Respirar política

No sabía de qué se trataba. Me gustaba escuchar las conversaciones de mi padre, Florencio Eduardo Salazar Arriaga, con amigos, familiares y en las visitas al tío Alberto en su hotel Reforma en Chilpancingo.
En un instante, los pasillos de la casa, cualquier espacio disponible, se llenaba de cajas, que luego se trasladaban a un amplio inmueble alquilado con prisa. Las cajas contenían formatos de actas y papelería oficial, sellos, cojines, tintas, engrapadoras…
Mi padre había sido nombrado presidente de la Comisión Electoral del Estado. Su trabajo era temporal e intenso: organizar la instalación de casillas para las elecciones federales. Lo visitaban futuros senadores y diputados, interesados en conocer la integración de su expediente que, en su momento, presentarían ante el Colegio Electoral de la correspondiente cámara legislativa.
Señalados los candidatos por el gran dedo, las elecciones eran de trámite. Sin embargo, había rigor en el cuidado de la forma: un expediente mal integrado podría hacer que se reconociera el triunfo de algún opositor. La simbólica oposición podría obtener un distrito ahí donde el candidato del PRI incurriera en torpezas.

La transitoria atención

En el periodo entre la organización y el cómputo de las elecciones, mi papá era el hombre del año. Recuerdo a los futuros senadores Caritino Maldonado y Carlos Román Celis, y al candidato a diputado federal Moisés Ochoa Campos, pasando el umbral doméstico.
Jorge Soberón Acevedo –en otros tiempos– solicitaba el apoyo de mi papá para allegar firmas de respaldo, pues aspiraba a ser gobernador. Era diputado federal. Don Florencio no se negaba al hijo de su prima hermana.
El cargo electoral lo desempeñó mi padre en dos ocasiones. Lo llamaba el secretario general de Gobierno, José Inocente Lugo Jr. para pedirle aceptara ese puesto agotador. Mi padre tenía disciplina militar: organizado, meticuloso, de resultados.
Esa febril actividad le entraba por las venas, bullía en su cerebro y salía como torrente en sus acciones.
A los 22 años fue jefe de ayudantes del gobernador, el general Alberto F. Berber, medio hermano de su madre, mi abuela Beatriz.

El compromiso incumplido

Fue magandista muy comprometido; activo en la recolección de firmas en la entidad y promotor de su proyecto. Alejandro Gómez Maganda sucedió en el gobierno al general Baltazar R. Leyva Mancilla.
Para destapar a los tapados, Gómez Maganda invitó a comer a un grupo de seguidores. En el curso del convite preguntó a cada uno sobre su lugar origen. El gobernador asentía: “Serás diputado por Tierra Caliente, por Costa Grande …”. Tocó turno al escritor Juan R. Campuzano. Labia aguda: “Soy de donde usted ordene, señor gobernador”. Don Alejandro, satisfecho: “Serás diputado por La Montaña”. Años después, pregunté al maestro Campuzano sobre la veracidad del episodio. “Claro que es cierto –levantó las manos con elocuencia–, Alejandro ya había repartido todo”.
Terminada la asignación de los distritos, el gobernador preguntó a mi papá: “Y tú, ¿de dónde eres?”.
–¿Ya no se acuerda cuando iba a verme a Amado Nervo 17? ¿Ya no se acuerda cuando me pedía apoyo para su candidatura? –respondió seco.
–No te molestes, Florencio, lo que pasa es que…
Interrupción de tajo:
–Lo que pasa es que usted es un hijo de la chingada –y salió de la reunión.
Gómez Maganda había ofrecido a mi papá la diputación por Chilpancingo. Antes de la comida, le dijo que no podía desatender la recomendación del ex gobernador Rodolfo Neri, por lo cual su hijo René ocuparía la curul. Le pidió aceptar la alcaldía de la capital y en el siguiente trienio, la diputación.
Mi papá se volvió crítico acérrimo de Gómez Maganda. Mi madre le pedía prudencia. Él respondía sin variar el tema. No obstante –refirió Arcadia, mi madre–, el gobernador le enviaba cada mes mil de aquellos pesos. Don Alejandro no concluyó el periodo por sus pugnas con el presidente Adolfo Ruiz Cortines. Era más alemanista que Miguel Alemán.

Apuestas sin futuro

Mi padre fue un gran conversador, pero sus opiniones eran atrevidas. Nunca más aspiró a cargos de elección.
–¿Porqué no aceptaste la presidencia municipal? –quise saber.
–Era un cargo simbólico. El ayuntamiento no tenía ni para los sueldos –contestó con desgano.
De los amigos de aquella época, mantuvo la relación con el maestro Campuzano. El escritor de vez en cuando –procedente del DF– llegaba con su esposa Elvira a saludar a la casa. Llevaba un paquete de su periódico Animal político. Bien escrito e ilustrado, impreso en dos colores. Era de los llamados católicos: aparecía cada vez que Dios quería. Yo lo voceaba en el zócalo y la venta era para mí.
Mi papá organizó algunas campañas de candidatos a diputados. Se desaparecía por meses en la Costa Chica o en La Montaña, hasta que pasaban las elecciones. No enviaba el gasto porque “es momento de apoyar, no de cobrar”. Los después diputados no llegaron a más.

Dejar crecer los problemas

En 1960 yo tenía 11 años. Desde la loma de Amado Nervo alcanzaba a ver lo que cruzaba por la avenida Guerrero, que conecta a la plaza cívica con la alameda. Frente a la alameda estaba el edificio neoclásico del Colegio del Estado, actual UAGro. La declaratoria de estatus de Universidad sin autonomía, a los estudiantes les pareció insuficiente. Además, rechazaron la designación como rector del profesor de primaria, Alfonso Ramírez Altamirano. Los estudiantes se declararon en huelga. El gobierno impulsó un grupo de choque que, con amenazadora frecuencia, provocaba en mítines simultáneos.
Del reclamo de la autonomía se fue pasando a las denuncias de abusos de la policía judicial, de la motorizada, de la falta de obra pública, de quejas de grupos sociales y sindicales, a las que se fueron sumando declaratorias solidarias de los ayuntamientos. Lo anterior impulsó el conflicto hasta personalizarlo en el gobernador, el general Raúl Caballero Aburto.
El problema se dejó crecer y se agudizó con aprehensiones y maltratos a estudiantes.
A uno de los huelguistas detenidos la policía le machucaba los dedos de los pies:
–¿¡Tu nombre!?
–¡Tito!
–¿¡Tu nombre, no tu apodo!?
–¡Es que me llamo Tito! –sí, era Tito Díaz Nava.
La huelga se convirtió en un movimiento. Es decir, en la convergencia de organizaciones sociales y políticas diversas, identificadas con un propósito mayor al otorgamiento de la autonomía: la desaparición de poderes.
El pueblo estaba incitado, excitado, incontenible.
Los locatarios del mercado se trasladaron a las avenidas y calles aledañas al edificio en huelga.
Las clases estaban suspendidas. Yo iba a la alameda a escuchar a los jóvenes líderes. Todos elocuentes: buena voz y discursos enjundiosos sobre la injusticia, el saqueo y la represión. La numerosa audiencia aplaudía, exclamaba su apoyo. Se producía una catarsis, que pasaba de la vitalidad combativa a la alegría de feria.
Una tarde, Miguel Ángel Rábago concluía su intervención en el micrófono con un deseo inconcebible:
–¡Sangre! ¡Quiero sangre!
Una piedra del grupo opositor pasó precisa por el hueco de una de las letras de la palabra Universidad, para estrellarse en la frente del exaltado. Chorreaba sangre, toda su cara se llenó de sangre.

El poderoso llamado

De aquellas bocinas grises en forma de embudo, salían las voces de Juan Alarcón Hernández, Imperio Rebolledo Ayerdi, Jorge Vielma Heras, Juan Sánchez Andraca y, del admirado presidente del Comité de Huelga, Jesús Araujo Hernández, quien cerraba la ronda de intervenciones. La gente lo reclamaba:
–¡Papá Chuy! ¡Papá Chuy! –llamaba papá a un muchacho de 17 o 18 años de edad, que iniciaba sus alocuciones con un invariable: Pueblo mío.
Yo los escuchaba con atención y algo se agitaba en mí que me impelía a querer ir en busca del micrófono y pronunciar un discurso. Aquel era un pensamiento vehemente y vano. El pórtico de acceso estaba bloqueado por docenas de butacas metálicas, dejando en medio la reja encadenada. Imposible llegar a la azotea tribunicia de los dirigentes.
Aquel movimiento culminó con una masacre del ejército y la posterior desaparición de poderes. El electricista, negado a bajar del poste donde colocaba una manta, fue abatido por un soldado. Después llegó la tropa disparando a los pacíficos inconformes. Sobresalió el valor de las mujeres, que enfrentaron la agresión con cañas de azúcar. Murieron dos tíos míos: Tomás Adame y Benjamín Méndez.
Advertí el idealismo de la juventud, la fuerza de la organización popular, el crecimiento del descontento ante la soberbia del poder y otro trágico eslabón del atraso de Guerrero.
Ahí tuve conciencia del poderoso llamado de la política.

 

 

Javier, mi hermano

LA VIDA MARCHA

Fuimos nueve, en dos grupos de hermanos, con los mismos padres: cuatro hombres y una mujer primero y –con pausa de siete años– tres hombres y una mujer, después.
Yo soy el primero del segundo grupo.
Mi hermano Javier –sepultado este último domingo– fue el segundo de los primeros.
Tenía 89 años. Lo recuerdo cuando contrajo nupcias con Elizabeth Tejada Reyes, en el templo de San Francisco. La noche de aquel 28 de julio de 1957, un sismo de 7.8 con epicentro en Guerrero, derribó el Ángel de la Independencia.
Trágico en Chilpancingo. Habitantes afligidos, viviendas deshechas y las casas de un nuevo fraccionamiento, al sur de la ciudad, parecían aplastadas por el pie de un poderoso Titán Colosal.
Por ello, digo a mis sobrinos que sus genes son telúricos.
Pienso en Javier y en los que han partido –Alberto y Carlos– e imagino a cada uno como un bloque de granito al que le brotan manos y brazos y, de su propio volumen, hacen cincel y martillo para esculpirse a sí mismos.
En mi infancia, con excepción de mi hermana Beatriz –hermosa persona–, a mis hermanos mayores los recuerdo en nebulosas imágenes.
Partieron jóvenes buscando opciones en la vida.
Javier –el guapo de la familia– se esforzó en varios empleos hasta que encontró la oportunidad en la Comisión Federal de Electricidad. Fue administrativo en ascenso. Llegó a ser representante sindical, formó a su familia y su patrimonio.
Tenía vena bohemia. Tocaba la guitarra y era entonado en la interpretación de boleros. Con cientos de discos, debidamente clasificados, pasaba horas escuchando a Los 3 Ases, Los Panchos, Los Tres Reyes, Los Tecolines… Esa afición la tenía mi hermano Alberto y la comparto yo.
“Quiero que oigas a mi compadre” y surgía la voz de Marco Antonio Muñiz. Y una y otra vez oíamos a su compadre. En una de tantas le pregunté de qué era su compadre el célebre interprete. Entre risas contestó: “Él no lo sabe, pero yo lo hice mi compadre”.
Ustedes disculparán que los distraiga con asuntos personales.
Ocurre que la vida es una historia irrepetible y cada quien –por reflexión o intuición– la va construyendo. Por ese motivo, todos somos hijos de nuestros actos.
Javier era afable, pero en ocasiones lo cubrían tormentas.
Creo que la inteligencia nos permite sanar heridas. La rosa de los vientos que orienta nuestras formas de pensar ofrece la ventura, las alternativas para el bien vivir. No obstante, hay que evitar el rencor, ser obstinados. El aislamiento, resultado de la terquedad, amarga.
Él templaba su carácter en el trabajo, en la música y en su responsabilidad familiar.
El descenso de su vitalidad fue indeseable. Señala Torres Bodet que es ofensivo asistir a la degradación de un ser humano.
La vida tiene dos misterios: el primero y el último. ¿Qué concurre para nacer y morir? No lo sabemos, no lo sabremos.
Vivimos en la Gran Armonía. Somos partes de la totalidad que nos forma y transforma. El polvo que seremos se convertirá en algo que seguirá viviendo. Por eso también creo que Dios perdona todo, porque cada quien vive su propio cielo y su propio infierno.
Ustedes pensarán: si Dios perdona todo, entonces: ¿Cuál es la razón de la virtud, de evitar la maldad?
Dios nos dio libre albedrío, pero también nos colocó una alarma autónoma: la conciencia. Ella puede aguijonear y traer de la nada aquella decisión, ese acto, que creíamos olvidado. También nos induce a buscar la perfección humana, la utopía que nos aproxima a la divinidad.
La conciencia impide que nos engañemos a nosotros mismos. El bien fortalece; la maldad abate.
El ser humano es energía y contribuye a la arquitectura de Dios en sus tiempos. El tiempo es lo único que prevalece con Dios.
Hay que vivir. El tiempo es limitado porque nada que sea finito es inmortal. Sin embargo, lo mortal continúa; muere pero no desaparece.
Venimos a vivir la alegre vida, dice Jaime Sabines.
En el conflicto y la angustia inherente a la existencia, mi hermano Javier libró sus batallas.
Su cuerpo será raíz de musgo o selva. Será, prevalecerá.

