Reforma Electoral. Plan B

Las reformas constitucionales suelen provocar debates intensos porque tocan lo más esencial de un país: las reglas que nos constituyen como Estado y que definen la manera en que se organiza el poder público. Modificar la Constitución nunca es un asunto menor; implica replantear los principios bajo los cuales funciona la vida democrática y revisar si las instituciones siguen respondiendo a las necesidades de la sociedad.
Por ello, desde el gobierno de México hemos seguido trabajando en una iniciativa constitucional que profundiza varios de los principios que han guiado esta etapa de la vida pública del país: la austeridad republicana, la eliminación de privilegios y el fortalecimiento de los mecanismos de participación ciudadana.
La iniciativa parte de una convicción clara: el poder público debe ejercerse con responsabilidad frente a los recursos de la nación y con una relación cada vez más directa con la ciudadanía.
Uno de los ejes centrales de esta iniciativa es avanzar en la eliminación de privilegios dentro del aparato del Estado. Durante décadas, buena parte del presupuesto público terminó absorbido por estructuras administrativas costosas, prestaciones extraordinarias y beneficios que poco tenían que ver con la función esencial del servicio público. Hoy existe una demanda social clara para que el ejercicio del poder se realice con mayor austeridad y con reglas más estrictas sobre el uso de los recursos públicos.
En ese sentido, la propuesta contempla establecer límites más claros a las remuneraciones y prestaciones de diversos órganos del Estado, para asegurar que ninguna persona servidora pública reciba beneficios financiados con recursos públicos que no estén plenamente justificados por la ley. El principio es sencillo: el gobierno debe servir al pueblo, no convertirse en una carga para él.
Otro componente importante de la propuesta es fortalecer los instrumentos de democracia participativa. En particular, se plantea la figura de la revocación de mandato, a través de la cual la propia Presidenta se somete a la aprobación de la ciudadanía respecto de su permanencia en el cargo a la mitad del periodo, ya sea en el tercer o cuarto año de gobierno. Se trata de un mecanismo que no sólo amplía las herramientas de control democrático, sino que reafirma un principio fundamental: que el poder no se ejerce de manera absoluta, sino bajo la evaluación constante del pueblo.
La revocación de mandato representa una de las ideas más profundas de la democracia contemporánea: que el pueblo no solo tenga la facultad de elegir a sus gobernantes, sino también la posibilidad de evaluar su desempeño durante el ejercicio del cargo. Fortalecer este mecanismo implica consolidar una relación permanente de responsabilidad entre gobernantes y gobernados.
La iniciativa también plantea revisar la organización de algunas estructuras de gobierno a nivel local. Se propone ajustar la integración de los ayuntamientos para que respondan a criterios de representación más racionales y evitar que los cargos públicos se multipliquen sin una justificación democrática clara. Con ello se busca que los recursos públicos se destinen prioritariamente a mejorar los servicios que reciben las comunidades.
En la misma lógica de racionalidad institucional, se proponen reglas para que los congresos locales mantengan presupuestos proporcionales a las finanzas públicas de cada entidad federativa, evitando que los órganos legislativos se conviertan en estructuras sobredimensionadas respecto de las necesidades reales de representación.
Más allá de los detalles técnicos que serán discutidos cuando la iniciativa se presente formalmente ante el Congreso de la Unión, lo cierto es que el país vive un momento de definiciones importantes sobre el tipo de Estado que quiere construir para los próximos años.
México ha transformado su sistema político a través de reformas sucesivas que respondieron a distintos momentos históricos. Ninguna de ellas ha sido definitiva. Hoy volvemos a estar frente a una de esas coyunturas en las que es necesario preguntarnos si las instituciones siguen sirviendo al interés público o si deben ajustarse para responder mejor a las demandas de la sociedad.
En ese contexto, el debate reciente abrió distintas lecturas sobre la solidez del proyecto que se ha venido construyendo en los últimos años. Para algunos, este momento representaba una oportunidad para poner en duda su continuidad; para otros, una prueba de su consistencia. Lo cierto es que el proceso ha dejado ver que existe una base clara que ha permitido avanzar en transformaciones de fondo, sostenidas en una mayoría que no es casual, sino resultado de un respaldo social amplio. En ese marco, la reforma electoral se mantiene como parte del proyecto de nación que busca fortalecer la vida democrática y seguir construyendo un sistema político que responda, de manera más directa, a los ciudadanos.
Desde el gobierno de México, encabezado por la Presidenta Claudia Sheinbaum, tenemos claro que la discusión apenas comienza. Pero también tenemos la convicción de que avanzar hacia instituciones más austeras, más transparentes y más cercanas a la ciudadanía no es solo una opción política, es una responsabilidad democrática. La reforma electoral va.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

