Guerrero es una cajita

El viernes pasado estuve en Acapulco como parte de mis funciones como Consejera Jurídica. Participé en el gabinete de seguridad que encabeza la Presidenta Claudia Sheinbaum, junto con distintas dependencias del gobierno federal. Se trató de una jornada de trabajo entre otras cosas para la coordinación institucional y de análisis sobre uno de los temas que más preocupan y ocupan a la vida pública del país.
Este encuentro forma parte de una gira que la Presidenta ha establecido para acudir a los estados y trabajar directamente el tema de seguridad con las y los gobernadores. Hay algo profundamente político en esta forma de gobernar: salir de la capital para recorrer el territorio y acercarnos a las autoridades locales para asumir que la seguridad no se resuelve con recetas únicas ni con discursos a distancia, sino que se construye escuchando, coordinando y tomando decisiones conjuntas para el beneficio de todas y todos los mexicanos.
En esta ocasión, visitando mi estado, me dio mucho gusto saludar a la gobernadora Evelyn Salgado Pineda. Guerrero es un estado complejo, profundamente diverso y marcado por una historia de lucha que exige sensibilidad, firmeza y compromiso real. Gobernar Guerrero no es sencillo, y por eso resulta tan importante que la coordinación entre los distintos niveles de gobierno sea cercana y permanente, a fin de lograr resultados.
Por supuesto que resulta sumamente gratificante visitar mi bello y gran estado. Estar en mi tierra, es siempre un privilegio. Hay algo que no se puede explicar del todo con palabras: la forma en que el sol acaricia la piel y en que el aire nos roza las mejillas, los saludos de la gente, el tono cálido de las conversaciones, el reconocimiento inmediato entre paisanos. Para mí estar en mi bella y buena tierra es reencontrarme con mi raíz, siempre con los pies en la tierra. Pienso que he logrado tener una mirada más amplia; con la misma esencia, pero con la experiencia que dan los caminos andados.
Y claro, están los sabores que guardan memoria: la torta de relleno, el chilate, los dulces tradicionales y el agua de coco que exigen ser disfrutados con el sentido del gusto conectado a las emociones. Los colores y sabores de mi Guerrero son parte de una identidad que se lleva puesta y que me acompaña incluso desde una responsabilidad nacional. Son recordatorios de mi origen, de mi historia y de mi motivación para trabajar por un mejor país.
Regresar a Guerrero en este momento también significa hacerlo plenamente consciente de lo que implica la responsabilidad de formar parte del gabinete presidencial. La encomienda que me ha dado la Presidenta Claudia Sheinbaum exige concentración, energía y una entrega permanente. Hay un cúmulo de tareas que no admiten improvisación ni descanso, es por eso que toda mi concentración debe estar en ello, pues este nuevo espacio exige rigor jurídico, claridad política y una profunda lealtad al proyecto de transformación.
Y, sin embargo, más allá de alejarme de mis raíces, esta responsabilidad las vuelve más presentes. Me siento siempre orgullosa de mi origen, de la historia de lucha de mi pueblo y mi gente, de una tierra marcada por la izquierda, por la organización social y por una dignidad que no se negocia. Orgullosa de mi familia, de mi universidad, de mis maestras y maestros, de mis amigas y amigos que han construido mi camino hasta este lugar. Todo eso transita conmigo cuando tomo decisiones y cuando defiendo, desde el ámbito jurídico, el marco normativo que sostiene nuestro actuar como gobierno de México.
Durante esta breve pero significativa visita recordé una canción que desde pequeña ronda en mi cabeza, diría que como banda sonora de mi vida: “Guerrero es una cajita pintada en Olinalá, abre pronto la cajita, ábrela pronto, ábrela”. Nuestro estado es exactamente eso: una cajita llena de colores, de héroes y heroínas patrios, de heridas abiertas y de una fuerza colectiva que resiste. Abrirla implica mirarla completa, sin negar los problemas, pero tampoco olvidar su grandeza ni su potencial.
Estoy de regreso a la Ciudad de México para seguir con el trabajo que la Presidenta Sheinbaum nos ha encomendado, pero con esa imagen muy presente de mi estado. Gobernar también es saber que la responsabilidad solo tiene sentido cuando se ejerce con memoria, con raíz y con un profundo respeto por la gente a la que nos debemos. Estar en Guerrero trabajando me recordó que hay compromisos que no se rompen con el tiempo ni con la distancia, y que servir, desde donde la vida nos coloque, es también la forma más sencilla y sensible de volver a casa.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

Aspirantes a candidaturas en Morena deben renunciar a sus cargos, insiste Sheinbaum

La presidenta Claudia Sheimbaum se dirige al lugar donde dio la conferencia luego de la reunión del gabinete de Seguridad acompañada por la consejera jurídica Esthela Damían, la coordinadora de Participación Social, Leticia Ramírez, y el oficial mayor de la Secretaría de Finanzas del estado, Ricardo Salinas Méndez Foto: Carlos Carbajal

