La elección de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia en 2026 constituye uno de los acontecimientos geopolíticos más relevantes para América Latina desde la llegada de Javier Milei al poder en Argentina. Más allá de la alternancia política tras el gobierno de Gustavo Petro, el resultado marca el regreso de Colombia a una estrategia de alineamiento casi pleno con Estados Unidos en un momento en que la competencia entre Washington y Pekín se ha convertido en el principal eje ordenador de la política internacional.
Durante los cuatro años del gobierno de Petro, Colombia había intentado diversificar parcialmente su política exterior. Sin romper la histórica alianza con Estados Unidos, Bogotá amplió sus relaciones económicas con China, participando inclusive en la iniciativa de la Ruta de la Seda auspiciada por Pekín, impulsó una mayor autonomía regional. Esa estrategia reflejaba una tendencia observable en buena parte de América Latina: mantener relaciones simultáneamente estrechas con Washington y con Pekín sin verse obligados a elegir entre ambos.
La llegada de De la Espriella supone un cambio significativo. Durante toda la campaña presidencial, el nuevo mandatario defendió la necesidad de reconstruir una “alianza estratégica privilegiada” con Estados Unidos, reforzar la cooperación militar y de inteligencia, endurecer la lucha contra el narcotráfico y revisar la creciente presencia económica china en sectores considerados estratégicos. En este sentido, Colombia vuelve a situarse como el principal aliado político de Washington en la zona andina.
Este giro tiene una dimensión regional evidente. Mientras Brasil mantiene una estrategia de autonomía estratégica bajo el liderazgo de Lula da Silva y México continúa profundizando su integración económica con Estados Unidos sin romper totalmente sus vínculos comerciales con China, Colombia opta por una lógica mucho más cercana a la competencia geopolítica promovida por la administración de Donald Trump.
Desde la perspectiva estadunidense, la victoria de De la Espriella representa una oportunidad importante para recuperar influencia en una región donde China ha consolidado su presencia durante la última década. Pekín es hoy el principal socio comercial de Brasil, Chile y Perú, financia grandes proyectos de infraestructura en numerosos países latinoamericanos y controla una parte creciente de las cadenas de suministro vinculadas a minerales estratégicos, litio, cobre y tierras raras.
En este contexto, Colombia adquiere un valor estratégico singular. Su posición geográfica, con acceso simultáneo al océano Pacífico y al Caribe, su cercanía con el Canal de Panamá, su papel histórico en la cooperación antidrogas y su capacidad militar convierten al país en un activo esencial para la estrategia estadunidense en el hemisferio occidental.
La elección colombiana también modifica el equilibrio político regional. Con la mayoría de los países de la región claramente alineados con Washington, Brasil y México podrían evaluar la posibilidad de aumentar la densidad de su cooperación bilateral. En este sentido, estos dos países disponen de poco más del 50 por ciento del total del PIB de la región. Pero en instancias regionales, solo tendrán dos votos, frente a la mayoría de los países cercanos a la administración republicana en Estados Unidos. En este sentido, la posibilidad de construir posiciones regionales comunes en organismos como la CELAC o la UNASUR se reduce considerablemente.
Paradójicamente, el principal desafío para De la Espriella no será su política exterior, sino la capacidad de sostener internamente ese reposicionamiento internacional. Colombia continúa enfrentando problemas estructurales de seguridad, expansión de economías ilegales, desigualdad territorial y fragmentación política. Si el nuevo gobierno no consigue mejorar la situación económica y contener la violencia, la política exterior corre el riesgo de perder prioridad frente a las urgencias domésticas.
En definitiva, la victoria de Abelardo de la Espriella trasciende el marco colombiano. Representa uno de los primeros grandes realineamientos estratégicos latinoamericanos en la nueva fase de competencia global entre Estados Unidos y China. La gran incógnita será si Colombia logrará transformar ese acercamiento privilegiado a Washington en una ventaja económica y política concreta, o si terminará atrapada en una lógica de confrontación geopolítica que limite su margen de maniobra internacional. En un sistema internacional cada vez más multipolar, la cuestión ya no consiste únicamente en elegir aliados, sino en preservar suficiente autonomía para defender los propios intereses nacionales.
* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics
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