El T-MEC y las relaciones desiguales

Desde el inicio de su historia como país independiente México ha tenido problemas con los tratados comerciales suscritos con otros países, en particular con grandes potencias. La relación inicial de México con Gran Bretaña (GB) –centro del sistema económico mundial y controlador del equilibrio internacional del poder en el siglo XIX– es un ejemplo perfecto del problema. A partir de 1822, Londres empezó a considerar las ventajas de reconocer a México como un nuevo país independiente pues España y otras monarquías europeas no aceptaban la descolonización. Y es que GB buscaba aprovechar la coyuntura y en 1825 México firmó su primer tratado de “amistad y comercio”.
Con el tratado de 1825 GB cimentó su libre acceso a los puertos mexicanos y pudo establecer consulados para proteger a sus comerciantes e inversionistas. El principio fundamental de ese tratado era la reciprocidad, pero ¿realmente puede operar ese principio entre países desiguales en extremo? En teoría los buques mercantes de GB –entonces la mayor potencia marítima y comercial del mundo– podían entrar libremente a los puertos mexicanos y descargar sus mercancías. En reciprocidad los (inexistentes) buques mercantes mexicanos también podrían atracar en los puertos ingleses con las (inexistentes) manufacturas de la (inexistente) industria mexicana.
Obviamente el gobierno mexicano firmó ese primer tratado no por razones comerciales sino políticas: para conseguir préstamos de la banca inglesa para adquirir armamento en (condiciones leoninas), préstamos que luego se convertirían en conflictivas deudas impagables. Además, influyó la idea de tener al gobierno británico interesado en apoyar a México a consolidar su recién ganada independencia amenazada por los proyectos de reconquista españoles y también tener a Londres de su lado en caso de conflicto con otras potencias europeas y, sobre todo, con Estados Unidos. Como sabemos a la hora de la verdad el factor británico sirvió de poco o de nada a nuestro país en conflictos con terceros y si a alguien beneficiaron tratados como el de 1825 no fue a México.
Demos un salto en el tiempo. Las circunstancias y el contenido de los actuales tratados comerciales que ligan a México con Estados Unidos y Canadá son, en muchos aspectos, radicalmente distintas a las que imperaban hace dos siglos pues hoy nuestro país ya está consolidado como Estado nacional. Sin embargo, hay algo que no ha variado. En primer lugar, el TLCAN también se suscribió en medio de una gran crisis económica producto del agotamiento del modelo económico la 2ª post guerra mundial y con claros ribetes políticos –el fraude electoral de 1988, la rebelión neozapatista y el asesinato del candidato presidencial del partido que había estado en el poder por 65 años consecutivos. El TLCAN le dio un respiro a un régimen ya agotado y le permitió lanzar y mantener por un cuarto de siglo más un modelo económico neoliberal.
Al final, el régimen político autoritario priista se vino abajo y de sus ruinas emergió otro, uno de pluralismo democrático pero el TLCAN (transformado en T-MEC) se mantuvo pues las realidades económicas lo habían consolidado al punto que incluso la izquierda consideró inviable en el corto plazo separar al cabús mexicano de la poderosa locomotora económica norteamericana. Sin embargo, una especie de rebelión electoral de la parte económicamente menos favorecida de la sociedad norteamericana y encabezada por un millonario populista de derecha –Donald Trump– acaba de plantear que el libre comercio en la América del Norte es contrario al interés nacional estadunidense y ya anunció que va a desmantelar la relación comercial México-Estados Unidos –que hoy equivale a 840 mil millones de dólares anuales– y en donde se concentra más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas.
La promesa del TLCAN y del T-MEC era que, con su integración, las tres economías de la región experimentarían un mayor ritmo de crecimiento y que eso le urgía a un México económicamente estancado desde los 1980. Hacer dependiente de Estados Unidos a la economía mexicana pareció entonces la solución perfecta pero ahora es cada vez más claro que el TLCAN y el T-MEC no fueron la solución a los dilemas económicos mexicanos. Bajo el gobierno de José López Portillo el PIB creció en promedio 6.5 por ciento anual, pero para el arranque del TLCAN (gobierno de Ernesto Zedillo) ese promedio fue ya de sólo 3.39 anual, de 2.04 en el sexenio panista de Felipe Calderón. En el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, cuando el Covid golpeó de lleno a la economía mexicana, hubo un año (2020) en que el país decreció -8 por ciento y por ello el crecimiento promedio de ese sexenio fue de apenas 0.7. Y hoy, y si la amenaza de Trump de hacer de los impuestos a las importaciones de su país el gran instrumento para reindustrializar a Estados Unidos, los cálculos pesimistas de la OCDE auguran para México una recesión (El País,17/03/25).
Por todo lo anterior, más de un economista crítico de la forma en que México se ha ligado al mercado norteamericano, pide hacer de la necesidad una gran virtud y proceder a desacoplar a la economía mexicana de la del vecino del norte y crecer desde dentro, cimentado el futuro en una industria nacional que recupere el aumento en la productividad –que hoy está estancada– y a la generación sustantiva de empleo formal y disminuya la dependencia de unos Estados Unidos que igual nos integran que nos rechazan como socios (José Romero, La Jornada, 13/03/25). En abstracto la idea es la adecuada pero entonces el “Plan México” deberá implicar la movilización efectiva de todo México y convierta una coyuntura crítica en la contraparte económica de la 4ª Transformación pues de lo contrario la erradicación de la pobreza y la disminución de la dependencia se mantendrán como objetivos imaginados pero imposibles.

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Los timoneles y las tormentas

