Los narcos, el otro desafío de Claudia

Lo que está sucediendo en Chiapas con la expulsión de la población de comunidades completas por parte de los criminales o las acusaciones de Trump sobre el narco Estado fuera de control que constituye México y, por ende, la necesidad de una intervención directa, revelan el tamaño de la crisis. Pueden pensarse paliativos de las dos alarmantes noticias, es cierto. En Chiapas se trata de pequeñas localidades y en algunas de ellas la violencia es una versión descompuesta de las viejas rencillas por tierras y bosques, potenciadas ahora por los narcos. Y lo de Trump, es Trump; un candidato en una campaña circense cargada de palabrería insustancial. Pero el impacto mediático de estos temas toma credibilidad en el contexto de una estadística roja que alimenta el temor y la exasperación de los ciudadanos por el efecto acumulado de tantas décadas de vulnerabilidad.
Puede tener razón López Obrador cuando afirma que el número de asesinatos ha descendido alrededor de un 20% respecto al país que recibió o que los secuestros son menos que la mitad. Pero, del otro lado, hay muchas evidencias de que la extorsión y los asaltos a carreteras se han acentuado; y sobre todo queda la sensación de que el control de los territorios por parte de las bandas criminales se ha hecho absoluto en algunos bolsones de la geografía nacional. En partes del sureste se ha retrocedido, en Guanajuato y Morelos también; en actividades como el aguacate o el limón el crimen organizado se ha consolidado como un nuevo agente económico.
Más allá de los aciertos y desaciertos de la 4T en materia de seguridad pública, es evidente que se trata de una de las prioridades para los ciudadanos. Pensar en el desarrollo de muchas regiones y atraer cuantiosas inversiones es impensable sin un ambiente de paz y seguridad que hoy no existe.
No se trata de un fracaso de la 4T sino del Estado mexicano a lo largo de décadas. El problema es que seguir “pateando el bote” hacia adelante y sin resolverlo, pasa una factura cada vez más costosa por la sofisticación que adquieren los criminales, el control al que someten a las regiones, su intervención en los comicios, un poderoso vecino exasperado y la presión de los ciudadanos por el efecto acumulado de tantos años de inseguridad. En suma, la factura política y económica que ahora recibiría Claudia Sheinbaum en caso de seguir pateando ese bote es más alta que la de sus predecesores.
¿Cuál es el panorama que afronta para intentar responder a este desafío? Primero, un antecedente clave. Sheinbaum recibe el gobierno con un activo que no tuvieron sus antecesores: una Guardia Nacional de 130 mil elementos y varios cientos de cuarteles distribuidos a lo largo de todo el país. Se trata de una infraestructura que requirió de cinco años y un ingente presupuesto.
En más de una ocasión he descrito la estrategia de pinzas, o de dos ejes, que intentó López Obrador a lo largo de su sexenio, aunque no haya querido describirla así. Por un lado, al percatarse de que el Estado mexicano simplemente no tenía la capacidad de fuego para enfrentarse al crimen organizado, ni el despliegue necesario para recuperar los territorios perdidos, decidió construir la infraestructura para que su sucesor tuviera al menos la fuerza para responder a ese desafío: una red logística de 520 cuarteles y 170 mil efectivos desplegados con entrenamiento militar. Es un esfuerzo aún inconcluso pero muy avanzado.
La otra parte de la pinza consistió en una tregua para ganar tiempo, la famosa cruzada “de abrazos no balazos”. Una optimista convocatoria a los criminales para que se limitaran a los “territorios” conquistados y no siguieran avanzando, mientras construía el ejército para combatirlos, por así decirlo. La GN iría desplegándose, pero sin combatir (hasta que estuviera completa), con la esperanza de que su mera presencia inhibiera a los criminales. Hoy está claro que no funcionó y que el adversario aprovechó el impasse para crecer.
No obstante, habría que reconocer que, una vez completado, el proyecto de la GN es una opción que permitiría al Estado mexicano emprender, por vez primera, “la ofensiva” con ciertas posibilidades de éxito, hablando estrictamente en términos de capacidad de fuego. La pregunta de fondo es saber si, para la estrategia que Claudia está pensando, todo esto es de ayuda o todo lo contrario.
Como es sabido, Sheinbaum privilegió otro enfoque durante su gestión como jefa de gobierno en la capital. Instrumentado a través de Omar García Harfuch, criminalista profesional y poco afecto a la solución militarista que favoreció el presidente, optó por una estrategia policiaca, de inteligencia en la investigación, de uso de tecnología. El nombramiento de Harfuch como futuro responsable de la Seguridad Pública, apuntaría a la continuación de esa línea los próximos seis años. Habría que recordar el silencio que durante toda la campaña guardó Claudia sobre la iniciativa de López Obrador de colocar a la GN bajo la tutela formal del Ejército. Una iniciativa que requiere mayoría constitucional y, en principio, fue rechazada por el Congreso. Con la nueva mayoría calificada que adquirieron Morena y sus aliados, a partir de septiembre el gobierno de la 4T podría imponerla sin problema. Pero no estaba claro que Sheinbaum fuera a impulsar esta medida una vez que tomara posesión. Fue hasta ahora, en el contexto de las giras al lado de López Obrador, y ya como presidenta electa, que decidió anunciar su apoyo a esta iniciativa del mandatario. ¿Negociación, acto de cortesía, petición presidencial, cambió de convicción? Vaya usted a saber. Sea una cosa u otra lo sabremos hasta dentro de unos meses.
Lo único claro es que Sheinbaum mantendrá la parte de la estrategia que busca combatir las causas y en eso tiene plena coincidencia con López Obrador: crear oportunidades para los jóvenes, impulso de zonas deprimidas, campañas de prevención al consumo de drogas, apoyo a madres solteras y otra batería de medidas. Pero, obviamente, se trata de soluciones de impacto de largo plazo.
Para el corto y mediano necesitará resultados mucho más palpables de cara a la impaciencia interna y externa que crece. Hay una cuenta regresiva que nos acerca lentamente al punto en el que los Bukeles y otras versiones de mano dura comiencen a ser irresistibles para muchos votantes. Esperemos que el segundo piso de la 4T tenga respuestas antes de llegar a eso.

