Guerrero hoy

Amanece y Guerrero ya viene cansado desde la madrugada. En alguna carretera de la Montaña baja, una camioneta de redilas transporta familias enteras que dejaron atrás sus casas porque alguien los agredió y entendieron que ya no podían seguir ahí. Al mismo tiempo, los hoteleros celebran ocupaciones altas, pero a unas cuantas calles, una colonia vuelve a quedarse sin agua. Más lejos, en la Sierra, el silencio ya no significa tranquilidad, sino precaución.
Así transcurre un día en esta tierra compleja donde la política nunca duerme y donde gobernar implica convivir, al mismo tiempo, con la esperanza y con la incertidumbre que ocasiona la violencia.
La nota oficial habla de estabilidad, coordinación y recuperación turística. Y sí, hay playas llenas, eventos internacionales, inversión federal y una narrativa que intenta transmitir que las instituciones funcionan. Pero al mismo tiempo, en las regiones más golpeadas, la realidad tiene otro tono: desplazamiento forzado, comunidades vacías, desapariciones, caminos controlados por el miedo y familias esperando noticias de quienes no regresaron.
La violencia ya no sólo mata; también encarece la vida. Cuando una ruta de transporte aumenta hasta siete veces su costo por el riesgo de circular, queda claro que el crimen no sólo disputa territorios: también altera la economía cotidiana, modifica hábitos y rompe el tejido social. La gente comienza a vivir mirando el reloj y calculando si todavía es seguro regresar a casa antes de que anochezca. Mientras unos pelean por el futuro, hay regiones que todavía pelean por sobrevivir el presente.
Resulta imposible no recordar aquellos años de mi segundo periodo de gobierno, en que las comunidades de Chilapa recibían programas productivos, brigadas médicas, apoyo para artesanas, limpieza de caminos, impulso cultural y espacios para los jóvenes.
Laura del Rocío me acompañó incansable para llegar con su programa Transformemos Nuestro Entorno a la célula primordial: la familia. No eran sólo acciones sociales; eran mecanismos de fortalecimiento y construcción de lazos comunitarios. Cuando un gobierno llega antes que el miedo, las comunidades resisten mejor. Cuando el Estado abandona el territorio, otros ocupan ese vacío.
La paz no se construye únicamente con patrullas ni despensas. Se construye cuando una madre sabe que sus hijos tienen escuela, médico, música, deporte y oportunidades. Cuando un joven tiene más cerca un taller productivo que un grupo armado. Cuando una comunidad siente que pertenece al mapa institucional y no al olvido.
Y mientras todo eso ocurre, la política ya está pensando en el 2027.
Las bardas hablan antes que los discursos. Los equipos se mueven, las estructuras territoriales despiertan y los aspirantes comienzan a medirse no sólo por simpatías, sino por negativos.
Porque en Guerrero no basta con ser conocido. A veces, el más conocido también es el más desgastado. Y hay quienes ya alcanzaron su techo mientras otros apenas empiezan a crecer en silencio.
En política, la popularidad sin aceptación puede convertirse en un espejismo. De poco sirve encabezar conversaciones si la gente asocia tu nombre con cansancio, confrontación o exceso de poder.
Las encuestas ya no sólo medirán presencia; medirán rechazo, fatiga social y capacidad de reconciliar.
Las encuestas ya no sólo medirán cuánto eres conocido, también pesarán tus negativos, vínculos con la delincuencia organizada, corrupción, antecedentes penales y hasta comportamiento personal.
Y si usted quiere, hasta la soberbia y el engaño, la mentira sistemática y la memoria de quienes han estado al lado del pueblo de Guerrero en sus momentos más aciagos.
Una pregunta que todos deben formularse: ¿conozco Guerrero? Porque para gobernar Guerrero primero hay que conocerlo. La segunda pregunta: ¿qué he hecho yo por Guerrero para aspirar a gobernarlo? Y la tercera: ¿qué haría yo por Guerrero si aspiro a gobernarlo?
El problema es que la sucesión comenzó demasiado temprano.
El riesgo no está únicamente en quién gane; el verdadero peligro es que la disputa termine contaminando la agenda de gobierno y desviando la atención de los problemas reales.
Guerrero siempre ha sido así: intenso, contradictorio, apasionado y políticamente eléctrico. Aquí la tragedia y la esperanza suelen caminar juntas. Por la mañana puede discutirse una crisis humanitaria y por la tarde celebrarse un récord turístico. Un alcalde puede inaugurar una obra mientras en otro municipio entierran a sus muertos. Esa es la complejidad guerrerense: convivir permanentemente entre el avance y la herida.
La política, en esta tierra, no debería ser un concurso de ambiciones personales ni una carrera desesperada por aparecer primero en las bardas. Debería ser la capacidad de entender el dolor de un estado que exige autoridad, pero también sensibilidad; firmeza, pero también reconciliación.
Porque al final, en Guerrero la gente no recuerda quién gritó más fuerte. Recuerda quién estuvo presente cuando el miedo tocó la puerta.

Del anecdotario

Hace unos días, generosamente, un grupo de amigas y amigos de Ometepec, mi tierra hermosa, me ofrecieron una pozolada para celebrar mi cumpleaños número 70. A todos ellos, mi gratitud perenne.
En dicho evento fui claro y preciso al abordar el tema político: apoyen a quienes ustedes quieran, del partido de su preferencia.
No tengo compromisos con nadie. Apoyen con entera libertad a quienes ustedes crean, en su momento, que sean la mujer o el hombre con la trayectoria más limpia y quien verdaderamente ame a Guerrero y quiera contribuir con su esfuerzo a que a Guerrero le vaya mejor. Sólo eso.
Los partidos, todos, viven su peor momento de la historia.
La política es así…

 

Ayuso: nostalgias imperiales

La visita de Isabel Díaz Ayuso a México dejó algo más que fotografías, discursos y reuniones con sectores de la oposición mexicana. Dejó, sobre todo, una sensación incómoda: la de una figura política extranjera que decidió venir a nuestro país no a construir puentes culturales o económicos, sino a intervenir, desde una narrativa ideológica, en debates internos que corresponden exclusivamente a los mexicanos.
No es casualidad que sus declaraciones hayan provocado rechazo en amplios sectores sociales. La dirigente madrileña no llegó a México con prudencia diplomática, sino con el tono confrontativo que la ha convertido en uno de los símbolos más visibles del conservadurismo español contemporáneo.
Su reivindicación de la Conquista, sus referencias al mestizaje como argumento político y su cercanía con sectores de derecha latinoamericana no fueron interpretadas aquí como gestos culturales inocentes, sino como un mensaje político deliberado.
Porque detrás de la retórica sobre Hernán Cortés y “las malinches”, existe una visión profundamente ideológica: la de quienes siguen mirando a América Latina desde una lógica de superioridad histórica, como si todavía existiera autoridad moral para explicarles a los pueblos latinoamericanos cómo deben entender su pasado, su identidad o incluso su democracia.
Las críticas contra Ayuso no nacen únicamente de sus palabras en México. En España arrastra múltiples cuestionamientos por su estilo polarizante, por el manejo de la pandemia en Madrid, por las investigaciones relacionadas con contratos públicos y por el uso constante de la confrontación política como herramienta de posicionamiento personal. Su figura divide incluso dentro de su propio país. Por eso, resulta difícil no interpretar su visita como una extensión internacional de esa estrategia permanente de provocación mediática.
Y ahí es donde el asunto adquiere una dimensión más delicada. Porque cuando una dirigente extranjera se reúne con actores políticos nacionales y emite mensajes que inevitablemente impactan en el debate interno mexicano, la discusión deja de ser cultural para convertirse en política.
México es una nación soberana. Sus disputas, sus procesos democráticos y sus diferencias ideológicas deben resolverse entre mexicanos, no bajo el tutelaje simbólico de figuras que representan corrientes conservadoras extranjeras.
Sería un error que la izquierda mexicana caiga en la tentación de sobredimensionar el episodio. La indignación puede ser legítima, pero el país tiene urgencias mucho más profundas que un intercambio discursivo con una política española en busca de reflectores.
Y quizá ahí radica la principal diferencia entre el debate mexicano y la agenda de Ayuso. Mientras aquí la discusión central debería ser cómo reducir la pobreza, garantizar derechos y construir estabilidad social, la dirigente madrileña parece mucho más interesada en alimentar una narrativa identitaria y conservadora que le permita consolidar su liderazgo político en España y entre las derechas iberoamericanas.
México no necesita lecciones de nostalgia imperial ni discursos que revivan divisiones históricas para obtener rentabilidad política. Necesita serenidad, resultados y altura de miras.
Del anecdotario

Decía el beisbolista Yogi Berra: “Esto no se acaba hasta que se acaba”, a propósito de aquellas o aquellos que ya se sienten futuros alcaldes, diputados o incluso gobernadores.
Siempre he dicho que la soberbia y la ingratitud son las peores consejeras de la política, pues hay quienes se avergüenzan de su pasado y se olvidan de quienes alguna vez les tendieron la mano.
El escenario, aún para Morena, será harto complicado si no se respeta primero el resultado verdadero de una encuesta seria y profesional que a todos deje satisfechos, no como las encuestas a modo sin credibilidad que ya circulan. Quien gane tendrá que tejer muy fino con el resto de los aspirantes para mantener la unidad al interior de ese movimiento, que se antoja nada fácil.
Los operadores que acompañen a los y las aspirantes, serán sin duda un factor que despertará o no, confianza en el electorado. La congruencia y la lealtad son la clave.
Morena vive hoy el momento más complicado desde su nacimiento y los recursos para una campaña, especialmente para gobernador, serán vigilados con lupa ante el escenario por el caso Sinaloa y los anuncios que ayer mismo hiciera el presidente Donald Trump de que, si no actúa el gobierno mexicano, lo harán ellos para ir por más narcopolíticos y grupos de la delincuencia organizada que operan en suelo mexicano.
Hoy más que nunca los perfiles limpios, como advirtió Ariadna Montiel, serán factor. ¿Qué significa?, que desde ya varios quedaron fuera.
Por si fuera poco, el fiscal interino de Estados Unidos el día de ayer anunció que irán por más políticos, casi todos de filiación morenista.
¿Cuánto impactarán a Morena estas acciones en el próximo proceso electoral? No lo sabemos; lo que sí sabemos es que, si no se cuida la unidad y la limpieza para definir candidata o candidato, puede haber desprendimientos que beneficien a otras filiaciones políticas como MC, que hoy está captando la simpatía de la mayoría de los jóvenes mexicanos; el PRI, con todo y lo que se diga sobre su pasado; o nuevas alternativas que surgirán, como el partido “Somos México”, que tiene asegurado su registro.
Por lo que a mí toca, me mantendré alejado de toda participación, pues soy un convencido de que hay que darle paso a las nuevas generaciones.
La política es así…

 

A mis 70

En la política uno aprende pronto que los caminos no son rectos, se cruzan, se bifurcan y, muchas veces, se separan. Pero también aprende algo más profundo: que las personas no son sus cargos, ni sus siglas, ni sus coyunturas. Son, somos, historias compartidas.
No me engancho en conflictos estériles, prefiero caminar ligero y en paz. La vida es apenas un suspiro, y por eso elijo vivirla con intensidad, abrazando cada momento al lado de mis seres queridos y, por supuesto, de mis amigos.
Siempre he dicho que soy un hombre de rencores cortos y amistades largas. También aprendí a no cargar con la ira de nadie porque pesa más de lo que vale. Y cada quien que cargue la cruz de su carácter.
Después de todos estos años en la vida pública –en la Cámara de Diputados, en el Senado y en el gobierno de Guerrero– entendí que las amistades verdaderas no se construyen en los momentos de triunfo, sino en los silencios, en las derrotas, en las decisiones difíciles. Ahí es donde se revela quién está por convicción y quién sólo por circunstancia.
Sí, es posible cultivar amistades duraderas en la política, incluso cuando los caminos partidistas se separan. Pero no es sencillo. Requiere una madurez que no siempre abunda en este oficio. Porque la política, cuando se vuelve competencia, suele poner a prueba los afectos. Y muchos confunden la diferencia de proyectos con la ruptura personal.
Yo creo que la amistad en la política solo se sostiene sobre ciertos valores que no cambian con el color de una camiseta:
La lealtad, no como sumisión, sino como respeto a la historia compartida.
La congruencia, que permite mirarse a los ojos aún cuando se piense distinto.
La gratitud, que evita borrar el pasado por conveniencia del presente.
Y, sobre todo, la dignidad, que marca el límite entre la diferencia política y la descalificación personal.
He visto a varios romper una amistad o lealtad por una candidatura (por la simple promesa de ésta), por una coyuntura, por una ambición momentánea. Y también he visto a otros –pocos, pero valiosos– mantener el afecto incluso desde trincheras distintas. Esos son los que entienden que la política es pasajera, pero los vínculos humanos pueden ser permanentes si se cuidan.
Al final del camino, cuando ya no están los cargos ni los reflectores, lo que queda es la memoria de cómo tratamos a los demás. Y ahí es donde verdaderamente se mide a un político: no solo por lo que construyó en el poder, sino por lo que conservó en el corazón.
La política cambia, los partidos evolucionan, las circunstancias obligan a tomar decisiones distintas. Pero la amistad –cuando es auténtica– no debería depender de eso. Debería sostenerse en algo más profundo: en el reconocimiento mutuo, en el respeto a la historia compartida y en la capacidad de entender que pensar distinto no significa dejar de estimarse.
Porque, al final, gobernar es importante… pero no perder la calidad humana lo es aún más.

 

Ometepec

A veces se cree que la historia vive encerrada en los libros, en los archivos polvosos o en las ceremonias oficiales donde se repiten fechas y nombres. Pero no. La historia verdadera camina por los pueblos, se mete en sus calles, se siembra en la memoria de su gente y, con el paso del tiempo, termina explicando mucho de lo que somos. Lo digo porque Ometepec, mi tierra, no sólo es un punto entrañable de la Costa Chica; es también un lugar donde la nación mexicana dejó una de sus huellas tempranas y más significativas.
En 1813, en pleno fragor de la guerra de Independencia, José María Morelos pasó por Ometepec y expidió un decreto que ordenaba mantener la devoción a la Virgen de Guadalupe.
El decreto establecía la celebración de misas a la virgen de Guadalupe y que en los sombreros de los insurgentes deberían llevar una estampa de la virgen morena.
A simple vista, podría parecer un acto exclusivamente religioso. Pero sería un error leerlo así, desprendido de las circunstancias de su tiempo. Aquél era un país todavía inexistente, una patria apenas imaginada, una geografía sacudida por la guerra, el miedo, la persecución y la pobreza. Las tropas insurgentes avanzaban entre enormes precariedades, y en muchos lugares la incertidumbre era la única certeza.
La época estaba marcada por la violencia de una confrontación desigual. El dominio virreinal seguía siendo poderoso, las comunicaciones eran lentas, las regiones estaban aisladas entre sí y la idea misma de una nación unida apenas comenzaba a abrirse paso. En ese escenario, Morelos entendió algo que sólo los grandes conductores políticos alcanzan a ver con claridad: que no bastaba con combatir al poder establecido; había que darle alma al movimiento, sentido a la lucha, símbolos a la esperanza.
Por eso, cuando en Ometepec se firma aquel decreto, lo que emerge no es solamente una disposición devocional, sino una decisión política de enorme fondo. Morelos estaba hablando de identidad, de cohesión, de pertenencia. Estaba buscando un lenguaje común para un pueblo disperso, una referencia compartida para una sociedad que todavía no terminaba de reconocerse a sí misma. En otras palabras, estaba ayudando a construir nación.
Eso es, en esencia, la política en su sentido más alto: la capacidad de unir voluntades, de darle rumbo a una colectividad y de sembrar en la conciencia de un pueblo la idea de que puede ser más que la suma de sus fragmentos. Morelos comprendió que la insurgencia no sólo tenía que ganar batallas militares; tenía que ganar también el corazón y la imaginación de la gente.
Por eso no es menor que ese episodio haya tenido lugar en Ometepec. Para quienes somos oriundos de esta tierra, esa referencia histórica tiene un peso especial. Nos recuerda que la Costa Chica no ha sido un rincón distante del relato nacional, sino parte viva de sus definiciones más profundas. Aquí también se tejió la patria. Aquí también se pronunciaron decisiones que ayudaron a darle forma a México.
Esa es quizá la lección más poderosa que nos deja Ometepec en la historia: que las grandes transformaciones comienzan muchas veces en lo local, en lo aparentemente pequeño, en decisiones que con el tiempo adquieren una dimensión inmensa. Los pueblos se construyen con identidad, sí, pero también con organización. Con memoria, pero también con visión de porvenir.
Hoy, cuando tantas veces se habla de Guerrero desde el prejuicio o desde la tragedia, conviene volver la mirada a estos episodios. No para refugiarnos en el pasado, sino para recordar que esta tierra ha sido protagonista de la historia nacional. La Costa Chica no sólo heredó cultura, carácter y tradición; heredó también un sitio en la construcción de México.
Por eso, cuando se habla de Ometepec, yo no escucho sólo el nombre de mi lugar de origen. Escucho el eco de una historia mayor. Escucho el momento en que, en medio de la guerra y la incertidumbre, un hombre como Morelos entendió que para fundar una patria hacía falta algo más que valor: hacía falta identidad. Y esa semilla, sembrada en nuestra tierra, sigue viva hasta hoy.

Del anecdotario

“Con cinco hombres como él conquistaría el mundo”, dijo alguna vez Napoleón Bonaparte, impresionado por los triunfos militares del Generalísimo José María Morelos y Pavón, héroe a quien le profesó una profunda admiración.
Siempre evitó ser llamado “Alteza” o cualquier otro título; él prefirió ser llamado “Siervo de la Nación”, denominación que tomó –según se dice– del Evangelio según San Marcos: “El que quiera ser el mayor será vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos”.
Morelos tuvo dos hijos con Brígida Almonte: Juan Nepomuceno Almonte, a quien por cierto en 1813 el Congreso de Chilpancingo nombró general de brigada con tan solo 10 años. Con el paso del tiempo, Nepomuceno resultó un traidor al enfrentarse a Benito Juárez y murió en Estados Unidos. Su hija, Guadalupe Almonte, poco se sabe de ella; siempre apegada a su madre.
El 22 de diciembre de 1815, luego de recibir los sacramentos, Morelos fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec. Se dice que su última voluntad, antes de morir, fue comer un caldo de pollo.
La política es así…

 

Benito Juárez, luz y sombra

E n México solemos hablar de los héroes como si fueran estatuas: firmes, inamovibles, perfectas. Pero la historia –cuando se le mira de frente– es menos cómoda. Y en ese terreno más humano, más complejo, aparece la figura de Benito Juárez: no como mito, sino como arquitecto de una nación que aún estaba en disputa.
Juárez no gobernó un país en paz. Gobernó un territorio fragmentado, endeudado, invadido, dividido entre visiones irreconciliables. No era un líder carismático en el sentido tradicional, pero sí uno de los más firmes y consistentes en la historia de México.
Su mayor aporte no fue la estabilidad –que no existía–, sino la decisión de imponer un orden: el de la ley. Y ese orden tuvo un momento fundacional: las Leyes de Reforma. Entre 1859 y 1863 Juárez encabezó un proceso que cambió la estructura misma del poder en México. Separó la Iglesia del Estado, nacionalizó los bienes eclesiásticos, estableció el registro civil y convirtió el matrimonio en un acto jurídico. No fue una reforma administrativa; fue una redefinición del país. Ahí nació el Estado laico mexicano.
Juárez dio muestras de su vocación liberal desde la invasión norteamericana, en la época de su “Alteza Serenísima”, Antonio López de Santa Anna, cuando perdimos más de la mitad de nuestro territorio. Oaxaca fue uno de los estados que más aportó a la lucha contra los invasores. Juárez predicaba con el ejemplo, pues antes de ser diputado, él mismo había cedido su sueldo como regente de la Corte de Justicia para donarlo todo al esfuerzo de la guerra en el norte.
Hay que admitir que, para algunos historiadores, Benito Juárez no encaja del todo en la cómoda categoría de héroe intocable. Le reprochan, con tono casi de fiscalía histórica, sus cercanías con el gobierno de Estados Unidos, como si en medio de invasiones, imperios y bancarrotas nacionales hubiera existido el lujo de elegir aliados perfectos. En ese juicio retrospectivo, su figura se vuelve incómoda: ni villano conveniente ni santo de altar, sino un político que, con pragmatismo quizá excesivo para los puristas, navegó en aguas donde la soberanía se defendía también con negociaciones incómodas.
Y luego está el otro señalamiento: su larga permanencia en el poder, esos 14 años que para algunos suenan a continuidad necesaria y para otros a tentación de eternidad. No falta quien sugiera, con un dejo de ironía histórica, que de no haber sido por la implacable angina de pecho que terminó con su vida, Juárez habría seguido gobernando, tal vez convencido de que aún quedaban reformas por consolidar o enemigos por contener. Así, entre críticas y reconocimientos, su figura permanece en ese punto incómodo donde los grandes personajes dejan de ser estatuas y vuelven a ser, inevitablemente, humanos.
Juárez no fue un gobernante de normalidad, fue un gobernante de crisis. Y en condiciones extraordinarias, se tienen que tomar decisiones complejas. A él le tocó vivir su tiempo en su exacta dimensión y hacer lo que le correspondía.
Y en esa historia, Guerrero –y particularmente Acapulco– no es un escenario menor.
En 1855, tras su exilio, Juárez llega al puerto de Acapulco en un momento decisivo.
Desde el exilio, mirando de lejos una patria herida, Benito Juárez decidió volver no como espectador, sino como parte de la tormenta. Llegó a Acapulco, no como héroe, sino como escribiente, como un hombre más entre los que creían que México aún podía levantarse. Y ahí, junto al general Juan Álvarez, en la entraña de la Revolución de Ayutla, empezó a cargar no solo papeles y decretos, sino el peso invisible de una nación que buscaba forma.
La llamada “Casona de Juárez”, en las inmediaciones del Fuerte de San Diego, más allá de la discusión historiográfica sobre su exactitud, representa algo más profundo: la presencia de Juárez en el sur, el punto donde el proyecto liberal tomó forma territorial. No es solo una anécdota local; es una pieza del rompecabezas nacional. Por eso, años después, el puerto adoptaría el nombre de Acapulco de Juárez. No como gesto decorativo, sino como reconocimiento político.
Acapulco no solo fue testigo del paso de Juárez; fue parte del proceso que hizo posible su ascenso.
La tentación de idealizarlo es grande. Pero más útil es entenderlo.
Juárez no fue perfecto. Fue necesario.
Y en esa necesidad –que también tocó las costas de Acapulco– se encuentra una de las raíces más profundas del México que hoy intentamos sostener.

Del anecdotario

¿Qué significa la frase “le hizo lo que el viento a Juárez”? Para algunos, significa la expresión de un monumento de Juárez en el Castillo de Chapultepec, donde la expresión del Benemérito no se inmuta.
Para otros, se trata de una leyenda: cuando el niño zapoteco se trasladaba en una canoa, fueron sorprendidos por un ventarrón y sus amigos tuvieron que salir nadando a la orilla del río; sin embargo, Juárez se mantuvo estoico, de pie, y ni siquiera se despeinó. Para algunos, esta es la versión más cercana, narrada por el historiador Fernando Benítez en su libro Un niño zapoteco.
En palabras llanas, “me hizo lo que el viento a Juárez” hoy es una expresión coloquial que se utiliza cuando alguien te quiere dañar o perjudicar y no lo consigue.
La política es así…

 

 

Divorcios y redes sociales

Las relaciones humanas siempre han estado expuestas a tensiones, malentendidos y emociones intensas. La política, la vida pública y la vida privada comparten esa condición profundamente humana: están hechas de encuentros, desacuerdos, reconciliaciones y, en ocasiones, de separaciones inevitables.
Pero en los últimos años ha surgido un fenómeno que está transformando la forma en que se viven –y también se rompen– muchas relaciones de pareja: la presencia permanente de las redes sociales en la vida cotidiana.
Hace apenas dos décadas, las discusiones de pareja quedaban dentro del espacio íntimo del hogar. Hoy vivimos en una época en la que la vida privada está cada vez más expuesta a la mirada pública. Las redes sociales se han metido literalmente hasta la cocina de las relaciones afectivas, cambiando la manera en que las personas se comunican, se relacionan… y también se distancian.
Diversos estudios señalan que al menos uno de cada dos mexicanos considera que las redes sociales influyen de alguna manera en los divorcios. No es un dato menor. En muchos casos, la infidelidad –que siempre ha existido– encuentra ahora nuevas rutas en el mundo digital.
Un reencuentro con un viejo amor, una conversación privada que comienza con aparente inocencia o la facilidad de mantener contacto permanente con otras personas pueden convertirse en detonantes de conflictos que antes quizá no habrían ocurrido con la misma intensidad.
Pero el problema no se limita únicamente a la posibilidad de una infidelidad.
Las redes sociales tienen una característica poderosa: amplifican las emociones. Lo que antes era una discusión privada hoy puede convertirse en un espectáculo público. Un comentario impulsivo, un “like” mal interpretado, una fotografía fuera de contexto o un mensaje descubierto en el teléfono pueden despertar sospechas, celos o resentimientos que terminan rompiendo la confianza.
Y cuando la confianza se rompe, la relación suele entrar en una pendiente difícil de detener.
Incluso en el ámbito legal las redes sociales han comenzado a tener un peso cada vez mayor. En Estados Unidos, por ejemplo, abogados especializados en divorcios señalan que una cantidad creciente de casos incluye evidencia obtenida en plataformas como Facebook o Instagram, así como conversaciones digitales. Fotografías, mensajes o publicaciones que parecían triviales terminan presentándose como pruebas dentro de procesos judiciales.
En otras palabras, lo que publicamos en internet no se queda en internet. Puede tener consecuencias reales en la vida personal, familiar e incluso legal.
Por eso, cada vez más especialistas recomiendan algo que parece sencillo, pero que en estos tiempos resulta sorprendentemente difícil: practicar la prudencia digital. Durante una crisis de pareja –y especialmente en medio de un proceso de separación– lo más sensato suele ser tomar distancia de las redes sociales, evitar publicar desde el enojo o la frustración, cuidar la privacidad y recordar que muchas veces hay hijos de por medio.
Los hijos, tarde o temprano, terminan viendo lo que los adultos escriben.
La exposición pública del conflicto rara vez ayuda a resolverlo. Por el contrario, suele profundizar las heridas y cerrar los caminos del diálogo.
Conviene decirlo con claridad: las redes sociales no destruyen por sí solas una relación. Ninguna plataforma tiene ese poder. Pero sí pueden convertirse en gasolina sobre un incendio que ya estaba encendido.
Vivimos en un mundo hiperconectado, donde la tecnología ha transformado la forma en que trabajamos, nos informamos y nos comunicamos. El desafío para las parejas modernas quizá sea aprender a cuidar su relación también en ese nuevo terreno digital, entendiendo que no todo lo que se siente debe publicarse y que no todo lo que ocurre en la vida privada necesita convertirse en contenido público.
En tiempos de exposición permanente, preservar la intimidad también es una forma de cuidar el amor.
La vida es así…