Al concluir su período presidencial (1982), José López Portillo justificó así su fracaso como responsable del último gobierno del “nacionalismo revolucionario: “Soy responsable del timón, no de la tormenta”. Aceptando sin conceder que la tormenta económica y política que entonces se desató sobre México fue un acontecimiento imprevisible y causado por variables externas, el control presidencial del timón de entonces fue pésimo.
Hoy al mundo se le ha venido encima otra tormenta económica y política gestada enteramente en las entrañas políticas del país más poderoso del mundo y cuyos efectos pueden ser particularmente dañinos para los dos vecinos de Estados Unidos en la América del Norte. En esencia el proyecto político de Donald Trump –MAGA (Make America Great Again)– es un ejercicio de intimidación política a escala global para reconfigurar el poder norteamericano dentro del sistema mundial. Por lo que hace a nuestro país, la presidenta de México ha podido enfrentar las presiones de MAGA con buen resultado.
Hasta ahora, y en medio de la guerra de los aranceles al comercio internacional desatada por Estados Unidos, el control del timón político de la nave estatal mexicana ha sido ejemplar. Y para apreciar el buen desempeño de la presidenta Claudia Sheinbaum en esta complicada coyuntura conviene contrastarlo con otra experiencia y en un entorno menos complicado. En la muy breve visita que Trump hizo a México en 2016, el millonario candidato presidencial norteamericano simplemente hizo desaparecer del escenario a su huésped, el presidente Peña Nieto. En contraste en 2020 y con Andres Manuel López Obrador de visita en la Casa Blanca ya ocupada por Trump el anfitrión prefirió actuar sin prepotencia y se abstuvo de practicar su ya famosa política de intimidación. Hasta ahora la presidenta Sheinbaum no ha buscado un encuentro personal con su contraparte norteamericana, pero ha logrado que en las comunicaciones telefónicas el mandatario norteamericano deje de lado su ya consabido enfoque de la intimidación y se conduzca como un negociador razonable.
Echemos aquí mano del enfoque comparativo internacional para contrastar en un mismo contexto las formas y el contenido de las relaciones de los dos socios y vecinos de Estados Unidos dentro del marco trilateral del Tratado de Libre Comercio México, Estados Unidos y Canadá o TMEC. Para empezar el gobierno encabezado por Donald Trump es uno abiertamente de derecha y ostentosamente oligárquico mientras que el de México está en el extremo opuesto del espectro ideológico pues el “humanismo mexicano” con el que se define ideológicamente el partido de la presidenta tiene como divisa “primero los pobres” y diverge notablemente de la visión del rol que debe jugar el Estado. En el MAGA de Trump el multimillonario y principal consejero presidencial, Elon Musk, tiene como principal objetivo reducir al mínimo el aparato gubernamental en favor del mercado. Esto podría suponer que hay una menor diferencia ideológica entre Trump y Justin Trudeau que entre Trump y Sheinbaum pues en Canadá el Partido Liberal que fue keynesiano bajo el liderazgo de Trudeau padre (Pierre) hoy se identifica más con un tipo de liberalismo social y por tanto está menos alejado que México de la corriente ideológica dominante en la Casa Blanca. Y, sin embargo, Claudia Sheinbaum desde su izquierda moderada ha logrado establecer una comunicación menos ríspida con Trump que los canadienses.
En el contexto anterior resulta notable el contraste entre la forma y contenido de la negociación de México por un lado y Canadá por otro con Washington a raíz de la inesperada y arbitraria imposición de aranceles por parte de Washington a sus exportaciones al mercado norteamericano –imposición totalmente contraria a la letra y al espíritu del TMEC. Históricamente, Canadá ha sido un aliado muy activo de Washington en el contexto de sus aventuras imperiales de los siglos XX y XXI. Canadá participó al lado de Estados Unidos en las dos guerras mundiales y posteriormente en las de Corea, el Golfo Pérsico y en la invasión a Afganistán. Hoy, como miembro de la OTAN y siguiendo la línea política internacional trazada desde Washington, actualmente Canadá da un apoyo importante a Ucrania en su guerra con Rusia como hasta hace poco lo hacía la Casa Blanca. Pese a lo anterior el gobierno de Ottawa se ha considerado obligado a protagonizar un choque abierto, muy rudo con Trump y su gobierno. Los ciudadanos canadienses se sienten traicionados y humillados por Washington por los aranceles y por la idea de Trump de convertir a ese país en un estado más de la Unión Americana.
En contraste, México se ha mantenido deliberadamente al margen e incluso ha criticado algunas acciones armadas de Estados Unidos en el mundo, particularmente en Latinoamérica. Y sin embargo la presidenta ha mantenido “la cabeza fría”, ha adoptado un discurso que combina la oposición a “la guerra de los aranceles” con la defensa de la soberanía y la autodeterminación de México, pero sin estridencias con acciones muy concretas que le permiten al presidente Trump mostrar a su público que sus políticas contra la migración indocumentada o el contrabando de fentanilo han resultado efectivas: entre ellas 10 mil guardias nacionales desplegados por México en su frontera norte, 29 narcotraficantes entregados a los norteamericanos más una disminución notable en el tráfico de drogas y constatada por las propias cifras de las agencias norteamericanas.
Es de notar que la movilización convocada por la presidenta mexicana en apoyo a su política frente al brutalismo de Trump resultó espectacular pero no abiertamente antinorteamericana, lo cual cuadró bien con la propuesta reiterada en todos los discursos de Sheinbaum: entre países obligados a convivir lo mejor es negociar diferencias y opciones. Desafortunadamente, el estilo político personal de Trump no busca evitar sino provocar primero y de manera escandalosa el conflicto para después negociarlo en sus términos.
El viacrucis de México y de su presidenta en la relación con el vecino del norte va a ser penoso y de al menos cuatro años. Hay que ir preparando la alternativa.

