Alex Michaelides: la metaficción sicológica

Crying, de Roy Orbison, es una de las canciones más potentes y escalofriantes de la música popular norteamericana del siglo XX. La historia de una persona que pensaba haber superado un doloroso amor pasado, creyendo ya estar bien, ya haberlo superado, hasta que se encuentra al objeto de su amor y descubre que en realidad nunca ha parado de llorar por esa persona. La canción de Orbison es una de las mejores interpretaciones vocales de la historia, electrizante y desgarradora que, además, tiene un toque de realidad estremecedor: Orbison sufrió no ser una persona bien parecida físicamente, mientras que Elvis Presley era el ícono sexual del momento (con un talento gigante, por supuesto) y se llenaba de fama. Roy se mantenía a la sombra desde su figura no agraciada con las letras más brutales escritas por él y cantadas con maestría legendaria, llorando en silencio las más bellas canciones.
Y esta canción, precisamente, es utilizada por David Lynch en su película Mulholland Drive, en la que hay una escena en la cual las dos protagonistas asisten al teatro y una mujer sale a cantar de manera desgarradora Crying, lo hace a tal grado que comienza a sufrir un ataque de tristeza y angustia que la tira al suelo; entonces, el público y el espec-tador de la película descubren con una espantosa sorpresa, que la virtuosa cantante hacía playback cuando cayó y la canción continuó. Y por si esto fuera poco aparece el maestro de ceremonias para decir en español (la película está en inglés, por supuesto) “no hay banda, no hay orquesta”. Es un guiño estremecedor de que las cosas son pura ficción, nada es real y todo es un juego narrativo. Por lo cual una de las personajes cae en un violento acceso de angustia al descubrir que nada es real y que no hay banda ni en el teatro, ni en la película, ni en la vida.
Es precisamente en este tono como está escrita Furia, de Alex Michaelides (Chipre, 1977) autor que escribe en inglés y que saltó a la fama con la exitosísima y perturbadora novela La paciente silenciosa. Michaelides escribe novelas con la maestría de confundir al lector y nunca saber exactamente qué es lo que sucede o ha pasado hasta la última página. Así que, si se busca un libro que arrebate el aliento y que sea imposible de soltar, hay que ir sin duda a uno de Alex Michaelides.
Furia está escrita para confrontar al lector desde la primera página, no se lee de manera pasiva, sino que desde el principio hay que estar atentos porque en el propio acto de la escritura se encuentra el misterio del asunto. Porque es una novela policiaca, claro, y hay un misterio, un enigma de un crimen en el que todos están absolutamente compenetrados, comenzando por quien cuenta la historia, por supuesto.
Furia se trata de un grupo de amigos unidos, sobre todo, por su profesión: casi todos son actores o actrices, algunos con más éxito que otros, pero todos obsesionados por la fama. Sí, la novela pone sobre la mesa el asunto de que no hay actor que no desee con todo su corazón ser famoso al grado de ser el centro del mundo.
En Furia todos los personajes son expertos en ponerse máscaras, en fingir ser alguien que no son o sentir algo que no sienten. La novela está jugando todo el tiempo, mediante una charla directa con el lector, sobre las razones por las cuales esta historia es escrita y cuáles son las posibilidades de narrarla.
Hay un crimen desde la primera página, pero todo se trata de descubrir la impostura, de ir pensando, dudando todo el tiempo, sacando cosas en claro. Porque es claro que “no hay orquesta ni banda”, pero sí una serie de motivos y una trama apasionante para descubrir quién es el furioso asesino de Furia: la fascinante metaficción sicológica.

Alex Michaelides, Furia, Alfa-guara, 2024. 326 páginas.

 

La integridad para leer el amor y el odio de Elena y Octavio

Guillermo Sheridan (Monterrey, 1950) ha sido uno de los estudiosos más puntuales de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998). Ha dedicado tres exhaustivos tomos a la vida y obra del bardo de Mixcoac: Poeta con paisaje, Habitación con retratos y Los idilios salvajes que echan luz con erudición y talento sobre una vida y obra monumentales. Además, en 2021, compiló, editó y comentó las cartas de Octavio Paz a Elena Garro, un tomo que más que un libro, lo considero una joya. El ejemplar se llama de manera certera Octavio Paz. Odi et amo: las cartas a Helena.
Esta compilación epistolar que hace Sheridan es sumamente valiosa por varias razones y aquí trataré de enunciar algunas y comentarlas. Una es que el trabajo de edición es perfecto, nada le sobra, nada le falta, el prólogo es preciso, las páginas bellas y el análisis cabal. Otra, absolutamente fundamental, es que leemos en verdad lo que Paz le decía a Garro; están allí sus palabras para que nosotros como lectores y nadie más sea partícipe de aquello que sucedió.
La literatura epistolar –ah, ese monstruo de la literatura– es el terreno por excelencia del voyeur, o más específico en español del Chismoso. Y lo pongo con ce mayúscula porque no es para cualquier chismoso, no es para uno barato, vamos; no es para quienes buscan tomar un poco de información –leer una o dos cartas– tan sólo para confirmar lo que ya pensaban; estos chismosos son poco interesantes, son fáciles, baratos, pues tienen tan sólo un punto de vista con el cual buscan, normalmente, exponer tan sólo una moral que se torna moralina al investigar una recriminación desinformada.
Las cartas son para Chismo-sos de a deveras, no para quienes buscan meterse en las vidas de los demás tan sólo para olfatear y luego recriminar; no, en este caso dentro de las cartas está todo, aunque sólo leamos una voz en este caso que es la de Paz (pues las de Elena están bajo llave hasta por ahí del 2050). Estos que llamo Chismosos serios, al profesionalizarse, al estudiar, se van convirtiendo en periodistas, académicos o gente de letras. Porque involucrarte en otras vidas se vuelve cada vez más apasionante en cuanto más serio seas, en cuanto más indagues en fuentes que son fidedignas, y, así ya no es tan sólo un punto de vista sesgado y plagado de intenciones basadas en desinformación las que definen a una persona; sino datos duros, cosas ciertas, hechos que van a arrojar el perfil del personaje, y entonces, claro, se puede emitir un juicio todo lo moral que se quiera.
Por eso este libro, Odi et amo, es una absoluta joya. Porque la relación, el matrimonio, el divorcio, el odio que se tuvieron Paz y Garro es quizá uno de los más controvertidos y no sé si por consecuencia de esto uno de los más plagados de mentiras en la historia de la literatura mexicana.
De los más tristes, terribles y desagradables hechos de la relación Paz-Garro es que se hicieron grupos: unos de parte de él y otros de ella. Sheridan, por cierto, adolece de esto mismo en sus ensayos; sin embargo, aquí, lo hace con suma integridad, pues hay cartas en donde Paz se ve de manera indiscutible posesivo, patriarcal, desagradable; no se le disculpa nada, está el ser humano y de la misma forma puede ser leído por cada una de las personas que se acerquen a estas cartas. Así, hay muchas epístolas pla-gadas de literatura, de poemas, de amor; de partes de la humanidad que aún estamos por calificar, por descubrir, como esta carta de 1935, por ejemplo: “Helena mía: A veces uno quiere detener el tiempo, detener a la dicha. Pero esta dicha –o esta lágrima– madura en otra, más grave, más honda. Yo soy feliz a tu lado, pero lejos de ti también lo soy, aunque de distinta manera: la dicha es una promesa, una esperanza, el deseo de verte. Y ese deseo –con toda su inquietud, con todo su dolor– llena las horas, las hace vida, corre, espera y ansía. Cuando estoy junto a ti no tengo fuerzas para decir nada, para penetrar en mí. Tengo miedo de destruir esa felicidad inesperada y esperada, renovada continuamente. Es duro desprenderse de ti, aunque siempre estés conmigo. Pero mi dolor se acrecienta y purifica, se convierte en alegría de esperarte”. Se exige, pues, en la lectura, la integridad ante el amor y el odio para ser ecuánimes y emitir un juicio.

Octavio Paz. Odi et amo: las cartas a Helena, edición de Guillermo Sheridan, Ciudad de México, Siglo XXI editores, 2023.

Nayeli García Sánchez y el espejo arácnido

La tradición del padre ausente se remonta a los mismos orígenes literarios, pensamos de inmediato en La Odisea, en Ítaca, en el joven Telémaco melancólico por su padre ausente. James Joyce en su alter ego, Stephen Dedalus parodia en su Ulises a este Telémaco solitario observador desencantado del mundo; ve en este personaje una esencia del artista en cuanto a su orfandad que lo aparta del mundo y le da una sensibilidad fuera de lo normal.
Esta figura del padre ausente también aparece en el cénit de la literatura mexicana con Pedro Páramo de Juan Rulfo: la constante en ese pueblo fantasmagórico es que todas las almas en pena son descendientes de la misma figura paterna, que, por supuesto, siempre ha estado ausente.
En años recientes, algunas novelistas mexicanas han escrito a partir de su padre. Se trata de obras con un carácter autobiográfico que exploran desde diferentes perspectivas su estructura familiar y el comportamiento del padre en ellas. Pienso en Alma Delia Murillo con La cabeza de mi padre, Dios fulmine a la que escriba sobre mí de Aura García Junco y La alegría del padre, de Didi Gutiérrez. Son novelas con diferentes tonos, acusan algunos aspectos sociales, de clase, de misoginia, de élites patriarcales, de núcleos familiares tradicionales con el carácter siempre problemático del padre. Pienso en todas estas novelas como contexto para dimensionar Especies tan lejanas de Nayeli García Sánchez (Ciudad de México, 1989). Que es una novela que gira a partir de la figura paterna, de su ausencia, por supuesto, pero no desde la tristeza, la nostalgia, el coraje o la indignación; sino desde la ironía que tiene la capacidad de dar el giro a todo sentimiento: la alegría en desgracia y la soledad en una tediosa compañía.
Especies tan lejanas es una autobiografía a lo Tristam Shandy de Lawrence Sterne, en donde no es el mundo que se intenta entender para darle un sentido a los días vividos; sino descubrir el absurdo de cada acto humano seguido por el azar: nada tiene sentido, pero en la búsqueda de su padre se esconde una divertida historia que no es otra cosa que la vida.
Especies tan lejanas, pues, inicia cuando la narradora escribe en el buscador el nombre de su padre, el cuarto resultado le dice que su progenitor ha muerto hace cuatro años, y, además, que era de Irapuato, a donde, la narradora sin saber bien por qué, o mejor aún, sin tener ninguna idea de la razón, decide ir para allá.
Desde las primeras páginas la narradora cuenta que nunca vivió con su padre, la figura usual de familia jamás existió para ella. Desde que nació ha estado sola con su madre y su padre ha sido un completo desconocido que apenas ha visto algunas veces. Así que cuando se entera de su muerte, decide ir al lugar de donde su padre era originario, en busca de unos pasos muy poco probables de hallar, pero siente una fuerte una necesidad de ir hacia Irapuato en busca de algún origen, aunque se lo tenga que inventar en medio de fresas cristalizadas.
El humor permea la novela pues el personaje no habita la solemnidad usual de este tipo de relatos, sino que más bien está la constante de observarse según su comportamiento absurdo y, por qué no, patético. El espejo en que se observa es el de su propia conciencia, en el cual ella es, de alguna manera, testigo de lo que siente y de las determinaciones que toma sin ser del todo dueña de sí misma; y también se observa en la otra especie: en las arañas en las que la personaje es experta y se dedica a cuidar de muchas especies de arácnidos en la universidad en donde trabaja. Así que Especies tan lejanas es la búsqueda del padre en Irapuato, el análisis de una mujer mediante su conciencia y el espejo arácnido desde donde se puede reflexionar sobre los seres humanos. Un espejo que además de esperpéntico es arácnido: todo adquiere muchas formas y los sentidos de supervivencia crean una humanidad asustadiza e incomprensible.

Nayeli García Sánchez, Especies tan lejanas, Ciudad de México, Sexto Piso, 2024. 115 páginas.

 

Abel Quentin y Francia, siempre Francia

Nos encontramos en pleno auge de los Juegos Olímpicos París 2024. Desde la inauguración, las cosas han sido diferentes, pues en lugar de encerrarse en un estadio, la ceremonia ha sucedido en plena ciudad, en lugares icónicos como el río Sena, la Plaza de la Concordia, la misma Torre Eiffel, por supuesto, y, en lugares tan representativos de la aristocracia y la revolución al mismo tiempo, como el Palacio de Versalles. La ceremonia inaugural buscó ante todo una expresión artística potente, sensible al mundo actual con Juana de Arco surcando a caballo el Sena y con artistas tan variadas como Céline Dion y cantantes no binarias e iconoclastas. Cabe el talento, me parece que dice Francia y, sobre todo, la apertura sin ningún tipo de puritanismo.
Hechos como estos levantan el ánimo en una sociedad, un mundo, sobre todo los que habitamos el norte de América, cerrado por completo al diálogo. En el cual las expresiones libertarias siempre están ligadas a un puritanismo. En donde pensar diferente es sinónimo de odiar o en el mejor de los casos ignorar al de enfrente que piensa lo opuesto a nosotros.
Las redes sociales y las posiciones de los políticos son buen ejemplo de esto. Pero hay excepciones, momentos en los cuales los humanos nos acordamos de lo que somos y no solamente estamos abiertos al diálogo sino a entender a la persona de enfrente con inteligencia y sensibilidad, que casi siempre se manifiestan en lo que nos hace únicos, el humor. Es el caso de la más reciente novela El visionario que ha sido un respiro y ha estado nominada a los premios Maison Rouge, Goncourt, Renaudot y Femina, del autor Abel Quentin (Lyon, 1985), porque es capaz de poner el mundo de cabeza mediante una ficción.
Se trata de una obra que pone los pies en un terreno que en México y Estados Unidos es extremadamente peligroso y más si se es un hombre blanco, educado y habla una lengua europea. Abel Quentin habla de la Cancelación: del caso de una persona que es descartada de la opinión pública por sus actos y opiniones sin darle la oportunidad de debatir. La novela no es un panfleto ni un manifiesto y esta, desde luego, es precisamente su riqueza. Sí que tiene, por supuesto, una visión moral, ya se ha dicho que todo buen escritor es, en muchos sentidos, un moralista; así, Quentin se mete en los recovecos de la moralidad del presente a través de su personaje Jean Roscoff que fue un joven académico en los años ochenta, inmerso en las revoluciones ideológicas de su época, fue un revolucionario como todo joven que se jactara durante buena parte del siglo XX. Así que sus investigaciones tenían un potente sesgo ideológico, muy de izquierda, muy antiyanqui; muy francés de los ochenta preocupado por el mundo y las consecuencias monstruosas del capitalismo. Sin embargo, Roscoff se equivoca y la vida da un vuelco inesperado, por lo que el joven académico pasa de tener un futuro a ser el hazme reír del medio. Así que, cuarenta años después, vuelve a enfrentarse al mundo, pero ahora es viejo, aficionado al vino y divorciado. Descubre cuando habla con su hija que es anticuado, por lo que piensa sí, pero sobre todo por lo que es: un hombre occidental, heterosexual, educado y vive en París. Quentin es un gran novelista a la manera de los maestros franceses Balzac o Flaubert, en donde no hay caricaturas sino personajes con muchas dimensiones. No siempre son algo en particular sino muchas dudas, muchas ganas de cambiar para sobrevivir a este mundo, en el cual, y aquí entra la enorme ironía, es en donde un hombre culto, blanco y francés lo tiene todo, pero siente que ya no cabe en él. Puede existir con sus enormes privilegios, pero no puede opinar sobre nada.
El visionario es un paseo con ojo crítico por las calles de París, por los turistas, las plazas y los parisinos que, a veces, descubren este mundo, y que su tragedia tiene humor y explica matices complejos a través de la ironía. Los que sufren deben ser escuchados y seguir sufriendo para ser genuinos y los privilegiados deben comer bien, tomar buen vino, y callar.

