Seguidores de Esthela Damián organizan festejo de fin de año sin su presencia

El delegado de la Sader en Guerrero y ex alcalde de Zirándaro, Gregorio Portillo, durante su intervención en el convivio de fin de año de los seguidores de Esthela Damián Foto: Facebook

José Miguel Sánchez

Chilpancingo

Seguidores de la actual consejera jurídica de la Presidencia de la República y aspirante a la gubernatura por Morena, Esthela Damián Peralta, organizaron un festejo decembrino y de fin de año en Chilpancingo.
La celebración se realizó en el Salón Imperio, ubicado al poniente de la capital, a donde asistieron desde ex funcionarios estatales, federales, ex diputados y ex alcaldes morenistas a reiterar su apoyo a Damián Peralta en sus aspiraciones, ahora en su nuevo cargo, como consejera jurídica del poder Ejecutivo federal.
A la celebración acudieron figuras como el delegado de la Sader y ex alcalde de Zirándaro, Gregorio Portillo Mendoza, y la ex alcaldesa de Acapulco y magistrada del Tribunal Superior de Justicia (TSJ), Adela Román Ocampo.
También acudieron el ex delegado del gobierno estatal en la zona Centro, Raúl Suárez Martínez; la ex delegada de los programas sociales en la misma zona, Lupita Deloya Bello, quién también fue candidata a la alcaldía de Zumpango, primero por Morena y después por el Partido del Bienestar Guerrero (PBG).
Más figuras morenistas que acudieron a la celebración en respaldo a Damián Peralta fueron la ex diputada local por Chilpancingo, Jessica Alejo Rayo, y la ex directora del hospital del ISSSTE en Chilpancingo, América Beltrán Cortés.
El festejo, celebrado de manera privada en el salón Imperio, ubicado en la colonia Atlitenco de Altamira, al poniente de Chilpancingo, inició a las 2:30 de la tarde y culminó alrededor de las 5 de la tarde.
Se esperaba que acudiera al evento Damián Peralta, pero una fuente al interior del festejo explicó que ella estaba en Ciudad de México, atendiendo situaciones de su nuevo cargo, por lo que sólo les envío un video de agradecimiento.
De acuerdo con una publicación realizada en la página de Facebook de Portillo Mendoza, en el encuentro reconocieron que fue un año de mucho trabajo “y el que viene (2026) será de mucho más trabajo”.
Aunque se pensó que era un reunión de estructuras, fuentes al interior indicaron que fue más el festejo de fin de año, ya que hubo rifa de regalos, comida y brindis.
Damian Peralta es una de las aspirantes a la gubernatura de Guerrero por Morena, y apenas este 17 de diciembre fue nombrada por la presidenta como su consejera jurídica, lo que confirmó su cercanía con Claudia Sheinbaum que era puesta en duda por los equipos de los otros contendientes.

El compromiso permanece

Recuerdo que cuando era niña, mi papá solía decirme que no había límites para mis sueños mientras fuera perseverante y disciplinada. No lo decía como una promesa fácil, sino como una forma de entender la vida: avanzar paso a paso, hacerse cargo de lo que se elige y no soltar la responsabilidad de los propios actos. Con el tiempo entendí que esas palabras no hablaban solo de aspiraciones personales, sino de la manera en que una se coloca frente a cada responsabilidad que asume.
Desde ese lugar recibí la encomienda de encabezar la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal con una mezcla inevitable de alegría y responsabilidad. Alegría por la confianza depositada por la Presidenta de la República Claudia Sheinbaum, pero sobre todo una profunda conciencia del momento que vive el país y del peso que implica cuidar el derecho desde una de las funciones más delicadas del Ejecutivo.
La Consejería Jurídica es el espacio donde el derecho se vuelve acción cotidiana: donde cada decisión debe sustentarse no sólo en la ley, sino en la legitimidad que da servir a la gente. Aceptar esta responsabilidad implica entender que el derecho no puede ser un muro, sino que debe ser un puente.
He pasado buena parte de mi vida en el servicio público. He estado en el territorio, en el trabajo legislativo, en la administración pública, en la atención directa a problemas que no admiten soluciones simples. De la Doctora Sheinbaum he aprendido que gobernar para todos y todas no es imponer, sino escuchar; no es corregir desde el escritorio, sino entender a quienes viven las consecuencias de cada política pública.
Por eso entiendo la Consejería Jurídica como un espacio profundamente humano. Sí, técnico. Sí, estratégico. Pero, sobre todo, humano. Porque detrás de cada reforma, cada decreto, cada acto jurídico, hay personas. Familias. Comunidades. Derechos que deben protegerse y realidades que no pueden ignorarse.
Asumo esta tarea con la convicción de que el derecho debe acompañar la transformación, no obstaculizarla. Que la legalidad no es un freno, sino la base que permite avanzar con certeza. Que el Estado tiene la obligación de actuar conforme a la Constitución, pero también con sensibilidad social y sentido de justicia.
A lo largo de mi trayectoria he constatado que las decisiones jurídicas no son abstractas: definen si una política pública se queda en el papel o logra transformar realidades. Lo confirmé desde el trabajo legislativo, al construir normas con impacto directo en la vida cotidiana; lo viví en la Ciudad de México, en el trabajo con niñas, niños y adolescentes desde el DIF; y lo reafirmé desde la Subsecretaría de Prevención de las Violencias de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana: atender las causas también es una forma de hacer derecho.
Hoy, desde esta nueva responsabilidad, sé que el reto es enorme. Vivimos tiempos de debate intenso, de exigencias legítimas, de una ciudadanía cada vez más consciente de sus derechos. Eso obliga a que la Consejería Jurídica actúe con rigor, con transparencia y con una profunda lealtad al proyecto de nación que dirige la presidenta, la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo, quien eligió poner a las personas en el centro.
Y no me refiero a la lealtad entendida como silencio, sino como compromiso, trabajo diario y cuidado permanente de que cada decisión del Ejecutivo esté jurídicamente sustentada y políticamente orientada al bienestar colectivo. Lealtad al mandato popular que exige un gobierno honesto, cercano y eficaz como los que tienen todos los gobiernos emanados desde el humanismo mexicano.
No llego sola a esta encomienda. Llego acompañada por muchas personas quienes me han exigido y quienes me han recordado, en los momentos difíciles, para qué sirve el servicio público. Llego con la experiencia acumulada, con el aprendizaje que deja escuchar más de lo que se habla y con la certeza de que el derecho no puede ser neutral frente a la desigualdad. Llego con la responsabilidad de honrar la confianza de la Presidenta que siempre nos recuerda que su gobierno responde al pueblo de México.
Desde aquí, desde la Consejería Jurídica, mi compromiso es claro: cuidar el marco constitucional, fortalecer el Estado de derecho y acompañar cada acción de gobierno con responsabilidad jurídica y sentido social. Que el derecho sirva para proteger, para garantizar, para construir.
Hoy me hago cargo de esta responsabilidad con gratitud y convicción. Agradezco a la Presidenta de la República la confianza depositada en mí y la oportunidad de servir desde una función clave para el país. Asumo esta tarea con la certeza de que el derecho puede y debe ser una herramienta de transformación real. Las responsabilidades cambian, pero el compromiso con mi país que ha marcado mi camino permanece.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Cerrar el año, estar en el territorio

