El crimen organizado es una consecuencia del modelo económico neoliberal cuya permanencia global genera exclusión, depredación y violencia en el mundo. El neoliberalismo tiene un rostro benévolo para el primer mundo y en las sociedades de bienestar, mientras tiene un rostro salvaje para los países pobres y en vías de desarrollo. En este sentido, las violencias que soportamos en México, sobre todo las que desarrollan las organizaciones criminales, son la cereza que corona el pastel del neoliberalismo.
El modelo neoliberal promueve la desregulación, la privatización y la reducción del papel del Estado en la economía, tanto en los ciclos de producción, comercialización en favor del libre mercado. Aunque el neoliberalismo se basa en principios capitalistas, va más allá al abogar por políticas específicas que buscan limitar la intervención del Estado y promover la globalización y la competencia en los mercados internacionales.
El modelo neoliberal ha forjado a las organizaciones criminales (cárteles de la droga, grupos criminales regionales y locales) con un modelo empresarial. Estas son verdaderas empresas que tienen sus dueños, sus trabajadores y sus influencias económicas locales o regionales. Empresas que cobran impuestos en sus territorios, de diferentes formas, como la extorsión, el cobro de piso, el secuestro y el desplazamiento forzado. Pero, eso sí, no pagan impuestos al fisco.
Por otra parte, las empresas son las herramientas consagradas para generar, distribuir y consumir riqueza y constituirlas legalmente ante las instituciones del Estado mexicano. Este hecho plantea un desafío ético fundamental: ¿es legítimo todo lo que es legal? ¿Hasta qué punto la ley refleja el interés en el bien común y no la voluntad de quienes concentran el poder económico? En este sentido, el capitalismo en su modelo neoliberal despliega una capacidad notable para moldear la ley a su conveniencia, generando zonas grises donde la moral y el interés público quedan supeditados al crecimiento económico del capital. De esta forma, las empresas, sobre todo, las trasnacionales presionan para que las leyes, con sus mecanismos propios, cuiden sus intereses.
Ejemplos los tenemos, y son demasiados.
De esta manera, tenemos una criminal industria de los alimentos. Los alimentos procesados de manera industrial tantas veces carecen de nutrientes y, además, intoxican el organismo humano. Los alimentos producidos en nuestros campos les ponen fertilizantes químicos, que los vuelven tóxicos. En los mercados no encontramos alimentos saludables y los que conseguimos en ellos, tarde o temprano, nos enferman. Y si en la familia y en la escuela no aprendemos a comer de manera saludable, hacemos un camino hacia las enfermedades y hacia la hospitalización.
Y tenemos también una criminal industria farmacéutica que no nos sana y nos mantiene enfermos. Nos hicieron creer que las medicinas industrializadas ayudan a la salud, pero tantas de ellas traen contraindicaciones, porque curan una enfermedad, pero también generan otras enfermedades. También nos hicieron creer que la medicina tradicional y ancestral no cura ni da alivio.
El modelo económico neoliberal promueve la criminal industria ambiental. La devastación de ecosistemas, la sobreexplotación de recursos naturales y la contaminación son consecuencias directas del afán de lucro sin límites, perjudicando a comunidades enteras y al planeta mismo. Y persiste el extractivismo, basado en la explotación intensiva de recursos naturales (como minerales, petróleo, madera, etc.).
Y sigue, además, la criminal industria de la información. Desde el financiamiento de campañas de desinformación hasta el control de medios de comunicación, grandes actores económicos han influido en la opinión pública para proteger sus intereses, incluso en contra del bien común. Tantas leyes se han elaborado en las legislaturas bajo presión de las trasnacionales o de los gobiernos para proteger sus intereses.
También podemos hablar de la criminal industria laboral. La subcontratación, los salarios bajos y la negación de derechos laborales son mecanismos utilizados para maximizar utilidades a costa del bienestar de las personas trabajadoras.
De esta manera, los índices de pobreza, la inseguridad alimentaria, la violencia en sus múltiples formas y las brechas de oportunidad se agravan bajo sistemas donde la ganancia es el principal motor de las decisiones. La permisividad hacia el lucro excesivo sin límites claros ni regulaciones efectivas, facilita la perpetuación de injusticias y sufrimientos evitables.
Para poner límites al neoliberalismo no bastan decretos ni discursos gubernamentales. Se requiere una inversión en la economía social y solidaria y, además, se necesita una revolución educativa que aún no existe, entre otras cosas. La economía social se construye desde abajo mediante procesos de economía solidaria, como las cooperativas de ahorro y crédito, de producción, de comercialización y de consumo en todos los territorios, en el campo y en la ciudad. Y también desde una revolución educativa que cambie el chip de la cultura neoliberal aún vigente en los gobiernos y en la sociedad, de manera que transforme la mente (pensamientos), el corazón (sentimientos) y las manos (acciones) de las personas.
Para desmontar la economía neoliberal se requieren políticas públicas del Estado y de todas sus instituciones, acompañadas de una cultura de desarrollo integral, sostenible, democrática, participativa y pacificadora en la que colaboren los gobiernos, la sociedad civil y los pueblos de nuestro México. En suma, el neoliberalismo económico que se ha sostenido en México tiene un apoyo ideológico y político. Pero tenemos la responsabilidad de desmontarlo. Quizá lo logremos en muchos años, pero hay que comenzar ahora con buenas decisiones.
