El sociólogo noruego Johan Galtung, experto en resolución de conflictos y en construcción de paz, elabora una explicación sobre las violencias a través de su teoría del “triángulo de la violencia”, diversificada en tres tipos: la directa, la estructural y la simbólica o cultural. 1) La violencia directa es aquella que se ejerce directamente a una persona. Es visible, física o psicológica. Hay un perpetrador y una víctima. En este tipo de violencia se integran: discriminación, maltrato físico o psicológico, humillación, acoso, bullying, tortura y asesinato. 2) La violencia estructural es aquella que puede expresarse de manera indirecta, es invisible. Como ejemplo la injusticia social. Está formada por las estructuras que impiden la satisfacción de necesidades básicas. Esta ocurre cuando las personas son condicionadas para ser sujetos de derechos, lo que no les permite su desarrollo integral, como las leyes de segregación racial, las condiciones sociales injustas generadoras de desigualdad social o económica, el acceso desigual a la educación o a la salud.
3) La tercera violencia corresponde a la cultural, que legitima el uso de la violencia directa y estructural mediante actitudes, prejuicios y conductas tales como el racismo, la homofobia, la misoginia, la discriminación y otras más. La cultura de la violencia normaliza las diferentes formas de violencia en la sociedad, lo mismo que violencias institucionales, sistémicas, sociales y familiares. Las personas no se percatan de sus situaciones de violencia y las replican porque no las comprenden como tales.
Sólo la violencia directa es visible a primera vista. Tanto la violencia estructural como la cultural se han hecho invisibles y sólo se reconocen con la mediación del análisis de los conflictos. Según Galtung, la violencia corresponde a una mala gestión de los conflictos, que pudieran haberse resuelto de manera pacífica a través del diálogo o los consensos. De esta manera las violencias directas, como las que estamos viendo a lo largo y ancho de nuestro país (secuestros, desapariciones forzadas, extorsiones, desplazamiento forzado y demás) sólo pueden ser explicadas satisfactoriamente a través del análisis estructural y cultural, como resultados de una gestión violenta de los conflictos.
Desde la visión de Galtung, en nuestro país hay respuestas a las violencias directas desde las fuerzas armadas y policiacas; y a las violencias estructurales desde algunas políticas públicas de los gobiernos federal y estatales. Lo que sí no vemos son las respuestas a las violencias culturales a las que los gobiernos y la sociedad civil, contando con un gran potencial podrían colaborar de una manera amplia, masiva e integral.
Estas violencias culturales se transmiten mediante tradiciones y costumbres llenas de ideas distorsionadas, actitudes, sentimientos y conductas, aparentemente inocuas o sanas, que circulan campantemente a la vista de todos. Aparecen como normales y nadie se pregunta sobre sus efectos dañinos y violentos. Están ahí, como soportes y justificadoras de las violencias directas y estructurales, con un efecto devastador. Así, aparecen como socialmente aceptables, pensamientos, actitudes e ideas generadoras de violencias como la discriminación, la marginación, la exclusión, el machismo, la resignación social, el manejo violento de las emociones y sentimientos, los prejuicios, el infantilismo y el paternalismo político, que van juntos.
Las ideologías dominantes, tales como el individualismo, el inmediatismo y el consumismo permean ideas que activan procesos violentos en la sociedad y discapacitan para la solidaridad, la empatía, la organización y movilización para causas justas. No sabemos ser solidarios ni sabemos protestar cuando las autoridades no responden a tiempo a las necesidades de la población. Si la gente tiene desconfianza en las autoridades suelen protestar generando daños y violentando a terceros. Sucede cada vez que hay desaparecidos y con la protesta mediante bloqueos exigiendo apoyos gubernamentales. No sabemos protestar de manera pacífica o no violenta porque no ejercitamos la paciencia histórica que, a la larga, da mejores resultados.
La escuela pública tendría que contar con un programa orientado a contrarrestar la violencia cultural o, dicho de otra forma, a construir una cultura de paz. Lo mismo hay que decir de la universidad pública. La escuela y la universidad privada tendrían que hacer otro tanto. Y los medios de comunicación con su gran potencial, transmitiendo información con un enfoque de construcción de paz.
La familia mexicana tiene un inmenso potencial que puede ser abordado desde las instituciones públicas, privadas y sociales. Ahí necesitan ser modificados prejuicios dañinos hacia las mujeres y los niños. Pensamientos, emociones y sentimientos no violentos pueden generar un modelo pacificador de familia que contribuya inmensamente al bien del país. Otro tanto hay que decir de las iglesias, de la iniciativa privada, de las organizaciones y redes de la sociedad civil, ya feministas, ambientalistas, campesinas y sindicales.
Las transformaciones políticas y económicas necesitan un sustento cultural, que podemos construir entre todos los actores públicos, privados y sociales. Sin atender la violencia cultural, la respuesta a las demás violencias puede revertirse a largo plazo. Necesitamos una cultura de paz, con sentimientos y pensamientos de paz, para que la paz sea estable y duradera. La cultura de paz es fundamental para una paz sostenible.