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Las relaciones peligrosas

El título de esta columna corresponde al de una novela de Pierre Choderlos de Laclos de fines del siglo XVIII donde una pareja de aristócratas perversos se solaza en generar primero y traicionar después la confianza de personas crédulas y vulnerables. Sólo que el tema aquí es de una relación de poder entre una potencia –Estados Unidos– y países vulnerables por dependientes y crédulos como el nuestro.
Al inicio del mes fuimos testigos en vivo y en directo de la forma en que el presidente y el vicepresidente de Estados Unidos humillaron a un supuesto aliado –Volodímir Zelenski de Ucrania– y que hoy depende casi por entero de Washington para sobrevivir. El affaire Zelenski-Trump o Ucrania-Estados Unidos debe ser tomado en cuenta por nuestro país en relación a los peligros de una relación de dependencia excesiva con la gran potencia vecina y de paso recordar la observación de un primer ministro de Gran Bretaña, Lord Palmerston: “los países no tienen amigos permanentes sólo intereses permanentes”. Y una característica del actual presidente norteamericano es su disposición a redefinir abruptamente a quienes considera amigos y enemigos con efectos inmediatos en los compromisos previamente adquiridos por la gran potencia con otras naciones.
Fue inesperada, unilateral y malamente justificada la decisión de Trump de imponer aranceles del 25% a las importaciones provenientes de México y Canadá –países vecinos y ligados a Estados Unidos por un tratado formal de libre comercio (TMEC)– como castigo por supuestas negligencias en materia no económica sino en el combate al contrabando de drogas prohibidas.
Sea cual fuere finalmente el desenlace de este súbito desencuentro entre los tres socios del TMEC y del caos que ha producido en sus sustantivas relaciones comerciales –¡80% de lo exportado por México va al mercado norteamericano¡– la confianza que alguna vez tuvieron las élites mexicanas en la solidez del TMEC se ha esfumado. Es posible que el acuerdo se mantenga cuando sea renegociado en 2026 pero la idea de una integración económica justa y confiable de la América del Norte no obstante, las desigualdades de poder entre sus componentes ya desapareció y su lugar lo ocupará la desconfianza de cara al futuro.
Las elites políticas y económicas del México neoliberal vieron al TLCAN-TEMEC como el paraguas protector, el entorno seguro, para que el socio más desigual pudiera desarrollar un nuevo proyecto nacional y neoliberal tras el agotamiento y crisis en los 1980 del “nacionalismo revolucionario” priista y proteccionista.
Y es que a partir del siglo XVI México lo mismo había sido parte de una estructura política intercontinental –el gran imperio español– que navegante solitario tras su independencia en las peligrosas corrientes de la globalización capitalista. Como nación independiente México exploró la posibilidad de ser parte de una Hispanoamérica dispuesta política y económicamente a la ayuda mutua para mantener su soberanía y viabilidad frente a la Europa colonialista y abusiva. Ese gran sueño de Simón Bolívar murió apenas dio los primeros pasos, pero ya desde entonces se sospechó de las intenciones nada fraternas de un país dentro del propio continente: Estados Unidos. La “Doctrina Monroe” (1823) no fue en realidad una defensa contra las ambiciones europeas sino el primer paso del proyecto norteamericano de hacer de Iberoamérica una zona de influencia exclusiva. La Unión Panamericana que se creó en 1890 y se estableció en Washington para luego en 1948 transformarse en la Organización de Estados Americanos (OEA) nunca fue otra cosa que un instrumento político de Estados Unidos. La naturaleza de esa relación la captó muy bien el expresidente guatemalteco Juan José Arévalo en su fábula “El tiburón y las Sardinas” (1956).
México, forzado por las razones de la geopolítica, está imposibilitado de escapar de la zona de influencia norteamericana. Sin embargo, a lo largo del siglo XX fue una sardina relativamente disidente que a veces tomó distancia del cardumen. Durante la Primera Guerra Mundial y en medio de su revolución, nuestro país no tomó partido, pero tampoco rechazó de inmediato la oferta alemana de ayuda si declaraba la guerra a Estados Unidos (telegrama Zimmerman). Tras el fin de esa Gran Guerra México quedó aislado y no fue invitado a la Sociedad de Naciones. Durante la Segunda Guerra la situación de nuestro país fue diferente pues desde antes del nuevo gran conflicto mundial México había apostado por la República Española y contra el fascismo y el nacional socialismo y luego fue aliado activo de los Estados Unidos de Roosevelt y el New Deal. Ya en la Guerra Fría México quedó en la órbita norteamericana y se sumó al anticomunismo encabezado por Washington, pero manteniendo una cierta distancia, es decir, una independencia relativa.México no mandó, como Colombia, tropas a la guerra de Corea ni a ninguno de los otros teatros en que se libró la parte caliente de la Guerra Fría. Tampoco se sumó a las presiones encabezadas por Washington contra Árbenz en Guatemala o contra la Cuba revolucionaria ni tuvo cercanía con las dictaduras anticomunistas del Cono Sur. En fin, que México trató de no identificarse abiertamente con el cardumen que obedecía al tiburón norteamericano.
Fue la crisis del modelo económico mexicano de los 1980 lo que llevó a que el proyecto de independencia relativa frente a Estados Unido diera el giro dramático que culminó con la firma del TLCAN en 1992. El TLCAN significó aceptar la dependencia económica de México bajo el concepto de integración de la América del Norte como algo inevitable. Sin embargo, hoy el presidente norteamericano ha puesto en duda y de manera dramática la viabilidad de este acuerdo y por eso nuestro país está obligado a empezar a desacoplar con mucho cuidado y tacto nuestra economía de la norteamericana pues la relación ya se ha convertido no en “la gran ilusión” del salinismo sino en una auténtica relación peligrosa.

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Las utopías vienen en diferentes tamaños

Tiene razón, toda la razón, Enrique Semo: sin utopía no hay idea de porvenir y hoy por hoy la izquierda carece de una gran visión de futuro que la unifique a nivel global (La Jornada, 24/02/25). La derecha tampoco cuenta con una que le señale cual es el camino que debería seguir para llegar a un arreglo político que colme sus deseos de acumulación de capital y que, a la vez, sea aceptado como legítimo y atractivo para las mayorías. En fin, que en realidad ni izquierda ni derecha tienen clara la naturaleza del sitio al que idealmente pretenden arribar.
Pese a lo anterior y para no caer en un inmovilismo se puede argumentar que si bien, y por ahora, la gran UTOPÍA con mayúsculas de la izquierda está por reconstruirse, ese espacio lo pueden ocupar algo que podrían llamarse utopías o proyectos de futuro de menor calado, modestas. Se trata de utopías menos utópicas, pero que de todas maneras son metas parciales o piezas del rompecabezas de un futuro distante pero que marcan rutas para quienes insisten en que la mera prolongación del presente solo puede dejar satisfechos a los muy pobres de espíritu.
La gran visión del futuro construida por la izquierda en los dos siglos pasados giró alrededor de la idea de una revolución mundial anticapitalista de las clases sociales que no tenían nada que perder salvo sus cadenas. La revolución abriría las puertas al socialismo y sólo desde ahí se podría vislumbrar como podría ser un mundo sin explotación y donde quedasen satisfechas las necesidades materiales de todos en un ambiente libre de imposiciones autoritarias. Esa utopía implicaba el verdadero fin de una historia, la larga y dura historia de la lucha de clases, pero también sería el inicio de la verdadera historia humana, caracterizada por la solidaridad social y el desarrollo pleno y libre de las potencialidades de todos y cada uno de los miembros de la comunidad universal.
Esa visión que inspiró y sostuvo a muchos movimientos revolucionarios de izquierda se desvaneció junto con la Unión Soviética. A partir de entonces cada movimiento de izquierda ha ido construyendo diferentes propuestas sobre un porvenir cercano y local pero posible donde si bien las contradicciones de clase no desaparecerán sí se podrán atemperar y la vida social podía ser menos áspera y más solidaria de lo que es ahora.
Desde esa perspectiva menos utópica podemos imaginar que, en el caso de México, es posible llegar a dar una lucha efectiva contra la corrupción endémica. Ningún sistema político realmente existente está libre de corrupción, pero nuestro país ha destacado por haber llegado a grados muy superiores a la media. Por tanto no es pedir lo imposible tener como meta una utopía modesta: arribar a un estadio donde la corrupción quede bajo control. Y un razonamiento similar puede extenderse a los campos de la salud y de la educación públicas y donde sus beneficios no dejen fuera a ningún sector de la población, por pobre que sea.
En fin, la lista de lo que puede entrar dentro de las pequeñas utopías a perseguir desde la izquierda es larga pero lo importante es que si bien y por definición la utopía es un lugar y un arreglo social que no existe en ninguna parte, sí es posible imaginar situaciones donde nos acerquemos a ella vía el mantenimiento y perfeccionamiento de un sistema político donde la democracia que hemos logrado hasta ahora se perfeccione. Y es en este último punto donde hay problemas inmediatos no sólo internos sino externos pues el mundo político y económico internacional en el que hoy se desarrolla el proyecto nacional mexicano y que condiciona su porvenir cercano se está complicado para las visiones progresistas.
Y es que a querer que no el contexto internacional de México lo dominan casi por completo unos Estados Unidos que parecieran estar entrando en un proceso de cambio rápido –un blitzkreig– de derechización y que afecta no solo a sus procesos internos sino también a los países que están en su zona de influencia, como el nuestro. Cada vez es más claro que incluso el respeto meramente formal a los principios de igualdad y soberanía entre los estados nacionales significan hoy muy poco para la gran potencia de Norteamérica. Soberanía e igualdad jurídica entre los miembros de la comunidad internacional siempre fueron relativos por lo que respecta a los países débiles, pero hoy parecieran tan relativos como en las épocas doradas de la expansión de los imperios coloniales. Esfuerzos como los de la Sociedad de Naciones primero y de Naciones Unidas a partir de la segunda postguerra mundial que buscaron construir un orden mundial basado en el respeto a la soberanía de todos países simplemente han fracasado o casi.
Los supuestos que dieron lugar al tratado de libre comercio entre los países de la América del Norte (TLC y TMEC) ya no parecen interesarle a unos Estados Unidos dispuesto a adoptar el proteccionismo para alentar su reindustrialización, pero en cambio está bien dispuesto a usarlos para presionar a México a adoptar las prioridades y razonamientos del Washington de Donald Trump que en materia de migración y combate a la oferta de drogas prohibidas por parte del crimen organizado mexicano simplemente no considera su propia responsabilidad en el problema: la demanda de los consumidores de las drogas y la oferta de armas norteamericanas a nuestras organizaciones criminales.
Por ahora el apoyo de Trump a la derecha mexicana no es significativo porque esa derecha tampoco es significativa (véase la encuesta publicada por El Universal el 27/02/25). Sin embargo, el entusiasmo del trumpismo ante los avances de la extrema derecha en Alemania es un indicador de lo que podría pasarnos si quienes aquí están en sintonía con el proyecto Trump-Musk allá y logran reponerse de los descalabros de 2018 y 2024. Y todo ello hace más difícil que las utopías parciales, las únicas que por ahora tenemos a mano, se hagan realidad.
No deberíamos dejar de pensar en una nueva y gran utopía, pero debemos esforzarnos por ganar el futuro inmediato, un futuro colectivo menos brutal y más digno que el presente. Uno donde la pobreza extrema realmente desaparezca al igual que la desigualdad social extrema, herencias del pasado colonial que ya había llamado la atención de Alexander von Humboldt y que Morelos consideraba que la nueva nación mexicana podía y debía superar, pero que aún siguen muy presentes entre nosotros.

