El insoportable peso del imperio

Pues bien, como se llegó a temer el primero de agosto no se vino abajo el entramado del comercio mexicano con Estados Unidos: tras una conversación telefónica de nuestra presidenta con el presidente del país vecino, México logró un “período de gracia” de 90 días para seguir negociando el monto definitivo de los impuestos que deberán pagar las exportaciones mexicanas al gran mercado de allende el Bravo.
Según Jamieson Greer, embajador representante de Estados Unidos para el comercio internacional, el proyecto de su país respecto del intercambio comercial con el resto del mundo ya es claro: toda mercancía que ingrese a Estados Unidos tendrá que pagar un impuesto y sustantivo, pues Trump se propone rehacer el sistema de normas avalado por la Organización Mundial del Comercio y los impuestos a pagar oscilarán entre 10% y 41% e incluso más, (The New York Times, 07/08/25). Y no sólo eso, el embajador advirtió que dado el caso su gobierno está dispuesto a invocar su International Emergency Economic Powers Act (IEEPA), una disposición legal norteamericana que permite al presidente de ese país usar el comercio con el exterior como un instrumento “legítimo” para interferir en asuntos de política interna de otro país cuando lo considere conveniente y que ese es justamente el caso en la relación con Brasil donde Trump considera que el ex presidente derechista Jair Bolsonaro no debe ser procesado por haber intentado un golpe de Estado. Es también el caso de India, a la que Washington quiere castigar con un aumento impositivo alto a sus exportaciones a Estados Unidos por adquirir petróleo ruso pese al boicot que orquestó Washington contra Putin por su guerra contra Ucrania. Históricamente, declaró Greer al programa Face the Nation que los presidentes norteamericanos “han usado la IEEPA para imponer sanciones por una variedad de razones geopolíticas a toda clase de países,” y que la seguirán usando, (https://www.politico.com/news/2025/08/03).
Como el comercio México-Estados Unidos es un caso extremo de concentración de las exportaciones de un país –79% del total de nuestras exportaciones van al mercado norteamericano– nuestro país se ha colocado en una situación muy vulnerable frente a Trump pues si bien el tratado de libre comercio con Norteamérica (TMEC) está vigente y ofrece ventajas indudables al exportador que opera desde México, nada impide que Washington lo denuncie en las negociaciones por venir en nombre de America first. La atmósfera en que se desarrollan hoy las relaciones con el vecino del norte se hace aún más difícil a partir de que Trump instruyera a su ejército a prepararse para llevar a cabo acciones directas contra los cárteles de la droga en el exterior (New York Times, 10/08/25).
En un pasado no lejano México era el que enviaba al gran mercado norteamericano materias primas y productos agrícolas e importaba bienes industriales pero hoy es México el que exporta manufacturas al país vecino aunque las empresas exportadores de vehículos automotores, piezas de repuesto o aparatos electrónicos suelen ser propiedad de capital externo, en buena medida norteamericano. En contraste, México es hoy importador de grandes cantidades de combustibles y derivados norteamericanos. Si por razones políticas Washington cortara los envíos a México de gas y gasolinas nuestro país simplemente se paralizaría.
Por mucho tiempo el nacionalismo mexicano vio con reservas a la inversión extranjera en su industria (véanse, por ejemplo, los trabajos de José Luis Ceceña de los 1960-1970). Sin embargo, hoy como resultado de la política económica de Trump, el capital extranjero invertido en el sector exportador pudiera encontrar ventajoso trasladar sus plantas al norte del Río Bravo lo que sería un serio golpe a nuestra economía. Como sea, México ya no puede seguir apostando al nearshoring, ni siquiera en el corto plazo, (José Romero, La Jornada, 11/08/25).

El cambio de proyecto del vecino… y del nuestro

Fue hace más o menos siglo y medio, durante el Porfiriato, cuando Estados Unidos despuntó como potencia internacional y fue entonces cuando empezaron a sentarse las bases de una relación de dependencia de nuestro país respecto del vecino. Tras la Revolución Mexicana y de los cambios en el escenario mundial producto de sendas guerras mundiales, las circunstancias se combinaron para crear coyunturas que México supo aprovechar para poner en marcha un proyecto nacional de relativa independencia frente a su vecino del norte pero a partir de 1947 la Guerra Fría marcó tanto las posibilidades como los límites de la soberanía mexicana. Dentro de esos límites los gobiernos mexicanos pudieron dar forma a un modelo de industrialización protegida por aranceles y a otro modelo político democrático y pluralista sólo en su apariencia pero en realidad presidencialista en extremo, corporativo y autoritario. El desarrollo material mexicano se centró entonces en su mercado interno y se legitimó políticamente con un discurso nacionalista y de justicia social, pero sin salirse de los márgenes marcados por Estados Unidos.
Cuando los modelos postrevolucionarios mexicanos empezaron a mostrar fallas estructurales sus dirigentes se deshicieron del proteccionismo, adoptaron el neoliberalismo y la globalización en un entorno que ya no era de guerra fría sino unipolar y con Washington como su centro, por lo que un tratado de libre comercio con Estados Unidos le vino como anillo al dedo a la dirigencia mexicana que para entonces ya operaba como una verdadera oligarquía y a la que no molestó que en el año 2000 el régimen transitara del monopolio político del PRI al bipartidismo de derecha PRI-PAN, bipartidismo que se presentó como un “nuevo régimen” más a tono con el neoliberalismo económico.
Para entonces –inicios del siglo XXI– la armonía en la relación México-Estados Unidos parecía garantizada. Sin embargo, sendas transformaciones políticas de fondo a ambos lados de la frontera empezaron a tensarla: el triunfo de la derecha trumpista en 2016 en Estados Unidos y el triunfo de la izquierda lopezobradorista en México en el 2018.
Desde el arranque de su primera campaña presidencial en 2015 Trump acuso a México de “traer a su peor gente” a Estados Unidos, “incluidos criminales y violadores” y se comprometió a revertir esa situación. Su reelección en el 2024 y la reafirmación en México del lopezobradorismo con el triunfo de Claudia Sheinbaum configuraron el delicado escenario en que se está desarrollando hoy la relación México-Estados Unidos.
Desde la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) y hasta no hace mucho Washington parecía querer encauzar al mundo por la senda de la globalización neoliberal, pero ahora el trumpismo ha optado por desechar aspectos fundamentales de esa globalización y sustituirlos por un tipo de neomercantilismo. En la lógica del proyecto trumpiano está tanto el rechazo de la mano de obra barata en el extranjero como de la indocumentada en lo interno y el erigir barreras físicas y arancelarias que obliguen a la gran industria norteamericana y mundial a olvidarse de la mano de obra barata externa y regresen sus plantas industriales a territorio norteamericano. Es más, según el embajador Greer, Trump se propone forzar a Europa a poner en marcha ¡un Plan Marshall al revés!
Como se recordará, el Plan Marshall original (1948-1952) buscó reconstruir la economía de la Europa Occidental destruida por la II Guerra Mundial mediante una inyección de capital norteamericano de 13 mil millones de dólares de la época. El objetivo entonces era revivir económicamente a Europa Occidental para que fuera una barrera frente a la URSS. Hoy Trump acaba de lograr que la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, acepte un acuerdo para que sea la Unión Europea la que lleve capital a Estados Unidos comprándole combustibles por 750 mil millones de dólares más una inversión directa por otros 600 mil millones pues de lo contrario el impuesto a sus productos no será del 15% sino del 30%.
Para concluir: el sistema internacional se mantiene unipolar (por ahora) y el modelo económico trumpista de America First se impone. Para México la coyuntura es difícil pero muestra claramente que en el largo plazo acuerdos como el TMEC ya no tienen mucho futuro y que el “Plan México” de la presidenta Sheinbaum requiere, entre otras cosas, rediseñar la liga económica de México con el exterior todo lo cual es fácil de proponer pero complicadísimo de llevar a cabo. Sin embargo, hay que empezar a hacerlo desde ya.

 

Palestina: el mensaje afroamericano

 

El periodista como observador no neutral. The Message (NY; One World, 2024, 252 pp.) es el quinto libro de Ta-Nehist Coates, autor de best sellers nacido en Baltimore que a sus 49 años ha recibido la famosa beca MacArthur para creadores. The Message es un relato político sobre colonización y discriminación, obra de un escritor maduro que domina muy bien su arma de combate: la palabra, y que con conocimiento y empatía expone la situación de los afroamericanos en Estados Unidos como referente para entender la de los palestinos en Israel y sin pretender una neutralidad imposible.
Coates como afroamericano tiene la disposición y los argumentos para “imaginar como seres humanos a los esclavizados, a los colonizados, a los conquistados”. Para el autor tomar partido en el drama palestino es el camino natural para cumplir a cabalidad su papel de observador y comunicador profesional que debe intentar clarificar una situación compleja envuelta en el ruido y el humo del choque de prejuicios, ideas, intereses y, desde luego, de armas.
Coates es un escritor y profesor en el Departamento de Inglés en la universidad Howard, en Washington, institución de la que él fue alumno. Y es a los jóvenes que están donde él estuvo –y a los que llama “camaradas”– a los que inicialmente se dirige.
The Message es, entre otras cosas, una lección sobre la fuerza política que pueden adquirir las palabras cuando combinan inteligencia y conocimiento con una tabla de valores, en este caso una basada en el principio de la igualdad de los seres humanos. Si a lo anterior se le añade la observación directa de los efectos de la convivencia cotidiana entre vencedores y vencidos en un ambiente de asimetría de poder extrema entonces la obra resulta aún más impactante. Y es que en Palestina se había desarrollado una cada vez más difícil convivencia entre vencedores y vencidos dentro de un territorio sobre el que ambas partes reclaman derechos históricos fundamentales –incluso una de esas partes sostiene la idea de poseer un derecho divino sobre una “tierra prometida” por Dios. A estas alturas resultan irreconciliables los reclamos y la violencia es ya la última ratio. Finalmente, este libro aborda el choque entre desiguales desde la perspectiva de los vencidos pero sin desconocer los argumentos de los vencedores, pero finalmente el autor no abre espacios para las ambigüedades.
Antes de seguir adelante es necesario aclarar el color del cristal con que se mira el tema. Para empezar está el nombre mismo del autor: Ta-Nehisi, se trata de un nombre de origen africano pero nada común entre los afronorteamericanos lo que indica, entre otras cosas, que él y su familia rastrean su linaje hasta África, hasta Senegal y posteriormente en esa zona al otro lado del Atlántico, Norteamérica, donde a partir de 1619 empezó a tomar forma una economía basada en un proceso violento e inmoral tras el arribo a las costas de Virginia del primer barco negrero inglés. Desde la perspectiva del periodista, escritor y profesor ese año de 1619 constituye el verdadero arranque de la creación de Estados Unidos: originalmente una mezcla en extremo desigual en obligaciones y derechos de blancos y negros con una pizca de indígenas. Y es que los primeros colonos ingleses que llegaron nueve años antes, en 1607, para fundar Jamestown, una comunidad sólo para blancos, se encontraron con la desagradable sorpresa de que, a diferencia de los conquistadores españoles en México o Perú, los ingleses no iban a encontrar en el territorio a colonizar mineral de plata ni mano de obra nativa (al respecto véase la magnífica obra del historiador inglés John Elliott, Imperios del mundo Atlántico. España y Gran Breetaña en América, 1492-1830 [2006]). Tras la sorpresa y desilusión los europeos pronto encontraron otra fórmula para enriquecerse sin plata: crear una economía de plantaciones e “importar” esclavos de África para trabajarlas. Con el correr del tiempo los esclavos sumarían varios millones que fueron la base de un sistema económico que resultó muy exitoso para los propietarios pero que desde el inicio estuvo cargado de contradicciones y conflictos producto de la desigualdad entre blancos y negros.
El segundo punto a subrayar es que la visita de Coates a Israel y a las comunidades palestinas no soberanas en ese país tuvo lugar antes del sorpresivo ataque de la organización palestina Hamas a los jóvenes israelíes reunidos en un festival musical el 7 de octubre de 2023 donde fueron asesinados más de 360 de ellos y 251 tomados como rehenes. Por tanto, el texto en cuestión se elaboró en condiciones de “normalidad”, antes de la brutal represalia del ejército israelí no sólo contra Hamas sino contra todo el pueblo gazatí y que desde el inicio adquirió las características de un genocidio.
The Message puede ser leído hoy como una explicación e incluso como una predicción de la gran tragedia que se escenifica en Gaza desde el 2023: 60 por ciento de sus edificaciones ya han sido destruidas o dañadas, 2 millones de palestinos desplazados, más de 60 mil muertos y 100 mil heridos y ahora un primer centenar de muertos por hambre, básicamente niños (Washington Post 28/07/25, El País, 27-28/07/25, The Economist, 24/07/25).
El testimonio. Tras narrar su experiencia en tanto afroamericano en sus viajes al “sur profundo” de su propio país –Carolina del Sur– y a uno de los puertos de embarque de los esclavos desde el siglo XVII en Senegal, Coates llega al cuarto y último capítulo, al referente a su vista a Palestina en calidad de invitado de una organización de escritores. Este es el corazón del relato y donde Coates elabora un análisis comparativo entre las relaciones de esclavitud y poste-riores experiencias de discrimina-ción de los afroamericanos y las condiciones y efectos de la con-dición de dominados de los palestinos en Israel.
De entrada, Coates aborda los orígenes y proyectos del sionismo para crear a Israel. Y ese origen y proyecto se explican por la historia de los judíos como comunidad perseguida por siglos. Sin embargo, el foco de la explicación del autor está en los efectos del sionismo actual sobre los palestinos. Y aquí Coates asume como propias las condiciones de los palestinos como una nación sin soberanía y en posesión muy precaria de apenas una parte de su territorio original y, peor aún, sin más futuro que el de abandonar Palestina y sus derechos o permanecer como prisioneros en su propia tierra.
Para Coates, Estados Unidos fundó una democracia de los blancos sobre el exterminio o confinamiento de los sobrevivientes pero sobre todo en la explotación sin límites de la mano de obra esclava africana por más de dos siglos y su posterior discriminación y marginación. A fin de cuentas, esa democracia selectiva no fue y no es una democracia auténtica. En Israel su democracia está fundada en la colonización violenta de Palestina bajo la premisa de ser “la tierra prometida por Dios” a su pueblo y en la reducción de los palestinos a sobrevivientes sin derechos ciudadanos, discriminados y supervigilados por los aparatos de control del Estado y viviendo precariamente en una fracción de la tierra que por siglos fue suya, fracción que cada vez se reduce más como resultado de la expansión de los asentamientos judíos.
Para Coates la viabilidad de un Estado que funciona bajo la premisa de la convivencia de dos comunidades “separadas, pero desiguales” es similar al proyecto que dominó entre los blancos sureños –y en una buena parte de norteños– en los Estados Unidos posterior a su guerra civil. Y por sus resultados es claro que no fue una buena idea. Y es aquí donde Coates encuentra la mayor similitud entre el discurso sionista y el que se empleó en los estados sureños norteamericanos en la época conocida como la de Jim Crow, es decir desde el fin de la guerra civil hasta la primera mitad del XX. Ambos casos son ejemplo de sistemas de discriminación sistemática y deshumanización del débil por considerarlo naturalmente inferior y de carácter irremediablemente salvaje.
En The Message una y otra vez es subrayado el paralelismo entre la colonización del norte de América por los descendientes de quienes llegaron en el Mayflower y la sistemática ocupación de las tierras palestinas . Quizá por ello, tanto al autor como al lector de The Message no ha debido sorprenderles la tragedia que actualmente tiene lugar en Gaza: era predecible. Y el apoyo norteamericano a Israel también era predecible pues para un amplio sector del público de ese país lo que ocurre en Palestina es el equivalente a “la conquista” del oeste norteamericano, donde “los aguerridos occidentales derrotaron a los salvajes” (p. 179).
En fin, que sabemos cómo termino “la conquista del oeste” en Estados Unidos, pero ¿así terminará también la conquista de Palestina? ¿Y la comunidad internacional va a seguir, en los hechos, tan indiferente a la tragedia? Ojalá no.

Home


[email protected]

 

Sabina en Davos, entre abejas y billonarios

AGENDA CIUDADANA

Esta columna va a bordar en torno a los temas del último libro publicado por Sabina Berman: “Los billonarios desaparecen…”, (Grijalbo, 2025), donde la autora ofrece a su lector una fábula que igual puede plantearse como una utopía. Y todas las utopías siempre son una crítica indirecta de las fallas de las sociedades de su tiempo. El diccionario define a la utopía como una “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano” y si la imaginación es la madre de la utopía entonces la realidad es su madrasta, pues ese “bien humano” se define justamente por contraste con los males que efectivamente aquejan a la sociedad de su época que, en este caso, es la nuestra.
El término utopía lo acuñó en 1516 un jurista y político renacentista inglés –Tomás Moro– que conoció de primera mano la dureza de su realidad pues si por un tiempo Moro fungió como Lord canciller de Enrique VIII finalmente terminó acusado de traición y decapitado.
La isla de Utopía es justamente “el no lugar” descrito por Moro en 1516 y por el que se conoce a todo el género que versa sobre la sociedad ideal. A esa isla imaginada por Moro se le define como una comunidad donde la propiedad privada ya no existe, se goza de la libertad religiosa que tampoco existía en la Inglaterra de Moro y donde los responsables del gobierno eran electos por los habitantes de las pequeñas unidades que integraban el conjunto. El arreglo social en Utopía es de tal naturaleza benigno que logra institucionalizar su gran objetivo: la armonía social. Ahí, los derechos y obligaciones de cada uno de sus miembros se basan en el principio de la igualdad y el resultado es una forma de vida caracterizada por la armonía y donde cada miembro del conjunto puede desarrollarse a plenitud.
En contraste, la utopía de Sabina Berman resulta más ambiciosa que la clásica y menos totalitaria. Para empezar, tiene lugar en un aquí y ahora y no se constriñe a una comunidad en una isla sino que de inicio crea las posibilidades de abarcar y de un solo golpe todo el hábitat humano gracias a la globalización y a los instrumentos de la comunicación instantánea; nadie sería inmune a sus efectos, aunque no de la misma manera. Y como esta es una utopía de izquierda, los más afectados serían sólo los más poderosos, los que actuaban y vivían como dueños del mundo: los 2 mil 858 billonarios que en 2025 contabilizó la revista Forbes. Igual perderían sus formas de vida las élites políticas que les servían y que en ciertos países e instituciones nacionales e internacionales efectivamente son compensadas con niveles de vida no muy diferentes a los de los dueños del gran –grandísimo– capital. Los ganadores serían, en diferentes grados, el grueso de los habitantes del planeta.
En la obra de Sabina el detonador de la serie de eventos que llevan a la desaparición casi simultánea de “los dueños del mundo” es la coincidencia de voluntades de un minúsculo grupo internacional de jóvenes inconformes con el arreglo social en que les tocó vivir, pero que son conocedores a fondo de las complejidades y, sobre todo, de las posibilidades del mundo digital y que logran conectarse y coordinarse con un gran teórico de la economía: el eminente profesor Arthur Wermer. Y es que en el momento cumbre de su carrera este profesor que la autora coloca en la Universidad de Columbia en Nueva York justificó “científicamente” al neoliberalismo y sus consecuencias con un teorema que en esencia decía demostrar que “los recursos [materiales] son limitados, la codicia y el egoísmo humano son ilimitados, la competencia es la consecuencia natural, y el triunfo de los más aptos lo inevitable”. Y fue el justificar con rigor matemático esa “verdad” lo que en el pasado le había ganado a Wermer el Premio Nobel de economía. Sin embargo, una serie posterior de acontecimientos personales dan pie a que el profesor experimente, literalmente, un “cambio de corazón” y a que ya en su vejez desembocaran en lo que es el meollo del relato: la elaboración y puesta en marcha de un ingenioso y audaz plan para convertir a la reunión anual de “los dueños del mundo” en Suiza, concretamente en Davos, y con la ayuda de un puñado de jóvenes y con apenas presionar las teclas de una computadora, lograr la desaparición de la crème de la crème de un grupo internacional cuya riqueza sumada requería de más dígitos de los que caben en una página de un libro.
La desaparición de los billonarios de Davos en la fábula de Berman tiene como un resultado abrir las puertas de la humanidad a un mundo nuevo lleno de posibilidades. Y es ahí donde arranca la utopía, pero justamente por eso, por ser una utopía, la autora deja al lector apenas en la entrada de ese nuevo mundo y se retira. En cualquier caso, Sabina Berman sugiere, siguiendo a algunos de sus personajes, entre ellos el profesor Wermer y algunos de sus jóvenes cómplices, en sus primeros pasos en la construcción de sociedades más igualitarias y justas. Y es en este punto donde aparece con toda claridad la importancia de las abejas a las que hace referencia el título de esta columna y que aparecen una y otra vez a lo largo de la obra. Y es que el premio Nobel en su retiro de jubilado y ya decepcionado del “neoliberalismo real” se había dedicado a observar el comportamiento de los miembros de la colmena que tenía en la azotea de su departamento de Manhattan, cercano a Central Park y a su universidad. Para el eminente economista en retiro esa colmena y la estructura de su panal ofrecían las claves necesarias para imaginar un nuevo modelo de sociedad humana y de economía moral y que, obviamente, tienen puntos de contacto con las utopías elaboradas a lo largo de la historia. Las abejas, nos dice Sabina Berman a través del profesor, son el ejemplo perfecto de comunidad comunista donde el esfuerzo es colectivo y organizado, donde la comunicación para la cooperación entre sus miembros es constante, donde nadie se impone ni toma más de lo que le corresponde y se le defiende incluso a costa de la vida y donde el objetivo final es absolutamente legítimo: la defensa, el bienestar y la reproducción del conjunto. Y todo ello, sin destruir su entorno natural sino todo lo contrario.
Si bien los personajes de esta fábula son ficticios no lo son del todo. El profesor Werner en su etapa neoliberal pareciera inspirado en ciertos premios Nobel conservadores de los 1970 como Friedrich Hayek o Milton Friedman ambos asociados con la Universidad de Chicago. El profesor Werner en su etapa de crítico radical del neoliberalismo hace pensar en otros economistas premios Nobel posteriores, como Paul Krugman de la Universidad de Princeton o Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia, ambos críticos del neoliberalismo. Un personaje central en la ficticia reunión de Davos es la directora del Banco Mundial, institución que otorga el premio Nobel de Economía. Se trata de Christine, mujer muy ejecutiva y autoritaria que pretende no ser consciente de la contradicción insalvable entre el escenario de fantasía de la reunión en Suiza y su lema para la ocasión –“la desigualdad es nuestro desafío”– y el brutal contraste entre la existencia real de 685 millones de personas que a nivel mundial viven por debajo de la llamada línea internacional de pobreza (menos de 2.50 dólares por día según cálculos del 2022 del verdadero Banco Mundial) y la espléndida forma de vida que tiene lugar dentro de la burbuja creada en Davos para los billonarios –burbuja muy bien recreada por la autora. Es claro que la Christine de la ficción debe hacer pensar al lector en Christine Lagarde quien entre 2011 y 2019 fue efectivamente directora del Banco Mundial.
Como toda utopía, la de Sabina Berman es una crítica de la realidad, en particular del modelo económico neoliberal y la desigualdad social que ha provocado. En la obra los personajes que rescatan la esperanza son apenas un puñado de jóvenes muy conscientes de la profunda inmoralidad que está en la base de sus respectivas sociedades y que fueron contratados a nivel internacional por el Banco Mundial para servir a la crème de la crème reunida en Davos. Ahora bien, de qué manera esos jóvenes y un profesor jubilado logran la proeza de hacer desaparecer a los súper protegidos billonarios en Suiza y posibilitan el arranque de un mundo nuevo es algo que esta columna no tocará pues se trata de que el lector sea quien lo descubra mientras disfruta de la forma y reflexiona sobre el fondo de la fábula y sus personajes.

Home


[email protected]

“Las cosas se desmoronan”

Volvamos a la poesía, al menos por un momento

Considero oportuno abrir esta columna con el párrafo inicial del famoso poema del premio Nobel irlandés William Yates (1923) –The Second Comming– de 1919 y que tiene como trasfondo el fracaso de la rebelión de los nacionalistas irlandeses de 1916 –Yates era nacionalista e irlandés–, la sorpresiva revolución bolchevique y sobre todo el horror de la I Guerra Mundial y de la gran pandemia de “gripe española” (que en realidad se originó en Estados Unidos) y que quizá causo la muerte de cien millones de personas a lo largo y ancho del planeta.
“Girando y girando en una espiral cada vez más amplia / El halcón ya no puede oír al cetrero / Las cosas se desmoronan, el centro ya no puede sostenerse / La anarquía está desbocada en el mundo / Una marea ensangrentada se ha desatado y en todas partes / La ceremonia de la inocencia se ahoga / Los mejores carecen de convicción, mientras que los peores / están llenos de apasionada intensidad.”
Realmente vale la pena leer el poema completo de Yeats y reflexionar sobre su significado en estos tiempos de post pandemia, de avance acelerado de la depredación del medio ambiente y del cambio climático; de hambruna en regiones de África; de una nueva guerra de trincheras en Ucrania; de una OTAN que pese a ya no tener su razón de ser –enfrentarse a la “expansión del bloque comunista”– decidió por presión de Washington que sus 32 miembros aumenten notablemente su gasto en armamento; de la matanza por millares de civiles inermes en Gaza –niños, en porcentaje muy alto– y en medio del hambre, la sed y la destrucción sistemática de sus ciudades; del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán bajo la sombra de las armas nucleares; de la crónica inviabilidad de la primera nación de esclavos en América y que por sí misma ganó su libertad: Haití; de redadas sistemáticas en Estados Unidos de millares de trabajadores sin documentos –mexicanos en su mayoría– pero ya arraigados en ese país.
Y además de esos y otros eventos similares está la transformación política acelerada y de efectos imprevisibles de la mayor potencia del sistema internacional: los Estados Unidos, cuyas élites políticas se conducen con “apasionada intensidad” –y en ese empeño, a querer que no, arrastran al resto del mundo– pero sin tener realmente un proyecto más allá del enriquecimiento acelerado de sus minorías.
En su poema, Yeats subraya que tras la Gran Guerra y la pandemia los ciudadanos que poseían las mejores cualidades morales habían fallado en la fidelidad a sus convicciones en tanto que aquellos que estaban dando rienda suelta a sus pasiones más siniestras estaban poseídos por una “apasionada intensidad” que en poco tiempo desembocaría en el fascismo italiano, la violenta construcción japonesa de la “Gran Esfera de coprosperidad” en Asia, el nacional socialismo alemán, el estalinismo soviético y finalmente en una segunda y más terrible guerra mundial.
Hoy también hay un conjunto de elementos y procesos que pueden llevarnos a tener una visión sobre el presente y el futuro no muy distinta de la que tenía Yates al escribir un poema que auguraba el fin desastroso de una época –de su época– pero que temía a lo por venir: a esa figura con “cuerpo de león y cabeza de hombre / [con] Una mirada vacía y despiadada como el sol” y que lentamente estaba emergiendo de las arenas de un desierto creado por la Gran Guerra y la pandemia para encaminarse a un nuevo Belén de donde pronto empezarían a nacer los totalitarismos.
El entorno de este primer cuarto del siglo XXI también contiene elementos para despertar de nuevo un pesimismo no muy ajeno a aquel que dio pie a The Second Coming, poema considerado clave por los estudiosos de la literatura del siglo XX. Hoy de nuevo hay líderes de corrientes de pensamiento en una nación central del sistema internacional que combinan una “apasionada intensidad” con una tabla de valores y conductas notables por combinar agresividad, pobreza moral e ideológica con exceso de egoísmo de clase y que ondean banderas de nacionalismo muy agresivo.
Sin embargo, al lado de “los peores” mantienen sus espacios y su intensidad los “mejores”, aquellos que están dispuestos a incorporar en su visión del presente y del futuro las duras lecciones de la historia para no repetirlas y que suponen que el de hoy es también el tiempo de hacer lo necesario para frenar a esa figura que Yates describió como una con “cuerpo de león y cabeza de hombre / [de] una mirada vacía y despiadada como el sol”.
Sería históricamente imperdonable que nuestro tiempo no asimilara las costosas lecciones de la historia política del siglo pasado. Hay que mantener despierta y activa la conciencia de que nuestra época además de peligrosa es también una que contiene los elementos de una coyuntura capaz de generar la voluntad de impedir que se repitan circunstancias y errores similares a los del pasado, entre otras razones porque ya hay una conciencia colectiva de lo que significaría que “la oscuridad vuelva a caer” en nuestro mundo.

El espacio de oportunidad mexicano

“Dictadura perfecta” fue la definición que el escritor peruano Mario Vargas Llosa utilizó en agosto de1990 –en pleno sexenio salinista y frente a las cámaras de la televisión mexicana– para caracterizar al régimen priista. Fue esa una tesis elegante y concisa en su enunciación, de gran poder explicativo y presentada en el lugar y momentos adecuados.
La generación de esa “dictadura perfecta” mexicana requirió de una revolución previa que desarticuló a la oligarquía porfirista, de un nuevo ejército sin raíces en el viejo régimen, de una reforma agraria que generó y organizó de manera corporativa a una base social fundamentalmente campesina, pero con espacio para un sector obrero y urbano productos de una incipiente industrialización.
Así, sin obedecer realmente a un proyecto preconcebido, lo que empezó como un clamor contra las reelecciones de Porfirio Díaz se transformó en una guerra civil que desembocó en una revolución y en un nuevo régimen. Este nuevo régimen logró unificar a sangre y fuego a sus facciones bajo el liderazgo del ala menos radical, subordinar a una Iglesia católica que ya había recuperado parte del papel perdido tras el establecimiento de una República laica en el siglo anterior y dio forma a un partido dominante, creó un ejército sin conexión con el pasado, modificó el régimen de propiedad de la tierra y puso fin al latifundio y centralizó el poder político de manera autoritaria para mantener bajo control las tensiones políticas y sociales.
A partir del acuerdo de “unidad nacional” forjado durante la II Guerra Mundial el dominio de la vida política mexicana se centró en una presidencia sin contrapesos pero que a partir de 1928 se renovó puntualmente cada seis años –lo que también permitía la renovación negociada de la élite–, y que bajo el manto de un “nacionalismo revolucionario” y de una ideología lo suficientemente vaga y flexible permitió convivir dentro de un partido de Estado a buena parte de la izquierda y de la derecha y que, vía una combinación de cooptación con represión, pudo llevar al cabo puntualmente elecciones sin contenido y sin tener que enfrentar grandes problemas, al menos hasta 1988.
El sistema anterior fue encuadrado en una economía centrada en la sustitución de importaciones y dirigida por la tecnocracia oficial, pero que siempre mantuvo a la inversión privada como el motor del proceso.
Esta “dictadura perfecta” funcionó como reloj, pero sólo por un período. En los 1960 se topó con sus límites y la represión fue la respuesta a la contradicción entre un marco constitucional formalmente democrático y una práctica autoritaria. En los 1970 el modelo económico también se topó con sus límites y su crisis condujo a situaciones de emergencias económicas constantes, de fraudes electorales muy evidentes donde la dictadura perdió su perfección. Al concluir el siglo pasado el partido de Estado debió pactar con la derecha el inicio de una transición que intentó inaugurar y consolidar sin éxito el bipartidismo. En 2018, y tras recorrer caminos llenos de represión y derrotas, la izquierda obligó al gobierno a celebrar elecciones con contenido y Andres Manuel López Obrador –un líder de izquierda carismático– llegó a la cúspide de la estructura política formal.

Ahora, el futuro

La izquierda lopezobradorista logró ya superar un obstáculo que en otras latitudes había dado al traste con movimientos estructurados en torno al carisma de su líder: trasmitir el poder formal y real a un sucesor –en este caso sucesora– para continuar e institucionalizara el cambio y los mecanismos democráticos del mismo. Y que mantiene el compromiso de la izquierda con la redistribución del ingreso y de la riqueza, pero ya no por la vía neoliberal
El reto de México es lograr lo anterior sin permitir que el proceso se descomponga y vuelva a levantar cabeza el monstruo de Yeats y eso requiere suerte, sabiduría y buena voluntad tanto de parte de las elites como de la ciudadanía. Se trata de intentar hacer viable una utopía generosa que permita soportar los inevitables momentos de desaliento de una marcha que, en realidad, no tiene fin.

Home


[email protected]

La levedad de la soberanía

Contextos: el teórico y el real

Cada vez que en el pasado un presidente mexicano se ha enfrentado a Donald Trump la vulnerabilidad de la soberanía mexicana está en juego. Enrique Peña Nieto salió mal librado, Andres Manuel López Obrador no. Esta vez, en Canadá, en la cancha del G7, aunque en el último minuto y por un imprevisto ese juego se suspendió a causa de una nueva crisis en el Medio Oriente. Mejor para Claudia Sheinbaum.
El concepto de soberanía externa puede ser un elemento de gran peso en el mundo real pero igual puede resultar tan leve que, por carecer de fuerza real, acabe en la intrascendencia. Ahora bien y, en cualquier caso, lo angustiante del juego de soberanías es que un resultado desfavorable puede explicarse por una falla del jugador, pero también y sobre todo por la imposibilidad para los jugadores débiles de imponer el “deber ser” sobre la realidad que implica una asimetría entre los participantes.
Para países como el nuestro lo angustiante del ejercicio de la soberanía en el plano internacional no es la dificultad de argumentar en términos teóricos, abstractos, sino en su aplicación en las situaciones concretas y hacer efectiva la independencia del Estado nacional mexicano. Y es que la proclamación de un Estado como entidad nacional soberana –lo que en nuestro caso ocurrió hace 204 años– requiere del respaldo no sólo de razones históricas, políticas, morales y legales válidas –el “deber ser”–, sino también por elementos de poder duro –político, económico, militar, demográfico, geoestratégico, etcétera. Y es que hoy como siempre en la arena internacional –esa donde todo Estado está obligado a actuar– el valor de las normas jurídicas –en la medida en que hay un acuerdo sobre las mismas– es un discurso enmarañado que cuando finalmente revela el escenario real resulta que en este siguen imperando las reglas descarnadas del llamado “estado de naturaleza”, ese que describió Thomas Hobbes en el siglo XVII, es decir un lugar donde la fuerza y no la ley continúa siendo la ultima ratio. Y aunque se supone que el derecho internacional ya lleva más de cinco siglos de estar codificándose entre doctos juristas como Hugo Grocio y negociándose en reuniones internacionales de alto nivel como los acuerdos de la Paz de Westfalia (1648), la soberanía y el llamado “derecho de gentes” y sus supuestos principios de carácter universal que debían regular el trato entre las naciones, simplemente no se observan. En las situaciones críticas el derecho y los acuerdos internacionales vigentes siguen sin valer mayor cosa si no están respaldados por algún grado de poder duro. Y hoy el mejor ejemplo de que el ejercicio efectivo de la fuerza sigue siendo superior a cualquier argumento jurídico o moral es la escandalosa impotencia de los pronunciamientos de la mayoría de los miembros de las Naciones Unidas frente a la brutal destrucción de Gaza por el Estado de Israel que, a su vez, puede llevar a cabo tal destrucción y matanza porque cuenta con el respaldo material y político abierto de la principal potencia mundial: Estados Unidos.
En suma, que el derecho de un Estado al ejercicio de su soberanía solo funciona, y eso no siempre, para regular sus relaciones rutinarias, básicamente no conflictivas, con otros estados y entidades multinacionales. Para las coyunturas realmente críticas la política del poder sigue tan vigente y campante como antaño.
México frente a los Estados Unidos de Trump. En Canadá la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum estuvo a punto de verse obligada a mantener su primera entrevista directa con el presidente de la gran potencia vecina del norte: Donald Trump. Finalmente, la entrevista se pospuso. Mejor, pues en las reuniones bilaterales que Trump ha tenido con mandatarios que por alguna razón no han contado con su simpatía o que lo han encontrado “de malas” (bad mood), el norteamericano no ha tenido ningún empacho en agredirlos o humillarlos públicamente como fue el caso de Enrique Peña Nieto en 2016 o de Volodimir Zelenski de Ucrania en febrero pasado.
Y es que en la agenda bilateral México-Estados Unidos nunca han estado ausentes los temas conflictivos. Hoy Trump y el trumpismo pueden usar una variedad de motivos para conseguir el aplauso fácil de casi la mitad de los electores, después de todo a Trump le han respaldado con entusiasmo la mitad de los votantes: el 46.1% en 2016, el 46.8% en 2020 y el 49.8% el año pasado. Es esa la base social que respalda la visión dura, negativa, simplista o de plano falsa con la que Trump y su gabinete (Kristi Noem, destacadamente) pretenden justificar su política contra los supuestos 5 millones de indocumentados mexicanos en Estados Unidos y que son presentados como meros invasores y no como el resultado de una demanda histórica de mano de obra barata del mercado laboral norteamericano. Esa visión también se presenta al explicar el tráfico de drogas prohibidas como resultado de la actividad de los carteles mexicanos, pero sin tomar en cuenta la responsabilidad de los millones de adictos a las drogas ilegales que las demandan y las pagan al norte del Bravo. El déficit comercial México-Estados Unidos que alcanzó en 2024 los 172 mil millones de dólares lo explica el trumpismo como competencia desleal y no como resultado de la globalización que hasta no hace mucho Washington apoyaba con entusiasmo. En fin, que hoy las quejas del trumpismo contra México han llegado al grado de culpar sin base alguna a la presidenta de México por las protestas que este año han tenido lugar en Los Angeles y que han servido como pretexto para una espectacular movilización de marines y guardias nacionales. Y la lista puede seguir.
Los vaivenes históricos de la política de Washington frente a México. A diferencia de Estados Unidos, México logró su independencia en 1821 sin ayuda externa. Washington tardó en reconocer esa independencia, pero una vez establecidas las relaciones políticas entre los países vecinos el interés norteamericano se centró en adquirir partes sustantivas de la antigua Nueva España ya fuese por compra o mediante maniobras de sus colonos en Texas o finalmente por la fuerza. Como sea, la debilidad política y demográfica mexicana, su pobre sistema de comunicaciones internas, sus duras y prolongadas luchas civiles y otros factores más le sirvieron bien al país del norte para expandirse hacia el sur y hacia el Pacífico sin preocuparse por la soberanía mexicana.
Ya concluida la guerra-norte sur en Estados Unidos y lanzado ese país a una industrialización rápida y exitosa a su gobierno le vino bien la formación y consolidación en México de un régimen estable como el porfirista que propició la estabilidad interna y fronteriza y que estuvo en posibilidad de garantizar y proteger sus primeras inversiones en el exterior (minas, ferrocarriles, petróleo, empresas agrícolas y otras). En 1910 la Revolución Mexicana vino a trastocar este modus vivendi y tuvieron que pasar más de tres lustros de conflicto constante México-Washington antes de que el acuerdo Calles-Morrow de 1927 –acuerdo que significó la aceptación de la legitimidad de la Revolución Mexicana por el gobierno norteamericano– llegara a sentar las bases de un nuevo acomodo entre los dos países vecinos, un acuerdo tan fuerte que sobrevivió a la gran presión a la que lo sometió el sexenio nacionalista del presidente Lázaro Cárdenas. A la alianza formal entre México y Washington durante la II Guerra Mundial le siguió otra informal que se inició entre los gobiernos anticomunistas de Miguel Alemán y Harry S. Truman y que se mantuvo a todo lo largo de la Guerra Fría y aún después.
En el mundo unipolar que siguió a la desaparición de la URSS, Washington ya no vio mayor peligro para el interés nacional norteamericano en la decadencia del autoritarismo priista, en el ascenso y descenso del PAN de la presidencia mexicana, en la aparición y triunfo de la izquierda lopezobradorista ni en el inicio de un verdadero juego de partidos al sur del Río Bravo y en el inicio de un nuevo régimen político mexicano.
Pero en la presidencia de Trump ha aparecido la otra cara de la moneda que implica la coincidencia del cambio de régimen en México y su viaje hacia la izquierda y la aparición de Trump y el trumpismo que han hecho virar a Estados Unidos hacia una derecha radical. Y un resultado de esa coincidencia es la que estamos viviendo ahora y que se puede caracterizar de esta manera: si Trump encuentra que puede obtener ganancias políticas acusando pública y falsamente en la propia Casa Blanca y por boca de la secretaria de Seguridad Nacional a la presidenta de México de haber instigado los “motines de Los Angeles” no dudará en hacerlo sin importar el daño a la imagen de México o a la buena relación con nuestro país. Igual podrá mantener vigente la amenaza de poner cuando quiera aranceles a las exportaciones mexicanas o alterar o de plano dejar de lado el T-MEC, hacer mayores y más espectaculares redadas de mexicanos indocumentados o simplemente contentarse con mantener en vilo a los “sin papeles” en ciudades como Los Angeles o en los campos agrícolas de San José, sin importarle las consecuencias de esas políticas en la relación con Mexico. La levedad de nuestra soberanía frente a la gran potencia va a seguir como una constante de nuestro navegar en el espacio internacional.
Realmente estos son tiempos difíciles para la soberanía mexicana. Su levedad frente al imperio tiene la capacidad de mantener en vilo no sólo a millones de conciudadanos al norte de la frontera sino, en coyunturas desfavorables, a nuestro proyecto nacional mismo.

Home


[email protected]

 

¿La fórmula de 1935 para 2025?

El supuesto del que parte esta columna es el siguiente: pareciera que hoy el enemigo al acecho es, por un lado, el crimen organizado, pero por otro es el enemigo interno, agazapado, que es poco evidente pero que a la larga puede echar abajo el proyecto de la 4ª Transformación. Este último peligro es más serio que la oposición partidista o que los grupos de presión y de interés del gran capital. Se trata de uno menos evidente y que ya empezó a filtrarse en el heterogéneo universo del morenismo en el poder.
Un ejemplo es el nombramiento de Adrián Rubalcava como director del Sistema de Transporte Colectivo Metro (STCM) de la Ciudad de México. Este nombramiento detonó una buena discusión en torno a la naturaleza de los personajes que debieran estar al frente de “los nervios del gobierno” en la era de la 4T. Y es que el nombramiento como responsable del Metro capitalino del ex alcalde de Cuajimalpa y que apenas en 2023 buscó ser postulado candidato para jefe de gobierno de la capital por el PRI-PAN-PRD, pero al no lograrlo simplemente optó por renunciar al PRI para de inmediato ofrecer su apoyo cómo “operador político” a la candidata presidencial de Morena, Claudia Sheinbaum. Rubalcava se convirtió así en una de las varias gotas que ya están derramando un vaso de dudas sobre la idoneidad de ciertos nombramientos políticos y administrativos que la 4T ha puesto en manos de personajes cuyas biografías políticas simplemente no cuadran con el perfil dibujado por la propia presidenta Sheinbaum como el idóneo para sacar adelante el ambicioso proyecto de transformación que ella encabeza.
Una carta que la propia presidenta dirigió a los militantes de su partido y que se hizo pública el 4 de mayo, es un decálogo puntual del “deber ser” de quienes integran las filas de un movimiento político que se ha comprometido a transformar a México bajo la divisa “por el bien de todos, primero los pobres”. Para la presidenta, quienes han sido electos o designados para operar el cambio de régimen no sólo deben observar a pie juntillas el famoso “no robar, no mentir y no traicionar” morenista sino también deben mostrar con su conducta cotidiana, con su forma de vida, que efectivamente ya han interiorizado los valores de una nueva moral pública que rechaza la ostentación, el dispendio, la corrupción y que es ajena a los actos de prepotencia o abuso de los privilegios que solían caracterizar al antiguo régimen. Finalmente, la presidenta también pidió a quienes le acompañan en la nada fácil tarea de transformar la forma y el fondo de la naturaleza del gobierno, no olvidarse de dónde vienen, de su origen.
Y es justamente en ese “de dónde vienen”, en el tema del origen, cuando aparece con toda nitidez un problema serio para ciertos cuadros de la 4T. Hay un grupo de “operadores políticos” que quizá no sea muy numeroso pero que sí es muy conspicuo tanto en el gobierno federal y el Congreso como en los niveles estatales y municipales a quienes no les conviene recordar o que alguien les recuerde de dónde vienen y porqué han venido a sumarse a las filas de la 4T. En estos casos la interrogante de fondo no es porque se introdujeron ellos en la 4T sino ¿para qué los quiere la 4T en sus filas? A estas alturas de su carrera de vida resulta imposible suponer que puedan tener una conversión al estilo de la de San Pablo en su camino a Damasco –paso de perseguir cristianos a ser su líder– y que ahora efectivamente estén identificados con la moral y valores del movimiento de izquierda hoy en el poder.
Tras siete meses de ejercer su cargo, apoyada por 35.9 millones de votos y con una popularidad en las encuetas de opinión que ronda el 80% la presidenta Sheinbaum es ya la líder política efectiva e indiscutible no sólo de Morena sino del sistema político mexicano. De ahí la interrogante ¿para qué quiere o necesita hoy una presidenta tan bien posicionada de “operadores” como Rubalcava, surgidos de y formados en los usos y costumbres del PRI o en ambientes igualmente reprobables?
Es verdad que en la etapa formativa de Morena el creador de ese partido-movimiento y artífice del proceso que llevó al morenismo a ser lo que hoy es, el ex presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), tuvo que abrir su movimiento de oposición a elementos formados en el PRI, el PAN y similares pese a que poco o nada tenían que ver con la izquierda o con el proyecto de nación de Morena. Pero eso ocurrió en la difícil e incierta etapa en que AMLO y los suyos debían enfrentar y derrotar a los herederos de lo que por mucho tiempo fue el régimen autoritario más exitoso de América Latina y que incluso fue tenido como modelo a imitar en el mundo de los sistemas en transición (véase, por ejemplo, a Samuel P. Huntington y Clement H. Moore en Authoritarian politics in modern society. The dynamics of established one-party systems, 1970).
Sin embargo, hoy pareciera no sólo innecesario sino peligroso dar cobijo en puestos de responsabilidad del nuevo régimen a conversos de última hora. Es de suponerse que en el caso del STCM sí es posible encontrar dentro de Morena o al menos en ambientes no surgidos a la sombra del priismo a ingenieros y técnicos que entiendan ese sistema de transporte y que, con el respaldo de la presidenta, puedan manejar la relación con los líderes sindicales heredados.
Bueno, ahora finalmente pasemos a dar sentido al título de esta columna, al 1935. En ese año el recién llegado a la presidencia, general Lázaro Cárdenas, dio un manotazo en el tablero del juego político nacional y se deshizo de casi todos los elementos que no le apoyaban en su proyecto político. Hace justo 90 años el presidente Cárdenas, con el apoyo tácito de los jefes militares, limpió su gobierno de elementos no comprometidos con su propuesta de hacer efectivo el Plan Sexenal. Y Cárdenas se salió con la suya. Hoy la presidenta Sheinbaum no tiene por qué recurrir o tolerar a personajes que hasta hace poco eran parte del antiguo régimen. La presidenta ni siquiera tiene necesidad, como Cárdenas, de asegurarse la lealtad de las fuerzas armadas, esa ya la tiene. Y lo más importante, desde el inicio del mandato de Sheinbaum, AMLO explícitamente renunció a jugar el papel de “Jefe Máximo” que Calles mantuvo de 1929 a 1935.
Veamos esto último más de cerca. Para asegurar el éxito de la institucionalización del gran cambio de régimen, AMLO supo que él debía renunciar a la posibilidad de mantenerse transexenalmente en el centro del proceso político. Esa renuncia era y es condición sine qua non para permitir que la presidencia pueda desempeñar cabalmente el papel que le corresponde como el centro efectivo de las grandes decisiones en torno a la continuación de la construcción de la 4T. Y en ese proceso se debe evitar que ciertas malformaciones de origen se consoliden y se transformen en deformidades permanentes.
En su origen Morena se nutrió y sobrevivió gracias a la amalgama lograda por AMLO que mezcló a elementos originalmente incompatibles: ex priistas con ex panistas más una fuerte variedad de izquierdistas formada y fogueada en la lucha contra el viejo sistema priista o prianista. Esa izquierda anterior a Morena y de la que se nutrió Morena, vivió su militancia original pagando un precio alto que podía ir desde la condena a la irrelevancia, la marginación económica y social hasta la represión extrema. Nada semejante se encuentra en la carrera de los prianistas que se han incorporado al morenismo.
El “caso Rubalcava” llama la atención porque para el ciudadano de a pie no es clara la razón para poner a un cuadro que apenas ayer era priista como responsable de manejar un complicado sistema de transporte en la capital pero que significa también manejar una nómina de más de 14 mil empleados agrupados en un sindicato muy estratégico, un presupuesto de alrededor de 23 mil millones de pesos millones (equivalente al presupuesto del estado de Puebla) y además nombrar a personajes de su propio equipo político ya consolidado en Cuajimalpa como administradores del sistema.
En fin, que quizá más tempano que tarde la presidenta podría prescindir de los “operadores” fogueados en el viejo sistema y que pueden dejar de ser una ayuda para convertirse en un lastre y confiar los puestos de responsabilidad a gente socializada no en las prácticas del pasado sino en la política nueva, en la que se desea para el futuro.

Home


[email protected]

 

Mr. Trump va a Washington

En 1939 se estrenó en Estados Unidos una película titulada Mr. Smith goes to Washington. Se trata de un filme dirigido por Frank Capra, actuado por James Stewart y que la Biblioteca del Congreso de ese país considera digno de ser preservado por ser un filme “cultural, histórica y estéticamente significativo”. El personaje central es Jefferson Smith, un joven idealista honrado, sencillo, que tiene en Lincoln a su héroe político y que gusta de involucrarse en actividades comunitarias. De forma inesperada, Smith es nombrado por el gobernador de su estado ocupante de la curul de un senador que acaba de morir. Sin tener una visión realista del mundo al que va a ingresar, el personaje llega a Washington dispuesto a conducirse según su idea del “recto proceder”. Ya en el Senado, Smith se ve enfrentado al poder caciquil y a los intereses de los hombres del dinero de su estado al no apoyar y denunciar una trama de corrupción en torno a la construcción de una gran presa. El joven senador idealista rechaza las ofertas de los poderes reales que buscan comprar su aquiescencia en el esquema de corrupción y en represalia se ve sometido a una brutal campaña de desprestigio tanto en la prensa como en la radio y que busca acabarlo políticamente. Al final, y como era entonces la regla en Hollywood, esa alma pura está a punto de ser política y moralmente destruida cuando otra buena conciencia le echa la mano, el bien se impone y el mal pierde. Obviamente ese Smith representa el triunfo no sólo de la verdad sobre el engaño sino, sobre todo, el triunfo de los ideales éticos norteamericanos.
Pues bien, hoy la realidad está que ni mandada a hacer para rodar otro posible gran filme, pero sin recurrir a la ficción, sino basado estrictamente en hechos reales y donde la trama y el final podría ser justamente el reverso de lo que acontece en la obra de Capra. Así, en un hipotético Mr. Trump goes to Washington, el protagonista sería todo lo contrario al héroe de Capra y en cambio, sería un discípulo avanzado de Maquiavelo. Naturalmente la trama tendría que el engaño sí puede funcionar, que la corrupción inteligentemente administrada sí puede llevar a alguien la cima del poder, que la plutocracia sí puede legitimarse y consolidarse vía las urnas y que los intereses del famoso 1% más rico de la población sí pueden imponerse sobre los del 99% restante.
En fin, que en el contexto norteamericano actual una política realista y distópica estaría más cercana a la realidad que esa utopía puritana que el clérigo John Winthrop elaboró y presentó ante sus seguidores cuando dieron inicio al esfuerzo que les llevaría a fundar en Boston una City Upon the Hill y que sería también el arranque de los futuros Estados Unidos, supuestamente un modelo de comunidad cristiana y que, por estar expuesta a la mirada del resto del mundo, se convertiría en ejemplo para la humanidad entera. Ni duda cabe que Winthrop combinaba ambición con imaginación, pero no con realismo.
A casi cuatro siglos del discurso religioso-político de 1630, muchos de quienes a querer que no hoy vivimos a la sombra de la gran potencia imperial norteamericana estamos obligados por autodefensa a seguir de cerca y al detalle los procesos que tienen lugar en Estados Unidos, pero no necesariamente porque ese país sea un ejemplo que seguir sino porque las políticas que ahí se están diseñando y ejecutando pueden ser un peligro para proyectos nacionales como el nuestro. Y es que la inesperada y errática política tarifaria de Trump puede afectar negativamente ¡al 80% de lo que México vende al exterior!
Lo sorprendente y peligroso de la actual coyuntura internacional es ver en acción los efectos del enorme poder de decisión política concentrado en la presidencia norteamericana. De un plumazo, literalmente, desde su Oficina Oval Trump puede lo mismo cambiar el nombre del Golfo de México que afectar intereses económicos vitales de países o regiones enteras. Por ahora la capacidad y la voluntad del Capitolio en Washington –el Poder Legislativo de senadores y representantes– para moderar a su contraparte presidencial pareciera haber desaparecido. Hoy las llamadas y muy publicitadas “órdenes ejecutivas” de Trump (centenar y medio más las que se acumulen) son ya el instrumento para intentar sin mayor trámite hacer realidad los deseos del presidente. Y la conciencia de este de su capacidad para imponerse sobre el resto de los poderes le permite a Trump emplear un discurso particularmente directo e incluso brutal que lo mismo le sirve para proponerle a los canadienses que acepten sin más la absorción de su país por Estados Unidos, que sugerir la transformación de Gaza en un paraíso turístico administrado por norteamericanos y que a bombazo limpio Israel eche de ahí a los gazatíes que sobrevivan, que militarizar la frontera con México y sugerir a su presidenta que su ejército puede “ayudarle” a eliminar a los carteles del crimen organizado en su territorio, que permitirse gestos de infantilismo extremo tal como publicar y difundir imágenes donde él, Trump, aparece como el Papa ¡y justamente cuando el mundo católico observa un duelo por el fallecimiento del verdadero Papa! En fin, que la lista de dichos y acciones del Ejecutivo norteamericano inesperadas, ofensivas y disfuncionales para el sistema internacional, es larga, sin precedentes y que no da señales de llegar a su fin.
Ahora bien, el estar obligados a ser observadores a la vez que objetos de las decisiones del actual presidente norteamericano no debe llevarnos a soslayar que la preocupación principal en este campo no debe ser Trump sino las razones por las cuales el personaje logró hacerse del control de la institución política clave de la principal potencia mundial. Estamos obligados a entender cómo esa sociedad que en el siglo XVII se imaginó la posibilidad de ser modelo político y moral llegó al punto de ser lo que es hoy: una gran potencia, pero no ejemplar.
Hay que partir del hecho de que, política y socialmente, Estados Unidos es una sociedad claramente dividida: en 2024 el 49.80% del votó popular fue para Trump, pero el 48.32% para su antítesis, Kamala Harris, y un 35% simplemente optó por alejarse de las urnas. Vale la pena ahondar en el significado de un indicador: el nivel de estudios de los votantes. El promedio de quienes favorecieron a Trump tienen un nivel educativo y socioeconómico inferior al de aquellos que no le dieron su apoyo ¿Cómo explicar que los menos favorecidos educativa y económicamente vean como idóneo el liderazgo de un multimillonario cuya política fiscal busca favorecer descaradamente a los que más tienen, que mantiene como colaborador cercano al hombre más rico del planeta –Elon Musk– y que la suma de las fortunas personales de los responsables de su administración asciende a 420 mil millones de dólares (US News and World Report, 20/04/25)?
El discurso presidencial populista de derecha de Trump ha explotado muy bien las filias y fobias de los blancos de la clase trabajadora con ingresos relativamente bajos. El trumpismo es el resentimiento de quienes no tuvieron oportunidad de tener un título universitario. Y es también el rechazo al activismo de las minorías raciales que abiertamente reclaman sus derechos a la sociedad mayoritaria. Es en esas zonas donde se pueden encontrar algunas de las razones de la alianza entre Trump, el Partido Republicano y los blancos inseguros en su posición socioeconómica. Es en este tipo de consideraciones donde puede encontrarse la razón de ser del populismo de derecha que es el trumpismo.
En cualquier caso, lo que queda cada vez más claro es que fuera de Estados Unidos no son muchos los que ven en Trump y su gobierno un modelo a seguir. A la vez, hay que tener en cuenta que en el país de Trump aún quedan personajes como el héroe de Capra. Tal es el caso del senador por Vermont, Berny Sanders, que está empeñado en despertar y movilizar a esa parte de la sociedad norteamericana que no se ha dejado encantar por el perverso flautista de Hamelin que hoy habita en la Casa Blanca.

