Jorge Volpi: puros cuentos

A inicios del siglo XX, el filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein dijo, palabras más, palabras menos, que el lenguaje es como el trazado de una ciudad por el cual el hablante puede ir y venir por donde quiera, a su libre albedrío, pero siempre por las calles, las posibilidades que le dé deambular por esa ciudad que es lenguaje. Esta idea parece sencilla, mas dice cosas muy importantes: que nuestros pensamientos están dictados por el lenguaje más que por nosotros; que somos una mera herramienta para que existan las palabras y sus historias. Esta idea puede ser bastante confrontada por autores como Octavio Paz quien piensa, más bien, que hay una oscuridad de donde viene el lenguaje y que éste sirve para echar algo de luz en el interior de los seres humanos.
Las dos posturas me resultan fascinantes y más aún con el libro La invención de todas las cosas: una historia de la ficción, de Jorge Volpi (México, 1968), quien explora la dimensión, la expresión más contundente del lenguaje: las ficciones. Sea que responda a su propia lógica gramatical o sea que es la oscuridad hecha carne del ser humano, el lenguaje se expresa siempre con historias, al grado que muchos lingüistas piensan que el verbo ser, primigenio en las lenguas indoeuropeas, tiene una esencia narrativa. Cuando el hablante dice, “yo soy” –Kafka decía en una carta “yo soy la novela”–, está contando una historia. Por lo tanto, es por medio de las historias, de los mitos, como el ser humano se ha explicado su existencia en este mundo.
Sobre estas invenciones humanas como la Biblia, el Popol Vuh o el big bang reflexiona Volpi en su más reciente entrega, erudita y sesuda de casi 700 páginas, que no busca ser un libro exhaustivo sino más bien una puesta en escena de las ficciones en donde dos personajes discuten sobre la existencia de las ficciones. Los personajes son muy importantes porque vienen de un lado extraño de la ficción: uno, el bicho de La metamorfosis de Franz Kafka, y la otra Milena, la amiga/enamorada del autor checo. Por lo tanto, es mediante el diálogo, una persona hablando a otra, que Volpi va haciendo un recorrido por muchas de las ficciones que son los pilares de la humanidad.
Todo son historias: nuestro planeta forma parte de un sistema solar que a la vez es parte de una galaxia y, todo esto, es consecuencia de una explosión hace miles de millones de años. El universo se está expandiendo en una vertiginosa tensión entre espacio y gravedad. Esto es producto de súper sofisticados estudios matemáticos, de físicos geniales que nos han explicado el universo en los últimos cien años. Pero, curiosamente, sólo lo podemos entender mediante el lenguaje y, además, con historias. Las cosmogonías latinas, hebreas o germanas, muchísimos años antes de la física moderna, ya pensaban el inicio del universo como un profundo caos. Era un relato parecido que, por supuesto, no tenía el sustento científico. Pero ya todo era caos al que el lenguaje le daba forma, sentido humano que no es otro que la existencia de las historias.
La elección del bicho de Kafka como narrador de estas ficciones es bastante interesante, pues se fundamenta en la extrañeza intrínseca al relato kafkiano, ¿qué hago aquí y por qué está pasando todo esto? Así, el bicho le va explicando a Milena libros científicos como el de Darwin, mitos fundacionales religiosos o textos literarios excéntricos como El infierno, de Dante.
La invención de todas las cosas es un libro que funciona bien de cabecera, para tenerlo e ir leyendo, aquí y allá, saltando en los relatos de la humanidad que intentan explicar el mundo y sin los cuales jamás entenderíamos el paso de la humanidad por el relato de esta galaxia.
Jorge Volpi, La invención de todas las cosas: Una historia de la ficción, Ciudad de México, Alfaguara, 2024. 694 páginas.

Juan Villoro ante los robots que nos validan

Una de las imágenes que más recuerdo del cine durante mi infancia es la del inicio de Terminator 2: se trata de un tanque de guerra –futurista para esos días– que avanzaba a través de cráneos humanos; en las siguientes imágenes se veían robots terribles que se dedicaban a exterminar a los seres humanos, quienes huían en pequeños grupos rebeldes que eran cada vez más disminuidos. El remoto año del que hablaba la película era 1997, cuando el mundo caería bajo el dominio de las computadoras –hoy lo pensaríamos como Inteligencia Artificial– hasta el 2029, cuando es el inicio de la segunda parte en donde son aplastados los cráneos.
Para ver el futuro de manera normal, había que voltear hacia delante. Sin embargo, en años recientes ha habido un cambio radical, pues para pensar en el apocalipsis, para pensar en la forma en que puede cambiar el mundo, hay que ir al pasado. Para descubrir nuestro presente, es necesario ir al pasado, pues el presente ya es un futuro incomprensible. Es la forma en la que comienza el ensayo de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) No soy un robot. Yendo al pasado, al libro Galaxia Gutenberg, de Marshall McLuhan, de los años sesenta, en donde explora el fin de la era del libro y ve el inicio de una nueva época que estará fundada en la imagen más que en la palabra. Desde esos años se presagiaba que vendría un cambio profundo, no se sabía exactamente qué sería lo que pasaría, pero era un hecho que el mundo estaba por cambiar. Villoro explora en su ensayo que, de manera paradójica, vendría un mundo con el de las computadoras en donde no sería la imagen sino la palabra lo que explotaría. No mediante la literatura sino por medio de las computadoras el ser humano occidental estaría más cercano que nunca a las letras.
Las paradojas parecen ser parte esencial del ADN del conocimiento de los seres humanos, pues normalmente se busca una cosa y termina sucediendo otra. McLuhan pensaba que se acabaría el reino de la palabra y terminó sucediendo que habría más palabras que nunca, y que la tecnología parece construir un mundo más sofisticado y termina por generar un retroceso en la humanidad, pues, según un estudio de James Flynn, el ser humano va en un profundo camino hacia atrás en cuanto al CI, ya que, según sus estudios, en los años setenta la humanidad dio un salto de treinta puntos en coeficiencia intelectual, lo cual diferencia a un genio de una persona normal, y esto ha disminuido en los últimos años de manera preocupante, pues las dulces máquinas, al darnos números de teléfono, ubicaciones y versos de poemas, nos han quitado el ejercicio de memorizar, lo cual implica un serio detri-mento en el desarrollo intelectual, según los datos de Flynn.
El mundo de los teléfonos inteligentes ha hecho menos inteligentes a los humanos, lo cual, de alguna manera, siempre ha sucedido en la historia de la humanidad. Es casi imposible una generación que no haya caído en la tentación de ver el apocalipsis, que sea posible ver el mundo arder y que muramos todos juntos. Que vea en la tecnología el fin.
Juan Villoro escribe un libro lúcido, pues da luz en temas que en general son subjetivos por el exceso de información; da el paso que siempre se le agradece a un intelectual: que se pronuncie en un tema del cual no es experto, pero del que puede investigar. Así, desde su curiosidad indaga el tema de nuestro presente en donde vivimos muchísimo más a través de fotografías de nuestras redes que de la experiencia y en el cual la inteligencia artificial hace un cerebro más perezoso. Pero Juan Villoro no sólo es un brillante intelectual, sino un escritor que ama la literatura y sabe que allí se ha encontrado, se encuentra y estará la presencia de lo humano: nuestra utopía más bella.
Juan Villoro, No soy robot, Ciudad de México, Anagrama, 2024. 309 páginas.

 

Juan José Millás y José Luis Arsuaga nos muestran la conciencia

Juan José Millás (Valencia, 1946) ha sido uno de los escritores que más he seguido durante mucho tiempo. Buena parte de mi vida esperé todos los viernes para leer sus textos en el periódico El País, que él más que artículos ha denominado articuentos: la capacidad de escribir un texto de opinión en el diario que además de contener un punto de vista siempre tenga también un carácter narrativo, una historia.
He seguido mucho también a Millás como escritor de novelas; recuerdo un prólogo escrito por él mismo para su primera novela que me resultó fascinante: la forma de hablar de la creación, cómo se había sentido escribiendo el libro, qué había sentido cuando fue publicado y cómo se sentía varios años después de haber escrito esa novela. Tal problemática con la escritura me pareció fascinante: la actitud decisiva en la que una persona se juega la vida escribiendo un libro. También, novelas como No mires debajo de la cama en donde los personajes son la vestimenta y el calzado de los humanos y Que nadie duerma, una novela sobre el amor y la ópera –nada menos–, han sido obras que he disfrutado mucho.
En años recientes, Millás ha publicado unos libros extraños y de gran sabor en conjunto con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954). Se trata de La vida contada por un sapiens a un neandertal, La muerte contada por un sapiens a un neandertal y este año La conciencia contada por un sapiens a un neandertal. Se trata de unos relatos con diálogos incluidos en los que un experto le explica algo a un neófito que es un tanto distraído, un mucho encantador y muchas veces no muy versado. Una especie de ejercicio de amistad, tensión y conocimiento que hay entre el Quijote y Sancho o Holmes y Watson en donde uno le explica algo al otro sus conocimientos y en donde muchas veces se explica la vida. En Millás nunca queda claro quién es el sapiens y quién el neandertal, pues desde el neolítico no es que el sapiens haya demostrado mucha lucidez.
En este reciente libro Millás y Arsuaga se citan en diferentes puntos de Madrid para intentar explicar el uno al otro qué es la conciencia. Millás es Sancho o más específicamente Watson, pues se toma la molestia de digerir, explicar y escribir las explicaciones y pensamientos del paleontólogo. Así que, en un principio, se dan cita en un restaurante de alta cocina en Madrid. Conforme van llegando los tiempos Arsuaga va poniendo algunos puntos claros de la conciencia. Que casi todo lo que sentimos, escuchamos y vemos son reacciones asimiladas por el cerebro, electricidad que transformamos en sensaciones, sonidos e imágenes. Pero, entonces, Arsuaga le recuerda a Proust, por lo que traen una madalena que remojan en té, para que así se pongan literalmente en el paladar y nariz del autor francés; hablan del recuerdo, de la razón por la cual el sentido del olfato tenga la capacidad de traer recuerdos más vívidos que ningún otro, y, explica Ursúa, sucede que cuando vemos, escuchamos o sentimos estamos ante una interpretación del cerebro, pero cuando olemos son las partículas de aquello que aspiramos lo que llega directamente a la corteza cerebral. Arsuaga le explica también que pensar que la conciencia está en la cabeza es un pensamiento moderno que tiene que ver con lo que nos dice la ciencia, pero que también se ha pensado en la historia que la conciencia está en las vísceras o en el corazón.
En algún momento llevan a Millás a hacerse una prueba del cerebro –es un completo conejillo de indias– en donde resulta que a sus 78 años tiene un cerebro joven y una muy alta autoestima o narcisismo, como quiera verse; entonces Millás viendo su encefalograma y los puntos cuando reacciona al verse a sí mismo pregunta: “cuando me veo a mí mismo, ¿se activa esa zona concreta de mi cerebro? / Sí, la comprendida entre los dos hemisferios de la región parietal”. Ahí, en ese pequeño punto, se encuentran todas las tristezas y alegrías de la humanidad. Qué locura.
Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga, La conciencia contada por un sapiens a un neandertal, Ciudad de México, Alfaguara, 2024. 196 páginas.

Mariantuá Correa y la mirada láser

Mariantuá Correa (Barranquilla, 1992) hace su debut en la novela con su obra Ciudad láser que cuenta la historia de una mujer y su desaparición en una fría ciudad de Colombia.
En los últimos años han surgido muchas novelas de escritoras que cuentan de la desaparición de mujeres. De manera legítima y loable narran historias de mujeres que ya no están, analizan a la víctima como tal, es decir, a partir de la terrible crueldad de una desaparición que, normalmente, es causada por la espantosa misoginia que destruye el mundo y en nuestro caso particular Latinoamérica.
Pero hay novelas como 2666 de Roberto Bolaño, Nefando de Mónica Ojeda o Ciudad láser de Mariantuá Correa, que no se enfocan tan sólo desde el punto de vista de la víctima, sino que son relatos en donde se crea un universo, una ciudad con diferentes atmós-feras en donde reina la sordidez casi siempre; pero en donde también aparecen los seres humanos con sus múltiples dimensiones. Son novelas en las que hay diferentes puntos de vista; narrativas que se desarrollan desde varios puntos y que, por momentos, son más sórdidas, y de manera paradójica, muchas veces también luminosas, pues tienen la capacidad de mostrar los diferentes prismas del mundo.
Ciudad láser cuenta la historia de una joven, Soledad, que trabaja en una estética de depilación láser. El día que la contrataron le hicieron una depilación para que fuera consciente, que viviera en carne propia la experiencia del tratamiento. Primero sintió algo helado y después algo caliente; una invasión fuerte a su privacidad llevada con toda la frialdad posible. Pero el momento fue más extraño aún, pues al ser una parte relacionada con el placer sintió algo de excitación al estar ahí, casi desnuda, mientras le depilaban el pubis.
Hay un contexto social bastante interesante en la novela, pues la mayor parte de las mujeres que van a esta estética son de clase alta, se las identifica por su forma de hablar, pero sobre todo en la manera natural en que ignoran sin ningún reparo al ser humano de enfrente. La protección sicológica del momento de intimidad práctica es estar en otro lado, en el celular normalmente; se mezcla con la ausencia total de empatía de las clases altas hacia las personas que consideran de servicio. Tratándolas muchas veces como si no existieran, por lo que Soledad, intuyo, toma decisiones escandalosas como tomarles fotos desnudas, y, al estar completamente en otro lado, con los ojos tapados y audífonos no se percatan ni remotamente de lo que sucede. El placer de violar la intimidad de las clientas se incrementa cuando envía estas fotos a su novio. La novela está contada desde tres puntos de vista: el de Soledad, el de la detective Giselle Horn y desde Raúl, el novio de Soledad y el personaje más marginal de la novela desde el que se observa la parte más sórdida de la ciudad. Aparece junto a Soledad, pidiéndole fotos de sus clientas, acariciándola y viviendo un tanto al extremo. También aparece él ya solo, cuando ella ha desaparecido contando a la detective su acelerada vida y mostrándonos el mundo de excesos, aventuras y libertad que vivían Soledad y él. Mientras ella, Giselle Horn, es el personaje desde donde se observa con más fuerza, con más conciencia lo que está sucediendo, esas vidas a veces tristes o felices que sobreviven en medio del crimen organizado y una profunda descomposición social que es atravesada por rayos láser por Mariantuá Correa.

Mariantuá Correa, Ciudad láser, Ciudad de México, Almadía, 2024. 144 páginas.

 

Stanislaw Lem y las bellas palabras científicas

Una de las escenas del cine que recuerdo con alegría y extrañeza es en la película Encuentros cercanos del tercer tipo en donde hay un encuentro con extraterrestres y estos traen un nuevo lenguaje que consiste en sonidos y luces: el arte y la ciencia se unen para decir algo que no se había pensado. Desde esa primera infancia que vi esa película ha rondado mi mente esa idea escalofriante y maravillosa de cómo nos podríamos comunicar con otra inteligencia; H. G. Wells y algunos otros han imaginado alienígenas agresivos que vienen a hacer la guerra. Pero Steven Spielberg, Ted Chiang y Stanislaw Lem (Ucrania, 1921-Polonia, 2006) imaginaron otras posibles formas de inteligencia que traje-ran un mensaje al ser humano, pero que no pudiéramos leerlo a la primera, sino que hubiera que recurrir a otras formas de comunicarse; en el caso de Lem, la ciencia.
Sobre el lenguaje y las formas de comunicarse o la incapacidad de ello trata La voz del amo de Stanislaw Lem, quien ya había tocado estos temas con novelas como Solaris que también se hizo célebre al ser filmada por Andrei Tar-kosvky y que son obras reco-nocidas dentro del género de ciencia ficción dura, la cual consiste en que todos aquellos elementos científicos que sean incluidos en la trama estén estrictamente apegados a la discip’lina correspondiente. Así pues, Lem en La voz del amo plantea la posibilidad de que venga otra civilización extraterrestre y que deje un mensaje a la humanidad, sólo que éste es muy difícil o casi imposible de descifrar. Por lo tanto, el gobierno de Estados Unidos crea un proyecto ultra confidencial llamado “La voz del amo” en donde los científicos más brillantes del mundo se reunirán en un inmenso e inescrutable desierto de ese país para intentar leer aquel mensaje extraterrestre en neutroninos.
La voz del amo es una novela para nada sencilla, pues además de contener muchos temas científicos difíciles dentro de su género de ciencia ficción dura, el propio libro para ser parte de una estrategia en donde el lector debe ir decodificando el sentido del libro y de la trama. La novela está planteada como el hallazgo de unas memorias de un científico que fue parte del proyecto “La voz del amo”, en donde intenta contar todos los pormenores de la experiencia. Lem tiene rasgos de escritor genial pues el peso, la densidad de la trama, del mensaje extraterrestre es el fondo y sustento de la acción, pero la novela va dando puntos que en un principio extravían al lector, pero que con el paso de la novela le van dando mucho sentido. Una de estas características es el sentido del humor que no es tan común en el género de la ciencia ficción. Lem plantea el universo de los científicos, ese que hace poco investigaron a fondo Kai Bird y Martin J. Sherwin en su libro Prometeo americano sobre J. Robert Oppenheimer, en donde una serie de genios megalómanos se encierran en un proyecto. Lem se instala en cierta sátira de estos personajes quienes mientras tienen en sus manos el futuro de la humanidad viven en una constante competencia, en una lucha de egos en donde van rompiendo fronteras, conocimientos de la ciencia para desentrañar la clave, el secreto de ese mensaje extraterrestre.
Finalmente, otro rasgo defi-nitivo de esta brillante novela es que pone sobre la mesa la posi-bilidad del ser humano de comu-nicarse con otras formas de inte-ligencia, por supuesto; la filoso-fía del lenguaje, las posibili-dades de éste son parte esencial de la novela por la que pronto comienza la reflexión sobre la forma del ser humano de comu-nicarse, de si acaso solamente puede ser de manera lingüística o si acaso se puede trascender y que haya también lenguaje en las propias partículas del universo: la ciencia como una expresión artística, un lenguaje por desentrañar que nos está interpelando todo el tiempo y del cual apenas tenemos la mínima idea.

Stanislaw Lem, La voz del amo, Madrid, Impedimenta, 2021. 297 páginas.

 

Sandra Newman y la reescritura

El 8 de junio de 1949 George Orwell publica su novela 1984, obra distópica en donde un estado totalitario gobierna Inglaterra y buena parte del mundo occidental; las geografías políticas han cambiado en extensión y nombre; hay dos bandos: derecha vs izquierda, comunismo vs capitalismo que se encuentran en constante guerra que tiene la ciudad de Londres en ruinas. Hay novelas, como esta de Orwell, que pasan de ser célebres y muy buenas a formar parte del imaginario colectivo de toda una cultura. Así, muchas personas que están familiarizadas con la historia de 1984 no necesariamente por haberla leído, quizá por verla en película, cómic, novela gráfica, serie o caricatura; o, también, porque alguien se las haya contado… la novela habita, incluso lugares de la televisión como el Gran Hermano Big Brother, de una forma profética, como una broma de un humor oscuro al ser los programas de telerrealidad o reality shows de lo más popular en retín hoy en día. En fin, pues, a más de 70 años de su publicación, esta novela de Orwell no solamente se sigue leyendo, está viva y es parte de nuestro imaginario, sino que predijo y ha influenciado nuestro presente.
Además, no es poca sorpresa, y por demás interesante, que 1984 y la propia figura de George Orwell, ha sido de mucho interés para muchas autoras decantadamente feministas. El caso, por supuesto, de Margaret Atwood, quien en El cuento de la criada se basa totalmente en la obra clásica de Orwell, haciendo una visión totalitaria, fatalista ante el patriarcado y con un perfil brillante y feminista; se podría decir que la novela de Atwood es un lado b crítico y feminista de 1984.
También Rebecca Solnit, hace no mucho reseñada en este espacio, dedica un libro a Orwell, al ensayista brillante, amante de las plantas y que tenía una pluma líquida con la capacidad de dilucidar el presente y, de manera escalofriante a veces de ver incluso en el futuro.
Y la influencia de Orwell permanece –me he limitado, por cierto, a ejemplos feministas, pues la influencia de 1984 en todo el arte del siglo XX y XXI es brutal–; en este año la autora Sandra Newman (Boston, 1965) quien se catapultó al mundo de la literatura internacional con Un mundo sin hombres, toma el reto de escribir 1984, autorizada, por cierto, por The Orwell Estate. Newman reescribe la novela desde una nueva versión, desde una nueva visión: Julia 1984 es la novela de Orwell, pero con Julia, la amante de Winston Smith en la novela de Orwell, como protagonista, como centro de la trama.
Sandra Newman, una escritora feminista alegremente radical, expresa tranquila y feliz que ella pertenece a la idea de que las mujeres son por naturaleza comunistas en oposición al individualismo de los varones. Es interesante el punto de vista de Newman, no solamente porque sea mujer y feminista, también porque de manera intrínseca volver al universo lúgubre y panóptico la novela y cambiar el punto de vista, aporta mucho para quienes hayan leído la original. Pues es la historia de Julia quien crece en ese mundo gris al igual que Winston Smith, con la diferencia de ser mujer y esto lo cambia todo; pues en ese mundo en donde la sociedad está completamente estratificada la vida de cada grupo es completamente diferente. El mundo de Julia, por ejemplo, en un principio está constituido tan sólo por mujeres, quienes, aunque viven en ese ambiente totalitario sin ninguna privacidad, encuentran en las charlas de las madrugadas un lugar de intimidad, de aliento, chismes y diversión que hacen esos momentos felices. El amor, por supuesto, el sexo; son completamente diferentes. Julia no tiene ideales políticos ni mucho menos, pero es una persona diferente, libre en cuanto a su búsqueda sobre con quienes quiere tener sexo y de quienes enamorarse. Julia aquí deja de ser un giro de la trama, un espacio de placer o un símbolo de otredad para convertirse en el motor de una historia, de un mundo gris y terrible en donde la búsqueda no es la felicidad o los grandes ideales políticos, sino un pequeño espacio de tranquilidad y placer. Orwell reinventado, reescrito y de nuevo entre las novedades literarias.

Sandra Newman, Julia 1984, Ciudad de México, Destino, 2024. 428 páginas.

 

Han Kang: reaprender el lenguaje

Desde hace al menos 15 años el Premio Nobel de Literatura es una propuesta de qué leer, más de laurear a los autores y autoras más importantes. Este 2024 fue concedido a la surcoreana Han Kang (Gwangju, 1970) y me parece que desde Abdulrazak Gurnah no había una sorpresa tan grande. No es que Kang fuera una autora desconocida, ya había ganado un premio Booker, ha sido finalista de otro y está traducida a muchos idiomas, pero es extremadamente joven, la segunda más desde el Nobel en 1909 a Rudyard Kipling.
Han Kang representa un potente cambio social en Corea del Sur, un país que hasta hace menos de cincuenta años vivía cerrado al mundo. Dice el economista Ha-Joon Chang que durante su infancia en los años setenta no existían las vacaciones, el concepto como tal, así que él, a pesar de ser de una clase acomodada, no salió de Corea del Sur hasta que se fue a hacer un posgrado. Era un país cerrado al mundo y profundamente afian-zado en sus tradiciones. Fue famoso que, durante los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, se hizo mucho por ocultar todos aquellos restaurantes en donde aún se comía carne de perro.
Todo esto tiene que ver con la flamante premio Nobel, pues su novela más célebre hasta ahora es La vegetariana, una obra en donde una mujer, a partir de tener pesadillas con sangre, decide dejar de comer carne. La novela es brutal, pues una buena parte está contada desde el punto de vista del esposo, quien confiesa en las primeras páginas que escogió a esa mujer como esposa porque no es particularmente nada, ni bonita, ni fea, ni inteligente, ni tonta, y así va observándola hasta que llega el día sorpresivo en que ella en plena madrugada se levanta y va al refrigerador para tirar toda la carne que hay: ternera, cerdo, ostras y pollo, a la basura, pues tuvo un sueño angustioso y decide que ya no puede vivir más comiendo carne. La novela tiene un significado por sí misma en cuanto a la trama: una mujer se revela ante el mundo que la rechaza, la agrede y la estigmatiza por el solo hecho de no comer carne. Ella se mantiene firme en esa extraña heroicidad siempre diciendo, simplemente, no. Pero La vegetariana puede ser leída también como un relato en donde se rechaza el brutal capitalismo de hiper consumo que abarrota de comida a los países desarrollados industrialmente.
Fue este jueves 10 de octubre, poco antes del amanecer, que me enteré del premio a Han Kang, y en todo el día no dejé de leerla y de reflexionar en su obra. Leí la novela referida más arriba con sorpresa ante una obra original, pero ante el libro que caí rendido fue La clase de griego. Leí en el periódico que Kang, después de escribir algunas de sus exitosas novelas, descubrió, cuando estuvo de nuevo ante la página en blanco, que ya no sabía cómo escribir el siguiente libro, que había olvidado cómo hacerlo. Así, La clase de griego se trata de una mujer que comienza por relatar su aprendizaje de la escritura del coreano, es de una gran belleza el talento para explicar la escritura de este idioma, sus formas y sonidos y el misterio de cómo va siendo revelado el sentido a la vez que la propia imaginación de la niña le va dando originalidad al lenguaje.
Y el mismo personaje cuenta que en algún momento de su vida se le olvidó el lenguaje por completo, desaparecieron todas las palabras de su mente dejando un vacío, una nada que tiene algo de angustiante, sí, pero en mi lectura también algo de libertad. La niña vive en este vacío hasta que un buen día ve escrita la palabra biblioteca en francés y se le destraba todo el lenguaje y la invade de nuevo. La niña crece, y cuando es adulta y tiene un hijo, esto se repite: el lenguaje se retira de su mente. Entonces, decide que debe comenzar a estudiar griego antiguo, por la lejanía con el coreano. Y así, la novela comienza a internarse en los tiempos y estructuras de esa lengua, el análisis de la personaje de su vida a través del lenguaje.
No es descabellado que Han Kang dialoga con el célebre filósofo surcoreano Byung-Chul Han en el sentido de detenerse, dejar de comer carne, dejar de hablar un idioma, para no hacer nada y vivir la vida en ese tiempo de la nada.

Han Kang, La clase de griego, Madrid, Random House, 2023. 163 páginas.

 

josé eugenio sánchez y las otras formas de belleza

La poesía, siempre la poesía como lo que se “debe” leer, pero siempre lo más complicado: “es otro lenguaje” (esto siempre lo digo yo), “es considerado el género más genial de la literatura” o “sólo leyendo poesía se puede tocar lo inefable”. Todas estas aseveraciones las he dicho y escuchado a lo largo de mi vida. Y todas las veces, incluso sucede conmigo mismo, me pongo a leer otra cosa y muchas personas a simplemente no leer cuando flotan en el aire y expulsan a propios y extraños.
Hacer un exhorto por los Grandes Géneros dando ejemplos de hace 2 mil años casi siempre es contradictorio. Porque cuando se piensa en poesía el auditorio se pone serio y en general el poeta adquiere otro tono de voz para enunciar su obra. Nada de esto es una crítica, a lo mucho una descripción de un acto que disfruto, pero entiendo que a muchas personas esto les parezca muy aburrido. Que la poesía nos haga tocar la divinidad o la eternidad (que sucede por supuesto) no es muy divertido y que la poesía nos haga mejores personas es otro lugar común, que ese sí que no comparto.
Sucede que durante mucho tiempo se pensó que el arte y la literatura se pensaba que nos hacían mejores personas, este no es el momento para discutirlo, sino para contar que todo esto cambió con algunos autores del siglo XIX, como Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, que comenzaron a escribir sobre cosas oscuras y a describir muchos aspectos negativos; descubrimientos poéticos que comenzaron a revolucionar la poesía y la literatura contemporánea en general. La tensión entre belleza y fealdad, entre vulgaridad y refinamiento se volvieron el pan y la sal imprescindibles en la poesía. Así nacen todo un grupo de poetas que iluminan la oscuridad del ser humano y oscurecen sus virtudes. A esta familia pertenece josé eugenio sánchez (Guadalajara, 1965) quien ha sido una voz activa y contestataria de la poesía mexicana en los últimos años. La primera vez que lo vi recitar sus poemas caí en esa cálida extrañeza de la que habla Harold Bloom que se encuentra en los grandes autores, pues en su poesía habita la ironía en donde se unen puntos tan en desencuentro en nuestro mundo como el erotismo y el humor. Las felaciones, penetraciones y sodomías son parte esencial de su obra que es divertida y pornográfica al mismo tiempo; en la página es extremadamente ágil, pero su poesía adquiere un clímax cuando josé eugenio interpreta sus poemas, acompañado de una batería y un bajo mientras él cuenta el poema ante un micrófono moviendo el cuerpo y comportándose como una estrella de rock.
Su más reciente entrega es un incesante caer de estrellas en la nada, en donde aparece el poeta irreverente que escribe mucho en redes, que usa las plataformas para hacer una voz desde allí, no necesariamente nada en particular: libre de agencias es capaz de tocar los temas que se le antojen. selfie es el poema inicial “y hay días que uno es un finísimo jarrón de porcelana / hecho añicos en el suelo / donde es más fácil tirarse a la basura / que buscar un arreglo”. josé eugenio decide siempre escribir en minúsculas. Su mundo es el presente, las noticias, la humanidad “cuando los pobres se mueran y ya / y los ricos hereden y ya / o sea: cuando todo vuelva a la normalidad”.
El punto de vista objetivo que se transforma en humor negro en donde lo único que resta es seguir leyendo para aguantar esta caótica humanidad. “topas con una niebla como muro / es una canción que trata sobre las múltiples formas de volverse loco”. Los capítulos de los libros son reales, poemas con la fuerza de estar son tangibles, que demuestran que la poesía habita todas las posibilidades reales y deslumbrantes del lenguaje, como los fascículos del interior de un iglú que se está derritiendo.
josé eugenio sánchez, un incesante caer de estrellas en la nada, Ciudad de México, Vaso Roto, 2024. 66 páginas.

Alberto Fuguet y la maravillosa conexión

Internet ha conectado el mundo de manera tan radical que resulta casi imposible pensar en un planeta desconectado en donde lo que suceda en un rincón del planeta en cuestión de minutos no se sepa en cada esquina del orbe. Pero hasta antes del año 2000 –da una tonta nostalgia– existían círculos culturales que daban la impresión de ser el centro del mundo. La actualidad en la música, la moda o casi todo: la vida misma latía en Nueva York, París o Londres. Estar lejos de estos lugares daba la sensación de estar perdiéndose lo mejor del mundo, era estar lejos del mundo: estar completamente desconectados.
Alberto Fuguet (Santiago, 1963) resaltó en su generación por ser iconoclasta de una manera brillante, pues hizo una compilación de escritores jóvenes latinoamericanos que se llamaba McOondo haciendo alusión al uso mercantil de la generación del Boom de García Márquez y compañía que era a tal grado utilizado que era un producto de mercadotecnia tal como McDonald’s. Este movimiento planteado por Fuguet en donde se criticaba el uso identitario tropicalizado de Latinoamérica desde luego que causó furor en la región, pues muchos de los autores del Boom son héroes nacionales, así que el joven autor chileno fue satanizado por una parte canónica de la literatura latinoamericana. Pero, por supuesto que hubo muchos lectores y escritores que siguieron a Fuguet como una parte refrescante de la literatura de su región, pues se dejaba atrás lo tropical, lo pintoresco y lo exótico para tener escenarios y personajes que habitaran sobre todo las grandes ciudades como Santiago, Buenos Aires o Lima. Con el paso de los años, la propuesta de Fuguet resultó no solamente contestataria y refrescante, también ha hecho posible una realidad de escritoras y escritores que son parte de una región, sí, pero sobre todo de una literatura del presente.
Ciertos chicos es la entrega más reciente de Alberto Fuguet, situado a mediados de los años ochenta en el Santiago de la dictadura, en donde dos jóvenes homosexuales descubren el mundo, a sí mismos y el rock. Hay una genial melancolía en volver a los años ochenta en donde todo lo que ahora es digital era análogo: se grababan sus propios casets de música, se reproducían los discos en vinil y había que descubrir a la gente y la ciudad para escuchar música nueva.
Ciertos chicos es la historia de Tomás y Clemente, el primero está en el primer descubrimiento de su sexualidad y apenas sacando la nariz al mundo: son esos años de la dictadura de Pinochet en donde, curiosamente no se podía hacer exactamente lo mismo que no se podía hacer en México. La constante de Latinoamérica es que ni importa si hay dictadura o no, siempre hay represión. Por lo que los jóvenes aprenden, normalizan, vivir siempre en la marginalidad. Ser gay, amar la música y la literatura era parte de lo mismo: no pertenecer a lo que acepta la sociedad y saber que todo lo que hace feliz es marginal.
Santiago al igual que muchas otras ciudades de Latinoamérica daba la sensación de estar desconectada del resto del mundo. De ciudades como Londres o París en donde la literatura, el rock y la apertura sexual eran parte intrínseca –aparentemente– de una sociedad y que era desde donde se exportaba toda la moda y la vida. Pero Fuguet descubre en Ciertos chicos que la marginación creaba vínculos, momentos clandestinos y maravillosos que hacían que la conexión entre la gente marginada en Latinoamérica fuera contundente y feliz. Amar la música, descubrir la sexualidad es casi más importante que todo, que enamorarse o descubrir una vocación; es amar la vida. Conectar consigo mismos y su marginalidad.
Alberto Fuguet, Ciertos chicos, Ciudad de México, Tusquets, 2024. 451 páginas.

Rebeca Solnit: del feminismo punk al centro del mundo

Rebeca Solnit (Connecticut, 1961) es quizá una de las feministas más representativas dentro del mundo de la escritura. Autora de libros tan importantes como Los hombres me explican cosas (Man explain things to me) que han trascendido los círculos especializados para convertirse parte del día a día para explicar actos del patriarcado; el mansplaining es a tal grado parte del mundo que, de manera paradójica, triste y chistosa al mismo tiempo un día un hombre le explicó el concepto a Solnit misma quien lo acuñó: un hombre le explicó su propio concepto.
Rebeca Solnit comenzó a escribir sobre feminismo, a tener una agencia política desde los años 80, cuando ser feminista significaba participar en una parte marginal del mun-do, y así lo cuenta Rebeca Solnit, pues lo primero que publicó salió en una revista punk.
Estamos sentados en la terraza de un hotel del centro de Querétaro, corre un viento fresco, el cielo es azul y Rebeca Solnit come un bollo relleno de cochinita. Es pleno Hay Festival y en la sala de prensa además de los periodistas de la fuente cultural van de entrevista en entrevista premios Nobel, autores como Alberto Fuguet o ganadoras del Óscar de Ucrania. Pero Solnit es un centro en medio de toda esa turba de fama y talento. Está al fondo y es imposible no mirarla de reojo o más bien de frente y disfrutarla.
Me dicen que se extiende demasiado y que vaya rápido. Así que voy hacia ella, que de manera sorprendente está de buen humor y con todas las ganas de platicar de todo mientras da una que otra mordida a su bollo de cochinita.
Mientras esperaba a Solnit, aproveché para leer uno de sus ensayos, el libro que tenía en la manos era Las rosas de Orwell, que comienza con en el texto El Día de los Muertos. Se trata de una crónica escrita con frescura, de esas que dan ganas de respirar y más en una mañana de sábado y con Solnit al fondo. El ensayo es sobre las flores y sobre Orwell, ese escritor fascinante que además de sus obras icónicas, era un ensayista con una prosa que parece escrita sin ningún otro fin que reflexionar un poco sobre el mundo, aunque toca, por supuesto, de los temas más acuciantes de su tiempo y el mundo como la guerra, el comunismo y el futuro de la humanidad y, de manera sorprendente los explica más de sesenta años después.
Este ensayo de Solnit sobre Orwell, comienza así: “En la primavera de 1936, un escritor plantó rosales. Yo lo sabía desde hacía más de tres décadas y nunca había reflexionado lo suficiente acerca de lo que eso significaba”. Solnit cuenta que para esos días de noviembre tendría que estar en su casa en San Francisco, donde las calles están plagadas de altares y cempasúchiles; pero que en lugar de eso, está en Londres camino a Cambridge en busca de los rosales de George Orwell. Es una crónica al más puro estilo del nuevo periodismo en donde con los elementos del relato seguimos los pasos de Orwell en su vida bucólica y de repente Solnit suelta una perla: “Si ‘guerra’ tiene un antónimo quizá sea ‘jardines’”.
Solnit me espera al fondo con una sonrisa, lista para hablar de feminismo. Le pregunto sobre el cambio en la sociedad, como el feminismo ha pasado de ser marginal, de asustar a la gente cuando alguien decía que era feminista a marcar el paso del mundo. Me intrigaba mucho con cuáles de los feminismos se identifica. Y dice, por supuesto, que con los que tienen que ver con la igualdad, con los que son un movimiento en contra del racismo y del clasismo y que son aquellos que siempre fueron punk, apestaban en un mundo lleno de odios y violencias y hoy siguen confrontando cualquier forma de pensar que implique discriminación.
Rebeca Solnit, Las rosas de Orwell, Ciudad de México, Lumen, 2022. 348 páginas.