Amanece y Guerrero ya viene cansado desde la madrugada. En alguna carretera de la Montaña baja, una camioneta de redilas transporta familias enteras que dejaron atrás sus casas porque alguien los agredió y entendieron que ya no podían seguir ahí. Al mismo tiempo, los hoteleros celebran ocupaciones altas, pero a unas cuantas calles, una colonia vuelve a quedarse sin agua. Más lejos, en la Sierra, el silencio ya no significa tranquilidad, sino precaución.
Así transcurre un día en esta tierra compleja donde la política nunca duerme y donde gobernar implica convivir, al mismo tiempo, con la esperanza y con la incertidumbre que ocasiona la violencia.
La nota oficial habla de estabilidad, coordinación y recuperación turística. Y sí, hay playas llenas, eventos internacionales, inversión federal y una narrativa que intenta transmitir que las instituciones funcionan. Pero al mismo tiempo, en las regiones más golpeadas, la realidad tiene otro tono: desplazamiento forzado, comunidades vacías, desapariciones, caminos controlados por el miedo y familias esperando noticias de quienes no regresaron.
La violencia ya no sólo mata; también encarece la vida. Cuando una ruta de transporte aumenta hasta siete veces su costo por el riesgo de circular, queda claro que el crimen no sólo disputa territorios: también altera la economía cotidiana, modifica hábitos y rompe el tejido social. La gente comienza a vivir mirando el reloj y calculando si todavía es seguro regresar a casa antes de que anochezca. Mientras unos pelean por el futuro, hay regiones que todavía pelean por sobrevivir el presente.
Resulta imposible no recordar aquellos años de mi segundo periodo de gobierno, en que las comunidades de Chilapa recibían programas productivos, brigadas médicas, apoyo para artesanas, limpieza de caminos, impulso cultural y espacios para los jóvenes.
Laura del Rocío me acompañó incansable para llegar con su programa Transformemos Nuestro Entorno a la célula primordial: la familia. No eran sólo acciones sociales; eran mecanismos de fortalecimiento y construcción de lazos comunitarios. Cuando un gobierno llega antes que el miedo, las comunidades resisten mejor. Cuando el Estado abandona el territorio, otros ocupan ese vacío.
La paz no se construye únicamente con patrullas ni despensas. Se construye cuando una madre sabe que sus hijos tienen escuela, médico, música, deporte y oportunidades. Cuando un joven tiene más cerca un taller productivo que un grupo armado. Cuando una comunidad siente que pertenece al mapa institucional y no al olvido.
Y mientras todo eso ocurre, la política ya está pensando en el 2027.
Las bardas hablan antes que los discursos. Los equipos se mueven, las estructuras territoriales despiertan y los aspirantes comienzan a medirse no sólo por simpatías, sino por negativos.
Porque en Guerrero no basta con ser conocido. A veces, el más conocido también es el más desgastado. Y hay quienes ya alcanzaron su techo mientras otros apenas empiezan a crecer en silencio.
En política, la popularidad sin aceptación puede convertirse en un espejismo. De poco sirve encabezar conversaciones si la gente asocia tu nombre con cansancio, confrontación o exceso de poder.
Las encuestas ya no sólo medirán presencia; medirán rechazo, fatiga social y capacidad de reconciliar.
Las encuestas ya no sólo medirán cuánto eres conocido, también pesarán tus negativos, vínculos con la delincuencia organizada, corrupción, antecedentes penales y hasta comportamiento personal.
Y si usted quiere, hasta la soberbia y el engaño, la mentira sistemática y la memoria de quienes han estado al lado del pueblo de Guerrero en sus momentos más aciagos.
Una pregunta que todos deben formularse: ¿conozco Guerrero? Porque para gobernar Guerrero primero hay que conocerlo. La segunda pregunta: ¿qué he hecho yo por Guerrero para aspirar a gobernarlo? Y la tercera: ¿qué haría yo por Guerrero si aspiro a gobernarlo?
El problema es que la sucesión comenzó demasiado temprano.
El riesgo no está únicamente en quién gane; el verdadero peligro es que la disputa termine contaminando la agenda de gobierno y desviando la atención de los problemas reales.
Guerrero siempre ha sido así: intenso, contradictorio, apasionado y políticamente eléctrico. Aquí la tragedia y la esperanza suelen caminar juntas. Por la mañana puede discutirse una crisis humanitaria y por la tarde celebrarse un récord turístico. Un alcalde puede inaugurar una obra mientras en otro municipio entierran a sus muertos. Esa es la complejidad guerrerense: convivir permanentemente entre el avance y la herida.
La política, en esta tierra, no debería ser un concurso de ambiciones personales ni una carrera desesperada por aparecer primero en las bardas. Debería ser la capacidad de entender el dolor de un estado que exige autoridad, pero también sensibilidad; firmeza, pero también reconciliación.
Porque al final, en Guerrero la gente no recuerda quién gritó más fuerte. Recuerda quién estuvo presente cuando el miedo tocó la puerta.
Del anecdotario
Hace unos días, generosamente, un grupo de amigas y amigos de Ometepec, mi tierra hermosa, me ofrecieron una pozolada para celebrar mi cumpleaños número 70. A todos ellos, mi gratitud perenne.
En dicho evento fui claro y preciso al abordar el tema político: apoyen a quienes ustedes quieran, del partido de su preferencia.
No tengo compromisos con nadie. Apoyen con entera libertad a quienes ustedes crean, en su momento, que sean la mujer o el hombre con la trayectoria más limpia y quien verdaderamente ame a Guerrero y quiera contribuir con su esfuerzo a que a Guerrero le vaya mejor. Sólo eso.
Los partidos, todos, viven su peor momento de la historia.
La política es así…