Del anecdotario

Con el llamado Plan B anunciado el día de ayer por la presidenta Claudia Sheinbaum, se busca poner fin a varios privilegios que aún persisten en congresos locales y cabildos municipales.
Hace poco, conversando con un amigo, me hacía notar algo que resulta difícil de explicar a los ciudadanos: que un diputado local en Guerrero puede llegar a ganar más que un legislador federal. Y un regidor de Acapulco, sumando recursos para gestoría, montos destinados a obra pública y otras prestaciones, puede alcanzar ingresos superiores a los 200 mil pesos mensuales.
La iniciativa presidencial busca justamente revisar estos excesos. Entre otras medidas, plantea reducir el número de legisladores locales y también el número de regidores en los ayuntamientos del país.
Se calcula que estas modificaciones podrían generar un ahorro cercano a 4 mil millones de pesos, recursos que podrían destinarse a obras y programas en beneficio directo de los estados y municipios.
Si ese objetivo se cumple, será una decisión que muchos ciudadanos verán con buenos ojos.
Enhorabuena por una iniciativa que, sin duda, abrirá un debate necesario en el país.
La política es así…

 

Los mensajes de Marco Rubio en Múnich

La historia se mueve con la fuerza de los pueblos que entienden su momento. Y el reciente discurso del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, no es un pronunciamiento diplomático más. Es, en esencia, la declaración doctrinaria de un nuevo orden mundial basado en el retorno del interés nacional, el fortalecimiento de las fronteras, la reindustrialización y la defensa de la soberanía como principio rector de la política exterior.
Desde mi experiencia como legislador, como gobernador de Guerrero y como actor político que ha vivido las complejidades de nuestra relación con Estados Unidos, entiendo que este discurso no está dirigido únicamente a Europa. Está dirigido también, de manera implícita, a México. Porque cuando Estados Unidos redefine su papel en el mundo, redefine también el papel de sus vecinos.
Rubio es claro en su diagnóstico: el mundo ha abandonado una ilusión. Afirma que tras el fin de la Guerra Fría, Occidente cayó en el error de creer que había llegado “el fin de la historia”, que el comercio sustituiría a la soberanía y que el mundo podría funcionar sin fronteras. Pero advierte con contundencia: “Era una idea absurda que ignoraba tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5000 años de historia documentada. Y nos ha costado muy caro”.
Ese “costo” tiene nombre: pérdida de soberanía económica, debilitamiento industrial y, sobre todo, la crisis migratoria. El secretario de Estado no duda en señalar que “abrimos nuestras puertas a una ola de migración masiva sin precedentes que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestro pueblo”.
Estas palabras no deben interpretarse como una simple postura ideológica. Son la base de una nueva política de seguridad nacional de Estados Unidos, donde la migración deja de ser un fenómeno social y económico para convertirse en un asunto estratégico.
Para México, este cambio implica retos profundos.
Durante décadas, nuestra relación con Estados Unidos se ha sostenido en una interdependencia inevitable. Compartimos más de tres mil kilómetros de frontera, una integración económica sin precedentes y una realidad humana que no puede ignorarse. Pero en el nuevo paradigma que plantea Rubio, Estados Unidos espera algo distinto de sus aliados y vecinos.
Lo dice sin rodeos: “No queremos que nuestros aliados sean débiles, porque eso nos debilita a nosotros. Queremos aliados que puedan defenderse por sí mismos”.
Esta frase encierra una advertencia estratégica. Estados Unidos no tolerará que su vecindad inmediata sea un espacio de debilidad institucional, inseguridad o pérdida de control territorial. La seguridad nacional estadunidense comienza en sus fronteras, pero también en la fortaleza de sus vecinos.
Esto tiene implicaciones directas para México, particularmente en dos temas centrales: migración y seguridad.
El discurso de Rubio redefine la soberanía como el derecho y la obligación de controlar el territorio y las fronteras. Señala que “controlar quiénes y cuántas personas entran en nuestros países no es una expresión de xenofobia. No es odio. Es un acto fundamental de soberanía nacional”.
Esta afirmación coloca a México frente a una responsabilidad histórica. Nuestro país no puede limitarse a reaccionar a la política migratoria de Estados Unidos. Debe construir su propia política de Estado, basada en el control soberano de su territorio, el fortalecimiento institucional y la defensa de su dignidad nacional.
México no puede ni debe ser un país débil en su propia circunstancia.
Ser vecino de Estados Unidos no es una condena. Es una oportunidad, pero también una exigencia. Significa que nuestra estabilidad es parte de su estabilidad, y nuestra debilidad, un riesgo para su seguridad.
El nuevo orden mundial que describe Rubio también está basado en el retorno del poder económico como instrumento de soberanía. Reconoce que la desindustrialización fue “una elección política consciente” que debilitó a las naciones occidentales y las hizo dependientes de sus adversarios.
Para México, esto representa una oportunidad histórica. El proceso de relocalización industrial –el llamado nearshoring– puede convertir a nuestro país en el principal socio estratégico de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Pero esa oportunidad solo podrá aprovecharse si México fortalece su Estado de derecho, garantiza la seguridad y consolida su capacidad institucional.
Un país inseguro no puede ser un socio estratégico confiable.
Un país débil no puede ser respetado.
El mensaje de Rubio también deja claro que el nuevo orden mundial estará marcado por la competencia entre potencias, particularmente con China. Afirma que Estados Unidos mantendrá el diálogo, pero que “nada de lo que acordemos puede ir en detrimento de nuestros intereses nacionales”.
Este principio será la base de la política exterior estadunidense en los próximos años.
México debe entender esta realidad sin ingenuidad y sin temor.
Nuestra relación con Estados Unidos debe basarse en el respeto mutuo, la cooperación estratégica y la defensa firme de nuestros intereses nacionales. Pero ese respeto no se exige con discursos. Se construye con fortaleza institucional, con estabilidad política y con capacidad de gobernar nuestro propio territorio.
La historia enseña que los países que no definen su destino, terminan siendo definidos por otros.
México está en un momento decisivo. Puede consolidarse como una potencia regional, como el socio estratégico más importante de Estados Unidos, o puede quedar atrapado en la lógica de la debilidad estructural.
El nuevo orden mundial no será un mundo de naciones débiles.
Será un mundo de naciones soberanas, capaces de defender su territorio, su economía y su dignidad.
México debe decidir de qué lado de la historia quiere estar.

Del anecdotario

Dice una frase muy bella: “Vuelve al lugar donde naciste; allí encontrarás tu esencia original”.
He decidido pasar más tiempo en mi estado, particularmente en mi tierra querida: Ometepec.
Volver a los orígenes es una expresión que describe el acto de retomar las raíces y los principios.
Cada paso hacia atrás es un paso hacia adelante si sabes dónde estás.
Reencontrarme con mis amigos de infancia y mis recuerdos me nutren y me dan la fuerza y vitalidad para seguir adelante.
Los relatos de la costa me embelesan, como este que me platicaron del señor Constantino Zapata, Don Tante, abuelo de un amigo muy querido, el médico veterinario zootecnista Humberto Zapata Añorve, quien fungiera como alcalde de mi tierra en mi primer gobierno y luego secretario de Desarrollo Rural en mi segunda administración, donde tuvo un encomiable desempeño.
Allá por 1955, Don Tante Zapata tenía la encomienda de adquirir 3 mil toros con dinero que le enviaba un rico español que vivía en Martínez de la Torre, Veracruz.
Cuando cumplía con su misión, salían de Ometepec en una travesía que les llevaba tres meses, pues Ometepec carecía de vías de comunicación. Platica Don Tante que el arreo de los toros lo hacían a pie y unos cuantos a caballo, y que la mayoría de los arreadores eran indígenas mixtecos que conocían muy bien los cerros y montañas por donde conducían al ganado.
Partían de Ometepec a Tlacoachistlahuaca, luego a Tlapa, entraban al estado de Puebla y, al llegar a Izúcar de Matamoros, empezaban a bajar a Veracruz.
La única medicina que llevaban era para los toros, pero también para los humanos: la criolina.
Dígame usted, amable lector, si estas odiseas no son dignas de ser recordadas con honores.
Rescatar nuestra memoria arraiga con orgullo nuestra identidad. Honrar nuestra historia es mostrar nuestro amor a Guerrero. No es signo de soberbia, sino de humildad.
Don Tante Zapata también fue presidente municipal de Ometepec en los años 50. Platicaba que el presupuesto anual ascendía a 120 mil pesos y que no le alcanzaba ni para atender las mínimas necesidades del pueblo.
Un día le llegó el recibo de la luz que tenía que cubrir el alumbrado público y no tenía los recursos para su pago, entonces se dijo: ¿Me pusieron aquí para servirle a mi pueblo y no para servirme yo…? Se fue a su rancho, sacó su mejor semental y con eso pagó la luz. ¿Cuántos servidores de hoy tendrán esa filosofía, esa sensibilidad, ese compromiso con su comunidad como lo hizo Don Tante?
Creo que muy pocos.
La vida es así…

 

 

El mensaje de Carney en Davos

El mundo que creímos estable dejó de existir. No está en pausa ni en transición: se rompió. Así lo afirmó con inusual franqueza y dureza el primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos.
No se trató de una frase retórica ni de un diagnóstico académico, sino de una advertencia política dirigida, sobre todo, a los países que no son potencias hegemónicas pero tampoco actores marginales: las potencias medias.
Durante décadas, el orden internacional basado en reglas funcionó como una ficción útil. Sabíamos que no todos estaban obligados por las mismas normas, que los más fuertes se reservaban excepciones y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según quién fuera el acusado. Aun así, ese sistema ofrecía previsibilidad, contención y cierto equilibrio. Hoy, ese pacto dejó de servir. “No estamos en medio de una transición, sino de una ruptura”, dijo Carney con claridad.
La soberanía, como bien se advirtió desde Davos, ya no se pierde con tanques, sino con dependencias mal administradas. Y esta afirmación adquiere una dimensión concreta cuando se observa a Guerrero. Somos un estado históricamente expulsor de población, con una alta dependencia de las remesas que envían miles de guerrerenses que viven y trabajan en Estados Unidos.
Cuando la relación bilateral se tensa y la migración se utiliza como instrumento de presión, no estamos ante un debate abstracto de política exterior: estamos hablando del ingreso familiar, de la estabilidad comunitaria y de la cohesión social.
El discurso canadiense no propone aislamiento ni ruptura. Propone algo más complejo y más responsable: construir autonomía estratégica. Autonomía no para confrontar, sino para tener margen de maniobra. Autonomía en energía, en alimentos, en cadenas productivas, en tecnología y en capacidad financiera. Carney lo dijo con una frase que resume el dilema actual: “la nostalgia no es una estrategia”. Esperar el regreso del viejo orden no solo es ingenuo, es peligroso.
Para estados como Guerrero, la lección es doble. Por un lado, fortalecer la economía interna y reducir vulnerabilidades sociales es una condición indispensable para enfrentar un mundo más áspero. Por otro, entender que la política exterior y la política social ya no pueden separarse: lo que ocurre en la geopolítica impacta directamente en la vida cotidiana de quienes migran, de quienes envían remesas y de quienes dependen de ellas.

Del anecdotario

En los últimos días se ha puesto en marcha una campaña de señalamientos en mi contra. Conozco su origen, pero he decidido guardar silencio, no por falta de argumentos, sino por convicción: no contribuir a enturbiar el clima político de mi estado.
Resulta impropio que se pretenda vincular a la mayoría de las y los aspirantes a la gubernatura con mi nombre, cuando hoy transito por otros caminos, alejados del ejercicio directo de la política.
Que algunas o algunos de ellos hayan colaborado en cualquiera de mis dos administraciones no significa, en modo alguno, que esté respaldando proyectos ajenos ni alentando aspiraciones personales.
Es cierto que Beatriz Mojica fungió como mi coordinadora de Fortalecimiento Municipal y más tarde como secretaria de Desarrollo Social, con un desempeño eficaz y comprometido; sin embargo, hace años que no nos encontramos ni hemos sostenido diálogo alguno.
A Esthela Damián la conozco desde hace tiempo; su hermano Alfonso fue un colaborador cercano en mi segundo gobierno. De ella, hace ya más de seis años que no tengo noticia directa.
Con Mario Moreno me une una amistad de larga data; fue síndico en mi primer gobierno y entre nosotros ha prevalecido siempre una relación respetuosa y cordial. Nunca hemos conversado sobre sus eventuales aspiraciones políticas.
Con Sofío Ramírez, la relación rebasa el ámbito de la política. En momentos difíciles de mi vida pública me mostró una lealtad que no se olvida. Él, como tantos otros, tomó su propio rumbo y decidió participar bajo su responsabilidad.
Victoriano Wences fue presidente municipal de Tlapa durante mi segundo periodo como gobernador; construimos una relación institucional sólida y, hasta hoy, cuando coincidimos, media entre nosotros un saludo respetuoso.
Con Javier Saldaña coincidimos en su primer rectorado; nuestra relación fue estrictamente institucional y siempre orientada al respaldo de nuestra universidad. Le guardo aprecio sincero.
Arturo Martínez Núñez fue mi primer secretario de Cultura; realizó un trabajo valioso y le profeso gratitud y amistad.
Alberto López Rosas fue mi procurador y secretario del Trabajo; es un gran amigo y valoro su lealtad, probada en el tiempo.
Con Félix Salgado Macedonio nos conocemos desde los años de don Alejandro Cervantes Delgado; siempre mantuvimos una relación distante, pero respetuosa. No olvido que me brindó su apoyo en mi segunda campaña para gobernador.
El exsecretario de Educación, Marcial Rodríguez Saldaña, colaboró algunos meses como subsecretario de Educación Superior y aportó de manera relevante en la construcción del plan de gobierno; le guardo respeto.
Abelina López fue diputada local durante mi segunda administración; le apoyé en algunas gestiones que quizá hoy no recuerde. Le deseo que le vaya bien. Como he dicho siempre, soy hombre de rencores breves y amistades largas.
Con Manuel Añorve Baños compartimos muchos años de vida; fuimos compañeros desde la etapa estudiantil en la Ciudad de México. Fue secretario de Finanzas, director de CAPAMA y presidente municipal de Acapulco; además de ser mi primo, es mi amigo.
Y así, como podrá advertirse, muchos de los nombres que hoy circulan formaron parte de mis gobiernos. Pero eso no los convierte en herederos políticos ni en prolongaciones de mi historia. Si así fuera, incluso la gobernadora Evelyn Salgado tendría ser considerada “aguirrista” por haber fungido como delegada de la Secretaría de la Mujer en Acapulco, lo cual está muy lejos de la verdad.
Los políticos no se fabrican en las sombras ni se heredan por cercanía; se forjan en las instituciones, en la experiencia y en las decisiones propias. Siempre creí en la pluralidad como una riqueza, no como una amenaza.
Al final, la política es también esto: memoria, trayectos que se cruzan y se separan, lealtades que se agradecen, diferencias que se respetan y caminos que cada quien decide andar.
La política es así.

 

 

Carreteras en Guerrero

Desde una mirada que combina la experiencia legislativa y la responsabilidad de haber gobernado Guerrero, es inevitable reconocer que el debate sobre carreteras ha sido recurrente porque nuestro rezago también lo ha sido.
Hablar de carreteras no es hablar de cemento y asfalto, sino de oportunidades reales para la gente. Guerrero ha cargado por décadas con una deuda histórica en infraestructura, y esa carencia ha profundizado la desigualdad regional. En un estado con geografía compleja, dispersión poblacional y altos índices de marginación, la conectividad carretera es una condición mínima para el desarrollo económico y la cohesión social.
Cuando fungí como presidente de la Comisión de Comunicaciones en la 59 Legislatura Federal de la Cámara de Diputados, logramos la inversión más alta en materia de carreteras y, por primera vez, incorporamos la pavimentación de caminos rurales.
Aún recuerdo la discusión agria con el entonces secretario de Hacienda y Crédito Público, Francisco Gil Díaz, cuando me cuestionó: –“Es que los caminos rurales no tienen rentabilidad económica, diputado Aguirre”, a lo que contesté: –“Ciertamente, señor secretario, tal vez no tengan rentabilidad económica, pero sí social. ¿Usted sabe el esfuerzo que significa para estas comunidades sacar sus productos al mercado o trasladar a un familiar enfermo?”.
El secretario Gil Díaz se sensibilizó y aceptó la propuesta; después de esa acalorada discusión nos hicimos buenos amigos.
Me tocó iniciar también la ampliación a la Costa Chica y la ampliación del tramo Mozimba-Pie de la Cuesta, que, aunque había quienes creían que no lo lograríamos, hoy es una realidad.
En 2012, como gobernador, tuve que insistir ante la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en una realidad evidente: sin inversión extraordinaria, varias regiones del estado seguirían atrapadas en el rezago. Por ello se solicitó una inversión por mil 650 millones de pesos para la conclusión de obras carreteras estratégicas que llevaban años acumulando retrasos.
No se trataba de ocurrencias ni de proyectos marginales. Las obras planteadas eran la carretera Zihuatanejo-Feliciano, funda-mental para la conectividad de la Costa Grande; el tramo de Pie de la Cuesta en Acapulco, clave para la movilidad urbana y turística del puerto; y la carretera Tlacoa-chistlahuaca-Metlatónoc, en la región de la Montaña, quizá una de las zonas con mayor deuda histórica en infraestructura. Todas ellas formaban parte de compromisos presidenciales y respondían a una lógica de integración regional y justicia territorial.
La gestión se realizó en el entendimiento de que no bastaba concluir las obras visibles, sino garantizar recursos también para la conservación de caminos alimentadores que convergen con ejes federales como Tlapa-Metlatónoc y Tlapa-Marquelia. En regiones como la Montaña, una carretera federal en buen estado pierde impacto si los caminos que conectan a las comunidades permanecen deteriorados o intransitables.
La respuesta institucional fue clara: la propuesta debía ser valorada por subsecretarios y gestionada ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Ese proceso refleja una constante en la historia de Guerrero: la necesidad permanente de tocar puertas para que la infraestructura básica llegue a donde más se necesita. Pero también confirma que cuando el estado presenta proyectos claros, con sentido social y económico, la inversión pública encuentra justificación.
Ese episodio de 2012 dialoga con los datos y reflexiones de años anteriores y posteriores. La experiencia demuestra que la inversión carretera tiene efectos inmediatos en el desarrollo económico y social. Cuando se concluye una obra, se reducen tiempos de traslado, se abaratan costos logísticos, se facilita el acceso a servicios y se devuelve dignidad a comunidades que durante décadas han vivido aisladas. Cuando no se invierte o se pospone el mantenimiento, el deterioro se acelera y el costo social se multiplica.
En los últimos años, la inversión federal en carreteras para Guerrero ha mostrado avances, aunque todavía insuficientes frente al rezago acumulado.
Hace unos días, desayunando con mis amigos de la Unión de Calentanos Radicados en Acapulco (UCRA), me compartían que la carretera que conduce a Ciudad Altamirano se encuentra más deshecha que nunca.
Por lo que me hago una reflexión: ¿no será mejor destinar parte de los recursos presupuestados para el tramo Toluca-Ciudad Altamirano-Zihuatanejo, que auguro tendrá muy bajo aforo por cuestiones de seguridad, a modernizar el tramo Iguala-Ciudad Altamirano y otra parte a la ampliación de los tramos Acapulco–Zihuatanejo?
Ojalá la SCT haga los estudios pertinentes al respecto.

Del anecdotario

Era una de las mujeres más ricas en la época del Porfiriato. Los médicos la habían declarado por muerta cuando la funeraria se encontraba sola. El velador había observado que la supuesta difunta llevaba un anillo muy costoso y un collar, por lo que presto se dispuso a abrir el ataúd.
Al pretender sacarle el anillo a la señora no lo conseguía, por lo que utilizó un cuchillo para cortarle el dedo. Al intentarlo, la presunta muertita emitió un grito que hizo que el velador pegara el grito en el cielo.
–¿Qué sucede?, ¿dónde estoy? –decía ella.
El velador se percató de que estaba viva y entonces le dijo: “Te voy a matar porque sé que me vas a denunciar”.
Ella le contestó: “No lo hagas, no te voy a denunciar, te lo prometo. Te voy a recompensar con una bolsa de monedas de oro porque tú me salvaste la vida”.
–¿Cómo? –dijo el velador.
–Si tú no hubieras cortado mi dedo, yo hubiese sido enterrada viva.
Tomaron un carruaje hasta la Hacienda de la Castañeda, donde la dama entregó la recompensa, y nunca más volvió a saber de él.

Fuente: La otra historia de México / Armando Fuentes Agui-rre Catón

 

 

El paseo del Pendón

El Pendón no se mira: se siente.

Amanece en Chilpancingo y el aire trae un rumor antiguo, como si las calles recordaran antes que la gente. Hay un murmullo que se acomoda en las banquetas, en los balcones, en la memoria. El Pendón está por salir y la ciudad se recoge un poco, como quien se alista para recibir a un viejo amigo.
Su origen no está en el ruido, sino en el aviso. Hace dos siglos, cuando las fiestas no se anunciaban con pantallas ni altavoces, un estandarte recorría el pueblo para decir que venían días distintos. El pendón era señal y palabra: convocaba, ordenaba, daba sentido. En 1825, ya con la nación aprendiendo a caminar por sí misma, esa costumbre se formalizó en Chilpancingo para anunciar la feria de San Mateo, Navidad y Año Nuevo. Desde entonces, el estandarte dejó de ser solo un objeto y se volvió rito. Salir con el Pendón era afirmar que la comunidad estaba viva y dispuesta a reunirse.
Con los años, aquel aviso sencillo aprendió a caminar acompañado. Llegaron las danzas, los sones, los colores. Cada paso fue sumando identidad. El Pendón empezó a contar una historia más amplia: la de los barrios, la de los pueblos cercanos, la de las regiones que, una vez al año, encontraban en Chilpancingo un punto de encuentro. No era solo el inicio de una feria, era la confirmación de un nosotros.
Quien ha crecido aquí sabe que el Pendón no es un desfile cualquiera. Es un hilo que cose generaciones. Los abuelos lo narran como si hablaran de un pariente antiguo; los padres lo recuerdan con la emoción de la primera vez; los niños lo viven como un descubrimiento que se les queda pegado en los ojos. Es el domingo previo a Navidad, sí, pero también es el momento en que la ciudad se permite celebrar sin pedir permiso.
El simbolismo es sencillo y profundo a la vez. El estandarte abre camino, las danzas lo custodian, la música lo empuja. No hay protagonista único: todos cuentan. El Pendón dice que la diversidad no divide, que la tradición no es inmóvil, que la fiesta también puede ser orden y memoria. Dice, sobre todo, que pertenecer importa.
Pero la historia no se detuvo en el pasado. En los años recientes, el Pendón ha tenido que aprender a ca-minar en tiempos difíciles. La inse-guridad –esa palabra que pesa– ha querido colarse en la fiesta. Ha redu-cido la afluencia, ha impuesto vallas, ha cambiado recorridos. Hay fami-lias que prefieren mirar desde lejos, otras que se quedan en casa por prudencia. El Pendón, aun así, sale.
Sale con pasos más cuidados y con un mensaje más nítido. No igno-ra la realidad, la enfrenta con memo-ria. No pretende borrar el miedo, de-cide que no mande. Sale con pro-tocolos y resguardos, sí, pero tam-bién con la convicción de que la cul-tura es una forma pacífica de resis-tencia. En cada danza hay disci-plina, en cada acorde, comunidad, en cada aplauso, una afirmación silenciosa: seguimos aquí.
Cuando el estandarte avanza, algo se ordena por dentro. La música no resuelve los problemas, pero los coloca en su justa dimensión. Las danzas no cancelan la violencia, pero recuerdan que el cuerpo también puede hablar sin lastimar. La gente aplaude con cautela, sonríe con reserva, pero aplaude y sonríe. Y eso, hoy, ya es mucho.
El Pendón termina su recorrido y la ciudad respira. No porque todo esté bien, sino porque la promesa se cumple: volver a encontrarnos. El estandarte se guarda, pero no se va. Se queda en la conversación, en la anécdota, en la certeza de que mientras El Pendón siga saliendo, Chilpancingo seguirá recordándose a sí mismo.

Del anecdotario:

El general Irineo Rauda, era un pintoresco personaje de la Revolución. A él se debe la famosa frase que sintetizó de modo magistral el sentido de las luchas entre las diversas facciones revolucionarias (maderistas, zapatistas, villistas, obregonistas, carrancistas) y todas las demás. Dijo a ese propósito el general Irineo Rauda, de Michoacán: “Éramos los mesmos, nomás que andábamos un poco divididos”.
Don Irineo era garrulo y decidor. Sus anécdotas podrían llenar un tomo y un lomo. Presumía de ser muy “leído y escribido”, pues gustaba de lecturas de Antonio Plaza y José María Vargas.
Por desgracia, se le enredaban los conceptos y entonces le salían de la boca graciosos despropósitos.
En cierta ocasión se hablaba de hazañas de gula y se discutía quién de los presentes había comido más de tal o cual cosa.
–Pos una vez –se jactó el general Rauda– en La Piedad me comí diez pesos de mampostería.
Quiso decir de repostería.
A una señora que le ofreció su casa para que viviera algunos días, don Irineo le dijo al despedirse: “Le agradezco su honorabilidad”.
El general quiso decir su hospitalidad.
Presumía de culto y refinado el general Irineo Rauda. Al rendirle parte a un superior, le dijo pomposamente: “Mi general, en este día que hoy fina no hubo ninguna novedad que altere vuestro semblante”.
Algún periodista le preguntó si podría llegar por automóvil de un lugar a otro y el general le contestó solemne: “La verdad no sé, hijo. Como ha llovido mucho, a lo mejor los caminos están abnegados y se ponen intransigentes”.
El general quiso decir anegados, inundados, encharcados, etcétera, y se ponen intransitables.
En otra ocasión, al bajar del tren en la Ciudad de México, un reportero lo reconoció y lo quiso entrevistar. “No se va a poder, muchacho –se negó categórico el general– vengo de inepto”.
Quería decir que iba de incógnito.
Otro día, algún periodista zumbón le preguntó si le gustaría que le hicieran una estatua.
–Pos pa’ qué digo que no, si sí– respondió don Irineo.
–¿Ecuestre?– continuó la burla del periodista.
Lo pensó un poco el general y luego respondió:
–No tan ecuestre, nomás regular.
Estos hombres, como el general Irineo Rauda, fueron los que dieron un nuevo rumbo a la nación, los que ofrendaron su vida por la libertad y la justicia. Quizá el error de los científicos –los intelectuales que gobernaban con Porfirio Díaz– fue haber esperado demasiado tiempo antes de convencerse de que no se puede gobernar sin el pueblo.
Tomado de: La otra historia de México, Armando Fuentes Aguirre “Catón”.