Marcelo

La prórroga de 90 días en la aplicación de aranceles del 30? por ciento a todos los productos mexicanos que se encuentran fuera del Tratado de Libre Comercio (TLC) no es una concesión gratuita ni una casualidad diplomática. Es el resultado de una estrategia inteligente y decidida encabezada por Marcelo Ebrard, quien asumió –me atrevo a decirlo– un doble papel: el de secretario de Comercio en los hechos y el de Relaciones Exteriores en el frente institucional.
Esta prórroga ocurre en un contexto delicado: Donald Trump, en plena campaña de reelección, ha retomado el discurso nacionalista y proteccionista que tanto rédito político le dio en 2016. Las amenazas de imponer aranceles unilaterales a países como China, México y naciones del sudeste asiático no son nuevas. En el caso mexicano, Trump volvió a utilizar el comercio como herramienta de presión política, condicionando la aplicación de impuestos a supuestos avances en materia migratoria, control fronterizo y cooperación en seguridad.
En esencia, Trump activó una medida que ya había usado antes: el chantaje arancelario. Su mensaje era claro: o México frena el flujo migratorio hacia Estados Unidos –proveniente principalmente de Centroamérica– o enfrentará una cascada de aranceles que pondrían en jaque a miles de productores y exportadores mexicanos.
En ese tablero de alto riesgo, Marcelo Ebrard entró a jugar con oficio. Su trabajo de acercamiento con todos los actores del gobierno estadunidense –no solo del Ejecutivo, también del Congreso y de organismos empresariales– logró desactivar la bomba con eficacia. No se trató solo de “convencer” a Trump, sino de construir una coalición de intereses a favor de México, de recordarle a Estados Unidos cuán interdependientes somos.
No fue retórica, fue negociación técnica, presión política y construcción de acuerdos multilaterales. Lo que está en juego no es menor: millones de empleos en ambos lados de la frontera, cadenas de suministro transnacionales y la estabilidad de sectores clave como la agroindustria, la automotriz y la electrónica.
¿Quién lo diría? Hace apenas un año, Marcelo Ebrard era visto con recelo por una parte del obradorismo por no reconocer de inmediato el triunfo de Claudia Sheinbaum en la elección interna de Morena. Hoy, es uno de sus principales aliados. Esa evolución no es fruto del cálculo, sino de la inteligencia política.
Marcelo entendió a tiempo su papel de estadista. Supo que por encima de todo está la República. Dejó de lado su legítima aspiración presidencial para sumarse al proyecto de transformación con lealtad, sin servilismo, con visión de Estado y responsabilidad histórica. Lo hizo con una templanza que ya quisieran otros, quienes siguen atrapados en la narrativa del agravio y el ego.
Marcelo ha entendido muy bien que en política hay tiempos para todo: tiempos para aventar cohetes y tiempos para recoger varas. Hoy es tiempo de construir con unidad, de fortalecer el liderazgo de Claudia Sheinbaum y de defender a México en un entorno internacional cada vez más incierto.
Enhorabuena, Marcelo.

Del anecdotario

Leo con alegría que, por primera vez, los pueblos originarios y las comunidades afrodescendientes reciben de manera directa recursos del programa FAISPIAM. Me parece un acto de justicia largamente postergada, una reparación que no es simbólica, sino concreta.
Los negros siguen siendo oprimidos por los grilletes de la segregación y las cadenas de la discriminación. Cien años después, viven en una isla de pobreza rodeada por un vasto océano de prosperidad.
Sueño con que esta nación se levante un día y viva el verdadero significado de la frase:
“Tomemos por evidente que todos los hombres son creados iguales…”.
Palabras de Martin Luther King en su histórico discurso “Tengo un sueño”.
P. D. Mi sincera felicitación a la senadora Beatriz Mojica Morga por su incansable lucha a favor de las comunidades afrodescendientes desde el Senado de la República. Eso habla muy bien de ella y demuestra que no olvida sus orígenes en Huehuetán, pueblo al que tanto amo, donde nació mi querida amiga Petra, mujer excepcional y ejemplo de dignidad afromexicana.

 

La Pasionaria

Quienes alguna vez hemos participado en algún movimiento de lucha, alguna vez escuchamos la consigna “¡No pasarán!”, pero pocos saben del origen de esta expresión que nació producto del movimiento emancipador en contra del franquismo allá por el año de 1936, encabezado por Dolores Ibárruri Gómez, mejor conocida como La Pasionaria.
La Pasionaria era hija de un minero vasco, quien fundó en 1920, junto con otros líderes, el Partido Comunista de España.
Sus discursos eran apasionados, en los que exhortaba al pueblo español a luchar contra el general Francisco Franco, quien representaba las fuerzas fascistas, porque “es mejor morir de pie que vivir de rodillas”, decía La Pasionaria.
La Pasionaria tenía motivos personales para detestar a Franco al haber sido testigo de la represión en 1934 de la revolución de Asturias dirigida por mineros.
La historia de este personaje está tejida con el dolor de los oprimidos y la esperanza de los que no se rinden. Dolores Ibarra nació en un hogar humilde, en una España marcada por la desigualdad y el autoritarismo. En 1920, fundó junto con otros dirigentes el Partido Comunista de España, convencida de que era posible construir un país más justo. Su voz no era solo combativa, era profundamente maternal y solidaria; hablaba desde las entrañas del pueblo.
Cuando el general Francisco Franco se levantó en armas para imponer un régimen fascista, Dolores Ibarra no dudó en ponerse del lado de la República. Su célebre frase “¡No pasarán!” fue pronunciada en un contexto de asedio, de bombardeos, de muerte, pero también de firmeza moral. Con esas palabras no solo convocaba a la defensa de Madrid; inspiraba a resistir, a creer que incluso en la oscuridad más densa, el pueblo tiene la capacidad de levantarse. Decía también: “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas”, y en ello sintetizaba una ética que desbordaba ideologías: la dignidad como principio de vida.
Su legado nos recuerda la importancia de la participación política, de no permanecer indiferentes ante la injusticia, de reconocer que los derechos conquistados no son regalos sino fruto de luchas muchas veces dolorosas. Y su figura ha sido guía para generaciones de mujeres que rompieron el silencio, para trabajadores que se negaron a aceptar condiciones indignas, para pueblos que enfrentaron dictaduras, desapariciones y represión.
La Pasionaria no solo fue parte de su generación: fue y sigue siendo símbolo para las que vinieron después. Su figura trascendió fronteras. En América Latina, su consigna fue replicada por miles en dictaduras militares y en movimientos de liberación nacional. En el mundo moderno, aún resuena en protestas feministas, estudiantiles y sociales. Porque aunque hayan cambiado los nombres de los opresores, la causa de la libertad sigue siendo la misma.
Recordarla no es sólo un ejercicio de memoria histórica: es un acto de responsabilidad con quienes aún luchan. En un mundo que a menudo parece resignado al cinismo, volver a escuchar el “¡No pasarán!” es un llamado a la conciencia y al coraje colectivo.

Del anecdotario

Cada vez que voy a mi hermosa tierra, me nutren de nuevas anécdotas. Alguien muy querido para mí me compartía que hace muchos años llegó una partida de militares encabezados por un general de apellido Monroy, quien tenía fama de ser muy severo, drástico y, para algunos, hasta sanguinario.
Los ancianos platican que el general Monroy había pacificado la región a base de prácticas que hoy desde luego están fuera de la ley, pues a la salida del pueblo, en los frondosos árboles conocidos como “Parotas”, el general colgaba durante tres días a quienes cometieran alguna fechoría, y cuando el cuerpo entraba en descomposición lo entregaba a los familiares para darles cristiana sepultura.
Sucedió que una Semana Santa, los muchachos de Ometepec acostumbraban aventarse unos a otros en las sillas voladoras, cuando a uno la cadena protectora no le funcionó, por lo que el jovencito salió por los aires, ¿y qué cree que pasó? Que fue a dar justo al abdomen del general Monroy, quien se encontraba apreciando el espectáculo de los juegos mecánicos.
El golpe en la panza del general, quien era bajito y con un abdomen pronunciado, fue tan severo que se desmayó ipso facto, tirando su gorra por un lado, sus insignias por otro, mientras un grupo de señoras le daban a respirar alcohol, ajos y cebollas para que volviera en sí.
Después de cerca de veinte minutos, el general reaccionó y lo primero que hizo fue desenfundar su pistola: ¿Dónde está el cabrón que me pegó? –decía, hecho un energúmeno. ¿Dónde? ¿Dónde está?… ¡Porque lo voy a matar!
Un maestro del pueblo llamado Uriel, a quien el general le guardaba cierto respeto, le explicó la situación: –Mire, mi general, se trató de un accidente. A usted nadie lo golpeó. Uno salió volando de las sillas y le vino a dar a su estómago por accidente.
Entonces el general Monroy insistió: –¡Lo quiero conocer!
Ya en la feria todos los muchachos habían desaparecido y al muchacho que le cayó en la panza muchos lo habían convertido en héroe, después de todas las tropelías que cometía el famoso militar.
La política es así…

PD. Muy triste regresé de mi Ometepec, pues los servicios de salud están pésimos, como nunca tal vez en su historia. En tan sólo seis meses han muerto más de 17 bebés. No hay instalaciones adecuadas, no hay medicamentos, no hay sondas, (sí, sondas). Aunque usted no lo crea, la gente tiene que comprar sus medicamentos; y nos presumen que el IMSS Bienestar está brindando un gran servicio. Nada más apartado de la realidad. Qué triste, qué triste. Qué rabia, qué rabia…

 

Cuando pasa la tormenta

Por estos días Guerrero no sólo enfrenta lluvias, inundaciones y vientos huracanados. Enfrenta también una creciente exigencia social: que la ayuda llegue pronto, bien dirigida y sin distorsiones políticas.
Tras el paso devastador del huracán Erick, que golpeó con particular dureza a municipios de la Costa Chica como Ometepec, Cuajinicuilapa, San Marcos y Azoyú, y la posterior presencia de la tormenta Flossie, la realidad ha dejado claro que la emergencia no concluye cuando cesa la tormenta: apenas empieza.
Es justo reconocer que hubo anticipación y despliegue institucional. El gobierno federal y el estatal actuaron con prontitud, activaron protocolos y lograron restablecer el servicio de luz en tiempo récord. También es digno de mención el profesionalismo de muchas y muchos servidores públicos que han permanecido en las comunidades. Pero no basta.
Lo que estamos viendo en Ometepec –donde damnificados retuvieron a personal de Bienestar y rompieron candados del Tec para exigir atención– no debe leerse como un simple acto de protesta. Es un grito colectivo de desesperación. Un reclamo de justicia y trato digno. Porque cuando las ayudas se canalizan solo por conductos federales o estatales, se corre el riesgo de excluir voces fundamentales: las de los alcaldes, comisarios, líderes comunitarios y organizaciones civiles que conocen a fondo el territorio y sus urgencias.
No podemos permitir que la atención a las víctimas se vea empañada por burocracia, ni mucho menos por sesgos partidistas. Las comunidades afromexicanas de la Costa Chica lo han dejado claro: necesitan ser escuchadas, no dirigidas desde escritorios lejanos.
Cuando fui gobernador de mi estado me tocó enfrentar dos de los fenómenos meteorológicos más impactantes que se hayan vivido: primero el huracán Paulina en 1997 siendo presidente Ernesto Zedillo, de quien recuerdo que como una gran muestra de solidaridad, suspendió un viaje que realizaba por Europa para trasladarse de inmediato al puerto de Acapulco y ponerse al frente de la tarea de reconstrucción.
Fue en el mes de octubre dicho acontecimiento trágico, y en diciembre Acapulco estaba de pie, pues la mayoría de sus hoteles y otro tipo de servicios turísticos se encontraban funcionando.
Ahí conocí la parte sensible de Zedillo, a quien le vi lágrimas en sus ojos cuando encontramos un cadáver sepultado por una gigantesca piedra.
Después en Ingrid y Manuel fue con Enrique Peña Nieto, con quien me tocó enfrentarlo. Nuestra amistad de muchos años facilitó la coordinación, nos mojamos muchas veces, atravesamos arroyos y colonias populares ,construimos puentes y casas y logramos la pronta recuperación de nuestro querido Acapulco.
Nunca voy a olvidar la generosidad con que nos trató el entonces presidente Peña Nieto a los guerrerenses, al prácticamente eximirnos de la participación que nos correspondía al gobierno del estado para que no tuviera yo que adquirir deuda pública siendo Guerrero una entidad tan pobre
Hoy es momento de dar un giro en la estrategia. La correspon-sabilidad social y la protección civil deben fortalecerse desde lo local. ¿Cómo hacerlo? Recono-ciendo que los municipios no pueden ser convidados de piedra en las mesas de reconstrucción. Que los censos no pueden hacerse desde la distancia o bajo criterios opacos. Que los apoyos no deben decidirse en función de afinidades políticas.
Si algo debemos aprender y reforzar, es que la protección civil no puede verse únicamente como una tarea del gobierno. Es, ante todo, una corresponsabilidad social.
En comunidades como las de la Costa Chica, donde muchas veces el primer auxilio llega de vecinos, comisarios o autoridades locales, es indispensable fortalecer las capacidades de respuesta comuni-taria. La cultura de la autopro-tección debe ser sembrada desde las escuelas, reforzada en los hogares y alentada por campañas permanentes.
Ometepec es el centro neurálgico de Costa Chica. A él concurren más de 14 municipios de la Montaña alta y de la zona costera. Han transcurrido más de ocho días del huracán Erick y ningún servidor público de cierto nivel ni del ámbito federal, ni estatal les han visitado. Sería un buen gesto de la gobernadora Evelyn Salgado Pineda visitar Ometepec para supervisar los avances de los censos sobre el número de damnificados, pero sobre todo para llevar una palabra de aliento, y llevar apoyos en tanto llega la ayuda federal. Esperamos que así sea.
Por mi parte, aunque no tengo ninguna responsabilidad pública, no me puedo olvidar de mis paisanos, y ayer salió para Omete-pec el primer torton cargado de diversos apoyos que gestioné por conducto de mi amigo Víctor Velázquez Rangel, presidente de la cooperativa Cruz Azul.
Los riesgos no han terminado. La temporada de huracanes apenas comienza, y lo que está en juego no es sólo la infraestructura, sino la confianza ciudadana en las instituciones. Si no se corrige el rumbo, la próxima tormenta no será solo meteorológica, sino tam-bién social.
Porque cuando el pueblo grita, no es por desobediencia; es porque ya no quiere ser invisible.

 

Faustina Benítez

Como una semilla rebelde que floreció en tierra guerrerense, Faustina Benítez trascendió su tiempo para dejarnos lecciones y ejemplo de vida. Quienes viajan a la Costa Grande, podrán apreciar una estatua en su honor en su natal Coyuca de Benítez.
En la historia de los pueblos, hay mujeres que no esperan que la historia las salve: la enfrentan. Mujeres que, como Faustina Benítez, se atrevieron a alzar la voz en tiempos donde el silencio femenino era ley no escrita, y la obediencia, castigo anticipado.
Cabe decir que de su vida y obra poco se sabe, será porque en el tiempo que le tocó vivir prevaleció la huella de una subcultura patriarcal, donde se acostumbraba narrar la vida de los héroes, no de quienes los impulsaron.
Hoy, cuando el Congreso de Guerrero inscribe su nombre en el bronce de la memoria colectiva con la creación de una presea que lleva su nombre, no solo honra a una mujer: reconcilia al presente con una deuda ancestral.
Faustina nació en 1793, en Coyuca, cuando México todavía era una colonia. Su vida, sin embargo, no fue la de una espectadora de la historia, sino la de una arquitecta del porvenir.
Al lado de su esposo, el general Juan Álvarez –caudillo liberal, padre del estado de Guerrero–, y de su hijo Diego, Faustina luchó por la independencia y por la separación entre la Iglesia y el Estado. No fue la sombra del héroe, fue su conciencia. No fue un apéndice familiar, sino una mujer forjada en convicción y dignidad.
Rechazó la comodidad de ser primera dama para quedarse en su tierra, en la Hacienda La Providencia, fiel a sus raíces, a su gente, y al ideal de una patria libre no solo de yugos extranjeros, sino también de las cadenas domésticas que ataban a las mujeres a la invisibilidad.
Su decisión de no trasladarse a la Ciudad de México en 1855 no fue desdén, fue resistencia. Y en su acto hay una poética rebeldía: la mujer que eligió ser útil en su terruño antes que ornamental en Palacio.
El Congreso ha hecho justicia al instituir la Presea Faustina Benítez, como un reconocimiento formal, diferenciado y periódico –cada 15 de febrero– a las mujeres guerrerenses que, desde los márgenes o desde el centro, cambian el mundo con su trabajo, su lucha, su servicio.
Porque si Faustina desafió a un virreinato, ¿cómo no celebrar a quienes hoy se enfrentan al patriarcado, a la violencia, a la desigualdad que persiste?
Y es que reconocer a una mujer como Faustina no es un gesto nostálgico. Es, más bien, una lección viva en tiempos de cifras alarmantes: más del 70 por ciento de las mexicanas han enfrentado algún tipo de violencia de género, y en Guerrero, 68.9 por ciento de las mujeres declaran haber sido víctimas al menos una vez en la vida.
En medio de esta realidad lacerante, rescatar a Faustina del olvido es plantar una semilla nueva. Es decirle a cada niña de Coyuca, de La Montaña o de Acapulco que su voz tiene herencia y su paso, destino.
La presea no es solo medalla. Es símbolo. Es pedagogía del reconocimiento. Es espejo donde las mujeres puedan mirarse no como víctimas, sino como herederas de una estirpe de resistencia. Faustina no fue un mito: fue madre, esposa, activista, pensadora y mujer de frontera entre dos siglos. Su legado es brújula. Su historia, semilla. Su nombre, fuego antiguo que aún alumbra el camino.
Faustina Benítez vive en cada mujer que no se resigna, que transforma, que siembra futuro.

Del anecdotario

Cuando me tocó organizar el primer Festival Acapulco, recuerdo la invitación que me formulara a comer en las instalaciones de Televisa San Ángel, Emilio Azcárraga Vidaurreta El Tigre. Era el año de 1996. Le expliqué que era muy difícil para mi gobierno sufragar los gastos de dicho festival, dado que yo tenía tan solo unos meses de haber asumido la administración.
Tratando de persuadirme, el famoso empresario me dijo: primero, ¿qué te parece si rompemos el turrón y nos hablamos de tú, mi querido gobernador, aunque estés muy joven? Su carisma y mi interés por promover a Acapulco me hicieron reflexionar para formularle una propuesta: A ver, Emilio –le dije–, hagamos el festival, pero siempre y cuando me des un trato especial en este primer año y en el siguiente me repongo. ¿Qué te parece? –le dije.
Cerrado, mi gobernador. Luego me pasó a un privado donde comimos con Jacobo Zabludovsky, Raúl Velasco, Joaquín López-Dóriga, a quienes les dijo: Señores, quiero que sepan que el nuevo gobernador de Guerrero es mi amigo y me lo tienen que cuidar mucho (por supuesto que solo él se la creyó).
Al despedirnos, me dijo: Oye, gobernador, ¿podemos coincidir un día en el Festival Acapulco? Desde luego que sí –le dije–, quiero ir a ver a Los Tigres del Norte. Y se llegó el día en que nos vimos. Cuando lo vi a lo lejos, venía acompañado de una muchacha muy joven y guapa. Ya estando frente a frente, por unos segundos estuve a punto de preguntarle: ¿es tu hija? Cuando él afortunadamente se me adelantó para decirme: Mira, gobernador, te presento a mi novia. Uffff, qué descortesía hubiera cometido, por no decir regada. Se trataba de Adriana Abascal, quien había sido Miss Veracruz, quien tendría unos 25 años y él más de 70.
Al segundo año del Aca-Fest, le pedí que lo lleváramos a las playas y a las colonias populares y que incluyéramos en la promoción turística a Ixtapa-Zihuatanejo, Taxco y, desde luego, Acapulco, teniendo al Centro de Convenciones como el principal escenario de los grandes artistas.
Y en mi tercer año, como no sabía si volvería a ser gobernador, porque la política cambia de un día para otro y eso está demostrado, entonces lo comprometí a llevar el programa de entretenimiento más famoso de aquellos años, Siempre en Domingo, a mi tierra, a Ometepec, que fue sin duda un episodio inolvidable.
Hoy mucha gente me pregunta y se pregunta por qué no se han vuelto a realizar estos festivales de promoción turística, en donde por cierto alguna vez participó también mi amigo Félix Salgado Macedonio.
La política es así…

 

La elección del Poder Judicial

Fui senador de la República. Estuve en el pleno cuando llegaban las ternas propuestas por el Presidente para ocupar un asiento en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Las decisiones se tomaban arriba, lejos del pueblo, bajo acuerdos entre cúpulas, con reparto entre el partido en el poder y la oposición. No había deliberación, no había consulta, no había voto ciudadano. Era, hay que decirlo, un procedimiento profundamente autoritario.
Hoy, desde otra trinchera y con la serenidad que da el tiempo, veo con entusiasmo cómo México se atreve a sacudir las bases de ese viejo sistema. Por primera vez en más de dos siglos, las y los ciudadanos podrán votar para elegir a quienes ejercerán el poder más delicado: el de juzgar.
Pese a las críticas y señalamientos que ha recibido, este momento representa uno de los hechos más importantes en la historia constitucional del país.
Durante décadas, el Poder Judicial ha operado como una élite, ajeno al escrutinio público. Lo hemos visto atrapado en escándalos de corrupción, nepotismo, acoso sexual y resoluciones que, en muchos casos, favorecen al poder económico o político, incluso poderes fácticos antes que a la justicia.
En días pasados, me reuní con cientos de ciudadanas y ciudadanos de Acapulco: profesionistas, transportistas, líderes comunitarios, ex presidentes municipales, mujeres y hombres que, como yo, creen que ya no basta con que la justicia sea técnica; también debe ser legítima. Por eso me pronuncié a favor de la elección judicial.
¿Quién mejor que el pueblo para decidir quién debe impartir justicia? ¿Por qué seguir confiando esa decisión a la Presidencia de la República que se traslada como ya dije a tan solo 128 senadores (recibíamos la boleta con el nombre ya marcado), cuando podemos transferirla a millones de mexicanas y mexicanos? Esa es, en el fondo, la gran transformación: dejar de ver la justicia como un asunto de élites para convertirla en una institución que responda a la voluntad democrática.
En mi experiencia como gobernador, sufrí decisiones judiciales profundamente injustas, como aquella emitida por el ministro José Ramón Cossío, que terminó afectando al erario de Guerrero en más de 200 millones de pesos, a favor de un grupo empresarial. Decisiones tomadas desde la comodidad de un escritorio, sin sensibilidad hacia un estado con rezagos sociales históricos.
Las quejas contra el sistema judicial no son fabricaciones: mujeres que denuncian violencia y son ignoradas; trabajadores que no pueden litigar despidos injustos; madres sin pensión alimenticia; ciudadanos agraviados por sentencias incomprensibles. Si el sufragio puede devolverle dignidad y legitimidad a esa estructura, hay razones para apoyar esta reforma.
Según estimaciones de expertos electorales, la participación en esta elección podría rondar apenas entre el 6 y el 15 por ciento del padrón. ¿Queremos transformar la justicia sin la voz del pueblo? ¿Podemos dejar que otros decidan por nosotros, otra vez?
Además hay intentos de boicot. La CNTE ha anunciado que saboteará el proceso. Alegan que se trata de una maniobra del poder para controlar al Poder Judicial. Pero una cosa es disentir, y otra muy distinta es cancelar la voluntad popular. En una democracia caben todas las voces, incluso la crítica, pero no la imposición violenta ni la exclusión.
Por eso hago un llamado franco a las y los guerrerenses: vayamos a votar. Este no es un proceso menor. Es un parteaguas. Si México ha de tener un Poder Judicial más justo, más humano y más cercano a la gente, eso solo será posible si la ciudadanía lo exige votando, informándose, participando.
La justicia que queremos no vendrá sola. Tenemos que construirla. Y el primer paso es participar.

Del anecdotario:

En estos días he vuelto a leer las memorias de Gonzalo N. Santos, el Alazán Tostado, quien fuera uno de los caciques más feroces y gobernador de San Luis Potosí, allá por los años 50.
Famoso por su frase “Sólo el gavilán no chilla, porque además si chilla espanta a su presa”.
Hoy con mucho trabajo pude conseguir su libro en Mercado Libre, pues hace algunos años un querido amigo me lo obsequió, pero en los ajetreos lo extravié. Y ahora tuve que pagar 2 mil 500 pesos por el único ejemplar que encontré en esa plataforma. Me dolió el codo pero valió la pena.
Les comparto una de las anécdotas que le tocó vivir ni más ni menos que a Mario Moreno Cantinflas, con el cacique mayor Gonzalo N. Santos: El 30 de mayo de 1949 se acordó una carrera de caballos entre estos personajes: el jinete del mimo ganó ampliamente, por lo que Gonzalo N. Santos pidió una nueva carrera, a lo que Cantinflas se negó rotundamente.
Al día siguiente en la hacienda Taniul, propiedad de N. Santos, al calor de los tragos, el entonces gobernador le propone a Cantinflas comprarle su rancho y también el caballo que había ganado al suyo.
Al jugar algunas bromas Cantinflas al general Santos, quien se dice era “mala copa”, éste se levantó de su silla para amenazar al más grande mimo de México: “A mí ningún peladito me va decir lo que tengo que hacer, asi que se me va mucho a la chingada de estas tierras, o ya no la cuenta, soy el gobernador y el Alazán Tostado”.
A partir de ese día, Cantinflas empezó a espaciar sus visitas, hasta que en 1952, ya nunca más volvió a la huasteca potosina.
Así se las gastaba el autor de la frase “el gavilán no chilla”. El mismo que dijo que “la moral era un árbol que da moras”.
La vida es así…

 

Al maestro con cariño

Hablar del magisterio guerrerense es hablar de una parte del alma de nuestro estado. No hay comunidad, por más remota que sea, que no haya sido tocada por la mano generosa de una maestra o un maestro. Ellos han sido, generación tras generación, la esperanza sembrada en los caminos más difíciles de esta tierra que tanto duele y tanto enseña.
Desde la responsabilidad de haber gobernado Guerrero, puedo afirmar con toda claridad que, si algo sostiene la posibilidad de un mejor futuro en este estado, es el compromiso de sus educadoras y educadores. Conozco de cerca su entrega y también su dolor. Conozco la esperanza que representan, pero también la deuda histórica que el Estado —y todos los gobiernos— hemos contraído con ellos.
Por lo que a mí toca, en mi primer gobierno iniciamos los libros de texto gratuitos para secundaria, y en mi segunda administración los uniformes escolares también gratuitos.
Creamos la primera Universidad Tecnológica con sede en la Costa Grande, la Escuela Estatal de Música, las escuelas de artes y oficios, y dimos un apoyo sin precedente a la Universidad Autónoma de Guerrero.
Impulsamos acciones para dignificar la labor docente. Invertimos recursos importantes en la rehabilitación de escuelas y reconstrucción de planteles en zonas marginadas y afectadas por fenómenos naturales.
Sin embargo, también enfrentamos desafíos que dejaron lecciones profundas. La aplicación de la Reforma Educativa impulsada desde el gobierno federal despertó una resistencia legítima por parte del magisterio disidente. La Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG) expresó su rechazo contundente, y vivimos momentos de gran tensión social. Tuvimos que aprender que no hay reforma viable sin el consenso de quienes la ejecutan en el aula.
Ese periodo de movilizaciones, tomas de edificios y paros prolongados nos recordó algo esencial: que el maestro no es un engrane más del sistema, sino su eje, su rostro humano, su conciencia crítica. No se puede transformar la educación sin reconocer, escuchar y respetar a quienes la hacen posible todos los días.
Hoy, años después, la situación no ha mejorado lo suficiente. El Fondo de Aportaciones para la Nómina Educativa (FONE), que nació para ordenar y garantizar los pagos de los docentes, representa para muchos angustia e inestabilidad. Un maestro que no recibe su salario a tiempo es un hogar con la mesa vacía. Y lo digo con total responsabilidad: la estabilidad de un país no se logra sin la estabilidad de quienes enseñan a sostenerlo.
Plazas vacantes, jubilaciones detenidas, normalistas egresados sin oportunidad de ejercer, y regiones enteras donde ser maestro es un acto de heroísmo.
Y a pesar de todo eso, nuestros maestros siguen ahí. Con una libreta y un lápiz, con una cartulina y una canción, siguen enseñando. Siguen creyendo. Siguen formando ciudadanos. Siguen sosteniendo, como siempre, la fe en esta tierra que a veces parece olvidarles.
A ustedes, maestras y maestros de Guerrero, gracias. Gracias por enseñarnos a resistir cuando todo parece perdido. Gracias por no rendirse cuando el estado flaquea. Gracias por creer, incluso cuando parece no haber razones. Su ejemplo es el cimiento moral que este país necesita para no extraviarse del todo.
El reto de quienes estamos en la política no es felicitarlos, sino respaldarlos. No es aplaudir su vocación, sino dignificarla. Porque donde hay un maestro con dignidad, hay un pueblo con esperanza.
Felicidades con el alma a quienes educan en la adversidad y siembran, con amor, el porvenir.

Del anecdotario

Miguel Limón Rojas, secretario de Educación, me había invitado a comer en la Ciudad de México. Teníamos una gran empatía. A la hora del postre y las cremas le dije:
–Miguel, ¿por qué los maestros de Michoacán y del Estado de México reciben más días de aguinaldo que los de Guerrero? ¿No te parece injusto?
Miguel se quedó reflexionando y acertó a decirme:
–Tienes razón, gobernador.
Y a partir de esa fecha iniciamos de manera sostenida el incremento al aguinaldo de los maestros guerrerenses. Debo reconocer también la lucha de los maestros por mejorar sus condiciones laborales.
Tal vez pocos sepan que yo también fui maestro en una secundaria de la Ciudad de México. Cursaba yo el tercer año de la Facultad de Economía cuando decidí presentar un examen de oposición para ser contratado como maestro de Historia de México. En aquellos años me pagaban 100 pesos la hora, que me alcanzaban muy bien para sostener mis estudios, pues impartía seis horas diarias. Seiscientos pesos eran, para mí, una fortuna.
Al poco tiempo me hicieron director de esa institución y tuve la oportunidad de incorporar a muchos paisanos que eran estudiantes al igual que yo: Manuel Añorve, Juan Salgado, mi hermano y mi primo Mateo Aguirre, y muchos más. Después tuve la osadía de hacerme copropietario de una escuela, pero esa es otra historia que otro día les platicaré.
Hoy quiero rendir testimonio de gratitud y admiración a mis maestros y maestras: a Alfonso, a Hilda, a Jesús, a Toño, a Chavela, y a todos los que contribuyeron a mi formación.
Cuando estudiaba el quinto año de primaria, un día me llamó un maestro que se llamaba Efraín, que venía del norte del país, y aún resuenan sus palabras en mi mente:
–Tú vas a llegar muy lejos, vas a ser algo muy importante –me dijo.
Tal parece que sabía que sería dos veces gobernador. Así son los maestros: sabios.
La vida es así.

 

Tierra raras

Guerrero es una tierra de contrastes, pero también de profundas riquezas. Desde tiempos antiguos, su historia ha estado entrelazada con la minería. En Taxco, nuestros antepasados ya extraían y trabajaban la plata con técnicas admirables. La Colonia convirtió esa vocación minera en motor económico, y hoy, siglos después, Guerrero sigue ocupando un lugar destacado en la producción nacional de oro: somos el segundo estado productor del país, con más de 12 toneladas extraídas en 2023, según el Servicio Geológico Mexicano.
Pero el verdadero porvenir de Guerrero no está únicamente en los metales que ya conocemos. Está en aquellos elementos que el mundo necesita para su transición tecnológica y energética: las tierras raras. Se trata de un conjunto de 17 elementos químicos, esenciales para fabricar vehículos eléctricos, turbinas eólicas, satélites, dispositivos médicos y sistemas de defensa. Su valor, más alto que el del oro, no se mide solo en dinero, sino en poder estratégico para las naciones del siglo XXI.
Los elementos químicos conocidos como “tierras raras” son un grupo de 17 elementos que incluyen a los 15 lantánidos —lantano (La), cerio (Ce), praseodimio (Pr), neodimio (Nd), prometio (Pm), samario (Sm), europio (Eu), gadolinio (Gd), terbio (Tb), disprosio (Dy), holmio (Ho), erbio (Er), tulio (Tm), iterbio (Yb) y lutecio (Lu)— así como al escandio (Sc) y al itrio (Y), que aunque no son lantánidos, presentan características químicas similares.
A pesar de su nombre, las tierras raras no son particularmente escasas en la corteza terrestre; se les denomina así porque suelen encontrarse dispersas y no en concentraciones fácilmente explotables. Aunque todos comparten propiedades químicas parecidas, cada uno tiene características específicas que los hacen indispensables para diversas aplicaciones industriales y tecnológicas.
Las montañas de la Sierra Madre del Sur, que atraviesan el corazón de nuestro estado, podrían resguardar depósitos significativos de estos minerales. Y sin embargo, hasta ahora, esa potencial riqueza permanece dormida. No por falta de explotación, sino por la ausencia de estudios geológicos serios, de políticas públicas decididas y de una estrategia integral que piense a Guerrero no como zona de carencias y necesidades, sino como territorio de esperanza.
Como ex gobernador de este estado, lo digo con claridad: Guerrero necesita una nueva visión de desarrollo, una visión que no se conforme con vivir del turismo o de las remesas, sino que se atreva a diversificar su economía y a proyectarse como actor en la nueva economía verde y tecnológica.
Apostar por las tierras raras es una alternativa concreta para mirar al futuro con optimismo y reconstruir nuestro tejido económico y social.
No se trata solamente de extraer minerales. Se trata de transformar estructuralmente nuestro modelo de desarrollo. Eso sólo será posible si el gobierno federal y el gobierno estatal asumen una responsabilidad compartida y articulan una estrategia de largo aliento, basada en ciencia, innovación y justicia social.
Un proyecto de esta magnitud debe incluir a universidades, centros de investigación, expertos en minería sustentable, organizaciones sociales y, sobre todo, a las comunidades donde podrían hallarse estos yacimientos.
Nada de esto debe hacerse sin ellas. Los pueblos indígenas y campesinos de la Sierra no pueden ser espectadores ni víctimas de una nueva fiebre extractiva. Deben ser aliados, protagonistas y beneficiarios reales. Consultas previas, libres e informadas, mecanismos de participación, propiedad compartida y distribución equitativa de beneficios no son lujos, sino condiciones indispensables para la legitimidad y sostenibilidad de cualquier proyecto.
México tiene indicios de tierras raras en estados como Chihuahua, Coahuila, Baja California y Guerrero, pero hasta ahora no figura entre los países productores. ¿Por qué? Porque no hemos definido una política nacional clara, ni desarrollado capacidades técnicas propias, ni invertido lo suficiente en exploración científica. Eso debe cambiar. Guerrero puede ser el estado que encienda esta transformación, si se convierte en ejemplo de minería del siglo XXI: responsable, soberana y con rostro humano.
Desde mi experiencia y con profundo amor por esta tierra, hago un llamado respetuoso pero firme: es tiempo de mirar al subsuelo de Guerrero no como una maldición, sino como una oportunidad. Una oportunidad para crear riqueza con dignidad, para invertir en conocimiento, para generar empleos bien remunerados, y para construir un legado que honre a quienes nos precedieron y abra camino a quienes vendrán.
Guerrero no debe resignarse a ser parte de las estadísticas de pobreza y la violencia. Guerrero puede y debe ser motor del México que viene. Y en las tierras raras, si actuamos con inteligencia, ética y visión, está una clave posible para ese porvenir.

Del anecdotario

En estos días de Semana Santa tuve la oportunidad de volver a leer El poder presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, escrito por Juan José Rodríguez Prats, quien fuera mi compañero diputado en la LV Legislatura federal.
Dice Ruiz Cortines: sabía que el peor favor que se podía hacer a un amigo era ubicarlo en una posición en donde no tuviera los atributos requeridos. Lo podría frustrar de por vida y, además, perder la amistad.
Recogiendo a Rafael Zayas, decía don Adolfo: la historia nos enseña que, cuando nadie mira por el pueblo, el pueblo mira por sí mismo; y cuando el pueblo mira por sí mismo, no es río que corre por su cauce natural, sino torrente que se desborda.
Con motivo de la campaña de Manuel Ávila Camacho en Iguala, se reunió con el cabildo, cuando uno de los regidores le informó que uno de los ingresos más importantes del municipio era la producción de doce árboles de tamarindo que el ayuntamiento vendía cada año.
Don Adolfo de inmediato sugirió: “¿Y por qué no siembran más?”.
–No, señor –respondieron–, el tamarindo tarda doce años en dar frutos.
Don Adolfo replicó: “No siembren pensando en ustedes, siembren pensando en los demás”.
Trece años después regresó a Iguala como candidato a la Presidencia de la República y buscó a aquel grupo para conversar con ellos. Entusiasmados llegaron a la reunión porque pensaron que el candidato les ofrecería muy buenas “chambas”. Entonces les preguntó si habían seguido su consejo. Al comprobar que no había sido escuchado, empezó a insistir en pensar en el porvenir, y en su primer informe utilizó una de las frases más bellas de la historia:
“No siembro para mí, siembro para México”,
sintiendo la necesidad de remarcar que su gestión fructificaría con el paso de los años, y que lo que le interesaba era el juicio de la posteridad, no el efímero reconocimiento del momento.
Bella historia, ¿no cree usted, amable lector?
Ya siendo expresidente, un grupo de amigos discutía cuál era el animal más político: que si la liebre, porque brinca para todas partes y en la mayoría de los casos se queda agazapada; que si el gato, porque siempre cae parado. Don Adolfo dijo:
–El elefante, porque tiene una larga trompa para oler todo, grandes orejas para oír todo, magnífica memoria para recordar todo, enorme presencia para hacerse sentir, parsimonia para avanzar y, sobre todo, cuatro patas planas para fijarse muy bien en la realidad.
Don Adolfo era excesivamente austero. En alguna ocasión, estando en Acapulco siendo secretario de Gobernación, uno de sus amigos solicitó la cuenta después de haber comido y bebido duro y parejo. El amigo puso después la propina en un plato. Ya en el estacionamiento, don Adolfo hizo un ademán a su amigo para entregarle un dinero, a lo que éste de inmediato respondió:
–No, no, de ninguna manera, yo invité y lo hice con mucho gusto.
Don Adolfo le contestó:
–Tranquilo, este dinero es tuyo.
–¿Cómo?
–Es que dejaste demasiado dinero de propina en la charola, y le quité la mitad que yo te estoy devolviendo.
Así se las gastaba.
Por ello murió en la modestia total, en su casa de Veracruz, sin lujos, por momentos solo en su recámara. Sólo algo le reclamaba a la vida, llorando a sus más de ochenta años.
–¿Por qué? ¿Por qué te la llevaste?
Le preguntaron a quién se refería, y éste contestó:
–A mi madre.
Fue un gran presidente. Cuando le preguntaron si el político se puede retirar de la política, contestó:
–Ni la vejez puede con la política. Solo la muerte la vence.
La política es así…

 

Elon Musk, el espejismo

Es posible que estemos presenciando el principio del fin del imperio Elon Musk. En pocas semanas, las acciones de Tesla se desplomaron cerca de un 40 por ciento, un golpe que no solo sacude sus finanzas personales, sino que pone en jaque toda su narrativa de genio visionario.
El mismo Musk que durante años fue venerado como una figura casi mesiánica en los mercados, se enfrenta al escepticismo de quienes comienzan a ver que tras el mito hay también errores, sobreexposición y frágiles decisiones financieras.
En México, la historia reciente con Musk tiene nombre y apellido: la megafábrica suspendida en Santa Catarina, Nuevo León. Anunciada con bombo y platillo como una de las inversiones más importantes en la historia del país, el proyecto prometía una inyección de 5 mil millones de dólares y la creación de miles de empleos.
Sin embargo, en 2024, Musk anunció la “pausa indefinida” de la inversión, citando razones geopolíticas y el posible regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos.
Este episodio debe obligarnos a reflexionar: ¿es sano depositar polírticas públicas industriales en manos de empresarios sin compromiso institucional? ¿Debemos seguir creyendo que los empresarios exitosos en sus sectores pueden –o deben– gobernar, opinar o decidir sobre los asuntos públicos con la misma lógica con la que conducen sus empresas?
El problema ya no es solo empresarial. Musk ha dado un salto a la política, abrazando posiciones cada vez más radicales junto a Donald Trump.
Lo ha hecho desde el ruido, el protagonismo y el ataque, no desde la reflexión o el diálogo. En su ambición por influir, Musk se ha convertido en un actor político sin formación ni límites, convencido de que su habilidad para los negocios puede trasladarse sin matices a la esfera pública. Un error tan común como peligroso.
La política exige algo más que cálculo financiero: requiere vocación de servicio, visión de Estado, comprensión de la justicia social y apego a normas que, muchas veces, contradicen la lógica del empresario.
El Estado no es una empresa, ni la ciudadanía una clientela. Y cuando figuras sin experiencia ni compromiso público acceden al poder o lo condicionan desde fuera, las consecuencias son graves: políticas improvisadas, intereses cruzados, falta de rendición de cuentas y una peligrosa colonización del bien común.
Lo ocurrido con Musk en México debe leerse como advertencia. No todo lo que brilla en los mercados genera desarrollo real. No toda inversión anunciada se traduce en progreso. Y no todo empresario exitoso tiene lo necesario para conducir lo público. Si no lo entendemos a tiempo, podríamos seguir entregando el futuro a quienes solo saben habitar el presente… con fines privados.
Porque cuando el mito se cae, el mercado no perdona. Y la política, cuando se ejerce sin vocación ni principios, tampoco.

Del anecdotario

En internet encontré esta interesante anécdota de la pareja presidencial estadunidense que eligió a Acapulco, como estancia en su luna de miel, la retomo para mis lectores y comprender la estrecha relación que sostuvieron en esos años con nuestro país:
Entre el 29 de junio y el 1 de julio de 1962, el presidente mexicano Adolfo López Mateos, recibió a su homólogo norteamericano John F. Kennedy y a su esposa Jacqueline Bouvier.
Durante el encuentro se trataron, entre otros temas, la firma de un convenio temporal para reducir la salinidad del río Colorado, cuyas aguas eran utilizadas por agricultores de Mexicali y un préstamo de 20 millones de dólares para el sector agrícola mexicano.
Desde su llegada a México el pueblo se rindió al carisma y simpatía de los Kennedy. Los recorridos por las principales calles de la ciudad en carro descapotado se volvieron parte de una verbena popular. Vallas interminables de gente y papeles de colores coloreaban el ambiente.
Y no se diga de la elegancia de la primera dama norteamericana. Sus atuendos, confeccionados para la ocasión hacían resaltar su belleza. Coordinados sastre, azules y rosas pastel, sombreros y guantes largos para el día y vestidos largos para las galas que les ofreció el gobierno mexicano.
Pero su sencillez era la que resaltaba, así lo demostró al asistir a una misa en la Basílica de Guadalupe rodeada de mexicanos. O cuando leyó un discurso en español para un grupo de trabajadores durante la inauguración de una unidad habitacional.

“Qué bonito reloj, señor presidente”

Pero recobremos el anecdotario. Se cuenta que durante un banquete en Palacio Nacional sucedieron dos momentos fuera del protocolo.
Fastidiado, tal vez, ante la insistencia del anfitrión de que de una vez por todas, Estados Unidos aceptara la devolución de El Chamizal, el presidente Kennedy, a la vista de los 20 volúmenes del proceso apilados en una larga mesa en el Salón de Recepciones, le pidió al traductor acercar el oído:
–Dígale que cuánto vale, en millones, el pedazo de tierra.
La respuesta del presidente Adolfo López Mateos fue instantánea:
–Dígale que no soy agente de bienes raíces”.
En otro momento, el presidente Kennedy chuleó el reloj de su homólogo mexicano.
¬”Qué bonito reloj señor presidente”. Inmediatamente, López Mateos se despojó de la prenda y se la obsequió al estadunidense. Pero la anécdota continuó.
Durante la inauguración de la Unidad Habitacional Kennedy, construida para obreros de las Artes Gráficas, (aquella en que Jackie leyó en español), el presidente López Mateos, chuleó a la primera dama norteamericana. –”Qué bonita es su esposa señor presidente”. Rápidamente Kennedy se quitó el reloj que le había obsequiado y en un español mochado, le dijo: –”ahí está su pinche reloj”.
Cierto o no, aquella visita cambió en mucho la percepción de los mexicanos acerca del pueblo norteamericano, así como sucedió en muchas partes del mundo, en parte y gracias a los Kennedy.

 

El milagro chino

¿Se imagina usted consumiendo carne de perro, considerada uno de los platillos más exóticos de la cocina china, pese a que este animal es portador de diversas enfermedades, entre ellas el SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave)?
Otro de los platillos que para los paladares asiáticos resulta exquisito son las tarántulas fritas, el embrión de pato o pollo cocido en agua hirviendo, las cabezas de cocodrilo en salsa agridulce o los ojos gigantes de atún.
Pero eso no es todo. En la medicina tradicional china se atribuyen propiedades afrodisíacas y beneficios para la salud al consumo de órganos sexuales de animales como ovejas, toros, burros, cerdos, venados, caballos e incluso perros.
La sopa de serpiente, los murciélagos, el pez globo, los escorpiones y hasta los gatos también forman parte de la variada y exótica gastronomía del gigante asiático.
Sin embargo, China no es solo una nación de costumbres culinarias singulares. Hoy el mundo entero habla del milagro chino, un proceso mediante el cual este país, con más de mil 400 millones de habitantes, ha logrado sacar de la pobreza a más de 800 millones de personas y posicionarse como el principal motor del crecimiento económico global.
¿Qué hizo China para generar un crecimiento económico sostenido superior al 10 por ciento anual durante varias décadas?
China fue durante mucho tiempo un país cerrado, gobernado por un solo partido político: el Partido Comunista Chino. No obstante, a partir de la década de los setenta, con la política de reforma y apertura económica impulsada por Deng Xiaoping, el país transitó de una economía planificada a una economía de mercado.
Las primeras reformas comenzaron en el sector agrícola, otorgando mayores incentivos a los productores. Posteriormente, se extendieron al sector industrial urbano. China abrió sus puertas a la inversión extranjera, especialmente en las zonas económicas especiales ubicadas en la franja costera, que se convirtieron en verdaderos polos de desarrollo. Las empresas internacionales acudieron en masa, particularmente entre los años 2000 y 2014.
La adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 fue otro punto de inflexión. Le permitió incursionar en los mercados globales con productos de bajo costo, desplazando a industrias tradicionales en diversas partes del mundo.
El régimen chino también apostó por la educación, reformando sus propios sistemas y enviando a sus mejores estudiantes a universidades de prestigio en Estados Unidos, Japón, Alemania y otros países.
El modelo chino merece ser observado detenidamente. Luego de ser uno de los países más pobres del planeta, hoy se alza como la segunda potencia económica mundial, con influencia geopolítica creciente y capacidad tecnológica en sectores estratégicos.
La relación comercial entre China y México ha crecido de manera significativa. Actualmente, China es el segundo socio comercial de México, detrás de Estados Unidos. Sin embargo, esta relación es desequilibrada: México importa grandes cantidades de bienes manufacturados chinos, mientras que sus exportaciones a China se concentran en materias primas e insumos industriales.
Existe potencial para diversificar y fortalecer esta relación, especialmente en sectores como energía, telecomunicaciones, infraestructura y manufactura avanzada. La relocalización de cadenas de suministro –conocida como nearshoring– representa una oportunidad para atraer inversiones que antes se dirigían a Asia.
Un endurecimiento en la política comercial estadunidense contra China podría colocar a México en una posición incómoda, especialmente si las inversiones o exportaciones chinas en territorio mexicano son vistas como una amenaza estratégica para Washington. La integración del T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá) también establece cláusulas que limitan la posibilidad de acuerdos comerciales con países considerados rivales por alguno de los socios.
Por ello, México debe actuar con inteligencia y equilibrio. Diversificar socios es una necesidad geoeconómica, pero sin poner en riesgo la alianza estratégica con Estados Unidos. Aprovechar el impulso chino puede ser benéfico, siempre que se defina una política industrial clara, se protejan los intereses nacionales y se eviten dependencias vulnerables frente a cambios bruscos en el escenario internacional.
*Referencia del artículo: El milagro económico chino, Alicia García Herrero.

Del anecdotario

Había un gobernador que quería cerciorarse en torno a su popularidad, así que un tanto disfrazado entró a una famosa cantina a escuchar las conversaciones de los asistentes. Después de un rato, acabó por invitar a su mesa a uno de los parroquianos a quien preguntó:
–Aquí en confianza, amigo, ¿qué se opina del gobernador?
Misterioso, el interpelado se puso de pie y le hizo una señal al gobernador para que lo siguiera.
Cuando ambos entraron al baño y se cercioró de que estaban solos, el borrachín le dijo:
–Mire usted, gobernador, yo soy su partidario, pero no oigan los demás porque nos linchan a los dos…
Desde luego, era un gobernador de Chihuahua.
La vida es así…

 

Indalecio

Conocí a Indalecio siendo un niño, pues visitaba muy a menudo a mi padre. Su talento y romanticismo eran excepcionales, pero tristemente su alcoholismo lo había atrapado.
Indalecio era hijo de Vidal Ramírez, otro gran compositor de chilenas, destacando entre ellas: Verdad de Dios, La Talapeña y La Consejera.
A los cinco años quedó huérfano, razón por la que platicaba con mucho sentido del humor que, cuando su madrastra llamaba a comer a sus hermanos, a él nunca lo mencionaba por no ser su hijo. Por lo que él mismo se gritaba:
–¡Indaleciooo, venteee a comerrrr!
Indalecio era un hombre sensible, sencillo, humano. Recuerdo que un día llegó a visitarnos al departamento que compartimos algunos paisanos siendo estudiantes, entre ellos su hijo Manuel, mi querido Pichiche, y nos dijo:
–Muchachos, los vengo a invitar a comer.
Nos llevó al mercado más cercano, donde disfrutamos de unos sopes y quesadillas que nos supieron a gloria.
Otro día lo visitamos en el pequeño cuarto que habitaba en la avenida San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas). Nos mostró muchas de sus canciones y le obsequió una de ellas a mi primo Mateo (QEPD).
Algunas veces me visitó ya siendo funcionario público en el gobierno de don Alejandro Cervantes Delgado y de José Francisco Ruiz Massieu, donde disfrutábamos de grandes bohemias a su lado.
Me comentó que tenía escritas aproximadamente mil 300 canciones.
Un día llegó a Ometepec Álvaro Carrillo, lo descubrió y le abrió las puertas en la Ciudad de México, a condición de que nunca más volviera a beber una sola gota de alcohol. Compromiso que Indalecio supo honrar hasta el último día de su existencia, un verdadero ejemplo de vida.
Comenzaron los triunfos: Una limosna, grabada por Javier Solís, lo encumbró como uno de los compositores más exitosos de aquellos años. Muchas de sus canciones han sido interpretadas en distintos idiomas.
¿Quienes le grabaron?: Pedro Vargas, Libertad Lamarque, Daniel Santos, Alberto Vázquez, Los Dandys, Pepe Jara, Antonio Aguilar, Flor Silvestre, Los Ángeles Negros, Gualberto Castro, Javier Solís, Chelo Silva, Yolanda del Río, la Santanera, Vicente Fernández, Los Tigres del Norte, Guadalupe Pineda, Alejandro Fernández, Adán Machado, Vikki Carr, Marco Antonio Muñiz, Paquita la del Barrio y muchos más.
Con el paso de los años, Álvaro e Indalecio visitaban Ometepec, la tierra prometida. Tanto que ambos se inspiraron en este lugar para algunas de sus canciones y chilenas, pero también para algunas anécdotas, como aquella que platicaba Álvaro Carrillo en torno a su canción Sabrá Dios.
Contaba que alguna vez acudió al correo de Ometepec a comprar unos timbres y quien lo atendió era una señora de edad avanzada, por lo que, con toda la confianza, se atrevió a decirle:
–Señora, ¿me puede vender unos timbres?
–Y la empleada, montada en cólera, le respondió:
–Se… ño… ri… ta, aunque le cueste más trabajo.
Cuenta Álvaro que entonces se dijo a sí mismo:
–¿Sabrá Dios?
Sus últimos años, Indalecio los dedicó a impulsar la Casa de la Cultura en Igualapa, su tierra natal, la que hizo realidad y lleva su nombre. Allá donde habita el Señor del Perdón, de quien se dice que ha hecho tantos milagros a quienes lo veneran.
Murió a la edad de 88 años, un 15 de abril de 2015.

Del anecdotario

Cuando era niño, una de las fiestas religiosas que más disfrutaba era, sin duda, el tercer viernes de Cuaresma, cuando acudíamos a venerar al Cristo del Perdón.
Aún recuerdo los famosos chachacuales, los juegos mecánicos que hasta ese lugar llegaban y los puestos que invadían las calles principales ofreciendo todo tipo de productos. Desde luego, no podía faltar el merolico ofreciendo sus ofertas de telas, toallas y otros artículos, llevando como gancho el obsequio de pañuelos.
También había, por aquellos años, un personaje que se dedicaba a engañar a los indígenas y mestizos a través del fraude: el señor de “la bolita”.
El Cristo del Perdón es una de las imágenes religiosas más veneradas en nuestro estado de Guerrero.
Según la tradición, su origen es un misterio. Hay quienes dicen que fue encontrado en las playas del Pacífico, otros que apareció en la comunidad de Cruz Verde y algunos más aseguran que su hallazgo ocurrió en la actual casa parroquial.
Lo cierto es que, cuando intentaron trasladarlo a Ometepec, la imagen se volvió tan pesada que fue imposible moverla, lo que se interpretó como una señal divina de que debía quedarse en Igualapa.
Cuando fui gobernador de mi estado, Igualapa sufrió uno de los peores sismos de su historia, lo que me permitió llevar a cabo una reconstrucción total de la parroquia, a la que acuden año con año miles de peregrinos de las siete regiones del estado y de otras entidades del país.
El Señor del Perdón se ha hecho muy famoso por sus milagros, por lo que seguramente será visitado por muchos de los políticos que aspiran a un cargo de elección popular en 2027. Y harán bien, pero de paso, espero que le lleven algún beneficio a la comunidad. Si no, no habrá milagro…
La vida es así…