Ramón Gracida Gómez

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo afirmó que los funcionarios públicos que aspiren a ser candidatos deben renunciar pre-viamente a las encuestas de Morena para elegir candidatos en el proceso electoral del 2027, “para que no haya confusión”.
En particular se le preguntó si habrá sanciones para las y los funcionarios que buscan candidaturas y que no renuncien a sus cargos
Sheinbaum Pardo respondió que existen el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) para resolver esos asuntos.
El mismo reportero, en aparente alusión a la consejera jurídica de la Presidencia de la República, Esthela Damián Peralta, cuyo nombre ha sido mencionadao entre los aspirantes a la candidatura de Morena, le preguntó a Sheinbaum:
–¿Se evitarán rumores que confunden al pueblo guerrerense sobre prácticas del viejo régimen que han otorgado el poder a través del llamado “dedazo”, a través de los conocidos “delfines” o persona-jes desconocidos que pretenden colarse bajo el argumento de “ser muy cercanos a usted”.
La presidenta respondió: “Y como lo he dicho a todos los compañeros, lo saben los que están en el gobierno, si desean ellos ser candidatos el 27 y participar en la encuesta que normalmente hace nuestro partido, que hace Morena, yo estoy de licencia ahorita en este momento, pues renuncien para que no haya confusión”.
La sucesión en Guerrero también estuvo presente en otros momentos de la visita de la presidenta.
En la conferencia matutina realizada este viernes dentro de la Base Naval no estuvo presente la alcaldesa de Acapulco, la morenista Abelina López Rodríguez, quien ha manifestado su intención de buscar la candidatura a la gubernatura y quien publicó en Facebook horas después una foto con la mandataria federal y la gobernadora del mismo partido, Evelyn Salgado Pineda, durante la inauguración del puente vehicular de Omitlán, del municipio colindante de Juan R. Escudero.
Una publicación inicial de López Rodríguez mostraba una fotografía en la que aparecía el senador Félix Salgado Macedonio, padre de la mandataria estatal y aspirante a sucederla el próximo año, pero después se difundió la misma pero ya recortada y sin el también ex alcalde de Acapulco .
Pese a no estar en el presídium de la conferencia, sí estuvieron dentro de las instalaciones la Consejera Jurídica del Ejecutivo Federal, Esthela Damián Peralta, otra de las políticas que buscan ser precandidata a la gubernatura por Morena, y Ricardo Salinas Méndez, Oficial Mayor de la Secretaría de Finanzas y Administración del estado, promovido supuestamente por la gobernadora Evelyn Salgado para la candidatura de Acapulco.
La fotografía en la que Damián Peralta y Salinas Méndez aparecen caminando junto a la presidenta Sheinbaum causó un gran revuelo en las redes sociales.
Los seguidores de la consejera jurídica la interpretaron como la confirmación de la cercanía que tiene con la presidenta. Como si ésta la hubiera llamado para “placearla”, lo mismo que hizo la gobernadora con Salinas Méndez.
Y en la misma lógica, en el acto de Coyuca de Benítez en el que Sheimbaum repartió tarjetas de bienestar para mujeres, estuvieron otros dos contendientes por la candidatura a la gubernarura; la senadora Beatriz Mojica Morga y el ex gobernador interino Rogelio Ortega Martínes; asimismo fue invitado el diputado federal Jesús Irugami Perea y la local Yoloczin Domínguez, quienes buscan la candidatura a la alcaldía de Acapulco

El sur

 

Esthela Damián Peralta

Hay una frase de Desmond Tutu que suele incomodar porque obliga a definirse: “si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”. La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela nos coloca precisamente frente a ese dilema. Cuando una potencia decide recurrir al uso de la fuerza en el territorio de otro Estado, no estamos frente a un episodio aislado, sino ante un acto que pretende colocarse por encima del derecho internacional.
América Latina conoce bien este guión. Desde diferentes lati-tudes lo hemos vivido una y otra vez. Cambian las justificaciones –seguridad, combate al narcotrá-fico, estabilidad regional–, pero el fondo permanece intacto: la idea de que algunos países pueden decidir unilateralmente sobre el destino de otros. Esa lógica, además de anacrónica, es profun-damente peligrosa. Socava la arquitectura jurídica internacional construida precisamente para evitar que la fuerza sustituya a la norma.
En estos días recordaba el poema El sur también existe de Mario Benedetti, que pone sobre la mesa la persistente asimetría entre quienes ejercen el poder y quienes, desde el sur, sostienen su posición en la dignidad, la memoria y el apego a principios que no pueden ser desplazados por la fuerza. No es solo poesía, sino memoria histórica de nuestra región.
La intervención en Venezuela no puede analizarse desde simpatías o antipatías personales hacia un gobierno en particular. Ese enfoque, aunque frecuente, es un atajo cómodo y equivocado. Lo que está en juego es algo más profundo: la soberanía de los estados, el principio de autodeterminación de los pueblos y la vigencia del derecho internacional. Cuando un Estado recurre al uso de la fuerza sin el respaldo de los mecanismos multilaterales previstos en el derecho internacional, se debilita el marco que busca garantizar que la legalidad prevalezca sobre la imposición.
En este contexto, resulta relevante la postura que ha asumido el gobierno de México, encabezado por la Presidenta Claudia Sheinbuam, a partir de la cual, condena el uso de la fuerza, rechaza cualquier intervención militar y reafirma que la Carta de las Naciones Unidas no es una recomendación política, sino una obligación jurídica. México ha reiterado que los conflictos entre Estados deben resolverse por la vía pacífica, mediante el diálogo y los mecanismos multilaterales, y que ningún interés, por legítimo que se pretenda, justifica violentar la soberanía de otro país.
Esta posición se basa en la co-herencia histórica y responsabi-lidad jurídica. Nuestra región sabe lo que ocurre cuando se normaliza la intervención externa. Las expe-riencias demuestran que las accio-nes militares no traen democracia ni estabilidad duradera; traen frag-mentación institucional, violencia prolongada, desplazamientos for-zados y heridas sociales que tardan generaciones en sanar.
También preocupa la ligereza con la que, en ciertos espacios, se discuten estos hechos, como si hablar de intervención militar fuera un ejercicio técnico o incluso distante. No lo es. Cada operación militar tiene consecuencias directas en la vida cotidiana de millones de personas. El derecho internacional existe precisamente para poner límites al uso de la fuerza y para impedir que el orden global se rija por la ley del más fuerte.
La Presidenta Claudia Shein-baum ha sido clara al señalar que la cooperación entre países no puede confundirse con subor-dinación. México apuesta por el multilateralismo, por la solución pacífica de las controversias y por la paz como principio rector de su política exterior. Esa apuesta cobra especial relevancia en un contexto internacional donde resurgen tentaciones de resolver los conflictos mediante el poder militar.
Las acciones militares ejecutadas en Venezuela constituyen un hecho de especial relevancia para la región. Frente a ello, México ha expresado su condena y rechazo a toda intervención armada realizada de manera unilateral, por resultar incompatible con los principios establecidos en el artículo 2 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, particularmente el respeto a la soberanía, la igualdad jurídica de los estados y la prohibición del uso de la fuerza. Defender hoy la soberanía supone reafirmar que el orden interna-cional descansa en reglas que no pueden ser desplazadas por decisiones adoptadas al margen de los mecanismos multilaterales.
Recordar que el sur existe con la misma dignidad que el norte, no es un gesto poético, sino una afirmación política y jurídica: significa rechazar que la fuerza sustituya al derecho y que la imposición prevalezca sobre el diálogo.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

La vocación que me trajo hasta aquí

Desde muy joven supe que la injusticia no era algo que pudiera mirar de lejos. Me incomodaba, me dolía y me movía. Por eso estudié derecho: porque creí, y sigo creyendo, que es una de las herramientas más poderosas para enfrentarla. No como una abstracción sino como una práctica cotidiana que puede cambiar vidas cuando se ejerce con responsabilidad y convicción.
Elegí estudiar la carrera de derecho porque me abría un abanico inmenso de posibilidades. Me interesaban muchas trincheras: la electoral, la laboral, la agraria, la civil, la medicina legal. Todas me hablaban de personas, de conflictos reales, de decisiones que impactan destinos.
Fue ahí, en mi querida Universidad Autónoma de Guerrero, con sede en Chilpancingo, mi ciudad natal, donde formé parte de la generación 1990-1995. Tuve la fortuna de encontrar maestras y maestros extraordinarios, cuya vocación y sabiduría lograron despertar en mí un amor profundo por mi profesión.
Algunas y algunos de esos profesores me invitaron más tarde a colaborar en instituciones públicas o en sus despachos. Ahí comenzó el ejercicio real de mi carrera. Desde el inicio me involucré especialmente en el derecho electoral, un campo que me apasiona por su vínculo directo con la democracia, la participación ciudadana y la voluntad popular. Puedo decirlo sin titubeos: siempre me enamoré del derecho, y lo he ejercido con entrega desde el primer día.
Con el tiempo, mi camino profesional me llevó al gobierno de la Ciudad de México. Ahí aprendí, en la práctica cotidiana, sobre derecho administrativo, sobre los actos de autoridad y la importancia del cumplimiento de la norma. Comprendí que detrás de cada trámite, cada procedimiento y cada resolución hay personas esperando respuestas claras y justas, de manera que la legalidad no debe ser un obstáculo, sino una garantía, evitando burocracias innecesarias que luego terminan siendo oportunidad para la corrupción .
Después vino una etapa fundamental en el Poder Legislativo. Para una abogada que ama su carrera, ser legisladora fue un sueño cumplido. Fui diputada en cuatro ocasiones, y esa experiencia marcó profundamente mi formación. El derecho parlamentario es una escuela intensa: aprender a construir acuerdos, a redactar iniciativas, a defender en tribuna aquello que merecía atención por lo relevante de la agenda política de izquierda; escuchar posiciones distintas y transformar ideas en normas. Debo reconocer que fue un privilegio poder participar en los procesos legislativos, pero sobre todo ver cómo evolucionan las normas que inciden para hacer efectivos los derechos de las personas.
Desde el trabajo legislativo también aprendí mucho sobre las leyes presupuestales, el régimen de responsabilidades de las y los servidores públicos, los procesos de fiscalización que no es más que la rendición de cuentas que presentan los poderes y otros organismos autónomos. Son temas poco difundidos, pero fundamentales para fortalecer una administración pública honesta, ordenada y transparente.
Otra etapa profundamente formativa fue mi paso por el DIF, donde trabajé por encargo de la Presidenta Claudia Sheinbaum en asuntos relacionados a la justicia para adolescentes, derechos de la infancia y derechos de familia. La labor no era menor, pues al tratarse en muchos casos de violaciones a los derechos de las infancias, debíamos ser muy rigurosos con el cumplimiento de las normas para restaurar a las víctimas en el goce de sus derechos. Confirmé que el derecho cobra su sentido más humano cuando protege a quienes más lo necesitan. No hay teoría que supere escuchar a la gente, especialmente cuando se trata de garantizar el interés superior de niñas, niños y adolescentes.
Después, cuando la Doctora Sheinbaum me invitó a participar en el gobierno de México, el trabajo en la Subsecretaría de Prevención a las Violencias me permitió conocer a fondo las normas en materia de prevención del delito y trabajar directamente con juventudes que forman parte central de la población a la que debemos atender. Entendí que prevenir no es solo reaccionar, sino construir condiciones de vida dignas, oportunidades reales y marcos normativos que acompañen.
Hoy, con el encargo que me ha conferido la Presidenta al frente de la Consejería Jurídica del Poder Ejecutivo Federal, me corresponde fortalecer el sustento jurídico de la acción del Estado mexicano. Bajo su liderazgo he confirmado que el derecho no es un fin en sí mismo: cobra sentido cuando es claro, aplicable y profundamente humanista, cuando sirve al pueblo y deja de ser un privilegio para convertirse en una herramienta al alcance de todas y todos en nuestro país.
Hoy sigo convencida de que la justicia se construye todos los días, desde cada espacio que ocupamos y que ejercer el derecho con compromiso, claridad y cercanía con la gente sigue siendo una de las formas más poderosas de transformar la realidad.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Seguidores de Esthela Damián organizan festejo de fin de año sin su presencia

El delegado de la Sader en Guerrero y ex alcalde de Zirándaro, Gregorio Portillo, durante su intervención en el convivio de fin de año de los seguidores de Esthela Damián Foto: Facebook

José Miguel Sánchez

Chilpancingo

Seguidores de la actual consejera jurídica de la Presidencia de la República y aspirante a la gubernatura por Morena, Esthela Damián Peralta, organizaron un festejo decembrino y de fin de año en Chilpancingo.
La celebración se realizó en el Salón Imperio, ubicado al poniente de la capital, a donde asistieron desde ex funcionarios estatales, federales, ex diputados y ex alcaldes morenistas a reiterar su apoyo a Damián Peralta en sus aspiraciones, ahora en su nuevo cargo, como consejera jurídica del poder Ejecutivo federal.
A la celebración acudieron figuras como el delegado de la Sader y ex alcalde de Zirándaro, Gregorio Portillo Mendoza, y la ex alcaldesa de Acapulco y magistrada del Tribunal Superior de Justicia (TSJ), Adela Román Ocampo.
También acudieron el ex delegado del gobierno estatal en la zona Centro, Raúl Suárez Martínez; la ex delegada de los programas sociales en la misma zona, Lupita Deloya Bello, quién también fue candidata a la alcaldía de Zumpango, primero por Morena y después por el Partido del Bienestar Guerrero (PBG).
Más figuras morenistas que acudieron a la celebración en respaldo a Damián Peralta fueron la ex diputada local por Chilpancingo, Jessica Alejo Rayo, y la ex directora del hospital del ISSSTE en Chilpancingo, América Beltrán Cortés.
El festejo, celebrado de manera privada en el salón Imperio, ubicado en la colonia Atlitenco de Altamira, al poniente de Chilpancingo, inició a las 2:30 de la tarde y culminó alrededor de las 5 de la tarde.
Se esperaba que acudiera al evento Damián Peralta, pero una fuente al interior del festejo explicó que ella estaba en Ciudad de México, atendiendo situaciones de su nuevo cargo, por lo que sólo les envío un video de agradecimiento.
De acuerdo con una publicación realizada en la página de Facebook de Portillo Mendoza, en el encuentro reconocieron que fue un año de mucho trabajo “y el que viene (2026) será de mucho más trabajo”.
Aunque se pensó que era un reunión de estructuras, fuentes al interior indicaron que fue más el festejo de fin de año, ya que hubo rifa de regalos, comida y brindis.
Damian Peralta es una de las aspirantes a la gubernatura de Guerrero por Morena, y apenas este 17 de diciembre fue nombrada por la presidenta como su consejera jurídica, lo que confirmó su cercanía con Claudia Sheinbaum que era puesta en duda por los equipos de los otros contendientes.

El compromiso permanece

Recuerdo que cuando era niña, mi papá solía decirme que no había límites para mis sueños mientras fuera perseverante y disciplinada. No lo decía como una promesa fácil, sino como una forma de entender la vida: avanzar paso a paso, hacerse cargo de lo que se elige y no soltar la responsabilidad de los propios actos. Con el tiempo entendí que esas palabras no hablaban solo de aspiraciones personales, sino de la manera en que una se coloca frente a cada responsabilidad que asume.
Desde ese lugar recibí la encomienda de encabezar la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal con una mezcla inevitable de alegría y responsabilidad. Alegría por la confianza depositada por la Presidenta de la República Claudia Sheinbaum, pero sobre todo una profunda conciencia del momento que vive el país y del peso que implica cuidar el derecho desde una de las funciones más delicadas del Ejecutivo.
La Consejería Jurídica es el espacio donde el derecho se vuelve acción cotidiana: donde cada decisión debe sustentarse no sólo en la ley, sino en la legitimidad que da servir a la gente. Aceptar esta responsabilidad implica entender que el derecho no puede ser un muro, sino que debe ser un puente.
He pasado buena parte de mi vida en el servicio público. He estado en el territorio, en el trabajo legislativo, en la administración pública, en la atención directa a problemas que no admiten soluciones simples. De la Doctora Sheinbaum he aprendido que gobernar para todos y todas no es imponer, sino escuchar; no es corregir desde el escritorio, sino entender a quienes viven las consecuencias de cada política pública.
Por eso entiendo la Consejería Jurídica como un espacio profundamente humano. Sí, técnico. Sí, estratégico. Pero, sobre todo, humano. Porque detrás de cada reforma, cada decreto, cada acto jurídico, hay personas. Familias. Comunidades. Derechos que deben protegerse y realidades que no pueden ignorarse.
Asumo esta tarea con la convicción de que el derecho debe acompañar la transformación, no obstaculizarla. Que la legalidad no es un freno, sino la base que permite avanzar con certeza. Que el Estado tiene la obligación de actuar conforme a la Constitución, pero también con sensibilidad social y sentido de justicia.
A lo largo de mi trayectoria he constatado que las decisiones jurídicas no son abstractas: definen si una política pública se queda en el papel o logra transformar realidades. Lo confirmé desde el trabajo legislativo, al construir normas con impacto directo en la vida cotidiana; lo viví en la Ciudad de México, en el trabajo con niñas, niños y adolescentes desde el DIF; y lo reafirmé desde la Subsecretaría de Prevención de las Violencias de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana: atender las causas también es una forma de hacer derecho.
Hoy, desde esta nueva responsabilidad, sé que el reto es enorme. Vivimos tiempos de debate intenso, de exigencias legítimas, de una ciudadanía cada vez más consciente de sus derechos. Eso obliga a que la Consejería Jurídica actúe con rigor, con transparencia y con una profunda lealtad al proyecto de nación que dirige la presidenta, la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo, quien eligió poner a las personas en el centro.
Y no me refiero a la lealtad entendida como silencio, sino como compromiso, trabajo diario y cuidado permanente de que cada decisión del Ejecutivo esté jurídicamente sustentada y políticamente orientada al bienestar colectivo. Lealtad al mandato popular que exige un gobierno honesto, cercano y eficaz como los que tienen todos los gobiernos emanados desde el humanismo mexicano.
No llego sola a esta encomienda. Llego acompañada por muchas personas quienes me han exigido y quienes me han recordado, en los momentos difíciles, para qué sirve el servicio público. Llego con la experiencia acumulada, con el aprendizaje que deja escuchar más de lo que se habla y con la certeza de que el derecho no puede ser neutral frente a la desigualdad. Llego con la responsabilidad de honrar la confianza de la Presidenta que siempre nos recuerda que su gobierno responde al pueblo de México.
Desde aquí, desde la Consejería Jurídica, mi compromiso es claro: cuidar el marco constitucional, fortalecer el Estado de derecho y acompañar cada acción de gobierno con responsabilidad jurídica y sentido social. Que el derecho sirva para proteger, para garantizar, para construir.
Hoy me hago cargo de esta responsabilidad con gratitud y convicción. Agradezco a la Presidenta de la República la confianza depositada en mí y la oportunidad de servir desde una función clave para el país. Asumo esta tarea con la certeza de que el derecho puede y debe ser una herramienta de transformación real. Las responsabilidades cambian, pero el compromiso con mi país que ha marcado mi camino permanece.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Cerrar el año, estar en el territorio

Las cifras, vistas de lejos, parecen solo números. Pero cuando se caminan, cuando se viven en el territorio –cuando se convierten en historias, en rostros y en conversaciones casa por casa– cobran un sentido completamente distinto. Los datos adquieren peso cuando se enlazan con la realidad cotidiana de las personas, cuando explican ausencias históricas y, sobre todo, cuando permiten orientar acciones concretas. Desde la Subsecretaría de Prevención de las Violencias he comprendido que atender las causas no es una consigna abstracta, sino una forma clara y responsable de gobernar: entender que el Estado no puede ni debe esperar detrás de un escritorio, sino que tiene que salir, llegar a los lugares que más lo necesitan, escuchar a la gente y permanecer el tiempo necesario para prevenir las violencias y transformar realidades.
Entre diciembre de 2024 y diciembre de 2025, la estrategia de Atención a las Causas ha llegado a territorios complicados por diferentes contextos que he explicado en diferentes artículos publicados en este mismo medio . No se trató de una decisión improvisada. A partir de un diagnóstico profundo sobre las condiciones sociales, económicas y comunitarias, la Presidenta Claudia Sheinbaum determinó que el Estado de México, Tabasco y Baja California serían las primeras entidades en las que la subsecretaría de atención a las causas implementaría la estrategia de Sembradoras y Sembradores de Paz, dirigido fundamentalmente a los jóvenes. Son regiones con dinámicas complejas donde era urgente que el Estado se presentara de forma coordinada, con la participación de dependencias de los tres órdenes de gobierno y con una lógica de intervención que privilegiara la prevención
Una de las acciones más visibles y relevantes de esta estrategia son las Ferias de Paz. Estos espacios son mucho más que eventos institucionales: son puntos de encuentro donde los derechos dejan de ser un discurso lejano y se vuelven accesibles. En las Ferias de Paz confluyen servicios de salud, educación, bienestar, trabajo y atención social. Ahí están el IMSS, el DIF, Bienestar, los programas de becas de bienestar que son universales, la atención a la salud mental, el acompañamiento a mujeres, a jóvenes y a personas adultas mayores, se cuentan con más o menos veinte instituciones que dan servicios del gobierno de México, estatales o municipales. La presencia conjunta de estas instancias permite atender necesidades inmediatas y, al mismo tiempo, generar confianza en las comunidades.
De manera complementaria, las y los Sembradores de Paz han realizado más de 56 mil visitas casa por casa y coordinado actividades de permanencia que han convocado a más de 116 mil personas. Estas acciones no solo permiten identificar problemáticas específicas, sino también acompañar procesos comunitarios. La experiencia nos ha confirmado algo fundamental: la presencia institucional sí transforma cuando es cercana, constante y humana. Escuchar, regresar y cumplir lo que se promete cambia la relación entre el Estado y la población.
Otro de los pilares más importantes de esta estrategia son nuestras y nuestros jóvenes. Ellas y ellos viven en contextos atravesados por diferentes violencias y que hoy participan activamente en la construcción de alternativas para sus colonias, ciudades o estado. Su trabajo se refleja en actividades deportivas, culturales, recreativas y comunitarias que fortalecen el tejido social desde lo cotidiano. Más de mil quinientas actividades realizadas en los tres estados confirman que la paz no se impone desde afuera: se construye reconociendo la capacidad y la calidad humana que ya existe en los territorios, rescatan su sentido de pertenencia, su orgullo cultural y tradiciones.
Atender las causas implica reconocer que la violencia no surge de la nada. Sus raíces profundas tienen su origen en los gobiernos neoliberales que construyeron abismos en la falta de oportunidades, en la exclusión y en la ausencia del Estado en tantas décadas. Por eso resulta indispensable caminar, escuchar y resolver sin prejuicios y sostener la presencia en el tiempo, con calidad, rapidez y humanismo. No basta con llegar una vez; hay que quedarse, volver y construir confianza, paso a paso.
Esta forma de gobernar conecta con una convicción central del proyecto de transformación que vive el país: la seguridad comienza garantizando derechos. Comienza cuando gobierna la cuarta transformación y, también hay que decirlo, una mujer de la talla de la presidenta Claudia Sheinbaum quien pone en el centro la dignidad humana.
Hoy, bajo el liderazgo de la doctora Sheinbaum, que ha insistido en que gobernar es estar cerca del pueblo, esta estrategia confirma que atender las causas no solo es posible, sino necesario. Porque la paz se hace día a día y se construye con la gente, en el territorio, tocando puertas, pero sobre todo corazones de nuestras chicas y chicos.

Nos leemos el próximo martes.
@EsthelaDamian

 

