Los científicos están ajustando los escenarios climáticos

Los especialistas son un poco más optimistas en lo que respecta a las emisiones globales de gases de efecto invernadero en el futuro. No obstante, el cambio climático causado por las actividades humanas continúa siendo un peligro.
En el estudio del clima, los escenarios son esenciales para investigar las tendencias socioeconómicas, los avances tecnológicos y las alternativas políticas futuras que sean posibles, así como sus efectos en el cambio climático y sus repercusiones. Es relevante señalar que estos escenarios no son predicciones ni pronósticos de lo que sucederá en el futuro. Por ejemplo, tienen la capacidad de ser empleados para estimar los efectos a largo plazo de las políticas vigentes, analizar el impacto de estrategias alternativas de mitigación o las repercusiones con baja probabilidad y alto impacto que tienen las emisiones elevadas. Los escenarios también hacen más fácil el estudio de los impactos evitados y de los costos y requerimientos asociados con la mitigación para prevenir o revertir el cambio climático que pueda ocurrir en el futuro. Para desarrollar estos escenarios, es necesaria la cooperación de equipos de investigación globales. La creación de estos escenarios está respaldada por el Consorcio Integrado de Modelización de Evaluación (IAMC, en inglés) y se basa en la información científica más actual, coordinada por un comité científico global y con distintas disciplinas, todo esto dentro del Programa Mundial de Investigación Climática (WCRP, en inglés).
En Geoscientific Model Development (Van Vuuren, D. et al., Geoscientific Model Development 10.5194/gmd-19–2627–2026) se publicó el diseño de los escenarios del denominado Proyecto de Intercomparación de Modelos Acoplados (CMIP7, en inglés) en abril de 2026. El conjunto consta de siete escenarios que promoverán las proyecciones climáticas globales en CMIP7. El Comité Científico Conjunto del Programa Mundial de Investigación Climática (WCRP) aprobó tanto el proceso de consulta con la comunidad científica, como los escenarios producidos
Los escenarios incluyen una gama de emisiones que va desde las más bajas hasta las más altas. Se sugiere, a diferencia de las etapas previas del CMIP, que los modelos del sistema terrestre lleven a cabo sus experimentos tomando como referencia directamente las trayectorias de emisión de CO2 y no las concentraciones de CO2 obtenidas de modelos intermedios. Esta perspectiva posibilitará un mejor entendimiento de las incertidumbres vinculadas al ciclo del carbono en las proyecciones climáticas. El conjunto también incorpora diversos casos de sobrecalentamiento, que posibilitan a los científicos y a los líderes políticos estudiar las consecuencias de anular las tendencias de calentamiento al suprimir el carbono de la atmósfera y entender más profundamente lo que esto implica para la sociedad y los ecosistemas. Además, se ha simplificado la nomenclatura de los escenarios con los siguientes títulos descriptivos para facilitar la comunicación:
* Alto (H): Las emisiones crecen hasta llegar al nivel que se considera factible, en línea con un retroceso de las políticas climáticas vigentes. Esta situación causará un calentamiento intenso.
* De alto a bajo (HL): Las emisiones suben inicialmente, como en el escenario alto; sin embargo, en la segunda mitad del siglo disminuyen drásticamente hasta llegar a cero neto en 2100.
* Medio (M): Emisiones que son coherentes con las políticas existentes, las cuales se congelan desde 2025, lo que implica un grado moderado de calentamiento.
* Nivel medio-bajo (ML): Las emisiones disminuyen de manera progresiva, hasta llegar a ser nulas al final del siglo.
* Baja (L): Emisiones que son compatibles con la posibilidad de conservar el calentamiento por debajo de los 2 °C y no regresar a los 1.5 grados antes del final del siglo.
* Muy bajo (VL): Se reducen las emisiones para mantener las temperaturas lo más bajas posible. Este escenario limita el calentamiento a 1.5 grados para finales de siglo, con un ligero sobrecalentamiento previo.
* Bajo a negativo (LN): Las emisiones disminuyen un poco más lentamente que en el escenario VL, con temperaturas que superan los 1.5 grados. Posteriormente, las emisiones caen rápidamente a valores negativos para reducir el calentamiento (https://www.wcrp-climate.org/news/science-highlights/2413-cmip7-scenarios-explainer-2026).
En la investigación, se matizan las suposiciones más preocupantes acerca del cambio climático causado por el ser humano. El artículo sostiene que la situación más grave con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero se ha vuelto improbable.
Dos cambios significativos con relación a los escenarios del CMIP6 son que, en el siglo XXI, el escenario de emisiones globales más elevadas es ahora más bajo que el de conjuntos de escenarios previos y que la previsión inicial del cambio de temperatura global vinculada al escenario con las menores emisiones ya no permanece por debajo del umbral de 1.5 grados. Pero, como el equipo de investigación explica, aunque las emisiones se reduzcan en el peor escenario posible, esto no implica que se haya evitado una crisis climática severa. Esto se debe a que el nuevo peor escenario prevé un aumento de la temperatura global de alrededor de 3.5 grados en comparación con los niveles anteriores a la industrialización, una cifra a partir de la cual es razonable anticipar consecuencias climáticas sumamente graves. A pesar de que el nuevo panorama de mayor riesgo implica un cambio climático significativo, todas estas conjeturas están expuestas a incertidumbres en el sistema climático, lo que sugiere que la temperatura global podría exceder los 4 grados para el año 2100, incluso con reducción de emisiones. Además, el cambio climático no se detendrá de inmediato, sino que seguirá por algún tiempo.
Entre otros puntos, el autor principal de la investigación, Detlef van Vuuren, que trabaja en la Universidad de Utrecht (Países Bajos), subraya en el artículo la disminución del costo de las energías renovables. En los años recientes, el crecimiento de la provisión de energías renovables ha sido más acelerado de lo que se esperaba. Por lo tanto, es posible que en el futuro la demanda de gas y petróleo, entre otros combustibles fósiles, aumente a un ritmo más lento. Algunas acciones de protección climática están teniendo un impacto, aunque sea limitado.
Niklas Höhne, del New Climate Institute, explica que los nuevos escenarios de emisiones no deben ser entendidos como una señal de que todo va bien: “La ciencia actual prevé consecuencias mucho más graves para un determinado nivel de temperatura que hace diez años”. En particular, se tiene ahora en cuenta que la probabilidad de puntos de inflexión es más alta; esto es, eventos climáticos que, una vez sobrepasado un cierto umbral de calentamiento global, presentan un comportamiento abrupto y nuevo, como volverse incontrolables o aumentar su velocidad drásticamente. “Por lo tanto, los efectos del escenario actual con las mayores emisiones son prácticamente tan graves como los previstos hace diez años en el peor escenario posible de aquel entonces” (https://www.spektrum.de/news/klimawandel-wissenschaftler-passen-klima-szenarien-an/2325565).
En el artículo, no obstante, se apunta que el escenario más favorable para el calentamiento global es ahora menos optimista de lo que se pensaba antes. Esto es porque las emisiones han continuado creciendo en los años recientes. Los escenarios más optimistas solo llegarán a 1.5 grados hacia el final de este siglo, después de sobrepasar este objetivo en al menos entre 0.2 y 0.3 grados. Esto implica que el cambio climático y la adaptación a este deben recibir más atención. Además de los esfuerzos concentrados para disminuir las emisiones de gases con efecto invernadero, también es necesario hacer esfuerzos para eliminar el dióxido de carbono del aire.
Estos escenarios se conciben como trayectorias de emisiones que se están aplicando en este momento en modelos del sistema terrestre para prever los resultados climáticos venideros. Los resultados serán examinados de manera exhaustiva en los próximos años para evaluar las implicaciones de las simulaciones de cambios climáticos, además de colaborar con el estudio acerca de la vulnerabilidad, la adaptación y los impactos del clima. Finalmente, se emplearán los nuevos escenarios de emisiones, las conclusiones de los modelos climáticos y las valoraciones de los efectos del clima en el siguiente informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que se espera sea publicado en 2028 o 2029.

 

Acción local para un impacto mundial

A pesar de nuestros progresos tecnológicos, continuamos dependiendo de la naturaleza para necesidades fundamentales como son el agua, los alimentos, la ropa, los medicamentos y la energía. Por lo tanto, es fundamental que respetemos, defendamos y recuperemos la biodiversidad del planeta.
En ese sentido, el 22 de mayo de 1992, la ONU adoptó el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), que entró en vigor el 29 de diciembre de 1993. Su meta es fomentar la preservación de la diversidad biológica, el uso sostenible de sus elementos y una participación justa y equitativa en los beneficios que provienen del empleo de los recursos genéticos.
En consecuencia, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su reunión del 20 de diciembre del 2000, establece que el Día Internacional de la Diversidad Biológica se celebre el 22 de mayo (Resolución A/RES/55/201), que es el aniversario de la adopción del mencionado Convenio sobre la Diversidad Biológica. Este día fue elegido con el objetivo de educar y sensibilizar a la sociedad y a las naciones acerca de los asuntos relacionados con la biodiversidad.
La destrucción de la biodiversidad supone una amenaza para la humanidad, al igual que la crisis del cambio climático. Es urgente que cambiemos drásticamente nuestro modo de vida. Los humanos dependemos de una naturaleza y su biodiversidad lo menos perturbada posible. Son el fundamento de nuestra existencia y el legado para las generaciones venideras. Los gobiernos y la sociedad deben poner en práctica de manera inmediata y eficaz acciones para evitar el inminente colapso ecológico. Debemos reconsiderar: lo que se requiere es una sostenibilidad genuina, no un crecimiento económico ininterrumpido en donde los límites de la naturaleza que conocemos no se respetan.
Algunos datos de Naciones Unidas nos dicen la necesidad de lo anterior:
* La actividad humana ha alterado el ambiente terrestre en un 75 por ciento y el marino en un 66 por ciento.
* Actualmente, sólo el 17 por ciento de las tierras y alrededor del 8 por ciento de las áreas marinas están protegidas.
* Un millón de especies de animales y vegetales están en peligro de extinción.
Es importante comprender que el concepto de biodiversidad se refiere a la gran diversidad de microorganismos, animales y plantas que existen, pero también abarca las variaciones genéticas dentro de cada especie y el conjunto diverso de ecosistemas (bosques, campos agrícolas, lagos, desiertos), que contienen numerosas interacciones entre sus partes (plantas, humanos, animales) y su medio ambiente (aire, agua, suelo). De manera significativa, es importante que no se olvide que la pérdida de una especie es para siempre, es irreversible, teniendo un efecto dominó en la diversidad genética y de ecosistemas.
En otras palabras, es necesario crear condiciones y un entorno propicio para convivir con la naturaleza, no en oposición a ella. La humanidad emplea en exceso los recursos naturales no renovables y renovables, como consecuencia, colabora con la destrucción de la diversidad biológica global. México tampoco es una excepción.
Es posible llevar a cabo la conservación de la naturaleza y su biodiversidad de forma social y económicamente aceptable, para lo cual se necesita: modificar el rumbo de la producción agropecuaria; cambiar las modalidades del transporte; transformar el rumbo de la producción energética; y dejar atrás un crecimiento caracterizado por un alto consumo y desperdicio de recursos naturales. Si se desea alcanzar los objetivos más inmediatos del Plan de Biodiversidad en el 2030. Necesitamos, por ejemplo, más espacios naturales bajo régimen de conservación, que deben ser catalizadores del desarrollo humano de los habitantes que ahí viven.
En diciembre de 2022, el mundo hizo un avance histórico al implementar el Marco Mundial de la Biodiversidad Kumming-Montreal, que también se conoce como el Plan de Biodiversidad. Este acuerdo de gran envergadura define 23 metas para el año 2030 y cuatro objetivos globales para el año 2050, con un objetivo claro: poner fin y revertir la pérdida de la naturaleza. Dentro de los componentes fundamentales del marco se incluyen: conservar y restaurar el 30 por ciento de los ecosistemas, disminuir a la mitad la introducción o asentamiento de especies invasoras y movilizar anualmente como mínimo 200 mil millones de dólares en estrategias que favorezcan la biodiversidad. Todo esto para el año 2030.
En este 22 de mayo de 2026, la Secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica proclamó el lema del Día Internacional de la Diversidad Biológica: Acción local para un impacto global, que se centra en una idea poderosa: los cambios significativos empiezan a pequeña escala. La efectividad del Plan de Biodiversidad para prevenir la pérdida de biodiversidad está sujeta a la fortaleza de las acciones locales, así como al compromiso de las comunidades, organizaciones y gobiernos que colaboran.
Pero es también un llamado urgente. El tiempo avanza. Faltarán sólo cuatro años para cumplir los objetivos más inmediatos del Plan de Biodiversidad en 2030. Nosotros tenemos un compromiso propio y con las futuras generaciones. Por eso son de suma importancia las acciones locales, las de cada uno de nosotros. Necesitamos actuar por nosotros mismo en nuestros ámbitos cercanos. No es posible depender de la retórica y el discurso frívolo de personas en todo tipo de ámbitos de la sociedad disfrazadas de ecologistas, que usan una causa noble como es el de la conservación de la naturaleza y su biodiversidad como forma de vida sin mayor compromiso.
La experiencia hasta el momento ha evidenciado que las leyes actuales, los planes de acción y las estrategias no son suficientes para poner fin a las causas de la destrucción del medio ambiente, instaurar un entorno propicio para la naturaleza y frenar la disminución de biodiversidad. Por eso cada uno de nosotros necesita un compromiso local más fuerte con la preservación de la naturaleza y su biodiversidad.

Conservar la naturaleza y sus implicaciones sociales

El Marco Mundial de Biodiversidad Kunming-Montreal establece una ambiciosa hoja de ruta para lograr la visión de un mundo que viva en armonía con la naturaleza para 2050. El objetivo 3 del Marco pretende aumentar la cobertura global de áreas protegidas y conservadas al menos hasta el 30 por ciento de la superficie terrestre y marina del planeta para 2030. 196 países, incluido México, asumieron compromisos formales para alcanzar esta meta durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad (COP15) en 2022. En consecuencia, para bien o para mal, un gran número de personas se verán afectadas por los esfuerzos para alcanzar el objetivo “30×30”.
La expansión global de las áreas protegidas para la naturaleza y la biodiversidad podría tener enormes consecuencias sociales. El impacto en las personas ya sea positivo o negativo, dependerá del contexto social de otras áreas y de cómo se gobiernen y gestionan. El número de personas afectadas y su identidad dependerán de los aspectos de la naturaleza que se prioricen para su protección; pero en todos los casos, este contexto humano debe ser una consideración clave para que los planes de conservación tengan éxito tanto para las personas como para la naturaleza.
En consecuencia, dependiendo de la estrategia, más de dos mil millones de personas vivirían en áreas sujetas a regulaciones más estrictas, muchas de ellas en regiones menos desarrolladas. Esta es la conclusión de un estudio publicado el pasado 12 de mayo en la revista Nature Communications (https://www.nature.com/articles/s41467-026-71860-8).
El estudio es liderado por investigadores del Instituto de Investigación para la Conservación de la Universidad de Cambridge y en el que participa un equipo internacional diverso de investigadores. Ellos investigaron quiénes se verían afectados por el objetivo internacional “30×30”.
A tan solo cuatro años de que finalice el objetivo y con menos del 20 por ciento de la superficie terrestre y marina mundial protegida, el equipo de investigadores prevé que los esfuerzos para alcanzar la meta 30×30 se intensificarán considerablemente. Se están llevando a cabo debates sobre qué áreas terrestres y marinas deben conservarse y cómo garantizar una implementación exitosa en todo el mundo.
Los investigadores examinaron tres escenarios para escoger áreas de conservación que posibilitarían que el mundo logre la meta 30×30, para revertir la disminución de la naturaleza y mejorar nuestra capacidad de adaptación al cambio climático: áreas con una biodiversidad especialmente elevada, áreas de relevancia significativa para conservar el agua o el clima, y territorios de poblaciones indígenas.
Para lograrlo, los investigadores combinaron mapas de áreas protegidas con conjuntos de datos sobre densidad de población, niveles de vida y medios de subsistencia. Entre otros datos, registraron el Índice de Desarrollo Humano (IDH), la extensión de la agricultura a pequeña escala, la ganadería y el uso de recursos naturales como la pesca extractiva o la recolección de plantas silvestres.
En un escenario diseñado para proteger la mayor cantidad posible de especies y ecosistemas diferentes, centrado en la biodiversidad, tendría consecuencias sociales de gran alcance. El 46 por ciento de la población mundial viviría dentro o a menos de 10 kilómetros de un área protegida. Alrededor de 2 mil 200 millones de personas vivirían dentro de las áreas protegidas de nueva creación, 29.9 por ciento de la población mundial, más de cinco veces el número actual a pesar de que el área es menos de una duplicación, y otros 2 mil 700 millones en sus inmediaciones. Además, muchas de las regiones afectadas se ubican en paisajes agrícolas densamente poblados.
Otros enfoques afectarían a menos personas en general, pero una mayor proporción sería socialmente vulnerable, lo que demuestra que las decisiones de implementación influyen profundamente tanto en el número como en el perfil social de las personas afectadas.
El segundo escenario basado en las Contribuciones de la Naturaleza a las Personas (NCP) se centra en la protección de grandes áreas de hábitat –principalmente en la Amazonía y el Congo– que brindan servicios naturales a personas de todo el mundo, como el ciclo de nutrientes y la captura de carbono. Se aumentaría la población residente dentro de áreas protegidas y conservadas a mil millones (13.5 por ciento de la población mundial) con 2 mil 300 millones dentro de 10 kilómetros de las áreas. La menor población en este escenario NCP en comparación con el escenario de alta biodiversidad refleja su configuración espacial con algunas áreas más grandes y contiguas en regiones con baja densidad de población.
El tercer escenario prioriza áreas con un importante valor de conservación que son gobernadas y gestionadas por pueblos indígenas y comunidades locales. Si bien este escenario afectaría a un número significativamente menor de personas que uno centrado en proteger al mayor número de especies, sin embargo, estas áreas presentan condiciones socioeconómicas desproporcionadamente precarias. En este escenario se aumentaría la población residente a 517 millones (6.8 por ciento de la población mundial), con mil 300 millones dentro de 10 kilómetros. En muchas áreas se presentan bajas puntuaciones en el Índice de Desarrollo Humano (74 por ciento) y alta participación en la explotación silvestre, el 91 por ciento de la población en las regiones tropicales utiliza plantas silvestres u otros productos naturales para su subsistencia.
“Si analizamos dónde podrían ubicarse los nuevos espacios naturales protegidos, vemos que no se trata de paisajes deshabitados; a menudo, allí vive mucha gente, sobre todo en países como el Reino Unido. La planificación de cambios en el uso del suelo para alcanzar los objetivos de conservación nacionales y mundiales debe tener en cuenta el impacto en la población local”, afirmó el profesor Chris Sandbrook, director del Instituto de Investigación para la Conservación de la Universidad de Cambridge y autor principal del informe (https://www.cam.ac.uk/research/news/support-local-people-to-protect-worlds-nature-new-report-urges-as-deadline-for-global-conservation).

“Además de los beneficios locales, las áreas naturales protegidas pueden absorber carbono de la atmósfera y ayudar a mitigar el cambio climático, lo cual, a gran escala, es de suma importancia para todos. Sin embargo, en muchos casos, son las personas que viven más cerca de las áreas de conservación quienes suelen sufrir las consecuencias negativas”, afirmó el doctor Javier Fajardo, investigador del Instituto de Investigación para la Conservación de la Universidad de Cambridge y primer autor del informe.
Añadió: “Si se alcanza el objetivo global de conservación de la manera correcta, podría ser realmente beneficioso tanto para las personas como para la naturaleza. Es un objetivo ambicioso, y para lograrlo necesitamos un compromiso igualmente ambicioso de apoyar a las comunidades locales, que son fundamentales para conseguirlo”.
Las áreas naturales protegidas, cuando se gestionan adecuadamente, pueden beneficiar a las comunidades locales. Por ejemplo, los bosques pueden prevenir inundaciones, dar acceso a un suministro sostenible de agua potable o a sitios culturales, las flores silvestres pueden sustentar a los insectos polinizadores de los cultivos, la recolección silvestre puede mantener los medios de subsistencia locales y el acceso a los espacios naturales es importante para el bienestar humano. Mientras que los costos pueden abarcar la imposibilidad de que las personas vivan en el área o la utilicen para extraer recursos.
Es decir, si bien las áreas protegidas podrían aportar beneficios a la población local, como ecosistemas más estables, también conllevan el riesgo de generar conflictos por el uso de la tierra y restricciones a las formas de vida tradicionales.
Por ello, el impacto final de las nuevas áreas de conservación dependerá de su diseño y gestión. Por ejemplo, existe una gran diferencia entre un parque nacional de conservación estricta y un área protegida en tierras indígenas. Independientemente del enfoque adoptado, garantizar que las comunidades locales no se vean perjudicadas requerirá una inversión sustancial y procesos que les permitan participar en la toma de decisiones, según indica el equipo del estudio.
El equipo de investigadores afirma que no existe un enfoque “socialmente óptimo” para la conservación de la naturaleza: el impacto en las personas variará enormemente dependiendo de las prioridades con las que se elijan las tierras para su protección y de cómo se gobiernen y gestionen los sitios seleccionados.
Por lo tanto, los investigadores de este estudio abogan por una mayor integración de estos factores en la planificación global de la conservación de la naturaleza. La expansión de las áreas protegidas debe ir acompañada de programas de desarrollo, ayuda financiera y una mayor participación de las comunidades locales. Se esperaría, que en México se implemente lo anterior.

 

Buenas noticias para la selva tropical

Gracias a Brasil, se está reduciendo la deforestación de los bosques tropicales. No obstante, este avance se ve limitado por los incendios y el cambio climático.
Los nuevos datos del laboratorio GLAD (Global Land Analysis & Discovery) de la Universidad de Maryland, accesibles en las plataformas Global Forest Watch y Global Nature Watch del Instituto de Recursos Mundiales (WRI, acrónimo en inglés), indican que el descenso de selva tropical se redujo un 36 por ciento en 2025 en comparación con su nivel más alto registrado en 2024. A nivel mundial, se perdieron 4.3 millones de hectáreas de bosque primario tropical, una superficie similar a la de Dinamarca. Elizabeth Goldman, codirectora de Global Forest Watch del WRI, declaró: “Una disminución de esta magnitud en un solo año es alentadora: demuestra lo que puede lograr una acción gubernamental decisiva” (https://www.wri.org/news/release-tropical-rainforest-loss-drops-36-2025-fires-threaten-global-progress).
Los hallazgos indican que la aplicación estricta de la ley y las políticas públicas pueden detener la deforestación. Pero parte de la disminución refleja una tregua tras un año de incendios extremos. Los incendios y el cambio climático se retroalimentan, y con El Niño en el horizonte para 2026, las inversiones en prevención y respuesta serán cruciales a medida que las condiciones extremas de incendios se conviertan en la norma. No obstante, los fuegos causados por el cambio climático constituyen una nueva normalidad riesgosa que pone en peligro los avances logrados recientemente.
Aunque la expansión de la agricultura continúa siendo el motor principal de la pérdida de cobertura forestal en general, los incendios fueron un elemento significativo en 2025, al abarcar el 42 por ciento de los 25.5 millones de hectáreas que se perdieron en todo el planeta; esta superficie fue levemente más grande que la del Reino Unido.
El cambio climático está elevando el riesgo de incendios al crear condiciones más cálidas y secas, lo que favorece su expansión. Además, estos incendios expulsan grandes volúmenes de carbono almacenado, lo que acelera el cambio climático y fortalece un círculo vicioso peligroso.
Sin embargo, es complicado diferenciar las pérdidas que producen los incendios de las que son provocadas por otras causas. Según Peter Potapov, investigador del WRI, el análisis de datos únicamente documenta los incendios que se extienden a bosques prístinos, no a aquellos que ocurren después de una deforestación anterior. La mayoría de los incendios en áreas tropicales son causados por humanos, aunque las condiciones climáticas tienden a intensificarlos.
La desaparición de los bosques primarios sigue siendo alarmante, pues se está produciendo a una velocidad de 11 campos de futbol cada minuto; no obstante, la pérdida es un 46 por ciento superior a la que había hace diez años.
Brasil es responsable de una gran parte de esta reducción. Allí, el área de bosque primario que se perdió, sin contar los incendios, disminuyó un 41 por ciento, tocando un mínimo histórico. La mayor parte de esta área se ubica en la selva amazónica, que es vista como uno de los más relevantes sumideros de carbono del mundo y esencial para preservar el clima global.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, al asumir el cargo en 2023, declaró que tenía la intención de reforzar la protección del medio ambiente y del clima y eliminar completamente la deforestación para el año 2030.
Otros países también mostraron avances. Indonesia y Malasia mantuvieron tasas relativamente bajas de pérdida de bosques primarios, mientras que Colombia revirtió el repunte observado en 2024. Los avances en estos países reflejan una mejor gobernanza, el reconocimiento de los derechos territoriales indígenas y el compromiso de las empresas con una producción libre de deforestación.
Sin embargo, la deforestación continuó en niveles altos en numerosas naciones, entre ellas Madagascar, Bolivia, la República Democrática del Congo, Perú y Laos. El informe menciona que la dependencia de las comunidades locales hacia los bosques para conseguir energía y alimentos, así como la minería, el fuego y la expansión agrícola, son elementos que agravan este problema. Bolivia, después de los incendios devastadores de 2024, ha experimentado el segundo mayor descenso histórico en la superficie de su bosque primario y ahora ocupa la segunda posición en cuanto a pérdida de bosque primario tropical. A pesar de que Bolivia tiene un 60 por ciento menos de bosque primario que el Congo, ha logrado sobrepasarlo.
Aún no se ha logrado el objetivo global de poner fin a la deforestación para 2030. Este compromiso fue adoptado por más de 140 naciones en la Declaración de los Líderes de Glasgow. El informe sostiene que las pérdidas actuales son alrededor del 70 por ciento más altas de lo que deberían ser. La biodiversidad, la estabilidad del clima y los millones de individuos que se proveen de ellos para alimentarse, obtener ingresos y protegerse frente a eventos climáticos extremos dependen en gran medida de los bosques primarios tropicales. Además, su desaparición genera una alta emisión de dióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero.
La publicación de datos acerca de la pérdida de cobertura forestal se incorporará por completo a Global Nature Watch (https://www.globalnaturewatch.org/) la plataforma impulsada por IA del WRI que se basa en investigaciones revisadas por pares de Land & Carbon Lab y Global Forest Watch. La exploración de datos terrestres complejos se hace más fácil con una interfaz sencilla, parecida a un chat.
Global Nature Watch se expandirá durante el año siguiente para brindar a los usuarios de Global Forest Watch (https://www.globalforestwatch.org/), el nivel de análisis riguroso y la información pormenorizada a nivel nacional que ya emplean, facilitando así más que nunca grandes volúmenes de datos.
No se debe de olvidar que los bosques tropicales primarios son esenciales para la biodiversidad, la estabilidad del clima y las decenas de millones de individuos que los utilizan como fuente de sustento, alimentación y protección frente a eventos climáticos extremos. Su desaparición provoca la liberación de grandes cantidades de carbono y debilita una de las defensas naturales más relevantes del mundo contra el cambio climático.

 

Primera Conferencia sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles

En Santa Marta, Colombia, se llevó a cabo el 28 y 29 de abril la Primera Conferencia sobre la Transición hacia la Eliminación Progresiva de los Combustibles Fósiles. La conferencia fue convocada de manera conjunta por Colombia y los Países Bajos. En ella, 57 naciones y representantes de comunidades indígenas, sindicatos, organizaciones civiles y ONG, se enfocaron no en establecer nuevas metas, sino en hallar maneras de implementar más rápidamente los compromisos del Acuerdo de París. En el texto de conclusiones de los coanfitriones se enfatiza que el cambio climático y la inestabilidad geopolítica hacen evidente la vulnerabilidad de depender de estos combustibles, lo que hace necesaria una transición energética justa (https://transitionawayconference.com/press-releases).
Cerca de tres cuartos del total de emisiones globales de gases de efecto invernadero son atribuibles a los combustibles fósiles. No obstante, las decisiones globales en torno al clima apenas han tratado la eliminación progresiva de los combustibles fósiles. Durante décadas, este silencio estuvo presente en las negociaciones respecto al cambio climático. Sin embargo, la cuestión fue promovida por una coalición compuesta por más de 80 naciones durante la cumbre de cambio climática de Belém, Brasil, en el año 2025 (COP30). Estos países hicieron presión para que se adoptara una decisión oficial sobre la transición hacia fuentes de energía distintas a los combustibles fósiles. Por otro lado, se fueron con una hoja de ruta no oficial que la presidencia brasileña de la cumbre había anunciado. Al mismo tiempo, 24 naciones fueron más allá y firmaron la Declaración de Belém, en la que se comprometieron a colaborar en una transición equitativa, ordenada y justa, que estuviera en línea con las trayectorias de 1.5 grados centígrados. Para ello, los Países Bajos y Colombia se ofrecieron como coanfitriones de la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición hacia Fuentes de Energía Alternativas a los Combustibles Fósiles.
La meta de la Conferencia es establecer una “coalición de naciones dispuestas a actuar” al ofrecer un espacio político para aquellas que estén listas. Lo más importante es la implementación. La Conferencia no compite con la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), sino que la complementa.
Aunque los precios de las energías renovables han disminuido, hay varios obstáculos macroeconómicos e institucionales para la acción. Se examinaron tres de ellos:
El primero consiste en vencer la dependencia económica. Los gobiernos están lidiando con una dependencia fiscal profunda de los ingresos obtenidos por medio de los combustibles fósiles, particularmente debido al incremento de la deuda pública después de las crisis geopolíticas y sanitarias más recientes. La infraestructura está concebida para perdurar por décadas y podría no desempeñarse de igual modo con las fuentes de energía renovables, las cuales aún no poseen la misma capacidad de almacenamiento. El caso de México es un ejemplo de ello, se decidió el uso del gas para producir energía eléctrica en termoeléctricas, con los riesgos de dependencia absoluta de un solo proveedor de gas, que es los Estados Unidos de América.
El segundo asunto es la modificación de la demanda y la oferta. Esto supone extender el acceso a la energía, acelerar el cambio energético y asegurar la seguridad en los sistemas de energía para un futuro con emisiones bajas de carbono. Asimismo, trata acerca de la disminución progresiva, equitativa y organizada de la extracción, los oleoductos y las refinerías, así como el cambio de rumbo de las subvenciones a los combustibles fósiles hacia opciones más limpias.
El tercer tema fue la promoción de la colaboración internacional tanto dentro como fuera de la gobernanza climática global. Las cláusulas que resuelven los conflictos entre inversores y Estados fueron parte de la discusión. En más de 2 mil 500 tratados de inversión se encuentran estas cláusulas, las cuales conceden a los inversores no nacionales la facultad de demandar a los gobiernos cuando sus políticas impactan sobre sus ganancias, incluidas las medidas legítimas en materia climática. Esta amenaza ejerce un efecto disuasivo. Los gobiernos vacilan en regular o eliminar progresivamente los activos de combustibles fósiles, ya que esto podría dar lugar a arbitrajes costosos.
La conferencia admitió progresos relevantes: aunque los combustibles fósiles producen más del 75 por ciento de las emisiones a nivel mundial, el uso de energías renovables va en aumento y la inversión en transición energética alcanza cifras récord, lo que indica que esta ha sobrepasado un “punto de no retorno”. Sin embargo, subsisten dependencias estructurales (fiscales, deudas, arquitectura financiera e inercias comerciales) que obstaculizan la transición. Por esta razón, se propone una transición más extensa que simplemente reemplazar tecnologías: supone una reestructuración económica, un planeamiento con trabajadores y comunidades, en una transición equitativa, justa y ordenada fundamentada en derechos.
En la conferencia se determinó lo siguiente:
1.- Realizar una segunda conferencia en 2027 a realizarse en Irlanda y Tuvalu.
2.- Establecer un grupo de coordinación para evitar la duplicación y conectar con procesos de la pasada COP30.
3.- Proporcionar un informe a la COP30 y a espacios internacionales relevantes.
4.- Abrir tres líneas de trabajo:
–Elaboración de hojas de ruta nacionales para la transición hacia la erradicación de combustibles fósiles: abarcará el cambio energético y cómo cesar la producción de combustibles fósiles, que estén en consonancia con las Contribuciones Nacionalmente Determinadas;
–Enfocarse en la arquitectura macroeconómica y las dependencias, prestando atención a las trampas de deudas, de subvenciones y fiscales. Examinar los procedimientos que necesitan modificarse en el sistema financiero para realizar la transición fuera de los combustibles fósiles.
–Equilibrio comercial y de inversión para la descarbonización a través de sistemas de comercio sin combustibles fósiles.
5.- Hasta el año 2035, un Panel Científico para la Transición Energética Global dará recomendaciones cada año, para facilitar rutas compatibles de no sobrepasar los 1.5 grados centígrados de aumento de temperatura en el planeta y eliminar obstáculos políticos, financieros y legales.
La Conferencia no persiguió un resultado negociado; en cambio, buscó fomentar una comprensión compartida y directrices prácticas que contribuyan a agilizar una transición equitativa, justa y ordenada hacia la eliminación del uso de combustibles fósiles. En medio de la crisis energética, transmiten con la conferencia un mensaje claro: dejar de usar combustibles fósiles y ampliar las energías renovables es esencial no solo para proteger el clima, sino también para robustecer la seguridad y soberanía energética, y la capacidad de recuperación económica. Los resultados de la conferencia serán el fundamento de la hoja de ruta global para eliminar progresivamente los combustibles fósiles, que fue anunciada antes por Brasil, país presidente de la COP30. La próxima cumbre de cambio climático (COP31) tendrá lugar del nueve al veinte de noviembre de 2026 en Antalya, Turquía, bajo la presidencia turca y con Australia al frente de las negociaciones donde la hoja será parte de las discusiones.

 

22 de abril: Día Internacional de la Madre Tierra

El Día Internacional de la Madre Tierra, que se celebra el 22 de abril, es una fecha que sirve como balance y recordatorio del vínculo entre la naturaleza y la sociedad. El tema vuelve a ser urgente en 2026 por motivos evidentes: el incremento de las temperaturas y la fluctuación de las lluvias vinculadas al calentamiento global; la acumulación de basura en ríos, barrancas y calles; la presión cada vez mayor sobre el agua y la disminución de biodiversidad que afecta la capacidad de recuperación de los ecosistemas. No es una discusión teórica: la seguridad frente a acontecimientos extraordinarios, la vida urbana, la producción alimentaria y la salud pública están relacionadas con sistemas naturales estables.
La Asamblea General de la ONU, en 2009 (Resolución 63/278), proclamó la fecha con un mensaje central: la protección del medio ambiente necesita compromisos continuos y no solamente esfuerzos aislados o periodos de atención mediática. A pesar de que su reconocimiento es reciente, se le atribuye un origen contemporáneo en 1970: cuando millones de individuos salieron a la calle ese 22 de abril para demandar medidas contra la polución del agua y el aire, el deterioro de la vida silvestre y la degradación del suelo. Esa enseñanza sigue siendo válida: sin conciencia pública y presión de la sociedad, las transformaciones sostenibles se desvanecen.
El lema del Día de la Tierra 2026, “Nuestro poder. “Nuestro Planeta” enfatiza que el margen de maniobra no sólo está en manos de los gobiernos y las instituciones internacionales. El poder también se manifiesta en decisiones institucionales (como la planificación urbana, el tipo de energía priorizada, la gestión de residuos y las inversiones destinadas a la conservación) y en decisiones rutinarias (como el consumo, el desplazamiento, la generación de desechos y el uso de agua y energía). La consigna tiene como objetivo trasladar la conmemoración del cartel a la agenda: si no hay participación social y políticas públicas sostenibles, el día se extingue; pero si hay acciones constantes, se transforma en un camino.
En la vida diaria, las señales del desastre ecológico del planeta suelen aparecer como hechos aislados: olas de calor, tormentas inusuales, incendios recurrentes, cauces con basura o manantiales con menos caudal. Pero el hilo conductor es claro: ecosistemas destruidos o cuando menos deteriorados y capacidades institucionales y sociales que no alcanzan a atenderlos. En Guerrero –con costa y sierra, que son regiones de alta biodiversidad– esa fragilidad se nota más porque conviven riesgos naturales, como es una alta exposición a fenómenos hidrometeorológicos y enormes rezagos en infraestructura.
El panorama mundial evidencia que el cambio de dirección no ha sido suficiente. Existen patrones de producción y consumo que normalizan el despilfarro, procesos extractivos que perjudican a los ecosistemas y formas de urbanización que ejercen presión sobre acuíferos y suelos. La crisis ambiental es también social: las comunidades con menos recursos son, a menudo, las primeras en sufrir la falta de agua, la pérdida de cosechas, el incremento de enfermedades relacionadas con la contaminación y los daños derivados de fenómenos extremos.
En este marco, la sustentabilidad deja de ser un lema y se convierte en una norma para la planificación: redirigir la economía para que sea compatible con la conservación y, cuando sea factible, con la restauración. Además, existe un elemento ético y de derechos: cada individuo tiene el derecho a vivir en un ambiente sano como requisito básico para su salud y desarrollo. Ese principio tendría que estar presente en la cultura ciudadana, los presupuestos, las obras, el ordenamiento del territorio y la educación ambiental. La hipoteca ambiental del futuro no puede mantener el bienestar actual.
La discusión a menudo se paraliza en un dilema falso: o se protege la economía o se cuida el ambiente. En realidad, la cuestión es qué clase de economía se desea mantener y quién asume los costos cuando se pasan por alto las fronteras ecológicas. La corresponsabilidad significa que los municipios optimicen la recolección y el destino final de residuos; que las compañías disminuyan los empaques y se hagan responsables de lo que introducen en el mercado; y que la ciudadanía no vea más al espacio público como “tierra de nadie”. Cuando existen rellenos sanitarios saturados o drenajes obstruidos por plásticos, la economía circular –que consiste en producir, usar, recuperar y reincorporar materiales– deja de parecer técnica.
Desde el sector público, la ruta demanda políticas con una visión a largo plazo y objetivos que se puedan verificar: fortalecer las instituciones ambientales, aplicar la normativa, hacer transparente la información, optimizar las inspecciones y propiciar una participación social real. Asimismo, implica valorar en verdad los impactos ambientales antes de aprobar proyectos, organizar el territorio con base en criterios ecológicos y seguir restaurando áreas deterioradas. En cuestiones ambientales, lo que no se monitorea ni se mide termina por esfumarse.
La agenda también necesita la conciencia y compromiso de los ciudadanos: separar y reducir residuos, evitar los plásticos desechables, dar prioridad a productos reparables y duraderos, ahorrar energía y agua, y exigir servicios públicos de calidad para el tratamiento y recolección. El cambio climático no es una abstracción en México, particularmente en Guerrero: la entidad es susceptible debido a su diversidad geográfica, la exposición a sucesos hidrometeorológicos y la vulnerabilidad de numerosos ecosistemas. Prepararse implica disminuir los riesgos, conservar los bosques en las cuencas, restaurar áreas deterioradas y robustecer las habilidades de adaptación de la comunidad.
En lo local, la discusión se vuelve tangible. En el Jardín Botánico del Instituto de Investigación Científica, Área de Ciencias Naturales de la UAG, se realizó un “Tequio por la Tierra”: una jornada de limpieza y ordenamiento con participación de personal del área y estudiantes de Biología de la Facultad de Ciencias Químico-Biológicas. El hallazgo fue incómodo: en un espacio dedicado al conocimiento y a la conservación se acumulaban residuos (principalmente plásticos, además de metal, vidrio e incluso llantas). Más allá del origen exacto, el mensaje es claro: la basura no llega sola; llega cuando se normaliza tirar, faltan controles y cultura de cuidado, o los servicios de manejo de residuos fallan.
El desafío consiste en transformar estas jornadas de limpieza en un punto de partida y no solo una anécdota: determinar los lugares críticos donde la basura se acumula, establecer contenedores separados, optimizar la señalización, acordar rutinas básicas de mantenimiento y colaborar con las autoridades para mejorar la recolección. La limpieza educa cuando plantea interrogantes: ¿de dónde provienen los desechos?, ¿qué es necesario para prevenirlos?, ¿qué incentivos y castigos son necesarios? Si el esfuerzo se convierte en algo periódico, puede desencadenar acuerdos y hábitos. El 22 de abril es un día que contribuye a la convocatoria, pero la responsabilidad se extiende a todos los días.
Si se desea pasar de la evaluación a la acción, las prioridades son claras: transición energética a través de energías renovables y eficiencia; gestión integral de desechos (reducir, reutilizar y reciclar antes que simplemente desplazar el problema a un vertedero); protección de la biodiversidad y utilización sostenible de los ecosistemas con respeto hacia las comunidades locales y sus conocimientos; administración del agua desde una perspectiva de cuenca (captación, infiltración, tratamiento y reúso); conservación del suelo para evitar erosión y deslizamientos e incrementar la producción alimentaria; restauración ecológica como inversión preventiva. En esta ecuación, educación y ciencia aportan diagnóstico, monitoreo y soluciones apropiadas al contexto; pero su valor aumenta cuando se traduce en políticas, programas y prácticas cotidianas.
La convocatoria es sencilla y comprobable: menos residuos en las calles y los cauces, más separación, reciclaje y reutilización, menos derroche de agua, mayor atención a las cuencas, más involucramiento y menos indiferencia. Las decisiones pequeñas que se toman en casa, la escuela, el trabajo y la comunidad pueden cambiar las estadísticas. Y hay una demanda adicional: políticas públicas responsables, continuidad en los programas medioambientales y evaluación basada en datos. Si el lema de 2026 habla de “nuestro poder”, este comienza con la aceptación de que el 22 de abril no tiene que ser una excepción, sino más bien un recordatorio de una labor constante.

 

El pingüino emperador camino a la extinción

A causa del cambio climático, una creciente cantidad de especies animales que dependen del hielo afrontan un peligro para su existencia. Tanto los pingüinos emperador como el lobo marino antártico están catalogados como en grave riesgo de extinción.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha considerado que el pingüino emperador está “en peligro de extinción”. Con el fin de actualizar su “Lista Roja” de especies amenazadas, la organización internacional hizo este anuncio. El lobo marino antártico también está catalogado como “en peligro de extinción”. La razón alegada es el efecto del cambio climático (https://iucn.org/es/comunicado-de-prensa/202604/el-pinguino-emperador-y-el-lobo-marino-antartico-pasan-estar-en-peligro).
La Lista Roja de la UICN ha clasificado al pingüino emperador (Aptenodytes forsteri) como “En peligro” en vez de su anterior categoría de menor riesgo “Casi amenazado”, debido a las proyecciones que indican que su población se reducirá a la mitad para el año 2080. Las imágenes satelitales muestran que entre 2009 y 2018 se produjo una disminución de la población de aproximadamente un 10 por ciento, lo que representa más de 20 mil pingüinos adultos. Se espera que para el año 2080, la población se disminuya a la mitad.
La UICN menciona la pérdida de hielo marino, que desde 2016 ha llegado a niveles mínimos históricos, y el deshielo anticipado como los factores primordiales por los cuales el pingüino emperador está amenazado de extinción. Los pingüinos emperador requieren hielo marino, fijado a la costa, al fondo del mar o a los icebergs, para que sus crías y ellos mismos durante la muda anual tengan un hábitat. En esta última fase no tienen la capacidad de nadar ni de generar un nuevo plumaje. Si el hielo se quiebra demasiado pronto, una colonia reproductora cae al océano y se ahoga; esto podría llevar a que colonias enteras desaparezcan.
En la Lista Roja de la UICN, el lobo marino antártico (Arctocephalus gazella) ha cambiado su estatus de “Preocupación menor” a “En peligro”, debido a que su población se ha reducido en más del 50 por ciento, pasando de aproximadamente 2 millones 187 mil individuos adultos calculados en 1999 a 944 mil en 2025. El cambio climático es la causa del declive presente. El krill, debido a la elevación de la temperatura oceánica y a la disminución del hielo marino, está siendo empujado hacia profundidades más grandes en búsqueda de aguas con temperaturas más bajas; esto hace que haya menos comida disponible para los lobos marinos.
Asimismo, en la Lista Roja de la UICN, el elefante marino del sur (Mirounga leonina) ha cambiado su clasificación de “Preocupación menor” a “Vulnerable”, debido a que sufrió una reducción en su población como consecuencia de la gripe aviar altamente patógena (HPAI, por sus siglas en inglés). Se ha registrado un incremento importante de la prevalencia de la gripe aviar en todo el mundo desde 2020, y esta se ha transmitido a los mamíferos. La enfermedad ha tenido un impacto en cuatro de las cinco subpoblaciones principales, matando a más del 90 por ciento de las crías nacidas recientemente en algunas colonias y perjudicando seriamente a las hembras adultas, que pasan más tiempo en la playa que los machos. En las zonas polares, donde los mamíferos marinos no han estado expuestos a patógenos con frecuencia, surge una inquietud cada vez mayor de que la mortalidad de estos animales por enfermedades se incremente debido al calentamiento global. Las enfermedades afectan particularmente a los animales que viven en colonias densamente pobladas, como los elefantes marinos del sur.
Debe destacarse la importancia de la información producida por la UICN. La UICN fue establecida en 1948, y se ha convertido en la red para la conservación de la naturaleza más grande del mundo. La UICN reúne a más de mil 400 organizaciones gubernamentales y de la sociedad civil con una red global de 16 mil expertos. Siendo así, la UICN la autoridad global en lo que respecta a las condiciones del mundo natural y a las estrategias de conservación necesarias para su protección. La gran cantidad de miembros de la Unión proporciona un ámbito en el que gobiernos, empresas, comunidades locales, organizaciones indígenas, científicos y otras entidades se esfuercen por fomentar el desarrollo sostenible y construir un mundo que aprecie y proteja la naturaleza.
Establecida en 1964, la Lista Roja de Especies Amenazadas, que publica la UICN es la base de datos más completa sobre la amenaza de extinción de animales, plantas y hongos. La clasificación de las especies en una de las categorías de la Lista Roja de la UICN se hace conforme al peligro que corren de extinguirse. Para cada especie de la lista, la Lista Roja de la UICN suministra datos acerca del hábitat y la ecología, el uso o comercio a nivel mundial de esa especie, las acciones de conservación que se están llevando a cabo para salvaguardarla, así como los riesgos que afronta, el tamaño poblacional global y local y su distribución, lo que la convierte en una herramienta fundamental para la política medioambiental.
Las categorías de la Lista Roja de la UICN indican qué tan cerca está una especie de extinguirse. Se les llama “amenazadas” a aquellas especies que forman parte de las categorías de “en peligro”, “vulnerables” y “críticamente en peligro”. En total son nueve categorías de la Lista Roja, de manera adicional a las categorías antes mencionadas, se tienen categorías de: extintas, extintas en estado silvestre, casi amenazadas, preocupación menor, datos insuficientes y no evaluada. La Lista Roja de la UICN, en este instante, está compuesta por más de 172 mil 600 especies, y más de 48 mil 600 están en peligro, lo que equivale a casi un tercio de las evaluadas; esto demuestra el impacto del ser humano y del cambio climático.
Hasta ahora, se han evaluado en su totalidad muchas agrupaciones de especies, que abarcan a los corales constructores de arrecifes, las aves, los anfibios, las coníferas y los mamíferos. La Lista Roja de la UICN, además de analizar especies recién identificadas, recategoriza ocasionalmente el estado de algunas especies ya reconocidas, incluyendo en forma positiva en determinadas ocasiones. Por ejemplo, es una buena noticia que una especie en la lista roja de la UICN mejore en cuanto a su grado de riesgo debido a las acciones llevadas a cabo para preservarlas. Sin embargo, es una mala noticia si su grado de riesgo aumenta como es el caso de estas especies animales en el Antártico.
Este es un claro mensaje del peligro de extinción en que se encuentran las especies que dependen del hielo. Debería funcionar como una alerta, para que nos percatemos de la realidad del cambio climático y tomemos en serio medidas contra éste.

 

Decimoquinta Reunión del Convenio sobre las Especies Migratorias de Animales Silvestres

La Decimoquinta Reunión de la Conferencia de las Partes de la Convenio sobre las Especies Migratorias de Animales Silvestres (CMS acrónimo en inglés) se realizó en Campo Grande, Brasil, entre el 23 y el 29 de marzo de 2026. Más de 2 mil personas asistieron, incluyendo a 393 delegados que representaban a 105 partes, así como a 337 observadores de organizaciones no gubernamentales (ONG) nacionales e internacionales y organizaciones internacionales, y a 54 representantes de comunidades locales y pueblos indígenas.
Las especies migratorias están expuestas a una extensa variedad de peligros, como la disminución de su hábitat en las áreas donde se reproducen, la caza desmesurada en sus rutas migratorias y el deterioro de sus espacios alimenticios. Debido a la inquietud mundial acerca de estas amenazas, se implementó la CMS en 1979 y entró en vigor el 1 de noviembre de 1983. La CMS, conocida igualmente como el Convenio de Bonn, tiene como meta preservar las especies migratorias marinas, terrestres y aviares en toda su área de distribución. Además, la CMS destaca que los gobiernos están obligados a salvaguardar a las especies migratorias que habitan dentro de sus jurisdicciones o que pasan por ellas. En la actualidad, la CMS tiene 133 partes, entre ellos a la Unión Europea, muchos países de África y América Latina; sin embargo, grandes estados como México, Estados Unidos de América y Canadá no son parte de la CMS, al igual que Rusia y China.
La Decimoquinta Reunión de la Conferencia se congregó con el lema “Unir la naturaleza para mantener la vida”. Se abordaron nuevas Acciones Concertadas (AC) además de los objetivos generales de conservación del convenio, lo que permitió promover el Plan Estratégico de Samarcanda para las Especies Migratorias 2024-2032, incrementar la cooperación con otros acuerdos ambientales multilaterales (AAM) y afrontar retos nuevos que inciden sobre las especies migratorias, desde la reducción en el número de insectos hasta los efectos de la infraestructura.
Sin embargo, la conferencia quedó eclipsada por nuevos datos del informe provisional de 2026 sobre el Estado Mundial de las Especies Migratorias, que mostró que el 49 por ciento de las poblaciones de estas especies, incluidas en los Apéndices I y/o II de la CMS, están disminuyendo y 24 por ciento corren riesgo de extinción a nivel global. La situación en los océanos es particularmente crítica. Los peces migratorios de agua dulce también se ven gravemente afectados: sus poblaciones han disminuido en más de 80 por ciento en todo el mundo desde 1970. Las principales causas son las represas, la contaminación del agua, la sobrepesca y la interrupción de las conexiones fluviales (https://www.cms.int/sites/default/files/publication/swms_interim-report_2026_s_0.pdf).
Asimismo, el mismo informe también indicó que siete especies de la CMS han mejorado su estado de conservación, incluyendo a la foca monje del Mediterráneo, el oryx con cuernos de cimitarra y el antílope saiga. Estas especies ahora tienen menos amenazas de extinción debido a las acciones concertadas, a la protección de los hábitats y a las medidas contra la caza furtiva.
Los delegados de la Decimoquinta Reunión de la Conferencia de la CMS incorporaron cuarenta especies nuevas, subespecies y poblaciones a los Apéndices de la CMS, que incluyen mil 200 especies. De estas, 20 fueron añadidas al Apéndice I, que engloba a las especies migratorias que están en peligro de extinción en una parte o en su totalidad de su área de distribución. Estas especies incluyeron: el zorro común, el zorro pelágico, el zorro ojigrande, el tiburón martillo festoneado, el tiburón martillo grande, la aguja de Hudson, la nutria gigante, la hiena rayada y la población de guepardo de Zimbabue. También se encontraron nueve tipos de petreles (de Vanuatu, de Barau, de gorra negra, magenta, atlántico, Zino, Fiyi y Beck).
El Apéndice II, que incluye a las especies migratorias con un estado de conservación poco favorable y que necesitan colaboración internacional para ser conservadas y gestionadas, incorporó también a la población de Zimbabue del guepardo, el búho nival, la hiena rayada, el cazón patagónico, la pardela patirrosa, el semillero ibero, la nutria gigante y diecisiete poblaciones o especies de petreles tábanos. Dos propuestas de inclusión en la lista fueron eliminadas, las que pertenecen al tiburón ángel angular y al ciervo de Bujará.
Para alcanzar prioridades de conservación específicas y concretas para cada especie, la CMS también utiliza las AC. Se aprobaron dieciséis AC en la COP15, que incluyen tanto las extensiones de las AC dedicadas a ocho especies como nuevas propuestas para otras ocho.
Pese a que la CMS es una de las convenciones más pequeñas con el objetivo de proteger el medio ambiente en comparación con otros convenios multilaterales, produce resultados significativos, en parte debido a su fuerte enfoque científico y técnico. La CMS sigue demostrando los beneficios de una cooperación internacional constante para mejorar la condición de conservación de las especies migratorias que cruzan fronteras, en un tiempo marcado por el cambio climático, la fragmentación del multilateralismo y un descenso sin precedentes en la biodiversidad, en donde las especies migratorias están amenazadas.
A pesar de que México es un país con una mega biodiversidad reconocida y muchas especies migratorias, la pregunta es: ¿Qué razones explican que México no sea miembro de la CMS? En todo caso, es urgente tomar medidas para restaurar, conectar y proteger hábitats relevantes y reducir las presiones a las que se enfrentan las especies migratorias en el globo y en México, como la contaminación, el cambio climático y la sobreexplotación, con el fin de garantizar el futuro de éstas. Al respecto, el presidente de la Decimoquinta Reunión de la Conferencia, el brasileño João Paulo Capobianco, subrayó el papel de la CMS en la protección no sólo de lo que nos pertenece, sino también de lo que no pertenece a nadie y, por lo tanto, pertenece a todos.

 

Importancia del toilette en el futuro humano

Artemis II es el programa de la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio) que, mediante misiones tripuladas a la superficie lunar, apoyará a la agencia para preparar las próximas expediciones con astronautas a Marte. Con ello, se busca impulsar el camino hacia los viajes espaciales de gran magnitud. La tripulación de Artemis II está compuesta por Reid Wiseman, Christina Koch y Victor Glover, astronautas de la NASA, y Jeremy Hansen, astronauta de la Agencia Espacial Canadiense.
Los medios de comunicación informan que, tras la puesta en órbita de la nave espacial el 1 de abril y en su primer día en el espacio, se les confió una labor fundamental, así es su importancia: comprobar cómo funcionaba el retrete poco tiempo después del lanzamiento. En última instancia, esta es la primera misión tripulada a la Luna que cuenta con un baño o toilette con las tecnologías más avanzadas. La NASA comunicó en una entrada de blog que la tripulación “reportó una luz de avería intermitente” vinculada al sistema de inodoro; no obstante, la NASA misma aseguró que la situación fue resuelta rápidamente.
La astronauta de Artemis II, Christina Koch, informó que la nave Orion apagó su baño unos segundos después de encenderlo al llegar al espacio, el miércoles en la noche. Koch fue capaz de arreglar el baño tras realizar algunas modificaciones en la fontanería desde el Centro de Control de Misión, posiblemente para alivio de ella y sus compañeros astronautas. Se dice que el Control de Misión le aconsejó a Koch usar un sistema portátil de bolsa y embudo durante la noche, después de que el sistema de inodoros fallara, en una posible y desafortunada vuelta a la época Apolo.
Los astronautas se entrenan física y psicológicamente para cualquier dificultad que puedan enfrentar durante sus viajes espaciales, como el requisito de evacuar a través de un tubo. La gravedad cero transforma incluso las labores más simples en una operación precaria para los exploradores de espacio que están amontonados en cápsulas que ya son angostas por sí solas. Por lo general, los astronautas no están en nuestro radar, pero al final son seres humanos como nosotros. En las películas sobre el espacio, se obvia esa parte de que los astronautas requieren desechar excretas en esas condiciones. Me recuerda a Howard Wolowitz (de la serie The Big Bang Theory), cuando viaja al espacio, ya que diseñó un retrete de alto vacío para la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, en el episodio The Classified Materials Turbulence”, descubre que cometió un “pequeño error de cálculo en las válvulas, lo que provoca que el retrete falle tras 10 usos, amenazando con “distribuir” residuos por la estación. Por lo general, los astronautas no están en nuestro radar, pero al final son seres humanos como nosotros.
Su importancia es ahora evidente. Artemis II es el primer lanzamiento a la Luna desde el programa Apolo en la década de los 60 y principio de los 70, y en Apolo no había inodoros. Los astronautas llegaron a la Luna sin un inodoro cuando lo hicieron por primera vez. Un informe posterior de la NASA indicó que los miembros del equipo consideraron el sistema de embudos y bolsas de plástico del programa Apolo “inaceptable” e “incómodo”, debido a lo engorroso y caótico que era.
Los astronautas se aferraban a bolsas y tubos de plástico con un borde adhesivo en los estrechos compartimentos de las cápsulas tripuladas del Apolo cuando requerían defecar u orinar. Ya era muy complicado colocarse estas bolsas en condiciones de ingravidez; además, los astronautas debían mezclar manualmente un paquete de germicida para prevenir que se acumularan gases y bacterias dentro del envoltorio sellado.
En 1969, en la misión Apolo 10, el ensayo que precedió al primer alunizaje del mundo mostró cómo la tripulación de tres hombres se encontraba con “objetos flotantes” de manera regular, lo que creaba situaciones de confusión y misterio entre los astronautas. “Hay otra maldita cosa aquí”. “¿Qué les pasa?”, preguntó Gene Cernan, el piloto del módulo lunar, conforme a una transcripción de la NASA. “¿Sólo estaba flotando?”, comentó Tom Stafford, el comandante del vuelo. Cernan, con expresión impasible, corroboró que el excremento era auténtico, lo que deleitó enormemente a Stafford. “Era más pegajoso que ese el mío”, bromeó Stafford. Durante la misión Apolo 8, los miembros de la tripulación debieron cazar manchas de vómito y excremento que se habían filtrado en el espacio. El astronauta Ken Mattingly, durante la misión Apolo 16, después de describir el sistema, comentó: “Antes deseaba ser el primer hombre en llegar a Marte. Esto me ha hecho estar seguro de que, si tenemos que ir en el Apolo, no me interesa”. Una vez concluida las misiones Apolo, un reporte de la NASA indicó que la administración de desechos “tenía una evaluación baja” en términos del bienestar de la tripulación.
Después de recibir estas severas críticas, los científicos de la NASA entendieron que tenían que desarrollar un sistema más eficaz. Un fallo no sólo afecta la comodidad, sino que podría provocar fugas, contaminar el entorno de la nave con microbios terrestres y poner en peligro la salud de la tripulación. Es decir, toda misión espacial depende del buen funcionamiento del toilette, si se daña se pone en riesgo la misión.
Sin embargo, más de 50 años después de los últimos vuelos tripulados a la Luna y sus dificultades con los inodoros, los cuatro astronautas de la misión Artemis II de la NASA vuela en una nave espacial que cuenta con un baño mucho más confortable.
El nuevo diseño ha estado en proceso por más de diez años. En 2015, Collins Aerospace, la compañía de infraestructura espacial firmó un contrato con la NASA para llevar a cabo el proyecto. Este proyecto se estima ha costado 23 millones de dólares. A lo largo de ese periodo, los investigadores del proyecto han solucionado cuestiones esenciales de los inodoros espaciales previos y han anticipado y cumplido las necesidades venideras. Así, el mismo sistema que emplearon los astronautas de Artemis II podría ser adecuado para las expediciones a Marte y la Luna en las décadas siguientes.
El Sistema Universal de Gestión de Residuos (UWMS, por su acrónimo en inglés), también llamado popularmente “el toilette”, fue diseñado para solucionar las dificultades de higiene que los astronautas habían estado afrontando durante un tiempo y brindarles una experiencia más similar a la del baño en la última frontera. El sistema UWMS opera como una aspiradora, empleando el flujo de aire para extraer las heces y la orina del cuerpo y colocarlas en los contenedores apropiados. Las optimizaciones del sistema incorporaron un diseño más ergonómico que, a pesar de ser de menor tamaño, se considera perfecto para las condiciones del espacio, puesto que asegura que todo vaya donde debe ir. Los astronautas que viajen a la Luna tendrán ahora la posibilidad de disfrutar de comodidades como un sistema capaz de manejar las heces y la orina al mismo tiempo, dispositivos para recolectar orina que sirven tanto para hombres como para mujeres, una puerta que les proporciona una valiosa sensación de privacidad en una cápsula estrecha tripulada y asas para mantener el equilibrio en microgravedad.
Los primeros inodoros, tanto del transbordador espacial como de la Estación Espacial Internacional (EEI), utilizaban este sistema de vacío; la principal diferencia radicaba en que el modelo de la EEI reciclaba parte de las aguas residuales, mientras que la versión del transbordador las expulsaba al espacio. Ambos sistemas mejoraron significativamente con respecto a los inodoros de la era Apolo, pero aún presentaban grandes limitaciones. No estaban diseñados teniendo en cuenta la anatomía femenina y no podían procesar la orina y las heces simultáneamente; y si bien ofrecían cierta privacidad con una cortina, todavía no contaban con una puerta sólida.
La EEI fue el lugar en el que se realizó la prueba inicial del UWMS en 2020, y su instalación definitiva tuvo lugar en 2021. Contaba con sistemas para orina y heces que podían utilizarse a la vez, cambios para que estos sistemas fueran unisex y la muy deseada puerta del baño.
El toilette en Artemis II es una invención destacable. Es un modelo de tamaño reducido hecho de titanio, con una taza de inodoro ergonómica. Está ubicado en un compartimiento privado, con una puerta, en el piso de la nave espacial Orion que emplea un sistema de vacío y succión para colocar los excrementos en recipientes separados: uno para orina y otro para heces. Así, se posibilita que los astronautas orinen y defequen a la vez, algo de lo cual no disponían los astronautas que usaban versiones anteriores del retrete.
Aunque el inodoro espacial se vea muy lujoso si lo comparamos con las bolsas plásticas que usó la tripulación del Apolo, también presenta desventajas.
“Es necesario que te agarres, ya que flotas por todas partes”, dijo Christina Koch, la astronauta de Artemis II, en un video para National Geographic antes del lanzamiento. “Además, no puedes identificar cuál es la parte de arriba”.
En los inodoros espaciales de antes, los astronautas se colocaban correas sobre los muslos para permanecer sentados. Después de que los astronautas proporcionaran retroalimentación continua en 2020, la NASA reveló que se reemplazaron las abrazaderas para el pie y las manijas del inodoro UWMS.
Koch explicó que el inodoro, emplazado en el piso de la cápsula Orion, es “algo ruidoso”, lo cual quiere decir que los tripulantes tienen que usar protección para sus oídos cuando lo utilizan. “Estamos consiguiendo que funcione”, añadió. “Es solamente otra cosa que debemos organizar entre nosotros”.
Por otro lado, Jeremy Hansen, el astronauta canadiense en Artemis II, dijo en un video de la Agencia Espacial Canadiense que el aparato emplea una manguera para recolectar la orina, la cual se lanza al espacio varias veces al día.
Las heces son absorbidas a través de una bolsa ubicada en la parte inferior del inodoro. Hansen explicó que, después de cerrar la bolsa, se coloca en un contenedor que volverá a la Tierra junto con los tripulantes.
“Como miembro de la tripulación, tenemos mucha suerte de tener un baño con puerta en esta pequeña nave espacial; es el único sitio al que podemos ir a lo largo de la misión donde podemos estar solos por un rato”, expresó Hansen en el video.
Melissa McKinley, investigadora principal y líder de proyecto del equipo UWMS de la NASA, sostiene que “la gestión de residuos representa una evolución del diseño”. “El toilette se fundamenta en los diseños del programa Apolo, de la estación espacial internacional y hasta del transbordador espacial… “Detrás de esto hay una gran cantidad de aprendizaje. Estoy muy entusiasmado de que la tripulación pueda usar esto”, dice McKinley. “Sabremos mucho más cuando esta misión regrese… Realmente impulsará (la gestión de residuos) en futuras misiones Artemis y en la campaña lunar, así como en la futura campaña a Marte”.
Sin duda alguna, el UWMS representa la culminación, en ingeniería aeroespacial, de todas estas dificultades relacionadas con la experiencia de los astronautas. Su diseño estandarizado y ligero, posibilita que se ajuste sin dificultad a una amplia variedad de naves espaciales distintas, entre las que se incluyen la EEI, la cápsula Orion de las misiones Artemis y potenciales vehículos por construir.

 

El clima del planeta está cada vez más descompensado

El clima de la Tierra atraviesa una etapa de profunda descompensación sin precedentes desde que existen registros instrumentales. Así lo confirma el informe Estado del clima mundial en 2025, presentado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) con base en aportaciones científicas de servicios meteorológicos nacionales, centros regionales, organismos de Naciones Unidas y numerosos especialistas. Los datos muestran que los 11 años entre 2015 y 2025 han sido los más cálidos jamás registrados, lo que evidencia una tendencia sostenida de calentamiento global con consecuencias de largo alcance para los sistemas naturales y las sociedades humanas (https://library.wmo.int/records/item/69807-state-of-the-global-climate-2025).
Durante 2025, la temperatura media global superó en alrededor de 1.43 grados los niveles del periodo preindustrial (1850-1900), ubicando a ese año como el segundo o tercer más cálido del que se tiene constancia, dependiendo del conjunto de datos utilizado. Los fenómenos meteorológicos extremos –olas de calor, lluvias torrenciales, ciclones tropicales, sequías e inundaciones– se intensificaron y afectaron a millones de personas, provocando pérdidas económicas multimillonarias y poniendo en evidencia la vulnerabilidad de economías y sociedades cada vez más interconectadas.
Uno de los elementos centrales del informe es la incorporación, por primera vez, del desequilibrio energético de la Tierra como indicador climático fundamental. Este concepto describe la diferencia entre la energía solar que ingresa al sistema terrestre y la que se devuelve al espacio. En condiciones estables, ambas magnitudes son aproximadamente equivalentes. Sin embargo, las concentraciones crecientes de gases de efecto invernadero –dióxido de carbono, metano y óxido nitroso– han alterado de forma significativa este balance, atrapando calor adicional en la atmósfera, los océanos y las masas de hielo.
Las concentraciones actuales de estos gases han alcanzado niveles no observados en cientos de miles o incluso millones de años. El dióxido de carbono, en particular, registró en 2024 la mayor tasa de aumento anual desde que comenzaron las mediciones modernas en 1957. Este incremento responde tanto a las emisiones continuas procedentes del uso de combustibles fósiles como a la disminución de la capacidad de los océanos y los ecosistemas terrestres para absorber carbono.
El desequilibrio energético del planeta es hoy el más elevado de los últimos 65 años. Desde que comenzaron las observaciones sistemáticas en la década de 1960, se ha registrado un aumento progresivo de esta descompensación, que se ha acelerado notablemente en las dos últimas décadas y alcanzó un máximo histórico en 2025. Más del 91 por ciento del exceso de energía se acumula en los océanos, mientras que una pequeña fracción calienta la atmósfera (1 por ciento) y las superficies continentales (5 por ciento). El resto contribuye directamente a la fusión de los hielos (3 por ciento).
El océano desempeña un papel crucial como regulador del clima, ya que absorbe la mayor parte del calor adicional generado por el efecto invernadero. No obstante, esta función tiene un alto costo ambiental. En 2025, el contenido de calor oceánico –medido hasta una profundidad de 2 mil metros– alcanzó el nivel más alto desde que existen registros, superando el récord del año anterior. La velocidad de calentamiento oceánico en el periodo 2005-2025 fue más del doble que la registrada entre 1960 y 2005.
Como consecuencia, aproximadamente el 90 por ciento de la superficie marina experimentó al menos una ola de calor durante 2025. Este calentamiento afecta gravemente a la biodiversidad, deteriora los ecosistemas marinos, reduce la capacidad del océano para actuar como sumidero de carbono y favorece la intensificación de tormentas tropicales y subtropicales. Además, acelera la pérdida de hielo marino en las regiones polares.
La elevación del nivel medio del mar es otra de las señales más claras del cambio climático. En 2025, el nivel global del mar se situó cerca de los valores más altos jamás registrados, aproximadamente 11 centímetros por encima del nivel de 1993, cuando comenzaron las mediciones satelitales. Aunque el aumento interanual entre 2024 y 2025 fue ligeramente menor debido a la influencia de La Niña, la tendencia de largo plazo sigue siendo claramente ascendente. Desde 2012, la tasa de aumento del nivel del mar ha sido superior a la observada en las primeras décadas de la era satelital.
El incremento del nivel del mar provoca inundaciones costeras, erosión, salinización de acuíferos y daños significativos a ecosistemas costeros, con impactos directos sobre comunidades humanas, infraestructuras y actividades económicas. De acuerdo con las proyecciones científicas, el calentamiento oceánico y la elevación del nivel del mar continuarán durante siglos, aun si se lograra reducir de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero.
La acidificación oceánica constituye otro proceso preocupante. Entre 2015 y 2024, el océano absorbió cerca del 29?por ciento del dióxido de carbono emitido por actividades humanas, lo que provocó una disminución sostenida del pH de las aguas superficiales. Los niveles actuales de acidez no se habían registrado en al menos 26?mil años. Esta alteración química daña a organismos marinos, afecta a los ecosistemas y pone en riesgo la producción de alimentos que depende de la pesca y el cultivo de mariscos.
En las regiones polares y de alta montaña, la pérdida de hielo continúa acelerándose. Los glaciares de referencia experimentaron en el año hidrológico 2024-2025 una de las cinco mayores pérdidas de masa registradas desde 1950. Desde 2016, ocho de los 10 años con mayor pérdida glaciar han ocurrido de forma consecutiva. En Islandia y en la costa del Pacífico de América del Norte se documentaron pérdidas extraordinarias de masa glaciar durante 2025.
La extensión del hielo marino también alcanzó mínimos históricos. En el Ártico, la extensión media anual fue la más baja o la segunda más baja desde que existen observaciones satelitales, iniciadas en 1979. En la Antártida, la extensión media anual fue la tercera más baja registrada, y las cuatro menores extensiones se produjeron en los cuatro años más recientes. Estos cambios alteran los sistemas climáticos regionales y globales, y refuerzan los mecanismos de retroalimentación que aceleran el calentamiento.
El informe dedica especial atención a los episodios meteorológicos extremos y a sus efectos en cadena. Estos fenómenos afectan de manera directa la producción agrícola y se han convertido en un factor determinante de la inseguridad alimentaria. A su vez, esta inseguridad impulsa procesos de migración y desplazamiento de personas, debilita la estabilidad social y facilita la propagación de plagas y enfermedades. Las comunidades más vulnerables, especialmente en regiones afectadas por conflictos, enfrentan enormes dificultades para prepararse, responder y adaptarse a la sucesión de múltiples catástrofes.
Otro capítulo clave aborda la relación entre clima y salud. El cambio climático incrementa la mortalidad, altera los ecosistemas, presiona a los sistemas sanitarios y afecta los medios de subsistencia. Se intensifican riesgos como las enfermedades transmitidas por vectores y por el agua, así como los problemas de salud mental, particularmente entre poblaciones vulnerables.
El dengue destaca como la enfermedad transmitida por mosquitos que se propaga con mayor rapidez a escala mundial. Cerca de la mitad de la población global se encuentra en riesgo, y el número de casos reportados nunca había sido tan alto. El estrés térmico, por su parte, afecta cada año a más de un tercio de la fuerza laboral mundial, especialmente en sectores como la agricultura y la construcción, reduciendo la productividad y deteriorando los medios de vida.
Pese a la magnitud del problema, aún son insuficientes los sistemas de alerta temprana y la integración de la información climática en la toma de decisiones sanitarias. Resulta urgente incorporar datos meteorológicos y climáticos en los sistemas de información en salud para pasar de respuestas reactivas a acciones preventivas que permitan salvar vidas.
La conclusión del informe es contundente: el planeta se encuentra en una emergencia climática. Todos los indicadores fundamentales han superado los umbrales de alerta. La humanidad ha vivido once años consecutivos de temperaturas récord, una señal clara de que el calentamiento global no es un fenómeno circunstancial, sino una tendencia estructural que exige acciones inmediatas y sostenidas. Cuando la historia se repite una y otra vez, deja de ser coincidencia y se convierte en una advertencia que no puede seguir siendo ignorada.