Candidato ausente

LA VIDA HECHA

El senador Juan Sabines Gutiérrez llegó como delegado del PRI. Venía a preparar el proceso de selección de candidatos a senadores y diputados federales. Su hermano Jaime le asistía como secretario particular. Israel Nogueda, gobernador, Rogelio de la O Almazán, presidente del PRI, y yo secretario general.
En realidad el senador Sabines era la avanzada del ingeniero Rubén Figueroa. En Iguala se realizó la asamblea juvenil estatal para el cambio de dirección. Fui comisionado para presidirla; don Juan pidió a su hermano Jaime, me acompañara. Resultó electo Isidro Mastache, de la corriente del figueroismo, y derrotado Hueman Abundes del pindarisdmo. Para mí, lo mejor de la asamblea de jóvenes, fue la velada con Jaime Sabines: él decía el poema y comentaba el motivo que lo había inspirado.
Como era predecible, el ingeniero Rubén Figueroa llegó al Senado de la República el 1º de septiembre de 1970. Con Vicente Fuentes Díaz fueron fórmula, llevando de suplente a Ismael Andraca Malda.

Rezumía poder

Don Rubén rezumía influencia y poder. Su oficina, siempre atestada de paisanos. Muchos se acercaban al Sol naciente. El senador era de acción inmediata. Pedía que lo comunicaran con tal o cual funcionario para recomendar para el puesto o la vacante. Argumentaba directo y con claridad.
Yo tenía derecho de picaporte en su oficina. Me anunciaba con su particular Isaías Duarte y pasaba de inmediato. Algunas veces me citó en su domicilio de Isabel La Católica, para acompañarlo al Senado.

Tú eres mi candidato

Al inicio del sexenio de Echeverría, se anunció el cambio del delegado del Injuve en Guerrero. En busca del puesto, pedí la recomendación al diputado Eusebio Mendoza, quien era amigo del subsecretario de la SEP, Héctor Mayagoitia Domínguez.
En la SEP fui recibido por el particular del subsecretario. Altanero, dijo que mis únicos antecedentes era la política priista y que el país necesitaba técnicos y administradores para su desarrollo. Informé al diputado Mendoza: “Voy a insistir, pero te aviso que recomendé también a mi hijo Chebi, pero tú eres mi candidato”.
Recurrí al senador Figueroa. Habló por teléfono con Enrique Soto Izquierdo, director del Injuve. “Usted debe saber cómo estuvieron las cosas en Guerrero. Necesitamos a este joven allá. ¿Cuándo lo recibe?” Al día siguiente fue la entrevista. Pasaron los días y nada. Insistió don Rubén. Me volvieron a llamar del Injuve: “Con las recomendaciones que tiene busque ser gobernador, compañero”.
Además de Chebi Mendoza y yo, el gobernador Caritino Maldonado hizo su propuesta. Ante tanta presión, el director del Injuve tomó su mejor decisión: dejar al que estaba.

Con los datos en las yemas

La campaña del candidato a senador Rubén Figueroa, fue sonora y de impacto. El mitin en la capital se llevó a cabo en el desaparecido Jardín Cuéllar. Expuso los requerimientos de infraestructura carretera, fomento al campo, incremento a la productividad, al turismo. Habló con detalle de las actividades económicas para impulsar el progreso de Guerrero. Ya para terminar, señaló a su compañero de fórmula: “Pero yo no soy más que un camionero. Seguramente, Vicente Fuentes Díaz, que es un intelectual, podrá exponer, mejor que yo, los problemas y las soluciones de Guerrero”.
Fuentes Díaz guardó silencio.
Le gustaban las comitivas numerosas y las comidas con música. Como presidente de la Alianza de Camioneros de la República, recorrió Iguala, Chilpancingo y Acapulco con una caravana de autobuses nuevos, que entrarían en servicio en la línea Flecha Roja. Después del recorrido por las dos únicas avenidas de la capital, la comida se sirvió en un salón de eventos. Vi bajar a Irma Serrano del autobús, atendida con todos los comedimientos. Acompañada del mariachi, cantó en el ágape. Brillante estrella en el mediodía.

Píndaro, dale duro a los caciques

Rogelio de la O y yo esperamos a don Rubén en un restaurante próximo a la caseta de cobro de Iguala. Las paredes de la ciudad estaban llenas del lema del candidato a diputado federal Píndaro Urióstegi: Píndaro, dale duro a los caciques. Don Rubén, con rostro adusto y mirada fija, dijo que Píndaro ya había olvidado cuando le pidió dinero para la publicación de su libro de discursos. “En la campaña hay que sumar a todos, no es momento de confrontaciones”, comentó reflexivo. Con despectivo ademán, dio por concluido el comentario. Píndaro jugaba sus cartas para la sucesión gubernamental.

Sucesor de Lázaro Cárdenas

Para que no hubiese duda de la cercanía, el Presidente Echeverría lo nombró vocal ejecutivo de la Comisión del Río Balsas, al fallecer el general Lázaro Cárdenas. Don Rubén tenía dos técnicos calificados: los ingenieros Nieto y Cerpa. De inmediato organizó giras por Tierra Caliente. Escuchaba y resolvía. Su autoridad era evidente. Don Rubén usó los suyos sin que le quedaran grandes los zapatos de don Lázaro. Concentró poder y lo ejercía sin recato: Gobernador atienda esto, atienda aquello. Trataba al gobernador Nogueda como a su empleado. Prudente, Nogueda resistió; pero cuando las giras eran del gobernador y el invitado don Rubén, me mandaba de avanzada a Tierra Calor. Yo cambiaba las rutas de los eventos, pues era constante que colgaran mantas de agradecimiento al ingeniero Figueroa por obras del gobierno del estado.

Destapado el destapado

Luego de cuatro años en la Comisión del Balsas, el ingeniero Figueroa fue confirmado –nunca estuvo tapado– candidato del PRI a gobernador de Guerrero. El PRI tiene la estructura sectorial, que agrupa a los campesinos (CNC), los obreros (CTM) y clases medias populares (CNOP), así como la territorial de los comités municipales y seccionales. La Convocatoria estableció que cada uno de los sectores, en sus respectivas asambleas, debería ungirlo su precandidato. Después, la Convención del PRI lo declararía candidato.
La primera asamblea –Sector Agrario–, se organizó el 30 de mayo de 1974, en la plaza de toros del recinto ferial de la Bandera, en Iguala. El acto se programó a las 13 horas. Dieron las 14, las 15, las 16, las 17 horas… se suspendió la asamblea campesina porque no llegó el ingeniero Figueroa. La suspensión del acto propició muchas interrogantes: ¿enfermó? ¿habrá otro candidato? Los próximos a don Rubén estaban estupefactos y sorprendidos todos.

Acto de felonía

El 23 de junio de 1974, se realizó la Convención Estatal Ordinaria del PRI para postular candidato a gobernador en el Cine Guerrero de Chilpancingo. El presidente del PRI, don Jesús Reyes Heroles, advirtió en su discurso el costo y el riesgo de la violencia:
“No debemos ni podemos soslayar el hecho de que nuestro candidato no haya podido asistir: una acción de buena fe por parte de Rubén Figueroa y un conjunto de acciones de mala fe por parte de sus secuestradores son la explicación.
“Rubén Figueroa cree en la negociación; cree que el razonar con adversarios puede llevar a soluciones. Conociendo esta disposición de ánimo, esta actitud espiritual, Lucio Cabañas ha cometido un acto de felonía, procediendo con deslealtad y suciamente, revelando desnuda mala fe. Es discutible lo acertado o equivocado de la conducta de Rubén Figueroa al aceptar una propuesta para negociar, pero es indiscutible su buena fe y su noble intención. Cayó en la trampa pensando en Guerrero. En contraste con ello, es evidente la mala fe y la traición de sus secuestradores”.
El ingeniero Figueroa pensaba llegar con Lucio Cabañas a la asamblea del Sector Campesino a Iguala. No dudó del éxito de su objetivo, pues a la entrevista llevó a su secretaria privada Gloria Brito –que estaba embarazada– para que tomara nota de los acuerdos. El ambiente político era de incertidumbre en Guerrero.

La impotencia del terrorismo

Don Jesús Reyes Heroles señaló también: “El terrorismo es la violencia minoritaria situada a la espalda del pueblo, que niega la capacidad de decisión de las mayorías. Es, en el fondo, intentar, con su poder desorganizador, cuando lo tiene, imponerse a las mayorías, para que unos pocos resuelvan por los muchos. El terrorismo es siempre maquinación, odio a la ley, miedo al diálogo, es siempre irracionalismo y pánico ante el análisis de los problemas y el examen de los hombres.
“En todo terrorista hay impotencia política e incapacidad organizadora; en todo terrorista exige el deseo de hacer una revolución solitaria, sin que importe el consentimiento de las mayorías; en todo terrorista hay un maniático creyente en su absoluto, que intenta fieramente imponerla a sus semejantes; en todo terrorista se da un envanecido, que él y sólo él siempre tiene la razón y considera que los que piensan distinto a él están con la sinrazón. Por eso han sido llamados Alquimistas de la revolución, por su estrechez mental, por su ineficacia política, por despreciar lo que el hombre común piensa”.

La inconformidad y la sangre

Tenía yo el largo –y para mí grato– nombramiento de Procurador de Pueblos de la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos del Estado de Guerrero (no llegué a imaginar que yo sería Secretario de la Reforma Agraria). Mi responsabilidad era gestionar ante el Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización –con Echeverría se transformaría en SRA– demandas de ejidatarios y comuneros. Asistí a diversas asambleas campesinas en diferentes regiones, especialmente en la baja Montaña. El secretario general de la Liga, diputado Neftalí Gracida Guerrero, me comisionó para que llevara un paquete de permisos de exportación a los cafetaleros de Atoyac (fines de mayo de 1967).
En la Flecha Roja, línea a la que la población impuso el lema: Primero muertos que llegar tarde, arribé pardiando el día. Me esperaban los dirigentes de los cafeticultores. Nos dirigimos a la reunión y entregué los permisos. “Vamos a la Casa del Agrarista, en donde vas dormir”, dijeron. Cruzamos el zócalo y llegamos a la contra esquina de la escuela primaria Juan N. Álvarez. Abrieron las puertas de madera y pasamos a los dos salones que servían de dormitorios; había unos 10 camastros de lona. Todos tenían enormes manchones de sangre negada a secarse: “¿Qué pasó?”. “Aquí vinieron a morir policías judiciales por la balacera con Lucio”, contestaron. “Aquí no me quedo. Si no pueden pagar, yo pago”. Ellos querían que viera y vi lo ocurrido días antes.
Con anterioridad, por la prensa me había enterado de que la Escuela Juan N. Álvarez había sido tomada por un grupo de maestros y padres de familia, inconformes con el nombramiento de la directora. Los descontentos tomaron la escuela y pusieron cadenas a las puertas. La policía quiso desalojarlos y se desató la balacera. Lucio huyó hacia la sierra. La misma versión me dieron en Atoyac.
Cuando ocurrió el secuestro del ingeniero Figueroa, me llegaron de golpe las imágenes de lonas blancas con capas de encáustica roja.

 

Los juegos del juego

LA VIDA HECHA

La infancia tiene la mirada en el entorno inmediato con plataforma para la profundidad. La madre es el centro del universo y el padre el sol que abriga y quema. La infancia es el sueño creciendo. Todo fascina, pero atrae el astro poderoso. La madre acoge y el padre marca. Entre el desdén y el temor, la rebeldía y la angustia, el vaso de agua parece colapsar los pulmones. La vida en la infancia es, sobre todo, observatorio y registro. Se empieza a conocer señales, comprender gestos, advertir riesgos, reconocer el sonido de las palabras. En el microcosmos de la infancia el carácter adquiere hondura y volumen.

Aventuras en el perico

Enfrente de la casa, vivía mi tío Juan Aponte Morales. Blanco, su rostro iluminado por el verdor de su ojos, seguido de una sonrisa ligera y de sus palabras amables, en las que despuntaba, como si nada, una malicie traviesa. Él tenía un camión materialista de plataforma y de verde cabina, por la que lo llamaban el perico. “Entonces qué Polen —me decía— ¿vamos a traer arena? Mi primo Betojuan ya estaba encaramado en el perico. Sábado, 10 de la mañana, arrancábamos hacia el lecho del río por el rumbo de Petaquillas, y Tepechicotlán o en alguna barranca cuando se trataba de cargar grava.
La arena se paleaba en los márgenes del río y luego los montones se lanzaban a una criba; la arena debía ser de uniforme finura. Mientras los dos macheteros hacían su trabajo, Betojuan y yo husmeábamos por los cerritos pedregosos. Mi primo era bueno con la resortera, con la que atinaba a guayabas, mangos y pájaros. Entre la tierra y la grava, nos entreteníamos en esos paisajes blanquizcos y resecos recogiendo piedras azules, boluditas, para lanzarlas a la nada. Su choque con otras y levantaba minúsculas polvaredas. En ocasiones, nos encontrábamos ante barrancas de anchos lechos y paredes oscuras. En una de esas barrancas había una sucesión de mesetas, que en los aluviones parecían flotar con sus manteles de pasto, por el agua bramando como becerro sin ubre o presupuestívoro sin nómina.

La quinta extremidad

El sol, el viento, la tierra, la fruta, el paisaje y ojos periféricos regresábamos para transportar los metros cúbicos de material. Mi tío conducía y Betojuan y yo también en la cabina. Le platicábamos de las peripecias salvajes de esa hora de horno y aire fresco. Pero los niños se quedaron chitón, calladitos, ante la revelación inimaginada. Un pacto tácito de silencio reservó aquella fotografía. Mientras mi tío descansaba en alguna sombra y los chalanes sacaban arena, cribaban y llenaban la plataforma del perico, nosotros subimos una pequeña loma árida. Al llegar a la orilla miramos al fondo de la barranca. Intentamos acostarnos para no ser advertidos, pero nos sorprendió la percepción de aquel hombre de piel oscura y corriosa. Su mirada fue un proyectil en la nuestra. Con el cotón de manta cubriéndole los pies, sobre sus brazos la desnudez campesina se disponía a recibir la quinta extremidad. No obstante, —la distancia y la altura— volvimos apresurados con mi tío Juan.
Un mediodía —regresábamos a Chilpancingo— se detuvo en una fábrica de mezcal de Petaquillas. Conocí el alambique y las serpentinas que goteaban el elixir de los dioses. Le ofrecieron una jicarita para que lo probara. “Está bueno”, dijo él. Después me lo ofreció: lo sentí calientito y dulce. Cuando llegamos a su casa, tuvo que cargarme para dejarme en la mía.

La llanta desbocada

Con lapsos indeseables, en el perico salíamos la familia de mi tío Juan y la nuestra, a la presa de Cerrito Rico. La inclinada cortina —hecha de enormes piedras—terminaba en un terraplén, donde se acomodaban estufas de carbón. Las mujeres hacían elopozole, los papás consumían cervezas, mientras los hijos —agarrados de alguna de las rocas— nos metíamos al agua en la orilla del embalse. Mi tío destinaba el domingo para dar mantenimiento al perico: puso el gato sobre el eje trasero y desmontó una llanta retirando el ring y la cámara. La acostó en un costado. Ocupado como estaba, no advirtió cuando yo enderecé la llanta y la lancé a rodar. Desbocada, daba grandes saltos en el empedrado sin perder dirección a lo largo de cinco cuadras. Los ojos de mi tío se congelaron, hasta que la llanta paró allá, en la esquina de la entonces barandilla, frente a la actual Comisión Estatal de Derechos Humanos. No me dijo nada ni recuerdo que haya ido a recuperarla. Fue un acto que aún me inquieta.

Los juegos de entonces

A la siete de la noche, la cuadra de Amado Nervo, en Cuauhtémoc y Rayón, era nuestro parque de juegos. Corríamos en todas direcciones en las escondidas, las agarradoras o el bote pateado. Parvada de niños y niñas infatigables y alegres. En la tarde, aprovechando un muro de piedra, jugábamos pítima. Rebotábamos la cara de una moneda de veinte centavos —oblicua o recta, elevada o baja—, para que cayera en la proximidad de alguna otra de quienes ya habían jugado. Si con la distancia de un geme se podían tocar las dos monedas, se recogían ambas y el ganador seguía jugando hasta que la distancia dejara expuesta la suya. Variante de ese juego es la cuartita. La moneda se lanzaba directamente hacia la que se quería atrapar, con el riesgo del fracaso, pues el siguiente jugador podía tenerla a la mano. Para lograr un grado de dificultad, la cuartita se jugaba en el empedrado de Amado Nervo, no en la calle de tierra de Rayón. Las canicas eran obligadas. Betojuan siempre salía con su botella llena de ágatas, ponches y agüitas, para apostar en el triángulo de gis o marcado en la tierra, o los hoyitos.

Los trompos del diablo

Don Roberto Nava, apodado el diablo, era carpintero y huesero de prestigio. Tenía su taller en Cuauhtémoc, a la vuelta de Amado Nervo. Él nos hacía trompos de guayabo por un peso, pero con frecuencia nos los regalaba. Aparentemente, era hosco, pero el vecindario le tenía aprecio. Fue padre del poeta Arturo Nava Díaz.
Llegaba la temporada del yo-yo. Tenía vecinos, de la familia Tapia, que hacían filigrana con el cordón enrollado en la ranura entre los dos hemisferios. Lo movían como resorte con la fuerza administrada para conseguir sus efectos. Por su peso, balance y presentación, los mejores eran los de Coca-cola. No era fácil adquirirlos. Los del mercado y papelerías eran bofos y quebradizos.
La rayuela tenía sus riesgos. Se aplanaba una corcholata, luego se afilaba y con un clavo se hacían dos hoyos en el centro; enseguida, se pasaba un cordón delgado y se amarraban las puntas. Se sujetaba el cordón entre los dos índices y se giraba hasta convertirlo en un resorte. Se aproximaban las rayuelas con el fin de romper el hilo del oponente. A veces el cordón cortado provocaba que la corcholata —por la velocidad de la rotación—cayera sobre la piel de manos, brazos o, incluso, el rostro, de cualquiera de los participantes.

Era tanque, parecía mar

Hacia la parte alta, tres casas adelante de la nuestra, vivía un albañil. El frente era un tecorral con tranca. Luego, muchos árboles de pirul con un tanque al centro. En el extremo derecho una modesta casa, con fogón de leña en el piso de tierra. Al fondo, una porqueriza. Ahí jugábamos a las guerritas de lodazos. Los árboles servían de protección. Hacíamos bolas con el lodo de la porqueriza y en esas batallas las condecoraciones manchaban nuestro honor —diría Chava Flores—. En una ocasión, fue tal la cantidad del lodo sobre mi camisa, que me incline en el tanque —alto y rectangular— para lavarla. Me incliné tanto, que caí al agua. Me movía desorientado dentro de ese volumen sin orillas ni luz. No sé cómo logré salir. Empapado, la mamá de los amigos, me llevó a la cocina, donde me quitó la ropa exprimiéndola una y otra vez, tratando de secarla en el calor de la lumbre de la leña. Regresé a la casa sin que nadie se diera cuenta de mi aspecto.

Se aprende en la calle

En las noches nos juntábamos en la esquina de Nervo y Rayón con jóvenes y algunos adultos. Platicaban chistes colorados, decían versos picantes y se comían a las señoritas que pasaban por ahí. Cuando una guapa subía con el novio, alguien dijo: “El marrano más trompudo se lleva la mejor mazorca”. Y don Silvino, un hombre mayor y de retorcidos bigotes, comentó: “No sé qué tanto le ven a las piernas de una mujer, si es lo primero que se hace a un lado”. Siempre he creído que se educa en la casa, se enseña en la escuela y se aprende en la calle.
Don Alejandro Pardo, que fue síndico municipal, administraba una tienda de ropa y zapatos, propiedad del padre del Dr. Arturo Beltrán Ortega, quien fue eminente cardiólogo y notable ser humano. Cuando el dueño decidió radicar en el Distrito Federal, dejó la tienda en propiedad a los empleados, como compensación a sus servicios. Supongo que mi padre debió representar en algún juicio a don Alejandro, porque hablaban del asunto. Cuando coincidía que don Alejandro salía de su casa, yo cruzaba la calle y le decía: “Don Alejandro, lo vengo a ver para su asunto”. Él sacaba de su bolsillo veinte centavos. Quizá tendría yo seis o siete años, pero no olvido su generosidad. Estaba casado con doña Joel, hermana de doña Orfa, esposa de Eutimio, su sastre. Doña Joel y don Alejandro se querían como hermanos con mi tío Juan y mi tía Etelvina.

Los manjares del mercado

A mi papá le encantaba cenar menudencias asadas con tortillas con un poco de manteca y sal y salsa de chile verde, cebolla y limón. En busca del bofe y la tripilla, hacíamos nuestra excursión hacia el desparecido mercado municipal Nicolás Bravo, ubicado una cuadra atrás del actual Museo del INAH. Sobre las banquetas de 16 de Septiembre, se colocaban filas de mujeres indígenas con sus chiquihuites y ollas ofreciendo tamales, ponteduro, dulces de ajonjolí, cañas asadas, plátanos achicalados. También cocoyules, calabaza y camotes en conserva. Otra alternativa, era cenar tacos de pollo cubiertos de salsa en caldo de pollo, con doña Porfiria o doña Tere. Ambas eran vecinas, vivían una frente de otra, en Amado Nervo esquina con Cuauhtémoc. Doña Porfiria tenía fila; sin embargo, cuando el hambre era más que la paciencia, nos íbamos enfrente, con doña Tere. Para rematar caíamos con don Salomón, que tenía la mejor agua de tepache.
De niño yo me movía bien en el mercado, pues mi tía abuela Ángela Aponte —tía Cha— tenía un puesto de verduras en la proximidad de las fondas, en las cuales reinaba doña Luisa Memije con la variedad de sus guisos. El mercado tenía cuatro puertas de hierro, las cuales cerraban a las ocho de la noche, para proteger los locales de abarrotes. Los corredores de ese cuadrángulo quedaban al descubierto con sus anchos pasillos. En uno de ellos se colocaban los vendedores de barbacoa. La mejor barbacoa era la del señor Morales, que llegaba al último y terminaba primero. En las tardes yo iba a hacer mandados a don Eutimio Alarcón Bonilla. Ya para cerrar la sastrería, con frecuencia me enviaba a comprar barbacoa y tortillas. Eutimio su sastre, Nata (costurera) y yo nos dábamos atrancones de una carne suave, bien cocida, con el sabor de la sal pimienta y la salsa de tomate, cebolla, cilantro y chile serrano. Banquetes superiores a las barbacoas que se servían en los viveros, después de los mítines políticos.

La errancia domiciliada

Mi movilidad geográfica era extensa: los viajes en el perico, el curso del río Huacapa, los cines, la casa de mi abuelito Florencio, la plaza cívica, el Lienzo del Charro, así como tiendas y domicilios a donde me llevaban los encargos de don Timio o mis emprendimientos. Fui un niño vago, temerario y temeroso a la autoridad paterna. Cuando me pienso en aquella edad, creo que fui afortunado. Conversé con adultos, escuché conversaciones de personas destacadas y, por mi trabajo, casi siempre había dinero en mi bolsillo. De lo gastado por lo servido, la ganancia fue mía.

 

La dupla ganadora

Luis Echeverría (1970), fue la oportunidad para el desarrollo de Guerrero. El gobernador Israel Nogueda Otero y el ingeniero Rubén Figueroa representaban la inédita cercanía con un Presidente de la República, a lo largo de un sexenio presidencial. Pesaban los 30 años de inestabilidad política, transcurridos desde la caída del gobierno de Alejandro Gómez Maganda (1951).
Gómez Maganda fue cercano a Miguel Alemán y partidario de Fernando Casas Alemán, jefe del Departamento del Distrito Federal, para que sucediera a su veracruzano primo. El secretario de Gobernación Adolfo Ruiz Cortines, fue el destapado. Al parecer, la derrota política la asumió el gobernador como agravio personal.

Desafío desproporcionado

Me comentó el doctor Eusebio Mendoza Ávila que, un mediodía, cruzaba por el Jardín Cuéllar –ya desaparecido, frente a la Catedral– cuando vio sentado en una banca al Presidente Ruiz Cortines, solo, sin ningún acompañante. Don Adolfo, al arribar a la capital, se dirigió a Palacio y preguntó por el gobernador. No se encontraba y no le pudieron informar cuándo volvería.
Mendoza Ávila rápidamente organizó una comida en el Centro SCOP y de ahí regresó Ruiz Cortines al Distrito Federal. Al día siguiente, el ejército rodeó el Palacio de Gobierno, la Cámara de Diputados y el Tribunal Superior de Justicia. Habían desaparecido los Poderes.
Antes de la sorprendente visita presidencial –para desacreditar los rumores de su salida–, el gobernador Gómez Maganda, en su tercer Informe, afirmó categórico: El próximo año: ¡aquí nos vemos!
A Gómez Maganda lo sustituyó el ingeniero agrónomo Darío L. Arrieta Mateos.

La tragedia y la comedia

El siguiente ungido fue el general Raúl Caballero Aburto, agregado militar en Guatemala. Su gobierno terminó tras la masacre de diciembre de 1960, siendo relevado por el Ministro de la SCJN, Arturo Martínez Adame.
En 1962 se mencionaba a media docena de guerrerenses de amplia experiencia política y administrativa: Caritino Maldonado Pérez y Carlos Román Celis, senadores de la República; Ruffo Figueroa Figueroa, gobernador del territorio de Quintana Roo; Moisés Ochoa Campos, diputado federal; Plácido García Reynoso, subsecretario de Industria y Comercio y Jorge Soberón Acevedo, cardiólogo y ex diputado federal.
El destapado desconcertó a todos: el doctor Raymundo Abarca Alarcón, originario de Chilpancingo –radicado en Iguala– quien había sido presidente municipal y presidente del PRI en la Cuna de la Bandera. Él aspiraba a ser delegado del IMSS en Morelos y así lo había solicitado a su amigo Donato Miranda Fonseca, secretario de la Presidencia y aspirante a suceder al presidente Adolfo López Mateos.
Abarca Alarcón fue notificado por teléfono, con la instrucción de organizar grupos de apoyo. Bulmaro Tapia y Terán, casado con doña Matilde –hermana del médico–, refiere en un cuaderno de apuntes que cuando llamaban a amigos para integrar el comité de campaña, no le creían, pensaban que era broma.
El doctor Abarca Alarcón asumió el gobierno (1963) y terminó milagrosamente su periodo. Durante su administración se levantaron en armas Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas y Carmelo Cortés. También ocurrió la matazón de los copreros y fue asesinado el Rey Lopitos, poderoso líder de la colonia La Laja de Acapulco.
En la sucesión presidencial perdió Miranda Fonseca y ganó Díaz Ordaz. Abarca Alarcón no cometió el error de Gómez Maganda y fue favorecido por el apoyo del secretario de Gobernación, Luis Echeverría.
Para la sucesión de Abarca Alarcón, se mencionó a Caritino Maldonado, Roberto Gatica Aponte, Plácido García Reynoso, Píndaro Urióstegui Miranda y Sabás Alarcón Robledo.

Fallar a la grande

El Jefe Cari había sido partidario de Díaz Ordaz y adversario político del chilapeño Donato Miranda Fonseca. Ya como gobernador, se alineó con la aspiración presidencial del secretario de la Presidencia Emilio Martínez Manatou –igual Píndaro Urióstegui y Moisés Ochoa Campos– y fracasó en su apuesta.
Entre 1951 –inicio del periodo de Alejandro Gómez Maganda–, y 1975 –de Rubén Figueroa Figueroa–, los sexenios eran inciertos: Alejandro Gómez Maganda, sustituido por Darío L. Arrieta Mateos; Raúl Caballero Aburto, por Arturo Martínez Adame; Raymundo Abarca Alarcón (concluyó su periodo); Caritino Maldonado Pérez por Roberto Rodríguez Mercado, Israel Nogueda y Javier Olea Muñoz. En este periodo hubo nueve gobernadores constitucionales, substitutos, interinos y hasta un provisional. En ese lapso, dos años y seis meses es el promedio del periodo gubernamental.
La dupla Figueroa-Nogueda atinó en la candidatura de Luis Echeverría. La desaparición del gobernador Maldonado Pérez, ofrecía la paradoja de desvanecer el horizonte oprobioso de gobernadores fallidos. El calendario electoral no ayudaba en un régimen centralizado. El gobernador entraba cuando salía el Presidente. Aquel apostaba a la grande y su equivocación significaba el riesgo de su despedida, alejado de la voluntad presidencial.

La indispensable estabilidad política

En 1969 el PRI organizó una reunión estatal de planeación, previa a la gira del candidato Echeverría. Como director juvenil estatal del partido, presenté una ponencia que incomodó a los organizadores. Propuse que el Congreso del Estado legislara para que, al término del sexenio del profesor Caritino Maldonado Pérez (1969-75), se nombrara un gobernador provisional por dos años. El siguiente mandatario iniciaría su gestión al igual que el nuevo Presidente. Los argumentos eran simples: sin estabilidad política no hay inversión; sin inversión no hay empleo; sin empleo hay pobreza y esta es caldo de cultivo de la inconformidad social. No se me permitió la lectura. A los periodistas repartí copias de mi propuesta. Mauro Jiménez Mora, en su columna de Novedades de Acapulco, lo menos que me dijo fue ingenuo y remataba con un “Ah, qué jovenazo”.
El atraso de Guerrero es estructural y sus problemas acumulados. Sin recursos federales es insostenible su bienestar. Vamos de mal en peor: en este régimen de la 4T, nuestra entidad federativa pasó del tercer lugar de atraso al segundo. Superado por Oaxaca, Guerrero solo está por arriba de Chiapas, según el Informe de Pobreza Multidimensional presentado en forma conjunta por Inegi y Coneval (13-10-25).

La política de la insidia

Por lo anterior, que el gobernador Israel Nogueda Otero entregara la administración al ingeniero Rubén Figueroa Figueroa, habría significado una plataforma de 10 años para el desarrollo al vincular a dos presidentes: Luis Echeverría y José López Portillo.
Supuestamente el gobernante es el mejor informado; de fondo, solo de algunos asuntos de importancia. En el tablero se mueven los intereses creados, los poderes fácticos, las ambiciones de colaboradores, sin permitir visualizar el efecto del conjunto y del aparato político-administrativo en todas y cada una de sus partes.
Los partidarios de Luis Echeverría fuimos cuatro: el ingeniero Rubén Figueroa, el economista Israel Nogueda, el diputado Eusebio Mendoza y yo. La llamada clase política guerrerense –con la cabeza visible del Jefe Cari– era partidaria de Martínez Manatou.
¿Qué rompió la mancuerna Figueroa-Nogueda? Pude apreciar que cercanos al ingeniero Figueroa y al gobernador Nogueda, se ocuparon de distanciarlos. Se expresaron descalificaciones por la edad o el color de piel, comentarios groseros, intrigas y chismes. Entre la dupla ganadora fue creciendo la cizaña. Pudieron más las lenguas viperinas.

Don Rubén al margen

Al sepelio del Jefe Cari asistió el secretario de Gobernación Mario Moya Palencia, con la representación presidencial. Al concluir el sepelio, Moya Palencia se trasladó a la Posada Meléndez y desde ahí habló con el Presidente Echeverría.
–Es necesario que se designe al gobernador substituto, señor Presidente.
–¿En quién ha pensado?
–En su amigo, el presidente municipal de Acapulco, Israel Nogueda,
–Adelante.
Durante esas horas –19 de abril de 1971–, se operó politicamente para que el Congreso designara substituto a Israel Nogueda Otero.
Don Rubén no acudió al sepelio. Viajó por tierra y al llegar a Chilpancingo, se encontró con la noticia de que su amigo Nogueda Otero, sería gobernador. Ignoro si el ingeniero Figueroa aspiraba a remplazar al Jefe Cari o, por lo menos, ser consultado. El caso es que quedó al margen de las decisiones.
El ingeniero Figueroa tenía 63 años. Los cuatro años restantes del sexenio eran oportunidad magnifica por su cercanía con el Presidente Echeverria. En caso de esperar al siguiente sexenio, aún sería decisión de don Luis. Él tenía la fortuna de su lado: influencia indiscutible al ser designado sucesor del general Lázaro Cárdenas, en la Vocalía Ejecutiva de la Comisión del Balsas.

Dos caracteres, dos generaciones

Israel Nogueda Otero era amulatado. De cara ovalada, frente amplia y ojos redondos, nariz regular, labios ligeramente carnosos. Su rostro trasmitía serenidad. De voz apacible y ademanes bien administrados; cuando hablaba parecía reflexionar en voz alta. Atento, cuidadoso, comprometido con su encargo. Su autoridad procedía del cumplimiento de su responsabilidad y se traducía en respeto. Tenía 35 años cuando asumió la gubernatura; rozaba el requisito legal para ocupar el cargo.
Rubén Figueroa Figueroa, viva imagen de un hombre recio. Mestizo, con el rostro marcado por el entrecejo con ojos inquisitivos, boca regular entre las líneas arqueadas de los carrillos, nariz aguileña sin ser pronunciada, frente despejada y pelo entrecano. Voz expresiva, según las circunstancias. Líder entre los duros del transporte de pasajeros. La inteligencia política en los genes; el conocimiento por su experiencia.
Nogueda era apacible, sereno; Figueroa, enérgico, impetuoso. Nogueda, de una familia con el emporio de la copra, dirigente de empresarios; Figueroa, de familia con historia en la Revolución y líder de los camioneros de la República. Nogueda se formó en las aulas universitarias; Figueroa –sobre todo– en la lucha cotidiana. En la familia Nogueda no había políticos, salvo su tío Canuto Nogueda Radilla; la de Figueroa era una familia política. Ambos tuvieron –diría Maquiavelo– fortuna y talento, pero eran dos generaciones y visiones distintas. Nogueda Otero se adhirió a Mario Moya Palencia; Figueroa Figueroa a José López Portillo.

Provisional por substituto

El desenlace de la relación, fue la desaparición de Poderes. Todas las condiciones estaban dadas para que el gobierno federal volteara a Guerrero. El fracaso de esa posibilidad no fue por ausencia de ideas o programas de gobierno. El absurdo celo, la política excluyente, las ambiciones de grupo, la falta de humildad de los personajes para hablar, como lo habían hecho durante la aspiración presidencial de Luis Echeverría. El desenlace fue la desaparición de Poderes dos meses antes de que concluyera el mandato. Se giró orden de aprehensión –nunca ejecutada– contra el ex gobernador. El motivo fue el supuesto despojo de tierras a campesinos de Acapulco. La queja se presentó al ingeniero Figueroa y de ahí al Presidente de la República.
El senador Vicente Fuentes Díaz y el diputado Humberto Hernández Haddad fueron comisionados por el Congreso para constatar los hechos. Rindieron informe positivo, pero sin entrevistarse con Nogueda Otero. Por los 60 días faltantes, se designó gobernador provisional al abogado Javier Olea Muñoz.

Eliminar a los pro Moya Palencia

Me recibió el gobernador Nogueda tres días antes de su defenestración. Su secretario privado, Guillermo Ramírez Ramos, me dijo que el gobernador me recibiría al último. Yo fui a informarle que saldría a Piedras Negras, Coahuila, a la asamblea de la CNOP que postularía como precandidato a gobernador al profesor Oscar Flores Tapia, líder nacional del sector popular; yo era el equivalente en el estado. Hice como tres horas de antesala. Al pasar, lo encontré fatigado, con los ojos enrojecidos. “Espero que el que sigue se encuentre a estas horas trabajando”. Era la una de la mañana.
Al regresar de Piedras Negras me enteré en Laredo, por la prensa local, de la caída de mi jefe Nogueda Otero. Regresé a Chilpancingo desolado.
¿Cuál fue el motivo para que el Presidente López Portillo –al inicio de su gobierno– presentara la reforma constitucional abrogando la facultad del Senado de declarar la desaparición de Poderes en las entidades federativas? La desaparición de Poderes siempre será, por encima de lo jurídico, un acto político.
Décadas después, pregunté al ex gobernador Israel Nogueda Otero, la razón de su salida del gobierno. Me dijo que el Presidente Echeverría quiso deshacer el grupo de tres gobernadores que apoyaban al secretario de Gobernación Mario Moya Palencia. Carlos Armando Biebrich salió de Sonora, él de Guerrero y solo se mantuvo Luis Ducoing en Guanajuato.

Cuidarse de los próximos

La designación de colaboradores es una de las más significativas decisiones de un jefe. El equipo evidencia tres cosas: la naturaleza de sus relaciones, la visión de gobierno y la confianza en los demás y en sí mismo. En el caso del gobierno, la complejidad es mayor por el ejercicio del poder político. A la administración pública se debe llegar por mérito, experiencia y buenas cuentas. Designar a los mejores, incluso por encima de la capacidad del jefe, venciendo la tentación del amiguismo. Los resultados son el saldo del jefe, quien siempre podrá desplazar a los incompetentes. La inseguridad en el jefe suele ser costosa.
Al ejercer su facultad para designar, el jefe es responsable de la conducta de sus colaboradores. El subordinado debe corresponder con el concentrado de eficacia, ética y moralidad pública, que es la lealtad. Lealtad, que también es compromiso racional y emocional (gratitud), no servilismo obsecuente. Generalmente, el jefe no debe el cargo a los colaboradores, pero puede perderlo por sus errores.
Siempre ha habido –y habrá– colaboradores que buscan el talón de Aquiles del jefe. Estimulan su ego, justifican sus errores y alientan sus frivolidades. Escarnecen a los adversarios y hacen enemigos donde no los hay. ¿Hasta dónde Nogueda Otero y Figueroa Figueroa fueron rehenes de sus amigos, de sus colaboradores?
Pareciera que Odiseo continúa extraviado sin llegar a Ítaca. Mientras, se siga tejiendo y destejiendo la esperanza de cambiar la realidad de Guerrero, no habrá certidumbre para entregarse en los brazos de Penélope.

 

Infancia en el empedrado

LA VIDA HECHA

Me recuerdo de pequeñito parado en la cuna, sujeto al barandal de madera. Veo en el centro de la habitación de mis padres, una palmera por cuyos cos-tados rueda una pequeña camioneta panel de latón, verde pistache con llantas blancas. La camioneta asciende y descienda sobre el falso tronco deslizándose con suavidad, a pesar de las de las sucesivas lajas de las ramas caídas. Sueño recurrente, placer de mi memoria.
La formación escolar no ha sido de mis preferencias. Coincido con la frase atribuida a Mark Twain: “Nunca permití que la escuela interfiriera con mi educación”.
Iba a jugar a la casa de un vecino en vez de asistir al kínder; repetí quinto año de primaria por irme de pinta para sustraer sandías y jícamas de las huertas, cortar mangos y huamúchiles y caer en chapuzones en los pozas del río Huacapa.
En mi casa no faltaba nada, excepto lo indispensable. Durante los primeros seis años de edad, no recuerdo la presencia de mi padre, pero sí la recurrente –casi perpetua– angustia de mi madre.
De mis hermanos menores fui el único tremendo. Cuando cansaba a mi madre bastaba con mencionar a mi padre, para que de inmediato entrara en orden.

La casa de adobe

La casa de Amado Nervo en Chilpancingo, tenía un terreno rectangular. Alineada a la calle, se dividía en tres partes: la mitad era sala (con el escritorio, un pequeño librero PM Steele y la máquina Remington de mi papá), cocina y comedor; la otra mitad, dividida en dos cuartos. El piso tenía loseta de barro. Luego, seguía un patio empedrado y en su costado el asoleadero de grandes piedras. La yerba santa, hojas de mole, epazote, cilantro y los macizos de huele de noche, crecían por su cuenta. Al final, el baño de madera sin techo.
Cruzando el patio estaba el corredor por el que se accedía a dos grandes habitaciones con piso de tierra. A la derecha, el corredor remataba con el lavadero común. De adobe ambas casas, con techos de teja sobre madera, soportados con viguetas resistentes a la polilla. En la casa del fondo vivían mis tíos Feliciano y Luisa. Había sido la casa de mis abuelos maternos, Perfecto Adame y Enedina Aponte.
Mi hermana Beatriz –mayor 7 años– regresó de Guadalajara, en donde estudió cultura de belleza con mi querida tía Nacha. Instaló en la calle de Madero su estética. Me mamá me pedía que la acompañara de regreso, entre 7 y 8 de la noche. Yo juntaba todos los envases de vidrio de champú, tintes y cremas. Los vendía a don Mario Castillo, en su perfumería a granel. Ponía los envases en el mostrador y él decía: 10 centavos, 20 centavos… yo salía con dos o tres pesos. En la segunda o tercera vuelta, me dijo que los llevara bien limpios porque, en las esquinas del fondo, quedaban residuos. Los lavaba con agua y jabón, agitaba las botellas, pero no salían los grumos. Se me ocurrió poner arena al agua enjabonada. Quedaron como nuevos.
Cuando crecían las herbáceas del patio, llenaba una bolsa y se las vendía a las verduleras de Tixtla, en el viejo mercado Nicolás Bravo, casi a espaldas de la catedral de Santa María. Me caían uno o dos pesos más.

Vivir del cuento y perder con el humo

Mi hermano Guillermo llegó de Salina Cruz, Oaxaca. Trabajaba en Pemex y ya estaba casado. Me trajo de regalo una enorme caja de cartón llena de historietas: El llanero solitario, Roy Rogers, Tarzán, El pato Donald, Supermán, Archie… como 200 revistas. Las tendí sobre la banqueta de la casa de don Alejandro Pardo, enfrente de la mía, y las prestaba por 10 centavos. El negocio iba bien y fue mejor cuando lo cambié a una acera de la ahora catedral. No recuerdo cómo ni porqué acabó tan lucrativo negocio.
Amado Nervo 17 estaba ubicado estratégicamente. Bajaban los alumnos de la escuela primaria Vicente Guerrero y subían los de la Himno Nacional. En las horas posibles, colocaba una caja de zapatos con galletas y dulces. Después apilé más cajas. Acreditado como buen cliente, obtuve crédito del señor Bernal, dueño de una dulcería.
Por diversificar mi comercio, empecé a vender cigarros: Raleigh, Del Prado y Delicados. Mi papá salía de la casa y se llevaba una cajetilla con la promesa de pagarla después; regresaba y otra cajetilla; a veces, otra más al pardear la tarde. Las ventas eran buenas: ¿porqué terminé con una duda impagable de 30 pesos? La cajetilla costaba 80 centavos, pero solo dejaba utilidad de 5 centavos, de manera que me quebró el fumador de la casa.

De traje y bien planchados

Don Eutimio Alarcón era un sastre reputado. Vecino, vivía en la misma cuadra. Un tarde que regresaba a su sastrería, me dijo que le hiciera unos mandados. Fui con él a su taller. Yo compraba hilos, ceras y agujas en la tienda de don Karim Naime. Gasolina blanca en Casa Montero. Se amplió mi actividad vespertina al repartir pantalones y trajes a domicilio.
Al inicio de los 60, funcionarios, catedráticos y profesionistas, vestían de traje y corbata. No había tintorerías. Don Timio sumergía los trajes en una enorme tina llena de gasolina blanca. Después, los colgaba en el patio del taller. Ya secos, quitaba con escobilla las manchas necias y los planchaba con enormes lienzos húmedos. Las prendas quedaban perfectas.
Don Eutimio su sastre –decía la etiqueta– era uno de los cinco ancianos gobernantes de la iglesia evangélica. Un numeroso grupo se separó de quienes se quedaron con el templo ubicado en la calle Hidalgo esquina con Abasolo. La disidencia celebraba sus Servicios religiosos en dos casas particulares, alternándose miércoles y domingo. 50 sillas de palma debían ser trasladadas de uno a otro lugar y regreso. Me pidió don Eutimio que me hiciera cargo. Me daba 5 pesos por las 25 vueltas y cinco los sábados por los mandados de la semana.

El hijo de don Canuto

La sastrería era el equivalente a las cafeterías –inexistentes entonces–, pues entre corte y puntada medio mundo llegaba a conversar: hermanos evangélicos; algún enamorado de Nata –la costurera; el célebre Güero Sol que, por su estrabismo, leía los periódicos de cabeza; y el ex gobernador Rodolfo Neri, autor de libros de lógica, matemáticas y poesía. El gobernador obregonista también escribió un opúsculo sobre la Rebelión Delahuertista en Guerrero. Lo miro acercarse a la sastrería: botines negros, pantalón y chaleco café de rayas, camisa con el cuello desabotonado y la corbata floja. De piel blanca y blancos su pelo y sus bigotes. Los años brillaban en su natural inteligencia y reconocida honestidad.
En ausencia, a don Rodolfo lo llamaban El gato –huraño y de ojos verdes–, vivía en 5 de Mayo, enfrente de la sastrería. Cruzaba la calle y platicaba de los episodios de la Revolución. Yo le preguntaba sobre su historia y él siempre respondía. Cuando se retiraba, Nata –Natalia González Alcocer–, decía que yo era muy preguntón y que don Rodolfo un día se iba a enojar. No pasó tal cosa. Incluso, me dijo que había estudiado Derecho en la Universidad de Veracruz, porque no tuvo otra alternativa.
Una mediodía don Rodolfo pidió a don Eutimio su tiza y dibujó en el casimir un gallo, comentó algo al oído del sastre y procedió a borrar el dibujo. Pasados los años, leí Picardía Mexicana de Armando Jiménez, y ahí encontré aquella imagen: “Este es el gallito inglés/ míralo con disimulo/ quítale el pico y los pies/ y…”.
Fue hijo de don Canuto A. Neri. Uno de sus hijos, el compositor Arturo Neri, autor de Cariño y Caleta tropical, y abuelo del astronauta Rodolfo Neri.

Mala estrella

Don Eutimio era adicto a la lotería nacional. En cada sorteo compraba dos enteros: el 22060 y el 16290. Un sábado lo encontré inclinado sobre su mesa de trabajo, con los brazos de soporte, cabizbajo y ausente. Nata me indicó que no hablara. Me senté en el banco y esperé en aquel silencio espeso e incómodo, roto cuando llegaron diversos amigos a felicitarlo: había caído el gordo, el 22060 era el premiado. Durante años compró ese número a un joven universitario. El día esperado llegó la voluble suerte. El billetero explicó a don Eu que iba a ir al cine con su novia y como a veces le pagaba con posterioridad, lo repartió entre los taxistas del Sitio Bravo.
Yo hacía barcos, aviones y gorros con los pliegos de los billetes estampados, pero nunca quise, ni me interesó, hacer ojales, en lo que insistía don Eutimio. De ver, aprendí a planchar sacos y pantalones, camisas, desmanchar alguna prenda, encerar hilos y pegar botones.

Emprendedor

En ese lapso, la vecina de la esquina me propuso vender papas fritas en el Lienzo del Charro. En tres o cuatro vueltas en la gradería, volaban las papas en bolsas enceradas. Doña Eva fue precursora de ese producto.
En el Cine del Pueblo –actualmente edificio Juan Álvarez–, se presentaban los mejores luchadores de México: El Santo, Blue Demon, Black Shadow, los Hermanos Espanto, el Cavernario Galindo, la Tonina Jackson… Encontré la forma de entrar al espectáculo sin pagar: vender los refrescos. Ya con práctica, también ofrecía gaseosas en el Cine Colonial.
Salí de quinto de la primaria Primer Congreso de Anáhuac –gestioné como alcalde la construcción de su actual plantel–, y mi mamá me llevó con el profesor Javier Méndez Aponte, para que me aceptara en sexto en la Vicente Guerrero. Fue mi profesor Efraín Herrera Varela y tuve dos compañeros sobresalientes: Socorro Damián Huato y Luis Flores Guevara. Luis es el único con quien me he agarrado a trompones en la vida. Él era bueno para los moquetes.
Vocear Animal Político, periódico del maestro Juan R. Campuzano, me llevó a vender La Verdad, diario de cuatro páginas –desplegado– que criticaba con severidad al gobierno de Caballero Aburto. Una sola vez vi en el zócalo a su director y fundador don Ignacio de la Hoya. Era un manojo de nervios, resultado de las golpizas que le propinaban agentes federales. Pero nada, ni las amenazas sobre su vida, lo hicieron abdicar a su periodismo veraz y libre.

Hijos de la necesidad

Yo entraba y salía de mi casa como Pedro. Mi madre Arcadia, apurada en sostener a la familia, se multiplicaba: hacía comida para vender los fines de semana, cosía ajeno, bordaba mandiles, preparaba rompope y mezcal amargo. Y se llenaba de deudas por el pantalón de este, los zapatos del otro, la cuenta de la tiendita de la esquina. Los sábados eran mortales: había que guardar silencio ante los repetidos toquidos en la puerta.
La fotografía que conservo de cuando yo tenía seis o siete años, me trae la nostalgia de la infancia abrumada por la necesidad, a la que puse válvula con mi ir y venir con cobres de 20 centavos en el bolsillo. Mi madre nos cosía con retazos las camisas y los chores a Gustavo, a Jaime y a mí. A la niña Amelia, sus vestidos. La fotografía es emblemática porque la camisa es morada, hecha con el sobrante de tela con la que mi abuelo forraba los ataúdes.
Cuando escucho a algunos políticos repetir las palabras de Colosio: “Soy hijo del esfuerzo”, me pregunto si de verdad conocen la esclavitud de una madre sin vida propia.
Mi padre me comentó que cuando mi mamá fue bautizada, mi abuelo Perfecto obsequió a cada invitado una moneda de oro. Ella vivió el infortunio de la fortuna y, nosotros, crecimos en la necesidad y el desafío.
La infancia es la primera proximidad con la vida real. Abre los sentidos y puede mostrar la vida sobrecogedora, que eleva o crea un espíritu minusválido. Fui un niño libre, que tomó decisiones a veces llevado por el temor a la severidad paternal, la seca bondad materna y el ejemplo callado del abuelo. No hubo trabajo que me arredara y, como “el relámpago verde de los loros”, cruzan vivas añoranzas que me hacen sonreír.

 

La alianza y la ruptura

LA VIDA HECHA

–Así le damos a la prensa y no la llenamos –dijo Echeverría mientras simulaba con ambos brazos un enorme tubo.
El gobernador Israel Nogueda Otero había comentado al Presidente la posibilidad de otorgar publicidad a periódicos nacionales, pues no cesaban los ataques a su gobierno.
–¿Qué va a hacer usted con su modesto presupuesto? Siga trabajando por Guerrero, que tiene el apoyo de su amigo el Presidente.
Mi conversación con el gober-nador obedecía a un cartón de Marino en Excelsior. Lo caricaturizaba como si fuera un negro salvaje, con un hueso atravesado en la nariz.
Le sugerí que afloraran las diferencias con don Rubén Figueroa Figueroa, porque él –Nogueda– estaba quedando como el malo del cuento. Habría que quitar al Presidente la mínima sospecha de ingobernabilidad. Eran diferencias entre dos políticos y así debería advertirse.
Confió en la palabra de don Luis.

Gobernador substituto

Pasé a la casa de Ramiro Rendón Aguilar –amigo de la infancia– en la calle Madero, con mis tenis colgados al hombro; iríamos al frontón de las canchas universitarias.
–¡A tu amigo Nogueda lo están nombrando gobernador!
–¿¡En dónde!?
–¡En el auditorio del Estado!
Giré mis pasos y volví a mi domicilio en Abasolo, a escasas dos cuadras. Cambié la ropa deportiva y me dirigí al evento. Nogueda Otero levantaba el brazo derecho con la mano en punta.
–¡SÍ, protesto!
Salimos al besamanos a Palacio de Gobierno. Los saludos fueron rápidos.
Al salir del despacho, me detuvo Graciano Astudillo Alarcón, desde el ayuntamiento de Acapulco su secretario particular: “Lo vamos a llamar para que hable con el licenciado”, dijo sonriendo.
Israel Nogueda Otero asumió la gubernatura en substitución del profesor Caritino Maldonado Pérez. El helicóptero que trasladaba al Jefe Cari, de Ciudad Altamirano a Chil-pancingo, fue arrastrado por un ven-daval hasta estrellarlo en el cerro Mi-raval. Murió el Ejecutivo y los titulares de los poderes Legislativo y Judicial, Federico Encarnación Astudillo y Carlos Urióstegui Ocampo; también el piloto. (17-04-71).

Debe haber un error

Acaso dos semanas después, me citaron en Palacio. El gobernador me presentó con Rogelio de la O Almazán, su síndico en Acapulco. “Va a ser Presidente del PRI y tú, joven líder –siempre me llamó así–, el secretario general”.
Me pidió Rogelio encontrarnos a las cinco de la tarde, de ese día, en la Posada Meléndez. Vamos a recibir al licenciado Santiago Roel García, representante del PRI nacional. Me pidió discreción absoluta y “no se despegue de mí”.
La Posada Meléndez era un hormiguero: los que salían del comité estatal, encabezados por el licenciado Ramón Uribe Urzúa y el profesor Jesús Romero Guerrero, y los muchos que aspiraban a formar parte de la nueva administración pública.
Las felicitaciones a De la O se multiplicaban. Llegó el futuro canciller de López Portillo y de inmediato partimos al sitio.
En el automóvil se acomodaron Santiago Roel, Rogelio de la O, Ramón Uribe y otras personas. El asiento posterior estaba saturado. Me vieron con extrañeza, pero se apretujaron para que yo cupiera.
El auditorio estaba colmado y las porras a Rogelio se sucedían. Nos colocamos en el presídium, yo al lado de quien sería el presidente. Atrás había otra fila. Mientras se calmaban los espontáneos apoyos, alguien tocó mi hombro:
–Cámbiate a mi lugar.
–No, este me corresponde.
–Yo soy diputado local.
–Pero yo soy el director juvenil estatal y este es un acto del Partido, no del Congreso. Siguió insistiendo; ya no atendí.
Llegó el pronunciamiento de los sectores agrario, obrero y popular. Todas las manos en alto: aprobada por unanimidad la designación del nuevo presidente.
Rogelio de la O llamó al maestro de ceremonias, Héctor de Jesús Hernández Ramos –estudiante de Derecho–, y le pasó una nota.
–Se propone como secretario general a… –dobla el papel y se acerca a Rogelio.
–No puede ser, debe haber un error –dice a media voz.
–Usted lea el nombre. –responde Rogelio.
–Aquí hay una equivocación…
–Ya léalo.
Igualmente aprobado. Tenía 23 años. Dos años después pasé a la secretaría general del sector popular (CNOP).

La dirección juvenil

Asumí la dirección juvenil del PRI –21 años– en el cine Colonial de Chilpancingo. Relevé a Hugo Pérez Bautista –amistad de toda la vida–, con quien colaboraba. Asistió el gobernador Caritino Maldonado y Roberto Gatica Aponte, quien aspiró –fui su partidario– a suceder al doctor Raymundo Abarca Alarcón.
Como colaborador de Hugo Pérez Bautista –último año del gobernador Abarca– recorrí el estado, municipio por municipio, con excepción de Malinaltepec y Metlatónoc, inaccesibles por vía terrestre. No recibía viáticos para las giras. El general Baltazar R. Leyva Mancilla, presidente del PRI, firmaba dos memorandos: uno dirigido A quien corresponda, con el fin de que los choferes de la Flecha Roja no cobraran mi pasaje; y otro, a los alcaldes, para que apoyaran con hospedaje y comida. Todos se cuadraban ante la firma del ex gobernador.
Ramón Uribe Urzúa, dirigente del PRI –gobierno del Jefe Cari–, proporcionó a la dirección juvenil un yip amarillo Land Rover, en el cual seguí el periplo por la entidad. Tenía un equipo alegre y entusiasta: Raúl Salgado Leyva, Roberto Comadurán Chavarría, Fidel Galeana Agatón, Francisco Bernal Román y hasta Jorge Vielma –uno de los líderes del Movimiento Social de 1960– se integró al grupo en el recorrido por la Costa Grande.

Te vamos a joder

Al gobernador lo veía con cierta regularidad. Antes o después de la audiencia, pasaba a la particular a saludar a Juan Nogueda Soto, de reconocida inteligencia y cultura, orador innato. Graciano Astudillo había sido designado Oficial Mayor.
Un mediodía, subía las escalinatas del Palacio de Gobierno –ahora Museo del INAH– y bajaba el diputado Efraín Zúñiga Galeana, secretario general de la CNC. Al encontrarnos, me dijo:
–No has ido a ver a Juan… ¡Repórtate, porque si no te vamos a joder!
–Mira, tú debes reportarte con Juan porque a él le debes el cargo. Yo soy por el gobernador y no tengo dos jefes –di media vuelta y nunca más volví a la oficina del secretario particular.
Juan Nogueda, Efraín Zúñiga y Rigoberto Pano, coordinador del Congreso, insistieron con el gobernador para que me despidiera. Argumentaban que yo lo iba a traicionar. El gobernador Nogueda los invitó a desayunar en su residencia conocida como El pueblito, propiedad del doctor Eusebio Mendoza Ávila.
Los tres mosqueteros se presentaron con su D’Artagnan, un contador delegado del Injuve, que sería mi reemplazo.
Cuando propusieron mi relevo, los atajó el gobernador: “El joven líder es mi amigo. Los llamé para ver otros asuntos”.

El proyecto Echeverría

Al alcalde de Acapulco Nogueda Otero solicité audiencia cuando fui al puerto a reorganizar la dirección juvenil.
En otra oportunidad, le expresé mi interés en mantener la comunicación. Argumenté el motivo: nuestra clase política está cargada con el doctor Emilio Martínez Manatou, secretario de la Presidencia; lo consideran sucesor del Presidente Díaz Ordaz. “Se necesita un cambio para que Guerrero tenga mejor desarrollo. Y ese cambio, lo representa el secretario de Gobernación Luis Echeverría, a quien usted apoya”.
Consecuencia de esa relación, fue que el alcalde Nogueda me presentó con el ingeniero Rubén Figueroa Figueroa.
Acertamos con Echeverría. Don Rubén, el alcalde Nogueda, el diputado federal Eusebio Mendoza y yo, fuimos a Palacio de Gobierno. Yo permanecí en la antesala.
Don Rubén fue la única voz:
“Caritino, te venimos a invitar para que nos acompañes mañana, en la caravana que va a saludar a nuestro candidato Luis Echeverría”.
–“No, Rubén. Al gobernador no se invita; el gobernador encabeza”. Responde don Rubén: “tú sabes cómo se dieron las cosas”.
Yo era el único en la antesala, ni siquiera las escoltas. Oí nítida la conversación y el discar del teléfono.
–“Luisito, aquí está nuestro amigo Rubén, el diputado Mendoza y el alcalde de Acapulco, que no sé qué hace lejos de su base. Me viene a invitar para que acompañe a la caravana del priismo guerrerense. Yo le digo a Rubén que al gobernador no se le invita, el gobernador encabeza”.
Breve silencio.
–“Rubén, Luisito quiere hablar contigo”.
El Jefe Cari encabezó a los dos mil priistas que arribamos a Bucareli. Al dirigirnos a las rejas del Palacio de Covián, me dijo don Rubén: “Lo voy a presentar con Echeverría. Quiero que sepa la clase de joven que es usted. No se separe”. La multitud tiene la fuerza de un huracán. La distancia se fue abriendo con don Rubén y para mí fue insuperable.
La alianza política Figueroa-Nogueda, pronto se fracturaría.

 

Respirar política

No sabía de qué se trataba. Me gustaba escuchar las conversaciones de mi padre, Florencio Eduardo Salazar Arriaga, con amigos, familiares y en las visitas al tío Alberto en su hotel Reforma en Chilpancingo.
En un instante, los pasillos de la casa, cualquier espacio disponible, se llenaba de cajas, que luego se trasladaban a un amplio inmueble alquilado con prisa. Las cajas contenían formatos de actas y papelería oficial, sellos, cojines, tintas, engrapadoras…
Mi padre había sido nombrado presidente de la Comisión Electoral del Estado. Su trabajo era temporal e intenso: organizar la instalación de casillas para las elecciones federales. Lo visitaban futuros senadores y diputados, interesados en conocer la integración de su expediente que, en su momento, presentarían ante el Colegio Electoral de la correspondiente cámara legislativa.
Señalados los candidatos por el gran dedo, las elecciones eran de trámite. Sin embargo, había rigor en el cuidado de la forma: un expediente mal integrado podría hacer que se reconociera el triunfo de algún opositor. La simbólica oposición podría obtener un distrito ahí donde el candidato del PRI incurriera en torpezas.

La transitoria atención

En el periodo entre la organización y el cómputo de las elecciones, mi papá era el hombre del año. Recuerdo a los futuros senadores Caritino Maldonado y Carlos Román Celis, y al candidato a diputado federal Moisés Ochoa Campos, pasando el umbral doméstico.
Jorge Soberón Acevedo –en otros tiempos– solicitaba el apoyo de mi papá para allegar firmas de respaldo, pues aspiraba a ser gobernador. Era diputado federal. Don Florencio no se negaba al hijo de su prima hermana.
El cargo electoral lo desempeñó mi padre en dos ocasiones. Lo llamaba el secretario general de Gobierno, José Inocente Lugo Jr. para pedirle aceptara ese puesto agotador. Mi padre tenía disciplina militar: organizado, meticuloso, de resultados.
Esa febril actividad le entraba por las venas, bullía en su cerebro y salía como torrente en sus acciones.
A los 22 años fue jefe de ayudantes del gobernador, el general Alberto F. Berber, medio hermano de su madre, mi abuela Beatriz.

El compromiso incumplido

Fue magandista muy comprometido; activo en la recolección de firmas en la entidad y promotor de su proyecto. Alejandro Gómez Maganda sucedió en el gobierno al general Baltazar R. Leyva Mancilla.
Para destapar a los tapados, Gómez Maganda invitó a comer a un grupo de seguidores. En el curso del convite preguntó a cada uno sobre su lugar origen. El gobernador asentía: “Serás diputado por Tierra Caliente, por Costa Grande …”. Tocó turno al escritor Juan R. Campuzano. Labia aguda: “Soy de donde usted ordene, señor gobernador”. Don Alejandro, satisfecho: “Serás diputado por La Montaña”. Años después, pregunté al maestro Campuzano sobre la veracidad del episodio. “Claro que es cierto –levantó las manos con elocuencia–, Alejandro ya había repartido todo”.
Terminada la asignación de los distritos, el gobernador preguntó a mi papá: “Y tú, ¿de dónde eres?”.
–¿Ya no se acuerda cuando iba a verme a Amado Nervo 17? ¿Ya no se acuerda cuando me pedía apoyo para su candidatura? –respondió seco.
–No te molestes, Florencio, lo que pasa es que…
Interrupción de tajo:
–Lo que pasa es que usted es un hijo de la chingada –y salió de la reunión.
Gómez Maganda había ofrecido a mi papá la diputación por Chilpancingo. Antes de la comida, le dijo que no podía desatender la recomendación del ex gobernador Rodolfo Neri, por lo cual su hijo René ocuparía la curul. Le pidió aceptar la alcaldía de la capital y en el siguiente trienio, la diputación.
Mi papá se volvió crítico acérrimo de Gómez Maganda. Mi madre le pedía prudencia. Él respondía sin variar el tema. No obstante –refirió Arcadia, mi madre–, el gobernador le enviaba cada mes mil de aquellos pesos. Don Alejandro no concluyó el periodo por sus pugnas con el presidente Adolfo Ruiz Cortines. Era más alemanista que Miguel Alemán.

Apuestas sin futuro

Mi padre fue un gran conversador, pero sus opiniones eran atrevidas. Nunca más aspiró a cargos de elección.
–¿Porqué no aceptaste la presidencia municipal? –quise saber.
–Era un cargo simbólico. El ayuntamiento no tenía ni para los sueldos –contestó con desgano.
De los amigos de aquella época, mantuvo la relación con el maestro Campuzano. El escritor de vez en cuando –procedente del DF– llegaba con su esposa Elvira a saludar a la casa. Llevaba un paquete de su periódico Animal político. Bien escrito e ilustrado, impreso en dos colores. Era de los llamados católicos: aparecía cada vez que Dios quería. Yo lo voceaba en el zócalo y la venta era para mí.
Mi papá organizó algunas campañas de candidatos a diputados. Se desaparecía por meses en la Costa Chica o en La Montaña, hasta que pasaban las elecciones. No enviaba el gasto porque “es momento de apoyar, no de cobrar”. Los después diputados no llegaron a más.

Dejar crecer los problemas

En 1960 yo tenía 11 años. Desde la loma de Amado Nervo alcanzaba a ver lo que cruzaba por la avenida Guerrero, que conecta a la plaza cívica con la alameda. Frente a la alameda estaba el edificio neoclásico del Colegio del Estado, actual UAGro. La declaratoria de estatus de Universidad sin autonomía, a los estudiantes les pareció insuficiente. Además, rechazaron la designación como rector del profesor de primaria, Alfonso Ramírez Altamirano. Los estudiantes se declararon en huelga. El gobierno impulsó un grupo de choque que, con amenazadora frecuencia, provocaba en mítines simultáneos.
Del reclamo de la autonomía se fue pasando a las denuncias de abusos de la policía judicial, de la motorizada, de la falta de obra pública, de quejas de grupos sociales y sindicales, a las que se fueron sumando declaratorias solidarias de los ayuntamientos. Lo anterior impulsó el conflicto hasta personalizarlo en el gobernador, el general Raúl Caballero Aburto.
El problema se dejó crecer y se agudizó con aprehensiones y maltratos a estudiantes.
A uno de los huelguistas detenidos la policía le machucaba los dedos de los pies:
–¿¡Tu nombre!?
–¡Tito!
–¿¡Tu nombre, no tu apodo!?
–¡Es que me llamo Tito! –sí, era Tito Díaz Nava.
La huelga se convirtió en un movimiento. Es decir, en la convergencia de organizaciones sociales y políticas diversas, identificadas con un propósito mayor al otorgamiento de la autonomía: la desaparición de poderes.
El pueblo estaba incitado, excitado, incontenible.
Los locatarios del mercado se trasladaron a las avenidas y calles aledañas al edificio en huelga.
Las clases estaban suspendidas. Yo iba a la alameda a escuchar a los jóvenes líderes. Todos elocuentes: buena voz y discursos enjundiosos sobre la injusticia, el saqueo y la represión. La numerosa audiencia aplaudía, exclamaba su apoyo. Se producía una catarsis, que pasaba de la vitalidad combativa a la alegría de feria.
Una tarde, Miguel Ángel Rábago concluía su intervención en el micrófono con un deseo inconcebible:
–¡Sangre! ¡Quiero sangre!
Una piedra del grupo opositor pasó precisa por el hueco de una de las letras de la palabra Universidad, para estrellarse en la frente del exaltado. Chorreaba sangre, toda su cara se llenó de sangre.

El poderoso llamado

De aquellas bocinas grises en forma de embudo, salían las voces de Juan Alarcón Hernández, Imperio Rebolledo Ayerdi, Jorge Vielma Heras, Juan Sánchez Andraca y, del admirado presidente del Comité de Huelga, Jesús Araujo Hernández, quien cerraba la ronda de intervenciones. La gente lo reclamaba:
–¡Papá Chuy! ¡Papá Chuy! –llamaba papá a un muchacho de 17 o 18 años de edad, que iniciaba sus alocuciones con un invariable: Pueblo mío.
Yo los escuchaba con atención y algo se agitaba en mí que me impelía a querer ir en busca del micrófono y pronunciar un discurso. Aquel era un pensamiento vehemente y vano. El pórtico de acceso estaba bloqueado por docenas de butacas metálicas, dejando en medio la reja encadenada. Imposible llegar a la azotea tribunicia de los dirigentes.
Aquel movimiento culminó con una masacre del ejército y la posterior desaparición de poderes. El electricista, negado a bajar del poste donde colocaba una manta, fue abatido por un soldado. Después llegó la tropa disparando a los pacíficos inconformes. Sobresalió el valor de las mujeres, que enfrentaron la agresión con cañas de azúcar. Murieron dos tíos míos: Tomás Adame y Benjamín Méndez.
Advertí el idealismo de la juventud, la fuerza de la organización popular, el crecimiento del descontento ante la soberbia del poder y otro trágico eslabón del atraso de Guerrero.
Ahí tuve conciencia del poderoso llamado de la política.

 

 

Javier, mi hermano

LA VIDA MARCHA

Fuimos nueve, en dos grupos de hermanos, con los mismos padres: cuatro hombres y una mujer primero y –con pausa de siete años– tres hombres y una mujer, después.
Yo soy el primero del segundo grupo.
Mi hermano Javier –sepultado este último domingo– fue el segundo de los primeros.
Tenía 89 años. Lo recuerdo cuando contrajo nupcias con Elizabeth Tejada Reyes, en el templo de San Francisco. La noche de aquel 28 de julio de 1957, un sismo de 7.8 con epicentro en Guerrero, derribó el Ángel de la Independencia.
Trágico en Chilpancingo. Habitantes afligidos, viviendas deshechas y las casas de un nuevo fraccionamiento, al sur de la ciudad, parecían aplastadas por el pie de un poderoso Titán Colosal.
Por ello, digo a mis sobrinos que sus genes son telúricos.
Pienso en Javier y en los que han partido –Alberto y Carlos– e imagino a cada uno como un bloque de granito al que le brotan manos y brazos y, de su propio volumen, hacen cincel y martillo para esculpirse a sí mismos.
En mi infancia, con excepción de mi hermana Beatriz –hermosa persona–, a mis hermanos mayores los recuerdo en nebulosas imágenes.
Partieron jóvenes buscando opciones en la vida.
Javier –el guapo de la familia– se esforzó en varios empleos hasta que encontró la oportunidad en la Comisión Federal de Electricidad. Fue administrativo en ascenso. Llegó a ser representante sindical, formó a su familia y su patrimonio.
Tenía vena bohemia. Tocaba la guitarra y era entonado en la interpretación de boleros. Con cientos de discos, debidamente clasificados, pasaba horas escuchando a Los 3 Ases, Los Panchos, Los Tres Reyes, Los Tecolines… Esa afición la tenía mi hermano Alberto y la comparto yo.
“Quiero que oigas a mi compadre” y surgía la voz de Marco Antonio Muñiz. Y una y otra vez oíamos a su compadre. En una de tantas le pregunté de qué era su compadre el célebre interprete. Entre risas contestó: “Él no lo sabe, pero yo lo hice mi compadre”.
Ustedes disculparán que los distraiga con asuntos personales.
Ocurre que la vida es una historia irrepetible y cada quien –por reflexión o intuición– la va construyendo. Por ese motivo, todos somos hijos de nuestros actos.
Javier era afable, pero en ocasiones lo cubrían tormentas.
Creo que la inteligencia nos permite sanar heridas. La rosa de los vientos que orienta nuestras formas de pensar ofrece la ventura, las alternativas para el bien vivir. No obstante, hay que evitar el rencor, ser obstinados. El aislamiento, resultado de la terquedad, amarga.
Él templaba su carácter en el trabajo, en la música y en su responsabilidad familiar.
El descenso de su vitalidad fue indeseable. Señala Torres Bodet que es ofensivo asistir a la degradación de un ser humano.
La vida tiene dos misterios: el primero y el último. ¿Qué concurre para nacer y morir? No lo sabemos, no lo sabremos.
Vivimos en la Gran Armonía. Somos partes de la totalidad que nos forma y transforma. El polvo que seremos se convertirá en algo que seguirá viviendo. Por eso también creo que Dios perdona todo, porque cada quien vive su propio cielo y su propio infierno.
Ustedes pensarán: si Dios perdona todo, entonces: ¿Cuál es la razón de la virtud, de evitar la maldad?
Dios nos dio libre albedrío, pero también nos colocó una alarma autónoma: la conciencia. Ella puede aguijonear y traer de la nada aquella decisión, ese acto, que creíamos olvidado. También nos induce a buscar la perfección humana, la utopía que nos aproxima a la divinidad.
La conciencia impide que nos engañemos a nosotros mismos. El bien fortalece; la maldad abate.
El ser humano es energía y contribuye a la arquitectura de Dios en sus tiempos. El tiempo es lo único que prevalece con Dios.
Hay que vivir. El tiempo es limitado porque nada que sea finito es inmortal. Sin embargo, lo mortal continúa; muere pero no desaparece.
Venimos a vivir la alegre vida, dice Jaime Sabines.
En el conflicto y la angustia inherente a la existencia, mi hermano Javier libró sus batallas.
Su cuerpo será raíz de musgo o selva. Será, prevalecerá.

 

Del tronco originario

Mi padre Florencio Eduardo Salazar Arriaga, fue hijo de Florencio Salazar Córdoba y nieto de Anacleto Salazar. Todos longevos: uno vivió 96 años, otro 105 y el último 115. Mi abuelo Florencio nació en Morelia y de ahí su familia se trasladó a Guadalajara, en donde fabricaban carruajes. De aquel taller mi abuelo aprendió varios oficios: carpintero, talabartero y herrero. También fue músico. Mi abuelo Florencio nació (1871) cuando vivía Benito Juárez. Mi bisabuelo, probablemente, hacia finales de la Guerra de Independencia.
Su familia fue una tribu de 24 hermanos. Al parecer mi bisabuelo al enviudar contrajo segundas nupcias. Sólo conocí a dos hermanos suyos: Ignacio y Genoveva, menores que él, en las dos o tres ocasiones que visitaron Chilpancingo. Mi abuelo se trasladó de Guadalajara a la Ciudad de México, aprendió el arte de la armonía y los compases y se enroló en una banda de música del ejército federal.
Bajo de estatura, en su juventud debió ser robusto como un tractor. De rostro casi redondo, afilada nariz, boca finamente recortada y mirada serena. Su voz siempre fue de mesura. No le escuché verbos agrios ni adjetivos despectivos. Era discreto y de pocos amigos. Al único que le conocí –y quería como hermano– fue a su compadre, el director de la Banda de Música, don Pepe Ocampo, nieto de don Magdaleno Ocampo, el sastre que confeccionó la Bandera Trigarante en Iguala. Con la caída de la gubernatura de don Alejandro Gómez Maganda en 1954, arribó como substituto el ingeniero Darío L. Arrieta Mateos. El gobernador Arrieta fue a la serenata en el zócalo. Llamó a don Pepe y le pidió que interpretara danzones, mambos. Don Pepe le explicó que las marchas, valses y oberturas educaban musicalmente al pueblo. “La música popular –agregó– se escucha en todas partes”. Arrieta Mateos respondió: “Si no quiere tocar música popular, ¡renuncie!”. Y don Pepe renunció.
Mi abuelo llegó Chilpancingo con la banda de música del coronel Victoriano Huerta, enviado a Guerrero por don Porfirio Díaz a sofocar “un levantamiento de indios”. Además de músico, se ocupaba de atender el lugar de descanso del coronel. Al concentrarse las tropas federales él permaneció en Chilpancingo. Instaló su carpintería. Durante 50 años fue el único que ofrecía servicios funerarios. Durante la Revolución, zapatistas y carrancistas arrasaban con las cajas de muerto. “¿Por qué no cerraba la puerta?”, pregunté. Respondió que la tiraban. Lo compensaban con muslos de res o cerdo. Intentaron fusilarlo por huertista. “Si fuera huertista –se defendió– estaría con él”. Luego pensó en voz alta: “Huerta era un buen hombre, lo echaron a perder los políticos”.
Aquí conoció a Beatriz Arriaga Flores –originaria de La Unión–, mi abuela. Los esposos –ella embarazada–, se trasladaban a la Catedral de Chilapa a lomo de bestia. El camino de herradura debió ser muy penoso. Cuando iba con mi padre a La Levítica, en donde era Agente del Ministerio Público, viajábamos en la línea Gacela, de camionetas café claro. Los trayectos eran interrumpidos por las ruedas en hoyancos y surcos de barro. Todos los pasajeros teníamos que descender a empujar el vehículo. Lo que ahora se recorre en 40 minutos, entonces se hacía en tres o cuatro horas entre saltos y sobresaltos.
En aquellos caminos lodosos y torpes mi abuela Beatriz cayó de la mula, con la consecuencia del aborto. Ambas eran personas de fe. No imagino el sufrimiento padecido. Pasaron años, hasta que venturosamente nació mi padre, hijo único. Apenas se hacía la luz solar, mi abuelo llevaba a su pequeño a la alameda Granados Maldonado a respirar oxígeno puro.
Cuando conocí a mi abuelo él debió tener unos 65 años. Para entonces –viudo–, ya había contraído matrimonio con Juanita Molina, originaria de Mochitlán. Habitaban una casona de adobe y teja, en la esquina de Madero y Zapata. Enfrente estaba el correo, que administraba el señor Herrera. En ese lugar se encuentra ahora el auditorio del Poder Judicial. Juanita tenía un puesto de periódicos en una esquina del Jardín Cuéllar, en cuyo quiosco tocaba la Banda. Ella cuidaba –inútilmente– que mi abuelo no nos diera nuestro domingo; teníamos poca simpatía por ella. Pasado el tiempo, comprendí que fue la mejor mujer que pudo haber tenido. Vivía para atenderlo y él siempre la trató con respeto.
En la carpintería hacía puertas, marcos bellamente labrados y los estuches, oficio que combinaba con la música. Con Margarito Damián Vargas fundó la Banda de Música del Estado. Parece almirante con su uniforme azul. Tocaba la tuba, aparatoso instrumento enrollado en su cuerpo –como boa metálica–, sacando su enorme boca dorada por encima de su cabeza. Inconfundible en los desfiles.
Fue dos veces alcalde de Chilpancingo. Estuvo en el cargo no más de un año en ambas ocasiones. Le pregunté por qué esos cortos periodos. Me dijo que construyó –con sus manos y otras solidarias– un puente de madera para comunicar la calle de Morelos con el panteón municipal, pero los regidores querían repartirse el material. Terminada la obra, decidió renunciar. Ese puente cruzaba las cristalinas aguas del río Huacapa, de riberas boscosas. Allí llegaban a beber jaguares, venados y toda la fauna, según me ilustró.
No obstante ser el único vendedor de féretros durante 50 años, su casa era modesta y no propia. De la esquina de Madero y Zapata se cambió a unos metros de esta última calle. En dos ocasiones mi madre Arcadia, me envió a vivir con él. La primera vez era un niño de no más de 10 años y la segunda ya adolescente. La nueva casa también era de adobe y teja. Después de su fallecimiento, me enteré de que se la prestaba doña Adelita Marino –dueña con su esposo don Emilio Cabrera de lo que fue el hotel Bravo– sin pagar renta.
Cada año, a mis hermanos y a mí nos llevaba a la papelería de don Odilón Ramírez. Le entregaba las listas de lápices y cuadernos. Don Odilón anotaba la cantidad y mi abuelo le iba pagando. Con frecuencia sacaba de algún bolsillo secreto un billete dobladito, para que llevara a mi mamá cinco o diez pesos.
No aprendí sus oficios, aunque usaba los serrotes, los formones, la segueta y las garlopas para hacer “rifles” de madera (en una tabla de 50x6cm, en un extremo se clavaba una tira transversal sobre la cual se montaba una tabla de unos 10 centímetros, sujeta con ligas; en la punta del otro extremo, se ponía una pequeña argolla para sostener otra liga, en la cual se colocaba un palillo de paleta jalándolo hasta presionarlo en el disparador). De aquel tiempo es mi cicatriz en la base del pulgar izquierdo, al cortarme con un formón. Escribía con frecuencia en su Remington, la cual conservo enmohecida.
La segunda vez que viví con mi abuelo, los primeros días no podía dormir. Compró un catre que se colocaba en la sala, de manera que estaba rodeado de ataúdes. En ese entonces, había visto las películas –ahora de culto– El vampiro y El regreso del vampiro, con Abel Salazar, Germán Robles y Ariadna Welter –mi primer amor–, las dos por un peso en la galería del cine Guerrero. Después me arreglaron el cuarto del fondo del taller.
A media noche tocaban la puerta. Mientras mi abuelo se vestía, yo doblaba el catre hasta dejarlo como maletín. Alguien había fallecido. Preguntaban el costo de las cajas. Escogían una de 60, 80 o 100 pesos, pedían la cruz, los candelabros, los floreros y él anotaba. Al cerrar la cuenta los deudos compungidos: “Sólo traemos 30 pesos, por favor, le pagamos después”. Él pedía nombre y domicilio, anotaba el anticipo y repetía moviendo la cabeza: “Sea por Dios, sea por Dios”. Jamás exigió letras de cambio, prendas de garantía, fiador. Con frecuencia le informaba Juanita: “Don Lenchito, te trajeron mole, dulce de calabaza, pierna al horno, torrejas”. Preguntaba de parte de quién. “Sólo lo dejaron”, respondía ella.
Lo observo en su mecedora leyendo diariamente El Universal. Los periódicos los empaquetaba y al final del semestre los vendía por kilo. Con ese dinero cubría parte de la siguiente suscripción. Yo leía los monitos del domingo.
Nunca lo escuché hablar mal ni andar en cotilleos de vecindario. No tuvo pleitos de juzgados, menos personales. Si acaso –cuando iba a comer a la casa de mi mamá–, tomaba una cerveza. No supe de disputas con su mujer. Era un hombre de disciplina rutinaria: a las 6 de la mañana a misa, a las 7 a la escoleta de la Banda de Música en las desaparecidas tribunas del Colegio del Estado –ahora UAGro–, después regresaba a desayunar, a atender su taller, lectura del periódico, comida, cena ligera y a las 7 de la noche se retiraba a dormir con su gorra de borla.
Unas horas antes de su muerte, mi hermano Gustavo y yo fuimos a buscar a un médico, que vivía a unos pasos de la casa. Era la una de la mañana. Entreabrió la puerta. Se negó a atender: “Ya se va a morir, no tiene caso”. Lo vi en sus últimos minutos. No quiso hablar con nadie, nadie que interrumpiera sus oraciones. Estaba hablando con Dios.

