Ante los hallazgos en ese infierno ubicado en el rancho Izaguirre del municipio de Teuchitlán, Jalisco, no hay palabras adecuadas para expresar el dolor de las familias de desaparecidos y demás víctimas de las diferentes violencias. En este momento, hay más preguntas que respuestas sobre lo que este hecho revela acerca de la realidad de nuestro país. Sentimos vergüenza de este horror que ha visibilizado lo que ha sucedido en este lugar: un campo de adiestramiento de sicarios, a la vez que un campo de exterminio. Una vergüenza que debiera ser nacional. Los pensamientos y los sentimientos entremezclados arrojan tantas preguntas que necesitan una respuesta justa y objetiva para entender lo que pasa en nuestro país y encontrar las respuestas proporcionales a este infierno que está diseminado por todas partes. Ahora quiero exponer mis preguntas relacionadas con cinco sujetos.
Las buscadoras. Por fortuna, hay colectivos por todo el país, de madres y padres que buscan a sus hijos, de familias que se organizan para buscar y encontrar a sus desaparecidos. Creo que, en este momento, representan lo mejor de este país. El dolor que llevan en el alma las lleva a organizarse para transformarlo en solidaridad y en servicio a México. Hacen lo que el Estado no hace, es más, sustituyen al Estado en tareas que le tocan a sus instituciones. Las buscadoras, que en su mayoría son mujeres y son madres, no buscan confrontarse con nadie, ni con las instituciones del Estado, ni con los grupos del crimen organizado, ni con la sociedad. Lo que buscan es encontrar a sus desaparecidos, a los más de 125 mil que aún no se encuentran. Esta es su prioridad. Pero sí les resulta angustiante la indiferencia de la sociedad y la indolencia de las autoridades. Ellas son la reserva moral que se va construyendo, poco a poco, en este país. Y es posible que ellas se conviertan en la vanguardia para una estrategia social de construcción de paz.
México. Hay preguntas que me revolotean en la mente. ¿Quién manda en México? ¿A quién le pertenece el país? Los cárteles se comportan como si fueran sus dueños. ¿Por qué hemos permitido que nos lo arrebaten de nuestras manos? Muchos mexicanos buscamos transformar este país, pero nuestra democracia no funciona aún para eso. Los gobiernos están muy ocupados en obtener o retener el poder político que no se dan tiempo para esto. Y los ciudadanos lucimos nuestra indiferencia ante el dolor ajeno. México tiene el potencial para alcanzar la paz y no necesita que poderes extranjeros lo hagan. Históricamente hemos salido adelante en los conflictos armados internos.
La sociedad. ¿Por qué aceptamos vivir con miedo y no nos organizamos para desafiar los infiernos que tenemos por todas partes? ¿Cuáles son las causas que no nos permiten contribuir a la construcción de la paz, desde las familias, desde la vida laboral y desde las comunidades? Nos hemos acostumbrado a la violencia y la miramos como una nueva normalidad. Y, por otra parte, la sociedad civil organizada está muy fragmentada. Coda organización tiene su propia agenda de manera individualista y es incapaz de establecer una agenda común como es la construcción de la paz. Entidades sociales como universitarios, empresarios, iglesias, ambientalistas, feministas, maestros, colegios profesionales, sindicalistas, obreros y trabajadores tienen un gran potencial, que está desactivado por el individualismo social. ¿Acaso no podemos, todos juntos, proponer un proceso de justicia transicional para sacar al país adelante? Necesitamos verdad, justicia, memoria y estrategias de no repetición.
El Estado. ¿Por qué la indolencia estructural del Estado y de sus instituciones ante tanto dolor? ¿Es que las instituciones del Estados están en su burbuja de poder y no les importa el sufrimiento de la gente? ¿Por qué al tema de las víctimas de las violencias, de todas las violencias, las visibles y las invisibles, las que se dan en las familias, en las comunidades, en los territorios y en todas partes, les incomodan y no las atienden en su debida proporción? ¿Por qué han renunciado a su responsabilidad pública para sanar esta herida nacional? ¿Qué están esperando para incluir a la sociedad en una estrategia social vinculada a la estrategia política? ¿No se han dado cuenta que los gobiernos, los tres órdenes de gobierno, sin contar con la sociedad, nunca podrán extirpar el virus de la violencia y de la inseguridad? ¿Qué esperan para reconocer que la estrategia federal de seguridad no está funcionando, cuando se acumulan muchos más muertos y más desaparecidos? ¿Qué les sucede a los partidos políticos, a todos los partidos, que llevan en su ADN la insensibilidad ante el dolor y han excluido de sus agendas políticas a las víctimas de las violencias? ¿Y qué ocurre en los legisladores locales y federales que muestran escaso interés por las reformas legislativas que ayuden a afrontar la violencia de este país y el dolor de las víctimas? ¿Por qué atienden los temas que suponen como los ‘políticamente correctos’ en la búsqueda de más poder? ¿Por qué no legislan para frenar las omisiones, las colusiones y las sumisiones de los poderes públicos ante la delincuencia organizada?
Los infiernos. Hay infiernos por todas partes, pequeños y grandes. Hay familias que son verdaderos infiernos, en las que el más fuerte, que suele ser el adulto y varón, impone su propia ley a la fuerza. Y hay territorios en los que gobiernan los narcotraficantes, imponiendo sus reglas en la economía, en la política y en la cultura en lo que ellos consideran sus territorios. Vivir con miedo es un verdadero infierno. Salir a la calle, también. Los grandes cárteles mexicanos crecen. Buscan dinero y poder con sus negocios sucios, caiga quien caiga. A ellos se suman otros grupos criminales que viven de la industria de la extorsión, del cobro de piso, del secuestro, del control de la economía de los territorios y demás. Mas ahora, se ha hecho visible el infierno ubicado en el rancho Izaguirre de Teuchitlán convertido en campo de adiestramiento de sicarios y de también, de exterminio. Y es posible que encontremos otros infiernos como este.
Este infierno nos obliga a detenernos, para mirar nuestro pasado y nuestro futuro desde nuestro presente. Aprender de nuestro pasado y proyectar nuestro futuro. Necesitamos repensar a nuestro país de una manera diferente y aprender a escucharnos unos a otros y a dialogar, visualizando el futuro que queremos y necesitamos. La paz la podemos lograr juntos, los gobiernos liderando a la sociedad.
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Una clave para la construcción de paz: el diálogo
La vida los pueblos está construida como un tejido de relaciones: relaciones interpersonales, familiares, comunitarias, institucionales y sistémicas. Relaciones de talante económico, político, cultural, ambiental y social. En fin, un tejido de relaciones en las que todas ellas van interactuando. Lo más normal en dichas relaciones es que sucedan conflictos. Vemos por todas partes, conflictos familiares, comunitarios o interpersonales, a la vez que conflictos ambientales y políticos. Los conflictos son parte del fluir de la vida.
Hay dos maneras posibles en las que se pueden afrontar y resolver los conflictos: la una, violenta y, la otra, pacífica. Este es el gran problema ante el cual tenemos que tomar una decisión: ¿Cuál forma decidimos? La forma violenta va a acrecentar los conflictos en lugar de resolverlos y, posteriormente va a generar otras violencias. Johan Galtung, un gran estudioso sobre resolución de conflictos y construcción de paz, asegura que hay que distinguir entre las diversas violencias. Hay una violencia directa, que es muy visible para todos puesto que la miramos en la vida diaria, en la familia, en la comunidad y en nuestras calles., mientras que las violencias culturales y estructurales no son visibles a primera vista, pero están ahí pues se manifiestan con una gran fuerza destructora, complicando más y más los conflictos.
Mientras tanto, la resolución pacífica de los conflictos se orienta hacia la construcción de la paz. El diálogo entre todos los actores y afectados por la violencia es la herramienta fundamental para la construcción de paz, siempre que se haya elegido este camino. Porque permite la cercanía entre actores y afectados para resolver los conflictos subyacentes a las violencias, a todas las violencias, directas, culturales y estructurales. Este diálogo incluye el acercamiento entre actores y afectados para visualizar, de manera proporcional, los orígenes y los estragos de las violencias que están presentes.
El diálogo para la paz tiene sus presupuestos. Uno es el reconocimiento que la verdad sobre la realidad y sobre las violencias nadie la tiene. Cada parte ve solo un lado y, dialogando es como podemos compartir todos los puntos de vista. De esta manera, cuando dialogamos tenemos una mejor percepción de las violencias para afrontarlas de manera proporcional. Otro presupuesto está en la actitud empática que orienta la conversación para escuchar activamente y entender, libres de prejuicios, a la otra parte o a las otras partes. De esta manera se procede a una interpretación del conflicto y a procesarlo de manera pacífica.
¿Y qué es la construcción de la paz? Según la Academia para la Paz, es “el conjunto de medidas, planteamientos y etapas necesarias encaminadas a transformar los conflictos violentos en relaciones más pacíficas y sostenibles”. El diálogo para la paz tiene que ser incluyente, de actores y afectados. El diálogo, en el caso colombiano, ha buscado el encuentro de actores violentos como las organizaciones guerrilleras (FARC y ELN), los paramilitares y los narcotraficantes. Participan también, el gobierno nacional, los gobiernos departamentales y autoridades locales de los territorios ocupados por ejércitos ilegales y las víctimas de las violencias (desplazamiento forzado, familias de desaparecidos y homicidios), sobre todo. Además, actores de la sociedad civil colaboran como facilitadores o acompañantes de estos procesos de diálogo y participan también actores internacionales, como la ONU y otros más.
Un primer objetivo del diálogo para la paz está en involucrar a comunidades diversas y divididas en una conversación constructiva para romper prejuicios y reconstruir la confianza necesaria para desarrollar los procesos necesarios del camino hacia la paz. Algunos principios que ayudan a la consolidación de la paz hacen énfasis en la inclusión, la imparcialidad, la transparencia y la apropiación local, reconociendo la importancia de involucrar a todas las partes interesadas, incluidos los grupos marginados, en el proceso de paz.
Uno de los graves problemas que tenemos en México es que no sabemos dialogar debido a la desconfianza y a los prejuicios que se han estructurado desde nuestro pasado. Los gobiernos, hasta ahora, no saben escuchar ni menos, dialogar. Los plantones, los bloqueos de calles y carreteras han sido una muestra de gobiernos que no saben escuchar. Y la sociedad civil que tenemos, está demasiado fragmentada debido al individualismo que padecemos desde hace mucho tiempo. Las organizaciones gremiales, de profesionistas, las iglesias, las universidades y los empresarios, cada uno se va por la libre. Por lo mismo, necesitamos generar procesos de empatía, de escucha y de diálogo. En otras palabras, necesitamos actitudes democráticas que requieren la escucha y el diálogo para resolver conflictos. La democracia se construye escuchándonos entre todos. Por esto mismo, el diálogo, como condición para la democracia es indispensable para construir la paz.
El camino hacia la paz implica la certeza de que ésta es posible si todos ponemos la parte que nos toca. Para ello, necesitamos una serie de aprendizajes, como una visión del bien común, de todos, de forma incluyente, la colaboración; el fomento de nuevas formas de relación entre la sociedad civil, las empresas, el gobierno, las comunidades religiosas y las instituciones educativas; la asunción de riesgos; la apertura a nuevas posibilidades; y el coraje.
La Carta de la Tierra dice que “… la paz es la totalidad creada por las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras formas de vida, con la Tierra y con el todo más amplio del que todos somos parte…” (Carta de la Tierra, 2000). Y cuando se habla de las relaciones correctas, hay que preguntarse sobre los valores, principios y ética que informan y sostienen las relaciones, y cómo y por quién se determinan.
John Paul Lederach, un académico que acompaña en diversos países procesos de construcción de paz y de resolución de conflictos, tiene un concepto propio sobre la consolidación de la paz, que él describe como “un concepto integral que abarca, genera y sostiene toda la gama de procesos, enfoques y etapas necesarios para transformar el conflicto en relaciones más sostenibles y pacíficas”. (Lederach, 1997). Los procesos de transformación de conflictos reparan, nutren y construyen relaciones correctas que se basan en principios de justicia que comprenden las condiciones que deben estar presentes para que florezcan las relaciones correctas.
Vivimos en tiempos de pluralidad, en los que nos relacionamos entre diferentes. Tenemos el derecho de vivir, de convivir y de pensar diferente. No hay que tener miedo a las diferencias, puesto que así somos. Hay diferencias políticas, ideológicas, económicas, sociales y culturales. Necesitamos encontrarnos en cuanto diferentes y, además, escucharnos. Y aprender a dialogar. En la familia y en la comunidad, Las autoridades tienen la obligación de escuchar y de dialogar, puesto que para eso fueron elegidas. Las diferencias políticas tienen que pasar a segundo plano ante la necesidad del diálogo para la paz. Y así, la polarización por razones políticas irá disminuyendo. Podemos ser adversarios, pero no enemigos.
Y en cuanto a las organizaciones del crimen organizado, sobre todo las que tienen intereses ilícitos en el narcotráfico, que históricamente se fueron desarrollando con la protección solapada de policías, militares y gobernantes, ¿qué podemos decir? El mejor modo de afrontarlos es el diálogo porque necesitamos gobiernos fuertes y una sociedad fuerte que se construyen mediante el diálogo para llegar a acuerdos sociales y políticos que nos den la fortaleza que necesitamos para debilitarlos y para que dejen de ser una amenaza para el país y construyamos la paz que deseamos. Sin el diálogo, no tendremos ni gobiernos fuertes –nada autoritarios– ni una sociedad fuerte, en donde crezcamos en la confianza y en la escucha.
Las deportaciones como oportunidad
El presidente Trump llegó, por segunda ocasión, al poder con la espada desenvainada. Es un guerrerista práctico. Con tal de darle grandeza a su país, está dispuesto a todo. En estos primeros días de su gobierno ha abierto varios frentes de guerra con los países que percibe como un peligro para la grandeza de Estados Unidos. Guerras comerciales, guerras racistas, guerras para anexarse de territorios que no le pertenecen, guerras culturales y, posiblemente, guerras militares. Con esta actitud guerrerista es previsible que Trum genere graves daños a su propio país y al mundo. Este es un mal signo de la actitud imperialista de la sociedad norteamericana, un signo de decadencia.
En cuanto a México, el presidente estadunidense ya está cumpliendo sus dos grandes amenazas. La más grave es la deportación masiva de mexicanos indocumentados y la otra es el alza de los aranceles para las exportaciones de productos hechos en México. Otra amenaza estaría en la intervención militar contra los cárteles de la droga mexicanos.
Esta situación puede derivar en una crisis en la relación entre los dos países, con efectos económicos, sobre todo, para la economía mexicana que mantiene una dependencia de la economía norteamericana. Las crisis requieren respuestas proporcionales a las mismas. ¿Acaso esta crisis no sería la ocasión para pensar en el futuro de México, reconociendo las condiciones que han dado lugar a la migración forzada de mexicanos al país del norte? ¿Por qué nuestros paisanos tienen que irse a Estados Unidos buscando los dólares que necesitan para enviar remesas a sus familias? Hay que pensar en las frágiles condiciones económicas de los trabajadores en México. También de los desempleados y quienes viven del comercio informal. La desigualdad social expulsa a nuestra gente hacia el país del norte. Otro factor que por hoy está obligando a muchos paisanos a refugiarse allá es el clima de inseguridad y violencia, y en Estados Unidos han encontrado asilo para proteger a sus familias.
El asunto está en que, para la población empobrecida, México no tiene las condiciones necesarias para que se queden. La pobreza extrema, la desigualdad social y la violencia han sido las causas de la migración forzada al país del norte. Por eso tenemos que pensar en un proceso de reconstrucción del país para que la gente no tenga que irse. Tenemos que pensar a nuestro México con un futuro digno para todos. Y lo podemos pensar en términos de derechos humanos en sus cuatro generaciones para que todos los mexicanos tengamos las oportunidades que necesitamos para una vida digna.
La primera generación de derechos humanos se refiere a los derechos civiles y políticos, como la libertad de expresión y el derecho al voto. La segunda generación incluye los derechos económicos, sociales y culturales, como el derecho al trabajo digno, a un espacio libre de violencia, a la salud y a la educación. La tercera generación se centra en los derechos colectivos, como el derecho al desarrollo y a un medio ambiente sano. Por último, la cuarta generación abarca los derechos digitales y tecnológicos, como la protección de datos personales y la libertad en internet.
La crisis provocada por Trump sería para nuestro país la oportunidad para reconstruirlo con la dignidad que todos necesitamos y merecemos, donde se garanticen de manera eficaz todos los derechos para todos, donde nadie tenga que emigrar de manera forzada porque carece de condiciones para vivir con dignidad. Si el Estado aspira a que se respete la soberanía del país, tiene que esforzarse por cuidar la dignidad de cada mexicano para que nadie se sienta obligado a irse.
De esta manera, podemos mirar la crisis que se avecina como una oportunidad para visualizar a México con mejores condiciones de vida para que nadie tenga que irse porque no encuentra las condiciones económicas y sociales que necesita para vivir con dignidad. Hay que pensar en el país, en su futuro y, al mismo tiempo, en cada mexicano. Que nadie tenga que irse porque no haya condiciones para vivir con dignidad. Que los gobiernos acepten y cumplan sus responsabilidades para que esto suceda. Hasta ahora no han planteado esta alternativa. Y que el pueblo haga otro tanto.
Honestidad y diálogo para la paz
La realidad es una, es única, pero es compleja. Cada persona la mira desde uno de sus lados, desde una de sus facetas, desde una de sus perspectivas. La realidad es única pero las miradas son diferentes, según el lugar en el que cada quien se coloque o se relacione con ella. Es diferente la mirada desde arriba, desde abajo o desde alguno de sus lados. Cuando hablamos de la mirada, estamos hablando de la “percepción” o de su “lectura”. La percepción no es la realidad, sino una manera de leerla o de interpretarla, de acuerdo con el tipo de relación que se tenga con ella.
Sobre la situación de violencia en Guerrero, cada quien la interpreta o la lee desde el lugar en el que está colocado. Una lectura es la de quienes están en el poder público, otra diferente es la de la iniciativa privada, otra más la de las organizaciones sociales, otra diferente es la de los campesinos y obreros. Los comerciantes y los transportistas tienen su propia interpretación, lo mismo que los jóvenes y los niños. Cada quien la mira desde su propia experiencia y desde sus legítimos intereses.
Hay diferentes tipos de miradas o lecturas de la realidad. Está, por ejemplo, la mirada excluyente, aquélla que no admite otras miradas y se establece como la única. Está también la mirada maliciosa, aquélla que esconde intereses ilegítimos o ilegales mediante mentiras, falsedades o medias verdades. O la mirada ideológica, aquélla que le da primacía a esquemas ideológicos o proyectos partidistas desde una lectura sesgada o parcial de la realidad. También podemos hablar de aquella mirada de la realidad carente de autocrítica que se cree acabada o terminada.
Cada una de estas lecturas de la realidad tienen aspectos válidos, en la medida en que se reconocen como interpretaciones parciales e incompletas y se someten a la autocrítica. Pero si se conciben como miradas absolutas, integrales y completas, incapaces de abrirse a miradas diferentes o hasta contrarias, suelen tener consecuencias dañinas, con tendencias a la polarización social o política o a las descalificaciones de otras miradas.
Las violencias que sufrimos en el estado de Guerrero expresan conflictos, unos viejos y otros nuevos. Es importante entender dichos conflictos mediante el diálogo social y político en el que se escuchen todas las lecturas que puedan darse, en orden a encontrar los caminos necesarios para transformar dichos conflictos. Los conflictos sólo se transforman de manera pacífica.
En Guerrero hay conflictos estructurales e institucionales. Los hay en la economía y en la política. Suelen ser tan complejos que ningún actor, ni social ni político ni económico es capaz de resolverlo por sí mismo. En este contexto, la delincuencia organizada se ha montado en los conflictos que ya teníamos y ha generado otros. Es su manera de intervenir, a través de los cárteles, de las bandas criminales, del narcotráfico y demás vertientes criminales.
Las bandas de la delincuencia organizada son, principalmente, actores económicos que edifican empresas privadas y operan en mercados ilícitos haciendo crecer sus ganancias económicas con el fin de establecer monopolios. Pero también son actores políticos porque siempre buscan la protección de instituciones del Estado, como policías, militares, fiscales, etc. Son más evidentes estas relaciones políticas en los procesos electorales.
La delincuencia organizada se entrecruza en medio de los conflictos económicos y políticos que ya existen, los acelera por medios violentos y los resuelve buscando beneficios propios.
Para transformar los conflictos económicos y políticos se impone la necesidad del diálogo social y político que integre todas las miradas para elaborar diagnósticos, como acercamientos a la realidad de las violencias en todos los contextos de los territorios. Los gobiernos, federal, estatal y los municipales tienen su lectura de la realidad. Esta lectura es importante, pero no es completa. Requiere una actitud de diálogo para escuchar las lecturas que tenemos en la sociedad. Los académicos y universitarios tienen una lectura propia, los jóvenes tienen otra lectura, las iglesias tienen la propia, los empresarios tienen la suya y los trabajadores tienen otra más. ¿Acaso es imposible conjuntar las diversas lecturas para escucharnos todos e ir integrando el sentir de todos? Entre todos, autoridades y sociedad, asumiendo nuestras diferentes responsabilidades podemos abrir un camino que incluya a todos los actores locales o regionales.
El mejor acceso a la situación de inseguridad y de violencia que vivimos en el estado de Guerrero, incluye el diálogo como herramienta necesaria que nos ayuda a escuchar todas las voces y a considerar todas las miradas. El caso es que los gobiernos son quienes toman las decisiones, pero carecen de mecanismos para la escucha de la sociedad. Por eso, ya nos hemos acostumbrado a las ocurrencias de las autoridades que no son sostenidas por análisis y diagnósticos ni científicos ni de sentido común.
El diálogo social y político puede dar lugar a procesos que incluyen variados proyectos, con una articulación local, regional y nacional, incluyendo a todos los actores necesarios. Es aquí donde se requiere la reconstrucción del tejido social con el fin de lograr la mayor participación social. De esta manera se va construyendo una arquitectura de acuerdo con los actores presentes en los ámbitos locales y regionales.
Concluyendo, la paz será el fruto de procesos de diálogos políticos y sociales en los que todos somos escuchados pronunciando las más diferentes voces, de manera que las autoridades estén en condiciones de tomar buenas decisiones. En este sentido, la democracia incluye la escucha de las diferentes lecturas de la realidad. Los gobiernos no pueden ser fieles intérpretes de la lectura de la gente si no la escuchan.
El acceso a la realidad a través del diálogo requiere de la honestidad, que orienta a dar respuestas a la realidad misma y no a intereses facciosos o a lecturas maliciosas o sesgadas. La honestidad ante la realidad camina al lado de la honestidad ante el pueblo. La honestidad ante la violencia que nos agobia desde hace muchos años nos hace capaces de dar respuestas incluyentes e integrales. Llevamos, al menos, dos décadas lidiando contra la delincuencia organizada, y en lugar de que disminuya la violencia va en aumento. Esto sucede, entre otras cosas, porque no hay honestidad ante la realidad.
El camino hacia la paz pasa por la escucha y por el diálogo que dan acceso a la realidad. Y también pasa por la honestidad de todos, sobre todo, de quienes toman las decisiones. Sin escucha y diálogo no hay honestidad que valga porque solo se escuchan a sí mismos y deciden solos, sin el pueblo.
Un corazón desarmado
Una iniciativa que Paulo VI estableció en el año 1968, en el entonces contexto de la guerra de Vietnam que provocó tanta sangre, la Jornada Mundial de la Paz, cuya edición LVIII se ha celebrado el pasado 1 de enero, con un mensaje del papa Francisco, quien eligió como tema “Perdona nuestras ofensas; danos paz”, destacando el valor transformador del perdón y su papel en la construcción de una paz verdadera.
En este mensaje Francisco ha propuesto tres cosas muy precisas: 1) Una notable reducción o una total condonación de la deuda internacional, que grava los destinos de las naciones empobrecidas; 2) Promover el respeto de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, y la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones; y 3) Destinar al menos un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite en los países más pobres actividades educativas, y a su vez, dirigidas a promover el desarrollo sostenible. Estas medidas darían un gran alivio internacional a la causa de la paz.
Aboga Francisco para que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene ni con tratados de paz, ni con mesas de compromisos políticos. “Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado”, sostiene Francisco. ¿Qué entiende con esta expresión de un corazón desarmado? Se refiere a detener esa carrera armamentista que se desata en el corazón humano mediante la cultura de la muerte, los estilos de vida y actitudes guerreristas, como pueden ser los cálculos económicos y políticos, la defensa a ultranza de la propiedad privada y de las posiciones extremas, el miedo, el odio, la desesperación, la indiferencia, la mediocridad, la pereza y la sordera ante las razones de los otros. Es necesario desarmar el corazón para acabar con la guerra, para renunciar a las venganzas y para abrirlo a las necesidades de los otros.
Desarmar el corazón significa, en este caso, ir al encuentro de los otros, de los que sufren y de quienes no piensan ni viven como nosotros, la escucha atenta a quienes necesitan de nuestra atención, abrir el corazón ante el desaliento y las contrariedades para mirar con esperanza al bien para este mundo. Un corazón desarmado es el secreto de la sabiduría para mirar nuestro afligido mundo de manera esperanzadora.
Una vez desarmado el corazón, hay que reconstruirlo con ingredientes espirituales, como la esperanza, la solidaridad, la gratuidad y el perdón. “Sólo a través de la esperanza recuperaremos una vida que sea algo más que supervivencia. Sólo la esperanza amplía el horizonte de lo que tiene sentido, lo que vuelve avivar la vida, a darle alas, a inspirarla. Sólo la esperanza nos brinda futuro” (Byung-Chul Han). La solidaridad sucede cuando el ego se transforma en el cuidado de los otros, de quienes sufren y de la naturaleza. Y la gratuidad sostiene la lucha por el bien común más allá del bien propio, sin protagonismos ni beneficios ocultos. El perdón, por su lado, constituye la renuncia a la venganza y a los prejuicios que la acompañan.
El corazón desarmado y reconstruido necesita ser parte de un cambio cultural que, junto con los cambios estructurales necesarios, contribuyan a la construcción de la paz en nuestro contexto local y en el contexto nacional. Con el corazón reconstruido con actitudes de esperanza, solidaridad, perdón y gratuidad, pueden esperarse cambios duraderos y sostenibles. Desarmar el corazón es fundamental, al lado de cabios relacionales, institucionales y estructurales, para construir la paz. Quien vive alimentando la furia, el resentimiento, el miedo y la desesperanza se hace incompetente para hacerlo. Es necesario un corazón desarmado y reconstruido a partir del amor a sí mismo y a su prójimo para que la esperanza y la solidaridad sean eficaces.
Un abogado de causas desesperadas
Las reliquias de San Judas Tadeo, abogado de las causas difíciles y desesperadas, para sus devotos católicos y no católicos, han sido llevadas en un recorrido, desde el mes de julio pasado, por diócesis de distintos estados de la República y, ahora por el estado de Guerrero, pasando por Chilpancingo, Tlapa y Acapulco. Durante estos últimos días, estas reliquias han pasado por parroquias de Acapulco, la montaña, Costa Grande y Costa Chica. Estas reliquias consisten en un fragmento de hueso del apóstol Judas Tadeo, colocado en un relicario en forma de brazo.
Lo que ahora quiero destacar son las razones por las cuales sus devotos, por lo general, viven situaciones desesperadas, que les impulsan a buscar un sentido y una salida a su situación tan difícil y complicada y, hasta imposible, justo en el plano espiritual. Si no encuentran respuestas en las condiciones de la economía, en la política o en la religión, que atiendan estas causas desesperadas, por esto mismo, éstos buscan respuestas en la “devoción a un santo”, buscando salir de apuros.
Buscan respuestas a situaciones de enfermedad, de desempleo, de inseguridad, de violencia imparable, de carencia de servicios básicos, como el agua, un pedazo de tierra y a otras situaciones más. En todo caso, es el sufrimiento el que golpea a quienes buscan salidas implorando compasión, empatía, escucha y remedio a estos males. Cuando los gritos de los devotos de san Judas suben al cielo, es porque no han encontrado en la tierra respuestas que satisfagan sus necesidades más apremiantes.
¿Y cuales son estas causas desesperadas que inciden en esta devoción? Hay algunas que se han expresado a lo largo del recorrido de estas reliquias del apóstol Judas Tadeo. Quiero destacar ahora algunas situaciones difíciles y desesperadas que están incidiendo en muchos devotos que gritan al cielo invocando a San Judas.
Una causa desesperada está en la situación de violencia y de inseguridad, que por tres sexenios sigue galopante porque ni los gobiernos ni la sociedad misma hemos atinado a dar respuestas eficaces, por complicidades, omisiones, colusiones y sumisiones. Los ciudadanos no hemos logrado las condiciones necesarias para afrontar este flagelo mayor que nos ha estado rebasando desde hace tanto tiempo. Nos experimentamos indefensos, desprotegidos y vulnerables y ya no podemos más. Hay quienes miran al cielo buscando respuestas del cielo y hay quienes buscan caminos de concientización, de organización y de movilización para construir respuestas comunitarias y sociales que abran caminos hacia la seguridad y hacia la paz. Aún así, vemos muy lejos la salida del túnel de la violencia que nos permita esperar condiciones para la paz.
Otra causa desesperada por la que sus devotos buscan a San Judas, como un último recurso, son las enfermedades y los achaques de la vejez, puesto que el Estado no ha respondido aún con los hospitales de primer nivel prometidos, ni con las medicinas necesarias, ni los servicios médicos al alcance de todas las comunidades. Tampoco hemos sabido cuidar la salud para prevenir enfermedades. Por fortuna, aún persisten las medicinas tradicionales en sus diversas versiones para “curar el empacho, la vergüenza, el mal de ojo, el espanto” y otras más, como la gente les llama. A su vez, han florecido otros sistemas de medicina alternativa que alivian esta necesidad tan descuidada.
Una causa desesperada más está relacionada con la ancestral pobreza extrema, alimentaria y de capacidades de un gran segmento de población, cuyos ingredientes han sido la crónica corrupción pública, el modelo neoliberal de producción, el consumismo y el individualismo. ¿Hasta cuándo esperaremos respuestas justas y proporcionales para reducir esta situación que aflige a tantos guerrerenses que están en el último vagón de este país?
Otra situación desesperada en México está en la complicada administración de justicia, como un fardo que pesa sobre la población. La corrupción en el Poder Judicial y en las fiscalías son factores determinantes. Por otro lado, estas instituciones no suelen atenerse a sus marcos legales, sino a líneas políticas desde el poder público o desde los poderes fácticos. El clamor por la justicia sube al cielo para ser escuchado y atendido.
Carlos Marx decía que la religión es, al mismo tiempo, expresión y protesta de las condiciones reales de la vida: “El sufrimiento religioso es, al mismo tiempo, expresión del sufrimiento real y protesta contra el sufrimiento real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de las condiciones sin alma. Es el opio del pueblo”. (Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, de 1843). Según esta versión marxista, el sufrimiento tiene un lenguaje religioso y, a su vez, es una protesta con lenguaje religioso ante dicha situación.
Esto significa que existe una forma de protesta con lenguaje religioso. Se busca que el cielo responda a lo que la tierra no ha respondido. Es una manera de protestar ante los derechos a la paz, a la salud, a un sistema económico más humano, en la tierra, el país y en nuestra región. De esta forma, la devoción a San Judas Tadeo, como expresión religiosa y espiritual, puede significar una protesta ante las condiciones inhumanas que circulan por todas partes.
No coincido del todo con la versión marxista, debido a su visión reductiva sobre el ser humano, pues la religión no sólo responde al sufrimiento humano, sin también a una visión del ser humano de sí mismo que lo trasciende, a una aspiración tan humana como es la búsqueda de la verdad, la justicia, la paz y la libertad, que trascienden más allá de lo que somos. En lo que sí coincido es en que la religión puede ser una forma de protesta relacionada con la dureza de la realidad que cada persona tiene que afrontar, buscando un horizonte de esperanza para lograrlo.
Lo que sí resulta necesario es fortalecer la esperanza como categoría teologal, tarea específica de la evangelización desarrollada en la Iglesia católica, para prevenir y evitar la fuga de este mundo. La devoción a San Judas Tadeo, como práctica religiosa suele ser ambigua, con elementos valiosos y elementos dañinos. Necesita ser corregida para convertirse factor de cambio social. Además de mirar al cielo, justo se requiere de cambiar las condiciones económicas, políticas y sociales que provocan situaciones de dolor. Que el clamor que sube al cielo por las causas desesperadas que parecen imposibles, sean transformadas en el mundo real. De esta manera esta devoción, al tiempo que mira al cielo se responsabiliza de lo que sucede en la tierra, con la fuerza teologal (espiritual) de la esperanza que surge de la evangelización.
¿Por qué la delincuencia organizada ha avanzado tanto?
La delincuencia organizada tiene sus factores de crecimiento. Sabe cómo controlar la economía, cómo encaramarse en la vida política y cómo construir su propia subcultura para justificar sus ilegalidades. Entiendo que hay diversos factores de su avance y crecimiento, pero hay uno de ellos que merece ahora nuestra atención. Ese factor está en su capacidad de organización. La delincuencia se construye sobre el factor de la organización, necesaria para prosperar en sus negocios y para otros fines ilegales que se proponen.
Cuentan con un olfato tan fino que detectan las formas para hacer dinero, imaginando los más diversos negocios ilegales donde ven oportunidades. ¿Cómo han hecho para controlar el transporte público y el comercio informal en muchas regiones del estado de Guerrero? ¿Cómo han inventado formas innovadoras para extorsionar aún a los grandes negocios? ¿Cómo hacen un trabajo hormiga para el cobro de piso? ¿Cómo detectan oportunidades para atraer a los adolescentes y jóvenes a sus negocios? ¿Cómo hacen alianzas entre organizaciones ilegales y al mismo tiempo las rompen? ¿Cómo hacen para imaginar futuras oportunidades económicas? ¿Cómo hacen para introducirse en actividades económicas y políticas para hacerse de su control? Y así, sucesivamente, hay muchos ‘cómos’ que destacan su capacidad de organización.
Las organizaciones ilegales tienen claro lo que quieren. Viven para hacer dinero y detectan las oportunidades para lograrlo. Con el dinero, pueden controlar todo. Pueden controlar a las instituciones del Estado, las empresas, la educación, la cultura y los recursos naturales. Lucran con todo, con las instituciones públicas, privadas y sociales. Miran a la gente con una visión de lucro. Manifiestan el espíritu del capitalismo y son una consecuencia del mismo. En la delincuencia organizada el capitalismo se corona a sí mismo, porque está sustentado en la libertad individual sin límites para fines económicos ilícitos.
Nuestro gran problema está en que ni los gobiernos ni la sociedad tienen la organización necesaria para afrontar a las organizaciones criminales que se sustentan, precisamente, en su capacidad de organización. El gobierno federal y sus instituciones tienen visiones y metas diferentes y lo mismo sucede en los ámbitos de los estados y de los municipios. Toda la trama institucional ha estado desarticulada. Hay intentos, que no logran estar a la altura necesaria. Tal parece que las legislaciones, federal, estatales y municipales no están funcionando para lo que están puestas, que las instituciones gubernamentales estén al servicio del bien público.
Otro tanto vemos en la sociedad. No hay la organicidad necesaria entre las instituciones privadas y las organizaciones sociales. Cada quien busca lo suyo y está ausente una visión común como referente del bien común. Vamos, ni los gobiernos ni las instituciones privadas ni las organizaciones sociales tienen una visión orgánica que haga frente a la delincuencia organizada. Por esa razón, les hemos permitido que avancen en sus esfuerzos ilegales e ilícitos.
Es de esperarse que la estrategia de seguridad Guerrero por la Paz que las autoridades de los distintos órdenes de gobierno están promoviendo para los municipios de Acapulco, Chilpancingo e Iguala, tenga la capacidad necesaria en cuanto a organización para afrontar la capacidad de las organizaciones criminales en el sentido de la construcción de la paz. Y que, además, incluya a la sociedad civil, a las comunidades indígenas y campesinas, de manera que tengamos la organicidad necesaria para frenar los poderes económicos y políticos de la delincuencia.
Si acertamos en este camino buscando todos, –gobiernos y sociedad– el bien común, nos tardaremos varios años en ver los resultados suficientes con condiciones para la paz sustentable. Es bueno ver que la estrategia de seguridad se ha estado modificando para que todas las instituciones del Estado se muevan en el mismo sentido y, a su vez, incluya a todos los que tenemos un interés vivo en establecer condiciones para que la paz sea definitiva en estos municipios, de manera que, posteriormente, otros municipios continúen en el camino hacia la paz.
O será que ¿“los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz” (Lucas 16, 8), como decía Jesús de Nazareth? ¿Será que los delincuentes son más sagaces que quienes aspiramos a la paz? Tenemos el reto del ingenio, de la creatividad, de la imaginación para construir juntos las utopías que nos ayuden a buscar el bien común con la organicidad necesaria.
Y después de la Operación Enjambre… ¿qué sigue?
Hasta el día de ayer, sumaban 24 funcionarios municipales detenidos en el Estado de México, entre ellos, policías, directores municipales de seguridad pública y una presidenta municipal, por los probables delitos de secuestro, homicidio, secuestro exprés y extorsión. Lo que originó esta Operación Enjambre fueron los indicios de vínculos con el crimen organizado. Autoridades federales y estatales coordinaron esta operación con los resultados ya conocidos. Lo importante es que hasta ahora comienza a atenderse la colusión o sumisión de autoridades municipales ante el poder arrollador del crimen organizado. Esta detención, en sí misma, significa un avance.
Es ya muy conocida y comentada la alta vulnerabilidad de los municipios y de sus autoridades ante el poder del crimen organizado. No tienen los recursos legales, administrativos y presupuestales para que, de acuerdo con sus propias facultades orientadas a la prevención del delito, tengan la fortaleza que necesitan para afrontar el impacto de las bandas criminales. Los municipios son la institución más frágil del Estado mexicano, que requiere de los recursos que necesitan para hacer las tareas que la ley les obliga. Por eso mismo, las autoridades municipales suelen caer en las garras del crimen organizado en la medida en que son sometidas a negociaciones ilegales o de manera fácil se coluden o son omisas.
Ante la fragilidad institucional de los municipios se requieren acciones contundentes en el sentido de fortalecer, de manera institucional, las capacidades de sus autoridades. Así como el gobierno federal se ha fortalecido, y los gobiernos estatales no son tan vulnerables, los municipios tienen necesidades que aún no se cubren, por lo que ellos mismos se sienten incompetentes para lidiar con los grupos criminales. Es cierto que hay municipios fuertes que sí tienen la capacidad para actuar ante los grupos civiles armados, pero la mayoría de los municipios del país no la tienen y la necesitan.
Veo tres tareas relacionadas con los municipios y, sobre todo, con las policías municipales, que deberían considerarse al respecto:
La primera necesidad es su desvinculación de las bandas criminales, cuyo precedente está en la Operación Enjambre. Hay que continuar por este camino en todos los municipios en los que sea necesario para que los funcionarios municipales se apeguen a la legalidad y sean capaces de vencer la tentación de someterse o de ser cooptados por intereses extraños a los legítimos de la autoridad local.
La segunda necesidad está en el saneamiento de las policías municipales, lo que requiere múltiples recursos para mejorar sus condiciones y las de sus familias, como mejores salarios y mejor adiestramiento y capacitación para fortalecer sus capacidades éticas, cívicas y jurídicas.
Y la tercera necesidad, que es tan importante como las anteriores, es la indispensable vinculación de las policías municipales con la sociedad, con las comunidades y con las familias. Se habla de proximidad, en cuanto que las policías municipales se acerquen a la población a la que sirven para ayudar en necesidades básicas de seguridad. La gente ha perdido la confianza en todas las policías y, particularmente, en las municipales, confianza que necesita ser recuperada.
Bien por la Operación Enjambre, si la entendemos como el inicio del saneamiento y de la reestructuración de las policías municipales para que estén al servicio de la comunidad y no de las bandas del crimen. Es necesario continuar esa estrategia hasta que tengamos en todo el país policías municipales confiables. Este es un buen comienzo. Aun así, hay otras necesidades más, relacionadas con el fortalecimiento institucional de los municipios y de sus organismos descentralizados que requieren atención. Algunos de ellos carecen de procesos de transparencia, de mecanismos específicos para abatir la corrupción y, otro tanto, carecen de mecanismos para consultar y escuchar a la población.
Sin embargo, hay que atender otras necesidades para desvincular a las autoridades y a los funcionarios públicos estatales y de la federación de cualquier relación (de sumisión, de colusión o de omisión) con las bandas del crimen organizado, porque también en esas estructuras del poder público se ‘cuecen habas’. La tentación de la corrupción se da en todas partes, en las instituciones gubernamentales, en la iniciativa privada y en el sector social. Se requieren mayores controles para que las relaciones con los delincuentes sean asumidas de acuerdo con la ley.
¿Qué hacer con tanto dolor amontonado?
Hace años, conversando con una mujer argentina, ella me hacía el siguiente comentario: “Nunca había visto tanto sufrimiento en un solo lugar”. Me quedé pensando en el significado de esas palabras hasta enterarme que esa era una realidad en el estado de Guerrero. Así es, hay tanto dolor amontonado por donde quiera. Ese dolor tiene los más diversos orígenes y tiene diferentes características según los contextos en los que se dan. Los huracanes Otis y John han causado tanto dolor con las pérdidas que nos han dejado. Lo mismo podemos señalar de las condiciones de extrema pobreza que hay por todas partes, en el campo y en las ciudades. Hay dolor generado desde el poder público que abandona las necesidades de la población mediante abusos, discriminaciones y exclusiones. Hay tanto dolor insoportable en muchas mujeres y en las infancias postergadas. Hay dolor en el campo originado por el abandono que sufre.
Pero hay un dolor omnipresente por todo el estado de Guerrero: el dolor generado por contextos de violencia y de inseguridad. El dolor suele estar acompañado por el miedo, la impotencia y la desesperación. Hay víctimas de las violencias que, además del hecho en el que perdieron a un familiar o a un amigo, también perdieron su patrimonio, su seguridad, su vivienda y demás. Hay dolor guardado en las familias en las que hay violencias ocultas o invisibles, en las colonias y en las comunidades controladas por organizaciones criminales.
¿Qué sucede cuando el dolor se guarda, se acumula y no encuentra una salida adecuada para ser sanado y transformado? Ese dolor comienza a deteriorar la salud de quien lo guarda. Deteriora la salud física, la salud mental y se vuelve un motor que destruye a quien lo vive, destruye su entorno y destruye sus relaciones familiares y comunitarias. Al final, destruye las relaciones sociales. También puede deteriorar las relaciones económicas y políticas.
¿Qué hacemos en la sociedad con el dolor acumulado en familias y en comunidades? ¿En mujeres y en niños violentados? Tal parece que no acostumbramos a reconocer el dolor ajeno, mejor le damos la vuelta para no involucrarnos y lo miramos con indiferencia porque no nos interesa el dolor de otros, ya que nos incomoda. La indiferencia se ha convertido en la cómoda forma de hacer frente al dolor del prójimo. No nos damos cuenta que el dolor que no se atiende se puede transformar en un foco destructivo que genera daños insospechados.
Y, ¿qué hace el Estado? Tal parece que el dolor de la gente no les interesa a las instituciones públicas. No se hacen responsables de ese dolor puesto que siempre prevalece la visión política –o, más bien, politiquera–. Ni las instituciones de salud ni las instituciones que tienen que ver con la justicia ni las relacionadas con la seguridad atienden ese dolor. La empatía está ausente, no digamos la compasión. En política no interesa ni el dolor ni hay lugar para los sentimientos. Así es, fría e inhumana. Lo que importa son los votos para conservar o conquistar el poder. La política o la economía sin empatía acumula más dolor.
Pero la pregunta continúa. Sigue ahí. Si el dolor no se atiende se convierte en un grave obstáculo para vivir en comunidad, para las relaciones humanas y sociales, desangrando el tejido social y llega a convertirse en otro factor de violencia.
En días pasados hemos lamentado tantos bloqueos de calles, avenidas y carreteras, a lo largo y ancho del estado, relacionados con las promesas de apoyos de la Secretaría del Bienestar que se hicieron después del huracán John. Quienes recurrieron a los bloqueos, expresaron su malestar porque no fueron atendidas con los apoyos prometidos. El dolor ha sido uno de los factores de estos bloqueos, como medidas desesperadas que, en muchos casos, han impactado las actividades económicas de terceros.
Los bloqueos de calles y carreteras son una medida desesperada, cuando las autoridades no atienden las necesidades que generan el dolor de la gente. Son medidas irracionales porque afectan derechos de terceros. A la gente no le queda otro recurso más que bloquear porque es el recurso más fácil y de uso común. Cierto es que en los bloqueos se han movido otros intereses de carácter social o político, pero el motor de los bloqueos ha sido el dolor.
A la población le falta aprender otras formas de protesta social que no afecten los derechos de terceros, como es el caso de las protestas pacíficas o no violentas. Necesitamos buscar otras opciones para protestar de manera pacífica evitando afectar los derechos de otros. Mientras, los gobiernos que no atienden las necesidades de la población que carece de organización y de capacidad de movilización, llegan a convertirse en factores de protestas desesperadas e irracionales.
Cuando se desarrolla el dolor de la población y no es atendido ni por la sociedad ni por el Estado, entonces es acompañado por la rabia, una emoción altamente explosiva que con facilidad puede convertirse en violenta. De esta forma, la pregunta sigue en pie. ¿Qué se puede hacer con el dolor de la población cuando es violentada en sus derechos básicos? No hay respuestas fáciles ni a corto plazo, pero necesitamos encontrar respuestas que desencadenen procesos de reconciliación social, en los que importe el dolor de la población y sea atendido para dar lugar a caminos de construcción de paz en los que quienes han vivido situaciones de dolor se conviertan en agentes de cambio social y, hasta político.
El hecho es que cuando el dolor no se atiende o previene de manera adecuada puede convertirse en factor de otras violencias. Las víctimas de las violencias, de la pobreza extrema, de las injusticias y de los abusos tienen la gran necesidad de solidaridad, con el fin de transformar ese dolor en solidaridad para convertirse en agentes de cambio. Eso es posible si lo intentamos desde la sociedad y desde las instituciones gubernamentales, que debieran ocuparse de cumplir sus responsabilidades establecidas por la ley.
Construyendo una cultura de paz
¡Cuánto duelen y seguirán doliendo acciones violentas que ya rebasaron las que ya conocíamos! Ya no hay seguridad ni para los niños, ni en la propia vivienda, la que ya no puede considerarse como un espacio seguro. Duele Tres Palos, duele Cuajinicuilapa, duele Tecpan de Galeana, duele Acapulco, por hablar sólo de la costa guerrerense. Si ampliamos el horizonte, decimos también, duele Chilpancingo, duele Taxco, duele Iguala, duelen los pueblos de la Montaña y de la Sierra y duele toda la Tierra Caliente. Si miramos el país, podemos decir que duele Chiapas, duele Sinaloa, duele Guanajuato, duele Michoacán. Cuánto dolor acumulado a lo largo de los años y, sobre todo, de los últimos.
Tanto dolor requiere respuestas, las respuestas necesarias para ayudar a resistir y a sanar ese dolor que amenaza con destruir a personas, familias y comunidades. ¿Cuáles han sido las respuestas que ha dado la sociedad como tal? ¿Y los gobiernos? ¿Y las universidades? ¿Y las empresas? ¿Y las iglesias? Ha habido de respuestas a respuestas. O, al menos, intentos de respuestas. Algunas de ellas han ayudado a calmar el dolor y otras lo han acrecentado. Otras respuestas han puesto de manifiesto la indiferencia ante el dolor. Esa indiferencia duele más que el mismo dolor.
Convocada por el Consejo Interreligioso de Guerrero, del cual es parte la Arquidiócesis de Acapulco, una marcha por la paz para el día 17 de junio del año 2006, como la primera acción pública, de carácter ecuménico, se dio en Acapulco. Con la así llamada “guerra contra el narcotráfico” del entonces presidente Felipe Calderón se sucedieron por aquellos años una serie de acciones violentas que incluyeron el enfrentamiento de la Garita entre policías preventivos y pistoleros del Cártel de Sinaloa, el 24 de enero de ese año, que dio pie a la posterior exhibición de tres cabezas, precisamente en dicho lugar. La marcha convocada por las iglesias era una respuesta al ambiente de violencia de ese tiempo.
Desde ese momento, se sucedieron asesinatos, desapariciones y secuestros, mientras que el arzobispado de Acapulco hacía llamados a la paz, mismos que no eran escuchados y, por lo mismo, tenían escaso impacto. En el año 2010, la Conferencia del Episcopado Mexicano publicó la exhortación pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna”, que exponía una estrategia pastoral para que las diócesis mexicanas se animaran a construir la paz desde los ámbitos eclesiales. En Acapulco se dedicó tiempo para estudiar esta estrategia pastoral con el fin de adaptarla a nuestro contexto. Se creó la Comisión de Justicia, Paz y Reconciliación que coordinaría las acciones diocesanas orientadas a la construcción de la paz. De esta manera se desarrollaron algunos proyectos como el acompañamiento a víctimas de las violencias, los grupos de apoyo a mujeres, jóvenes constructores de paz, catequesis para la construcción de la paz y otros más. El proyecto que tuvo más expansión ha sido el de acompañamiento a víctimas, que se han compartido con otras diócesis de México, de Honduras y de El Salvador.
Concebimos la construcción de paz como una forma de evangelizar en contextos de violencia, cuando se destaca la dimensión misericordiosa y pacificadora del Evangelio de Jesús para transformar las conciencias de personas y comunidades. De este modo, construir la paz no ha significado una tarea alternativa, puesto que es parte de la misión de la Iglesia. Construir la paz ha sido la forma de activar la dimensión espiritual de la paz, que tendría que ser secundada por acciones sociales, políticas y económicas.
En el año 2020 la Arquidiócesis de Acapulco se planteó cuáles tendrían que ser las tareas específicas de la Iglesia para el tema de construcción de paz –en nuestro VI Plan Diocesano de Pastoral– y se llegó a la determinación de que tendría que ser la construcción de una cultura de paz. Y se propuso convertirla en la primera prioridad pastoral de las parroquias de la costa guerrerense, que nos abriría nuevos horizontes específicos. Esta decisión ayudaría a proyectar la dimensión cultural del Evangelio, es decir, su inculturación que busca transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación. El reto significa que desde el mensaje del Evangelio surgen pensamientos de paz, sentimientos de paz, actitudes de paz, capacidades y habilidades personales y comunitarias que faciliten procesos de paz en las parroquias y en las regiones en las que tenemos presencia.
Los valores del Evangelio de Jesús que facilitan la construcción de esta cultura han sido la misericordia, la compasión y el amor fraterno. Al lado de estas actitudes, el VI Plan Diocesano de Pastoral propuso la pastoral de la consolación y la pastoral de la esperanza. Sin excluir los demás valores, estos se convirtieron en una fuente de solidaridad con las víctimas de las violencias, valores que fueron promovidos con especial interés. ¿Qué busca la Iglesia hacer con el acompañamiento a las víctimas? Este programa pastoral fue concebido como un camino de prevención de nuevas violencias puesto que, si las víctimas no son atendidas, fácilmente pueden dar el paso para convertirse en victimarias. De hecho, casi todos los victimarios han sido, previamente, víctimas de violencia en su infancia o juventud. Como no tuvieron el acompañamiento necesario, dieron el paso para convertirse en actores violentos. Además, la Iglesia buscaba que ellas mismas se convirtieran en constructoras de paz a partir del dolor transformado en solidaridad con otras víctimas.
Una consecuencia de la construcción de cultura de paz, será el fortalecimiento o la reconstrucción del tejido social, forjando lazos comunitarios mediante la presencia de animadores. El tejido social ha experimentado en los últimos años un gran desgaste debido a la desconfianza, a la desesperación y al miedo que se ha sembrado en las conciencias y en las familias. Cuando el tejido social de las comunidades urbanas, campesinas o indígenas es fortalecido, éstas cuentan con un gran potencial para procesos de concientización, de organización y de movilización con una trayectoria de construcción de paz. Abandonan la resignación y fortalecen la esperanza para hacer caminos específicos de solidaridad y de ayuda a quienes son aún más vulnerables.
La construcción de una cultura de paz implica procesos educativos que suelen ser sencillos o complejos según sus propios contextos. El enfoque educativo se dirige a la conciencia para que se convierta en un espacio crítico, con el objeto de liberarse de prejuicios, generar actitudes que ayuden a mirar la realidad y para tomar decisiones enfocadas a desarrollar caminos sostenibles de reconstrucción del tejido social y de fortalecimiento comunitario. Este camino educativo implica capacidades para el encuentro, para el diálogo, para el perdón y para la solidaridad y para la reconciliación.
Cuando la Iglesia, desde el ámbito espiritual, propone la cultura de paz como una mediación necesaria para la construcción de la paz, se abren caminos en la conciencia personal y –como consecuencia– también en la conciencia comunitaria se generan actitudes fundamentales para establecer relaciones horizontales de fraternidad y de vida comunitaria. Se aprende a desactivar las violencias internas –en las personas y en las familias–, a resolver conflictos de manera pacífica y a manejar constructivamente las emociones del miedo, la tristeza y la rabia.
La cultura de paz está sostenida en actitudes, convicciones y conductas que se orientan a la construcción de paz. Hace capaces a las personas de resolver sus conflictos internos y de ayudar a resolver conflictos en la familia y en la comunidad, de resolver las invisibles violencias que suelen darse en el entorno familiar, de sanar las heridas del pasado que todos traemos y de cumplir con las leyes buscando el bien común, entre otras cosas.
Las familias necesitan de un espacio seguro en su casa, libre de violencias, para el cabal desarrollo de cada uno de sus miembros. Con la cultura de paz se pueden resolver -en términos de posibilidad- todas las violencias con actitudes de paz. Se protege a los niños no nacidos, se cuida a la familia, a los hijos, a los vecinos, se acompaña de diferentes maneras a quienes sufren o han sido violentados. Las familias resultan las primeras beneficiadas por la cultura de paz.
Esta es una tarea que la Arquidiócesis de Acapulco está intentando hacer para contribuir, al lado de otros actores sociales, a la construcción de la paz en los territorios en los que tiene presencia. La cultura de paz es semejante a la preparación del terreno para sembrar semillas de paz, es poner condiciones subjetivas –en personas, familias y comunidades– para que la paz sea posible y cada quien haga lo propio en esta tarea fundamental de poner las condiciones necesarias para vivir en paz.