Las cifras, vistas de lejos, parecen solo números. Pero cuando se caminan, cuando se viven en el territorio –cuando se convierten en historias, en rostros y en conversaciones casa por casa– cobran un sentido completamente distinto. Los datos adquieren peso cuando se enlazan con la realidad cotidiana de las personas, cuando explican ausencias históricas y, sobre todo, cuando permiten orientar acciones concretas. Desde la Subsecretaría de Prevención de las Violencias he comprendido que atender las causas no es una consigna abstracta, sino una forma clara y responsable de gobernar: entender que el Estado no puede ni debe esperar detrás de un escritorio, sino que tiene que salir, llegar a los lugares que más lo necesitan, escuchar a la gente y permanecer el tiempo necesario para prevenir las violencias y transformar realidades.
Entre diciembre de 2024 y diciembre de 2025, la estrategia de Atención a las Causas ha llegado a territorios complicados por diferentes contextos que he explicado en diferentes artículos publicados en este mismo medio . No se trató de una decisión improvisada. A partir de un diagnóstico profundo sobre las condiciones sociales, económicas y comunitarias, la Presidenta Claudia Sheinbaum determinó que el Estado de México, Tabasco y Baja California serían las primeras entidades en las que la subsecretaría de atención a las causas implementaría la estrategia de Sembradoras y Sembradores de Paz, dirigido fundamentalmente a los jóvenes. Son regiones con dinámicas complejas donde era urgente que el Estado se presentara de forma coordinada, con la participación de dependencias de los tres órdenes de gobierno y con una lógica de intervención que privilegiara la prevención
Una de las acciones más visibles y relevantes de esta estrategia son las Ferias de Paz. Estos espacios son mucho más que eventos institucionales: son puntos de encuentro donde los derechos dejan de ser un discurso lejano y se vuelven accesibles. En las Ferias de Paz confluyen servicios de salud, educación, bienestar, trabajo y atención social. Ahí están el IMSS, el DIF, Bienestar, los programas de becas de bienestar que son universales, la atención a la salud mental, el acompañamiento a mujeres, a jóvenes y a personas adultas mayores, se cuentan con más o menos veinte instituciones que dan servicios del gobierno de México, estatales o municipales. La presencia conjunta de estas instancias permite atender necesidades inmediatas y, al mismo tiempo, generar confianza en las comunidades.
De manera complementaria, las y los Sembradores de Paz han realizado más de 56 mil visitas casa por casa y coordinado actividades de permanencia que han convocado a más de 116 mil personas. Estas acciones no solo permiten identificar problemáticas específicas, sino también acompañar procesos comunitarios. La experiencia nos ha confirmado algo fundamental: la presencia institucional sí transforma cuando es cercana, constante y humana. Escuchar, regresar y cumplir lo que se promete cambia la relación entre el Estado y la población.
Otro de los pilares más importantes de esta estrategia son nuestras y nuestros jóvenes. Ellas y ellos viven en contextos atravesados por diferentes violencias y que hoy participan activamente en la construcción de alternativas para sus colonias, ciudades o estado. Su trabajo se refleja en actividades deportivas, culturales, recreativas y comunitarias que fortalecen el tejido social desde lo cotidiano. Más de mil quinientas actividades realizadas en los tres estados confirman que la paz no se impone desde afuera: se construye reconociendo la capacidad y la calidad humana que ya existe en los territorios, rescatan su sentido de pertenencia, su orgullo cultural y tradiciones.
Atender las causas implica reconocer que la violencia no surge de la nada. Sus raíces profundas tienen su origen en los gobiernos neoliberales que construyeron abismos en la falta de oportunidades, en la exclusión y en la ausencia del Estado en tantas décadas. Por eso resulta indispensable caminar, escuchar y resolver sin prejuicios y sostener la presencia en el tiempo, con calidad, rapidez y humanismo. No basta con llegar una vez; hay que quedarse, volver y construir confianza, paso a paso.
Esta forma de gobernar conecta con una convicción central del proyecto de transformación que vive el país: la seguridad comienza garantizando derechos. Comienza cuando gobierna la cuarta transformación y, también hay que decirlo, una mujer de la talla de la presidenta Claudia Sheinbaum quien pone en el centro la dignidad humana.
Hoy, bajo el liderazgo de la doctora Sheinbaum, que ha insistido en que gobernar es estar cerca del pueblo, esta estrategia confirma que atender las causas no solo es posible, sino necesario. Porque la paz se hace día a día y se construye con la gente, en el territorio, tocando puertas, pero sobre todo corazones de nuestras chicas y chicos.

Nos leemos el próximo martes.
@EsthelaDamian

 

