El Niño, nuevo extremo

Es probable que se establezca un récord de calor este año o el próximo. El fenómeno de El Niño está calentando aún más la Tierra, sumándose al cambio climático. Ahora, este fenómeno meteorológico podría repetirse sorprendentemente pronto, con consecuencias globales al calentar aún más la Tierra, además del cambio climático.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha pronosticado en su boletín del 2 de junio un fenómeno de El Niño moderado o posiblemente intenso. Según la OMM, las temperaturas inusualmente altas del mar en el Pacífico tropical son un indicio de este fenómeno meteorológico recurrente. Según la OMM, hay una probabilidad del 80 por ciento de que se instaure un episodio de El Niño entre junio y agosto de 2026. La probabilidad de que esas condiciones se consoliden al menos hasta noviembre se cifra en porcentajes cercanos o superiores al 90 por ciento. Aún persiste cierta incertidumbre sobre el momento exacto en el que se producirá el apogeo del episodio y cuál será su intensidad máxima, pero la mayoría de los modelos de pronóstico sugieren que será un evento por lo menos moderado, aunque posiblemente llegue a ser un episodio de fuerte intensidad (https://wmo.int/es/media/news/la-organizacion-meteorologica-mundial-insta-preparase-para-el-nino).
Posteriormente en otro boletín del 3 de julio, la OMM prevé una rápida evolución de El Niño hacia un episodio intenso durante los meses de julio a septiembre de 2026. Las predicciones mediante conjuntos multimodelos de los principales centros mundiales de predicción indican un calentamiento constante y significativo de las temperaturas oceánicas en todo el Pacífico ecuatorial central y oriental, y se espera que las anomalías medias estacionales de la temperatura de la superficie del mar superen los 2 grados centígrados en regiones clave de vigilancia. Los modelos de predicción coinciden de forma notable, lo que proporciona un nivel de confianza alto en las proyecciones. Se espera que El Niño continúe intensificándose durante el otoño del hemisferio norte y que su influencia se extienda a muchas regiones del planeta. Por lo que respecta a la cuenca del Atlántico ecuatorial, se espera que se mantenga, en general, más cálida que la media.
“Ya se observan condiciones características de un episodio de El Niño, y se prevé que se intensifiquen rápidamente hasta convertirse en un episodio fuerte, tal como anticipó acertadamente la OMM en sus predicciones. Esto aumentará las probabilidades de sequías y lluvias intensas, así como el riesgo de olas de calor terrestres y marinas en muchas regiones del mundo”, afirmó Celeste Saulo, Secretaria General de la OMM.
“La comunidad de la OMM ha puesto en marcha una movilización sin precedentes para coordinar actividades en las Naciones Unidas y a nivel regional en apoyo de los gobiernos, las organizaciones humanitarias y los sectores sensibles al clima. Las predicciones estacionales con suficiente antelación y las alertas tempranas son fundamentales para salvar vidas y amortiguar el impacto en nuestras economías y comunidades”, añadió (https://wmo.int/es/news/media-centre/se-preve-una-intensificacion-de-el-nino-lo-que-aumenta-la-probabilidad-de-fenomenos-meteorologicos).
Este fenómeno meteorológico se produjo por última vez en 2023/24. Según la OMM, fue uno de los cinco episodios de El Niño más intensos desde que se tienen registros, en 1950. Además, contribuyó a que 2024 se convirtiera en el año más caluroso a nivel mundial desde el inicio de la industrialización, según la temperatura media global registrada.

¿Qué es El Niño?

El Niño es una poderosa anomalía meteorológica con efectos de gran alcance en gran parte del mundo. Más precisamente, El Niño describe uno de los tres comportamientos fundamentalmente diferentes de un sistema de corrientes de agua y aire sobre el océano Pacífico, el complejo “El Niño / Oscilación del Sur” (ENOS). Es decir, al manifestarse, el fenómeno ENOS puede presentar dos fases opuestas: una cálida, conocida como El Niño, y una fría, conocida como La Niña. Entre estas dos fases puede darse también un tercer estado cuyas condiciones son neutras respecto al ENOS. Por lo general, un episodio de El Niño puede durar hasta 18 meses, y uno de La Niña, hasta tres años.
Normalmente, los vientos alisios soplan de este a oeste sobre el Pacífico. Esto provoca que el agua cálida se acumule en el oeste, frente a las costas de Australia y el sudeste asiático. En el este, frente a la costa de Sudamérica, el agua fría y rica en nutrientes asciende a la superficie.
Pero cada dos a siete años, las corrientes de aire y agua cambian: se produce El Niño o el fenómeno meteorológico opuesto, llamado La Niña. Durante La Niña, los vientos alisios soplan con más fuerza de lo habitual. Sudamérica se vuelve más seca, Australia y el sudeste asiático suelen experimentar fuertes lluvias y, en general, el mundo se enfría un poco. El agua cálida se acumula frente a la costa occidental del Pacífico.
Durante El Niño, sin embargo, los vientos se debilitan, cesan o cambian de dirección. El agua cálida acumulada se extiende hacia el este a través del océano Pacífico. Por lo tanto, la acumulación de agua cálida frente a las costas de Perú es una señal temprana del inicio de El Niño. Esto impide que el agua rica en nutrientes ascienda desde las profundidades. En consecuencia, los pescadores capturan menos peces durante este periodo. Este fenómeno alcanza su punto máximo alrededor de la Navidad, y El Niño debe su nombre a este hecho: el Niño (de Jesús).
El fenómeno de El Niño suele durar entre nueve y doce meses. Durante este tiempo, provoca fuertes lluvias en la costa del Pacífico de Sudamérica, mientras que Australia y el sudeste asiático sufren sequías y aridez. Los efectos de El Niño se extienden mucho más allá de la región del Pacífico, llegando incluso al Cuerno de África. En muchas regiones pueden producirse fenómenos meteorológicos extremos y malas cosechas. Y aunque los impactos directos sean menores en Europa, las consecuencias económicas globales, como el aumento de los precios de los alimentos, también se hacen sentir allí.
En términos de temperatura media global, los años de El Niño suelen ser de los más cálidos. Hay que imaginar un depósito de calor que se acumula gradualmente en el océano entre dos episodios de El Niño. Durante El Niño, el calor almacenado bajo la superficie del océano se libera de nuevo a la atmósfera. Todo el mundo experimenta este efecto, además del calentamiento provocado por el cambio climático.

¿Qué trae consigo?

“Los datos científicos son rotundos e indican, con una certeza del 90 por ciento, que El Niño llegará a nuestras puertas en los próximos meses. El mundo debe tratar este evento como lo que es: una alerta climática urgente. Las condiciones asociadas al episodio de El Niño echarán más leña al fuego de un mundo que se calienta. Las consecuencias se dejarán sentir con una intensidad todavía mayor y su alcance será aún más amplio, cruzando fronteras a una velocidad devastadora”, declaró el secretario general de la ONU, António Guterres, en un mensaje de video (https://www.youtube.com/watch?v=Q8TTMok9VOo).
Algunos modelos sugieren que incluso un El Niño particularmente intenso, a menudo denominado en los medios como Súper El Niño, es posible. Para que esto ocurra, la temperatura del Pacífico oriental, tendría que ser 1.5 grados centígrados superior a lo habitual; un El Niño típico se define como tal cuando la temperatura se desvía medio grado. Durante un Súper El Niño, las temperaturas en tierra también aumentan aún más bruscamente, y los efectos del fenómeno meteorológico son aún más extremos. El último Súper El Niño ocurrió en 2015. Sin embargo, los expertos advierten que aún es demasiado pronto para realizar evaluaciones definitivas.
Una clara consecuencia es que el fenómeno de El Niño agrava los efectos del cambio climático antropogénico. Los patrones climáticos pueden verse notablemente afectados en diversas partes del mundo. Sin embargo, es difícil predecir la magnitud real de los impactos locales.
Dado, que el cambio climático ya ha incrementado significativamente la temperatura media global. Así, los vientos cálidos están impactando un océano que ya se encuentra calentado a niveles extremos debido al cambio climático. Las consecuencias podrían ser las mismas de siempre: tormentas, sequías, menos peces en la costa oeste de Sudamérica, blanqueamiento acelerado de los corales y, por supuesto, una atmósfera más cálida en general. Como siempre, pero aún peor. Y si la situación empeora, miles de personas podrían ser afectadas en distintos grados debido al calor extremo que se teme.
Lamentablemente en los últimos años, las políticas climáticas han retrocedido mientras que la crisis climática se acelera. Esto significa que la amenaza aumenta indudablemente, mientras que las medidas para combatirla disminuyen claramente. El Niño es un claro recordatorio de esto.
La única respuesta eficaz es una acción climática global a la altura de la crisis: debemos acabar con la adicción a los combustibles fósiles, acelerar la transición a las energías renovables, proteger a los más vulnerables e implementar sistemas de alerta temprana para todos.

Nota: Este artículo tiene su principal referencia en publicaciones de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), en especial: https://wmo.int/es/topics/el-nino-la-nina.

 

Yo sí lo haría, ¿pero los demás..?