 

 

Democracia en los partidos

Del verdadero adversario te llega una valentía ilimitada. Franz Kafka.

Vivimos tiempos difíciles. La ola populista de América Latina –Argentina, Bolivia, Venezuela– llegó a México con Andrés Manuel López Obrador. La relección de Morena en la presidencia demuestra que su estrategia ha sido funcional: polarización política y social; suplantación de instituciones con la consulta al pueblo sabio; dinero por apoyo electoral; y control de poderes por el Ejecutivo.
Inmersos en la sociedad tecnológica de acelerado desarrollo, nuestro país marcha en sentido contrario: pésima calidad educativa, salud pública quebrada y economía hipotecada. Los problemas radican en la mediocridad de sus políticos y de la política, causa y efecto de toda actividad humana.
Resultado de la mala política es la suplantación de la democracia. Señala Soledad Loaeza: “Si la inevitabilidad del conflicto es el fundamento de la oposición, la necesidad del consenso es su justificación”. En otras palabras, el papel de la oposición partidista es cuestionar al gobierno, para hacer posible la inclusión de la razón de las minorías. Pero la oposición es débil por ineficaz y, para un régimen autoritario, no cuenta ni para cumplir el protocolo de la pluralidad.
Alexis de Tocqueville viaja a Estados Unidos en 1931. Es un observador de dimensiones, cuya gradualidad le permite conocer las entrañas de la reciente república, desconocida en el mundo de las monarquías. En 1935, publica la primera entrega del clásico La democracia en América. Analiza la característica de los condados, los procesos electorales, la división de poderes y la anatomía del nuevo sistema político. Hace un estudio comparativo entre la república estadunidense y la monarquía francesa, tema crucial en aquellos años.
“El Presidente es un magistrado electivo. Su honor, sus bienes, su libertad y su vida responden sin cesar del buen uso que haga de su poder. El ejercicio de este poder no le hace, por otra parte, completamente independiente: el Senado vigila sus relaciones con las potencias extranjeras, así como la distribución de los cargos, de forma que no pueda ser corrompido ni corruptor”.
En Estados Unidos el Legislativo es un poder fuerte, pues el presidente “no deja de estar sometido a una celosa vigilancia”. Se evita el riesgo de la concentración de atribuciones en una sola persona. James Madison, principal arquitecto de la Constitución, menciona que “La acumulación de todos los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, en las mismas manos, sean de uno, de unos pocos o de muchos, y sean hereditarios, autoproclamados o electos, pueden considerarse la definición misma de la tiranía”.
El gobierno no es resultado de una sucesión de actos de buena voluntad. Por sobre todas las cosas, obedece al ejercicio responsable de las atribuciones constitucionales. Por ello, la democracia se sostiene y desarrolla por el acuerdo entre quien tiene el poder y aquellos que aspiran a él. En sentido adverso, la imposición de un nuevo orden electoral –sin equilibrio de poderes– la pone en vilo.
Para evitar el acceso a la democracia de sus enemigos, en los partidos políticos dirigentes y candidatos deben ser electos. Los líderes sempiternos anulan la rotación y la renovación de las élites. También provocan que dejen de funcionar los circuitos entre los representantes y los representados. Sin democracia en los partidos, no habrá democracia en la sociedad y la oposición será una amarga caricatura.

 

La soledad del poder

Antes que la amistad está la Patria.
Ignacio Manuel Altamirano.

Durante el régimen priista se habló de El solitario de palacio. Rodeado de colaboradores, séquito y guardias, consejeros oficiales y oficiosos, en el momento de afrontar los graves problemas del país y tomar decisiones, el presidente de la República está solo. Escucha muchas opiniones, informes falsos o insuficientes y retumban ecos de sus palabras en voces serviles.
AMLO dijo que el presidente está enterado de todo. Falso. El presidente se entera de lo que quiere y de lo que otros desean. Cada día recibe notas, informes de miembros de su gabinete, gobernadores, alcaldes, diputados, senadores, empresarios, dirigentes sindicales, líderes de partidos, cuerpo diplomático, periodistas, ciudadanos… torres de papeles.
En la Secretaría Particular del presidente hay una oficina de correspondencia, que organiza y clasifica la información. Después se elabora un listado, para que el secretario particular decida qué llevará al Ejecutivo. A los remitentes —no a todos— se contesta con machotes: El C. Presidente ha tenido conocimiento, etc, etc… unos textos se envían a la dependencia que toque y otros a la picadora.
El presidente despierta con una carpeta roja: resumen y análisis de medios, de inteligencia política, del Ejército, la Marina y la Cancillería. Los temas neurales ahí están; asume tener la visión panorámica del país al día. Cuando él instruye sobre asuntos específicos es atendido con prontitud. Quizá alguna información se matice. Pero cuenta con diversos canales confiables, a los que puede pedir —en forma simultánea— lo mismo. No obstante, ¿sobre cuántos temas puede solicitar información diariamente?
Por otra parte, hay una forma mañosa de informar: un documento de más de 10 páginas es probable que no sea leído. Si se exigen notas ejecutivas, existe el riesgo de la mutilación. Si el Ejecutivo vive en la burbuja es posible que su realidad sea virtual. Por ello, las demandas sociales y económicas —incluidas las críticas— las advierta como actos de mala fe o de plano conspirativos.
Cuando el mandatario niega con énfasis hechos del dominio público, es posible que ignore la verdad de las cosas; por lo cual pueden complicarse los problemas. Entonces, tomará decisiones. Será el momento de advertir su soledad, pues será el único responsable de sus actos.
El problema será mayor cuando a la soledad de palacio se sume la desnudez del rey. Es decir, creyendo —en soledad— estar revestido de virtudes y reconocimientos. Por ejemplo: estas condiciones pueden presentarse cuando se decide ser sin ser para que sea el que ya no es.
He usado el género neutro de presidente, a fin de referir lo ocurrido en El Maximato, sobre todo la relación del presidente Pascual Ortiz Rubio con el Gral. Plutarco Elías Calles. Pero debo hacer una anotación: en aquella época la presidencia de la República no estaba institucionalizada y los factores de poder —los muchos caudillos militares— creaban la atmósfera de levantamientos armados. El orden impuesto por la necesaria presencia de Calles terminó con el arribo a la presidencia del general Lázaro Cárdenas.
La situación ahora es diferente: ahora la presidencia es más fuerte por el control de los poderes constitucionales, el apropiamiento del INE y el Tribunal Electoral, la destrucción de instituciones de transparencia y rendición de cuentas, la subordinación de la mayoría de las gubernaturas, diputados locales y alcaldes. La concentración del poder es brutal.
A pesar de lo anterior, la Presidenta Claudia Sheinbaum no parece tener el suficiente margen de operación política. Los problemas la acosan: afuera y adentro. ¿Cómo siente la soledad y la investidura?, si las decisiones se ordenan desde Palenque, son especulaciones; especulaciones que la degradan.
No aspiro a la inestabilidad política, la crisis económica y la irritación social. Con todo lo que signifique, la presidente de la República necesita dar un paso trascendental: ser estadista.