Guerrero es una tierra de contrastes, pero también de profundas riquezas. Desde tiempos antiguos, su historia ha estado entrelazada con la minería. En Taxco, nuestros antepasados ya extraían y trabajaban la plata con técnicas admirables. La Colonia convirtió esa vocación minera en motor económico, y hoy, siglos después, Guerrero sigue ocupando un lugar destacado en la producción nacional de oro: somos el segundo estado productor del país, con más de 12 toneladas extraídas en 2023, según el Servicio Geológico Mexicano.
Pero el verdadero porvenir de Guerrero no está únicamente en los metales que ya conocemos. Está en aquellos elementos que el mundo necesita para su transición tecnológica y energética: las tierras raras. Se trata de un conjunto de 17 elementos químicos, esenciales para fabricar vehículos eléctricos, turbinas eólicas, satélites, dispositivos médicos y sistemas de defensa. Su valor, más alto que el del oro, no se mide solo en dinero, sino en poder estratégico para las naciones del siglo XXI.
Los elementos químicos conocidos como “tierras raras” son un grupo de 17 elementos que incluyen a los 15 lantánidos —lantano (La), cerio (Ce), praseodimio (Pr), neodimio (Nd), prometio (Pm), samario (Sm), europio (Eu), gadolinio (Gd), terbio (Tb), disprosio (Dy), holmio (Ho), erbio (Er), tulio (Tm), iterbio (Yb) y lutecio (Lu)— así como al escandio (Sc) y al itrio (Y), que aunque no son lantánidos, presentan características químicas similares.
A pesar de su nombre, las tierras raras no son particularmente escasas en la corteza terrestre; se les denomina así porque suelen encontrarse dispersas y no en concentraciones fácilmente explotables. Aunque todos comparten propiedades químicas parecidas, cada uno tiene características específicas que los hacen indispensables para diversas aplicaciones industriales y tecnológicas.
Las montañas de la Sierra Madre del Sur, que atraviesan el corazón de nuestro estado, podrían resguardar depósitos significativos de estos minerales. Y sin embargo, hasta ahora, esa potencial riqueza permanece dormida. No por falta de explotación, sino por la ausencia de estudios geológicos serios, de políticas públicas decididas y de una estrategia integral que piense a Guerrero no como zona de carencias y necesidades, sino como territorio de esperanza.
Como ex gobernador de este estado, lo digo con claridad: Guerrero necesita una nueva visión de desarrollo, una visión que no se conforme con vivir del turismo o de las remesas, sino que se atreva a diversificar su economía y a proyectarse como actor en la nueva economía verde y tecnológica.
Apostar por las tierras raras es una alternativa concreta para mirar al futuro con optimismo y reconstruir nuestro tejido económico y social.
No se trata solamente de extraer minerales. Se trata de transformar estructuralmente nuestro modelo de desarrollo. Eso sólo será posible si el gobierno federal y el gobierno estatal asumen una responsabilidad compartida y articulan una estrategia de largo aliento, basada en ciencia, innovación y justicia social.
Un proyecto de esta magnitud debe incluir a universidades, centros de investigación, expertos en minería sustentable, organizaciones sociales y, sobre todo, a las comunidades donde podrían hallarse estos yacimientos.
Nada de esto debe hacerse sin ellas. Los pueblos indígenas y campesinos de la Sierra no pueden ser espectadores ni víctimas de una nueva fiebre extractiva. Deben ser aliados, protagonistas y beneficiarios reales. Consultas previas, libres e informadas, mecanismos de participación, propiedad compartida y distribución equitativa de beneficios no son lujos, sino condiciones indispensables para la legitimidad y sostenibilidad de cualquier proyecto.
México tiene indicios de tierras raras en estados como Chihuahua, Coahuila, Baja California y Guerrero, pero hasta ahora no figura entre los países productores. ¿Por qué? Porque no hemos definido una política nacional clara, ni desarrollado capacidades técnicas propias, ni invertido lo suficiente en exploración científica. Eso debe cambiar. Guerrero puede ser el estado que encienda esta transformación, si se convierte en ejemplo de minería del siglo XXI: responsable, soberana y con rostro humano.
Desde mi experiencia y con profundo amor por esta tierra, hago un llamado respetuoso pero firme: es tiempo de mirar al subsuelo de Guerrero no como una maldición, sino como una oportunidad. Una oportunidad para crear riqueza con dignidad, para invertir en conocimiento, para generar empleos bien remunerados, y para construir un legado que honre a quienes nos precedieron y abra camino a quienes vendrán.
Guerrero no debe resignarse a ser parte de las estadísticas de pobreza y la violencia. Guerrero puede y debe ser motor del México que viene. Y en las tierras raras, si actuamos con inteligencia, ética y visión, está una clave posible para ese porvenir.
Del anecdotario
En estos días de Semana Santa tuve la oportunidad de volver a leer El poder presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, escrito por Juan José Rodríguez Prats, quien fuera mi compañero diputado en la LV Legislatura federal.
Dice Ruiz Cortines: sabía que el peor favor que se podía hacer a un amigo era ubicarlo en una posición en donde no tuviera los atributos requeridos. Lo podría frustrar de por vida y, además, perder la amistad.
Recogiendo a Rafael Zayas, decía don Adolfo: la historia nos enseña que, cuando nadie mira por el pueblo, el pueblo mira por sí mismo; y cuando el pueblo mira por sí mismo, no es río que corre por su cauce natural, sino torrente que se desborda.
Con motivo de la campaña de Manuel Ávila Camacho en Iguala, se reunió con el cabildo, cuando uno de los regidores le informó que uno de los ingresos más importantes del municipio era la producción de doce árboles de tamarindo que el ayuntamiento vendía cada año.
Don Adolfo de inmediato sugirió: “¿Y por qué no siembran más?”.
–No, señor –respondieron–, el tamarindo tarda doce años en dar frutos.
Don Adolfo replicó: “No siembren pensando en ustedes, siembren pensando en los demás”.
Trece años después regresó a Iguala como candidato a la Presidencia de la República y buscó a aquel grupo para conversar con ellos. Entusiasmados llegaron a la reunión porque pensaron que el candidato les ofrecería muy buenas “chambas”. Entonces les preguntó si habían seguido su consejo. Al comprobar que no había sido escuchado, empezó a insistir en pensar en el porvenir, y en su primer informe utilizó una de las frases más bellas de la historia:
“No siembro para mí, siembro para México”,
sintiendo la necesidad de remarcar que su gestión fructificaría con el paso de los años, y que lo que le interesaba era el juicio de la posteridad, no el efímero reconocimiento del momento.
Bella historia, ¿no cree usted, amable lector?
Ya siendo expresidente, un grupo de amigos discutía cuál era el animal más político: que si la liebre, porque brinca para todas partes y en la mayoría de los casos se queda agazapada; que si el gato, porque siempre cae parado. Don Adolfo dijo:
–El elefante, porque tiene una larga trompa para oler todo, grandes orejas para oír todo, magnífica memoria para recordar todo, enorme presencia para hacerse sentir, parsimonia para avanzar y, sobre todo, cuatro patas planas para fijarse muy bien en la realidad.
Don Adolfo era excesivamente austero. En alguna ocasión, estando en Acapulco siendo secretario de Gobernación, uno de sus amigos solicitó la cuenta después de haber comido y bebido duro y parejo. El amigo puso después la propina en un plato. Ya en el estacionamiento, don Adolfo hizo un ademán a su amigo para entregarle un dinero, a lo que éste de inmediato respondió:
–No, no, de ninguna manera, yo invité y lo hice con mucho gusto.
Don Adolfo le contestó:
–Tranquilo, este dinero es tuyo.
–¿Cómo?
–Es que dejaste demasiado dinero de propina en la charola, y le quité la mitad que yo te estoy devolviendo.
Así se las gastaba.
Por ello murió en la modestia total, en su casa de Veracruz, sin lujos, por momentos solo en su recámara. Sólo algo le reclamaba a la vida, llorando a sus más de ochenta años.
–¿Por qué? ¿Por qué te la llevaste?
Le preguntaron a quién se refería, y éste contestó:
–A mi madre.
Fue un gran presidente. Cuando le preguntaron si el político se puede retirar de la política, contestó:
–Ni la vejez puede con la política. Solo la muerte la vence.
La política es así…