 

Del tronco originario

Mi padre Florencio Eduardo Salazar Arriaga, fue hijo de Florencio Salazar Córdoba y nieto de Anacleto Salazar. Todos longevos: uno vivió 96 años, otro 105 y el último 115. Mi abuelo Florencio nació en Morelia y de ahí su familia se trasladó a Guadalajara, en donde fabricaban carruajes. De aquel taller mi abuelo aprendió varios oficios: carpintero, talabartero y herrero. También fue músico. Mi abuelo Florencio nació (1871) cuando vivía Benito Juárez. Mi bisabuelo, probablemente, hacia finales de la Guerra de Independencia.
Su familia fue una tribu de 24 hermanos. Al parecer mi bisabuelo al enviudar contrajo segundas nupcias. Sólo conocí a dos hermanos suyos: Ignacio y Genoveva, menores que él, en las dos o tres ocasiones que visitaron Chilpancingo. Mi abuelo se trasladó de Guadalajara a la Ciudad de México, aprendió el arte de la armonía y los compases y se enroló en una banda de música del ejército federal.
Bajo de estatura, en su juventud debió ser robusto como un tractor. De rostro casi redondo, afilada nariz, boca finamente recortada y mirada serena. Su voz siempre fue de mesura. No le escuché verbos agrios ni adjetivos despectivos. Era discreto y de pocos amigos. Al único que le conocí –y quería como hermano– fue a su compadre, el director de la Banda de Música, don Pepe Ocampo, nieto de don Magdaleno Ocampo, el sastre que confeccionó la Bandera Trigarante en Iguala. Con la caída de la gubernatura de don Alejandro Gómez Maganda en 1954, arribó como substituto el ingeniero Darío L. Arrieta Mateos. El gobernador Arrieta fue a la serenata en el zócalo. Llamó a don Pepe y le pidió que interpretara danzones, mambos. Don Pepe le explicó que las marchas, valses y oberturas educaban musicalmente al pueblo. “La música popular –agregó– se escucha en todas partes”. Arrieta Mateos respondió: “Si no quiere tocar música popular, ¡renuncie!”. Y don Pepe renunció.
Mi abuelo llegó Chilpancingo con la banda de música del coronel Victoriano Huerta, enviado a Guerrero por don Porfirio Díaz a sofocar “un levantamiento de indios”. Además de músico, se ocupaba de atender el lugar de descanso del coronel. Al concentrarse las tropas federales él permaneció en Chilpancingo. Instaló su carpintería. Durante 50 años fue el único que ofrecía servicios funerarios. Durante la Revolución, zapatistas y carrancistas arrasaban con las cajas de muerto. “¿Por qué no cerraba la puerta?”, pregunté. Respondió que la tiraban. Lo compensaban con muslos de res o cerdo. Intentaron fusilarlo por huertista. “Si fuera huertista –se defendió– estaría con él”. Luego pensó en voz alta: “Huerta era un buen hombre, lo echaron a perder los políticos”.
Aquí conoció a Beatriz Arriaga Flores –originaria de La Unión–, mi abuela. Los esposos –ella embarazada–, se trasladaban a la Catedral de Chilapa a lomo de bestia. El camino de herradura debió ser muy penoso. Cuando iba con mi padre a La Levítica, en donde era Agente del Ministerio Público, viajábamos en la línea Gacela, de camionetas café claro. Los trayectos eran interrumpidos por las ruedas en hoyancos y surcos de barro. Todos los pasajeros teníamos que descender a empujar el vehículo. Lo que ahora se recorre en 40 minutos, entonces se hacía en tres o cuatro horas entre saltos y sobresaltos.
En aquellos caminos lodosos y torpes mi abuela Beatriz cayó de la mula, con la consecuencia del aborto. Ambas eran personas de fe. No imagino el sufrimiento padecido. Pasaron años, hasta que venturosamente nació mi padre, hijo único. Apenas se hacía la luz solar, mi abuelo llevaba a su pequeño a la alameda Granados Maldonado a respirar oxígeno puro.
Cuando conocí a mi abuelo él debió tener unos 65 años. Para entonces –viudo–, ya había contraído matrimonio con Juanita Molina, originaria de Mochitlán. Habitaban una casona de adobe y teja, en la esquina de Madero y Zapata. Enfrente estaba el correo, que administraba el señor Herrera. En ese lugar se encuentra ahora el auditorio del Poder Judicial. Juanita tenía un puesto de periódicos en una esquina del Jardín Cuéllar, en cuyo quiosco tocaba la Banda. Ella cuidaba –inútilmente– que mi abuelo no nos diera nuestro domingo; teníamos poca simpatía por ella. Pasado el tiempo, comprendí que fue la mejor mujer que pudo haber tenido. Vivía para atenderlo y él siempre la trató con respeto.
En la carpintería hacía puertas, marcos bellamente labrados y los estuches, oficio que combinaba con la música. Con Margarito Damián Vargas fundó la Banda de Música del Estado. Parece almirante con su uniforme azul. Tocaba la tuba, aparatoso instrumento enrollado en su cuerpo –como boa metálica–, sacando su enorme boca dorada por encima de su cabeza. Inconfundible en los desfiles.
Fue dos veces alcalde de Chilpancingo. Estuvo en el cargo no más de un año en ambas ocasiones. Le pregunté por qué esos cortos periodos. Me dijo que construyó –con sus manos y otras solidarias– un puente de madera para comunicar la calle de Morelos con el panteón municipal, pero los regidores querían repartirse el material. Terminada la obra, decidió renunciar. Ese puente cruzaba las cristalinas aguas del río Huacapa, de riberas boscosas. Allí llegaban a beber jaguares, venados y toda la fauna, según me ilustró.
No obstante ser el único vendedor de féretros durante 50 años, su casa era modesta y no propia. De la esquina de Madero y Zapata se cambió a unos metros de esta última calle. En dos ocasiones mi madre Arcadia, me envió a vivir con él. La primera vez era un niño de no más de 10 años y la segunda ya adolescente. La nueva casa también era de adobe y teja. Después de su fallecimiento, me enteré de que se la prestaba doña Adelita Marino –dueña con su esposo don Emilio Cabrera de lo que fue el hotel Bravo– sin pagar renta.
Cada año, a mis hermanos y a mí nos llevaba a la papelería de don Odilón Ramírez. Le entregaba las listas de lápices y cuadernos. Don Odilón anotaba la cantidad y mi abuelo le iba pagando. Con frecuencia sacaba de algún bolsillo secreto un billete dobladito, para que llevara a mi mamá cinco o diez pesos.
No aprendí sus oficios, aunque usaba los serrotes, los formones, la segueta y las garlopas para hacer “rifles” de madera (en una tabla de 50x6cm, en un extremo se clavaba una tira transversal sobre la cual se montaba una tabla de unos 10 centímetros, sujeta con ligas; en la punta del otro extremo, se ponía una pequeña argolla para sostener otra liga, en la cual se colocaba un palillo de paleta jalándolo hasta presionarlo en el disparador). De aquel tiempo es mi cicatriz en la base del pulgar izquierdo, al cortarme con un formón. Escribía con frecuencia en su Remington, la cual conservo enmohecida.
La segunda vez que viví con mi abuelo, los primeros días no podía dormir. Compró un catre que se colocaba en la sala, de manera que estaba rodeado de ataúdes. En ese entonces, había visto las películas –ahora de culto– El vampiro y El regreso del vampiro, con Abel Salazar, Germán Robles y Ariadna Welter –mi primer amor–, las dos por un peso en la galería del cine Guerrero. Después me arreglaron el cuarto del fondo del taller.
A media noche tocaban la puerta. Mientras mi abuelo se vestía, yo doblaba el catre hasta dejarlo como maletín. Alguien había fallecido. Preguntaban el costo de las cajas. Escogían una de 60, 80 o 100 pesos, pedían la cruz, los candelabros, los floreros y él anotaba. Al cerrar la cuenta los deudos compungidos: “Sólo traemos 30 pesos, por favor, le pagamos después”. Él pedía nombre y domicilio, anotaba el anticipo y repetía moviendo la cabeza: “Sea por Dios, sea por Dios”. Jamás exigió letras de cambio, prendas de garantía, fiador. Con frecuencia le informaba Juanita: “Don Lenchito, te trajeron mole, dulce de calabaza, pierna al horno, torrejas”. Preguntaba de parte de quién. “Sólo lo dejaron”, respondía ella.
Lo observo en su mecedora leyendo diariamente El Universal. Los periódicos los empaquetaba y al final del semestre los vendía por kilo. Con ese dinero cubría parte de la siguiente suscripción. Yo leía los monitos del domingo.
Nunca lo escuché hablar mal ni andar en cotilleos de vecindario. No tuvo pleitos de juzgados, menos personales. Si acaso –cuando iba a comer a la casa de mi mamá–, tomaba una cerveza. No supe de disputas con su mujer. Era un hombre de disciplina rutinaria: a las 6 de la mañana a misa, a las 7 a la escoleta de la Banda de Música en las desaparecidas tribunas del Colegio del Estado –ahora UAGro–, después regresaba a desayunar, a atender su taller, lectura del periódico, comida, cena ligera y a las 7 de la noche se retiraba a dormir con su gorra de borla.
Unas horas antes de su muerte, mi hermano Gustavo y yo fuimos a buscar a un médico, que vivía a unos pasos de la casa. Era la una de la mañana. Entreabrió la puerta. Se negó a atender: “Ya se va a morir, no tiene caso”. Lo vi en sus últimos minutos. No quiso hablar con nadie, nadie que interrumpiera sus oraciones. Estaba hablando con Dios.