Home


[email protected]

 

 

La coyuntura y el largo plazo

AGENDA CIUDADANA

 

Sin buscarlo, pero como consecuencia de su situación geopolítica y al hecho de que más del 80% de las exportaciones tienen como destino un solo mercado –Estados Unidos–, nuestro país se encuentra, de nuevo, metido entre las patas de los caballos imperiales enzarzados en una lucha comercial y política global. Este conflicto ha sido desatado de manera deliberada, sorpresiva y sin objetivos claros por el presidente del país al que nuestra economía se ha integrado: Donald Trump, un personaje tan imperialista como impredecible.
Hasta el momento las armas empleadas en esta guerra son los aranceles a las importaciones, pues la meta de Estados Unidos es acabar con su déficit externo, reindustrializarse y retornar a la época dorada en que Washington parecía dominar al mundo. Es por ello por lo que la guerra arancelaria es una mezcla de variables económicas con otras que obedecen a intereses y razones políticas y culturales de grupos y corrientes añejas que dan forma al pensamiento norteamericano actual más un elemento muy peculiar de la coyuntura: el estilo personal de gobernar de quien ha ganado la presidencia norteamericana dos veces en lo que va del siglo (2017 y 2024).
Y es que Trump llegó a la Casa Blanca sin haber tenido que pasar y sobrevivir a ese cursus honorum que es la serie de cargos públicos que se supone que transforman a un individuo común en un político profesional: se inicia, por ejemplo, en una alcaldía, luego se llega a una gubernatura o se gana un escaño en el Congreso hasta llegar a ser parte de la élite del poder. No, a Trump no lo hizo presidente su carrera política o su vocación sino la ocasión: el hartazgo de una buena parte de la ciudadanía norteamericana con los “políticos tradicionales” y lo atractivo que resultó para muchos alguien que se presentó públicamente como la antítesis del político convencional. Trump llegó al puesto de máxima responsabilidad política mundial proveniente de un ambiente dominado por la cultura y los valores del mundo de los negocios millonarios en bienes raíces y combinados con el mundo del espectáculo, de los shows de televisión. De ahí que su forma de gobernar al y desde el país que se asume como hegemónico sea tan heterodoxa como brutal.
Para intentar entender y explicar a Trump y a la derecha norteamericana que él encarna y comanda debe también tenerse en cuenta la evolución histórica de Estados Unidos como gran potencia imperial.
Nuestro vecino ganó su ingreso a la liga de las potencias al derrotar en 1898 a España como resultado de sus diferencias en torno al control de Cuba. Con esa ficha Washington fue admitido al juego de la gran política imperial. El siguiente paso fue su decisión de participar en la I Guerra Mundial –un conflicto inter imperial– del lado de Inglaterra y Francia y hacerlo en abril de 1917 justo cuando ya los contendientes estaban al borde del colapso. El papel de Estados Unidos fue decisivo en las negociaciones que culminaron con el Tratado de Versalles y en poner todo el peso de la responsabilidad de tan brutal conflicto en Alemania. Un par de décadas más tarde estalló la II Guerra Mundial (1939-1945) que no fue sino la continuación de la contienda anterior y Estados Unidos volvió a involucrarse en el conflicto. Esta vez su rol fue aún más relevante que en el pasado, sobre todo al final, cuando usó dos bombas atómicas contra Japón.
A las guerras anteriores le siguió de inmediato otra: la llamada Guerra Fría que arrancó en 1947 y pareció concluir en 1991. Estados Unidos y la URSS se confrontaron por más de 40 años en su calidad de líderes de dos bloques mundiales. Chocaron en los cinco continentes, pero nunca de manera directa pues las armas atómicas hubieran llevado a la destrucción mutua.
La Guerra Fría pareció llegar a su final con el colapso interno de la URSS en 1991 y su transformación en Rusia más un puñado de repúblicas independientes. El tiempo que siguió fue, a ojos de Trump y los suyos, una época dorada: la de un mundo unipolar dominado por la hegemonía norteamericana. Época que pareciera estar quedando atrás.
En efecto, en los últimos años han surgido retos a esa hegemonía. Por un lado, una Rusia que aún es potencia atómica decidió detener la expansión en Europa de una OTAN con cada vez más miembros, pero bajo el control indiscutible de Washington y que busca reducir a Rusia, que ya no es comunista, a su mínima expresión. Para ello Washington incumplió un entendido que tuvo con Gorbachov a raíz de la unificación de Alemania en 1990. El entendido fue que la OTAN no incorporaría a países fronterizos con Rusia, pero ha ocurrido lo contrario. La guerra en Ucrania es un esfuerzo de Moscú por impedir el cierre del cerco que se le ha tendido en los últimos treinta años y que implica, entre otras cosas, impedirle el acceso al Mar Negro. Pero finalmente Rusia ya no es una amenaza para Estados Unidos, China sí. Quizá por eso Trump ya no parece tan interesado como su antecesor en seguir apoyando política y económicamente al gobierno ucraniano encabezado por Volodimir Zelensky.
Por ahora el choque de fondo entre potencias es el que protagonizan Estados Unidos y China. Se trata de una guerra económica a nivel global vía aranceles pero que, desde la perspectiva de Trump, tiene como razón de ser impedir que el país asiático reemplace a Estados Unidos como la economía más fuerte a nivel mundial.
Y es que finalmente el que China llegue a desplazar a Estados Unidos como eje de la economía global sí podría convertir al actual sistema de poder mundial de unipolar en bipolar. El gigante asiático ya tiene la base industrial que Estados Unidos está perdiendo. Algunas de sus universidades ya están clasificadas entre las mejores del mundo y entre ellas y sus institutos vocacionales gradúan anualmente a un millón y medio de ingenieros.
Para concluir vale preguntarnos, como mexicanos, ¿de qué manera nos afectan los procesos descritos? En el corto plazo el proyecto de la 4ª Transformación pareciera ser aguantar el embate del trumpismo y persistir en mantener a México integrado a la economía norteamericana pues prácticamente no hay alternativa. Sin embargo, de cara al largo plazo, la historia muestra que depender económica, política o militarmente de una gran potencia rara vez es una buena alternativa. Debemos construir de manera inteligente y sistemática condiciones que no nos obliguen a volver a vivir a la sombra de ningún imperio y menos si éste es vecino.