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El mundo según Trump

En sus inicios Estados Unidos fue realmente un experimento político revolucionario. El inicio de su guerra de independencia (1775) significó el máximo desafío que 13 lejanas, pequeñas y poco importantes sociedades coloniales lanzaron al monarca más poderoso del siglo XVIII. La pretensión de las excolonias de transformarse en una nueva nación soberana y republicana fue otro desafío, pero al orden global. Sin embargo, tras su independencia los revolucionarios de la costa noratlántica de América no mostraron solidaridad con las otras revoluciones del continente y para el siglo XX Estados Unidos era ya una potencia activamente contrarrevolucionaria e imperialista.
La actual presidencia de Donald Trump, y siendo Estados Unidos por ahora el actor central del sistema político internacional, pareciera empeñada en iniciar una contrarrevolución política para echar abajo algunos de los avances democráticos de la sociedad norteamericana y global.
La sorpresiva contrarrevolución trumpista surgida de las entrañas mismas de la sociedad norteamericana ha llevado a la mayor potencia capitalista e imperialista a lanzar un espectacular blitzkrieg de derecha contra aspectos de sus propias estructuras internas en nombre de una reducción de la burocracia o Deep State y en lo externo para modificar en su favor las instituciones y acuerdos del actual balance del poder. En este contexto, Trump se empeña en emplear un discurso inusualmente duro y prepotente para subrayar su carácter de “macho dominante”.
En su país Trump y el trumpismo, con el respaldo incondicional de la mayoría legislativa, están llevando a cabo una extraordinaria purga de la élite burocrática gubernamental. Están descabezado a diestra y siniestra a los mandos superiores de su servicio civil para colocar ahí exclusivamente a trumpistas puros y leales sin importar si son o no aptos para desempeñar el cargo. Y en un juego de suma cero la purga busca no sólo premiar a los incondicionales sino debilitar a las agencias reguladoras, pues su pérdida de poder deja un mayor campo de maniobra donde los actores privados –individuos y corporaciones– tendrán un libre mercado donde las grandes acumulaciones de capital serán las que realmente controlen la esencia de la política, el “quien consigue qué, cuándo y cómo”. En ese “Estado mínimo” los impuestos también deberán ser mínimos para que los ganadores maximicen sus posibilidades y los perdedores (loosers) sobrevivan como puedan… o no sobrevivan. Ese Estado es el ideal de Trump, de su gran consejero, el multimillonario Elon Musk y de las élites que les apoyan.
El ámbito internacional es un campo ideal para que opere el trumpismo puro. Ahí el “arte de la negociación” pareciera ser el negociar entre potencias excluyendo a terceros. Tal es el caso de la guerra en Ucrania donde Washington desea ya poner fin a un conflicto brutal pero estancado que consume enormes recursos sin un objetivo claro pues la Guerra Fría quedó atrás y ya no existe esa URSS que se suponía que Estados Unidos y la OTAN debían contener. La Rusia de Putin ya no amenaza al capitalismo ni pone en riesgo el predominio de Estados Unidos y bien puede ser su aliado.
Según Trump, su país ha dado a Ucrania 350 mil millones de dólares en donaciones y préstamos y Europa apenas 100 mil millones en préstamos (The Economist, 18/02/25). Por tanto, Trump ha decidido que a Washington ya no le interesa seguir enfrentado ahí a la antigua URSS ni seguir derrochando recursos. Por tanto, Ucrania debe aceptar las condiciones de Rusia y restituir a Estados Unidos lo gastado más intereses lo que equivale, según Trump, a 500 mil millones de dólares que deberá pagar con sus “minerales raros”. Si los europeos de la OTAN insisten en seguir la guerra, pues que ellos se hagan cargo porque Estados Unidos va a negociar su posición directamente con Putin y con nadie más. En contraste, en el Medio Oriente, Trump sí quiere mantenerse como un actor decisivo en el área, pero a cambio se le debe entregar Gaza sin los dos millones de gazetíes para poder convertirla ¡en un gran resort!
Desde la perspectiva de Trump la política internacional es vista como un campo donde se distribuyen oportunidades de negocios y poco más. Incluso se puede volver a pensar en posibles oportunidades de expansionismo territorial para Estados Unidos, pues entre broma y veras el líder norteamericano habla de su deseo de incorporar Canadá, Groenlandia y el Canal de Panamá a Estados Unidos y de paso algo (¿o todo?) del Golfo de México.
Está por verse hasta donde avanza en lo interno y en lo externo el inesperado, imperialista –y simplista– proyecto de la contrarrevolución trumpista y específicamente de qué manera ya afecta o puede afectar a México y cómo reaccionar para proteger nuestra soberanía, pero el espacio de una columna no da para tanto.

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La soberanía tiene costos

En Zirahuén la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó contundente: “¡Que nadie se atreva a violar la soberanía de México!” Y es que en el ambiente internacional creado por el presidente Donald Trump ese tipo de discurso se justifica, pero conlleva costos.
Los mexicanos en tanto ciudadanos de un país sin muchos elementos de “poder duro” –ejército, economía fuerte y de punta, estructura institucional eficaz– y con una historia muy difícil en relación con la gran potencia vecina debemos estar eternamente conscientes de lo que implica defender la soberanía nacional en un contexto dominado desde siempre por la política del poder.
Idealmente, la soberanía de un Estado nacional puede definirse como la capacidad de su sociedad y de su gobierno de diseñar y poner en marcha su propio proyecto político sin que ningún otro país o poder externo se las imponga o las vete. Esto significa tener la capacidad de elaborar y hacer efectivas las decisiones tomadas por sus máximas instituciones de gobierno sin tener que requerir de la aquiescencia de otros factores externos.
Históricamente en el sistema internacional la capacidad de autonomía de los estados débiles, e incluso de potencias medias, ha sido difícil de sostener en circunstancias críticas, pues siempre y en cualquier época, las grandes potencias han buscado limitar por las buenas o por las malas la independencia de aquellas naciones que se encuentran en su zona de influencia militar o económica. Sin embargo, el Estado nacional por escasos o limitados que sean sus elementos de soberanía no debe renunciar a la pretensión de soberanía pues de lo contrario se convierte en una entidad dependiente, en un vasallo.
En coyunturas extremas, cuando ya se han perdido los elementos tangibles de poder, su última trinchera reside en la voluntad de una colectividad nacional a no renunciar a su derecho a mantener su identidad y autodeterminación. Y es en esas situaciones (¿críticas?) cuando se aprecia el muy alto costo que puede implicar la obstinación colectiva en sostener su soberanía. Actualmente el caso de los palestinos es un ejemplo dramático, extremo, de la persistencia de la voluntad de una sociedad de sostener su derecho a ser soberana. Pese a la destrucción casi total de su infraestructura material, al hambre generalizada, a la muerte por decenas de millares de civiles absolutamente indefensos. Y sí, en medio de la destrucción casi total de Gaza académicos palestinos ya discuten la voluntad de la sociedad palestina de sobreponerse a la brutal destrucción de Gaza y a los inaceptables planes imperiales del Washington de Donald Trump de borrar por completo la posibilidad misma de la reemergencia de un Estado palestino. Está por verse si la voluntad de los sobrevivientes palestinos y sus planes de reemerger de entre las cenizas pueden sobrevivir a la fuerza de la real politik imperial en el Medio Oriente personificada por Trump y Netanyahu.
Es extremo y chocante el contraste entre la determinación palestina de sostener su derecho a la construcción de un Estado propio y la propuesta de los Estados Unidos de Trump que se dicen dispuestos a usar los muchos recursos a su alcance para hacerse del dominio del territorio de Gaza y levantar ahí un resort, ¡una Riviera del Medio Oriente! que sepulte para siempre las centenarias raíces palestinas. Dicho proyecto ha sido calificado por el veterano periodista y conocedor del Medio Oriente, Thomas Friedman, como “la iniciativa de paz en el Medio Oriente más idiota y peligrosa formulada por un presidente norteamericano”. (The New York Times 11/02/25)”.
El plan de Trump para Palestina es ejemplo perfecto de la concepción extrema de la soberanía de una superpotencia. En nombre simplemente de su voluntad y respaldado por sus instrumentos de poder, Estados Unidos ha optado por no dar cuenta de sus decisiones y acciones en Palestina o en cualquier otra parte del mundo sin tomar en cuenta a los afectados y aun cuando la comunidad internacional cuestione su total falta de legitimidad y de respeto al derecho internacional. La brutal soberbia imperial de Washington ha llegado al punto de desconocer y amenazar con represalias a la mismísima Corte Penal Internacional por pretender llamar a cuentas por sus acciones en Gaza a un aliado de Washington: a Benjamín Netanyahu.
Pero volvamos a México. En 1994 nuestro gobierno buscó la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá para resolver la crisis de un modelo económico que ya no parecía viable –la industrialización basada en el mercado interno. Uno de los costos para México del tratado fue justamente el disminuir notablemente su capacidad de autonomía económica. Y ahora es la soberanía mexicana la que está en problemas porque el 80 por ciento de las exportaciones mexicanas van hacia Estados Unidos. Trump anunció que castigará con altas tarifas a ciertas importaciones de México si nuestro país no cumple con sus exigencias en materia de migración indocumentada y combate al narcotráfico.
El aparentemente bajo costo de salir de una grave crisis económica en 1982 uniendo nuestra economía a la norteamericana mediante el TLC-TMEC hoy muestra que fue en realidad sumamente costoso y que se paga con una dependencia que disminuye nuestra soberanía.

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De Sor Juana para Trump

Una ligera variación del verso de sor Juana sobre los hombres necios viene hoy como anillo al dedo: “Hombre necio Trump que acusáis/ a México sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”. Y es que, en efecto, el presidente Trump justificó la imposición de un arancel del 25% a todas las importaciones provenientes de México porque nuestro país tiene superávit en el comercio bilateral, es fuente de trabajadores indocumentados y, según él, porque es el gran responsable de la terrible adicción en su país al consumo de fentanilo.
Las acusaciones, sobre todo la última, son más que discutibles. En relación con ésta debe empezar por señalarse, con base datos de fuentes norteamericanas, que el origen de la adicción masiva al fentanilo en el país vecino se generó antes de que apareciera en ese contexto el crimen organizado mexicano.
Purdue Pharma (PP) era una empresa asentada en Stamford, Connecticut desde 1952 propiedad de los hermanos y médicos Arthur, Mortimer y Raymond Sakler y fabricante de opioides como hidromorfona, oxicodona, hidrocodona, codeína y también de fentanilo. Todos los analgésico de PP eran muy efectivos pero todos podían producir adicción.
Gracias a una agresiva campaña de ventas que aconsejaron firmas de asesores de negocios que incluyó recompensas a los médicos que recetaran sus productos contra el dolor, PP se transformó en una empresa grande y exitosa y ya en 2016 Fortune calculó en 13 mil millones de dólares el valor de la fortuna de la familia Sakler. Sin embargo, la adicción a los opioides sintéticos de PP y las muertes que causaba llevaron a que en octubre de 2017 el primer gobierno de Trump declarara una emergencia de salud pública y a que en los tribunales norteamericanos se presentaran centenares de demandas contra PP. Finalmente en 2021 la otrora exitosa farmacéutica dejó de operar y los Sakler aceptaron pagar 4 mil 500 millones de dólares como reparación del daño, https://es.wikipedia.org/wiki/Familia_Sackler) pero el daño mismo ya estaba hecho.
Es claro que la crisis de salud originada por la adicción a los opioides sintéticos en Estados Unidos tuvo un origen interno. Sin embargo, una vez que PP y sus médicos dejaron de recetar opioides a diestra y siniestra los carteles mexicanos de la droga aprovecharon la coyuntura para ofrecer “a precios módicos” pastillas de fentanilo falsificadas. Acusar a México de ser responsable de la muerte por sobredosis de miles de norteamericanos (más de cien mil en 2021) sin aclarar que sólo una fracción de ellas lo fue por fentanilo vendido ilegalmente (ver las cifras desglosadas por el National Center for Health Statistics) es simplificar por motivos políticos una tragedia de origen muy complejo. Además, esa explicación obvia otra cara de la moneda: que el poder del narco mexicano no se explica sin el contrabando de armas norteamericanas a México y del blanqueo de los dólares que se envían para acá.
Las acusaciones de Trump contra nuestro país vinieron en paquete e incluyeron el déficit de su país en el intercambio comercial con México: 172 mil millones de dólares en 2024. Pero al tomar en cuenta el intercambio total de México con el resto del mundo nuestro país termina con déficit: 8 mil 200 millones de dólares en ese año. Ambas cifras son resultado de la forma en que opera el libre comercio con Estados Unidos –el TMEC, que fue negociado y aprobado por el propio Trump en su primera presidencia. En realidad, y como bien argumenta el director del CIDE, José Romero, la economía industrial de México está basada en ¡exportar lo que antes tuvo que importar! más un valor añadido no particularmente espectacular y que si bien crea empleo no transfiere el conocimiento científico y tecnológico que está detrás de lo importado (La Jornada, 01/02/25). Finalmente, en los dos extremos, importación y exportación dominan empresas no mexicanas. En los años de vigencia del TLC-TMEC el crecimiento promedio anual del ingreso per cápita en México fue de un raquítico 0.65 % que mal se compara con el 3% del período 1940-1982 en que el dinamo de la economía se basaba en la sustitución de importaciones para el mercado interno.
La geopolítica es una realidad contundente. De 1933 al final de la 2ª Guerra Mundial Washington desarrolló con México y Latinoamérica una política de “Buena Vecindad.” Después, durante los años de la Guerra Fría, Washington sólo se interesó básicamente en propiciar gobiernos anticomunistas en la región y ser un “Vecino Distante” (concepto popularizado por el periodista inglés Alan Riding), para luego aceptar la integración de México a su economía bajo los términos neoliberales y final y abruptamente terminar con la política del mal vecino de Trump.
El modelo actual de nuestra economía no se puede cambiar en el corto plazo, aunque el Plan México en general y el impulso oficial a industrias de punta como la de semiconductores puede en unos años quitarnos de vivirla con una Espada de Damocles (Trump) sobre nuestra cabeza. Romero encuentra en las características centrales del actual modelo económico de Corea un ejemplo de cómo se puede, con voluntad política, dar forma a una industria básicamente nacional y competitiva a nivel mundial y que provea al país de una base material más sólida para lograr que nuestra soberanía, siempre relativa, no dependa de un vecino tan fuerte y poco confiable como es Estados Unidos.
Para cerrar esta columna volvamos a sor Juana a propósito de la compra masiva de drogas ilegales al norte del Bravo: “¿O cuál es más de culpar, / aunque cualquiera mal haga:/ la que peca por la paga, / o el que paga por pecar?”

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“Sembrar legal no sale”

AGENDA CIUDADANA

 

 

El título de esta columna proviene de un diálogo entre Arturo Lizárraga –sociólogo y estudioso del fenómeno del cultivo de drogas prohibidas– y un campesino ya curtido por los años en el pequeño pueblo de Ajoya, (252 habitantes) en Sinaloa. “Sembrar legal no sale”, resume a la perfección la tesis que Froylán Enciso desarrolla a lo largo de una compleja y bien investigada narrativa histórica en De Sinaloa para el mundo. Economía política del narcotráfico, (Ed. Inefable, 2024, 379 pp.).
Se trata de un examen de los orígenes de esa economía ilegal pero muy efectiva desde inicios del siglo pasado hasta los 1940. Y es que entender ese inicio es indispensable para comprender como fue que desde Badiraguato (hoy, 26 mil 500 habitantes) y sus alrededores surgió una organización de narcotraficantes –el Cartel de Sinaloa– que ha llegado a ramificarse por todo el globo.
De Sinaloa para el mundo tiene como base la tesis doctoral del autor y que, a su vez, se sustenta en una buena cantidad de fuentes secundarias y hemerográficas y en archivos locales, nacionales, norteamericanos e incluso uno australiano (ya se verá por qué). Esta obra deja de lado el estilo propio de su origen (una tesis) y ofrece una prosa ágil y no exenta de sentido del humor que se advierte desde el título mismo.
El color del cristal con el que Enciso observa la economía política del narcotráfico es sinaloense, pero es un cristal que abarca no sólo un escenario poblado por estructuras y actores económicos y políticos destacados sino que también se enfoca de manera más nítida y empática en los actores en la base de la pirámide: el campesino de la sierra que siembra mariguana o amapola, el migrante chino que se integra al mundo local y que adquiere el producto en bruto del campesino para su reventa o el contrabandista norteamericano que se aventura en pueblos de la sierra para adquirir la hierba o la goma de opio para retornar a su país con una maleta del cargamento prohibido y que supone le recompensará por el riesgo.
Enciso también pone la mira, aunque con menos cercanía y empatía en personajes y niveles superiores. Por ejemplo, el médico sonorense con buenas conexiones a nivel nacional y que trata de dar forma y efectividad a políticas e instituciones que pongan fin al cultivo y consumo de lo prohibido: mariguana y opio. También aparecen los militares y policías locales y federales que en nombre del Estado persiguen a los eslabones más débiles de una cadena muy larga para intentar romperla o beneficiarse de ella, o ambas cosas, ya que en la realidad examinada no son incompatibles pues existe la posibilidad de combatir y a la vez proteger una actividad ilegal para extorsionarla. También aparecen las “buenas familias” que por su mejor posición económica, social y política mezclan con naturalidad su actividad como comerciantes en grande y actividades agroindustriales con el trasiego también en grande de las materias primas de las drogas prohibidas. En este nivel las historias de vida ya no son detalladas e íntimas. En esas esferas superiores lo destacado ya no es el individuo sino su rol estructural en tanto presidentes municipales, jefes de policía, militares, gobernadores, funcionarios federales, agentes del gobierno norteamericano y presidentes de México.
El autor puede destacar la individualidad y circunstancia en la base social de la pirámide porque las fuentes se lo permiten. Los archivos judiciales son la clave para ver el mundo desde la perspectiva de Homobono Vargas, un campesino pobre, analfabeta, de 45 años, vecino de El Rosario, alcohólico, pero con la responsabilidad de sostener dos familias. En 1931 Homobono fue el primer enjuiciado y sentenciado por sembrar mariguana en Sinaloa. El Rosario, donde él vivía, era entonces una población minera que desde años atrás estaba en crisis económica, situación que debió agravarse con la Gran Depresión de 1929. Homobono era pues sobreviviente en una economía de subsistencia y que alegó sin éxito que desconocía que sembrar y vender la cannabis sativa –su salvavidas económico– era delito.
Personajes como Homobono, los chinos Juan Ching o José Amarillas, los médicos y funcionarios como el médico Luis G. Cervantes y otros agentes del Estado se empeñaron entonces en ofrecer no alternativas a Homobono y a los suyos sino sólo en destruir “el repugnante tráfico de drogas”. Sin embargo, lo que Enciso llama el “ideal sanitario” de los gobiernos de la Revolución y que terminó por sufrir una rotunda e inevitable derrota frente a los incentivos y lógica del mercado internacional que se abrió entonces para los sinaloenses que en la sierra podían producir mariguana y goma de opio.
La emboscada y asesinato en 1941 del coronel Alfonso Leyzaola, responsable de la Policía Judicial del estado, marca el inicio de la violencia como otro instrumento para manipular el mercado de las drogas: el coronel fue eliminado por los “gomeros” no porque los combatiera sino porque, abusando de su personificación del Estado, se excedió al extorsionarlos y demandar de ellos más de lo que ellos consideraban justo y legítimo pagar “al gobierno” por aceptar y proteger su actividad. Aquí hay todo un tema de economía moral.
Enciso arremete contra dos mitos muy extendidos: que los chinos fueron los que iniciaron el cultivo y trasiego de mariguana y opio en Sinaloa –fueron farmacéuticos de Mazatlán– y que en los 1940 hubo un acuerdo secreto entre los gobiernos de México y Estados Unidos para surtir la demanda del ejército norteamericano de materia prima para los analgésicos opioides durante la II Guerra Mundial. No, la fuente estaba en Oceanía.
Es de esperar del autor un siguiente libro que aborde la naturaleza y vaivenes de la economía política del narcotráfico a partir de los 1950, pues de entonces a la fecha las cosas han cambiado y mucho. Ya la mariguana y las amapolas quedaron marginadas; hoy el problema es más serio.

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Dependencia en los tiempos de Trump

Es en coyunturas como la actual cuando se toma plena conciencia de lo que implica ser tan dependientes de una gran potencia.
Karen Tumulty, columnista del Washington Post y basándose en lo ocurrido en el pasado reciente, aconseja no distraerse examinando y descifrando el contenido de los discursos del presidente Donald Trump sino enfocarse en lo que efectivamente hace (21/01/25). En principio el consejo es razonable pero no a rajatabla, no para un país como México: vecino nada distante de la superpotencia. Y es que México debido a las características de su economía –su debilidad relativa y su dependencia excesiva del mercado norteamericano (80% de sus exportaciones)– está obligado a intentar examinar con lupa tanto los dichos como los hechos de las élites que dirigen a la gran potencia vecina del norte. La seguridad nacional de México requiere analizar casi cualquier cambio real o posible en las variables que determinan el desarrollo de su relación con el vecino del norte, relación definida por la asimetría de poder y su complicada historia. Por lo anterior es obligado tomar nota tanto de la conducta como del discurso de Trump pues si bien éste suele divagar, deformar o de plano falsear la realidad, lo que dice siempre da pistas sobre lo que tiene en mente.
El discurso de Trump de su segunda toma de posesión de la presidencia y en la batería de proclamas y órdenes ejecutivas que firmó entonces, son el punto de partida obligado para entrever el tipo de ruta por la que, a querer que no, va a transitar la relación de México con su imperial vecino.
En el discurso de marras y tras afirmar que “América [que para él significa Estados Unidos] va a demandar la posición que justamente le corresponde como la más grande, más poderosa nación de la tierra”, declaró algo que podría considerarse un mero infantilismo imperial –cambiar de nombre al Golfo de México por “Gulf of America”– pero también debe interpretarse como la forma de anunciar su voluntad de iniciar una era más agresiva del imperialismo norteamericano. Y es que lo del Golfo de México fue acompañado por otro cambio de nomenclatura: poner el nombre del presidente William McKinley a Mont Denali, el pico más alto de Alaska. McKinley fue un republicano amigo de los grandes magnates de su época –los robber barons de finales del siglo XIX: Rockefeller, Vanderbilt, J. P. Morgan, Carnegie–, partidario del proteccionismo económico vía impuestos a las importaciones y partidario del uso de la fuerza para expandir el poder de su país: lo que llevó a la guerra de Estados Unidos con España en 1898 y sustituyó la soberanía de Madrid sobre Cuba por una cuasi soberanía de Washington en la isla así como adquirir el dominio sobre Filipinas, Guam y Puerto Rico.
En su discurso inaugural Trump apenas hizo una referencia a su principal rival internacional, China, y la hizo por una razón falsa: que China controla de facto el canal de Panamá y por ese motivo es necesario volver a ponerlo en manos norteamericanas. Ni Rusia ni Europa aparecen en el gran proyecto presentado por Trump en el capitolio, pero en cambio fue en México donde el nuevo presidente puso su reflector internacional y dio sus razones: comercio, migración y narcotráfico.
La frontera México-Estados Unidos fue presentada por Trump como el teatro de una invasión silenciosa pero inaceptable donde migrantes ilegales muchos de ellos, aseguró sin prueba alguna, “procedentes de prisiones o manicomios”. Su respuesta a la “invasión” fue declarar la frontera con México zona de emergencia nacional, sellarla e iniciar la deportación masiva de indocumentados e incluso recurrir al ejército para tal tarea y finalmente declarar a los carteles de narcotraficantes como “organizaciones extranjeras terroristas” y actuar en consecuencia aunque la naturaleza de los carteles en México es criminal pero no política y por eso no cuadra con la definición que hasta la fecha se ha usado a nivel internacional para actuar en su contra. En materia de nuevos o mayores impuestos a los bienes procedentes de México, Trump los justificó como una medida para proteger a los trabajadores norteamericanos de una economía internacional que ha abusado del libre comercio y enriquecido a extranjeros a costa del legítimo interés del pueblo norteamericano. Al abordar este tema Trump optó por no hacerlo en toda su complejidad, pues al final ese impuesto subirá el precio de los productos importados y ese aumento lo absorberá el comprador norteamericano o dejará de consumirlos.
El cierre de ese discurso inaugural es potencialmente peligroso para el sistema internacional pues hace referencia al viejo concepto de un supuesto “Destino Manifiesto” de Estados Unidos, cuyo origen es Dios. En la práctica esas dos palabras encapsulan una ideología incubada en el siglo XVII, pero popularizada en el XIX norteamericano y que supone que por designio divino Estados Unidos debe expandirse territorial y políticamente por el mundo y ahora, dice Trump también ¡a Marte!
Cuando en 1994 entró en vigor el TLC las élites mexicanas consideraron que hacer a la economía de México estructuralmente dependiente de la norteamericana era la mejor –la única– salida ante el agotamiento del modelo económico anterior basado en intentar sustituir importaciones, pero sin gran capacidad de exportar. Nunca supusieron que Estados Unidos pudiera optar por desacoplar a México, pero resulta que hoy el líder de “America First” amenaza con hacer precisamente eso, lo impensable.

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Vida y poder entre los desechos

El caciquismo como forma de organizar y ejercer un poder de facto tiene larga historia en el ámbito rural iberoamericano. El medio urbano le es menos propicio pero ciertos entornos como los grandes tiraderos de basura de la capital mexicana le han permitido sobrevivir en el hábitat metropolitano.
La sociedad de la basura (1983) y El Basurero, (1984), son un estudio de caciquismo urbano elaborado por Héctor Castillo Berthier que originalmente se publicaron justo cuando el régimen político priista estaba en la cima e iba iniciando su lento ocaso. Actualmente la obra está en proceso de reedición en un solo tomo para, entre otras cosas, evaluar cuanto hemos avanzado en dejar atrás al México del PRI y cuanto aún nos falta.
Castillo Berthier describe la mecánica y consecuencias de un caso muy concreto de dominación política autoritaria y su capacidad para extraer recursos incluso de los sectores más empobrecidos de la sociedad. Se trata de un estudio de antropología de la miseria que arroja luz sobre una de las caras más obscuros del sistema político postrevolucionario mexicano. La lectura hoy de esos trabajos confirma lo justo del eslogan de la izquierda: “por el bien de todos, primero los pobres”.
La base del estudio de Castillo Berthier es la observación directa y las “historias de vida” de los habitantes de un subsistema político, económico, social y cultural dantesco, que sirve a la sociedad en su conjunto, pero del que ésta no se percata. Se trata de una historia reciente pero que ofrece claves para tener conciencia de la variedad de formas de explotación extrema que albergan sociedades como la nuestra.
La importancia de La sociedad de la basura y El Basurero radica no sólo en el fenómeno observado sino también en la forma en que el autor llevó a cabo su investigación. Y es que el libro es un estupendo ejemplo de las posibilidades de la “observación participante”, una donde el fenómeno investigado y el investigador se funden o confunden.
El grueso del material que sirve de base a los estudios de los fenómenos sociales se busca y recolecta en archivos, bibliotecas, hemerotecas, estudios de campo y en entrevistas en ambientes controlados y sin tener que entrar en contacto directo con las personas o grupos estudiados. El insertarse directamente, sin intermediarios en el mundo de los personajes o fenómenos a estudiar no es algo común, fácil, ni natural pues implica no sólo tener que colocarse en situaciones extraordinarias e incluso correr riesgos sino también ser capaz de empatía.
La necesidad de elaborar una tesis universitaria, el deseo de encontrar un tema original más la juventud del autor, su entorno urbano y su disposición a “desclasarse” temporalmente para confundirse con una población “plebeya”, se conjugaron para que el pasante universitario de clase media capitalina pudiera, a sus 21 años, ofrecerse como ayudante de un barrendero –El Mugres– para “ascender” a “machetero” y ser aceptado como parte del equipo de un camión recolector de basura y lograr su admisión a una zona vedada: el gran tiradero de basura a cielo abierto de Santa Cruz Meyehualco en Iztapalapa, hoy parque Cuitláhuac.
El tiradero es presentado como el “submundo del desperdicio” y hábitat de los pepenadores: un microsistema económico y político de la vida y cultura de la pobreza, gobernado de manera férrea por un cacique urbano: Rafael Gutiérrez Moreno –“el zar de la basura”– que hizo del control de la selección o “pepena” (náhuatl) de la basura en la Ciudad de México un nicho de poder político y explotación económica extrema pero funcional para el sistema político de su época. Hasta su muerte, Gutiérrez Moreno controló la vida social del tiradero de Meyehualco –tenía el monopolio para la explotación comercial de los desechos: papel, trapo, fierro, vidrio y otros materiales– a cambio de garantizar la lealtad de su organización a los gobiernos local y nacional del PRI.
Castillo Berthier introduce al lector en las complejidades, costumbres y durezas de la vida económica, social, religiosa, política y familiar de los habitantes del tiradero. El cuadro que pinta tiene como base las notas, grabaciones y fotografías que recopiló entre 1979 y 1981. Ese material nos permite saber que las jerarquías dentro de ese submundo eran claras y eficaces, que la subordinación se mantenía mediante el uso de la fuerza combinado con ciertos privilegios para los subordinados: el acceso exclusivo al tiradero, el poder construir ahí su vivienda y contar con servicios mínimos y recursos para ciertos festejos, algunos en grande y en clave cultural: el 15 de septiembre y el 12 de diciembre.
El cacicazgo de Rafael Gutiérrez no habría de concluir como resultado de la acción de la autoridad formal sino por su asesinato en su casa a manos de una de sus parejas en marzo de 1987. Uno de sus numerosos hijos, Cuauhtémoc Gutierrez de la Torre heredó y afianzó el cacicazgo pues la relación familiar combinada con una licenciatura y militancia temprana en el PRI, le llevaron a ser dirigente local priista. Sin embargo, en 2014 este heredero fue objeto de un reportaje que le situó en el centro de una red de prostitución dentro del propio PRI y en 2021, cuando su partido ya sólo era sombra de lo que fue, ingresó a prisión y ahí sigue.
La aproximación de Castillo al fenómeno objeto de su estudio fue hecha a través de conversaciones y convivencia con pepenadores: El Prieto, El Mugres, El Negro, El General, El Tío, El Toitoi y otros. Este tipo de investigación da voz a quienes no tienen otra forma de ser escuchados. Y esa voz está en las historias de vida de una comunidad que gira en torno a desechos que sólo pueden tener valor económico si el esfuerzo humano que requiere su recuperación valga menos que la basura.
Las verdaderas conclusiones de esta investigación realmente no son las del autor sino las del lector. Y esas dependen de su concepción sobre lo que debería ser una “sociedad justa”.

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