Abel Quintin, El visionario, Barcelona, Libros del Asteroide, 2023. 369 páginas.

 

El secreto John Banville

Hay muchas razones por las que se puede considerar a un autor como un buen escritor. Hablar de un estilo potente, erudito, virtuoso; de la originalidad, de su escritura que busca nuevas formas, que imita a extraños, recrea con homenajes; de la fuerza de la historia, de una anécdota que resuene día y noche en nuestras mentes…; del manejo de la trama, de anudar, desanudar, de la sorpresa y la vuelta de tuerca; y, es cierto: hay autores que son particularmente buenos en algunos de los aspectos mencionados. Pero hay excepciones de… ¿cómo llamarles? …, ¿genios?, como Vladimir Nabokov o John Banville que reúnen todas las características por las que normalmente entendemos a los grandes escritores e incluso se vislumbran nuevos horizontes por los que puede ser buena la literatura. No sólo se adecuan a lo que ya conocemos y lo superan, sino que inventan nuevas formas.
Banville ha ganado algunos premios muy importantes, pero normalmente no aparece entre las recomendaciones de influencers ni entre las listas de los periódicos de los mejores libros por leer. Pues sucede que, de manera romántica, pero no menos real por esto, las grandes obras literarias son tan bellas en todos sentidos, que parecen ser un secreto. A veces, incluso, a la vista de todos. Sus libros están en las librerías, pero si no se da un empujoncito, son pocas las personas que llegan a una obra por mera curiosidad entre el mar de libros.
Es el caso de Banville, por supuesto, que ha escrito muchísimos libros, y que goza desde hace bastante tiempo de gran prestigio y que su prosa es, sin ninguna duda, la mejor en lengua inglesa del presente. Pero ¿qué es eso de una buena prosa y por qué no es famosísimo?
Hoy me gustaría hablar, de manera muy breve, de la trilogía Cleave, cuya primera novela, Eclipse, comienza así: “Al principio era una forma. O ni siquiera eso. Un peso, un peso extra; un lastre. Lo sentí el primer día, en medio del campo”. En su escritura nada está dicho y está todo por descubrirse, en este caso es el camino opuesto a sustantivos como colapso o depresión para ir a lo que sigue en cualquier autor normal; Banville se detiene, los describe para llegar a un nuevo resultado, para descubrir las ausencias del lenguaje. Dice en una especie de epígrafe o mini capítulo inicial en Imposturas: “Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra yo, la palabra hacer, la palabra sufrir; son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no son verdades”.
Entrar en sus páginas es sumergirse en un bosque milagrosamente perfecto a la vez que enigmático: todo son atmósferas cargadas de luz, apariciones misteriosas, formas oníricas y ecos literarios. Como aspirar un aire fresco de bosque en donde se perciben las yerbas húmedas y las hojas podridas al mismo tiempo que un olor animal. O mejor aún, la prosa de Banville es un vino espeso hecho de palabras, en un sorbo está Montaigne, un poco de Shakespeare, destellos de Joyce, brillos proustianos y una fuertísima ascendencia de Nabokov, por supuesto.
La Trilogía Cleave deslumbra primero con las atmósferas de Eclipse, después Imposturas intriga y causa escalofríos por el artificio de crear una máscara tras otra hasta llegar al delirio. Y, finalmente, Antigua luz es la más lírica de todas. Plena de erotismo y con el recuerdo como el único recurso, por defectuoso que sea, para sacar algo habitable de la vida. Así comienza: “Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse”. Es una historia erótica en donde el sexo redescubre el cuerpo: la piel erizada, los olores exhalados, las miradas intensas. Después de pensar en todo esto, es natural que Banville no sea tan famoso, pues es tan original que apenas y se entiende, muchas veces. Es la maleza tupida que nos hechiza.

John Banville, Trilogía Cleave, Ciudad de México, Debolsillo, 2018. 812 páginas.

Tom Mustill y el idioma de la naturaleza

La historia de Cómo hablar balleno: la sorpresa, el placer y el valor a los animales, comienza con dos jóvenes en el mar; están en las costas de Monterrey, California; navegan en un kayak con el objetivo de ver ballenas que se reúnen en esas costas año tras año. Un grupo de cetáceos nada a lo lejos, el guía les dice que se acerquen a la playa para no arriesgarse, las ballenas son el animal más grande que nunca haya existido y estar cerca de ellas puede ser riesgoso, aunque sean totalmente pacíficas, pero nunca hay que olvidar que son inmensas. Así que el par de jóvenes hacen caso al guía, ambos son expertos y biólogos así que entienden bien el riesgo. Reman hacia la orilla, cuando, de un momento a otro, en tan sólo un instante una ballena inmensa surge frente a ellos saltando cual gigante que es del tamaño de un tráiler para caer exactamente en donde están.
Tom Mustill (Londres, 1983), quien cuenta la historia en primera persona, dice que luego de ver a la ballena sobre ellos, en el instante siguiente, era absorbido al fondo del mar por la fuerza y el peso del inmenso mamífero. Y así como bajaba, al mismo tiempo, el chaleco salvavidas lo lanzó en cuestión de segundos de regreso a la superficie del mar; en donde se encontró con su acompañante milagrosamente viva, al igual que él. Nadie podía creer lo que acababa de pasar y menos aún que estuvieran vivos. El guía llegó hasta ellos como si estuviera hablando con fantasmas, el kayak estaba completamente destrozado y ellos vivos sin que nadie pudiera entender la razón, pues les acababan de caer 30 toneladas encima.
Tom Mustill, sin duda, vuelve a nacer. Regresa a Inglaterra días después, y a los pocos días descubre que es tendencia en las redes, pues alguien grabó el momento exacto en que la ballena se abalanzaba sobre su amiga y él. Se sorprende de nuevo cada vez que ve la escena que tiene cada vez más y más visitas; y su vida vuelve a cambiar en el momento que una colega y exprofesora le dice que hay algo particular en el video de él y la ballena, y que, quizá, no es mera casualidad que haya sobrevivido. La bióloga experta en ballenas le dice que le parece ver algo anormal en el video: la ballena salta y cuando está en el aire hace un giro inusual, como si, al ver a los dos humanos justo debajo de ella, hiciera el giro para no matarlos. ¿Eso es posible? ¿Los animales pueden sentir compasión o se trata de la típica antropomorfización que hacemos a los animales todo el tiempo?
Tom Mustill comienza a hacer pesquisas sobre otros animales que han entablado contactos sorprendentes con humanos, en verdad hay cosas que dejan con la boca abierta, pero confiesa que, al tener una formación científica, le hacen falta pruebas contundentes. Así que, comienza un apasionado viaje por el mundo animal. Y conforme avanza el libro va ilustrando las múltiples e indispensables relaciones de ayuda, de cooperación que hay entre plantas, insectos y animales. La supervivencia es, sí, muchas veces salvaje, pero es sobre todo cooperación, armonía entre diferentes especies.
La anomalía es, no sólo en la incomprensión del lenguaje del mundo, y la falta de empatía, por supuesto, el ser humano. Mustill reflexiona que en la cápsula que manda la humanidad al espacio como muestra de su existencia; envía un audio en donde se dice “Hola” en muchas lenguas en el mundo, pero, reflexiona el autor, ninguna evidencia de cualquier forma animal de comunicación. Cero empatía y sensibilidad, por cursi que parezca.
Mustill cuenta que en los años 70 por mero accidente, un biólogo descubrió y estudió el canto de las ballenas, y, que decidió grabarlas para despertar la compasión humana que, hasta antes de esto, era completamente indiferente a la caza salvaje de ballenas, y que si no hubiera sido por la clemencia que despertó el canto de las ballenas, ahora estarían extintas.
Cómo hablar balleno es un viaje hermoso al diálogo de la naturaleza, al lenguaje, a la comunicación imprescindible y sofisticada entre los seres vivos que a la humanidad le urge aprender.

Tom Mustill, Cómo hablar balleno: la sorpresa, el placer y el valor de escuchar a los animales, Ciudad de México, Taurus, 2024. 367 páginas.

