El mensaje de Carney en Davos

El mundo que creímos estable dejó de existir. No está en pausa ni en transición: se rompió. Así lo afirmó con inusual franqueza y dureza el primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos.
No se trató de una frase retórica ni de un diagnóstico académico, sino de una advertencia política dirigida, sobre todo, a los países que no son potencias hegemónicas pero tampoco actores marginales: las potencias medias.
Durante décadas, el orden internacional basado en reglas funcionó como una ficción útil. Sabíamos que no todos estaban obligados por las mismas normas, que los más fuertes se reservaban excepciones y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según quién fuera el acusado. Aun así, ese sistema ofrecía previsibilidad, contención y cierto equilibrio. Hoy, ese pacto dejó de servir. “No estamos en medio de una transición, sino de una ruptura”, dijo Carney con claridad.
La soberanía, como bien se advirtió desde Davos, ya no se pierde con tanques, sino con dependencias mal administradas. Y esta afirmación adquiere una dimensión concreta cuando se observa a Guerrero. Somos un estado históricamente expulsor de población, con una alta dependencia de las remesas que envían miles de guerrerenses que viven y trabajan en Estados Unidos.
Cuando la relación bilateral se tensa y la migración se utiliza como instrumento de presión, no estamos ante un debate abstracto de política exterior: estamos hablando del ingreso familiar, de la estabilidad comunitaria y de la cohesión social.
El discurso canadiense no propone aislamiento ni ruptura. Propone algo más complejo y más responsable: construir autonomía estratégica. Autonomía no para confrontar, sino para tener margen de maniobra. Autonomía en energía, en alimentos, en cadenas productivas, en tecnología y en capacidad financiera. Carney lo dijo con una frase que resume el dilema actual: “la nostalgia no es una estrategia”. Esperar el regreso del viejo orden no solo es ingenuo, es peligroso.
Para estados como Guerrero, la lección es doble. Por un lado, fortalecer la economía interna y reducir vulnerabilidades sociales es una condición indispensable para enfrentar un mundo más áspero. Por otro, entender que la política exterior y la política social ya no pueden separarse: lo que ocurre en la geopolítica impacta directamente en la vida cotidiana de quienes migran, de quienes envían remesas y de quienes dependen de ellas.

Del anecdotario

En los últimos días se ha puesto en marcha una campaña de señalamientos en mi contra. Conozco su origen, pero he decidido guardar silencio, no por falta de argumentos, sino por convicción: no contribuir a enturbiar el clima político de mi estado.
Resulta impropio que se pretenda vincular a la mayoría de las y los aspirantes a la gubernatura con mi nombre, cuando hoy transito por otros caminos, alejados del ejercicio directo de la política.
Que algunas o algunos de ellos hayan colaborado en cualquiera de mis dos administraciones no significa, en modo alguno, que esté respaldando proyectos ajenos ni alentando aspiraciones personales.
Es cierto que Beatriz Mojica fungió como mi coordinadora de Fortalecimiento Municipal y más tarde como secretaria de Desarrollo Social, con un desempeño eficaz y comprometido; sin embargo, hace años que no nos encontramos ni hemos sostenido diálogo alguno.
A Esthela Damián la conozco desde hace tiempo; su hermano Alfonso fue un colaborador cercano en mi segundo gobierno. De ella, hace ya más de seis años que no tengo noticia directa.
Con Mario Moreno me une una amistad de larga data; fue síndico en mi primer gobierno y entre nosotros ha prevalecido siempre una relación respetuosa y cordial. Nunca hemos conversado sobre sus eventuales aspiraciones políticas.
Con Sofío Ramírez, la relación rebasa el ámbito de la política. En momentos difíciles de mi vida pública me mostró una lealtad que no se olvida. Él, como tantos otros, tomó su propio rumbo y decidió participar bajo su responsabilidad.
Victoriano Wences fue presidente municipal de Tlapa durante mi segundo periodo como gobernador; construimos una relación institucional sólida y, hasta hoy, cuando coincidimos, media entre nosotros un saludo respetuoso.
Con Javier Saldaña coincidimos en su primer rectorado; nuestra relación fue estrictamente institucional y siempre orientada al respaldo de nuestra universidad. Le guardo aprecio sincero.
Arturo Martínez Núñez fue mi primer secretario de Cultura; realizó un trabajo valioso y le profeso gratitud y amistad.
Alberto López Rosas fue mi procurador y secretario del Trabajo; es un gran amigo y valoro su lealtad, probada en el tiempo.
Con Félix Salgado Macedonio nos conocemos desde los años de don Alejandro Cervantes Delgado; siempre mantuvimos una relación distante, pero respetuosa. No olvido que me brindó su apoyo en mi segunda campaña para gobernador.
El exsecretario de Educación, Marcial Rodríguez Saldaña, colaboró algunos meses como subsecretario de Educación Superior y aportó de manera relevante en la construcción del plan de gobierno; le guardo respeto.
Abelina López fue diputada local durante mi segunda administración; le apoyé en algunas gestiones que quizá hoy no recuerde. Le deseo que le vaya bien. Como he dicho siempre, soy hombre de rencores breves y amistades largas.
Con Manuel Añorve Baños compartimos muchos años de vida; fuimos compañeros desde la etapa estudiantil en la Ciudad de México. Fue secretario de Finanzas, director de CAPAMA y presidente municipal de Acapulco; además de ser mi primo, es mi amigo.
Y así, como podrá advertirse, muchos de los nombres que hoy circulan formaron parte de mis gobiernos. Pero eso no los convierte en herederos políticos ni en prolongaciones de mi historia. Si así fuera, incluso la gobernadora Evelyn Salgado tendría ser considerada “aguirrista” por haber fungido como delegada de la Secretaría de la Mujer en Acapulco, lo cual está muy lejos de la verdad.
Los políticos no se fabrican en las sombras ni se heredan por cercanía; se forjan en las instituciones, en la experiencia y en las decisiones propias. Siempre creí en la pluralidad como una riqueza, no como una amenaza.
Al final, la política es también esto: memoria, trayectos que se cruzan y se separan, lealtades que se agradecen, diferencias que se respetan y caminos que cada quien decide andar.
La política es así.

 

 

Carreteras en Guerrero

Desde una mirada que combina la experiencia legislativa y la responsabilidad de haber gobernado Guerrero, es inevitable reconocer que el debate sobre carreteras ha sido recurrente porque nuestro rezago también lo ha sido.
Hablar de carreteras no es hablar de cemento y asfalto, sino de oportunidades reales para la gente. Guerrero ha cargado por décadas con una deuda histórica en infraestructura, y esa carencia ha profundizado la desigualdad regional. En un estado con geografía compleja, dispersión poblacional y altos índices de marginación, la conectividad carretera es una condición mínima para el desarrollo económico y la cohesión social.
Cuando fungí como presidente de la Comisión de Comunicaciones en la 59 Legislatura Federal de la Cámara de Diputados, logramos la inversión más alta en materia de carreteras y, por primera vez, incorporamos la pavimentación de caminos rurales.
Aún recuerdo la discusión agria con el entonces secretario de Hacienda y Crédito Público, Francisco Gil Díaz, cuando me cuestionó: –“Es que los caminos rurales no tienen rentabilidad económica, diputado Aguirre”, a lo que contesté: –“Ciertamente, señor secretario, tal vez no tengan rentabilidad económica, pero sí social. ¿Usted sabe el esfuerzo que significa para estas comunidades sacar sus productos al mercado o trasladar a un familiar enfermo?”.
El secretario Gil Díaz se sensibilizó y aceptó la propuesta; después de esa acalorada discusión nos hicimos buenos amigos.
Me tocó iniciar también la ampliación a la Costa Chica y la ampliación del tramo Mozimba-Pie de la Cuesta, que, aunque había quienes creían que no lo lograríamos, hoy es una realidad.
En 2012, como gobernador, tuve que insistir ante la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en una realidad evidente: sin inversión extraordinaria, varias regiones del estado seguirían atrapadas en el rezago. Por ello se solicitó una inversión por mil 650 millones de pesos para la conclusión de obras carreteras estratégicas que llevaban años acumulando retrasos.
No se trataba de ocurrencias ni de proyectos marginales. Las obras planteadas eran la carretera Zihuatanejo-Feliciano, funda-mental para la conectividad de la Costa Grande; el tramo de Pie de la Cuesta en Acapulco, clave para la movilidad urbana y turística del puerto; y la carretera Tlacoa-chistlahuaca-Metlatónoc, en la región de la Montaña, quizá una de las zonas con mayor deuda histórica en infraestructura. Todas ellas formaban parte de compromisos presidenciales y respondían a una lógica de integración regional y justicia territorial.
La gestión se realizó en el entendimiento de que no bastaba concluir las obras visibles, sino garantizar recursos también para la conservación de caminos alimentadores que convergen con ejes federales como Tlapa-Metlatónoc y Tlapa-Marquelia. En regiones como la Montaña, una carretera federal en buen estado pierde impacto si los caminos que conectan a las comunidades permanecen deteriorados o intransitables.
La respuesta institucional fue clara: la propuesta debía ser valorada por subsecretarios y gestionada ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Ese proceso refleja una constante en la historia de Guerrero: la necesidad permanente de tocar puertas para que la infraestructura básica llegue a donde más se necesita. Pero también confirma que cuando el estado presenta proyectos claros, con sentido social y económico, la inversión pública encuentra justificación.
Ese episodio de 2012 dialoga con los datos y reflexiones de años anteriores y posteriores. La experiencia demuestra que la inversión carretera tiene efectos inmediatos en el desarrollo económico y social. Cuando se concluye una obra, se reducen tiempos de traslado, se abaratan costos logísticos, se facilita el acceso a servicios y se devuelve dignidad a comunidades que durante décadas han vivido aisladas. Cuando no se invierte o se pospone el mantenimiento, el deterioro se acelera y el costo social se multiplica.
En los últimos años, la inversión federal en carreteras para Guerrero ha mostrado avances, aunque todavía insuficientes frente al rezago acumulado.
Hace unos días, desayunando con mis amigos de la Unión de Calentanos Radicados en Acapulco (UCRA), me compartían que la carretera que conduce a Ciudad Altamirano se encuentra más deshecha que nunca.
Por lo que me hago una reflexión: ¿no será mejor destinar parte de los recursos presupuestados para el tramo Toluca-Ciudad Altamirano-Zihuatanejo, que auguro tendrá muy bajo aforo por cuestiones de seguridad, a modernizar el tramo Iguala-Ciudad Altamirano y otra parte a la ampliación de los tramos Acapulco–Zihuatanejo?
Ojalá la SCT haga los estudios pertinentes al respecto.

Del anecdotario

Era una de las mujeres más ricas en la época del Porfiriato. Los médicos la habían declarado por muerta cuando la funeraria se encontraba sola. El velador había observado que la supuesta difunta llevaba un anillo muy costoso y un collar, por lo que presto se dispuso a abrir el ataúd.
Al pretender sacarle el anillo a la señora no lo conseguía, por lo que utilizó un cuchillo para cortarle el dedo. Al intentarlo, la presunta muertita emitió un grito que hizo que el velador pegara el grito en el cielo.
–¿Qué sucede?, ¿dónde estoy? –decía ella.
El velador se percató de que estaba viva y entonces le dijo: “Te voy a matar porque sé que me vas a denunciar”.
Ella le contestó: “No lo hagas, no te voy a denunciar, te lo prometo. Te voy a recompensar con una bolsa de monedas de oro porque tú me salvaste la vida”.
–¿Cómo? –dijo el velador.
–Si tú no hubieras cortado mi dedo, yo hubiese sido enterrada viva.
Tomaron un carruaje hasta la Hacienda de la Castañeda, donde la dama entregó la recompensa, y nunca más volvió a saber de él.

Fuente: La otra historia de México / Armando Fuentes Agui-rre Catón

 

 

El paseo del Pendón

El Pendón no se mira: se siente.

Amanece en Chilpancingo y el aire trae un rumor antiguo, como si las calles recordaran antes que la gente. Hay un murmullo que se acomoda en las banquetas, en los balcones, en la memoria. El Pendón está por salir y la ciudad se recoge un poco, como quien se alista para recibir a un viejo amigo.
Su origen no está en el ruido, sino en el aviso. Hace dos siglos, cuando las fiestas no se anunciaban con pantallas ni altavoces, un estandarte recorría el pueblo para decir que venían días distintos. El pendón era señal y palabra: convocaba, ordenaba, daba sentido. En 1825, ya con la nación aprendiendo a caminar por sí misma, esa costumbre se formalizó en Chilpancingo para anunciar la feria de San Mateo, Navidad y Año Nuevo. Desde entonces, el estandarte dejó de ser solo un objeto y se volvió rito. Salir con el Pendón era afirmar que la comunidad estaba viva y dispuesta a reunirse.
Con los años, aquel aviso sencillo aprendió a caminar acompañado. Llegaron las danzas, los sones, los colores. Cada paso fue sumando identidad. El Pendón empezó a contar una historia más amplia: la de los barrios, la de los pueblos cercanos, la de las regiones que, una vez al año, encontraban en Chilpancingo un punto de encuentro. No era solo el inicio de una feria, era la confirmación de un nosotros.
Quien ha crecido aquí sabe que el Pendón no es un desfile cualquiera. Es un hilo que cose generaciones. Los abuelos lo narran como si hablaran de un pariente antiguo; los padres lo recuerdan con la emoción de la primera vez; los niños lo viven como un descubrimiento que se les queda pegado en los ojos. Es el domingo previo a Navidad, sí, pero también es el momento en que la ciudad se permite celebrar sin pedir permiso.
El simbolismo es sencillo y profundo a la vez. El estandarte abre camino, las danzas lo custodian, la música lo empuja. No hay protagonista único: todos cuentan. El Pendón dice que la diversidad no divide, que la tradición no es inmóvil, que la fiesta también puede ser orden y memoria. Dice, sobre todo, que pertenecer importa.
Pero la historia no se detuvo en el pasado. En los años recientes, el Pendón ha tenido que aprender a ca-minar en tiempos difíciles. La inse-guridad –esa palabra que pesa– ha querido colarse en la fiesta. Ha redu-cido la afluencia, ha impuesto vallas, ha cambiado recorridos. Hay fami-lias que prefieren mirar desde lejos, otras que se quedan en casa por prudencia. El Pendón, aun así, sale.
Sale con pasos más cuidados y con un mensaje más nítido. No igno-ra la realidad, la enfrenta con memo-ria. No pretende borrar el miedo, de-cide que no mande. Sale con pro-tocolos y resguardos, sí, pero tam-bién con la convicción de que la cul-tura es una forma pacífica de resis-tencia. En cada danza hay disci-plina, en cada acorde, comunidad, en cada aplauso, una afirmación silenciosa: seguimos aquí.
Cuando el estandarte avanza, algo se ordena por dentro. La música no resuelve los problemas, pero los coloca en su justa dimensión. Las danzas no cancelan la violencia, pero recuerdan que el cuerpo también puede hablar sin lastimar. La gente aplaude con cautela, sonríe con reserva, pero aplaude y sonríe. Y eso, hoy, ya es mucho.
El Pendón termina su recorrido y la ciudad respira. No porque todo esté bien, sino porque la promesa se cumple: volver a encontrarnos. El estandarte se guarda, pero no se va. Se queda en la conversación, en la anécdota, en la certeza de que mientras El Pendón siga saliendo, Chilpancingo seguirá recordándose a sí mismo.

Del anecdotario:

El general Irineo Rauda, era un pintoresco personaje de la Revolución. A él se debe la famosa frase que sintetizó de modo magistral el sentido de las luchas entre las diversas facciones revolucionarias (maderistas, zapatistas, villistas, obregonistas, carrancistas) y todas las demás. Dijo a ese propósito el general Irineo Rauda, de Michoacán: “Éramos los mesmos, nomás que andábamos un poco divididos”.
Don Irineo era garrulo y decidor. Sus anécdotas podrían llenar un tomo y un lomo. Presumía de ser muy “leído y escribido”, pues gustaba de lecturas de Antonio Plaza y José María Vargas.
Por desgracia, se le enredaban los conceptos y entonces le salían de la boca graciosos despropósitos.
En cierta ocasión se hablaba de hazañas de gula y se discutía quién de los presentes había comido más de tal o cual cosa.
–Pos una vez –se jactó el general Rauda– en La Piedad me comí diez pesos de mampostería.
Quiso decir de repostería.
A una señora que le ofreció su casa para que viviera algunos días, don Irineo le dijo al despedirse: “Le agradezco su honorabilidad”.
El general quiso decir su hospitalidad.
Presumía de culto y refinado el general Irineo Rauda. Al rendirle parte a un superior, le dijo pomposamente: “Mi general, en este día que hoy fina no hubo ninguna novedad que altere vuestro semblante”.
Algún periodista le preguntó si podría llegar por automóvil de un lugar a otro y el general le contestó solemne: “La verdad no sé, hijo. Como ha llovido mucho, a lo mejor los caminos están abnegados y se ponen intransigentes”.
El general quiso decir anegados, inundados, encharcados, etcétera, y se ponen intransitables.
En otra ocasión, al bajar del tren en la Ciudad de México, un reportero lo reconoció y lo quiso entrevistar. “No se va a poder, muchacho –se negó categórico el general– vengo de inepto”.
Quería decir que iba de incógnito.
Otro día, algún periodista zumbón le preguntó si le gustaría que le hicieran una estatua.
–Pos pa’ qué digo que no, si sí– respondió don Irineo.
–¿Ecuestre?– continuó la burla del periodista.
Lo pensó un poco el general y luego respondió:
–No tan ecuestre, nomás regular.
Estos hombres, como el general Irineo Rauda, fueron los que dieron un nuevo rumbo a la nación, los que ofrendaron su vida por la libertad y la justicia. Quizá el error de los científicos –los intelectuales que gobernaban con Porfirio Díaz– fue haber esperado demasiado tiempo antes de convencerse de que no se puede gobernar sin el pueblo.
Tomado de: La otra historia de México, Armando Fuentes Aguirre “Catón”.

 

 

Guerrero, el agua y el centro del país

He aprendido, a lo largo de mi vida pública y de mi caminar por Guerrero, que las leyes que se toman lejos del territorio casi nunca entienden las realidades del sur profundo. Hoy, con la aprobación de la nueva Ley de Aguas en la Cámara de Diputados, vuelvo a sentir esa inquietud que tantas veces me acompañó cuando encabezaba al estado: la sensación de que el país legisla sin mirar al campesino, sin escuchar a los pueblos, sin comprender lo que significa sembrar en una tierra que depende de la lluvia.
Guerrero no es un estado inventado para el discurso. Es un territorio golpeado por el clima, por la pobreza y por la falta de infraestructura que históricamente se concentró en otras regiones del país.
Cuando fui gobernador de nuestro estado, alcanzamos las cifras más altas en materia de inversión de agua y drenaje, ahí estan los números y no mienten. Nos colocamos entre las tres entidades a nivel nacional con los mayores presupuestos para el agua, mucho le tengo que reconocer la capacidad de gestión de mi amigo Arturo Palma Carro, quien fungía como operador del sistema de agua.
Por gestiones de mi gobierno logramos romper el viejo paradigma de obligar a que los municipios más pobres de guerrero tomaran parte de sus presupuestos para agregarlos a este tipo de obras. Sin embargo, despues de una batalla que emprendimos, logramos que quedaran exentos ante sus exiguos presupuestos.
También recorrí comunidades donde el agua llegaba a pie, en cántaros; zonas donde los pozos artesanales eran la única reserva; ejidos donde la siembra de maíz, jamaica o cacahuate dependía de que las nubes quisieran abrirse. Y no estoy hablando de hace 50 años: hablo de ayer, de hoy, de siempre.
Según el Registro Agrario Nacional (RAN), en Guerrero 77.26 % del territorio está registrado como propiedad social (es decir, en régimen ejidal o de comunidades agrarias), lo que equivale a casi 4.97 millones de hectáreas del estado. Esto significa que la mayor parte de la tierra en Guerrero no está en manos privadas, sino bajo regímenes colectivos o comunitarios (ejidos y comunidades agrarias).
Por eso me preocupa que se haya roto el vínculo entre tierra y agua. Heredar una parcela sin la certeza del agua es como entregar una casa sin llaves.
La nueva reforma crea un Fondo de Reserva de Aguas que concentra decisiones en la Ciudad de México. Guerrero ya conoce las consecuencias del hipercentralismo. Las conoció cuando los apoyos productivos disminuyeron en los noventa, y miles de hombres migraron al norte del país.
Guerrero es uno de los estados con menor superficie equipada con riego y menor tecnificación, según los informes de Conagua, Sader y los anuarios estadísticos del agua. Mientras estados del norte tecnifican millones de hectáreas, Guerrero apenas supera las 110 mil hectáreas bajo riego, y muchas de ellas con infraestructura obsoleta o mínima. Esto lo ubica de manera consistente entre los estados con menor proporción de superficie agrícola irrigada y menor tecnificación.
Por eso recibimos con mucho entusiasmo al inicio de esta administración la rehabilitación de nuestros distritos de riego en Tierra Caliente y Costa Chica; sin embargo, hasta hoy no hemos visto absolutamente nada.
Entonces, ¿cómo vamos a incrementar la producción y la productividad de nuestro campo guerrerense?
La creación de nuevos delitos hídricos también genera inquietud. La intención de combatir la corrupción es indispensable, pero no debe caerse en criminalizar prácticas tradicionales que existen porque el Estado nunca estuvo ahí. En la Montaña, por ejemplo, los propios pueblos indígenas administran sistemas de agua potable y manantiales desde hace décadas; muchos no cuentan con concesiones formales porque los trámites son costosos, lentos y, en muchos casos, inaccesibles. La ley tendría que reconocer esa realidad antes de sancionarla.
La discusión del agua no puede ser técnica, fría, administrativa. Es profundamente política y profundamente humana. La nueva Ley de Aguas debió construirse de la mano de quienes viven el territorio, no a espaldas de él. Las comunidades indígenas de la Montaña, las familias afromexicanas de la Costa Chica, los productores de Tierra Caliente y los campesinos de la Sierra conocen mejor que nadie cómo se administra un recurso que nunca les ha sobrado.
El país tiene una deuda histórica con el campo guerrerense. El agua no puede convertirse en un nuevo motivo de desigualdad. México debe reconocer que su seguridad alimentaria pasa por estados como el nuestro, donde cada gota se cuida, se comparte y se agradece.
El futuro del campo dependerá de si somos capaces de construir una política hídrica justa, cercana y territorial. Una que entienda que el agua no es un trámite: es vida. Y en Guerrero, la vida ha sido siempre una batalla que merece ser acompañada, no condicionada desde lejos.

Del anecdotario:

Poco antes de que el general Manuel González terminara su cuatrienio, Porfirio Díaz lo visitó en su hacienda de Chapingo. Conversaban sobre la sucesión presidencial, cuando Díaz dijo a su compadre: “yo no ambiciono volver al cargo de Presidente de la República”.
Al oir eso, el general González se levantó y se dirigió a su escritorio y empezó a abrir y cerrar cajones.
–¿Que busca usted, compadre? –le pregunto don Porfirio.
–Compadre –le contestó muy serio el general González– busco a un pendejo que se lo crea…
Algo parecido sucede en nuestro estado. Averígüelo Vargas.
La política es así…

 

La boda que tal vez fue

En la Costa Chica a veces la historia camina más rápido que los escribanos, y que mientras los archivos duermen bajo llave, la memoria de los pueblos sigue conversando con el viento.
Así ocurre con la historia —mitad certeza, mitad susurro— de la supuesta boda de Vicente Guerrero en Ometepec, durante los días en que el joven insurgente atravesaba la región con las órdenes de Morelos en el morral y el destino de la patria a la vuelta de cada vereda.
En los documentos firmes –los que duermen en el Archivo General de la Nación bajo polvo y tinieblas– consta que Guerrero llegó por esos rumbos en 1812 y 1813. Francisco Pineda, historiador del INAH, reconstruyó ese tránsito casi paso a paso: las caballerías cruzando ríos, los insurgentes levantando cocinas improvisadas, las reuniones nocturnas entre mixtecos, amuzgos, tlapanecos y afrodescendientes que ofrecían tortillas calientes y noticias del camino.
Allí, en ese paisaje donde la guerra se mezclaba con el aroma a cacao molido y a hoja santa, aparece una mujer cuyo nombre sí está escrito en la historia: María Guadalupe Hernández, mencionada por Raquel Huerta-Nava en La vida de Vicente Guerrero y recordada como pareja del caudillo, madre de su hija María Dolores.
Pero aquí comienza el territorio donde la historia se vuelve bruma y las fechas parecen bailar con los silencios.
Porque ningún acta matrimonial –ni en Ometepec, ni en Tixtla, ni en Chilpancingo– ha dicho nunca que Guerrero y María Guadalupe se casaron allí.
Ernesto Lemoine, que revisó con lupa los documentos insurgentes para la UNAM, tampoco encontró registro. Carlos María de Bustamante, no escribió una sola línea sobre una boda. Tampoco Vicente Riva Palacio, descendiente de la propia María Dolores, que tuvo en sus manos papeles hoy desaparecidos, tampoco mencionó una ceremonia.
Sin embargo, en Ometepec el recuerdo insiste. Dicen que cuando Morelos ascendió a Guerrero y le entregó el mando del distrito, el pueblo entero se llenó de fiesta.
Y que en medio de esa algarabía costeña, Guerrero habría tomado la mano de Guadalupe Hernández y la habría convertido en su esposa.
La academia revisa relatos con la misma paciencia con que se lee un códice incompleto. Los historiadores saben –porque así lo confirma la genealogía– que existió la hija, María Dolores; que existió la relación con Guadalupe; que Guerrero pasó por Ometepec y que durante unas semanas, quizá las más tranquilas de toda su vida revolucionaria, pudo conocer algo parecido a la paz.
Lo que no saben –porque el archivo no lo dice– es si allí ocurrió una boda o si fue el pueblo quien necesitó contarla para completar el retrato humano del insurgente más terco del sur.
Por eso esta historia vive a mitad del camino: entre lo que el archivo calla y lo que el pueblo recuerda.
Y que tal vez –solo tal vez– Vicente Guerrero detuvo por un instante el galope de la historia para decir “sí”, aunque el acta jamás se haya escrito o quizá se perdió en algún archivo parroquial que la humedad borró.
Así, la boda de Ometepec se queda suspendida como un lucero entre dos mundos: el de la historia comprobable y el de la memoria que resiste. Y mientras los académicos, con la prudencia que da la evidencia, repiten que la boda no está confirmada, la Costa Chica sigue diciendo que sí ocurrió.

Del anecdotario

Y para referirnos nuevamente al Insurgente del Sur, Vicente Guerrero, aunque su paso por la Presidencia de la República fue efímero –pues duró tan sólo ocho meses y medio–, hay algo que los mexicanos no le han reconocido lo suficiente: haber sido el presidente que abolió la esclavitud en México, por cierto, antes que Abraham Lincoln en Estados Unidos y que muchos otros países como Italia, España, Canadá y la propia Francia.
Como también poco se les ha reconocido a los dos baluartes o brazos derechos de Vicente Guerrero: Pedro Ascencio Alquisiras y Juan del Carmen, este último de Tlacoachistlahuaca.
Por último: ¿sabía usted que el padre y el hermano del general Vicente Guerrero eran realistas y no insurgentes? De ahí la explicación de por qué su padre le pidió a Guerrero que depusiera las armas, y es cuando él acuña la frase más bella de nuestra historia: La Patria es Primero.

 

 

El discurso de Altamirano

A ciento noventa y un años de su nacimiento, Ignacio Manuel Altamirano sigue hablándole al México de hoy con la fuerza intacta de su palabra. Su discurso contra la amnistía, pronunciado el 10 de julio de 1861 en el Congreso de la Unión, no fue un alegato del pasado: fue una advertencia para el futuro.
“O somos liberales, o somos liberticidas; o somos legisladores, o somos rebeldes”, lanzó ante el Congreso. En una sola línea trazó la frontera entre la convicción y la conveniencia. En tiempos donde la política suele confundirse con cálculo, su voz reclamaba una definición: no se puede servir al pueblo y al mismo tiempo transigir con quienes lo traicionaron.
El escritor y político nacido en Tixtla, Guerrero, entendió que la justicia no se negocia y que perdonar sin memoria es condenarse a repetir los errores.
“Con toda la conciencia de un hombre puro, con todo el corazón de un liberal, con la energía justiciera del representante de una nación ultrajada”, exclamó Altamirano desde la tribuna.
Era el eco de una patria herida, recién salida de la Guerra de Reforma, donde algunos proponían perdonar a los conservadores que habían combatido a la República. Altamirano hablaba desde desde la claridad moral. Sabía que una amnistía sin justicia no es reconciliación: es impunidad. Y que una paz cimentada sobre el olvido es una forma de claudicación.
El guerrerense que había nacido entre las montañas y las privaciones, hijo de un pueblo indígena que se forjó en la resistencia, entendía que la dignidad no podía cederse. Por eso su discurso no fue una pieza jurídica ni una arenga partidista: fue un acto de conciencia nacional.
Altamirano no pedía castigo, pedía memoria. “Reflexionad…: si hoy decretásemos la amnistía, el partido reaccionario diría y con razón: ‘Nos tienen miedo y nos halagan’”.
Su advertencia fue una lección de política y de ética: los pueblos que olvidan los crímenes contra su libertad terminan justificándolos.
Más de un siglo y medio después, su discurso sigue interpelándonos. En un país que aún enfrenta la violencia, la corrupción y la impunidad, Altamirano nos recuerda que la verdadera reconciliación sólo puede nacer de la verdad.
Su voz sigue siendo una brújula moral para quienes creen que gobernar es también un acto de responsabilidad ante la historia.
Altamirano no sólo fue un tribuno. Fue un maestro, un escritor y un símbolo del México que aprendió a pensar. Desde Tixtla llevó su inteligencia al corazón del país, y desde el corazón del país habló por los que no tenían voz. Decía que antes que la amistad está la patria, y antes que el sentimiento, la idea. Su figura representa al ciudadano íntegro que cree en la República no como un arreglo político, sino como una causa moral.
Hoy, cuando los discursos sobre unidad y perdón vuelven a ocupar la escena pública, su palabra regresa como un espejo. Nos pregunta si somos capaces de sostener la justicia sin disfrazarla de cálculo político; si los ideales que dieron origen a la República siguen vivos o se han vuelto ornamento. En Altamirano hay una enseñanza sencilla y profunda: la justicia no es un gesto de poder, sino un acto de dignidad.
A 191 años de su natalicio, recordar a Ignacio Manuel Altamirano no es un homenaje nostálgico: es una forma de resistencia cívica. Porque su legado, forjado en la tribuna, en las aulas y en los libros, nos recuerda que México no necesita perdonar su historia, sino aprender de ella. Que la paz sin justicia no es paz, y que los pueblos dignos no olvidan.
Altamirano vive cada vez que un ciudadano levanta la voz para defender la verdad. Vive en la palabra que no se vende, en el ideal que no se acomoda, en el amor profundo a la patria que aún busca ser justa. Desde Tixtla hasta el Congreso, desde 1861 hasta hoy, su eco sigue resonando: “Perdonar sin justicia es traicionar a los justos”.

 

Ricardo Monreal

En la historia política reciente de México hay figuras cuyo liderazgo y capacidad para sobreponerse a la adversidad han marcado el rumbo de la transformación nacional. Una de ellas, más allá de cualquier polémica, es sin duda Ricardo Monreal Ávila, originario de Zacatecas. Monreal representa a esa generación de políticos que creyeron en la izquierda mexicana cuando aún parecía un camino cuesta arriba.
Recuerdo a Ricardo desde hace muchos años, cuando ambos militábamos en el PRI. Desde sus primeros cargos públicos mostró una combinación poco común de formación académica, visión estratégica y cercanía con la gente. Su participación ha sido decisiva en momentos clave para la consolidación del proyecto progresista en México.
En los años noventa, Ricardo Monreal era uno de los cuadros más disciplinados del PRI. Su mentor político era Genaro Borrego Estrada, también zacatecano. Pero Monreal no aceptaba la obediencia ciega: cuando el partido le negó la candidatura al gobierno de Zacatecas en 1998, prefirió romper. Aquel día, cuentan sus cercanos, entró al comité estatal, dejó su credencial priista sobre el escritorio y dijo: “Me voy con la gente, no con el poder”. En menos de tres meses, el “desertor” del PRI ganó la gubernatura bajo las siglas del PRD. Fue el primer golpe serio al sistema en el norte del país.
Ya en el poder, Monreal convirtió Zacatecas en un laboratorio político. Dio espacios a ex priistas, panistas inconformes y hasta a líderes sociales del campo. Le decían que gobernaba con el enemigo, y respondía con ironía: “El único enemigo es el hambre”. Esa mezcla de pragmatismo y audacia lo volvió un referente para la izquierda mexicana: el político que había demostrado que se podía ganar sin el PRI.
Monreal y Andrés Manuel López Obrador se conocieron en los tiempos del PRD. Eran aliados incómodos: uno del norte, con discurso agrarista y sentido táctico; el otro del sur, con narrativa moral y convicción popular. Cuando AMLO lo invitó a coordinar la campaña presidencial de 2018, Monreal ya había pasado por el Senado, la Jefatura Delegacional en Cuauhtémoc y un fallido intento de ser jefe de Gobierno. “Yo sé negociar, pero también sé resistir”, le dijo Monreal. Esa alianza marcó su retorno al primer plano político.
Como coordinador de Morena en el Senado, Monreal vivió sus días más tensos. Su despacho en Reforma se volvió campo de batalla entre leales y críticos del presidente. Cada votación era una prueba de lealtad y cada entrevista, una guerra de interpretaciones. Cuando se discutió la reforma eléctrica, algunos lo acusaron de “tibio”. Él contestó: “No confundan diálogo con debilidad.” Era su sello: el arte de negociar sin romper del todo.
En 2022, en plena sucesión presidencial, se filtró una reunión discreta en un café de Polanco. Monreal y Marcelo Ebrard, ambos marginados por el círculo duro de Morena, hablaron sin grabadoras. Marcelo dijo: “Nos quieren fuera.” Monreal replicó: “Los que saben esperar, ganan.” Aunque ninguno confirmó el encuentro, fue un mensaje claro: Monreal seguía vivo políticamente.
En 2019, durante la discusión de la Ley de la CFE, Monreal recibió una llamada de Manuel Bartlett. “Ricardo, no metas mano en mi iniciativa”, le dijo el director de la Comisión. Monreal respondió: “Manuel, no es tu iniciativa. Es del Estado mexicano”. Al día siguiente, el dictamen se aprobó con modificaciones negociadas por él. Así opera: confronta, pero nunca rompe.
La relación entre Monreal y Martí Batres fue un duelo constante. Cuando Batres quiso reelegirse como presidente del Senado, Monreal impulsó a Mónica Fernández. Batres lo acusó de traición. Monreal respondió: “El Senado no se gobierna con vísceras, sino con votos.” Ganó la votación, perdió la amistad. Otra lección: en política, el afecto dura menos que la correlación de fuerzas.
Poco después del triunfo de Morena, Monreal fue invitado a una cena privada en casa de López Obrador. AMLO habló de ética y lealtad. Monreal levantó la mano y dijo: “Solo pido que nunca falte espacio para el diálogo, incluso con quienes no piensan igual”. AMLO respondió: “Por eso estás aquí, Ricardo. Porque sabes hablar cuando otros callan”.
Durante el proceso interno de Morena en 2023, Monreal amagó con irse. No lo hizo. “Soy leal a la democracia, no al aplauso”, decía. Su papel: el opositor interno que incomoda, pero que mantiene equilibrio.
Hoy, Monreal es un político que camina con prudencia. Ni totalmente dentro ni fuera del sistema. En el Senado dejó su sello: la palabra como instrumento de poder. En política, ha demostrado que puede caer y levantarse tantas veces como quiera.
Como gobernador, senador y hoy diputado federal y coordinador parlamentario, ha demostrado que la política no es una carrera de velocidad, sino también de resistencia. Fue protagonista en la construcción de alianzas y en la defensa del proyecto que llevó a la izquierda a la Presidencia de la República en 2018, pero también participó en los intentos anteriores. Ahí nos encontramos en la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2012, donde contribuyó desde la operación territorial hasta la conducción legislativa.
Hoy, en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal continúa aportando experiencia, disciplina y capacidad de diálogo en un escenario político plural y exigente. Su voz se distingue por su solidez jurídica, su conocimiento del Estado mexicano y su habilidad para tender puentes —y subrayo esto—para tender puentes incluso en los momentos más complejos.
Ricardo Monreal es el sobreviviente por excelencia. En él conviven tres generaciones políticas: el priismo disciplinado, la izquierda negociadora y la Cuarta Transformación institucional. Su anecdotario no es una colección de recuerdos, sino un mapa de poder. Y si algo ha aprendido en todos estos años, es que en México la política no la ganan los más fieles, sino los que saben cuándo hablar… y cuándo esperar.
Una de sus grandes cualidades es que sabe ser amigo en la adversidad, porque sabe construir. Sabe construir puentes con todas las voces de la política. Entiende muy bien que en México la política se hace mejor en la pluralidad, sin duda.

 

Cárdenas antes de ser Cárdenas

En la historia de México hay hombres cuya infancia no fue un preludio, sino un presagio. Lázaro Cárdenas del Río, nacido en Jiquilpan, Michoacán, el 21 de mayo de 1895, fue uno de ellos.
En los patios polvorientos de su pueblo, donde la pobreza se mezclaba con la dignidad de los oficios, aprendió que la justicia no era una idea abstracta, sino el pan que faltaba en la mesa y el abrigo que no llegaba al invierno.
Su padre, Dámaso Cárdenas, comerciante modesto, y su madre, Felícitas del Río, mujer fuerte y silenciosa, le inculcaron el valor del trabajo y la humildad del deber cumplido. A los catorce años ya trabajaba en las oficinas de rentas, y más tarde, en la imprenta de La Económica, donde descubrió el poder de la palabra escrita. Fue ahí, entre pliegos de tinta y tipos de plomo, donde se sembró en su espíritu la semilla de la educación como fuerza emancipadora.
Era la última etapa del Porfiriato, y México dolía. En los pueblos como Jiquilpan, los caciques imponían su voluntad y el hambre se confundía con el destino. Aquel joven que soñaba con letras y fusiles creció mirando la desigualdad como una enfermedad moral. Cuando su padre vio mermada su salud, Lázaro asumió la responsabilidad de su familia. Aprendió a mandar obedeciendo, a dirigir sirviendo. De esa escuela doméstica –de barro, deber y silencio– surgiría el temple que lo acompañaría hasta la Presidencia.
La Revolución lo llamó siendo apenas un adolescente. En 1913, bajo las órdenes del general Guillermo García Aragón, Cárdenas partió en campaña y cruzó las montañas del sur hasta el estado de Guerrero.
Aquella travesía militar, documentada en su hoja de servicios –del 20 de julio al 24 de octubre de 1913– fue más que una campaña: fue su primer encuentro con el México profundo. Atravesó la Tierra Caliente, donde el río Balsas muerde la tierra árida y los campesinos miran al sol con resignación. Vio la pobreza campesina, la dureza de la montaña, el abandono secular del sur. Guerrero no fue entonces una misión bélica, sino una revelación. Allí conoció la orografía de la injusticia y el coraje de los pueblos que sobreviven sin rendirse.
En Guerrero, el joven militar aprendió lo que ningún aula podía enseñar: que el Estado debía llegar donde no había esperanza.
Por eso, cuando el general Cárdenas llegó a la Presidencia (1934-1940), su proyecto no se limitó a gobernar: buscó redimir. La modestia de su infancia se volvió su ética; la disciplina, su método; la empatía campesina, su causa. Gobernó como quien sabe lo que pesa la necesidad, con la mirada del niño que alguna vez trabajó para sostener a los suyos. Su austeridad no fue una pose republicana, sino una forma de memoria: recordaba de dónde venía.
Yo, que también he recorrido Guerrero desde la Montaña hasta la Costa, entiendo esa mirada. Cárdenas no sólo caminó nuestro territorio: lo comprendió. Tal vez por eso, décadas después, sus políticas agrarias y educativas tocaron con justicia a las comunidades del sur. Cuando uno conoce la pobreza de cerca, ya no puede mirar al poder con frivolidad. Lo dijo alguna vez el propio general: “El poder sólo tiene sentido cuando se ejerce para servir”.
Por eso, su legado sigue vivo: porque fue forjado no en los salones del privilegio, sino en el polvo de los caminos donde México aprendió a ser pueblo.

Del anecdotario

Del anecdotario político de Antonio Lomelí Garduño, rescato este episodio del general Cárdenas en la Presidencia:
Siendo presidente de la República don Lázaro Cárdenas, gustaba de ostentar lo mismo su resistencia física que su predilección por los humildes.
Alguna vez citó a un joven ingeniero que pretendía presentarle un invento. Este llegó al filo de las ocho de la mañana, cuando se le había prevenido que estuviera a la hora del desayuno.
Cuál sería su sorpresa al encontrar al Presidente disponiéndose a salir a una gira, pues el desayuno había tenido lugar a las siete de la mañana.
Luego de visitar diversos pueblos y comarcas, cerca de la media tarde el presidente ordenó a un ayudante:
–Vete a buscar algo de comer y trae suficientes refrescos.
El sol era ardiente y apenas aquella sombra resultaba un consuelo. Pero hasta allí continuaban llegando comisiones de gente campesina.
Pronto regresó el ayudante, sudoroso, trayendo una caja de cartón con tres latas de sardina, dos enormes piezas de pan y media docena de refrescos a medio enfriar.
Los ojos del ingeniero, quien no había desayunado, se le salían de las órbitas y ya se imaginaba engullendo un par de sardinas y un refresco.
Al tiempo, una comisión de ocho o diez indígenas muy harapientos hizo su aparición con gran humildad.
–Acérquense, muchachos –les dijo el general Cárdenas.
–¿Comieron ya?
–No, siñor general –fue la respuesta.
–Bien, entonces llévense esto que aquí tenemos. Nosotros regresaremos a comer a nuestras casas –dijo el Presidente. Y después de ordenar que se les diera algún dinero, dispuso el regreso hacia los automóviles, que habían quedado a tres kilómetros de distancia.
Molesto, nuestro ingeniero hubiera deseado masticarse los planos de su proyecto. Por eso, cuando se hizo el regreso a la ciudad, estuvo a punto de estallar a la hora en que el Presidente le dijo:
–Véngase mañana temprano, ingeniero, y estudiaremos el proyecto ese…
La política es así…

Fuentes consultadas:
-Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM)-Lázaro Cárde-nas: biografía y hoja de servicios militares (1913).
-Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH-INAH)-Archivo Personal del General Lázaro Cárdenas.
-Memoria Política de México-Biografía de Lázaro Cárdenas del Río.
-Nexos / Ricardo Pérez Montfort-Lázaro Cárdenas: el hombre detrás del mito.
-Gobierno de México / Enciclopedia Británica-Semblanza biográfica oficial.

Cuando el clima nos recuerda nuestra fragilidad

En Guerrero sabemos bien que la naturaleza no perdona. Hace apenas dos años, el huracán Otis nos dejó cicatrices que todavía duelen: familias sin hogar, comercios arrasados y una ciudad que tuvo que levantarse desde las ruinas. El año pasado John volvió a ponernos a prueba con lluvias que en cuestión de días descargaron lo equivalente a un año entero, dejando bajo el agua colonias enteras.
Aquellos episodios quedaron grabados en nuestra memoria colectiva como un recordatorio brutal de que el cambio climático no es una teoría académica, sino una realidad que golpea con violencia nuestras costas.
Por eso, esta temporada de huracanes de 2025 merece ser analizada con serenidad, pero también con conciencia.
Los daños han sido menores en comparación con los estragos recientes, sí, pero no por ello podemos bajar la guardia. Puerto Marqués, Playa Bonfil y El Revolcadero nos muestran la cara más frágil de nuestro desarrollo turístico: restaurantes derrumbados por el mar de fondo, negocios que apenas se sostenían tras la pandemia y el paso de Otis y John, hoy otra vez obligados a reconstruir sobre la arena.
No podemos seguir dependiendo únicamente de la reacción heroica de brigadistas de Protección Civil y voluntarios: la lección es clara, necesitamos prevención estructural. Una nueva actitud ciudadana respecto no tirar la basura en calles y avenidas. Desazolvar canales antes de que se desborden, ordenar la franja costera de Bonfil y Revolcadero para que la naturaleza no arrase con construcciones mal planeadas, y establecer protocolos específicos para el mar de fondo son pasos urgentes.
También es justo reconocer que la federación ha jugado un papel clave en el rescate de Acapulco. A través de Fonatur, se han emprendido proyectos de recuperación de la franja turística, generando confianza para la inversión y apuntalando el futuro del puerto como destino estratégico.
Por su parte, Conagua ha intervenido con obras de desazolve y reconstrucción de infraestructura hidráulica que, aunque poco visibles en la superficie, son fundamentales para evitar colapsos mayores durante cada temporada de lluvias.
Estos esfuerzos han permitido que Acapulco empiece a recuperar la estabilidad después de las devastaciones de Otis y John.
Hoy celebramos que el saldo sea menor, pero mañana podría no serlo. La empatía no basta si no se traduce en decisiones firmes: proteger nuestras costas, garantizar infraestructura resistente y acompañar a quienes viven del turismo con programas de prevención y seguros accesibles.
Por eso, es momento de que la federación incremente su respaldo a Guerrero, no sólo en la atención de la emergencia, sino en la planeación de mediano y largo plazo.
Guerrero ha demostrado que sabe levantarse, pero también tiene derecho a vivir sin el miedo de empezar de nuevo cada año. La memoria de Otis y John nos obliga a no olvidar, y la experiencia de esta temporada debe inspirar a la federación a actuar con visión y responsabilidad antes de que sea demasiado tarde.

Posdata:

Hay quienes me preguntan y alientan a participar a un cargo de elección popular en el próximo proceso electoral. A todos ellos les digo que para todo hay tiempos, y los míos ya pasaron. Me mantendré alejado de cualquier participación política y me dedicaré a lo que más amo: mi familia.
Porque como dijera Antonio Machado: “He andado muchos caminos / he abierto muchas veredas / he navegado en cien mares y atracado en cien riberas / siempre con la frente en alto y la dignidad por delante”.

Del anecdotario

Alfredo Díaz Ordaz Borja, hijo del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, recibe los caprichos más inverosímiles. Al llegar a Los Pinos, le construyen una pista de go-karts, un boliche, una alberca techada y una cancha cubierta para que el adolescente pueda invitar a sus amigos a disfrutar de la residencia oficial.
En 1969 Alfredo cuenta ya con 19 años y se anuncia la visita de Jim Morrison y su grupo The Doors. La imagen de Morrison que se le había revelado al entonces regente Corona del Rosal era la de un personaje afecto a las drogas, con su pelo largo y su desparpajo, por lo que decreta que no se lleve a cabo el concierto.
Finalmente logran presentarse en el centro nocturno Forum, conocido como la sede de las estrellas del mundo, durante tres días, de los cuales Alfredo no se pierde un solo concierto.
En el último, ante la excitación del momento, Alfredo organiza seguir la fiesta en la residencia oficial de Los Pinos.
Encantado con la presencia de Jim Morrison, The Doors y algunos otros rockeros como Javier Bátiz, la mariguana, el alcohol, la música, el sexo y los cantos circulan a flor de piel.
Gustavo Díaz Ordaz sale en pijama, le revienta la paciencia, regaña a su hijo; la desfachatez de Morrison le altera la dignidad y la fiesta concluye.
Años después, Alfredo conoce a Thalía, con quien establece una relación extramarital durante cuatro años, luego de haber pertenecido al grupo Timbiriche. (Del libro: Gustavo Díaz Ordaz, de Fritz Glockner).

 

El PRI en blanco y negro

Nací y crecí políticamente en el PRI, y por más críticas que ha recibido y que hoy se le puedan hacer, siempre sentiré orgullo de haberme formado ahí. Era otro tiempo, distinto al de ahora, cuando dentro de sus filas convivían voces diversas y hasta contradictorias. Yo elegí seguir la corriente de avanzada, aquella que muchos identificaban con la izquierda, donde militaban hombres que marcaron época: Cuauhtémoc Cárdenas, Carlos Madrazo, Porfirio Muñoz Ledo, Enrique González Pedrero, Alejandro Cervantes Delgado –mi maestro y mentor–, José Francisco Ruiz Massieu y Luis Donaldo Colosio.
En esas filas me hice político, con disciplina y pasión.
Fui dirigente estatal del PRI en mi estado, y ha sido una de las experiencias más formativas en mi vida política. Ahí coincidí con mi querido amigo Héctor Astudillo, quien ocupaba la dirigencia municipal del PRI en Chilpancingo, y con otro joven a quien guardo especial estima, Alejandro Bravo, quien presidía el comité municipal de Petatlán, su tierra natal y que hoy ocupa la dirigencia estatal del partido.
Aquellos años fueron una escuela de vida, una etapa en la que entendí que la política es también destino, y que nadie camina solo.
Al PRI se le podrán hacer todas las críticas que se quieran, pero nadie podrá negar que fue el partido que creó las grandes instituciones de nuestro país, baste recordar: el Banco de México, la UNAM, el Politécnico, Pemex, CFE, Seguro Social, el ISSSTE, los grandes hospitales de especialidades como Cancerología, Siglo XX, Pediatría, Oftalmología y muchos más.
En el campo de la cultura, los libros de texto gratuitos, Instituto de Antropología e Historia.
Fue el PRI quien estableció la red de infraestructura carretera y aeroportuaria más importante de nuestro país, y quien impulsó los destinos turísticos de Acapulco, Vallarta, Ixtapa, Los Cabos, Cancún, entre otros.
México no se descubrió ayer como algunos creen.
Pero en la memoria también se guardan las sombras. Estuve ahí cuando el partido comenzó a ensombrecerse con la corrupción, los excesos de algunos líderes como La Quina, el Negro Durazo. En los gobiernos del PRI florecieron los grandes capos como Miguel Ángel Félix Gallardo, los Arellano, El Chapo… y la violencia echó raíces.
Fue un partido que usó y abusó del clientelismo de los programas sociales y la obra pública como hoy lo hace Morena. Vi también de cerca la cerrazón que caracterizó a algunos grupos y que le costó la confianza de la gente. Como cuando me negó la candidatura a gobernador en Guerrero cuando la gente me apoyaba mayoritariamente.
El fraude de 1988 fue un parteaguas: encendió la mecha de la descomposición y muchos de los mejores se fueron. Antes vino la debacle económica con López Portillo, la grisura de Miguel de la Madrid, la etapa del salinismo que abrió puertas a la modernidad a través del Tratado de Libre Comercio que hoy nos define, pero dejó abiertas también las heridas de la desigualdad, donde hubo persecución política a la izquierda, en especial de Guerrero. Y heredó un país sumido en una pobreza que nunca supieron resolver. México es un país rico, pero empobrecido, y eso genera un malestar social que no tiene fin.
En ese contexto llegó Ernesto Zedillo: graduado como economista y doctorado en una universidad extranjera, frío, cerebral, no proclive a las multitudes. La desconfianza de los militantes hacia él era correspondida: Zedillo pensaba que el PRI era poco democrático, dispendioso, demasiado vertical y burocrático; en una palabra, no lo quería. Con el magnicidio de Luis Donaldo Colosio se derrumbó la posibilidad de que el PRI, transformado y revitalizado, prolongara su predominio entrando al nuevo siglo. El segundo momento lo constituyó el alejamiento inmediato —algunos dirían el rompimiento— de Zedillo con el partido que lo llevó al poder. El tercero fue el crimen de José Francisco Ruiz Massieu, que exhibió la descomposición del poder en sus más altos niveles, como bien lo señala Ignacio Pichardo en su libro Triunfos y traiciones.
Cuando mataron a Colosio, mataron también al PRI que todavía podía reformarse. Él entendía que había que cambiar de raíz, romper los viejos moldes, reconciliar al partido con el pueblo. Su voz sigue presente: “Veo un México con hambre y sed de justicia”. A él y a José Francisco Ruiz Massieu, otro visionario que también asesinaron, les arrebataron la oportunidad de transformar al PRI desde dentro. Esa fue la estocada que selló el fin de una era.
Hoy miro atrás y sé que el PRI atraviesa su peor momento. Quizá, en el futuro, nuevos liderazgos encuentren la fuerza para levantarlo. Yo, por mi parte, me quedo con los recuerdos, con el orgullo de haber pertenecido a ese partido que formó a mi abuelo, a mi padre y a mí mismo.
Hace poco, en Acapulco, un periodista me preguntó si habría un acercamiento con Morena. Le respondí con claridad: no. No militaré en ningún otro partido. He decidido mantenerme al margen del proceso electoral que se avecina. La política, lo sé bien, es cíclica: sube, baja, y vuelve a empezar.
Yo me quedo con lo mejor del PRI, con la memoria de aquel PRI que construía instituciones, que soñaba con un país más justo, aunque nunca logró alcanzar ese sueño. Me quedo con los rostros, con las voces, con los ideales de quienes ya no están. Y me quedo también con la certeza de que, a pesar de las derrotas y las sombras, valió la pena haber sido parte de esa historia.
La política es así: blanco y negro, luces y heridas. Al final, lo único que permanece son las definiciones personales. Y la mía es sencilla: me quedo con lo mejor de lo que fui y con la nostalgia de los tiempos que ya no volverán.

Del anecdotario

Rubén Figueroa Alcocer tomó el teléfono en mi presencia para decirle al entonces presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, Ignacio Pichardo Pagaza:
–Nacho, te quiero pedir que hagamos el cambio de la dirigencia estatal del partido en Guerrero. Te propongo al diputado Ángel Aguirre Rivero.
Intuí que no tuvo objeción, solo que le sugirió correrle la cortesía a José Francisco Ruiz Massieu, quien fungía como secretario general, lo que advertí no le agradó al gobernador en turno.
–¿Y por qué tengo que hablarle a José Francisco? –dijo Figueroa, un tanto alterado. Las formas ya cambiaron en el partido. El gobernador es el que propone y punto.
Colgó el teléfono de manera brusca.
Ya más relajados, le pedí a Rubén que me permitiera visitar a José Francisco, quien había sido mi jefe. Su respuesta fue seca:
–Pues hazle como tú quieras –me dijo.
–¿Pero tengo tu autorización? –insistí.
–Adelante –me contestó.
Al siguiente día, a las 12 horas, José Francisco me recibió en sus oficinas de manera muy cordial y cálida.
–Hola Ángel –me dijo–, ¿que quieres ser el dirigente del partido?
–Pues en esas ando, mi querido Pepe.
De inmediato subimos a las oficinas de Nacho Pichardo, quien era el presidente del Comité Nacional, para decirle:
–Mira, Nacho, te vengo a presentar a quien será nuestro nuevo líder del partido en mi estado. Es un joven que yo formé, fue mi secretario de Desarrollo Económico y del Trabajo, y lo impulsé para ser diputado federal.
–¡Magnífico! –dijo Nacho, a quien yo ya conocía de años atrás.
Al despedirnos, me dice José Francisco:
–No te vayas, quiero que me acompañes a una comida que se va a servir en la explanada.
Para mi sorpresa, me invitó a que compartiera la mesa donde se encontraba él y la dirigencia nacional.
A los pocos minutos recibí una llamada en mi celular. Se trataba del gobernador Figueroa.
–¿Qué pasó, Rubén? –le contesté.
–Solo quiero que te quede claro que si llegas a la dirigencia del partido es por mí, y no por José Francisco.
–Me queda más que claro, mi querido gobernador –le respondí.
–¿Qué te dijo José Francisco?
–Pues te manda saludos y me comentó que a ver cuándo desayunan.
–¿Eso te dijo? ¿Seguro?
–Sí.
–¡A toda madre!
La política es así.