Echada para adelante y con el corazón en la mano

Los últimos años trabajando en la administración pública me han permitido servir a mi país desde distintas trincheras, asumir responsabilidades complejas, participar en momentos importantes para la vida institucional e histórica del país y aprender que no hay cargo pequeño, hay personas pequeñas.
No es el lugar el que nos hace, es la actitud de servicio, las ganas de hacer todo lo que se puede y ver siempre el “cómo sí” tocar puertas, generar diálogos, escuchar y caminar con nuestra gente, tener un desempeño impecable en el servicio público. De pronto, volteo a ver camaradas ejemplares, que dan sus noches, su dedicación, su amor por nuestro país, cuidando cada peso público, sabiendo que no es de ella o de él, es de nuestra gente.
Hoy vengo de andar conociendo muchas realidades y este gran mosaico que es nuestro país donde hay vínculos comunes, un sentido de identidad y orgullo de ser mexicano o mexicana, pero muy consciente de que nuestra patria chica siempre será el territorio donde nacimos y crecimos, donde tenemos mil historias, sueños, derrotas, y éxitos.
He tenido el honor de contar con la confianza de la Presidenta Claudia Sheinbaum para acompañarla en distintas responsabilidades a lo largo de los últimos años. Y aunque la vida pública suele medirse en nombramientos, con el tiempo una entiende que lo verdaderamente trascendente está en los momentos. Uno de ellos, que puedo admitir que añoré desde niña y guardaré para siempre en la memoría, es el día de su toma de protesta como la primera mujer Presidenta de México: “No llego sola, llegamos todas”, fue la frase que demostró que se transformó para siempre la manera en que entendemos nuestro lugar en la vida pública.
Tener la oportunidad de acompañarla, y particularmente de coordinar su defensa del voto a nivel nacional durante su campaña, fue una de las experiencias más exigentes y formativas de mi vida. De cerca conocí su disciplina, su rigor, su nivel de exigencia, su capacidad de trabajo y, sobre todo, su compromiso genuino con la gente. Aprendí de su claridad para tomar decisiones, de su preparación, de su energía incansable y de esa convicción con la que enfrenta incluso los momentos más complejos. Como cualquier liderazgo auténtico, está hecho de fortalezas, de humanidad y de carácter, pero si algo puedo decir con absoluta honestidad es que sus virtudes han sido una fuente permanente de aprendizaje para quienes hemos tenido la oportunidad de caminar a su lado.
Y así, aunque durante años mi responsabilidad me llevó a trabajar en distintos espacios del servicio público, y en muchas ocasiones mi trabajo estuvo concentrado en la capital del país o en tareas nacionales, mi raíz no cambia. Soy orgullosamente de Guerrero, y por ello, Guerrero nunca dejó de ser parte de mis decisiones, de mis convicciones y de mi manera de entender el servicio público y mi propio proyecto personal.
Mucho se piensa que quienes hemos tenido la oportunidad de vivir en la capital buscamos permanecer y crecer en la gran ciudad, sin embargo, al menos para mi, la búsqueda más grande siempre ha sido estar con mi gente. Seguir escuchando a quienes desde muy joven me abrieron las puertas de sus casas. Nunca dejé de sentir como propios los retos, las preocupaciones y también las enormes fortalezas de esta tierra. Cuando una pertenece verdaderamente a un lugar, la distancia geográfica nunca significa ausencia, mi corazón ha estado siempre en la tierra que me vio nacer.
Guerrero me formó en todos los sentidos. Aquí sentí desde muy joven la desigualdad. Vi mujeres sostener familias completas con una fuerza extraordinaria, jóvenes luchando por abrirse camino en contextos muchas veces adversos, comunidades defendiendo su cultura y su dignidad. Aprendí que la política solamente tiene sentido cuando se utiliza para trabajar por los derechos de las personas más vulnerables.
En este momento, se trata de seguir caminando esta tierra con la misma convicción de siempre. Lo he dicho antes y hoy lo reitero con absoluta claridad: Venir a Guerrero a mis 53 años representa cumplir una deuda personal conmigo misma. No me dan miedo los retos, los he tenido conviviendo conmigo todo el tiempo y he sabido que cada riesgo se logra sortear con un trabajo metódico, un gran equipo, mucha concentración, pasión y amor a cada momento.
Todo ese camino hoy me trae hasta aquí, no es bajo la lógica del poder por el poder, ni desde la mezquindad o la ruindad que tanto daño le han hecho a la vida pública. Lo que buscamos es algo mucho más profundo, convencer desde la congruencia, desde los principios, desde la manera en la que vivimos todos los días y no solamente cuando hay una cámara enfrente. El verdadero carácter de quienes aspiramos a servir no se demuestra en un discurso, se demuestra en lo cotidiano, en cómo tratamos a la gente, en cómo tomamos decisiones y en si verdaderamente estamos dispuestas y dispuestos a construir bienestar común.
Y en esta etapa, una prioridad también tiene que ser la unidad. No caer en provocaciones ni alimentar divisiones artificiales ¿quién soy yo para generar que todos opinen igual que su servidora? La pluralidad no debilita, al contrario, cuando se asume con madurez, fortalece. Hagamos del ejercicio de la política, uno virtuoso. Hay muchas mujeres y hombres valiosos construyendo desde hace años, con trabajo, con territorio, con experiencia y con resultados, y si algo nos hará verdaderamente fuertes hacia adelante, será la capacidad de caminar juntas y juntos, como lo ha venido demostrando con su ejemplo la Presidenta.
Por último, me gustaría poner en la reflexión de que durante muchos años, a Guerrero se le ha querido mirar únicamente desde sus desafíos, desde sus heridas históricas o desde todo aquello que aún está pendiente por transformar. Pese a ello, quienes conocemos verdaderamente esta tierra sabemos que Guerrero nunca ha sido definido por sus dificultades, sino por la fuerza de su gente. Guerrero tiene memoria, carácter, talento y una identidad profundamente poderosa.
Por eso, en esta etapa de mi vida pública, he tomado una decisión en absoluta conciencia de lo que me representaba en lo personal y político al mismo tiempo: hacer de mi presencia en Guerrero algo permanente. Me entusiasma seguir caminando sus regiones y sentir el pulso de esta tierra, a lado de quienes lo sostienen día a día con su trabajo.
Después de tantos años de servicio, hay algo que tengo claro: los espacios cambian, las responsabilidades evolucionan y las etapas se transforman, pero cuando el propósito nace desde la raíz, permanece intacto. Y el mío, hoy más que nunca, está aquí, en Guerrero.
Al final, uno no vuelve al lugar donde está su raíz, sino que simplemente decide quedarse donde siempre ha pertenecido. Por los caminos del sur… he llegado a Guerrero.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

La 4T también viaja en tren

 

El fin de semana tuve el gusto de acompañar a la Presidenta Claudia Sheinbaum en la inauguración de la conexión ferroviaria entre Buenavista y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. Una obra que representa una definición de la transformación de nuestro país.
Durante años la movilidad ha significado desgaste, horas perdidas y de distancias que sacrifican mucha calidad de vida de los usuarios. Este tipo de proyectos marcan una diferencia concreta, desde la experiencia diaria de miles de personas hasta temas de carácter ecológico.
El trayecto entre Buenavista y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles tendrá una duración aproximada de 43 minutos cuando opere en condiciones óptimas. En su primera etapa, el tiempo será cercano a una hora. Es una diferencia natural en el arranque de cualquier sistema: primero se estabiliza, se ajusta y, con el uso, alcanza su máximo potencial.
La estimación de 57 mil pasajeros diarios no es solo una cifra relevante, es un indicador de impacto. Habla de la cantidad de vidas que se verán directamente transformadas. Porque en la Ciudad de México, el Estado de México e Hidalgo, reducir tiempos de traslado ya es una realidad, generando además un relevante ahorro para los usuarios, que impacta directamente en los bolsillos de sus familias.
La conexión con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles tiene un valor estratégico evidente. No solo acerca una infraestructura clave, sino que la integra de manera real al sistema de movilidad metropolitano. La vuelve accesible, cotidiana, viable, cambiando por completo su alcance.
Este proyecto forma parte del Plan Nacional de Desarrollo, que ha apostado por la infraestructura como un eje para reducir desigualdades. Durante mucho tiempo, el desarrollo se midió en indicadores que poco decían sobre la vida diaria de las personas. Hoy, se mide también en minutos ganados, en trayectos más eficientes, en posibilidades ampliadas.
Durante décadas se instaló la idea en el imaginario colectivo de que el Estado no podía ejecutar obras de gran escala con eficacia. Sin embargo, lo que estamos viendo es distinto, en México tenemos proyectos que se integran a una lógica de largo plazo y que empiezan a rendir resultados concretos.
Detrás de esta obra hay una visión que entiende la infraestructura no como un fin en sí mismo, sino como un medio para mejorar de manera integral la vida de muchas personas y familias. Poner al centro a quienes todos los días invierten horas en trasladarse, a quienes ven limitada su movilidad por razones económicas o geográficas, y reconocer siempre se pone al centro a las personas. Este proyecto parte de esa premisa, acercar bienestar, reducir brechas y hacer más justa la forma en que habitamos nuestras ciudades. Se trata de crear una ruta que conecte los destinos físicos, mediante un gobierno de México eficiente.
Acompañar estos procesos desde la responsabilidad pública implica también asumir que cada decisión tiene efectos reales en la vida de las y los mexicanos. Que lo que se diseña en el escritorio se convierte en experiencias con rostro humano.
Fue un placer haber participado en la inauguración, a lado de mis compañeras y compañeros de gabinete, gobernadores y goberna-doras, quienes desde sus respectivas áreas y responsabilidades pudieron constatar cómo yo, que esta nueva experiencia del traslado es muestra de que este gobierno está llevando a México a la innovación sin perder de vista a la gente.
Antes de concluir este artículo, me gustaría compartir que los próximos días marcarán el cierre de una etapa profundamente significativa. El 30 de este mes concluyo un ciclo en la Consejería Jurídica que atesoro con mucho cariño en mi corazón. Y así, como todo cierre que tiene sentido, se abren nuevas ruta que platicaré con mayor detalle en el siguiente artículo.
Nos leemos el siguiente martes. Y nos vemos muy pronto.

@EsthelaDamian

 

Jóvenes Reconecta

El fin de semana desde Barcelona la Presidenta Claudia Sheinbaum habló de paz, de cooperación y de la responsabilidad compartida frente a la violencia. Fue un mensaje breve pero profundo el que compartió con la comunidad internacional. Creo que no fui la única que se conmovió por la manera en que nos condujo desde nuestras raíces como mexicanos a la búsqueda inagotable de construcción de paz en el país, la región y el mundo.
Con esto en mente, pensaba en cómo la Estrategia Reconecta con la Paz encarna, de manera concreta, esta búsqueda por la paz. Está dirigida a adolescentes de 12 a 17 años y a jóvenes de 18 a 35 que cometieron por primera vez un delito no grave. Se trata de una medida cautelar que les permite continuar en libertad, siempre que cumplan con ciertas condiciones orientadas a disminuir la probabilidad de reincidencia y a facilitar su inclusión social. Reconecta –como le decimos de cariño– se sostiene en una metodología sólida que atiende de forma integral a las personas jóvenes en su entorno: desde lo psicológico hasta el acceso a educación, salud y opciones de trabajo.
En los últimos días, he tenido la oportunidad de acompañar las graduaciones de personas beneficiarias del programa Reconecta en Nayarit, Tlaxcala y Baja California. Desde las diferentes latitudes del país, en todas ellas con una calidez humana impresionante, las ceremonias comparten algo que pocas veces podemos observar en la realidad revanchista en que a veces vivimos. Me refiero a ese instante en el que quienes durante mucho tiempo fueron juzgados sin mirar sus contextos y reducidos únicamente a sus errores, empiezan a ser reconocidos por algo mucho más justo, su esfuerzo.
En las graduaciones resulta profundamente gratificante que nos acompañen las y los gobernadores, secretarios de Seguridad, presidentes de los Tribunales de Justicia. Su presencia nos ayuda a reforzar el mensaje de que el Estado también sabe acercarse, reconocer y acompañar. Aquellos que en algún momento fueron olvidados por los gobiernos neoliberales el día de hoy, pasan a ser historias de éxito para su comunidad.
Además, también las y los graduados están acompañados de sus familias. Sus madres, quienes muchas veces son su principal sostén, sus parejas, sus hijas e hijos, que en no pocos casos son todavía bebés por la población objetivo del programa. Asimismo, están sus tutoras, que en su gran mayoría son mujeres, quienes les han acompañado en cada paso de este proceso. Innegablemente para todas las personas que presenciamos estas ceremonias, se convierten en un ejemplo de construcción de paz a partir de la voluntad personal y la intervención del gobierno de México y los estados.
Uno de los momentos que personalmente más me emociona es cuando alguna chica o chico Reconecta toma la palabra, porque sus historias sinceras conectan con la audiencia de una manera trascendental. Hablan de lo que eran antes de entrar al programa y de lo que son ahora. De cómo aprendieron a responder desde el diálogo y no desde la violencia. De cómo han empezado a hacerse cargo de sí mismos. Quienes enfrentaban problemas de consumo hablan de sus tratamientos, de sus recaídas y de sus avances, sin adornos.
Pero, sobre todo, hablan de transformación. De reconciliaciones que parecían imposibles con sus padres, con sus parejas, con sus hijos. De cómo algo se movió en su forma de pensar, de sentir, de reaccionar. De cómo, poco a poco, han ido reconstruyendo su lugar en el mundo en el que el camino sea mejor para ellas y ellos, y para sus familias.
Detrás de cada uno de esos avances hubo una red de apoyo que permitió sostener a la persona beneficiaria. Cuando se enfermaban, se buscaba atención médica. Cuando querían trabajar, se generaron convenios con el sector privado para abrir oportunidades reales. Cuando necesitaban un impulso adicional, hubo gobiernos estatales que apostaron por ello, entregando apoyos de hasta 30 mil pesos a fondo perdido para iniciar un negocio. Todo ello no como un mecanismo asistencialista, sino con la confianza de que con diferentes oportunidades se hubieran tomado diferentes decisiones de parte de nuestros jóvenes.
Cuando me toca dirigir unas palabras, lo hago con el objetivo principal de reconocer lo que han logrado, porque no es menor romper inercias, enfrentar historias personales complejas y, sobre todo, decidir cambiar. De la misma manera, siempre agradezco la confianza de la Presidenta para dar continuidad a este esfuerzo que pone en el centro a las personas.
Finalmente, al concluir la ceremonia, viene lo más importante, nos acercamos en un abrazo fraterno y una felicitación acompañada de orgullo. Me gusta pensar que hay una conclusión importante a la que llegamos quienes participamos como instituciones y quienes lo hacen como beneficiarios: que el gobierno no es su enemigo, sino un aliado.
Un aliado que entiende que la seguridad también se construye así, generando condiciones para que las personas puedan reconstruir su vida y elegir un camino distinto. Esa es la meta, que todas y todos puedan vivir en paz, felices y que encuentren, en su propia historia, muy seguramente su primera oportunidad.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Entre la conciencia y el poder

En muchas ocasiones en la política internacional lo más revelador no es lo que se decide, sino desde dónde se habla. Las recientes declaraciones del papa León XIV entran en esa categoría, no modifican tratados, no despliegan tropas, no sancionan economías, pero generan una resistencia importante contra la gran potencia que es Estados Unidos con relación a la guerra que mantienen con Irán. Y eso, en el contexto actual, no es menor.
El punto de partida es claro. Ante críticas del presidente Trump que califican al Papa como “terrible en política exterior”, el pontífice no respondió en el terreno esperado. No defendió estrategias, no argumentó desde la geopolítica, no intentó meterse en esa polemica. Hizo algo distinto, se salió de la lógica del intercambio mediatico al decir “No somos políticos”, pero contrario a lo que se podría interpretar, no parte de una posición de neutralidad. El Papa no está diciendo que la política no importe; está diciendo que hay un plano distinto desde el cual intervenir. Uno que no mide su eficacia en términos de poder, sino de conciencia.
En un entorno internacional donde la conversación pública suele girar en torno a la fuerza, la seguridad o la defensa de intereses nacionales, ese desplazamiento resulta incómodo. Obliga a escuchar algo de suma relevancia: la guerra no puede asumirse como una herramienta más, la paz es una exigencia.
El papa León XIV ha sido enfático en que no tiene miedo de alzar la voz para proclamar el mensaje del Evangelio. En este contexto actual, esa afirmación trasciende lo religioso. No es una consigna espiritual aislada, es una postura inusual que, desde la fe, irrumpe en un escenario dominado por intereses mundiales, donde prevalecen las grandes potencias donde prevalecen como sabemos los intereses económicos, estratégicos y discursos de poder. Al apelar al Evangelio, no evade la realidad, sino que la confronta desde su raíz más incómoda, recordando que incluso en medio de tensiones globales, el principio irrenunciable debe ser la vida humana.
Desde esa posición, no entra al debate técnico de la política exterior, pero sí cuestiona lo esencial. La muerte de personas inocentes y la normalización de la violencia como instrumento de resolución. Su intervención no es diplomática en el sentido tradicional, pero sí profundamente ética, y por eso mismo, inevitablemente humana. No necesitó ser integrante de la Organización de las Naciones Unidas, no mandó desplegados, ni hizo marchas, fue desde la palabra, con toda la serenidad que distingue a esa autoridad eclesiástica.
El papa León XIV es, además, el primer pontífice estadunidense en la historia del Estado Vaticano. Ese dato no es menor: le da a sus palabras una dimensión distinta. Su origen lo vincula directamente con uno de los actores centrales del conflicto, lo que vuelve aún más significativa su decisión de tomar distancia de la lógica de confrontación. En un momento en el que la relación entre Estados Unidos e Irán vuelve a escalar, su voz rompe con la expectativa de alineamiento y se coloca en un terreno mucho más exigente: el de la coherencia moral frente al poder, observó que propios y extraños reconocemos que ha generado incidencia en la opinión pública, seguramente tendrá reacciones de varios jefes de estado.
Y es ahí donde su voz deja de ser únicamente moral para convertirse en un factor que incide en la arena pública global. Evidentemente busca influir de manera positiva para que se concluya la guerra. El papa León XIV está haciendo una irrupción pacífica en el espacio donde esas decisiones se construyen y se justifican: el de las ideas, los valores y los marcos desde los cuales se interpreta el mundo. Ahí es donde realmente se disputa el sentido de la guerra y de la paz, y ahí es donde su palabra encuentra su mayor fuerza.
No es la primera vez que ocurre. A lo largo de la historia, las tensiones entre poder político y autoridad moral han sido constantes. Pero hoy adquieren una dimensión particular. Vivimos un momento en el que la velocidad de los conflictos supera muchas veces la capacidad de reflexión, y en el que las posiciones tienden a endurecerse con rapidez. En ese contexto, cualquier voz que rompa la inercia del enfrentamiento y que siembre una semilla de cuestionamiento respecto del actuar de las máximas potencias, resulta disruptiva.
Para México, este tipo de posicionamientos no son ajenos. Nuestra política exterior, con sus matices y adaptaciones, ha insistido históricamente en la no intervención y en la solución pacífica de las controversias. No es solo una tradición diplomática: es una forma de entender el lugar que el país ocupa en el mundo, ya lo dijo nuestro Benemérito de las Américas: “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Sostener esa postura en el escenario actual no es sencillo. Implica navegar entre presiones, intereses cruzados y expectativas internacionales cada vez más exigentes. Y, sin embargo, mantener el énfasis en el diálogo sigue siendo una decisión política relevante. Una que no siempre genera titulares internacionales, pero que define la forma en la que un país se posiciona frente al conflicto.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar. La política –nacional e internacional– está atravesada por tensiones reales, por decisiones complejas y por dilemas sin soluciones simples. Pero precisamente por eso, la irrupción de voces que no operan bajo esa lógica aporta algo que no siempre está presente: un recordatorio de que no todo puede reducirse al cálculo de los intereses económicos.
La intervención del papa León XIV no redefine equilibrios globales. No está diseñada para eso. Pero sí introduce una pregunta necesaria: ¿hasta qué punto hemos normalizado lo que debería seguir siendo inaceptable? No se nos puede olvidar que cuando la guerra deja de escandalizar, cuando se convierte en una variable más dentro de la ecuación política, toda la construcción de paz que hemos logrado durante décadas, se pierde.
Al final, quizá la relevancia de estas declaraciones está en su impacto mediatico, adicional a su persistencia. En la decisión de sostener una voz que no se adapta a la lógica dominante, que no negocia su punto de partida y que, justamente por eso, obliga a replantear la conversación.
En tiempos donde casi todo parece susceptible de negociación, es muy bueno escuchar voces que nos exigen el análisis racional, y también el de conciencia. Espero que esto sea parte continua de un Papa que ya está rompiendo moldes, diplomacias, reglas de protocolo y simplemente que nos haga recordar lo que de pronto ya olvidamos: la paz debe ser nuestra consigna en el mundo.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Semana Santa

 

 

Hay fechas que año con año nos remontan a algún momento lejano de nuestras vidas, se quedan guardadas en la memoria por aquellos ritos que las marcaron. Para muchas familias mexicanas, la Semana Santa es una de ellas: un tiempo que invita a hacer una pausa, a reflexionar y, sobre todo, a reencontrarnos con lo que realmente importa. En medio del ritmo acelerado de la vida pública y cotidiana, estos días nos devuelven a lo esencial: la familia, las raíces y esa posibilidad de mirarnos hacia adentro.
En mi caso, la Semana Santa tiene un recuerdo profundamente arraigado en Chilpancingo. Ahí, en la casa de mi abuela Chonita, se vivía algo que, con el paso del tiempo, he entendido como mucho más que una tradición: era una forma de construir comunidad desde lo íntimo. Cada año, sin excepción, la familia se reunía en lo que se le llaman los “días santos”. Llegaban mis tíos y tías, sus esposas y esposos, mis primos y primas; algunos incluso venían de otras ciudades porque sabían que esos días no eran negociables. Jueves, viernes y sábado eran sagrados, por supuesto que en un sentido religioso, pero también en lo familiar.
La casa de mi abuela se transformaba por completo. Desde temprano se sentía un ambiente distinto, como si todos entendiéramos que estábamos entrando en un tiempo especial. Como parte de la tradición, comíamos en petate todos juntos sin distinción de edad o género, era parte de la ofrenda durante estos días. En ese gesto sencillo había una enseñanza que a la fecha me resuena: la cercanía no necesita grandes montajes, necesita disposición.
La cocina era el corazón de todo. Se organizaban ollas y más ollas de comida que se preparaban entre todas y todos. Recuerdo perfectamente los guisos: habas, ejotes, nopales, huevo en salsa, huazontles –nunca carne, por supuesto– y las torrejas, que siempre eran esperadas. Cada platillo tenía detrás manos distintas, pero el mismo propósito de compartir. No era solo alimentar a la familia, era sostener un vínculo que nos llevara a la reflexión.
El ayuno también formaba parte de esos días, pero no se vivía como una imposición rígida, sino como resultado de una conciencia colectiva de que ese tiempo era para contenerse, para pensar, para ordenar, para ofrecer. Y aunque de niñas y niños quizá no lo entendíamos del todo, lo incorporábamos como algo natural.
Pero si hay un momento que permanece especialmente nítido en mi memoria, es el del sábado pasando el ayuno. Mi abuela nos llamaba a su altar. Ese espacio, sencillo pero cargado de significado, se convertía en el centro de un ritual muy particular. Nos pedía que nos hincáramos y con una cuerda empezaba la parte final de esa tradición. Uno por uno, nos decía tres cosas que debíamos mejorar si éramos nietos, las indicaciones eran tan claras como directas: no repruebes matemáticas, obedece a tus papás, no pelees con tus hermanos. Pero no era un listado genérico; era profundamente personalizado. Mi abuela tenía una memoria impresionante y una capacidad muy particular para identificar lo que cada quien necesitaba trabajar. A cada quien le tocaba lo suyo.
En ese momento, quizás no dimensionábamos la profundidad de ese ejercicio. Podía parecer una regañada estructurada, un llamado de atención más. Pero hoy lo entiendo distinto, era un acto de amor y cuidado. Una forma de decirnos que siempre hay algo que podemos hacer mejor, que el crecimiento personal no es opcional y que la familia también es un espacio donde se construyen responsabilidades.
Esa escena, repetida año con año en mi Chilpancingo, reunía a generaciones enteras de la misma familia, bajo una misma lógica: la de no conformarse, la de mirar hacia adentro con honestidad. Y lo más poderoso era que no se quedaba en palabras. El simple hecho de viajar desde distintos lugares, de organizarse, de cocinar juntos, de sentarse en el suelo, de escuchar y ser escuchados, implicaba ya un compromiso colectivo. También era un acto de fe católica, pues todo lo que se hacía era parte de una manda u ofrecimiento como sacrificio.
He pensado mucho en lo excepcional de esa experiencia. No era una tradición extendida, era algo muy propio de nuestra familia, de esa raíz que mi abuelita decidió sostener y transmitir. Hoy, desde la responsabilidad pública, esos recuerdos adquieren un nuevo significado. Porque si algo nos enseñaban esos días en familia, es lo relevante que es mantener la simbología, procurar que no se pierdan estas tradiciones, buscar tiempo a solas para estar en reflexión y tiempo para nuestros afectos. Nos hace mejores personas, nos ayuda a estrechar cariños, recomponer relaciones, jugar, divertirnos y sentirnos muy orgullosos de nuestro origen. Diría incluso que nos ayuda a reconocer en qué se puede mejorar, a escuchar, a corregir el rumbo cuando es necesario.
La Semana Santa, en ese sentido, no es solo un momento de pausa, es también una oportunidad para la autocrítica. Para preguntarnos, con la misma claridad con la que mi abuelita Chonita lo hacía, qué estamos haciendo bien y qué no. Qué debemos cambiar, qué podemos fortalecer, cómo podemos aportar a un entorno más justo y más solidario.
Con independencia de la religión, en un país que enfrenta retos complejos, hacernos estas preguntas de manera permanente resulta indispensable. No hay transformación posible sin un ejercicio honesto de revisión. No hay comunidad que se sostenga sin responsabilidad compartida. Y no hay proyecto colectivo que avance si no fomentamos la solidaridad entre nosotros.
En estos días, en medio de las exigencias del presente, vuelvo a esos recuerdos no solo con nostalgia, sino con una convicción más firme que nunca. Porque las grandes transformaciones no nacen únicamente de las decisiones públicas o de los momentos extraordinarios, sino de lo que hacemos todos los días. De esas prácticas que parecen pequeñas, pero que en realidad forman carácter, sostienen vínculos y construyen amor y solidaridad.
Ahí está la base de cualquier cambio profundo, donde se nos recuerda que la búsqueda y construcción de paz en un lugar, necesariamente inicia en el fuero interno, de conciencia y también en los cimientos que se construyen en cada familia.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

Cien días

Han pasado cien días desde que asumí la responsabilidad de encabezar la Consejería Jurídica, y si algo he confirmado en este tiempo es que gobernar desde el derecho implica mucho más que conocer la ley, requiere entender el momento, dimensionar el impacto de cada determinación y, sobre todo, asumir que detrás de cada decisión hay efectos reales en la vida pública. Porque en el servicio público, lo jurídico no es un trámite, es un punto de equilibrio entre lo posible, lo correcto y lo necesario.
Estos cien días han estado marcados por un contexto nacional complejo y por un entorno global que también plantea desafíos constantes derivados de las transformaciones políticas aceleradas, las tensiones económicas, los escenarios internacionales cambiantes y una exigencia social cada vez más informada y más legítima de respuestas claras. En ese entorno, cada decisión exige no solo rigor técnico, sino sensibilidad para entender el momento histórico que estamos viviendo.
Desde la Consejería Jurídica, muchas de las definiciones más relevantes no siempre son visibles. No se trata únicamente de revisar normas o de cuidar la técnica legislativa, sino de acompañar decisiones estratégicas, de prever escenarios, de anticipar riesgos y de sostener, en cada momento, el marco constitucional que da sentido a la acción pública.
Ese acompañamiento implica, de manera permanente, trabajar de la mano de la Presidenta. Acompañar a quien encabeza el Ejecutivo es una responsabilidad que exige claridad, criterio y una profunda comprensión del proyecto que se está construyendo. En estos cien días, he podido constatar de cerca su capacidad para tomar decisiones con firmeza, con visión de Estado y con un profundo sentido de responsabilidad social. En medio de un contexto complejo, su conducción siempre está orientada a avanzar sin perder de vista que el objetivo último es mejorar la vida de las personas más vulnerables, como decía el Presidente Andrés Manuel López Obrador: por el bien de todos, primero los pobres.
En ese proceso, el trabajo no ocurre de manera aislada. Forma parte de un esfuerzo más amplio en el que distintas áreas del gobierno articulan decisiones que deben sostenerse no sólo en lo político, sino también en lo legal. Desde la Consejería Jurídica se contribuye a que ese engranaje funcione, acompañando, orientando y dando sustento a determinaciones que requieren coherencia institucional y claridad en su implementación.
Estos cien días también han dejado claro que gobernar implica enfrentar escenarios complejos. Detrás de cada definición hay procesos de análisis, deliberación y coordinación entre equipos que buscan construir soluciones responsables en contextos exigentes. En ese espacio, el derecho no sustituye la decisión política, pero sí permite que ésta se sostenga, tenga dirección y pueda traducirse en acciones concretas.
Pero también han sido días de aprender de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, de su congruencia, carácter, visión, prioridades, amor al pueblo, y defensa de nuestro país desde la trinchera de izquierda. Días de entender que la doctora Sheinbaum no se aparta un milímetro de sus compromisos, e incluso, que cuando no se logran las votaciones necesarias para aprobar sus iniciativas, busca alternativas para no perder su esencia ni su lucha. El trabajo jurídico dentro del gobierno no es un ejercicio aislado, sino parte de un esfuerzo más amplio por construir instituciones más sólidas, más justas y más cercanas a la ciudadanía.
Lo que no siempre se ve es la forma en que se construyen las decisiones. Detrás de cada política pública, de cada reforma, cada procedimiento, hay análisis, diálogo y coordinación que permiten que lo que se define no solo responda a una necesidad inmediata, sino que pueda sostenerse en el tiempo dentro de un marco de legalidad y responsabilidad. Es ahí donde el derecho deja de ser únicamente una referencia normativa y se convierte en una herramienta para dar orden, coherencia y dirección a la acción pública.
Algo que puedo afirmar con certeza es que una idea se ha vuelto constante: el desafío no es únicamente decidir, sino hacerlo en un contexto exigente, donde cada determinación debe estar a la altura del momento que vive el país. Las decisiones públicas no ocurren en el vacío; se toman en medio de expectativas legítimas, escenarios nacionales y geopolíticos naciona-les e internacionales. En ese sentido, servir desde el derecho no se reduce a aplicar normas, sino a contribuir a que el Estado funcione con sentido institucional, con claridad en su rumbo y con responsabilidad frente a la sociedad, esta es una exigencia de la primera mujer presidenta en nuestro país .

Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Reconecta con la Paz

Hace algunas semanas hablamos en este espacio sobre la estrategia integral de seguridad impulsada por la Presidenta Claudia Sheinbaum, una estrategia que parte de la convicción de que la seguridad no se construye únicamente desde la reacción, sino desde la prevención, la atención a las causas y la reconstrucción del tejido social. Hoy quiero detenerme en uno de los programas que refleja el cambio de enfoque que se está impulsando: Reconecta con la Paz.
No se trata de un programa asistencial ni de una medida punitiva disfrazada, sino de un mecanismo que acompaña a personas que ya están dentro del sistema penal, es decir, ya cometieron un delito, pero que tienen la posibilidad de no seguir un camino de criminalización permanente estando en prisión, son de los cambios que se dieron en el Sistema Penal Acusatorio. En términos concretos, opera en el marco de la suspensión condicional del proceso, se implementa y ejecuta por parte de las y los jueces. Ahora bien esta estrategia de Reconecta con la Paz tiene prácticamente los mismos requisitos que establece un juzgador en el ámbito de los delitos del ámbito local o federal, por ejemplo, el delito se considere como no grave, lo cometa un adolescente en conflicto con la ley o una persona joven de 18 hasta 35 años, que han cometido el delito por primera vez, puede enfrentar su proceso en libertad esto siempre autorizado por el juez. El Estado no se limita a imponer penas y esperar su cumplimiento, sino que interviene de manera activa para que esas condiciones se conviertan en una oportunidad real de reinserción social.
Durante muchos años, el sistema penal se diseñó bajo una lógica binaria: castigar o absolver, con muy poco espacio para intervenir en las causas que originaron la conducta y con escaso margen para evitar que una primera falta se convirtiera en una trayectoria delictiva. Reconecta con la Paz rompe con esa inercia al asumir que detrás de muchas conductas hay contextos sociales, familiares e incluso culturales que pueden tener su explicación de la conducta violenta que puede tener un joven para ser primodelincuente, nos hemos encontrado que la ausencia de redes familiares o comunitarias así como el consumo de alguna o algunas sustancias psicoactiva, desde el alcohol hasta el cristal son las causas más recurrentes que se han encontrado en esta estrategia. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo propone este modelo convencida de que las y los jóvenes merecen ser incorporados a una sociedad humanista, que lo comprende, lo recibe, le abre las puertas y le ayuda a una reinserción social, y que la justicia no sólo debe sancionar, sino también reintegrar.
Por eso, el mecanismo no sustituye al juez ni modifica las condiciones impuestas, no invade competencias ni altera el proceso, lo que hace es darles contenido. A través de acompañamiento psicosocial, actividades educativas, culturales y deportivas, trabajo comunitario (pintar escuelas, banquetas, barrer calles, reforestar, asistir a una terapia de atención al consumo de drogas), se construyen rutas concretas para que las personas cumplan con sus obligaciones derivadas del acto delictivo, al mismo tiempo que reconstruyen su proyecto de vida, lo que no sólo impacta en su trayectoria individual, sino también en la seguridad de las comunidades en las que viven.
El objetivo es reducir esa probabilidad de reincidencia, pero también facilitar su integración social, fortalecer el vínculo comunitario y evitar que el paso por el sistema penal se convierta en una barrera permanente que cierre rutas para una vida plena y feliz.
Este enfoque se sostiene en el modelo de justicia restaurativa, que coloca en el centro a nuestras chicas y chicos, ellos son el corazón de nuestro quehacer desde Reconecta, no sólo se atiende las causas que generaron esa conducta violenta, se les construye un grupo de apoyo con un tutor a cargo que da seguimiento a través del Manual Fénix para otorgarle una nueva comunidad donde sus pares, es decir jóvenes que igual que ellos han cometido por primera vez un delito no grave, se convierten en su familia y red de apoyo permanente que se acompañan fraternalmente. Se trabaja con la reparación del daño, la responsabilidad y la reconstrucción del tejido social, y que parte de una idea sencilla pero profundamente transformadora: la seguridad también se construye evitando que las personas vuelvan a delinquir. Cada caso de reincidencia que se previene es una víctima menos, cada joven que encuentra una alternativa distinta a delinquir logra una persona, familia, sociedad más fuerte, y cada proceso que se encauza de manera distinta es una muestra de que el Estado puede actuar con eficacia sin renunciar a una visión humanista.
Reconecta con la Paz no es un esfuerzo aislado, implica la coordinación entre los órdenes de gobierno, fiscalías, poderes judiciales, defensorías, instituciones sociales y distintas dependencias del Estado. Es decir, articula capacidades que históricamente han operado de manera fragmentada para intervenir de forma integral en un mismo caso, entendiendo que la prevención no es responsabilidad de una sola institución, sino un esfuerzo compartido que exige coherencia, coordinación y continuidad.
En ese sentido, el enfoque que ha impulsado la Presidenta al colocar la atención a las causas en el centro de la política de seguridad marca una diferencia de fondo frente a modelos que durante años apostaron únicamente por la estigmatización, criminalización y ausencia de un gobierno que incluyera y diera todo aquello que buscan jóvenes de bajos recursos o en contextos de violencia o de consumo problemático de sustancias.
Cabe señalar que Reconecta con la Paz se implementó en la Ciudad de México, siendo jefa de gobierno la doctora Sheinbaum, ahí se comprobó que de cada diez jóvenes que entran y concluyen este modelo no reinciden 9.5, además de haber ganado el “Premio Interamericano a la Innovación para la Gestión Pública Efectiva 2024”. Recordemos siempre que no habrá paz duradera si no se construyen alternativas reales para quienes hoy están en riesgo de repetir el ciclo delictivo. Lo segundo que no he comentado es que es el único programa que tengo en la Consejería Jurídica de Atención a las Causas, esto es un verdadero privilegio, apoyar a las y los jóvenes que he aprendido a querer desde cualquier entorno social y a ser actora que abona a la construcción de la paz en nuestro país.
En nuestro bello estado de Guerrero también se puede Reconectar con la Paz, estamos en la ruta de poder realizar las visitas institucionales que nos permitan implementarlo y trabajar desde la posibilidad real de ofrecer alternativas, porque cuando el Estado decide acompañar en lugar de abandonar, intervenir antes de que el daño se repita y apostar por la reintegración en lugar de la exclusión, se cambia la lógica de cómo se construye la seguridad en el país.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

 

Reforma Electoral. Plan B

Las reformas constitucionales suelen provocar debates intensos porque tocan lo más esencial de un país: las reglas que nos constituyen como Estado y que definen la manera en que se organiza el poder público. Modificar la Constitución nunca es un asunto menor; implica replantear los principios bajo los cuales funciona la vida democrática y revisar si las instituciones siguen respondiendo a las necesidades de la sociedad.
Por ello, desde el gobierno de México hemos seguido trabajando en una iniciativa constitucional que profundiza varios de los principios que han guiado esta etapa de la vida pública del país: la austeridad republicana, la eliminación de privilegios y el fortalecimiento de los mecanismos de participación ciudadana.
La iniciativa parte de una convicción clara: el poder público debe ejercerse con responsabilidad frente a los recursos de la nación y con una relación cada vez más directa con la ciudadanía.
Uno de los ejes centrales de esta iniciativa es avanzar en la eliminación de privilegios dentro del aparato del Estado. Durante décadas, buena parte del presupuesto público terminó absorbido por estructuras administrativas costosas, prestaciones extraordinarias y beneficios que poco tenían que ver con la función esencial del servicio público. Hoy existe una demanda social clara para que el ejercicio del poder se realice con mayor austeridad y con reglas más estrictas sobre el uso de los recursos públicos.
En ese sentido, la propuesta contempla establecer límites más claros a las remuneraciones y prestaciones de diversos órganos del Estado, para asegurar que ninguna persona servidora pública reciba beneficios financiados con recursos públicos que no estén plenamente justificados por la ley. El principio es sencillo: el gobierno debe servir al pueblo, no convertirse en una carga para él.
Otro componente importante de la propuesta es fortalecer los instrumentos de democracia participativa. En particular, se plantea la figura de la revocación de mandato, a través de la cual la propia Presidenta se somete a la aprobación de la ciudadanía respecto de su permanencia en el cargo a la mitad del periodo, ya sea en el tercer o cuarto año de gobierno. Se trata de un mecanismo que no sólo amplía las herramientas de control democrático, sino que reafirma un principio fundamental: que el poder no se ejerce de manera absoluta, sino bajo la evaluación constante del pueblo.
La revocación de mandato representa una de las ideas más profundas de la democracia contemporánea: que el pueblo no solo tenga la facultad de elegir a sus gobernantes, sino también la posibilidad de evaluar su desempeño durante el ejercicio del cargo. Fortalecer este mecanismo implica consolidar una relación permanente de responsabilidad entre gobernantes y gobernados.
La iniciativa también plantea revisar la organización de algunas estructuras de gobierno a nivel local. Se propone ajustar la integración de los ayuntamientos para que respondan a criterios de representación más racionales y evitar que los cargos públicos se multipliquen sin una justificación democrática clara. Con ello se busca que los recursos públicos se destinen prioritariamente a mejorar los servicios que reciben las comunidades.
En la misma lógica de racionalidad institucional, se proponen reglas para que los congresos locales mantengan presupuestos proporcionales a las finanzas públicas de cada entidad federativa, evitando que los órganos legislativos se conviertan en estructuras sobredimensionadas respecto de las necesidades reales de representación.
Más allá de los detalles técnicos que serán discutidos cuando la iniciativa se presente formalmente ante el Congreso de la Unión, lo cierto es que el país vive un momento de definiciones importantes sobre el tipo de Estado que quiere construir para los próximos años.
México ha transformado su sistema político a través de reformas sucesivas que respondieron a distintos momentos históricos. Ninguna de ellas ha sido definitiva. Hoy volvemos a estar frente a una de esas coyunturas en las que es necesario preguntarnos si las instituciones siguen sirviendo al interés público o si deben ajustarse para responder mejor a las demandas de la sociedad.
En ese contexto, el debate reciente abrió distintas lecturas sobre la solidez del proyecto que se ha venido construyendo en los últimos años. Para algunos, este momento representaba una oportunidad para poner en duda su continuidad; para otros, una prueba de su consistencia. Lo cierto es que el proceso ha dejado ver que existe una base clara que ha permitido avanzar en transformaciones de fondo, sostenidas en una mayoría que no es casual, sino resultado de un respaldo social amplio. En ese marco, la reforma electoral se mantiene como parte del proyecto de nación que busca fortalecer la vida democrática y seguir construyendo un sistema político que responda, de manera más directa, a los ciudadanos.
Desde el gobierno de México, encabezado por la Presidenta Claudia Sheinbaum, tenemos claro que la discusión apenas comienza. Pero también tenemos la convicción de que avanzar hacia instituciones más austeras, más transparentes y más cercanas a la ciudadanía no es solo una opción política, es una responsabilidad democrática. La reforma electoral va.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian

Por mi madre, por mis hijas

Ayer, como cada 8 de marzo, millones de mujeres en México y en el mundo salieron a las calles para recordar que los derechos no han sido concesiones gratuitas, son luchas permanentes que se construyeron y construyen a lo largo de años, décadas y siglos, con debate público, marchas, acciones de reclamo social y decisiones políticas. Ver a las mujeres de todas las edades y condiciones sociales salir a marchar me conmueve e inspira profundamente. Por una parte la terrible parte de ver el dolor de quienes denuncian las violencias que han sufrido y, por otra parte, la belleza de verlas resilientes, fuertes, valientes, dispuestas a todo para que ninguna mujer sea violentada, sea en casa, colonia, ciudad, estado, país o mundo.
En medio de este día lleno de emociones encontradas, recordé una intervención que marcó profundamente mi trayectoria política. Durante mis diez años en cargos de elección popular, diría que una de las participaciones más importantes fue la que dí en favor de la lucha por el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad. Como diputada local de la Ciudad de México, en 2007 participé en la discusión para despenalizar el aborto hasta la doceava semana.
Ahora que vivimos otros tiempos, este derecho puede sonar como algo evidente, pero en ese momento, aquella discusión fue intensa, fuimos pioneras a nivel nacional, sabíamos que enfrentamos a la derecha, la Iglesia, medios de comunicación, éramos las y los diputados de izquierda contra el sistema en su conjunto. No solo porque se trataba de una reforma profunda en materia de derechos reproductivos, sino porque obligó a la sociedad a mirar una realidad que durante décadas se había preferido ignorar. La penalización del aborto no impedía que ocurriera; lo que hacía era empujar a miles de mujeres a la clandestinidad, lo que en varias ocasiones generaba daños irremediables en su salud e incluso les costaba la vida.
Como suele suceder con las políticas punitivas, quienes más sufrían las consecuencias no eran todas por igual. Históricamente, las mujeres con recursos económicos siempre tuvieron alternativas: pagar servicios privados o acceder a atención médica segura en el país o en extranjero. En cambio, las mujeres pobres enfrentaban escenarios mucho más duros: abortos inseguros, condiciones laborales que dificultaban acceder a la interrupción del embarazo, criminalización de las mujeres por tomar decisiones sobre su propio cuerpo.
Por eso era tan importante cambiar la lógica del debate. Reconocer el derecho a interrumpir el embarazo no obliga a nadie a abortar, sino que permite que quien se enfrenta a esa decisión pueda hacerlo de manera segura, con acompañamiento médico y sin poner en riesgo su vida. Prohibirlo, en cambio, no evita que suceda, sino que solo genera condiciones de mayor peligro, silencio, insalubridad y desigualdad.
La experiencia de la Ciudad de México es una prueba contundente de ello. Desde que se aprobó la Interrupción Legal del Embarazo en abril de 2007 hasta 2024, más de 277 mil mujeres han accedido a este servicio en la capital del país, de manera gratuita y con excelentes condiciones de seguridad y salubridad.
Detrás de ese número hay historias diversas: mujeres jóvenes, estudiantes, madres que ya tienen hijos, mujeres trabajadoras, mujeres que sufrieron violencias. Muchas de ellas, además, llegaron desde otros estados del país donde durante años el aborto siguió o sigue penalizado. La Ciudad de México se convirtió así en un espacio de acceso a derechos que no existían en otras entidades.
Ese cambio no ocurrió por casualidad. Fue resultado de décadas de lucha del movimiento feminista, de organizaciones sociales, de profesionales de la salud y de una sociedad entera que entendió que el derecho a decidir forma parte de los derechos humanos a la salud, a la dignidad y a la libertad de las mujeres. Las respuestas positivas del Estado se dieron a partir de demandas legítimas impulsadas por la constancia y la fuerza colectiva que las mujeres hemos construido a lo largo de los años.
Con el tiempo, esa transformación comenzó a expandirse. Hoy, cada vez más estados han avanzado en la despenalización del aborto y en el reconocimiento de los derechos reproductivos. Guerrero, por ejemplo, reformó su legislación en 2022 para permitir la interrupción legal del embarazo hasta las doce semanas, sumándose a una tendencia nacional que busca garantizar condiciones más justas para las mujeres.
En ese proceso histórico es importante reconocer el papel del feminismo en la transformación del país, que ha abierto caminos que hoy permiten que México tenga a la primera mujer Presidenta en América del Norte, Claudia Sheinbaum. Reconocer esa historia implica también asumir que la igualdad no ha sido un proceso sencillo, todavía hay derechos y condiciones que permanecen como tareas pendientes en la agenda de las mujeres.
Por supuesto, el camino aún no está terminado. Persisten resistencias culturales, desigualdades y barreras multifactoriales que impiden que todas las mujeres accedan en igualdad de condiciones a servicios de salud reproductiva, así como al resto de derechos. Pero también es cierto que el país de hoy es distinto al de hace dos décadas.
Cada reforma, cada discusión parlamentaria, cada movilización en las calles, cada trabajo que realizan las mujeres, cada voz que se alza desde las diferentes trincheras, ha contribuido a construir un México donde las mujeres tenemos las mejores condiciones para desarrollar nuestros proyectos de vida, sin duda falta.
Por mi parte, sigue firme mi convicción en la defensa de los derechos de las mujeres, como lo dije en aquella intervención hace 19 años: “me siento profundamente orgullosa de votar para reivindicar a las mujeres su derecho a la maternidad libre, responsable e informada, e informada votaré a favor en honor a mis abuelas, a mi madre, a mis hijas ya las hijas de mis hijas. Por mi condición de mujer, porque mi cuerpo y mi mente son libres, no permitiré que la ignorancia o el miedo condenen a más mujeres a la muerte”.
Nos leemos el siguiente martes.

Link a mi intervención: https://youtu.be/fSsrTuDAq4k?feature=shared

@EsthelaDamian

 

Orgullo de pertenencia

A veces decimos de dónde somos como si fuera un simple dato geográfico, pero decir “soy del estado de Guerrero, o soy del Estado de México, o soy del estado de Tlaxcala” no es solo ubicar un punto en el mapa. Es recordar el olor de la comida en casa, la música que sonaba los domingos, la plaza donde aprendimos a andar en bici, la escuela donde nos enseñaron a leer. El lugar de origen no es un dato, es nuestra raíz. Es el territorio donde crecimos, donde se formaron nuestros afectos, donde aprendimos lo que significa comunidad por que tenemos costumbres y tradiciones que nos permiten saber que son lo que nos genera amor, lazos comunes; el ejemplo más claro es nuestra bandera nacional.
El orgullo de pertenencia no nace de un discurso solemne, sino de lo cotidiano. De la abuela que con ese sazón inolvidable, de aquellos lugares que recordamos porque siempre tomábamos el autobús ahí, de la gente trabajadora que desde temprano encontrábamos en sus puestos y nos reconfortaban con un simple “buenos días”. Todo eso construye identidad.
En la arquitectura se habla de patrimonio tangible e intangible. El tangible es fácil de identificar: monumentos, kioscos, museos, playas, lagunas, edificios históricos. Es lo que se puede tocar y fotografiar. Pero el intangible es el que verdaderamente permanece en nuestras mentes y corazones: canciones, formas de vestir, maneras de hablar, historias que se repiten en la mesa, palabras u oraciones que son muy comunes en determinado lugar, ahora mismo me acuerdo de la frase de mis paisanos chilpancingueños “ora que cosa”, en la costa “hermano, brother “ en la Tierra Caliente “guache”, y otras más que muchos conocemos. Ese patrimonio invisible es el que moldea cómo nos vemos y cómo queremos que nos vean.
Y aquí vale la pena hablar con honestidad. Muchas y muchos jóvenes hoy encuentran identidad en estéticas y narrativas lejanas a sus raíces, y que giran alrededor del poder, del dinero rápido, de la ostentación, de la música que habla de armas o de lujos extremos. Nuestros jóvenes no necesariamente parten de una historia delictiva pero sí asumen una narrativa que parte de enaltecer las de otros. Muchas veces lo que hay es búsqueda de pertenencia. Es la necesidad de sentirse parte de algo que da reconocimiento, fuerza, una sensación de estatus.
No podemos juzgarlos de primera mano, sino hay que buscar entenderlos. Cuando una o un joven adopta ciertos códigos, lo que está diciendo es: “quiero importar, quiero ser visto, quiero ser parte”. El problema no es el estilo, sino el riesgo que aparece cuando esa identidad se construye alrededor de modelos que normalizan la violencia y en muchas ocasiones propician un lenguaje de intimidación.
Ahí es donde la conversación se vuelve más profunda. ¿Qué estamos ofreciendo como alternativa? ¿Qué referentes positivos están al alcance? Revertir estos fenómenos, sobre todo los que tienen que ver con el patrimonio intangible, depende de las familias, de las escuelas, de nuestros abuelos, de la gente del barrio, de los espacios donde convivimos y, por supuesto, de la política pública. Es un trabajo paciente, cercano, cotidiano.
Es en esta última parte que es justo reconocer que hoy existe una apuesta clara desde el gobierno humanista que encabeza nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, al colocar a las juventudes en el centro a partir de garantizar sus derechos humanos. Cuando se amplía el acceso a la educación, cuando se fortalecen programas culturales y deportivos, cuando se recuperan espacios públicos, se está diciendo algo muy potente: ustedes importan, ustedes son parte fundamental de este país.
La Presidenta, desde que era Jefa de Gobierno en la Ciudad de México, ha insistido en que las y los jóvenes no son un problema, son la solución. Y esa frase no es retórica. Implica garantizar su derecho a estudiar esto con apoyo de programas sociales que ya están en la CPEUM, a expresarse en un grafiti urbano, a un concierto gratuito de artistas de primer nivel. Implica confiar en lo que la experiencia nos ha demostrado: si tienen herramientas desde sus lugares de origen, elegirán caminos que construyan y no que destruyan. Esa confianza es poderosa, porque cambia la narrativa: de la sospecha, el estigma, a la inclusión y esperanza.
En este momento histórico, el mensaje que se manda desde Palacio Nacional hasta el rincón más lejano de nuestro país es que el orgullo de pertenecer a México, en cualquiera de sus coordenadas, puede más que el miedo y la violencia. Ese orgullo resalta por el conocimiento de nuestros connotados profesionistas, artesanos, pintores, músicos, entre otros, la creatividad y la fraternidad de nuestro pueblo.
Nada es más transformador que una juventud que se sabe valorada. Que entiende que su lugar en el país no es marginal, sino central. Que descubre que el verdadero poder no está en la ostentación, sino en la capacidad de cambiar su entorno. En un gobierno que apuesta por un proyecto de nación con justicia social en todo lo ancho y largo de su territorio, las juventudes tienen un papel excepcional como protagonistas.
El orgullo de pertenencia ya no es solo la nostalgia de nuestro origen sino, sobre todo, la responsabilidad de dar a las siguientes generaciones un mejor país del que nos tocó y está tocando vivir. Es reconocer de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos. Si logramos que nuestras juventudes abracen su identidad desde la dignidad, el respeto, nuestros valores, la espiral de violencia pierde fuerza y México gana futuro.
Ellas y ellos están aquí para transformar al país, este gobierno humanista les permite el ejercicio real de sus derechos, esa transformación no solo es posible: es inevitable.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian