El crimen de Marco Antonio Suástegui Muñoz, líder histórico del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a la Presa La Parota (Cecop), forma parte de las carpetas de investigación que no avanzan. A pesar de los datos de prueba que se han aportado, la Fiscalía los ha trivializado y lo más grave es que han hecho perdediza información valiosa. La desfachatez con la que sobrellevan el caso agravia la memoria de Marco Antonio y deja en estado de indefensión a su familia. Es inadmisible que a 7 meses de su asesinato no haya un atisbo de los autores materiales e intelectuales que acabaron con la vida de un gran defensor del medio ambiente. Hay un gran abismo entre las víctimas y la Fiscalía marcado por el desdén y la indolencia.
Este 25 de noviembre se cumplieron 7 meses del crimen artero de Marco Antonio. En plena afluencia turística los perpetradores actuaron con la certeza de que ningún cuerpo de seguridad los detendrían. Al parecer fueron más inteligentes y ágiles que la Guardia Nacional que se encontraba desplegada en las playas. Su capacidad de fuego está blindada porque nadie los investiga ni los busca. La apuesta es al olvido y a que la víctima desista infundiéndole temor. Saben que no hay costos políticos y que todo se puede en este mar de inmundicia. Está claro que no hay un compromiso de las autoridades del estado con la justicia ni la verdad. “Marco decía que con la Cuarta Transformación iba a haber un cambio, pero no es así”. No les importa el derramamiento de sangre que a diario corre en las calles segando la vida de muchos guerrerenses.
Desde que Marco asumió la responsabilidad en una asamblea de defender las tierras comunales de Cacahuatepec contra la Comisisón Federal de Electricidad (para que no se construyera la presa La Parota) los gobiernos lo consideraron como el enemigo a vencer. No sólo lo estigmatizaron y giraron órdenes de aprehensión, también le mandaron mercenarios y matones para eliminarlo. Fue de los personajes más incómodos en un estado gobernado por caciques.
El 28 de julio de 2003, en el primer plantón del Cecop en El Fraile nació Marco como el guerrero Huitzilopochtli, deidad de la guerra entre los nahuas, para pelear contra la imposición de la represa. Lo nombraron el vocero del movimiento que emergió de las gravillas del río. Con los machetes en la mano no dejaron que entraran las maquinarias de la CFE. Por su osada lucha el gobierno del estado lo encarceló en tres ocasiones: en el 2004, 2014 y 2018. No se doblegó, más bien salió airoso y con mayor ímpetu para dar las batallas contra las empresas depredadoras. La última vez que lo encarcelaron estuvo con su hermano Vicente Suástegui.
La noche del 5 de agosto de 2021 Vicente fue desaparecido por hombres armados. Se lo llevaron rumbo a Tres Palos, sin embargo, las autoridades no han dado con su paradero. Marco lo buscó en las colonias más pobres y violentas, así como en las comunidades periféricas. El líder del Cecop empezó a recibir amenazas por buscar a su hermano. El hostigamiento llegó en los mítines que realizaba en el Asta Bandera del puerto para denunciar la desaparición de su hermano y exigir la detención de los responsables. Exigía al gobierno que le entregaran con vida a Vicente.
Sus asesinos le seguían sus pasos, pero nunca se arredró, porque siempre decía que luchaba por la vida. Era contundente en su demanda; investigar el paradero de Vicente y detener a los responsables. Molestaron no sólo las declaraciones de Marco, sino las sentencias que se han dictado contra los perpetradores de la desaparición de Vicente.
En los últimos meses Marco identificó a quienes le querían causar daño. No lo dejaban trabajar tranquilamente en el negocio que tenía en la playa Icacos. Lo mismo pasaba en las asambleas que convocaba en la comunidad de Cacahuatepec. Se le acercaban personas para intimidarlo. Cuando recorrió las comunidades, después de los huracanes Otis y John, sentía que lo seguían. Llegó el momento en que abiertamente lo amenazaban en la playa, ordenándole que no siguiera dando declaraciones en los medios de comunicación.
Ante la inminente amenaza recurrió al Mecanismo de Protección de Defensores y Periodistas porque los lugares más peligrosos resultaron ser las asambleas dominicales y la playa Icacos. Le dijeron que lo solicitara a través de un escrito para que evaluaran su situación de riesgo. Luego de un tiempo le negaron las medidas de protección con el argumento de que su actividad de defensor no era de alto riesgo.
El Domingo de Ramos, el 13 de abril, le advirtieron por última vez que le bajara a las denuncias y a sus declaraciones sobre Vicente porque ya lo tenían bien ubicado y sabían sus movimientos. La amenaza fue la sentencia de muerte. Cinco días después Marco se debatía entre la vida y la muerte porque el asesino había descargado su arma cuando Marco se retiraba de la playa, para huir del peligro. Corrió hacia la playa buscando escapar, pero tres balas certeras lo alcanzaron. La sangre hizo cauce sobre la arena, pero Marco no cayó. La gente estupefacta comenzó a correr, y el asesino aprovechó para perderse entre la gente. Cuando llegó su esposa lo encontró herido a la orilla del mar.
El último destello del sol contemplaba la lucha del Tigre para ponerse en pie. El horizonte se pintó de rojo al desvanecerse. Con el temple que le caracterizó le dijo a su esposa que llamara al 911 para pedir ayuda, pero nadie respondió. Su esposa lo quería llevar al hospital de la Marina porque estaba más cerca para que lo atendieran, pero él dijo: “no, no me lleves ahí, mejor al Aqua”. Lo trató de cargar, pero Marco se apoyó de algunos compañeros que lo llevaron al hospital. Aún consciente les decía a las enfermeras que quería oxígeno. Mientras esperaban al doctor para que lo operara de urgencia, se preocupó por sus hijos. Permaneció lúcido todo el tiempo. A las 9 de la noche entró al quirófano y a las 3 de la mañana informaron que la operación había sido un éxito. El pronóstico de los doctores auguraba que Marco saliera de este trance.
Cuando a la familia le requirieron sangre, sus conocidos se solidarizaron y los estudiantes de la escuela de Ayotzinapa estaban dispuestos a donarla. Lo más complicado fue un aparato para que le realizaran hemodiálisis porque los doctores decían que no había uno solo en el estado. Marco quería vivir. “Le pedía a Dios un milagro. Fueron tres operaciones”. Sus familiares lo iban a trasladar a la Ciudad de México cuando les dieron la funesta noticia. Marco nunca se dio por vencido, luchó hasta el último segundo.
Lo insólito es que los policías ministeriales irrumpieron en el hospital sin que les importara la gravedad de Marco Antonio, pedían las declaraciones de sus familiares. Se parapetaron en el hospital en lugar de perseguir a los delincuentes o buscar las cámaras de seguridad y hacer las investigaciones correspon-dientes.
A siete meses del crimen no hay una persona detenida, todo se mantiene en la quietud impuesta por intereses de la macrodelincuencia.
Los familiares de Marco se han acercado a la gobernadora para exigir justicia, pero la respuesta que le dan los que contestan su teléfono es que está muy ocupada. Hay fundados temores de que el crimen no se resuelva. “Matan a los líderes sociales y en Guerrero nunca pasa nada. El silencio de las autoridades es un gélido mensaje de impunidad”. Si el gobierno 4T quiere ser diferente a los demás tiene que castigar ejemplarmente a los perpetradores para que prevalezca la justicia.