 

 

Democracia en los partidos

Del verdadero adversario te llega una valentía ilimitada. Franz Kafka.

Vivimos tiempos difíciles. La ola populista de América Latina –Argentina, Bolivia, Venezuela– llegó a México con Andrés Manuel López Obrador. La relección de Morena en la presidencia demuestra que su estrategia ha sido funcional: polarización política y social; suplantación de instituciones con la consulta al pueblo sabio; dinero por apoyo electoral; y control de poderes por el Ejecutivo.
Inmersos en la sociedad tecnológica de acelerado desarrollo, nuestro país marcha en sentido contrario: pésima calidad educativa, salud pública quebrada y economía hipotecada. Los problemas radican en la mediocridad de sus políticos y de la política, causa y efecto de toda actividad humana.
Resultado de la mala política es la suplantación de la democracia. Señala Soledad Loaeza: “Si la inevitabilidad del conflicto es el fundamento de la oposición, la necesidad del consenso es su justificación”. En otras palabras, el papel de la oposición partidista es cuestionar al gobierno, para hacer posible la inclusión de la razón de las minorías. Pero la oposición es débil por ineficaz y, para un régimen autoritario, no cuenta ni para cumplir el protocolo de la pluralidad.
Alexis de Tocqueville viaja a Estados Unidos en 1931. Es un observador de dimensiones, cuya gradualidad le permite conocer las entrañas de la reciente república, desconocida en el mundo de las monarquías. En 1935, publica la primera entrega del clásico La democracia en América. Analiza la característica de los condados, los procesos electorales, la división de poderes y la anatomía del nuevo sistema político. Hace un estudio comparativo entre la república estadunidense y la monarquía francesa, tema crucial en aquellos años.
“El Presidente es un magistrado electivo. Su honor, sus bienes, su libertad y su vida responden sin cesar del buen uso que haga de su poder. El ejercicio de este poder no le hace, por otra parte, completamente independiente: el Senado vigila sus relaciones con las potencias extranjeras, así como la distribución de los cargos, de forma que no pueda ser corrompido ni corruptor”.
En Estados Unidos el Legislativo es un poder fuerte, pues el presidente “no deja de estar sometido a una celosa vigilancia”. Se evita el riesgo de la concentración de atribuciones en una sola persona. James Madison, principal arquitecto de la Constitución, menciona que “La acumulación de todos los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, en las mismas manos, sean de uno, de unos pocos o de muchos, y sean hereditarios, autoproclamados o electos, pueden considerarse la definición misma de la tiranía”.
El gobierno no es resultado de una sucesión de actos de buena voluntad. Por sobre todas las cosas, obedece al ejercicio responsable de las atribuciones constitucionales. Por ello, la democracia se sostiene y desarrolla por el acuerdo entre quien tiene el poder y aquellos que aspiran a él. En sentido adverso, la imposición de un nuevo orden electoral –sin equilibrio de poderes– la pone en vilo.
Para evitar el acceso a la democracia de sus enemigos, en los partidos políticos dirigentes y candidatos deben ser electos. Los líderes sempiternos anulan la rotación y la renovación de las élites. También provocan que dejen de funcionar los circuitos entre los representantes y los representados. Sin democracia en los partidos, no habrá democracia en la sociedad y la oposición será una amarga caricatura.

 

La soledad del poder

Antes que la amistad está la Patria.
Ignacio Manuel Altamirano.

Durante el régimen priista se habló de El solitario de palacio. Rodeado de colaboradores, séquito y guardias, consejeros oficiales y oficiosos, en el momento de afrontar los graves problemas del país y tomar decisiones, el presidente de la República está solo. Escucha muchas opiniones, informes falsos o insuficientes y retumban ecos de sus palabras en voces serviles.
AMLO dijo que el presidente está enterado de todo. Falso. El presidente se entera de lo que quiere y de lo que otros desean. Cada día recibe notas, informes de miembros de su gabinete, gobernadores, alcaldes, diputados, senadores, empresarios, dirigentes sindicales, líderes de partidos, cuerpo diplomático, periodistas, ciudadanos… torres de papeles.
En la Secretaría Particular del presidente hay una oficina de correspondencia, que organiza y clasifica la información. Después se elabora un listado, para que el secretario particular decida qué llevará al Ejecutivo. A los remitentes —no a todos— se contesta con machotes: El C. Presidente ha tenido conocimiento, etc, etc… unos textos se envían a la dependencia que toque y otros a la picadora.
El presidente despierta con una carpeta roja: resumen y análisis de medios, de inteligencia política, del Ejército, la Marina y la Cancillería. Los temas neurales ahí están; asume tener la visión panorámica del país al día. Cuando él instruye sobre asuntos específicos es atendido con prontitud. Quizá alguna información se matice. Pero cuenta con diversos canales confiables, a los que puede pedir —en forma simultánea— lo mismo. No obstante, ¿sobre cuántos temas puede solicitar información diariamente?
Por otra parte, hay una forma mañosa de informar: un documento de más de 10 páginas es probable que no sea leído. Si se exigen notas ejecutivas, existe el riesgo de la mutilación. Si el Ejecutivo vive en la burbuja es posible que su realidad sea virtual. Por ello, las demandas sociales y económicas —incluidas las críticas— las advierta como actos de mala fe o de plano conspirativos.
Cuando el mandatario niega con énfasis hechos del dominio público, es posible que ignore la verdad de las cosas; por lo cual pueden complicarse los problemas. Entonces, tomará decisiones. Será el momento de advertir su soledad, pues será el único responsable de sus actos.
El problema será mayor cuando a la soledad de palacio se sume la desnudez del rey. Es decir, creyendo —en soledad— estar revestido de virtudes y reconocimientos. Por ejemplo: estas condiciones pueden presentarse cuando se decide ser sin ser para que sea el que ya no es.
He usado el género neutro de presidente, a fin de referir lo ocurrido en El Maximato, sobre todo la relación del presidente Pascual Ortiz Rubio con el Gral. Plutarco Elías Calles. Pero debo hacer una anotación: en aquella época la presidencia de la República no estaba institucionalizada y los factores de poder —los muchos caudillos militares— creaban la atmósfera de levantamientos armados. El orden impuesto por la necesaria presencia de Calles terminó con el arribo a la presidencia del general Lázaro Cárdenas.
La situación ahora es diferente: ahora la presidencia es más fuerte por el control de los poderes constitucionales, el apropiamiento del INE y el Tribunal Electoral, la destrucción de instituciones de transparencia y rendición de cuentas, la subordinación de la mayoría de las gubernaturas, diputados locales y alcaldes. La concentración del poder es brutal.
A pesar de lo anterior, la Presidenta Claudia Sheinbaum no parece tener el suficiente margen de operación política. Los problemas la acosan: afuera y adentro. ¿Cómo siente la soledad y la investidura?, si las decisiones se ordenan desde Palenque, son especulaciones; especulaciones que la degradan.
No aspiro a la inestabilidad política, la crisis económica y la irritación social. Con todo lo que signifique, la presidente de la República necesita dar un paso trascendental: ser estadista.

 

Árboles y misiles

Si los sapiens somos tan sabios,
¿por qué somos tan autodestructivos? Yuval Noah Harari.

En estos días sorprendentes, corren en vías paralelas lo simple y lo complejo, lo fútil y lo trascendente. Cierto: todo es cuestión de enfoques. Podemos ver lo mismo en modo simultáneo y de diferente manera. Los conocimientos de cada ser humano incluyen mitos y símbolos. Cada uno de nosotros tenemos prejuicios y desde la propia atalaya podemos asumir una subjetividad relativa.
¿Cómo podemos comparar la caída de un árbol robusto con el sistemático ataque de misiles? ¿O el cierre de bibliotecas con la demolición sin tregua del cruento belicismo? En ambos casos hay una intención: anular a las personas y substituirlas por cifras.
El conocimiento es la savia que nutre y domestica la inteligencia para hacerla servicial, útil a nuestra especie. La paz es otra condición que permite el desarrollo armónico del ser humano. Cerrar bibliotecas y destruir sectores de la población son equivalentes. Se ataca al numen, a la capacidad creativa. En un caso, se niega el resplandor de las palabras; en el otro, también.
El Sur informa sobre el golpe seco de un laurel añoso de la Biblioteca Pública del Estado, derribando la barda del inmueble y techos vecinos. La Dirección de Ecología y Protección Civil –avisada con oportunidad– descartó riesgos. Otros árboles amagan con lo mismo. Esperan la complicidad de los vientos furiosos, que serpentean el valle calizo de la capital.
“Lleva cerrada más de un año la Biblioteca Central por la falta de un dictamen estatal. La biblioteca resultó dañada tras el paso del huracán John en septiembre de 2024. Además se echaron a perder por completo 7 mil 572 libros. En el último año, la librería pública y sus espacios atendieron a 18 mil usuarios”. Esta nota de El Sur refiere a otra biblioteca –también en Chilpancingo–, a la Central, la más grande del estado.
Los destrozos provocados por el laurel en la barda y el vecindario ocurrió el pasado miércoles 5 de marzo; pero los del huracán John se aproximan al año y medio. Y nadie, absolutamente nadie, ha movido siquiera la uña del meñique. Las Secretarías de Educación y la de Cultura, organizadores de ferias de libros, grupos culturales, instituciones educativas, usuarios, no han mostrado interés por el reacondicionamiento de los refugios del alma, pulidores del talento.
Recuerdo a un tribuno elocuente: “Soy de las Montañas del Sur, en donde el más cobarde se llama Vicente Guerrero y el más ignorante Ignacio Manuel Altamirano”. Esas palabras han perdido significado. Los emblemas de la grandeza épica y espiritual de los surianos, plasmados en los murales del ex Palacio de Gobierno –ahora Museo del INAH–, hoy representan lo que somos: descoloridos, cayéndonos a pedazos.
Inmerso en una mudanza, que no acabo de consumar, reviso cajas y más cajas con libros, documentos, fotografías, publicaciones diversas. He donado –amigos, familiares, biblioteca del árbol caído–, un número probable de mil quinientos libros. No obstante, hay más, sin incluir los alojados en estantes. Estoy arribando al momento sereno del desapego. ¿Cuál será el destino de mi biblioteca de 6 o 7 mil volúmenes? ¿A quién donarla para su conservación y uso público? Ese fantástico coro es resultado del contagioso afán de más de seis décadas.
Descarto –con desencanto– a instituciones académicas con bibliotecas sin bibliotecarios, en donde los libros son mutilados por perezosos estudiantes, que prefieren arrancar hojas a tomar notas.
Ignorar más ha dimensionado mi pasión por los libros: el goce en los pasillos de las librerías, explorando, husmeando, observando de reojo, apreciando sus pastas, la estética de sus portadas, el grosor del papel, su color, la tipografía, su peso. Y, acompañado de sueños, llegar al mostrador con la esperanza conversadora de los volúmenes.
Acariciar libros es lo único comparable al deslizamiento de las manos sobre una piel querida.
El primer párrafo de El infinito en un junco de Irene Vallejo, es cinematográfico. En la nada de la noche –cito de memoria– unos jinetes cabalgan veloces por los parajes sombríos. Cumplen órdenes precisas del Faraón: obtener escritos de los sabios del mundo, para volver con los papiros a Egipto. Habrán de nutrir a la Biblioteca de Alejandría, tiempo después incendiada por soldados de Julio César.
La lectura ofrece “Una idea que cambiará las nuestras, una noción que nos hará un poco mejores o, al menos, un poco menos ignorantes que ayer”, señala Marguerite Yourcenar. Por ello, quien gobierne debe rodearse de aquellos que conozcan la materia de su empleo. Permitir la destrucción de bibliotecas significa atacar la inteligencia humana en la realidad habitada y en la imaginada.
Donar libros no es obsequiar objetos, es entregar parte de lo que somos. En consecuencia, las bibliotecas definen a gobernantes y gobernados.

 

Controlar al poder

No vale nada la vida, la vida no vale nada.
José Alfredo Jiménez

El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, es más que una guerra. Es la confrontación de dos dogmas: el dominio imperial y la teocracia. Ambas desconocen el respeto a las diferencias. Es decir, al profundo sentido de la vida.
El dogma no admite opiniones ni razonamiento crítico. Significa la imposición de una forma de ser y pensar. A partir de las creencias propias se procura transpolar lo individual a lo colectivo; imponer los prejuicios como código y diseñar a la sociedad según el aparato del poder.
La paradoja del imperio democrático choca contra la hechura del cielo en la tierra. Ambos disponen de ejércitos en los mapas digitales de los estados mayores. En ellos, no existen vidas, sueños, aspiraciones, nada. Solo objetivos.
Más que la muerte de los líderes y el éxito de la estrategia de los atacantes; más que la respuesta de los ayatolas en contra de la población civil del vecindario; más que el llamado a los iraníes para liberarse del yugo. Más que todo eso, conviene reflexionar: los poderosos disponen de una inimaginable capacidad destructiva. La vida es más frágil que nunca.
Pasamos a ser cifra, estadística, informe, que rompen en la humanidad su contenido y su continente.
Ante el poder belicoso, las organizaciones y los actos de buena voluntad son insuficientes para garantizar la paz. Sin conciencia moral el ejercicio del poder no tiene ataduras. Nos cosifica, somos remplazables.
La comprensión del tiempo radica en la creencia de un Ser Superior superior al ser. El hombre cree porque es. La existencia de cada uno es la prueba indubitable de que habitamos en Dios y Dios nos habita. Él no está en la liturgia, está en el sentimiento y la emoción de cada uno. Puesto que tenemos conciencia de la creación –acto divino y evolución milenaria–, el ser humano debe reunir su energía cívica para que la espiritualidad lo salve de la catástrofe.
La evolución humana es también la de la violencia, dualidad del bien y el mal. No obstante siempre han existido los seres esforzados para limitar el abuso. Los llamamos héroes, santos, genios, estadistas…
En todas partes y en todo momento, hay que limitar al poder. Más que un asunto político, es asegurar la coexistencia civilizada.
La visión unidimensional, al falsificar la vida democrática, conduce a las mayores atrocidades.
Las puertas de la vida las abre la libertad.
Sin ella, todo poder devora.

 

Decencia política

¿Censura ante el pensamiento crítico que incomoda?
Sergio Aguayo

El diálogo debe ser el cruce de dos razonamientos, que pueden coincidir o disentir en un hilo conversatorio. Se entiende que el diálogo tiene el tono apropiado para el respetuoso intercambio de opiniones.
Cuando se trata del parlamento el debate se produce previo acuerdo y establece límites. Sin ese acuerdo los oradores, con frecuencia, emplean palabras que ahuyentan el razonamiento porque las ideas están puestas al servicio de la doctrina y el megáfono.
Los infaltables sofistas procuran imponer su criterio. Recurren a la demagogia, la ironía, la diatriba, el sarcasmo, la desviación del tema, la verdad alternativa y la escenificación –entre otras argucias–, con el fin de impresionar y someter al adversario.
Fuera del parlamento, el espacio apropiado para el debate son los medios. Menos intenso, por el obvio motivo del tiempo que transcurre entre una exposición y otra. Por lo mismo, debe ser más profundo.
En los medios, el lector tiene la oportunidad de leer y releer, confirmar datos, pensar y llegar a conclusiones. Se trata de opiniones publicadas, expuestas. No de instrucciones o silabario.
Sin embargo, por ética, los datos se deben refutar con datos, los argumentos con argumentos. Se recurre a tengo otros datos cuando se carece de razones, con palabras que saltan desde una olla vacía. Hoy, una parrafada puede extasiar a su autor, como si hubiera descubierto el Nilo. No obstante, son líneas de un retrato, de un carácter, de una personalidad. El tiempo –volátil y sorpresivo– dirá si hay congruencia entre dichos y hechos.
Dice Adela Cortina: “Dar cuenta a la ciudadanía es lo propio de una sociedad democrática, en la que se supone debería gobernar el pueblo”. Por ello, “es esencial formar la conciencia personal a través del diálogo, nunca a través del monólogo, ni siquiera a través del diálogo con el grupo cercano, sea familiar, étnico o nacional”, pues “el diálogo ha de tener en cuenta a cercanos y lejanos en el espacio y en el tiempo”.
Los cifras tienen la elocuencia de una piedra; basta mirarla para saber de qué se trata: muertes por Covid y de niños con cáncer por falta de medicamentos; cierre de guarderías; madres buscadoras; baja calidad educativa y el destrozo de los libros de texto gratuito; inoperancia del Sector Salud; huachicol impune; Pemex, la petrolera más endeudada del mundo, regalando millones de dólares a la dictadura cubana; la deuda externa contraída en 100 años, duplicada en el sexenio de AMLO; la concentración del poder en el Ejecutivo; y la anunciada reforma electoral sin consenso…
¿Es ficción? ¿Calumnias? ¿El cambio que queremos los mexicanos?
¿Informes, encuestas y datos de agencias internacionales no merecen ser considerados?
Jesús Silva Herzog –Reforma, 10-09-25– comenta un artículo del filósofo holandés Ian Buruma, sobre la importancia de Preservar la decencia:
“Lo que le inquieta es la sobrevivencia de la dignidad intelectual en estos tiempos de persecución y acomodo”, pues una “sociedad es decente si sus integrantes no se humillan entre sí. Un régimen indecente es aquel cuyas instituciones humillan a una parte de la sociedad”.
“No hay duda de que la indecencia se expande cultural y políticamente: la polarización induce a la deshumanización del otro. Al enemigo hay que eliminarlo; el tumor debe ser extraído del cuerpo de la patria”.
Concluye –y concluyo– con una cita de Vaclav Havel: “La indignidad comienza cuando uno asume el dictado de la mentira oficial. Vivir en la verdad, correr el riesgo de decirla es el asiento más sólido de la decencia”.

 

 

Diálogo en el laberinto

Husmeo a mi alrededor y comparo a uno con otro.
Mario Vargas Llosa

Arturo Martínez Núñez, en su colaboración en El Sur, Morena y la línea clara contra la impunidad; y Luis Carlos Ugalde, en su artículo de Reforma, Veintisiete sobre 100, abordan el mismo tema: la corrupción. Ambas colaboracio-nes fueron publicadas el 11 de febrero reciente.
Reproduzco argumentos textuales de cada uno de ellos, como si debatieran en un foro virtual, en el cual muchos hablan pero pocos escuchan. He procurado que –en lo posible– sus puntos de vista se correspondan, bajo la lógica de un intercambio ordenado de ideas, no necesariamente en la disposición de lo escrito.
Arturo Martínez Núñez (AMN): “En un país marcado durante décadas por la corrupción estructural, la simulación institucional y la impunidad selectiva, sostener una postura clara frente a la ley no es un gesto retórico, es una definción política de fondo”.
Luis Carlos Ugalde (LCU): “Esta es la calificación en materia de corrupción según el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de Transparencia Internacional, publicado ayer. La buena noticia es de que México mejora en el margen respecto al año previo: de 26 sobre 100 subimos a 27. La mala es que seguimos reprobados y en el lugar 141 de 182 países”.
AMN: “El movimiento de transformación nació, precisamente, para enfrentar ese régimen de privilegios. Por ello, combatir la corrupción como política de Estado –y no como discurso coyuntural o arma discursiva– implica aceptar una verdad incómoda: cuando las instituciones actúan conforme a la ley, nadie puede colocarse por encima de ellas”.
LCU: “En promedio, los siete años de la ‘cuarta transformación’ son peores que los 18 de los gobiernos llamados ‘neoliberales’: 29.4 puntos entre 2019 y 2025, frente a 32.7 entre 2001 y 2018. Incluso el gobierno de Peña Nieto –al que se calificó como el más corrupto– tuvo un promedio mayor que los morenistas, de 31.2”.
AMN: “Morena ha sido explícito: no encubre ni protege a nadie. Esta afirmación, sencilla en su forma pero profunda en su alcance, rompe con una tradición arraigada en la vida pública nacional, donde los partidos solían convertirse en refugio de impunidades, administrando la justicia con lógica facciosa y no con criterios de legalidad”.
LCU: “La promesa de López Obrador de ‘barrer la corrupción de arriba hacia abajo’ quedó en la retórica, en los hechos la basura se multiplicó”.
AMN: “Celebrar que las instituciones actúen y que los procesos legales sigan su curso conforme a derecho no debe interpretarse como una renuncia política, sino como una afirmación democrática”.
LCU: “Bajo el lema de ‘no somos iguales’, se sustituyeron reglas por lealtades: se protege al cercano y se exhibe al adversario. Para preservar la cohesión interna, la ropa sucia se lava en casa y la corrupción se normaliza”.
AMN: “Morena no solo fija una postura institucional, sino que traza una línea nítida frente a uno de los males históricos que más han dañado la confianza ciudadana: la idea de que el poder político puede estar por encima de la ley”.
LCU: “La fiscalización del gasto se volvió mas frágil: la Auditoría Superior de la Federa-ción perdonó irregularidades, sua-vizó las observaciones y buscó complacer al Presidente, en lugar de someterlo al escrutinio públi-co”.
AMN: “La historia reciente demuestra que cuando los gobiernos ceden a la tentación de proteger a los suyos erosionan no solo su autoridad moral, sino la confianza de la sociedad en las instituciones. Morena ha decidido no transitar por ese camino”.
LCU: “La única vía sostenible para contener la corrupción es construir instituciones de transparencia, auditoría, sanción y rendición de cuentas que funcionen incluso cuando incomoden al poder”.
AMN: “Morena ha entendido que la presunción de inocencia es un derecho constitucional, pero no una coartada para eludir la rendición de cuentas”.
LCU: “La erosión institucional no es abstracta: el Sistema Nacional Anticorrupción, creado en 2015 para coordinar esfuerzos del Estado, ha sido debilitado presupuestalmente. En el presupuesto 2026, su Secretaría Ejecutiva sufrió un recorte de 95%: pasó de 128.8 millones a apenas 6.3 millones de pesos”.
AMN: “Morena reafirma su responsabilidad histórica frente al país. La confianza del pueblo no se preserva con silencios cómplices ni con discursos ambiguos, sino con decisiones firmes. La claridad es inequívoca: pincipios firmes, cero privilegios y cero excepciones. La transformación solo será real si la justicia alcanza a todos. Sin excusas. Sin excepciones. Sin impunidad”.
LCU: “Si no se reconstruyen controles efectivos y contrapesos auténticos, la corrupción seguirá siendo uno de los problemas más graves del país, tal como decía López Obrador durante los 18 años que fue candidato opositor”.

