políticos ganen y otros pierdan las elecciones. En América Latina porque lo que se decida a lo largo de este año, modificará la existencia de millones de seres humanos desesperados por encontrar una solución a la simple tarea de sobrevivir con un mínimo de dignidad.
En México por partida doble; la presión comprensible que experimentan habitantes de Tijuana, Ciudad Juárez o Matamoros, por mencionar algunos de los muchos sitios cuyos lugares públicos y servicios han sido invadidos por una población flotante atascada por tiempo indefinido. Y en términos geopolíticos y económicos la enorme presión que supone para nuestras autoridades y paisanos la amenaza de expulsión que pende sobre tantas familias.
La vida de los otros, pues, es cada vez más la vida de todos nosotros por la manera en que se entreteje con el día a día de nuestra existencia. En París, en Londres, en Berlín por no hablar de nuestro vecino del norte, el miedo a esa diversidad teñida de bronce, que se expresa en otras lenguas y profesa una religión distinta, ha modificado la relación de las fuerzas políticas. Es una migración incómoda, sin duda. Hay un temor explicable. El hambre y la desesperación no “viajan bien”. Sobre todo, cuando sus víctimas no pueden ejercer su fuerza de trabajo, el único argumento que tienen para conseguir un bocado. La miseria no tiene un rostro amable, no huele bien y con frecuencia termina en desgracia y tragedia. Comprensible que muchos en el primer mundo o el segundo, no quieran tener algo que ver con esa realidad. Sin embargo, incluso al margen de consideraciones éticas, ya es también nuestra realidad.
Para algunos países porque “cosechan” ahora lo que sembraron durante el colonialismo y la explotación de tierras a las que quedaron vinculados por una destrucción depredadora orquestada a lo largo de siglos. Creyeron que bastaba un “con permiso” para retirarse impunemente, como si sus destinos no hubieran quedado sellados para siempre. Hoy sabemos que la fortuna durante tantos años disfrutada en las metrópolis se estaba adquiriendo con las miserias futuras a pagar en sus suburbios.
Para otros países porque se asumió que la globalización a la que nos entregamos durante los últimos treinta años podía separar quirúrgicamente el tráfico de mercancías, recursos naturales y capitales del otro recurso no deseado, los seres humanos. Un mundo global para la libre circulación de todo, menos de personas. Hoy sabemos que no es así, porque ese orden neoliberal reproduce injusticias y desigualdades que no pueden ser contenidas en las fronteras.
Lo cierto es que el problema ya es de todos, y no solo de aquellos que vienen “a incordiar”, como afirman los conservadores del primer mundo, centrados en la negación o la muy conveniente convicción de que los migrantes proceden de un planeta ajeno a sus buenas vidas y que ahora vienen a contaminar. No pueden explicarse por qué las masas desesperadas no aceptan ser dosificadas en las exclusivas cuotas que exige la marcha de los pisos inferiores de la economía; los sótanos, cocinas y campos de cultivo que su propia fuerza de trabajo no está dispuesta a cubrir.
La alemana Jenny Erpenbeck, autora de la impresionante novela Kairos, que alguna vez reseñé en estas páginas, entregó un entrañable texto sobre el tema: Yo voy, tú vas, él va (Anagrama). La historia de un catedrático berlinés, viudo y recién retirado, cuya principal ocupación consiste en hacer la compra de las vituallas del día y deshojar la lenta soledad de sus jornadas, hasta que contempla una manifestación, en el parque de sus paseos habituales, de un grupo de africanos que se resiste a ser expulsado. Más por aburrimiento que por interés decide averiguar en qué consiste la desesperación de unos y la furia de la policía que los contiene. Con ello cambia su vida y, en alguna medida, espero, la de todo el que lee este texto.
“Los dos grupos de personas que se encontraban frente a frente ¿eran como las dos mitades de un universo, unidas sin remedio, pero separadas por un abismo infranqueable? La zanja que las separaba ¿era insondable y provocaba por ello violentas turbulencias? ¿Y entre qué y qué transcurría? ¿Entre lo negro y lo blanco? ¿Entre lo pobre y lo rico? ¿O entre lo extraño y lo amigo? ¿O entre aquellos cuyo padre estaba muerto y aquellos cuyo padre vivía aún? ¿O entre los de pelo ensortijado y los de pelo liso? ¿O entre los que a su comida la llamaban «fufú» y los que la llamaban «goulash»? ¿O entre los que llevaban camisetas amarillas, rojas y verdes, y los que tenían predilección por la corbata? ¿O entre los que bebían agua y los que preferían la cerveza? ¿O entre una lengua y la otra? En definitiva, ¿cuántas fronteras había en un único universo?”
El profesor decide indagar un poco en la vida de los manifestantes y se dedicará a conversar sin prisas con algunos de ellos en las siguientes semanas. Conocer lo que dejaron atrás pero que en realidad han llevado con ellos, la profundidad abismal del deseo de sobrevivir, convierten en un limbo vacuo y carente de sentido a su propia existencia.
Las frases de sus vecinos y, hasta unos días antes, también las suyas, súbitamente se hacen absurdas. “Nosotros no podemos alimentar a África entera” o “los africanos deberían solucionar sus problemas en África”.
Sabiendo lo que ahora sabe, entiende la imposibilidad de que Europa les pida eso. Richard, el profesor, se dice que su propia lista de tareas sería, por ejemplo: “Llamar al técnico para el lavavajillas estropeado, pedir hora al urólogo, mientras en la de Karon (uno de los refugiados), pondría: acabar con la corrupción, el nepotismo y el trabajo infantil en Ghana; o en la de Apolo: presentar una demanda contra la multinacional Areva (Francia), instaurar un nuevo gobierno en Níger que no se deje sobornar ni presionar por los inversores extranjeros, fundar el Estado tuareg independiente; o en la de Rashid: reconciliar a los cristianos y los musulmanes en Nigeria, convencer a Boko Haram para que depongan las armas; por último Hermes, el analfabeto de las zapatillas doradas, y Alí, el futuro enfermero, tendrían que ocuparse juntos de estas dos tareas: prohibir el suministro de armas al Chad, prohibir la extracción de petróleo en el Chad que es llevado a otros países (Estados Unidos y China)”.
Lo dicho, somos parte de sus problemas, y los suyos del nuestro. Habrá que recordarlo en los meses que se vienen.

@jorgezepedap