 

Combatir el cambio climático es un desafío urgente. Aunque el comportamiento humano es, en última instancia, la causa del cambio climático, probablemente también forme parte de la solución. Abordarlo requiere acción colectiva para implementar medidas de mitigación climática. De hecho, las encuestas han encontrado un amplio apoyo a este tipo de acción climática entre la población mundial. Sin embargo, dado que combatir eficazmente el cambio climático requiere no solo cambios de comportamiento individual, sino también medidas estructurales –por ejemplo, impuestos al carbono– que deben ser implementadas por los responsables políticos, es crucial que estos midan con precisión el apoyo público existente a tales medidas.
Combatir el cambio climático requiere acción política. Sin embargo, que los políticos en países democráticos implementen acciones climáticas depende de su percepción sobre la disposición de los votantes a aceptarlas. Por ejemplo, los responsables políticos en Alemania están juzgando de manera muy equivocada a la población, al menos en lo que respecta a su voluntad de proteger el clima.
En dicho sentido, reciente-mente la revista alemana científica Spektrum der Wissenschaft publicó una entrevista sobre los resultados de un estudio sobre estas percepciones. Tiene un título sugerente que puede traducirse de la siguientye manera: “Yo sí, pero los demás…” (https://www.spektrum.de/news/klimaschutz-politiker-schaetzen-die-bevoelkerung-voellig-falsch-ein/2330723). Es una entrevista al sicólogo Dr. Wilhem Hofman, de la Universidad Ruhr de Bochum, Alemania, que reseña el estudio realizado por un grupo de investigadores encabezados por él mismo. En la entrevista, Hofman comenta que se invitó a más de 6 mil políticos alemanes de los niveles federal, estatal y regional, cuyas direcciones de correo electrónico eran públicas, a participar en una breve encuesta sobre Tendencias en la sociedad alemana. No se reveló de antemano que la encuesta se centraría en el cambio climático. La tasa de respuesta fue sorprendentemente alta: alrededor de una cuarta parte, lo que representa aproximadamente mil 599 políticos en funciones, incluidos varios miembros del Parlamento alemán. Sus percepciones sobre la disposición del público a apoyar la acción climática se compararon con la disposición real reportada en dos muestras representativas a nivel nacional de alrededor de mil alemanes cada una (ver estudio en: https://osf.io/preprints/osf/kav53_v4).
El estudio fue realizado tanto al público en general como a los políticos; en el caso de estos últimos, no interesaban sus opiniones, sino su valoración de la ciudadanía y si sus creencias sobre ella eran correctas. Los resultados muestran que los políticos subestimaron significativamente el nivel real de conocimiento público sobre el problema. La clave del estudio reside en la comparación directa entre sus percepciones y las respuestas de una muestra representativa de la población. Se observó el mismo efecto en dos de las tres medidas analizadas: tanto en la aceptación de impuestos más altos sobre productos que dañan el clima como en el apoyo a nuevas normas y leyes. La disposición del público a cumplir supera con creces las expectativas de los políticos. Sólo en medidas puramente informativas, como campañas de sensibilización pública, se observa una estrecha sintonía entre políticos y ciudadanos.
Una percepción precisa del apoyo público existente a la acción climática es crucial, ya que subestimarlo podría impedir a los políticos implementar políticas climáticas efectivas por miedo a perder respaldo electoral. De hecho, trabajos previos sugieren que el propio público también subestima el amplio apoyo a tales medidas. Esta percepción errónea se conoce como ignorancia pluralista: la creencia de que una opinión particular prevalece en un grupo cuando, en realidad, sus miembros no la sostienen en esa medida.
La ignorancia pluralista es un sesgo sociosicológico por el cual las personas subestiman enormemente el grado de apoyo que otras personas brindan a algo, como la protección del clima. En otras palabras, muchos individuos pueden estar dispuestos a actuar, pero asumen falsamente que los demás no lo están. El cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, ilustra bien este fenómeno: los aldeanos y cortesanos fingen admirar la ropa invisible del emperador por miedo a ser considerados incompetentes, mientras todos asumen que los demás sí la ven.
La ignorancia pluralista puede ser un obstáculo para la acción climática, porque la disposición de las personas a contribuir a un bien común como la protección climática depende de su estimación sobre la disposición de otros a contribuir también. Si esta percepción errónea también está presente entre los políticos, puede convertirse en una barrera aún más formidable, porque ellos tienen más poder y recursos para implementar políticas climáticas. Los políticos pueden percibir la opinión pública como menos favorable a la acción climática de lo que en realidad es, especialmente cuando están expuestos de manera desproporcionada a opiniones tradicionalistas, extremas o de grupos con mayor capacidad de presión.
El lema de la ignorancia pluralista podría ser: “Yo sí lo haría, ¿pero los demás..?”. Esto no sólo se aplica a los políticos, sino a todos: el público en general subestima sistemáticamente la cooperación de sus conciudadanos en materia de protección climática (https://www.spektrum.de/news/klimaschutz-politiker-schaetzen-die-bevoelkerung-voellig-falsch-ein/2330723).
Así lo mostró también un amplio estudio internacional realizado por científicos de las universidades de Bonn, Frankfurt y Copenhague, en el que fueron encuestados 130 mil personas de 125 países, entre ellos México Los resultados revelan un amplio apoyo a la acción climática. En particular, el 69 por ciento de la población mundial expresa su disposición a contribuir con el 1 por ciento de sus ingresos personales, el 86 por ciento respalda normas sociales a favor del clima y el 89 por ciento exige una mayor acción política. (Andre, P., Boneva, T., Chopra, F. et al., Globally representative evidence on the actual and perceived support for climate action, Nature Climate Change 14, 253–259 (2024), https://doi.org/10.1038/s41558-024-01925-3.) Sus resultados son refrendados por la encuesta poblacional del estudio del grupo del Dr. Hofman.
También se preguntó a los ciudadanos alemanes si estarían dispuestos a destinar el uno por ciento de sus ingresos familiares a la protección del clima. En este caso, el apoyo público también fue mucho mayor de lo que suponían los políticos: aproximadamente la mitad de los ciudadanos alemanes respondió afirmativamente, mientras que los políticos creían que solo uno de cada cinco estaría dispuesto a hacerlo. En estos resultados, los representantes de todos los partidos se equivocaron en su evaluación, tanto a nivel federal como estatal, regional y local. En cuanto a impuestos y regulaciones, todos subestimaron inicialmente el apoyo público; sin embargo, cuanto más a la derecha se situaban en el espectro político, mayor era la subestimación, aunque solo ligeramente. Esto fue más evidente en el caso de la extrema derecha, la AfD, que obtuvo sistemáticamente puntuaciones más bajas que todos los demás partidos.
En suma, en todos los partidos políticos sus representantes subestimaron la aceptación pública de impuestos y leyes, así como la disposición a contribuir con un uno por ciento de los ingresos para mitigar el cambio climático. Este efecto de ignorancia pluralista entre los políticos fue incluso más pronunciado que el observado en la población.
Pero ¿quién está más alejado de los hechos: los ciudadanos o los políticos? El estudio concluye que son los políticos: ellos subestiman el apoyo público a las medidas ambiciosas incluso más que los propios ciudadanos.
El estudio plantea dos posibles explicaciones. La primera es el silencio de la mayoría: quienes apoyan la protección del clima a menudo creen erróneamente que son minoría y, por ello, se expresan menos. Esta mayoría silenciosa puede ser aún menos perceptible en la política cotidiana. La segunda explicación es el ruido adicional del ámbito político: los políticos se enfrentan de manera desproporcionada a voces fuertes y organizadas, como grupos de presión y opositores particularmente activos a las políticas climáticas. Estas minorías ruidosas pueden influir en su percepción de lo que la población desea con más fuerza que la mayoría, mucho más numerosa pero más silenciosa.
La crisis climática también demuestra hasta qué punto el ejercicio descontrolado de las libertades individuales puede convertirse en una catástrofe para todos. En la investigación, esto se entiende como un dilema social: la estructura subyacente de muchos de los mayores problemas de nuestro tiempo, desde el cambio climático hasta el entorno alimentario insalubre y las redes sociales sin regulación. En la entrevista de Spektrum der Wissenschaft, el Dr. Hofman comenta que el economista Joseph Stiglitz capturó sucintamente la paradoja de su solución: al restringirnos en puntos cruciales mediante normas sensatas, a menudo no terminamos con menos libertad, sino con más libertad en general.
Las soluciones políticas verdaderamente efectivas, como los impuestos al carbono o las leyes de protección climática, deben intervenir más profundamente en la vida cotidiana y reorganizar ciertos comportamientos; pero precisamente por ello protegen bienes comunes que nos conciernen a todos y pueden generar un verdadero valor añadido. Si analizamos estas medidas desde la perspectiva de su objetivo –qué queremos lograr realmente–, se revelan como herramientas adecuadas para el problema que buscamos resolver. El hecho de que el argumento de la libertad, o la afirmación de que la población no quiere este tipo de medidas, todavía pueda usarse para obstaculizar políticas eficaces demuestra, dos cosas: primero, que las razones y visiones que subyacen a la acción gubernamental deben comunicarse mejor; y segundo, que los hallazgos de la ciencia del comportamiento deben integrarse con más solidez en la formulación de políticas.
La investigación demuestra, sobre todo, que no falta voluntad social; esta, sin duda, es mayor de lo que suponen tanto los políticos como la ciudadanía. Sobre esa base podemos construir juntos. En lugar de hacer eco de las preocupaciones de una minoría ruidosa que se opone a cualquier forma de acción climática, necesitamos comunicar eficazmente que la gran mayoría de las personas en todo el mundo están dispuestas a actuar contra el cambio climático y esperan que los gobiernos nacionales actúen realmente.

 

Finanzas y naturaleza 2026

Por cada dólar estadunidense que el mundo invierte en la protección de la naturaleza, gasta 33 dólares estadunidenses en su destrucción. Este marcado desequilibrio es la principal conclusión de un nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), publicado en enero de este año. El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) titulado Estado de las finanzas para la naturaleza 2026: La naturaleza en rojo: Impulsando la transición de trillones de dólares a una economía de la naturaleza” (https://www.unep.org/resources/state-finance-nature-2026). El informe presenta los flujos financieros globales hacia soluciones basadas en la naturaleza (SbN). La cuarta edición se basa en metodologías consolidadas, pero utiliza datos mejorados y herramientas más robustas para analizar los flujos financieros para las SbN en 2023, las necesidades de inversión en SbN, las oportunidades para las SbN hasta 2030 y 2050, y la financiación perjudicial para el medio ambiente. Revela que, en general, los Estados están muy por debajo de los objetivos de inversión en SbN para combatir el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas.
En 2023, 7.3 billones de dólares se invirtieron en actividades perjudiciales para el medio ambiente, desde subsidios a los combustibles fósiles hasta inversiones en sectores con alto impacto ambiental, como los servicios públicos y la energía; 4.9 billones de dólares provinieron de inversiones privadas en sólo unos pocos sectores de alto impacto: servicios públicos, industriales, energía y materias primas. Se gastaron 2.4 billones de dólares en subvenciones perjudiciales: combustibles fósiles, agricultura, uso del agua.
En cambio, sólo 220 mil millones de dólares fluyeron hacia SbN, y los fondos privados aportaron apenas 23 mil millones de dólares (10 por ciento), los otros 197 mil millones de dólares son fondos públicos (90 por ciento).
Para alcanzar los objetivos mundiales de biodiversidad, protección del clima y restauración de los ecosistemas, las inversiones en SbN deben incrementarse en más de 2.5 veces, hasta alcanzar los 571 mil millones de dólares anuales para 2030 –que representa apenas el 0.5 por ciento del producto interno bruto (PIB) mundial.
Simultáneamente se requiere revertir las enormes cantidades invertidas En actividades con impactos negativos directos en la naturaleza. Esto significa reformar y reutilizar los flujos de capital privados y públicos: la herramienta más poderosa para orientar los mercados hacia la sostenibilidad, ofreciendo rendimientos sólidos, resiliencia y alineación regulatoria para el sector privado.
Así, el informe del PNUMA también presenta la Curva X de Transición a la Naturaleza, un marco práctico para ayudar a los gobiernos y las empresas a eliminar gradualmente los subsidios perjudiciales y las inversiones destructivas, al tiempo que expanden iniciativas de SbN basadas en la ciencia altamente efectivas en todos los sectores económicos. Este marco demuestra cómo redirigir tan solo una fracción de los flujos financieros perjudiciales existentes podría cerrar la brecha de financiación y liberar un billón de dólares para la naturaleza.
El informe propone las siguientes prioridades de transición a corto plazo:
– Reformar los subsidios perjudiciales y alinear los presupuestos con las metas de las Convenciones de Río.
– Ampliar la inversión pública en soluciones basadas en la naturaleza (SbN), en particular en bienes públicos.
– Regular e incentivar eficazmente para alinear la inversión con el valor de la naturaleza y sus servicios.
– Exigir la divulgación de riesgos e impactos relacionados con la naturaleza para reorientar los incentivos.
– Expandir el financiamiento combinado y los instrumentos de mitigación de riesgos, así como desarrollar mercados de naturaleza de alta integridad para movilizar capital privado a gran escala.
Se hace énfasis que las SbN son más eficaces cuando están fundamentadas en el liderazgo local y responden a los contextos ecológicos, culturales y sociales locales.
El informe señala que al eliminar progresivamente las inversiones en actividades empresariales negativas a la naturaleza y ampliar las que la favorecen, podemos impulsar una economía de transición basada en la naturaleza. Las oportunidades relacionadas con la naturaleza van más allá de la protección y la restauración: existen en todos los sectores de la economía, incluyendo la alimentación, la construcción, los servicios públicos, las extracciones de minerales e hidrocarburos, entre otras. Se presentan oportunidades de mercados emergente: agricultura regenerativa, silvicultura sostenible, restauración de ecosistemas, créditos de biodiversidad y compensaciones de carbono, bonos vinculados a la naturaleza y cadenas de suministro certificadas.
El informe ofrece ejemplos de medidas ya aplicadas en todo el mundo: Reverdecer las áreas urbanas para contrarrestar los efectos de isla de calor y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos; Integrar la naturaleza en infraestructuras de comunicaciones y energéticas (por ejemplo, parques solares y hábitats naturales co-ubicados); ampliar cadenas de suministro sostenibles (libres de deforestación), intercambios de deuda por naturaleza y otras oportunidades).
El informe recomienda impulsar un nuevo contrato social y económico para lograr la economía de transición natural de billones de dólares, que requiere trabajar con la naturaleza en lugar de en su contra.
Considera el informe que “sólo ampliando las inversiones en SbN y acelerando la transición hacia la naturaleza y la bioeconomía, el mundo podrá cumplir los objetivos 2030 establecidos por las convenciones de Río y proteger el capital natural que mantiene a la Tierra segura para todos y todas. Los gobiernos, las empresas y las instituciones financieras tienen un interés común en asegurar que los ecosistemas sigan funcionando y permanezcan saludables, con el fin de sostener el crecimiento de la economía real y del sistema financiero”.

 

La irresponsabilidad ambiental de los más ricos

El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación por nutrientes y el consumo del agua dulce son ejemplos del daño ambiental que causa el 10 por ciento más acaudalado de la población mundial, perjuicios que asume la sociedad en su conjunto. Según estimaciones de investigadores de la Universidad de Leiden (Países Bajos) y la Universidad de Oxford (Inglaterra), que fueron publicadas el pasado 18 de junio en la revista Communications Sustainability (https://www.nature.com/articles/s44458-026-00079-x). Únicamente por su consumo, este 10 por ciento causa daños climáticos y ambientales anuales que se calculan entre 5,0 y 1,5 billones de euros (de entre 1.7 a 5.7 billones de dólares). Esta cifra excede las brechas de financiamiento internacional para el clima y la biodiversidad. En un boletín de prensa de la Universidad de Leiden ponen en perspectiva el enorme tamaño del problema: los Países Bajos destinarán 27 mil millones de euros a defensa en el 2026. En 2025, la economía de los Países Bajos se valoró en más de 1.13 billones de euros (https://www.universiteitleiden.nl/en/news/2026/06/top-10-per-cent-of-consumers-cause-trillions-in-environmental-damage).
La cuantificación monetaria permite comparar distintos tipos de daños ambientales en una escala común y los vincula con los debates económicos y fiscales. Los autores aclaran que esto no implica tratar la naturaleza como una mercancía comercializable, y que las cifras monetarias sólo reflejan una parte del valor de los ecosistemas.
Inge Schrijver, la investigadora principal, y sus compañeros Rutger Hoekstra y Paul Behrens estudiaron a un 10 por ciento de las personas con más ingresos. Este conjunto de individuos se superpone en gran parte con los ciudadanos más acaudalados. En un país próspero como los Países Bajos, una proporción considerable de la población está en esta categoría: aquellos cuyos ingresos anuales superan los 45 mil euros forman parte del decil más rico a nivel mundial.
“Lo que está causando el daño es la conducta de ese diez por ciento, como los viajes en avión con frecuencia y los automóviles grandes”, dice Schrijver. “Por consiguiente, se presenta una oportunidad para que los encargados de las políticas hagan la diferencia”. El descubrimiento de que este grupo de consumidores produce una cantidad “desproporcionada” de daño ecológico, según los investigadores, demuestra nuevamente que no todos tienen la misma responsabilidad respecto a las soluciones.
Según Schrijver, un enfoque único para todos es menos eficaz. “Es menos justo también”, sostiene. En ese escenario, los que consumen menos acaban financiando el modo de vida de otros. “Por otro lado, se aprecia que las políticas equitativas tienen más respaldo”.
Y, tanto si alguien lo paga como si no, el daño es real, afirmó el coautor Behrens de la Universidad de Oxford en una entrevista. “Actualmente, los costes los asumen los ecosistemas y las comunidades que sufren sequía y contaminación”.
Los científicos exhortan a que, por lo tanto, los responsables asuman responsabilidades con más rigor.
En la investigación, el equipo analizó el impacto del consumo individual en varios límites planetarios seleccionados. Abarca cuatro de los nueve límites planetarios (cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación por nutrientes y consumo del agua dulce). Se excluyen el cambio en los sistemas terrestres, la acidificación de los océanos, la carga de aerosoles atmosféricos, el agotamiento del ozono estratosférico y las nuevas entidades debido a la falta de datos adecuados.
De acuerdo con sus estimaciones, cerca de la mitad del daño infligido (entre un 47 y un 56 por ciento) es resultado de la extinción de especies, mientras que entre el 36 y el 45 por ciento corresponde al cambio climático. Según el equipo, las implicaciones del enriquecimiento de nitrógeno son entre un 6 y un 8 por ciento, mientras que las del enriquecimiento de fósforo y la contaminación del agua dulce son inferiores al 2 por ciento cada una. No se tomaron en cuenta otros límites planetarios, como la acidificación de los océanos o las variaciones en la utilización del suelo. Es probable que las cifras sean conservadoras. Solo abarcan cuatro de los nueve límites planetarios y reflejan únicamente el consumo directo. Para las personas con mayores ingresos, aproximadamente la mitad de las emisiones provienen de inversiones, no del consumo personal; impactos que no se incluyen en este análisis.
El equipo enfatiza que el 10 por ciento de la población mundial con mayores riquezas está distribuido de manera inequitativa. Aproximadamente el 2 por ciento vive en India, mientras que el 60 por ciento de su población vive en Estados Unidos y la Unión Europea, según lo reporta el estudio. Según el estudio, este 10 por ciento más rico de la población mundial produce costos ambientales anuales por individuo que oscilan entre los 2 mil 300 y los 7 mil 500 dólares estadunidenses (en valores de dólares del año 2017).
No obstante, los autores calculan grandes disparidades regionales para diferentes países: en Estados Unidos, el perjuicio anual per cápita causado por el 10 por ciento más rico varía entre 19 mil y 63 mil dólares, equivalente al 6-20 por ciento de sus ingresos o al 0.8-3 por ciento de su patrimonio. El promedio estimado es de aproximadamente 38 mil dólares.
En India, el perjuicio producido por el 10 por ciento más adinerado de la población llega a entre 410 y mil 400 dólares por persona al año. En Alemania, el daño medio al medio ambiente por cada persona del 10 por ciento más rico es de poco menos de 10 mil dólares al año.
Las estimaciones solo toman en cuenta los gastos de consumo, por ejemplo, no se consideraron las repercusiones de las inversiones financieras. Schrijver sostiene que “el daño es causado por la conducta de ese diez por ciento, como el empleo de vehículos grandes y los viajes frecuentes en avión”. También son ejemplos el uso de calefacción con petróleo y gas, así como el consumo de carne.
Estos costes ponen de relieve la responsabilidad de mitigación los daños ambientales del 10 por ciento más rico e ilustran los ingresos potenciales de los impuestos ambientales si se adopta el principio de “quien contamina paga” a los grupos de alto consumo. Los investigadores señalan que la tributación ambiental centrada en el consumo de lujo, en lugar de en los bienes básicos, tiende a ser más progresiva y eficaz para reducir las emisiones, aunque recalcan que la fijación de precios es solo una herramienta entre varias y no justifica ni compensa el daño en sí. Así, los investigadores se pronuncian a favor de una protección más amplia del medio ambiente a través de regulaciones y por pedir que los responsables del daño asuman más responsabilidades; una alternativa sería un impuesto ambiental o algún tipo de impuesto sobre el patrimonio.

 

El clima y la infancia

De acuerdo con un reporte de la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) que se publicó el 16 de junio del año pasado, alrededor de mil 100 millones de niños y niñas en todo el mundo, lo que equivale a cerca de la mitad del total, están en riesgo ante al menos tres peligros climáticos conjuntos. Esto representa un peligro para su salud, su educación y su supervivencia. El informe advierte que la mayoría de los niños y niñas del mundo están expuestos a, por lo menos, un riesgo climático. Más de 4 millones de ellos podrían enfrentar hasta seis riesgos combinados.
El Informe Riesgo Climático de la Infancia 2026 (https://data.unicef.org/resources/childrens-climate-risk-report-2026/) emplea los datos más recientes para trazar un mapa de la exposición infantil a las ocho amenazas climáticas más habituales: las sequías, los incendios, las tormentas tropicales, las tormentas de polvo y arena, las olas de calor, el calor extremo, las inundaciones costeras y las fluviales. El informe, por primera vez, muestra con precisión los lugares en los que se producen múltiples peligros climáticos combinados que tienen un impacto en la infancia y sobrecargan los servicios fundamentales, además de su intensidad. Asimismo, propone un conjunto de acciones específicas que los gobiernos pueden implementar para tratar este tema.
En el comunicado de prensa del informe se señala, que las olas de calor, el calor extremo y la sequía son la mezcla más común de amenazas climáticas: como se indica en el reporte, más de 296 millones de infantes residen en áreas que están expuestas a estos tres sucesos. Más de 115 millones de infantes en el mundo entero son afectados por la segunda combinación más común, que consiste en sequías, olas de calor extremas y tormentas tropicales (https://www.unicef.org/es/comunicados-prensa/casi-mitad-ninos-mundo-expuestos-m%C3%ADnimo-tres-peligros-climaticos).
En la zona del Sahel, una de las más afectadas en África, se encuentran con el peligro triple de tormentas de polvo y arena, calor extremo y olas de calor más de 4 millones de niños. En ciertas naciones de Asia, como Pakistán, Myanmar y Bangladesh, la infancia se enfrenta a más amenazas climáticas combinadas y de mayor intensidad que en cualquier otra parte del planeta.
Los múltiples riesgos de origen climático no dejan fuera a las naciones de alto ingreso. Los datos indican que, por ejemplo, en Italia más de 6 millones de niños y niñas están expuestos a sequías duraderas y olas de calor. Sin embargo, los progresos en esta nación evidencian que invertir en adaptación al cambio climático puede ayudar a reducir algunos de los riesgos que enfrenta la infancia. No obstante, es preciso tomar medidas contundentes a medida que se intensifica la crisis climática.
Además de los ocho peligros climáticos más frecuentes, el informe analiza la contaminación atmosférica y el paludismo, dos peligros que dependen en gran medida de los efectos del cambio climático. Los datos revelan que la contaminación ambiental afecta a casi todos los niños y niñas del mundo (2 mil 300 millones) y que mil millones están expuestos al paludismo, lo que supone una nueva amenaza para una población infantil que ya se enfrenta a múltiples peligros climáticos.
En México, donde la UNICEF contabiliza un total de 38 millones 637 mil 408 menores de 18 años, estima el informe que 38 millones 222 mil niños y niñas (el equivalente al 98.9 por ciento están expuestos al menos a un riesgo climático; 34 millones 949 mil niños y niñas (90.5 por ciento) están expuestos a dos riesgos climáticos combinados, y 15 millones 323 mil niños y niñas (39.6 por ciento) están expuestos a tres riesgos climáticos combinados.
Los principales peligros para México son las olas de calor, que afectan a 32 millones 257 mil 912 niñas y niños y la sequía, a 28 millones 800 mil.
El informe también ofrece un marco para examinar los distintos tipos de riesgos que enfrenta la infancia, teniendo en cuenta su vulnerabilidad y su exposición a las crisis climáticas, así como el acceso a servicios sociales fundamentales tales como la educación, el agua potable, la atención sanitaria y otros. Este enfoque puede emplearse de varias formas, desde el estudio de los riesgos vinculados con uno o más peligros climáticos hasta la evaluación de los riesgos en diversos sectores, lo que evidencia las amenazas a las que se ven confrontados niños y niñas en distintas situaciones.
Por ejemplo, los niños y las niñas de naciones frágiles y sin litoral, tales como Chad o la República Centroafricana, afrontan riesgos climáticos que se superponen y no tienen acceso a servicios básicos. Esto complica mucho su capacidad para sobrellevar la situación y recuperarse. El informe indica, además, que todos los niños de 24 pequeños estados insulares en desarrollo, desde Haití hasta Vanuatu, están expuestos a tormentas tropicales capaces de paralizar islas completas al colapsar los servicios básicos.
Los peligros climáticos se volverán más graves y frecuentes si no se implementan acciones urgentes para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero. Como consecuencia, los sistemas y presupuestos del gobierno tendrán que enfrentar una presión aún mayor. Según el informe, esto también amenazará el bienestar infantil.
Con el objetivo de defender los derechos de los niños frente a las amenazas climáticas y adaptarse a las modificaciones ambientales que son cada vez más evidentes, UNICEF solicita que los gobiernos, las compañías y otros grupos importantes implementen estas medidas:
* Para satisfacer los compromisos internacionales asumidos, disminuir las emisiones y adoptar acciones audaces fundamentadas en el mejor conocimiento científico disponible. La transición justa hacia las energías renovables y la eliminación urgente y progresiva de los combustibles fósiles son algunos de estos pasos.
* Salvaguardar a los niños y las niñas a través de la adaptación climática incluyente, la disminución del riesgo de desastres y la implementación de acciones que prioricen la resiliencia de los servicios sociales frente a las pérdidas y daños. Esto comprende acciones como la creación de centros de salud que se adapten a las condiciones climáticas y de instalaciones educativas seguras y respetuosas con el ambiente, asegurar un suministro seguro de alimentos para los niños, hacer que los sistemas de alerta temprana ante diversos riesgos sean efectivos para la infancia y accesibles a los servicios que dependen de ellos, y mejorar la eficacia de los servicios relacionados con el agua y el saneamiento, así como de los sistemas de protección social que puedan reaccionar ante situaciones críticas.
* Capacitar a niños, niñas y jóvenes para que tengan una participación significativa en la acción climática, destinando recursos a la educación, al conocimiento y a las habilidades relacionadas con el clima, además de fortalecer la capacidad de los encargados de tomar decisiones y los expertos para honrar los derechos de los niños y niñas a ser escuchados, a expresarse libremente y a involucrarse en las decisiones que impactan sus vidas.
Sin entrar a mayor detalle seguramente los niños y las niñas de estados pobres y de bajo desarrollo como Chiapas, Guerrero y Oaxaca son de los más afectados por el cambio climático, en esta intrincada combinación de riesgos que pone en peligro la salud, la educación y la supervivencia de los niños y las niñas, debilitando lo que pueden hacer las familias y los propios gobiernos para proteger a los menores.

Indicadores del cambio climático global 2025

Según los científicos climáticos, se están emitiendo más gases de efecto invernadero que nunca. Esto conlleva un aumento en las concentraciones de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso en la atmósfera. La consecuencia es que se está almacenando más calor en el sistema terrestre y desequilibrando el planeta. Esta es la conclusión del último informe Indicadores del Cambio Climático Global (IGCC en inglés), presentado en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebra actualmente en Bonn, Alemania, del 8 al 18 de junio. La Conferencia es la reunión preparatoria oficial para la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP31), que tendrá lugar en Antalya (Turquía) en el mes de noviembre.
El informe fue realizado por un grupo internacional de investigadores liderado por Piers Forster de la Universidad de Leeds en la revista Earth System Science Data el pasado 11 de junio (https://essd.copernicus.org/articles/18/3889/2026/essd-18-3889-2026.html). Es la cuarta actualización de los indicadores clave del estado del sistema climático basándose en las ediciones anteriores de 2022, 2023 y 2024. Realiza un seguimiento de doce conjuntos clave de indicadores del estado del sistema climático, siguiendo de cerca los métodos del Sexto Informe de Evaluación (AR6) del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC). Sus conclusiones están diseñadas para llenar el vacío existente entre los informes científicos del IPCC, que se publican cada 5-7 años.
Así, el informe examina las concentraciones y las emisiones de los gases de efecto invernadero, las temperaturas, los balances de radiación, las transferencias de energía y el rol de la actividad humana; a partir de estos elementos, llegan a la conclusión de que el sistema climático sigue experimentando un calentamiento progresivo que conlleva un acelerado aumento global de temperatura.
El informe indica que la mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero se originan en la industria y los combustibles fósiles. La concentración atmosférica se incrementó en 2025 con respecto a la de 2019, debido a que estas emisiones continúan. Esto también ha agravado el llamado desequilibrio energético de la Tierra, que ocurre cuando, por ejemplo, entra al sistema terrestre más energía a través de los gases de efecto invernadero de la que se pierde.
El calentamiento inducido por el ser humano alcanzó 1.37 grados en relación con 1850-1900 en el año 2025, aumentando a una tasa de 0.27 grados por década durante 2016-2025 y se estima que rebasen los 1.5 grados en alrededor de cuatro años (aumento límite del Acuerdo de París de 2015). Esto es significativo porque se ha identificado el aumento de 1.5 grados como la línea divisoria crítica entre los riesgos climáticos manejables y los daños catastróficos, potencialmente irreversibles, a los ecosistemas globales y las sociedades humanas.
La alta tasa de calentamiento, que coincide con el máximo histórico visto el año pasado en el registro instrumental, fue causada por una combinación de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que alcanzaron un máximo histórico de 54.6 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente por año (GtCO2e año?1) durante la última década (2015-2024), así como reducciones en la intensidad del enfriamiento de los aerosoles. En 2024 (el año más reciente para el que se tienen datos), las emisiones de GEI a nivel global llegaron a un máximo histórico, con 56 mil 800 millones de toneladas de CO2e, originadas sobre todo por la combustión de combustibles fósiles.
En consecuencia, en 2025, las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera fueron las siguientes: dióxido de carbono (CO2), con un nivel de 425.6 partes por millón (ppm); metano (CH4), con mil 936.3 partes por mil millones (ppb); y óxido nitroso (N2O), con 339.4 ppb. Desde el año 2019, las concentraciones de los tres GEI más relevantes han subido: el CO2 ha aumentado en 15.6 ppm, el CH4 en 70 ppb y el N2O en 7.2 ppb entre los años 2019 y 2025.
La actualización de este año abarcó también un indicador más de condiciones climáticas extremas: De acuerdo con el informe, desde la década de 1970 los océanos han acumulado cerca del 90 por ciento del exceso de calor que se ha absorbido. En consecuencia, los días de olas marinas de calor, que es una etapa extendida en la que la temperatura del agua del mar se eleva por encima de lo habitual, sobrepasando las cifras históricas para una zona concreta. De acuerdo con el calentamiento incesante de la superficie del océano, estas olas de calor son cada vez más comunes. Desde 1991 hasta 2025, la cantidad de días con olas de calor marinas a nivel global se ha multiplicado tres veces y media. En 2025, se documentaron 65 días en los que ocurrieron olas de calor marinas, lo que sugiere un aumento temporal en la temperatura del mar.
Asimismo, en el año 2025, se estableció un récord de aumento del nivel del mar a nivel mundial con 23 cm desde el año 1901. La velocidad a la que se elevan los niveles del mar es de aproximadamente 1.8 milímetros anuales, y dicha velocidad está aumentando rápidamente.
En el informe se presentan las influencias y los cambios climáticos, que reflejan las consecuencias de las decisiones sociales tomadas durante la crucial década de 2020. De acuerdo con el informe, si la humanidad desea contener el calentamiento global a 1.5 grados con un 50 por ciento de probabilidad, únicamente tiene la posibilidad de emitir 130 gigatoneladas de CO2. Si se mantienen los niveles de emisiones actuales, este presupuesto se acabará en tres años. Si el calentamiento se limita a 1.7 grados, las emisiones de CO2 se reducirían a 500 gigatoneladas, lo cual duraría doce años.
Como se señala en el informe, la continuación de estas actualizaciones anuales podría rastrear disminuciones o aumentos en la tasa de emisiones por las actividades humanas.
Concluyendo, que para frenar la rapidez del calentamiento global causado por el ser humano y contener el aumento de los riesgos e impactos climáticos, se requiere un incremento importante en los esfuerzos de descarbonización durante la segunda mitad de esta década. Estos hallazgos, como muchos otros generados por investigadores de todos los rincones del planeta, están condicionados a la experiencia internacional y al trabajo en conjunto, así como a la conservación y disponibilidad de bases de datos climáticas globales y a los programas de observación mundial que las respaldan, lo que depende de un financiamiento cada vez más escaso debido a gobiernos poco interesados en este tipo de asuntos (ver esto último en https://www.carbonbrief.org/guest-post-how-a-record-high-energy-imbalance-is-driving-global-warming/).

 

Día Mundial del Medio Ambiente 2026

El Día Mundial del Medio Ambiente se conmemora el 5 de junio. Probablemente sea, como cada año, el acontecimiento ambiental más notable de la Organización de las Naciones Unidas. El Día Mundial del Medio Ambiente destaca la relevancia crucial de salvaguardar nuestro entorno natural, promoviendo tanto la acción a nivel global como el crecimiento de la conciencia ambiental frente a la crisis ecológica mundial que ponen en peligro el futuro de la vida humana tal como la conocemos.
El Día Mundial del Medio Ambiente fue establecido hace más de 50 años por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1972, coincidiendo con la primera cumbre mundial sobre medio ambiente: la Conferencia de Estocolmo sobre el Medio Ambiente Humano, ganando año con año relevancia.
Este 2026, el Día Mundial del Medio Ambiente se centra en un llamamiento mundial a la acción climática bajo el lema #PorElClimaYa. El país anfitrión y organizador es la República de Azerbaiyán, que acogerá la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente, en Bakú.
Finalmente, el planeta no polemiza. No argumenta. No hace negociaciones. Manda señales: mares que suben, incendios violentos, olas de calor y glaciares derritiéndose. Los países del mundo han declarado en el Acuerdo de París de 2015, que el límite era 1.5 grados de aumento de la temperatura promedio en el planeta. Estamos camino a sobrepasar ese límite. Durante décadas, el mundo ha estado expuesto a la historia sobre el clima: advertencias, objetivos y plazos distantes. Con excesiva regularidad, el ruido de la retórica ha eclipsado la respuesta: los intereses económicos de unos cuantos, los más ricos, han promovido la distracción, las demoras, las negativas pueriles. Se ha tratado de evadir las causas del desastre climático debido a la adicción a los hidrocarburos de la humanidad.
Nos encontramos en una megacrisis generada por la humanidad. Los reportes de la ciencia más recientes a través del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) y de la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) han sido las advertencias más recientes. Señalan que los efectos directos sobre la humanidad se intensificarán debido a los desastres climáticos y los acontecimientos meteorológicos extremos, así como a las consecuencias irreversibles del cambio climático en los ecosistemas y la subsiguiente extinción masiva de especies.
Ya son perceptibles los efectos del aumento de la temperatura en los océanos y la acidificación oceánica. La función primordial de los océanos en el clima está amenazada. Los informes del IBPES alertan que la disminución de la biodiversidad traerá consigo más catástrofes climáticas y más “puntos de inflexión ecológicos”, punto de no retorno para el planeta que conocemos. El sistema de la Tierra está en riesgo de colapsar. Pero, a pesar de eso, los informes también ofrecen esperanza al resaltar el aporte que pueden hacer ecosistemas diversos y saludables como sumideros de carbono en la batalla contra la crisis climática.
Nuestro objetivo primordial debe ser asegurar que la disminución mundial de las emisiones de gases con efecto invernadero y la protección de especies y ecosistemas se traten por igual, así como que el cuidado del clima y la conservación de la naturaleza sean abordados, trabajados y comunicados en conjunto. Además de reducir los gases de efecto invernadero y adaptarnos al cambio climático, un tercer ámbito de acción, que debe ser más relevante si todavía existe la posibilidad de cumplir con las metas del Acuerdo de París sobre el clima, es la restauración y protección de grandes sumideros naturales de gases de efecto invernadero como los océanos, las turberas y los bosques.
Así, para brindarles a los jóvenes, a las generaciones futuras, un mundo en el que valga la pena vivir, debemos cambiar rápidamente a una economía respetuosa con la naturaleza. Se requiere promover la transición energética global a las energías renovables y las soluciones basadas en la naturaleza para protección del clima, así como la implementación de la economía circular, entre otras soluciones posibles. Se trata de utilizar menos recursos naturales. Sobre todo, los no renovables, para no sólo contribuir a reducir drásticamente las emisiones de gases y compuestos de efecto invernadero, sino también para preservar la biodiversidad y proteger nuestra naturaleza.
El enfoque común primordial debe ser el de “soluciones basadas en la naturaleza” que son aquellas que hacen uso de las funciones naturales de los ecosistemas para solucionar los efectos negativos sobre el medio ambiente causados por el ser humano, como por ejemplo su habilidad para absorber carbono atmosférico de manera permanente o mitigar las consecuencias de eventos climáticos extremos.
No obstante, para que esto suceda, es necesario que los ecosistemas estén más protegidos con sus elementos naturales y que se utilicen dentro de los límites de carga. De esta manera, los sistemas ecológicos y sus interacciones beneficiosas se mantienen sin cambios o tienen la capacidad de regenerarse. Estas estrategias fusionan la preservación de la naturaleza y del clima. Para garantizar y, si se puede, aumentar su capacidad de resistencia ante la crisis climática, los sumideros naturales de carbono deben seguir siendo estables, intactos y revitalizados. A nivel global, cada año absorben aproximadamente la mitad de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) producidas por los seres humanos. Asimismo, pueden reducir los riesgos y las consecuencias de las fluctuaciones climáticas y de los fenómenos meteorológicos extremos mientras estén sanos. En cambio, sus perjuicios y pérdidas generan emisiones de gases de efecto invernadero aún más altas; por lo tanto, en las décadas siguientes los sumideros naturales podrían transformarse en un peligroso motor del cambio climático a nivel global.
Los ecosistemas en estado puro no sólo son capaces de almacenar no sólo enormes cantidades de carbono, sino que además tienen muchas otras repercusiones positivas y juegan un rol esencial para nuestra economía, salud, nutrición y bienestar. Regulan las plagas, incrementan la fertilidad del terreno y limpian el agua y el aire. Por esta razón, las soluciones basadas en la naturaleza se distinguen por un desarrollo sustentable que tiene como objetivo asegurar una calidad de vida elevada para todos los seres humanos dentro de los límites del planeta. No obstante, esto también conlleva la necesidad de una nueva concepción social y de una agenda política para alcanzar la suficiencia, mejorar la eficiencia y lograr una economía circular cerrada. No podrán hacerlo solos los sumideros naturales.
Es necesario resaltar y fomentar a nivel político el potencial de los ecosistemas sanos como estrategia para proteger el clima, por ejemplo, a través de una mayor protección de los manglares y la conservación de bosques y selvas. Esto puede generar sinergias firmes con los objetivos de atender el cambio climático y la pérdida de biodiversidad que sean también rentables.
En conclusión, los problemas identificados en 1972, cuando se instituyó el 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente, son ahora crisis en toda regla. Existen límites planetarios para el crecimiento económico y poblacional, que estamos superando constantemente. No se puede seguir así durante los próximos años, ya no hay más tiempo. Si no, estamos condenados a destruir por completo las redes de la vida que nos sustentan en el planeta. Finalmente, somos esta generación la que puede hacer la paz con el planeta.

 

Los científicos están ajustando los escenarios climáticos

Los especialistas son un poco más optimistas en lo que respecta a las emisiones globales de gases de efecto invernadero en el futuro. No obstante, el cambio climático causado por las actividades humanas continúa siendo un peligro.
En el estudio del clima, los escenarios son esenciales para investigar las tendencias socioeconómicas, los avances tecnológicos y las alternativas políticas futuras que sean posibles, así como sus efectos en el cambio climático y sus repercusiones. Es relevante señalar que estos escenarios no son predicciones ni pronósticos de lo que sucederá en el futuro. Por ejemplo, tienen la capacidad de ser empleados para estimar los efectos a largo plazo de las políticas vigentes, analizar el impacto de estrategias alternativas de mitigación o las repercusiones con baja probabilidad y alto impacto que tienen las emisiones elevadas. Los escenarios también hacen más fácil el estudio de los impactos evitados y de los costos y requerimientos asociados con la mitigación para prevenir o revertir el cambio climático que pueda ocurrir en el futuro. Para desarrollar estos escenarios, es necesaria la cooperación de equipos de investigación globales. La creación de estos escenarios está respaldada por el Consorcio Integrado de Modelización de Evaluación (IAMC, en inglés) y se basa en la información científica más actual, coordinada por un comité científico global y con distintas disciplinas, todo esto dentro del Programa Mundial de Investigación Climática (WCRP, en inglés).
En Geoscientific Model Development (Van Vuuren, D. et al., Geoscientific Model Development 10.5194/gmd-19–2627–2026) se publicó el diseño de los escenarios del denominado Proyecto de Intercomparación de Modelos Acoplados (CMIP7, en inglés) en abril de 2026. El conjunto consta de siete escenarios que promoverán las proyecciones climáticas globales en CMIP7. El Comité Científico Conjunto del Programa Mundial de Investigación Climática (WCRP) aprobó tanto el proceso de consulta con la comunidad científica, como los escenarios producidos
Los escenarios incluyen una gama de emisiones que va desde las más bajas hasta las más altas. Se sugiere, a diferencia de las etapas previas del CMIP, que los modelos del sistema terrestre lleven a cabo sus experimentos tomando como referencia directamente las trayectorias de emisión de CO2 y no las concentraciones de CO2 obtenidas de modelos intermedios. Esta perspectiva posibilitará un mejor entendimiento de las incertidumbres vinculadas al ciclo del carbono en las proyecciones climáticas. El conjunto también incorpora diversos casos de sobrecalentamiento, que posibilitan a los científicos y a los líderes políticos estudiar las consecuencias de anular las tendencias de calentamiento al suprimir el carbono de la atmósfera y entender más profundamente lo que esto implica para la sociedad y los ecosistemas. Además, se ha simplificado la nomenclatura de los escenarios con los siguientes títulos descriptivos para facilitar la comunicación:
* Alto (H): Las emisiones crecen hasta llegar al nivel que se considera factible, en línea con un retroceso de las políticas climáticas vigentes. Esta situación causará un calentamiento intenso.
* De alto a bajo (HL): Las emisiones suben inicialmente, como en el escenario alto; sin embargo, en la segunda mitad del siglo disminuyen drásticamente hasta llegar a cero neto en 2100.
* Medio (M): Emisiones que son coherentes con las políticas existentes, las cuales se congelan desde 2025, lo que implica un grado moderado de calentamiento.
* Nivel medio-bajo (ML): Las emisiones disminuyen de manera progresiva, hasta llegar a ser nulas al final del siglo.
* Baja (L): Emisiones que son compatibles con la posibilidad de conservar el calentamiento por debajo de los 2 °C y no regresar a los 1.5 grados antes del final del siglo.
* Muy bajo (VL): Se reducen las emisiones para mantener las temperaturas lo más bajas posible. Este escenario limita el calentamiento a 1.5 grados para finales de siglo, con un ligero sobrecalentamiento previo.
* Bajo a negativo (LN): Las emisiones disminuyen un poco más lentamente que en el escenario VL, con temperaturas que superan los 1.5 grados. Posteriormente, las emisiones caen rápidamente a valores negativos para reducir el calentamiento (https://www.wcrp-climate.org/news/science-highlights/2413-cmip7-scenarios-explainer-2026).
En la investigación, se matizan las suposiciones más preocupantes acerca del cambio climático causado por el ser humano. El artículo sostiene que la situación más grave con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero se ha vuelto improbable.
Dos cambios significativos con relación a los escenarios del CMIP6 son que, en el siglo XXI, el escenario de emisiones globales más elevadas es ahora más bajo que el de conjuntos de escenarios previos y que la previsión inicial del cambio de temperatura global vinculada al escenario con las menores emisiones ya no permanece por debajo del umbral de 1.5 grados. Pero, como el equipo de investigación explica, aunque las emisiones se reduzcan en el peor escenario posible, esto no implica que se haya evitado una crisis climática severa. Esto se debe a que el nuevo peor escenario prevé un aumento de la temperatura global de alrededor de 3.5 grados en comparación con los niveles anteriores a la industrialización, una cifra a partir de la cual es razonable anticipar consecuencias climáticas sumamente graves. A pesar de que el nuevo panorama de mayor riesgo implica un cambio climático significativo, todas estas conjeturas están expuestas a incertidumbres en el sistema climático, lo que sugiere que la temperatura global podría exceder los 4 grados para el año 2100, incluso con reducción de emisiones. Además, el cambio climático no se detendrá de inmediato, sino que seguirá por algún tiempo.
Entre otros puntos, el autor principal de la investigación, Detlef van Vuuren, que trabaja en la Universidad de Utrecht (Países Bajos), subraya en el artículo la disminución del costo de las energías renovables. En los años recientes, el crecimiento de la provisión de energías renovables ha sido más acelerado de lo que se esperaba. Por lo tanto, es posible que en el futuro la demanda de gas y petróleo, entre otros combustibles fósiles, aumente a un ritmo más lento. Algunas acciones de protección climática están teniendo un impacto, aunque sea limitado.
Niklas Höhne, del New Climate Institute, explica que los nuevos escenarios de emisiones no deben ser entendidos como una señal de que todo va bien: “La ciencia actual prevé consecuencias mucho más graves para un determinado nivel de temperatura que hace diez años”. En particular, se tiene ahora en cuenta que la probabilidad de puntos de inflexión es más alta; esto es, eventos climáticos que, una vez sobrepasado un cierto umbral de calentamiento global, presentan un comportamiento abrupto y nuevo, como volverse incontrolables o aumentar su velocidad drásticamente. “Por lo tanto, los efectos del escenario actual con las mayores emisiones son prácticamente tan graves como los previstos hace diez años en el peor escenario posible de aquel entonces” (https://www.spektrum.de/news/klimawandel-wissenschaftler-passen-klima-szenarien-an/2325565).
En el artículo, no obstante, se apunta que el escenario más favorable para el calentamiento global es ahora menos optimista de lo que se pensaba antes. Esto es porque las emisiones han continuado creciendo en los años recientes. Los escenarios más optimistas solo llegarán a 1.5 grados hacia el final de este siglo, después de sobrepasar este objetivo en al menos entre 0.2 y 0.3 grados. Esto implica que el cambio climático y la adaptación a este deben recibir más atención. Además de los esfuerzos concentrados para disminuir las emisiones de gases con efecto invernadero, también es necesario hacer esfuerzos para eliminar el dióxido de carbono del aire.
Estos escenarios se conciben como trayectorias de emisiones que se están aplicando en este momento en modelos del sistema terrestre para prever los resultados climáticos venideros. Los resultados serán examinados de manera exhaustiva en los próximos años para evaluar las implicaciones de las simulaciones de cambios climáticos, además de colaborar con el estudio acerca de la vulnerabilidad, la adaptación y los impactos del clima. Finalmente, se emplearán los nuevos escenarios de emisiones, las conclusiones de los modelos climáticos y las valoraciones de los efectos del clima en el siguiente informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que se espera sea publicado en 2028 o 2029.

 

Acción local para un impacto mundial

A pesar de nuestros progresos tecnológicos, continuamos dependiendo de la naturaleza para necesidades fundamentales como son el agua, los alimentos, la ropa, los medicamentos y la energía. Por lo tanto, es fundamental que respetemos, defendamos y recuperemos la biodiversidad del planeta.
En ese sentido, el 22 de mayo de 1992, la ONU adoptó el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), que entró en vigor el 29 de diciembre de 1993. Su meta es fomentar la preservación de la diversidad biológica, el uso sostenible de sus elementos y una participación justa y equitativa en los beneficios que provienen del empleo de los recursos genéticos.
En consecuencia, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su reunión del 20 de diciembre del 2000, establece que el Día Internacional de la Diversidad Biológica se celebre el 22 de mayo (Resolución A/RES/55/201), que es el aniversario de la adopción del mencionado Convenio sobre la Diversidad Biológica. Este día fue elegido con el objetivo de educar y sensibilizar a la sociedad y a las naciones acerca de los asuntos relacionados con la biodiversidad.
La destrucción de la biodiversidad supone una amenaza para la humanidad, al igual que la crisis del cambio climático. Es urgente que cambiemos drásticamente nuestro modo de vida. Los humanos dependemos de una naturaleza y su biodiversidad lo menos perturbada posible. Son el fundamento de nuestra existencia y el legado para las generaciones venideras. Los gobiernos y la sociedad deben poner en práctica de manera inmediata y eficaz acciones para evitar el inminente colapso ecológico. Debemos reconsiderar: lo que se requiere es una sostenibilidad genuina, no un crecimiento económico ininterrumpido en donde los límites de la naturaleza que conocemos no se respetan.
Algunos datos de Naciones Unidas nos dicen la necesidad de lo anterior:
* La actividad humana ha alterado el ambiente terrestre en un 75 por ciento y el marino en un 66 por ciento.
* Actualmente, sólo el 17 por ciento de las tierras y alrededor del 8 por ciento de las áreas marinas están protegidas.
* Un millón de especies de animales y vegetales están en peligro de extinción.
Es importante comprender que el concepto de biodiversidad se refiere a la gran diversidad de microorganismos, animales y plantas que existen, pero también abarca las variaciones genéticas dentro de cada especie y el conjunto diverso de ecosistemas (bosques, campos agrícolas, lagos, desiertos), que contienen numerosas interacciones entre sus partes (plantas, humanos, animales) y su medio ambiente (aire, agua, suelo). De manera significativa, es importante que no se olvide que la pérdida de una especie es para siempre, es irreversible, teniendo un efecto dominó en la diversidad genética y de ecosistemas.
En otras palabras, es necesario crear condiciones y un entorno propicio para convivir con la naturaleza, no en oposición a ella. La humanidad emplea en exceso los recursos naturales no renovables y renovables, como consecuencia, colabora con la destrucción de la diversidad biológica global. México tampoco es una excepción.
Es posible llevar a cabo la conservación de la naturaleza y su biodiversidad de forma social y económicamente aceptable, para lo cual se necesita: modificar el rumbo de la producción agropecuaria; cambiar las modalidades del transporte; transformar el rumbo de la producción energética; y dejar atrás un crecimiento caracterizado por un alto consumo y desperdicio de recursos naturales. Si se desea alcanzar los objetivos más inmediatos del Plan de Biodiversidad en el 2030. Necesitamos, por ejemplo, más espacios naturales bajo régimen de conservación, que deben ser catalizadores del desarrollo humano de los habitantes que ahí viven.
En diciembre de 2022, el mundo hizo un avance histórico al implementar el Marco Mundial de la Biodiversidad Kumming-Montreal, que también se conoce como el Plan de Biodiversidad. Este acuerdo de gran envergadura define 23 metas para el año 2030 y cuatro objetivos globales para el año 2050, con un objetivo claro: poner fin y revertir la pérdida de la naturaleza. Dentro de los componentes fundamentales del marco se incluyen: conservar y restaurar el 30 por ciento de los ecosistemas, disminuir a la mitad la introducción o asentamiento de especies invasoras y movilizar anualmente como mínimo 200 mil millones de dólares en estrategias que favorezcan la biodiversidad. Todo esto para el año 2030.
En este 22 de mayo de 2026, la Secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica proclamó el lema del Día Internacional de la Diversidad Biológica: Acción local para un impacto global, que se centra en una idea poderosa: los cambios significativos empiezan a pequeña escala. La efectividad del Plan de Biodiversidad para prevenir la pérdida de biodiversidad está sujeta a la fortaleza de las acciones locales, así como al compromiso de las comunidades, organizaciones y gobiernos que colaboran.
Pero es también un llamado urgente. El tiempo avanza. Faltarán sólo cuatro años para cumplir los objetivos más inmediatos del Plan de Biodiversidad en 2030. Nosotros tenemos un compromiso propio y con las futuras generaciones. Por eso son de suma importancia las acciones locales, las de cada uno de nosotros. Necesitamos actuar por nosotros mismo en nuestros ámbitos cercanos. No es posible depender de la retórica y el discurso frívolo de personas en todo tipo de ámbitos de la sociedad disfrazadas de ecologistas, que usan una causa noble como es el de la conservación de la naturaleza y su biodiversidad como forma de vida sin mayor compromiso.
La experiencia hasta el momento ha evidenciado que las leyes actuales, los planes de acción y las estrategias no son suficientes para poner fin a las causas de la destrucción del medio ambiente, instaurar un entorno propicio para la naturaleza y frenar la disminución de biodiversidad. Por eso cada uno de nosotros necesita un compromiso local más fuerte con la preservación de la naturaleza y su biodiversidad.

Conservar la naturaleza y sus implicaciones sociales

El Marco Mundial de Biodiversidad Kunming-Montreal establece una ambiciosa hoja de ruta para lograr la visión de un mundo que viva en armonía con la naturaleza para 2050. El objetivo 3 del Marco pretende aumentar la cobertura global de áreas protegidas y conservadas al menos hasta el 30 por ciento de la superficie terrestre y marina del planeta para 2030. 196 países, incluido México, asumieron compromisos formales para alcanzar esta meta durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad (COP15) en 2022. En consecuencia, para bien o para mal, un gran número de personas se verán afectadas por los esfuerzos para alcanzar el objetivo “30×30”.
La expansión global de las áreas protegidas para la naturaleza y la biodiversidad podría tener enormes consecuencias sociales. El impacto en las personas ya sea positivo o negativo, dependerá del contexto social de otras áreas y de cómo se gobiernen y gestionan. El número de personas afectadas y su identidad dependerán de los aspectos de la naturaleza que se prioricen para su protección; pero en todos los casos, este contexto humano debe ser una consideración clave para que los planes de conservación tengan éxito tanto para las personas como para la naturaleza.
En consecuencia, dependiendo de la estrategia, más de dos mil millones de personas vivirían en áreas sujetas a regulaciones más estrictas, muchas de ellas en regiones menos desarrolladas. Esta es la conclusión de un estudio publicado el pasado 12 de mayo en la revista Nature Communications (https://www.nature.com/articles/s41467-026-71860-8).
El estudio es liderado por investigadores del Instituto de Investigación para la Conservación de la Universidad de Cambridge y en el que participa un equipo internacional diverso de investigadores. Ellos investigaron quiénes se verían afectados por el objetivo internacional “30×30”.
A tan solo cuatro años de que finalice el objetivo y con menos del 20 por ciento de la superficie terrestre y marina mundial protegida, el equipo de investigadores prevé que los esfuerzos para alcanzar la meta 30×30 se intensificarán considerablemente. Se están llevando a cabo debates sobre qué áreas terrestres y marinas deben conservarse y cómo garantizar una implementación exitosa en todo el mundo.
Los investigadores examinaron tres escenarios para escoger áreas de conservación que posibilitarían que el mundo logre la meta 30×30, para revertir la disminución de la naturaleza y mejorar nuestra capacidad de adaptación al cambio climático: áreas con una biodiversidad especialmente elevada, áreas de relevancia significativa para conservar el agua o el clima, y territorios de poblaciones indígenas.
Para lograrlo, los investigadores combinaron mapas de áreas protegidas con conjuntos de datos sobre densidad de población, niveles de vida y medios de subsistencia. Entre otros datos, registraron el Índice de Desarrollo Humano (IDH), la extensión de la agricultura a pequeña escala, la ganadería y el uso de recursos naturales como la pesca extractiva o la recolección de plantas silvestres.
En un escenario diseñado para proteger la mayor cantidad posible de especies y ecosistemas diferentes, centrado en la biodiversidad, tendría consecuencias sociales de gran alcance. El 46 por ciento de la población mundial viviría dentro o a menos de 10 kilómetros de un área protegida. Alrededor de 2 mil 200 millones de personas vivirían dentro de las áreas protegidas de nueva creación, 29.9 por ciento de la población mundial, más de cinco veces el número actual a pesar de que el área es menos de una duplicación, y otros 2 mil 700 millones en sus inmediaciones. Además, muchas de las regiones afectadas se ubican en paisajes agrícolas densamente poblados.
Otros enfoques afectarían a menos personas en general, pero una mayor proporción sería socialmente vulnerable, lo que demuestra que las decisiones de implementación influyen profundamente tanto en el número como en el perfil social de las personas afectadas.
El segundo escenario basado en las Contribuciones de la Naturaleza a las Personas (NCP) se centra en la protección de grandes áreas de hábitat –principalmente en la Amazonía y el Congo– que brindan servicios naturales a personas de todo el mundo, como el ciclo de nutrientes y la captura de carbono. Se aumentaría la población residente dentro de áreas protegidas y conservadas a mil millones (13.5 por ciento de la población mundial) con 2 mil 300 millones dentro de 10 kilómetros de las áreas. La menor población en este escenario NCP en comparación con el escenario de alta biodiversidad refleja su configuración espacial con algunas áreas más grandes y contiguas en regiones con baja densidad de población.
El tercer escenario prioriza áreas con un importante valor de conservación que son gobernadas y gestionadas por pueblos indígenas y comunidades locales. Si bien este escenario afectaría a un número significativamente menor de personas que uno centrado en proteger al mayor número de especies, sin embargo, estas áreas presentan condiciones socioeconómicas desproporcionadamente precarias. En este escenario se aumentaría la población residente a 517 millones (6.8 por ciento de la población mundial), con mil 300 millones dentro de 10 kilómetros. En muchas áreas se presentan bajas puntuaciones en el Índice de Desarrollo Humano (74 por ciento) y alta participación en la explotación silvestre, el 91 por ciento de la población en las regiones tropicales utiliza plantas silvestres u otros productos naturales para su subsistencia.
“Si analizamos dónde podrían ubicarse los nuevos espacios naturales protegidos, vemos que no se trata de paisajes deshabitados; a menudo, allí vive mucha gente, sobre todo en países como el Reino Unido. La planificación de cambios en el uso del suelo para alcanzar los objetivos de conservación nacionales y mundiales debe tener en cuenta el impacto en la población local”, afirmó el profesor Chris Sandbrook, director del Instituto de Investigación para la Conservación de la Universidad de Cambridge y autor principal del informe (https://www.cam.ac.uk/research/news/support-local-people-to-protect-worlds-nature-new-report-urges-as-deadline-for-global-conservation).

“Además de los beneficios locales, las áreas naturales protegidas pueden absorber carbono de la atmósfera y ayudar a mitigar el cambio climático, lo cual, a gran escala, es de suma importancia para todos. Sin embargo, en muchos casos, son las personas que viven más cerca de las áreas de conservación quienes suelen sufrir las consecuencias negativas”, afirmó el doctor Javier Fajardo, investigador del Instituto de Investigación para la Conservación de la Universidad de Cambridge y primer autor del informe.
Añadió: “Si se alcanza el objetivo global de conservación de la manera correcta, podría ser realmente beneficioso tanto para las personas como para la naturaleza. Es un objetivo ambicioso, y para lograrlo necesitamos un compromiso igualmente ambicioso de apoyar a las comunidades locales, que son fundamentales para conseguirlo”.
Las áreas naturales protegidas, cuando se gestionan adecuadamente, pueden beneficiar a las comunidades locales. Por ejemplo, los bosques pueden prevenir inundaciones, dar acceso a un suministro sostenible de agua potable o a sitios culturales, las flores silvestres pueden sustentar a los insectos polinizadores de los cultivos, la recolección silvestre puede mantener los medios de subsistencia locales y el acceso a los espacios naturales es importante para el bienestar humano. Mientras que los costos pueden abarcar la imposibilidad de que las personas vivan en el área o la utilicen para extraer recursos.
Es decir, si bien las áreas protegidas podrían aportar beneficios a la población local, como ecosistemas más estables, también conllevan el riesgo de generar conflictos por el uso de la tierra y restricciones a las formas de vida tradicionales.
Por ello, el impacto final de las nuevas áreas de conservación dependerá de su diseño y gestión. Por ejemplo, existe una gran diferencia entre un parque nacional de conservación estricta y un área protegida en tierras indígenas. Independientemente del enfoque adoptado, garantizar que las comunidades locales no se vean perjudicadas requerirá una inversión sustancial y procesos que les permitan participar en la toma de decisiones, según indica el equipo del estudio.
El equipo de investigadores afirma que no existe un enfoque “socialmente óptimo” para la conservación de la naturaleza: el impacto en las personas variará enormemente dependiendo de las prioridades con las que se elijan las tierras para su protección y de cómo se gobiernen y gestionen los sitios seleccionados.
Por lo tanto, los investigadores de este estudio abogan por una mayor integración de estos factores en la planificación global de la conservación de la naturaleza. La expansión de las áreas protegidas debe ir acompañada de programas de desarrollo, ayuda financiera y una mayor participación de las comunidades locales. Se esperaría, que en México se implemente lo anterior.