Una fiscalía es el último lugar en el que querríamos que estén nuestras infancias. Pero cuando llegan, el Estado tiene la obligación de no fallarles. Y durante el sexenio anterior al de la doctora Sheinbaum, las niñas, niños y adolescentes (NNA) que ingresaban a la Agencia Especializada de la Fiscalía de la Ciudad de México llegaban después de haber vivido violencias de todo tipo: física, sexual, sicológica, abandono o incluso la realidad dolorosa de haber sido expósitos, que son aquellos bebés recién nacidos abandonados. Además, pese a llegar vulnerados, se enfrentaban a un sistema que no estaba preparado para protegerlos.
Eso fue lo que observamos al llegar al DIF. No existía un padrón real de cuántos NNA estaban institucionalizados en las Casas de Asistencia Social llamadas (CAS). Los expedientes aparecían apilados, incompletos, sin seguimiento. Esa falta de orden tenía un efecto directo: la revictimización, pues no se podía garantizar sus derechos.
La Procuraduría de Protección de NNA tampoco contaba con personal suficiente ni capacitado y en la agencia especializada nadie iniciaba un acompañamiento desde el primer momento. Muchos niños, niñas y adolescentes llegaban sin que siquiera se tuviera certeza de su edad, de su situación de salud, de su historia de violencia, ni se indagaba la existencia de familiares que fueran viables y que pudieran recibirlos temporal-mente.
Ante ese panorama, la política pública implementada bajo la instrucción de la entonces Jefa de Gobierno, la doctora Claudia Sheinbaum, fijó un objetivo claro: poner orden, proteger y garantizar los derechos de la niñez desde el primer minuto. Se construyó un padrón completo y actualizado de todos los NNA y de cada CAS, registrando por primera vez fecha de ingreso, situación jurídica, existencia de carpeta de investigación y posibilidad de adopción. Se fortaleció la Procuraduría con un equipo profesional multidisciplinario, y se envió personal de tiempo completo, 24/7, a la fiscalía especializada que permitieran identificar si existía una persona consanguínea viable para recibir al NNA. El derecho a vivir en familia dejó de ser aspiración y se convirtió en el eje rector de cada caso.
Para los casos donde no existía familia ampliada, se adoptaron buenas prácticas internacionales. Con acompañamiento de UNICEF y Red Latinoamericana de Familias de Acogida (RELAF), se creó la figura de “Hogares de Corazón”, que esencialmente fue un sistema de familias capacitadas voluntariamente para cuidar temporalmente a los NNA en tanto se encontraba un hogar definitivo. “Hogares de Corazón” lo confirmó una y otra vez: la institucionalización debe ser la última opción.
Cuando no había alternativa y era necesario canalizar a una Casa de Asistencia Social, se analizaba cuidadosamente el perfil del NNA para ubicarlo en el lugar más adecuado. Además, conocíamos personalmente a la población institucionalizada, lo que nos permitió asegurarnos de que recibieran trato digno y atención real.
Recuerdo con mucha nitidez una visita a una CAS que tenía población entre cero y siete años, estaban en la sala de televisión nuestros niñas y niños, cuando me presentó la directora de esa CAS. Les dijo, “Ella es Esthela y es la Directora del DIF”, a lo que un niño de más o menos seis años respondió levantándose de su silla y gritando desde su asiento “Yo soy tuyo, yo soy tuyo”, me acerque y le pregunté “¿Por qué eres mío?”, me contestó “Porque yo soy un niño DIF”.
No lo decía llorando o con tristeza, sencillamente en su realidad su mamá y su papá era el DIF. Imaginen a un niño que conceptúa esto desde tan temprana edad, que tiene esa capacidad de resiliencia, que sabe que quienes son los responsables de su crianza no son sus padres o sus familiares, sino una Institución a falta de otra red de apoyo. Ese día me sentí muy conmovida, me dolía en el alma saber que las violencias dejan a mis niños y niñas sin un hogar y es el estado el que debe suplir esa función. Nos tocó hacer más humana esta misión.
Así, con el paso del tiempo vimos las semillas de nuestro trabajo florecer. Al inicio había alrededor de mil niñas, niños y adolescentes institucionalizados. Cuatro años después, ese número se redujo aproximadamente a la mitad, quienes recuperaron su derecho a vivir en familia gracias a el involucramiento de sus familias ampliadas, de algún hogar de corazón, o bien, mediante el comité de adopciones, el cual sesionaba cada quince días con evaluaciones exhaustivas para cada caso.
Esta experiencia me marcó profundamente. Conocí historias duras, injusticias que ninguna infancia debería vivir. Pero también vi la fuerza con la que renace una niña o un niño cuando se le coloca en un entorno amoroso y estable. Ver sus rostros cambiar, verlos reír después del miedo, ver cómo la vida vuelve a abrirse paso, es algo que nunca se olvida.
De todas las políticas públicas en las que he trabajado, esta ha sido la que más felicidad me ha dejado. Porque proteger a la niñez no es un trámite: es un acto de justicia profunda, pero sobre todo de amor. Es un acto político en el mejor sentido de la palabra, uno que exige convicción y voluntad desde el nivel más alto.
El respaldo de la ahora Presidenta Claudia Sheinbaum fue determinante. Ella entendió que las niñas, niños y adolescentes no podían seguir relegados a un tema secundario ni convertirse en un capítulo olvidado de la agenda pública. Su decisión de colocar este tema como prioridad permitió que los cambios estructurales dejarán de ser promesas y se convirtieran en rutas claras de acción. Sin esa visión, el avance logrado no habría tenido el mismo alcance.
Esa etapa mostró que un gobierno que asume la protección de la niñez como responsabilidad de Estado puede transformar, de verdad, la vida de cientos de niñas, niños y adolescentes. Y confirmó que, cuando se trabaja con esa dirección, el Estado deja de fallar y empieza a reparar vidas.
Nos leemos el próximo martes.
@EsthelaDamian