Home


[email protected]

 

México y la guerra del fin del mundo (comercial)

Bueno, mientras el trumpismo reine en Washington se puede dar por difunta la idea clásica de David Ricardo (1772-1823), célebre economista y político británico padre de la teoría de las ventajas comparativas. El clásico sostenía que lo racional para maximizar el bienestar material de cada país y del sistema internacional en su conjunto era el libre comercio. Para ilustrar el punto acudió a un tratado comercial entre Inglaterra y Portugal según el cual cada país saldría ganando si echaba mano de sus ventajas comparativas: la aventajada e industrializada Inglaterra podía exportar textiles a Portugal y éste último surtir de vinos y oporto a los ingleses pues si cada uno de ellos intentaba ser autosuficiente en ambos campos –el enfoque mercantilista– el resultado sería una pérdida neta para ambos.
En la práctica nunca ha habido un comercio global realmente libre. Inglaterra como el país más industrializado del siglo XIX naturalmente apoyó la teoría ricardiana porque le convenía por ser la mayor potencia económica del siglo XIX, pero los jóvenes Estados Unidos no la aceptaron, al menos no mientras estuvieran en desventaja frente a Inglaterra. Incluso tras la I Guerra Mundial, cuando los ganadores netos fueron justamente Estados Unidos, pero estalló la gran crisis mundial de 1929, Washington reaccionó a la antigua y aprobó el acta proteccionista de 1930: la Smoot-Hawley Tariff Act firmada por el presidente Herbert Hoover que, como Trump hoy, pretendió proteger a su país recurriendo a los impuestos a las importaciones. Finalmente, ese cierre relativo frente a la competencia externa no le sirvió de mucho como defensa frente a la crisis. Sólo el New Deal de Roosevelt –un programa que entre 1933 y 1938 aumentó notablemente el gasto público– y la demanda generada por la 2ª Guerra Mundial reactivaron la economía norteamericana.
A partir de la segunda postguerra y el inicio de la Guerra Fría (1947) y con Estados Unidos ya como el centro indiscutible del mundo capitalista, Washington se convirtió en campeón del “amor sin barreras” arancelarias y el libre flujo de capitales privados a través de las fronteras pues su ventaja en ambos campos era enorme. Conviene notar aquí que la libertad de movimiento de la mano de obra a través de las fronteras también era parte de la teoría económica clásica pero que nunca se planteó como política efectiva. Sin embargo, la contratación masiva de trabajadores mexicanos en Estados Unidos, documentados o no, sí se dio en ciertas zonas y actividades intensivas en mano de obra en el país vecino.
A mediados del siglo pasado México, en su calidad de país con economía débil, recurrió al proteccionismo de su mercado interno y al cierre parcial o total de áreas completas a las importaciones y a la inversión extranjera. Ese proteccionismo sí funcionó y fue legitimado ética y teóricamente por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), por el “nacionalismo revolucionario”, por sus buenos resultados económicos iniciales: un crecimiento promedio del PIB del 6% anual a lo largo de varias décadas.
Muchos factores pusieron fin en los 1980 al llamado “milagro mexicano” entre ellos la corrupción en su administración, pero, sobre todo, la debilidad del mercado interno y la incapacidad del capital nacional para abandonar su zona de confort y exportar manufacturas. La crisis de ese modelo económico proteccionista coincidió e influyó en otra crisis de igual o mayor magnitud, pero de orden político: la del sistema autoritario priista, donde un proteccionismo electoral ilegal pero efectivo impedía mediante la cooptación y la represión que se expresara de manera democrática el creciente pluralismo de la sociedad.
El surgimiento en los 1980 de una corriente democrática dentro del PRI encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y el subsecuente y evidente fraude electoral de julio de 1988, combinados con las limitaciones del modelo económico, llevaron a que el presidente Carlos Salinas optara por dar un gran viraje al proyecto económico y político heredado para ganar tiempo en un esfuerzo por mantener al presidencialismo autoritario reforzándolo con una alianza abierta con una fuerza de derecha: la del PAN. En ese contexto la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte o TLCAN en 1992 significó una auténtica perestroika o apertura económica para usar la terminología de Gorbachov en la URSS, pero sin su respectiva glasnost o apertura del sistema político.
Hoy cuando la economía mexicana ya funciona según el diseño de los “padres fundadores” del neoliberalismo dependiente mexicano –integrada como nunca a la economía norteamericana– la dirigencia política de Estados Unidos encabezada por Donald Trump sorprende a México y al mundo con un inesperado y dramático vuelco en su proyecto económico nacional y global pues ha anunciado que se propone retornar al proteccionismo y levantar un gran muro arancelario para “liberarse” de la “competencia desleal” de las importaciones baratas. Busca así concentrar sus energías en un gran proyecto de reindustrialización generado enteramente por la iniciativa privada para devolver a la sociedad norteamericana a la supuesta época dorada de la segunda postguerra mundial, cuando Estados Unidos dominaba a Occidente y abundaban los empleos bien remunerados y dignos.
Sea cual fuere el resultado del trumpismo y de su proyecto MAGA (Make America Great Again), en esa utopía de derecha pura y dura, el Tratado vigente entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) podrá seguir funcionando por un tiempo, pero desde ahora ya carece de vitalidad y de viabilidad. Ante su dependencia económica de una potencia que repentina y unilateralmente abjura de sus compromisos internacionales México está obligado a generar el proyecto económico y político alternativo y de largo plazo donde la integración de nuestro país a la economía norteamericana deje de ser el leitmotiv. El “Plan México” de Claudia Sheinbaum es ya el punto de partida pero en tanto mapa de ruta debe asegurarse un apoyo social masivo y activo y deberá ser más específico para convertirse en la bandera de una auténtica movilización social. El bienestar de los mexicanos y la reafirmación de la soberanía nacional frente a la gran potencia imperial y vecina poco confiable dependen de ello.

Home


[email protected]

 

La derecha de una derecha

 

Es pertinente la observación que hizo Ross Douthat en su columna del New York Times del 22 de marzo: “Es la ideología, no la oligarquía” (It’s About Ideology, Not Oligarchy) pues el enfoque puede ayudar a entender el tipo de derecha con la que Estados Unidos y el mundo se las tiene que ver al tratar con Donald Trump y el trumpismo. Y es que hay de derechas a derechas, y la que hoy encabeza el presidente norteamericano no es la normal sino una muy peculiar y por eso desconcierta y alarma a una buena parte de los electores de su país –la mitad– y a la opinión externa. Y es que se trata de una derecha que tiene como antecedente inmediato el macartismo, pero también elementos anteriores incluso coloniales y cuya visión del mundo mezcla los valores comunes a cualquier derecha de hoy con otros que Douthat llama “ideológicos”, es decir ideas o prejuicios culturales muy arraigados en la historia social de Estados Unidos. Esos elementos incluyen, además del anti izquierdismo de Trump (anti woke), el macartismo, la muy marcada y viva herencia de la etapa esclavista lo mismo que la idea de los primeros pobladores ingleses de Estados Unidos –(los pilgrims)– como una nación excepcional por voluntad de Dios y otras peculiaridades que hoy conforman al trumpismo. Esa visión del mundo no es una aberración histórica sino un conjunto de ideas y valores endémicos al norte del Bravo (ver, como ejemplo, el análisis de Clay Risen, Red Scarede: Blacklists, McCarthyism, and the Making of Modern America, 2025).
Para Douthat la caracterización del senador independiente por Vermont Bernie Sanders en el sentido de que Trump y su círculo de mil millonarios buscan entronizar en Washington a una oligarquía es una explicación parcial del fenómeno. Es claro que el segundo hombre políticamente más fuerte en Washington es también el más rico del planeta –Elon Musk– y que hoy encabeza el DOGE (Departamento para la Eficacia Gubernamental), dedicado a disminuir o desaparecer agencias completas del gobierno federal para evitar que interfieran con la lógica del mercado, pero el trumpismo es algo más que eso y que no necesariamente corresponde con lo que tradicionalmente ha buscado la plutocracia de ese país.
El entorno ideal de Wall Street no incluye un presidente todopoderoso y de ideas simplistas al frente del país. Los grandes inversionistas no pueden estar a gusto con un secretario de la Defensa como Pete Hegseth, que apenas fue capitán en la Guardia Nacional, con simpatías por el supremacismo blanco pero cuyo principal atributo es un trumpismo puro y duro.
Trump carece de una hoja de ruta clara sobre su proyecto nacional –volver a reindustrializar a Estados Unidos y “hacerlo grande de nuevo”–, tiene ideas simplistas sobre la realidad política, económica y cultural global, es poseedor de un ego fenomenal y va a gobernar en una coyuntura donde no hay contrapesos efectivos dentro de la estructura política. Todo lo anterior puede satisfacer a una derecha extrema y no sofisticada pero difícilmente es el ideal de una oligarquía tradicional y acostumbrada a tratar con una presidencia consciente de sus límites.
Veamos ahora más de cerca lo que en México nos interesa directamente de las decisiones del Washington de Trump: los impuestos a nuestras exportaciones a Estados Unidos. Para empezar, un documento publicado por Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores de la Casa Blanca (“Guía para reestructurar el sistema global de comercio”) afirma que el objetivo de Trump es rehacer el actual sistema mundial de comercio a fin de reindustrializar a su país. Para ello se deben manipular las tarifas arancelarias de tal manera que las exportaciones norteamericanas paguen impuestos bajos, subvaluar el dólar y obligar a las otras monedas a revaluarse para encarecer sus productos en el mercado norteamericano. Sin embargo, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, propone lograr lo mismo, pero manteniendo al dólar como una moneda superfuerte y encareciendo vía tarifas todo lo que provenga del exterior, (The New York Times, 25/03/25). Sea lo que finalmente fuere hay una guerra comercial mundial en puerta.
Obviamente al gran capital norteamericano, europeo y asiático tradicional, como es el de la industria automotriz, le ha convenido tener un buen número de sus plantas industriales con mano de obra barata en México, no pagar impuestos por lo exportado a Estados Unidos y mantenerse competitiva. Sea cual sea el resultado de las negociaciones dentro de Estados Unidos y entre los miembros del T-MEC el “volver a hacer a Estados Unidos grande otra vez” es un proyecto que va a afectar a sectores del gran capital norteamericano y México va a ser víctima colateral de este rediseño del comercio mundial.
Esta es mi última columna en El Universal, y quiero dar tanto a los directivos como a los lectores de este diario mi sincero agradecimiento por su hospitalidad y generosidad.

Home


[email protected]