La crianza, el primer ejercicio de la transformación

En estas semanas de Navidad y Año Nuevo, cuando nuestras familias se reúnen más de lo habitual y las emociones se intensifican, vale la pena volver a un tema que parece privado –íntimo incluso– pero en realidad es profundamente público: la buena crianza. Estas fechas nos obligan a convivir desde la cercanía y, con ello, nos recuerdan que la forma en la que educamos a nuestras niñas, niños y adolescentes define el tipo de sociedad que estamos construyendo. Lo que ocurre dentro de un hogar no es ajeno al país: es su raíz.
En mi propia historia familiar lo entendí muy temprano. Mis padres me educaron desde una visión compartida: comunicación constante y cercana, cariño infinito, pero siempre con límites claros. Recuerdo los abrazos, los besos, las palabras que me repetían mis padres sin cansarse: “tú puedes”, “sé la mejor en lo que hagas”, “eres capaz de todo lo que te propongas”. Nada de eso era casual; era una manera cotidiana de sembrar confianza en mí y en mis hermanos.
En casa se reconocían mis esfuerzos: cumplir con los deberes, barrer, trapear, limpiar mis zapatos, hacer la tarea, apoyar en los negocios familiares. Cada responsabilidad tenía un sentido y cada logro, por pequeño que fuera, se celebraba. Eso formó mi disciplina y mi sentido de dignidad para conducirme en las circunstancias difíciles que a veces nos pone la vida.
Por supuesto, también habían límites muy claros y que se delimitaban con mayor firmeza conforme crecía. Cuando salía, tenía que explicar a dónde iba, a qué y con quién. Mi papá aplicaba una frase que jamás olvidaré: “confianza sobre la vigilancia”. Negociábamos un horario de regreso que lo mantuviera tranquilo sobre mi seguridad y él cumplía su parte: podía, o no, aparecer en mi escuela para saludar o entrar al lugar donde había pedido permiso para verificar que estuviera ahí. Era su manera de ser un padre presente, con las herramientas que él creía más efectivas. Era su forma cariñosa, pero firme, de recordarme que la libertad siempre se sostiene en la responsabilidad.
En casa se hablaba de los errores sin castigos humillantes. Cuando tenía algún tropiezo me sentaban y me explicaban por qué era importante corregir, siempre partiendo de la escucha activa y de la manera más amorosa que podían. Aprendí que equivocarse no es un fracaso, sino una oportunidad para ser mejor.
Quizá lo más decisivo de mi crianza fue que nunca hubo lugar a la violencia. Con cariño, límites y comunicación, no hicieron falta gritos, golpes ni amenazas. Crecí sin miedo, y eso –lo entendí después– no debería ser un privilegio, sino un derecho para todas y todos los niños.
Años más tarde, desde mi trabajo en el DIF en la Ciudad de México, descubrí lo doloroso que es que esta realidad no sea la de todas las infancias. Los reportes que atendíamos venían cargados de historias desgarradoras. Había casos donde la vida de niñas, niños y adolescentes estaba en riesgo. En muchos hogares, la maternidad o la paternidad no se habían asumido plenamente, no por falta de amor, sino por falta de herramientas, por jornadas laborales extenuantes, por tutores que en sus infancias estuvieron marcadas por la violencia, o porque simplemente repetían lo que habían aprendido: criar como los criaron.
Encontramos también situaciones de consumo problemático de sustancias, rupturas profundas de vínculos afectivos y una alarmante falta de empatía hacia la niñez. No eran personas “malas”; eran personas que no sabían cómo ejercer una crianza respetuosa, porque nadie les enseñó. Y si algo aprendí en ese tiempo que fui titular del DIF, es que la buena crianza no es instinto: es aprendizaje, acompañamiento y construcción colectiva.
Para responder a esta realidad, diseñamos desde el DIF una Escuela de Buena Crianza digital, accesible en tiempos de pandemia y útil para llegar a hogares donde nunca antes había habido acompañamiento institucional. Enseñábamos derechos reconocidos en la ley, estrategias para evitar violencias, formas adecuadas de comunicarse según la edad, y mecanismos para fortalecer el vínculo afectivo. Cuando las sesiones eran presenciales hacíamos dinámicas con los padres de familia; cuando eran completamente digitales, llevábamos el mensaje directamente a las casas: amor, comprensión y responsabilidad.
Esa escuela no solo formó a madres, padres y cuidadores; también nos permitió nombrar lo que muchas veces se calla: que la crianza es un ejercicio fundamentalmente amoroso, la mejor manera de educar es poniendo el ejemplo, enseñemos y acompañemos institucionalmente la crianza positiva. Todo el trabajo se hizo siguiendo la línea de la entonces jefa de gobierno, hoy Presidenta, Claudia Sheinbaum, quien siempre sostuvo que proteger a la infancia es proteger el futuro de México. Su convicción fue clara: la política pública debe empezar por cuidar a las infancias que son nuestro presente y futuro.
Y hoy, en estas fechas de abrazos, promesas y cierres de ciclo, quiero volver a esa idea. Cada palabra que damos a una niña, cada límite que ponemos con cariño, cada gesto que evita una violencia, es una pequeña decisión que define el México del mañana.
Por eso, mientras el año termina y el próximo comienza, vale la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué estamos aportando a las infancias que nos rodean? ¿Qué país estamos formando en nuestras familias, en nuestros silencios, en nuestras conversaciones, en nuestro ejemplo?
La Presidenta ha dicho que la transformación solo es real cuando se siente en los hogares. Estoy convencida de ello. Y quizá estas fechas son el mejor momento para recordarlo: si queremos un país más justo, más humano y más seguro, empecemos por lo esencial. Construyamos infancias sin miedo. Regresemos al amor como guía. Apostemos por la buena crianza como ejercicio cotidiano.
Porque todo proyecto de nación incluyente debe tener como prioridad a quienes comienzan a descubrir el mundo, con la guía de quienes ya tenemos un camino un poquito –y solo un poquito– más recorrido.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Carrito de colores

Estamos comenzando a cerrar el año. Ya es diciembre y, apenas empieza a sentirse el ambiente navideño, se activan en mi memoria los recuerdos más profundos de mi infancia. Pienso en aquellas noches en las que la casa se llenaba de voces y movimiento: mis padres, mi hermano, los primos corriendo, los tíos riendo, el olor a comida sencilla pero abundante. Parecen escenas lejanas, pero cuando llegan, lo hacen con tanta fuerza que siento que podría volver a abrir esa puerta y reencontrarme ahí.
En mi casa, esta temporada nunca fue sinónimo de regalos. Vivíamos con lo justo, pero mi mamá –con ese espíritu alegre que jamás la abandona– siempre buscaba la manera de hacernos sentir la Navidad a mi hermano y a mí. Aun en los años más duros, hacía lo imposible para que, al menos, el Día de Reyes no pasara desapercibido.
Sin embargo, hubo un año en el que ni siquiera alcanzó para eso. Mis papás, con toda la pena del mundo, decidieron avisarme solo a mí. Yo tenía siete años y, como era la mayor, pensaron que podría entenderlo mejor. Mi hermanito, que apenas tenía tres, quizá olvidaría el día rápido, pensaron.
Claro que me dolió. A esa edad aún crees en la magia, pero lo que más me angustiaba no era la falta del regalo para mí, sino la desilusión que mi hermanito sentiría. Así que hice lo que hace cualquier hermana mayor cuando ama con todo el corazón: busqué una solución.
Mis papás me daban un peso de vez en cuando para comprar aquello que más quisiera en el recreo de mi escuela, y yo siempre guardaba una parte de ese dinero. Ese pequeño ahorro fue mi salvación. Pensé: le compraré un juguete yo. No era difícil saber qué quería. Mi hermano pasaba horas con sus carritos viejos, así que un carrito nuevo sería, sin duda, el regalo perfecto.
El plan era brillante… hasta que se me olvidó comprarlo. Y el seis de enero, en lugar de emoción, me despertó el llanto de mi hermano. Lloraba desconsolado, convencido de que los Reyes Magos no habían pasado por nuestra casa.
Intenté calmarlo como pude: “Espera, quizá lo escondieron. ¿Por qué no buscas mejor?” Logré distraerlo unos minutos y salí corriendo hacia el mercadito que estaba al lado de mi casa. Llegué casi sin aliento al puesto de juguetes. Con mis 5 pesos en la mano le pregunté a la señora qué podía comprar. Me mostró varias cosas y, como si la vida me hiciera un guiño, entre ellas había un camioncito de plástico que arriba llevaba más cochecitos de colores, algo muy sencillo. “Ese”, dije de inmediato. Pagué y corrí de regreso a casa.
Mi hermano ya estaba en llanto de profunda tristeza y desilusión. Entré al cuarto y, cuidando cada movimiento, metí el carrito debajo de la cama sin que él lo viera. Cuando me encontró ahí, frustrado, me dijo: “¡Ya busqué en todos lados! ¡No hay nada!” Y yo, intentando sostener la ilusión, le respondí: “¿Seguro que revisaste todos los lugares? Mira abajo de la cama. Los Reyes son buenísimos escondiendo regalos”.
Se tiró al piso con la emoción de un niño que todavía cree sin reservas. Levantó la colcha y, al ver los carritos, gritó: “¡Aquí está! ¡Sí me trajeron un regalo!” La felicidad que iluminó su cara es algo que nunca olvidaré.
Era sólo un camioncito de plástico de colores. Un juguete simple, de mercado. Pero ese día representó mucho más: para él, la oportunidad de sentirse como cualquier otro niño; para mí, el descubrimiento de que a veces, con tan poquito, puedes construir un mundo entero para alguien que amas.
Hoy, tantos años después, entiendo lo que no alcanzaba a comprender a los siete años: la magia de esta época no está en los regalos, sino en la capacidad de una familia de sostener la esperanza incluso en la momentos complicados, en los gestos silenciosos que hacen las madres, los padres y las hermanas, en ese espíritu de “hacemos lo que podemos con lo que tenemos”.
Y quizá por eso, cada vez que empiezo a ver las luces de los árboles de navidad y percibo el olor a ponche saliendo de las casas, pienso en ese día y en lo que se me quedó tatuado en mi memoria desde entonces: la verdadera magia está en el amor que damos y recibimos. Ese “te acompaño”, “aquí estoy”, “no te suelto”, que no cuesta millones, pero vale fortunas.
Esa lección me acompaña ahora que recorro distintas regiones del país con las Jornadas de Paz. En comunidades donde la vida diaria enfrenta retos enormes, veo una fuerza colectiva que habla del profundo sentido de comunidad que existe en México. Incluso en circunstancias difíciles, las personas se organizan, se acompañan y buscan salir adelante juntas: familias que se apoyan entre sí, vecinas que se cuidan, jóvenes que transforman su entorno desde lo que tienen y desde lo que sueñan. Esa capacidad de tejer redes, de cuidarse mutuamente y de no soltarse es una de las expresiones más poderosas de nuestro país y un recordatorio de que la construcción de paz se hace siempre en colectivo.
Ahí, caminando en el territorio, he entendido algo que trasciende cualquier discurso: la transformación real empieza desde abajo, desde la gente, desde esos pequeños actos de generosidad que sostienen a un país entero. Esa es la raíz de un México que va trabajando por una mejor persona, familia, ciudad, estado o país.
Esa es también la visión de la Presidenta Claudia Sheinbaum: que la política sirva para que las familias no tengan que resolver solas lo que el Estado puede y debe acompañar; que el humanismo se convierta en política pública; que cada niña y cada niño, sin importar dónde nazcan, tengan la oportunidad de creer, de soñar, de jugar, de tener en su vida aquello que necesitan para ser plenos y felices.
Y en estos días, mientras cerramos el año, vale la pena no perderlo de vista: siempre hay una oportunidad de “regalar un carrito de colores”, es decir, de hacer un gesto sencillo que puede cambiarle el día –o incluso la vida– a alguien más.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Sólo por hoy

Tuve la fortuna de crecer en un hogar lleno de amor por parte de mi mamá y mi papá, sin embargo, el amor no siempre es suficiente para evitar que cometamos errores y conduzcamos nuestras vidas por caminos complicados.
A mi papá, a quien sigo amando a pesar de tener tantos años que falleció, desde niña lo adoré y admiré enormemente; vivía atrapado en un consumo problemático de alcohol. Como muchos hombres nacidos en los años cincuenta y sesenta había sido educado bajo un modelo rígido, con modelo de crianza en el que mi abuelo le enseñó con mucha rudeza a trabajar en diferentes actividades propias de la epoca, ademas de estudiar por supuesto, bajo la mirada de su padre que sólo sabía replicar un modelo que reforzaba una masculinidad que les exigía aguantar, callar y demostrar fortaleza incluso cuando por dentro estaban quebrados. En aquellos tiempos no se hablaba de salud mental y para un hombre estar en contacto con sus sentimientos era un acto que excedía lo socialmente permitido.
Los breves momentos en los que la emocionalidad estaba permitida eran cuando estaba una botella en la mesa, cuando el alcohol comenzaba a derribar la pena social y se dejaba ver lo que cargaba el corazón. Fue por eso que empezó a beber a los quince o dieciséis años, nada extraño para la costumbre de ese momento, y cuando se casó con mi mamá algunos años más tarde, ya llevaba consigo una relación cotidiana con el alcohol que intentaba esconder.
Aunque hace ya muchos años de esto, tengo recuerdos muy nítidos de mi infancia en los que la relación de mi papá con el alcohol, el segundo llevaba la batuta. Algunas noches llegaba con mariachi por toda la calle Heroico Colegio Militar, él cantando a todo pulmón como lo hacían esos estereotipos de macho en las películas de Pedro Infante. Pero el romanticismo de esas historias, nunca muestra lo que pasa después.
Al escuchar la música los vecinos se asomaban, los niños se arremolinaban curiosos para ver al “artista del barrio”, y mientras todos se divertían con el espectáculo, yo quería desaparecer. Lo que para todos era una fiesta con mariachi y artista en vivo para mi era un momento de tensión, me daba pena ser observada así, con miradas juzgonas al ver a mi padre sostenerse de un mariachi para caminar. Mi mamá, mi hermano y yo hacíamos lo posible para que entrara rápido a casa, lejos del ojo público.
Ya adentro, mi papá nos reunía en familia: mi madre, el único hermano que entonces tenía, que debía andar en sus dos años de vida, y su servidora de unos cinco años. Ahí, en medio de la vulnerabilidad que provoca la mezcla entre tristeza, pena y alcohol, nos abrazaba uno por uno y llorando prometía que iba a dejar de beber, que no iba a permitir que el alcohol lo destruyera, que no iba a morir siendo un alcohólico. Nos preguntaba cuánto lo queríamos, mi respuesta siempre era “mucho papi” y abría los brazos lo más largo que podía y le decía “así de mucho papi”, él me contestaba: “eso es muy poquito hijita… yo te quiero hasta el cielo”.
Con el tiempo, esos episodios dejaron de ser fiesta y se convirtieron en rutina. La dependencia tomó el control. Recuerdo que mi papá pasaba días enteros enfermo por la cruda, como si estuviera apagándose lentamente sin remedio que pudiera detenerlo.
Yo quería cuidarlo, aunque fuera una niña, aunque no tuviera herramientas, aunque no entendiera realmente qué estaba sucediendo. Veía a mi madre cansarse, desesperarse, intentar sostener una familia que se desmoronaba por la adicción de mi papá. Hasta que un día ella decidió irse. Esa decisión fue un quiebre profundo, pero también la sacudida que él necesitaba. El miedo real a perder a su familia lo obligó a mirarse de frente y asumir las consecuencias de sus acciones y responsabilizarse por su adicción. Poco tiempo después entró a Alcohólicos Anónimos.
De esa época recuerdo una frase que definió su vida y que terminó marcando también la mía: “solo por hoy”. Es una frase que se usa en grupos donde se trabaja con personas con adicciones, quien me esté leyendo y haya tenido un familiar o tenga un problema de este tipo sabe con detalle a qué me refiero. Mi papá decía que si pensaba en dejar el alcohol para siempre, la idea lo abrumaba, pero si pensaba en hacerlo solo por hoy, podía hacerlo. Esa filosofía se convirtió en su manera de sobrevivir y en una brújula para seguir caminando cuando la fuerza emocional no alcanzaba: “si mañana no puedo, mañana veré qué hago, pero hoy sí puedo lograr vivir sin alcohol”.
Mi papá logró mantener su sobriedad hasta el último día de su vida, nunca volvio a beber, fue y sigue siendo un claro ejemplo de lo que la fuerza de voluntad, el carácter, la perseverancia y, sobre todo, el amor logra.
He aprendido a ver esa etapa de mi infancia y parte de mi adolescencia como episodios que me recuerdan un padre, verlo caer en las redes de una adicción problemática y lograr salir adelante, demostrando todo lo que es posible alcanzar en su proyecto de vida cuando se tiene la claridad, el trabajo y por supuesto la inteligencia de mi padre. Esas noches fueron complejas, hasta tristes, todos padecimos su alcoholismo, pero también se ha quedado grabado en mi memoria la fortaleza de mi papá para encauzar su vida y no dejar que el alcohol lo venciera.
Años después, durante el gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México y ahora en el país, he participado en las Jornadas de Paz, donde con frecuencia me encuentro con jóvenes que enfrentan consumos problemáticos de sustancias. La mayoría llega sin haber tenido acceso oportuno a salud mental, y cargando historias familiares y contextos que los han empujado a buscar alivio, pertenencia o satisfacción a través de las drogas.
Vuelvo a esa memoria, vuelvo a esa niña que quería ayudar sin saber cómo, y también al hombre que logró reconstruirse a pesar de la vergüenza y la culpa. Sin saberlo, esa experiencia personal me permitió comprender lo que hoy veo en territorio y desde la intervención pública: detrás de cada consumo problemático hay una historia compleja que merece ser escuchada. Nadie elige dañarse a sí mismo ni a sus familias porque sí. Hay sufrimiento acumulado, abandono, violencia, pobreza, discriminación, traumas no atendidos, y un vacío afectivo que busca anestesia. En muchos jóvenes, las drogas se vuelven un refugio frente a lo que el entorno les negó: afecto, estructura, acompañamiento, seguridad, alguien que les dé reconocimiento, cariño, comprensión.
Desde ese aprendizaje, comprendí que “sólo por hoy” no es una expresión simbólica, sino la forma más honesta de reconocer el esfuerzo que cada uno hace para sostenerse. Veo a estos jóvenes pelear contra sus circunstancias todos los días, avanzar un poco y, a veces, retroceder, pero seguir intentándolo. Cada jornada es una conquista. Cómo me lo decía mi papá: solo por hoy seguimos luchando, solo por hoy nadie se rinde, solo por hoy seguimos tocando puertas y encontrando a aquellos jóvenes, chicas o chicos, que lo primero que hago es abrazarlos y decirles “ el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum me mandó por ti”.
Este trabajo sería imposible sin la visión integral de Estado de la doctora Sheinbaum. Ella entendió que la paz no nace castigando al que sufre, sino atendiendo las causas profundas de las violencias: la desigualdad, la exclusión, la falta de oportunidades y el abandono institucional. Gracias a esa visión se impulsan las Jornadas de Paz, donde escuchamos, orientamos y acompañamos a jóvenes para evitar que lleguen al punto de quiebre. Son políticas que apuestan por la prevención, por la cercanía, por la reconstrucción del tejido social y la dignidad humana.
Sé que la tarea de construir la paz entendiendo estas realidades, atendiendo sus causas y acompañando a quienes más lo necesitan es un desafío inmenso, complejo y lleno de resistencias, pero la paz no se impone: se construye desde el territorio, escuchando, sosteniendo, con, por y para la comunidad y abriendo bienestar donde antes no las había. Por eso retomo esa convicción que heredé en mi casa: solo por hoy, para que mañana sea distinto.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian