La fuerza de nuestra tierra

Aprovecharé este espacio que me concede El Sur, para compartir las giras que estoy realizando de la mano con líderes de diferentes comunidades, ciudades, de esta tierra del sur.
El primer destino de la semana pasada fue Atoyac. Debo reconocer que desde hace años, donde sea que ande, siempre tengo en mi cocina una bolsa de café de Atoyac, porque no hay ningún otro que se le compare, así que cuando me invitaron a sentarme a degustar café con algunos camaradas no me pude negar. Disfruté su sabor y aroma, en una conversación con quienes lo hacen posible. Las y los cafetaleros me explicaron con enorme generosidad cada etapa de la cadena productiva, desde el cultivo y la cosecha hasta los procesos de beneficio y comercialización. Escucharles permitió dimensionar la complejidad de una actividad que muchas veces observamos únicamente desde el producto final.
El café representa mucho más que una actividad económica. Es una tradición que ha pasado de generación en generación y que forma parte de la identidad de numerosas comunidades de la Costa Grande. Detrás de cada taza hay familias enteras que han dedicado años a perfeccionar técnicas de cultivo, enfrentar las dificultades del mercado y adaptarse a los desafíos. Conocer de cerca ese trabajo me hizo reflexionar sobre la enorme riqueza que tenemos en Guerrero pero también la importancia de fortalecer al campo y reconocer el enorme valor que tienen quienes producen la agroindustria.
Pero Atoyac también representa una parte importante de nuestra memoria colectiva. Durante la visita tuve la oportunidad de conocer a personas cuyas familias vivieron directamente las consecuencias de uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia reciente, la llamada guerra sucia. Sus testimonios ponen de relieve que la memoria no es un ejercicio del pasado, sino una responsabilidad del presente. Las heridas que dejan los periodos de violencia cuando la democracia era una utopía. Nuestro estado dio lamentablemente mucha sangre de hombres y mujeres que estaban de pie luchando por una mejor patria. El pasado sigue lastimando, las familias siguen buscando a sus familiares gritando: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.
Posteriormente tuve la oportunidad de pasar por Zihuatanejo. La belleza de su cielo, la calidez de su gente y la actividad económica que se desarrolla en la región muestran el potencial que existe y que debe seguirse trabajando para aprovechar de manera responsable sus recursos y fortalezas.
Más adelante, el recorrido continuó en Rancho Alegre del Llano, se llevó a cabo con productores de mango en una huerta. Aprendimos cada etapa del cultivo y la cosecha, del lugar donde se siembran, se cuidan y se cortan los mangos. Durante años hemos asociado la producción agrícola principalmente con la comercialización de la fruta en su estado natural. Sin embargo, conocer los procesos que hoy se desarrollan en torno al mango permite entender que existe un universo de posibilidades mucho más amplio.
Las y los productores explicaron cómo el procesamiento de esta fruta puede incorporarse a distintos procesos donde sigue siendo muy saludable. La agroindustria representa precisamente eso, la posibilidad de agregar valor a lo que se produce en el campo, diversificar mercados y generar mayores beneficios para quienes participan en la cadena productiva. Se trata de que el campo a partir de la innovación y el conocimiento, se vuelva un motor del desarrollo regional.
La semana concluyó en Acapulco, con diálogos con la sociedad civil de diversas colonias, diferentes liderazgos, empresarios, médicos, jóvenes, amas de casa, regidores, representantes populares, en una reunión celebrada en la Coprera en la colonia Bellavista, donde tuvimos diálogo afortunado.
Por último, escuchamos atentamente a la Presidenta Claudia Sheinbaum el día domingo, durante un festejo a los dos años de haber ganado la elección histórica, donde se lograron casi 36 millones de votos. Hizo especial énfasis en la defensa de la soberanía mexicana, invitando a la población a realizar asambleas, a no permitir la injerencia de la ultraderecha.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Guerrero siempre bello

La semana pasada recorrí las bellas ciudades de Iguala, Chilpancingo y Taxco. Han sido días llenos de conversaciones, encuentros y aprendizajes que difícilmente podrían encontrarse en un informe o en una mesa de análisis. Nada sustituye la posibilidad de mirar a las personas a los ojos, escuchar sus preocupaciones y conocer de primera mano la esperanza que tienen para Guerrero.
Tuve la fortuna de reunirme con personas de perfiles muy diversos. Conversé con empresarias, empresarios, morenistas de hueso colorado, sociedad civil, jóvenes, deportistas, artesanos, artesanas, artistas, amas de casa. Todas y todos ellos generan empleos y sostienen proyectos que contribuyen al desarrollo económico de cada una de estas ciudades. Escuché a jóvenes estudiantes que sueñan con construir un mejor futuro para ellos y para sus familias. Fue un gusto para mí compartir con ellos mis antecedentes en esta bella Tierra del Sol, platicarles de mis años de adolescente, de mi salida para construir mi propia historia, de cuando me fui a la Ciudad de México para prepararme, mis principales cargos a lo largo de mi carrera política y, por supuesto, mi regreso a nuestra tierra.
Cada conversación que sostuve me confirmó que existe una profunda convicción de que la transformación debe continuar. Más allá de las diferencias naturales que existen en cualquier sociedad democrática, encontré una coincidencia que se repite una y otra vez. Las personas desean que el proyecto de la cuarta transformación siga avanzando en Guerrero porque reconocen que ha colocado en el centro a quienes históricamente habían sido olvidados.
Durante muchos años, la política se construyó pensando en indicadores económicos, en cifras macroeconómicas o en grupos privilegiados. Hoy existe una visión distinta que parte de una idea sencilla, pero profundamente poderosa: el bienestar de una sociedad debe medirse también por la forma en que viven quienes menos tienen. Esa opinión es visible en las conversaciones que sostuve durante estos días. Las personas hablan de atención a los jóvenes y, en esa línea, conversé de la atención a las causas como el eje uno de la estrategia de seguridad que construimos bajo la instrucción de la Presidenta Claudia Sheinbaum.
Les compartí que esta estrategia busca llegar hasta las casas de las y los jóvenes, se les vincula a la escuela, se les canaliza a fuentes de empleo y/o centros de atención a sustancias psicoactivas en sus casos de uso problemático. Además, se genera un vínculo al deporte, cultura, encaminado a que se maximice el acceso a sus derechos, a fin de que nadie quede excluido del desarrollo.
De igual manera, escuché las inquietudes sobre temas que afectan la vida cotidiana de las familias guerrerenses. Hay demandas que requieren atención inmediata y otras que exigen una visión de largo plazo. Como ocurre en cualquier estado tan complejo y diverso como Guerrero, los desafíos son múltiples y las soluciones no pueden construirse desde un escritorio. Por eso resulta tan importante recorrer el territorio, escuchar con atención y entender las distintas realidades que conviven en nuestra entidad.
Si algo caracteriza a Guerrero es precisamente su diversidad. No es lo mismo la realidad de la región Norte que la de la Costa Grande. No son idénticos los retos que enfrentan quienes viven en las ciudades que los de quienes habitan comunidades rurales. Las prioridades de una mujer emprendedora son distintas a las de un estudiante universitario o a las de un productor del campo, sin embargo, todas esas voces tienen algo en común: son importantes y merecen ser escuchadas.
La pluralidad de opiniones no debe verse como un obstáculo, sino como una fortaleza. Escuchar significa comprender, reconocer experiencias, sentir al pueblo, estar en el lugar, en el barrio, a veces en una lancha, en fin. En estos días también pude constatar algo que resulta evidente para quienes caminamos las calles y conversamos directamente con la gente: la izquierda está más viva que nunca en Guerrero. No como una etiqueta política o como una consigna, sino como una convicción que se expresa en la búsqueda permanente de justicia social, igualdad de oportunidades y bienestar colectivo.
Y en este sentir, en las calles también se nota un enorme cariño y reconocimiento hacia nuestra Presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum. En distintos momentos, escuché comentarios espontáneos sobre la esperanza que representa su liderazgo para muchas mujeres y hombres del país. Más allá de cualquier valoración política, existe una percepción clara de que estamos viviendo un momento histórico.
Durante décadas, las mujeres lucharon por abrir espacios en ámbitos donde su participación era limitada o incluso cuestionada. Hoy vemos una realidad distinta. Las mujeres ocupan responsabilidades cada vez más importantes en la vida pública y privada del país. Dejando al lado lo simbólico, se trata de la demostración cotidiana de que el talento, la preparación y la capacidad no tienen género.
Por eso, cuando muchas personas afirman que es tiempo de mujeres, mujeres que son hijas, hermanas, esposas, madres, no hablan solamente de ocupar cargos públicos. Hablan de una transformación cultural mucho más profunda. Hablan de niñas que crecen sabiendo que pueden aspirar a cualquier meta. Hablan de jóvenes que encuentran nuevos referentes para construir sus proyectos de vida. Hablan de una sociedad que avanza hacia una mayor igualdad.
En medio de todas estas reflexiones, también pensaba que a veces olvidamos en medio de la intensidad de la vida pública la enorme fortuna que representa vivir y recorrer Guerrero. Qué riqueza la de nuestra gente, del guerrerense que hoy está apropiándose de sus nuevos retos y posibilidades de crecimiento, qué privilegio compartir una conversación sincera en una plaza pública, qué alegría descubrir la generosidad con la que las personas reciben a quienes llegan con disposición de escuchar. Qué extraordinaria es nuestra gastronomía, capaz de contar historias a través de cada platillo. Qué impresionante es la belleza de nuestros paisajes, de nuestras montañas, de nuestras calles históricas y de nuestras costas.
Comienzo esta semana reafirmando que Guerrero tiene desafíos importantes, pero también posee la enorme fortaleza de su gente. Escucharla seguirá siendo la mejor manera de comprender hacia dónde debemos caminar. Porque cuando se escucha con atención, se descubre que detrás de cada preocupación existe también una esperanza. Y esa esperanza, vive en cada comunidad, en cada familia y en cada generación.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Primero el movimiento

Dice por ahí la canción “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. En la vida, y en la política, no hay una serie de pasos inequívocos que debemos seguir para conseguir un objetivo, se trata de caminar, aprender y corregir. Se necesita paciencia, método y claridad de rumbo.
En las recientes entrevistas que he tenido desde mi llegada a Guerrero, muchas preguntas han girado alrededor de las problemáticas que enfrenta nuestro estado, sería imposible no tenerlas viniendo de una historia de lucha y de trabajo territorial. Sin embargo, también he aprendido que en política no todo momento es el correcto para adelantar definiciones, realizar debates o acelerar procesos que tienen sus propios tiempos.
Hoy se exige responsabilidad política, prudencia y respeto a los procesos internos de nuestro movimiento. Morena ha sido muy claro en las últimas semanas, particularmente a través de las declaraciones realizadas desde la dirigencia nacional y la Comisión de Elecciones y Alianzas, con Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, respectivamente, quienes han insistido en la necesidad de fortalecer la vida democrática del partido a partir de reglas claras, respeto a los tiempos y procesos transparentes de partici-pación. Se trata de definiciones políticas que buscan cuidar la esencia de un movimiento que nació precisamente para combatir las viejas prácticas que tanto daño hicieron al país.
He escuchado con atención lo que ambas han planteado: no adelantarse, no convertir la legítima aspiración política en confrontación anticipada, no permitir que se cuelen perfiles infestados por la corrupción. Comparto plenamente esa visión. La democracia no se fortalece cuando cada actor intenta imponerse por presión, por ruido mediático o por protagonismo individual; se fortalece cuando existen reglas y todas y todos estamos dispuestos a respetarlas, incluso cuando eso implica contener legítimas aspiraciones personales en favor de algo más grande.
Y si esto es importante en cualquier estado del país, en Guerrero adquiere una dimensión todavía más profunda. Guerrero no es cualquier territorio dentro de la historia política nacional. Guerrero ha sido históricamente una tierra de izquierda, de organización social, de movimientos populares y de resistencia. Aquí se han levantado voces que durante décadas exigieron justicia cuando parecía imposible siquiera pronunciar esa palabra. Esa memoria histórica obliga a actuar con enorme seriedad política porque la gente sigue comprometida con el proyecto de transformación nacional que encabeza la Presidenta Claudia Sheinbaum.
Vengo de una historia de lucha desde muy joven. Como muchas mujeres y hombres de mi generación, crecí viendo desigualdades profundamente dolorosas. Vi comunidades enteras abandonadas, familias completas sobreviviendo con enormes dificultades y generaciones enteras acostumbradas a pensar que el gobierno únicamente existía para unos cuantos. Mi generación también vio cómo muchas personas tuvieron que organizarse, resistir y levantar la voz para abrir espacios de participación que antes parecían reservados para élites políticas y económicas.
Por eso tengo un profundo respeto por el momento histórico que estamos viviendo en el país y en Guerrero. Hoy México tiene una Presidenta que ha colocado en el centro de la vida pública una visión profundamente humanista, donde los pobres son primero y donde el poder se entiende como una herramienta para reducir injusticias y ampliar derechos.
Eso no surgió de la nada. Es resultado de años de trabajo político, de organización popular y de personas que nunca dejaron de creer que el país podía ser distinto. También es resultado de generaciones anteriores que resistieron momentos sumamente complejos y que sembraron muchas de las causas que hoy forman parte de la agenda pública nacional.
Precisamente por eso debemos actuar con madurez política. Los proyectos históricos no se sostienen solamente con discursos; se sostienen con congruencia, responsabilidad y capacidad de entender el momento que vive el país. Hoy el momento exige fortalecer al movimiento, respetar los tiempos internos y contribuir a que los procesos de selección de candidaturas se desarrollen con legitimidad, transparencia y participación democrática.
Habrá momentos para discutir proyectos, diagnósticos y propuestas específicas para Guerrero. Claro que los habrá. Y deberán darse con profundidad, con seriedad y siempre poniendo al estado por encima de cualquier interés individual. Pero hoy la responsabilidad principal es cuidar el proceso, fortalecer la unidad y entender que el verdadero prota-gonismo debe seguir siendo el de la transformación y del pueblo que la sostiene todos los días.
Porque al final, lo verdaderamente importante es no perder nunca de vista por qué comenzó esta lucha y para quién debe seguir construyéndose el camino, para el segundo piso de la 4ta transformación en la Tierra del Sol.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

Echada para adelante y con el corazón en la mano

Los últimos años trabajando en la administración pública me han permitido servir a mi país desde distintas trincheras, asumir responsabilidades complejas, participar en momentos importantes para la vida institucional e histórica del país y aprender que no hay cargo pequeño, hay personas pequeñas.
No es el lugar el que nos hace, es la actitud de servicio, las ganas de hacer todo lo que se puede y ver siempre el “cómo sí” tocar puertas, generar diálogos, escuchar y caminar con nuestra gente, tener un desempeño impecable en el servicio público. De pronto, volteo a ver camaradas ejemplares, que dan sus noches, su dedicación, su amor por nuestro país, cuidando cada peso público, sabiendo que no es de ella o de él, es de nuestra gente.
Hoy vengo de andar conociendo muchas realidades y este gran mosaico que es nuestro país donde hay vínculos comunes, un sentido de identidad y orgullo de ser mexicano o mexicana, pero muy consciente de que nuestra patria chica siempre será el territorio donde nacimos y crecimos, donde tenemos mil historias, sueños, derrotas, y éxitos.
He tenido el honor de contar con la confianza de la Presidenta Claudia Sheinbaum para acompañarla en distintas responsabilidades a lo largo de los últimos años. Y aunque la vida pública suele medirse en nombramientos, con el tiempo una entiende que lo verdaderamente trascendente está en los momentos. Uno de ellos, que puedo admitir que añoré desde niña y guardaré para siempre en la memoría, es el día de su toma de protesta como la primera mujer Presidenta de México: “No llego sola, llegamos todas”, fue la frase que demostró que se transformó para siempre la manera en que entendemos nuestro lugar en la vida pública.
Tener la oportunidad de acompañarla, y particularmente de coordinar su defensa del voto a nivel nacional durante su campaña, fue una de las experiencias más exigentes y formativas de mi vida. De cerca conocí su disciplina, su rigor, su nivel de exigencia, su capacidad de trabajo y, sobre todo, su compromiso genuino con la gente. Aprendí de su claridad para tomar decisiones, de su preparación, de su energía incansable y de esa convicción con la que enfrenta incluso los momentos más complejos. Como cualquier liderazgo auténtico, está hecho de fortalezas, de humanidad y de carácter, pero si algo puedo decir con absoluta honestidad es que sus virtudes han sido una fuente permanente de aprendizaje para quienes hemos tenido la oportunidad de caminar a su lado.
Y así, aunque durante años mi responsabilidad me llevó a trabajar en distintos espacios del servicio público, y en muchas ocasiones mi trabajo estuvo concentrado en la capital del país o en tareas nacionales, mi raíz no cambia. Soy orgullosamente de Guerrero, y por ello, Guerrero nunca dejó de ser parte de mis decisiones, de mis convicciones y de mi manera de entender el servicio público y mi propio proyecto personal.
Mucho se piensa que quienes hemos tenido la oportunidad de vivir en la capital buscamos permanecer y crecer en la gran ciudad, sin embargo, al menos para mi, la búsqueda más grande siempre ha sido estar con mi gente. Seguir escuchando a quienes desde muy joven me abrieron las puertas de sus casas. Nunca dejé de sentir como propios los retos, las preocupaciones y también las enormes fortalezas de esta tierra. Cuando una pertenece verdaderamente a un lugar, la distancia geográfica nunca significa ausencia, mi corazón ha estado siempre en la tierra que me vio nacer.
Guerrero me formó en todos los sentidos. Aquí sentí desde muy joven la desigualdad. Vi mujeres sostener familias completas con una fuerza extraordinaria, jóvenes luchando por abrirse camino en contextos muchas veces adversos, comunidades defendiendo su cultura y su dignidad. Aprendí que la política solamente tiene sentido cuando se utiliza para trabajar por los derechos de las personas más vulnerables.
En este momento, se trata de seguir caminando esta tierra con la misma convicción de siempre. Lo he dicho antes y hoy lo reitero con absoluta claridad: Venir a Guerrero a mis 53 años representa cumplir una deuda personal conmigo misma. No me dan miedo los retos, los he tenido conviviendo conmigo todo el tiempo y he sabido que cada riesgo se logra sortear con un trabajo metódico, un gran equipo, mucha concentración, pasión y amor a cada momento.
Todo ese camino hoy me trae hasta aquí, no es bajo la lógica del poder por el poder, ni desde la mezquindad o la ruindad que tanto daño le han hecho a la vida pública. Lo que buscamos es algo mucho más profundo, convencer desde la congruencia, desde los principios, desde la manera en la que vivimos todos los días y no solamente cuando hay una cámara enfrente. El verdadero carácter de quienes aspiramos a servir no se demuestra en un discurso, se demuestra en lo cotidiano, en cómo tratamos a la gente, en cómo tomamos decisiones y en si verdaderamente estamos dispuestas y dispuestos a construir bienestar común.
Y en esta etapa, una prioridad también tiene que ser la unidad. No caer en provocaciones ni alimentar divisiones artificiales ¿quién soy yo para generar que todos opinen igual que su servidora? La pluralidad no debilita, al contrario, cuando se asume con madurez, fortalece. Hagamos del ejercicio de la política, uno virtuoso. Hay muchas mujeres y hombres valiosos construyendo desde hace años, con trabajo, con territorio, con experiencia y con resultados, y si algo nos hará verdaderamente fuertes hacia adelante, será la capacidad de caminar juntas y juntos, como lo ha venido demostrando con su ejemplo la Presidenta.
Por último, me gustaría poner en la reflexión de que durante muchos años, a Guerrero se le ha querido mirar únicamente desde sus desafíos, desde sus heridas históricas o desde todo aquello que aún está pendiente por transformar. Pese a ello, quienes conocemos verdaderamente esta tierra sabemos que Guerrero nunca ha sido definido por sus dificultades, sino por la fuerza de su gente. Guerrero tiene memoria, carácter, talento y una identidad profundamente poderosa.
Por eso, en esta etapa de mi vida pública, he tomado una decisión en absoluta conciencia de lo que me representaba en lo personal y político al mismo tiempo: hacer de mi presencia en Guerrero algo permanente. Me entusiasma seguir caminando sus regiones y sentir el pulso de esta tierra, a lado de quienes lo sostienen día a día con su trabajo.
Después de tantos años de servicio, hay algo que tengo claro: los espacios cambian, las responsabilidades evolucionan y las etapas se transforman, pero cuando el propósito nace desde la raíz, permanece intacto. Y el mío, hoy más que nunca, está aquí, en Guerrero.
Al final, uno no vuelve al lugar donde está su raíz, sino que simplemente decide quedarse donde siempre ha pertenecido. Por los caminos del sur… he llegado a Guerrero.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

La 4T también viaja en tren

 

El fin de semana tuve el gusto de acompañar a la Presidenta Claudia Sheinbaum en la inauguración de la conexión ferroviaria entre Buenavista y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. Una obra que representa una definición de la transformación de nuestro país.
Durante años la movilidad ha significado desgaste, horas perdidas y de distancias que sacrifican mucha calidad de vida de los usuarios. Este tipo de proyectos marcan una diferencia concreta, desde la experiencia diaria de miles de personas hasta temas de carácter ecológico.
El trayecto entre Buenavista y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles tendrá una duración aproximada de 43 minutos cuando opere en condiciones óptimas. En su primera etapa, el tiempo será cercano a una hora. Es una diferencia natural en el arranque de cualquier sistema: primero se estabiliza, se ajusta y, con el uso, alcanza su máximo potencial.
La estimación de 57 mil pasajeros diarios no es solo una cifra relevante, es un indicador de impacto. Habla de la cantidad de vidas que se verán directamente transformadas. Porque en la Ciudad de México, el Estado de México e Hidalgo, reducir tiempos de traslado ya es una realidad, generando además un relevante ahorro para los usuarios, que impacta directamente en los bolsillos de sus familias.
La conexión con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles tiene un valor estratégico evidente. No solo acerca una infraestructura clave, sino que la integra de manera real al sistema de movilidad metropolitano. La vuelve accesible, cotidiana, viable, cambiando por completo su alcance.
Este proyecto forma parte del Plan Nacional de Desarrollo, que ha apostado por la infraestructura como un eje para reducir desigualdades. Durante mucho tiempo, el desarrollo se midió en indicadores que poco decían sobre la vida diaria de las personas. Hoy, se mide también en minutos ganados, en trayectos más eficientes, en posibilidades ampliadas.
Durante décadas se instaló la idea en el imaginario colectivo de que el Estado no podía ejecutar obras de gran escala con eficacia. Sin embargo, lo que estamos viendo es distinto, en México tenemos proyectos que se integran a una lógica de largo plazo y que empiezan a rendir resultados concretos.
Detrás de esta obra hay una visión que entiende la infraestructura no como un fin en sí mismo, sino como un medio para mejorar de manera integral la vida de muchas personas y familias. Poner al centro a quienes todos los días invierten horas en trasladarse, a quienes ven limitada su movilidad por razones económicas o geográficas, y reconocer siempre se pone al centro a las personas. Este proyecto parte de esa premisa, acercar bienestar, reducir brechas y hacer más justa la forma en que habitamos nuestras ciudades. Se trata de crear una ruta que conecte los destinos físicos, mediante un gobierno de México eficiente.
Acompañar estos procesos desde la responsabilidad pública implica también asumir que cada decisión tiene efectos reales en la vida de las y los mexicanos. Que lo que se diseña en el escritorio se convierte en experiencias con rostro humano.
Fue un placer haber participado en la inauguración, a lado de mis compañeras y compañeros de gabinete, gobernadores y goberna-doras, quienes desde sus respectivas áreas y responsabilidades pudieron constatar cómo yo, que esta nueva experiencia del traslado es muestra de que este gobierno está llevando a México a la innovación sin perder de vista a la gente.
Antes de concluir este artículo, me gustaría compartir que los próximos días marcarán el cierre de una etapa profundamente significativa. El 30 de este mes concluyo un ciclo en la Consejería Jurídica que atesoro con mucho cariño en mi corazón. Y así, como todo cierre que tiene sentido, se abren nuevas ruta que platicaré con mayor detalle en el siguiente artículo.
Nos leemos el siguiente martes. Y nos vemos muy pronto.

@EsthelaDamian

 

Jóvenes Reconecta

El fin de semana desde Barcelona la Presidenta Claudia Sheinbaum habló de paz, de cooperación y de la responsabilidad compartida frente a la violencia. Fue un mensaje breve pero profundo el que compartió con la comunidad internacional. Creo que no fui la única que se conmovió por la manera en que nos condujo desde nuestras raíces como mexicanos a la búsqueda inagotable de construcción de paz en el país, la región y el mundo.
Con esto en mente, pensaba en cómo la Estrategia Reconecta con la Paz encarna, de manera concreta, esta búsqueda por la paz. Está dirigida a adolescentes de 12 a 17 años y a jóvenes de 18 a 35 que cometieron por primera vez un delito no grave. Se trata de una medida cautelar que les permite continuar en libertad, siempre que cumplan con ciertas condiciones orientadas a disminuir la probabilidad de reincidencia y a facilitar su inclusión social. Reconecta –como le decimos de cariño– se sostiene en una metodología sólida que atiende de forma integral a las personas jóvenes en su entorno: desde lo psicológico hasta el acceso a educación, salud y opciones de trabajo.
En los últimos días, he tenido la oportunidad de acompañar las graduaciones de personas beneficiarias del programa Reconecta en Nayarit, Tlaxcala y Baja California. Desde las diferentes latitudes del país, en todas ellas con una calidez humana impresionante, las ceremonias comparten algo que pocas veces podemos observar en la realidad revanchista en que a veces vivimos. Me refiero a ese instante en el que quienes durante mucho tiempo fueron juzgados sin mirar sus contextos y reducidos únicamente a sus errores, empiezan a ser reconocidos por algo mucho más justo, su esfuerzo.
En las graduaciones resulta profundamente gratificante que nos acompañen las y los gobernadores, secretarios de Seguridad, presidentes de los Tribunales de Justicia. Su presencia nos ayuda a reforzar el mensaje de que el Estado también sabe acercarse, reconocer y acompañar. Aquellos que en algún momento fueron olvidados por los gobiernos neoliberales el día de hoy, pasan a ser historias de éxito para su comunidad.
Además, también las y los graduados están acompañados de sus familias. Sus madres, quienes muchas veces son su principal sostén, sus parejas, sus hijas e hijos, que en no pocos casos son todavía bebés por la población objetivo del programa. Asimismo, están sus tutoras, que en su gran mayoría son mujeres, quienes les han acompañado en cada paso de este proceso. Innegablemente para todas las personas que presenciamos estas ceremonias, se convierten en un ejemplo de construcción de paz a partir de la voluntad personal y la intervención del gobierno de México y los estados.
Uno de los momentos que personalmente más me emociona es cuando alguna chica o chico Reconecta toma la palabra, porque sus historias sinceras conectan con la audiencia de una manera trascendental. Hablan de lo que eran antes de entrar al programa y de lo que son ahora. De cómo aprendieron a responder desde el diálogo y no desde la violencia. De cómo han empezado a hacerse cargo de sí mismos. Quienes enfrentaban problemas de consumo hablan de sus tratamientos, de sus recaídas y de sus avances, sin adornos.
Pero, sobre todo, hablan de transformación. De reconciliaciones que parecían imposibles con sus padres, con sus parejas, con sus hijos. De cómo algo se movió en su forma de pensar, de sentir, de reaccionar. De cómo, poco a poco, han ido reconstruyendo su lugar en el mundo en el que el camino sea mejor para ellas y ellos, y para sus familias.
Detrás de cada uno de esos avances hubo una red de apoyo que permitió sostener a la persona beneficiaria. Cuando se enfermaban, se buscaba atención médica. Cuando querían trabajar, se generaron convenios con el sector privado para abrir oportunidades reales. Cuando necesitaban un impulso adicional, hubo gobiernos estatales que apostaron por ello, entregando apoyos de hasta 30 mil pesos a fondo perdido para iniciar un negocio. Todo ello no como un mecanismo asistencialista, sino con la confianza de que con diferentes oportunidades se hubieran tomado diferentes decisiones de parte de nuestros jóvenes.
Cuando me toca dirigir unas palabras, lo hago con el objetivo principal de reconocer lo que han logrado, porque no es menor romper inercias, enfrentar historias personales complejas y, sobre todo, decidir cambiar. De la misma manera, siempre agradezco la confianza de la Presidenta para dar continuidad a este esfuerzo que pone en el centro a las personas.
Finalmente, al concluir la ceremonia, viene lo más importante, nos acercamos en un abrazo fraterno y una felicitación acompañada de orgullo. Me gusta pensar que hay una conclusión importante a la que llegamos quienes participamos como instituciones y quienes lo hacen como beneficiarios: que el gobierno no es su enemigo, sino un aliado.
Un aliado que entiende que la seguridad también se construye así, generando condiciones para que las personas puedan reconstruir su vida y elegir un camino distinto. Esa es la meta, que todas y todos puedan vivir en paz, felices y que encuentren, en su propia historia, muy seguramente su primera oportunidad.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Entre la conciencia y el poder

En muchas ocasiones en la política internacional lo más revelador no es lo que se decide, sino desde dónde se habla. Las recientes declaraciones del papa León XIV entran en esa categoría, no modifican tratados, no despliegan tropas, no sancionan economías, pero generan una resistencia importante contra la gran potencia que es Estados Unidos con relación a la guerra que mantienen con Irán. Y eso, en el contexto actual, no es menor.
El punto de partida es claro. Ante críticas del presidente Trump que califican al Papa como “terrible en política exterior”, el pontífice no respondió en el terreno esperado. No defendió estrategias, no argumentó desde la geopolítica, no intentó meterse en esa polemica. Hizo algo distinto, se salió de la lógica del intercambio mediatico al decir “No somos políticos”, pero contrario a lo que se podría interpretar, no parte de una posición de neutralidad. El Papa no está diciendo que la política no importe; está diciendo que hay un plano distinto desde el cual intervenir. Uno que no mide su eficacia en términos de poder, sino de conciencia.
En un entorno internacional donde la conversación pública suele girar en torno a la fuerza, la seguridad o la defensa de intereses nacionales, ese desplazamiento resulta incómodo. Obliga a escuchar algo de suma relevancia: la guerra no puede asumirse como una herramienta más, la paz es una exigencia.
El papa León XIV ha sido enfático en que no tiene miedo de alzar la voz para proclamar el mensaje del Evangelio. En este contexto actual, esa afirmación trasciende lo religioso. No es una consigna espiritual aislada, es una postura inusual que, desde la fe, irrumpe en un escenario dominado por intereses mundiales, donde prevalecen las grandes potencias donde prevalecen como sabemos los intereses económicos, estratégicos y discursos de poder. Al apelar al Evangelio, no evade la realidad, sino que la confronta desde su raíz más incómoda, recordando que incluso en medio de tensiones globales, el principio irrenunciable debe ser la vida humana.
Desde esa posición, no entra al debate técnico de la política exterior, pero sí cuestiona lo esencial. La muerte de personas inocentes y la normalización de la violencia como instrumento de resolución. Su intervención no es diplomática en el sentido tradicional, pero sí profundamente ética, y por eso mismo, inevitablemente humana. No necesitó ser integrante de la Organización de las Naciones Unidas, no mandó desplegados, ni hizo marchas, fue desde la palabra, con toda la serenidad que distingue a esa autoridad eclesiástica.
El papa León XIV es, además, el primer pontífice estadunidense en la historia del Estado Vaticano. Ese dato no es menor: le da a sus palabras una dimensión distinta. Su origen lo vincula directamente con uno de los actores centrales del conflicto, lo que vuelve aún más significativa su decisión de tomar distancia de la lógica de confrontación. En un momento en el que la relación entre Estados Unidos e Irán vuelve a escalar, su voz rompe con la expectativa de alineamiento y se coloca en un terreno mucho más exigente: el de la coherencia moral frente al poder, observó que propios y extraños reconocemos que ha generado incidencia en la opinión pública, seguramente tendrá reacciones de varios jefes de estado.
Y es ahí donde su voz deja de ser únicamente moral para convertirse en un factor que incide en la arena pública global. Evidentemente busca influir de manera positiva para que se concluya la guerra. El papa León XIV está haciendo una irrupción pacífica en el espacio donde esas decisiones se construyen y se justifican: el de las ideas, los valores y los marcos desde los cuales se interpreta el mundo. Ahí es donde realmente se disputa el sentido de la guerra y de la paz, y ahí es donde su palabra encuentra su mayor fuerza.
No es la primera vez que ocurre. A lo largo de la historia, las tensiones entre poder político y autoridad moral han sido constantes. Pero hoy adquieren una dimensión particular. Vivimos un momento en el que la velocidad de los conflictos supera muchas veces la capacidad de reflexión, y en el que las posiciones tienden a endurecerse con rapidez. En ese contexto, cualquier voz que rompa la inercia del enfrentamiento y que siembre una semilla de cuestionamiento respecto del actuar de las máximas potencias, resulta disruptiva.
Para México, este tipo de posicionamientos no son ajenos. Nuestra política exterior, con sus matices y adaptaciones, ha insistido históricamente en la no intervención y en la solución pacífica de las controversias. No es solo una tradición diplomática: es una forma de entender el lugar que el país ocupa en el mundo, ya lo dijo nuestro Benemérito de las Américas: “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Sostener esa postura en el escenario actual no es sencillo. Implica navegar entre presiones, intereses cruzados y expectativas internacionales cada vez más exigentes. Y, sin embargo, mantener el énfasis en el diálogo sigue siendo una decisión política relevante. Una que no siempre genera titulares internacionales, pero que define la forma en la que un país se posiciona frente al conflicto.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar. La política –nacional e internacional– está atravesada por tensiones reales, por decisiones complejas y por dilemas sin soluciones simples. Pero precisamente por eso, la irrupción de voces que no operan bajo esa lógica aporta algo que no siempre está presente: un recordatorio de que no todo puede reducirse al cálculo de los intereses económicos.
La intervención del papa León XIV no redefine equilibrios globales. No está diseñada para eso. Pero sí introduce una pregunta necesaria: ¿hasta qué punto hemos normalizado lo que debería seguir siendo inaceptable? No se nos puede olvidar que cuando la guerra deja de escandalizar, cuando se convierte en una variable más dentro de la ecuación política, toda la construcción de paz que hemos logrado durante décadas, se pierde.
Al final, quizá la relevancia de estas declaraciones está en su impacto mediatico, adicional a su persistencia. En la decisión de sostener una voz que no se adapta a la lógica dominante, que no negocia su punto de partida y que, justamente por eso, obliga a replantear la conversación.
En tiempos donde casi todo parece susceptible de negociación, es muy bueno escuchar voces que nos exigen el análisis racional, y también el de conciencia. Espero que esto sea parte continua de un Papa que ya está rompiendo moldes, diplomacias, reglas de protocolo y simplemente que nos haga recordar lo que de pronto ya olvidamos: la paz debe ser nuestra consigna en el mundo.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Semana Santa

 

 

Hay fechas que año con año nos remontan a algún momento lejano de nuestras vidas, se quedan guardadas en la memoria por aquellos ritos que las marcaron. Para muchas familias mexicanas, la Semana Santa es una de ellas: un tiempo que invita a hacer una pausa, a reflexionar y, sobre todo, a reencontrarnos con lo que realmente importa. En medio del ritmo acelerado de la vida pública y cotidiana, estos días nos devuelven a lo esencial: la familia, las raíces y esa posibilidad de mirarnos hacia adentro.
En mi caso, la Semana Santa tiene un recuerdo profundamente arraigado en Chilpancingo. Ahí, en la casa de mi abuela Chonita, se vivía algo que, con el paso del tiempo, he entendido como mucho más que una tradición: era una forma de construir comunidad desde lo íntimo. Cada año, sin excepción, la familia se reunía en lo que se le llaman los “días santos”. Llegaban mis tíos y tías, sus esposas y esposos, mis primos y primas; algunos incluso venían de otras ciudades porque sabían que esos días no eran negociables. Jueves, viernes y sábado eran sagrados, por supuesto que en un sentido religioso, pero también en lo familiar.
La casa de mi abuela se transformaba por completo. Desde temprano se sentía un ambiente distinto, como si todos entendiéramos que estábamos entrando en un tiempo especial. Como parte de la tradición, comíamos en petate todos juntos sin distinción de edad o género, era parte de la ofrenda durante estos días. En ese gesto sencillo había una enseñanza que a la fecha me resuena: la cercanía no necesita grandes montajes, necesita disposición.
La cocina era el corazón de todo. Se organizaban ollas y más ollas de comida que se preparaban entre todas y todos. Recuerdo perfectamente los guisos: habas, ejotes, nopales, huevo en salsa, huazontles –nunca carne, por supuesto– y las torrejas, que siempre eran esperadas. Cada platillo tenía detrás manos distintas, pero el mismo propósito de compartir. No era solo alimentar a la familia, era sostener un vínculo que nos llevara a la reflexión.
El ayuno también formaba parte de esos días, pero no se vivía como una imposición rígida, sino como resultado de una conciencia colectiva de que ese tiempo era para contenerse, para pensar, para ordenar, para ofrecer. Y aunque de niñas y niños quizá no lo entendíamos del todo, lo incorporábamos como algo natural.
Pero si hay un momento que permanece especialmente nítido en mi memoria, es el del sábado pasando el ayuno. Mi abuela nos llamaba a su altar. Ese espacio, sencillo pero cargado de significado, se convertía en el centro de un ritual muy particular. Nos pedía que nos hincáramos y con una cuerda empezaba la parte final de esa tradición. Uno por uno, nos decía tres cosas que debíamos mejorar si éramos nietos, las indicaciones eran tan claras como directas: no repruebes matemáticas, obedece a tus papás, no pelees con tus hermanos. Pero no era un listado genérico; era profundamente personalizado. Mi abuela tenía una memoria impresionante y una capacidad muy particular para identificar lo que cada quien necesitaba trabajar. A cada quien le tocaba lo suyo.
En ese momento, quizás no dimensionábamos la profundidad de ese ejercicio. Podía parecer una regañada estructurada, un llamado de atención más. Pero hoy lo entiendo distinto, era un acto de amor y cuidado. Una forma de decirnos que siempre hay algo que podemos hacer mejor, que el crecimiento personal no es opcional y que la familia también es un espacio donde se construyen responsabilidades.
Esa escena, repetida año con año en mi Chilpancingo, reunía a generaciones enteras de la misma familia, bajo una misma lógica: la de no conformarse, la de mirar hacia adentro con honestidad. Y lo más poderoso era que no se quedaba en palabras. El simple hecho de viajar desde distintos lugares, de organizarse, de cocinar juntos, de sentarse en el suelo, de escuchar y ser escuchados, implicaba ya un compromiso colectivo. También era un acto de fe católica, pues todo lo que se hacía era parte de una manda u ofrecimiento como sacrificio.
He pensado mucho en lo excepcional de esa experiencia. No era una tradición extendida, era algo muy propio de nuestra familia, de esa raíz que mi abuelita decidió sostener y transmitir. Hoy, desde la responsabilidad pública, esos recuerdos adquieren un nuevo significado. Porque si algo nos enseñaban esos días en familia, es lo relevante que es mantener la simbología, procurar que no se pierdan estas tradiciones, buscar tiempo a solas para estar en reflexión y tiempo para nuestros afectos. Nos hace mejores personas, nos ayuda a estrechar cariños, recomponer relaciones, jugar, divertirnos y sentirnos muy orgullosos de nuestro origen. Diría incluso que nos ayuda a reconocer en qué se puede mejorar, a escuchar, a corregir el rumbo cuando es necesario.
La Semana Santa, en ese sentido, no es solo un momento de pausa, es también una oportunidad para la autocrítica. Para preguntarnos, con la misma claridad con la que mi abuelita Chonita lo hacía, qué estamos haciendo bien y qué no. Qué debemos cambiar, qué podemos fortalecer, cómo podemos aportar a un entorno más justo y más solidario.
Con independencia de la religión, en un país que enfrenta retos complejos, hacernos estas preguntas de manera permanente resulta indispensable. No hay transformación posible sin un ejercicio honesto de revisión. No hay comunidad que se sostenga sin responsabilidad compartida. Y no hay proyecto colectivo que avance si no fomentamos la solidaridad entre nosotros.
En estos días, en medio de las exigencias del presente, vuelvo a esos recuerdos no solo con nostalgia, sino con una convicción más firme que nunca. Porque las grandes transformaciones no nacen únicamente de las decisiones públicas o de los momentos extraordinarios, sino de lo que hacemos todos los días. De esas prácticas que parecen pequeñas, pero que en realidad forman carácter, sostienen vínculos y construyen amor y solidaridad.
Ahí está la base de cualquier cambio profundo, donde se nos recuerda que la búsqueda y construcción de paz en un lugar, necesariamente inicia en el fuero interno, de conciencia y también en los cimientos que se construyen en cada familia.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

Cien días

Han pasado cien días desde que asumí la responsabilidad de encabezar la Consejería Jurídica, y si algo he confirmado en este tiempo es que gobernar desde el derecho implica mucho más que conocer la ley, requiere entender el momento, dimensionar el impacto de cada determinación y, sobre todo, asumir que detrás de cada decisión hay efectos reales en la vida pública. Porque en el servicio público, lo jurídico no es un trámite, es un punto de equilibrio entre lo posible, lo correcto y lo necesario.
Estos cien días han estado marcados por un contexto nacional complejo y por un entorno global que también plantea desafíos constantes derivados de las transformaciones políticas aceleradas, las tensiones económicas, los escenarios internacionales cambiantes y una exigencia social cada vez más informada y más legítima de respuestas claras. En ese entorno, cada decisión exige no solo rigor técnico, sino sensibilidad para entender el momento histórico que estamos viviendo.
Desde la Consejería Jurídica, muchas de las definiciones más relevantes no siempre son visibles. No se trata únicamente de revisar normas o de cuidar la técnica legislativa, sino de acompañar decisiones estratégicas, de prever escenarios, de anticipar riesgos y de sostener, en cada momento, el marco constitucional que da sentido a la acción pública.
Ese acompañamiento implica, de manera permanente, trabajar de la mano de la Presidenta. Acompañar a quien encabeza el Ejecutivo es una responsabilidad que exige claridad, criterio y una profunda comprensión del proyecto que se está construyendo. En estos cien días, he podido constatar de cerca su capacidad para tomar decisiones con firmeza, con visión de Estado y con un profundo sentido de responsabilidad social. En medio de un contexto complejo, su conducción siempre está orientada a avanzar sin perder de vista que el objetivo último es mejorar la vida de las personas más vulnerables, como decía el Presidente Andrés Manuel López Obrador: por el bien de todos, primero los pobres.
En ese proceso, el trabajo no ocurre de manera aislada. Forma parte de un esfuerzo más amplio en el que distintas áreas del gobierno articulan decisiones que deben sostenerse no sólo en lo político, sino también en lo legal. Desde la Consejería Jurídica se contribuye a que ese engranaje funcione, acompañando, orientando y dando sustento a determinaciones que requieren coherencia institucional y claridad en su implementación.
Estos cien días también han dejado claro que gobernar implica enfrentar escenarios complejos. Detrás de cada definición hay procesos de análisis, deliberación y coordinación entre equipos que buscan construir soluciones responsables en contextos exigentes. En ese espacio, el derecho no sustituye la decisión política, pero sí permite que ésta se sostenga, tenga dirección y pueda traducirse en acciones concretas.
Pero también han sido días de aprender de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, de su congruencia, carácter, visión, prioridades, amor al pueblo, y defensa de nuestro país desde la trinchera de izquierda. Días de entender que la doctora Sheinbaum no se aparta un milímetro de sus compromisos, e incluso, que cuando no se logran las votaciones necesarias para aprobar sus iniciativas, busca alternativas para no perder su esencia ni su lucha. El trabajo jurídico dentro del gobierno no es un ejercicio aislado, sino parte de un esfuerzo más amplio por construir instituciones más sólidas, más justas y más cercanas a la ciudadanía.
Lo que no siempre se ve es la forma en que se construyen las decisiones. Detrás de cada política pública, de cada reforma, cada procedimiento, hay análisis, diálogo y coordinación que permiten que lo que se define no solo responda a una necesidad inmediata, sino que pueda sostenerse en el tiempo dentro de un marco de legalidad y responsabilidad. Es ahí donde el derecho deja de ser únicamente una referencia normativa y se convierte en una herramienta para dar orden, coherencia y dirección a la acción pública.
Algo que puedo afirmar con certeza es que una idea se ha vuelto constante: el desafío no es únicamente decidir, sino hacerlo en un contexto exigente, donde cada determinación debe estar a la altura del momento que vive el país. Las decisiones públicas no ocurren en el vacío; se toman en medio de expectativas legítimas, escenarios nacionales y geopolíticos naciona-les e internacionales. En ese sentido, servir desde el derecho no se reduce a aplicar normas, sino a contribuir a que el Estado funcione con sentido institucional, con claridad en su rumbo y con responsabilidad frente a la sociedad, esta es una exigencia de la primera mujer presidenta en nuestro país .

Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Reconecta con la Paz

Hace algunas semanas hablamos en este espacio sobre la estrategia integral de seguridad impulsada por la Presidenta Claudia Sheinbaum, una estrategia que parte de la convicción de que la seguridad no se construye únicamente desde la reacción, sino desde la prevención, la atención a las causas y la reconstrucción del tejido social. Hoy quiero detenerme en uno de los programas que refleja el cambio de enfoque que se está impulsando: Reconecta con la Paz.
No se trata de un programa asistencial ni de una medida punitiva disfrazada, sino de un mecanismo que acompaña a personas que ya están dentro del sistema penal, es decir, ya cometieron un delito, pero que tienen la posibilidad de no seguir un camino de criminalización permanente estando en prisión, son de los cambios que se dieron en el Sistema Penal Acusatorio. En términos concretos, opera en el marco de la suspensión condicional del proceso, se implementa y ejecuta por parte de las y los jueces. Ahora bien esta estrategia de Reconecta con la Paz tiene prácticamente los mismos requisitos que establece un juzgador en el ámbito de los delitos del ámbito local o federal, por ejemplo, el delito se considere como no grave, lo cometa un adolescente en conflicto con la ley o una persona joven de 18 hasta 35 años, que han cometido el delito por primera vez, puede enfrentar su proceso en libertad esto siempre autorizado por el juez. El Estado no se limita a imponer penas y esperar su cumplimiento, sino que interviene de manera activa para que esas condiciones se conviertan en una oportunidad real de reinserción social.
Durante muchos años, el sistema penal se diseñó bajo una lógica binaria: castigar o absolver, con muy poco espacio para intervenir en las causas que originaron la conducta y con escaso margen para evitar que una primera falta se convirtiera en una trayectoria delictiva. Reconecta con la Paz rompe con esa inercia al asumir que detrás de muchas conductas hay contextos sociales, familiares e incluso culturales que pueden tener su explicación de la conducta violenta que puede tener un joven para ser primodelincuente, nos hemos encontrado que la ausencia de redes familiares o comunitarias así como el consumo de alguna o algunas sustancias psicoactiva, desde el alcohol hasta el cristal son las causas más recurrentes que se han encontrado en esta estrategia. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo propone este modelo convencida de que las y los jóvenes merecen ser incorporados a una sociedad humanista, que lo comprende, lo recibe, le abre las puertas y le ayuda a una reinserción social, y que la justicia no sólo debe sancionar, sino también reintegrar.
Por eso, el mecanismo no sustituye al juez ni modifica las condiciones impuestas, no invade competencias ni altera el proceso, lo que hace es darles contenido. A través de acompañamiento psicosocial, actividades educativas, culturales y deportivas, trabajo comunitario (pintar escuelas, banquetas, barrer calles, reforestar, asistir a una terapia de atención al consumo de drogas), se construyen rutas concretas para que las personas cumplan con sus obligaciones derivadas del acto delictivo, al mismo tiempo que reconstruyen su proyecto de vida, lo que no sólo impacta en su trayectoria individual, sino también en la seguridad de las comunidades en las que viven.
El objetivo es reducir esa probabilidad de reincidencia, pero también facilitar su integración social, fortalecer el vínculo comunitario y evitar que el paso por el sistema penal se convierta en una barrera permanente que cierre rutas para una vida plena y feliz.
Este enfoque se sostiene en el modelo de justicia restaurativa, que coloca en el centro a nuestras chicas y chicos, ellos son el corazón de nuestro quehacer desde Reconecta, no sólo se atiende las causas que generaron esa conducta violenta, se les construye un grupo de apoyo con un tutor a cargo que da seguimiento a través del Manual Fénix para otorgarle una nueva comunidad donde sus pares, es decir jóvenes que igual que ellos han cometido por primera vez un delito no grave, se convierten en su familia y red de apoyo permanente que se acompañan fraternalmente. Se trabaja con la reparación del daño, la responsabilidad y la reconstrucción del tejido social, y que parte de una idea sencilla pero profundamente transformadora: la seguridad también se construye evitando que las personas vuelvan a delinquir. Cada caso de reincidencia que se previene es una víctima menos, cada joven que encuentra una alternativa distinta a delinquir logra una persona, familia, sociedad más fuerte, y cada proceso que se encauza de manera distinta es una muestra de que el Estado puede actuar con eficacia sin renunciar a una visión humanista.
Reconecta con la Paz no es un esfuerzo aislado, implica la coordinación entre los órdenes de gobierno, fiscalías, poderes judiciales, defensorías, instituciones sociales y distintas dependencias del Estado. Es decir, articula capacidades que históricamente han operado de manera fragmentada para intervenir de forma integral en un mismo caso, entendiendo que la prevención no es responsabilidad de una sola institución, sino un esfuerzo compartido que exige coherencia, coordinación y continuidad.
En ese sentido, el enfoque que ha impulsado la Presidenta al colocar la atención a las causas en el centro de la política de seguridad marca una diferencia de fondo frente a modelos que durante años apostaron únicamente por la estigmatización, criminalización y ausencia de un gobierno que incluyera y diera todo aquello que buscan jóvenes de bajos recursos o en contextos de violencia o de consumo problemático de sustancias.
Cabe señalar que Reconecta con la Paz se implementó en la Ciudad de México, siendo jefa de gobierno la doctora Sheinbaum, ahí se comprobó que de cada diez jóvenes que entran y concluyen este modelo no reinciden 9.5, además de haber ganado el “Premio Interamericano a la Innovación para la Gestión Pública Efectiva 2024”. Recordemos siempre que no habrá paz duradera si no se construyen alternativas reales para quienes hoy están en riesgo de repetir el ciclo delictivo. Lo segundo que no he comentado es que es el único programa que tengo en la Consejería Jurídica de Atención a las Causas, esto es un verdadero privilegio, apoyar a las y los jóvenes que he aprendido a querer desde cualquier entorno social y a ser actora que abona a la construcción de la paz en nuestro país.
En nuestro bello estado de Guerrero también se puede Reconectar con la Paz, estamos en la ruta de poder realizar las visitas institucionales que nos permitan implementarlo y trabajar desde la posibilidad real de ofrecer alternativas, porque cuando el Estado decide acompañar en lugar de abandonar, intervenir antes de que el daño se repita y apostar por la reintegración en lugar de la exclusión, se cambia la lógica de cómo se construye la seguridad en el país.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian