El neoliberalismo, versión salvaje del capitalismo

El crimen organizado es una consecuencia del modelo económico neoliberal cuya permanencia global genera exclusión, depredación y violencia en el mundo. El neoliberalismo tiene un rostro benévolo para el primer mundo y en las sociedades de bienestar, mientras tiene un rostro salvaje para los países pobres y en vías de desarrollo. En este sentido, las violencias que soportamos en México, sobre todo las que desarrollan las organizaciones criminales, son la cereza que corona el pastel del neoliberalismo.
El modelo neoliberal promueve la desregulación, la privatización y la reducción del papel del Estado en la economía, tanto en los ciclos de producción, comercialización en favor del libre mercado. Aunque el neoliberalismo se basa en principios capitalistas, va más allá al abogar por políticas específicas que buscan limitar la intervención del Estado y promover la globalización y la competencia en los mercados internacionales.
El modelo neoliberal ha forjado a las organizaciones criminales (cárteles de la droga, grupos criminales regionales y locales) con un modelo empresarial. Estas son verdaderas empresas que tienen sus dueños, sus trabajadores y sus influencias económicas locales o regionales. Empresas que cobran impuestos en sus territorios, de diferentes formas, como la extorsión, el cobro de piso, el secuestro y el desplazamiento forzado. Pero, eso sí, no pagan impuestos al fisco.
Por otra parte, las empresas son las herramientas consagradas para generar, distribuir y consumir riqueza y constituirlas legalmente ante las instituciones del Estado mexicano. Este hecho plantea un desafío ético fundamental: ¿es legítimo todo lo que es legal? ¿Hasta qué punto la ley refleja el interés en el bien común y no la voluntad de quienes concentran el poder económico? En este sentido, el capitalismo en su modelo neoliberal despliega una capacidad notable para moldear la ley a su conveniencia, generando zonas grises donde la moral y el interés público quedan supeditados al crecimiento económico del capital. De esta forma, las empresas, sobre todo, las trasnacionales presionan para que las leyes, con sus mecanismos propios, cuiden sus intereses.
Ejemplos los tenemos, y son demasiados.
De esta manera, tenemos una criminal industria de los alimentos. Los alimentos procesados de manera industrial tantas veces carecen de nutrientes y, además, intoxican el organismo humano. Los alimentos producidos en nuestros campos les ponen fertilizantes químicos, que los vuelven tóxicos. En los mercados no encontramos alimentos saludables y los que conseguimos en ellos, tarde o temprano, nos enferman. Y si en la familia y en la escuela no aprendemos a comer de manera saludable, hacemos un camino hacia las enfermedades y hacia la hospitalización.
Y tenemos también una criminal industria farmacéutica que no nos sana y nos mantiene enfermos. Nos hicieron creer que las medicinas industrializadas ayudan a la salud, pero tantas de ellas traen contraindicaciones, porque curan una enfermedad, pero también generan otras enfermedades. También nos hicieron creer que la medicina tradicional y ancestral no cura ni da alivio.
El modelo económico neoliberal promueve la criminal industria ambiental. La devastación de ecosistemas, la sobreexplotación de recursos naturales y la contaminación son consecuencias directas del afán de lucro sin límites, perjudicando a comunidades enteras y al planeta mismo. Y persiste el extractivismo, basado en la explotación intensiva de recursos naturales (como minerales, petróleo, madera, etc.).
Y sigue, además, la criminal industria de la información. Desde el financiamiento de campañas de desinformación hasta el control de medios de comunicación, grandes actores económicos han influido en la opinión pública para proteger sus intereses, incluso en contra del bien común. Tantas leyes se han elaborado en las legislaturas bajo presión de las trasnacionales o de los gobiernos para proteger sus intereses.
También podemos hablar de la criminal industria laboral. La subcontratación, los salarios bajos y la negación de derechos laborales son mecanismos utilizados para maximizar utilidades a costa del bienestar de las personas trabajadoras.
De esta manera, los índices de pobreza, la inseguridad alimentaria, la violencia en sus múltiples formas y las brechas de oportunidad se agravan bajo sistemas donde la ganancia es el principal motor de las decisiones. La permisividad hacia el lucro excesivo sin límites claros ni regulaciones efectivas, facilita la perpetuación de injusticias y sufrimientos evitables.
Para poner límites al neoliberalismo no bastan decretos ni discursos gubernamentales. Se requiere una inversión en la economía social y solidaria y, además, se necesita una revolución educativa que aún no existe, entre otras cosas. La economía social se construye desde abajo mediante procesos de economía solidaria, como las cooperativas de ahorro y crédito, de producción, de comercialización y de consumo en todos los territorios, en el campo y en la ciudad. Y también desde una revolución educativa que cambie el chip de la cultura neoliberal aún vigente en los gobiernos y en la sociedad, de manera que transforme la mente (pensamientos), el corazón (sentimientos) y las manos (acciones) de las personas.
Para desmontar la economía neoliberal se requieren políticas públicas del Estado y de todas sus instituciones, acompañadas de una cultura de desarrollo integral, sostenible, democrática, participativa y pacificadora en la que colaboren los gobiernos, la sociedad civil y los pueblos de nuestro México. En suma, el neoliberalismo económico que se ha sostenido en México tiene un apoyo ideológico y político. Pero tenemos la responsabilidad de desmontarlo. Quizá lo logremos en muchos años, pero hay que comenzar ahora con buenas decisiones.

 

Construir la paz desde abajo mediante el diálogo

A partir del asesinato de los jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora, y el guía de turistas Pedro Palma, el 20 de junio de 2022 en la Sierra Tarahumara, así como del joven Paul Berrelleza Rábago, detonó un proceso desde lo local para ubicar las claves que permitan avanzar en la construcción de la paz, convocando desde la esperanza y la escucha a una amplia diversidad de actores.
Hace dos semanas se cumplieron tres años de ese triple asesinato, que tuvo lugar junto al altar de la parroquia de Cerocahui, cuando se originó una grande movilización de la Iglesia católica en México, a través de tres instituciones internas: la Conferencia del Episcopado Mexicano –que incluye a todos los obispos católicos de México–, la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús –los jesuitas que viven y trabajan en México– y la Conferencia de Superiores Mayores de Religiosos y Religiosas de México –que incluye a las órdenes y congregaciones de religiosos y religiosas que trabajan en México.
Esta movilización generada desde la Iglesia católica cristalizó en el Diálogo Nacional por la Paz, que se ha institucionalizado para buscar la colaboración entre todos los actores económicos, políticos y sociales del país, y establecer las condiciones fundamentales para la paz en todo el país, gracias a la ubicuidad de la Iglesia católica hasta en el último rincón de México.
A lo largo de un año y medio, en la primera etapa, el Diálogo Nacional por la Paz ha compilado las voces y visiones de más de 20 mil personas y mil 600 instituciones en una serie de conversatorios y foros, en los que se analizaron los contextos locales sobre inseguridad y violencia, se abordaron temas como la reconstrucción del tejido social, la seguridad ciudadana y el sistema de justicia. Este esfuerzo colectivo le ha permitido a la Iglesia elaborar la Agenda Nacional de Paz, redactada y meticulosamente revisada por expertos en distintos campos estratégicos.
Posteriormente, los días 21 al 23 de septiembre de 2023, tuvo lugar en la Universidad Iberoamericana de Puebla el encuentro de quienes participaron en conversatorios y foros locales a lo largo y ancho del país, junto con autoridades municipales, académicos, universitarios, organizaciones civiles, expertos, empresarios y demás. De esa manera, el Diálogo Nacional por la Paz construyó una Agenda Nacional de Paz con 14 acciones locales para construir condiciones para reconstruir el tejido social, mejorar la seguridad y la justicia en nuestro país. Son acciones que pueden ser realizadas por grupos de pastoral, vecinos, maestros, empresarios, colectivos o jóvenes.
Hay temas relevantes en esta Agenda Nacional de Paz: impulsar el apoyo hacia las víctimas de la violencia, generar espacios de diálogo interinstitucional para la construcción de la paz, promover procesos de salud mental en las familias y comunidades para atender las secuelas de las violencias, promover en las escuelas una educación para la paz y ambientes que ayuden a una mejor convivencia social.
También, promover actividades para recuperar el espacio público como lugar de encuentro y la organización comunitaria para resolver las necesidades colectivas; impulsar programas de prevención y atención de las adicciones; realizar acciones de cuidado del medio ambiente; promover la participación de los ciudadanos en el diseño e implementación de las políticas de seguridad; promover la justicia restaurativa, mediación y resolución positiva de conflictos en las familias, las escuelas, las iglesias, las comunidades y el trabajo; reconocer, dignificar y recuperar el liderazgo de las policías municipales y comunitarias.
Dos cosas quiero resaltar sobre el Diálogo Nacional por la Paz.
Primera. Se construye la paz desde abajo. Desde abajo significa, desde las comunidades campesinas e indígenas, desde las colonias en las ciudades. Desde abajo significa desde las agrupaciones, asociaciones y organizaciones de la sociedad civil, desde las empresas, desde las universidades, desde las parroquias, desde los ciudadanos de a pie. Los gobiernos lo están haciendo –si es que lo hacen, porque muchas veces ni hacen nada, pues ni saben lo que es construir la paz– desde arriba. Tienen la creencia de que policías y militares son suficientes para construir la paz. Por eso, en las mesas estatales y la mesa federal de coordinación para la construcción de paz privilegian a militares y policías.
Segunda. Se construye la paz mediante el diálogo. Diálogos entre personas, entre comunidades, entre organizaciones y entre ciudadanos y gobernantes. Uno de nuestros grandes problemas en México es que no sabemos dialogar, pues no nos escuchamos. Los gobiernos no saben escuchar y los ciudadanos tampoco. La democracia es imposible si no hay diálogo ni escucha atenta. Por eso nuestra democracia está aún deficiente. Los partidos políticos no escuchan a los ciudadanos y nuestra democracia es más bien una partidocracia, que pone límites, grandes límites a las voces de los ciudadanos. El diálogo se da entre todos los actores sociales, económicos, culturales y políticos, y tiene que ser interdisciplinar.
En conclusión, necesitamos construir la paz desde arriba y desde abajo, mediante el diálogo acompañado de acciones sociales, políticas, culturales y económicas para acercarnos unos a otros, como una condición para que la paz llegue a nuestro país.

 

La violencia en México va para largo, ¿qué hacer?

¿Cuántos años más vamos a esperar para que la paz se estacione en nuestro México? No lo sabemos ni pretendemos saberlo. Lo que sí sabemos es que durará muchos años de espera, si los mexicanos no hacemos lo que nos corresponde. Y cuando hablo de mexicanos, hablo de todos, porque necesitamos ser corresponsables. Es tiempo de que abandonemos la actitud de culpar a los otros, a los gobiernos, a las organizaciones de la sociedad civil, a las iglesias, a las escuelas y universidad, a la iniciativa privada, entre otros.
Todos, absolutamente todos somos corresponsables de las violencias en el territorio nacional. Unos, más responsables que otros, sobre todos quienes son los encargados de las instituciones políticas y sociales. Y es que ya estamos a 20 años de que la violencia y la inseguridad se estacionaron en las ciudades, en el campo, en los territorios y en las calles. Y la violencia ha ido en aumento, de manera implacable. Y, aún no hemos sabido encontrar un camino para construir la paz.
Hay que comprender que la violencia y la inseguridad en nuestro país, es multifactorial. Hay factores económicos, políticos, culturales y sociales desde hace décadas. Las violencias que tenemos hoy se han arraigado desde hace mucho tiempo y no fueron atendidas desde sus raíces. No hemos podido construir una democracia verdadera y nos hemos acostumbrado a una democracia formal, alejada de una democracia participativa, y por otra parte, el modelo de desarrollo económico que desde hace años se ha promovido en el país, el neoliberalismo, que sigue haciendo tanto daño.
Es que la estrategia gubernamental para disminuir la violencia no ha funcionado desde hace muchos años. El primer responsable de que las violencias continúen es el Estado mexicano, como un conjunto de instituciones, prácticas y funcionarios que administran y gobiernan un territorio delimitado y su población, con base en la ley y el monopolio legítimo de la violencia. El Estado no ha atinado a una estrategia integral de construcción de paz en la que todos los mexicanos tengamos una participación real. Pongo algunos ejemplos.
El Estado no ha diseñado y aplicado políticas públicas para favorecer a las familias, con una vida digna. Hay tantas violencias, que siguen siendo invisibles, en muchas familias donde se forjan delincuentes. Otro asunto más es que no existe un programa nacional para atender las adicciones al alcohol y a las drogas que tenemos en muchas familias. Tampoco existe una política pública orientada a ayudar a los padres de familia para que aprendan a educar, quienes muchas veces no tienen vínculos firmes con las escuelas. La educación se forja en la familia con el apoyo de la escuela.
Otra cosa más, relacionada con la educación, que corresponde al Estado. La escuela y la universidad públicas aún no tienen programas orientados a la construcción de la paz y a la prevención y transformación de conflictos. Tampoco la escuela tiene un programa para la prevención de adicciones. Entre la escuela pública y la familia podrían forjar juntos una cultura de paz, tan necesaria para la transformación de los pensamientos y de los sentimientos de niños, adolescentes y jóvenes. Esto aún no lo vemos.
La colaboración entre gobiernos también es decisiva. Hay protagonismos y antagonismos y no se llega a una buena coordinación, desde el ámbito federal hasta el municipal, pasando por el estatal. Muchos gobiernos municipales son tan frágiles y vulnerables que tienen que pedir permiso a las organizaciones criminales para cumplir con sus responsabilidades. Los municipios necesitan todo el apoyo del Estado para ser fortalecidos, de manera que no cedan a las presiones de los grupos civiles armados. Tampoco eso lo vemos y en grandes territorios hay ingobernabilidad.
Donde está ausente el Estado, las organizaciones criminales se adueñan de los territorios y controlan a la población, a la que movilizan a su favor. Así sucede cuando movilizan a transportistas, comerciantes informales y comunidades campesinas e indígenas. Es más, las organizaciones criminales han llegado a gestionar servicios públicos ante el Estado y, a fuerza de movilizaciones, lo han logrado.
Si ya contamos con la reforma judicial, ante la cual hay expectativas muy ambiguas, también hay que pensar en la reforma de las fiscalías, desde la federal hasta las estatales, incluyendo las estructuras de los ministerios públicos y de las policías ministeriales, en las que abunda la corrupción y dejan mucho que desear en la procuración de justicia. De hecho, hay que entender que la justicia depende de las fiscalías y del Poder Judicial, que con el altísimo índice de impunidad no contribuyen de manera institucional a construir la paz.
Por otra parte, necesitamos forjar una cultura de paz en las familias, en las empresas, en el trabajo, en las escuelas, en las iglesias, en todos los ciudadanos, que nos disponga con actitudes, conocimientos y habilidades para construir la paz en cada metro cuadrado. Con la cultura de paz, podemos avanzar hacia la reconstrucción del tejido social, a hacer vínculos entre gobiernos y ciudadanos, a colaborar con otras organizaciones sociales, a impulsar proyectos locales, a desatar procesos locales que contribuyan de manera solidaria a hacer un camino hacia la paz, a ocuparse de las víctimas de las violencias, a solidarizarse con los colectivos de desaparecidos, y al fortalecimiento de las instituciones democráticas y de las comunidades indígenas.
Hasta ahora, el Estado mexicano ha sido derrotado por las organizaciones criminales. Es una derrota del modo de hacer política, que admite la connivencia con el mundo criminal. La política como tal, en lugar de ser fortalecida se ha debilitado. La buena política recorre los caminos del diálogo, la conversación pública, la transparencia y el servicio. Eso tendremos que aprender. En muchas comunidades indígenas practican esta buena política a través de asambleas en las que juntos buscan y toman buenas decisiones favorables para todos. Con democracia participativa, desarrollo integral y sostenible y una cultura de paz sólida podemos mirar al fondo del túnel, la esperanza de que la paz se establezca en nuestro país.

La estrategia del insulto

Yo insulto, tú insultas, él insulta, todos insultamos. En los lenguajes oral, gestual, escrito y virtual, el insulto se ha ido instalando en los últimos años, sobre todo, en los ámbitos social y político. Se insulta cuando hay la percepción de una amenaza a la integridad personal, a una ideología específica, o a un proyecto económico, social o político. Llueven insultos en las instituciones gubernamentales, en el Senado, en la Cámara de Diputados, en la Presidencia de la República y, sobre todo, en los partidos políticos. Lo mismo sucede en los congresos estatales y en los gobiernos municipales y estatales. En lugar de avergonzarse de los insultos, hasta se presumen. También en el ámbito social llueven los insultos, basta dar una mirada a videos, imágenes y textos que se colocan en las redes sociales.
El insulto es siempre una reacción visceral e irracional. Insulta quien no tiene argumentos para explicar causas, efectos, razones o consecuencias sobre el tema que está en debate. La falta de control de emociones como la rabia, la frustración y, en muchas ocasiones, el resentimiento y el odio que están instalando en la conciencia personal y colectiva, y se manifiesta mediante insultos. Es una reacción primaria, una forma de desahogo rápido y fácil. Eso significa que, cuanto más enfadados estemos, más agraviante será el insulto.
Hay una serie de adjetivos que son utilizados, no para calificar sino para descalificar a otros o sus opiniones, con quienes no compartimos su manera de ser, de pensar o de sentir. El insulto tiene el poder de hacerles sentir que son inútiles, estúpidos, tontos o ignorantes; también se descalifica por situaciones de vida privada que nada tienen que ver con el tema en cuestión. En fin, el insulto es una forma de maltrato y manifiesta una carencia de respeto por la dignidad de los otros.
El insulto dice más de quien insulta que de quien es insultado. Dice que esa persona no es capaz de controlarse. Que no tiene argumentos convincentes con los cuales rebatir las ideas del otro. Que su rigidez cognitiva le impide dialogar. Que su inseguridad es tan grande que siente la necesidad de insultar. Y que no es capaz de lidiar con la incomodidad que genera lo diferente. Debe comprender que las cosas no son únicamente como ellas las ven y que no son poseedores de una verdad absoluta que les permita juzgar a los demás con prepotencia.
En el actual contexto de polarización política y social que tenemos en nuestro país, el insulto se ha convertido en un asunto faccioso y violento que no ayuda al diálogo ni al encuentro entre sujetos diferentes y que amenaza la vida democrática, en cuanto que a las ideas y los argumentos no se les reconoce el valor merecen.
El insulto, cuando es público, va construyendo una cultura de odio y desprecio, que hace tanto daño a la sociedad misma, así como a todas las relaciones políticas. Y, sobre todo, afecta hondamente al proceso democrático. Es cierto, la democracia la construimos los seres humanos, que pueden integrar diversos componentes: racionales, emocionales y espirituales. Todos son necesarios y los cultivamos y expresamos juntos. Por eso, hay que discernir cuales actitudes racionales, emocionales y espirituales se necesitan para construir la democracia.
Porque si introducimos lo peor, como las frustraciones, los miedos, los resentimientos, los odios, las amarguras, los ánimos de venganza, entonces no construimos, sino que destruimos. Por eso, hay que pensar en introducir lo mejor de nosotros mismos, como la paciencia histórica, la confianza, la pasión por el servicio. Hay que añadir también, actitudes espirituales como la esperanza, la bondad, la búsqueda de la unidad y de la paz y, sobre todo, el amor al pueblo, del que tanto se habla, pero de manera incoherente porque hacemos discursos sobre el amor y después, en la práctica, manifestamos nuestros resentimientos y nuestros odios.
En el camino a la democracia, podemos convertirnos en mejores personas si escuchamos, dialogamos, prestamos atención a las necesidades de la gente y buscamos caminos para resolverlas. Si reconocemos la alta dignidad de cada persona, incluidas las que están en el gobierno y las que están en la oposición, o en partidos políticos diferentes, si buscamos el bien común, el bien de todos y no solo el de una facción, si practicamos la actitud del cuidado, si apreciamos el lado bueno de cada persona, si nos inclinamos por los sectores más vulnerables con respeto y no para utilizarlos.
Persona y democracia van juntas siempre. La democracia se construye para que las personas vivan con dignidad y las personas que viven con dignidad alientan el camino hacia la democracia.
Por eso, la estrategia del insulto no construye, más bien, destruye personas, pueblos y deteriora nuestra democracia. No a más insultos que generan espirales de violencia y sí a la saludable conversación pública.

 

“Desarmar” la comunicación

Cada año, en el domingo de la Ascensión del Señor, la Iglesia católica celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con un mensaje específico para cada año. El mensaje de este año lo envió el papa Francisco el 24 de enero pasado, para ser transmitido el domingo 1 de junio, el día de ayer. El título de este mensaje está tomado de la primera carta de Pedro del Nuevo Testamento, es “Compartan con mansedumbre la esperanza que hay en sus corazones”. En su mensaje, el Papa Francisco ofrece un análisis de lo que hoy sucede en los medios de comunicación y propone una perspectiva para que colaboren en la construcción de un mundo más justo y en paz con justicia.
En cuanto al análisis, dice que, más allá de la visión positiva que él mismo reconoce en los medios, “con mucha frecuencia la comunicación no genera esperanza, sino miedo y desesperación, prejuicio y rencor, fanatismo e incluso odio. Muchas veces se simplifica la realidad para suscitar reacciones instintivas; se usa la palabra como un puñal; se utiliza incluso informaciones falsas o deformadas hábilmente para lanzar mensajes destinados a incitar los ánimos, a provocar, a herir”. Prevalece también “el paradigma de la competencia, de la contraposición, de la voluntad de dominio y posesión, de manipulación de la opinión pública”. Señala también que “modifican la percepción de la realidad”, convirtiendo en enemigos a quienes son o piensan diferente.
Desde este análisis, Francisco hace una propuesta. Señala que la esperanza no consiste en un optimismo barato y superficial; más bien, es una virtud o actitud “performativa”, que transforma la vida. Quien vive con esperanza, puede cambiar su vida, viviendo de manera diferente. La esperanza nos da otra manera de ver la historia, le da una nueva orientación y alienta una visión de futuro.
Por eso, -Francisco dice en este mensaje- “sueño con una comunicación que sepa hacernos compañeros de camino de tantos hermanos y hermanas nuestros, para reavivar en ellos la esperanza en un tiempo tan atribulado. Una comunicación que sea capaz de hablar al corazón, no de suscitar reacciones pasionales de aislamiento y de rabia, sino actitudes de apertura y amistad; capaz de apostar por la belleza y la esperanza aun en las situaciones aparentemente más desesperadas; capaz de generar compromiso, empatía, interés por los demás. Sueño con una comunicación que no venda ilusiones o temores, sino que sea capaz de dar razones para esperar”.
De esta menara, el perfil del comunicador incluye un “plus”, más allá de la mera información. Y, sigue diciendo a los comunicadores: “Los animo, por tanto, a descubrir y a contar las numerosas historias de bien escondidas entre los pliegues de la crónica; a imitar a los buscadores de oro, que tamizan incansablemente la arena en busca de la minúscula pepita. Es hermoso encontrar estas semillas de esperanza y darlas a conocer. Ayuda al mundo a ser un poco menos sordo al grito de los últimos, un poco menos indiferente, un poco menos cerrado. Sepan encontrar siempre los destellos de bien que nos permiten esperar. Esta comunicación puede contribuir a entretejer la comunión, a hacernos sentir menos solos, a descubrir la importancia de caminar juntos”.
Cuando los medios de comunicación alientan la esperanza de los pueblos, intentan sanar las heridas de nuestra humanidad, promueven una comunicación nada hostil, difunden una cultura del cuidado, construyen puentes, cuentan historias llenas de esperanza, tomando en cuenta nuestro destino común y escribiendo la historia de nuestro futuro. La línea editorial que los medios pueden ir asumiendo, consiste en sembrar y fortalecer la esperanza, mediante videos, imágenes, reportajes, crónicas, artículos de opinión y todo lo que publican.
En nuestro país y, particularmente, en el estado de Guerrero, hay actores que viven para arrebatar la esperanza, poniendo en su lugar el miedo, la rabia y la desesperación. Eso han hecho desde hace muchos años las organizaciones criminales, convirtiendo nuestro país en un desastre que no se resolverá en muchos años. A esto hay que añadir que también, cuando las instituciones gubernamentales, mienten, se siguen corrompiendo y mantienen altos índices de impunidad, le roban la esperanza a la gente. Aún más, cuando las organizaciones criminales y las instituciones gubernamentales hacen acuerdos o pactos oscuros, le roban la esperanza a los pueblos.
Los medios de comunicación tendrían que aprender a conjugar el verbo esperanzar. Yo esperanzo, tú esperanzas, él esperanza, nosotros esperanzamos, etc. La esperanza es fundamental para vivir con la dignidad necesaria. Sin esperanza, vivimos muertos por dentro. Sin esperanza, vivimos vacíos en el ámbito espiritual; sin esperanza, vivimos mirando al pasado; sin esperanza, no hay lucha ni futuro que valga; sin esperanza, solo logramos un vacío cultural.
La esperanza es necesaria para construir y reconstruir la historia, el futuro que queremos para nosotros y para las generaciones que vienen, la esperanza es esencial para construir la paz y para vivir con dignidad. Es por eso, que los medios de comunicación social pueden contribuir con su esfuerzo, en la construcción de una revolución cultural, en la que la esperanza esté al centro, e inspire el respeto que todos necesitamos, la mansedumbre y la paciencia histórica, que no permita que nos arrodillemos ante la arrogancia humana que nos espera en el camino. En conclusión, la esperanza es fundamental para construir la paz en este país, y los medios pueden contribuir para cultivarla siempre.

León XIV, un misionero global

Veinte años de misionero en Perú le han dado a León XIV un perfil propio y específico. En sus propias palabras, dichas en la bendición apostólica Urbi et Orbi cuando se presentó al pueblo reunido en la Plaza de San Pedro, y en su primer discurso a los cardenales el pasado sábado 10 de mayo, quiero mirar este perfil misionero aprendido en Perú, pero configurado ahora para una misión global.
¿Cómo lo entiende León XIV? El nombre mismo del Papa ya indica cómo entiende su misión, porque este nombre corresponde a su antecesor León XIII (1810-1903), quien en su encíclica Rerum Novarum expresó su preocupación social por las relaciones entre el trabajo y el capital. En dicha encíclica trató los temas de la propiedad privada, la formación de sindicatos, salarios justos, la dignidad del trabajo y la responsabilidad del Estado. León XIII empezó a construir la Doctrina Social de la Iglesia como un patrimonio doctrinal y cultural para responder a la revolución industrial que ahora, con León XIV, ayudará a la Iglesia a dar respuestas adecuadas a la revolución digital (a sus avances y a sus riesgos, como en el tema de la inteligencia artificial) “que comporta nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo”.
De esta manera, León XIV tiene una comprensión propia de su misión y la visualiza en el entorno de los desafíos del mundo actual. Los grandes temas que interesan al Papa, los ha tocado en estos dos discursos. Habló de la paz en el mundo de hoy: “¡La paz sea con ustedes! Esta es la paz de Cristo resucitado: una paz desarmada y una paz que desarma, humilde y perseverante”. Estaría pensando en ese momento en Ucrania y en Gaza, donde se desarrollan conflictos internacionales, pero también en los conflictos internos de otros países.
En la experiencia misionera de Prevost de más de 20 años en Perú, recibió una herencia espiritual y pastoral que le ha llevado a mirar lo que había más allá de las fronteras institucionales de la Iglesia, en parroquias, órdenes religiosas y diócesis. Tiene una conciencia y una mirada que va más allá de la vida interna de la Iglesia. Mira los problemas que afligen a la gente, el sufrimiento de los pobres, la migración de los jornaleros, la situación dolorosa de los enfermos. Por esa causa se siente afectado por el dolor de quienes no tienen trabajo, techo y tierra (las tres T de Francisco) y busca intervenir con una pastoral que remedie o mitigue ese dolor.
¿Cuáles son las herramientas que propone el papa León XIV para afrontar estos grandes desafíos globales? Cuando los fieles católicos estaban reunidos en la Plaza de San Pedro, dijo: “Ayúdennos también ustedes, y ayúdense mutuamente, a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo, siempre en paz”. Habló de herramientas humanas básicas que están al alcance de todos: construir puentes, el diálogo y el encuentro. La construcción de la paz se sostiene en actitudes humanas claves. En lugar de construir muros que nos separen o nos alejen, hay que construir puentes que nos acerquen y nos reúnan. El diálogo es una clave fundamental para la construcción de la paz en el ámbito global, nacional o local. Y eso mismo hay que decir del encuentro entre y con todos, para liberarse de prejuicios y de intereses que permitan caminar hacia la paz.
Hay también una herramienta de carácter espiritual que fortalece el camino hacia la paz: la esperanza, vinculada a la fe en Jesucristo: “Permítanme dar continuidad a esa misma bendición (del papa Francisco en el Domingo de Pascua): Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá! Estamos todos en las manos de Dios. Por tanto, sin miedo, unidos de la mano con Dios y entre nosotros, sigamos adelante”. La esperanza libera de los miedos y permite mirar más allá de los obstáculos que encontramos en el camino. Por eso afirma que el mal no prevalecerá.
Desde su primer discurso en la Plaza de San Pedro, afirma enfáticamente: “Debemos buscar juntos cómo ser una Iglesia misionera, una Iglesia que construye puentes, el diálogo, siempre abierta a acoger, como esta plaza, con los brazos abiertos, a todos, a todos aquellos que necesitan de nuestra caridad, nuestra presencia, el diálogo y el amor’.
Para hacer frente a estos grandes desafíos globales, León XIV pidió a los cardenales reunidos el pasado sábado una “plena adhesión a ese camino, a la vía que desde hace ya decenios la Iglesia universal está recorriendo tras las huellas del Concilio Vaticano II” que es la referencia fundamental para lograr la unidad en la Iglesia, lo que implica una conversión misionera, la colegialidad, la sinodalidad, el aprecio de la cultura popular y el cuidado de los débiles y descartados, como herencia que nos dejó Francisco. Y termina afirmando la necesidad del “diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo en sus diferentes componentes y realidades”.
En estos dos discursos, el referente de León XIV fue Francisco, con su propio estilo personal. Es de esperar que recibirá el legado de Francisco para conducir a la Iglesia, con la luz el Evangelio, como instrumento para construir la paz y para el necesario desarrollo integral y justo que necesitamos hoy.

 

La imparable violencia

 

Dicen las autoridades federales que el rancho Izaguirre en Teuchitlán no era un campo de exterminio, sino solamente un campo de adiestramiento de sicarios al servicio del crimen organizado. Eso podría ser verdad si presentaran las pruebas. Porque el campo de exterminio lo ubicamos en todo el país, particularmente en algunas regiones. En Guerrero, sobre todo en Chilpancingo y en Acapulco, les ha tocado a choferes y taxistas estar en el foco del exterminio. Si en los tres sexenios anteriores (2006-2024) hubo cerca del medio millón de asesinatos dolosos, ¿será posible hablar de un campo de exterminio en el país? Y si a esto añadimos las más de 120 mil personas desaparecidas no localizadas hasta ahora, ¿no tiene acaso este mismo significado?
Lo más grave es que este exterminio va a continuar en los siguientes años, debido a que aún no hay condiciones en México para que estas cifras bajen de manera sustancial. El poder económico, militar, político y social que tienen los cárteles de la droga y demás organizaciones criminales es tan fuerte que, aunque el Estado tenga una estrategia justa, van a pasar años para que los asesinatos dolosos y las desapariciones forzadas se reduzcan de manera sustancial. Quiero explicarme.
Hablar de una estrategia justa, ¿qué significa? Que los tres poderes del Estado mexicano estén debidamente coordinados, ejercitando sus facultades legítimas que la ley les exige. También, significa que los gobiernos municipales, estatales y el federal cumplan también con las obligaciones establecidas por la ley. Y significa, también, que la sociedad colabore desde sus organizaciones e instituciones con la estrategia de seguridad y construcción de paz encabezada por el gobierno federal. Esta estrategia justa del Estado mexicano requiere algunas características, tales como transparencia, la lucha contra la corrupción y la impunidad, la justicia social contra las desigualdades y la garantía de los derechos humanos. De esta manera es posible afrontar a la delincuencia organizada que ha acumulado mucho poder a lo largo de los años. Veamos.
Poder económico. En el año 2000, la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Convención de Palermo contra la Delincuencia Organizada Trasnacional, con el fin de promover la cooperación para prevenir y combatir más eficazmente la delincuencia organizada transnacional, la que incluye el Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños y el Protocolo contra el tráfico ilícito de migrantes por tierra, mar y aire. La Convención de Palermo advierte el inmenso poder económico de la delincuencia organizada con un carácter empresarial y trasnacional. La delincuencia organizada en México tiene vínculos económicos internacionales en todos los continentes, en el contexto de la economía de mercado, de manera que manifiesta un gran poder en la economía global. Por eso la delincuencia organizada en México tiene una gran influencia política y social sostenida por el dinero que tiene en sus manos. No será fácil que la economía ilegal de la delincuencia pase a la legalidad.
Poder militar. Los cárteles de las drogas suelen tener armas más poderosas que las policías municipales y las policías estatales. El poder militar les da muchas ventajas sobre las policías municipales, que suelen ser cooptadas. Sólo las fuerzas federales – Ejército, Marina Armada y Guardia Nacional– tienen el poder militar y la capacidad de superar el poder militar de los narcotraficantes.
Poder social. Los recursos económicos dan a la delincuencia organizada la capacidad de influir en la sociedad, en las ciudades y en el medio rural para desarrollar una mayor influencia en la población, mediante beneficios que no les proporciona el Estado. Construyen caminos, canchas deportivas, templos, organizan las ferias regionales o locales, fiestas y eventos en los cuales se presentan como benefactores de la gente. Se hacen de territorios en los cuales ejercen el control de la población. Con estos beneficios pretenden legitimarse ante los pueblos y las comunidades y, a cambio, la gente los reconoce como benefactores.
Poder político. Desde que el narcotráfico se gestó en México, ellos buscaron la protección de la policía. Después buscaron la protección de funcionarios públicos en los municipios y en los estados. Han ido desarrollando una influencia política tal, que ahora están incrustados en los espacios en los que se toman las decisiones políticas, incluso a nivel federal. Influyen en los partidos políticos a la hora de seleccionar candidatos, financian campañas electorales, inciden en las legislaturas y en el Poder Judicial.
Es tanto el poder que ha acumulado la delincuencia organizada en nuestro país que no será nada fácil reducirlo de modo que sean saneadas las relaciones económicas, políticas y sociales. Y, mientras tanto, ¿qué estamos haciendo los mexicanos? Primero, nos acostumbramos a la violencia, que se ha convertido en una nueva normalidad. Las nuevas generaciones nacieron y crecieron en contextos violentos con sus secuelas, como el miedo, el sentimiento permanente de inseguridad. Segundo, callamos. Sobre estos temas, lo mejor es callar, no hablar nos da más seguridad. No hablamos con extraños sobre esto, no sea que nos puedan delatar. Tercero, lloramos de dolor cuando la violencia nos toca de cerca por un asesinato, una desaparición, una extorsión o un desplazamiento forzado. Es claro que esto no nos lleva a alguna parte, pero al menos, queremos sobrevivir.
Tenemos que armarnos de paciencia, de paciencia histórica, para que el poder destructor de la violencia no nos alcance, para que la delincuencia organizada reduzca su poder, para que los gobiernos en turno construyan una estrategia justa y para que la sociedad no se acostumbre a la violencia, no calle y no llore de dolor, sino que actúe de acuerdo con lo que su dignidad le dicte.

El legado de Francisco

El papa Francisco ha muerto, después de 12 años como obispo de Roma y primado de los obispos de la Iglesia católica. Tuvo amigos y enemigos, dentro y fuera de la Iglesia, soportó numerosos conflictos relacionados con las reformas institucionales internas y por su actitud ante los asuntos vinculados con la economía, la política y la cultura. Abrió, también, nuevas rutas al interior y al exterior de la Iglesia.
Dos días antes de la elección del papa Francisco, que tuvo lugar el 13 de marzo de 2013, escribí en este diario (El cónclave romano, ¿para qué?) mis impresiones y mis expectativas relacionadas con el cónclave que estaba comenzando, ese día, en Roma para elegir al papa que sucedería a Benedicto XVI, quien había puesto su renuncia porque ya no se sentía con las fuerzas necesarias para cumplir con sus responsabilidades.
En ese momento, yo apelaba a la vuelta de la Iglesia católica a sus orígenes en la persona de Jesús de Nazareth, llamado el Cristo. Hablaba yo de la vuelta a la sencillez de Francisco de Asís, a la humildad, a la alegría del Evangelio, a una actitud de servicio a la paz. Jesús formó un puñado de discípulos con el poder del Evangelio y los envió a gritar por todos lados, un mensaje de esperanza para los pobres, los enfermos y quienes viven en medio de las desgracias. Jesús sabía que la esperanza es el mayor tesoro que no permite morir al espíritu humano. De esa manera, Jesús venía a conjugar el verbo esperanzar. Sí, Jesús grita, por todas partes, las buenas noticias de que Dios está de parte de quienes sufren y no de quienes hacen sufrir y que alienta la esperanza de vivir, de renovar la vida y de sostenerla de pie. En verdad, mis expectativas se cumplieron en Francisco.
La esperanza no es una abstracción; no consiste en una promesa fallida, ni es una llamado a la resignación. Quien acoge el Evangelio de Jesús, está en condiciones de vivir esperanzado ante los grandes desafíos de la vida. ¡Cuánta esperanza necesitamos en nuestro estado de Guerrero para afrontar la pobreza extrema de muchas en nuestras regiones! ¡Cuánta esperanza necesitamos para afrontar las mil formas de violencias que hay que afrontar en vastos territorios, en donde gobiernan los grupos del crimen organizado! ¡Cuánta esperanza necesitamos para que nuestros pueblos no busquen las armas como solución a la violencia, creyendo que la violencia se resuelve con violencia! ¡Cuánta esperanza necesitamos para mantener nuestra actitud de paciencia histórica para no caer en la maldita resignación!
Francisco reconoce la gran necesidad de la esperanza, como actitud espiritual, para fortalecer este mundo agobiado por tanto desafíos capaces de desestabilizar a los pueblos que experimentan la impotencia, la fragilidad y la vulnerabilidad. Precisamente, las vulnerabilidades nos permiten abrirnos a la esperanza, ya que las soluciones suelen tardar demasiado tiempo y no llegan cuando quisiéramos. Yo recuerdo que de los años 70s a los 80s, se creía que la derrota del capitalismo y la construcción del socialismo estaba a la vuelta de la esquina. Hubo grandes movilizaciones de estudiantes, campesinos y de obreros, además de movimientos guerrilleros en diversos países de América Latina para transformar la economía global. Estas movilizaciones dieron pie a grandes desilusiones debido a que el capitalismo cada vez se regeneraba a sí mismo, una vez más. Y la profecía del socialismo no llegaba. Hace años que entendí que tenemos capitalismo para muchos años y que el voluntarismo no es la solución. La historia no cambia con solos actos de voluntad. Se requieren procesos largos para que los cambios sean duraderos. La esperanza marca la ruta para llegar a una economía capaz de construir mejores condiciones para todos. Lo mejor de las izquierdas no ha perdido esa esperanza de la caída del capitalismo, mientras que otras izquierdas se han acomodado en el modelo neoliberal y en el sistema político.
Francisco convocó el Jubileo de la Esperanza, que la Iglesia está celebrando en este año, con la finalidad de esperanzar a la humanidad que resiste los grandes obstáculos para la resolución pacífica de conflictos y para la construcción de la paz. ¡Cómo necesitamos de la esperanza en la actual era de Trump, cuando quiere adueñarse del mundo entero para, supuestamente, engrandecer a América! Él, que es un criminal sin sentencia, se siente fuerte con los votos de los norteamericanos, con su fortuna, con sus vínculos con sus amigos ricos. Se mete por dondequiera, en México, en Panamá, en Canadá, en Ucrania, en Palestina, en Dinamarca, buscando poder y dinero para darle una “grandeza” geopolítica a la que él llama “América”. Lo que nos sostiene en todos estos casos, es la esperanza de que la razón, la justicia y la responsabilidad no está del lado de los poderosos, sino de quienes aman a sus pueblos. Por eso mismo, la esperanza tiene la característica de ser sostenible para acompañar siempre la humanidad, a pesar de los años que sean necesarios.
Para comenzar, el legado de Francisco es espiritual, como espiritual es el Evangelio que Jesús predicaba por todas partes. Así mismo, Francisco se ha ocupado de otros grandes temas de origen espiritual que trascienden de manera integral en la historia humana. Se ha ocupado de grandes temas, además de la esperanza, de la misericordia, de la compasión, del perdón, de la justicia, de la fraternidad, del cuidado y de la paz, entre otros. La espiritualidad trasciende los temas particulares, pero se expresa en la vida cotidiana, para fortalecer la esperanza en los cambios necesarios de la economía, la política, la cultura, la educación, en todo, pues.
El legado de Francisco incluye otros temas, como la situación de los pobres, la migración, la fraternidad, el medio ambiente, la paz global y en particular en el Medio Oriente, que han sido tratados de manera sustancial en documentos de largo alcance y de mucha profundidad.
Un primer tema que aborda Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (2013), es la urgencia de una reforma en la Iglesia, tema que estableció desde un principio. Ha estado buscando que la Iglesia se comprenda a sí misma desde la visión del Evangelio, haciendo las reformas necesarias para sustraerse de la autorreferencialidad, reconociendo que la Iglesia no vive para sí misma sino para anunciar el Evangelio en nuestro contexto actual. Ella vive para el Evangelio y vive para ponerlo en medio del mundo actual. Si algo tiene que institucionalizarse en la Iglesia, será lo necesario para cumplir su misión evangelizadora en el mundo.
Por eso mismo, Francisco comenzó con la reforma de la Curia Romana y ha propuesto el gran tema de la sinodalidad para toda la Iglesia católica, desde arriba y desde debajo de su institucionalidad. Dos temas claves han de tratarse en la Iglesia católica: cómo se manejan el poder y el dinero en los ámbitos institucionales. Cuando la Iglesia se ha ocupado, primeramente, del poder político y de los asuntos económicos, ha cometido abusos inmensos, como los abusos de conciencia, abusos de autoridad y los malditos abusos de niños cometidos por clérigos. El clericalismo, según Francisco es uno de los grandes males de la Iglesia, cuando busca poder y dinero. Tuvo que desgastarse Francisco para reducir estos temas, cuando la Iglesia se ocupa más de asuntos mundanos y descuida su misión espiritual.
Un tema relevante al que Francisco le dedicó muchos esfuerzos durante sus doce años de pontificado, ha sido la situación de los pobres. Heredó su interés por los pobres de su condición de obispo latinoamericano mediante la opción preferencial por los pobres, desarrollada en el magisterio eclesial de América Latina desde la asamblea episcopal de Medellín (Colombia, 1968). Por esa razón aceptó llevar el nombre de Francisco, en cuanto que la figura de Francisco de Asís le ha inspirado siempre. Simplificó las vestimentas pontificias y toda la parafernalia eclesiástica que se acostumbra en el Vaticano. En su magisterio, expresado en sus encíclicas y exhortaciones apostólicas, los pobres están siempre presentes en un primer plano. Francisco ha destacado el lugar de los refugiados y los migrantes como los actuales pobres de entre los pobres.
Otro gran tema que Francisco ha impulsado es el del cuidado del medio ambiente mediante su Carta Encíclica Laudato sí (2015), continuada por la Exhortación Apostólica Laudate Deum (2023), en las que trata temas como la crisis climática que se avecina, generada por el paradigma tecnocrático, en la que hace propuestas para resolver este asunto mediante el diálogo internacional, haciendo énfasis en la dimensión espiritual y haciendo una propuesta de ecología integral. Este tema le ha generado el rechazo de los sectores pudientes ligados al capital, que han abusado de los recursos naturales que pertenecen al planeta y a la humanidad entera.
Otro gran tema que Francisco ha planteado es el de la fraternidad universal. Lo desarrolló en la Carta Encíclica Fratelli tutti (2020). Si la propuesta moderna desde la Revolución Francesa fue la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, hubo avances en las dos primeras demandas. Esto explica que ni la libertad ni la igualdad tienen la capacidad de forjar un mundo justo y solidario, si es que falta la fraternidad. Es más, la fraternidad orienta la libertad y la igualdad para llegar a un mundo más libre y solidario. Hace Francisco la propuesta de una fraternidad siempre abierta, que no excluye a nadie (en cada país y en la comunidad internacional), integrando libertad e igualdad. De esta manera, trata los temas de la amistad social y del amor político, siempre orientados a la fraternidad.
Con la inspiración de Francisco, diversos actores religiosos, sociales y hasta gubernamentales, hemos buscado caminos para la construcción de la paz en México, un camino de largo alcance que requiere esperanza, mucha esperanza. La violencia y la inseguridad generada por organizaciones criminales, quienes se han apoderado de amplios territorios, requiere un proceso de largo aliento, mirando siempre hacia adelante. La construcción de la paz requiere mirar hacia el futuro, aprendiendo de los errores y debilidades del pasado. Hemos mirado la agenda social de Francisco como una orientación básica para construir la paz en México.
El legado de Francisco es sustancialmente espiritual. Predicó la misericordia, la compasión, la esperanza, la alegría, la fraternidad, la construcción de la paz, el cuidado, el servicio, la sencillez, la solidaridad y otras actitudes espirituales, necesarias para organizar este mundo con dignidad. Y no sólo predicó. También asumió la responsabilidad de mejorar las condiciones de vida de la humanidad, sobre todo, de los más pobres.

 

Los aranceles del crimen organizado

El gobierno federal ha concentrado su atención en el tema de los aranceles a las exportaciones mexicanas a Estados Unidos, con los que el gobierno norteamericano de Trump ha estado amenazando a México y a otros países, debido a que afectan de manera sustancial a la economía. Trump tiene su estrategia para soñar con la grandeza global de su nación, una estrategia construida de amenazas y de confrontaciones. Por fortuna, hasta ahora el gobierno mexicano ha podido lidiar con el gobierno norteamericano para no caer en sus trampas.
En este mismo contexto, duele tanto que ni el gobierno federal ni los gobiernos estatales han puesto la atención necesaria a los aranceles que, desde hace muchos años, establece el crimen organizado a través del cobro de piso y de las extorsiones, que en los últimos años se han ido multiplicando de manera exponencial. En algunas regiones del estado de Guerrero, como en la Tierra Caliente, han llegado a controlar la economía local y regional. Viven desangrando a las familias, a las empresas, a las comunidades y a sectores de la economía formal e informal, como a los comerciantes y a los transportistas. En los mercados locales les cobran hasta a los vendedores de limones o de verduras que llegan del campo a la ciudad a ofrecer sus productos.
Si, por un lado, el comercio formalmente establecido paga los impuestos federales, estatales y municipales, tiene además que pagar cuotas a los criminales porque si no lo hacen les queman sus negocios, o los asesinan o los amenazan. Y la disyuntiva que tienen es cerrarlos o huir, lo que significa que no hay condiciones de seguridad ni para comprar ni para vender.
Si, por un lado, no pueden compararse las de Trump con las del crimen organizado, por otro lado, ambas son amenazas a la economía local o regional que repercuten en las condiciones económicas de las familias, de las pequeñas empresas y de los empleos. Mientras el gobierno norteamericano pone aranceles a las exportaciones mexicanas, el crimen organizado pone sus propios aranceles, a su modo, a la economía interna, provocando el alza de los precios, el desempleo y la merma de la economía familiar.
La cuestión está en ¿qué pueden hacer los gobiernos para disminuir los aranceles que cobra el crimen organizado? Cada familia tiene el derecho de contar con los ingresos producto de un empleo seguro y digno y que les permita obtener los alimentos que requieren y el acceso a los servicios de salud y educación. Los aranceles del crimen organizado arrancan de tajo dichos derechos. De esta manera, la frágil economía de los pobres y de los más pobres se va desangrando todos los días con las consecuencias ya conocidas en la alimentación, en la salud y en la capacidad de ahorro.
Si tanta atención se pone en los aranceles de Trump que ponen en riesgo la economía nacional, también hay que poner atención a los aranceles que establece el crimen organizado que está afectando, de manera cotidiana, a todos, sobre todo, a los más pobres. Al menos, ¿no deberían los gobiernos establecer políticas públicas de seguridad y de justicia para disminuir esos criminales aranceles?

 

La causa de los colectivos de familias de desaparecidos

Lo que sucedió en el rancho Izaguirre del municipio de Teuchitlán, Jalisco, ha generado revuelo en el país, descubriendo y visibilizando la causa de los desaparecidos en México, una causa que ha sido ignorada e incomprendida tanto en la sociedad como en los gobiernos. Es necesario mirar la trascendencia de este tema en el plano nacional, así como los factores que han impulsado en los últimos años este fenómeno criminal. De esta forma, ahora quiero señalar tres factores que han contribuido al alza de las desapariciones en los últimos años y advertir sobre la trascendencia que las desapariciones de personas tienen en el futuro de nuestro país.
Primer factor: la descomposición del tejido social. Todos, hasta los gobiernos, reconocemos la necesidad de reconstrucción del tejido social en la medida en que puede disminuir la violencia y la inseguridad en todas partes. Este tejido está afectado por violencias directas, violencias institucionales y violencias culturales. Para que el tejido social sea restaurado se requiere una colaboración entre gobiernos y sociedad, cosa que no ha sido posible hasta ahora por la carencia de acuerdos entre ambas partes. Por otra parte, la sociedad ha estado siendo afectada por las bandas del crimen organizado, que controlan los territorios, que le abonan a la descomposición social infundiendo miedo y desesperanza y, además, un segmento de la sociedad se ha beneficiado con las ganancias de las bandas criminales. Y, por otra parte, la gente no tiene confianza en las instituciones del Estado, debido a la corrupción y la impunidad oficial. Los colectivos de desaparecidos tienen que afrontar la indiferencia y la insensibilidad social cuando se sienten solos navegando con su dolor y su rabia. La estigmatización social se ha convertido en su pan de cada día.
Segundo factor: la putrefacción del tejido institucional. Hay que reconocer una crisis institucional, una crisis de todo lo institucional, en todos los ámbitos en la medida en que ya no responden ni en lo inmediato ni en lo estratégico a las necesidades de la población. Esto afecta, sobre todo, a las instituciones del Estado mexicano en sus tres niveles de gobierno y en los tres poderes también. Algunas de estas instituciones están llenas de manzanas podridas que no permiten ni la seguridad ni la justicia. Cuando las familias de desaparecidos van por ayuda a las instituciones del Estado suelen ser revictimizadas una y otra vez. Estas familias son revictimizadas de diferentes formas. Una, cuando la víctima de desaparición no fue protegida por el Estado para evitar su desaparición; dos, cuando el Estado no cumple su obligación establecida en la ley de buscar a las víctimas de desaparición hasta encontrarlas; y, tres, cuando el Estado no apoya a las familias que las buscan, como lo establece la ley, que lo hace responsable de su localización, de su identificación, de establecer la verdad sobre su desaparición y, de hacer justicia.
Tercer factor: las estructuras criminales. Los cárteles de las drogas y demás formas de delincuencia organizada (trata de personas, tráfico de armas, lavado de dinero, venta ilegal de autopartes, etc.) se van estructurando mediante vínculos con la sociedad y con algunas instituciones del Estado con el objeto de lograr ganancias ilegales y, también, de controlar la economía y el poder en los territorios. En su interior incluyen células y bandas en los territorios en los que tienen el control. Pero, al exterior, se auxilian de vínculos de organizaciones sociales o territoriales mediante alianzas. También logran aliados (por omisión, colaboración, cooptación o sumisión) en instituciones públicas, como presidentes municipales, policías municipales, ministerios públicos, fiscalías, policías ministeriales, jueces y legisladores. De esta manera, la delincuencia organizada construye estructuras criminales en los territorios, que dan lugar a la desaparición de personas. Y, además, cuando los colectivos de familias de desaparecidos hacen sus búsquedas con sus herramientas precarias (varillas, picos, palas, etc.) tienen que afrontar estas estructuras criminales para encontrar a sus desaparecidos.
Ahora, ¿cómo trasciende el crecimiento de la desaparición de personas hacia el futuro del país? En casi todo el territorio nacional hay colectivos de víctimas de desaparición. Y el Estado (en sus diferentes instituciones) es el primer responsable de que sigan sucediendo y de que no haga lo que la ley le exige para sanar esta herida nacional. Pero la sociedad también es responsable de esta forma de violencia, por su carencia de empatía y por abandonar esta causa.
¿Acaso no podemos pensar que, a futuro, ya no haya desaparecidos en México? Si no ponemos a las víctimas, a todas las víctimas de las diferentes violencias, incluyendo a las víctimas de desaparición, en el centro de nuestra atención, no podremos soñar con la paz en nuestro país. Hay que pensar a México sin campos de entrenamiento de sicarios ni campos de exterminio como el encontrado en Teuchitlán. El Estado cumple cuando se haga responsable de concentrar a quienes ya están desaparecidos y cuando no permita nuevas desapariciones de personas. Y la sociedad puede contribuir apoyando a los colectivos que viven escarbando el suelo para buscar y encontrar a quienes no han encontrado aún. ¿Qué pueden hacer las universidades, las escuelas, las cámaras empresariales, las iglesias, las organizaciones sociales y los ciudadanos?