El caminar histórico del zapatismo (1)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene 1. Durante el segundo semestre de 2025 publicamos quincenalmente en El Sur ocho entregas consecutivas tituladas El caminar histórico del zapatismo, escritas desde un género autobiográfico, para dar cuenta del periodo que se desarrolló desde el levantamiento armado fechado el 1 de enero de 1994 hasta el 16 de febrero de 1996, cuando se firmaron los llamados Acuerdos de San Andrés. En este nuevo bloque, de solo cuatro entregas, retomaremos la historia en lo que siguió hasta el año de 1997, año en el que el EZLN y el cardenismo terminaron por seguir caminos diferentes –aun si en muchos de sus lineamientos principales mantuvieron algunas coincidencias sustantivas–, cerrando un ciclo histórico “que pudo haber sido y no fue”, dándose de manera brusca un nuevo reacomodo del tablero político nacional que nos condujo hasta el presente. No dejaremos, por ello, dada la fecha en la que se publica esta primera entrega de la nueva serie, de empezar con un artículo que rinda honores a lo que fue y significó el mencionado levantamiento en armas del EZLN el 1 de enero del 94, cuando muchos creímos en la posibilidad de que, como fue planteado en varias revueltas de aquella época en el mundo, sería posible “tomar el cielo por asalto”. La segunda entrega regresará al punto de los Acuerdos de San Andrés (1996), para dar continuidad al relato.
Nota bene 2. Me han preguntado varios amigos y otros no tan amigos por qué no escribo ahora en torno a lo que está planteando el zapatismo en su “semillero” denominado De pirámides, de historias, de amores, y claro, desamores, para celebrar el 32 aniversario de su levantamiento armado. La respuesta es simple: prefiero terminar por redondear un análisis sobre su historia más fructífera y prometedora, capaz de iluminar al mundo con desocultamientos vitales de “lo obvio” de aquel tiempo en, por lo menos, los terrenos de la cultura, lo social y la política, y no meterme a tratar de entender por qué dejaron en un momento dado de representar a “los sin rostro”, a los “nobody”, a los orilleros transformadores, universalizando así su liderazgo revolucionario, para regresar a fórmulas gastadas como la de que “el proletariado” sigue siendo el actual eje de la transformación del mundo, tal y como lo planteó el capitán Marcos en dicho encuentro.

1

El primero de enero de 1994, un ejército conformado por cerca de 5 mil activos militantes del EZLN, iniciaron los que muchos creímos, durante las primeras horas de aquel día, que era una “puesta en escena” de algún movimiento o grupo guerrillero de equis o zeta país centroamericano. La realidad era otra: millares de indígenas le declararon la guerra al gobierno federal mexicano, cuando propios y extraños pensamos que ello, en los “tiempos modernos”, los ciclos armados de la naturaleza referida ya habían pasado a la historia.
Antes de que acabara el día, aquel 1 de enero, por los datos más relevantes del acontecimiento, se confirmó que, en efecto, se trataba de una insurrección indígena, y que los miles de combatientes chiapanecos aprovecharon, para lograr el “efecto sorpresa”, la nocturnidad etílico-festiva del cambio de año y la conocida convicción de Salinas de Gortari de que México había dado el salto hacia el Primer Mundo con la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.
La acción fue desplegada con minuciosos cálculos de ataque y con una perfección cronométrica que deslumbró incluso a los más duchos conocedores, teóricos y prácticos, del “arte de la guerra”: en la primera hora del 1 de enero, una columna –la más numerosa– del EZLN tomó San Cristóbal de las Casas, mientras que, prácticamente en forma simultánea, otras nutridas columnas de combatientes tomaron las plazas de Ocosingo, Altamirano, Las Margaritas y Chanal. El arco del ataque y de las confrontaciones se fue extendiendo como una mancha de tinta roja a otros importantes espacios de la geografía chiapaneca, como fueron los casos de Oxchuc, Huixtán, Abasolo, Simojovel y San Andrés Larráinzar.
En contra de lo que había calculado el EZLN, el contraataque gubernamental en San Cristóbal no se desplegó de manera inmediata desde las instalaciones del Campo Militar de Rancho Nuevo, lo que permitió que la ciudad fuera “tomada” en un principio sin demasiados contratiempos por la fuerza insurgente. No sucedió lo mismo en los otros espacios mencionados, pues en ellos los combates se extendieron durante todo el día primero y los días que siguieron, con bajas de ambos lados en las que los rebeldes zapatistas sufrieron pérdidas de vidas de los que aun ahora no se tiene un registro preciso.
El caso es que las acciones militares se dieron del 1 al 12 de enero de 1994, justo los días que, siguiendo la inspiración de un conocido libro de John Reed, podemos referir como los Doce días que estremecieron al mundo.

2

No es posible dejar de mencionar aquí la brutalidad con la que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y “su ejército” reaccionaron frente al alzamiento armado. En correlaciones de fuerza que, sobre el terreno, era difícil que se definieran a favor de los rebeldes, el poderío militar del aparato gubernamental entró a operar por aire y tierra en acciones de muy distinta índole.
¿Puede usted creer que hubo bombardeos? Los hubo en maniobras aéreas que en ocasiones ni siquiera llegaron a saber cuál era el blanco preciso. ¿Puede usted creer que la población civil fue protegida por las fuerzas del gobierno, estableciendo límites de intervención para no herir o asesinar a civiles indefensos? De ninguna manera: núcleos de aquel “patriótico” ejército nacional atacaron sin consideración a poblaciones enteras, de tal forma que el día 5 de enero el EZLN se vio obligado a decir, en un comunicado, que se “llamaba la atención de la prensa honesta nacional e internacional sobre el genocidio que las fuerzas militares realizan en las cabeceras municipales de San Cristóbal, Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas, así como en carreteras aledañas a esos puntos, donde asesinan indiscriminadamente a civiles y luego los presentan como bajas del EZLN”.
Los combates cuerpo a cuerpo y en los espacios urbanos y periféricos en poblaciones como Ocosingo se convirtieron en un verdadero infierno, en niveles de confrontación en los que de un lado se contaba con toda la fuerza instrumental que ofrecía la “técnica militar” –tanquetas, vehículos blindados, sofisticadas ametralladoras y rifles de precisión, con espacios y técnicas de resguardo y de repliegue en los que “los relevos” se encontraban a la mano–, y del otro, contingentes zapatistas armados, sí, con AK-45 o con metralletas o rifles AR-15 (el subcomandante Marcos cargaba con una metralleta Ingram-M 10), pero ello en un núcleo reducido de atacantes pues la mayoría combatía con pistolas y rifles de vieja usanza, o incluso sólo con machetes, cuchillos, “puntas” aceradas, lanzas de madera o hasta piedras. Nunca podremos olvidar las fotos que llegan a mostrar que incluso algunos de los zapatistas no tenían más que sus rifles de pacotilla tallados en madera que usaban básicamente para sus ejercicios de preparación.

3

A los seis días de combate el EZLN, mientras mantenía posiciones importantes y realizaba movimientos de fuerza que tenían un impacto mediático, político y militar relevantes –como el secuestro del ex gobernador Absalón Castellanos, la liberación de presos, y algunos triunfos tácticos sobre el terreno, además de las innumerables declaraciones de prensa que recorrían a la velocidad de la luz todo el planeta–, lanzaba la propuesta de un paro de las confrontaciones para el establecimiento de un “diálogo con condiciones”, entre las que se encontraba la demanda del reconocimiento internacional del EZLN como fuerza beligerante, no sin que sumara a ello un llamado a adherirse al movimiento a obreros, campesinos, indígenas, amas de casa, estudiantes, y en general “al pueblo de México” y a otros pueblos del mundo.
La reacción del gobierno de Salinas de Gortari frente a una guerra que ya empezaba a costarle políticamente más de lo que pudo imaginar en los planos nacional e internacionales, en el espacio-tiempo de su borrachera de festejos por haber entrado con el Tratado de Libre Comercio a las ligas mundiales de la economía, fue lerda por razones que aún no podemos descifrar, de tal forma que tuvieron que pasar otros seis días para que se hiciera finalmente un “alto al fuego” provisional que abrió el curso a lo que a partir de ese momento ya es ampliamente conocido, a saber, la apertura de un proceso de diálogo con una representación gubernamental encabezada por Manuel Camacho Solís, proceso que se inició en el mismo mes de enero y que desembocó, a partir del 21 de febrero de 1994, en las pláticas entre ambas partes en la “Catedral de la Paz”, en San Cristóbal de las Casas.
Doce días, en fin, que estremecieron al mundo. Doce días que abrieron también sin lugar a duda otro curso en la historia de México.

 

Con la mirada al cielo (Tercera y última)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

1

Nota bene. En la entrega anterior nos ubicábamos en lo que sucedía a partir del asesinato de Ximena Guzmán y de José Muñoz el día 20 de mayo del presente año alrededor de las 7 de la mañana. Y relatamos a grandes pasos los primeros movimientos del investigador privado, Gael Valtierra, dirigidos a encontrar algunas claves del crimen que fueran más allá de lo que se había estado reportando sobre éste de manera oficial, o a través de las consideraciones –algunas de ellas de un amarillismo supino– de los medios. El breve texto que ahora presentamos se cierra en una reflexión que hace Gael Valtierra después de haber revisado todas las versiones o hipótesis que se habían barajado el mismo día en que se cometió el crimen. La conclusión inicial del investigador privado es apenas un indicio: el que deberá llevar a revisar paso a paso, desde una perspectiva iconoclasta o inhabitual, cada uno de los hechos implicados. Veamos.
2

La segunda entrega de esta columna abría con las siguientes líneas: “¿Prisa? [para llevar a cabo la investigación relacionada con el asesinato], Gael no podía tener prisa en ese momento pues el crimen de la Calzada de Tlalpan había dañado también sus capacidades motrices. Eran casi las 10 de la mañana y sus pies se mantenían pegados al asfalto de las calles céntricas de la gran ciudad, en el entendido de que para Gael aquello de “la prisa” no tenía sentido alguno. La línea recta era una curva imperfecta, había dicho en su momento el buen y desdichado Nietzsche, y él seguía esa pauta con toda literalidad. ¿Empezar a revisar cajones? ¿Buscar debajo del tapete? ¿Revisar la estadística de crímenes “de altura” en los últimos años en la ciudad capital o en el país? Pensar de entrada que el asesinato se parecía o no en su “perfección” al asesinato de Colosio le parecía una simple pérdida de tiempo. Lo mismo si el comparativo se hacía con el caso del asesinato de Ruiz Massieu. No, en definitiva. Lo primero que Gael sabía que tenía que hacer era ordenar sus ideas y reparar los daños que afloraban sin recato de su masa cerebral. Tenía que caminar en el centro. Perderse en la multitud. Aplacar el latir severo de su ahora débil corazón con el latir de los corazones de muchos en el tum-tum y ruidos diversos que hacían su fiesta desbocada cada día en el centro de la urbe”.

3

Después de deambular por el centro de la urbe, Gael puso manos a la obra y se dirigió al lugar en el que se había cometido el crimen para ver si le sacaba jugo propio a la para esas horas tan manoseada naranja. Revisó cada ángulo del asunto y se hizo de toda la información que las horas que siguieron le permitieron considerar. Agotado física y mentalmente, pensó que por el momento no habría más que investigar, y estaba tan abrumado que sólo pensó en ir a algún lugar donde pudiera tomarse un par de tragos y detenerse a pensar hacia dónde podían apuntar los datos que había recabado.
Hacia las cuatro y quince de la tarde de ese mismo día las tripas le estaban haciendo ruido, por lo que se lanzó al Teoixtla, uno de sus restaurantes favoritos, ubicado en la colonia Roma, lugar en el que se sentía a gusto y a salvo por la buena amistad que tenía con el dueño del lugar y con su esposa, y por la relación amistosa y no menos cobijante de los garroteros y de los meseros del lugar.
En sus idas al Teoixtla gustaba probar el pozole verde, alimento que no sólo le llenaba el buche sino que le parecía el mejor que había probado en su vida. Pero era además un lugar sencillamente cálido y acogedor. Construido en la base de un edificio de seis pisos, con dieciocho pilares de sostén, tenía una dimensión en la que cabían unas veinticinco mesas bien acomodadas y con suficiente distancia entre ellas para que los comensales pudieran sentirse a gusto. A Gael le parecía estar en una cueva profunda, y le gustaba meterse hasta el fondo de ella para atrincherarse en la mesa más retirada de la entrada, a unos pasos del baño y de un bar muy elocuente en calidad y en cantidad de bebidas alcohólicas de todo tipo y sabor. Engalanaba el lugar un enorme cuadro con una foto un poco borrosa, por añeja, de Vicente Guerrero, y otro cuadro con una pintura de Ignacio Manuel Altamirano, cuya particularidad era que la cara del célebre personaje guerrerense no se parecía a él en absoluto. En cierto nivel de una de las largas paredes del lugar se acomodaban, en línea, vasijas y otros objetos artesanales con sello tixtleño, y unos alebrijes simpáticos que dormían en su lugar atornillado el sueño de los justos. A diferencia de otros restaurantes, la cocina y las cocineras se encontraban a la vista de los comensales, en un estilo tradicional construido en el tono y color de las cocinas populares de la región guerrerense cuyo centro de gravedad era justo la ciudad de Tixtla.
La clientela promedio del aquel restaurante le parecía en muchos sentidos relativamente familiar. No propiamente fifí, aunque fifí; no propiamente barrio, aunque barrio; no propiamente ruidosa, pero ruidosa al fin, con ese sonido o vibraciones que le permitían envolverse en un ambiente gozoso que le regalaba una sensación de paz y cierta intimidad. Los nombres de los dueños del Teoixtla le resultaban por sí mismos propios para una novela con ritmo poético o musical, pues él lleva el apelativo de Armando Catarino Cirio y ella el de Verónica de Nova Jaramillo. Su bonhomía saltaba a la vista, calificada en un diez en el orden numérico que le gustaba hacer a Gael sobre las personas con las que mantenía algún tipo de relación.
De los meseros amigos destacaba Alejandro Medina Toledo (nombre que él ya había castellanizado), quien era indígena de origen y había aterrizado un día de Veracruz. Su español no era malo, pero se le notaba el acento. Y por sus maneras de ser y de servir siempre se hacía querer. Le sorprendía en particular su capacidad para tomar las comandas sin necesidad de usar algún cuaderno de notas, y sin importar cuántos comensales atendía en una sola mesa (una vez Gael contó quince), pues era capaz de memorizar, sin equivocarse, todo lo que se le pedía. Gael nunca lo vio fallar. En una ocasión el investigador privado se atrevió a preguntarle cuál era su método de memorización, a lo que él sólo respondió con la mejor de sus sonrisas.
Con todo y que se sentía como en casa y a gusto en medio de ese ambiente, la mente de Gael seguía medio perdida, en una especie de aturdimiento que no alcanzaba a descifrar. Ayudaba a tranquilizarlo ver que la pared del lugar estaba sobrecubierta de un barniz fuerte o de una madera color miel, motivos que le recordaban algunos de los restaurantes o cafés en los que solía refugiarse para leer o escribir en Barcelona, Lisboa o París.
Gael dejó de pensar en el crimen y remontó su mente a los tiempos en los que tuvo contacto y desarrolló una buena amistad tanto con Ximena como con José. Eran dos personajes que no se atreverían a matar ni una mosca, de una salud mental y emocional envidiable, rara sin duda en personas que trabajaban a toda hora y cada uno de los días de la semana. Eran prácticamente la sombra de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México (sombra: no en el sentido del reflejo de la persona sino en el de ser una especie de alter ego de la misma), y acaso en ello mismo se encontraba una de las principales claves de su muerte: el deseo de la red homicida de mostrar o demostrar lo que parecía indemostrable, a saber, que era posible asesinar a la sombra de las personas de mayor rango político en el país, dando acaso de esa forma golpes más expansivos y fatales que los que están íntimamente ligados a cualquier magnicidio “de nivel”.
Increíble pero cierto. Para llegar a esa conclusión el autor o los autores intelectuales del crimen no sólo eran duchos en la técnica simple de matar, sino también entendían de semiótica, de física y de “geografía política”, y acaso también de “filosofía”. Porque habían encontrado lo que sólo se puede entender a partir de la comprensión cierta de lo que significa el Ser de nuestros tiempos, y su aparentes “formas metafísicas” de actuar y de colocar su “ser-siendo” frente al mundo. Y eran expertos a la vez en lo que comúnmente se le llama “comunicación”. No dejaba de ser un elemento central de aquella “gran inteligencia” del motor asesino el conocimiento sociológico y lo que Lenin definió como “el análisis concreto de una situación concreta”. “¡Demonios!”, pensó de pronto el cerebro de Gael, abriendo así hipótesis y vías de investigación que la mente común de un técnico o experto en materia de crímenes no tendría ninguna posibilidad de formular.

(La novela, de título Con la mirada al cielo, aparecerá unos días antes del 20 de mayo del 2026, primer aniversario del asesinado de Ximena Guzmán y de José Muñoz).

Con la mirada al cielo (novela 2)

LASCAS

Memoria y acontecimiento.

Nota bene. En la entrega anterior entregamos una síntesis de la primera parte de la novela (en proceso) que escribo bajo el nombre de Con la mirada al cielo, en la que el investigador privado, Gael Valtierra, después de una noche de ensueño en la que su amada (Luna Sofía) y él, en un espacio-tiempo extraordinario, funden sus cuerpos y almas en una relación sexual que les abre la mente hacia un futuro promisorio y seguro, en la inmanencia sin parangón de lo que parece eterno. Es el 19 de mayo de 2025, y Gael no sabrá, sino hasta el día siguiente en el que, esperanzados por el camino que se les ha abierto por las maravillosas fuerzas del azar o de los cielos, se entera del asesinato de Ximena Guzmán y de José Muñoz perpetrado a las 7 de la mañana en la Calzada de Tlalpan. “Su contacto” de años, conocido simplemente como “Toño”, se comunica con él para decirle que “la jefa” quiere que intervenga personalmente en la investigación del asunto, y lo convoca a verse en el restaurante La Blanca para definir la ruta que habría que seguir para desanudar el nudo. Esta entrega (síntesis del capítulo 3 de la novela), sigue los primeros pasos que tomará el investigador Gael para cuadrar el círculo. Veamos.

I

(El último párrafo de la entrega anterior dice: “Salió del restaurante tres cuartos de hora después, sin haberse tomado el café con leche que le había servido Patricia, su amiga la mesera. Toño, su partner, le había dicho que era necesario moverse rápido, porque antes de que cambiara el día se esperaba tener alguna buena pista en torno al “quienes” y al “por qué” de aquel crimen extraño, que al parecer se trataba simple y llanamente de un crimen perfecto.”).
¿Prisa? Gael no podía tener prisa en ese momento pues el crimen de la Calzada de Tlalpan había dañado también sus capacidades motrices. Eran casi las 10 de la mañana y sus pies se mantenían pegados al asfalto de las calles céntricas de la gran ciudad, en el entendido de que para Gael aquello de “la prisa” no tenía sentido alguno. La línea recta era una curva imperfecta, había dicho en su momento el buen y desdichado Nietzsche, y él seguía esa pauta con toda literalidad. ¿Empezar a revisar cajones? ¿Buscar debajo del tapete? ¿Revisar la estadística de crímenes “de altura” en los últimos años en la ciudad capital o en el país? Pensar de entrada que el asesinato se parecía o no en su “perfección” al asesinato de Colosio le parecía una simple pérdida de tiempo. Lo mismo si el comparativo se hacía con el caso del asesinato de Ruiz Massieu. No, en definitiva. Lo primero que Gael sabía que tenía que hacer era ordenar sus ideas y reparar los daños que afloraban sin recato de su masa cerebral. Tenía que caminar en el centro. Perderse en la multitud. Aplacar el latir severo de su ahora débil corazón con el latir de los corazones de muchos en el tum-tum y ruidos diversos que hacían su fiesta desbocada cada día en el centro de la urbe.
Fue entonces cuando empezó a serenar su cuerpo y su cerebro. En el tramo recorrido se había perdido en la multitud y en el ruido brumoso de tantas voces sin voz y de tantas caras sin rostro. Sería en los pocos minutos del trayecto uno más entre miles. Nadie voltearía a verlo pasar y nadie le daría el “hola” o los “buenos días” de esa mañana imposible. Pero para poder entrar en ese estado de ánimo tenía que alejarse de la plaza del Zócalo, apropiada en ese momento por un aguerrido campamento de la CNTE, organización con la que antaño simpatizaba pero que ahora le parecía centavera y sin un genuino proyecto.
Tomó la calle de Brasil y se dirigió hacia los viejos espacio de Tepito, caminando y pensando sin pensar por las calles más populares y populosas de la urbe. Un perro muerto a la orilla de la calle le dio un extraño sentido de la realidad que ahora estaba viviendo. El perro callejero había sido sin duda atropellado por un automóvil o un camión porque estaba a la orilla de la calle. La cara del animal asesinado por un vehículo equis o zeta no estaba dañada. El cuerpo es el que estaba destrozado, con un charco de sangre que aún fluía hacia el asfalto inerte. Pero la cara del perro era la cara de un perro ángel: sin raspaduras ni nada, como viendo fijamente hacia los cielos; como si así hubiera querido morir.
Nunca se había sentido tan adolorido por un perro muerto encontrado en el camino. Ahora sí. Estaba no sólo adolorido. Estaba aterrorizado. ¿Era ésta la señal de su propia desgracia? ¿Era ésta alguna señal para él relacionada con los muertos de la calzada de Tlalpan? Pensó en Ximena y en José. Muertos porque sí. Así nomás. Seguramente ambos destrozados por las balas pero con los ojos abiertos en dirección al cielo.

2

La mente de Gael se convirtió entonces, de pronto, en un Aleph auraucano, revisitado mucho tiempo después por su amadísimo Borges. Vio, sin piedra tornasolada de por medio, imágenes instantáneas que venían desde su infancia y que recorrían en segundos toda su vida en el momento en que su cerebro se encontraba en trance de perderse en la Nada.
Desconcertado y casi en el punto de morir de ahogo, se paró en el hueco de una calle y vomitó. Extraña materia que salía por su boca y que parecía tener la consistencia y el color de un asqueroso mogote de puritita mierda. Y ya no quería pensar. No quería recordar. Quería simplemente perderse en la multitud.
Y no supo por qué en ese preciso momento recordó a Julio Cortázar haciendo decir a Zavalita: ¿cuándo fue que se jodió el Perú?”.

3

El mismo día del crimen, pero ya en la tarde, Gael entró en materia y dio los pasos prácticos a lo que estaba obligado a dar. Se dirigió a la escena del crimen, entrevistó a cuanto cristiano supuso que tendría que entrevistar, revisó todas las pistas que se habían señalado a nivel oficial y, con sus propios contactos en el Ejército y en otros niveles oficiales, empezó a armar un expediente “base” sobre el asunto. El denominado expediente, sabía, tenía que ser una primera plataforma de datos, sin incorporar en ella sus propios juicios y consideraciones sobre cada uno de los puntos que tendría que “clasificar”.
El asesinato se había consumado un poco después de las 7 am de esa mañana, hora en la que día a día, de lunes a viernes, Ximena recogía a José en la salida del Metro Xola para llegar juntos al trabajo. La camioneta de Ximena Guzmán Cuevas era una Audi negra con placas C50-BHK, registro éste que no necesariamente tenía que hacer Gael, pero estamos hablando aquí de un obsesivo demencial que no quiere dejar pasar ningún detalle en el asunto.
Ximena llegó ese 20 de mayo al punto del encuentro con José, deteniendo su auto frente al número 676 de la Calzada de Tlalpan, casi esquina con la calle Napoleón, junto al bajo puente de la Colonia Moderna. Tres minutos después, justo cuando Ximena abrió la puerta para que se incorpora José, un hombre joven se colocaba de pie frente al parabrisas, para empezar a detonar su arma, una Sig Sauer 9 mm que llevaba ajustado un silenciador. Fueron cuatro los primeros disparos dirigidos muy directamente a la conductora del auto en un círculo milimétrico de aproximación que puede generar envidia de la buena en cualquier disparador profesional. El asesino era un experto.
Pero no bastaron esos cuatro tiros. No al menos en la mentalidad adiestrada del tirador. Porque el asesino dio unos pasos precisos hacia la puerta del conductor, y lanzó cuatro tiros más para que no hubiera ninguna posibilidad de falla en la encomienda. No había pasado el tiempo de un respiro cuando el tirador se dirigió a paso de tigre hacia la parte en la que José estaba por subir al automóvil, y sin decir agua va disparó cuatro tiros más dirigidos a José, quien no tuvo tiempo de entender nada de lo que estaba pasando. Cuatro, más cuatro, más cuatro. Doce balas en total, de las quince que contenía la carga del arma infatigable.

 

 

Con la mirada al cielo (novela. 1)

LASCAS

Memoria y acontecimiento
Nota introductoria. Las entregas que forman esta breve serie pueden ubicarse en el género de la novela policiaca, lo que quiere decir que se mueve literalmente en el plano ficcional. Obviamente, el que tenga como eje los asesinatos de Ximena Guzmán y de José Muñoz el pasado 20 de mayo en la Calzada de Tlalpan, le da elementos relacionados con “lo real”, pero sus líneas de integración global están tejidas en el cuerpo de una obra estrictamente literaria. Así es que cualquier elemento que no corresponda a hechos “duros” del proceso que corre a lo largo del relato tienen que ser considerados literalmente como una construcción armada a partir de “la verdad de la mentira”. Presentaré en esta serie sólo tres entregas de la obra, para “abrir bocado” con relación a una novela de 12 capítulos que aparecerá en 2026, con la síntesis de algunos capítulos para no ser spoiler de los contenidos finales de la historia. Tomo ello como “un intermezzo” decembrino, pues en enero de 2026 volveré con dos piezas finales sobre el caminar histórico del EZLN (en dos entregas, justificadas por la conmemoración del 42 aniversario de la insurrección zapatista). ¿Sólo tres entregas para abrir la ruta de los contenidos de la novela? Sí: se vale para descansar un poco la mirada y ofrecer al lector algunos “indicios” de la mencionada novela. Lo que me conviene, sin duda, pues no seré spoiler de mis propios escritos de tal naturaleza. Espero que esta lectura abra la mente del lector a un tema que, por razones aún inexplicables, se ha dejado de mencionar entre los medios. Sus razones tendrán, lo que acaso ya pudiera ser un “elemento indiciario” que dé señales sobre el asunto.

1

Ese día, ya envuelto en las sombras vespertinas de una habitación cuyas cortinas macizas impedían la entrada de las luces felinas de un Sol que no sabía rendirse fácilmente en las mudanzas, Gael Valtierra descubrió sin aviso de ninguna especie el sentido pleno de sentirse en casa.
¿Sentirse en casa? No lo pensó desde el lugar común del hacer o del quehacer cotidiano del repliegue necesario para descansar las acostumbradas horas de la noche en las que el cuerpo se repone para reanudar y caminar los días. El sentirse en casa fue desde ese instante, para Gael, la forma de pensar y de sentir otra manera de habitar la vida y el tiempo de lo propio. En una intimidad a piel que ya no respondía a ningún acuerdo o pacto de formalidad escriturada bajo el encuadre de reglas a cumplir frente a un Dios soberbio y quisquilloso. En adelante mandaría sólo el latir de los saberes y el sentir de los afectos. Mandaría el alma en sus adentros.
Pensó Gael que toda esa vivencia del momento sería a partir de entonces su secreto. Pero no hizo más que ver los ojos de su amada para darse cuenta, en su mirada, que no habría mucho que explicar sobre el milagro. Un solo gesto de ella bastó para saber que, en cuerpo y alma, ya ella lo sabía. Hicieron entonces el amor como si ambos cuerpos entrelazaran sus almas. Cuerpo a cuerpo, en libre y decidida entrega, haciendo a un lado las cicatrices y los dolores de los acumulados tiempos grises de “su pasado inmediato y su presente”.

2

Al día siguiente, todavía somnoliento, Gael habría de tener fija en la piel y en la memoria la imagen de las uñas pulcramente recortadas de una de sus manos recorriendo con cierta fuerza de presión amorosa la desnuda espalda de su amada, en un deambulante recorrido que iba desde el microespacio en el que la espalda pierde su sagrado nombre hasta el tenso pero tierno hueco de la nuca. Brumosa a la vez era la imagen de unas suaves manos blancas que se habían convertido de repente en anguilas ardientes y nerviosas que vagaban por todo el continente de su cuerpo.
Cuando Luna despertó sus ojos y su mente recorrieron en segundos el espacio en el que se había consumado el milagro de ese extraño renacer adolescente de los cuerpos, a sabiendas de que pronto –acaso ahora demasiado pronto– tendrían que volver a esa vida cotidiana que en los últimos tiempos era generalmente ruda y exigente. Mas la piel de ambos personajes amorosos había sido curtida durante largos y no siempre felices tiempos de las guerras. Por ello la idea de volver al mundo del quehacer cotidiano en el hormigueo y en los palpitares de la truculenta urbe que habitaban no era ni castigo divino ni condena. La hora que Gael y Luna Sofía se dieron para cerrar la charla de esa mañana vigorosa quedó marcada entonces por los planes del quehacer de la semana.
Y rieron, animados, cuando Luna comparó esa charla de una hora previa a la inmersión de ambos en las turbulencias del afuera con la de aquellos buzos que, emergiendo desde las profundidades oceánicas del mundo, tienen que esperar un tiempo calculado para despresurizar sus cuerpos y volver a las luces solares de la vida.
En contra de su voluntad, Gael entendió de pronto que no habría forma de alargar ese clímax y esa paz que con un profundo amor de voluntad de ser en esos divinos momentos matutinos le regalaba Sofía. Entró a la regadera como un ciclón y se vistió en segundos porque el reloj le decía impiadosamente que ya era hora de salir. Tenía que enfrentarse en lo que seguía a las realidades cotidianas de un oficio que le daba casi únicamente para comer, para pagar la renta, y ayudar a su hijo de 17 años y a su hermano Virginio que, por razones que más adelante se revelarán, vivía, si ello era vivir en realidad, en una añosa y casi destartalada silla de ruedas.

3

La llamada telefónica que le cambiaría la vida aquel 20 de mayo de 2025 apareció en su celular a las 8 horas y 13 minutos de la mañana. Una voz que él conocía con familiaridad sencillamente le soltó: “Te busca la jefa. Quiere que le metas al asunto del asesinato de Ximena y de José. Y quiere que le metas porque no confía en algunos de los que ya están investigando.” “En chinga”, agregó la voz que Gael escuchaba como si se tratara de una especie de broma; de un simple cuento. Pero entendió que sí era algo realmente serio pues la voz que le decía remató con un “Te veo ahora mismo donde siempre. Yo ya estoy aquí, así es que vente a la velocidad de la luz.”
Gael no tuvo oportunidad de preguntar de qué diablos le estaba hablando su partner, su viejo camarada de guerras santas y de guerras sucias, en las que en ellas casi siempre habían actuado como “pareja”, aunque su socio, formado en el rubro de “investigaciones especiales”, era frío y calculador, con un grado de humor e inteligencia similar a la de aquellos que, en Auschwitz, jalaban la palanca de la muerte para después irse a cenar cómodamente con la esposa, los hijos o los nietos.
Se dolió en ese momento de haber apagado su teléfono celular durante el curso de la noche y las primeras horas de la mañana en que había tenido su mágico encuentro con Luna Sofía. Un investigador privado, se decía a sí mismo repetidamente, tiene que estar siempre al corriente, minuto a minuto, de casos que lo implican o que lo pueden implicar en su función de investigar algún delito o algún crimen.
Pero después de colgar con “su contacto” y antes de ir a verlo a ese “lugar de siempre” se ocupó de ver los mensajes que le habían dejado entre las 7.45 y las 8 y minutos de la mañana, particularmente el del su hermano Virginio. El whats’up de su carnal, adolorido, le daba pelos y señales de lo que se sabía hasta el momento. En la primera línea le decía que pasaditas las 7 de la mañana habían asesinado a Ximena y a Pepe en la Calzada de Tlalpan. Y agregó detalles que Gael ya no quiso escuchar. Sabía en todo caso que el teléfono no era el mejor medio para comunicarse en torno a cualquier asunto criminal de relevancia.
“!Diablos!”, pensó en ese momento Gael, asqueado de antemano por lo que parecía ser el encargo más difícil y doloroso de su vida. El llanto marcó su rostro durante unos momentos, mientras la rabia se agolpó en su pecho. Y entonces, con un repentino mareo, se lanzó a la velocidad de un rayo a la cita convenida. Caminaba aturdido, como si estuviera vencido por algunos tragos de alcohol. Los elementos del paisaje que observaba quedaban por ese mismo hecho convertidos en un desbarajuste total. Los objetos no entraban en sintonía. Llegó al restaurante La Blanca para ver a su enlace, quien se encontraba sentado en la mesa de una de las esquinas del recinto sin mostrar en su rostro y en su cuerpo nerviosismo o preocupación alguna.
–Qué jais, mi firuflais. Toño –así le llamaban al “enlace”– lo miró fijamente a los ojos, y, mientras daba un sorbo a su café, con una voz casi inaudible, le dijo “siéntate acá, a mi lado derecho, acércate con discreción, y escucha. Pero escucha bien”. Y escuchó todo lo que en ese momento tenía que saber, sin necesidad de preguntar tema o detalle, pues Toño en realidad sabía muy poco sobre el asunto, desplegando conjeturas que a Gael le parecían basura simple, y de la mala.
Salió del restaurante tres cuartos de hora después, sin haberse tomado el café con leche que le había servido Patricia, su amiga la mesera. Toño, su partner, le había dicho que era necesario moverse rápido, porque antes de que cambiara el día se esperaba tener alguna buena pista en torno al “quienes” y al “por qué” de aquel crimen extraño, que al parecer se trataba simple y llanamente de un crimen perfecto.

 

El caminar histórico del zapatismo (Octava parte y última)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

 

 

Nota bene: En la última entrega entramos a una etapa “negra”, transicional, de la guerra que se desarrollaba abiertamente o de manera “discreta” o focalizada entre el gobierno federal y el EZLN. Incluye el momento en la que Ernesto Zedillo creyó que atraparía físicamente al subcomandante Marcos, al haber descubierto su identidad y al haber acompañado ese hecho con una ofensiva militar en la que entró a las entrañas de la Selva para apresar al jefe militar del zapatismo. Como sabemos, tal operativo falló en forma grotesca, pero le arrancó la vida a algunos de los rebeldes, apresó a otros e hizo conocer una lista negra de 20 presuntos implicados en la guerra popular en la que apareció quien esto escribe. El gobierno federal se sentía orgulloso de tales hechos ominosos, y consideró que ya había entrado en un momento propicio para aniquilar al movimiento armado instalado en una parte no menor de la geografía chiapaneca. Pero lo que siguió en aquel año de 1995 dio un viraje favorable para que se restableciera un esquema de “diálogo” que al final condujo al vigoroso proceso marcado por las negociaciones entre las partes beligerantes en la comunidad de San Andrés Larráinzar (rebautizada por los zapatistas como Sakamch’en de los Pobres). Esta entrega habla sobre algunos de estos sucesos, y hace un corte para seguir un relato que parecería no tener fin (¡faltan tantas cosas por contar!) La próxima entrega se abocará a seguir una línea literaria que tiene como eje del relato el ominoso asesinato de Ximena Guzmán y de José Muñoz el pasado 20 de mayo. Y aclaro desde ahora que, al ser una obra del género novelístico, cualquier semejanza con la realidad será una simple y llana coincidencia).

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Nos habíamos quedado, en la entrega anterior, en que el EZLN había lanzado una ofensiva guerrera, sin disparar ni una bala, para “tomar posesión” de 38 municipios chiapanecos: es decir, para mostrar que lo que se había venido moviendo en el terreno de las armas no provenía de un reducido núcleo guerrillero cercado en la inmensidad de la Nada. El hecho es que, haiga sido como haiga sido, el Ejército federal avanzó exitosamente para recuperar las áreas en las que se había extendido la fuerza zapatista, mientras, sorpresivamente, Ernesto Zedillo anunciaba de manera paralela que la Procuraduría General de la República y el Ejército evitarían en lo posible cualquier enfrentamiento.
¿Las razones del mencionado cambio de rumbo del poder Ejecutivo para hacer un nuevo alto al fuego? Cualquiera lo puede investigar o incluso imaginar: sin tener en sus manos la cabeza de Marcos, y con una pírrica victoria sobre “su enemigo”, el mundo entero se burlaba de los arrestos dantescos del señor Presidente, mientras “la sociedad civil” (movimientos sociales de muy diversa índole) armaba líos de protesta de no poca monta en los cuatro puntos cardinales del país, exigiendo que se llegara a un acuerdo para lograr una “paz con justicia y dignidad”.
En dicho contexto, con jugadas ajedrecísticas de muy diversa índole por parte de cada una de las fuerzas beligerantes, el Congreso de la Unión terminó por decretar una Ley de Amnistía que, promulgada el 11 de marzo de 1995, tuvo entre otros de sus productos la formación de la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) y la de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai). Con la “Declaración de San Miguel” (signada entre las partes en pugna en la comunidad tzeltal de mismo nombre) se acordó el protocolo del proceso de diálogo que llevaría hacia los Diálogos de San Andrés Larráinzar, mismos que se iniciaron no sin dificultades el 22 de abril.

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Antes de que se abrieran las negociaciones de San Andrés, como decíamos, los movimientos ajedrecísticos no pararon de llevarse a cabo por cada una de las partes, destacando, del flanco zapatista, el desarrollo de una “consulta nacional”, organizada por la prestigiada organización civil Alianza Cívica, dirigida a preguntar al pueblo mexicano si las demandas o exigencias que habían venido colocando sobre el tablero el zapatismo pudieran considerarse válidas o legítimas, agregando la pregunta de si se creía necesario o pertinente que el EZLN “se incorporara a la vida política nacional”. La consulta de los zapatistas fue promovida en 80 países, con un resultado sorprendente: el registro de Alianza Cívica contabilizó más de un millón de sufragantes, con respuestas significativamente positivas a favor de los posicionamientos del EZLN.
En tales condiciones, fue posible que el 1 de octubre de 1995 se abriera la primera mesa de negociación entre el movimiento indígena y civil (representado por los zapatistas) y el gobierno federal con el tema Derechos y Cultura Indígena, acontecimiento que marcó sin duda un “antes y un después” en la historia social, cultural y política de México.

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El EZLN no llegó solo a las mesas de diálogo. Una meticulosa y cuidada selección de personajes sociales, políticos y académicos conformó un grupo de más de 100 asesores, de los cuales alrededor de 40 se mantuvieron en la raya a todo lo largo y ancho del complejo proceso de negociación. Entre los de mayor luz pública nacional (e internacional, en algunos casos) se encontraban nombres como el de Luis Villoro, Alfredo López Austin, Antonio García de León o el de Gustavo Esteva. Pero no faltaron otros enormes cerebros y activos luchadores sociales como el sacerdote jesuita Ricardo Robles (El Ronco), Joel Aquino, Carlos Manzo, Héctor Díaz Polanco, Guillermo Briseño, El X’shel. Luis Javier Garrido, David Fernández, Rina Roux, Gilberto López y Rivas, Consuelo Sánchez, Luis Hernández Navarro, Bárbara Zamora. Adelfo Regino (como parte de su grupo se encontraban dos o tres importantes pensadores y activos miembros de distintas comunidades oaxaqueñas, entre ellos Hugo Aguilar), Ramón Vera o Hermann Belinghausen. (Quien esto escribe formaba parte del grupo de asesores más cercano a la comandancia zapatista, siempre en el marco de la participación grupal que de una o de otra forma coordinaba sus acciones de manera estrecha y fraternal en el escenario de los diálogos).Y, aunque estaban ligados más al núcleo que hacía las tareas de intermediación desde la Diócesis de San Cristóbal con el gobierno, con el EZLN y con sectores muy diversos de la sociedad civil y de la clase política, destacaban Jorge Fernández Souza, Gonzalo Ituarte, Enrique Flota, Miguel Álvarez y Pablo Romo.
Mas no hay que quitarle mérito alguno a quienes “desde el lado de la Gobernación” (en calidad de “asesores”) eran motores positivos del proceso, destacadamente Magdalena Gómez o Carlos San Juan Victoria, quienes ofrecían en lo posible sus capacidades y talentos para que los contenidos del debate favorecieran en lo fundamental los posicionamientos zapatistas.
Más ligado al núcleo institucional de “la Gobernación”, el papel jugado por Miguel Ángel Romero siempre tuvo una importancia decisiva. Su pluma y su buena fe y humor marcaron rutas que no siempre estuvieron en el campo en el que se movía la cúpula del grupo negociador encabezado por Marco Antonio Bernal, siendo el mismo Miguel Ángel un puente vivo de comunicación y de enlace con actores y asesores que desde el EZLN estaban implicados directamente en el juego político de la negociación.
Pero volviendo al núcleo activo de asesores más directamente ligados al EZLN, hay que decir que el alma viva del equipo motor de aquella extraordinaria aventura era sin duda El Ronco (el sacerdote Ricardo Robles), incansable bromista y animador de todos, fuera que estuviéramos de fiesta por algún avance positivo de las negociaciones o que estuviéramos “caídos” por alguna problema mayor o menor de aquel proceso.
Lo que sigue es historia conocida. Durante varios meses se reunió la ya histórica Mesa de Diálogo sobre Derechos y Cultura Indígena, en sesiones en las que se dio el combate ideológico, legal y político que correspondía. Todo ello en una escuela primaria (en ese momento sin actividades docentes) del centro de la comunidad de San Andrés Larráinzar, donde se trabajó sin descanso día y noche para presentar documentos y acercarse a los mejores acuerdos. Ahí fue donde se establecieron las líneas necesarias para el reconocimiento del derecho de los pueblos y comunidades indígenas a su libre determinación y autonomía –y, en consecuencia, para su reconocimiento como sujetos de derecho público–, marcando la ruta que habría que seguir para hacer a un lado el predominante “derecho positivo” y buscar las vías para forjar que México se rigiera por un régimen de pluralismo jurídico.
Mucha tinta ha corrido en torno a los llamados Acuerdos de San Andrés, signados por las partes beligerantes el 16 de febrero de 1996, por lo que esta columna ya no abonará en el relato a “lo que sigue”. Acaso la serie completa sobre el caminar histórico del EZLN aparecerá publicada –y ampliada– como libro durante los próximos meses. Ello, por supuesto, si Dios nos bendice y las fuerzas del cielo nos abrazan.

El caminar histórico del zapatismo (7)

LASCAS

Memoria y acontecimiento
“Bienvenido a la pesadilla”, le dijo el subcomandante Marcos a Ernesto Zedillo cuando éste tomó posesión de su cargo como presidente del país. El Sup lo decía ahora en una misiva personalizada, en contra de su costumbre, conocida, de redactar y difundir documentos cuyos destinatarios eran todos los mortales de México y del planeta. La fuerza del sentido epistolar del documento salta a la vista cuando se lee de inmediato lo que sigue: “Su legitimidad contrasta con la legitimidad zapatista. Mientras (nuestras) demandas no se cumplan, habrá guerra en las tierras mexicanas”.
En otro nivel y en otro formato Marcos siguió proponiendo a la Convención Nacional Democrática y a Cuauhtémoc Cárdenas que encabezaran un amplio frente opositor, para que, por medio de acciones civiles y pacíficas, exigieran la renuncia del presidente ilegítimo y se instalara un gobierno de transición que convocara a nuevas elecciones (éstas libres de trucos y de infamias).
La situación adquirió entonces nuevamente el tono franco de la guerra, pero ello no impidió que, en forma sorpresiva, Amado Avendaño (quien habiendo perdido las elecciones se había declarado “gobernador en rebeldía”) y la Secretaría de Gobernación signaran un pacto de paz que diera un respiro a los opuestos. La firma se llevó a cabo el 6 de diciembre de 1994, y tuvo el objetivo mínimo de calmar las aguas y los vientos de aquella tormenta embravecida para que Eduardo Robledo Rincón asumiera sin balas de por medio su cargo como gobernador del estado de Chiapas.
Avendaño no estaba con ello traicionando el decir y el hacer del zapatismo, cuestión que se hizo patente el 8 de diciembre de aquel año –día de la toma de posesión de Robledo Rincón– cuando el EZLN dio por terminado el compromiso del cese al fuego para iniciar la campaña militar Paz con Justicia y Dignidad para los Pueblos Indios.
Que el EZLN no estaba blofeando quedó de manifiesto en la realización de una maniobra envolvente que, el 19 de diciembre, llevó a que los zapatistas “tomaran”, sin desperdiciar ni una sola bala, 38 municipios del estado. Ello le permitía mostrar que el zapatismo no era una fuerza que pudiera ubicarse como un núcleo de locos rebeldes escondido en la Selva, ampliando su presencia militar en la zona Norte y en Los Altos. ¿Pero era sólo una presencia simbólica la que el EZLN pretendía en esa ampliación de sus terrenos de dominio? No. Procedieron sin demora a nombrar nuevas autoridades y a crear “nuevos municipios y territorios rebeldes”. Y sabían, con todo, que “la Gobernación” entraría a jugar el juego de la guerra, ya entonces en búsqueda de extirpar de raíz la “mala yerba” de ese movimiento indígena y social que en definitiva no quería la “democracia” edulcorada y emponzoñada de “los partidos” –que representaban simple y llanamente la mercantilización de la política–, sino una democracia verdadera, aún por construir, incluso en su diseño, desde una base popular.

2

El giro tomado por los acontecimientos llevó al EZLN a retomar sus demandas de los primeros días de enero del 94: ser reconocidos como ejército beligerante, buscar una mediación internacional de conflicto y apostar, mientras alzaban las armas, por una vía pacífica de cambios en la que Cuauhtémoc Cárdenas y la “sociedad civil” (encabezada aún por la directiva de la Comisión Nacional Democrática) llamaran a un proceso de resistencia ciudadana que incluyera la exigencia de la renuncia de Zedillo como presidente del país y la formación de un gobierno de transición.
Pero el gobierno federal, ya empoderado por sus triunfos electorales, aceptó el reto de lanzar sus fuerzas militares para “recuperar” los espacios chiapanecos que había conquistado el zapatismo, en un juego ajedrecístico que tuvo sus altas y sus bajas y que desembocó finalmente, ya en febrero de 1995, en que el gobierno tratara de dar el jaque mate, en una maniobra que, desde una inteligencia artificial aún no perfeccionada, terminó en un juego circense que hizo algún daño al zapatismo pero que puso en ridículo al “ejercicio (¿legítimo?) del poder estatal”.

3

El 9 de febrero (de 1995) la Procuraduría General de la República identificó al subcomandante Marcos como Rafael Sebastián Guillén Vicente, pretendiendo que con ello el EZLN se desmoronaría como un montón de piedras. Junto a ello, se dictaron órdenes de aprehensión contra él y otros líderes zapatistas, entre los que se encontraban Fernando Yáñez (Germán), Jorge J. Elorriaga (Vicente), Jorge Santiago y Silvia Fernández (Sofía o Gabriela). Agregó, en una “lista negra”, a 16 personas más como presuntos delincuentes, entre ellos, con sorpresa, la que lleva el nombre de quien teclea las presentes líneas.
Una cantidad indeterminada de valientes guerreros del Ejército federal entraron en el curso de la noche al epicentro bélico de la Selva, creyendo que en unas cuantas horas tendrían a Marcos en su poder. El Ja Ja Ja del Sup y de los comandantes zapatistas resonó en todo el territorio de la guerra, pues los preparadísimos activos militares lanzados por el gobierno no encontraron ni la sombra del rebelde iconoclasta, ya identificado como Rafael Sebastián Guillén.
Una persona cuyo nombre no revelaré en estas líneas, y que había sido alumno mío en la ENEP Acatlán, me hizo una llamada telefónica el día 8 de febrero, diciéndome en forma telegráfica que no se me ocurriera llegar esa noche a mi casa y que buscara algún otro lugar para dormir. Pensé que era una simple broma, pero supe que tendría que seguir el curso que marcaba mi exalumno cuando agregó de manera directa: “No estoy bromeando; trabajo en el Cisen”.
Para esas fechas yo estaba separado en los hechos de mi primera esposa (vivía a un costado de la casa de Claudia Sheinbaum y de Carlos Imaz), y tenía un queridísimo amor cuyo nombre aquí tampoco mencionaré. Dormí en su casa y al amanecer me dirigí a las oficinas que la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras (CNOC) –de la que yo fungía de alguna manera como una especie de asesor– tenía en la calle de Tabasco, a unos pasos de las oficinas del PRD.
Dos llamadas telefónicas bastaron para saber que la casa en la que vivía en aquellos momentos había sido “tomada” por la policía y elementos del Ejército, con destrozos que aún no les he querido cobrar. Mientras tanto, me enteré con más detalle quién o quiénes sí habían sido detenidos (entre ellos unos amigos zapatistas que vivían en Yanga, Veracruz), por lo que de inmediato hice contacto con el ingeniero Cárdenas para conocer su opinión sobre “lo que había que hacer”.
Cuauhtémoc Cárdenas me escondió en un espacio que no pretendo indicar en estas líneas, y se encargó de ver durante todo el día 9 de aquel febrero negro, con las autoridades correspondientes, hasta dónde se me podía fincar alguna responsabilidad. Eran alrededor de las 12 de la noche cuando Cárdenas regresó de sus litigios y, sin demasiada explicación, me dijo: “Parece que no tienen nada firme contra ti. Pero mientras son peras o manzanas escóndete por un rato, no vaya a ser que siempre sí se les ocurra echar la camioneta represiva a rodar”. Tres semanas estuve del tingo al tango, escondido, hasta que entendí que ya no me buscarían y que podría respirar, al menos por un buen rato, en libertad.
Retomé mi contacto con el EZLN cuando ya se perfilaba una circunstancia de negociación que llevaría a los denominados Diálogos de San Andrés. En el momento en el que me reencontré con Marcos, éste no paraba de reír. Y me contagió de tal forma que, de carcajada en carcajada podría decirse, estuve a punto de morir (morir de risa no es una mala medicina para poder sobrevivir).
Fue durante ese periodo que, durante mis estancias en la Ciudad de México, me volví religioso de una costumbre gozosa y singular: ir cada semana al Reclusorio Norte a visitar a mis tres amigos de Yanga, quienes de una u otra forma se volvieron jefes de la tropa de aquella misteriosa, aunque patética, “Universidad”.

 

El caminar histórico del zapatismo. El EZLN

Memoria y acontecimiento

(parte 5)

Nota bene. En las cuatro entregas anteriores partimos de la insurrección zapatista del 1º de enero de 1994 pasando por el momento en que se lleva a cabo, el 12 de mayo, la visita de Cuauhtémoc Cárdenas a la comunidad de Guadalupe Tepeyac para encontrarse con la dirección político-militar del EZLN. En esta entrega presentamos un relato sucinto sobre lo que siguió en las semanas posteriores, deteniéndonos de manera central en el memorable 8 de agosto, cuando se llevó a cabo la Convención Nacional Democrática (o también llamada Convención de Aguascalientes) en la comunidad de Guadalupe Tepeyac.

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El escenario del encuentro: un extenso anfiteatro en forma de navío que un enemigo del EZLN denominó desde su cómoda silla de gobierno “La nave de los locos”, pensando acaso en la conocida obra de Bosch en la que se dibuja el desvarío y la impostura de un continente humano compuesto por descerebradas figuras que no tienen brújula alguna para arribar a puerto. El Sup, por el contrario, lo denominaba el Barco Pirata, la Torre de Babel, el Arca de Noé o el Navío de Fitzcarraldo, armado éste a pulso, pieza por pieza, por los incansables y laboriosos brazos de la población local y de la tropa zapatista. La armazón monumental tenía, como anexos, una sala de prensa, una biblioteca, cocinas, casas para hospedajes, estacionamientos, con dos banderas en el espacio del presídium. Coronaba el edificio una lona de tamaño mayor que pretendía cubrir a los numerosos asistentes de los rayos del Sol y de la lluvia.
Tuve en su momento la oportunidad de ver cómo se fue levantando aquel escenario majestuoso diseñado sobre el papel por las artesanas manos del Sup. Nada igual a lo que pudiera verse en cualquier otra parte del mundo, aunque no dejé de pensar en aquel momento que acaso experiencias de China o de Vietnam habían puesto algo de su parte para guiar el trazo maestro del diseño.
Los días de trabajo que me tocó observar de cerca en el proceso de la construcción del gran navío corrieron con furia de tormenta, en una fiesta de masas en la que compañeros indígenas de todo color y de todo pelo hicieron valer su disciplina, laboriosidad y celo. Trabajar tiempo completo durante 28 días, sin parar, fue lo que hizo posible el sueño extraordinario de Werner Herzog.
La prensa calculó que el día del evento estaban allí, subidos a cubierta, alrededor de 8 mil personajes de toda raza, nivel educativo, religión, creencia o fuero. Miles a mencionar, pero en este breve espacio sólo puedo hablar de los primeros que aquí me llegan a la mente: entre otros, Jorge Fernández Souza, Gonzalo Ituarte, Miguel Álvarez y Pablo Romo, pilares del núcleo que se hacía cargo de las labores de intermediación del Obispado con el EZ. Pero, ¿cómo no mencionar también a Carlos Monsiváis, Armando Bartra, Óscar Oliva, Arturo Alcalde, Juan Bañuelos, Luis Hernández Navarro, Juan Villoro, Enrique Flota, Antonio García de León. Pablo González Casanova o Rosario Ibarra? ¿Cómo no hablar de Carlos Payán, Arnoldo Martínez Verdugo, Elena Poniatowska, Sergio Zermeño, Guillermo Briseño, Carlota Botey, Rodolfo Stavenhagen, Gloria Muñoz, Herman Bellinghausen, Amado Avendaño, Raúl Ortega, David Huerta, Eraclio Zepeda o Mercedes Olivera? Efrén Capiz estaba en el escenario, como lo estaban también Emilio García Jiménez, Gabriela Sánchez, Adriana López Montjardin, Silvia Gómez Tagle, Bolívar Echeverría, y representaciones indígenas y campesinas de las 32 entidades federativas.

2

Cuando el Sup Marcos tomó el micrófono remitió a su muy moderno centro de estadística que no dijo “somos 8 mil” los asistentes. En sus propias palabras señaló: “Nadie, nadie de la Comisión Nacional Organizadora nos ha podido decir cuántos delegados, invitados, observadores, periodistas, gorrones, colados, orejas y extranjeros llegaron a esta Convención. Así que no sabemos cuántos somos.” Pero en realidad sí había un cálculo que dar a conocer, dirigido a aquellos oídos receptivos que pudieran entender que simple y llanamente los que estaban ahí –en las mismas palabras de Marcos– eran un chingo. El chingo sumaba en realidad no sólo a los presentes, sino también a los ausentes: los miles o millones de personas que a lo largo y ancho del país se habían sumado al movimiento. Incluyendo en ello a los extranjeros que de lejos o de cerca ya habían entregado su esfuerzo y corazón a la lucha zapatista.
Previo a la realización de la Convención Nacional Democrática, el 12 de junio, el EZLN había lanzado la Segunda Declaración de la Selva Lacandona, documento que se dirigía ahora a la “sociedad civil”, a la que pedía su aporte para mantener el cese al fuego “que permitiera organizarse”. A los partidos políticos los invitaba a que reconocieran la falta de derechos políticos existentes en los últimos 65 años. En el discurso de la Convención de Aguascalientes Marcos repetía estas palabras y era muy enfático en que el EZLN se habría levantado en armas no para matar sino para poder ser escuchados, así como para abrir la ruta que llevara a la formación de un gobierno de transición que, en adelante, sería prefigurado y convocado por la propia Convención Nacional Democrática reunida en su máxima posibilidad de representación en aquel navío de la Selva. El atrevimiento mayor era de hecho, en el discurso del Sup, convocar de una forma o de otra a ejercer el voto por la democracia en las elecciones que se desarrollarían el 21 de agosto, para formar el ya mencionado gobierno de transición y nombrar un Congreso Constituyente.
Con la Convención el EZLN dejaba de ser fuerza “convocante” y el movimiento indígena se consideraría sólo, en adelante, como una entre otras de las fuerzas que, viniendo “desde abajo”, transformarían de cabo a rabo a la Nación. La ruta perfilada sería entonces pacífica, en condiciones en que mantener las armas del ejército rebelde sería sólo una forma de forjar un sólido garante del proceso de cambios de fondo que el país necesitaba con urgencia.

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Después de dar su mensaje, el subcomandante Marcos se dirigió a la luchadora Rosario Ibarra de Piedra, para entregarle la bandera nacional en calidad de presidenta de la Convención.
El momento tuvo una mágica sincronía con los poderes del cielo pues después de esos instantes extáticos y espirituales de una comunidad que nacía o renacía en la esperanza empezó un viento y una lluvia –una tormenta– que nadie vio como señal de mal agüero sino como una bendición de algunos Seres superiores que venían acaso del Olimpo. Llegaba con ellos la intangible voluntad de todos los presentes de construir o de reconstruir aquellos mundos en los que cupieran muchos mundos.
La tormenta, poderosa, de pronto hizo caer la carpa enorme del navío y todos los presentes recibieron así las aguas de aquel tan mágico como inesperado bautismo. Las primeras luces del día siguiente del encuentro, ya sin lluvia, permitieron observar nítidamente el panorama: cada uno de los presentes hizo lo que tenía que hacer para dar a todos todo en su máxima posibilidad de solidaridad humana. ¿Preocupaciones? Varias. Entre otras las de la situación en la que estaban después del chapuzón algunos personajes que habían mostrado ya en el decurso del encuentro algún problema de salud o alguna dificultad para mover ligeros sus huesos y sus piernas. De ello recuerdo una que se me quedó grabada para siempre: al grito de “¡Monsi, dónde anda Monsiváis¡”, algunos nos fuimos a buscarlo y, después de unos minutos, lo vimos que venía allá a lo lejos: renqueando y con bastón, alegre como nunca, quien hizo valer entonces el genio de su lengua para contar a los presentes que se arremolinaron en torno a él para contar algunas de sus inigualables bromas y algunos de sus acostumbrados chistes.

 

El caminar histórico del zapatismo. El EZLN

LASCAS

Memoria y acontecimiento

(parte 4)

Nota bene. En las tres entregas anteriores he hecho el recorrido que inició con el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el 1º de enero de 1994, pasó por la “consulta en la Selva” en torno a las propuestas de negociación que había presentado “la Gobernación” en la Mesa de Diálogo de San Cristóbal de las Casas durante el mes de marzo de mismo año, y aterrizó en el establecimiento de un pacto de honor para “tomar el Cielo por asalto” entre el cardenismo y el zapatismo, acuerdo que, de palabra y tras bambalinas, se dio el 12 de mayo en la comunidad de Guadalupe Tepeyac. Hoy me centraré en la reunión y en el “acuerdo secreto” mencionado.

I

La historia que he venido relatando llevó, de marzo a mayo de 1994, a un cambio de rumbo en la estrategia del EZLN, en el que, en lugar de Pablo Gómez, yo asumí las tareas de interlocución entre las dirigencias de ambas fuerzas (del cardenismo y del zapatismo), con la suficiente distancia de un perredismo que, si bien era parte indisociable del proceso que llevaba a Cárdenas a pelear por la presidencia del país en el terreno electoral, tendía, como la cabra al monte, en sus niveles directivos (no necesariamente en una buena parte de “sus bases”), hacia un posicionamiento más pragmático y “conveniente”, no necesariamente ligado a la idea de llevar a cabo una reforma del Estado que culminara en un cambio de régimen de un alcance histórico sin igual.
Relaté, en la última entrega, que el acuerdo con el EZLN para que Cuauhtémoc Cárdenas entrara a los territorios zapatistas se llevó a cabo a través de un “ida-y-vuelta” de mi parte de Guadalupe Tepeyac a San Cristóbal de las Casas y de San Cristóbal de las Casas a Guadalupe Tepeyac. Y que Cárdenas tomó la decisión de entrar a la Selva después de que se enteró por mi conducto de las condiciones que el Subcomandante Marcos y una parte de la comandancia general del EZLN ponían para recibirlo con pompa y suficiente brillo en territorio zapatista: a) Que Cárdenas no llegara a la tierra zapatista como “candidato” sino como líder de un movimiento democrático nacional en lucha por la paz y por la democracia; b) Que el núcleo a ser recibido en Guadalupe Tepeyac no fuera numeroso, y que no incluyera a persona alguna de la dirección perredista; c) Que se llevaría a cabo una reunión en corto y tras lomita entre los dirigentes de las partes, pero que no se firmaría ningún papel o documento pues la palabra empeñada era lo que realmente valdría; d) Que no se desarrollaría ningún acto público vistoso y con fuegos artificiales; e) Que el recibimiento por parte del EZLN a la comitiva designada no inhibiría lo que pudiera ser o aparecer como una “crítica”, acaso fuerte, al propio movimiento cardenista, pero sobre todo a la dirigencia perredista.
Cárdenas revisó unas horas después, el 11 de mayo en la madrugada (cuando yo pude regresar de la Selva), lo planteado por la dirección zapatista, y decidió, en contra de la opinión de la mayor parte de los perredistas que se encontraban con él, que se cambiaría el programa de la gira electoral pues iría a Guadalupe Tepeyac con una comitiva que él mismo seleccionaría. Los malos gestos de Porfirio Muñoz Ledo y de otros miembros de aquel núcleo de activos perredistas que en ese momento se concentraba en el Hotel Casa Vieja, en San Cristóbal de las Casas, más el pretendido veto expreso de asesores como Jorge Castañeda y de Adolfo Aguilar Zinzer, no modificaron ni un milímetro la decisión tomada por parte del hijo del General. Sólo Adolfo Gilly apoyó firmemente la realización del encuentro.

2

Aquel 12 de mayo de 1994 la entrada de Cárdenas y de su comitiva a Guadalupe Tepeyac fue relativamente difícil, pues el núcleo indígena de recepción, tojolabal en su mayoría, constituía uno de los segmentos más radicales y militaristas del zapatismo, y muchos de ellos no comulgaba con la idea de que se concretara una alianza política con el movimiento que el hijo del General encabezaba. Pero ya instalados en un lugar abierto, frente al podio levantado a pulso por los lugareños, el EZLN hizo un saludo inesperado: de pronto, y desde diferentes puntos del terreno, aparecieron como el viento cientos de milicianos zapatistas armados, realizando una escenificación militar que a todos nos dejó estupefactos. Bloques compactos de milicianos armados con sus conocidos pasamontañas entraron en línea al escenario, en un orden y una calidad de movimientos que cualquier Ejército entrenado hubiera podido envidiar.
Después de ello, los milicianos zapatistas se retiraron en orden, y el resto de la comitiva cardenista se quedó sobre la planicie a platicar con algunos lugareños tzeltales sobre la vida eterna o sobre la inmortalidad del cangrejo. Mientras ello sucedía, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Lázaro Cárdenas Batel y yo fuimos conducidos “tras lomita” para la reunión secreta que se desarrollaría con el Sup y su propia comitiva, formada en ese momento por los comandantes Tacho, Moisés y Zebedeo.

3

La plática secreta duró unas dos horas. En ella se habló sobre la circunstancia política en la que se debatía el país; sobre las elecciones federales y locales a celebrarse el 21 de agosto; sobre la nociva y la cada vez más descarada posición intervencionista de los gringos; sobre el movimiento de izquierda y revolucionario en América Latina; sobre la perspectiva de conformar una especie de Frente o Movimiento en el que, entre otras fuerzas, quedaran inscritas como piezas motrices de la lucha tanto el cardenismo como el zapatismo. La coincidencia era prácticamente total y, si ganaba Cárdenas en las elecciones, la reconstrucción de país se daría sobre nuevas bases, a saber: no partidarias, movimientistas, con democracia directa (no sólo representativa), con el establecimiento de un régimen de pluralismo jurídico dado a partir del reconocimiento pleno a los derechos de los pueblos y comunidades indígenas.
Un tema que generó cierta tensión, pero que no llegó a mayores, fue la insistencia de Marcos y de los comandantes que se encontraban presentes de que el PRD, si bien contaba y tenía que contar como fuerza activa sobre el tablero, habría de someterse a las líneas que habían quedado dibujadas en “el Pacto de palabra”, pues el zapatismo veía en la dirigencia de dicho organismo político una clara tendencia hacia el oportunismo y hacia el simple “escalamiento político posicional”.
El 19 de mayo del año mencionado escribí en La Jornada un artículo titulado “Encuentro de Cárdenas y el EZLN en la selva”. Conviene transcribir de éste algunas líneas para completar los contenidos de aquel diálogo de rebeldías: “El candidato del sol azteca fue tratado por el EZLN y el subcomandante Marcos en calidad de un futuro jefe de Estado; como una de las opciones más viables y a la mano para que [pudiera] darse la vía pacífica a un cambio de régimen (que no de gobierno), como el único candidato a la Presidencia de la República que [pudiera] adoptar sinceramente –como lo hizo verbalmente Cárdenas en el encuentro de Guadalupe Tepeyac– los 11 puntos por los que los zapatistas se fueron a la guerra en el amanecer de 1994. Los zapatistas preguntaron a Cárdenas sobre sus propuestas y su programa para el futuro gobierno, pero también dieron marco a sus propios anhelos de cambio y sus ideas [en torno a lo que venía]: fin del sistema de partido de Estado, gobierno de transición y nueva constitucionalidad, pluralidad de mandos gobernantes, construcción de una nueva socialidad. Las coincidencias fueron importantes y predominaron de cara a los puntos de divergencia, con todo y la evidencia y el reconocimiento implícito de la gran disparidad en concepciones ideológicas y en ‘métodos’. No se firmó ningún pacto político. A nadie se le ocurrió que desde allí podría influirse para zapatizar al PRD o para perredizar al zapatismo”.
Aquella reunión secreta encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y por el subcomandante Marcos terminó con enlaces de mano cálidos y serenos, mientras en la planicie se desarrollaba, en forma, una boyante fiesta popular que caló profundamente en la mente y en el corazón de todos de los invitados. El hermanamiento colectivo se había dado entre la música y el baile.
Pensé, entonces, que milagrosamente el mundo había cambiado finalmente su eje de rotación.

El caminar histórico del zapatismo. El EZLN (parte 3)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene. En las dos primeras entregas de este “bloque” hice el recorrido que se inició con el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional el 1º de enero de 1994 y llevó a las conversaciones entre el gobierno federal y los insurrectos, extendiendo el relato a “la consulta de la Selva” que, en marzo, votó un NO rotundo a los puntos que la parte gubernamental había propuesto como resolutivos en la mesa de La Catedral de San Cristóbal de las Casas. Haré aquí un breve relato en torno a lo que sucedió en los días que siguieron a la ya referida consulta, tiempo crítico en el que se definieron las condiciones de alianza entre el movimiento democrático electoral encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y el movimiento armado zapatista.

I

El NO rotundo que surgió como nuevo grito de rebeldía desde la Selva chiapaneca a los resultados del encuentro en la Catedral de San Cristóbal de las Casas entre el EZLN y La Gobernación (así le llamaban los zapatistas al gobierno federal y a su representación) marcó un nuevo nivel en el escenario “de la guerra”.
Lo importante a destacar aquí es que el proceso de diálogo y de la consulta, desarrollados entre el mes de febrero y marzo de 1994, no se llevó a cabo, como marcaba la apariencia, en un “tiempo de paz” (por el alto al fuego que se decretó el 12 de enero de aquel año), sino en “la continuación de la guerra por otros medios”. En ese impasse cada una de las fuerzas en conflicto se dedicó a afilar sus espadas y cuchillos y a modificar, en tonalidades no estridentes, el tablero geográfico y político en el que se movían.
No entraré aquí, por falta de espacio, a los detalles de estos reacomodos y a la valoración de los elementos que se implicaron en este periodo del impasse ya mencionado. Daré un par de saltos más o menos largos para hablar sobre el contexto nacional que fue estableciendo las tácticas y estrategias de las fuerzas democráticas (las resumo aquí como “el zapatismo” y “el cardenismo”), dado que Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano jugaba como candidato a la presidencia de la República para el voto nacional que se daría el 21 de agosto del “año de la guerra”, lo que obligaba al EZLN a definir sus parámetros de actuación “dentro o fuera” de un movimiento democrático pacífico que, en aquellos momentos, se pensaba, tenía buenas posibilidades de ganar con el poder del sufragio.

2

La campaña político electoral encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en 1994, permitía ver en él a alguien capaz de tomarse la revancha frente al fraude electoral que le había quitado la silla presidencial en 1988. Cárdenas traía en una de sus manos la bandera del perredismo (y de otras fuerzas políticas aliadas), pero a pesar de haber sido su fundador y líder principal su presencia en el escenario nacional no dependía estrictamente del PRD, encuadramiento más encaminado, en sus fracciones dirigentes, hacia objetivos político-electorales de “escalamiento” y no necesariamente de verdadera transformación democrática.
Dicho de otra forma: el cardenismo era un movimiento que apostaba, igual que el zapatismo –así fuera desde diferentes perspectivas ideológicas y políticas–, por una reforma del Estado que implicara un verdadero cambio de régimen, mientras que el perredismo, en sus fracciones dominantes, tendía, como la cabra al monte, a una limitada pero “provechosa” reforma político-electoral.
No era menor el reto electoral que se jugaría el 21 de agosto de 1994, pues entraban en juego, además de las elecciones presidenciales en las que Cárdenas encabezaba las fuerzas de oposición desde la izquierda, la renovación de la Cámara Alta y de la Cámara baja, así como la elección de los representantes de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (hubo a la vez procesos electorales en algunas entidades federativas, como en Puebla y en Veracruz).
En dicha circunstancia, el EZLN abrió desde el primer trimestre de 1994 una posibilidad de alianza estratégica con el cardenismo –no con las cúpulas perredistas–, en un proceso de “apertura de amplio espectro” que lo llevó a convocar a la Convención Nacional Democrática (denominada también por los zapatistas como La Convención de Aguascalientes) para el día 8 de agosto del mismo año, en la comunidad de Guadalupe Tepeyac, a sólo dos semanas de las elecciones federales.

3

La coyuntura política antes referida había llevado a establecer algunos puentes de comunicación entre el EZLN y las fuerzas cardenistas; entre ellos, de manera muy especial, a través de un personaje emblemático que tenía importantes medallas en la lucha política nacional: Pablo Gómez Álvarez, quien había sido uno de los principales dirigentes del movimiento estudiantil-popular de 1968, con tan destacada actuación en tal momento histórico nacional que se convirtió en uno entre otros de los que durante varios años fueron encerrados en el viejo y tenebroso Palacio de Lecumberri (de milagro se salvó de morir el 2 de octubre en la masacre de Tlaltelolco).
El papel jugado por Pablo Gómez en la interlocución entre el EZLN y el movimiento cardenista, en lo que entiendo, fue suficientemente aceptable y meritorio durante un tiempo, pero había condiciones que, desde la exigencia del zapatismo, y también de alguna manera del cardenismo, en la etapa que se abría justo a partir de la consulta llevada a cabo en la Selva durante el mes de marzo –de cara a la coyuntura que se abría en el marco de la lucha social y la político-electoral cuyo horizonte más cercano era el de las elecciones federales de agosto de 1994– el mencionado y célebre personaje no cumplía a cabalidad. Primero, porque su perfil era “demasiado perredista”; segundo: porque la experiencia política de Gómez se había desarrollado básicamente en las asfaltadas calles de la capital (y/o de otras urbes del país), con poca o acaso nula presencia en los medios rurales.
Un buen día del mes de marzo, justo a partir de una conversación nocturna con el Sup, me enteré que, por tales motivos, la persona que entraría en sustitución de Pablo para la mencionada interlocución sería yo. Entendí de inmediato que dicho “nombramiento” tenía que ver con mis haberes de vinculación con los movimientos rurales (campesino e indígena, de manera particular), mi labor ya identificada por los años como articulista de La Jornada y director del suplemento del mismo diario La Jornada del Campo, mi temprana y muy estrecha relación con Cárdenas (había entrado en relación con él desde antes del 88, cuando había formado junto con Porfirio Muñoz Ledo la Corriente Democrática del Partido Revolucionario Institucional), así como por la pronta y decidida relación que tuve con un sector de la dirigencia del EZLN en las conversaciones de febrero realizadas en La Catedral de la ciudad coleta.
No me detendré demasiado en lo que implicaron mis tareas de interlocución, pero no puedo dejar de hablar de un momento decisivo de tales haceres: el que ayudó para que la relación entre el cardenismo y el zapatismo en aquel año del 94 se anudara en un evento en particular, a saber: la entrada de Cárdenas –y una no muy abultada comitiva– a Guadalupe Tepeyac, para concretar con la dirigencia política del EZLN lo que quedaría definido como un pacto “de palabra” que, quedaba claro, entraría a jugar a partir de ese momento en el escenario político nacional.
Concentraré la pluma de la próxima entrega en lo que fue el mencionado “encuentro en la Selva del cardenismo con el zapatismo”, incluyendo en ello la “reunión en corto” que no más de una decena de personas tuvimos “tras lomita” con la dirigencia político-militar del EZLN, ésta encabezada por el subcomandante Marcos.
Sólo adelantaré en este breve espacio que la fecha del encuentro fue el 12 de mayo del 94, con una complicada decisión tomada por Cuauhtémoc Cárdenas apenas dos días antes, después de que, estando hospedados en el Hotel Casa Vieja de la ciudad de San Cristóbal, pude “escaparme” (del acoso de algunos importantes perredistas que rechazaban tajantemente la pertinencia de “la visita” del candidato Cárdenas al corazón del territorio zapatista) a la comunidad de Guadalupe Tepeyac para trazar con Marcos y su “Estado Mayor” los términos logísticos y políticos del referido encuentro.
No es menor el hecho, a considerar, que Cárdenas tuvo que tomar tal decisión prácticamente en contra de la opinión de su equipo de campaña (donde se encontraban, por cierto, personajes que ni siquiera comulgaban con las posiciones de izquierda del perredismo, como Jorge Castañeda Gutman y Adolfo Aguilar Sínzer).
Para mí era claro en ese momento que el hijo de El General era plenamente consciente de que su liderazgo político e ideológico pesaba lo que un Continente frente a las Islas políticas que se movían a su alrededor.