Por mi madre, por mis hijas

Ayer, como cada 8 de marzo, millones de mujeres en México y en el mundo salieron a las calles para recordar que los derechos no han sido concesiones gratuitas, son luchas permanentes que se construyeron y construyen a lo largo de años, décadas y siglos, con debate público, marchas, acciones de reclamo social y decisiones políticas. Ver a las mujeres de todas las edades y condiciones sociales salir a marchar me conmueve e inspira profundamente. Por una parte la terrible parte de ver el dolor de quienes denuncian las violencias que han sufrido y, por otra parte, la belleza de verlas resilientes, fuertes, valientes, dispuestas a todo para que ninguna mujer sea violentada, sea en casa, colonia, ciudad, estado, país o mundo.
En medio de este día lleno de emociones encontradas, recordé una intervención que marcó profundamente mi trayectoria política. Durante mis diez años en cargos de elección popular, diría que una de las participaciones más importantes fue la que dí en favor de la lucha por el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad. Como diputada local de la Ciudad de México, en 2007 participé en la discusión para despenalizar el aborto hasta la doceava semana.
Ahora que vivimos otros tiempos, este derecho puede sonar como algo evidente, pero en ese momento, aquella discusión fue intensa, fuimos pioneras a nivel nacional, sabíamos que enfrentamos a la derecha, la Iglesia, medios de comunicación, éramos las y los diputados de izquierda contra el sistema en su conjunto. No solo porque se trataba de una reforma profunda en materia de derechos reproductivos, sino porque obligó a la sociedad a mirar una realidad que durante décadas se había preferido ignorar. La penalización del aborto no impedía que ocurriera; lo que hacía era empujar a miles de mujeres a la clandestinidad, lo que en varias ocasiones generaba daños irremediables en su salud e incluso les costaba la vida.
Como suele suceder con las políticas punitivas, quienes más sufrían las consecuencias no eran todas por igual. Históricamente, las mujeres con recursos económicos siempre tuvieron alternativas: pagar servicios privados o acceder a atención médica segura en el país o en extranjero. En cambio, las mujeres pobres enfrentaban escenarios mucho más duros: abortos inseguros, condiciones laborales que dificultaban acceder a la interrupción del embarazo, criminalización de las mujeres por tomar decisiones sobre su propio cuerpo.
Por eso era tan importante cambiar la lógica del debate. Reconocer el derecho a interrumpir el embarazo no obliga a nadie a abortar, sino que permite que quien se enfrenta a esa decisión pueda hacerlo de manera segura, con acompañamiento médico y sin poner en riesgo su vida. Prohibirlo, en cambio, no evita que suceda, sino que solo genera condiciones de mayor peligro, silencio, insalubridad y desigualdad.
La experiencia de la Ciudad de México es una prueba contundente de ello. Desde que se aprobó la Interrupción Legal del Embarazo en abril de 2007 hasta 2024, más de 277 mil mujeres han accedido a este servicio en la capital del país, de manera gratuita y con excelentes condiciones de seguridad y salubridad.
Detrás de ese número hay historias diversas: mujeres jóvenes, estudiantes, madres que ya tienen hijos, mujeres trabajadoras, mujeres que sufrieron violencias. Muchas de ellas, además, llegaron desde otros estados del país donde durante años el aborto siguió o sigue penalizado. La Ciudad de México se convirtió así en un espacio de acceso a derechos que no existían en otras entidades.
Ese cambio no ocurrió por casualidad. Fue resultado de décadas de lucha del movimiento feminista, de organizaciones sociales, de profesionales de la salud y de una sociedad entera que entendió que el derecho a decidir forma parte de los derechos humanos a la salud, a la dignidad y a la libertad de las mujeres. Las respuestas positivas del Estado se dieron a partir de demandas legítimas impulsadas por la constancia y la fuerza colectiva que las mujeres hemos construido a lo largo de los años.
Con el tiempo, esa transformación comenzó a expandirse. Hoy, cada vez más estados han avanzado en la despenalización del aborto y en el reconocimiento de los derechos reproductivos. Guerrero, por ejemplo, reformó su legislación en 2022 para permitir la interrupción legal del embarazo hasta las doce semanas, sumándose a una tendencia nacional que busca garantizar condiciones más justas para las mujeres.
En ese proceso histórico es importante reconocer el papel del feminismo en la transformación del país, que ha abierto caminos que hoy permiten que México tenga a la primera mujer Presidenta en América del Norte, Claudia Sheinbaum. Reconocer esa historia implica también asumir que la igualdad no ha sido un proceso sencillo, todavía hay derechos y condiciones que permanecen como tareas pendientes en la agenda de las mujeres.
Por supuesto, el camino aún no está terminado. Persisten resistencias culturales, desigualdades y barreras multifactoriales que impiden que todas las mujeres accedan en igualdad de condiciones a servicios de salud reproductiva, así como al resto de derechos. Pero también es cierto que el país de hoy es distinto al de hace dos décadas.
Cada reforma, cada discusión parlamentaria, cada movilización en las calles, cada trabajo que realizan las mujeres, cada voz que se alza desde las diferentes trincheras, ha contribuido a construir un México donde las mujeres tenemos las mejores condiciones para desarrollar nuestros proyectos de vida, sin duda falta.
Por mi parte, sigue firme mi convicción en la defensa de los derechos de las mujeres, como lo dije en aquella intervención hace 19 años: “me siento profundamente orgullosa de votar para reivindicar a las mujeres su derecho a la maternidad libre, responsable e informada, e informada votaré a favor en honor a mis abuelas, a mi madre, a mis hijas ya las hijas de mis hijas. Por mi condición de mujer, porque mi cuerpo y mi mente son libres, no permitiré que la ignorancia o el miedo condenen a más mujeres a la muerte”.
Nos leemos el siguiente martes.

Link a mi intervención: https://youtu.be/fSsrTuDAq4k?feature=shared

@EsthelaDamian

 

Orgullo de pertenencia

A veces decimos de dónde somos como si fuera un simple dato geográfico, pero decir “soy del estado de Guerrero, o soy del Estado de México, o soy del estado de Tlaxcala” no es solo ubicar un punto en el mapa. Es recordar el olor de la comida en casa, la música que sonaba los domingos, la plaza donde aprendimos a andar en bici, la escuela donde nos enseñaron a leer. El lugar de origen no es un dato, es nuestra raíz. Es el territorio donde crecimos, donde se formaron nuestros afectos, donde aprendimos lo que significa comunidad por que tenemos costumbres y tradiciones que nos permiten saber que son lo que nos genera amor, lazos comunes; el ejemplo más claro es nuestra bandera nacional.
El orgullo de pertenencia no nace de un discurso solemne, sino de lo cotidiano. De la abuela que con ese sazón inolvidable, de aquellos lugares que recordamos porque siempre tomábamos el autobús ahí, de la gente trabajadora que desde temprano encontrábamos en sus puestos y nos reconfortaban con un simple “buenos días”. Todo eso construye identidad.
En la arquitectura se habla de patrimonio tangible e intangible. El tangible es fácil de identificar: monumentos, kioscos, museos, playas, lagunas, edificios históricos. Es lo que se puede tocar y fotografiar. Pero el intangible es el que verdaderamente permanece en nuestras mentes y corazones: canciones, formas de vestir, maneras de hablar, historias que se repiten en la mesa, palabras u oraciones que son muy comunes en determinado lugar, ahora mismo me acuerdo de la frase de mis paisanos chilpancingueños “ora que cosa”, en la costa “hermano, brother “ en la Tierra Caliente “guache”, y otras más que muchos conocemos. Ese patrimonio invisible es el que moldea cómo nos vemos y cómo queremos que nos vean.
Y aquí vale la pena hablar con honestidad. Muchas y muchos jóvenes hoy encuentran identidad en estéticas y narrativas lejanas a sus raíces, y que giran alrededor del poder, del dinero rápido, de la ostentación, de la música que habla de armas o de lujos extremos. Nuestros jóvenes no necesariamente parten de una historia delictiva pero sí asumen una narrativa que parte de enaltecer las de otros. Muchas veces lo que hay es búsqueda de pertenencia. Es la necesidad de sentirse parte de algo que da reconocimiento, fuerza, una sensación de estatus.
No podemos juzgarlos de primera mano, sino hay que buscar entenderlos. Cuando una o un joven adopta ciertos códigos, lo que está diciendo es: “quiero importar, quiero ser visto, quiero ser parte”. El problema no es el estilo, sino el riesgo que aparece cuando esa identidad se construye alrededor de modelos que normalizan la violencia y en muchas ocasiones propician un lenguaje de intimidación.
Ahí es donde la conversación se vuelve más profunda. ¿Qué estamos ofreciendo como alternativa? ¿Qué referentes positivos están al alcance? Revertir estos fenómenos, sobre todo los que tienen que ver con el patrimonio intangible, depende de las familias, de las escuelas, de nuestros abuelos, de la gente del barrio, de los espacios donde convivimos y, por supuesto, de la política pública. Es un trabajo paciente, cercano, cotidiano.
Es en esta última parte que es justo reconocer que hoy existe una apuesta clara desde el gobierno humanista que encabeza nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, al colocar a las juventudes en el centro a partir de garantizar sus derechos humanos. Cuando se amplía el acceso a la educación, cuando se fortalecen programas culturales y deportivos, cuando se recuperan espacios públicos, se está diciendo algo muy potente: ustedes importan, ustedes son parte fundamental de este país.
La Presidenta, desde que era Jefa de Gobierno en la Ciudad de México, ha insistido en que las y los jóvenes no son un problema, son la solución. Y esa frase no es retórica. Implica garantizar su derecho a estudiar esto con apoyo de programas sociales que ya están en la CPEUM, a expresarse en un grafiti urbano, a un concierto gratuito de artistas de primer nivel. Implica confiar en lo que la experiencia nos ha demostrado: si tienen herramientas desde sus lugares de origen, elegirán caminos que construyan y no que destruyan. Esa confianza es poderosa, porque cambia la narrativa: de la sospecha, el estigma, a la inclusión y esperanza.
En este momento histórico, el mensaje que se manda desde Palacio Nacional hasta el rincón más lejano de nuestro país es que el orgullo de pertenecer a México, en cualquiera de sus coordenadas, puede más que el miedo y la violencia. Ese orgullo resalta por el conocimiento de nuestros connotados profesionistas, artesanos, pintores, músicos, entre otros, la creatividad y la fraternidad de nuestro pueblo.
Nada es más transformador que una juventud que se sabe valorada. Que entiende que su lugar en el país no es marginal, sino central. Que descubre que el verdadero poder no está en la ostentación, sino en la capacidad de cambiar su entorno. En un gobierno que apuesta por un proyecto de nación con justicia social en todo lo ancho y largo de su territorio, las juventudes tienen un papel excepcional como protagonistas.
El orgullo de pertenencia ya no es solo la nostalgia de nuestro origen sino, sobre todo, la responsabilidad de dar a las siguientes generaciones un mejor país del que nos tocó y está tocando vivir. Es reconocer de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos. Si logramos que nuestras juventudes abracen su identidad desde la dignidad, el respeto, nuestros valores, la espiral de violencia pierde fuerza y México gana futuro.
Ellas y ellos están aquí para transformar al país, este gobierno humanista les permite el ejercicio real de sus derechos, esa transformación no solo es posible: es inevitable.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

El camino hacia la paz

En tiempos donde la incertidumbre suele dominar lo público, el liderazgo se mide por la capacidad de mantener claridad de rumbo incluso frente a los desafíos más complejos. México vive una etapa en la que la conducción del país exige templanza, estrategia y una convicción profunda de que la paz se construye con decisiones firmes y con visión de largo plazo. En ese contexto, la Presidenta Claudia Sheinbaum ha demostrado liderazgo y que sabe gobernar.
Desde el inicio de su gobierno, la Presidenta ha dejado claro que la construcción de la paz no es un discurso, sino un método. Un método que ha sido explicado de manera reiterada y transparente, y que parte de una visión integral que entiende la seguridad como un proceso que se construye desde lo social, hasta lo institucional y lo estratégico.
El primer eje que se ha implementado como política pública en materia de seguridad es la atención a las causas. Durante años se ignoró que la violencia también es consecuencia de la desigualdad y la falta de inclusión de nuestras y nuestros jóvenes. Hoy, en cambio, se apuesta desde el humanismo mexicano por abrir caminos reales para las y los jóvenes a través de la educación, la cultura, el deporte, la atención al consumo problemático de sustancias y la atención psicológica. Este enfoque no solo es profundamente visionario, sino que es también muy inteligente: invertir en las juventudes es apostar por comunidades más fuertes, más libres y más seguras con efectos a corto, mediano y largo plazo. En paralelo, la educación sigue siendo un eje fundamental; la Beca Rita Cetina y la beca Benito Juárez colocan la educación en el centro de la política pública
El segundo componente en la política de seguridad es la inteligencia en materia de investigación. Los resultados recientes en decomisos, detenciones y debilitamiento de estructuras criminales reflejan un trabajo serio, constante y coordinado. No se trata de acciones divorciadas entre sí, sino de una estrategia que demuestra capacidad institucional y determinación política. Cuando el estado actúa bajo la visión y firmeza de una Presidenta de la República como la doctora Sheinbaum Pardo, envía un mensaje claro: la ley se cumple y la seguridad de todas y todos los mexicanos es una prioridad, de manera que la seguridad que se construye atendiendo la pobreza, con impartición de justicia, recorriendo y escuchando a la gente, con un gobierno sin privilegios, logrando una congruencia en sus valores y sus acciones que no deja lugar a dudas.
A esto se suma la capacitación permanente de las fuerzas de seguridad. Profesionalizar a quienes protegen a la ciudadanía fortalece al Estado y dignifica el servicio público. Defensa, Guardia Nacional y corporaciones policiales avanzan en un proceso continuo de preparación que permite responder con mayor eficacia a los desafíos actuales.
La coordinación entre los distintos órdenes de gobierno es otro de los pilares que han permitido resultados concretos, pues como ha sido demostrado por la experiencia, la seguridad no puede construirse de manera fragmentada. Actualmente, existe una articulación institucional que permite actuar con mayor precisión y eficacia en todo el territorio nacional. Esta visión de la política pública que toma como base la colaboración, ha derivado en avances medibles, como la disminución del 42 por ciento en homicidios dolosos en el país. Como siempre lo digo, más que solo pensar en cifras, es importante pensar en las personas que ven un impacto real en sus vidas a partir de ellas, se trata de comunidades que recuperan la tranquilidad para sus familias.
La Presidenta ha demostrado que gobernar también implica evaluar, corregir y exigir. Su liderazgo no es complaciente, sino uno que atentamente observa, escucha y actúa cuando alguna área debe fortalecerse o cuando algún estado enfrenta retos específicos. Esa capacidad de conducción es la que mantiene la confianza del pueblo en ella.
La construcción de la paz se mantiene como una de las prioridades centrales de este gobierno, entendida no como una meta inmediata ni como un resultado definitivo, sino como un proceso constante que implica fortalecer condiciones de bienestar, justicia y seguridad para todas y todos.
Bajo esta visión, se reconoce que la percepción de inseguridad es tan relevante como los propios indicadores, porque la seguridad no solo se mide en cifras, sino en la tranquilidad con la que las personas viven su día a día. Por ello, la estrategia ha puesto atención en aquellas conductas delictivas que afectan de manera directa la vida cotidiana y el tejido social, fortaleciendo las capacidades institucionales para prevenirlas y atenderlas de manera más eficaz. Por mencionar un ejemplo, está la reciente Ley General para prevenir, investigar y sancionar los delitos en materia de extorsión.
En el plano internacional, la Presidenta ha defendido con firmeza la soberanía nacional frente a cualquier postura que pretenda vulnerarla. Su mensaje ha sido contundente y consistente: coordinación sí, subordinación no. Esta postura no solo reafirma la independencia del país, también fortalece el respeto hacia México en el escenario global.
El humanismo mexicano, impulsado desde el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador y que hoy continúa con solidez, parte de una idea esencial: la transformación no depende de una sola persona, sino de la participación activa de toda la sociedad. Este principio cobra especial relevancia en un momento en el que la unidad y la corresponsabilidad son fundamentales para consolidar los avances.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

La oposición en México

Hay momentos en la vida pública de un país en los que la discusión política deja de ser un intercambio serio de ideas para convertirse en un ruido constante que busca confundir más que aportar. Desde que llegó nuestra Presidenta Claudia Sheinabum, hemos visto con claridad cómo la oposición decidió refugiarse no en la autocrítica ni en la construcción de propuestas, sino en los brazos de intereses externos. Basta escuchar sus declaraciones para entender que su estrategia no ha sido pensar en el país, sino apostar por la descalificación permanente.
El problema de fondo es evidente: una oposición sin agenda difícilmente puede conectar con el pueblo. Durante años se acostumbraron a habitar la élite, a moverse en círculos de poder donde las decisiones se tomaban lejos de las familias mexicanas. Esa distancia que les impide comprender qué piensa, qué necesita y qué busca la gente es evidente. No se trata solo de un problema político, sino que se trata de una profunda falta de sensibilidad social. Cuando no se escucha, cuando no se camina, cuando no se entiende lo que buscan las y los mexicanos lo único que queda es la crítica vacía.
Por eso no sorprende que algunas voces recurran sistemáti-camente a los temas mediáticos del momento para lanzar señala-mientos estridentes; es lógico, la oposición no representa al pueblo, representa a la cúpula, aún no se dan cuenta que perdieron el poder desde 2018. Se repite la vieja lógica de pensar que el “león es de su condición”, asumiendo que donde gobierna un proyecto distinto necesariamente hay impunidad o falta de castigo. Sin embargo, la justicia no puede reducirse a percepciones ni a narrativas construidas desde la confrontación política; es un proceso institucional que exige independencia, legalidad y responsabilidad.
En un Estado democrático la justicia debe sostenerse en pruebas, procedimientos y garantías, nunca en intereses coyunturales ni en juicios anticipados. Ese ha sido el principio que se ha sostenido desde el gobierno federal, impulsado además por el liderazgo de la Presidenta, quien ha insistido en que la ley debe aplicarse con igualdad y sin concesiones.
Cuando la justicia se entiende desde esta perspectiva, queda claro que muchas de las narrativas que impulsa la oposición en redes sociales, a través de información imprecisa o voces que privilegian el escándalo sobre el rigor, no buscan genuinamente informar con veracidad, sino influir en la percepción pública desde la desconfianza. Sin embargo, pasan por alto algo fundamental: la ciudadanía de este país ha cambiado. Hoy es una sociedad más crítica, más consciente y con mayor capacidad para distinguir entre los hechos y la manipulación.
Así, en esa misma lógica de construir percepciones antes que discutir realidades concretas se traslada a otros temas del debate público. Ahí está, por ejemplo, la discusión sobre la llamada reforma electoral. Hemos escuchado declaraciones y más declaraciones, etiquetas de todo tipo, advertencias catastróficas y llamados a rechazar algo que ni siquiera existe aún en términos concretos. La pregunta es inevitable: ¿qué se critica exactamente si no hay un documento que analizar? La política responsable exige debate informado, lectura seria y argumentos verificables, no campañas de miedo basadas en especulaciones. Descalificar por adelantado solo evidencia la falta de propuestas y la necesidad de construir enemigos imaginarios para mantenerse vigentes en la conversación pública.
La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando observamos que, si hay cambios en posiciones políticas, se critica; y si no los hay, también. Es la lógica de dar “palos de ciego”, golpear por golpear sin rumbo ni propuesta. Esa actitud no construye democracia, solo desgasta la conversación pública y profundiza la polarización sin ofrecer soluciones reales a los problemas del país.
Gobernar nunca ha sido sencillo, y menos en un contexto global complejo. Sin embargo, vale la pena recordar que quienes hoy se presentan como críticos implacables tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron. Las políticas neoliberales que impulsaron durante décadas profundizaron la desigualdad, ampliaron la pobreza y beneficiaron a un grupo reducido que, en muchos casos, se enriqueció de manera ilícita al amparo del poder. Esa historia no se borra con discursos ni con campañas en redes sociales; está en la memoria colectiva de millones de personas.
Por eso sorprende –aunque quizá ya no tanto– ver cómo ahora intentan reinventarse sin reconocer sus errores. Recurren a estrategias que buscan desviar la atención de su propio pasado, porque saben que gobernar no es sencillo y que cuando tuvieron la responsabilidad, sus políticas neoliberales profundizaron la desigualdad, llevaron a millones a condiciones de mayor pobreza y beneficiaron a un grupo selecto del que ellos mismos formaban parte. Esa no es una oposición a la altura de los desafíos que México enfrenta; es una oposición sin estatura política.
El mensaje es claro, no se confundan. La política no se define en las burbujas digitales, se define en el contacto directo con la gente, en las conversaciones con mujeres, jóvenes y trabajadores que todos los días sostienen este país. Ahí es donde se entiende la dimensión real de las decisiones públicas y donde se construye legitimidad.
México vive un momento de transformación profunda que exige responsabilidad, seriedad y compromiso con la verdad. La crítica siempre será necesaria en una democracia, pero debe ser honesta y orientada a mejorar, no a destruir por consigna. Quien aspire a representar a la ciudadanía tiene la obligación de escuchar antes de hablar y de proponer antes de descalificar, pues la Presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado un precedente imborrable en las y los mexicanos a partir de la cercanía y responsabilidad pública que ha permitido mantener el rumbo en medio de un entorno complejo.
La historia reciente nos recuerda que los privilegios no pueden volver a ser la brújula de la política nacional. Hoy la conversación nacional debe centrarse en cómo consolidar un país más justo, más igualitario y más cercano a la gente. Y en esa tarea el pueblo sabrá distinguir entre quienes buscan un mejor país y quienes solo apuestan por sus privilegios, el ruido y la destrucción.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Fiesta latina

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl que vimos este fin de semana no fue solo un show: fue un acto político y cultural de enorme calado. Para algunos, una fiesta latina, para otros, desde la incomodidad y el prejuicio, una provocación.
Es innegable que Bad Bunny es uno de los artistas más representativos de esta generación, por lo que escucharlo mencionar a todos los países del continente, tiene gran impacto en el contexto socio político que vivimos en la región. Puso sobre la mesa algo que a muchos les incomoda aceptar: Estados Unidos es un país plural, mestizo, migrante y profundamente latino. Para millones de jóvenes y, especialmente, para millones de migrantes, su presencia en ese escenario fue una forma de reconocimiento, de existir frente a un mundo que insiste en borrarles.
No es casualidad que una parte del vecino país del norte reprobara el espectáculo. No entienden el furor que causó en los asistentes, porque puede decirnos tanto la letra, el ritmo, la historia que hay detrás de lo que se cantó y bailó. Lo que molesta no es la música; es vernos más unidos que nunca. Es escuchar en español lo que durante años han querido silenciar. Es ver cuerpos, acentos y banderas que rompen con la idea homogénea de la pureza de una sola raza en el territorio de nuestros vecinos. El rechazo nace de aceptar que la identidad nacional no es pura ni estática, sino producto de la migración.
Este contexto cultural se cruza con una realidad económica dura. Las remesas han comenzado a disminuir como consecuencia directa de las acciones migratorias en Estados Unidos. Muchas personas migrantes hoy no trabajan con normalidad; otras están ahorrando cada dólar posible; la mayoría intenta pasar desapercibida para no ser detenida. Mandar menos dinero no es falta de voluntad, sino en muchos casos, una estrategia de supervivencia.
Y así, en medio de ese contexto aparece también en el escenario Lady Gaga cantando salsa, sosteniendo un balón que dice “Together”. Juntos. El mensaje es claro: aún hay personas dentro de Estados Unidos que entienden que la diversidad no debilita, sino que fortalece. Que la unidad no significa uniformidad. Que la cultura latina no es una amenaza, sino una aportación viva. Ese gesto, aparentemente simple, fue una manera de tomar postura: estar del lado de quienes hemos sido históricamente relegados.
También, la icónica interpre-tación de Ricky Martin de Lo que le pasó a Hawaii colocó en el centro del espectáculo una reflexión incómoda pero necesaria. La canción alude al despojo territorial, a la sustitución de comunidades locales por intereses externos y a la pérdida progresiva de control sobre el propio destino. En clave latinoamericana, esa lectura dialoga con experiencias que México y muchos países conocemos bien. La autodeterminación no se negocia y la historia demuestra que cuando se normaliza la intromisión externa, el costo siempre lo pagan las personas más vulnerables.
Por lo que hace a los espec-tadores, las imágenes que vimos dentro y fuera del estadio fueron tan significativas como el show mismo. Latinos profundamente conmovidos frente al espectáculo, no por nostalgia, sino porque a través de la música, el baile y la comunidad, vieron reflejada su dignidad. Porque muchas y muchos de ellos han sentido en carne propia la discriminación, la humillación y el trato inhumano resultado de una sociedad profundamente polariza-da. Porque por unos minutos dejaron de ser invisibles para permitir que la música se convirtiera en refugio y en abrazo colectivo.
Por eso hoy es más importante que nunca la solidaridad con nuestros paisanos y nuestros hermanos y hermanas migrantes. El acompañamiento, aunque sea a distancia, implica apoyar como sea posible: con mensajes, redes sociales, llamadas, recursos, presencia simbólica: que sepan que nadie está solo o sola. Desde aquí, la Presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido una postura firme, serena y profundamente humana: México acompaña a sus migrantes y no los deja solos.
Y en este mismo sentido, cobra una relevancia especial el 5 de febrero, aniversario de nuestra Constitución. Durante la conmemoración de este evento, la Presidenta envió un mensaje poderoso: México tiene una historia de lucha, de derechos conquistados y de soberanía defendida. En tiempos donde la migración se criminaliza y la dignidad humana se pone en duda, reafirmar el valor constitucional de los derechos es un acto de valentía política. La Presidenta ha sabido leer el momento histórico y responder con firmeza, sensibilidad y claridad.
No podemos olvidar que febrero también nos recuerda episodios oscuros de nuestra historia, como la marcha del triunfo que dio pauta a la Decena Trágica. Recordar esos eventos no es anclarse al pasado, es aprender de él. Es entender que la fragilidad democrática comienza cuando se normaliza la violencia, la exclusión y el desprecio por el otro. Hoy, la música, la memoria histórica y la política pública se entrelazan para recordarnos una verdad básica: la dignidad no se negocia.
La fiesta latina del Super Bowl mostró que la cultura también abre conversaciones necesarias sobre derechos y relaciones entre países. En un mundo marcado por la movilidad humana, la desigualdad y las tensiones internacionales, la Presidenta Claudia Sheinbaum hoy representa un liderazgo que entiende que la política exterior y la política de derechos van de la mano, y que la defensa de la dignidad no se limita al territorio, sino que se proyecta en la forma en que un país se relaciona con el resto del mundo.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

La Presidenta sí me representa

 

A la Presidenta Claudia Sheinbaum la vemos todos los días al frente del país. La vemos como jefa de Estado, como científica rigurosa, como dirigente política que toma decisiones complejas en momentos de presión nacional e internacional. La vemos en la agenda pública, en las reuniones estratégicas, en los anuncios de política pública, en el pulso constante de la vida institucional. Sin embargo, hay una dimensión suya que no siempre se alcanza a mirar y que, paradójicamente, explica con mayor profundidad la forma en que gobierna: la mujer que también es madre, abuela, esposa, la persona que sostiene afectos, responsabilidades y cuidados cotidianos mientras conduce el destino de una nación entera. Esa parte humana no es un dato accesorio; es el cimiento de su liderazgo. Por eso lo digo con claridad, sin matices y sin titubeos: la Presidenta me representa.
Escucharla cada mañana desde muy temprano, iniciar la jornada a las seis de la mañana, verla entrar puntual a encabezar el trabajo del día y recibir el saludo militar como Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas no es solamente un gesto protocolario. Es una imagen histórica que todavía estremece. Es la primera mujer que ocupa ese lugar y lo ejerce con naturalidad, con preparación y con autoridad. Gobernar un país como el nuestro exige resistencia física, concentración permanente y una capacidad de trabajo que rebasa cualquier horario de oficina.
Exige estudiar cada tema, coordinar equipos, escuchar diagnósticos técnicos, anticipar escenarios y tomar decisiones que impactan la vida de millones de mexicanas y mexicanos. Nada de eso se improvisa. En ella hay disciplina, método, estrategia, pero también algo que no siempre abunda en la política: sensibilidad social. Ha demostrado que la firmeza no está reñida con la empatía y que se puede ejercer el poder sin perder de vista a las personas.
Formar parte de este gobierno, incluso desde los espacios técnicos o jurídicos, como lo es la Consejería Jurídica, se vive con orgullo precisamente por esa coherencia entre discurso y acción. En un contexto internacional complejo, presiones externas y reacomodos geopolíticos constantes, la conducción ha sido clara: defender la soberanía sin estridencias, dialogar sin subordinaciones y priorizar siempre nuestra soberanía. Ser Consejera de la doctora Sheinbaum implica disciplina, trabajo 24/7, atención a sus instrucciones, cumplir con los tiempos que nos señala para las tareas y obligaciones que tenemos, no le gustan las zonas de confort y las innecesarias burocracias.
La Presidenta de la Republica bajo esa misma entrega, trabaja con nitidez en la estrategia de la seguridad. Durante enero y febrero el gabinete ha sesionado de manera itinerante, recorriendo distintas entidades y convocando a autoridades federales y estatales para analizar de primera mano lo que ocurre en cada territorio. Es una manera distinta de gobernar: salir del escritorio, atender directamente a quienes enfrentan los problemas en campo y construir soluciones coordinadas. Ahí hay intercambio de información, contraste de datos, evaluación de resultados y definición de estrategias conjuntas. Hay diálogo real y corresponsabilidad entre los distintos órdenes de gobierno. Esa presencia territorial reduce la distancia entre la autoridad y la ciudadanía y fortalece al Estado desde lo local.
Al concluir cada reunión, la mañanera funciona como un ejercicio cotidiano de rendición de cuentas para las autoridades que participamos en dicha mesa. Informar, explicar, responder preguntas de los medios de comunicación. En tiempos donde la desinformación circula con facilidad, abrir un espacio diario para transparentar decisiones se convierte en una práctica política relevante, porque se le informa al pueblo y esto genera confianza.
Trabajar con la Presidenta me hace pensar no solo en la investidura ni en el cargo, sino también, y sobretodo, en la mujer que madruga, que estudia exhaustivamente, que coordina equipos técnicos, que toma decisiones complejas bajo presión y que, al mismo tiempo, sigue siendo madre, abuela y compañera de vida. Pienso en esa capacidad de sostener múltiples responsabilidades. Esa dimensión humana no la debilita; al contrario, la fortalece, porque entiende mejor lo que duele, lo que falta y lo que urge transformar.
Quizá por eso conecta con tantas de nosotras, cuando charla con empresarias, campesinas, maestras, enfermeras, ingenieras, actuarias, sociólogas, comunicadoras, plomeras, bailarinas, cantantes, psicólogas, pintoras… Porque representa a mujeres que trabajamos jornadas largas, que asumimos más de un rol a la vez y que creemos que la transformación se construye todos los días.
Lo digo con orgullo: la Presidenta me representa.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Una Presidenta congruente

Durante el Foro Económico Mundial que tiene lugar en Davos, ocurrió algo poco común: alguien decidió decir en voz alta lo que muchas potencias practican en silencio. Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, hizo una lectura directa del momento que vive el mundo. Puso en palabras la realidad que ya atraviesan nuestras economías, nuestras democracias y, sobre todo, la vida cotidiana de millones de personas.
Carney habló de un sistema internacional donde las reglas ya no operan como un piso común, sino como herramientas selectivas. Un mundo donde el comercio, la cooperación y la comunicación entre Estados están cada vez más condicionados por relaciones de fuerza. Quien no se alinea, paga el costo. A veces en forma de aranceles. A veces mediante sanciones. A veces con presiones políticas que terminan afectando empleos, precios y oportunidades. Y en los escenarios más extremos, con el uso de la fuerza.
Ese es el nuevo lenguaje del mundo. Y aunque suele discutirse en clave geopolítica, sus consecuencias se sienten en lo social: en el costo de los alimentos, en la estabilidad laboral, en el acceso a bienes básicos, en la posibilidad de vivir con dignidad, o la falta de la misma.
Durante décadas, Canadá mantuvo alianzas comerciales y políticas que parecían incuestionables. Sin embargo, Carney reconoció algo fundamental: la hegemonía ya no garantiza certidumbre. Frente a ese escenario, Canadá ha comenzado a diversificar sus relaciones económicas y comerciales, abriendo sus puertas a nuevos aliados. No como un gesto ideológico, sino como una decisión estratégica ante un mundo que ya no gira en torno a un solo centro de poder.
Lo relevante no es solo el mensaje, sino el lugar desde donde se dijo. Davos no suele ser el espacio para cuestionar abiertamente las reglas no escritas del orden internacional. Por eso el discurso marca un punto de quiebre. Porque nombra lo que existe. Porque rompe con la diplomacia cómoda. Porque recuerda que el multilateralismo convive, cada vez más, con prácticas unilaterales que profundizan desigualdades.
Ese mensaje fue leído con atención en México. Nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum señaló, en una de las conferencias matutinas, la importancia de escuchar con cuidado el discurso y los mensajes que de él se desprenden. No como un gesto protocolario, sino como una lectura política necesaria. Lo dicho ahí constituye una señal clara, sobria y estratégica: un mensaje en un contexto estadunidense atravesado por tensiones internas y por la antesala de las elecciones legislativas de 2026, donde se disputará el control del Congreso.
Además, México atraviesa un momento clave con la revisión del T-MEC, un acuerdo que no solo regula flujos comerciales, sino que incide directamente en el empleo, la inversión y el desarrollo regional.
En ese escenario, la conducción de la Presidenta adquiere una dimensión particular. No es menor ver a la primera mujer Presidenta de México dirigir al país en un momento tan complejo para el mundo, demostrando una lectura fina del tablero internacional y una capacidad poco común para sostener posiciones firmes sin recurrir a la estridencia. Ha entendido que gobernar también implica cuidar el impacto social de cada decisión, porque detrás de cada tratado, de cada arancel y de cada negociación, hay personas de carne y hueso que resienten las consecuencias positivas y negativas del quehacer político.
La Doctora Sheinbaum ha salido al frente con templanza, defendiendo la soberanía sin romper puentes, pero sin aceptar subordinaciones. Esa combinación de firmeza con responsabilidad social es hoy una de las mayores fortalezas del país. Porque en un mundo donde el poder se ejerce muchas veces sin considerar al pueblo, su manera de gobernar con conciencia social nos da un mensaje claro a todas y todos: que la política sólo tiene sentido cuando responde con total lealtad a las y los mexicanos que habitamos este hermoso país, no pierde de vista sus principios y convicciones mientras dialoga con el mundo.
El discurso de Carney, la referencia de la Presidenta al mismo y el contexto internacional apuntan a un momento de transición. Un escenario donde muchas de las certezas que antes parecían firmes hoy dejan de ser suficientes para explicar la complejidad del presente. Comprender este entorno no es solo un ejercicio de análisis: es una condición necesaria para tomar decisiones informadas en el plano político y social. Porque gobernar, también, es no dejar de mirar a la gente mientras se mira al mundo.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Sembrar educación, construir nuestro país

Cada 24 de enero se conmemora el Día Internacional de la Educación, una fecha impulsada por la UNESCO y la ONU para recordarnos algo esencial: la educación no es un privilegio reservado para quien puede pagarla, sino un derecho humano que debe ejercerse en condiciones de igualdad, como lo establece nuestra Carta Magna.
Pero hablar de educación, si somos honestas y honestos, implica ir más allá de aulas, libros y discursos bien intencionados. La educación no ocurre en el aire. En nuestro país, ocurre en contextos concretos, atravesados por desigualdades económicas, sociales y de género. Para que alguien pueda estudiar, necesita algo muy básico: condiciones materiales que lo hagan posible.
Por eso, cuando hablamos de educación, también hablamos de comida en la mesa, de transporte, de acceso a tecnología, de tiempo y de tranquilidad. Hablamos de la posibilidad real de elegir estudiar sin que esa decisión implique abandonar a la familia, endeudarse de por vida o asumir una carga que no debería recaer en una sola persona.
En ese contexto, las becas y apoyos sociales que otorga el gobierno federal de la Presidenta Claudia Sheinbaum no son un regalo ni una concesión discrecional. Son políticas públicas en su sentido más profundo: decisiones que buscan equilibrar el punto de partida y garantizar que el derecho a la educación no dependa del ingreso familiar.
A pesar de que algunas personas piensan que estos apoyos son un uso ineficiente del recurso público, es preciso señalar que diversas teorías económicas y estudios en materia de política social han sostenido que garantizar un ingreso mínimo universal tiene un impacto directo en la reducción de desigualdades y en el ejercicio efectivo de los derechos sociales. Se ha documentado que contar con un piso básico de ingresos permite a las personas tomar decisiones menos condicionadas por la urgencia de la supervivencia inmediata, de manera que no sólo se contribuye a disminuir la pobreza, sino también a fortalecer la permanencia escolar, mejorar las condiciones de salud y ampliar las oportunidades reales de desarrollo.
Es por eso que programas como la Beca Rita Cetina, la Beca Benito Juárez y la beca jóvenes escribiendo el futuro dirigida a jóvenes universitarios, comparten una lógica común: reconocer que la desigualdad no se combate sólo con discursos, sino con recursos concretos y con presencia del Estado donde antes había abandono.
La beca Rita Cetina cons-tituye un apoyo que reconoce una realidad básica pero frecuen-temente ignorada: que los costos asociados a la educación comienzan desde los primeros años y se acumulan a lo largo de toda la educación básica. Este programa parte de la premisa de que garantizar la permanencia escolar no puede limitarse a un solo nivel educativo, sino que requiere acompañar a las familias desde etapas tempranas, redu-ciendo las barreras económicas que, de no atenderse, terminan reproduciendo ciclos de des-igualdad y exclusión. Más que un estímulo aislado, la beca se inscribe en una lógica de corresponsabilidad del Estado para hacer efectivo el derecho a la educación en condiciones reales de igualdad.
La beca Benito Juárez ha significado, para miles de estudiantes inscritos en escuelas públicas de nivel medio superior, la diferencia entre permanecer en la escuela o abandonarla para incorporarse tempranamente al mercado laboral. En un país donde la deserción escolar ha estado históricamente vinculada a la pobreza, este tipo de apoyos rompen con una narrativa profundamente injusta: la idea de que quien abandona la escuela lo hace por falta de esfuerzo, cuando la realidad demuestra que proporcionar oportunidades distintas, como un ingreso mínimo garantizado, estabilidad y tiempo para estudiar, cambia por completo el destino educativo de las y los jóvenes, permitiéndoles ejercer un derecho que no debería depender de la condición económica de sus familias.
Estas políticas públicas no solo impactan a quien recibe di-rectamente el apoyo. Transfor-man dinámicas familiares, comunitarias y sociales; rompen la transmisión intergeneracional de la desigualdad y redefinen el papel del Estado como garante activo de derechos. Bajo el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum, esta visión se traduce en una política social que no evade responsabilidades y que entiende que la igualdad requiere intervención pública sostenida.
Durante mucho tiempo en nuestro país se nos dijo que la educación era únicamente un asunto de mérito individual. Que quien “quería”, podía. Hoy sabemos que esa narrativa es incompleta y profundamente excluyente. El mérito sin condi-ciones apropiadas para estudiar es solo un espejismo.
Conmemorar el Día Inter-nacional de la Educación también exige mirar el tema con responsabilidad institucional. No basta con abrir escuelas o ampliar la cobertura si no se crean las condiciones que permitan ejercer plenamente ese derecho. La educación no se garantiza solo en el papel: se materializa cuando existen políticas que acompañan trayectorias educativas marcadas, muchas veces, por la desigualdad y la falta de recursos.
Invertir en educación y en becas es una forma concreta de asumir que la igualdad requiere acción pública sostenida, reglas claras y un compromiso real con quienes históricamente han estudiado en desventaja. Apostar por el conocimiento es apostar por un país más justo, donde los derechos no dependen del origen social, sino de una voluntad estatal que los haga exigibles en la vida cotidiana.
Vale la pena decirlo con claridad: cuando el Estado apuesta por la educación y el bienestar, está sembrando futuro. Bajo la conducción de nuestra querida Presidenta, que ha hecho de la política social una herramienta de justicia y no de simulación, esas decisiones adquieren sentido a largo plazo. Cuando las políticas públicas colocan a las personas en el centro y se sostienen con convicción, los frutos trascienden lo individual y se convierten en bienestar colectivo, cohesión social y un horizonte compartido de oportunidades.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Guerrero es una cajita

El viernes pasado estuve en Acapulco como parte de mis funciones como Consejera Jurídica. Participé en el gabinete de seguridad que encabeza la Presidenta Claudia Sheinbaum, junto con distintas dependencias del gobierno federal. Se trató de una jornada de trabajo entre otras cosas para la coordinación institucional y de análisis sobre uno de los temas que más preocupan y ocupan a la vida pública del país.
Este encuentro forma parte de una gira que la Presidenta ha establecido para acudir a los estados y trabajar directamente el tema de seguridad con las y los gobernadores. Hay algo profundamente político en esta forma de gobernar: salir de la capital para recorrer el territorio y acercarnos a las autoridades locales para asumir que la seguridad no se resuelve con recetas únicas ni con discursos a distancia, sino que se construye escuchando, coordinando y tomando decisiones conjuntas para el beneficio de todas y todos los mexicanos.
En esta ocasión, visitando mi estado, me dio mucho gusto saludar a la gobernadora Evelyn Salgado Pineda. Guerrero es un estado complejo, profundamente diverso y marcado por una historia de lucha que exige sensibilidad, firmeza y compromiso real. Gobernar Guerrero no es sencillo, y por eso resulta tan importante que la coordinación entre los distintos niveles de gobierno sea cercana y permanente, a fin de lograr resultados.
Por supuesto que resulta sumamente gratificante visitar mi bello y gran estado. Estar en mi tierra, es siempre un privilegio. Hay algo que no se puede explicar del todo con palabras: la forma en que el sol acaricia la piel y en que el aire nos roza las mejillas, los saludos de la gente, el tono cálido de las conversaciones, el reconocimiento inmediato entre paisanos. Para mí estar en mi bella y buena tierra es reencontrarme con mi raíz, siempre con los pies en la tierra. Pienso que he logrado tener una mirada más amplia; con la misma esencia, pero con la experiencia que dan los caminos andados.
Y claro, están los sabores que guardan memoria: la torta de relleno, el chilate, los dulces tradicionales y el agua de coco que exigen ser disfrutados con el sentido del gusto conectado a las emociones. Los colores y sabores de mi Guerrero son parte de una identidad que se lleva puesta y que me acompaña incluso desde una responsabilidad nacional. Son recordatorios de mi origen, de mi historia y de mi motivación para trabajar por un mejor país.
Regresar a Guerrero en este momento también significa hacerlo plenamente consciente de lo que implica la responsabilidad de formar parte del gabinete presidencial. La encomienda que me ha dado la Presidenta Claudia Sheinbaum exige concentración, energía y una entrega permanente. Hay un cúmulo de tareas que no admiten improvisación ni descanso, es por eso que toda mi concentración debe estar en ello, pues este nuevo espacio exige rigor jurídico, claridad política y una profunda lealtad al proyecto de transformación.
Y, sin embargo, más allá de alejarme de mis raíces, esta responsabilidad las vuelve más presentes. Me siento siempre orgullosa de mi origen, de la historia de lucha de mi pueblo y mi gente, de una tierra marcada por la izquierda, por la organización social y por una dignidad que no se negocia. Orgullosa de mi familia, de mi universidad, de mis maestras y maestros, de mis amigas y amigos que han construido mi camino hasta este lugar. Todo eso transita conmigo cuando tomo decisiones y cuando defiendo, desde el ámbito jurídico, el marco normativo que sostiene nuestro actuar como gobierno de México.
Durante esta breve pero significativa visita recordé una canción que desde pequeña ronda en mi cabeza, diría que como banda sonora de mi vida: “Guerrero es una cajita pintada en Olinalá, abre pronto la cajita, ábrela pronto, ábrela”. Nuestro estado es exactamente eso: una cajita llena de colores, de héroes y heroínas patrios, de heridas abiertas y de una fuerza colectiva que resiste. Abrirla implica mirarla completa, sin negar los problemas, pero tampoco olvidar su grandeza ni su potencial.
Estoy de regreso a la Ciudad de México para seguir con el trabajo que la Presidenta Sheinbaum nos ha encomendado, pero con esa imagen muy presente de mi estado. Gobernar también es saber que la responsabilidad solo tiene sentido cuando se ejerce con memoria, con raíz y con un profundo respeto por la gente a la que nos debemos. Estar en Guerrero trabajando me recordó que hay compromisos que no se rompen con el tiempo ni con la distancia, y que servir, desde donde la vida nos coloque, es también la forma más sencilla y sensible de volver a casa.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian