Combate a la inseguridad, ¿deveras ha comenzado?

Por primera vez en las portadas de los periódicos y en las cortinillas de los noticieros la relatoría de hechos de sangre está alternando con la de aprehensiones y decomisos importantes. Nos habíamos acostumbrado a que la llamada nota roja o policiaca fuera solo unilateral: muertos, violaciones y asaltos. En pocas ocasiones había el contrapunto de alguna respuesta de las autoridades y, cuando la había, parecía ser el producto de una reacción a un ataque iniciado por los criminales.
Pero algo parece estar cambiando. En los últimos diez días no ha habido uno que no se haya informado de una detención destacada. Invariablemente ha sido el resultado de una investigación policiaca y ejecutado a través de una operación conjunta de varias corporaciones: policías, GN y en ocasiones ejército. Entre las más sonadas, la Operación Enjambre, en varias presidencias municipales que habían sido tomadas por los narcos; la intervención a un edificio destinado a la piratería china; un cargamento de fentanilo récord en la historia de decomisos; la aprehensión casi diaria de distintos capos o lugartenientes importantes, incluyendo el de varios operadores financieros; el desmantelamiento de una red importante de huachicol con una incautación también histórica.
¿Podemos hablar de que por fin está comenzando un cambio de estrategia del Estado mexicano respecto al crimen organizado? Quizá demasiado pronto para afirmarlo categóricamente, pero los primeros hechos están a la vista.
Desde hace treinta años los gobiernos mexicanos prácticamente han pateado el bote “para más delante” en materia de inseguridad. Felipe Calderón fue el presidente que más alharaca hizo, pero, como sabemos, más con propósitos de efectismo político mediático que con una estrategia responsable. En cierta forma solo alebrestó el gallinero.
Por lo que respecta al gobierno de López Obrador, mi hipótesis es que tras asumir la presidencia él entendió que el gobierno mexicano carecía de la capacidad de fuego para enfrentarse al crimen organizado; simple y sencillamente no había manera de ganar esa guerra en el estado en el que se encontraban las policías, débiles e infiltradas. En consecuencia, se dedicó a construir la infraestructura que permitiera a su sucesor, seis años después, estar en condiciones de superar al adversario. De allí la creación de una Guardia Nacional y la recuperación del territorio a través de más de 500 cuarteles. Mientras tanto intentó ganar tiempo con esa especie de tregua “abrazos no balazos”, que los criminales terminaron aprovechando.
Lo cierto es que Claudia Sheinbaum tiene hoy un activo con el que antes no se contaba. Quizá ella habría preferido un esquema distinto, más centrado en la investigación policiaca que en el despliegue físico de fuerzas armadas. Pero es lo que hay y tendrá que convertirlo en una ventaja.
Lo que está claro es que el gobierno ha entendido que no puede seguir pateando el bote. Primero, porque si bien es cierto que los crímenes han descendido poco a poco en los últimos años, eso ya no alcanza frente al hartazgo de la ciudadanía. Además, las estadísticas no reflejan el avance cualitativo del control territorial del narco en regiones en las que ya dominan la vida local. La factura política es excesiva. Podría pensarse, incluso, que a mediano plazo la mayor amenaza en las urnas que enfrentaría Morena provendría no de la oposición como tal, sino del surgimiento de algún líder carismático de derecha, tipo Bolsonaro o Bukele, capaz de explotar el miedo y la desesperación, prometiendo una mano dura implacable para resolver la inseguridad. Hoy en día es la preocupación número uno en los sondeos de opinión.
En segundo lugar, Sheinbaum entiende que debe hacer algo sobre la merma cada vez más sustantiva que ejerce el crimen en la actividad económica. Una y otra vez el tema sale a relucir en toda reunión que sostiene con empresarios. La cuota pagada por extorsiones en comercios e industrias, las pérdidas por inseguridad en las carreteras, la competencia imposible que representa el contrabando y la piratería. Las previsiones de crecimiento para el próximo año son raquíticas, las inversiones están retraídas. El gobierno necesita crear las condiciones de certidumbre para activar la economía, y la inseguridad es hoy uno de los principales desincentivos para la reactivación y la generación de empleos.
Y tercero, y quizá más decisivo, los embates de Trump se han convertido en la mayor amenaza al modelo económico por el que México optó desde hace cuatro décadas: la integración con el mercado y la economía de Norteamérica. Podemos estar de acuerdo o no con el TLC que nos vincula a las cadenas productivas del norte o que el llamado nearshoring o relocalización constituye una oportunidad única que México debe aprovechar. Pero lo cierto es que no está a debate en este momento. El costo de suspender este proceso afectaría profundamente a millones de mexicanos. El problema es que Trump quiere utilizar el tema de la inseguridad para ponernos de rodillas y conseguir condiciones mucho más favorables para su causa, en una relación de por sí desigual. Combatir la inseguridad y quitarles el pretexto para usarla en contra nuestra, se ha convertido para el Estado mexicano en un tema estratégico para mantener viable el modelo económico.
Varios senadores republicanos reconocieron estas acciones en los últimos días. Uno de ellos, Dan Crenshaw, un halcón de Texas que se quejaba de la pasividad del gobierno anterior y pedía intervenciones directas, afirmó que eran operaciones muy audaces y externó su deseo de que Omar García Harfuch, el secretario de seguridad pública, haga una diferencia.
Se advierte, desde luego, un esfuerzo del gobierno de Sheinbaum para que estas operaciones cambien la percepción; son presentadas a la opinión pública con bombo y platillo. La figura de Omar como un zar implacable será explotada de cara a la prensa estadunidense, que gusta de leyendas y protagonismos. Es comprensible y francamente en este caso ayuda a México.
Lo importante es que todo esto no sea una mera operación mediática y que sí se encuentre en marcha algo mucho más orgánico y profundo, por vez primera, en respuesta al crimen organizado. Hay señales de que eso está comenzando, esperemos que así sea.

@jorgezepedap

 

¿Sembrando vidas o sembrando dudas?