@jorgezepedap
 

La resurrección de Lázaro

La designación de Lázaro Cárdenas Batel como responsable de la Oficina de la Presidencia del próximo sexenio, es un dato trascendente en más de un sentido. Una jugada de tres bandas y varios impactos.
La primera, porque tiene que ver con los símbolos y la construcción del relato político ideológico que habrá de requerir la consolidación del liderazgo de Claudia Sheinbaum. Cárdenas es un nombre todavía mágico en el imaginario de las bases sociales en las que se apoya el obradorismo o la izquierda mexicana. El abuelo, también Lázaro, responsable de la expropiación petrolera, y el padre, Cuauhtémoc iniciador del movimiento que a la postre conquistó la Ciudad de México e inició el giro que culmina con la presidencia de López Obrador, son cargas simbólicas que se incorporan al equipo plural que está conjuntando la nueva presidenta. Con una ventaja: es un nombramiento que no puede ser cuestionado por los obradoristas más recalcitrantes; al mismo tiempo que diversifica las bases de legitimación de Sheinbaum para no depender exclusivamente del cordón umbilical que la une a su predecesor. Y es que la relación de López Obrador con el cardenismo ha sido de un respeto en lo formal, pero también de un obvio distanciamiento para, en mi opinión, evitar que el peso de la figura de Cuauhtémoc hiciera sombra al liderazgo único por parte del tabasqueño.
Es verdad que López Obrador designó a Cárdenas Batel como jefe de asesores, pero a ese respecto siempre me ha parecido que fue una estrategia, consciente o no, destinada a neutralizar el potencial político del apellido; entre otras cosas con respecto a la sucesión. Al incorporarlo disminuía la posibilidad de una corriente disidente o crítica y, al mismo tiempo, al convertirlo en un asesor estrictamente de clóset, sin tareas ni apariciones públicas o relación significativa con otros actores políticos lo invisibilizaba. Si AMLO ya había pensado en una lista de precandidatos, Cárdenas Batel habría sido un personaje incómodo dado el riesgo de que su nombre generara una espuma espontánea difícil de diluir. En tal caso, el ostracismo diseñado para este puesto en Palacio Nacional neutralizó el problema.
Como sabemos, Lázaro decidió retirarse anticipadamente, en marzo de 2023, con el pretexto de hacerse cargo de la secretaría general de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).
Faltaría ver cuál es el papel real que Sheinbaum otorga a la Oficina de la Presidencia. En el peor caso, podría repetir simplemente con otro nombre lo que ya hacía con López Obrador, es decir, un asesor del escritorio del soberano. Pero no lo creo. El nombramiento ha sido anunciado como una especie de coordinador del gabinete. En su versión más amplia eso lo convertiría en un operador político clave. Recordemos que en algunos sexenios este puesto dio lugar a personajes de enorme poder como: José Córdoba Montoya con Carlos Salinas, Liébano Sáenz con Ernesto Zedillo (en calidad de secretario particular, pero con estas tareas), Camilo Mouriño con Felipe Calderón. Por el contrario, con López Obrador recayó en Alfonso Romo, con el encargo específico de coordinar la relación con el empresariado, pero sin peso político real al grado que terminó por interrumpirse al poco tiempo.
En ese sentido, la incorporación de Lázaro Cárdenas tiene, pues, un doble efecto: una carga simbólica por el indudable peso histórico que el apellido posee al margen del obradorismo y, segundo, un anticipo de lo que puede ser la operación política de la próxima presidencia. La coordinación del gabinete desde Palacio Nacional constituye una definición, por ausencia, de lo que “no va a hacer” la secretaría de Gobernación.
Esto es importante, porque frente a la fuerza que detenta el gabinete económico con pesos pesados como Ramírez de la O. en Hacienda, Marcelo Ebrard en Economía y dos alfiles sumamente capaces y de todas las confianzas de Claudia, como son Luz Elena González en Energía y Altagracía Gómez para la coordinación con empresarios, la parte política parecía el flanco débil. Rosa Icela Rodríguez en Gobernación tiene sentido como una figura de transición entre dos administraciones, pero francamente podría constituir una responsabilidad abrumadora el reto que se viene encima. Tras una presidencia de enorme dominio, como fue la de López Obrador, los actores políticos buscarán ampliar sus márgenes de maniobra e impulsar sus propias agendas, y no siempre coincidirán con las prioridades de Palacio. Solo para hablar de las propias filas de la 4T el reto es mayúsculo: gobernadores, coordinadores de las cámaras como Ricardo Monreal y Adán Augusto López, ambos con intereses específicos, la nueva dirigencia de Morena que intentará favorecer su propia versión de lo que es el obradorismo, los partidos aliados y sus dirigencias, etcétera. Rosa Icela es conocida por su llamada mano izquierda, un cuadro político versátil; pero no es un peso pesado, considerando el tamaño de la tarea, del corte que serían Juan Ramón de la Fuente, Mario Delgado o los ya mencionados Ebrard, Monreal y Adán Augusto.
En suma, el nombramiento de Cárdenas en esta importante tarea también puede ser leído como una forma de descargar a Gobernación de tareas esenciales de la coordinación política.
Una tercera implicación, aún cuando no sea uno de los motivos de su nombramiento, es querámoslo o no, la sucesión presidencial 2030. El arranque de un nuevo gabinete origina, en automático, precandidatos naturales. A García Harfuch, Marcelo Ebrard, Juan Ramón de la Fuente, más los que se vayan sumando, la lista nace con el nombre de Lázaro Cárdenas. Y no porque necesariamente la busquen, sino porque las miradas y comentarios comenzarán a buscarlos desde el primer instante.
Desde luego todas estas consideraciones pueden no ser otra cosa que una especulación. Quizá simplemente se trate de una decisión lógica y práctica a partir de los recursos humanos con los que cuenta la presidenta y las muchas necesidades por cubrir. Cárdenas es un buen cuadro y puede ser útil. Y punto. Pero incluso si el motivo de su nombramiento es ese, el impacto que tendrá en la esfera política y en las percepciones seguramente incidirá en los tres sentidos señalados arriba.
Por último, una apreciación personal. Me parece que se trata de una las mejores cartas del próximo gabinete. Su paso como gobernador de Michoacán, senador y diputado, especialista en temas internacionales y jefe de asesores del presidente, lo convierten en uno de los cuadros más calificados de la administración pública. Pero más que eso, se trata de sus cualidades personales. Pese a la renta política del apellido, Lázaro es un meritorio e inusual caso dentro de nuestras tradiciones, al ser nieto e hijo de hombres poderosos y, no obstante, haberse conducido con honestidad, sobriedad, laboriosidad y sentido común. Resucitó Lázaro, en más de un sentido.

@jorgezepedap

¿Y ahora qué hacemos con (sin) Biden?

