Han querido desviar la discusión. Hablar de fechas, de coyunturas, de supuestas ventajas electorales. Pero el fondo de la reforma es otro, mucho más incómodo para quienes han vivido del presupuesto público durante décadas.
La iniciativa toca dos nervios sensibles del viejo sistema político: los ayuntamientos y el gasto legislativo. Y por eso el escándalo.
Seamos directos: en México, una parte importante de la clase política no vive de representar, vive de ocupar espacios. Espacios inflados, innecesarios, costosos y muchas veces desconectados de la ciudadanía. Cabildos saturados de regidores sin función real. Estructuras legislativas que consumen recursos públicos sin traducirse en mejores leyes ni en mayor bienestar.
Eso es lo que el Plan B pone sobre la mesa.
En muchos municipios del país, los cabildos se han convertido en espacios de reparto político, no de gobierno. Regidurías que no responden a una lógica de gestión pública, sino a cuotas partidistas. Hay municipios donde el número de regidores responde más a acuerdos entre partidos que a necesidades reales de administración. El resultado es predecible: decisiones lentas, responsabilidades diluidas y un costo creciente para los ciudadanos.
Reducir su número no debilita al municipio; lo fortalece. Obliga a una administración más ágil, más directa y más responsable. Quita incentivos al reparto de posiciones y devuelve centralidad a la función pública: gobernar, no administrar cuotas.
Y luego está el tema que más incomoda: el dinero.
La reducción del presupuesto en congresos locales y en el Senado rompe con una lógica profundamente arraigada: la política como espacio de privilegio. Durante años, los órganos legislativos crecieron en estructuras, asesores, prebendas y gastos operativos sin una correlación clara con mejores resultados legislativos. Se volvió normal que el costo del aparato legislativo aumentara, mientras la confianza ciudadana disminuía.
El Plan B plantea algo elemental: que el poder público cueste menos y rinda más.
Esto no es austeridad simbólica, es rediseño institucional. Implica revisar partidas, eliminar excesos, transparentar el uso de recursos y ajustar el tamaño de las estructuras a lo estrictamente necesario. En un país con enormes desigualdades, no es sostenible que los órganos de representación operen con lógicas de gasto que no resisten el escrutinio público.
Y ahí es donde aparecen las resistencias reales.
Porque esta no es una discusión técnica. Es una disputa por intereses. Cada regiduría eliminada y cada peso recortado significa menos espacios para cuotas, menos posiciones para grupos, menos recursos para operar políticamente desde el presupuesto. Significa, en términos simples, perder poder.
Quienes hoy gritan “riesgo para la democracia” son los mismos que nunca cuestionaron el tamaño de los cabildos ni el gasto desproporcionado de los órganos legislativos. Defienden la representación cuando les conviene, pero en realidad defienden la estructura que los sostiene.
La democracia no se mide por el número de políticos, sino por la calidad del vínculo entre el poder y la ciudadanía. Y ese vínculo no se fortalece con más cargos, sino con instituciones más eficientes, más austeras y más responsables.
También hay que decirlo con claridad: reducir excesos no es concentrar poder, es ordenarlo. Un Estado más delgado en sus estructuras superfluas puede ser más fuerte en sus funciones esenciales. Menos burocracia política, más capacidad de decisión. Menos gasto en operación, más margen para políticas públicas que sí impacten la vida de la gente.
El Plan B, en ese sentido, no reduce la democracia: reduce el exceso. Y al hacerlo, recupera algo fundamental: la credibilidad.
En un contexto de desconfianza hacia la política, la mejor respuesta no es defender lo indefendible, sino corregir lo que no funciona. Ajustar, recortar, simplificar. Hacer que las instituciones se parezcan más a la ciudadanía que dicen representar.
Por eso incomoda. Porque toca intereses reales. Porque mueve estructuras que durante años se consideraron intocables. Porque plantea, en los hechos, que la política no es un botín, sino una responsabilidad.
Y porque introduce una idea que para algunos sigue siendo intolerable: que el poder debe costar menos y servir más.
Por eso atacan.
Y por eso es indispensable defenderlo.
* Secretario de Ciencia, Arte y Cultura del CEN de Morena

