Los “claros de bosque” de los niños

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Filosofía y literatura (2)

Nota bene. En el objetivo de esta serie de encontrar algunos “puentes” (ontológicos) entre la filosofía y literatura, y en la idea ya anunciada de caminar en la ruta que nos mostró el filósofo francés Gaston Bachelard (1881-1992) durante muchos años, nos atrevemos a hurgar un poco sobre lo que, a partir de una frase de Heidegger, pudieran llamarse “los claros de bosque” de los niños. Hay que señalar sólo, a manera de presentación, que Gaston Bachelard dedicó una parte importante de su vida a encontrar y explicitar, desde el campo de la fenomenología husserliana y de la perspectiva de la “imaginación dinámica”, los hilos que unen o pueden unir íntima o “esencialmente” a ambas disciplinas (la filosofía y la literatura). En lo que sigue trataremos de hacer un ejercicio similar al que desarrolló nuestro filósofo, en un acercamiento a partir de lo que pudiera nombrarse de manera simple como “la mirada infantil”.

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En el razonamiento primario que fincó el inicio de la obra de Gaston Bachelard (la que se desarrolla en la colección que va de La psicología del fuego a la de La poética del espacio, editados en español por el Fondo de Cultura Económica) queda claro que. si el sueño –“objeto” propio del psicoanálisis– tiene una realidad físicamente intangible y en muchos sentidos “ficcional”, pero dice o explica en ocasiones de mejor manera el “sentido” o “la circunstancia” del Ser de lo que pudiera entenderse a partir de la “simple palabra” o de la “constatación objetiva de los hechos”, ¿por qué pudiera pensarse que la “ficcionalidad” literaria no es capaz de dilucidar claves para una mejor o más certera comprensión del Ser y de sus circunstancias en su “estar-en-el-mundo”? ¿No es acaso el poema o el escrito literario en general una especie de “emanación” misteriosa que pudiera emparentarse con los sueños? ¿No queda acaso como una duda siempre a resolver el “de dónde surgen” los sueños tanto como el “de dónde surge” la denominada inspiración que comanda la escritura del poeta, cuentista o novelista? El psicoanalista encuentra, en esa intangibilidad de los sueños, elementos decisivos para entender y ayudar a sanar “la enfermedad” del paciente. El filósofo, por su parte, encuentra –o puede encontrar– en la literatura elementos esenciales para entender “verdades” del Ser que no son evidentes en la literalidad propia de lo que dice su pluma.
En esta entrega aplicamos el mismo principio bachelariano para ver y tratar de entender cómo desde “una mirada infantil” –mirada que, en este caso, es pensada en la condición de un específico “existencial”, pues el niño “está” plenamente “en el mundo” desde el primer día en el que “llega” a él desde el vientre de su madre– es posible, a través de sus sueños como el de sus escritos o dibujos primarios, descubrir verdades esenciales al “sentido del Ser”, mismas que la mente adulta no necesariamente es capaz de “ver” o comprender. Al menos por una simple y llana razón: que el niño “aún no comprenda” puede implicar una carencia, pero puede a la vez implicar, por el contrario, una importantísima virtud: la de tener la “mente abierta” a lo que le presenta el mundo, con capacidad de “asombro” y de avidez para aprender a su manera lo que “lo que le da la vida”. En tales condiciones, los niños pueden contar y alimentar una fértil y vigorosa imaginación (la “imaginación dinámica”, en los términos de Bachelard), factor que le permitirá, como dice el filósofo multicitado, “(llegar) a la raíz misma de la fuerza imaginante de la creación poética”.
No hemos hablado ni hablaremos ahora de El principito (de Antoine de Saint-Exupéry), obra que permitiría encontrar algunas de las líneas de aproximación que se ubican en nuestro tema. Lo dejamos como pendiente. Pero no es menor lo que aporta, en lo dicho, otra obra mayor de la literatura que, podemos apostar, ha sido leída y releída por una buena parte de quienes ahora siguen estas letras: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. ¿Qué nos ofrece esta obra en el vínculo entre filosofía y literatura? Digo aquí lo que escribí hace algún tiempo en otro texto: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas “tiene una profundidad y alcances filosóficos de tal naturaleza que ha permitido fincar reflexiones exquisitas como las que permiten a Gilles Deleuze la apertura de uno de sus mejores libros: Lógica del sentido (Paidós, 1969).

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Recordando partes importantes del libro de Carroll, sabemos que. en sus sueños creativos, una niña rubia de siete años de edad decide perseguir a un conejo blanco, hablantín y presuroso, que viste de chaleco y posee un reloj de bolsillo. “Alicia se levantó de un brinco y, muerta de curiosidad, corrió por la pradera hacia el lugar donde se encontraba el conejo, y llegó justo a tiempo de verle desaparecer por una gran madriguera que se abría al pie de un seto.” La niña “se hace pequeña” para poder perseguir al conejo hacia el fondo de la tierra, por el curso de su madriguera, e inicia con ello una aventura que no encuentra límites en sus posibilidades mágicas y de transfiguración.
En el mencionado periplo, las aventuras de Alicia entran en un espacio a-temporal en el que los sueños se confunden y mezclan con “las realidades objetivas” y ofrecen una realidad muy otra a la que nos reduce el pensamiento racional despierto. El Pienso, luego existo, de Descartes, se hace añicos para ser desplazado en este caso por un insinuante y maravilloso Sueño, luego existo, tema-eje que permitiría entender con mayor profundidad la vida de los seres humanos (y, en particular, la de los niños) si lográramos cambiar nuestro criterio y aceptar que éstos (los seres humanos) están hechos y se desarrollan con “materia de niñez”. “En el subterráneo país de las maravillas –se dirá en la reveladora “Introducción” de la obra de Carroll publicada por la editorial Cátedra–, muchos de los principios que consideramos válidos en el mundo real ceden paso a otros muy distintos, de manera parecida a como cede en el sueño, según Freud, el principio de realidad al principio del deseo. Educada en el mundo de la vida ordinaria, a la diminuta visitante le sorprenderá el contraste de sus puntos de vista con los sustentados por los habitantes del nuevo e imaginario entorno”.
En la perspectiva de Deleuze, el sentido y el sinsentido no pueden calcarse en este caso sobre la relación polar entre lo verdadero y lo falso, debiendo establecerse más bien en un plano de “copresencia”. La sonrisa cuajada del gato de Cheshire será otro de los signos significantes de la historia. ¿Puede un gato reír? Y si así fuera, ¿De qué se ríe? No hay respuesta posible para cualquiera de estas dos preguntas, o, en todo caso, diríamos, no hay respuesta posible racional. La sonrisa eterna del gato de Cheshire no es más que un gesto puro sobrepuesto a la figura del felino, desprendido de toda materialidad para dar sentido textual al sinsentido y marcar o remarcar el carácter fantástico del personaje y del espacio-tiempo en el que habita.
El país de las maravillas al que pertenece Alicia aparece entonces como una tierra subterránea abierta al disparate, en una línea narrativa que interroga el sentido ordinario convencional adulto de la época para abrir nuevos continentes posibles a las capacidades creativas de lo imaginario y de la imaginación. Capacidades que de variadas formas y niveles aún tienen los niños y que pierden conforme crecen y se vuelven partícipes activos del tiempo-espacio de las personas maduras. “Más tarde –nos dirá Deleuze–, las personas mayores son atrapadas por el fondo, caen y ya no comprenden, porque son demasiado profundas”.
Siempre siguiendo el razonamiento de Deleuze, podemos decir que los diálogos de los personajes de la novela fantástica de Carroll utilizan también el sinsentido para confrontar y desnudar la impertinencia retórica de “Yoísmo” corriente instalado íntimamente en la vida y en el lenguaje occidental. Incluyendo en este caso la locura y el sentido del humor, en condiciones en que el acto humorístico devuelve a los humanos “a la superficie”, donde pueden captarse los acontecimientos y demostrarse que “lo pesado” y “lo sustancioso” son acaso solamente unos “espacios vacíos”.

De lenguas y lenguajes (pensar, decir, representar)

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Filosofía y literatura (1)

Nota. Abrimos ahora una nueva serie dedicada a hurgar en los misterios de la relación entre la filosofía y la literatura. Pedimos paciencia al lector pues iniciaremos dando un pequeño rodeo, con el objeto de precisar o remitir a conceptos o ideas que son celulares a ambos continentes. Seguiré aquí de alguna manera la idea básica de la “imaginación dinámica” desarrollada por Gaston Bachelard en la primera etapa de una parte de su obra (la que de hecho empieza con El agua y los sueños y cierra en La poética del espacio, FCE), basada justamente en “descubrir verdades esenciales” desde el mando de la fenomenología. ¡Por algún lado hay que empezar! La idea central será llegar al concepto filosófico “del nacer” de Hannah Arendt y de la “la Esfera” (construcción filosófico-morfológica) de Peter Sloterdijk, para entender, por ejemplo, entre otras cosas, el sentido de “construcciones ficcionales” (literarias) como las de Comala de Rulfo, Macondo de García Márquez, o Yoknapatawpha de Faulkner.
En el fondo se juega el tema planteado expresamente por Vargas Llosa sobre “La verdad de las mentiras”, y, en consecuencia, el referido a los sentidos “de verdad” o “no-verdad” en la filosofía y en la literatura. O, dicho de otra forma, “se juega” el cómo es que “la literatura” es capaz de dar sentidos y razones filosóficas “verdaderas” a nuestra vida.
En esta serie seguiremos una línea que partirá sin mayores detalles de la fenomenología de Husserl, y de quienes siguieron sus pasos y pudieron construir una obra tan monumental como la ya mencionada de Bachelard. No sobra decir aquí por qué creímos pertinente abrir brecha por esta vía: hay un tratamiento poco frecuentado en la filosofía y que parte, en sus lejanos orígenes, de Heidegger y de Nietzsche, a saber: la relación entre “la verdad” y la “no-verdad” en la que se mueve el mundo (no el mundo total, por suerte) al que hoy no parecería resultarle un tema realmente importante. “El fetichismo de la mercancía” suele ordenar nuestros andares, sueños y placeres, y la búsqueda “del fin” o “del objetivo” se convierte en deseo dominante sin importar qué “medios” se requieran para alcanzarlos.
¿Es la era de la IA y del “pragmatismo”, sin más? No precisamente, diría Sloterdijk desde 1983: es la época del cinismo (Ver su Crítica de la razón cínica. Primera versión en español, en 2003). Es (¿nuevamente?) la hora del “creer” y no necesariamente la hora del “saber”. Si la época se ha vuelto esencialmente cínica, y la búsqueda de cualquier “verdad esencial” aparece como una pantomima que se disfraza con elocuencias de todo tipo y forma, entonces la búsqueda de las verdades verdaderas (valga la expresión) tendrán que buscarse de alguna manera desde algún pensamiento a-lógico, acaso desde el “No” metódico de Bachelard (ver su libro La filosofía del No), desde la literatura (“la ficción”), o desde “la ingenuidad” de aquellos que aún son capaces de sorprenderse de que la vida es vida y de que el humor y la risa puedan irrumpir en la escena para dejar que nuestros cuerpos piensen y respiren. Es acaso la mirada infantil la que en este caso se vuelve un campo llano de gran fertilidad; o el no-sentido de quien descubre, por ejemplo, que “siempre es lunes”, como lo descubrió José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.
Es bajo esta franquicia que la literatura se liga estrechamente a la filosofía pues la primera no es de ninguna manera una “ficción superestructural”. Como veremos, la buena literatura es en muchos sentidos el camino que lleva más directamente que otras “especialidades” a “las verdades del Ser”.

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Decíamos al principio que no empezaremos este texto con una reflexión directa sobre el vínculo entre la filosofía y la literatura. Preferimos ubicar, a manera de introducción, lo que nos parece un gesto significativo desde lo que implica “exponerse” y “representar” (Gadamer). Porque a fin de cuentas es ese “gesto” el que nos ofrece algunas de las claves de la relación que está referida como título general de la presente serie. Y nos ayuda a “desmontar” lo que algunos creen a pie juntillas: que hoy por hoy lo que “se tiene que hacer” para enfrentar el cinismo que predomina es ser formalmente “serios y formales”, “claros en el decir o en el hacer”, “disciplinados” en lo que marcan los sistemas políticos o los escolares; en suma: luminosos como los rayos del Sol o transparentes como las aguas de los ríos que corren en libertad.
Y haremos esta primera reflexión con “la clave Einstein”. Para seguir después con “la clave Rulfo”. Los gestos de ambos serán ubicados aquí como “significantes” (¿expresiones acaso de una “significancia literaria”?) y deberán “leerse” desde una perspectiva del más amplio aliento, mostrando lo que en los dos casos concretos implica lo que pudiéramos llamar “la verdad de la ficción” (Punto en el que justamente se anuda la filosofía con la literatura).

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Tenemos en la mano la foto que muchos conocemos: es Albert Einstein viendo ante la cámara fotográfica, y lo único que se le ocurre es “sacar la lengua” a manera de burla; no al fotógrafo, por supuesto, sino a toda la humanidad (sabe que su fama es tal que la foto será universal y eterna). ¿“Irreverencia” y simple excentricidad” de Einstein? De ninguna manera. El célebre personaje sabe que “se expone” y “actúa”; es consciente de que “representa”. Pero sabe a la vez que es ésa la fotografía que chocará con los cánones sagrados de la “formalidad”: de la que tendría que “corresponder” a la altura de su genio, acaso ya esculpida, en su figura, de cuerpo entero, en algún campo universitario o en algún sagrado recinto museográfico oficial. Sabe a la vez que la foto en la que saca burlonamente la lengua será mucho más popular y más famosa que cualquier estatua que le construyan, aquí, en China o en Afganistán. La foto mencionada, en letras muy pequeñas redactadas clandestinamente por un duende (puestas ahí sólo para quienes se atrevan a verlas), acaso quiera decir a las generaciones futuras lo que en Así habló Zaratustra ya nos había dicho Nietzsche: “Nos acabamos de enterar de que Dios ha muerto; hazte cargo de ti”.

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Y ahora tenemos “la clave Rulfo”, personaje ya célebre (es 1987) sentado en una silla bien atornillada para resistir una hora de preguntas que, en entrevista televisiva que correrá por el mundo, le aplicará de corrido un famoso reportero de altos vuelos y que carga para llevar su oficio una muy cultivada “erudición”.
¿Qué es lo que literalmente hace Juan Rulfo ante las preguntas engoladas y eruditas de su interlocutor? Mentir. Sencillamente mentir. Dijo: “De la novela Pedro Páramo ya no me acuerdo”; agregando algo más, palabras más palabras menos: “Creo que es un libro que mi generación nunca leyó; es una novela muy difícil, y fue redactada con esa intención: para que tuviera que leerse tres veces para entenderla”. Y vaya usted a saber cuántas cosas más dijo el interpelado, mientras de vez en vez esbozaba alguna leve sonrisa, haciéndolo sólo (pocas veces, de hecho) cuando volteó a mirar a la cámara. ¿Torpeza o suprema timidez en el decir del jalisciense? ¿Farsante que quiere mostrar con su humildad suprema que para hablar sobre su Gran Obra no existe en realidad ningún interlocutor? No, en definitiva. Como en el caso ya visto de Einstein, Rulfo sabe que “actúa”, que “representa”, “que se expone”, que está en el “Gran Escenario”. Y la leve sonrisa que dirige a la cámara en unos cuantos tramos, lo sabe, es el “gesto” que vale y que sirve como mensaje para quien quiera entender. Tendría, si tal fuera el caso (es esa la imagen y el verbo que todos esperaban ver en pantalla), decir: “Identificar mis libros por lo que digo lleva a que se fetichicen o se malentiendan y no puedan leerse en sus posibilidades profundas y expansivas; en la riqueza que marca su ‘ser más’ que un conjunto de páginas que ofrezcan al respetable algún remedio ‘para su enfermedad’ (hastío, curiosidad intelectual, cultivar los diálogos de fiesta o de cantina)”. Continuando con una sentencia: “La novela ya no me pertenece; ya es tuya, y puedes hacer con ella lo que quieras, pues tú mismo eres protagonista de la obra”.

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“La verdad” para Einstein y para Rulfo estará entonces en las “señales-signo”: en la lengua del primero que, al “sacarla” frente al fotógrafo, hablará más de lo que pueda decir; o en las casi imperceptibles “sonrisas” de burla de un Rulfo que en una buena parte de sus entrevistas sólo le faltaba decir que nunca se había llamado Rulfo y que en realidad él nunca había aprendido a escribir.
Es en esta fisura de la á-lógica en la que la filosofía y la literatura se comunican entre sí. Es este específico campo en el que, creo, vale la pena empezar.

Pedro Páramo y su universo literario

LASCAS

Lenguaje, historia y literatura

(Último de la serie)

Hemos venido recorriendo el campo literario a través de las obras de Juan Rulfo, José Saramago, Nicolás Guillén y de García Márquez. Cerramos ahora el círculo de la serie “Lenguaje, historia y literatura” con el autor que abrió –y fue eje– de estas entregas, tratando de poner algunos puntos sobre las íes en torno a la que se ha considerado como la mejor novela mexicana de todos los tiempos: Pedro Páramo. En la próxima entrega abriremos el curso a una valoración que nos parece pertinente, a saber, la que existe entre la filosofía y la literatura, desde esa perspectiva que se nutre de Heidegger, pero que extiende sus líneas de desarrollo en grandes figuras como las de Hanna Arendt, Gadamer, Bachelard, Foucault, Derrida, Jauss, Agamben o Sloterdijk.

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En la mayor parte de “los ámbitos literarios” se ha manejado desde hace tiempo, con enhiesta certidumbre y como una especie de lugar común, que El Llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, “en el fondo”, si no en la evidencia simple de “los hechos”, son productos escriturales generados por un inteligente y dedicado triste hidalgo jalisciense que pudo verter en letra de cuento o de novela la síntesis de su vida desdichada, afectada desde muy temprana edad por el asesinato de su padre y por otras terribles circunstancias que desde su niñez forjaron en él un carácter melancólico y taciturno. Su conocida timidez agregó un aire de misterio interesante a un personaje que, de no haber adoptado tercamente el camino de “las letras”, bien pudo haber sido un exitoso alpinista, un fotógrafo de fama internacional, un burócrata del Instituto Nacional Indigenista o un declamador de versos célebres para el bienestar de los comunes.
Pocos lo tomaron en serio. Ricardo Garibay, por ejemplo, escritor de no pocos reconocimientos en el mundo literario, un buen día se burló de su texto-borrador de Pedro Páramo y le dijo que requería leer más novelas para que aprendiera a escribir. Octavio Paz, por su parte, no se tapó la boca para señalar que Rulfo era algo así como un advenedizo e improvisado escritor de líneas con poco alcance literario. Sólo Carlos Fuentes tuvo, a principios y a finales de su vida, la honradez intelectual de considerar que, palabras más, palabras menos, era, de todos los tiempos, la mejor novela que hubiera podido producirse en nuestros suelos.
¿Argumentos descalificatorios de la obra de Rulfo?: “Deshilvanada”, “incoherente”, “inverosímil”, “primitiva” en su lenguaje y “demasiado provinciana” y “rural”. Un criterio no poco común fue que “La Novela moderna” requería anclarse básicamente en “motivos urbanos”, pues el México de finales de los años 50 y principios de los 60 ya veía sus dramas o sus futuros promisorios desde el ámbito asfaltado y bullicioso de lo urbano.

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Las razones para “descalificar” las dos obras máximas de Rulfo se perdieron por lo demás en una estremecedora vinculación de las capacidades literarias del autor de Pedro Páramo no sólo con los recuerdos que se le enredaban en la mente a partir de su pasado infantil-adolescente, sino también con el alcohol. El alcoholismo del escritor habría hecho milagros para alcanzar los “pocos” méritos extáticos de su lectura. Estas y otras grandes barbaridades se fueron acumulando en los desméritos del jalisciense, con lecturas que –valga la paradoja– “se leían sin leerse”, pues nos pocos aseguraron que Pedro Páramo era una novela “indígena” y que era básicamente una “novela rural”.
La lectura más superficial muestra que en Pedro Páramo “lo indígena” sólo existe en una imagen de muy pocas líneas, y de que algunos de los personajes principales de la novela tienen en su trayectoria un vínculo más directo con lo urbano que con lo rural (Juan Preciado y su madre, o Susana San Juan y su padre, para poner algunos ejemplos significativos, pasan la mayor parte de su vida “en la ciudad”).

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Juan Rulfo no construyó su novela basándose en escenarios indígenas, y su hechura poco o nada tiene que ver con “su alcoholismo” ni con sus atribuladas experiencias tristes y “en desgracia” vividas desde su primera infancia y en su juventud.
Hay que recordar o saber, para empezar, que la mayor parte del tiempo de la vida de Rulfo se desarrolló en los medios urbanos, fuera en Guadalajara, la ciudad de México o en otras concentraciones urbanas. Hay que saber que a la edad de 15 a 20 años “ya había leído todos los libros”, con una capacidad de topo para entrar a estudiar literaturas que no eran muy conocidas y populares en aquellos años en el país. Y hay que saber también que su primera novela (antes de escribir su ramillete de cuentos en El Llano en llamas, y su inimitable novela Pedro Páramo) la echó a la basura cuando terminó de escribirla –titulada El hijo del desaliento–, misma que era “totalmente urbana”. Y hay que terminar este círculo de consideraciones con el hecho, simple y llano, de que, cuando escribió Pedro Páramo, Rulfo trabajaba como capataz en la empresa llantera Goodrich-Euzkadi, ubicada en la ciudad de México.

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De lo antes dicho surge una pregunta obligada ¿Qué relación pudo haber existido entre la experiencia de trabajo de Juan Rulfo en la Goodrich-Euzkadi y la redacción de Pedro Páramo? Veamos.
En carta fechada el 16 de febrero de 1947, Rulfo informa a su prometida Clara Aparicio que ha iniciado su proceso de capacitación para su ingreso a la Goodrich. En ella, divertido, se burla un poco de la falta de imaginación y de sentido del humor de quienes le “enseñan” lo que debe saber para ingresar al trabajo. Pero en unos cuantos días el gozo se va al pozo. Convertido ya en capataz en la fábrica, Rulfo cambia el tono de su escrito:

[Los obreros] no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día y por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar. Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está considerada como hombre.
¿Quiénes son esos personajes que el autor de Pedro Páramo describe? Sombras, fantasmas, vivos-muertos que no descansarán sino “hasta el día de su muerte”. Son hombres sin rostro, negados a ver cielo y a respirar aire limpio.
Todo en la vida de Rulfo ha sido trastocado. Quiere decirle a Clara, y no sabe cómo, que si se queda mucho tiempo más en ese ambiente terminará por ser él mismo destrozado en cuerpo y alma. Pero ello no sucederá –le explica a su prometida–, pues en esos días ha llegado a la conclusión de que “uno debe vivir en el lugar donde se encuentra uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados”. Y será entonces cuando Rulfo inicie su periplo de salida del referido trabajo embrutecedor.
Las señales del vínculo entre sus vivencias en la Goodrich y la redacción de su novela aparecen claramente establecidas en el calendario de 1947. Pues el 1 de junio de ese año dice en otra carta a su novia que quiere escribir “algo” que, de lograrse, se llamará “Una estrella junto a la luna” (Primer título pensado por Rulfo para su futura novela).
¿Bastan estas notas para mostrar que entre el paso de Juan Rulfo por la Goodrich y la redacción de Pedro Páramo hay algo más que una simple coincidencia de tiempos? El mismo Rulfo nos ofrece las claves definitivas cuando es entrevistado por el periodista argentino Máximo Simpson. Ante la pregunta de cuál es el significado de que Juan Preciado pregunte a otros muertos: “¿Están ustedes muertos?”, el autor de Pedro Páramo responde: “Usted ha de decir que [en la Goodrich Euzkadi] adquirí alguna experiencia o que aprendí mucho. Y no, lo único que aprendí fue a perder la memoria; acabé por no conocer a nadie, ni acordarme de cómo eran los pueblos y las ciudades por donde anduve y no tenía a nadie junto a mí para que me los recordara: me fui a mi casa para nunca más volver. Esa fue la coyuntura que aproveché para salirme de su infierno sin buscar ninguna otra justificación y así lo hice, aunque ya para entonces no sólo tenía quebrantado el cuerpo, sino adolorida toda el alma. Así pues, ése era mi estado de ánimo cuando escribí Pedro Páramo”.

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Dice Rulfo en “Pedro Páramo 30 años después” (1985): “Al llegar a casa después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní trescientas páginas”.
Gabriel García Márquez, otro grande entre los grandes, diría en algún momento en torno a esas trescientas páginas: “Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca [más] en mi vida”.

 

Una ruta para volver a Macondo

 

Lenguaje, historia y literatura

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En mayo de 1967 salieron de una imprenta de la Editorial Sudamericana, en Buenos Aires, los ejemplares de la primera edición de Cien años de soledad. La portada representaba un enorme galeón flotando en medio de la selva, imagen mitológica de una América Latina instalada a lo largo de su historia en ese mágico limbo de colores encendidos donde una abrumadora excedencia de follaje es, a un mismo tiempo, promesa de placeres eternos y augurio cierto de pobrezas y desgracias extremas. Se trata del barco español que José Arcadio Buendía y su gente encuentran azorados, cuando, encaminados hacia el Norte, deciden buscar un contacto con la civilización para Macondo. Pero es también un sueño universal de sueños, como el que años después forjó el cineasta Werner Herzog con Fitzcarraldo.
Tenemos en la pluma de Carlos Fuentes el relato más íntimo de esa extraordinaria gestación: “Dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses”. Bien podemos imaginarlo replegado en su guarida, en el fragor de uno de sus éxtasis creativos: ligeramente encorvado frente a la mesa de trabajo, cercado por todo tipo de libros y papeles, con su portentosa vitalidad y ceño de bucanero.
¿Quién no conoce y recuerda –algunos posiblemente de memoria– las primeras líneas de un texto que desde sus inicios se vuelve flujo, río, torrente de un tejido acuoso magistral, cuando Macondo era apenas una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas? Y es, en efecto, como la calificó Mario Vargas Llosa, una novela total, “en la línea de esas creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una vitalidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes”.
Cien años de soledad está integrada por 20 capítulos sin numerar, en los que se cuenta la historia redonda de un siglo en la familia Buendía, en Macondo, un pueblo fantástico situado al norte de Colombia, que termina por ser prototípico de América Latina y, más allá de ello, espacio universal de tipo ficcional que tiene la magia de otras grandes “esferas-mundo” de la literatura: Comala, con Juan Rulfo; Yoknapatawpha, con William Faulkner; Santa Trinidad de Tierra Firme, con Ramón del Valle Inclán; Santa María, con Juan Carlos Onnetti.
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La influencia de Rulfo en la producción del texto (¡Juan Rulfo entra nuevamente en escena!) fue reconocida por el propio García Márquez en unas líneas memorables: “El descubrimiento de Juan Rulfo –como el de Franz Kafka– sería sin duda un capítulo esencial de mis memorias”. Cuenta el autor de Cien años de soledad que hacia el año de 1962 se encontraba justo en el tiempo-cero de sus capacidades creativas, empantanado en concepto y en idea sobre cómo armar su novela mayúscula (y sus obras subsecuentes), cuando su buen amigo Álvaro Mutis llegó en forma intempestiva a su departamento de la colonia Anzures, en la ciudad de México, para “dispararle” a bocajarro, y entre risas, la obra que le permitiría encontrarle el hilo a la madeja: “Tome esta vaina, carajo, y aprenda”. Y García Márquez tomó a la letra el referido imperativo y se bebió dos veces en un solo sentón la pócima liberadora. Se trataba por supuesto de Pedro Páramo.
El “sello” de Juan Rulfo quedó fijado desde entonces para siempre en nuestro autor, pero ello no debe confundirnos, pues, con todo, se trata de dos literaturas en muchos sentidos diferentes, por más que algunos necios hayan querido encajonar a ambos autores en la “corriente o escuela del realismo mágico”.

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Será el mismo García Márquez quien nos revele cuál fue la clave que encontró para escribir Cien años de soledad, en una explicación que nos permite entender de mejor manera cómo es que Rulfo pudo darle las pistas “de salida” para redactar su obra: “Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción”.
Pero hay otras claves que conviene señalar, para poder entender el por qué Cien años de soledad se nos convierte en una obra “muy íntima” y nos atrapa. Veamos dos de esas claves de lectura.
1.- Cien años de soledad es una historia universal al tiempo en que es nuestra propia historia (personal). García Márquez teje la primera parte del relato desde dos coordenadas de sentido: la que describe de manera clara y simple la historia de Macondo –desde el momento de su fundación hasta el momento de su “muerte”–, y la que nos hace leer entre líneas, sobre ese mismo eje narrativo, una secuencia de hechos propios y más o menos comunes del ciclo de vida de prácticamente cualquier ser humano en el tránsito de su ser infantil a su ser adulto. De tal forma que lo que pudiera aparecer como algo absolutamente inverosímil se presenta ante el lector con una cierta naturalidad que genera, de inmediato, algo más que una relación empática o de complicidad con la lectura.
El centro de la escena de esa doble lectura posible de la parte inaugural de Cien años de soledad es la carpa circense –espacio privilegiado de los asombrosos primeros años de los niños– del grupo de gitanos de Melquíades, en una mágica secuencia de los “asombros” que durante años provocaron a los pobladores de Macondo los “últimos descubrimientos” y “maravillas” provenientes de lugares tan distantes e improbables como Macedonia, Ámsterdam o Memphis; el imán y las bolas de vidrio para quitar el dolor de cabeza, el catalejo y la lupa, el astrolabio, la brújula y el sexante, un rudimentario laboratorio de química, la dentadura postiza de Melquíades y el hielo. ¿Quién no reconoce en algunos de estos objetos parte de su propia historia infantil de asombros? Este efecto posible de lectura se extiende aún más en las páginas que siguen, con la aparición de la esfera voladora, los juegos de suerte y azar, los tiernos caballitos amarillos del insomnio o los juguetes prodigiosos de Pietro Crespi: las “bailarinas de cuerda, las cajas de música, los monos acróbatas, los caballos soñadores, los payasos tamborileros”, la “asombrosa fauna mecánica” o “el oso de cuerda que caminaba en dos patas por un alambre”.
La misma trama secuencial de la referida historia de Macondo permite que emerjan las imágenes brumosas o los dèja vu de nuestra personal adolescencia con los asombros del daguerrotipo, el gramófono de cilindro, el cine, la planta eléctrica y las bombillas, el teléfono, o los experimentos alquímicos de José Arcadio Buendía; con el descubrimiento de la redondez de la Tierra o los intentos de construir la máquina de la memoria; con las magias de la pianola o la idea de aplicar “los principios del péndulo” a todo lo que pudiera ponerse en movimiento; con el descubrimiento de “los fundamentos esenciales de la invención de los helados” o la presencia mágica en Macondo del ferrocarril. No menos relevante es, en esa secuencia de lecturas “íntimas” para nuestra remembranza adolescente, el descubrimiento, en la historia de Macondo, de los placeres corporales y el desciframiento de los más caros enigmas del amor iniciático.
2.- La novela de García Márquez abre las puertas a la comprensión de la Sin-Razón del Tiempo. Convertida en asombro, o en la perplejidad que vivimos de vez en vez cuando llega a nuestra vida como si fuera una revelación-regalo de los dioses, la “paradoja” del Tiempo o de los tiempos se ha inscrito en momentos diversos del pasado en el texto literario. Borges lo intuyó desde su Fervor de Buenos Aires, pero lo hizo explícito en su Nueva refutación del tiempo.
El tema se vuelve central en la obra mayor de García Márquez, con diversos pasajes ejemplares, pero con uno de ellos sobresaliente en particular: cuando José Arcadio Buendía se vuelve loco porque descubre que “siempre es lunes”. El tema se inscribe también en diferentes reflexiones y perplejidades de Úrsula Iguarán, quien no logra entender por qué, una y otra vez, suceden cosas que parecerían repetir historias vividas desde los primeros tiempos de Macondo.
¿Otra influencia directa de Juan Rulfo? El “tiempo” de inmanencias de Comala. También Borges y otros escritores latinoamericanos lograron entender que el Tiempo no es el espacio “en” el que se despliega el ser humano. El Tiempo de “ese Ser” sólo existe por la vara que lo mide, con “principio” al nacer y el “final” de su muerte. Si el ser humano fuera eterno o circulara para siempre en un “eterno retorno de lo mismo”, el Tiempo, como nos dice Hanna Arendt, le sería simple y llanamente incomprensible.

 

En el centenario de Sabines

LASCAS

Lenguaje, historia y literatura
Jaime Sabines y Nicolás Guillén: “la insondable sencillez” (3)

Nota bene. Continuamos la serie de “lenguaje, historia y literatura”, ahora revisando las obras de Jaime Sabines y de Nicolás Guillén, en una tercera parte que inició con un acercamiento a Pedro Páramo de Juan Rulfo y siguió con una mirada a la obra de José Saramago. El objetivo definido es el mismo, a saber: ver cómo es que podemos encontrar en la literatura (vinculada ésta con el lenguaje y la historia) elementos significativos sobre la pregunta clave fundamental relativa al “Sentido del Ser” planteada por Heidegger.

1

El pasado 25 de marzo (1926-2026) se cumplieron cien años del natalicio de Jaime Sabines, uno de los más grandes poetas del México contemporáneo. Dicen los que saben de su historia que cuando nació se oyó de lejos el tono suave de un murmullo de voces que cantaban en coro. Pero otra versión que conozco dice que eran sólo los sonidos vueltos eco del volar presuroso de los vientos. ¡Dios sabrá! Pero se entiende entonces que, en cualquiera de los casos, desde los primeros años de su infancia, a Sabines le gustara entonar canciones del alma y declamar poemas del huerto. Luego creció y se hizo sabio, de alguna manera misterioso y con una cierta forma de mirar gitana. Hasta el día milagroso en el que Sabines supo a ciencia cierta para qué valían los poderes que llegaban hacia él directamente del “decir de los vapores celestes y la tierra”. Desde entonces abrazó los árboles para escuchar sus risas y sus llantos; camino veredas y los montes y disfrutó sus cantos. No dejó de quedar embelesado con el concierto poderoso de los grillos y de las chicharras en las noches, y con los discretos susurros de los ríos o el gemir galopante de las olas de los mares. Luego le pasó algo similar en sus espacios urbanos. Un día contempló en la plaza de Tuxtla Gutiérrrez a un par de enamorados y adivinó sin más su drama y su alegría. Y fue entonces cuando conoció a profundidad el valor del gesto y los silencios.
Leyó mil libros y conoció a cien vates cuando entendió que ya llevaba en sus manos los mapas necesarios para andar la ruta. Y se hizo entonces juglar, amante de escuchar y de contarle todo a todos, con un estilo directo y sin ambages y un ritmo coloquial y cadencioso en su cantar poético: “Los amorosos callan./ El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable./ Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan,/ son los que cambian, los que olvidan.// Su corazón les dice que nunca han de encontrar,/ no encuentran, buscan.”
¿Quién no recuerda estas líneas poéticas que hicieron época en toda una generación y que aun ahora nos animan? Muchos sabemos estos versos de memoria, repetidamente dichos en voz baja cuando la mano amorosa ha encendido en un instante nuestra piel o la mirada de la amada o del amante ha acariciado de soslayo nuestros ojos.

2

Justo a este histórico poema, Los amorosos, dediqué otro a Sabines en 2012 y me di permiso para ponerle el mismo nombre. Aquí sus letras: “Los amorosos suelen subirse al campanario/para mirar de lejos,/ sin pena, sin horario.// Se besan en la nuca, se besan con los dedos,/ se miran a las manos robándose el aliento,/desnudan sus andares, desnudan sus secretos,/y así caminan juntos,/como si en ese andar volaran con el viento.// Los amorosos ríen sin demora,/se entregan sin tocarse, sin círculos ni centros,/y no se exigen nada, y no se exigen tiempo,/retazos de palabras se cruzan sin sentido/y es eso lo que importa, tartamudeantes voces que anudan sus decires y ahuyentan sus temores.// Los amorosos no saben de nubes caprichosas/y menos de cielos impasibles.// Prefieren meter sus pies en el arroyo de todo el sentir que los envuelve/y que a veces, sólo a veces, los hace sufrir y los devora.// Pero saben volver, los amorosos,/a ese ritmo vital que los anima;/ en el sudor, la frase entrecortada,/cuando saben que el amor que es verdadero existe incluso cuando, desnudos, lloran”.

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“La insondable sencillez”, dirá Eliseo Diego para hablar de la poesía de Nicolás Guillén (y de José Marti). Y, aunque distantes en el tiempo, es dicha “insondable sencillez” la que hace que ambos poetas, la de Sabines y Guillén, se interconecten. Porque tal cualidad de construcción poética es rebelde frente al tono edulcorado de “la poesía culta”, inaccesible ésta para los seres “comunes” de la Tierra. Veamos ahora cómo aparece Guillén en este marco.
Nicolás Guillén puede ser calificado como un gran poeta de las formas. Pero todos convendrán que decir esto apenas señala algo excesivamente genérico y ambiguo que bien podría aplicarse en realidad a todos los grandes poetas del mundo –de todo tiempo y lugar–, pues la poesía es, como se sabe, esencialmente morfológica (rítmica, métrica, musical). Por ello deberemos agregar que el autor de Motivos del Son concibe el sentido de las formas poéticas de manera asaz particular; calibrando sus propias capacidades expresivas y de sentido para integrarlas con química fusión al cuerpo-lenguaje del verso que fabrica.
Y hablamos ciertamente del sentido de las formas, para dejar sentado desde estas primeras líneas que en el concepto guilleniano del asunto la forma no es propiamente una envoltura, o un accesorio de acompañamiento musical o rítmico de un cierto contenido contenido-idea-conceptual o contenido-imagen convertido en poema. Porque sabe que una cierta “disposición afectiva” predetermina las posibilidades y sentidos del lenguaje, y que éste no existiría si el Ser no se encontrara, en definitiva, “impulsado hacia adelante y abierto a la existencia”. Y entiende entonces con ello que los elementos constitutivos del poema –el que quiere construir, o, al menos, el que construye a partir de 1930–, es forma y contenido en un solo haz emisor de posibilidades tan cobijantes como comprehensivas.
El lector que conoce la poesía de Nicolás Guillén ya habrá imaginado en este punto que nos referimos al ciclo creativo que el poeta cubano abre a partir de 1930, con sus Motivos de Son, y que alcanza sus momentos más lúcidos y maduros en 1947, con la aparición de El son entero. Y entenderá entonces también que hablamos del poema-ritmo que él descubre e instaura en el escenario universal del arte, al que se identifica o conoce como el “poema-Son”.
Valga aclarar aquí que el Ser al que nos referimos y que compete o compromete a la poética de Guillén no es un individual cualquiera, genérico o abstracto, sino un Ser colectivo muy conocido en sus principales rasgos de identidad, a saber, el Ser afroantillano, caribeño y, más particularmente, como sabemos, el Ser cubano, idea fuerza que define de entrada una específica y bien cimentada identidad.
“La forma cubana de Ser” tiene sin duda muchos componentes. Pero prácticamente nadie dejará de reconocer que uno de estos, principalísimo, es el ritmo. Lo que no es algo menor si consideramos que éste –el ritmo– podría identificarse como un particular reconocible que se despliega con relación al referido Ser como un universal. Siguiendo la idea del poeta senegalés Léopold Senghor sobre la relación entre ritmo y Ser, y su expresión en las artes: “El ritmo es la arquitectura del Ser, el dinamismo interno que le da forma; es la expresión pura de la fuerza vital. El ritmo es el choque que produce la vibración, es la fuerza que a través de los sentidos nos conmueve en la raíz misma del Ser. El ritmo se expresa con los medios más materiales; con líneas, colores, superficies y formas en la arquitectura, en la escultura y la pintura; con acentos en la poesía y en la música, con movimientos en la danza. Al hacer esto remonta todo lo espiritual. El ritmo ilumina el espíritu en la medida en que se manifiesta sensiblemente. Es el ritmo el que le da a la palabra la plenitud eficaz; es la palabra de Dios, es decir, la palabra rítmica, la que creó al mundo”.
Y el ritmo cubano tiene también sin lugar a dudas muchos componentes, pero hay uno que en la música se expresa con toda claridad: nos referimos por supuesto al Son, inimitable en sus elementos de composición. Nadie mejor que el propio Nicolás Guillén para caracterizar su condición identitaria, en un artículo periodístico aparecido muy poco tiempo antes de que se diera a conocer su Motivos del Son: “El negro cubano vive al margen de su propia belleza. Siempre que tenga quien le oiga, abomina del Son, que hoy tanto tiene de negro; denigra la rumba, en cuyo ritmo cálido bosteza el mediodía africano, y cierra los ojos, para que no le descubran un destello de comprensión, frente al profundo requerimiento del bongó, con su voz suave de abuelo. Parece que existe el miedo de ser negro. Con el alma abierta a todos los vientos de una civilización que, siendo vieja, constituye un descubrimiento para él, el hombre oscuro se esfuerza cómicamente en olvidar lo que es más suyo, lo que con más duros relieves lo acusa ante la mirada del mundo, cuando tan fácil le sería mezclar en su espíritu ambas corrientes, en un abrazo de océanos, como en la fractura de un istmo interior.”

* Dejo aquí como colofón que en “la insondable sencillez” del verso se interconectan, junto con Sabines y Guillén, José Martí o Juan Rulfo. Y podríamos hacer una larga lista, pero para los efectos de este artículo sólo agregaremos a Roberto Bolaño o a Manuel Scorza. ¿Y por qué no, en la poesía-música, a Silvio Rodríguez, a Chico Buarque o a Bob Dylan? Digo, ¿por qué no?

 

Historia y ficción en Saramago (2)

LASCAS

Lenguaje, historia y literatura

Nota bene. En la última entrega (primera da la nueva serie, inaugurada hace 15 días) nos abocamos a encontrar los vínculos entre el lenguaje, la historia y la literatura tomando como ejemplo o “motivo” de valoración el tejido literario construido por Juan Rulfo, particularmente en su novela Pedro Páramo. Ahora nos ocupamos de la obra del escritor portugués José Saramago (Premio Nobel de Literatura en 1998), buscando la forma de que, a través de sus líneas, encontremos claves del Ser como “un existencial”, en la medida en que el Ser humano ES Lenguaje, ES historia y ES (poesía) literatura, en un solo haz integrado mientras ES-estar siendo-en-el-mundo.

1

José Saramago construyó un estilo particular de la escritura, con una puntuación que separa las frases a partir de la forma en que éstas se dicen y se oyen, y que tiene en cuenta “más la voz que dentro de la cabeza del lector dice que los ojos que simplemente ven”. Desde que inventó su estilo propio de escribir, hacia finales de los años setenta, el escritor lusitano eliminó de sus textos literarios puntos y comas, paréntesis, entrecomillas, guiones, signos de interrogación y admiración, puntos suspensivos. También hizo a un lado la división capitular (es decir, no nombra ni enumera los capítulos o partes). Y tuvo la audacia, además, de integrar los diálogos en el relato, de tal forma que el texto queda expuesto como un flujo de voces que se tejen en una polifonía singular, separando la participación de uno u otro de los que hablan por la simple vía de imponerle a la escritura, después de una simple coma, la mayúscula que indicará el cambio en la intervención:
“Sí señor, soy médico y llegué a Río de Janeiro hace dos meses, Estuve siempre alojado en el Hotel Brancanca desde que llegó, Sí señor, En qué barco vino, En el Highland Brigade, desembarqué en Lisboa en veintinueve de diciembre, Viajó solo o acompañado, Solo, Está casado, No señor, no estoy casado (…)” (El año de la muerte de Ricardo Reis, 1984).
“Sacó la ficha de su bolsillo, mientras decía, Buenas tardes, señora, Buenas tardes, qué desea, preguntó la mujer, Soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil y estoy encargado de investigar ciertas dudas que han surgido sobre el registro de una persona que sabemos nació en esta casa, Ni mi marido ni yo nacimos aquí, sólo nuestra hija, que tiene ahora tres meses, supongo que no se trata de ella, Qué idea, la persona que busco es una mujer de treinta y seis años, Yo tengo veintisiete, No puede ser la misma, claro, dijo don José (…)”. (Todos los nombres, 1997)
Todo fluye sin mayores detalles sobre las maneras en que los personajes en juego preguntan o dicen, responden o afirman. Economía de la escritura que no sirve en las novelas del escritor portugués para abreviar sino para hacer más leve la presencia del narrador y, con ello, para expandir las posibilidades de la palabra significante y de las imágenes y signos intercalados. Con ello, nos dirá el Nobel portugués, “el autor ya no guía al lector, lo deja en libertad para construir con los elementos proporcionados por él su propia novela o, expresándolo en otra forma, el autor obliga al lector a volverse activo, y hasta creador en la lectura”.

2

No pretendo en este breve artículo valorar la pertinencia de esta particular manera de escribir. Pero no creo que tenga posibilidades de encontrar reales cauces de universalización (de hecho, muy pocos buenos escritores han seguido sus pasos en este experimento literario). Dicho de otra forma: en la mano virtuosa de Saramago el formato de aproximación resulta en la mayor parte de sus textos una verdadera delicia constructiva, pero en la mano de otros escritores que han pretendido seguirlo queda claramente demostrado que, en efecto, como dice el conocido refrán, el hábito no hace al monje.
Tan destacable en la pluma de Saramago es esta forma peculiar de aproximación a la escritura literaria como la manera en que liga Literatura e Historia para dar unidad y sentido a una buena parte de sus obras. Entre otras: Historia del cerco de Lisboa, Levantado del suelo, El Evangelio según Jesucristo o –incluso– Memorial del convento y El año de la muerte de Ricardo Reis. En ellas la Literatura presta a La Historia (la “historia objetiva”, se entiende) un servicio que ésta se ha mostrado incapaz de completar, al hablar desde la piel del personaje, recoger las minucias y detalles que el “gran lente” de la cámara fotográfica del historiador es incapaz de reflejar, fijarse en los sobreentendidos y en las palabras que no quedaron plasmadas en documentos o grabaciones y escudriñar sin inhibiciones en el alma de la gente. Logra, entonces, dejar a un lado en determinados textos y contextos la “insoportable literalidad” de la “historia monumental”. En palabras del propio escritor lusitano, la estructura ficcional bien dirigida permite “alcanzar una comprensión real de las innumerables e ínfimas historias personales, de ese tiempo angustiosamente perdido e informe, el tiempo que no retuvimos, el tiempo que no aprendimos a retener, la sustancia mental, espiritual e ideológica de la que finalmente estamos hechos”.
Dicho esto último, desde la pluma de Claudio Magris, adquiere mayor riqueza y profundidad. Me permito por ello citarlo sin economía de espacio: “La historia indaga los hechos, pero sólo la literatura –el arte en general– dice cómo y por qué los hombres viven esas verdades y esos hechos; cómo, en la existencia de los individuos, los universales que éstos profesan se mezclan con las cosas pequeñas, mínimas e ínfimas con las que está concretamente tejida su existencia; cómo las verdades filosóficas, religiosas o políticas se entrelazan con las esperanzas y los miedos de los hombres, con sus deseos y temores mientras envejecen y mueren. La historia cuenta los hechos, pero no es sino la literatura la que nos hace palpar todo ello allí donde toman cuerpo y sangre en la existencia de los hombres. Sabemos lo que fue la Francia de la Restauración y lo que es la metrópoli contemporánea gracias a las tentaculares novelas de Balzac, que nos cuentan cómo amaron, desearon o mintieron los hombres, y a otras obras de vanguardia en las cuales la complejidad, la organización, la desconexión y el caleidoscopio de la vida metropolitana se convirtieron en montaje y collage narrativo, estilo y aliento de la narración. Por eso Sciascia pudo decir que ‘nada sabe de sí ni del mundo la mayor parte de los hombres, si la literatura no se lo enseña’.” (Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, 1999).

3

En México no han faltado quienes han guiado su pluma por la vía señalada, pero hay buenos o extraordinarios ejemplos, famosos o no famosos, y también pésimos seguidores de este concepto sobre las “capacidades” de la literatura para entrar a ciertos espacios-tiempo que permiten dar a conocer, con mayor fidelidad y precisión “de gesto” o “de palabra” que la “historia objetiva”. No podemos entender momentos significativos de la Revolución Mexicana si no acudimos a las novelas “históricas” de Martín Luis Guzmán. Tampoco podemos acercarnos a maravillosos pasajes de vida y de los “escenarios” históricos del siglo XIX sin las novelas de Ignacio Manuel Altamirano (El Zarco, por cierto, es la novela que inaugura la “literatura moderna” de México) y sin Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno.
¿Cómo entender algunos “tiempos” históricos de la Revolución sin la pluma de Nellie Campobello? (Cartucho; extraordinaria obra que todos tendríamos que leer y releer). ¿Y cómo saber de “sensibilidades”, “dramas”, “intrigas” y/o formas del Ser de aquella época gloriosa de principios del XX sin la poesía de Amado Nervo, Salvador Díaz Mirón o de Ramón López Velarde? ¿Y qué decir de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuenes, Los Muros de Agua de José Revueltas, o de las extraordinarias historias contadas por Bruno Traven para entender los “Méxicos profundos” de aquellas épocas? La lista de poetas y cuentistas o novelistas que llevan a “dar cuenta” de aspectos históricos básicos de tales épocas pudiera extenderse en multiplicadas líneas, pero me parece que los escritores mencionados –como ya lo hice con Rulfo en la entrega anterior– son un buen botón de muestra que da sustento claro y directo a nuestro argumento.
¿Y qué decir de El Llano en Llamas? Perdón. ¡Esta maldita manía mía de regresar a Rulfo!

Los clamorosos susurros de Rulfo

LASCAS

Lenguaje, historia y literatura

Nota bene. Iniciamos esta nueva serie bajo el título general de “Lenguaje, historia y literatura”, con el intento de mostrar, en cada uno de los textos, más que aspectos separados o especializados en alguno de los temas indicados, el entrelazamiento necesario e íntimo que existe entre ellos, y que no puede verse o desarrollarse si no se toma como eje de su articulación una línea filosófica determinada. Este eje tiene como base de conceptualización la pregunta por el “Ser”, dado que los elementos considerados son parte constituyente y constitutiva del Ser como un “existencial”; o, dicho de otra forma, del Ser como un Ser-siendo, cuyo lenguaje, historia o expresiones poéticas o literarias sólo pueden desplegarse en su capacidad para “mostrarse-al-otro” o “a los otros” desde una verosimilitud no contingente sino estructural. Se juega aquí el proceso de “re-presentación” basado en un concepto de verdad que se aleja o divorcia de la visión iluminista que domina aún en nuestros tiempos (me refiero aquí a la idea, proveniente de Platón, de que el ser humano encuentra “la verdad” cuando, habiendo sido confinado a las obscuridades de una cueva, sale finalmente de ésta y encuentra, con la luz del Sol, “la verdad” del Ser, del mundo o de la vida).
Tomamos, frente a la idea platónica reproducida mucho tiempo después por el pensamiento cartesiano (desde su “Pienso, luego existo”, racionalista), la de aquellos que, desde una perspectiva fenomenológica, piensan “la llegada a la verdad” (del Ser, del mundo o de la vida) a través de un “desocultamiento”, es decir, a través de un proceso en el que por un procedimiento mayéutico se van descubriendo los puntos de llegada a las posibles “verdades del Ser, del mundo o de la vida”.
En esta primera entrega me abocaré a mostrar cómo, en Pedro Páramo de Juan Rulfo, lo que se obsequia literariamente a quienes se aventuran a la lectura de sus letras, es un tejido de aparentes sinstentidos que muestra, del Ser, del terruño y del planeta, algunos de sus fundamentos más íntimos y sensibles. Para llegar a tal punto Rulfo “juega” con recursos que parten de consideraciones prelógicas y “de locura”. Mas tales elementos integrarán en realidad lo que no es sino una construcción de verdades esferológico-ficcionales “de la vida en sociedad y en-naturaleza”, con valores que echan raíces en los planos locales, en los seres humanos y en el mundo.

I

Sin la consideración sobre qué tiene que ver “el sonido” con “el sentido” no podrá entenderse nunca la relación entre “el Ser y las palabras” y/o “el Ser y las cosas mismas” (Foucault lo resume en una línea integrada de concepto: “Las palabras y las cosas”). Éstas (las cosas) tienen su musicalidad originaria si se piensan desde el punto de vista del “cómo se nombran” para que adquieran su significado más puro y natural: como el rebuzno –siendo éste un sonido– corresponde a “la palabra” del burro, el ladrido a “la palabra” del perro, el maullido a “la palabra” del gato (sigo aquí al poeta Hölderling); o el retumbar de las olas a “la palabra” del mar (¿acaso el mar no nos habla al oído para platicarnos sobre lo insondable o sobre la inmanencia?).
Hagamos un ejercicio de aproximación en este texto a lo antes dicho leyendo o releyendo a Juan Rulfo, el mejor novelista mexicano de todos los tiempos.
Nombrar Comala al mundo esferológico-ficcional de Rulfo no es igual a llamarla Tuxcacuesco (nombre que el escritor le había impuesto en sus primeras versiones de Pedro Páramo a Comala), y en la búsqueda y encuentro de esa primera literalidad líquida y universal (Comala, que obviamente nos habla del comal, pero en una sintonía en la que predomina la “liquidez” y suavidad del agua) se llega a la redondez en la que habita la inmanencia propia de un mundo de muertos-vivos y de vivos-muertos, espacio en el que se logra la absoluta y necesaria “transgresión” que permite llegar a verdades a las que de otra forma no sería posible llegar.
Pero hay algo más en los cambios en el texto originario de la novela de Rulfo. Veamos la película completa. En su número de enero-marzo de 1954, la revista Letras Patrias publicaba un fragmento de la novela bajo el título “Un cuento”, con la siguiente entrada: “Fui a Tuxcacuesco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.
La novela Pedro Páramo, en cambio, inicia de la siguiente forma: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.
La diferencia resultó fundamental. No sólo por el rebautizo mítico del pueblo-esfera del escrito, al que se convierte en un espacio prácticamente inmaterial de resonancias, sino por el cambio de Fui a… por Vine a…, y de allá… por acá…, que desplaza totalmente el lugar desde donde habla Juan Preciado: en la primera versión, desde un exterior indeterminado de Comala, en un monólogo abierto dirigido a la escucha de cualquiera; en la segunda, desde un lugar donde hay “puro calor sin aire” que se encuentra “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno”.
No menos importante fue, en este proceso de integración definitiva de obra, la eliminación de un párrafo completo que había sido colocado justo al final: “Y junto a la Media Luna quedó siempre aquel desparramadero de piedras que fue Pedro Páramo”.
De mayor profundidad poética y con mayores poderes significantes, la novela se cierra en su versión definitiva con la imagen y sonoridad correspondientes al tejido íntimo de la obra: “Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.
La importancia de esta última “corrección” de Rulfo a su novela va incluso más allá del estilo o de las formas literarias, pues la frase anterior (“Y junto a la Media Luna quedó siempre aquel desparramadero de piedras que fue Pedro Páramo”) aprisiona el sentido de futuro de Comala en una imagen estática de valoración negativa. El párrafo final definitivo, por el contrario, sugiere que la muerte del cacique –que conlleva a la vez la muerte del pueblo de Comala– define la posibilidad de un “renacimiento”.
En resumen, el movimiento de aproximación al que nos hemos referido supone un proceso creativo sui generis, propio de la obra de Rulfo y, en particular, de la redacción de Pedro Páramo, en el que la forma y los contenidos se determinan y condicionan de manera íntima. Parafraseandro a Rüdiger Safranski, podríamos decir que en Rulfo “las ideas se conectan más íntimamente de lo acostumbrado con el cuerpo del lenguaje en que reposan”.

II

“Las ideas se conectan más íntimamente de lo acostumbrado con el cuerpo del lenguaje en que reposan”: he ahí –así como lo había sugerido Hörderling– una de las claves de la relación “entre las palabras y las cosas”. Mas, con ello, en la relación ya planteada en las primeras líneas de este texto entre El Ser y las palabras. La estructura de los cambios es rítmica y musical, lo que remite o puede remitir a un elemento generalmente subestimado en los análisis: el Ser es un existencial primariamente oído, resonancia, temple, animalidad.
Sí: animalidad. Porque “el hombre” no es un animal político, como nos diría Aristóteles, sino que es primariamente, en esencia, un ser prelógico e irracional (dicho esto último en su sentido más estricto: ausencia de “racionalidad”, y no, como se entiende, “equivocado” o “carente de razón”).

III

La reflexión marca una frontera definitiva entre el racionalismo cartesiano y el platonismo y la mayéutica de Sócrates: Para los dos primeros, la verdad no se encuentra más que en la fuerza limpia y llana de la luz; para el segundo la verdad es un desocultamiento que se construye a fuerza y a paciencia de escuchar y, con ello, a partir de un diálogo en el que el oído vence al ojo y la escucha a la mirada. Lo que marca en definitiva el verdadero momento “del nacer”: cuando, aún en el vientre de la madre, el Ser (que va a nacer, en el sentido común de la palabra), el “oyente”, siendo aún feto, escucha durante varios meses el corazón tamborilero de su madre y de las ondas sonoras que le llegan del “afuera”.
Su “llegada” al mundo no puede ser entonces más que un acontecimiento disruptivo y prácticamente brutal: la luz y las primeras frases de sus padres confrontan sustantivamente lo que él ya carga a cuestas como un tesoro del Ser: el canto mismo; el ritmo; la liquidez de su primer asentamiento (en el vientre de su madre), listo desde ese momento para poder “aprender” a nadar (su Ser entonces no es sólo originariamente rítmico o musical, sino que también es “líquido” y, con ello, suave y fértil en su posibilidad de cantar (no de “decir”, sino literalmente de “cantar” –¿y de “danzar”?).
Su grito primero, cuando nace, puede escucharse quizás como una protesta abierta por el “brutal” alumbramiento, pero también como una estridencia de tono eminentemente musical.

IV

Hablamos aquí de lo que aparece a la vista de todos como la pretensión de darle “sentido” a un “sinsentido”. Pero no lo es si pensamos en que esa animalidad prelógica es el verdadero sostén de todos los saberes y de todos los quehaceres humanos. La primera infancia adquiere entonces una dimensión inusitada: abierta verdaderamente al mundo, desculturizada, nos permite conocer “razones” que la persona madura y ya colonizada por “el conocimiento científico” rechaza. Y la balbuceante bufonería del pequeño ser humano termina por darle un humor vital al Gran Adulto que éste oculta o que prefiere ocultar. No por ello es que el eterno cineasta quebequense y amigo Gilles Groulx fue capaz de escribir un hermoso poema como éste: “En la eufórica severidad del azar/se requiere actuar de cara a lo absurdo sin reserva/con el fin de que nada,/salvo el Humor,/se imponga en nuestro mundo por asalto.”

 

El caminar histórico del EZLN (Cuarta y última)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene. La doceava entrega de la serie “El caminar histórico del EZLN” (aquí numerada como 4, por corresponder a las que han aparecido en este 2026) pretende sólo mostrar algunas de las facetas que “cerraron” el ciclo del periodo de lucha que se abrió desde el momento del levantamiento zapatista del 1º de enero de 1994, a lo que fue, en aquel periodo, el último intento significativo del EZLN por llevar adelante un proceso de articulación de fuerzas en escala nacional que, en convergencia con el movimiento cardenista y otras fuerzas indígenas y civiles, permitieran lograr un verdadero cambio de régimen en el país. Me refiero a la “Marcha de las siete lunas” que, en 2001, llevó a un numeroso núcleo de la dirigencia del EZLN a viajar a la comunidad de Nurío, en Michoacán, para participar en el Tercer Encuentro Nacional Indígena. Se trataba del punto clave de un viaje largo que culminó en la Ciudad de México con una movilización y una presencia directa en el Congreso de la Unión para “decir la palabra de las mujeres y los hombres verdaderos”. Como hice en la entrega anterior, relato una parte de la historia para luego dejar estas líneas bajo el comando de la voz de doña Amalia Solórzano y de otros actores importantes que participaron en el referido Congreso, siendo éste un testimonio aún no conocido y que aparecerá en el mes de junio de este 2026 en el libro Buenos días, general (Editorial Cuarta República) rubricado por doña Amalia y por quien esto escribe. Con ello cierro la serie de “El caminar histórico del zapatismo”, para tratar en lo que sigue temas que considero de interés en el ámbito del “lenguaje, la historia y la literatura”.

1

El 24 de febrero de 2001, desde distintos lugares de La Selva y de Los Altos, del estado de Chiapas, veintitrés comandantes y el subcomandante Marcos del EZLN iniciaron la Caravana por la Dignidad Indígena dirigida a la Ciudad de México. El recorrido no tuvo precedentes en la historia de las marchas populares en el país, y no sólo por tratarse de la movilización pacífica de una vertiente política y social que en 1994 escogió el camino de las armas, sino también por la cantidad de lugares recorridos, las multitudinarias adhesiones generadas en todos los puntos de contacto, y el apoyo internacional que concitó. Antes de la Ciudad de México, a la que llegaron durante los primeros días de marzo, los zapatistas participaron en el Congreso Nacional Indígena en Nurío. Y allí, doña Amalia.

2

(Voz de doña Amalia Solórzano). Las intervenciones del Congreso de Nurío me parecieron excelentes, por su frescura, sencillez y fuerza. Se habló de la discriminación y de los grandes agravios que los pueblos indígenas han sufrido a lo largo de la historia. Pero también se dijo que había llegado el momento de reiterar y de gritar el “Ya basta” zapatista, buscando los caminos de un cambio profundo que permitiera alcanzar la democracia, y ganar un mundo en el que cupieran muchos mundos. Una idea central de los mensajes fue la de la necesaria unidad del movimiento indígena, con el fin de construir la fuerza requerida para que los Acuerdos de San Andrés pudieran transformarse en ley efectiva desde el Congreso de la Unión.
Las voces indígenas llegaron en cascada, entre los que intervinieron el comandante Tacho, la comandante Esther, el comandante Zebedeo, el comandante David, y, desde la voz de los indígenas michoacanos, un dirigente histórico de aquel terruño, de nombre Juan Chávez. Vale la pena reproducir algunas de las líneas discursivas de cada uno ellos:
Queremos nuestro lugar en la historia. Somos merecedores (comandante Tacho).
Al gobierno le decimos que ya no nos ponga más en vergüenza (comandante Esther).
El sustento de la vida familiar de los jodidos es asombroso, es escalofriante. Esta máquina, monstruo hecho gobierno, nos humilla, nos mata. Nuestra Constitución la han convertido en la Ley de Herodes (comandante Zebedeo).
Nos une la esperanza de que esto tiene que cambiar. No podemos seguir con estas injusticias. Nosotros sí queremos la paz, pero con justicia y dignidad. Es la hora de los pueblos indios, la hora de México, la hora de todos (comandante David).
Soñemos juntos y hagamos nacer la semilla de la esperanza. Ésta es la hora de los pueblos indígenas, de la democracia, libertad y justicia. Los indígenas del país están despertando y tejen con la sociedad civil nacional e internacional una misma realidad: la de los que nos resistimos al olvido y nos confiamos a la esperanza (Juan Chávez, dirigente indígena purépecha del Congreso Nacional Indígena).
El mensaje de Marcos fue muy bello, muy poético. Habló sobre el caminar de los indígenas y de sus renovadas esperanzas de alcanzar una paz justa y digna. Se refirió también a la situación prevaleciente, y a la relación viva y creativa que en esos momentos se estaba dando entre distintos pueblos indígenas del país. El discurso de Marcos se iniciaba con las siguientes palabras:
Siete veces ronda la montaña, siete el río que la baja. Con siete muertos nuestros habla. Siete veces haz de la mar una barca. Siete veces cierra su champa. Siete veces el color de la tierra y siete veces la palabra. Porque ya viene el siete y siete es caracol para quien lo siente fuerte. Porque ya viene la espiral que puede ser camino hacia dentro o hacia fuera ruta y esperanza (…) Durante los siete días que llevamos caminando, hemos recorrido nueve estados de la República: Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, y ahora Michoacán. Habremos de recorrer también el Edomex, Guerrero y Morelos, antes de llegar a la Ciudad de México. Vamos a hablar con el que hace leyes para que vea que es tiempo que la tierra que México vive no tiene lugar para quien el color de la tierra anda. Vamos por el reconocimiento de nuestros derechos, como indígenas y como mexicanos. Vamos por lo que nos arrebataron, lo que nos han negado, lo que no tenemos y sin embargo queremos, necesitamos, merecemos (…). Del color de la tierra somos. Del color de la tierra es la hora y el mañana. Es la hora de la dignidad, la hora del puente que es también ventana. Es la hora de ver y de vernos, sin vergüenza ni temor. Es la hora de luchar por la dignidad del color de la tierra y la esperanza. (Palabras del subcomandante Marcos en la inauguración del Tercer Congreso Nacional Indígena, 3 de marzo de 2001).

3

Cuando terminó la inauguración, como a las tres y media de la tarde, el arquitecto Fernando Yáñez, quien en ese momento tenía la responsabilidad del EZLN con el Congreso de la Unión para la discusión de la reforma indígena, vino a buscarnos a la camioneta para conducirnos al lugar donde se encontraba la delegación zapatista. Y allí pudimos abrazar y saludar a Marcos y a una docena de comandantes zapatistas. Vi al subcomandante tan delgado como lo había visto tres años atrás, cuando lo de la Cosever, pero menos cansado, más animoso, más optimista.
Fue muy cariñoso conmigo, igual que aquel día de noviembre de 1995, cuando lo saludé por vez primera. Me preguntó por Cuauhtémoc, que cómo estaba, que cómo le iba. Yo le dije que muy bien, que andaba muy activo en estos días, por aquí y por allá, viajando y trabajando mucho, como de costumbre. El comandante Tacho quiso saber mi opinión sobre la marcha y sobre lo que estaba pasando, si creía que iban a poder seguir su recorrido y llegar a la Ciudad de México, y si calculaba que iban a tener éxito. El comandante David no se despegó de nosotros durante el tiempo que duró la visita. Tan amable como siempre nos escuchaba una y miraba con su gesto noble y tierno. También platiqué con las comandantes Esther, Susana, Yolanda y Fidelia. ¿No era particularmente difícil para ellas la participación en la marcha, tan lejos de sus familias y con tanto traqueteo?
Hoy pienso mucho en ellas, pues no puede uno siquiera imaginar el sacrificio al que se ven sometidos cuando se deciden a pelear por sus derechos, ya que no luchan sólo como indígenas que son, sino también como mujeres, pues el machismo es un fenómeno que, con diferentes niveles y formas, se da tanto en las zonas urbanas como en las áreas rurales, tal vez en éstas con mayor fuerza que en las primeras. Pero en esa ocasión en que nos encontramos en Nurío, no vi en sus miradas cansancios o tristezas, desesperanza o miedo, sino unas lucecitas maravillosas de amor y de coraje, ganas de seguir adelante y de abrazar al mundo.
Al despedirse, Marcos me ofreció el clavel que los españoles republicanos pusieron sobre el féretro del General el día de su entierro. Y la tengo aquí, en una vitrina en mi casa, siempre cerca de mi corazón.
Recuerdo que detrás del templete donde se concentraba la delegación zapatista había una manta que decía: “Bienvenidos EZLN. Nunca más un México sin nosotros”. Y yo quisiera con todo mi corazón que dicha idea se cumpla para siempre palabra por palabra: nunca más un México sin ellos.
¿Cuándo volveré a ver a los zapatistas? No sé ni lo imagino, pero espero que pronto. Desde 1994 se han vuelto parte de nuestra historia. Por eso nunca les he dicho ni les diré adiós, sino hasta luego.
Sé que volverán algún día para ver realizados sus sueños. Nuestros sueños.

 

El caminar histórico del EZLN (3)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota benne 1. La onceava entrega de la serie “El caminar histórico del EZLN” (aquí numerada como 3, por corresponder a las que han aparecido en este 2026) continúa la referida historia en el punto el en que aparecen en escena la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), la Comisión Nacional de Intermediación (Conai) y “más de 500 organizaciones y ciudadanos de la sociedad civil” que se habían articulado para retomar la ofensiva y hacer posible, con su fuerza, reanimar “el Diálogo de San Andrés y avanzar en los procesos de paz”. Ello logró que se formara, en acuerdo con “la Gobernación”, la Comisión de Seguimiento y Verificación (Cosever) de los Acuerdos de San Andrés, en la que apareció, como invitada por parte del EZLN, “un personaje que nadie esperaba y que distinguiría sin duda a la formación y el desarrollo de la Cosever: doña Amália Solórzano de Cárdenas, quien, más allá de la figura de don Lázaro, el Tata, tenía suficientes “balas” en su revólver para entrar de lleno a una entre otras de las batallas en las que ya había mostrado, desde el sexenio del General (1934-1940), que, por méritos propios, “tenía con qué”. Aprovecho en este texto “la voz” de Doña Amalia (en un libro que en las siguientes semanas aparecerá, en coautoría con quien esto escribe, cuyo título es Buenos días, general (Ediciones 4ª República, en coedición con el FCE) para enfocar parte del relato correspondiente a la situación que se vivió en aquel momento. Estoy seguro que escuchar-leer a doña Amalia será estimulante para quienes aman la historia verdadera.

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(Voz de doña Amalia).
Un día de octubre de 1996, el padre Gonzalo Ituarte, sicario de la Diócesis de San Cristóbal, le habló por teléfono a Cuauhtémoc para informarle que yo había sido invitada por el EZLN a formar parte de la Comisión de Seguimiento y Verificación de los Acuerdos de San Andrés, y saber si era posible saber cuál era mi opinión por su conducto.
Cuauhtémoc me lo comentó de inmediato, y la dije que me sentía muy honrada por la propuesta: participaría si él no veía ningún inconveniente. Por ello decidí decir que sí, contenta de poder involucrarme en alguna actividad de mayor compromiso con el proceso de paz. Sólo esperaría una nueva señal, para saber cuáles eran las tareas, si asistir a alguna reunión en la ciudad de México, ir a San Cristóbal de las Casas, o emprender cualquier otra labor.
Una semana después, el padre Ituarte se comunicó nuevamente con Cuauhtémoc para preguntarle si ya conocía mi decisión. Cuando supo que era positiva agregó que ojalá tuviera la oportunidad de asistir al evento de constitución formal de la Cosever, que se realizaría el 7 de noviembre en el teatro Zebadúa de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, y que ellos y otros amigos de la Comisión Nacional de Intermediación se encargarían de atenderme. No lo pensé dos veces, y de inmediato hice los preparativos. Cancelé algunos compromisos que tenía, ordené las cosas de la casa, y hablé con Cuate y Lázaro para ver si estaban dispuestos a acompañarme. Me dijeron que sí. Que esa sería una buena ocasión para conocer más de cerca el conflicto chiapaneco, y para platicar con los zapatistas si se daba la oportunidad. También invité a mi amiga Alicia.

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Llegamos a Tuxtla Gutiérrez el 5 de noviembre, como a las once y media de la mañana, en medio de un calor soportable. En el aeropuerto de la capital chiapaneca ya nos esperaban algunos conocidos del lugar, con una camioneta rentada en la que viajaríamos a San Cristóbal. Muy amables de su parte, nos preguntaron si queríamos descansar a desayunar algo antes de salir hacia la ciudad coleta, pero yo dije que no, que muchísimas gracias pero descansados y desayunados ya estábamos, y teníamos además algo de prisa, pues los amigos del obispado y de la Comisión Nacional de Intermediación nos esperaban hacia las dos o dos y media de la tarde.
A la salida de la ciudad, ya en la carretera, nos encontramos de pronto con el hermosísimo Cañón del Sumidero, y decidimos detenernos unos minutos para admirar sus tranquilas aguas y sus altísimos acantilados recortados y labrados maravillosamente por el tiempo. Retomamos el viaje, subiendo y subiendo –subiendo y subiendo, pues la ciudad de San Cristóbal se encuentra a más de dos mil metros sobre el nivel del mar–, y una hora después entrábamos a la ciudad de Jovel.
La antigua Ciudad Real nos recibió con una lluvia ligera y con frío que en pocos minutos empezó a calar hasta los huesos. Un poco más tardecito, cuando paró de llover y las nubes y la niebla se esfumaron, Nos instalamos en un antiguo hotel que se encuentra en pleno centro, de nombre Santa Clara. Una hora después nos dirigimos a la Curia, donde nos esperaban el obispo don Samuel, el padre Gonzalo Ituarte, Raymundo Sánchez Barraza, y los poetas Juan Bañuelos y Óscar Oliva. En calidad de invitados del EZLN, como yo, se encontraban presentes el obispo emérito Bartolomé Carrasco, Rocío Culebro, Adelfo Regino, Salomón Nahmad, Rodolfo Stavenhagen, Pablo Latapí, Rafael Reygadas y Ernestina Godoy. Los escritores Fernando Benítez y Elena Poniatowska habían aceptado participar como suplentes, pero por encontrarse en ese momento fuera del país ni pudieron asistir.
Ya en la nochecita, en el hotel, pasó a saludarme el ingeniero Heberto Castillo, quien me habló de la situación política de Chiapas y de otros lugares del sureste, de sus dudas sobre las buenas intenciones del gobierno y de lo que podía venir, Le preocupaban el ambiente enrarecido que se estaba generando y las señales contradictorias que estaba enviando el presidente Zedillo. Le inquietaba además la posición tan cerrada del gobierno del estado. En medio de ese panorama negativo, mencionó, entre otras cosas, no me acuerdo qué agresiones a diversos grupos campesinos y el incendio provocado ese mismo día por manos desconocidas en las oficinas de la organización civil Conpaz –conformada como una red de varios grupos organizados–, simpatizante activa del movimiento zapatista.

3

A la mañana siguiente nos dirigimos al exconvento de El Carmen, lugar donde se celebrarían las reuniones. Aún era temprano y, por ello, mientras esperábamos la hora del primer encuentro, decidimos recorrer la parte de las instalaciones que se encontraba más al alcance. El poeta Óscar Oliva, tan vital y caballeroso como siempre, se prestó gustoso a servirnos como guía. ¡Sabía todo lo que se le preguntaba sobre Chiapas! Estábamos en esas lides cuando se acercó a saludarnos Hermann Belinghausen, quien, como siempre, caminaba de prisa de un lado a otro, pergeñando la información necesaria para su nota periodística de La Jornada. Antes de que se despidiera de nosotros le pedí, si no tenía inconveniente, me presentara al subcomandante Marcos y a los comandantes del EZLN cuando hicieran su aparición. Él rio de buena gana y me dijo que no me preocupara, pues no sería necesaria tal presentación, pues con toda seguridad ellos vendrían a saludarme por iniciativa propia. No acababa de decírmelo cuando escuchamos un barullo proveniente de la puerta principal del exconvento, que anunciaba justamente la proximidad de los delegados zapatistas.
Y lo dicho. De pronto aparecieron con sus vistosos vestidos tzotziles, tojolabales y tzeltales, unos con botas, otros con huaraches, chujs y paliacates, algunos con pantalones de mezclilla, las mujeres con sus trajes de carácter y rebozos bordados, con colores rosa mexicanos, azules, negros y amarillos, todos con pasamontañas de estambre o tela, caminando en hilerita y a paso rápido hacia alguno de los salones del espacioso centro de reuniones. Nos hicimos a un lado para evitar que nos atropellaran los fotógrafos y los periodistas que iban como enloquecidos en el tropel, pero cuando Marcos pasó cerca de nosotros hizo un alto, se separó del enjambre y con una sonrisa franca se dirigió hacia mí. Lo vi muy delgado, aunque fuerte, con ojeras de no haber dormido lo suficiente, su pipa encendida en una de sus manos, sus dos relojes militares de pulsera, su pasamontañas de estambre y su gorrita militar color café caqui toda zurcida y con tres estrellas rojas en el frente.
Me saludó con muestras de cariño y preguntó si me encontraba bien, si me asentaba el clima tan cambiante, y si había algo que nos hiciera falta. Yo le respondí que me sentía en las mejores condiciones, muy bien atendida por la gente, y feliz por tener ese contacto personal con ellos, con los amigos de la Conai y de la Cosever y los compañeros del Congreso Nacional Indígena que se encontraban en la ciudad de San Cristóbal. Algo más me dijo sobre las tareas que los traían vuelto locos, pero luego, en voz baja, como en secreto, me pidió que me acercara para que viera algo que tenía cosido en la parte izquierda de la camisola de su uniforme, a unos cuantos centímetros de una de sus carrilleras. Entonces pude darme cuenta que era una insignia del ejército federal, un águila con las alas desplegadas, correspondiente a un escudo del general Cárdenas. Sonreí. ¿Quién de la familia se lo había regalado, y en qué momento? ¿Cómo era posible que yo no estuviera enterada? Ése era un misterio que Marcos no me revelaría, y sobre el cual yo no le preguntaría, pero que un poco más tarde averigüé. Acariciando el distintivo con las yemas de mis dedos le pregunté: ¿Le ha dado suerte? “Más de los esperado”, me respondió. Entonces le dije: “Siento no haber sido yo la que se lo obsequiara, pero no importa, nomás se me adelantaron”.

 

El caminar histórico del zapatismo (2)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene 1. En el desarrollo de las 9 entregas que hemos hecho sobre el caminar histórico del EZLN hemos seguido un esquema secuencial, con un eje autobiográfico, para mostrar distintas facetas del proceso mencionado, desde el momento de la insurrección del 1º de enero de 1994 hasta el 16 de febrero de 1996, día en que se firmaron los Acuerdos de San Andrés Larráinzar entre las fuerzas zapatistas y el gobierno federal sobre los resultados de la Mesa de Derechos y Cultura Indígenas. Dado el 32 aniversario de la insurrección zapatista, hace quince días hicimos un paréntesis en el esquema secuencial para refrescar un poco la memoria en torno a los acontecimientos que se desplegaron a partir del referido levantamiento en sus primeros días de vida. Regresamos ahora a la línea secuencial que había llegado a –ya lo dije–, la firma de los Acuerdos de San Andrés…

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Pero no nos detendremos mucho en lo que ya ha sido masticado hasta el cansancio –incluyendo a quien esto escribe– por analistas de todo tipo y nivel en torno a los “grandes aportes que dejó la Mesa I de las negociaciones de San Andrés”. Un balance posterior, que pudiera permitir un comparativo con la reforma constitucional de septiembre de 2024, será más fructífero que repetir algunos de los lugares comunes que algunos articulistas o ideólogos de las fuerzas vivas “aún revolucionarias” nos prescriben prácticamente cada semana o cada mes. Sólo diremos, para los lectores que no hayan seguido esa pista, que en los Acuerdos de San Andrés se habían “ganado” –entre otros puntos–, el reconocimiento de las comunidades como “sujetos de derecho público”; que se hablaba ya de “territorios” (y no sólo de “tierras”) desde los que tales comunidades podrían ejercer “su autonomía y plena determinación” a través del ejercicio de sus “sistemas normativos internos”, y que se establecía una línea clara en torno al derecho que tendrían tales sujetos comunitarios para “hacer uso” cabal de sus “recursos naturales”. Ni más, ni menos.
El triunfo zapatista había quedado plenamente establecido entonces con la firma de los representantes gubernamentales de los Acuerdos de San Andrés el 16 de febrero de 1996, marcando una ruta que llevaría en definitiva a otros niveles de la lucha, no sólo para instituir lo que de facto quedaba definido como un “Cuarto Nivel de Gobierno”, perspectiva que superaba radicalmente la dominancia histórica del “derecho positivo” y abría la del “pluralismo jurídico”, haciendo honor y dándole el sentido correcto a la definición, ya establecida en la Constitución desde 1992 (con la aprobación, entonces, del artículo 4º constitucional), de que “[nuestra] Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas”.

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El triunfo del EZLN en la Mesa sobre Derechos y Cultura Indígena de San Andrés (que, por fortuna, fue empujada con muy buen criterio por la cabeza gubernamental en las negociaciones; Marco Antonio Bernal y Miguel Ángel Romero, éste último en su calidad de estratega del mejor nivel y con la capacidad para manejar sobre el terreno una cálida y solidaria relación directa con los asesores de mayor incidencia dentro del cuerpo de asesores del EZLN) abrió sin duda un horizonte de posibilidades extraordinarias que no era posible minimizar ni desaprovechar. Pero no faltó, dentro del análisis que hicimos algunos asesores de los rebeldes con la Comandancia General y con el subcomandante Marcos, quienes plantearan que era indispensable no echar aún las campanas a vuelo, pues vendría el desarrollo de la segunda mesa de negociaciones, de “Democracia y Justicia”, que era donde se vería hasta qué punto el gobierno federal estaba dispuesto a que el movimiento indígena entrara a definiciones de nivel estructural, que, en su caso, significarían avanzar en la perspectiva zapatista (y cardenista) hacia un cambio de régimen en el plano nacional (y no sólo con respecto a los acuerdos específicos sobre la temática de los derechos indígenas).
¿Pero en qué puntos clave se basaba esta particular preocupación? En el hecho simple de que, en algunos niveles, así fueran “de baja intensidad”, se mantenían las hostilidades militares contra los alzados chiapanecos desplegadas por la milicia federal. Más importante aún era la consideración de que parecía claro que “el sistema de partidos políticos” se había convertido a esas alturas en un boicoteador directo o indirecto de las negociaciones mantenidas por el gobierno federal con los insurgentes de la selva, operando, en forma paralela a los escenarios chiapanecos, el desarrollo de una-otra Mesa de negociación (la conocida Mesa de Bucareli) para marcar la pauta y los niveles de alcance de toda reforma política que tuviera un alcance nacional. El PRD estaba muy directamente implicado en esa “jugada maestra” (así fue nombrada por algún articulista de la época) contra el caminar abierto por el zapatismo, y el estratega principal de ese movimiento puñalero tenía, como nombre y apellido, el de Porfirio Muñoz Ledo.

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Dicho y hecho: el diálogo entre el gobierno federal y el zapatismo se estancó desde el mes de mayo de 1996, desnudándose con ello la intención gubernamental de ganarle tiempo al tiempo para “achicar” al EZLN, y para cercarlo y derrotarlo a la postre en los planos político y militar. No pasó mucho tiempo para que tales propósitos se evidenciaran.
En la segunda y tercera fase de negociaciones de Democracia y Justicia, la delegación gubernamental apostó “más al desgaste de su contraparte que a la celebración de acuerdos”, pretendiendo el “acorralamiento y la negociación bajo presión, muy similar a los cánones propuestos por los manuales tradicionales de la lucha antiguerrillera”, focalizando “la solución de la problemática global en el aislamiento y en la derrota del EZLN” (Jaime Martínez Veloz, en La Jornada del 19 de mayo de 1996)). En el marco de esa estrategia de acorralamiento y de “achicamiento”, un juez menor de mala fama condenó a varios años de prisión, “por terrorismo”, a Javier Elorriaga y Sebastián Entzin.
Pero a finales de septiembre apareció una nítida luz del otro lado del túnel: la Comisión de Concordia y Pacificación (la Cocopa: formada por representantes del Poder Legislativo Federal que cubrían funciones de intermediación y de apoyo, así fuera de manera dispareja y en ocasiones titubeante, pues en dicha Comisión participaban representantes de todo color y sabor), la Comisión Nacional de Intermediación (Conai) y “más de quinientas organizaciones y ciudadanos de la sociedad civil mexicana” enviaban al EZLN documentos que contenían “iniciativas y propuestas de alto valor para la reanudación del diálogo de San Andrés y para avanzar en los procesos de paz”. El texto que enviaba la Cocopa tenía un carácter confidencial, y perfilaba ya el esquema básico de la propuesta de reforma constitucional que más adelante aceptó el EZLN y rechazó el gobierno federal. La Conai, por su parte, presentaba a los zapatistas dos documentos “con propuestas concretas para destrabar el diálogo de San Andrés”, referidas en lo fundamental a los cinco puntos que el EZLN demandaba “para darle seriedad a la negociación”. El que rubricaban más de quinientas veinte organizaciones y personalidades del país contenía “una serie de consideraciones sobre la situación nacional”, y reclamaba “para la sociedad civil un lugar en el proceso de cambio” que se estaba viviendo.
El EZLN saludó con optimismo tales iniciativas y propuestas, lo que permitió abrir un ciclo de reuniones tripartitas entre el EZLN, la Cocopa y la Conai en la ciudad de San Cristóbal, y convocar a la constitución formal de la Comisión de Seguimiento y Verificación (Cosever) de los Acuerdos de San Andrés, en noviembre de 1996.
Fue en dicho marco que apareció en el escenario un personaje que nadie esperaba y que distinguiría sin duda a la formación y el desarrollo de la Cosever: doña Amália Solórzano de Cárdenas, quien, más allá de la figura de don Lázaro, el Tata, tenía suficientes “balas” en su revólver para entrar de lleno a una entre otras de las batallas en las que ya había mostrado, desde el sexenio del General (1934-1940), que, por méritos propios, “tenía con qué”.
Tan pronto se enteró Adolfo Gilly –uno de los intelectuales y políticos más destacados del periodo– de la incorporación de doña Amalia a la Cosever, le envió una carta personal que a la letra dice: “Creo que los dirigentes indígenas zapatistas y el subcomandante Marcos tuvieron una excelente idea cuando, junto a otras relevantes personas y organizaciones, propusieron a usted como integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación de los Acuerdos de San Andrés. Su experiencia y su conocimiento de México, de la política y de la vida harán seguramente que su participación sea muy significativa […] La presencia de usted en San Cristóbal y su encuentro con los indígenas rebeldes y con sus dirigentes, tiende un visible arco entre aquel pasado que usted vivió junto al General y este presente en que acude como invitada y testigo de una antigua dignidad que terca se niega a agachar la cabeza […] Buen viaje, doña Amalia, y buen regreso, y que en el encuentro haya felicidad, asombros y marimbas. (“Carta a doña Amalia”, publicada por La Jornada en noviembre de 1996).