Hace unos días Claudia Sheinbaum se presentó en el máximo club de líderes internacionales, el G20, celebrado en Río de Janeiro. Pese a la importancia de las potencias involucradas y la presencia de Biden, Macron, Xi Yinping, Lula y similares, había expectativas para conocer a la recién llegada. Sheinbaum eligió con cuidado el material con el que se mostraría en la Primera Sesión de Trabajo, titulada: “Lucha contra el Hambre y la Pobreza”. Propuso destinar el 1% del gasto militar de los países presentes para llevar a cabo el programa de reforestación más grande de la historia. Significaría liberar unos 24 mil millones de dólares al año (12 veces lo que ya destina México) para apoyar a 6 millones de sembradores de árboles que reforestarían 15 millones de hectáreas, algo así como cuatro veces la superficie de Dinamarca, toda la de Guatemala, Belice y el Salvador juntos, o 30% la de Suecia. “Con ello ayudaríamos a mitigar el calentamiento global y restauraríamos el tejido social ayudando a las comunidades a salir de la pobreza. La propuesta es dejar de sembrar guerras, sembremos paz y sembremos vida”.
Fue una elección que respondía a tres frentes simultáneamente. Recuperaba un programa lanzado en el sexenio anterior, Sembrando Vida, con lo cual se presentaba como presidenta electa sí, pero parte de un movimiento más amplio que gobierna a México desde hace varios años. Segundo, ofrecía el resultado de una experiencia, no se trataba solo de una idea: “beneficia a 439 mil familias mexicanas y a 40 mil en Guatemala, Honduras y El Salvador, permitiendo con ello la reforestación en los últimos seis años de más de un millón de hectáreas con la siembra de mil 100 millones de árboles, lo que equivale a capturar anualmente 30 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO?)”.
Y, tercero, constituye un programa que sintetiza dos rasgos con los cuales ella se siente identificada: el combate a la pobreza y la lucha en favor del medio ambiente. “Me niego a pensar que somos capaces de crear la inteligencia artificial e incapaces de dar la mano al que se quedó atrás” dijo en las postrimerías de su discurso.
Fue una exposición que dejó un buen sabor de boca, aunque no podemos ignorar que en vísperas del vendaval trumpista, los mandatarios de las grandes potencias tenían puesta la atención en otro lado. Pero Sheinbaum arrancó con pie derecho en esta su presentación en sociedad.
Sin embargo, en México se escucharon algunas voces discordantes. Que sembrando vida era un fracaso, que incluso había generado deforestación, que los resultados estaban inflados, que había corrupción.
Me parece que esta polémica ofrece un buen ejemplo de los aciertos, pero también de los desaciertos de la manera en que la 4T ha conducido algunas ambiciosas iniciativas.
Andrés Manuel López Obrador optó por la estrategia de lanzar los programas con su máxima extensión posible y sobre el camino afinar procesos y corregir errores. Sabía que tenía poco tiempo y confiaba en que las virtudes y los beneficios compensarían ampliamente el apresuramiento o la falta de condiciones idóneas. En algunos programas tuvo más puntería que en otros.
Sembrando Vida ha beneficiado a muchas familias mexicanas pero también acusa insuficiencias y no es refractario a diversas corruptelas. Hay algunos productores que, en efecto, han quemado bosques para ser sujetos de apoyo del programa de reforestación. Hay beneficiarios inventados y no siempre la elección de especies ha sido la idónea para disminuir la merma en la siembra y el desarrollo. Pero sería injusto hacer pagar a cientos de miles de familias beneficiadas o los millones de árboles sembrados por anomalías susceptibles de ser corregidas.
El problema es que ¡sean corregidas!, y aquí es donde el gobierno de Sheinbaum tendrá que pasar la prueba. Por desgracia la administración de López Obrador fue muy poco propicia a mirar sus propias ineficiencias y muy lerda en atacarlas. Con el propósito de no “ofrecer municiones al adversario”, la burocracia obradorista no favoreció la autocrítica y, en esa medida, la adopción de sistemas de evaluación y perfeccionamiento de su propio desempeño.
Como científica Sheinbaum está consciente que un proceso que no se autocorrige está destinado a viciarse. El ensayo, error, ajuste, es la condición para el desarrollo de cualquier proyecto. Sembrando Vida es un programa vertebral del campo mexicano, particularmente en zonas deprimidas y ecológicamente devastadas. Pero necesitamos que el gobierno del Segundo Piso de la 4T pase por un filtro severo fugas e ineficiencias. La disciplina y la razón deben sobreponerse a circunstancias en las que el discurso o la propaganda impide el perfeccionamiento de programas que realmente pueden hacer la diferencia para los que dejamos atrás, como les llamó la presidenta.
Pero también habría que pedir mayor responsabilidad a críticos y oposición. Sembrar dudas mediante la distorsión y extrapolación de los negros del arroz para convertirlos en misiles destinados a deslegitimar o destruir un programa que beneficia a tantos, es criminal. Una cosa es exigir el fin de las irregularidades, donde las haya, otra es perjudicar a cientos de miles solo para para asestar un golpe.

@jorgezepedap

 

En el peor de los casos

El próximo puede ser un martes negro, en efecto. México y el mundo contemplan con nerviosismo y una fuerte dosis de incertidumbre la posibilidad de que Donald Trump regrese a la Casa Blanca. Los especialistas difieren sobre la magnitud del daño que eso pueda causar a nuestro país, pero todos coinciden en que se trata de una mala noticia.
Considerando que es poco o nada lo que podemos hacer las próximas 48 horas, salvo preocuparnos, sugiero recurrir a una estrategia personal, supongo que de origen familiar, para paliar la espera. Consiste esencialmente en dar por hecho el peor de los escenarios: si vas en un avión víctima de turbulencias asumir que en los próximos minutos podría desplomarse, entender que muchos han pasado por eso y hacer las paces con ello. Lo mismo con un diagnóstico médico o la inversión en un negocio (si no estás dispuesto a correr con las consecuencias de un fracaso, mejor no intentarlo). Suena un tanto dramático, pero casi invariablemente los desenlaces suelen ser favorables.
¿Qué es lo peor que podría pasar en caso de un triunfo de Trump? Porque, de entrada, habría que entender que hay escenarios menos catastrofistas incluso si gana el candidato naranja. Recordemos que ya estuvimos en esa tesitura (2016-2020). Una sacudida inicial al peso, algunas tormentas ocasionales, pero en esencia nada particularmente drástico. La mayor parte de las amenazas proferidas por aquel candidato improbable no se convirtieron en realidad una vez llegado a la Casa Blanca. Los analistas asumen que en una segunda versión Trump será más dañino, pero nadie sabe cuánto. Asumamos que estará en un punto intermedio de una banda gradiente que va entre lo que fue hace cuatro años y la peor de sus versiones anunciadas estos meses. Si es lo primero, o algo cercano a lo primero, entenderemos que habrá apremios, pero a la postre la libraremos.
Sin embargo, cabe también el otro extremo. Un Trump destructivo, irracional, vengativo y con la fuerza para vencer a los muchos factores de interés, algunos muy poderosos, que favorecen la integración con México. En materia económica lo más preocupante es la guerra tarifaria y, en última instancia, el fin del tratado de libre comercio como lo conocemos. Aquí también hay variantes y eso no significa automáticamente el fin del nearshoring. Trump ha hablado de distintas cuotas tarifarias, en ocasiones hasta del 100% a todo producto que entre a suelo estadunidense, pero también ha hecho distinciones por regiones. En el caso de que aplicara sanciones diferenciales, México podría seguir siendo una buena opción de relocalización. Por ejemplo, una tarifa de 20% a los mexicanos, frente 50% a europeos y 80% a chinos nos mantendría en terreno competitivo para la inversión extranjera. Cabe incluso que, llegado el caso extremo de una guerra tarifaria, en la que el mundo aplicara en represalia un castigo a los productos estadunidenses, para un industrial texano poner la fábrica cruzando la frontera o asociada con empresarios mexicanos podría ser la vía para exportar al resto del planeta.
Preocupa en particular que Trump la emprenda en contra del tratado comercial con México, que será revisado en 2026. Aunque improbable, imaginemos por un momento una vida sin integración económica. Como en los años setenta o, bueno, como hoy viven Brasil o Colombia. Y francamente cuando se observa la evolución en las últimas décadas de países similares al nuestro podemos concluir que no es el fin del mundo imaginar un futuro sin esa integración. Obligaría a un replanteamiento de muchos aspectos de nuestra lógica productiva y comercial, pero a la larga se conseguiría. No pretendo decir que eso es deseable. La vecindad con el mercado de mayor poder adquisitivo del planeta es una enorme ventaja, pero eso no quiere decir que en un caso extremo no podamos vivir sin ella. Después de todo, es la situación en la que vive “el resto del mundo”.
El tema migratorio también es explosivo. Hasta que deja de serlo. Primero, porque como ya lo vimos en Italia, donde la hoy presidenta llegó al poder gracias a una campaña en contra de la mano de obra extranjera, en la práctica ha doblado las manos frente a la realidad económica que la exige de una u otra forma. Y, por lo demás, la hostil actitud de Trump frente a la migración durante su primer período redujo el paso de los flujos procedentes de Latinoamérica, que volvieron a aumentar con el regreso de los demócratas. Unas por otras.
¿Riesgo de que cumpla la amenaza de considerar a los cárteles como organizaciones terroristas y, por ende, abrir la posibilidad a operaciones punitivas intervencionistas? ¿Un misil impactando en un rancho de Badiraguato? ¿Un comando clandestino secuestrando a un capo en Tamaulipas? En el peor de los casos un show efectista de Trump para cumplir su palabra de macho alfa. En una de esas, la atención y recursos dedicados al tema permite por fin que las autoridades estadunidenses realmente se involucren en el combate al tráfico de armas y al control de flujos financieros de la economía del crimen organizado.
En suma, muchas cosas perjudiciales pueden pasar como consecuencia de lo que suceda este martes. Pero ninguna de ellas derivará en catástrofes insondables ni tragedias griegas (y dicho sea de paso, Grecia misma demuestra que ninguna penuria es eterna: tras una crisis terrible en la última década, lleva tres años creciendo a tasas que hoy envidia el resto de Europa).
Dicho lo anterior, podremos sobrevivir a la espera de lo que suceda este próximo martes. Y, en una de esas, las noticias podrían ser bastante mejores, para bien de todos.

@jorgezepedap

 

Péndulos

Supongo que unos más y otros menos, todos los que llegan al poder intentan convertirse en el mejor presidente que pueden. A la postre, las circunstancias terminan por acotarlos, exhibirlos en su verdadera dimensión, para bien o para mal. Casi siempre para esto último.
Más allá de la casaca ideológica que porte, mucho de lo que hace un presidente tiene que ver con el momento pendular que le toque jugar. Para algunos lectores será anatema lo que diré a continuación, pero me atrevería a señalar que Miguel Alemán, Carlos Salinas de Gortari y Andrés Manuel López Obrador comparten, a pesar de sus muchas diferencias, una característica: los tres arrancan nuevos ciclos tras el agotamiento del modelo anterior. Alemán llevado más por las circunstancias, los dos últimos como resultado de un diseño y en gran medida impulsado por el motor de su voluntad personal.
Miguel Alemán encabeza realmente la primera presidencia civil luego de la revolución (1946-1952). No solo pone fin al largo periodo de los generalatos, también da inicio al maridaje del poder político con el poder económico. Aquí arranca la fórmula que habrá de sustituir el predominio del capital agrícola y minero, vigente hasta la Segunda Guerra Mundial. El apetito de riqueza de Alemán y sus amigos (una frivolidad que recuerda a la camarilla del gobierno de Peña Nieto) y sus vínculos con una nueva burguesía industrial, bancaria y comercial, sienta las bases para un empresariado que prosperará estrechamente vinculado al Estado mexicano.
Treinta y cinco años más tarde Salinas de Gortari (1988-1994) protagoniza otra ruptura. Tampoco es que sea de su invención. Salinas condujo los cambios para adaptar en México lo que estaba sucediendo en todo el mundo: el arranque de la globalización y la universalización del modelo neoliberal. El tratado de libre comercio, la privatización y el debilitamiento del Estado asistencialista adopta en nuestro país la peculiaridad del salinato; el último intento del grupo en el poder para conseguir una apertura a los mercados sin perder el poder político absoluto.
Treinta años más tarde Andrés Manuel López Obrador viene a contradecir el modelo neoliberal con su propuesta de una Cuarta Transformación. Tampoco es un hecho excepcional. En buena parte del planeta hay una “cruda” contra los excesos de la globalización, resultado de la acumulación de sus efectos secundarios. Una reacción que en la mayoría de los casos adopta la forma de un populismo con distintos signos (más de derecha en Europa y Estados Unidos, más de izquierda en América Latina).
No entraré en los detalles de las muchas diferencias entre estas tres “revoluciones” o giros de timón. Las tres constituyen movimientos pendulares producto del agotamiento de los modelos anteriores (militarista, por llamarlo de alguna manera, en el caso de Alemán, estatista en el de Salinas, neoliberal en el de López Obrador). Reacciones a los excesos y limitaciones del movimiento pendular anterior. Respuestas “mexicanas” por un lado a un contexto internacional y, por otro, a la tensión permanente entre la compleja conciliación entre una sociedad de mercado inscrita en un sistema político y social heredado de una profunda revolución social.
A lo que quiero llegar es que la drástica naturaleza de los cambios que ellos impulsaron condicionó a los gobiernos que les sucedieron: Adolfo Ruiz Cortínez en el caso de Alemán; Ernesto Zedillo en el de Salinas; Claudia Sheinbaum por lo que toca a López Obrador.
“Las revoluciones”, incluso las moderadas, sacuden los acomodos vigentes. No es casual que a estos tres giros de timón hayan sucedido tres gobernantes de corte más administrativo, profesional, moderado. Como si el propio sistema buscara estabilizarse tras la sacudida inicial. No necesariamente como una reacción contraria, ni mucho menos, sino como una búsqueda para estabilizar los cambios, un ajuste de las aristas potencialmente más desestabilizadoras, una domesticación de los impulsos desatados, aun cuando busquen profundizarlos.
Adolfo Ruiz Cortines, llamado “el viejito” no tanto por su edad (62 al tomar posesión) como por sus maneras discretas y austeras, representó un ajuste a la voracidad del alemanismo. La elección de su sucesor, Adolfo López Mateos, y otras decisiones, fortalecieron el vínculo con el corporativismo sindical que impidió que el Estado mexicano desdibujara su compromiso político con una base social. Un factor no menor para impedir la inestabilidad política y los golpes de Estado por los que pasaron la mayor parte de los países latinoamericanos en los siguientes años.
Ernesto Zedillo tuvo mucho menos éxito para domesticar los excesos del salinismo. Él mismo fue una respuesta improvisada tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio, originalmente destinado a hacer ese trabajo. Zedillo carecía de la ambición económica y política de su predecesor, pero su confianza, a ratos ingenua, en las virtudes de la privatización le impidieron vacunar los rasgos más groseros del capitalismo de cuates impulsado por Salinas: una distorsión al modelo neoliberal que contaminó las bases mismas con las que México se abrió a las “leyes del mercado global”. Pero Zedillo al menos cumplió con una importante tarea. Desmanteló el diseño transexenal que Salinas había preparado para el control del sistema político por un PRI maquillado con su estrategia de Solidaridad. El presidente “despolitizado” terminó entregando el poder al PAN y puso fin a los gobiernos de partido hegemónico. El modelo neoliberal continuó aunque navegando bajo la bandera de una pretendida alternancia.
Luego sucedió López Obrador y su “venimos a contradecir”, tras el tsunami electoral de 2018 que exigió un cambio en favor de las mayorías empobrecidas. Como todo giro de timón se trató de un sexenio de modificaciones profundas no exento de sacudidas. Un verdadero cambio pendular capaz de desmontar cimientos disfuncionales y erosionados mientras se intentan construir los nuevos. Una transición profunda que ha implicado riesgos y tensiones. Claudia Sheinbaum es, de alguna forma, la respuesta de ese órgano complejo que constituye la sociedad mexicana, en busca de alguna forma de procesamiento de las sacudidas. La pavimentación del sendero abierto en breña por su predecesor. La 4T reflexionada, administrada, racionalizada.
La historia demuestra que no hay destinos manifiestos en la trayectoria de las naciones, ni garantías que perduren. Pero de alguna forma llevamos más de cien años sin guerras, crisis endémicas o convulsiones sociales mayúsculas. Pocos países pueden decir lo mismo. Péndulos que permiten al sistema doblarse sin romperse. El gobierno de Claudia Sheinbaum es la versión más reciente de esta búsqueda para seguir buscando los equilibrios a pesar de nuestros desequilibrios. Importante recordarlo en medio de las entendibles pasiones que generan las coyunturas de cada día.

@jorgezepedap

 

López Obrador y el resto de su vida

Más allá de las opiniones opuestas y apasionadas que provoca la figura de Andrés Manuel López Obrador, habría que entender que detrás de sus palabras y acciones se encuentra en el difícil parto que significa dejar atrás la vida que ha llevado durante 40 años y nacer a una existencia totalmente distinta. Las implicaciones de esta transición se han analizado desde muchas perspectivas políticas, favorables y desfavorables. Pero ahora quisiera detenerme en un ángulo relacionado más bien con la vida interior de este personaje que ha cambiado, para bien o para mal según se mire, la historia de México.
Entiendo que cualquier perspectiva a la entraña emocional o psicológica de López Obrador es especulativa, como lo sería en el caso de cualquier otra persona. Pero también es cierto que ninguna figura pública en la historia del país ha tenido el tiempo de exposición, casi mil 500 mañaneras, más o menos 4 mil horas en las que ha desgranado pensamientos, estrategias, emociones, filias y fobias, cariños y denuestos, ideales y prejuicios, apegos y desapegos. Un diván de confesiones a los oídos de quien haya querido escucharlo. Todo político construye un personaje, consciente o inconscientemente, y eso es lo que muestra al público, pero tantas horas improvisadas ofrecen, también, innumerables atisbos al alma, al temperamento, a la psique o como quiera llamarse a la substancia de la que está hecho el presidente.
Puede o no coincidirse con él, pero asumamos que López Obrador se ve a sí mismo como un redentor de los derechos y aspiraciones del pueblo mexicano. Y la vía para conseguirlo ha sido la conquista del poder, de manera pacífica, a través de su movimiento. El leitmotiv de su vida. Pero justo porque ese es el motor de su existencia, podremos entender que no es nada fácil el momento que ahora está viviendo.
Se trata de un mandatario que goza de una situación excepcional: una aprobación de entre 60 y 70%, lidera un movimiento que controla la mayor parte del territorio (24 gubernaturas), el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y en cuestión de semanas el Judicial, lo apoya el Ejército y el pueblo, carece de oposición real y posee la incondicionalidad de los suyos para cambiar la Constitución prácticamente a su gusto. En cualquier otro momento, en cualquier parte del mundo, esa abrumadora correlación política y el compromiso con un deber que él asume es histórico, habrían desembocado en la necesidad de un mandato prolongado. Darse el tiempo para cumplir con el “deber sagrado” de sacar a las mayorías de la pobreza. Y, sin embargo, es un hombre que debe retirarse en la cúspide de su poder, justo en el momento en el que por fin sintió que había conseguido colocar todos los botones y palancas en el tablero de mando. Solo en el último de los 70 meses que gobernó tuvo capacidad para modificar la naturaleza del régimen. Demasiado poco para tantos pendientes. Un pensamiento atormentado y frustrante que él mismo no se permite acariciar. López Obrador entiende que durante su sexenio consiguió cambios significativos, aunque sabe que son insuficientes. Es lo que es y tiene asumido que de una u otra manera debe avenirse a esa paradoja. Y no puede pasar inadvertido que pese a ser un sistema político tan cuestionado, con el peso de la no reelección, México estaría mostrando una institucionalidad notable en el contexto de la historia mundial.
En el tono y la hiperactividad presidencial de estos últimos días se advierte una mezcla de varias sensaciones encontradas, reflejo de lo anterior. Por un lado, como el padre o la madre que, a punto de partir, no acaba de despedirse de los hijos entre encargos, exhortos y pendientes desde el vano de la puerta. Ninguna precaución es menor frente al temor de que a sus espaldas algo o mucho corre el riesgo de desacomodarse.
Por otro lado, también se observa el legítimo afán de blindar el próximo retiro con la satisfacción de haber alcanzado los objetivos esenciales. Las muchas alusiones a los compromisos cumplidos y a los cambios logrados, han convertido a los últimos días en un desfile de inauguraciones. Como el deportista que visita una y otra vez su sala de trofeos para convencerse de que la cantidad y la importancia de los triunfos ameritan el inevitable descanso. La actitud del general que se convence a sí mismo de retirarse con la satisfacción que otorga una misión cumplida.
Pero también se advierte en el presidente la zozobra que invade al deportista, ya no respecto a los logros, sino a la incertidumbre personal frente al abismo que supone abandonar la única vida que ha sabido llevar. Escribirá libros y contemplará la naturaleza encerrado en su rancho, ha dicho una y otra vez; pero no se nos escapa que esa vida bucólica y romantizada que describe es en realidad lo opuesto a cuatro décadas entre reflectores, ritmos vertiginosos y un cuerpo que no ha podido quedarse quieto entre viajes y discursos. La causa ameritaba esa entrega, pero en realidad también era producto de una necesidad de moverse y, sobre todo, de mover a otros. Y no solo por razones políticas sino también de personalidad. Durante lustros fue un fumador regular de sus Raleigh, y no le resultó fácil desprenderse del hábito, hace ya varios años. Por un tiempo siguió siendo su placer culposo hasta que lo erradicó por completo. No le será sencillo desengancharse del acendrado hábito o adicción al protagonismo que, inevitablemente, la historia le hizo jugar y terminó por moldearlo. A la enorme proeza que significó arrebatar el poder político a las élites, un verdadero milagro en un país tan desigual, López Obrador tendrá que añadir ahora otro pequeño milagro, pero esta vez de índole personal: hacer mutis y dar la espalda a la vida pública.
El tour de despedida que realiza ahora por todo el territorio es un desfile de apapachos, emociones y nomeolvides. Una manera de ayudarse a cerrar ciclos. Pero también hará más intenso el contraste con el silencio que le siga. Por lo pronto, exprimirá hasta el último minuto su papel como presidente, antes de cerrar el telón y enfrentarse al resto de su vida. Por el bien del país, esperemos que lo resuelva cabalmente.

@jorgezepedap

 

¿A quién beneficia un Estado débil?

No sé en qué va a parar la votación final de la reforma judicial en el Senado. No niego que el desenlace transcurrirá con un argumento digno de final de temporada: entre 128 votos posibles, todo se decidirá por uno solo de ellos, considerando que el partido en el poder tiene 85 de los 86 necesarios para su aprobación.
Más allá de la intensa semana que nos espera, convendría poner las cosas en perspectiva, porque en su afán de ganar la contienda por la opinión pública, los protagonistas no ahorrarán argumentos catastrofistas en uno u otro sentido. No, no está en juego el futuro del país, ni su aprobación generará la recesión que ya dictaminaron los críticos en contra de la 4T. Pero tampoco es que esta reforma vaya a limpiar de corrupción a los tribunales o generar el Estado de derecho que hoy no existe.
Primero, porque es equivocada la tesis de la derecha de que un Estado fuerte, como el que pretende López Obrador, es contrario al interés de los mercados. Los países con mayor crecimiento en las últimas décadas, China y el sudeste asiático, demuestran justamente lo contrario. Hoy mismo existe un consenso de que las economías con mejores perspectivas en el próximo lustro son Vietnam, Indonesia, Filipinas e India. Todas ellas con gobiernos u organizaciones políticas de mando firme, por así decirlo. El peso político del politburó en la sociedad china no fue tema para Apple, BMW, Danone y cientos de compañías occidentales que convirtieron a este país asiático en pista de aterrizaje de montos históricos de inversión extranjera directa. Fue la guerra de tarifas desatada por Trump lo que aminoró este proceso y provocó una “relocalización” en favor de Vietnam y naciones similares, al margen del sistema político que practiquen.
El tema para efectos del crecimiento económico no es el peso del Estado en una sociedad, sino las condiciones para hacer negocios. Hace cien años las potencias favorecían la existencia de repúblicas bananeras, porque las necesidades de explotación y extracción de los recursos no requerían de mayor infraestructura. Hoy no es así. Un Estado débil es contraproducente para los mercados por la exigencia de energía, comunicaciones, agua, mano de obra calificada, conectividad, etc., lo cual requiere una administración pública que las garantice. Se requiere, además, de políticas económicas que den certeza a la moneda, combatan la inflación, procuren la estabilidad política y social y ofrezcan certidumbre en las reglas del juego. Todo eso es lo que ha ofrecido el sudeste asiático.
En otras palabras, a los flujos de inversión y al comercio mundial les importa menos el sistema político de un lugar y más la capacidad del gobierno local para dar certidumbre a todas esas variables. Y, por lo general, eso no lo consigue un gobierno débil ni una sociedad sujeta a los caprichos y privilegios de una élite local rentista y/o especulativa en control de las decisiones de los tribunales.
Los fondos financieros pueden estar preocupados por la incertidumbre de la transición, sin duda. Pero, a diferencia de nuestra comentocracia, que se rasga las vestiduras como si se estuviese a punto de mancillar el santo grial, el mundo sabe que nuestro sistema judicial apesta. Los tribunales constituyen una mesa de subastas disponible al mejor postor o a quien goce de las relaciones adecuadas. La impunidad con la que operan los jueces es rampante y no es casual que ninguno de ellos haya pisado la cárcel: su autonomía constituye una patente de corso que les garantiza esa impunidad.
Por otro lado, la reforma judicial que propone el gobierno ofrece más dudas que certidumbres. Su mayor virtud reside en que lo que hoy existe es pésimo. Pero da la sensación de que el apresuramiento y la sobrepolitización de los involucrados ha minado la oportunidad de hacer una propuesta realmente pensada, de fondo. Quitarle poder al Judicial para dárselo a otros actores en sí mismo no es garantía de nada. Pero tampoco es el fin del mundo. Dependerá de las leyes secundarias y la manera en que se aterrice a una realidad más compleja que las consignas y lemas de campaña que hoy dominan.
Lo mismo pasa con la propuesta de incorporar la Guardia Nacional a la Sedena. En la práctica así funciona desde su arranque y el cambio formal esencialmente facilita los temas laborales y presupuestales, que hoy se encuentran en un limbo. El supuesto rasgo totalitario que quiere atribuírsele es irrelevante para los mercados, mucho más preocupados por la manera en que el crimen organizado afecta al comercio y la producción. Si esa fusión se traduce en una mayor efectividad en materia de seguridad pública no tendrán ninguna objeción, por el contrario.
El reto para Claudia Sheinbaum y su equipo será, una vez que pase la polvareda, ofrecer garantías de que este empoderamiento se traducirá en mejores condiciones para operar la realidad. Un Estado con mayor fortaleza puede derivar en Estado autoritario o en una administración pública más eficiente para provocar los cambios que la prosperidad exige. La oposición insiste en que será lo primero, la 4T tendrá que demostrar que se trata de lo segundo. Hay riesgo, sí. Pero me queda claro que la inseguridad pública, los tribunales corruptos e ineficientes y las reglas del juego tan desiguales en favor de los de arriba, no iban a ser cambiadas por un Estado débil. Por más que lo hubieran maquillado con supuestas instituciones democráticas, en buena medida dedicadas a legitimar las inequidades del sistema. A López Obrador se le puede cuestionar el modo de hacer las cosas, pero visto desde esta otra perspectiva, lo que está intentando es ponerle a Sheinbaum más botones en el tablero de mandos. De ella dependerá que eso se traduzca en una navegación más eficiente.

@jorgezepedap

 

Treinta días de emociones fuertes

Hoy arranca el último mes de gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Y como en tantas otras cosas, el líder de la 4T ha roto las convenciones no escritas que regían la política mexicana. A diferencia de todos sus antecesores, que solían salir de escena discretamente en las últimas semanas de su sexenio, por deferencia al presidente electo, el tabasqueño ha hecho justamente lo contrario: decidió intensificar su protagonismo. Como he señalado en otros textos, AMLO está abriendo frentes de batalla que a él no le tocará librar. Acelerar la reforma judicial a cualquier costo, poner en pausa la relación con Estados Unidos semanas antes de irse, tensionar la relación con los empresarios y sacudir a los mercados financieros.
Los adversarios atribuyen este protagonismo a una mezcla de dos factores: por un lado, después de tantos años de vivir en el escenario, el presidente anticipa la abstinencia mediática a la que habrá de auto condenarse a partir del 1 de octubre. A la manera en que en una despedida de soltero se cometen excesos con cargo a la fidelidad de la inminente vida matrimonial o un alcohólico abandona su vicio con una última bacanal. Según esta versión, el presidente estaría intensificando las últimas oportunidades que le ofrece la palestra para sus postreros do de pecho. Por otro lado, también circula la tesis de que todo lo que está haciendo López Obrador tiene como propósito dejar amarrada la agenda de Claudia Sheinbaum, imponerle de manera irreversible las condiciones con que habrá de gobernar.
En realidad, es mucho más complicado que eso. Desde la lógica del presidente hay una explicación formal y una política para lo que está haciendo. No perdamos de vista que es la primera vez en todo su sexenio que tiene mayoría calificada en las cámaras para poder cambiar la Constitución, incluyendo los 17 congresos estatales que se necesitan para su ratificación. En ese sentido, desde su perspectiva, no es cualquier mes al margen de que sea el último. Es el mes en el que habrá podido hacer los cambios que no fueron factibles durante los anteriores 69 (su sexenio fue de 70 meses, por ajustes de calendario). Para alguien tan preocupado por la lectura histórica que habrá de recibir su legado, es la última y principal oportunidad para colocar en bronce indeleble su impronta. ¿Por qué habría de desaprovecharla?
La otra lógica es política. El presidente está convencido de que el principal factor de resistencia a los cambios en favor de las causas populares fue el Poder Judicial. A través de amparos y decisiones en tribunales fueron frenados una y otra vez proyectos de ley, iniciativas y obras públicas de la 4T. A su juicio, esta guerra jurídica fue ocasionada por la falta de sensibilidad social de este poder, por el uso político que hicieron de él los conservadores y, de plano, por la corrupción. De allí la intención del presidente de limpiar el terreno a su sucesora, de una vez por todas, y librarla de este enorme obstáculo. Haciéndolo ahora se asegura de correr él mismo con la factura política, evitándoselo a ella; a su manera estaría haciendo una especie de sacrificio de imagen, en aras de la gobernabilidad de la siguiente administración.
Y existiría otra razón, que he expuesto en otras ocasiones; el deseo del presidente de recargar la esencia nacionalista y popular de su movimiento, de cara a los cambios conciliadores que se esperan de parte del gobierno de Claudia Sheinbaum. Es decir, López Obrador sabe que viene una versión más moderada, menos belicosa, más moderna; un corrimiento hacia el centro, como lo dijo en más de una ocasión en las mañaneras. En este sexenio la prioridad fue un cambio de rumbo para provocar un mejor reparto de la riqueza en términos sociales y regionales; eso obligó a romper inercias y a abrir camino a empellones. Pero el país creció a menos de 1% anual promedio, el menor desde hace 40 años. Si la 4T va a ser viable, López Obrador sabe que México requiere un prolongado período de prosperidad. Y para eso se necesita concertar esfuerzos de todos, incluyendo la iniciativa privada, responsable del 75% de la generación de la riqueza. De allí la necesidad de ese corrimiento hacia el centro.
López Obrador se inclinó por Claudia Sheinbaum, una científica moderna y capaz administradora, porque asumió que era la mejor opción para conseguir esta conciliación sin renunciar a las banderas del movimiento. La radicalización de estos últimos 100 días obedecería al deseo de imprimir un último empujón al péndulo, antes de que comience el regreso.
Bajo esta lógica, nos esperarían 30 días de emociones fuertes. Instalada la nueva Legislatura, no hay límite. Pero el presidente tampoco come lumbre. Lo último que le interesa es dejar encendida la pradera a su relevo, tanto en términos de efervescencia social y política o, peor aún, de inestabilidad financiera (degradación en la calificación crediticia de México, salida de capitales o depreciación de la moneda).
Claudia Sheinbaum intenta minimizar esos impactos, tratando de suavizar la intensidad y velocidad de los cambios constitucionales y evitar así los daños colaterales que deje la percepción de que se trata de medidas autoritarias.
Pero no nos equivoquemos. Su primera prioridad es otra: garantizar al líder del movimiento que la continuidad y el respeto al espíritu de sus ideales queda incólume. Estamos tan acostumbrados a la no reelección, que no alcanzamos a percibir el hito histórico que representa el retiro de López Obrador. Los líderes políticos no dejan el poder cuando encabezan una transformación histórica, tutelan un movimiento que prácticamente les pertenece, tiene el apoyo de los militares, gobierna en 85% de los poderes estatales, poseen más de 60% de aprobación y están en control de la mayoría constitucional para modificar lo que sea necesario. Claudia Sheinbaum está en la tarea de asegurarle que puede irse tranquilo y que su 4T no está en riesgo. Los que exigen que se deslinde desde ahora simplemente no entienden lo que está en juego. Lo dicho, serán 30 días decisivos para México.

@jorgezepedap

Presidenta

 

En 1824 México inauguró su vida independiente con el gobierno de Guadalupe Victoria. Tuvieron que pasar 200 años y 65 varones para que una mujer llegara a la silla presidencial. Un hito histórico, pero también una responsabilidad inmensa por las expectativas que esto provoca. Los 65 anteriores enfrentaron todo tipo de retos, más de una invasión extranjera, golpes de Estado, levantamientos, crisis abismales y puñaladas traperas. Pero ninguno tuvo que bregar con la tensión adicional de demostrar que una mujer puede gobernar en un país en el que perviven tantos rasgos misóginos.
La historia ha depositado esa responsabilidad en Claudia Sheinbaum Pardo. ¿Podrá conseguirlo? ¿Cuáles son sus fortalezas y debilidades para afrontar la tarea? ¿Cómo salir airosa en la difícil misión de sustituir a una figura tan poderosa y dominante como la de Andrés Manuel López Obrador? ¿Tiene Claudia lo que se necesita?
Todos tenemos opiniones al respecto, pero muy poca información sustantiva para emitirlas. Hemos visto el nombre de Claudia reproducido miles de veces a lo largo de varios años previos a su llegada a la silla presidencial. Datos, imágenes, viñetas diseñadas para favorecerla o perjudicarla. El resultado es que la mayoría de los ciudadanos termina con una visión parcial y sesgada a partir de lo que ha sido esencialmente la difusión de un producto de mercadotecnia electoral o de la pasión política. En tal sentido, lo que la mayoría conoce de Claudia Sheinbaum termina siendo una caricatura, una imagen acartonada, positiva o negativa, de la persona que dirigirá los destinos del país.
La visión es incompleta por muchas razones. Primero, porque el verdadero talante de un funcionario público se muestra, de manera cabal, hasta el momento en que ya no está subordinado a la línea política o administrativa definida por otro. Segundo, porque el poder mismo transforma a las personas, y no necesariamente en un sentido peyorativo o corruptor. Saber que cada decisión que ahora se tome modifica la vida de millones de personas, constituye una responsabilidad que cambia a cualquier ser humano.
A principios de 2024 escribí un texto titulado las “Cuatro Claudias”, para dar cuenta de las fases inevitables que exigen los procesos electorales y la transición. No es lo mismo la candidata en precampaña en lucha por el voto entre las filas morenistas, que la candidata en campaña en búsqueda del voto a mar abierto; tampoco es lo mismo la prudencia que debe mostrar la presidenta electa, tan cerca y tan lejos de la silla presidencial, que luego el desempeño como soberana, en plenas funciones y en control de mandos del poder. Y seguramente habrá diferencias entre el primer tramo, 12 o 18 meses, todavía en una fase de transición, y posteriormente, cuando la mandataria pueda hacer ajustes de gabinete en pleno “vuelo crucero”.
Los principios y las convicciones de Claudia y las de AMLO no difieren en lo sustancial, pero la manera de aterrizarlas necesariamente será distinta. El tema de género, por ejemplo. López Obrador procede de un medio semi rural y resulta evidente su respeto y admiración a las formas sociales y culturales tradicionales, que incorporan una visión convencional de la familia, pero también patriarcal. El abuso a las mujeres y los niños, el autoritarismo machista le puede parecer una anomalía o el resultado de la pérdida de los valores tradicionales. En ese sentido, difícilmente considera un asunto de políticas públicas los temas asociados a la igualdad de género, la diversidad sexual, los nuevos derechos humanos. En todo caso no forma parte de sus prioridades. Para Sheinbaum constituyen una preocupación central. Lo mismo podríamos decir del medio ambiente.
Y por lo demás, es en cierta manera  “otro país”. Incluso López Obrador ha señalado que la situación en 2024 es muy distinta a la de 2018. Es decir, no solo se trata de que el presidente y Claudia Sheinbaum tengan personalidades distintas y trayectorias contrastantes; también habrán arrancado su sexenio con un panorama político y económico distinto. Una razón más para que el llamado segundo piso de la 4T tenga un trazo con marcadas diferencias e intensidades respecto a su predecesor. El propio presidente lo asumió así desde hace tiempo: a lo largo de los últimos dos años ha mencionado que su relevo tendría una concepción más moderna, sería menos beligerante e imprimiría un giro hacia el centro político. “Continuidad con cambio”, fue la frase con la que quiso definir lo que habría de venir.
El gobierno de Claudia deberá continuar y terminar el Tren Maya, el tren Toluca-México, desarrollar el proyecto transístmico, brindar internet para todos, consolidar la red de Bancos de Bienestar, lograr la soberanía energética recién comenzada, conseguir la salud universal prometida o las derramas sociales entre otras muchas tareas en proceso. Pero hay también una constelación de retos y desafíos nuevos o tan viejos como el país, que ya no pueden seguir esperando. El costo de seguir “pateando el bote” en temas como la inseguridad pública, las paraestatales deficitarias, la corrupción endémica, el descrédito de los tribunales o la penuria de un crecimiento económico, se podría traducir en facturas políticas crecientemente impagables. A la larga, eso podría sentar los gérmenes de la pérdida de popularidad de Morena o poner en riesgo la continuidad del proyecto.
Frente a todo este enorme reto, Claudia Sheinbaum posee activos que ningún otro presidente ha tenido en el pasado reciente en México: 60% del voto de los ciudadanos, un movimiento de amplia base social, el apoyo del Poder Legislativo prácticamente de manera incondicional, la oposición débil y pulverizada. Un arsenal de fortalezas políticas. Y con todo, me parece que su principal herramienta está en ella misma. Su formación científica y 15 años de experiencia en la alta administración pública, sin haber perdido sus convicciones sociales, pueden convertirla en la figura más profesional de la historia política moderna de México. Y en eso, como ha sucedido con frecuencia, López Obrador habrá tenido razón y lo pregona a quien quiera escucharlo.

@jorgezepedap

El estilo personal, López Obrador y Sheinbaum

Las convicciones pueden ser las mismas o muy similares entre el presidente que se va y la presidenta que llega. Uno es el líder del movimiento que fundaron juntos, la otra la segunda en importancia y sucesora por derecho propio. Pero los estilos personales de gobernar son notoriamente distintos. Y no es poca cosa para los destinos de un país, como tuvo a bien mostrar Daniel Cosío Villegas, hace ya muchas décadas. ¿Cuánto pesarán tales diferencias? Probablemente mucho.
Si el hombre o la mujer es “su circunstancia”, como decía Ortega y Gasset, hablaríamos de realidades muy distintas. López Obrador procede del Tabasco rural, de un medio con fuerte influencia campirana y tradicional, en el que la política giraba en torno al PRI, una vida transcurrida en la oposición con frecuencia victimizado por el sistema. Sheinbaum proviene de un entorno intelectual universitario de clase media, cosmopolita, moderno y esencialmente urbano, y el referente político en el que creció fue la izquierda y la crítica al PRI. El motor de ambos es la lucha por una sociedad más justa para los marginados y dejados atrás, pero con matices importantes. La agenda de López Obrador privilegia esencialmente los agravios de ese México profundo, las urgencias de los sectores populares. La agenda de Sheinbaum incorpora las reivindicaciones de una izquierda más moderna, que incluye también a los otros marginados, los temas de género, el medio ambiente. Otra vez, no son excluyentes, pero sí hay notorios énfasis.
La otra gran diferencia en lo que podría ser el estilo de gobernar de cada uno remite a temas de carácter, de personalidad. También son muy distintos. López Obrador parece estar hecho para la arena pública. Predicador, guía, orador carismático y emotivo, mediático y dicharachero, constructor de expectativas y esperanzas. Sheinbaum ha mejorado en estos temas tras la experiencia de la larga campaña, pero claramente no es su fuerte. Mientras que López Obrador es el líder opositor perfecto (de alguna manera lo siguió siendo como presidente), Sheinbaum es probablemente el mejor cuadro que tiene México en la alta administración pública. Una CEO de la cosa pública y con conciencia social. Izquierda con Excel, lo he descrito en otros textos.
En alguna ocasión, interrogada sobre su principal característica como funcionaria pública, se describió como alguien que toma decisiones a partir de los datos; prácticamente una definición de lo que es el pensamiento racional. López Obrador toma tales decisiones preferentemente a partir de sus convicciones políticas y sociales. Desde luego, hablo de matices, porque no se trata de posiciones excluyentes. El presidente podrá ser un idealista pero ningún político conoce mejor el territorio y a sus habitantes como él. Son convicciones que parten y se nutren del conocimiento profundo de esa realidad. De igual forma, la presidenta podrá ser un cuadro profesional excepcional de la administración pública, pero lo es a partir de su deseo de hacer una diferencia a favor de una sociedad más justa, sana e igualitaria.
Tras seis años en el poder hemos sido testigos de la manera en que las características de López Obrador se han convertido en un estilo personal de gobernar. ¿Cómo será el de Claudia Sheinbaum? ¿Cuán eficaz, rigurosa, tolerante, autocrítica será su gestión?
Su amiga y asesora Diana Alarcón le ha preguntado por qué se somete “a esto tan duro de la política”. Y siempre le responde lo mismo: “por responsabilidad, porque es lo que toca”. Para alguien como ella, entrar a la política no fue una elección en búsqueda de poder o un patrimonio, sino por una convicción y el deber ser. “Por eso es que la gente ve que puede confiar en ella, que no va a robar, que hará lo mejor que puede; porque ella no busca el poder por el poder, sino porque tiene un sentido de responsabilidad frente a su sociedad”, señala Alarcón en una nota del corresponsal de la BBC. “Es tímida, por eso puede pasar por seria, pero una vez te sientas con ella es cálida, chistosa y empática”.
Según una decena de voces recogidas por Zedryk Raziel, publicadas en el diario El País, entre amigos personales, colaboradores, biógrafos y un político con el que durante años tuvo una tensa relación, “en la toma de decisiones, hace acopio de los datos que le aporta su equipo, escucha con atención, y solo hasta después resuelve, sin precipitarse: se puede debatir con ella, y ella puede cambiar de postura, pero cuando toma una determinación, lo hace con firmeza; perfeccionista como es, delega tareas en sus colaboradores, pero da seguimiento a su trabajo y lo supervisa hasta el final; es reflexiva, se toma el tiempo para responder; puntualiza pero debate con respeto, no somete a las personas a su alrededor. Como adversaria, es generosa y no guarda rencor; cuando traspasa la barrera de lo estrictamente profesional en su círculo de trabajo, muestra calidez, preocupación por los otros y se entrega a los abrazos y el humor”.
En el mismo texto, Arturo Chávez, amigo de Sheinbaum de la época universitaria y que ha colaborado en su cuarto de guerra, señala que “es una mujer perfeccionista. Yo le he organizado varios eventos. Todo el mundo me felicita, pero ella me habla para decirme cuáles son los errores del evento: ‘Oye, faltó esto, no organizaste esto, este detalle se te fue’. Te habla inmediatamente y te lo dice. Tú no los viste, ella sí los vio. Tiene una capacidad para escanear. Tú obsérvala en un evento público. Ella escanea todo. Y al final te lo dice, para que el siguiente evento salga mejor”.
Renata Turrent, quien formó parte de la campaña de la morenista, afirma “chiquita, flaquita como la ves, nada más de pura presencia, con el lenguaje corporal, causa muchísima autoridad, porque es muy seria, muy reflexiva. He visto discusiones donde hay personas con opiniones distintas, pero nunca me ha tocado ver que alguien dispute su autoridad. Siempre hay muchísimo respeto a su investidura por parte de todos sus colaboradores, y eso se construye, esa legitimidad no es gratuita, ella se la ha ganado”, añade.
“Es perfectamente compatible ser una persona implacable, en términos de claridad de lo que se tiene que hacer, y, al mismo tiempo, ser una persona muy cálida”, finaliza Pepe Merino, colaborador desde hace años y titular de lo que será la Nueva Agencia de Transformación Digital.
En fin, quizá no esté del todo claro el estilo de gobernar que tendrá la presidenta. Pero todas las señales indican que será muy distinto al de su antecesor.

@jorgezepedap

 

¿Será un problema el ejército?

¿Tiene Claudia Sheinbaum motivos para preocuparse por el protagonismo que las fuerzas armadas han adquirido en el gobierno? ¿Pueden ser un factor de resistencia a los proyectos de cambio de la presidenta respecto a lo realizado el sexenio anterior? ¿Podrían ejercer presiones para seguir aumentando su área de influencia en la administración pública?
Tengo la impresión de que la mayor parte de las respuestas a estas preguntas serían menos alarmantes de lo que podría pensarse. Desde luego que es amenazante para cualquier proceso democrático, de modernización de la administración pública o de filiación progresista y de izquierda, la presencia de un estamento vertical, gremial y que goza del monopolio de la fuerza física.
Andrés Manuel López Obrador, contra todo pronóstico, convirtió a los militares en uno de sus principales aliados para impulsar su agenda de cambios y superar resistencias. Me parece que algunas de las razones que obedecieron a esta inesperada relación siguen vigentes. En particular todo lo que tiene que ver con la obra pública. Los militares se desempeñaron como constructores extraordinariamente eficaces tanto en tiempo como en costos en los mega proyectos del gobierno obradorista. Desde aeropuertos hasta el Tren Maya, pasando por la construcción de bancos del Bienestar, carreteras, cuarteles de la GN, clínicas y hospitales, acueductos, puentes internacionales y un significativo etcétera. Más de 3 mil obras de infraestructura de diversa índole. Un inventario que habría sido imposible sin el apoyo castrense.
Para ser realistas, constituye un aporte imprescindible para los proyectos de Claudia Sheinbaum. Inconvenientes hay, desde luego. De entrada, una inevitable opacidad, parte de ella incluso involuntaria en el sentido de que forma parte de la cultura, la verticalidad y la secrecía que por razones naturales envuelve los actos y procedimientos de las fuerzas armadas de cualquier país. Pero en ocasiones es una opacidad deliberada cuando se trata de proyectos de construcción que generan morbo o críticas por parte de los medios o de adversarios políticos. Los generales suelen echar mano del recurso de reserva de información por motivos de seguridad nacional con relativa facilidad, entre otras razones porque la ley se los permite. Igualmente habría que decir que han existido suficientes casos de irregularidades para asumir que son vulnerables a la corrupción. Pero también habría que reconocer que montos y frecuencias son menores que los escándalos y prácticas nocivas de la obra pública contratada con particulares en otras administraciones.
En suma, la participación de los militares en la obra pública seguirá, sin duda. Y es obvio que este protagonismo tiene un correlato económico y político, pues se traduce en poder y capacidad de negociación, por donde se le mire. No puede ser de otra manera si las grandes constructoras y sus dueños entienden que los contratos también dependen de una buena relación con los generales. Pero también es el caso de los gobernadores y sus agendas. El poder no es una cosa abstracta, deriva del valor que los actores políticos y económicos perciben entre sí.
El problema para Claudia con el ejército podría venir no tanto por el desempeño de los militares como constructores, pero sí en su papel como administradores y como policías. Actualmente las fuerzas armadas regentean el Tren Maya, incluyendo servicios turísticos en la Península de Yucatán e Islas Marías, la aerolínea Mexicana de Aviación, aeropuertos, puertos y aduanas, entre otras cosas. No necesariamente se trata de peores administradores que los funcionarios civiles, pero tampoco es que sean mejores. El problema es que cuando un civil no lo es, puede ser removido discrecionalmente por el presidente o el secretario del ramo; pero resulta mucho más complicado cuando se trata de un oficial del ejército. Para empezar, porque fincar responsabilidades a un militar es interpretado por los suyos como un agravio a las fuerzas armadas en su conjunto. También porque los criterios de valoración administrativa se cruzan con méritos vinculados a la lealtad, la disciplina y a los intereses puntuales de una institución que también maneja su propia agenda.
Si algún diagnóstico del gobierno de Sheinbaum concluye que el control de las aduanas por parte de la Secretaría de Marina o el manejo de los recursos turísticos por parte de la Defensa no es el más afortunado para efectos de rentabilidad o gestión empresarial, por ejemplo, no será fácil negociar con los generales la devolución de esas tareas a la administración civil. Y no se trata necesariamente de que hayan fallado, sino de temas de visión empresarial y servicio público moderno. El riesgo de tener a los militares como empresarios es doble: por un lado, al estar involucrados en tantas áreas, pueden operar con transferencias horizontales que distorsionen la valoración real de su desempeño en una tarea. La segunda es que introducen una competencia desleal con los particulares. Tal es el caso de la hotelería en la Península, la gestión de algunos aeropuertos y, notablemente, de la aerolínea Mexicana de Aviación. Esta merece una mención aparte.
Mexicana compite con otras aerolíneas nacionales que intentan sobrevivir en condiciones de enorme vulnerabilidad por los vaivenes de la economía o las fluctuaciones en el costo de los combustibles. No les será fácil disputarle los pasajeros a una empresa ostensiblemente subsidiada y cuyo patrón es al mismo tiempo el que regentea aeropuertos, tarifas y slots de salida. Puede entenderse que el estado participe en el mercado frente a necesidades que no son cubiertas por las compañías que están operando, por ejemplo para llevar internet a zonas aisladas. Pero considerando las muchas necesidades pendientes, no hay ninguna razón para utilizar el presupuesto para competir con empresas ya establecidas. Y en el fondo, es una transferencia a sectores medios y altos (boletos subsidiados) con cargo a los sectores que menos tienen: la mitad de los mexicanos nunca han utilizado un avión. Mexicana puede convertirse en un boquete para el erario o una empresa que ponga de rodillas a otras, ¿quién será el valiente que se la quite a los militares?
Y por último, el difícil dilema del uso de los militares en la seguridad pública en el próximo sexenio. Un tema delicado, que merecería otro texto.

@jorgezepedap