Tan tan.

 

Fortuna política

 

Los políticos están muertos, cuando están muertos. Cicerón.

El senador Alejandro Cervantes Delgado, para alcanzar la gubernatura de Guerrero, vivió “el poder de la suerte y el destino”.
Días después de que el presidente de la República le anunciara la candidatura del PRI a gobernador de Guerrero, el corazón traicionó a su cabeza. El evento se mantuvo con discreción, pero en el IMSS quedó el registro del suceso.
Cervantes Delgado seguirá un proceso orbital en su aspiración política. En torno al poder de las decisiones se irán desplazando uno tras otro los posibles candidatos hasta que, atraído por el efecto de la gravedad, vuelve a ocupar el lugar inicial.
Descartado Cervantes Delgado, el secretario de Gobernación, Enrique Olivares Santana, comunicó a Miguel Osorio Marbán, director de Almacenes Nacionales de Depósito, que había sido el escogido para gobernar el sur.
Al ser informado el gobernador Rubén Figueroa Figueroa, arde Troya. Don Rubén se traslada al Palacio de Cobián. Lleva consigo dos libros del Registro Civil. Los coloca con energía en el escritorio del secretario Olivares Santana.
“A ver Enrique, dime en dónde está el acta de nacimiento de Osorio Marbán. Un libro es del ayuntamiento de Huitzuco y el otro del Registro Civil del Estado. Él no es guerrerense y nuestra Constitución establece como requisito ser guerrerense por nacimiento. Él nació en Tlaxcala”.
Luego advierte: “Ustedes podrán tomar la decisión que quieran, pero cuando Osorio Marbán rinda protesta como candidato, yo presentaré mi renuncia al cargo de gobernador porque estoy comprometido a respetar la ley”.
Osorio Marbán se vuelve estrella fugaz.
El ingeniero Figueroa piensa en el sucesor posible. Invita a desayunar al rector de la UNAM, Dr. Guillermo Soberón Acevedo, y le propone la candidatura. El Dr. Soberón rechaza el ofrecimiento; dice al gobernador que sería muy grave para la Universidad la participación del rector en política partidista.
“Aquí está mi hermano Jorge –señala el rector–, es senador de la República y fue diputado federal. Y él si quiere”.
“Al que queremos es a usted, no a su hermano”, le respondió Figueroa señalando a Jorge de manera despectiva.
Jorge y yo –nuestras abuelas fueron hermanas– desayunábamos los domingos en el Sanborns de San Jerónimo en la actual Ciudad de México. Me comenta el hecho y veo su fácil sonrisa transformarse en mueca, en un gesto agrio.
Empieza a sonar el nombre del general Eduardo Aponte Cardoso, comandante militar en Morelos. Un avance noticioso de 24 Horas informa de la inminente candidatura del militar.
La memoria colectiva está agitada por el secuestro del ingeniero Figueroa, las guerrillas de Genaro y Lucio y la llamada guerra sucia. Los muros del estado se llenan de “pintas”: No a la militarización de Guerrero, No más represión…
Las águilas no lograron elevar al general y cae como Ícaro.
El 20 de agosto de 1980, la licenciada Inés Solís –originaria de Tecpan–, colaboradora cercana del presidente José López Portillo, llama por teléfono al senador Soberón Acevedo: “Jorge, hay buenas noticias para ti. Mañana, a las doce, te recibe el presidente”.
Esa misma noche, el senador Soberón invita a cenar al también cardiólogo doctor Limón y esposa, en su domicilio en San Ángel. Está eufórico. En los postres comenta que siente un ligero entumecimiento en el brazo izquierdo. Sigue la conversación y el doctor Limón le pregunta cómo se siente.
–Más entumido, pero nada serio.
–Sabes lo que puede implicar. Es mejor hospitalizarte.
–No es necesario, voy a estar bien.
A la mañana siguiente, 21 de agosto –8 de la mañana–, recibo la llamada del licenciado Eduardo Neri Acevedo:
–Hace una hora falleció Jorge, le dio un infarto cerebral.
–¡¿Cómo?! Anoche hablé con él.
–Nos vemos a las diez y vamos juntos a Gayosso.
La deslealtad del cerebro precipita a Jorge Soberón en el más profundo de los sueños.
La fortuna toca otra vez a don Alejandro. Lo vuelve a ungir la poderosa mano.
Gobernador –y buen gober-nador– del 1º de abril de 1981 al 31 de mayo de 1987.