ACAPULCO, SIEMPRE Y PARA SIEMPRE

Heráldica porteña III

Sandoval, Cerda, Silva, Mendoza

La finca localizada al noreste de Acapulco , propiedad del virrey Luis de Velasco II, en la que pretendió descansar alejado de la política, aparece en 1595 como propicia para albergar a familias sin recursos y alejadas de la fe católica. Así lo acuerda el virrey Gaspar de Sandoval Cerda Silva y Mendoza a favor de 25 indígenas y mulatos de Sabana Grande, quienes desde luego son instalados en la nueva comunidad establecida en la bahía de Acapulco. Tomará ésta el nombre de Icacos, el fruto de árboles poblando el entorno, traídos de Japón por el propietario original.

Magallón, Marín, Arellano

Por ocupar un lugar dentro de la bahía de Acapulco y ser sus habitantes indígenas y negros, la comunidad de Icacos ha padecido a lo largo de los años de asedio y persecución por parte de la raza dorada. Primero fue el presidente Alemán quien los despojó de su playa y los arrinconó al otro lado de la Costera, pero vendrá el gobernador Rubén Figueroa, quien se llevaba de piquete de ombligo con la brava luchadora social Toña Magallón, cuyo saludo cordial era una mentada de madre, y les construirá viviendas a los icaqueños.
Doña Toña y los también dirigentes Martín y Arellano lucharán por años por el rescate del antiguo panteón de Icacos, en plena playa, entre los hoteles Holiday y Calinda, sin nunca haberlo logrado. Hoy los turistas pagan las consecuencia al ser interrumpidos en sus sueños con centenares de ánimas reclamando justicia. ¡Es cosa nomás de imaginarse!

Suárez, Mendoza, Velasco, Zúñiga, Acevedo

Durante los festejos de la toma de posesión de don Alonso Suárez, como tesorero de la Real Hacienda y titular de la recién establecida Aduana de Acapulco (1597), se habla de la urgente necesidad de proteger al puerto de los piratas. Un tema tratado años atrás durante el virreinato de Lorenzo Suárez de Mendoza, conde de Coruña, quien trasmitió al rey de España un memorial en tal sentido. Incluso, anexaba un mapa de la colina ideal para edificar tal fortaleza(1539). Silencio Real.
Misma demanda que revivirá 10 años más tarde el virrey Luis de Velasco, hijo, marqués de Salina. El 25 de febrero de 1593 solicita al rey Felipe II la autorización para construir un castillo artillado, en la misma colina aludida por virreyes anteriores. No tendrá respuesta.
Recién llegado a Acapulco, el virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, hace suyo el proyecto de una fortaleza para proteger las riquezas de la Corona española. Con tal argumento se dirige al monarca, esta vez Felipe III, quien tampoco dará ninguna respuesta.

Drake, Van Spielberg, Boot

Todo cambiará cuando se tengan noticias sobre la presencia de Francis Drake en los mares del sur. Un sanguinario pirata cuya última hazaña era comentada con horror: el asesinato de toda la tripulación de una nave saqueada en altamar.
A lo anterior se sumará un suceso jamás imaginado. La ocupación de la bahía de Acapulco por seis bergantines del pirata holandés Jorge Van Spielbergen, el 11 de octubre 1615. Embarcaciones recibidas con un solo disparo de advertencia por parte de uno de los 60 arcabuceros españoles situados en torno a la propia bahía. Los piratas, extrañamente no responden el fuego sino que izan la bandera blanca de paz y envían a tierra a sus parlamentarios .Ofrecen disculpas por la incursión y demandan agua y comestibles a cambio de los prisioneros españoles que han tomado a lo largo de sus correrías. Los habitantes del puerto tendrán que soportar aquella odiosa presencia durante una semana.
Cuando han transcurrido apenas 15 días aquél insólito cuanto peligroso suceso, el gobierno virreinal, ahora sí, contrata los servicios del ingeniero holandés Adrian Boot, para edificar la tantas veces demandada fortaleza. o Real Fuerza, según la denominación oficial.

Gómez, Vasco, Del Valle, De la Riva, De León Ruiz, Aréstegui

Boot inicia desde luego los trabajos en la meseta escogida años atrás, frente a la bocana. Lo apoyan maestros locales de albañilería y entre quienes figuran: Luis Gómez, Pedro Vasco, Andrés del Valle, Pedro de la Riva, Juan de León, Hernando Ruiz y Martín Aréstegui. La peonada de aquí y de fuera fue numerosísima.
El ingeniero militar concibe su obra en forma de pentágono o estrella de cinco puntas. Y da nombres a los baluartes terminados: Caballero del Rey, El Príncipe y El Duque Sobrevendrá entonces un fuerte terremoto que obligará a reforzar los que estaban en proceso denominados Los Caballero de Guadalcázar y El Marqués. Se ejecutarán la puerta y el puente levadizo, el cuartel, la casa del castellano y la sala de armas. La construcción de la Real Fuerza de Acapulco, en una superficie de 25 varas, concluye el 4 de febrero de 1617. Su polvorín será edificado en el cerro de El Veladero.

Peralta, Fernández, De Córdova

Antes de que las personas que intervinieron en la construcción de la fortaleza –maestros albañiles, canteros, peones–, regresen a sus lugares de origen, pedirán a las autoridades y al contador real someterlos a revisiones que eviten más tarde acusaciones sobre malos manejos. Acuerdan también entre todos ellos el nombre que llevará la obra, coincidiendo todos en llamarlo Castillo de San Diego, en memoria del santo patrono del virrey Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, su constructor.
La Real Fuerza de Acapulco se inaugura, finalmente, el 15 de abril de 1617, cuyo costo había alcanzado la suma de 113 mil 400 ducados. El ingeniero Boot exalta y agradece la participación de los maestros albañiles, canteros y peones locales destacando entre ellos a varios presos que cumplían alguna sentencia. Para perpetuar la memoria de la fortaleza, se coloca sobre el portón de entrada una lápida con la siguiente leyenda:
“Reinando en las Españas, Indias Orientales y Occidentales la majestad del imbicristisimo y católico Rey D. Felipe nuestro señor tercero de este nombre, siendo su virrey lugarteniente y capitán general en los reynos de la Nueva España Don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar, se hizo esta fortificación. Año de 1616. Ingeniero Adrián Boot”.
Se hicieron disparar los cañones con cargas de prueba, alcanzando a llegar los proyectiles hasta la Punta Grifo, quedando por tanto debidamente protegida la ciudad de posibles incursiones de naves enemigas.
Sucederá, sin embargo, que San Diego no será capaz de rechazar un primer ataque pirata. Ello quedará demostrado cuando, en 1624, el príncipe de Nassau, al mando de una poderosa escuadra, penetra la bahía de Acapulco sin cesar su intenso bombardeo, logrando llegar muy cerca de la fortaleza sin ninguna respuesta. Y era que había sucedido lo increíble: los cañoneros habían huido junto con la aterrorizada la población del puerto. Lo bucaneros permanecerán una semana apropiados de Acapulco, llevándose, al retirarse, todas los bienes que pudieron embarcar incluidos gallinas, chivos y cerdos.
En 1621 se funden en Manila dos cañones de 24, destinados a San Diego de Acapulco y dos años más tarde recibe dos piezas similares.

Mirrha, Sosa

Expectación en el puerto por la presencia de una dama de rasgos orientales y extraña vestimenta. Ha desembarcado de una nao procedente de Manila y, según la versión popular, se trata de una esclava llamada Mirrha, rescatada por el capitán del navío Miguel Sosa. Este y la esclava viajan inmediatamente a la ciudad de Puebla donde ella será presentada como “La China Poblana”

Díaz, Laurel

Bartolomé Díaz Laurel nace en 1599 en el Barrio de la Poza de Acapulco y muy joven recibe los sacramentos de la iniciación cristiana en la parroquia de Nuestro Señor de los Reyes. Será aquí mismo, en el convento de Nuestro Señor de la Guía, donde surja su vocación religiosa.
Ingresa al noviciado en el convento de Santa de Buenaventura, en Valladolid (hoy Morelia, Michoacán) donde recibe el hábito el 13 de mayo de 1615. Profesa como hermano lego en octubre de 1617.
En 1619 se ofrece para integrarse a las misiones en Filipinas y en el convento de su orden, en Manila, se dedica al estudio del japonés y a la práctica de la enfermería.
En 1625 viaja a Japón como ayudante del sacerdote Francisco de Santa María, donde desarrolla una importante labor como catequista hasta su arresto. Encerrado en Nagasaki, donde, tras muchos padecimientos, fue quemado vivo, a fuego lento, el 17 de agosto de 1627. Junto con él 14 dominicos, franciscanos y laicos .
La Sagrada Congregación de Ritos por decreto del 21 de abril de 1668 lo declaró mártir, El papa Pío IX lo beatificó el 7 de julio de 1867.

 

Acapulco, de siempre y para siempre

 

Heráldica porteña II

Cortés, Santana

Casi veinte años más tarde de que Cortés enseñoreara la bahía de Acapulco y transcurridos apenas dos de su muerte en Castilleja de la Cuesta, llega al puerto un núcleo de 29 familias decididas a fundar un enclave peninsular. El grupo de temerarios ultramarinos es encabezado por Fernando de Santana y en él destacan andaluces y extremeños, paisanos estos del Gran Capitán.
Santana, líder dinámico y audaz , ha obtenido los permisos oficiales para el nuevo asentamientos acapulqueño y, por si fuera poco, ha conseguido la bendición del Papa de Roma, que los suyos le agradecen infinitamente, mismos que, luego de un viaje azaroso y lleno de peligros , han llegado finalmente a la tierra prometida (enero de 1550).
Apenas descubren Acapulco, maravillados del espectáculo que ofrece la conjunción del sol con el mar, los nuevos colonos se dan a la tarea de iniciar la creación de su centro de población. Lo trazan frente a la playa Grande y ahí mismo construyen sus casas de madera con techo de teja o de bajareque y paredes de adobe , todas en línea recta al mar.

Mendoza, Pacheco

Ni el calor sofocante ni las cargas de miríadas de implacable mosquitos serán capaces de doblegar aquellas voluntades fraguadas en la fe y el infortunio. El nuevo asentamiento se consolida al paso de los días y llega el momento en que se haga patente la necesidad de un gobierno que regule su convivencia. Se lo dan ellos mismos en un ejercicio democrático, entonces desconocido por vivirse en una monarquía absolutista. Así, eligen a Pedro Pacheco, uno de los suyos, como primer alcalde mayor de Acapulco, ratificado sin ningún reparo por el virrey Antonio de Mendoza. Un personaje éste al que deberá reconocerse la presencia de la imprenta en el Nuevo Mundo.

Castro, Villafuerte , Dorantes

Atento al desarrollo de aquella comunidad, asentada en una bahía clave para el desarrollo económico de la Nueva España –según lo habían vislumbrado el emperador Carlos V y el propio Cortés– el virrey De Mendoza nombra a Juan de Castro como primer Justicia Mayor de Acapulco . Su trabajo, a decir verdad, no será fatigoso o conflictivo pues los nuevos acapulqueños, hombres, mujeres y niños, son ejemplo de armonía, cooperación y solidaridad.
La fama de un Acapulco francamente idílico llega a Michoacán, a oídos del fraile Francisco Villafuerte , quien ya tiene en su haber la fundación de las parroquias de Petatlán y Tecpan. No lo piensa dos veces y se lanza hacia este puerto, al que arriba en 1551. Se da inmediatamente a la tarea de localizar un predio donde levantar un templo dedicado Nuestra Señora de los Reyes (Acapulco es la Ciudad de los Reyes). Un momento aquel muy delicado, pues la Iglesia de Roma se enfrenta con toda su capacidad beligerante a la Reforma de Martín Lutero. La ventaja era que el Concilio de Trento había ha confirmado 5 años atrás la doctrina tradicional.
Villafuerte consigue su propósito de iniciar la edificación del templo y lo hace en el sitio donde convergen una barranca con el inicio de la cresta de El Teconche (sitio donde hoy se levanta la catedral de NS de La Soledad), caracterizado por su tierra y piedras coloradas, que desde luego se utilizan para la construcción. Una vez terminado, el templo delimitará al sur con la plaza de armas (Álvarez), comprendida esta entre la puerta principal del templo y el atracadero de embarcaciones. Al oeste quedaron abiertas las primeras calles de Acapulco y en cuyos trabajos de empedrado cooperaron los marinos de las embarcaciones surtas en la bahía.
El fraile Francisco Villafuerte regresa a Michoacán dejando al bachiller Francisco Dorantes al frente del templo.

Marín, Sámano, Hernández, Negrete, Solana,

Las hogazas de pan en las mesas porteñas resisten incluso al marro y al cincel. Y cómo no iban a estar duras si viajaban días a partir de la capital del virreinato. Urgía pues un panadero que ofreciera calientitas las delicias de la tahona ya mestizada y para ello se ofrecen estímulos fiscales y, por si fuera poco, terreno frente al mar. El primero que acepta la oferta se llama Alonso Martín, quien ofrece la primera hornada de exquisiteces tahoneriles en la mesa del alcalde Mayor, quien acaba sólo con ellas. Marín construye su casa con la panadería anexa.

El Teconche, La Poza

Don Juan Solana, en su calidad de escribano Real, entrega a una docena de familias recién llegadas la falda del cerro del Teconche, (planta cuyos frutos son los tecomates o bules para portar agua) . Ocupados como están levantando sus bajareques, los colonos no se enterarán del florilegio del escribano dedicado a sus monarcas. El barrio contiguo, La Poza, se comunica con la plaza de armas y la parroquia de NS de los Reyes a través de una vereda recta y empinada (hoy calle Independencia).
Las casas de adobe y teja y los bajareques de la nacientes comunidad se extienden a lo largo de la zona costera. Por otra parte, gracias a los numerosos manantiales de agua potable, en 1555 empezaron a ser sembradas algunas huertas y a levantarse tecorrales, entre los que surgirán casas con techo de paja.
Como bien lo había vislumbrado el propio Cortés, Acapulco recibe en 1578 la cédula real que lo declara el “único puerto desde el que podrá realizarse el intercambio comercial de España con el Oriente. Y es por ello que queda programada la llegada de los galeones durante los meses de febrero y marzo de cada año y el retorno de los mismos los meses de julio y agosto. Todo ello en previsión de los peligros de tan larga travesía.
A propósito de lo anterior, se crea aquí el Consulado o Tribunal del Comercio para regular el intercambio por conducto de las naos de Manila; también como instrumento para organizar y vigilar el funcionamiento de las ferias anuales en el puerto.
Fue por ello que las disposiciones emitidas en materia de comercio cobraron verdadera importancia, pues tuvieron como objetivo principal asegurar el movimiento marítimo entre la Nueva España y el Oriente, amén de que en las actividades de compra-venta hallaron el mejor incentivo para obtener brillantes ventajas económicas.

Zorrilla, De la Concha, Suárez, Silva Mendoza

En plena Navidad de 1581 y en acatamiento de la cédula real de 1578, arriba a este puerto la nao San Juan Bautista, que inaugura el intercambio comercial de la Nueva España con el Oriente.
Se trata de un lujoso navío que provoca expectación entre el vecindario y al que dan la bienvenida el Alcalde Mayor, el nuevo Vicario don Juan Zorrilla de la Concha y el escribano de SM Álvaro del Castillo. Junto con la nave arriban al puerto los mercaderes autorizados por el consulado para ofrecer sus productos durante la Feria de Acapulco , a partir del 25 de febrero de 1582. Feria anunciada en la capital de la Nueva España con campanas a rebato, al tiempo que los ferieros toman camino hacia el Sur.
La escasez de albergues por ser sólo accesibles para comerciantes y turistas adinerados, determinará que el resto de los visitantes ocupen playas, corredores, zaguanes, patios y corrales para dormir. Durante el día, la abigarrada multitud pululaba por las angostas calles disminuidas con los puestos de los comerciantes. Sobre el piso los mantos de seda bordados con exóticos dibujos, las vajillas de porcelana transparente, mejores aún que las europeas; los muebles tallados con incrustaciones de fino metal, las figuras de marfil, tapices, medallones con incrustaciones de oro, balaustradas de tumbago y calamina. Todo alternando con artesanías locales, entre las que destacaban los trabajos de herrería, herramientas y aperos de labranza, rejas para arar, hachas, azadones, picos y palas. El obraje procedente de Oaxaca será muy apreciado.
Los cronistas que aquel Acapulco dejaron testimonios sobre las “chimoleras” y las “comideras” que hacían su agosto durante la Feria. Los llamados entonces “platos de hambre” resultaban bocatos di cadinale y por ello de gran consumo. Entre unos y otros puestos había también vinaterías, donde no faltaban músicos y cancionistas. Las jugadas de gallos y las carreras de caballos acaparaban multitudes.

De Velasco, Sandoval, Silva, Mendoza

Don Luis de Velasco II ocupó el virreinato de la Nueva España y por su buen desempeño fue nombrado con la misma jerarquía en el Perú. Terminando allá su desempeño, regresa a México decidido a vivir retirado de la cosa pública y escoge a Acapulco para hacerlo. Aquí adquiere una enorme finca en el sureste de la bahía y la siembra con icacos, un fruto procedente de el Japón. La disfrutará poco tiempo, pues el rey Felipe III le encomienda de nuevo el virreinato de la Nueva España. No se sabe si la volverá a ocupar , la heredó o la vendió.

 

Heráldica porteña I

Acapulco, de siempre
y para siempre.

Cortés-Saavedra-Cerón, Humboldt

Hernán Cortés descansa en Cuernavaca cargado de títulos y honores entre los que destacan dos: gobernador y capitán general de la Nueva España. No obstante, su mente no tiene reposo proyectando nuevos descubrimientos y conquistas Dispone por ello que Juan Álvarez Chico, uno de sus capitanes más leales , viaje hacia el Sur hasta toparse con la bahía sobre la que sus adelantados le han hablado maravillas. Y así sucede el 13 de diciembre de 1521 , día que el calendario religioso dedica a Santa Lucía. El conquistador llega mucho más tarde a su bahía anticipada y al conocerla le provoca una emoción tan intensa como la experimentada ante el Valle de Anáhuac. ¡Es perfecta!, exclama conmovido quien pareciera haber perdido toda capacidad de asombro. “Una bahía ideal por su tamaño, forma, fondo y protección natural” , comenta emocionado a los suyos. Una bahía a la que dos siglos más tarde el sabio Alejandro Von Humboldt calificará como “la más hermosa jamás conocida”. Un descubrimiento que don Hernando entrega a sus monarcas avizorando lo que significará económicamente para ellos. Él se asienta en 1533 en la rada vecina que tomará el nombre de su título nobiliario, Bahía del Marqués, otorgado por sus servicios a la corona española. Un marquesado llamado de Oaxaca y que comprendía pueblos de varias entidades significados todas por su alto valor económico.

Zúñiga, Alarcón

Hernán Cortés ya había cruzado el Atlántico en dos ocasiones y será en la tercera cuando traiga a su esposa, Juana Zúñiga. Aconsejado por el propio monarca, había contraído matrimonio para así terminar con el “oprobioso” escándalo de su amancebamiento con una indígena, que había cimbrado particularmente a la Iglesia. Para doña Juana Z. de Cortés, la Malinche no significará ninguna rivalidad amorosa, pues la consideraba una simple aventurilla de su esposo, obligada por las circunstancias.

Oro, oro, oro

Luego de 45 días de navegación resistiendo hambre, enfermedades y tormentas, la primera pregunta de marinos y viajeros al desembarcar en Acapulco no era donde están las “malinches”, por ejemplo, sino donde está el oro. Y todo porque, vencidos y humillados, los autóctonos encontraron una venganza dulce al inventar leyendas fantásticas sobre ciudades áureas y argentíferas en cuya búsqueda morirán miles de conquistadores. Una de ellas fue Quivira, ciudad con árboles de oro macizo, ramas de esmeraldas y frutos de zafiros, que estaría localizada al norte de la Nueva España. Una leyenda basada en la medieval de las Siete Ciudades áureas. Una expedición naval sale de la Nueva España en busca de Quivira, pero se pierde en las inmensidades oceánicas. Cortés, quien no creía en tales leyendas, ordenará entonces una expedición en su búsqueda. Sale de Acapulco compuesta por las naves San Pedro y Catalina, al mando del capitán Hernando de Alarcón, mismas que retornarán al poco tiempo con una trágica noticia, ya esperada por cierto.

Arzola, Las Casas, Martín, Villafuerte

La nao Santiago, al mando del capitán Tomás Arzola, abandona la bahía de Acapulco con destino a Manila, Filipinas. Uno de sus pasajeros es un joven llamado Felipe de las Casas Martín , cuyo destino es el convento de Santa María de los Ángeles, de Manila. En Acapulco, mientras espera la salida de su embarcación el religioso había frecuentado la parroquia de NS de los Reyes, construida cuarenta años atrás por fray Francisco de Villafuerte, en el mismo sitio que hoy ocupa la catedral de NS de la Soledad. Villafuerte había fundado las comunidades católicas de Tecpan y Petatlán.
El espíritu inquieto de Felipillo seguramente lo llevó a vagabundear por el deprimente villorrio que era entonces Acapulco. Tomando el callejón de Salsipuedes (hoy Francisco I. Madero), debió llegar al barrio de La Poza donde quizás no pudo vencer la tentación de abrevar en el generoso ojo de agua zarca. Desoyendo las advertencias del cura párroco, se internará en el barrio de El Rincón (hoy La Playa) “habitado por gente muy mala”. Se encontrará, por el contrario, con personas sencillas y amables que lo saludarán cariñosamente, sin faltar la hermosa morena que le guiñe el ojo derecho, con todo lo que ello significara entonces.
Por las tardes, luego de asistir al rosario, el muchacho se sentará bajo el amate de la plaza de armas, explanada de la parroquia, para leer y admirar la bahía. Siete años más tarde, Felipe de las Casas Martín, de 22 años, hace Profesión Solemne y satisface los deseos de sus padres de ordenarse sacerdote en México, para cual adquiere pasaje en la embarcación próxima en salir para Acapulco.
Aborda finalmente el galeón San Felipe en el que viaja gente adinerada y va cargado de mercaderías finas para la Feria de Acapulco. La alegría de los pasajeros se tornará temor y desasosiego cuando a nave se sacuda peligrosamente al enfrentar una poderosa tormenta que deja maltrecha. El capitán ordena rumbo a las cercanas islas japonesas para repararlos y una vez en tierra, el joven Felipe de las Casas indaga la ubicación del convento franciscano de Santa María de los Angeles de Macao.
Se incorpora a él participando en misiones en principio muy exitosas. Vendrá enseguida una despiadada persecución religiosa, desatada por el poder supremo japonés.
El convento de los franciscanos será de los primeros victimados. Felipe, por no ser aún sacerdote, pudo haberse evitado los tormentos y la prisión, pero optó libremente por la suerte de los misioneros. Fue por ello que figuró entre los veintiséis franciscanos llevados en procesión por varias ciudades, de Kioto a Nagasaki, siendo objeto de la befa popular.
Para esto, cada uno de ellos había sufrido el corte brutal de ambas orejas. Finalmente, dice la crónica, en la colina Nishizaka fueron colgados en cruces 6 franciscanos, 3 jesuitas y 17 laicos japoneses. Felipe clamaba en su agonía: “Jesús, Jesús, Jesús”. Viendo que se ahogaba por la argolla que le ceñía el cuello , dos soldados lo atravesaron con sus lanzas ambos costados, una de las cuales le atravesó el corazón. El calendario marcaba el 5 de febrero de 1597.
Felipe de las Casas será beatificado como San Felipe de Jesús, el 14 de septiembre de 1627, y canonizado el 8 de junio de 1862, convirtiéndose en el primer mexicano canonizado como santo.
En Acapulco se estableció en 1607 un convento de los Franciscanos Descalzos que operó durante un siglo. Sus instalaciones albergará un hospital y más tarde el Palacio Municipal.

Bello, Ruiz

A propósito, el arzobispo de Acapulco, monseñor Rafael Bello Ruiz, obtuvo que las provincias franciscanas volvieran a estas costas surianas. Primero entre los amuzgos y mixtecos, en Xochistlahuaca y Tlacoachistlahuaca, donde los franciscanos conventuales asumieron las parroquias y, posteriormente, los hermanos menores asumieron las parroquias de Huajintepec, (Ometepec) y Ciudad Renacimiento.

Hernández, De la Cruz, Altamirano

Para poner punto final a las condenas infernadas desde los púlpitos y las hablillas del vecindario, pero sobre todo a la marginación social que padecen, Antonio Hernández y Mariana de la Cruz deciden santificar una unión libre de tres años. Ella mulata de ojos verdes y unas formas esculturales que reclamaban urgentemente a un Fidias con mucho mármol. El día de la boda, Mariana lucía espectacularmente hermosa, tanto que más de un señoritingo al servicio de Felipe II hubiera dado el dedo chiquito del pie por ocupar esa noche el lugar de Toño. Bien dicen las filosas filósofas de la televisión que “la felicidad absoluta es imposible”.
Tal será el caso de la pareja, cuando más tarde Mariana esté bajo el escrutinio de Tribunal del Santo Oficio , lo que significa estar en el umbral del más allá. Una denuncia anónima llegada al aguacil inquisidor, con sede permanente en Acapulco, afirma que Mariana vivía en el estado de bigamia, agraviando no sólo a su pareja sino a la comunidad y fundamentalmente a Dios.
Sustentaba el anónimo que Mariana , residiendo en Michoacán, había contraído matrimonio con un “liberto” de la familia Altamirano. Una acusación que no sólo sobrecogerá al marido, sino a todo Acapulco. Sin embargo se le rechaza, adjudicándola a algún perverso despechado.
Pero como la Santa Inquisición no estaba para escuchar opiniones, ordena la inmediata aprehensión de Mariana para ser llevada, engrillada y a lomo de mula a la capital de la Nueva España. Allá será puesta a disposición del temible tribunal inquisidor. Toño siempre detrás de ella.

 

Germán Titov en Acapulco. Segundo cosmonauta soviético con 17 vueltas a la Tierra

¿Fotos de Acapulco?

Germán Stepánovich Titov visitó Acapulco como parte de su gira internacional para exaltar la supremacía rusa en materia espacial. Su hazaña había tenido lugar el 6 de agosto de 1961 a bordo de la nave Vostok 2 (Este), con una duración de 25 horas con 18 minutos. Dio 17 vueltas a la tierra y tomó las primeras fotografías del planeta.
–¿De Acapulco, tomó fotos de Acapulco? –fue la primera pregunta durante una conferencia de prensa-desayuno, a la que asistió este reportero con el gafete del diario Trópico, el más leído de Acapulco.
–¡Que más hubiera querido yo que fotografiar muchos países y particularmente a Acapulco al que, conociéndolo hoy, estoy de acuerdo con quienes lo comparan con el paraíso terrenal. Tomé varios carretes de 300 milímetros con una cámara Kopvas Avtomat, de los cuales se han difundido mundialmente tres gráficas. Una mostrando la Tierra de color azul cubierta con nubes blancas y fondo negro; otra de un amanecer poco espectacular y una tercera de la ventanilla de la nave desde la que apunté el objetivo.
–¿Fotógrafo profesional?
–¡No, no, qué va! Para cumplir esa misión fui sometido a un riguroso entrenamiento sobre el manejo de cámaras por más de 60 horas. Hoy, sí, ya me siento un profesional de la fotografía.

¿Dios en las alturas?

–¿Vio a Dios allá arriba?, pregunta una dama que no identifica el medio para el que escribe. Seguramente alguna hoja parroquial, comenta alguien.
–Perdón, señorita, pero considero esa una pregunta desafortunada sobre un tema del que no deseo hablar. Lo siento, de veras.

Aclara Titov

(“Aquí no veo a ningún Dios”, fue la frase adjudicada a su compañero Yuri Gagarin luego de regresar del primero vuelo espacial. Se conocerá más tarde que su difusor, en calidad de confesión del astronauta, había sido un alcoholizado Nikita Kruschev, líder de todas las Rusias. Las palabras grabadas del astronauta fueron, por el contrario, dirigidas a a la humanidad pidiendo salvaguardar la Tierra y no destruir tanta belleza).
La misma reportera, desconocida por el resto de los asistentes, se queja con grandes voces que su platillo está muy salado, exigiendo al mesero su cambio inmediato. Ello dará pie al cosmonauta para lanzar una suposición: que la cocina del hotel estaría a cargo de una dama. Lo digo, advierte, porque en mi país existe una conseja popular asegurando que una mujer enamorada cocina con demasiada sal. ¿Aquí, no?
–No, aquí las únicas saladas son ellas! –responde la voz meliflua de un comentarista radiofónico, acribillado con miradas de grueso calibre.

La ensaladas rusa

Aprovechando que se ha rota la tensión inicial del encuentro, impuesta por la presencia de los acompañantes de Titov –dos tipos patibularios con cara de perros bulldog, dignos de pertenecer a la Policía Judicial de Guerrero–, alguien de la mesa se refiere a un platillo local con el nombre de aquél país. No otro que la ensalada rusa (papa, chicharos, zanahoria y mayonesa, con pollo o camarones), adoptada como platillo navideño.
–¡No la conozco, pero puedo asegurar que no es rusa, –responde enfático el hombre que ha volado más alto que todos los ahí presentes–. –Hay en mi país, efectivamente, una ensalada tradicional que viene de épocas muy lejanas. Se llama ensalada Olivié en honor de su creador, un cocinero francés al servicio de los zares, y en cuya elaboración se utilizan caviar y cangrejo de río.
–¡No, pos no, esa no es la nuestra!, –comentario unánime.
–Hemos leído que usted y no Gagarin, su antecesor, padeció en el espacio un trastorno bautizado como mal del espacio. ¿En qué consiste?
–Efectivamente, el tovarich Gagarin no lo padeció y no se trata de un mal mayor sino de simples mareos y desorientación. No obstante, el bautizado como mal del espacio afectó en tal forma mi conducta que los científicos decidieron suspender el programa espacial durante año. Luego encontraron el remedio.

Creo en el hombre

–A propósito, señor Titov, se ha comentado que usted hizo el entripado de su vida, incluso con un rechazo violento, cuando conoció la decisión de que Gagarin volaría antes que usted, dejándolo incluso en calidad de reservista. Se intuyó acá que todo tuvo que ver con el origen campesino de aquél, situación que ofrecía elevados réditos para el régimen comunista en materia de propaganda exterior. “¡Un campesino ruso el primer hombre en conquistar el espacio!”, se vitoreó exaltando a un sistema con oportunidades iguales para todos.
–¡Si eso se dijo aquí es totalmente falso! Para empezar yo no pude haber externado ningún descuerdo dada mi formación militar, soy un solado, además de que Yuri era mi amigo muy querido. Por lo demás, yo ya estaba advertido de mi posición. Mi maestro, Serguéi Koroliov, el padre de la cosmonáutica soviética, me había confiado: “German, te necesitamos para misiones más difíciles”. Ahora que yo no pertenezco a ninguna élite social: mis padres son profesores de una humilde escuela en un distrito de Siberia.

¿Su credo?

–Creo en el hombre, en su fuerza, sus posibilidades y su razón.
Germán S. Titov nació en la ciudad siberiana de Polkóvnikovo. Estudió en la escuela de Aviación Militar de Stalingrado y se graduó en la Escuela de Pilotos Militares de Novosibirsk, integrándose más tarde a las Fuerzas Aéreas de la Unión Soviética con el grado de coronel. Suya será la iniciativa para establecer el Día de la Cosmonáutica de la Unión Soviética y más tarde la petición a la ONU para celebrar el Día Mundial de la Cosmonáutica. En ambas celebraciones se honrará principalmente a Yuri Gagarin, cosmonauta precursor en la nave Soyuz 1 (Unión).

Una “miadita”

Muy celebrada en la Unión Soviética la fotografía de Titov orinando en la llanta trasera del autobús, llegando a la plataforma de despegue. Tal y como Gagarin lo hiciera en su momento “porque ya le andaba”.
Momento a partir del cual, el aligeramiento de la vejigas antes del vuelo, quedará incorporado a la lista de supersticiones de los astronautas rusos. Incluso de las damas, quienes lo hará en un frasquito a propósito.
Ya al día siguiente de la misión de Titov –7 de agosto de 1961–, sus simpatizantes harán las consabidas comparaciones con Gagarin, considerándolo usurpador de la gloria del primer vuelo. Con sus 25 años, German representaba al grueso de la juventud soviética ilustrada y por ello dominaba buena parte de la opinión pública. Así, mientras Gagarin había dado una sola vuelta a la Tierra en 108 minutos (12 de abril de 1961), la odisea de Titov cubría 17 de ellas en 25 horas con 18 minutos. Otra acción destacada por sus fans tenía que ver con el control de la nave por parte del joven cosmonauta, en tanto que su rival había volado con el piloto automático. Y una más: el libro de los Records Guinness ubica a Titov como el navegante del espacio más joven de la historia.

El vodka

Prolongado el desayuno por razón de las traducciones hasta cercano al mediodía, un comensal propone un brindis en honor de Titov con vodka Stolichnaya. Este lo rechaza argumentando que no bebe y que en todo caso no sería una hora conveniente para hacerlo. La negativa tajante del cosmonauta provocó el malestar de algunos reporteros, cuyos rostros denunciaban crudas dignas de ingeniero, mesero y periodista, juntas.
El tema dará otro pie al coronel Titov para disertar sobre el vodka (agüita) cuya paternidad le disputa Polonia a Rusia, que es como si Estados Unidos le disputara a México el origen del tequila, ni más ni menos, comenta el astronauta, para referirse con entusiasmo de su bebida nacional.Y hasta dicta algunas recomendaciones para su correcta ingestión:
1) No debe mezclarse con otras bebidas. 2) Debe enfriarse en la botella y no servirse con cubos de hielo. 3) La ingestión de este licor de 40 grados de alcohol (lo hay hasta de 50), debe acompañarse con zakuski (botanas) o bien con la comida. Y entonces sí: ¡na zdoróvie! (¡salud!), invitó alzando su taza de café.
Recomendaciones tardías para muchos presentes, entre ellos el de la pluma, fiel durante años al vodka Stolichnaya al que traiciona por el Wyborowa, siempre con agua quinada y hielo. Hoy, si se me permite la indiscreción, sometido por prescripción médica a una dieta rigurosa de Etiqueta Negra. ¡Chin!

Cargos y galardones

Su precursora hazaña espacial le valdrá a German Titov, entre muchas distinciones soviéticas y extranjeras, las de Héroe de Primera Clase, dos Ordenes de Lenin, Héroe del Trabajo Socialista en Bulgaria, Héroe del Trabajo en Vietnam y Héroe de Mongolia. Titov se le llamará a la cara oculta de la Luna.
El cosmonauta se gradúa en 1970 en ciencias militares. Jefe del Comando Espacial (1972), comandante general en 1975, año a partir del cual fue asistente del director de la revista Aviación y Cosmonáutica y director en jefe de la Fuerza Espacial del Ministerio de la Defensa (1979-1991) Se retira del servicio militar (decisión en la que tendrá que ver su afición etílica) para ser nombrado diputado a la Duma (Congreso) de la Federación Rusia. Fallece el 20 de septiembre de 2000, víctima de un infarto a los 65 años.

La familia

German Titov procreó dos hijas con su esposa Tamara W. Tsherkas: Tatiana y Galyna. La viuda confió en su momento que “Titov nunca se consideró un héroe. Estaba convencido de que su vuelo era un logro del pueblo soviético, orgulloso, sí, de haber sido pionero en la conquista del espacio”.

La foto

La sesión de fotos del cosmonauta con cada uno de los reporteros presentes, sugerida por uno de los misteriosos acompañantes de Titov, será rechazada por la reportera incógnita. Confesará más tarde que lo hizo ¡para no aparecer en los archivos de la KGB! (¡Ay nanita!).

 

Con Martín Luis Guzmán en La Poza y a la sombra

 

(Segunda parte y última)

Anterior

El general Eugenio Martínez, quien se encargaría de fusilar a Calles, Obregón y Amaro, es sometido por un “cañonazo” de 50 mil pesos, así bautizado por el propio Obregón. Su jefe de Estado Mayor, Héctor Almada, decide continuar la sublevación por no haberle tocado ni una cualila (moneda de dos centavos) pero muy pronto será abatido en Texcoco por el general Gonzalo Escobar…

La villa morelense

A eso de las cuatro y media de la mañana, cuando la fatiga y el vino empezaban a rendir a los más resistentes, apareció en la puerta de la villa morelense un contingente militar cuyo capitán se pone a las órdenes de Serrano, cuando en realidad van a arrestarlo. El periodista que se ha unido al grupo califica el arresto como un abuso y amenaza con denunciarlo en su periódico como traición.
–¡Bien, en ese caso, usted también está preso! –estalla el militar.
Marchando al frente del grupo de contertulios apresados, Serrano recordó seguramente aquello muy viejo que dice que en la política mexicana sólo se conjuga un verbo: madrugar.

La orden de Zeus Tonante

–¡Entonces que Fox vaya por ellos! –ordena el presidente Calles luego de enterarse de que el general Roberto Cruz ha pedido ser relevado de la misión de apresar a Serrano .
–Es que son muy amigos, señor Presidente! –disculpa con timidez el general Joaquín Amaro, secretario de Guerra.
–¡Puta madre! –estalla el futuro Jefe Máximo. ¡Ahora resulta que estoy rodeado de puro cabrón sentimental! ¡No me vayan a salir ahora con que Fox es cuñado o compadre de Serrano! (Claudio Fox, jefe de las Operaciones Militares en el estado de Guerrero, concentrado en el Castillo de Chapultepec).
–¡A sus órdenes, señor presidente! –saluda el general Fox haciendo chocar ruidosamente los tacones estoperoleados de sus botas cuarteleras. (Alto, blanco, fornido, gran quijada cuadrada y bigote kaiseriano).
–¡Qué bueno que estaba usted aquí, mi General –contesta Calles el saludo, entregándole una hoja de papel manuscrito y, alzando la voz, le ordena: ¡Bajo su estricta responsabilidad me trae muertos a todos los enlistados! ¡A todos!
Claudio Fox se queda de una pieza, como engarrotado, pensando seguramente que el fusilamiento sin Consejo de Guerra es asesinato. No obstante, ante al apremio presidencial, responde el saludo castrense buscando ansioso con la mirada al general Obregón.
–¡Cumpla usted estrictamente con la orden del señor Presidente de la República! –responde luego el Caudillo sonorense a la súplica ocular del perturbado militar.

Ahora le toca a
usted, mi General

Lo que pasó después es descrito con maestría por el periodista José Alvarado en su columna Intenciones y Crónicas (Excelsior, 4 de octubre de 1967):
“Los detenidos fueron conducidos en automóviles por el camino hacia México. Al llegar a Huitzilac se les hizo descender y se les llevó a un lado de la carretera. Comenzaba a oscurecer y el viento frío del ‘cordonazo’ de San Francisco agitaba las ramas de los árboles.
“Todos, menos Serrano, iban con las manos atadas por detrás. Será angustioso el coro pidiendo piedad, pero sin faltar las mentadas de madre y toda clase insultos. Serrano se había quedado aislado y mudo a la orilla de la ruta, un poco arriba de la escena. Los soldados de rostro oscuro y ojos impenetrables tenían los fusiles dispuestos. El rudo vocerío de los presos se hacía confuso y ensordecedor. Serrano, callado, apretaba los dientes. Sus ojos parecían fijos en el color de la tarde.
“–¡Qué esperan! –grita entre blasfemias el Coronel enloquecido por el griterío. Los soldados esperaban la orden de fuego. No la hubo. Otra vez: ‘¡Qué esperan!’, y más maldiciones histéricas. Un disparo hacia los bultos humanos y otro y otro y cien más en una repentina ebriedad homicida. Bajo el humo y el olor de la pólvora había quedado el silencio.
“Ahora le toca a usted, mi General, le dice el Coronel dirigiendo su pistola al pecho de Serrano. Un solo tiro. El general cayó todavía vivo y entonces el coronel destrozó el cuerpo a balazos con una ametralladora , golpeándole la cara. Era casi de noche, pero todavía podía verse la sangre sobre las piedras y las matas”.

Axcaná, herido.

Axcaná González, el único personaje ficticio de la novela de Martín Luis Guzmán, recibe un balazo entre la tetilla y el hombro cuando trata de acercarse al cuerpo sin vida de Serrano. El autor necesitará seis páginas de La sombra del caudillo para salvar a su personaje-conciencia, perseguido con furia asesina por los hombres de Segura.
“Axcaná, casi a rastras, se movió hasta en medio del camino. Allí se arrodilló, se puso de pie y volvió a caer de rodillas. Iluminado por los rayos de los fanales de un automóvil que le desencajaban más el rostro y le prolongaban la agonía, levanta la mano derecha. Algo le dijo a quien le hablaba desde más allá, Mister Winter, primer secretario de la embajada estadounidense que regresaba de Cuernavaca. Él y su chofer procedieron a tomarlo en brazos para llevarlo hasta el automóvil”.

Catorce cruces

Catorce cruces, tanto en la novela como en la realidad, testimonian en Huitzilac la disputa eterna por el poder en México. A cada una de ellas correspondió un nombre y un apellido: general Francisco R. Serrano, general Carlos A. Vidal, general Carlos Ariza, generales Miguel y Daniel Peralta, licenciado Rafael Martínez Escobar, licenciado Otilio González, Alfonso Capetillo, Augusto Peña, Antonio Jáuregui, Ernesto Noriega, Octavio Almada, José Villa Arce y Enrique Monteverde.
El general Arnulfo R. Gómez, el otro candidato opositor al Caudillo, había huido a la sierra veracruzana. Será descubierto en una cueva de Coatepec treinta días después de la muerte de Serrano. Vencido y enfermo, será llevado a rastras al cadalso sin formación de causa.
Obregón, el candidato reelecto, será asesinado a balazos diez meses más tarde, durante un banquete en su honor. Comía cabrito al pastor y escuchaba su tonada favorita, El limoncito.

Carne y hueso

–Bueno, pues, periodista, pero anote rápido que me deja el avión –urge Martín Luis Guzmán en el Aeropuerto Internacional, hasta donde lo han acompañado Kamal y un grupo de campesinos. Identifica a los personajes de La sombra del caudillo.
El Caudillo (Gral. Álvaro Obregón); Ignacio Aguirre (Francisco Serrano); Hilario Jiménez (Plutarco Elías Calles); Protasio Leyva (Arnulfo Gómez); Emilio Oliver Fernández (Jorge Prieto Laurens); Encarnación Reyes (Gral. Guadalupe Sánchez); Eduardo Correa (Jorge Carregha); Jacinto López Garza (Gral. José Villanueva Garza); Ricalde (Luis N. Morones); López Nieto (Antonio Soto Gama).
–¡Ya, por favor, joven Rebolledo, no me pida más nombres. Recuerde que La sombra del caudillo fue escrita cuando usted seguramente no había nacido! ¡Muchas gracias y adiós!

Martín Luis Guzmán Franco

Martín Luis Guzmán Franco nació en Chihuahua el 6 de octubre de 1887, escritor, periodista y diplomático considerado uno de los pioneros de la novela revolucionaria. Estudió Derecho en la Ciudad de México y en 1914 se unió a las tropas de Francisco Villa, con quien trabajó muy de cerca. Tras salir de la cárcel se exilia en España, donde, en 1915, publica en Madrid su primer libro: La querella de México. Entre 1916 y 1920 vivió en Estados Unidos, dirigiendo en Nueva York una revista en español llamada El Gráfico, además de colaborar con la revista Universal. Con los artículos publicados en ambas publicaciones integró en 1920 su segundo libro: A orillas del Hudson.
Regresa a México, donde continúa ejerciendo el periodismo y es elegido diputado nacional. Exiliado, viaja a España donde de 1924 a 1936 colabora en varios periódicos. Escribe El águila y la serpiente, publicado en 1928, libro que contiene memorias de las luchas civiles de México, y La sombra del caudillo, en 1929. Posteriormente, Guzmán Franco publica en 1932 Mina, el mozo héroe de Navarra, la biografía de Francisco Xavier Mina y Memorias de Pancho Villa, en 1940 y Muertes históricas, en 1958. Esta última le valdrá en México el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística. De 1959 a 1975 presidirá y dirigirá la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito.

Periodista de combate

Como periodista fundó a los catorce años el periódico quincenal La Juventud de Veracruz; dirigió El Gráfico, en Nueva York (1917); fundó en 1922 el periódico vespertino El Mundo; escribió en El Sol y La Voz de Madrid, colaboró en El Heraldo de México. Finalmente, fundó su semanario Tiempo, que dirigió desde 1942 y hasta su muerte, sin duda, una de las mejores revistas literarias de América, además de crear la editorial Ediapsa. En el terreno político, Guzmán Franco fue embajador de México ante las Naciones Unidas, de 1953 a 1959, y Senador de la República, de 1970 a 1976. Miembro, a partir de 1940, de la Academia Mexicana de la Lengua.

Gral. Claudio Fox

Claudio Fox Valdez nació en Hermosillo, Sonora, el 25 de abril de 1885. Fue constitucionalista y operó en los estados de Sonora y Chihuahua. Enviado a Guerrero como jefe de Operaciones Militares, asume de hecho el poder militar y político de la entidad. Obliga la salida del gobernador Héctor F. López, originario de La Unión (1925-1928) y nombra como interino al Coronel Enrique Martínez (1 de febrero de 1928 al 30 de marzo de 1929). Finalmente, designa como gobernador sustituto al general agrarista Adrián Castrejón, originario de Apaxtla, hoy de Castrejón (abril de 1929 a marzo de 1933).
Fox Valdez será relevado apenas asuma la presidencia el general Lázaro Cárdenas del Río, haciendo efectivo su retiro de la milicia. La reasumirá con el grado de General de Brigada durante el mandato presidencial de Manuel Ávila Camacho (1940-1946). Fallece el 15 de mayo de 1961, en la Ciudad de México, a los 76 años.

La Güera Fox de Acapulco

La unión matrimonial de Claudio Fox con la guerrerense María Luisa Leyva, funcionaria de Correos y Telégrafos en Acapulco, procrea seis hijos: Claudio, Ricardo, Guillermo, Alejandro, Raquel y Ringue. Raquel, conocida popularmente como La Güera Fox, bella, alta, esbelta, fue una precursora del feminismo en Acapulco. Alma Rebolledo viuda de Pano, mi hermana, con la que laboró en el Hotel El Mirador, la recuerda desprejuiciada, atrevida, irreverente y muy disparatera. Toda una leyenda en el prejuicioso medio siglo acapulqueño. Contrajo matrimonio con Alfredo Piliquío Berreatúa procreando niña y niño. La enfermedad de este último (lupus) los obligará a tomar residencia en Los Ángeles, California. Lila Berreatúa Fox volvió al puerto.

Paredón:

La sombra del caudillo, Martín Luis Guzmán, CGE, 1967.
Historia extraoficial de la Revolución Mexicana, Alfonso Taracena, autor, 1972.
Visiones mexicanas, José Alvarado, FCE, 1985.
Historia Gráfica de la Revolución.

 

Con Martín Luis Guzmán en La Poza y a la sombra

 

(Primera de dos partes)

Martín Luis Guzmán se afana en abrevar el agua de un coco de media cuchara y en el primer intento empapa la pechera de su alba camisa de cuello duro.
–¡Qué cosas!, –exclama sorprendido el periodista y escritor achicando la inundación con su propio pañuelo: –¡Nunca pensé que tomar a boca de coco demandara habilidades especiales!
El biógrafo fiel de Pancho Villa dicta su cátedra al leve vaivén de una mecedora de palma en el corazón mismo del poblado de La Poza o La Zanja del Teniente, municipio de Acapulco. Lo escuchan atentos campesinos acuclillados y mujeres arrebozadas mientras niños y niñas corretean en torno de ellos. Todos protegidos por la sombra de un árbol de mango copetudo y cuyos frutos cuelgan casi a ras de suelo. “Parecen esferas de Navidad”, exclama una menor ante un ramo de frutos amarillos.
La última palabra del novelista norteño será en aquél momento un no rotundo pero amable.
Rechaza con vehemencia que su nombre se inscriba en el portal de la nueva escuela a cuya inauguración ha sido invitado. Argumenta a su favor la falta de merecimientos para tan señalado honor, pero básicamente por razones de conciencia y congruencia. “El, crítico permanente de los tontos que buscan trascender imprimiendo sus nombres en bronces y mármoles de la obra pública, ¡no puede convertirse en uno de ellos!”.
–“Escuela primaria Martín Luis Guzmán”– pronuncia en voz alta–, ¡Estaría yo lucido!
–Pero es que ya lo habíamos hablado, señor –advierte el campesino más anciano de la reunión–. Tanto Kamal Assam como nosotros queremos rendir este modesto homenaje al soldado más leal de nuestro general Francisco Villa…

Extranjero generoso

–Sucede, queridos amigos míos, que a Kamal se le olvidó comentarles mi temprana negativa. Se la hice saber en el momento mismo en el que me participó su proyecto. El de construir con recursos propios, gestionados y el trabajo de ustedes una escuela primaria, agradecido por la hospitalidad y el cariño que ha recibido de La Poza. Por ello mi presencia tiene hoy aquí dos propósitos: saludar la generosidad de Kamal y pedir a ustedes que entiendan mi negativa. Les doy mi palabra, en cambio, de que gesto tan honroso lo guardaré agradecido en lo más profundo de mi corazón.
A Kamal Assam, comerciante y agricultor de origen árabe, asimilado de tiempo atrás en La Poza, le había fallado la estrategia. Pensó que Guzmán, presionado por la gente a la que guarda especial respeto y consideración aceptaría finalmente dar su nombre a escuela. El promotor tendrá entonces que habilitar rápidamente una cartulina en el que escribirá con plumón negro el nombre de “General Ignacio Zaragoza”, el nombre que llevaría la institución, sugerido por el propio escritor.
Ora que no fueron sencillas las condiciones impuestas por el autor de El águila y la serpiente para aceptar la invitación de Kamal Assam. No deberán estar presentes en el acto ninguna autoridad política de Acapulco “¿Por qué se les aplaudirá sin haber puesto un centavo? Educativas, claro que sí. ¡Ah, tampoco periodistas ni fotógrafos! (¡yo sé por que!). Y, finalmente, no más niños al rayo del sol quemante lanzando vivas al “supremo” en turno y no a los héroes!…
Aquí, Kamal tendrá que intervenir necesariamente para presentar a este reportero. “Se trata de mi amigo Anituy Rebolledo Ayerdi, reportero de Trópico, el único invitado de prensa. Ha sido también el único que ha creído y apoyado mi trabajo.
–Mucho gusto, joven… ¡Claro que aceptaré sus preguntas!

La sombra del caudillo

–¿La censura contra La sombra del caudillo? Esta será, joven, la respuesta número mil que he dado en años a esa misma pregunta. Y lo haré como la primera vez:
–A mí no me lo crea, amiguito, pero dicen que la película de Julio Bracho no le gustó al secretario de la Defensa Nacional, general Agustín Olachea Avilés (1958-1964). Armará por ello una reacción airada de los generales acusando a la cinta de denigrar al Ejército Mexicano y a la propia Revolución. ¡Vive Dios!
–¿Le sorprendió, maestro?
–No, por supuesto que no! La sombra del caudillo fue escrita y editada durante mi primer destierro en España. Los primeros ejemplares llegados a México fueron incautados por órdenes del presidente Elías Calles, prohibiendo la circulación de la novela en todo el territorio nacional. Para mi fortuna y de la libertad de expresión hubo personas que hicieron desistir a Calles de tamaña atrocidad. No obstante, el bilioso Jefe Máximo amenazará con cerrar la editorial Espasa Calpe y expulsar del país a su personal hispano si publicaba una nueva obra mía. Como se eximía de tal prohibición cualquier texto cuyo asunto mexicano fuera anterior a 1910, fue que surgieron temas como Mina, el mozo; Filadelfia, paraíso de conspiradores, Piratas y corsarios y otros.
–¿Por qué no nos recuerda, maestro, que en 1960 se prohibió la película mientras que la novela circulaba libremente?, –interviene el director de la primeria que ya no llevaría su nombre–.
–¡Es verdad, es verdad! –acepta el novelista–. Nada, sin embargo, deberá justificar la censura sobre ninguna forma de expresión del pensamiento. Resulta muy peligroso que en México se acepten tan bárbaras manifestaciones de intolerancia sin que se produzcan respuestas sociales de la misma intensidad.

La inauguración

Llega el momento inaugural de la escuela que no llevará el nombre de Martín Luis Guzmán, pero sí el del general Ignacio Zaragoza. El autor hace un amplio reconocimiento a la generosidad de su amigo Kamal Assam y explica de nuevo la razones por las que no aceptó que llevara su nombre. Una vez cortado el listón en medio de una celebración entusiasta, el escritor será invitado a presidir una larga mesa forrada con manteles blancos, bajo la misma sombra arbolada. En ella, el autor de La sombra… será homenajeado con su platillo favorito: langostinos gigantes. La cátedra continuará durante la sobremesa:
–Dice usted, maestro, que todos los personajes de La sombra del caudillo son réplica de personajes reales. ¿Axkaná González, también?
–¡No, claro que no! Axcaná no lo es, él es el único personaje ficticio. Con él pretendí darle voz al pueblo. Es un poco el coro de la tragedia griega buscando que el mundo ideal cure las heridas del mundo real. Axcaná es en realidad la conciencia revolucionaria. La Sombra narra los asesinatos de dos aspirantes a la presidencia de la República –fusilamientos los llamó el gobierno de entonce–, que preludiaron el magnicidio del presidente reelecto, a manos de un fanático…

La sombra, platicada

–¡Caray, jefe, no creo que sea necesario matar a Pancho! –suplica el general Álvaro Obregón, candidato reeleccionista a la presidencia de la República, al presidente Plutarco Elías Calles. Estoy seguro de que sus amigos desistirán de levantarse en armas en cuento sepan que lo tenemos preso en Cuernavaca.
Elías Calles, golpea con el puño cerrado el grueso cristal de la mesa ovalada del despacho presidencial y, puesto de pie, ladra:
–¡No me chingues, Álvaro! ¡Resulta que ahora te pones blandito y sentimental! ¿Crees que la estuviéramos contando si caemos en el cuatro que nos tendieron esos hijos de la chingada? ¡Son ellos o nosotros, Álvaro, carajo!
El inminente Jefe Máximo de la Revolución –Zeus tonante–hacía referencia al complot para asesinarlos a él, a Obregón y al secretario de Guerra, Joaquín Amaro, urdido presumiblemente por el general Francisco R. Serrano. Era este un joven y brillante militar lleno de inteligencia y simpatía dispuesto a impedir la reelección de su antiguo padrino y protector. Planea una anticipada “Noche criolla de los cuchillos largos”.
El otro candidato incómodo, el general Arnulfo R. Gómez, no participa en la conjura de Serrano. Le parece estúpido pretender tumbar en 24 horas un gobierno fuerte como el del Turco (por lo Elías). Y no es que respete a Obregón, su contrincante. ¡Que va! Apenas ayer, en Puebla, ha anunciado que su primer acto de gobierno será fusilar por traidor al Manco (Obregón). Arnulfo Gómez tiene preparada su propia asonada. Se levantará en armas el 8 de noviembre (el 2 de octubre se entrevista con Serrano) y entonces se convertirá en el único jefe de la Revolución.
Serrano y Gómez son como el agua y el aceite. Si algo los identifica en aquel momento son la frustración, el resentimiento y el odio. También la convicción de que ninguno de los dos será presidente por la vía del sufragio universal.
“¿Por qué otra vez ese pinche manco?, ¡carajo!”. Finalmente, lo que se esperaba como una alianza indestructible resultará una mascarada. Los dos generales opositores terminan como odiados enemigos. Serrano viaja a Cuernavaca con el pretexto de festejar su santo –en realidad va a esperar el triunfo de la asonada–, mientras que Gómez toma el camino de Veracruz para ultimar su levantamiento.
Son 13 a la mesa de la villa morelense y como alguien advierte la cábala es incorporado de inmediato un periodista sentado en una mesa de al lado.
Pancho Serrano, ex secretario de Guerra y ex gobernador del Distrito Federal, es objeto de honores especiales. Se brinda por él como si ya fuera presidente de la República. El coñac Hennessy-extra, su licor favorito y por imitación el de todos los presentes, corre generosamente. Las copas se alzan también “por ellas, aunque mal paguen” y es el momento de pedir al jefe la reseña de sus últimos lances amorosos. “¡Tiene chupamirto, el cabrón, ni hablar”!

El galanazo

El joven general disfruta relatando sus experiencias sentimentales con damas esculturales y hermosas como “salidas de un calendario”, según su propia vanidad. Sus conquistas parisinas, por ejemplo, –vivió en París becado ¡por Obregón!–, forman entre su tropa de una suerte de Decamerón oral y su affaire con una princesa rusa borda lo pecaminoso. Calles, a propósito, aseguraba que Serrano había vuelto de Europa “más tahúr, más borracho y más mujeriego”. Sobre Gómez, quien también había cruzado el Atlántico en busca de refinamiento, la opinión del presidente no era diferente: “había regresado más bruto!”.
Las botellas vacías de coñac forman una hilera sobre la barra desolada. La tertulia no decae en su entusiasmo santoral patriótico y revolucionario. El general Carlos A. Vidal casi besa la oreja del jefe Serrano al ofrecerle secreta lealtad. Mañana –una vez consumado el golpe de estado—, Vidal asumiría provisionalmente la jefatura del Poder Ejecutivo y desde allí convocará a elecciones generales. “El candidato de la unidad revolucionaria no podrá ser otro que el general Francisco R. Serrano. “Y luego a ver quien lo baja de la burra.” El Turco, bien visto, le ha hecho un gran servicio al pisotear la “no reelección”.

Los cañonazos

El galán de los generales mexicanos ignora que mientras él narra sus aventuras eróticas y bebe licor como periodista la conjura ha fracasado. El general Eugenio Martínez, quien se encargaría de arrestar y fusilar al triunvirato Calles- Obregón-Amaro, ha sucumbido ante un “cañonazo”. No de los sonoros de artillería sino los sutiles de 50 mil pesos inventados por el sonorense genial. El general Héctor Almada, jefe de Estado Mayor de Martínez, prosigue por su cuenta la sublevación, pero pronto será batido en Texcoco por el general Gonzalo Escobar.

Cuba y Acapulco

 

México y La Habana, dos ciudades que son como hermanas:
Benny Moré

La cubanidad

Las oleadas de artistas cubanos hacia México se sucederán una tras otra a partir de finales del siglo XIX; muy intensas en la mitad del XX. Figurarán entre ellos músicos, compositores, cantantes, cómicos, actores y actrices de cine, además de hermosas bailarinas. El primer gran salto lo habrán dado tres géneros musicales, el son, el bolero y el danzón, seguidos del mambo, el chachachá, el filin y el canto nuevo. Adoptados todos ellos como propios y entrañables.
Algunos de aquellos creadores fueron, igualmente, adoptados por México y no faltaron quienes hicieron de este país una segunda patria. Entre muchos, Absalón Pérez, director de orquesta de la XEW y Consejo Valiente, un timbalero cuyo nombre artístico –Acerina–, identificará a su danzonera. Y en esa misma línea, Arturo Núñez, también músico y compositor (Nuestra cita).

Cubano-acapulqueños

Pascual Capote, Chimmy Monterrey, (¡muchaaaaaacho!), quien lo mismo le tocaba los cueros a María Antonieta Pons que a Ninón Sevilla, fue el primero en registrarse como cubano-acapulqueño. Crea el Jazz Bar como exitoso escenario para sus paisanos, al tiempo que forja con doña Graciela Orozco una familia acapulqueña ejemplar. Recomendamos una película en la que Chymmy baila con Maritoña una rumba de antología. (Estoy seguro de que si mañana nos encontramos me seguirá llamando ¡muchaaaacho!
También asimilado al puerto, Enrique Tappan, Tabaquito, bongocero y bailarín de Tongolele; un yucateco que se decía cubano, hablaba como cubano y bailaba como cubano. ¿Y cuál es la diferencia?, preguntaba irritado. También acapulqueño, el saxofonista Ezequiel Barreto.
Juan Bruno Tarraza, tecladista de Toña La Negra, se enamora de Acapulco y decide anclarse aquí para cubrir las noches del trópico con las notas tan cálidas como las de su piano. Su entrega bolerística será notable: Alma libre, Oye, corazón, Como el besar y Soy feliz. Interpretando este último María Victoria tocará los dinteles de la gloria. (¡y es que estoy taaannnn… enamoraaaada!…).
La Cabaña de Caleta adopta a Celio González como consejero culinario, particularmente de los camarones al ajillo. Había llegado al país como cantante de la Sonora Matancera y aquí se convertirá en solista único (Total, Amor sin esperanzas y Vendaval sin rumbo). Otros talentos de la migración cubana: Mario Álvarez Jiménez (Rumbo perdido, Sabor de engaño y Vuélveme a querer). Oswaldo Ferrés, un músico isleño que abrevó en las fuentes larianas (Acércate más, Toda una vida, No, no y no, Tres palabras y Quizás, quizás).

El Benny

Un autor e intérprete fuera de serie, Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, simplemente Beny Moré, triunfa en México antes de ser conocido en Cuba. En opinión del sonero cubano Miguelito Cuní: “Benny se terminó de hacer como gran intérprete en este país y fue aquí también donde cultivó los tonos graves que antes no poseía. Cuando lo escuché en la isla le dije: “¡muchaaacho: ora sí estás completo!”
Será el Benny”, por cierto, quien le abra las puertas de México al carefoca Dámaso Pérez Prado, El Rey del Mambo, de cuya orquesta había sido cantante (Bonito y sabroso, Esta noche, corazón; Pachito eché y Cómo fue). Temas estos con los que alcanzará en Cuba el sitial como el mayor sonero de todos los tiempos. Moré coincide aquí con Isolina Carrillo, pianista del Cuarteto Siboney (Olga Guillot, Alfredo León, Conchita García y Macelo G.) y hará de su bolero Dos gardenias una creación sublime.
Apalancado por el propio Benny, Roberto Bobby Collazo sólo necesitó un bolero (La última noche) para escalar la cumbre del éxito. Caso similar fue el de Sergio de Karlo con Flores negras. Auténticos monstruos sagrados de la radio cubana fueron Rita Montaner (Angelitos negros), junto con los cómicos de La Tremenda Corte: Tres Patines, Luz María Nananina y Reducindo Caldera y Escobina.
Cuando hayan pasado seis años de su llegada a México y tenga ya un pie en el estribo para regresar a su isla, “un largo lagarto verde”, según Nicolás Guillén, Bartolomé Maximiliano participa con toda la “cubanada” en la recepción al presidente isleño, Pío Socarrás, de visita en México. (“México y Cuba son de un mismo pájaro las alas”, recordará al poeta). Viaje malhadado pues a su regreso será derrocado por Fulgencio Batista (quien había estado en Acapulco en tiempos del presidente Lázaro Cárdenas). Socarrás regresa a México sólo para esperar que Miami le conceda el asilo, ínterin en el que contrata como public relations al periodista Agustín Barrios Gómez, autor de la columna Ensalada Popoff de Novedades de México y propietario de los cabarets Afro de la capital y Rumba Casino de Acapulco.
Otro alcahuete del desterrado será el gringo mafioso Alfred Blumy Blumenthal, gerente de los hoteles Reforma de la Ciudad de México y Casablanca acapulqueño, quien le conseguía “viejorrones como de calendario”, según calificación de empleados del cabaret Ciro’s, donde las presumía. El día en que el expresidente le lance los canes a la estrella del lugar, Leonora Amar, actriz y cantante brasileña, una auténtica estatua de carne de 1.78, el galán cubano echará reversa. Ello cuando el propio Blumy le advierta: “¡Cuidado, Pío, porque ahí no tendrás tiempo ni de decir pío: se trata de una de las novias del presidente de México, don Miguel Alemán Valdez! ¡Cóooooño!

Voces y sonidos

Voces y los sonidos de Cuba cubrieron por muchos años los programas de mayor audiencia de la XEW. Allí triunfaron El Benny, por supuesto, Celia Cruz (Tu voz), Olga Guillot (La gloria eres tu y Miénteme); Bola de Nieve (Si me pudieras querer); Ernesto Lecuona (Canto Siboney, María la O); Miguelito Valdez, Mister Babalú, cantante de la orquesta estadunidense de Xavier Cugat (México, yo te canto y Taboga); Bienvenido Granda, El bigote de canta (A la orilla del mar) y Julio Gutiérrez (Inolvidable).
Por ese tiempo estremece aquí el drama del compositor Pedro Junco, de Pinar del Río, Cuba, quien fallece víctima de una tuberculosis fulminante. Será entonces cuando su novia comprenda el por qué de su cruel rechazo: Nosotros, que nos queremos tanto debemos separarnos, no me preguntes más. (Nosotros, su canción póstuma).
Aída Diestro conjunta en el Cuarteto D’ Aída a las más grandes voces cubanas de todos los tiempos: Elena Burke, Moraima Secada y las hermanas Haydé y Omara Portuondo –un asombroso prodigio de vitalidad esta última– (Yényere cumae y El bombón de Elena). El Cuarteto de Facundo Rivero, del que alguna vez formó parte Elena Burque, lo integraban Welia Núñez, Elba Montalvo, Jesús Leyte y Abelardo Rivero Ébano. Facundo presumía los muchos nombres de su pelo apretado, llamado en Cuba pasa y frijolito; chino y musuco, en México: frisé en Francia; mota en Brasil y apretao en Perú.
Ya sin Facundo, el cuarteto volverá a Acapulco para cubrir las temporadas invernales en el Bum Bum de Beto Barney, en Caleta. Cecilia González y Elba Montalvo eran sus nuevas voces femeninas, con Leyte y Ebano ( Serenata mulata, Oyeme mamá, Cachumbembé). Los Hermanos Rigual, también apoderados del Bum Bum, cataban Cuando calienta el sol aquí en Caleta , mientras que el compositor y guitarrista Gilberto Urquiza estrenaba ¿Hola, que tal?
En materia de orquestas suenan fuerte las de Mariano Mercerón (La Margarita); Chico O Farill (Suite azteca); América, de Ninón Mondéjar (Los marcianos) y de Enrique Jorrín, creador del chachachá (La blusa azul, La engañadora). Frank Domínguez, pianista, triunfa con Tú me acostumbraste e Imágenes.
Salón México

Emilio El Indio Fernández llama al son Clave de oro, de Orlando Guerra, para meter ritmo a su celebérrima película Salón México. Otros vocalista del grupo serán Moscovita y Chepilla (Un Meneíto nomá, Camina como Chencha). El primer cantante de la orquesta de Pérez Prado fue Cecilio Kiko Mendive (México lindo y El caballo y la montura). Por su parte, Barbarito Díez canta temas a ritmo de danzón o “danzonetes” (Lágrimas negras). Óscar López (Boquita azucará y Corazón no llores) y Rosita Fornés, deslumbrante vedette que estuvo casada con el cómico mexicano Manuel Medel, se despide de Cuba para radicar en Nueva York.
Más cubanos privilegiados: Mario Fernández Porta, pianista y compositor (Qué me importa y No vuelvo contigo). César Portillo de la Luz, uno de los iniciadores del filin (Contigo a la distancia y Delirio). Bienvenido Granda (Soñar, a la orilla del mar). Yeyo y Cané (Bembelem) y Francisco Fellove (Mango mangüé). El “cubanísimo” Cuarteto Rufino –Mamá Rufino era la única isleña– (Clavelito); Famie Kaufman, Vitola, (Chibiribirí); Miguel Licea, Puntillita; El quinteto cubano de las Hermanas Benítez, con un año en la marquesina del hotel Club de Pesca (Corazón de melón), Luis Marqueti (Amor, que malo eres) y Dalia Iñiguez, declamadora y actriz de cine y televisión (La oveja negra, Yo no creo en los hombres y La rosa blanca. Eternos: Trío Matamoros (Lágrimas negras) y Moisés Simons (Bilongo).

Las rumberas

De las rumberas venidas de Cuba, María Antonieta Pons será la primera en presentar en 1954 un fastuoso espectáculo en el cabaret Cantamar, del hotel Prado Américas, de la península de Las Playas. La acompañaron las orquestas de Gonzalo Curiel y Luis Alcaraz y primer bailarín Raúl Martínez, el más tarde villano y director de cine. Las otras tres rumberas cubanas, Ninón Sevilla, Rosa Carmina y Amalia Aguilar (Meche Barba era mexicana) fueron también figuras familiares en Acapulco.

José Antonio Méndez

José Antonio Méndez, uno de los más grandes creadores musicales de todos los tiempos, entrega a Toña La Negra su canción La gloria eres tu para ser grabada por primera vez. Apenas sale el acetato, grupos moralinos de la Ciudad de México, apoyados por la Iglesia católica, combaten el disco calificándolo como blasfemo. Exigen su retiro inmediato y lo cumple la censura oficial en 1947.
Durante una larga estancia en Acapulco, José Antonio acostumbrará todas las noches “echarse la paloma” en la taberna El pez que fuma, de Manolo Pano, en los callejones de La Paz e Ignacio Ramírez. A su llegada compositor pedía sin falta:
–Ron con goma, mi helmano. Y es que hoy, como todas las noches, no sé dónde estoy, si en La Habana o en Acapulco. ¿Y sabes qué, mi helmano?, ¡no quielo sábelo!
Ya en plena paloma, la petición unánime para el cubano era su canción La gloria eres tu, sobre la que había construido un interesante relato:
–La censura y la Iglesia calificaron mi canción de blasfema y maldita al grado de prohibir su reproducción por cualquier medio, en tanto que yo estuve amenazado permanentemente de ser echado del este país por hereje. Fue entonces, ante la disyuntiva de borrarla toda para siempre, que decidí modificar una sola palabra de toda su letra. La versión original:
Dicen que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo es morir, DESDIGO a Dios porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo tisú, si alma mía, la gloria eres tú.
Fue entonces cuando decidí desdecirme yo y salvar la canción:
Dicen que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo al morir, BENDIGO a Dios porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo tisú, si alma mía la gloria eres tu

El hijo acapulqueño de José Antonio Méndez

Durante su estancia en Acapulco, José Antonio Méndez (Me faltabas tú, Mi mejor canción, Si me comprendieras, Novia mía y Decídete mi amor) habitó la bodega del centro nocturno Bambú, de su paisano Manolo Viñas, junto al Palacio Federal. Fue en tal sitio donde el compositor conoció a Alicia Rodríguez Tenorio, una hermosa hembra de Ometepec. El flechazo no se hizo esperar y justo a los nueve meses ella dará a luz a un bebé, morenito, por supuesto. Para esto, José Antonio ya había abandonado el puerto, desconociéndose si tenía noticias sobre el particular. El autor de la revelación, licenciado Pedro Larumbe Morales, ayudará más tarde al joven José Antonio Méndez Rodríguez, que tal era el nombre del muchacho, para ingresar a una escuela de educación física de la entidad. Al perder contacto con él, Pedro viaja a Cuba para llevarla historia a familiares y amigos del poeta.

Pedro Larumbe Morales

A unas cuántas horas de habernos despedido de la mesa de café de los jueves, en Sanborns, Pedro sucumbió seguramente ante un infarto. Nunca le agradecí suficientemente la generosa presentación que hizo de mi trabajo periodístico en la Feria Internacional del Libro de Acapulco, en mayo de este año. Antes de despedirnos, aquel día me ofreció su colección de sus magníficos epigramas para armar una futura Contraportada. Ojalá pudiera ser ello posible por parte de los suyos. Digo.

El Grito

El primero

Cuando han transcurrido dos años de la convocatoria independentista de 1810, el general y licenciado Ignacio López Rayón rememora aquél momento en el poblado de Huichiapan (hoy Hidalgo). Quien había sido secretario particular del cura Miguel Hidalgo y Costilla lee en tal ocasión una proclama redactada por Andrés Quintana Roo, con posterior repique de campanas y cierre con una descarga de artillería. Será esta la primera conmemoración de la noche del Grito de Dolores, continuada sin interrupción hasta nuestros días.
Poco más tarde, el 14 de septiembre del 1813, el generalísimo José María Morelos y Pavón propone en los Sentimientos de la Nación: “que se solemnice todos los años el 16 de septiembre, como el aniversario en que se levantó la voz de la independencia y comenzó nuestra santa libertad. Día en que se abrieron los labios de la Nación para reclamar sus derechos y empuñó la espada para ser oída, recordando siempre el mérito de don Miguel Hidalgo y de su compañero Ignacio Allende”. Tal propuesta será adoptada por el Congreso Constituyente en 1822 y confirmada en 1824.
El primer presidente de la República, Guadalupe Victoria, dará en 1825 cabal cumplimiento a tal decreto instalando una Junta Patriótica encargada de recordar la efeméride. La misma sugerirá a los capitalinos colgar de sus balcones “cortinas, flámulas y gallardetes” y por la noche organizará una verbena en la Alameda con “iluminaciones y fuegos artificiales alegóricos”.
Tal como lo hiciera Rayón en Huichapan, el Grito será antecedido por un discurso patriótico para ensalzar la gesta y a sus héroes. Seguirá el repique de campanas, el estruendo de salvas, los fuegos de artificio y finalmente la fiesta popular con todos sus ingredientes nacionales. Será este, a partir de entonces, un patrón para las celebraciones en todo México, interrumpidas sólo por razones muy poderosas. Tal fue el caso ocurrido 1833 con motivo de una epidemia de cólera, transfiriéndose los festejos al 4 de octubre.
Otra interrupción similar se dio el 16 de septiembre de 1847 por la ocupación de la Ciudad de México por el ejército estadunidense, con la bandera de las barras y las estrellas ondeando en Palacio Nacional. Los capitalinos, sin embargo, saldrán a las calles retando el toque de queda para lanzar temerariamente buscapiés, palomas y chinampinas contra los soldados invasores. Replegado en Querétaro, el gobierno de la República no dejará pasar inadvertida la celebración

Juárez

Maximiliano de Habsburgo entra a la Ciudad de México en junio de 1864 y una de sus primeras salidas de la capital será al pueblo de Dolores, Guanajuato, en septiembre de ese mismo año. Ahí, pide sorpresivamente una visita nocturna a la casa que fuera casa del cura y desde un balcón lanza un sentido panegírico del libertador. Termina con una arenga llamando a los mexicanos a la unión y a la concordia. La actitud de los pocos oyentes será glacial .
A cientos de kilómetros de Dolores, en una localidad llamada Noria de Pedriceña, en la inhóspita región de Durango, limítrofe con Chihuahua, un carruaje negro hace un alto luego de un largo peregrinaje. Sus empolvados ocupantes lo abandonan para buscar un lugar donde pasar la noche. Ellos son Benito Juárez, Guillermo Prieto, Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias Este último escribirá lo ocurrido entonces:
“Los aniversarios comunes de las fiestas de independencia tienen necesariamente algo de rutina. A semejanza de lo ocurrido en el pueblo de Dolores la noche del 15 de septiembre de 1810, el 16 de septiembre de 1864 vio congregados a unos cuantos patriotas celebrando una fiesta de familia, enternecidos con la heroica abnegación del padre de la independencia mexicana, y haciendo en lo íntimo de sus conciencias el solemne juramento de no cejar en la presente lucha nacional, continuándola hasta vencer o sucumbir”.
La noche había caído y sólo se escuchaba el crujir de la madera que se consumía entre las llamas de las fogatas. Propuesto por alguien para pronunciar algunas palabras en torno a la efeméride, don Guillermo Prieto elevará una oración para evocar la gloriosa jornada de 1810:
“La patria es sentirnos dueños de nuestro cielo y de nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, es nuestra asimilación con el aire y con los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duele como carne y que el sol nos alumbra como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el de nuestros padres; decir patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos. Y esa madre sufre y nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de extranjeros y traidores”.
Ha sido esa sin duda una de las celebraciones patrióticas más sencillas y emotivas de todos los tiempos.

Altamirano en Acapulco

Comisionado por el gobernador Diego Álvarez, en cuya hacienda de La Providencia reside con su familia, el maestro Ignacio Manuel Altamirano baja a Acapulco el 15 de septiembre de 1865 dispuesto a encabezar la ceremonia del Grito de Independencia.
No podrá hacerlo porque los festejos patrios se han suspendido a causa de la presencia de naves francesas en la bahía. Será invitado entonces a cumplir su encargo en el poblado de La Sabana, en cuyo río caudaloso de agua zarca le encantaba bañarse. Una de las más altas inteligencias oriundas del sur, pronuncia en aquella comunidad una maciza pieza oratoria llamando a los acapulqueños “idólatras del deber”. Les dice:
“Yo os saludo con toda admiración que inspira vuestra conducta y deseo que descienda sobre vuestras cabezas las bendiciones de aquél gran padre de la Patria que nos contempla desde el cielo”.
“Íbamos a celebrar las fiestas de septiembre en la bahía de Acapulco, a orillas de esa dulce y hermosa bahía que se abre a nuestras costas como una concha de plata; iban sus mansas olas de esmeralda a acariciar los altares de Hidalgo; iba su fresca brisa a agitar sus libres pabellones; iban los penachos de sus palmas próceres a dar sombra al pueblo regocijado; iba el lejano mugido del tumbo a mezclarse en el concierto universal; iba Acapulco como tantas veces a aderezarse con su guirnalda de flores, cuando repentinamente, extranjeras naves, las naves del amo de aquél que se llama soberano de México, han venido a deponer en nuestras playas una falange de traidores”.

Porfirio Díaz

Porfirio Díaz acepta de buen grado la propuesta de festejar en grande la Independencia nacional el 15 de septiembre, a sabiendas de que en realidad estará celebrando su cumpleaños. El dictador ha traído de Dolores la campana San José que hizo tañer el cura Hidalgo en 1810 para llamar a la rebelión. La ha instalado sobre el balcón central de Palacio Nacional para tocarla durante la rememoración del Grito
En 1910, al cumplirse 100 años del inicio de la Independencia, el anciano sátrapa afina la garganta con coñac francés para gritar: “Mexicanos: ¡Viva la República!, ¡viva la libertad!, ¡viva la independencia!, ¡vivan los héroes de la patria y viva el pueblo mexicano!”… Y entonces jala el cordel que tiene a la mano para hacer tañer la histórica campana pero nada, no suena. Jala una y otra vez la cuerda sin producirse ningún sonido. Irritado, musita mentadas de madre negándose a dar por terminado el acto sin escuchar el bronce de Hidalgo. No tardará el personal de Palacio solucionar el problema y entonces Díaz se dará vuelo tocando la histórica campana. Se sabrá más tarde que partidarios de Francisco I. Madero, preso entonces por alborotador, habían ahogado el sonido de la San José cubriendo con trapos el badajo.

Gritos presidenciales

Los gritos tradicionales han sido: ¡Mexicanos! Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad. Viva Hidalgo, viva Morelos, viva Josefa Ortiz de Domínguez, viva Allende, viva Aldama! Respetadas todas por los presidentes de la República aunque no faltarán los que añadan vítores a otros héroes e incluso a hechos ajenos a la conmemoración. Por ejemplo:
El presidente Lázaro Cárdenas incluyó un: “viva la revolución social”; López Mateos: “Viva la Revolución Mexicana”; Luis Echeverría: “Vivan los países del tercer mundo”; López Portillo: “Viva nuestra soberanía, viva nuestra autodeterminación, vivan nuestras libertades, México ha vivido, México vive, México vivirá”. Carlos Salinas: “Vivan los Niños Héroes, viva Juárez, viva Emiliano Zapata”. Ernesto Zedillo: “Vivan nuestra libertad y nuestra democracia”. Peña Nieto: “Viva Galeana, viva Matamoros, viva Guerrero, viva la Independencia nacional”. “Viva México, viva México, viva México”, será el remate en todos los casos.

Gritos de acá

El alcalde de Acapulco Ismael Valverde, cuñado del gobernador Alejandro Gómez Maganda (1951-1954), se alista para encabezar la ceremonia del Grito de Independencia desde el balcón del Palacio Municipal (hoy CAPAMA). Poco antes de las 11 de la noche del 15 de septiembre, el alcalde hace gárgaras para que su voz salga clara y potente pese a su condición de gangoso (hablar con un eco en la nariz).
Llegada la hora y ante un público animado y expectante, el alcalde Valverde sale al balcón del palacio para rememorar el Grito de Hidalgo en Dolores. Lo acompaña únicamente su esposa, Rosa. El potente sonido ha logrado que la concurrencia escuche sin problemas las arengas patrióticas, coreándolas con entusiasmo. El presidente ondea el lábaro patrio al ritmo del Himno Nacional y una vez terminado el canto patrio, voltea a ver a su esposa para lazar un amoroso “¡que viva Rosa”! Casi un susurro que se escuchará tan potente como el propio Grito. El sonidero la pagará caro por desobedecer la orden presidencial de apagar el micrófono una vez terminada la arenga

El joven Abuelo

El alcalde de Coyuca de Benítez acuerda con el secretario del Ayuntamiento que, para solventar cualquier olvido, se coloque a sus espaldas para darle los nombres de los personajes de la arenga:
¡Viva la Independencia!
¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!
¡Viva Hidalgo!…. ¡Viva Morelos… ¡Viva Guerrero!… (aquí el hombre cabestrea mientras el secretario le urge imperioso –¡ el joven abuelo!… ¡el joven abuelo!–, y sin pensarlo dos veces lanza a los aires un sonoro.
¡Viva el presidente Ruiz Cortines!

El Grito de Sotelo

(Nicolás Chautenco era un excelente media cuchara muy popular en Atoyac de Álvarez. Usaba un paliacate rojo atado en torno a la cabeza para cubrir el oído derecho, cuya oreja había perdido en un asalto. Se le llamaba simplemente Chautenco, su apellido).
El alcalde de Atoyac de Álvarez, Ladislao Sotelo, se sopla medio vaso de mezcal sin mover un músculo de la cara y aconseja: “esto es lo mejor para abrir la garganta”. La necesita despejada para lanzar vibrante su primer Grito como primera autoridad del municipio cafetalero.
Nervioso como venado lampareado, el señor presidente se muerde un uñero mientras lee una tarjeta bond que contiene la proclama dispuesta por la ortodoxia republicana. No obstante su fe ciega en la ilustración del secretario del Ayuntamiento, encuentra incompleta aquella nómina de los “héroes que nos dieron patria y libertad”. Aquí falta uno, se dice muy preocupado cuando llega el momento:
–¡Yo sabía que aquí faltaba alguien!, –exclama el primer edil cuando camina con largos trancos rumbo al balcón desde donde dará el Grito. Tiene en la punta de la lengua el nombre del ilustre ausente, pero las necias neuronas no lo sueltan. Entonces detiene la marcha para urgir a quienes lo rodean:
–¡Rápido, rápido!: ¿Cómo se llama el hombre del paño amarrado en la cabeza?
–¡Chautenco, señor presidente!, ¡Chautenco!, responde un coro monumental.
–¡Bola de pendejos!, –estalla el alcalde y corre a dar el Grito.
Cuando vitoree al generalísimo José María Morelos y Pavón, a quien ha invocado angustiosamente, Ladislao Sotelo lo hará con genuina emoción.

 

Gloria Guinness en Acapulco, una de las tres mujeres más elegantes del mundo, según Time

Una casa única para una mujer única: Loel Guinness

“Sólo nos falta casa en Acapulco para que seamos una pareja, además de muy feliz, totalmente internacional”, le dice Loel Guinnes a su esposa, Gloria Rubio Alatorre.
“Una casa única para una mujer única”, demanda Loel Guinness, y lo envían con el arquitecto mexicano Luis Barragán, quien lamenta no poder complacerlo, pero le recomienda a un alumno suyo, el arquitecto Aldaco Gómez (Guadalajara, 1933-2013), quien acepta el desafío. Para afrontarlo, se inspiró en las formas escultóricas de su maestro y en las cabañas de palapa tradicionales de Acapulco.
“Aldaco Gómez construye la más fabulosa de las villas nunca antes vista y logra con ella merecida fama internacional, reforzada más tarde con una casa en Costa Careyes, Jalisco, bautizando así a un estilo arquitectónico” (El Informador, de Guadalajara). El también pintor, escultor y diseñador recibió en 2008 el premio honorario Architectural Digest, por su diseño de casas de playa. Se le considera a partir de entonces como el “creador mexicano de la arquitectura de playa (idem)”.

Loel Guinness

Thomas Loel Guinness, ex parlamentario de la Gran Bretaña, está dedicado a los bienes raíces y a la banca. Pertenecía a la dinastía de nobles irlandeses famosos creadores de la cerveza negra Guinness, con más de dos siglos de existencia. Entre sus obras filantrópicas figuraba la compra del yate Calypso, sólo para darlo en alquiler a Jacques-Yves Cousteau, el famoso explorador oceanográfico, además de costearle su película El mundo del silencio.

Residencias, yate y aviones

Los otros domicilios de los Guinness se ubicaban en Nueva York (departamento en Waldorf Towers, Manhatan); residencia de siete pisos en París; granja del siglo XVIII cerca de Lausana, Suiza; residencia y criadero de caballos en Normandía y mansión con campo de golf en Lake Whorth, Florida. La pareja surcaba el Mediterráneo en un yate de 350 toneladas e iban y venían en su flota aérea compuesta por dos aviones y un helicóptero. La señora nunca viajó con maletas pues contaba con guardarropa en cada domicilio

Gloria Guinnes

Gloria Rubio Alatorre (Guadalajara, Jalisco, 1912-1980) se encargó de decorar y amueblar su casa de Acapulco. “Todo auténticamente mexicano, excepto el marido inglés”, declaraba sonriente. A partir de esta, su cuarta unión matrimonial, en 1951, la mujer será simplemente Gloria Guinness.
Morena, alta, delgada y hermosa, Gloria Guinness se dejaba vestir únicamente por Dior, Chanel, Saint-Laurent, Valentino, Halston y Givenchy, aunque sus preferidos eran los españoles Antonio del Castillo y Cristóbal Balenciaga. No estaba reñida con el vestido casual y lo demostraba usando los pantalones Capri, de Emilio Pucci. En cambio será intransigente en cuanto a los hot pants: “Odio esas malditas cosas, excepto en Brigitte Bardot”, decía.
“La mujer –aconsejaba a propósito–, no siempre debe vestirse para levantar envidias en otras mujeres, debe hacerlo para sostener la atracción de su compañero. El trabajo de la mujer es complacer a su hombre”, remataba.

Mujer de su época

Gloria Rubio fue editora y columnista de varias publicaciones internacionales y entre ellas la revista Harper’s Bazaar. Su pluma, siempre con actitud liberal y de avanzada, tocó temas como la mariguana, la guerra de Vietnam y la demonizada reunión juvenil de Woodstock. Sabía diferenciar muy bien lo elegante de lo chic. “La elegancia –escribió– es un regalo de la naturaleza, lo chic es una moda, una actitud bien estudiada, un arraigado sentido del exhibicionismo. Ambas cosas soy yo”. Su rostro sereno será portada frecuente de revistas femeninas, particularmente de Vogue.

Truman Capote

El novelista estadunidense Truman Capote –“soy alcohólico, soy drogadicto. soy homosexual, soy un genio”–, la consideraba una de sus tres cisnes: “por su cabello negro como la seda, sus cejas bien delineadas y su largo y esbelto cuello”. Los otros dos eran la estadunidense Babe Paley y la italiana Marella Agnelli. El autor de A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s reúne a sus tres
cisnes en su famosa fiesta anual en el Black & White Baal del hotel Plaza de Nueva York. Convocaba a la crema y nata de la high society neoyorkina y particularmente a la refinada jotería internacional. En una de ellas, la grand entre de Gloria a la fiesta enmudece a la concurrencia: luce un vestido muy sencillo, pero de su cuello de cisne cuelga un collar cuajado de diamantes y esmeraldas mientras que sus ojos están escondidos tras un antifaz negro. Será la reina indiscutida de la noche.

Nada que ponerse

Los Guinness están invitados a cenar con amigos. El hombre apresura a la esposa porque están citados a las 9 y ya son pasadas.
–¡Si no estás lista ahora mismo, me voy solo, –amenaza Loel.
–Paciencia, Lo –le responde–. Es que por más que busco no tengo materialmente nada que ponerme.
El banquero inglés lanza un sonoro ¡joder!, escuchado seguramente en Acapulco, echándole en cara a la mujer que los closets de sus cinco residencias están repletos. ¿Por qué todas las mujeres dicen que no tienen nada que ponerse?, reprocha para luego lanzar un ultimátum: ¡Te quedas!, le grita al tiempo de encender el auto. La dama llega muy agitada envuelta en un hermoso abrigo de mink. Él la recibe furfullando algo ininteligible mientras pone en marcha el auto. Llegan finalmente a su destino donde el criado de la casa procede a tomar el abrigo de la dama.
–¡Oh, santo Dios!, grita Loel al verla vestida únicamente con ropa interior, lencería finísima, por supuesto. La flema del inglés lo atraganta y sólo le da para lanzar un reproche –¿Pero es que has vuelto loca, mujer?, –y por única vez deseará ponerle la mano encima, además de un abrigo. Ella solo insistirá en su reproche, ya universal:
–¿No te dije que ya no tenía nada que ponerme?
Anfitriones e invitados festejan ruidosamente la puntada de Gloria, una de tantas a los que los tiene acostumbrados

La más elegante del mundo

La estadunidense Eleanor Lambert, árbitro de la moda y creadora de la lista de las mejores vestida”, incluirá a Gloria en ellas entre 1959 y 1963. La llamará, incluso, “la mujer más elegante del mundo”. La propia señora Guinness integrará más tarde, con la duquesa de Windsor y Jacqueline de Onassis, el trío de socialités declaradas por la revista TIME como “las tres mujeres más elegantes del mundo”. En rigor, la mexicana estará ubicada enseguida de la señora de Onassis.

Huipiles amuzgos

En Acapulco, la mujer símbolo de la elegancia universal vestía cotidianamente huipiles (huipil en náhuatl: blusa o vestido adornado) El colorido vestido tradicional de la mujer indígena lo encargaba a las creadoras de la región amuzga de Guerrero. Prendas que, por cierto, acostumbraba obsequiar en Navidad a sus mejores amigas en varios países.
Aquí, la señora Guinnes se daba tiempo para preparar algunas donaciones para los museos de Arte de Nueva York y el londinense Victoria Alberto, dedicados a las bellas artes decorativas. Para el primero selecciona trajes de Balenciaga y Elsa Schiapirelli, mientras que para el segundo una colección en la que figura un vestido de noche de Marcelle Chaumont, la diseñadora francesa que tuvo como cortador a Pierre Cardin, el más tarde genio de la costura.

El vestido

El vestido de noche Chaumont es de organza blanca y de cuerpo entero. La falda de cintura completa ha sido pintada a mano por la propia creadora, con un diseño dorado de cintas y lazos. El corpiño está finamente arropado sin tirantes y está desguazado en las costuras con un volante recogido en la parte superior. Hay un cierre de cremallera lateral. Con una enagua de organdí blanco unida al vestido en la punta del corpiño también desguazado. Cinturón de organza blanca. Sus medidas en centímetros: busto, 88; cintura, 69; circunferencia con dobladillo, 250. La longitud del vestido es de 142 centímetros.

Los matrimonios

Gloria Rubio se casa a los 20 años con el holandés Jacob Hendrik Scholtens, de 47, superintendente de un ingenio azucarero en Veracruz. El divorcio será casi inmediato. Pasados dos años contrae matrimonio con el príncipe Franz Egon Von Furstenberg-Hedringer, con quien procrea a sus dos únicos hijos, Franz y Dolores. Se divorcia para casarse con el príncipe Ahmad -Abu-El- Farouh Farky Bey, nieto del rey Fuad de Egipto y sobrino de la princesa Fawzá, primera esposa del sha de Irán. Vendrá el cuarto al bat y pegará jonrón. Su nombre, Thomas Loel Guinness, banquero inglés, con quien se casa en Antibes, Francia, en 1951. Con ellos vivirán los dos hijos de ella y uno de él.

Morir antes de envejecer
y engordar

Poco antes de morir, Gloria Guinness concede una entrevista a la revista Woman Wear Daily y en ella se declara ajena al mundo que vive. Se manifiesta, además de cansada, desencantada de esta vida. Sus querellas: “Esta vida ya no es como la de antes… nadie hace grandes entradas a un baile o a un restaurante… todo mundo grita y no platica… en las discotecas todo es oscuro… ya nadie practica el arte del flirteo… de ver y ser vistos… ya nadie nota siquiera qué diseñador de alta costura realizó tu vestido… esta ya no es la vida que yo deseo seguir viviendo”.
La señora Guinness muere infartada a los 68 años, el 9 de noviembre de 1980, en la villa Zanroc, en Epalinges, Suiza. No faltarán cercanos que hablen de suicidio, recordando su constante lamento en el sentido de “no estar dispuesta a soportar tres cosas: “envejecer, engordar y perder al tacaño de su marido”. Este fallecerá más tarde, a los 82 años, en Houston, Texas, también por una falla cardiaca. Ambos descansan en el cementerio de Bois de Vauz de Lausana, Suiza.

Hugo Arizmendi y los pelícanos

El ingeniero politécnico y acapulqueño, Hugo Arizmendi Dorantes es recomendado para un trabajo especial urgido por los Guinness. Se trata de evitar que una banda de pelícanos siga saqueando una enorme pecera que aloja centenares de exóticos peces de colores traídos de todas partes del mundo. El personal de la residencia ha sido dotado con bats beisboleros para contener a los voraces pajarracos. Fracaso.
Hugo investiga que los pelícanos poseen, además de su gran pico, un saco yugular que utilizan para capturar sus presas y que drena el agua recogida antes de tragárselos. Nada sobre algún elemento natural o de laboratorio que los ahuyente. Propone entonces la colocación de una malla metálica que resista los embates de las aves que, como aviones de caza, se lanzan en picada sobre el estanque para tragarse un buen número de pececitos. Al inglés le parece magnífica la solución, pero pide al ingeniero que se atenga al diseño que hará la propia señora Guinness. Y así sucederá.

Guinness vs Corona

Guinness estará pendiente de los trabajos y todos los días inspeccionará la obra llevando una generosa dotación de cerveza Guinnes, que el ingeniero politécnico y sus trabadores consumen con recelo. Uno de ellos lo revelará más tarde:
–Pinche cerveza “Finex”, o como se llame, parece chocolate y sabe a purititos miados. Y no es que yo los haya probado, pero me imagino que a eso deben saber. Nos las bebimos por el calor y sólo por eso. Ahora que yo sostengo que como la Corona no hay dos.
–¡Sí es cierto! –responden en coro los operarios.
–Qué bueno que no hicieron ese comentario frente al señor Guinness porque nos hubiera quitado la chamba.

 

¡Hundan el Río de la Plata!; el crucero argentino que zozobró en la bahía de Acapulco

Campanas a rebato

Nunca tan apropiado el símil de anfiteatro dado a los cerros que rodean a Acapulco –la bahía como escenario maravilloso–, cuando los acapulqueños fueron espectadores angustiados del incendio de un barco en la rada. Arde el crucero argentino Río de la Plata, cubriendo la ruta Argentina-Los Angeles, California, con escala en este puerto. Drama enigmático y milonguero cuyo misterio permanece intacto a distancia de tantos años.
Aquel 18 de agosto de 1944, las campanas de la parroquia de La Soledad tocaron a rebato, tal como lo han hecho históricamente para alertar a la población ante peligros graves sobre la ciudad. Los porteños, como siempre, se ponen de pie dispuestos y solidarios para enfrentar una nueva calamidad. Desde cualquier punto de la ciudad es posible ver la gruesa columna de humo a partir de la bahía. Se eleva verticalmente por no correr en aquel momento un soplo de brisa, mientras que el crepitar de las maderas estremece a los testigos cercanos. Hombres, mujeres, jóvenes y niños bajan en tropel de los cerros. Todos portan recipientes de todos tamaños y formas con agua destinada a sofocar el fuego. Decisión finalmente frustrada, al comprobar que la nave arde muy lejos del muelle.

La ciudad y puerto

Acapulco, de acuerdo con el censo oficial de población de cuatro años atrás, tenía una población estimada en 29 mil habitantes, todos profundamente conmovidas ante el siniestro que ponía en peligro a tantas vidas humanas. Oteando unos desde las alturas y otros ya en torno a la bahía, elevaron preces por la integridad de pasajeros y tripulantes de la nave en llamas. Temores muy pronto superados cuando se haga público que todos los ocupantes del Río de la Plata se encontraban sanos y salvos Habían desembarcado antes de iniciado el fuego en el muelle fiscal y albergados en casas particulares y hoteles de la ciudad.
El presidente municipal Enrique Lobato, de oficio orfebre, hará lo único a su alcance frente a las características peculiares del siniestro. Lo notifica telegráficamente al gobernador Rafael Catalán Calvo, quien a su vez lo hace del conocimiento del presidente de la República, Manuel Ávila Camacho, así como del secretario de Marina, el general Heriberto Jara. Lobato recibe la encomienda de tener listo el hospedaje para el personal de auxilio que viajaría de inmediato al puerto. Por estar Acapulco totalmente ocupado por vacaciones, deberá acudir a sus amistades para lograr albergues en casas particulares, así como la promesa de cuartos extras en los hoteles La Marina, en la plaza Álvarez (donde se ubica hoy una sucursal del BBVA), Acapulco, Dos de Abril (luego Colonial), Miramar, La Colimense, El Paraíso y Monterrey.

La embarcación

El crucero Río de la Plata –de eslora 180 metros, manga 45 metros, desplazamiento 18 mil toneladas y capacidad para 400 pasajeros, 258 en primera clase y 146 en tercera–, había formado parte de un lote de embarcaciones compradas a Italia cuando, surtas en puertos rioplatenses, estalle la Segunda Guerra Mundial. Su botadura databa de 1923, con el nombre de Principessa María.

México en guerra

México mantenía entonces una estado de guerra contra las naciones del Eje –Roma-Berlín-Tokio. Lo había declarado el presidente Manuel Ávila Camacho el 7 de junio de 1942, respondiendo al hundimiento de tres petroleros mexicanos por submarinos alemanes (por lo menos ese fue el informe de la CIA).

Las revelaciones

Conforme pasen las horas y el fuego de la embarcación empiece a formar nubarrones negros tapiando el cielo azul acapulqueño, se conocerán revelaciones estremecedoras, como la que aseguraba que el incendio había sido ordenado por el propio capitán de la embarcación, Julio Alonso Ball, cumpliendo una orden transmitida por su gobierno a través del embajador de Argentina en nuestro país, Manuel M. Candioti. Ello, luego de que el propio capitán Ball haya informado a los suyos que el Río de la Plata era perseguido por dos buques de guerra y un submarino estadunidenses y que tales unidades permanecían amenazantes frente a la bahía de Acapulco. ¿Qué hago?
Cumpliendo las órdenes recibidas, el Río de la Plata se dirige al muelle para ordenar el desembarco de pasajeros y marineros, todo bajo el pretexto de una fumigación de la nave. Se informa que por la propia urgencia del procedimiento los pasajeros no podrán bajar ningún equipaje y la promesa de que al día siguiente podrán volver a embarcarse en el mismo lugar. A nombre del capitán, se les sugiere disfrutar de las bellezas y la gastronomía del puerto, todo con cargo a la compañía naviera. Y así, finalmente, sin faltar algunas oposiciones femeninas, desembarcan los 400 pasajeros de la nave y su tripulación… No faltarán los jóvenes que prefieran dormir en la playa y serán ellos los primeros en observar al amanecer la columna de humo surgida de la nave.

Las recompensas

Agolpados en el muelle de madera, los azorados pasajeros del Río de la Plata contemplaron con horror la violenta hoguera devorando la nave. Tan incrédulos como indignados, observaron cómo ni el capitán ni ninguno de sus marineros hacían nada por sofocar el siniestro. Y por ello a no pocos hombres y mujeres les acogotó el pánico, la angustia y la desesperación, por lo que recurrieron al auxilio de los lancheros del puerto quienes, solidarios, se habían reunido en torno a ellos.
No faltó entonces quien demandó el alquiler de una lancha o canoa para llegar al barco: “¡Ta’ cabrón!, ¿y si explota?”, fue la respuesta unánime. ¿Explosión? Así nació uno de los mitos sobre un cargamento bélico del crucero, que hará crecer la exasperación de los pasajeros. Histéricos, no faltaron quienes ofrecieron recompensas económicas para quien lograra salvar sus pertenencias. Así, mientras los familiares de un general brasileño estaban dispuestos a pagar ¡cincuenta mil dólares! a quien lograra rescatar un cofre metálico conteniendo las cenizas y condecoraciones del prócer, una dama bonaerense ofrecerá el doble (¡cien mil dólares!) por su pesado alhajero. A esa hora seguramente en el fondo del mar o en poder de algún marinero.
Fue en aquellos momentos cuando, ante la indignación de los presentes, arribó al muelle el capitán Ball y algunos tripulantes. Ya lo esperaba el embajador Candioti, a quien entregó la vajilla de plata del barco y doscientos dólares en efectivo. La presencia del diplomático hizo volver el alma al cuerpo de los forzados náufragos, a quienes aseguró un retorno rápido a la patria así como el apoyo para el cobro de los seguros. Todos ellos agradecieron vivamente a México el auxilio inmediato otorgado por el personal de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a cargo del guerrerense Ezequiel Padilla Peñalosa.

La Casa Rosada

La Casa Rosada de Buenos Aires, Argentina, sede del Poder Ejecutivo, era ocupada por el general Edelmiro J. Farrel, relevo del mandatario anterior, depuesto por el pecado enorme de haber roto relaciones con el Eje Berlín-Roma-Japón. El general Juan Domingo Perón ocupaba la vicepresidencia, a cargo de la Secretaría de Guerra.

Rechazan el salvamento

Rechazada en un primer momento la versión pirómana del evento, esta fue confirmada plenamente por los mandos navales locales. El comandante de la Zona Naval reveló que el capitán del Río de la Plata había rechazado su oferta de remolcar la nave a Icacos, para allá combatir mejor el fuego. También que el propio capitán Ball ordenó el lanzamiento de una nueva ancla, luego de que su segundo, el capitán Carlos Margain, había conseguido romper los candados que ataban la nave frente a Punta Guitarrón.

¿Martin Bormann en Acapulco?

Una de las muchas interrogantes formuladas a lo largo de los años en torno al Río de la Plata se refiere a las cargas extrañas y misteriosas del barco… Se hablaba, por ejemplo, de 13 mil toneladas de lingotes de cobre, así como de un enorme cargamento de mercurio, metal estratégico cuya exportación estaba prohibida por la guerra. También de documentos secretos relacionados con los nexos del gobierno argentino con la Alemania nazi.
Sobre esto último circularon versiones histéricas y fantasiosas. Hablaban de la presencia en Acapulco de altos funcionarios argentinos negociando salvoconductos para Martin Bormann, quien viajaba en la propia embarcación. De acuerdo con la misma, el ex secretario personal de Adolfo Hitler sería llevado sano y salvo a Buenos Aires.

Misterio indescifrable

El Río de la Plata ardió en la bahía de Acapulco durante tres días y tres noches del mes de agosto de 1944, para luego depositar en el lecho marino, suavemente, sus 18 mil toneladas, a 40 metros de profundidad, exactamente frente a Punta Guitarrón (Lat. 15° 5.2’ Norte; Long. 99° .52.2’ Oeste). A partir de entonces, buzos de todo el mundo lo desnudarán hasta dejarlo como un herrumbroso esqueleto, guarida de la fauna y jardín de la flora marinas.

El misterioso personaje
del Río de la Plata

Según relata Edwin Corona y Cepeda, “esta historia no termina aquí ya que, quince años más tarde, el actor jolibudense Errol Flynn consiguió el desguace del Río de la Plata, cuya localización en ese tiempo era muy fácil, pues su chimenea principal sobresalía en el mar. El aventurero contrató los servicios de un buzo industrial de escafandra clásica, Jim Kelly, quien se sirvió de los hermanos Reginaldo y Alfonso Arnold como sus ayudantes. Ambos lo apoyaron utilizando los primitivos equipos de aqualón y los reguladores de doble manguera.
“Desde que aparecieron los primeros equipos de respiración autónoma bajo el agua, allá por 1958, incluso antes, se llegó a bucear en el pecio del Río de la Plata utilizando los equipo Drager de circuito cerrado. A partir de entonces miles de objetos se han recuperado de los interiores de la embarcación: ensaladeras, charolas y juegos de café de plata, cuchillos, cucharas, tenedores, todos de ese mismo metal. Platos y tazas de finísima porcelana francesa, adornos de bronce y otros objetos de gran valía como condecoraciones nazis de algo rango. Una pistola PPK con la suástica impresa en el cañón, encontrada por el buzo Alfonso Bárcenas. Espuelas de plata probablemente pertenecientes al equipo ecuestre argentino y un sinfín de chucherías entre las que destacan un reloj con chapa de oro y maquinaria de rubíes con las iniciales SB y que seguramente perteneció al capitán de la nave. Mucho se habló entonces de los lingotes de oro de los alemanes cargados en Los Angeles, California.
“Pasados muchos años fui invitado junto con Alfonso Arnold y otros amigos buzos a una cena de fin de año a la casa de un prestigiado médico alemán, radicado desde tres décadas atrás en Acapulco. Tras una cena estupenda en la que no faltaron las doce uvas, los abrazos y los deseos para el año venidero, al calor de las libaciones y hablando sobre el tesoro del Río de la Plata, el anfitrión nos invitó a subir a su recámara. Apenas entramos, el médico alemán se agachó bajo su cama y no sin gran esfuerzo extrajo un cajón que parecía a simple vista un ataúd .
“Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando al ver el contenido observamos que estaba repleto de lingotes de oro, en los que claramente destacaba la suástica nazi. Desde entonces nadie me quitará de la cabeza que el famoso médico alemán era ni más ni menos que Martin Bormann, el segundo hombre del Tercer Reich, misteriosamente desaparecido al final de la II Guerra Mundial y que nunca fue encontrado”. (Tomado de internet).

El autor

Jesús Edwin Corona y Cepeda (Ciudad de México, 5 de noviembre de 1940) participó en numerosas expediciones científicas e históricas entre las que destacan el redescubrimiento y localización del pueblo sumergido de San Juan Bautista, en el lago de Tequesquitengo, en el estado de Morelos.
Fue columnista de un diario de Veracruz, con Reflexión matutina de un Viejo Lobo de Mar. Vicepresidente técnico de la Confederación Mundial de Actividades subacuáticas, con sede en París, Francia. Hizo una monografía sobre técnicas de buceo en altitud y los hallazgos de vestigios arqueológicos del barco El Vita, en Acapulco. La monografía Mitos, misterios y leyendas de la laguna de Alchichica, Puebla.
Jefe de la primera expedición a la selva amazónica y el primer buzo del mundo que se sumergió en la laguna Taracoa, para observar a las pirañas en su estado natural.
Y más.