 

Zadie Smith y las listas de los mejores libros

En días recientes el prestigioso periódico estadunidense The New York Times publicó una lista de los que considera los 100 mejores libros escritos en lo que va de estos ya 24 años del siglo XXI. Las selecciones son polémicas porque siempre quedará alguien fuera de manera injusta; se revisan a los autores y autoras incluidas como si se tratara de un premio. Nos alegramos profundamente con la inclusión de unos y nos enojamos con la de otros como si se tratara de una derrota deportiva. Al grado que he sabido que se han llegado a llamar para decirse: “ya ves, sí está tal, y tú que dijiste que era fatal”. Estar significa ser bueno y quedar fuera es el olvido y pensamos en los excluidos como si hubieran sufrido una triste e irreparable derrota.
Pero por fortuna estar o no en una lista no lo es todo, yo le apuntaría un subtítulo un tanto evidente, pero que considero erróneo obviar: los 100 mejores libros que se pueden leer en inglés y que han sido publicados en esta lengua y en Estados Unidos en el siglo XXI, está Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, por ejemplo, que fue publicada en 1998. Dice el subtítulo de la lista: “Votaron 503 novelistas, hubo de no ficción, escritores, poetas, críticos y otros amantes de libros con una pequeña ayuda del equipo The New York Times Book Review”.
Entonces es una lista sesgada, como todas, de una percepción y un lugar; lo apunto, aunque es obvio, para subrayar su peso. Tras lo dicho, me resulta por demás interesante que esta lista haya salido precisamente en 2024, pues se cumplen 30 años de la publicación del siempre polémico, agresivo e importante El canon occidental del crítico norteamericano Harold Bloom. Además de incluir a brillantes autores y excluir a muchísimas mujeres, Bloom abre su serie de ensayos con Elegía al canon, en el cual, desde el propio título plantea una elegía, que es un lamento a la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado. Es decir, el canon, la selección de libros que hay que leer, si se ama la literatura, ya desapareció. Bloom es por demás reaccionario y llama escuela de “El Resentimiento” a todos aquellos y aquellas que quieran incluir a más autores que no sean necesariamente blancos y escriban en una lengua europea y, por supuesto, a mujeres. Escribe, pues, para señalar lo que considera perdido porque en efecto, para 1994 los artífices del canon, academia, instituciones y medios de comunicación afortunadamente, han cambiado. El mundo occidental, en especial Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, han comenzado a preocuparse por incluir; el mundo ha cambiado en todos sentidos y es indispensable que también lo haga el canon, las listas de libros por leer.
Es por esto que celebro la lista del New York Times, por supuesto que hay autores que no me gustan y hacen falta muchos que me fascinan; pero la lista está con la mayor equidad que pudieron y eso no hay que obviarlo. El peso de occidente no es poca cosa y la pigmentocracia y el heteropatriarcado no se acabarán de un día para otro, pero se pueden combatir. Así que están Svetlana Alexievich, Junot Díaz, Toni Morrison, Lydia Davis, Lucia Berlin y de Latinoamérica, además de Bolaño, Fernanda Melchor y Benjamín Labatut. No se incluye demasiado, pero algo se hace. Y entre mis favoritas que no quisiera pasar de recomendar algunas están Jezmyn Ward, Chimamanda Ngozi Adichie y en especial Zadie Smith (Londres, 1975), de quien tengo sobre la mesa el libro de relatos Grand Union. Smith creció en Inglaterra y actualmente vive en Nueva York, es una brillantísima novelista además de una intelectual, no a la vieja escuela que esta palabra implicaba casi siempre seriedad; Smith tiene un gran sentido del humor y también un refrescante desparpajo. En uno de los relatos, Educación sentimental crea un personaje que se parece mucho a ella, lo cual es útil pues hablará de la vida sexual, el inicio y su educación desde fines de la adolescencia. No es ni iconoclasta ni moralina, Smith ya habita otro mundo, no sólo es incluyente sino diferente, puede amar a su madre al mismo tiempo que se ríe de ella; puede hablar de blancos, negros o la mezcla de ambos. Zadie Smith propone una literatura para otro mundo: para el que tenemos enfrente y no nos atrevemos a ver: uno en donde un nuevo canon nos habita.
Zadie Smith, Grand Union, Ciudad de México, Salamandra, 2022. 283 páginas.

 

M. B. Brozon: ser buena no saberlo

“Era tarde y no habían sabido de mí en todo el día. Después de todo era la primera muestra de rebeldía que daba en mi vida. Llevaba años siguiendo sus reglas, las expresas y las tácitas, y ahora me había pasado por el arco del triunfo una prohibición clarísima […] por mi mente transitaron todos los enojos de papá, incluyendo los cinturonazos…”. Esto piensa Inés, angustiada y adolescente, la protagonista y narradora de Segunda llamada, de M. B. Brozon (Ciudad de México, 1970). Es una novela para jóvenes en donde una niña, y luego joven, cuenta su historia. La de una mujer que vive en México y quien comienza por reflexionar la naturaleza de su familia: Inés tiene en mente la fotografía de un anuncio de una aseguradora en donde aparecen un padre, una madre, un niño y una niña. Ella se compadece un poco de su amiga y vecina del edificio, pues vive sola con su madre, aunque tienen más estabilidad económica, no tiene una familia “como debe ser”, entonces, quizá sean menos felices. También piensa en las diferencias de su propia familia con aquella fotografía, la más notable es que el papá sí es guapo como el del comercial, pero su mamá no tanto y ella tampoco.
Inés tiene una familia normal, lo cual no quiere decir necesariamente feliz. “¿Qué es la felicidad sino una refinada forma de dolor?”, dice John Banville. Sortea su vida en una escuela católica sólo para niñas, una madre y una abuela amorosas e inteligentes y un padre guapo, católico y conservador. No sucede hace cien años, sino el mero presente del siglo XXI. El dinero es la primera preocupación de Inés, sobre todo porque sufre su ausencia cuando en la escuela la separan cuando ya debe muchas colegiaturas. El estrés económico es constante, por lo que un buen día la mamá decide que comenzará a trabajar para ayudar, a lo cual el padre se indigna y la familia entra en una fricción constante, pues el padre está profundamente ofendido porque su esposa trabaje: le parece que una mujer debe estar, pertenece, a su casa y sus hijos de manera exclusiva. Esto, desde luego, lo hemos escuchado millones de veces; acaso, entonces, ¿se debe hablar de otras cosas y no volver a esto? No, es indispensable seguir tocando estos temas porque es la cotidianeidad de la mayor parte de las personas, al menos en México.
Brozon tiene el acierto de situar su novela en un presente cercano, ya hay internet y celulares, pero muchas personas siguen pensando que las mujeres no deben trabajar, ni vestirse con pantalones y cuyo único fin en la vida es casarse y tener hijos. El problema es obvio por limitar a alguien a ser algo de manera obligado, por supuesto; pero, también cuando esa persona es expulsada de esa normalidad. ¿Qué pasa si una joven no quiere desobedecer a nadie, pero aún así todo lo que hace está mal? En esta novela, M. B. Brozon muestra que muchas veces las reglas a ultranza hacen imposible la vida para los seres humanos. No todas las personas pueden tener un papá y una mamá, hay muchas huérfanas, a no todas las personas les gusta alguien del otro sexo, no todas las personas pueden quedarse en su casa sin ir a trabajar… ¿Qué pasa en una mentalidad cerrada? ¿Acaso todas las personas que no cuadren en esto son malas, están incompletas? Es una de las preguntas que toman cuerpo en Segunda llamada, son carne en el personaje de Inés quien debido a los estigmas no pude disfrutar de su vida, no puede amar y disfrutar de su madre, su padre no la acepta, no puede tener vida sexual y sentimental, ella es una persona normal, pero por ser mujer y por no cumplir todos los estereotipos que se requieren en su mundo, siente, tiene la certeza que es mala, culpable siempre aunque no haya hecho nada merece el infierno.
Pero Brozon escribe una novela muy inteligente, muy sensible, pues Inés es brillante, talentosa y tiene una abuela y una mamá que la aman y entienden; aún así, debe sobrevivir y estar lista para la segunda llamada en donde debe romper y concretar su existencia.
M. B. Brozon, Segunda llamada, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 331 páginas.

 

Julio Scherer García y la justicia periodística

Durante la segunda parte del siglo XX y la primera década del XXI, el periodismo ha sido un alimento clave para la literatura, Truman Capote, Gay Talese, Norman Mailer o Emmanuel Carrère, han sido claros en decir que su obra más reconocida le debe todo al periodismo, al recurrir a las fuentes directas haciendo entrevistas, recorriendo la escena de la acción y relatar precisamente lo que sucedió sin inventar nada. El periodismo ha sido brutalmente generoso con la literatura, renovándola y haciéndola accesible a un público muchísimo más amplio como el que tiene el periodismo.
Sin embargo, la literatura no ha sido tan generosa con el periodismo, o la industria editorial, más bien, para ser específicos, ya que se publican obras de periodismo político, sí, sobre presidentes y demás, u obras de esplendidas autoras como Alma Guillermo Prieto, Alberto Salcedo Ramos o Leila Guerriero, pero me atrevo a decir que son más obras literarias que periodísticas. Lo cierto e injusto, es que muchos y muchas excelentes periodistas que escriben a diario excelentes páginas desde los periódicos, son olvidados por la esfera literaria y editorial. Son leídas, pero sus textos no son llevados casi nunca a las librerías.
Es por esto que me emociona mucho la publicación de Periodismo para la historia, una antología sobre el trabajo periodístico de Julio Scherer García (Ciudad de México, 1926-2015). Se trata de un tomo que en casi 700 páginas recopila muchos de los textos de Scherer a la vez que cuenta buena parte (la que vio el ojo de un brillante periodista) de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI.
El volumen comienza de manera apasionante en los años cincuenta, cuando el periodista en ciernes retrata las rencillas entre los muralistas que son parte brillante y fundamental de la historia de México: Siqueiros odiando a Tamayo, el oaxaqueño defendiendo el arte por el arte; Diego Rivera y Frida Kahlo entre sus conflictos con el Estado y la concreción de una obra que ha representado a México en todo el mundo. Scherer también hace retratos entrañables de Alfonso Reyes en su estudio, Octavio Paz y de José Vasconcelos.
Hay crónicas periodísticas maravillosas como la recepción del cuerpo de Pedro Infante tras su muerte en Yucatán. Scherer relata la recepción del ídolo en el aeropuerto de la Ciudad de México en 1957, es un retrato de color en donde era tanto el ardor de la gente que llegaron hasta las puertas del avión, invadiendo la pista, arrojándose sobre el ataúd para estar cerca lo más posible de su ídolo. Esa misma crónica es un retrato de la Ciudad de México a mediados de siglo, las calles, los edificios, los gobernantes y artistas.
Periodismo para la historia también relata, en efecto, buena parte de la historia del mundo. Los levantamientos civiles en Guatemala, el Peronismo, las dictaduras de Frondizi y Videla en Argentina. Scherer viaja por el mundo, va a China, Sudáfrica, Chile, Bangladesh… Con este libro se demuestra que el periodismo es un documento vital para la cultura de una sociedad, trasciende el día a día pues documenta el presente que en poco tiempo es historia que se olvidaría sino fuera por plumas que reflexionan y hacen tangibles los actos de la humanidad. Y más aún, cuando son llevados a libros y se leen como lo que son: periodismo que irradia literatura.
Julio Scherer García, Periodismo para la historia, Ciudad de México, Grijalbo, 2024. 683 páginas.

 

Nicolás Giacobone y los miedos de una sociedad

Los mexicanos y los amantes del cine hemos entrado en los mundos (muchos –como yo hasta la semana pasada– sin saberlo) de Nicolás Giacobone (Buenos Aires, 1975), pues ha colaborado con Alejandro González Iñárritu en películas como Biutiful, Bardo y Birdman que le valió un Oscar de la Academia al mejor guion original.
Uno de los temas que me gusta tocar en clase, es en dónde se encuentra la literatura, si acaso, únicamente, habita los libros que son presuntamente literatura por su género que se entiende como tal; es decir: ¿la literatura se construye exclusivamente en novelas, poemas y ensayos? La respuesta es que así sucede la mayoría de las veces, porque una parte fundamental de la obra literaria es querer hacer arte con las palabras y, de manera usual, esto sucede en los géneros mencionados. Naturalmente, el alumnado pregunta al instante si ¿acaso puede haber literatura en un grafiti, una canción o un guion cinematográfico? La respuesta es que, si en los ejemplos citados se busca hacer arte con las palabras, sí: hay literatura en todo lugar que busque el arte en el lenguaje. Por lo tanto, cuando el guion cinematográfico busca el arte verbal se convierte en literatura.
Es, sin duda, el caso de Biutiful en donde desde el título hay un juego con el lenguaje en cuanto a la ironía del doble sentido de escribir mal una palabra y descubrir que es otro tipo de belleza, misma que explora la película indagando otras estéticas urbanas, filiales y románticas. Giacobone explora también el doble sentido en Birdman que alude a un superhéroe y su protagonista juega con la idea del actor (el propio Michael Keaton de carne y hueso que fue Batman) y el personaje que es tragado por el personaje: puro artificio literario. Así que Giacobone visto con esta mirada, siempre fue un autor de literatura.
Ahora, en este 2024, Nicolás Giacobone publica Los impotentes. Una novela que pone en la mesa temas como la Cancelación, la pedofilia y por supuesto: la impotencia sexual masculina.
Los impotentes comienza con un personaje llamado Pan, sabemos que está en una ciudad de Argentina por la comida, el lenguaje y los nombres de las cosas; pero nada más. Sabemos que huye, no de alguien, tan sólo quiere ir para adelante, dar un paso tras otro sin pensar en nada. En un principio se lee como un desencanto del mundo, el spleen que sufre el flâneur de ir tan sólo sin rumbo para perderse y dejar de planear una vida con presente y con futuro. El primer capítulo es un cuento en sí mismo, y no es hasta el segundo que sabemos las razones por las que huye Pan.
Los impotentes es una novela de personajes, cada capítulo está sobre los hombros de uno de ellos o ellas. Está Alfonso, quien es un hombre que desde niño ha sufrido impotencia, está entre el grupo del cinco por ciento de los hombres que nunca ha tenido una erección. Busca todas las razones: ¿acaso no le atraen las mujeres, está mal del corazón, tiene un problema sicológico? Lo intenta todo, sin embargo, nunca logra tener una erección, por lo que ninguna mujer quiere ser su pareja; es un hombre solitario que descubre las grietas del mundo a partir de su diferencia física; los prejuicios y miedos de un mundo que plantea la perfección utópica de la humanidad.
Emilia es el personaje central de la novela. Una mujer brillante, escritora a tal grado célebre que cada año aparece como candidata al Nobel de literatura. Hasta que se descubre que tiene una vida bastante particular en la cual ha cometido pedofilia. Entonces, el mundo la cancela por completo, sus libros son sacados de circulación, las editoriales eliminan todos los contratos y nadie quiere saber nada más de ella. El miedo de una sociedad ha entender actos terribles, el impulso de cerrar toda conversación, que plantea guerras en donde solamente hay enemigos, no seres humanos con quienes establecer justicia en una sociedad. La impotencia de una sociedad que se niega al diálogo: nuestro presente.
Nicolás Giacobone, Los impotentes, Ciudad de México, Seix Barral, 2024. 367 páginas.