Luego de lo que vimos en el debate entre los candidatos a la presidencia de Estados Unidos se desvanece la última esperanza. No, el votante no va a inclinarse en el último momento en favor de Biden para evitar la segunda presidencia de Donald Trump. Una idea a la que se aferraban muchos, pese a la ligera ventaja que llevaba el candidato republicano; se decía que en el último instante los ciudadanos serían acometidos por un impulso responsable y se inclinarían por Biden considerándolo un mal menor. Pero tras las muestras de senilidad evidentes del actual presidente, queda claro que no está en condiciones de seguir gobernando. Para el demócrata este debate era la oportunidad de mostrar que, pese a las acusaciones de sus rivales respecto a su edad, aún era un líder capaz de hacer el trabajo. Por desgracia justamente confirmó la veracidad de las acusaciones.
Steve Schmidt, ex republicano, pero ahora cofundador de una organización dedicada a impedir que Donald Trump regrese a la Casa Blanca, afirmó: “Joe Biden perdió el país esta noche y no lo recuperará. Si Trump es una amenaza y la democracia está en juego, entonces Biden debe hacerse a un lado. Su deber, juramento y legado requieren un acto de humildad y desinterés”.
En el mismo sentido escribió el afamado autor y articulista de The New York Times, Tomas L. Friedman, un amigo cercano del presidente: “La familia Biden y el equipo político deben reunirse rápidamente y tener la más difícil de las conversaciones con el presidente, una conversación de amor, claridad y resolución. Para dar a Estados Unidos la mejor oportunidad posible de disuadir a la amenaza de Trump en noviembre, el presidente tiene que presentarse y declarar que no se postulará para la reelección y que está liberando a todos sus delegados para la Convención Nacional Demócrata”.
Por lo pronto, el partido está en llamas. No habría oportunidad de organizar otras primarias, lo que exigiría la elección de un candidato a través de discusiones consensuadas para que la convención demócrata del próximo 26 de agosto lo resuelva de manera extraordinaria. No es un proceso fácil, pero no es allí donde está la verdadera dificultad.
Joe Biden no era el mejor candidato desde hace rato, pero según sondeos era el menos malo para competir contra Trump. Todos los demás salían peor parados. En esencia los demócratas no tienen alternativas a la vista.
Y todo parece indicar que, a menos que el propio Biden se empeñe en renunciar, las principales figuras del bando demócrata seguirán apoyando su candidatura como una especie de compromiso moral. Hillary Clinton aseguró después del debate que su voto se mantiene a favor del presidente. Lo mismo hizo el ex presidente Barack Obama. El resto de los posibles candidatos a reemplazarlo, entre ellos varios gobernadores exitosos, se apresuraron a cerrar filas en torno al anciano. Ninguno de ellos dispuestos a arruinar sus carreras ante una muy probable derrota.
Por lo pronto, ha trascendido que Biden desea sacarse la espina en un segundo debate. El problema es que está programado para el 10 de septiembre (y será el último), una vez que ambos candidatos hayan sido designados en definitiva por sus respectivas convenciones. De hecho, este primer debate fue inusual, toda vez que técnicamente aún no son los candidatos oficiales de sus partidos.
Muy probablemente para entonces sea demasiado tarde. Ted Cruz, el republicano, nunca corto para soltar una provocación, recordó una predicción que realizó hace meses en el sentido de que Biden renunciaría a la candidatura y Michelle Obama asumiría la estafeta. “Eso es lo que va a suceder”, reiteró en un mensaje en redes sociales horas después del debate. El único problema, claro, es que la ex primera dama, que en efecto goza de gran popularidad, ha rechazado su interés en cualquier candidatura y afirmado categóricamente que no le interesa ese empleo.
Los estadunidenses y, en el fondo, el resto del mundo parece resignado a la tragedia: el triunfo de Donald Trump. Algo impensable apenas hace tres años, cuando sus huestes intentaron impedir el resultado electoral tomando por asalto al Congreso. De alguna manera queda la sensación de que el abuso del buleador consiguió imponerse. Podría sonar candoroso afirmar que el mal resultó vencedor. Pero si no el mal a secas, sin duda el mal gusto. Por supuesto que hay una explicación psicológica, sociológica o económica para el hecho de que tantos estadunidenses quieran votar por ese personaje. Pero, por donde se le mire, es una derrota de todo lo que pueda estar relacionado con la ética o el decoro. Biden puede ser un buen hombre, pero la fecha de caducidad ha alcanzado a su cuerpo. Una mala pasada de la biología.
En el apoyo de las cabezas del partido demócrata a su presidente, en lo que parece crónica de una muerte anunciada, hay algo que se parece a la dignidad. Pero no habría que confundirse. Tiene todos los visos de convertirse en una marcha inexorable hacia la inmolación y por las peores razones. En el fondo, una rendición disfrazada, un acto de egoísmo e hipocresía de los líderes demócratas, sabiendo que el duelo durara sólo cuatro años y todos ellos salvarán sus carreras políticas sin mayores rasguños. No así el resto de los ciudadanos del mundo, los sectores desfavorecidos de ese y de todos los países, a los latinos de aquí, de allá. Para México una peligrosa cuenta regresiva que al detonarse requerirá de todo el talento y la solidaridad que podamos poner en marcha, a pesar de nuestras diferencias.

@jorgezepedap

 

MC: entre las cervezas y el rímel

Lo de Movimiento Ciudadano en las elecciones de hace dos semanas fue un éxito y no. Consiguió 10% de los votos, desplazó en las urnas al PRI como tercera fuerza política y retuvo la gubernatura de Jalisco. Pero, al mismo tiempo, su peso retrocedió en las cámaras del Poder Legislativo federal y en los congresos estatales de las entidades que gobierna, Nuevo Léon y Jalisco.
Un resultado que dice mucho sobre la ambigüedad de la importancia de MC en los próximos años. No solo eso, también son resultados que modifican la correlación de fuerzas dentro de ese partido.
Primero sobre la ambigüedad. Movimiento Ciudadano tiene un argumento a su favor cuando asegura que se ha constituido como “la Tercera Vía”: 10% es más de lo que obtienen los partidos morralla que deben vivir a expensas de otro más grande. El problema es definir en qué consiste esta Tercera Vía. ¿La de redes sociales e influencers del fosfo Samuel García? ¿La de Dante Delgado y sus muchas vidas como sobreviviente del viejo régimen? ¿La de Enrique Alfaro y sus interminables fobias? ¿O la de Álvarez Máynez y su guiño a los jóvenes de universidades privadas?
No es casual que el crecimiento del candidato presidencial de MC, Jorge Álvarez Máynez se haya dado a partir de los debates, porque bastaba con deslindarse de las dos candidatas que en buena medida se dedicaron a torpedearse. No exigía elaboración o definición alguna, bastaba con intentar presentarse como el adulto de la mesa capaz de mantenerse al margen del pleito. No sabemos qué es, pero dejó en claro que no quería ser ni melón ni sandía.
No es la única indefinición de MC, porque en cierta medida ni es movimiento ni es ciudadano. Gobierna en dos entidades esencialmente por ser un membrete fresco en el momento oportuno, cuando las élites políticas en ambos estados se neutralizaron mutuamente. En Nuevo León tras la súbita caída de la candidata de Morena, producto de los escándalos, y en Jalisco por el entrampamiento del panismo y los disparos al pie del PRI. En ninguno de los dos casos fue resultado de una base social sobre la que se hubiese trabajado un triunfo. Ahora en Jalisco repite sexenio gracias esencialmente a la carencia local de cuadros de Morena para encabezar una candidatura atractiva y la popularidad personal de su abanderado, pero es evidente que el voto popular no estuvo con MC ni en las municipales ni las legislativas y mucho menos en la presidencial. En suma, dista mucho de ser un “movimiento” de base social.
Y tampoco es que sea precisamente “ciudadano”. Dante Delgado, fundador y mandamás del partido, se ha dedicado esencialmente a extraer ventajas del éxito mercadológico del membrete “ciudadano”, con buen olfato político para encontrar oportunidades electorales. Lo suyo no ha sido el trabajo de construcción de una base social o regional, sino la cacería de coyunturas favorables.
Interrogado en alguna ocasión por Sabina Berman sobre la ideología de MC, Dante hizo referencia a la socialdemocracia europea. En la extensa entrevista televisada, Sabina pidió una precisión de lo que eso significaría en términos de propuestas para México y lo que siguió fue un galimatías Fue un galimatías incomprensible. La periodista siguió insistiendo y lo único que quedó en claro es que Dante aborrece a López Obrador, quedó resentido con el PRI y no quiere saber nada de los panistas. Sobre sus propuestas para México, poco o nada.
La mejor noticia de las últimas elecciones surge de una mala: el fracaso de Samuel García para impulsar el triunfo de su esposa en la alcaldía de Monterrey y su retroceso en el Congreso de Nuevo León. ¿Por qué? Porque tras la espuma generada por la pretendida candidatura presidencial del gobernador, parecía que la moda fosfo que esa pareja encabeza terminaría por tomar la batuta dentro de MC. Y no porque hoy tenga un peso significativo en la estructura nacional, sino porque de haberse confirmado un impacto mediático imparable, su imagen “triunfadora” habría terminado por controlar al partido. Toda proporción guardada, es lo que sucedió con Donald Trump y el Partido Republicano.
La derrota de Samuel pone a salvo, por el momento, el enorme riesgo de que el asalto al poder provenga de la frivolidad y la desmesura. Enrique Alfaro tiene razón cuando afirma que algo está mal en las propuestas de MC cuando “pasaron del destape con cervezas a las despedidas con rímel”. Una dura crítica a su colega de Nuevo León, quien destapó la candidatura de Máynez entre brindis con cerveza en un palco de futbol, y a su esposa, que reconoció que los resultados no la favorecían mientras instruía a su auditorio la mejor manera de agrandarse los ojos.
Hay otra buena noticia para MC que también surge a pesar de un mal resultado. Tendrá menos senadores que en la Legislatura anterior (antes 10, ahora entre 4 y 6), pero, paradójicamente serán mucho más importantes porque son los que necesitará Morena para alcanzar la mayoría calificada. Una oportunidad única; el peso político que eso significa es enorme, aunque también los riesgos si la utiliza de manera irresponsable.
Sin embargo, en más de un sentido el futuro de MC depende de lo que hagan otros. Al carecer de un corpus ideológico propio, una base social identificable, su valoración “bursátil” en el mercado político fluctuará según se comporten las fuerzas dominantes. Por un lado, si el gobierno de Claudia Sheinbaum abandona la confrontación y opera un corrimiento hacia el centro, el espacio de MC terminará sumamente constreñido. Por otro lado, si el PAN y los simpatizantes de la llamada marea rosa giran metros o centímetros en dirección a sectores medios y ciudadanos, también terminaría recortando el espacio político del partido de Dante. El problema de la tercera vía es que depende del comportamiento de las otras dos. Es decir, de la polarización de ambas y el ensanchamiento del centro. Me parece que, en ese sentido, vienen tiempos menos propicios para MC. Veremos.

@jorgezepedap

 

Mayoría en las cámaras, ¿legal o justo?

El perro ladra y encima le pegan al portón, diría el clásico. Justo lo que nos está pasando con lo de las plurinominales y su distribución en las cámaras. Para colmo de la crispación política y apasionada que nos aqueja, ahora somos presa de un sistema de reparto de escaños y curules cuya interpretación habrá de dividirnos aún mas. La ley es precisa, pero el resultado de su aplicación es polémico, particularmente porque está en juego la mayoría calificada o constitucional en el Poder Legislativo a favor del partido en el poder.
1.- ¿Es justo? Hay datos para todos los gustos y para todos los disgustos. Juzgue usted: por un lado, la coalición de Morena, PVEM y PT obtuvo el 54.8% de la votación para diputados, pero gracias al reparto de plurinominales, conseguiría una proporción que supera 70% de la cámara. En estricto sentido, el voto popular no otorgó al bando del presidente la mayoría para hacer cambios constitucionales, solo le dio una mayoría simple.
Pero no nos precipitemos. Si eliminamos todo el esquema de las plurinominales y hacemos el cálculo a partir de los 300 distritos en los que realmente se disputó el voto de los ciudadanos, el resultado sería aún mejor para el obradorismo. Morena, PVEM y PT ganaron en 256 distritos; es decir, habrían contado con el 85% de las curules. En la de senadores la concentración habría sido aun más abrumadora: la coalición en el poder ganó en 30 de las 32 entidades, es decir un saldo equivalente al 93.8% del senado. En una democracia estrictamente representativa a partir del resultado de las votaciones en el territorio, como en Estados Unidos o la mayor parte de Europa, el Congreso resultante prácticamente sería de un solo color.
Justamente para evitar la desaparición de las minorías en el Poder Legislativo es que se inventó el tema de las plurinominales. Para ilustrarlo de manera más explícita supongamos que un partido gana con 60% del voto en cada uno de los 300 distritos; eso le permitiría llevarse todas las diputaciones y habría una cámara integrada exclusivamente por esa fuerza. Pero eso significaría que el 40% de los ciudadanos de cada distrito que votaron por la oposición no tendrían representación en el Poder Legislativo.
La polémica está centrada, entonces, en el uso de las plurinominales como mecanismo para atenuar el peso de la fuerza dominante o, lo que es lo mismo, para asegurar una presencia real de la minoría. Por supuesto que el mecanismo ayudó: insisto, sin las 200 pluris, la 4T tendría el 85% de la Cámara de Diputados, reflejo de su triunfo en esa misma proporción de distritos en el país. En el otro extremo, si solo hubiera diputaciones plurinominales, y no distritos ganados, Morena y sus aliados tendrían solo 54.8% de los votos para diputados, y equivaldría a 164 curules o mayoría simple.
Pero recordemos que el sistema es mixto. A medio camino entre un esquema federativo (el ganador se lleva todo en cada distrito) y uno proporcional con las pluris. En otras palabras, nunca fue pensado para que reflejara el peso exacto de la votación nacional por cada partido; solo es un mecanismo para garantizar una presencia de las minorías. Y esto es así porque pesa más el enfoque “federativo o territorial” con 300 diputaciones, que el enfoque redistributivo o plurinominal con 200 diputaciones. Recordemos, sin plurinominales el obradorismo gobernaría en la cámara con 85% de los distritos ganados. En el otro extremo, si solo fueran las plurinominales tendría mera mayoría simple con apenas 54%. Como el esquema es mixto, pero con mayor peso a los distritos ganados (300 de 500), la resultante anda por encima del 70%.
2.- ¿Es legal? En esto hay menos controversia, aparentemente. La mayoría calificada a favor de la 4T no es un asunto de interpretación sino de mera aplicación de los criterios que establece la ley inscrita en la Constitución. En ese sentido, el INE no tiene para adonde hacerse. Los 200 plurinominales tienen que ser distribuidos a razón de 40 por cada una de las cinco regiones electorales del país (circunscripciones). El reparto corresponde al porcentaje de votación de cada partido en cada región. Si Morena obtuvo 50% de los votos en el sureste, por ejemplo, le tocarían la mitad de esas 40 plurinominales y así sucesivamente.
Alguien podría decir que es un sistema injusto para las minorías, porque Morena se llevaría esas 20 pluris además de los distritos que ganó por mayoría en el sureste. Es decir, habría un argumento para que las 200 diputaciones adicionales solo fueran para las minorías, pero esa posición se desploma cuando se observa que al hacerlo, en muchos casos, la segunda minoría superaría a la mayoría, lo cual traicionaría el sentido del voto popular.
Por ello es que “la mayoría” también entra en el reparto de los 200 adicionales. Pero para evitar que eso produzca un efecto contraproducente, los legisladores diseñaron un tope de 8% de límite de “sobrerrepresentación”. Después de unas cuantas pluris, la fracción mayoritaria ya no tiene derecho a más diputaciones aunque la aritmética lo indique. Eso le pasó a Morena, pero no al PVEM y al PT que captaron algunos diputados que perdió Morena.
Y ese es el punto en el que ahora se encuentra la disputa. La ley contempla límites al partido mayoritario, pero la Constitución no habla de coaliciones. La oposición exige que se interprete el espíritu y no el pie de la letra del artículo constitucional. Lo cual no deja de ser irónico, porque justamente ha sido la argumentación de López Obrador respecto a muchas decisiones de los jueces: el reclamo de que se delibere en términos de lo que es justo, no simplemente de lo que es legal formalmente.
Francamente se ve difícil que el INE o el Tribunal Federal apliquen un criterio distinto al que contempla la ley. Y tampoco va a suceder que una fuerza política, en este caso el obradorismo, acceda a renunciar a su ganancia legal en aras del espíritu de la ley.
Habría que seguir insistiendo en que el verdadero contrapeso a las tentaciones del autoritarismo es la realidad misma, la interdependencia en la que se encuentra México (peso de mercados, fondos de inversión, diversidad social, lógicas de crecimiento) y el sentido de responsabilidad de los mandatarios para garantizar la estabilidad política, económica y financiera. Confío mucho más en eso que en el desempeño de los diputados, sean obradoristas o de la oposición. Pero esa es otra historia.

@jorgezepedap
 

Guía para entretenerse este 2 de junio

 

Más allá de sus pasiones políticas, de la falta de ellas, o del interés que le generen los comicios de este domingo, habrá que asumir que el resultado nos afectará los próximos seis años. Y si bien es cierto que la fatiga que nos deja casi un año de campañas y precampañas políticas nos lleva a ver con cierto hartazgo la última jornada, podría ser sumamente entretenido si lo vemos desde la perspectiva de los desafíos que están en juego.

No solo se trata de la definición de la presidencia o las nueve gubernaturas en disputa. Hay muchas batallas por resolverse en materia de horas. Aquí algunas de ellas.

El plebiscito. En 2018 Andrés Manuel López Obrador obtuvo 53.2% del voto. Morena intenta superar esa meta para mostrar que los seis años de gobierno validan y, si es posible, profundizan la aprobación de los mexicanos. En todo caso, para efectos simbólicos y de legitimidad, es fundamental para Claudia Sheinbaum superar la cota del 50%.

EL debate de las casas encuestadoras. Durante meses las principales empresas del ramo dieron una ventaja de más de 20 puntos a la candidata oficial y lo ratificaron esta última semana; la oposición juró que había una sobreestimación de la puntera, atribuible a ineficiencia de las empresas o al fenómeno del voto oculto. Los resultados darán la razón a unos u a otros. En todo caso, hubo algunas encuestadoras con previsiones tan disparadas que terminarán siendo satanizadas o glorificadas según sea el caso.

El futuro de Xóchitl Gálvez. No está claro lo que pueda suceder con la candidata opositora después de esta jornada. Recordemos que los casos más recientes, Josefina Vázquez Mota en 2012, Ricardo Anaya y José Antonio Meade en 2018, se eclipsaron en los siguientes años. Dependerá en mucho del resultado. Si realmente logra reducir a 10 o 12 puntos la diferencia definitiva, habrá sido un logro en buena parte atribuible a su candidatura. Si la distancia queda en 18 o 20 puntos se habrá concretado la ventaja inicial, sin mayor o menor mérito o demérito de la campaña opositora. Una derrota por 25 puntos o más sin duda dañaría su imagen, supuestamente competitiva, y con ello su futuro.

La composición del Congreso. Con razón se le ha llamado la madre de todas las batallas. El Plan C del presidente consiste en obtener dos tercios de curules y escaños de las ?amaras y conseguir así la mayoría “constitucional” para hacer las reformas sin necesidad de la minoría. Se ve difícil. Lo más probable es que alcance la mayoría simple: 50% más 1. Eso le permitirá al nuevo gobierno conseguir la aprobación de presupuestos y reglas secundarias. Por el contrario, si ni siquiera eso consigue, será percibido como un gran triunfo de la oposición, aún cuando esta pierda la presidencia.

Tamaño de la debacle del PRI. El tricolor obtuvo 17% de la votación en 2018, pero desde entonces ha perdido la mayor parte de las gubernaturas que presidía. La dirigencia actual, de Alito Moreno, ha sido duramente cuestionada y cuadros importantes han emigrado. Las encuestas le otorgan el primer lugar a la pregunta ¿por cuál partido nunca votaría? Las previsiones sitúan el sufragio a su favor entre 10 y 16%. ¿Se confirmará la lenta pero inexorable caída de este partido o, como en otras ocasiones, revivirá luego de habérsele dado por muerto?

Movimiento Ciudadano y la disputa por el tercer lugar. MC no solo pretende instalarse como una tercera vía, ya consolidada, entre la polarización de las dos grandes fuerzas políticas que se disputan el país. Cualquier cosa que supere al 10% de la votación dará alas a esta tesis. Por el contrario, si la cifra ronda un 6% será un baño de agua fría a sus pretensiones; no muy lejos de lo que otros partidos morralla han obtenido en otras ocasiones.

Las nueve gubernaturas. Se da por descontado que en Puebla, Chiapas y Tabasco Morena ratificará con holgura su actual predominio. Lleva ventaja en Morelos, en Veracruz y en Ciudad de México, que también gobierna. Pero en estos tres casos la diferencia que arrojan las encuestas no es categórica y no los exenta de alguna sorpresa. El suspenso se mantendrá hasta el último instante. Por el lado de la oposición se asume que Guanajuato seguirá siendo panista y Jalisco emecista, pero Yucatán, territorio blanquiazul desde hace años, podría estar en riesgo. En suma, la lógica es que la fuerza que hoy domina ratifique la ventaja con la que llegan a las urnas: seis entidades serían para Morena, tres para la oposición. Equivaldría a salir tablas. Cualquier otra combinación arrojaría perdedores y ganadores inesperados.

La disputa por la capital. Hay nerviosismo en Palacio. Clara Brugada, candidata morenista, llega con ventaja al día decisivo, pero según las encuestas se ha venido reduciendo en las últimas semanas. Como bien se sabe, en las elecciones intermedias la oposición ganó la mitad de la ciudad, el lado poniente, y puso en entredicho la noción de que la Ciudad de México era el bastión de la izquierda.

Lo que puede haber sido y no fue. En caso de salir derrotada Xóchitl Gálvez en la disputa presidencial y Santiago Taboada en la de la capital, cabría preguntarse si la oposición terminó siendo víctima de una estrategia de López Obrador. El presidente provocó de alguna forma la burbuja de protagonismo que condujo a la designación de Gálvez como candidata presidencial. Ella no había escondido su deseo de aspirar a la alcaldía de la capital y sin duda habría sido una candidatura más popular que la de Taboada. ¿Habría vencido Xóchitl a Clara Brugada? Quizá, pero entonces podría haber entrado otro supuesto de política ficción: en tal escenario el candidato de Morena habría sido Omar García Harfuch.

Sobrevivencia del PRD. Se supone que es el único de los partidos pequeños que están en riesgo de perder la cabeza en la guillotina del 3% de la votación que exige la ley para mantener el registro. La vieja camarilla de Los Chuchos es lo único que queda del partido fundado por Cárdenas y López Obrador. La inercia ha mantenido un voto precario, pero al límite en las últimas elecciones. Podría ya no ser el caso.

No todas las preguntas serán respondidas esta noche, pero sí la mayoría. Y las restantes quedarán semblanteadas. Una buena intriga para la mayoría de los lectores; dramas y tragedias para algunos otros. Noche de duelos y jolgorios.

 

@jorgezepedap

 

Democracia de gente bien

Vota por la democracia, vota contra Morena, dicen los intelectuales críticos. Aseguran que los ciudadanos deben defender al orden democrático o condenarse a vivir en el despotismo. Puede entenderse que en una campaña política los protagonistas acudan a un enfoque del tipo “yo o la barbarie”. Pero que las auto designadas buenas conciencias de los círculos culturales e intelectuales críticos del partido en el poder invoquen el voto para “salvar a la democracia” es patético. Es cierto que conductores de radio y televisión viven de atizar el fuego; ellos no están en el negocio de analizar la realidad sino en el de inflamar indignaciones y gestionar miedos y pasiones. Pero son absurdos tales maniqueísmos por parte de quienes creen desempeñar el papel de conciencia crítica de los intereses últimos de la comunidad. Se vale disentir del proyecto social y político que encabeza López Obrador, preferir otro y así decirlo. Pero recurrir al fin de la historia como argumento en una coyuntura electoral es un tanto histérico.
“Democracia o deriva autoritaria”. El exceso es doble por ambas puntas. No es honesto hablar de democracia sin abordar los muchos saldos que el proceso de transición política deja de cara a las grandes mayorías empobrecidas en los últimos años. No voy a satanizarlo, porque produjo una alternancia formal y elecciones razonablemente libres, pero tampoco se puede glorificar el efecto legitimador que tuvo para gobiernos en los que imperó la corrupción. Es decir, acompañó sin problemas a un sistema profundamente desigual. ¿Democracia para quién? en todo caso. ¿Qué sentido tienen la red de comités de rendición de cuentas y de contra poder que no hicieron nada para lo que verdaderamente importaba a la mitad inferior del edificio social? ¿Por qué no les pareció un crimen inadmisible que el sistema desplomara el poder adquisitivo de los más pobres para hacer más rentable la vida de la mitad superior? ¿Qué hacían ellos para impedir la corrupción del gobierno de Peña Nieto, de los grandes negocios de sus camarillas o los excesos de sus gobernadores?  No digo que haya que suprimir toda esa red; en una sociedad más sana tiene una función que cumplir. Pero en un país que opera de manera tan desigual en favor de los privilegiados, da la sensación de que se abocó mayormente a los aspectos formales, pero no al fondo; es decir, que sirvieron como ámbitos de negociación entre las propias élites, pero dejando intocado el malestar de las grandes mayorías. Lo cual termina siendo una manera de legitimar el orden vigente. En todo caso, defender acríticamente tales instituciones como si fuesen el santo grial es más propio de una actitud doctrinaria que de una conciencia crítica como la que se atribuyen los abajo firmantes.
Se necesita una dosis de soberbia no dar el beneficio de la duda a la toma de posición de la mayoría de los mexicanos que apoya al actual proceso de cambio. No es muy democrático asumir que el 60% está equivocado. La única manera de sostener esa tesis sin rubor es atribuir tal apoyo a la demagogia de López Obrador que los mantiene engañados o, de plano, al oportunismo de los pobres, empeñados en recibir unas dádivas. La opción es terrible: o imbéciles o vendidos. ¿Ninguna posibilidad de atribuir a los campesinos, albañiles, vendedores ambulantes, jardineros, obreros y un largo etcétera, la capacidad de observar su realidad, su relación con el mundo y entender qué les conviene o qué les hace justicia? Por qué no habrían de preferir un gobierno que, con aciertos y desaciertos, ha conseguido aumentar su aportación en el ingreso nacional. ¿Si les atribuimos la habilidad para arreglar los motores del auto o la sabiduría para hacer brotar flores de nuestros jardines, por qué asumir que son incapaces de votar por lo que les conviene?
¿Deriva autoritaria, despotismo? Otra vez es confundir forma y fondo de manera oportunista. Puedo entender que les molesten los modos y la personalidad de Andrés Manuel López Obrador. Se vale, nadie es monedita de oro, y menos alguien que ha venido a contradecir rompiendo muchas de las normas de etiqueta de la democracia de la simulación. Hay excesos verbales y usos instrumentales de la política para beneficiar a su corriente política. En su discurso inaugural prometió que sería un presidente de todos los mexicanos y terminó siéndolo para la base social que lo apoya y para las causas que permiten mantener su proyecto social en el poder. ¿Y no era eso lo que hacían los presidentes anteriores, solo que sin decirlo? Con una diferencia enorme: en esta ocasión en lugar de gobernar en beneficio prioritario de las élites y los sectores medios, que en conjunto representan un tercio de la sociedad, López Obrador ha intentado hacerlo, con aciertos y errores, de cara a las grandes mayorías que los gobiernos anteriores mantuvieron desatendidas.
Las formas democráticas que defienden estos intelectuales son como el régimen de etiquetas de conducta de esas familias de alta sociedad puntillosas e impecables a la mesa, aunque por debajo de ella corran los más infames escándalos. ¿O deveras creen que Felipe Calderón no instigó a los ministros de la Corte para que mantuvieran a Florence Cassez en prisión?
López Obrador ha tratado a jueces y a ministros a empellones verbales, pero ha acatado las decisiones de los tribunales, una y otra vez. Lo llaman despótico porque hace público lo que antes se hacía tras bambalinas. Eso en la forma, en el fondo el asunto es más trascendente. El presidente entiende que tiene un mandato que cumplir: la mayoría de los mexicanos exigió un cambio en 2018, pero el voto solo cambió el poder Ejecutivo y una parte del Legislativo: el Poder Judicial y el entramado institucional (que hoy defienden esos intelectuales) quedó incólume. No solo eso, opera como resistencia a buena parte de esos cambios. Lo que perdieron políticamente lo sostienen jurídicamente. A esta confrontación en tribunales López Obrador opone los instrumentos a su alcance: la tribuna pública y los márgenes de acción que le da la ley y los pliegues de esa ley.
Entiendo que la primera temporada de este cambio no ha sido fácil, intentar un cambio de sendero implica abrir camino en breña. Romper la inercia de gobiernos favorables a la élite solo pudo hacerlo un opositor bragado como López Obrador y gobernó con todo lo que ello implica, excesos incluidos. Habría que criticarlos, desde luego, pero no podemos hacerlo como coartada para justificar o pedir el regreso de lo que había antes. El dilema en todo caso no está entre la democracia y el autoritarismo, sino en la posibilidad de seguir insistiendo en reparar la injusticia social que moralmente nos denigra a todos, espero que en la segunda oportunidad lo hagamos mejor, o sacrificar esta intención en aras de regresar a una versión de un supuesto paraíso que excluía a tantos.

@jorgezepedap

Tercer acto. Último debate

Como en toda representación teatral clásica, este domingo tendrá lugar el tercer acto de la serie de encuentros entre los candidatos presidenciales. Y aunque hay mucho de drama y no poca actuación, me parece que el final será anticlimático; un desenlace sin desenlace, más allá de lo que las reseñas y análisis quieran extraer a posteriori.
Los debates no están impactando en el gran público, a juzgar por la indiferencia en las encuestas, lo cual no es sorpresa porque rara vez afectan significativamente la tendencia en el voto. Pero mantienen entretenidos a los comunicadores, de por sí aburridos por la monotonía de una campaña que en realidad comenzó hace nueve meses. La mayoría vio ganar a Claudia Sheinbaum en el primer debate y a Xóchitl Gálvez en el segundo. Veremos cómo califican en este tercero, en el entendido de que acaba diciendo más de ellos mismos que sobre la contienda presidencial o de las posibilidades reales de cara a los comicios.
Pero, ciertamente, los debates ocupan y preocupan a los propios candidatos, cada uno de los cuales observa con nerviosismo esta aduana. Xóchitl Gálvez porque debe aferrarse a la posibilidad de producir un imponderable mayúsculo que reduzca su desventaja. Claudia Sheinbaum porque en esta recta final es la única instancia que escapa al control total por parte de su equipo y de la propia candidata. Jorge Álvarez Máynez porque es la última oportunidad para extender los minutos de celebridad que le concedió la vida.
Con todo, observar el debate desde los siguientes ángulos puede ser entretenido e, incluso, informativo. En lo que respecta a Claudia en tres sentidos. Uno, su relación con López Obrador. En el primer debate escogió un enfoque destinado a atraer el voto de los indecisos, asumiendo que la lealtad de sus partidarios no está en riesgo: exhibió logros durante su gestión en el gobierno de la Ciudad de México como argumento para presentarse con los méritos para aspirar a la presidencia. En el segundo debate cambió su estrategia, al parecer tras una reacción en Palacio Nacional: defendió los éxitos de la 4T y exaltó la figura de López Obrador, en el entendido de que existe una aprobación mayoritaria a su gobierno y ella constituye la candidata que asegura la continuidad de sus políticas. Habría que ver cuál de estos dos énfasis utilizará en este tercer capítulo.
Dos, la actitud frente a la beligerancia de Xóchitl Gálvez. En los dos primeros debates, y contradiciendo la regla de oro de todo competidor que encabeza las encuestas, Claudia decidió enfrentar a su rival. Algo extraño porque en todo espectáculo el morbo termina por dominar a la sustancia. Lo que se recuerda del segundo debate es, sobretodo, el intercambio de epítetos entre “la candidata de la mentira” y “la candidata de la corrupción”, como se llamaron mutuamente. A mi juicio, se trata de una estrategia equivocada porque en el pleito verbal, en el tira tira de insultos, Claudia nunca va a ganarle a Xóchitl, entre otras razones por motivos de trayectoria, estilo y personalidad. Un enfoque que desperdicia la ventaja que ella tiene en materia de experiencia y atributos de cara a las tareas de la administración pública. Será interesante observar si Claudia persiste en su deseo de fajarse en el ring de su rival o se concentra en proyectar una imagen presidenciable.
En lo que toca a Xóchitl Gálvez habría que ver hasta donde la lleva la presión para provocar un hito, un punto de inflexión en las tendencias. Ya en el anterior tomó algunos riesgos cuestionables. Tildó de narcocandidata a Claudia, una acusación desmesurada e irresponsable, incapaz de ser sustentada, y causó algunos cuestionamientos entre analistas, incluso simpatizantes de su causa. Remite al lenguaje de odio por el cual han criticado a las mañaneras desde hace tiempo. En el mismo sentido, Xóchitl rompió las reglas del debate acordadas, entre otros por sus representantes, al insultar mientras Claudia exponía o al exhibir láminas en el tiempo de otros. En algún momento fue reconvenida por la propia moderadora, Adriana Pérez Cañedo. Puede entenderse la necesidad del atrevimiento, pero habría que preguntarse si la transgresión y la descortesía constituyen atributos que los indecisos relacionen con la investidura presidencial. ¿Hasta dónde llevará Xóchitl en esta ocasión su estrategia para hacer trastabillar a Claudia?
Y, por lo demás, un punto de interés del tercer debate es que incluye el tema más escabroso para Claudia Sheinbaum. No es secreto que la oposición y los medios críticos a la 4T han convertido al tema de la violencia en la punta de lanza de su ofensiva discursiva. Basta ver la manera en que ha recrudecido la nota roja en portadas y noticieros en las últimas semanas. Para Xóchitl representa un flanco a explotar y habría que estar atento a la estrategia diseñada para potenciarlo. Es también un tema delicado para la candidata del partido en el poder, porque es una de las áreas de mayor contraste entre su punto de vista y el del presidente, o para decirlo de manera más impersonal, entre su gestión en la Ciudad de México y la estrategia seguida por el gobierno federal. Claudia recurrió a Omar García Harfuch, un criminalista profesional y a métodos de prevención e investigación, distintos a la opción castrense en la que se apoyó el mandatario. Durante la campaña la candidata ha preferido apoyar la política del presidente, pero en términos relativamente vagos, y no ha escondido que una vez en el poder seguirá la estrategia de Harfuch. Esta noche, entonces, tendrá que moverse con la agilidad y ambigüedad necesarias para que este tema no le pase factura, sea en Palacio Nacional o entre los votantes.
Y tampoco es menor el papel que habrá de jugar Jorge Álvarez Máynez. La campaña y sobre todo la exposición que otorgan los debates han convertido al joven político en un factor adicional. Sin duda está creciendo, entre otras cosas porque viene desde abajo en las encuestas y era un desconocido. Pero el trabajo que ha estado haciendo entre los jóvenes, el cansancio de muchos votantes respecto a la polarización entre Morena y PRIAN y lo que pueda hacer en los debates, abren una interesante incógnita: ¿cuánto alcanzarán a impactar en Xóchitl o en Claudia los votos que consiga MC?  Su desempeño esta noche abonará en la respuesta a esa pregunta.
En suma, suspenso hay, aunque parezca un final cantado.

@jorgezepedap

Cuando el destino nos alcanza

No es que estemos convirtiendo en galletas alimenticias a los ancianos, como sucedía en la célebre película Cuando el destino nos alcance, protagonizada por Charlton Heston. Pero sí habría que atender los signos que revelan una descomposición planetaria que no habíamos conocido. Ciudades de clima templado convertidas en metrópolis tórridas y regiones tórridas devenidas en verdaderos infiernos, aureolas boreales donde no las había, tornados incesantes en el centro del Imperio, ciclones cada vez más salvajes, nuevos virus que por primera vez en la historia adquieren una dimensión mundial y sobre todo una sequía que no hará más que empeorar.
Las películas de ciencia ficción suelen introducir escenarios de fin del mundo argumentando la implosión de alguno de estos factores; la realidad es menos melodramática, pero tendencialmente igual de trágica, porque todos están sucediendo de manera gradual y alimentándose unos a los otros. Soportar 35 grados en la Ciudad de México o 47 en Mérida remite en última instancia a la alegoría de las ranas colocadas en una olla con agua en la estufa: el empeoramiento es tan micro gradual que terminan calcinadas sin haber intentado escapar; nunca se dieron cuenta de haber estado en peligro de muerte. En algún momento la capital llegará a 40 grados y Mérida a 53, y peor aún, no se detendrán allí.
Pero no es del clima cambiático, como solía decir la abuela de una amiga, de lo que quiere tratar esta columna sino de las historias distópicas que genera. Además de la tragedia detonante (falta de agua, sequía, aumento del nivel del mar, etc.), el otro elemento en común que tienen las películas de fin del mundo es la reacción de los seres humanos: en todas ellas las personas se vuelven unas contra las otras. Algo de eso también está sucediendo justo ahora.
Portada y título de la revista The Economist de esta semana son reveladoras: “El nuevo orden económico o la globalización en reversa”. En esencia advierte la creciente fragmentación política y económica del mundo en respuesta a los problemas planetarios. La globalización había operado bajo la lógica de que el intercambio generalizado y la circulación sin fronteras, el debilitamiento de los Estados nacionales y las lógicas del mercado sin restricciones redundarían en beneficio de todos. Unidos éramos más que la mera suma de las partes. Pero no fue así.
La globalización generó una prosperidad relativa, aunque muy mal repartida entre los grupos sociales, entre regiones y entre ramas económicas al interior de los países. En el reparto de ganadores y perdedores, enormes sectores, a veces mayoritarios, sacaron la peor parte.
El resultado es una inconformidad creciente de las grandes mayorías respecto a sus élites, a las instituciones, a los partidos políticos tradicionales e incluso a la democracia como práctica y como concepto. Las expresiones de este descontento se han manifestado de muchas maneras a lo largo de la última década. Desde el brexit en Inglaterra, el proteccionismo de Trump, el nacionalismo de Modi en India, hasta la ola roja en América Latina o la emergencia de la ultraderecha en Europa.
Es decir, en términos políticos está en marcha un movimiento pendular. Debilitamiento de organismos multilaterales y el resurgimiento de nacionalismos, énfasis en las diferencias étnicas, culturales, históricas y religiosas, lógicas de suma cero (lo que gana uno lo pierde el otro, contrario a “juntos somos más que las partes”). Nada lo ejemplifica mejor que el lema America First, que encumbró a Trump en 2016: un aviso al mundo de que frente a los problemas cada uno viera por sí mismo.
A estas tendencias políticas subyace un correlato económico. Los mercados se están fragmentando, los tratados de libre comercio comienzan a ser mirados con desconfianza, los países recurren a un proteccionismo creciente ante las mercancías extranjeras, la inversión foránea está descendiendo en todo el mundo, resurge la necesidad de políticas domésticas para lograr autosuficiencia en áreas estratégicas.
Desde luego esta reacción en dirección contraria a la globalización no es en sí misma mala, ni mucho menos. Párrafos arriba me he referido a los muchos efectos colaterales, algunos de ellos desastrosos, sobre buena parte de las regiones y pobladores del mundo. Era urgente introducir matices, frenos y condicionantes para evitar las aristas más agresivas de este modelo. Como el mercado mismo, la globalización requiere ser regulada para que el aprovechamiento de oportunidades no se concentre en los que poseen más recursos.
El problema de la reacción pendular reside en el riesgo de que se convierta en un bandazo de tipo tribal, en la generalización de una cultura de viejo oeste o incluso de escenario de fin de mundo.
En cualquier otro momento de la historia este proceso dicotómico, de sístole y diástole entre lo global y lo feudal serían capítulos de un estira y afloja tan viejo como el mundo. Tesis, antítesis y síntesis en eterno loop.
Pero hay tres factores que rompen esa “normalidad” y hacen sumamente peligroso un bandazo irresponsable hacia la fragmentación. Primero, los temas climáticos. Sin una puesta en común el planeta podría volverse muy rápidamente en contra de los seres humanos; comienza a suceder. Los America First y equivalentes en la práctica boicotean cualquier esfuerzo para actuar como especie.
Segundo, los virus mortales que no respetan frontera, independientemente de dónde surjan. Prevenirlos, acotar la propagación y neutralizarlos rápidamente solo puede ser efectivo abordándolos de manera global. Es un azar biológico que el Covid haya provocado una mortandad relativa, pues resultó contagiada una buena fracción de la población mundial. La próxima vez, y la habrá según especialistas, podría ser mucho más dañina. Lógicas de “cada uno se rasca con sus uñas”, que ahora están en marcha podrían ser devastadoras.
Tercero, la fragmentación política, el discurso nacionalista y el atrincheramiento generan, entre otras cosas, una escalada armamentista, la hostilidad entre vecinos y potencias y el debilitamiento de los organismos multilaterales o del peso de la comunidad internacional para resolver conflictos. Lo estamos viendo en Gaza o en Ucrania. Los riesgos están a la vista.
No pretendo arruinar su domingo, sino simplemente ponerle contexto a las temperaturas que hoy padecemos. No son una anomalía contra la que hay que lamentarse en busca de un culpable (la CFE, la 4T o el gobernador en turno). Son señales de algo mucho más vasto que está en proceso con nuestra complicidad voluntaria o involuntaria. De repente lo que haya o no dicho Claudia sobre López Obrador o la última gracejada de Xóchitl adquieren una importancia minúscula considerando lo que le espera, no a nuestros nietos, sino a cada uno de nosotros mismos en los próximos años. En efecto, el destino parece estarnos alcanzando.

@jorgezepedap

Máynez o el otro Plan C

La candidatura de Jorge Álvarez Máynez, de Movimiento Ciudadano, el tercero en la discordia en la lucha por la silla presidencial, afecta las posibilidades de Xóchitl Gálvez, quien persigue a la puntera Claudia Sheinbaum, candidata del partido en el poder. Pero no es ese el punto que verdaderamente importa. Pese al ruido mediático y el artificioso suspenso que intenta instalarse, seamos honestos, esa competencia está decidida desde hace rato. Los más de veinte puntos promedio que Morena y sus aliados sacan de ventaja, según las encuestadoras más establecidas, se han sostenido a lo largo de meses, escándalos, dimes y diretes, y a estas alturas no van a modificarse en las cuatro semanas que restan.
Pero durante este cierre de campaña hay una variable que comienza a moverse de cara a la enorme batalla que está en marcha por el control del Congreso el próximo sexenio: el peso de Movimiento Ciudadano. Como es sabido, el famoso Plan C anunciado por López Obrador consiste en ganar dos tercios de las curules y los escaños en el poder legislativo este 2 de junio, y obtener así la mayoría calificada que le permita hacer cambios constitucionales. Esto le daría al actual presidente todo un mes, entre la instalación de la nueva legislatura (1 de septiembre) y su salida de Palacio (30 de septiembre) para hacer las reformas de fondo que hasta ahora las cámaras le han negado.
Una estrategia fácil de explicar, pero difícil de realizar. En las últimas elecciones, 2021, Morena y sus aliados triunfaron en 180 de los 300 distritos y se quedaron cortos por más de medio centenar de diputados tras el reparto de plurinominales. En el Senado el objetivo es aún más difícil de lograr porque, de entrada, se otorgan 32 escaños a la primera minoría (es decir al que no ganó) y eso equivale al 25%. En este momento al presidente le falta una decena de senadores para alcanzar el objetivo.
En los últimos años el grupo mayoritario intentó negociar con el PRI y sus 70 diputados la anuencia para sacar adelante iniciativas presidenciales, como la reforma eléctrica o la adscripción de la Guardia Nacional al Ejército, pero las conversaciones resultaron infructuosas. La oposición mantuvo con éxito el veto a los cambios constitucionales que deseaba Palacio Nacional.
Este impasse se prolongaría al próximo sexenio a menos que el obradorismo consiga la hazaña de barrer a la oposición en las urnas este 2 de junio y quedarse con más de 333 diputados y 85 senadores. Pero comienza a abrirse una nueva posibilidad por otra vía y aquí es donde entra MC.
Actualmente este partido cuenta con 28 diputados y 10 senadores, gracias al 7 por ciento de la votación obtenido hace tres años. ¿Cuántos más necesitaría crecer para convertirse en el fiel de la balanza que incline la mayoría constitucional para un lado u otro? Esa es la pregunta que habría que hacerse. Desde luego dependerá de lo que obtenga Morena y sus aliados y por cuánto se quede corto esta vez. Pero si ambas fuerzas mejoran “sus prestaciones” respecto a los comicios intermedios, su crecimiento podría repartir el medio centenar de diputados que le faltaron a López Obrador estos últimos años.
Con esto no quiero decir que MC sea un partido incondicional como PT o comprado como PVEM. Y, sin embargo, tampoco es la oposición frontal que representan PAN y PRI. MC no querrá ser visto como un partido satélite del gobierno, pero seguramente adoptaría la estrategia de ceder en algunos puntos y rechazar algunos otros. En todo caso, un interlocutor mucho más dispuesto a negociar agendas pendientes a partir de la conveniencia de cada una, sin la beligerancia de la oposición que representan los partidos de la Alianza.
Lo cual nos regresa a Máynez. ¿Es capaz de encabezar un repunte de esta naturaleza? Desde luego la votación que genera un candidato presidencial no necesariamente equivale a la que cruza a favor de sus diputados, pero tampoco anda lejos. Y en ese sentido, Máynez ha despabilado al partido del pasmo en el que había caído luego de las frustradas candidaturas de Marcelo Ebrard y de Samuel García a la presidencia.
Y no es que Máynez haya resultado un candidato deslumbrante ni mucho menos. Pero es joven, articulado, de imagen relativamente fresca, que podría atraer el voto de algunos ciudadanos cansados de los políticos tradicionales, de otros que, aunque no lo confiesen, asuman que México no está listo para una presidenta, o simplemente que estén cansados de la eterna polémica entre las dos primeras fuerzas.
Podría beneficiarlo el hecho de conducir una estrategia puntualmente dirigida a los jóvenes. Se supone que las nuevas generaciones son más abstencionistas. Pero MC no va por las mayorías; simplemente intenta convertirse en la opción más atractiva para un grupo numeroso que los otros no atienden. MC tiene como meta ganar un 15 por ciento de la votación, veremos si con eso le alcanza.
Por lo demás las circunstancias lo han favorecido. El saldo acumulado de tres debates, que representan un tercio del tiempo total, le darán una exposición nacional que no tenían ni él ni MC.
También ha salido favorecido de la sorpresiva estrategia de Claudia Sheinbaum en los debates, en los que eligió entrar al pleito verbal con su oponente. En el segundo debate, tras el intercambio de epítetos, candidata de la corrupción versus candidata de la mentira, hubo un momento en el que Máynez presumió ser el adulto en la mesa, el único candidato supuestamente dedicado a exponer ideas y programas. Fue menos un mérito del candidato, que un demérito de sus colegas.
Lo cierto es que MC está creciendo, entre otras razones porque viene desde abajo y, a diferencia de las otras dos candidatas, apenas se le está conociendo. Por lo mismo, es el que tiene mayor probabilidad de crecer en esta recta final. Obvio, estamos hablando de cuatro o cinco puntos, en el mejor de los casos. Nada que vaya a modificar el resultado final de la elección presidencial. Pero, en una de esas, le alcanza al partido para convertirse en la pieza clave de la madre de todas las batallas: el control del Congreso. La llave de entrada para los cambios constitucionales que se le han negado al gobierno de la 4T. ¿O usted cree que es casual el coqueteo de López Obrador con Samuel García y el MC?
¿Lo conseguirá Máynez? Ese es el punto.

@jorgezepedap