Dejó la guerrilla de Lucio debido a su embarazo, relata la combatiente Guillermina Cabañas

La compañera de armas de Lucio Cabañas, Guillermina Cabañas (al centro), marchó en Atoyac el 2 de diciembre a 50 años de la caída del líder guerrillero, junto a su hija Micaela Cabañas (a la izquierda) Foto: Ramón Gracida

Ramón Gracida Gómez

Atoyac

Para Guillermina Cabañas, una de las 23 mujeres guerrilleras que acompañaron a Lucio Cabañas en la Sierra de Atoyac en distintos momentos que duró la lucha armada, lo más difícil de su participación en la guerrilla del Partido de los Pobres-Brigada Campesina de Ajusticiamiento fue su salida del grupo, “me vine con sentimientos encontrados de dejar a Lucio”.
Embarazada y con hambre por el asedio del Ejército que no dejaba pasar comida a los pueblos, la entonces joven de 25 años y prima del líder guerrillero bajó de la sierra el 12 de agosto de 1974, después de cinco años de participación.
Se ha dejado de lado contar las actividades de las mujeres en la lucha armada encabezada por Lucio Cabañas, “sobre todo por la falta de fuentes”, señaló la hija de los también guerrilleros Rosa Ocampo Martínez y Pedro Martínez Gómez, e historiadora especialista en el Partido de los Pobres, Fabiola Eneida Martínez Ocampo.
Del total de mujeres guerrilleras, seis están desaparecidas, la pareja de Lucio, Isabel Anaya Ayala fue asesinada; y de otras combatientes sólo se conocen sus seudónimos, pero no sus nombres, y de una guerrillera ni su nombre ni su alias.

“Éramos hijas de familia, eras mujer y no podías salir”

Guillermina Cabañas Alvarado nació el 12 de enero de 1949, a los 20 años entró a la guerrilla encabezada por su primo Lucio Cabañas, subió a la sierra de Atoyac porque la represión contra la familia Cabañas se había recrudecido, su hermana María del Rosario estuvo desaparecida un mes y regresó violada; su hermano Humberto está desaparecido desde 1976.
De sus primeras actividades como guerrillera fue organizar a los jóvenes en grupos de entre 15 y 20, pero “nunca pude convencer a otra mujer, yo les decía a mis primas, a las amigas, mira, vamos entrando, vamos apoyar a los compañeros; no, que mi mamá no me va a dejar. Pretextos. Éramos hijas de familia, eras mujer y no podías salir”.
Ella misma lo vivió cuando le dijo a su papá que quería estudiar, pero él le contestó que se iba a casar y la iban a mantener, entonces la futura guerrillera sólo estudió hasta tercer año de primaria porque era lo que había en su comunidad natal de San Juan de las Flores, pero su maestro la inspiró a ayudar a la población.
Al conocer al grupo guerrillero, Lucio, que era “muy noviero”, le dijo a su prima que en el reglamento estaba estipulado el respeto de los hombres a las mujeres o habría un castigo. El trabajo entre hombres y mujeres era “parejo”, ella estuvo un año encargada del banco de armas.
A lo mucho 10 mujeres coincidieron en un momento de la guerrilla, el resto estuvo en diferentes tiempos y “muchas compañeras todavía no salen a la luz o no les gustó”.
El 14 de agosto de 1974, cumpleaños de su pareja, Guillermina Cabañas bajó de la sierra principalmente porque estaba embarazada, “ya me sentía muy mal por la caída que tuve de dos metros más o menos”.
No quería dejar el grupo, pero el Ejército no dejaba pasar comida a los pueblos de la sierra y “ya estábamos sufriendo nosotros de hambre, ni pastilla para un dolor; nomás tenía que pasar un sobrecito, nada más un kilo de azúcar para la familia y las revisaban y les botaban las cosas, entonces a nosotros ya no nos llegaba”.
A 50 años de la muerte del líder del Partido de los Pobres, Guillermina Cabañas dijo que lo más difícil de la guerrilla fue dejarla, “me vine con sentimientos encontrados de dejar a Lucio”, quien le encargó a su hija Micaela, quien también estaba a punto de nacer.
La ex guerrillera tiene 75 años, “bien vividos, sufridos, de todo me ha pasado”, y reivindicó la lucha armada, “íbamos por convicción porque queríamos el cambio, porque veíamos injusticia”.

De la clandestinidad a la investigación

En 1974, Rosa Ocampo también estaba embarazada cuando bajó de la sierra de Atoyac junto con Pedro Martínez y después de una travesía por algunos puntos llegaron a Cuautla, Morelos, donde nació su hija Fabiola Eneida Martínez Ocampo.
Desde muy joven, Fabiola Martínez supo que sus progenitores fueron guerrilleros, “pero era como una carga porque aparte estábamos clandestinos, teníamos otros nombres”, en primer año de primaria era Fabiola Herrera Cervantes y al pasar al segundo año fue entrenada por su mamá para que recordara que su nuevo nombre era el actual.
“Fue difícil porque mi mamá me contaba lo que ella vivió en la guerrilla y, sobre todo, lo más difícil fue que no se lo podía contar a nadie porque me decía: esto no se lo digas a nadie. Entonces era como el gran secreto que yo traía guardado”.
Incluso sus abuelos maternos y paternos supieron que seguían vivos hasta los 8 años de ella.
En su estudio Las mujeres de la Brigada, que forma parte de un trabajo más amplio titulado Los alzados del monte. Historia de la guerrilla de Lucio Cabañas, Fabiola Martínez, profesora de historia en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), unidad Ajusco, Ciudad de México, enlista los nombres y seudónimos de las 23 mujeres que participaron en la Brigada Campesina de Ajusticiamiento.
Son María Argüello Vázquez, alias Rosario; la seudónimo Xóchitl; Simona de la Cruz Martínez, Celia; Ángela Ocampo Martínez, Alicia; Rosa Ocampo Martínez, Estela; María de Jesús Fierro Cabañas, Martha; Guillermina Cabañas Alvarado, Hortensia; Dora Mendoza Sosa, Sofía; María Félix, Minerva; Ana María Trujillo, Bertha; Ana María Ríos García, Arminda; y Marina Ávila Sosa, Silvia.
Asimismo, María Isabel Anaya Nava, alias Carmen, la pareja de Lucio asesinada el 3 de julio de 2011; la del seudónimo Beatriz, fallecida; otra de seudónimo Rosario “no se sabe nada”; y de otra mujer, la investigadora no sabe su nombre ni su seudónimo, sólo que era pareja de Arturo, alias de Esteban Mesino, quien cayó en el mismo enfrentamiento en el que murió Lucio el 2 de diciembre de 1974 en El Otatal, Tecpan.
Las siguientes guerrilleras se encuentran desaparecidas: Martina Fierro, alias Elvira; Aída Ramales Patiño, Nidia; Perla Sotelo Patiño, Hilda; Mariana de la Cruz Yáñez, Maribel; Marquina Reyes o Agüejote, Matilde; Aurora de la Paz Navarro, Lilia.
El trabajo apunta que tres guerrilleras provenían de otras organizaciones armadas y se quedaron un tiempo en la Brigada Campesina de Ajusticiamiento; pertenecieron a la Organización Partidaria que devino en la Liga Comunista 23 de Septiembre. Son Marina Ávila, Aurora de la Paz y la del seudónimo Sonia.

“Las decisiones políticas no las hacían las mujeres”

Con base en diversos testimonios, pero principalmente el de su mamá Rosa Ocampo, Fabiola Martínez dijo que sí hubo igualdad en las actividades domésticas entre hombres y mujeres, “es decir, el día a día, traer leña, cocinar, hacer tortillas, lavar ropa, hacer guardias, todo en ese aspecto era bastante equilibrado”, sin embargo, “las decisiones políticas no las hacían las mujeres porque era una dirigencia de cinco miembros y todos eran hombres”, las mujeres votaban como base por esas decisiones.
Comentó el caso de Simona de la Cruz Martínez, prima de Pedro Martínez, quien fue secuestrada a los 16 años por un hombre de la misma edad, quien la llevó a la Brigada Campesina de Ajusticiamiento porque él era guerrillero.
“Ella nunca lo comentó, nunca se lo dijo a Lucio, yo le pregunté, bueno, ¿no le comentaste que tú habías sido secuestrada?, yo creo que el temor, el miedo de parte del secuestrador. Ésa es una situación grave, digamos, pero tendríamos que contextualizar, no la estoy justificando, tendríamos que contextualizar y ahondar más en ese episodio”.
La historiadora destacó que Simona de la Cruz “fue adaptándose a la guerrilla, que una situación que fue para ella verse en un inicio, se adaptó, digamos, y se sintió como parte de la brigada”.
“Hay que explicar el contexto, el mundo rural, espacio rural, pues muy machista, en aquellos años peor; si ahora tiene ese corte, el machismo y el patriarcado no se han eliminado, pues imagínate en los años 60, que es todavía más crítico para las mujeres”.

Guillermina Cabañas vio cuando se llevaron a su sobrino; aprendió a disparar y se unió a la guerrilla

Guillermina Cabañas Alvarado, prima del líder guerrillero Lucio Cabañas platica su testimonio de la represión de la guerra sucia, ayer en Chilpancingo Foto: Tlachinollan

Zacarías Cervantes

Chilpancingo

Guillermina Cabañas Alvarado afinó su puntería disparándole primero a las calabazas, y cuando estuvo preparada entró a la guerrilla de su primo Lucio Cabañas obligada por la represión que en la década de 1970 sufría la familia del líder guerrillero.
El testimonio de Guillermina fue uno de los que recibió ayer la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las Violaciones Graves a los Derechos Humanos Cometidas de 1965 a 1990 (Comisión para la Verdad), durante el Dialogo por la Verdad.
Ahora de 74 años, la ex guerrillera originaria de San Juan de las Flores, municipio de Atoyac, contó que en ese pueblo la represión más fuerte se vivió entre 1970 y 1972 cuando fue ocupado por los militares.
Entonces había señalamientos contra los familiares del guerrillero Cabañas Barrientos y los militares llegaban a los pueblos y sacaban a la gente a la cancha de básquetbol, y quienes no se apellidaban Cabañas los ponían a un lado y los que sí en otro.
Muy jovencita entonces, Guillermina vio cuando militares se llevaron a su sobrino Antolín Cabañas Fierro, después a Joaquín Cabañas.
“Se sentía mucha impotencia, mucho coraje, no podíamos hacer nada ante las fuerzas armadas”, contó Guillermina, para entonces ya tenía desaparecido a su hermano Humberto y era ella quien lo buscaba.
Dijo que la mayoría de su familia, incluidos sus padres, salieron desplazados para Acapulco y ella se quedó al frente de los trabajos que le correspondían a su papá, pero también, por eso, fue hostigada por la misma gente del pueblo y empezaron a amenazarla.
De eso se enteró Lucio, quien le mandó una carta en la que le decía que se preparara para salir, antes le mandó a unas personas para que le enseñaran a usar armas.
“Yo le tenía miedo a las pistolas, sentía que me iban a explotar en la cara, pero de tanto y tanto me pusieron a prueba con una calabaza a 100 metros y hasta que le pegué me sentí segura”, contó.
Entonces le mandó avisar a sus padres que se iba a la guerrilla porque se estaban llevando a la familia Cabañas, “y no podemos hacer nada”.
Recordó que sus padres lloraron: “No te puedes ir, allá hay puros hombres, te van a tener de cocinera y no sabemos que más vaya a pasar”, le objetaron.
Pero Guillermina insistió, les dijo que prefería irse a que la agarraran con las manos cruzadas, “me tengo que defender, además yo coincido con las ideas de Lucio”, les insistió y se fue.

Dificultades en la sierra

Contó que el primer mes la acompañó su hermano Silvestre para constatar que ahí (en la guerrilla) había respeto.
“Tuve que estar aprendiendo las reglas, los trabajos se hacían parejo por hombres y mujeres. Los hombres tenían que aprender a hacer tortillas, lavar su ropa e igual las mujeres tenían que arrimar leña y los alimentos que se llevaban de otros pueblos”.
En los primeros días Guillermina se dio cuenta de que la vida en la sierra no era como la había imaginado, en el tiempo de lluvias dormían con la ropa mojada y con las botas puestas.
“A veces no podíamos ni prender la lumbre para preparar café o hacer la comida”, y dijo que lo peor fue cuando los militares los bloquearon y no los dejaban pasar alimentos ni pastillas para los enfermos.
Vio a compañeros que les llegaron a picar alacranes o animales ponzoñosos y no tenían antibióticos, ni pastillas para curarse.
Recordó una anécdota: Un día se le prendió una garrapata de las conocidas como del tigre en la entrepierna y le tuvieron que sacar la cabecita con un cuchillo, y la herida se infectó porque no había antibióticos, sólo se lavaba con jabón o con hojas de yerbas que creía eran curativas.
Además por el bloqueo del Ejército cuando no tenían suficiente comida comían raíces, una de ellas la oreja de burro que hervían para ablandarla.
En una ocasión cuando estaban en Los Piloncillos, no tenian alimentos y comieron cola de león que crece cerca de los arroyos. Contó que hervían el camote y en las noches no aguantaban los dolores de estómago por el frío, o porque lo que comían no era suficiente.
“Pasábamos hambre, frio, dolores, calores, diarreas.
Añadió que por esos días subieron unos médicos a apoyarlos y ella aprovechó para acompañarlos a las comunidades para dar consultas y aprendió a inyectar, poner suero, entablillar y a curar las heridas.
Después, cuando algún compañero se enfermaba ella estaba al pendiente de ellos.
Cuando los médicos se fueron le dejaron a su esposo el directorio para saber cómo se aplicaban las medicinas y los antibióticos, y mientras él daba las consultas ella era la enfermera, así apoyaban a las comunidades y los pobladores, a cambio, les daban huevos, frijol, maíz, a veces pollo que se repartían de a pedacitos.
Recordó que a finales de 1973 salió embarazada y se preocupó porque le daba hambre y no había qué comer, a tal grado que cuando le daba vómito lo que arrojaba era espuma.
Recordó que un compañero cercano a Lucio era “muy bondadoso” con ella y cuando salía de comisión pedía en las comunidades comida para llevarle.
Un día llegó y le dijo: “me da pena Hortensia (así la conocían en el grupo) te traje un pan pero viene bien mojado en mi morral, nos llovió y no sé si te lo quieras comer así. Vio que el pan lo llevaba envuelto en hojas verdes; “el hambre es canija, dámelo”, le respondió.
En otra ocasión se enfermó de gripa, tos y temperatura, mero cuando les avisaron que tenían que irse porque se acercaban los soldados.
Para salir tenían que cruzar un río y su esposo tuvo que cargarla para que no se mojara, pero a medio arroyo resbaló y cayeron los dos quedando totalmente empapada. Ambos tuvieron que seguir mojados porque no llevaban más ropa debido a que habían dejado sus mochilas para avanzar más rápido.
La empapada le agravó el dolor de cabeza, la temperatura y hasta quedó sorda.
Sonriente y divertida, contó que se hizo unos calzones de manta con las bolsas de arroz y a su esposo unos calzoncillos, y a éstos le quedaron el letrero de: “suprema” (la marca del arroz).
Dijo que en broma le pidió a su esposo: “no los vayas a tirar, guárdalos, porque ese calzoncillo va a ir a dar al Castillo de Chapultepec cuando termine esto (la guerrilla), pero en el primer arroyo los tiró y ella se enojó; “porque tenía historia ese calzón”, dijo ayer sonriente, contagiando al público.
El 14 de agosto de 1974, cuando tenía cinco meses de embarazo, Lucio le dijo que tenía que salir de la sierra porque ya era peligroso que enduviera en el monte.
De camino a Acapulco por el monte, una noche se cayó de la hamaca y rodó unos dos metros y su embarazo se le complicó, la tuvieron que sacar rápido, pues ya no podía aguantar más.
Explico que esa vez desbarató una bolsa de manta y se hizo una venda larga con la que se envolvió para avanzar más rápido porque ya para entonces los caminos estaban llenos de militares.
Otras parejas aprovecharon para salir con ellos y hubo lugares que atravesaban “como Tarzán, porque no podíamos ir por el camino, teníamos que ir rompiendo el monte para llegar donde pudiéramos dormir y al otro día seguir rumbo a Acapulco”.
Al final pudieron llegar “con muchos trabajos” a Acapulco, “desafiando los retenes y dando muchas vueltas”.
Explicó que en Acapulco ya tenian un lugar convenido donde se iban a reunir todos los que habían salido.
Informó que llegaron todos, y se abrazaron, rieron, lloraron y se despidieron, cada quien le dio por su rumbo, pero días después se iban enterando “que a fulano lo agarraron, y al otro también”.
Una de las que detuvo el Ejército días después fue Migue, a quien Guillermina dijo que quiso mucho; “siempre anduve pegada a ella, nos queríamos mucho”, contó y dijo que, incluso, a una de sus hijas le puso Migue, en recuerdo a ella que sigue desparecida.