La crianza, el primer ejercicio de la transformación

En estas semanas de Navidad y Año Nuevo, cuando nuestras familias se reúnen más de lo habitual y las emociones se intensifican, vale la pena volver a un tema que parece privado –íntimo incluso– pero en realidad es profundamente público: la buena crianza. Estas fechas nos obligan a convivir desde la cercanía y, con ello, nos recuerdan que la forma en la que educamos a nuestras niñas, niños y adolescentes define el tipo de sociedad que estamos construyendo. Lo que ocurre dentro de un hogar no es ajeno al país: es su raíz.
En mi propia historia familiar lo entendí muy temprano. Mis padres me educaron desde una visión compartida: comunicación constante y cercana, cariño infinito, pero siempre con límites claros. Recuerdo los abrazos, los besos, las palabras que me repetían mis padres sin cansarse: “tú puedes”, “sé la mejor en lo que hagas”, “eres capaz de todo lo que te propongas”. Nada de eso era casual; era una manera cotidiana de sembrar confianza en mí y en mis hermanos.
En casa se reconocían mis esfuerzos: cumplir con los deberes, barrer, trapear, limpiar mis zapatos, hacer la tarea, apoyar en los negocios familiares. Cada responsabilidad tenía un sentido y cada logro, por pequeño que fuera, se celebraba. Eso formó mi disciplina y mi sentido de dignidad para conducirme en las circunstancias difíciles que a veces nos pone la vida.
Por supuesto, también habían límites muy claros y que se delimitaban con mayor firmeza conforme crecía. Cuando salía, tenía que explicar a dónde iba, a qué y con quién. Mi papá aplicaba una frase que jamás olvidaré: “confianza sobre la vigilancia”. Negociábamos un horario de regreso que lo mantuviera tranquilo sobre mi seguridad y él cumplía su parte: podía, o no, aparecer en mi escuela para saludar o entrar al lugar donde había pedido permiso para verificar que estuviera ahí. Era su manera de ser un padre presente, con las herramientas que él creía más efectivas. Era su forma cariñosa, pero firme, de recordarme que la libertad siempre se sostiene en la responsabilidad.
En casa se hablaba de los errores sin castigos humillantes. Cuando tenía algún tropiezo me sentaban y me explicaban por qué era importante corregir, siempre partiendo de la escucha activa y de la manera más amorosa que podían. Aprendí que equivocarse no es un fracaso, sino una oportunidad para ser mejor.
Quizá lo más decisivo de mi crianza fue que nunca hubo lugar a la violencia. Con cariño, límites y comunicación, no hicieron falta gritos, golpes ni amenazas. Crecí sin miedo, y eso –lo entendí después– no debería ser un privilegio, sino un derecho para todas y todos los niños.
Años más tarde, desde mi trabajo en el DIF en la Ciudad de México, descubrí lo doloroso que es que esta realidad no sea la de todas las infancias. Los reportes que atendíamos venían cargados de historias desgarradoras. Había casos donde la vida de niñas, niños y adolescentes estaba en riesgo. En muchos hogares, la maternidad o la paternidad no se habían asumido plenamente, no por falta de amor, sino por falta de herramientas, por jornadas laborales extenuantes, por tutores que en sus infancias estuvieron marcadas por la violencia, o porque simplemente repetían lo que habían aprendido: criar como los criaron.
Encontramos también situaciones de consumo problemático de sustancias, rupturas profundas de vínculos afectivos y una alarmante falta de empatía hacia la niñez. No eran personas “malas”; eran personas que no sabían cómo ejercer una crianza respetuosa, porque nadie les enseñó. Y si algo aprendí en ese tiempo que fui titular del DIF, es que la buena crianza no es instinto: es aprendizaje, acompañamiento y construcción colectiva.
Para responder a esta realidad, diseñamos desde el DIF una Escuela de Buena Crianza digital, accesible en tiempos de pandemia y útil para llegar a hogares donde nunca antes había habido acompañamiento institucional. Enseñábamos derechos reconocidos en la ley, estrategias para evitar violencias, formas adecuadas de comunicarse según la edad, y mecanismos para fortalecer el vínculo afectivo. Cuando las sesiones eran presenciales hacíamos dinámicas con los padres de familia; cuando eran completamente digitales, llevábamos el mensaje directamente a las casas: amor, comprensión y responsabilidad.
Esa escuela no solo formó a madres, padres y cuidadores; también nos permitió nombrar lo que muchas veces se calla: que la crianza es un ejercicio fundamentalmente amoroso, la mejor manera de educar es poniendo el ejemplo, enseñemos y acompañemos institucionalmente la crianza positiva. Todo el trabajo se hizo siguiendo la línea de la entonces jefa de gobierno, hoy Presidenta, Claudia Sheinbaum, quien siempre sostuvo que proteger a la infancia es proteger el futuro de México. Su convicción fue clara: la política pública debe empezar por cuidar a las infancias que son nuestro presente y futuro.
Y hoy, en estas fechas de abrazos, promesas y cierres de ciclo, quiero volver a esa idea. Cada palabra que damos a una niña, cada límite que ponemos con cariño, cada gesto que evita una violencia, es una pequeña decisión que define el México del mañana.
Por eso, mientras el año termina y el próximo comienza, vale la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué estamos aportando a las infancias que nos rodean? ¿Qué país estamos formando en nuestras familias, en nuestros silencios, en nuestras conversaciones, en nuestro ejemplo?
La Presidenta ha dicho que la transformación solo es real cuando se siente en los hogares. Estoy convencida de ello. Y quizá estas fechas son el mejor momento para recordarlo: si queremos un país más justo, más humano y más seguro, empecemos por lo esencial. Construyamos infancias sin miedo. Regresemos al amor como guía. Apostemos por la buena crianza como ejercicio cotidiano.
Porque todo proyecto de nación incluyente debe tener como prioridad a quienes comienzan a descubrir el mundo, con la guía de quienes ya tenemos un camino un poquito –y solo un poquito– más recorrido.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Carrito de colores

Estamos comenzando a cerrar el año. Ya es diciembre y, apenas empieza a sentirse el ambiente navideño, se activan en mi memoria los recuerdos más profundos de mi infancia. Pienso en aquellas noches en las que la casa se llenaba de voces y movimiento: mis padres, mi hermano, los primos corriendo, los tíos riendo, el olor a comida sencilla pero abundante. Parecen escenas lejanas, pero cuando llegan, lo hacen con tanta fuerza que siento que podría volver a abrir esa puerta y reencontrarme ahí.
En mi casa, esta temporada nunca fue sinónimo de regalos. Vivíamos con lo justo, pero mi mamá –con ese espíritu alegre que jamás la abandona– siempre buscaba la manera de hacernos sentir la Navidad a mi hermano y a mí. Aun en los años más duros, hacía lo imposible para que, al menos, el Día de Reyes no pasara desapercibido.
Sin embargo, hubo un año en el que ni siquiera alcanzó para eso. Mis papás, con toda la pena del mundo, decidieron avisarme solo a mí. Yo tenía siete años y, como era la mayor, pensaron que podría entenderlo mejor. Mi hermanito, que apenas tenía tres, quizá olvidaría el día rápido, pensaron.
Claro que me dolió. A esa edad aún crees en la magia, pero lo que más me angustiaba no era la falta del regalo para mí, sino la desilusión que mi hermanito sentiría. Así que hice lo que hace cualquier hermana mayor cuando ama con todo el corazón: busqué una solución.
Mis papás me daban un peso de vez en cuando para comprar aquello que más quisiera en el recreo de mi escuela, y yo siempre guardaba una parte de ese dinero. Ese pequeño ahorro fue mi salvación. Pensé: le compraré un juguete yo. No era difícil saber qué quería. Mi hermano pasaba horas con sus carritos viejos, así que un carrito nuevo sería, sin duda, el regalo perfecto.
El plan era brillante… hasta que se me olvidó comprarlo. Y el seis de enero, en lugar de emoción, me despertó el llanto de mi hermano. Lloraba desconsolado, convencido de que los Reyes Magos no habían pasado por nuestra casa.
Intenté calmarlo como pude: “Espera, quizá lo escondieron. ¿Por qué no buscas mejor?” Logré distraerlo unos minutos y salí corriendo hacia el mercadito que estaba al lado de mi casa. Llegué casi sin aliento al puesto de juguetes. Con mis 5 pesos en la mano le pregunté a la señora qué podía comprar. Me mostró varias cosas y, como si la vida me hiciera un guiño, entre ellas había un camioncito de plástico que arriba llevaba más cochecitos de colores, algo muy sencillo. “Ese”, dije de inmediato. Pagué y corrí de regreso a casa.
Mi hermano ya estaba en llanto de profunda tristeza y desilusión. Entré al cuarto y, cuidando cada movimiento, metí el carrito debajo de la cama sin que él lo viera. Cuando me encontró ahí, frustrado, me dijo: “¡Ya busqué en todos lados! ¡No hay nada!” Y yo, intentando sostener la ilusión, le respondí: “¿Seguro que revisaste todos los lugares? Mira abajo de la cama. Los Reyes son buenísimos escondiendo regalos”.
Se tiró al piso con la emoción de un niño que todavía cree sin reservas. Levantó la colcha y, al ver los carritos, gritó: “¡Aquí está! ¡Sí me trajeron un regalo!” La felicidad que iluminó su cara es algo que nunca olvidaré.
Era sólo un camioncito de plástico de colores. Un juguete simple, de mercado. Pero ese día representó mucho más: para él, la oportunidad de sentirse como cualquier otro niño; para mí, el descubrimiento de que a veces, con tan poquito, puedes construir un mundo entero para alguien que amas.
Hoy, tantos años después, entiendo lo que no alcanzaba a comprender a los siete años: la magia de esta época no está en los regalos, sino en la capacidad de una familia de sostener la esperanza incluso en la momentos complicados, en los gestos silenciosos que hacen las madres, los padres y las hermanas, en ese espíritu de “hacemos lo que podemos con lo que tenemos”.
Y quizá por eso, cada vez que empiezo a ver las luces de los árboles de navidad y percibo el olor a ponche saliendo de las casas, pienso en ese día y en lo que se me quedó tatuado en mi memoria desde entonces: la verdadera magia está en el amor que damos y recibimos. Ese “te acompaño”, “aquí estoy”, “no te suelto”, que no cuesta millones, pero vale fortunas.
Esa lección me acompaña ahora que recorro distintas regiones del país con las Jornadas de Paz. En comunidades donde la vida diaria enfrenta retos enormes, veo una fuerza colectiva que habla del profundo sentido de comunidad que existe en México. Incluso en circunstancias difíciles, las personas se organizan, se acompañan y buscan salir adelante juntas: familias que se apoyan entre sí, vecinas que se cuidan, jóvenes que transforman su entorno desde lo que tienen y desde lo que sueñan. Esa capacidad de tejer redes, de cuidarse mutuamente y de no soltarse es una de las expresiones más poderosas de nuestro país y un recordatorio de que la construcción de paz se hace siempre en colectivo.
Ahí, caminando en el territorio, he entendido algo que trasciende cualquier discurso: la transformación real empieza desde abajo, desde la gente, desde esos pequeños actos de generosidad que sostienen a un país entero. Esa es la raíz de un México que va trabajando por una mejor persona, familia, ciudad, estado o país.
Esa es también la visión de la Presidenta Claudia Sheinbaum: que la política sirva para que las familias no tengan que resolver solas lo que el Estado puede y debe acompañar; que el humanismo se convierta en política pública; que cada niña y cada niño, sin importar dónde nazcan, tengan la oportunidad de creer, de soñar, de jugar, de tener en su vida aquello que necesitan para ser plenos y felices.
Y en estos días, mientras cerramos el año, vale la pena no perderlo de vista: siempre hay una oportunidad de “regalar un carrito de colores”, es decir, de hacer un gesto sencillo que puede cambiarle el día –o incluso la vida– a alguien más.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Sólo por hoy

Tuve la fortuna de crecer en un hogar lleno de amor por parte de mi mamá y mi papá, sin embargo, el amor no siempre es suficiente para evitar que cometamos errores y conduzcamos nuestras vidas por caminos complicados.
A mi papá, a quien sigo amando a pesar de tener tantos años que falleció, desde niña lo adoré y admiré enormemente; vivía atrapado en un consumo problemático de alcohol. Como muchos hombres nacidos en los años cincuenta y sesenta había sido educado bajo un modelo rígido, con modelo de crianza en el que mi abuelo le enseñó con mucha rudeza a trabajar en diferentes actividades propias de la epoca, ademas de estudiar por supuesto, bajo la mirada de su padre que sólo sabía replicar un modelo que reforzaba una masculinidad que les exigía aguantar, callar y demostrar fortaleza incluso cuando por dentro estaban quebrados. En aquellos tiempos no se hablaba de salud mental y para un hombre estar en contacto con sus sentimientos era un acto que excedía lo socialmente permitido.
Los breves momentos en los que la emocionalidad estaba permitida eran cuando estaba una botella en la mesa, cuando el alcohol comenzaba a derribar la pena social y se dejaba ver lo que cargaba el corazón. Fue por eso que empezó a beber a los quince o dieciséis años, nada extraño para la costumbre de ese momento, y cuando se casó con mi mamá algunos años más tarde, ya llevaba consigo una relación cotidiana con el alcohol que intentaba esconder.
Aunque hace ya muchos años de esto, tengo recuerdos muy nítidos de mi infancia en los que la relación de mi papá con el alcohol, el segundo llevaba la batuta. Algunas noches llegaba con mariachi por toda la calle Heroico Colegio Militar, él cantando a todo pulmón como lo hacían esos estereotipos de macho en las películas de Pedro Infante. Pero el romanticismo de esas historias, nunca muestra lo que pasa después.
Al escuchar la música los vecinos se asomaban, los niños se arremolinaban curiosos para ver al “artista del barrio”, y mientras todos se divertían con el espectáculo, yo quería desaparecer. Lo que para todos era una fiesta con mariachi y artista en vivo para mi era un momento de tensión, me daba pena ser observada así, con miradas juzgonas al ver a mi padre sostenerse de un mariachi para caminar. Mi mamá, mi hermano y yo hacíamos lo posible para que entrara rápido a casa, lejos del ojo público.
Ya adentro, mi papá nos reunía en familia: mi madre, el único hermano que entonces tenía, que debía andar en sus dos años de vida, y su servidora de unos cinco años. Ahí, en medio de la vulnerabilidad que provoca la mezcla entre tristeza, pena y alcohol, nos abrazaba uno por uno y llorando prometía que iba a dejar de beber, que no iba a permitir que el alcohol lo destruyera, que no iba a morir siendo un alcohólico. Nos preguntaba cuánto lo queríamos, mi respuesta siempre era “mucho papi” y abría los brazos lo más largo que podía y le decía “así de mucho papi”, él me contestaba: “eso es muy poquito hijita… yo te quiero hasta el cielo”.
Con el tiempo, esos episodios dejaron de ser fiesta y se convirtieron en rutina. La dependencia tomó el control. Recuerdo que mi papá pasaba días enteros enfermo por la cruda, como si estuviera apagándose lentamente sin remedio que pudiera detenerlo.
Yo quería cuidarlo, aunque fuera una niña, aunque no tuviera herramientas, aunque no entendiera realmente qué estaba sucediendo. Veía a mi madre cansarse, desesperarse, intentar sostener una familia que se desmoronaba por la adicción de mi papá. Hasta que un día ella decidió irse. Esa decisión fue un quiebre profundo, pero también la sacudida que él necesitaba. El miedo real a perder a su familia lo obligó a mirarse de frente y asumir las consecuencias de sus acciones y responsabilizarse por su adicción. Poco tiempo después entró a Alcohólicos Anónimos.
De esa época recuerdo una frase que definió su vida y que terminó marcando también la mía: “solo por hoy”. Es una frase que se usa en grupos donde se trabaja con personas con adicciones, quien me esté leyendo y haya tenido un familiar o tenga un problema de este tipo sabe con detalle a qué me refiero. Mi papá decía que si pensaba en dejar el alcohol para siempre, la idea lo abrumaba, pero si pensaba en hacerlo solo por hoy, podía hacerlo. Esa filosofía se convirtió en su manera de sobrevivir y en una brújula para seguir caminando cuando la fuerza emocional no alcanzaba: “si mañana no puedo, mañana veré qué hago, pero hoy sí puedo lograr vivir sin alcohol”.
Mi papá logró mantener su sobriedad hasta el último día de su vida, nunca volvio a beber, fue y sigue siendo un claro ejemplo de lo que la fuerza de voluntad, el carácter, la perseverancia y, sobre todo, el amor logra.
He aprendido a ver esa etapa de mi infancia y parte de mi adolescencia como episodios que me recuerdan un padre, verlo caer en las redes de una adicción problemática y lograr salir adelante, demostrando todo lo que es posible alcanzar en su proyecto de vida cuando se tiene la claridad, el trabajo y por supuesto la inteligencia de mi padre. Esas noches fueron complejas, hasta tristes, todos padecimos su alcoholismo, pero también se ha quedado grabado en mi memoria la fortaleza de mi papá para encauzar su vida y no dejar que el alcohol lo venciera.
Años después, durante el gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México y ahora en el país, he participado en las Jornadas de Paz, donde con frecuencia me encuentro con jóvenes que enfrentan consumos problemáticos de sustancias. La mayoría llega sin haber tenido acceso oportuno a salud mental, y cargando historias familiares y contextos que los han empujado a buscar alivio, pertenencia o satisfacción a través de las drogas.
Vuelvo a esa memoria, vuelvo a esa niña que quería ayudar sin saber cómo, y también al hombre que logró reconstruirse a pesar de la vergüenza y la culpa. Sin saberlo, esa experiencia personal me permitió comprender lo que hoy veo en territorio y desde la intervención pública: detrás de cada consumo problemático hay una historia compleja que merece ser escuchada. Nadie elige dañarse a sí mismo ni a sus familias porque sí. Hay sufrimiento acumulado, abandono, violencia, pobreza, discriminación, traumas no atendidos, y un vacío afectivo que busca anestesia. En muchos jóvenes, las drogas se vuelven un refugio frente a lo que el entorno les negó: afecto, estructura, acompañamiento, seguridad, alguien que les dé reconocimiento, cariño, comprensión.
Desde ese aprendizaje, comprendí que “sólo por hoy” no es una expresión simbólica, sino la forma más honesta de reconocer el esfuerzo que cada uno hace para sostenerse. Veo a estos jóvenes pelear contra sus circunstancias todos los días, avanzar un poco y, a veces, retroceder, pero seguir intentándolo. Cada jornada es una conquista. Cómo me lo decía mi papá: solo por hoy seguimos luchando, solo por hoy nadie se rinde, solo por hoy seguimos tocando puertas y encontrando a aquellos jóvenes, chicas o chicos, que lo primero que hago es abrazarlos y decirles “ el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum me mandó por ti”.
Este trabajo sería imposible sin la visión integral de Estado de la doctora Sheinbaum. Ella entendió que la paz no nace castigando al que sufre, sino atendiendo las causas profundas de las violencias: la desigualdad, la exclusión, la falta de oportunidades y el abandono institucional. Gracias a esa visión se impulsan las Jornadas de Paz, donde escuchamos, orientamos y acompañamos a jóvenes para evitar que lleguen al punto de quiebre. Son políticas que apuestan por la prevención, por la cercanía, por la reconstrucción del tejido social y la dignidad humana.
Sé que la tarea de construir la paz entendiendo estas realidades, atendiendo sus causas y acompañando a quienes más lo necesitan es un desafío inmenso, complejo y lleno de resistencias, pero la paz no se impone: se construye desde el territorio, escuchando, sosteniendo, con, por y para la comunidad y abriendo bienestar donde antes no las había. Por eso retomo esa convicción que heredé en mi casa: solo por hoy, para que mañana sea distinto.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Cuando se decide por la inclusión

Hace veinticinco años, una noticia sacudió a mi familia. Mi mamá, que entonces tenía cincuenta años, quedó paralizada de pies a cabeza sin una razón aparente. Yo llevaba poco tiempo viviendo en la Ciudad de México y contaba con un salario muy modesto, pero por fortuna había logrado inscribirla al ISSSTE. Ante la gravedad de su estado, la trasladamos de inmediato de Chilpancingo a un hospital en la capital del país.
El diagnóstico inicial fue devastador. Se trataba del síndrome de Guillain-Barré, una enfermedad poco común que afecta el sistema autoinmune y que, en sus formas más severas, provoca una parálisis total. Los médicos nos advirtieron que quizá no sobreviviría esa noche. Pero mi mamá es puro carácter. Gracias a la atención médica que recibió y a su espíritu inquebrantable, después de meses en terapia intensiva logró salir adelante.
Su alta médica no marcó el final del camino, sino el inicio de una larga rehabilitación para recuperar la movilidad que la enfermedad le había arrebatado. Cuando nos la entregaron, solo podía mover la cara; después vino la silla de ruedas, luego la andadera y, con el tiempo, el bastón. Cada avance fue un triunfo, pero también un recordatorio de que la verdadera batalla no estaba solo en su cuerpo, sino en el mundo que la rodeaba.
Vivir todo esto nos transformó como familia. Nos enseñó resiliencia, paciencia y una fuerza que no sabíamos que teníamos. Pero, sobre todo, la actitud firme y luminosa de mi mamá nos mostró algo esencial: su discapacidad no la define ni la limita por sí misma. Lo que realmente pone obstáculos en su camino son las barreras que la sociedad coloca, no es ella quien debe “adaptarse”: es el entorno el que debe cambiar para que todas las personas puedan vivir con dignidad, autonomía y plenitud.
Lo que la enfermedad de mi madre me demostró es que para que todas las personas puedan desarrollar sus proyectos de vida y participar de manera activa en la sociedad, es necesario que todos formemos parte de la solución, entendí que la discapacidad no es un límite individual, sino una falla estructural.
Bajo la encomienda de la entonces jefa de Gobierno de la Ciudad de México la doctora Claudia Sheinbaum, cuyo gobierno humanista siempre ha estado marcado por la búsqueda permanente de garantizar todos los derechos para todas las personas, con empatía en lo que significó y significa la discapacidad de mi madre, dirigí diversas acciones para abordar las problemáticas de estas personas.
Una de las políticas fue la creación de la Academia de Lengua de Señas Mexicana de la Ciudad de México. Este proyecto nació de reconocer algo elemental: la comunicación es un derecho y, cuando se niega, se convierte en un acto de exclusión.
La academia es completamente gratuita, con cinco niveles que pueden completarse en dos años y medio, y gracias a la colaboración con el DIF Nacional, las personas egresadas obtienen certificación oficial única en el país, que realmente les abre oportunidades.
Pero más allá de los papeles, lo verdaderamente transformador fue lo que ocurrió dentro de las aulas, presenciales y virtuales. Personas sordas encontraron por fin un espacio digno para fortalecer su comunicación; aspirantes a intérpretes pudieron formarse con rigor para garantizar accesibilidad en medios, dependencias públicas y eventos privados; y familiares que nunca habían logrado comunicarse con sus hijas, hermanos, madres o padres sordos comenzaron, por primera vez, a tener conversaciones completas, cotidianas, emocionales, humanas. La academia reparó vínculos, derribó silencios obligados y abrió puertas que durante años estuvieron cerradas.
La otra política fundamental fue la Tarjeta Incluyente para Personas con Discapacidad Permanente, se diseñó pensando en dignidad y simplicidad, no en trámites extenuantes como anteriormente funcionaban los programas dirigidos a esta población. Esta tarjeta, permite el acceso gratuito a todo el transporte público de la ciudad y tiene una vigencia de cinco años, evitando que miles de personas tuvieran que renovar certificados médicos cada año, algo especialmente complejo para quienes están postradas, viven en zonas alejadas o carecen de recursos.
Además, la tarjeta estaba acompañada de un expediente con información esencial –tipo de discapacidad, edad, domicilio, escolaridad– que sirve no solo para mejorar la política pública, sino también para actuar en emergencias. Por poner un ejemplo, si una persona se extravía, la tarjeta permite identificarla de inmediato y contactar a su familia, evitando situaciones de riesgo que antes eran frecuentes.
Aunado a estas medidas, implementaron beneficios complementarios como placas vehiculares especiales, balizamiento en domicilios, reducciones en predial y agua, entre otras cosas, con el objetivo de que la vida cotidiana deje de ser una carrera de obstáculos para las personas con discapacidad.
Estas acciones no fueron asistencialismo. No fueron regalos. ni concesiones. Fueron decisiones públicas basadas en una idea firme: la discapacidad no está en el cuerpo, sino en las barreras que la sociedad coloca. Cada vez que derribamos una de esas barreras –comunicativas, físicas, económicas o institucionales– lo que hacemos es reconocer derechos, reparar desigualdades y acercarnos a una sociedad que asuma la diversidad como parte de su normalidad. Las políticas que impulsó la actual presidenta Sheinbaum desde el gobierno en la Ciudad de México, que por fortuna me tocó desarrollar nacieron de escuchar, mirar de frente y entender que la exclusión no es un problema natural ni inevitable, sino una elección, y nuestra presidenta eligió invertir en la inclusión.
Ver a mi mamá me enseñó a comprender que la discapacidad es tan grave como la sociedad que la causa. Ella pasó de estar completamente inmovil a poder caminar, su esfuerzo fue enorme, sí, pero lo que más la limitó nunca fue su cuerpo, sino los entornos que no estaban pensados para alguien como ella. Es un gran ejemplo de vida en mi familia, nos demostró que la derrota es una elección que no ha tenido en su vida.
Desde el gobierno de nuestra Presidenta Claudia, ha sido claro que las políticas públicas deben ser incluyentes, corrigiendo los pro-blemas estructurales que histórica-mente volvieron vulnerables a quienes viven con una discapacidad. Y esa es, en esencia, la relevancia del modelo social de la discapacidad: dejar de preguntar “ por qué la persona no participa” para empezar a preguntarnos “qué le pasa a la sociedad que no sabe incluirla”. Cada avance logrado, desde una persona que por fin habla con su hijo sordo hasta otra que puede desplazarse sin barreras, nos recuerda que la justicia social se construye cuando el entorno cambia, no cuando se obliga a las personas a adaptarse a él.

Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Los niños que dejaron de ser un número

 

Una fiscalía es el último lugar en el que querríamos que estén nuestras infancias. Pero cuando llegan, el Estado tiene la obligación de no fallarles. Y durante el sexenio anterior al de la doctora Sheinbaum, las niñas, niños y adolescentes (NNA) que ingresaban a la Agencia Especializada de la Fiscalía de la Ciudad de México llegaban después de haber vivido violencias de todo tipo: física, sexual, sicológica, abandono o incluso la realidad dolorosa de haber sido expósitos, que son aquellos bebés recién nacidos abandonados. Además, pese a llegar vulnerados, se enfrentaban a un sistema que no estaba preparado para protegerlos.
Eso fue lo que observamos al llegar al DIF. No existía un padrón real de cuántos NNA estaban institucionalizados en las Casas de Asistencia Social llamadas (CAS). Los expedientes aparecían apilados, incompletos, sin seguimiento. Esa falta de orden tenía un efecto directo: la revictimización, pues no se podía garantizar sus derechos.
La Procuraduría de Protección de NNA tampoco contaba con personal suficiente ni capacitado y en la agencia especializada nadie iniciaba un acompañamiento desde el primer momento. Muchos niños, niñas y adolescentes llegaban sin que siquiera se tuviera certeza de su edad, de su situación de salud, de su historia de violencia, ni se indagaba la existencia de familiares que fueran viables y que pudieran recibirlos temporal-mente.
Ante ese panorama, la política pública implementada bajo la instrucción de la entonces Jefa de Gobierno, la doctora Claudia Sheinbaum, fijó un objetivo claro: poner orden, proteger y garantizar los derechos de la niñez desde el primer minuto. Se construyó un padrón completo y actualizado de todos los NNA y de cada CAS, registrando por primera vez fecha de ingreso, situación jurídica, existencia de carpeta de investigación y posibilidad de adopción. Se fortaleció la Procuraduría con un equipo profesional multidisciplinario, y se envió personal de tiempo completo, 24/7, a la fiscalía especializada que permitieran identificar si existía una persona consanguínea viable para recibir al NNA. El derecho a vivir en familia dejó de ser aspiración y se convirtió en el eje rector de cada caso.
Para los casos donde no existía familia ampliada, se adoptaron buenas prácticas internacionales. Con acompañamiento de UNICEF y Red Latinoamericana de Familias de Acogida (RELAF), se creó la figura de “Hogares de Corazón”, que esencialmente fue un sistema de familias capacitadas voluntariamente para cuidar temporalmente a los NNA en tanto se encontraba un hogar definitivo. “Hogares de Corazón” lo confirmó una y otra vez: la institucionalización debe ser la última opción.
Cuando no había alternativa y era necesario canalizar a una Casa de Asistencia Social, se analizaba cuidadosamente el perfil del NNA para ubicarlo en el lugar más adecuado. Además, conocíamos personalmente a la población institucionalizada, lo que nos permitió asegurarnos de que recibieran trato digno y atención real.
Recuerdo con mucha nitidez una visita a una CAS que tenía población entre cero y siete años, estaban en la sala de televisión nuestros niñas y niños, cuando me presentó la directora de esa CAS. Les dijo, “Ella es Esthela y es la Directora del DIF”, a lo que un niño de más o menos seis años respondió levantándose de su silla y gritando desde su asiento “Yo soy tuyo, yo soy tuyo”, me acerque y le pregunté “¿Por qué eres mío?”, me contestó “Porque yo soy un niño DIF”.
No lo decía llorando o con tristeza, sencillamente en su realidad su mamá y su papá era el DIF. Imaginen a un niño que conceptúa esto desde tan temprana edad, que tiene esa capacidad de resiliencia, que sabe que quienes son los responsables de su crianza no son sus padres o sus familiares, sino una Institución a falta de otra red de apoyo. Ese día me sentí muy conmovida, me dolía en el alma saber que las violencias dejan a mis niños y niñas sin un hogar y es el estado el que debe suplir esa función. Nos tocó hacer más humana esta misión.
Así, con el paso del tiempo vimos las semillas de nuestro trabajo florecer. Al inicio había alrededor de mil niñas, niños y adolescentes institucionalizados. Cuatro años después, ese número se redujo aproximadamente a la mitad, quienes recuperaron su derecho a vivir en familia gracias a el involucramiento de sus familias ampliadas, de algún hogar de corazón, o bien, mediante el comité de adopciones, el cual sesionaba cada quince días con evaluaciones exhaustivas para cada caso.
Esta experiencia me marcó profundamente. Conocí historias duras, injusticias que ninguna infancia debería vivir. Pero también vi la fuerza con la que renace una niña o un niño cuando se le coloca en un entorno amoroso y estable. Ver sus rostros cambiar, verlos reír después del miedo, ver cómo la vida vuelve a abrirse paso, es algo que nunca se olvida.
De todas las políticas públicas en las que he trabajado, esta ha sido la que más felicidad me ha dejado. Porque proteger a la niñez no es un trámite: es un acto de justicia profunda, pero sobre todo de amor. Es un acto político en el mejor sentido de la palabra, uno que exige convicción y voluntad desde el nivel más alto.
El respaldo de la ahora Presidenta Claudia Sheinbaum fue determinante. Ella entendió que las niñas, niños y adolescentes no podían seguir relegados a un tema secundario ni convertirse en un capítulo olvidado de la agenda pública. Su decisión de colocar este tema como prioridad permitió que los cambios estructurales dejarán de ser promesas y se convirtieran en rutas claras de acción. Sin esa visión, el avance logrado no habría tenido el mismo alcance.
Esa etapa mostró que un gobierno que asume la protección de la niñez como responsabilidad de Estado puede transformar, de verdad, la vida de cientos de niñas, niños y adolescentes. Y confirmó que, cuando se trabaja con esa dirección, el Estado deja de fallar y empieza a reparar vidas.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Las infancias no trabajan, el Estado sí

Durante la pandemia, cuando la vida de millones se fracturó, algo doloroso sucedió en la Ciudad de México: aumentó el trabajo infantil. No fue casualidad, era la consecuencia directa del desempleo, del cierre de escuelas y de la desesperación causada por un virus que nos obligó a frenar la vida social y económica para resguardar nuestra salud. Ahí, cuando la crisis amenazaba con arrebatar la infancia a cientos de niñas, niños y adolescentes, la entonces jefa de Gobierno, hoy Presidenta Claudia Sheinbaum, tomó una decisión crucial: intervenir pero bajo los principios humanistas que siempre han caracterizado a la Cuarta Transformación.
Seamos honestos, ningún padre o madre desea ver a sus hijas o hijos en el trabajo infantil. Lo que en ese momento los empujó no fue falta de cariño, sino el desempleo que sufrieron las y los cuidadores, madres o padres de familia, el cierre de sus pequeños negocios, el encarecimiento del nivel de vida que millones de mexicanos y mexicanas vivieron. Y ante eso, hay dos rutas: criminalizar y castigar, o proteger y acompañar. Bajo la instrucción directa de la Presidenta, se eligió la segunda, poniendo la dignidad de estas familias como prioridad, y entendiendo que la justicia social no se construye desde el desprecio, sino desde la empatía y las políticas públicas inclusivas.
Lo primero fue dimensionar esta problemática. Realizamos un censo profesional, riguroso y respetuoso. Sin chalecos institucionales, sin aparatos intimidatorios, sin irrumpir en la vida de nadie. Nos capacitamos con especialistas en infancias y adolescencias y, desde la observación discreta, recabamos información clave: cuántas niñas y niños estaban en las calles, sus edades, si estaban acompañados, si pertenecían a comunidades indígenas, cuánto tiempo pasaban ahí, qué hacían, y cuáles eran las personas adultas que les acompañaban, si así era. La instrucción de la doctora fue clara, no se trataba de “contarlos”, ni criminalizarlos, sino de entender su contexto y necesidades.
Con el diagnóstico y censo realizado, entramos al campo con los equipos especializados de la Procuraduría de Protección de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Detectamos que el 95 por ciento de las niñas, niños y adolescentes que necesitábamos atender vivían en condiciones de alta vulnerabilidad. Muchas familias eran indígenas migrantes de Chiapas, Guerrero, Puebla, Hidalgo y Estado de México. Llegamos como se debe llegar cuando se trabaja con familias en situación de vulnerabilidad: sin juicios, sin amenazas, sin estigmas. Nuestro mensaje fue transparente desde el primer momento: no venimos a quitarte a tus hijas o hijos; venimos a ayudarte para que no tengan que estar aquí, ellas y ellos merecen estar en un lugar seguro. Déjanos apoyarte.
Ese apoyo no era un folleto ni una promesa vacía. La Presidenta ha impulsado, en la Ciudad de México y ahora a nivel nacional, eliminar la idea de una burocracia fría de escritorio; los servidores públicos deben estar presentes, ser eficientes y humanos con la problemática social que aqueja a la población.
Así, se construyó una política pública para el trabajo infantil con una visión integral, diseñada para abrir caminos y acompañar a las familias, no para fracturarlas. Se ofreció ingreso a centros de día donde las niñas y niños podían recibir alimentos, apoyo educativo incluso en línea, talleres culturales y deportivos, atención psicológica y un entorno seguro, mientras las y los tutores trabajaban. Además, se otorgaron becas Leona Vicario por cada niña o niño en la familia, despensas mensuales con canasta básica por cada integrante de ese núcleo, además de atención médica y odontológica, y apoyo para encontrar vivienda en casos de pérdida de hogar. Incluso se gestionaron cirugías cuando la salud estaba en riesgo.
A fin de fomentar una cultura de corresponsabilidad entre familia y estado, esta atención venía acompañada con un compromiso firmado por los padres de no volver a exponer a las niñas, niños y adolescentes al trabajo infantil. Cuando detectábamos que una niña o niño volvía a trabajar en la calle, se intervenía de nueva cuenta a las familias para avisarles que, de persistir la situación, tendríamos que intervenir para proteger a la infancia.
Debo reconocer que, contra el pronóstico de algunas dependencias, en la inmensa mayoría de los casos, las madres y los padres cumplieron. No porque los obligamos, sino porque, al fin, tenían una alternativa para sus hijas e hijos. Porque cuando un gobierno ve una crisis social y responde con mano extendida, con mucha empatía y humanismo –en lugar de usar mano dura–, la gente confía, coopera y avanza.
Pero no todo fue sencillo, también hubieron casos graves, casos de trata de personas. Ahí no hubo tolerancia. Se abrieron carpetas de investigación en la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, se protegieron inmediatamente a las niñas, niños y adolescentes, y se entregaron a familiares que demostraron vínculos consanguíneos y condiciones para cuidarlos. La protección de derechos humanos jamás estuvo en contradicción con la aplicación de la ley. Esta política honró una convicción profunda de Claudia Sheinbaum: sensibilidad no significa debilidad; firmeza no significa violencia.
Hoy, ya como Presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum sigue apostando por esa visión: la que no abandona a las infancias, la que no criminaliza la pobreza, la que reconoce que los derechos no son discursos sino garantías que se sostienen con presupuesto, equipos y decisión. Esa visión coloca a la niñez primero, no por cálculo electoral –porque las niñas y los niños no votan– sino porque durante demasiado tiempo se les dejó fuera. Hoy se les reconoce como prioridad, no como cifra.
Los problemas de las niñas y los niños en situación de calle no se resuelven con una simple moneda o una política punitivista contra las familias, pues en algunos casos, estas acciones pueden perpetuar o incluso empeorar su condición. Sus historias duelen, interpelan y nos obligan a mirar de frente realidades que como sociedad muchas veces preferimos no ver, pero que necesitan nuestra atención institucional y coordinada para generar soluciones.
Para mí, siempre ha sido una convicción profunda: una sociedad se engrandece cuando pone a sus niñas y niños en el centro. Estamos construyendo ese México donde cada niña, niño o adolescente encuentra más y mejores oportunidades a través de la garantía efectiva de sus derechos.
Eso defendimos entonces y eso seguimos defendiendo hoy en el gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum: un México donde nadie tenga que elegir entre sobrevivir y proteger a sus hijos, donde la vulnerabilidad se enfrenta con justicia social, no con prejuicios, donde las infancias son prioridad y motor de cambio.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian

 

Álamo

Dicen que Álamo debe su nombre a los árboles que abrazan al río Pantepec, altos y plateados, que resisten los vientos y se inclinan sin quebrarse. Tal vez por eso, quienes nacen o llegan aquí aprenden también a resistir, a enraizarse y a volver a ponerse de pie cuando las aguas crecen. Álamo no sólo lleva el nombre de un árbol: lleva en su historia la memoria de un pueblo que, como esos álamos, florece aun después de la tormenta.
Hoy, esos mismos álamos parecen inclinarse con pesar ante la fuerza del agua. El Pantepec, que antes corría manso entre huertos de naranja y caminos de tierra, se desbordó con una furia que nadie recordaba. Las calles se volvieron cauces, las casas balsas, y la gente se enfrentó al miedo de perderlo todo. Pero entre el lodo y el silencio que deja el agua al retirarse, volvió a brotar la fuerza más genuina del pueblo: su capacidad de ayudarse unos a otros. Porque en Álamo, incluso cuando el agua arrasa, el alma no se ahoga, como en nuestro querido Acapulco con sus últimos huracanes o nuestro querido México a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional, nuestra bella y buena gente siempre puede más que cualquier contingencia natural.
Por instrucciones de la Presidenta Claudia Sheinbaum, acudimos la semana pasada al estado de Veracruz para colaborar en la atención de las afectaciones provocadas por las lluvias intensas registradas en las últimas semanas, que también impactaron a Hidalgo, Querétaro y San Luis Potosí. A la Subsecretaría de Prevención de las Violencias, que tengo el honor de encabezar, nos correspondió coordinar esfuerzos en el municipio de Álamo, en representación de la doctora Sheinbaum, trabajando de manera conjunta con dependencias de los tres órdenes de gobierno para apoyar las tareas de recuperación y acompañamiento a la población afectada.
El fenómeno meteorológico había ocurrido días antes y ya se encontraban desplegadas en la zona diversas instituciones como la Secretaría de la Defensa Nacional, la Secretaría de Marina, Bienestar, Salud, Trabajo, el Gobierno del Estado, Protección Civil, Conagua, IMSS Bienestar e IMSS Ordinario, entre otras. Nuestro trabajo inicial consistió en realizar recorridos de diagnóstico y acompañar la entrega de apoyos en las colonias más apartadas, donde algunas familias aún permanecían en sus viviendas por temor o por falta de alternativas inmediatas.
Durante estos recorridos, identificamos áreas de oportunidad para fortalecer la coordinación interinstitucional: mejorar la comunicación entre dependencias federales y estatales; optimizar el uso de maquinaria y equipo en zonas críticas; e implementar herramientas tecnológicas que permitieran monitorear en tiempo real la situación de los albergues, el estado del drenaje, la limpieza de calles y avenidas principales, y los avances en la recolección de residuos y escombros.
Cada tarde, los equipos de todas las instituciones nos reuníamos para evaluar avances, detectar nuevos desafíos y resolver asuntos operativos que, aunque pudieran parecer menores –como las llantas ponchadas de los equipos pesados o la falta de refacciones–, se convertían en cuellos de botella para el progreso de las labores. Paralelamente, la Secretaría de Bienestar realizaba su censo casa por casa para registrar las pérdidas materiales y garantizar que los apoyos llegaran directamente a quienes más los necesitaban.
Aunado a lo anterior, diaria-mente, sosteníamos reuniones a distancia con la Presidenta de la República, en las que cada insti-tución informaba sus resultados y necesidades. La doctora Shein-baum seguía de cerca los reportes y hacía observaciones precisas para mejorar la estrategia de recupera-ción, recordándonos siempre que lo más importante eran las perso-nas, su bienestar y la pronta norma-lización de la vida comunitaria. Un papel fundamental desempeñó la Secretaría de Infraestructura y Obras, que en coordinación con los gobiernos estatales trabajaba sin descanso para restablecer caminos y accesos afectados por las lluvias. La Presidenta dirige este esfuerzo con rigor, sensibilidad y una visión profundamente humana, impulsan-do a todo el servicio público a actuar con empatía y eficacia.
Días después, la Presidenta Sheinbaum visitó Álamo para constatar personalmente los avan-ces en la recuperación. Con la precisión de una científica y la cer-canía de una líder comprometida, realizó observaciones que fueron atendidas de inmediato por las distintas dependencias. Su presencia reafirmó la importancia de actuar con coordinación, sensibilidad social y eficacia institucional. Lo digo con convicción: es mi jefa y una líder que inspira con el ejemplo.
Fueron jornadas intensas bajo el sol implacable de Álamo, que ponía a prueba la resistencia de todos, pero también recordaba el propósito: lograr apoyar al pueblo y acompañarlo en su recuperación.
El último día de su servidora en Álamo, junto al Almirante secre-tario de Marina, recorrimos la zona más afectada. La instrucción de la Presidenta fue clara: ninguna calle debía quedar con montículos de lodo ni restos de basura. Ese pue-blo está hecho de raíces profundas y de una voluntad que, como sus árboles, se niega a quebrarse.
El cambio climático ya no es una advertencia: es una realidad que nos exige preparación, cooperación y respuesta inmediata. Las contingencias ambientales, como la vivida, nos recuerdan que ningún esfuerzo aislado basta, debemos fortalecer los mecanismos de prevención y reacción desde un enfoque interinstitucional, donde cada dependencia asuma su papel con responsabilidad y compromiso, y donde la ciencia, la planeación territorial y la empatía hacia las comunidades sean pilares de toda acción pública.
Dejo por aquí mis reflexiones finales. Cada contingencia ambien-tal representa un desafío distinto y, al mismo tiempo, una oportunidad para fortalecer la coordinación entre instituciones y comunidad. En esta experiencia confirmé algo funda-mental: nuestras y nuestros solda-dos, marinos y personal de todas las dependencias son pueblo uniformado, personas comprome-tidas que limpian, trabajan, resuel-ven y se vinculan con la gente de la manera más humana y solidaria.
La coordinación exige comunicación constante y capacidad de respuesta inmediata; ningún asunto puede postergarse, porque hacerlo retrasa el esfuerzo de todas y todos. En estas tareas, ninguna institución sobra y nadie está de más. La participación de la sociedad civil, los gobiernos locales y los empresarios de las zonas vecinas es indispensable. En una emergencia, mientras más sumemos voluntades, más pronto lograremos que Álamo recupere su ritmo y vuelva a brillar con la fuerza que la distingue como la capital de la naranja.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian