El caminar histórico del zapatismo. El EZLN (parte 2)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

 

Nota bene. Había programado trabajar el “bloque del EZLN” en sólo dos entregas. Pero al escribir este segundo texto me di cuenta de que ello no sería posible, pues la narrativa necesaria para “cerrar el círculo” de dicha experiencia requería de un desarrollo mayor. Por ello es que me di licencia para extenderme en un relato que incluye dos entregas más en lo que sigue.
En el primer texto de este bloque hablé sobre la insurrección del EZLN, y mencioné algunos aspectos relativos al diálogo que llevó a cabo con el gobierno federal unas semanas después del “alto al fuego” decretado el 12 de enero de 1994. En la presente entrega retomo la temática relativa a los contenidos de las “conversaciones en la Catedral” y a la consulta que el EZLN llevó a cabo con las comunidades indígenas de la Selva unas semanas después.

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Los puntos de diálogo y discusión que se incluyeron en la mesa de San Cristóbal de las Casas contenían demandas de carácter general que el gobierno federal no tuvo mayores problemas en aceptar de hecho o de palabra. Pero había no pocos puntos que marcaban un “techo” inalcanzable y/o inaceptable en la práctica por quienes tenían el límite definido, en sus capacidades para “conceder y prometer”, una “razón de Estado” a mantener (la vieja y mal parida raison d’État).
El más relevante de los aspectos puestos sobre la mesa fue el “Reconocimiento del EZLN como fuerza beligerante”. La definición de este ítem era en la práctica el punto crítico de la cuestión. Pues aceptarlo por parte del gobierno implicaba conceder a los zapatistas que en adelante la relación del movimiento armado de Chiapas se rigiera por las convenciones mundiales sobre la guerra, con derecho a contar con una intermediación internacional. Por ello, el principal objetivo de Manuel Camacho Solís (cabeza de la delegación gubernamental) era que el EZLN renunciara a esa específica demanda, y renunciara además a su exigencia de que el presidente de México abandonara su cargo.
Lo anterior no quería decir que los planteamientos de Camacho Solís no incluyeran importantes promesas de cambios políticos –como la ciudadanización de los órganos electorales, una ley indígena, representación indígena en el Congreso nacional, reglamentación del artículo 27 constitucional–, pero ponía importantes acentos en conceder en el rubro de la “demanda económica”, a sabiendas de que con ello empoderaba las posiciones de los grupos sociales y políticos que, desde el campo de un importante sector de las fuerzas movilizadas en contra del gobierno (y por supuesto, las ya cercanas al gobierno), se crearan o fortalecieran aquellos posicionamientos que no estaban necesariamente del lado de la “perspectiva armada” del zapatismo.
Cabe mencionar aquí que, en paralelo a la emergencia armada del EZLN, 280 agrupamientos sociales de todas las regiones del estado de Chiapas habían conformado el Consejo Estatal de Organizaciones Indígenas y Campesinas (CEOIC). Esta organización fue inicialmente impulsada directamente por el gobierno, como una estrategia para generar “otro polo” social de agrupamientos que hicieran contrapeso “desde abajo” a la fuerza y exigencias zapatistas. Pero en un mar de descontento generalizado, y bajo la influencia misma de la rebeldía zapatista, el CEOIC no pudo desarrollarse más que en forma por demás contradictoria: radicalizada, por un lado, en determinados momentos, obsecuente al mando gubernamental por el otro.
Así las cosas, las conversaciones de la Catedral quedaron enmarañadas en muy diversas contradicciones que impidieron que pudieran tener un “final feliz” en aquel momento crítico del conflicto global que se venía desenvolviendo. Lo que era claro, en definitiva, era que el EZLN no se conformaría en absoluto con la resolución de “la demanda económica” (y otras promesas políticas que los zapatistas le dieron rango de “segunda mano”) –a pesar de presiones que venían de algunos núcleos del CEOIC e incluso de algunos núcleos del propio cuerpo del zapatismo–, y la representación gubernamental no cedería, entre otras exigencias de peso político mayor, en el punto relativo al reconocimiento del EZLN como “fuerza beligerante”.

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Cuando el subcomandante Marcos me invitó a “la consulta” que se realizaría en la Selva sobre los resultados de las conversaciones en la Catedral, en aquel febrero frío de 1994, ya tenía él, y su núcleo más cercano, plena conciencia de que no habría mayores posibilidades para ganar en la Mesa de San Cristóbal el punto de ser reconocidos como una “fuerza beligerante”. Pero la inteligencia político-militar del zapatismo daba para entender que “el fracaso” (seguramente prefigurado por las propias fuerzas zapatistas) de las conversaciones en la Catedral les permitiría escalar el conflicto y llevarlo a una “etapa superior”.
Así es que llevar a cabo la consulta se convirtió en un paso táctico fundamental. Estar presente era entonces para mí, como para una variopinta tropa civil de alborotados creyentes a piel en la transformación que perfilaba el zapatismo, un compromiso fundamental.
La entrada a la Selva fue por el lado de San Miguel, población-puerta de La Garrucha y El Prado, espacios tzeltales del municipio de Ocosingo. En el Safari que nos prestaron íbamos, como sardinas, Gloria Muñoz, Raúl Ortega, Hermann Bellinghausen, Amado Avendaño y yo. Manejaba Raúl. Este mismo grupo quedó integrado desde entonces como “uno” en particular, mismo que le dio curso a un ir y venir entre San Cristóbal de las Casas y la Selva que quedó desde el primer momento claramente identificado por los militares que integraban los dos retenes que obligadamente teníamos que pasar.
El caso es que, en total, en aquella ocasión hicimos presencia, para ser testigos y generar las noticias necesarias en torno a la consulta indígena de que venimos hablando, unos 40 “periodistas”, término genérico para nombrar a los que sí lo eran, pero también a quienes, con un disfraz que no engañaba a nadie, tenían otras “tareas” o “funciones” en su clandestina o abierta relación con los zapatistas.
Los integrantes del grupo que arribó a la Selva en el Safari prestado pudimos asistir, ya cada quién por su cuenta, a algunas de las asambleas en las que se discutían los términos en los que se habían desarrollado los diálogos de la Catedral. Pero volvimos a vernos en el momento de la Asamblea de Representantes en la que se haría el recuento de los votos emitidos en todo el territorio zapatista, reunión masiva dirigida por el comandante Raúl, quien entonces, consideramos algunos, era el “jefe de jefes” de toda la tropa zapatista.
Los números de la consulta fueron aplastantes. El 96 por ciento de los sufragios marcó un NO definitivo a los resultados de los diálogos de la Catedral, en un nivel de definiciones en el que prevaleció la exigencia de que el EZLN fuera considerado como “fuerza beligerante”, pero a la vez en el que se transitó a un esquema programático de más largo aliento que apuntó en forma más clara hacia propuestas o planteamientos dirigidos a la transformación global del país. Y ahí el sello de “lo indígena” adquirió mejores y más nítidas tonalidades.

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El grupo compacto con el que había entrado a la Selva para “cubrir” la fase de consulta se desintegró de manera temporal, pues algunos de ellos regresaron a San Cristóbal de las Casas inmediatamente después de saber los resultados finales de la votación. Tres de los cinco que habíamos puesto un pie en los terrenos zapatistas permanecimos en la comunidad de El Prado unos diez días más.
Recordé entonces, en alguno de esos momentos en los que el reloj sirve de poco para saber qué hacer sobre el terreno, que mi hija Mariana, entonces de 10 años de edad, le había enviado al Sup una carta en la que le preguntaba, con dibujos de por medio, el “cómo sería posible llegar a ser subcomandanta”. Tres o cuatro días antes de regresar a San Cristóbal se la entregué a Marcos, pensando en que no habría respuesta escrita de su parte, pues sólo tomó el papel de la misiva cuando flotaba un poco distraído en el sabroso olor de la vainilla y maple que hacía erupción desde su pipa. Pero me equivoqué: ya encarrerado en la única camioneta que podía darme un aventón de regreso a San Cristóbal, nos alcanzó el poderoso vehículo de Marcos manejado sin él por “El Monarca”, quien la hacía en esos días de chofer. Y me entregó en sobre cerrado una carta de respuesta dirigida a mi hija. No pude evitar la tentación de abrirla unas horas después, y me enteré así lo que decía: escrita con trazos claros, bien delineados, señalaba que “los dibujos que le había enviado la hacían merecer el grado que pedía, por lo que en adelante sería considerada por el EZLN como la “subcomandanta Mariana Moguel”. Para, a continuación, dedicarle con “respeto y cariño” el primer cuento de “Durito” (a partir de ahí La Jornada publicó toda la serie de esa obra literaria).
Una cosa lleva a otra, como se dice, y Mariana y el Sup se encontrarían por mi conducto un año después en San Cristóbal de las Casas, donde el jefe de las milicias zapatistas le obsequió un simpático dibujo delineado con plumón en cartulina, mientras platicaban gozosos sobre algunos extraños mundos ideales del presente y del futuro.
Mariana, mi hija, guarda hasta ahora, ya adulta, esos tesoros. Y guarda también en su memoria “el día en que estuvo platicando con el Sup por un par de horas que le parecieron siglos”.

 

El caminar histórico del zapatismo. El EZLN (parte I)

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene. Con ésta y la siguiente entrega termino el “bloque” de historia “con base autobiográfica”, para entrar de lleno, en la columna que aparecerá en este mismo diario durante la primera quincena de septiembre, a temas relativos a la historia (el acontecimiento, la memoria) y la literatura, particularmente al vínculo íntimo que tales “especialidades” tienen o deben tener.
La emergencia y desarrollo de la “experiencia zapatista” cumple un papel central en la historia de México. Se sabe mucho sobre sus acciones más espectaculares y sus definiciones generales, pero poco sobre algunos de sus momentos más “íntimos”. Es ahí donde la perspectiva autobiográfica se vuelve útil, iluminando algunas facetas que, a estas alturas, creo, el lector no ha tenido oportunidad de conocer. En el entendido de que, como dijo el filósofo, “una sola gota de agua puede reflejar un mundo”. O, como dijo otro gran pensador, “Dios se encuentra en los detalles”.

1

El 1 de enero de 1994 me encontraba de vacaciones con mi familia en Puerto Vallarta, metido en la regadera a una hora relativamente temprana, cuando mi hija Mariana me dijo a gritos que en la televisión se estaba hablando de una insurrección de quién sabe quién, pero que no parecía tratarse de algún movimiento armado de otro país sino del nuestro. Incrédulo, pensando que a sus diez años de edad mi chiquilla podía simplemente confundir la leche con la manteca, terminé de bañarme sin mayores apuros y me puse a modo para ir a la playa en nuestro segundo día de seis que teníamos programados.
Las noticias que llegaban repetidamente por la caja televisiva siguieron su curso y de pronto escuché, antes de salir a la playa, la nota que sencillamente me fulminó: un ejército integrado por varios miles de indígenas se había levantado en armas en el estado de Chiapas, y tenían la pretensión de dirigirse de inmediato al centro del país para “tomar el poder”. Ni más, ni menos.
Así las cosas, mis vacaciones en Vallarta se fueron por un tubo y regresé con la familia a la Ciudad de México un día después del inicio de las acciones armadas con la idea de dirigirme lo más pronto posible al escenario del conflicto para lo que hubiera lugar.
Llegué a San Cristóbal de las Casas el 15 de enero de aquel 1994, con suficiente tiempo para acopiar información directa, hacer los contactos pertinentes y esperar alguna señal que pudiera indicarme el “qué” y el “cómo” entrar en algún determinado papel a la lid.
El 21 de febrero se iniciaron los primeros diálogos de paz, encabezados por Manuel Camacho Solís por la parte gubernamental, y el subcomandante Marcos y una docena de comandantes del Ejército Zapatista por la parte del EZLN. La sede: la Catedral de San Cristóbal, con un anfitrión que parecía venir literalmente del cielo: el obispo don Samuel Ruiz.
Es difícil mostrar en un brochazo la lógica del protocolo y el ambiente en el que “negociadores” y prensa y televisión –más colados, que ciertamente había–, vivimos entonces en aquellos momentos históricos en los que todos hablaban de cambios profundos y de transformaciones posibles en escala mayor. Pero lo que sí puedo decir aquí es que cada conferencia de prensa en la que se presentaban los resultados del diálogo y las negociaciones a las que habían llegado las partes se convertía en un momento extático de escucha y de integración especial entre los oyentes, conformando, con tejidos invisibles, una especie de flotante y muy simpática y edificante comunidad de soñadores activos.

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Dentro del grupo de mayor presencia en los procesos de intermediación y paz relacionado con la Diócesis de San Cristóbal, el EZLN y otros actores sociales y políticos existía un grupo muy eminente en el que participaban, entre otros, Miguel Álvarez, Gonzalo Ituarte (Vicario para la Paz), Pablo Romo (director del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas) y Jorge Fernández Souza (encargado en gran parte de los procesos propiamente jurídicos de todo el asunto).
Conocía a cada uno de ellos por muy distintas vías y razones, pero mi relación de mayor amistad y de contacto era Jorge Fernández, con quien había participado activamente en una organización política de sello maoísta cuyo nombre era Organización de Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas.
Fue precisamente Jorge Fernández quien hizo aquella llamada telefónica nocturna en la que me informaba que “aquellos” tenían algún interés en verme para platicar en torno a la temática agraria y de las luchas campesinas e indígenas en México. Mi pregunta, ya por la hora lerda y somnolienta, fue que “para cuándo se había programado la referida reunión”. La respuesta de Jorge, cantada en su particular manera yucateca de hablar, trastornó en ese momento mis sentidos y mis conocimientos primarios de lógica formal: “Ahora mismo es cuando te quieren ver, así es que vente en chinga loca a la Catedral”.
Me quedé helado con la respuesta de mi amigo. Mas resultó que en menos de veinte minutos estaba a un costado de la Catedral, hacia las 12 y media de la noche, sin saber por dónde es que Jorge me había dicho (¿me había dicho?) que tendría que entrar al santificado edificio del siglo XVI.
Pero no hubo ninguna dificultad pues un compa indígena que ni siquiera me dio su nombre se acercó a mí para llevarme prácticamente de la mano a la entrada “secreta” de aquella mole de piedra y de cantera, en un acto que entonces supuse que algún dios todopoderoso y omnisciente había sacado, como escena, de algunas líneas de Rulfo.
Mis nervios no tendrían que traicionarme. Esa era mi férrea voluntad. Pero cuando apareció de pronto el tropel de comandantes encabezado por Marcos me sentí extrañamente como en mi casa, sin una chispa de nervios y sin tener en las manos o en la nuca ni siquiera una gota de sudor.
“Bienvenido Julio Moguel a este territorio liberado”, fue lo primero que me dijo el Sub, mientras me saludaba de mano. Y yo respondí con una franca sonrisa y un “encantado de estar aquí, a sus órdenes”, mientras saludaba de mano y sin decir más a los seis comandantes que llegaron con él.
“Te hemos leído en La Jornada y en otras partes, y sabemos que algo conoces del tema campesino y agrario”, dijo Marcos mientras perfumaba el espacio con el maple y vainilla de su pipa. “Y además sabemos de algo más de tu trayectoria de vida, lo que nos dio confianza para pedirle a Jorge que te llamara”. Soltó en ese momento una dulce y fresca sonrisa que se dibujó claramente detrás del pasamontañas, para luego pedir a la comandancia que se presentaran sin más con “nuestro invitado especial”.

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“Somos todo oídos”, dijo Marcos cuando me dio la palabra, y respiré con alguna profundidad antes de empezar. “Pues resulta que”…y todos los etcéteras que la improvisación me dio permiso expresar. No obstante, recuerdo que traté de establecer un marco general sobre la situación agraria del país, así como de la situación de Chiapas, refiriéndome además a otros movimientos que yo consideraba exitosos o importantes a considerar en el marco de aquellas realidades del “México actual”.
Pensé entonces, dado el cansancio que yo suponía prevalecía entre los comandantes y en Marcos, que en ese momento simplemente me darían las gracias y un “hasta luego” o “Ahí te ves”, pero se extendió el diálogo hasta un poco antes de que cantara el gallo con preguntas y comentarios de todo sabor y color, con la preeminente participación de Marcos, del comandante Juan y del comandante Raúl.
Marcos señaló el momento para terminar el encuentro e irse a descansar, pues en unas horas se reiniciarían las sesiones de diálogo con el Comisionado y adjuntos y aún tenían que revisar algunos de los temas a tratar. Todos se levantaron como resortes e iniciaron el retiro del lugar, pero el Sub se quedó dos o tres minutos más para agradecerme y decirme que, aunque yo no era reportero sino columnista de La Jornada, me esperaba al día siguiente para que con algún otro compañero del diario le hiciera, también en horas nocturnas, una entrevista que pudiera tocar algunos temas de los que hasta el momento nada o poco había podido decir.
Una entrevista llevó a una segunda, mismo horario mismo lugar, y de ahí siguió la invitación de Marcos a que pudiera encontrarlo en la Selva durante la consulta comunitaria que sobre los primeros diálogos de San Cristóbal el EZLN estaba en la necesidad de hacer.
La visita a la Selva en el mes de marzo terminó por ser para mí y para un pequeño grupo de “simpatizantes o aliados” un momento decisivo del proceso de integración al movimiento indígena levantisco de Chiapas. Por lo menos sabíamos ya, a ciencia cierta, que en ese lugar se estaba cocinando una parte importante o definitiva de la historia moderna de México.

“La Tercera Guerra Mundial”

LASCAS

Memoria y acontecimiento

I

Un amigo mío, gran analista y “prospectivo”, no tuvo ningún problema para dar naturalidad, en el título de uno de sus artículos recientes, a la “inminencia de la Tercera Guerra Mundial”. Ello sucedió hacia fines del pasado mes de junio, cuando se señaló con suficiente naturalidad y razón que, en el marco del conflicto bélico entre Estados Unidos e Irán, un ataque atómico prácticamente ya programado por los gobernantes norteamericanos abriría el curso al Apocalipsis.
No era para menos, y el mundo sin lugar a dudas entró así en un momento de incertidumbres extremas y de miedo o terror, contando el final de la vida del planeta en semanas o días, sin que ello impidiera, por supuesto, que algunos se tomaran un buen trago o un refresco frente al televisor para ver una de las buenas o malas series que Netflix ha popularizado.
La historia que sigue es –y se me perdonará de nuevo el género escogido – de tipo autobiográfico, pero decidí escogerlo así porque creo que ofrece una dimensión muy cercana de lo que integra, ya prácticamente en forma orgánica, la psicología, humor o parte de las maneras de creer o de “olvidar” la amenaza viva de que el ser humano simple y llana termine toda historia y se vaya al diablo o al cielo “en comunidad” mundial o planetaria.

2

Contaba yo con 12 años de edad cuando supe por primera vez que el mundo en el que vivíamos estaba por estallar. Residíamos entonces en Matamoros, Tamaulipas, en la línea de frontera con la ciudad texana de Brownsville. Era el tiempo límite de la llamada “crisis de los misiles” de octubre de 1962, cuando en cuestión de horas Estados Unidos arremetería con metralla atómica el intento militar de la Unión Soviética por armar a los cubanos con igual fuerza y capacidad de respuesta en un proceso de choque de trenes nucleares que ya nadie creía en ese momento que se podría evitar. Las ocho columnas del periódico que me mostró mi padre esa mañana de terror anunciaban sin rodeo alguno que la Tercera Guerra Mundial estaba por empezar.
Pregunté a mi padre, con el miedo mayúsculo que cualquiera puede imaginar, si tendríamos manera de escapar. La respuesta de él, contra su costumbre de irse por las ramas para no preocupar a sus polluelos frente los peligros o amenazas que aparecían en el horizonte, me dio en ese momento una respuesta tan fría como un tempano polar: “Algunas de las bombas atómicas que lanzarán la Unión Soviética caerán directamente en las diversas bases militares estadunidenses que se encuentran a unos cuantos kilómetros de aquí. No hay manera de escapar.”
Y no dijo más. El silencio que siguió después de esa respuesta a golpe de martillo resultó para mí más aterrador que las palabras que mis jóvenes oídos nunca hubieran querido escuchar. Se me impuso entonces, según recuerdo, una especie de parálisis mental que me quitó el aliento por un tiempo infinito de segundos que ahora mi memoria no puede calibrar.
Frente a la inminencia del Apocalipsis, según recuerdo, después de reponerme un poco de aquel golpe asestado a mi joven conciencia y a mi frágil sensibilidad juvenil, le pedí a mi padre de manera balbuceante que, en consecuencia, me acercara al llanero campo de béisbol donde solía reunirme a platicar o a jugar con mis amigos de la colonia San Francisco, para ver si por suerte alguno de ellos se aparecía por ahí. Mi padre hizo una mueca de reprobación, pero en un par de segundos entendió que algo como lo que yo le estaba pidiendo era lo que se concede al pie de la horca o del patíbulo como “una última voluntad”.
Me encontré en el lugar a tres de los doce que conmigo integraban el grupo al que un año antes habíamos decidido conformar y darle el nombre de “El Pípila”. Sentados sobre el montículo del pitcher, cabizbajos, tristes, silenciosos, los cuatro jóvenes mortales nos abrazamos e intercambiamos unas cuantas palabras, nada que resultara esencial.
Abandoné rápidamente el lugar para ver a mi madre, quien, por supuesto, ya sabía por distintas fuentes lo que en el curso de las próximas horas habría de pasar. No apareció lagrima alguna en sus ojos o en los míos, pero el miedo más profundo qua ambos hubiéramos tenido quedó en la marca del abrazo y de lo dicho, acaso balbuceante, prácticamente insonoro y dulce, energía que ella me entregaba seguramente para que yo pudiera respirar.
De lo que dije o dijo ella poco tengo que contar, pero sí recuerdo que fue entonces cuando me atreví a confesarle algo que jamás podré olvidar. “Dios no existe”, le espeté de un solo tirón, y ella, Emilia, me contestó: “Cierto, mi chiquito, yo también ya me convencí de que no hay Dios que nos mire y nos proteja, pero aún hay que esperar para ver si algo más nos puede llegar a salvar”.
Ahora sabemos que, en efecto, en ese octubre de 1962, de lo que se llamó la crisis de los misiles, la destrucción total del globo terráqueo estuvo en un tris de comenzar. Pero, vivos aún en el planeta, en este primer cuarto del siglo XXI, a 65 años de aquel punto ominoso de la historia, hemos convertido el posible encontronazo fatal en una especie de anécdota de media talla, porque desde entonces en el mundo no se deja de anunciar la llegada probable o inminente de esa ya nunca más tartamudeante o tímida tercera guerra nuclear.

3

La tercera guerra mundial no llegó en aquel octubre de 1962, pero puede decirse de cualquier manera que ese momento marcó sin duda un antes y un después determinante en lo que ha sido mi vida desde entonces. La posibilidad inminente de la muerte global entró a mi cerebro para siempre como una barrena que sin piedad alguna dañó circuitos básicos de mi mente, si por ello se entiende que ya nunca más pudo considerar el psicoanalista más versado que yo fuera una persona “normal”. Pero no había remedio: me volví simplemente parte de la “anormalidad” universal de una generación que empezó a dudar en general en las grandes avenidas de un futuro seguro y floreciente, y en ese rango de conciencia –digámoslo así– hemos tenido que llevar la vida. Más adelante entendí que ello era y sería considerado por los analistas o estudiosos y expertos de esa temática como un “componente” íntimo y propio de la modernidad o de la “postmodernidad” que nos engloba, en una fase temporal que debió haber tenido uno de sus hitos de mayor calado en el Holocausto de los años 30 del siglo XX –la Segunda Guerra Mundial–, en sus capacidades destructivas del Ser y de la condición humana y planetaria registradas en el desarrollo de una Ciencia que “logró” desplegar “Terceras Guerras Mundiales” focalizadas, en los más de mil campos de concentración y de exterminio de los nazis, en las masacres perpetradas por el régimen de Stalin o en la vistosa y siempre bien filmada o registrada matanza de humanos a granel y la destrucción de ámbitos enormes de vida planetarios en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Pero las circunstancias que emergieron a partir de aquel fatídico año de 1962 tuvieron otros efectos relevantes en mi manera de ser o en mi comportamiento personal, que aún perdura en mi presente: despertó o potenció en mí el deseo de “hacer algo” para que mi campo llanero de béisbol en Matamoros no volviera a ser testigo de los miedos y tristezas que ya aquí hemos relatado.
Y creo sin dudar que aquella especie de trauma surgida del 62 me hizo, por decirlo de alguna forma, menos adolescente y un poco más adulto de lo que entonces era.
Tengo que confesar de todos modos a estas alturas que la precocidad de mis acciones y lecturas, en la anormalidad de la que ya he hablado y que me hizo saltar de alguna manera del ser adolescente al ser “adulto”, poco tuvo que ver con lo demás. Mi drama de ese tiempo –si así se puede llamar– fue que a apenas a los 11 años me enteré que los niños no las traían las cigüeñas de París; que desde los 9 años de edad me encantaba ver de lejos las inalcanzables piernas de la entonces niña Adela –mayor que yo– cuando ella jugaba voleibol en el patio de la escuela; que mi primera novia, en Secundaria, de nombre Martha, me dejó de hablar y de tratar justo el día en que me dijo “sí” cuando me declaré; que tenía un antinorteamericanismo realmente delirante porque los pinches gringos nos habían robado la mitad del territorio nacional.
No puedo dejar de señalar en esta parte que la crisis de los misiles de 1962 me dejó otro registro en la mente y en mi corazón que perduró en lo que siguió de mi vida: Cuba se convirtió en más que un simple símbolo de grandezas de espíritu y de lucha, de tal forma que de muchas formas literalmente me cubanicé: folletos, notas de periódico, canciones y hasta libros relacionados con Cuba entraron en mi mente durante esos días necesariamente felices de mis 12 años de edad.

 

Minifalda y poder

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota Bene. En las entregas anteriores pudimos presentar algunas estampas inéditas de la vida y obra del General Lázaro Cárdenas del Río y de Doña Amalia Solórzano. Pronto aparecerá el libro que redondeará y completará en el tema, con el título Buenos días, General, en coautoría con Doña Amalia.
Cambiamos ahora la orientación de esta columna para abrir un bloque relativo a la historia (como memoria) y a la literatura (como estética y arte de la memoria y compañera indisociable de la historia). He escogido un tema que me implica en lo personal, por lo que aparecerá escrito en un relato autobiográfico. Espero que se me disculpe el atrevimiento.

I

Por razones que aquí no viene al caso contar, estuve en París en 1968, cuando yo tenía 18 años de edad. Y por motivos que aquí tampoco voy a relatar, al mes y medio de estar cómodamente instalado como huésped-estudiante de la Alianza Francesa de esa ciudad, fui, junto con un árabe y un africano, injustamente expulsado del lugar (la xenofobia y el racismo funcionaban burdamente o con sutilezas en la ciudad de “la luz y de la libertad”), situación que en unas cuantas semanas agradecí a todos los dioses que pudieron haberlo propiciado pues me tuve que refugiar en una “Casa-hogar” de estudiantes africanos (Foyer des Étudiants Africaines), donde por cuatro francos podía tener una litera para dormir y por otros cuatro poder gozar de un buen regaderazo de no más de seis minutos.
El tema interesante del asunto es que la “Casa-hogar” de los africanos estaba justo a dos cuadras de la Sorbona, por el costado del boulevard Saint Michel, de tal forma que pude “entrar” desde el primer segundo del primer día (3 de mayo) al histórico movimiento estudiantil conocido mundialmente y para siempre como “El mayo francés”.
Mi aprendizaje de la lengua gala tuvo entonces que hacerse por vías distintas a las que en un nivel poco más o menos que “fi-fi” me ofrecía en mis primeros días en París la honorable y siempre bien ponderada Alianza Francesa, cuestión que también agradecí a los dioses pues resultó más claro o evidente que la calle y otros espacios de “menor rango académico y social” eran mejores escuelas de francés y de la vida que la institución que sin deberla ni temerla me borró de sus registros.
Lanzar piedras (pavés) a los granaderos (CRS-flics), participar en las manifestaciones y en las barricadas del glorioso 10 de mayo parisino y de los días que siguieron, y escuchar en el Teatro Odeón a Daniel Cohn-Bendit (Dany le Rouge) y a otros memorables rebeldes estudiantes y obreros fue, entre otros de los obsequios que me llegaron del cielo, parte importante de mis aprendizajes en tierras lejanas a mi patria, mismos que con los años pude usar a discreción para dar unas clases bien remuneradas de lengua francesa en una escuela para señoritas de Polanco, y hacer una que otra traducción en la entonces afamada Editorial Siglo XXI, entre ellas, junto con Saúl Escobar, del Manifiesto diferencialista de Henri Lefebvre.
Se entenderá que en esas condiciones, en las que además de los estudiantes movilizados apareció el rijoso y extraordinario movimiento obrero que paralizó durante casi dos meses a todo el país, mi situación económica llegó a una situación en extremo difícil para sobrellevar la vida, salvo por la solidaridad que mis ya para entonces adoptados circuitos de amigos (pobres en general) africanos, árabes y latinoamericanos me permitieron seguir.
Cuando la ola de protestas y el movimiento huelguístico llegó a su fin, pude recibir acumulados recursos económicos que antes del estallamiento de la lucha estudiantil y obrera me llegaban desde México, y hacer con ello lo que en otras condiciones hubiera sido simple y llanamente imposible, a saber: hacerme de una novia circunstancial pues le pude invitar un café y algo más (norteamericana, por cierto, con un noviazgo que duró sólo unas dos o tres semanas pero que resultó memorable y eterno), y pagar un viaje a la Unión Soviética que, por razones que el lector podrá entender o deducir, fue entonces subsidiado en gran medida por el Partido Comunista Francés.

II

Iniciamos el mencionado viaje a la URSS 30 personas: 28 franceses, un griego y yo. Salvo quien esto escribe, ninguno de ese grupo simpático y dominantemente prosoviético hablaba el español. ¡Casi un curso práctico y de inmersión de la lengua francesa más el conocimiento de Leningrado (hoy San Petersburgo), Moscú y Kiev como regalo! ¡Y por sólo mil 200 francos! Enorme oportunidad que no pude rechazar.
No viene al caso relatar aquí algunas de las multiplicadas aventuras de esta larga y extraordinaria travesía iniciada el 19 o 20 de julio y que se extendió hasta el 20 de agosto de aquel 1968. Pero todo este contexto enmarca justo lo que he prometido en el título como tema: “minifalda y poder”.
Pues resulta que regresábamos a París por tren, desde la ciudad de Kiev, justo el 19 de agosto, cansados pero con el ánimo muy en alto pues nos había maravillado lo que vimos y vivimos en la URSS. Cuando faltaban algunas horas para llegar a la frontera con Checoslovaquia, la amable y siempre sonriente guía rusa que nos llevaba como su rebaño nos anunció que algo “malo” había sucedido, y que llegando a la línea fronteriza no nos recibirían los militares o la policía checa sino los militares soviéticos que en el curso de las últimas horas habían invadido a ese país.
Así es que cuando llegamos al punto de tránsito de país a país, ni siquiera habíamos bajado de los vagones cuando la milicia soviética de ocupación se encargó de revisar nuestros papeles y maletas, para darnos el pase de tránsito a la ciudad de Praga.
Bajamos del ferrocarril entonces, bajo la vigilancia de los rusos, para subirnos a un cómodo autobús que nos llevó a otra estación en la que tomaríamos el tren que nos sacaría de ahí para llevarnos a Berlín, punto desde el que enfilaríamos finalmente a París. Lo único que vimos entonces con claridad por las ventanas del transporte en el que íbamos, además de los tanques y los disciplinados soldados rusos, fue que las calles carecían de nomenclatura: los ciudadanos de Praga habían quitado quién sabe a qué hora y cómo la señalización de esas calles y avenidas como mecanismo de lucha o de defensa contra los invasores soviéticos. En el autobús que nos llevó a la otra estación pudimos ver muy poco del escenario “de guerra”, de tal manera que no tuvimos la fortuna de contemplar lo que supimos cuando llegamos a París y que se había colado con mucha resonancia en las noticias: que algunas manifestaciones de jóvenes mujeres habían enfrentado de una forma muy peculiar a los invasores soviéticos, al “armarse” con unas no muy discretas ni recatadas minifaldas.
¿Minifaldas? Esta forma de acción y de lucha, luego supimos, era algo que ya se cocinaba en distintas partes del planeta. En la lucha emergente de los sectores medios, particularmente de los jóvenes, como había sido en las jornadas de mayo-junio en París, se había incorporado “el uso y disfrute del cuerpo” (libertades sexuales, libertad de expresión corporal, por ejemplo) como una de las formas de hombres y mujeres de manifestarse en el movimiento de masas. En ese contexto se hizo valer a la minifalda como un instrumento de acción y de protesta.
Así sucedió que, en las manifestaciones de las que hablo, y que se desarrollaban en Praga el mismo día en que nos dirigíamos a París, las jóvenes salieron en tropel a manifestarse con el único objetivo de imponer al invasor masculino la terrible tortura de mirarlas desde el cerco implacable del recato militar y la abstinencia. (Milan Kundera registró esta escena en su extraordinaria novela La insoportable levedad del ser).
Pero lo que ahí se imponía no era simplemente el desnudo de las piernas y “su efecto” en el plano de la sexualidad, sino la violencia o el poder de ese desnudo. Violencia y poder derivado porque “se ofrecía” a la vista lo que era negado de manera radical; pero también violencia y poder porque el desnudo de las piernas decía “su verdad”: “tus tanques y metralletas no pueden nada contra la vida misma expresada en mi cuerpo y por mi cuerpo”.
Se entenderá que con esta experiencia todo el fervor revolucionario que venía del sovietismo, del grupo de viaje de “los 30”, empezó a enfriarse a la temperatura de un témpano glacial. El ser testigos y vivir algunos de los avatares de la referida invasión hacían caer de una manera vertical todo “el amor” que se tenía de la URSS y del horizonte “socialista”. Aunque, hay que decirlo, el griego y yo ya habíamos sido de alguna manera vacunados por el propio movimiento estudiantil y obrero de aquella Francia del 68, pues éramos los únicos del grupo que habíamos hecho nuestros pininos revolucionarios en las valientes y definitivas “locuras” de unos estudiantes que gritaban sin parar que lo que se requería en este mundo era que los seres humanos fueran realistas exigiendo lo imposible, y que tuvieran el atrevimiento de tomar el cielo por asalto.

III

Fue justamente hacia finales de los años sesenta cuando Teodoro Adorno dictaba una de sus conferencias maestras sin ofrecer a sus estudiantes el derecho de réplica. Empezaba la mencionada sesión cuando un grupo de jóvenes de ambos sexos quisieron acceder al podio. Entre los manifestantes apareció un tropel de mujeres que, en definitiva, se dieron cuenta de que su palabra no iba a “contar” para desmontar el dictatum del maestro. Entonces tomaron la decisión de descubrir sus pechos: la carne viva ejercía de esa forma “su derecho de réplica y de crítica”. El filósofo no tuvo respuesta alguna y salió apresuradamente del lugar.

 

Recordar es el verbo

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Note bene: He querido “cerrar” el ciclo de entregas con esta perla recogida de la extraordinaria y lúcida memoria de Doña Amalia Solórzano, con algunos segmentos del libro que próximamente aparecerá con el título de Buenos días, General. Hubiéramos querido alargar el mencionado ciclo “Cárdenas del Río-Amalia Solórzano”, pero preferimos ya, a estas alturas, esperar a que aparezca en letra el mencionado libro para que dé cuenta del conjunto de la historia.
El próximo bloque de entregas estará dedicado a la historia y a la literatura, y muy particularmente a los vínculos íntimos que identifican o deben identificar la relación entre ambas “especialidades” o materias.

***

¿Cuáles son tus recuerdos, mi General? Es decir, ¿cuáles son tuyos y cuáles son de Amalia? ¿Se fundieron a lo largo de los casi cuarenta años de caminar y caminarse juntos? ¿Cómo decantar lo que el tiempo mezcla y entrevera en la extraña argamasa mental de sueños-hechos y de hechos-sueños? Alguien dijo que recordar es reconstruir, de tal forma que nunca es dable encontrar la verdadera “imagen original”. Muchas veces es la imaginación la que reanima la memoria y le concede a “la imagen” pensada su formato definitivo. De ser cierta esta idea, habría que decir que, en sentido estricto, muchos recuerdos no nos pertenecen, sino que se han ido conformando, como las estalactitas y las estalagmitas, por la vía del juego de nuestra implicación vital con los cercanos y con la pareja. Pero nunca habrá imágenes estrictamente únicas para dos o más de dos, pues lo “igual” se filtra laboriosamente en el campo único y diferenciado de nuestra propia subjetividad. Más aún si algunos de los recuerdos más íntimos y primarios se construyen o reconstruyen desde la ensoñación, y ésta es femenina.
Si el verbo es recordar, la memoria es la de doña Amalia.

***

7 de marzo de 1970.
Doña Amalia no cree en premoniciones, ni en señales o designios divinos, pero últimamente no ha dejado de pensar que el eclipse que viene algo tiene que ver con la vida del General. ¿Bueno o malo? Para ella es ahora imposible descifrar lo que no proviene en realidad de la bóveda celeste sino de su propio corazón, de las acumuladas angustias generadas por la enfermedad reciente de su esposo que, todo mundo le dice y le repite, es pasajera, afección controlable, nada. Pero la opresión del pecho no deja de existir porque alguien diga, los insomnios se repiten sin piedad y las dudas caminan por la mente entre las horas, y es por ello que el sábado 7 de marzo en la mañana, en espera del eclipse, ella piensa que tal vez los astros algo quieran decir, y algo le digan.
Los que saben de esas cosas informaron a los medios que la luna llegaría puntual a su cita con el Sol a las 11 horas, 29 minutos, 2 segundos. En la mañana muy temprano el doctor Agustín Arroyo les hizo llegar unos lentes especiales, que para que no se les quemara la retina. ¿Lo observarán desde el jardín de la casa de Andes? Es una tentación reforzada por los que allí laboran, quienes ya se hicieron de unos vidrios ahumados para observar la comunión astral. Pero Lázaro y Amalia deciden verlo por televisión, pues los nietos se encuentran de visita desde un día anterior y no es cuestión de arriesgarlos a que vivan la experiencia sin la protección prescrita. Les interesa, además, escuchar los comentarios sobre el tema, de cómo se verá el eclipse en otras partes de la Tierra, y saber si se parece o distingue de otros eclipses del pasado.
Son las 11 en punto cuando la exaltada voz del locutor informa que éste será el tercer eclipse total de Sol del siglo XX que se contemple en México. Que el primero fue en 1900 y el segundo en 1923. Y dice también que otro día 7 de marzo, pero éste de 1951, los mexicanos disfrutamos uno parcial que fue visible en todos los rincones de nuestra geografía.
¿Cuál será el radio de visibilidad del eclipse? Un mapa se muestra en las pantallas televisivas: se observará en su fase total desde una zona que empieza en el Océano Pacífico, muy cerca del Ecuador, atraviesa México por los estados de Veracruz y Oaxaca, cruza el Golfo de México para penetrar hacia el norte por Florida y Georgia, bordear la región costera de Carolina del Sur y del Norte, continuar por Nueva Escocia y Terranova y terminar aproximadamente al sur de Islandia.
En la isla de Cuba también existe una notable expectación, pues allí se verá parcial, pero en un ochenta y cinco por ciento en La Habana, siendo el eclipse más importante por su magnitud en los últimos cuarenta y siete años. Por ello, ni tardos ni perezosos, los gobiernos de la URSS y de Alemania del Este ya han enviado a la tierra de Castro sendas expediciones científicas para observar el fenómeno, contando para tal efecto con el extraordinario radiotelescopio que los soviéticos donaron en 1969 al Instituto de Astronomía, de la Academia de Ciencias, así como con equipos de radiosondas y ozonosondas y un espectrofotómetro.
A las once y quince aparecen en la pantalla electrónica imágenes de gente apretujada en las esquinas, balcones y azoteas, enlazados todos por el único interés de ver lo que pase allá en el cielo, de observar la maravillosa fusión de luna y Sol, de Sol y luna –poder de las ensoñaciones asociadas, hermoso coito del milagro astral–, algunos de ellos con sus binoculares de cartón y vidrio de fondo de botella, otros con gafas precarias hechas con películas veladas, sin faltar los que lograron proveerse con caretas para soldadura, esperando el momento, cuando llega al fin la hora y el minuto y el segundo, y en el vitral televisivo se observa cómo la Luna se desliza majestuosamente en su piragua de nubes para abrazar al disco incandescente. La estampa se vuelve suprema cuando la luna oculta al Sol en forma plena y corona su redondez con una hermosa cabellera dorada. La atmósfera enfría entonces ligeramente mientras informes sombras caprichosas envuelven objetos, personas, animales, y sutiles rumores envuelven el ambiente. Los faros de los coches se iluminan de improviso y los claxones estallan, cuando en algún lugar del ámbito terrestre las aves marinas confunden sus quehaceres y vuelan en parvadas para buscar refugio, y en el zoológico de Chapultepec los animales enloquecen.
En el punto geográfico de mayor visibilidad de ese milagro natural, un Miahuatlán convertido desde días atrás en la capital científica del mundo, además de astrólogos, antropólogos, etnólogos, físicos y esotéricos, se concentran: turistas de toda laya y color, extranjeros y nacionales; hippies veinteañeros en búsqueda de aventuras o de la energía sideral; marxistas, leninistas o maoístas trasnochados y de los otros; militantes y propagandizadores activos del sexo libre; activos de la iglesia de los santos de los últimos días, católicos (los más) y protestantes; plutócratas disfrazados de gente común, con su tropel de chóferes, empleados de cuello blanco y sirvientes; profetas del fin del mundo o de la resurrección total; psicólogos y médicos a modo, para lo que se ofrezca en el momento del éxtasis global; pintores abstractos o costumbristas, en búsqueda de alguna próxima inspiración; practicantes del budismo zen y aprendices de brujo; amantes de los hongos y del peyote; cantantes, artistas espontáneos o labrados y filósofos de por sí o por aprendizaje sedimentado en aulas, cafeterías, bares y cantinas; cronistas, periodistas, reporteros, poetas, locos y desahuciados. Y todos ellos rezuman una extraña calidez extática.
El próximo eclipse de Sol que se verá en México será el 11 de julio de 1991, con una duración de más de seis minutos, y el último eclipse total del siglo XX que se observará en algunos puntos del planeta será el 11 de agosto de 1999, en una franja que se extenderá desde la Gran Bretaña hasta la India. Estos últimos podrán verlos los nietos, murmura doña Amalia, mientras Lázaro piensa sin pestañear que él ya no contemplará ninguno.

 

 

Amar las lluvias, aunque sean tormenta

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene. Con esta entrega de Lascas, y la que sigue, cierro el ciclo de algunos de los pasajes que, en forma más extensa y con una buena cantidad de estampas, aparecerán integradas en el libro de coautoría con Doña Amalia Solórzano, Buenos días, General, mismo que será publicado, según los planes ya hechos, durante el curso del mes de octubre del presente año.
Pasaremos entonces a partir del mes de julio a otras temáticas, relacionadas con la literatura, la historia y con “otros acontecimientos”.

***

Recreo mi mirada una vez más en La nave de los locos (La Nef des fous) de Jerónimo Bosch, pintura que tuve una vez frente a mis ojos en su versión original, pero que ahora, por fortuna, puedo darme el gozo de echarle una revisada a detalle a través del Internet. Y pienso, al observar la pintura con detenimiento, en el vínculo orgánico que en la mentalidad de la época en la que fue magistralmente pintada (mentalidad que pudo ser predominante entre el siglo XV y el XVI), pudo tener el ser humano con “lo natural”, convertido él mismo en parte indisociable de esa naturaleza o “naturalidad”.
Desde el siglo XIX y sobre todo desde el siglo XX hasta nuestros días dicha integración de la naturaleza como Entidad viviente y redonda, donde quedaban fundidos en un solo sentido de Ser los entes humanos, los animales no humanos, el aire, la flora y la tierra, se fue convirtiendo en un rompecabezas con piezas separadas que no estaban o no están predeterminadamente (de origen) integradas en una totalidad expresiva indisociable e íntima.
Hubo y hay una subgeneración de seres humanos que durante ese periodo secular y durante el siglo XX siguieron pensando “la vida y sus cosas” de la misma forma en la que fue plasmada por el Bosco en su pintura. ¿Premodernos y románticos? No; por el contrario, verdaderamente modernos y visionarios.
Entre esos “raros” seres humanos encontramos, ni más ni menos, a una hermosa pareja conocida por nosotros: Amalia Solórzano y el General Lázaro Cárdenas del Río.

***

Después de la boda de Amalia Solórzano con el General Cárdenas, que ya hemos relatado, llegó, como decíamos, en la Luna de Miel, la gran celebración de esa unión por lo civil en la finca patzcuarense de la Eréndira. Luego, nos contaba Doña Amalia, vinieron días “inolvidables” en los que “el General montaba por los cerros cercanos”, y paseaba por Quiroga o por Erongarícuaro.
Mas en seguida doña Amalia agrega en su relato:
Fue entonces cuando empecé a saber que al General le gustaban mucho las flores y los árboles, que siempre que andaba por allí en sus recorridos anotaba de éstos edad y procedencia, y que del ganado registraba origen, años, peso, crecimiento, raza. Que tenía particular predilección por los caballos, y que también le gustaban los perros, como los dálmatas que después adquirimos.
Párrafo que casi para cualquier lector pudo pasar como un buen detalle de ornato en el recuerdo, pero que adquiere una dimensión que pinta de cuerpo entero a Cárdenas y a Amalia.
Pero remontemos la memoria a los tiempos en que Cárdenas era “un chamaco”, cuando nos platica en sus Apuntes que:
El profesor (Hilario de Jesús) Fajardo nos llevaba a la Alameda, en donde jugábamos pelota y jineteábamos becerros (…). El domingo hacíamos con él excursiones a los ranchos cercanos como El Coyacho (…); al rancho de Juan Herrera (…); al cerro de San Francisco (…); a las comunidades de Totolán y Los Remedios (…). En todas las excursiones la plática amena (del) maestro nos hacía conocer la obra de la naturaleza; ponía especial empeño en hablarnos de los árboles, de su importancia y del cariño que debíamos guardarles. Es el árbol, nos decía, el principal amigo de los niños, los cobija con su sombra, da salud y frutos y en general enriquece a los países.
Corriendo en esta historia por los años, nos encontramos al General, cuando se encontraba en Veracruz en campaña por la presidencia del país, en 1934, estableciendo el compromiso de “Hacer en todos los pueblos de la república la forestación que ha logrado aquí en el puerto (de Veracruz) el ingeniero Quevedo”.
Pero, también dando saltos en su historia, podemos decir que, durante su estancia en el Poder Ejecutivo, “se iban los fines de semana a Palmira, en las afueras de Cuernavaca, (donde) al General le gustaba mucho nadar en las albercas y, “donde quiera que llegara, lo primero que hacía era, antes que una casa, huertas de frutales o de lo que fuera.” (Era otra cosa la vida).
No era la ciudad de México un espacio que “urbanizara” en definitiva a los espíritus de Lázaro y de doña Amalia, pues salían a menudo “por las afueras de la ciudad, a Xochimilco, a Texcoco, al Nevado (de Toluca)”. Más aún y más allá de la gran urbe: les gustaba a ambos ir a las aguas termales, particularmente a Los Azufres, donde había una “agua preciosa, tibia, (y) donde el aire entraba por doquiera”, a pesar de que hubiera “frío con ganas”.
Los recuerdos de Doña Amalia son prolíficos en esta vuelta gozosa al pasado vivido con Don Lázaro, y se anclan, por ejemplo, en aquel momento en el que el General, ya atacado por el cáncer, regresa con ella por tierra a la ciudad de México desde Juxtlahuaca, y él le pide al conductor del auto que se pare un momentito en Tonalá, porque “algo especial se le ha ocurrido hacer”. Pues resulta que en dicho lugar el General tenía una pequeña casa con “limos y frutales”, y también jazmines “que tanto le gustaban”.
Sobre esa circunstancia nos cuenta doña Amalia: “Yo no me bajé del coche para que no nos tardáramos. Pero él dijo que iba a dar una vuelta y que ahorita regresaba (…) Cuando regresó me traía un ramo de flores, de los jazmines de la casa”.
Y no hay mejor redondeo sobre lo que aquí hemos plasmado que el siguiente pasaje surgido de la voz y de la pluma de Amalia:
El General tuvo siempre especial predilección por los caballos. También quiso mucho a unos perros dálmatas que tuvimos recién casados y hasta recordaba con cariño a un burro que tuvieron cuando eran niños en Jiquilpan. Este gusto por los animales también se veía en sus muchos conocimientos de ganadería. Con cada una de las reses suyas era muy cuidadoso. Llevaba un registro de su edad, su origen, su raza, su peso, su crecimiento, todo (…) También le apasionaban los árboles (…). Hizo muchos experimentos para aclimatar especies en diferentes climas. En Jiquilpan y en Cuernavaca plantó árboles de mora. Disfrutaba mucho al verlos crecer.
¿Retórica de una dulce remembranza de pasados brumosos? De ninguna manera. Un botón de muestra lo resume:
(El General) hizo el bosque en Jiquilpan, que hace apenas 35 años era un páramo y ahora es un lugar grato para la población. En cuanto lugar estuvo de comisión (…) sembró árboles que conseguía de muchas partes, ya fuera de viveros oficiales o de amistades. Así sucedió, por ejemplo, con un raro tulipán africano que el licenciado Tomás Garrido Canabal le mandó desde Costa Rica (…) El General bautizó a esos tulipanes con el nombre de ‘Flor de Galeana’”.
¿Se fundían las almas de la histórica pareja en ese amor por “la natura”? No hay que deducirlo de lo que se ha dicho hasta ahora en este texto, La voz de doña Amalia lo resume: Con el General “amamos siempre las plantas, los árboles, toda la naturaleza, las lluvias, aunque fueran tormentas.” Y él decía que “el árbol creaba su propio suelo”, siendo además “una (buena) fuente de ingresos para el pueblo (…). A Jiquilpan llevó las moreras porque eran posibles fuentes de trabajo para la cría del gusano de seda. Y en Apatzingán, en la finca California, él en persona formó las huertas de cítricos y cocos”.
¿Algún otro testigo virtuoso de este amor profundo del General y doña Amalia por los espacios y fuentes naturales y el vínculo indisociable entre el Ser humano y Ser natura?”.
Susana Elena Solórzano, en un escrito elocuente, nos platica: “Me gustaba verlo a caballo siempre erguido, participaba en las faenas del campo arreando el ganado a los corrales donde se les daba el baño garrapaticida, también plantaba árboles, cultivaba sus viveros de los cuáles se las vivía regalando plantas.
¿Pensamiento premoderno? ¿Remembranza de pasados remotos? ¿Nostalgias de un espíritu romántico? Usted dirá, estimado lector, cuál es el veredicto. La historia de nuestra realidad mecanizada y “desnaturalizada” orienta la brújula hacia otra parte, fértil justo en el pensar de nuestro futuro en y desde los mismos “tiempos modernos”.

 

Memoria y acontecimiento

Amalia Solórzano conoce al General

En nuestra serie quincenal hemos recorrido la etapa que cubre la incorporación del “chamaco” Cárdenas a la Revolución, su participación activa en las batallas de Aguililla y Purépero, y su primer enamoramiento, con Juana del Valle Rizo, mujer muy joven con quien procrea a su primera hija, bautizada con el nombre de Felícitas Alicia. Lázaro Cárdenas tenía entonces 23 años de edad. Y cerramos la última entrega con las siguientes líneas: “En 1928, cuando el General tenía 33 años y era candidato a la gubernatura de Michoacán, conoce a quien será en definitiva el amor de su vida. Su nombre de soltera: Amalia Alejandra Solórzano Bravo. Tacámbaro será el lugar de su primer encuentro”.
La presente entrega relata dicho primer encuentro, tal y como doña Amalia me lo contó una tarde fría de diciembre de 2001. La voz entonces, en este texto, es suya, misma que se extenderá a otros relatos en el libro que ya hemos anunciado y que a finales de este año se publicará con el título de Buenos días, General.

***

Lo vi por primera vez desde el balcón de mi casa de Tacámbaro, cuando él andaba en su campaña para la gubernatura de Michoacán. Era un día luminoso del mes de junio de 1928, y algunas de mis amigas y yo estábamos un poco alborotadas por el asunto, pues nunca habíamos presenciado algo similar.
Y allí estábamos, en ese balcón que te digo, seis o siete muchachas agitando algún pañuelo, lanzando confeti para saludar, gritando vivas en un ambiente festivo, como hacía toda la gente que estaba congregada en la calle y en la plaza, emocionados todos por el paso a caballo del General y su nutrido grupo de acompañantes. Recuerdo que él y su comitiva pasaron muy cerca, a unos cuantos metros de nuestro balcón, ellos también saludando, con la mano o con el sombrero, y de pronto algunos alzaron la vista hacia nosotras, él en primer lugar. No sé si fueron mis nervios, o qué fue, pero durante algunos segundos tuve la sensación de que me miraba directamente a los ojos, lo que hizo ruborizarme un poco. Tal es la imagen que me quedó.
Posiblemente nunca lo hubiera conocido personalmente si no hubiera sido porque el General se quedó entonces dos o tres días en Tacámbaro, no para descansar sino para sus actividades de campaña, y en el segundo de esos días las religiosas del colegio le ofrecieron una comida a la que asistí. Fuimos varias muchachas las que acudimos con nuestras madres, en un encuentro que se hizo en la huerta denominada Los Pinos, propiedad de la familia Espinosa. Aunque en algún momento dado lo saludé, pues la cortesía y el respeto así obligaba, allí no cruzamos más palabra, pues él se concentró en platicar con otras personas de la comunidad sobre diversos asuntos políticos y de otros temas.
Pero seguramente algo se quedó clavado en su mente, pues al ir pasando los días y las semanas fueron llegando los recaditos: que si estaba en uno u otro lugar, en tal ciudad o en quién sabe en qué rancho, que si la gente de aquí o de allá era simpática y amable, que si las cosas marchaban y no había razón para preocuparse de nada, y, desde luego, que pronto regresaría a visitar Tacámbaro y entonces habría ocasión de conversar. Y fue así como en cortos encuentros nos tratamos, hasta que un buen día nos hicimos novios, y nos veíamos en la huerta que, te digo, era de la familia Espinosa.
Con la señora Espinosa, ella de edad, el General platicaba mucho, de la Revolución y otras cosas. Y tengo muy fijo en la mente lo que un día, antes de irse a México, le dijo él a ella, palabras más, palabras menos: “Mire, cuando yo me establezca y tenga casa en algún otro lugar, por los muy buenos ratos que he pasado aquí con ustedes, y por ser aquí donde conocí a Amalia, le pondré el nombre que tiene su huerta. Esto se lo aseguro: a esa casa le nombraré Los Pinos”.

***

Fueron largos cuatro años y meses que los viví de novia. Toda una eternidad en la que mi relación fue como la de cualquier otra joven, aunque, como te digo, con algo muy particular: el nuestro fue mucho un noviazgo por correspondencia, pues él siempre andaba de un lado a otro por sus obligaciones políticas, visitando pueblos y rancherías, en campaña política o ya como gobernador, y yo en Tacámbaro o en la ciudad de México, estudiando o con mi familia. Y fuera en uno o en cualquier otro lugar, yo esperaba casi todos los días el recadito, la carta o el telegrama.
Un buen día finalmente el General habló con mamá. De matrimonio y de todo eso. Pero que no, que aún no era tiempo, le dijo ella, tal vez que porque yo aún era muy joven o porque convenía que esperáramos tiempos menos agitados, o porque era importante que nos tratáramos más. Y fueron pasando los meses, hasta que llegó el 15 de septiembre de 1932, momento en que el General dejaba de ser gobernador, y entonces todo se precipitó: diez días después fue a Tacámbaro a casarse, no a pedir mi mano ni nada de eso sino a casarse, y entonces le dije a mi mamá: va a venir el General para casarnos, yo ya tengo el vestido, y ya lo mandé planchar. Y fue entonces cuando ella me dijo que mi padre no lo iba a consentir.
Pero bueno, te digo, ya decididas las cosas no hubo más qué decir. Nos casamos por lo civil. El General dijo que por la Iglesia no, que porque no era necesario. La boda fue a las 10 de la mañana, y la celebramos en la sala de la casa. Mi madre recibió al General antes de iniciada la ceremonia, para platicar, pero ni ella ni mi papá estuvieron presentes en el enlace, pues en definitiva no hubo el consentimiento.
Recuerdo que le llegué a decir a algunas de mis amigas que fueran a la boda, pero ninguna de ellas tuvo la oportunidad. Seguramente porque en su casa les dijeron, “cómo es que vas a ir a la ceremonia si ni los papás de Amalia van a estar”. Y parece que el General le había dicho a Dámaso y a otros de sus hermanos que asistieran, pero como todo fue de un día para otro, decidida la fecha en el último momento por el no consentimiento de mi papá, pues tampoco alcanzaron a llegar. Todo fue tan rápido que, te digo, el General fue a Tacámbaro para estar allí el día 25, y llegó con dos de sus amigos, Silvestre Guerrero y Efraín Buenrostro, quienes fueron sus testigos; y lo acompañaba también su primo José María del Río, quien con mi tío Gregorio Sosa hicieron su parte también como testigos. Por ello es que en mi enlace matrimonial no hubo brindis ni nada por el estilo. Todavía el General, mientras yo me quedé quitándome el vestido de novia y preparaba mis cosas para partir, bajó a la tienda a ver si mi papá lo podía recibir, pero él le mandó decir que no, que no había lugar.
A las 12 horas del mismo día de la boda el General y yo salimos en tren hacia Ajuno, y de allí en auto al rancho de Aranjuez, en donde nos atendió Alberto Espinosa y su familia. Por la tarde seguimos a la Quinta Eréndira, en Pátzcuaro, donde nos esperaba su hermana Josefina. Cuando llegamos allí las personas del lugar y de los pueblos cercanos supieron de inmediato que había llegado el General, pero que ahora no venía solo sino matrimoniado, y se acercaron en grupos nutridos a la Quinta a regalar gallinas, un borrego, un puerco, lo que fuera, y el General me dijo a mí y a los que allí ayudaban y trabajaban que al día siguiente había que comer con todos, sin que faltara nada. Y que manda entonces a comprar sopa de fideo, arroz, frijoles, carnitas, chicharrón, lo que se encontrara porque ya no eran veinte ni treinta sino harta gente, entre ella muchísima del pueblo de Tzurumútaro.
¡Qué grata celebración aquella, inolvidable!, como inolvidable fueron los días que siguieron, cuando montaba el General por los cerros cercanos, visitaba escuelas, e íbamos a Janitzio o a Tzintzuntzan, paseábamos por Quiroga o por Erongarícuaro, y caminábamos por las hermosas calles de Pátzcuaro, alrededor de su grandiosa plaza, donde vendían rebozos de Aranza, sarapes de Nahuatzen y de Charapan, cristos hechos con pasta de caña de maíz, avioncitos de juguete confeccionados con popote de trigo y tule, piñas de Patámban, guitarras de Paracho o cobrería de Santa Clara. Allí saboreábamos los tradicionales helados del lugar, o los chongos zamoranos, los ates de Morelia o las frutas de Jacona, los panecillos de anís o las rosquillas y los polvorones pintados.
Una semana después de haber llegado a La Eréndira seguimos de viaje rumbo a Uruapan, donde amigos del lugar nos agasajaron en reuniones y fiestas, cante que cante y baile que baile, disfrutando de las pirecuas y sones, las bandas de pueblo con sus mejores galas, los grupos danzantes con sus mejores pasos, y luego fuimos a Apatzingán, donde vimos sapos del tamaño de un conejo y cocodrilos medianos.
Todo eso, te digo, fue lo que pasó.

 

Memoria y acontecimiento

LASCAS

Ser y tiempo en el destino de Lázaro

Comentando con algunos amigos lectores de esta columna se ha impuesto la idea de extender un poco más “el bloque” en torno a aconteceres relacionados con la vida del Lázaro Cárdenas del Río, dado que los hilos de su historia se entreveran para mostrar en pocas líneas lo que puede ligar una “voluntad de Ser” de un adolescente (cuando Lázaro Cárdenas aún era un “chamaco”) con los hechos concretos y los acontecimientos que lo llevan a entrar al proceso revolucionario contra Huerta en Buenavista Tomatlán, y a participar activamente en los primeros planos de la confrontación armada en las plazas de Aguililla y de Purépero. Acaso así podamos entender lo que significa en realidad la inexistencia de meras “casualidades” en el decurso de una historia, y la liga que puede llegar a establecerse entre la referida voluntad y lo que se conoce como “el destino”, al que sólo se llega por contingencias y azares que están tejidas al cuerpo-tiempo en el que se mueve el ser que Es y que “está haciendo historia”.
Como se recordará, en su entrevista del joven jiquilpense con el general Guillermo García Aragón –acontecimiento que remite al punto de partida de la entrada de Lázaro a la Revolución, en 1913– le dan al “chamaco”, con el grado de capitán segundo, la encomienda de tomar en sus manos el manejo de la correspondencia del jefe de la mencionada tropa, tarea no menor pero que no estaba ligada directamente a la participación directa o física en hechos de armas. La razón era muy simple: parecía evidente que el jefe de la Segunda División del Sur, de prosapia zapatista, tenía que valorar si el joven jiquilpense de 18 años de edad tenía las capacidades suficientes para implicarse de lleno en el choque de armas. Pero en sus dos primeras batallas –Aguililla y Purépero– Lázaro muestra que es diestro en montar a caballo y en manejar pistola o fusil, con un estado de ánimo y una presencia en la que en todo momento aparece una mezcla extraña de serenidad de carácter con firmezas y destrezas sostenidas en la defensa o en el ataque.
Ya habíamos señalado en este punto cuáles habían sido las circunstancias que desde su entrada a la adolescencia –o incluso desde antes, en su niñez– le habían permitido adquirir suficiente información y formación para entrar a las ligas mayores de las artes y los juegos de la guerra.
Pero hay un aspecto que aquí no podemos soslayar: circunstancial o no, siendo o no regalo de la suerte o del azar, su aprendizaje en los temas de guerra de los que hablamos fue “llegando” a su vida desde un motor o desde un desiderátum vital que el propio Lázaro puso en letra cuando había cumplido apenas los 16 años de edad. Algo pocas veces visto en la historia de otros grandes héroes de México o del mundo: en el caso de Lázaro se ligan tierna pero vigorosamente los “deseos de Ser” con el bendito y perseguido “destino”.

***

Se trata del momento casi místico de una revelación que llega “desde afuera”, y que combina, sin duda, lo que en otras latitudes no occidentales se conoce como firaza, agregado a lo que en la filosofía griega se conoce como Alétheia (término griego que se traduce como “verdad originaria”). Véase si no.
Escribe Lázaro a sus 16 años de edad, cuando inicia su Cuadernos de apuntes, el 6 de junio de 1911:
Para algo nací. Algo he de ser. Vivo siempre fijo en la idea de que he de conquistar fama, ¿de qué modo? No lo sé. Una noche borrascosa soñaba que andaba por montañas con una numerosa tropa libertando a la patria del yugo que la oprimía. ¿Acaso se realizará esto? Puede ser. Pienso (que en el) puesto que ocupo jamás lo lograré, pues en éste no se presentan hechos de admiración. De escribiente, no, pues con la pluma no se conquista fama para hacerse temer. ¿De qué pues logro esa fama que tanto sueño? Tan sólo de libertador de la patria. El tiempo me lo dirá.
Y milagrosamente el tiempo se lo dijo.

***

La ruta que siguió Cárdenas desde aquellos días en que era apenas un “chamaco” fue, con sus altibajos recurrentes, un proceso de forja personal y de presencias que fue colocando su figura en el escenario de la guerra en la más alta estima de la tropa y de sus jefes militares.
En el ciclo que sigue a las primeras batallas encontraremos un abanico amplio de confrontaciones bélicas en las que Lázaro Cárdenas del Río participó en forma significativamente activa y que lo llevó a ascender muy rápidamente en la escala de los poderes de mando del ejército Constitucionalista. Pero conviene aquí hacer un paréntesis sobre su participación en las diversas acciones militares que siguieron para hurgar un poco en su vida emotiva y personal, comúnmente colocada por algunos historiadores como irrelevante o secundaria en la confección de biografía, pues “aporta poco o nada” al desarrollo de la conformación “del héroe”. Mi perspectiva de aproximación corre por caminos distintos.
El 29 de marzo de 1918 –cuando Cárdenas ya tenía 23 años de edad; cinco desde que se había incorporado a la guerra contra el huertismo– nació en Guaymas la primera hija del General, de nombre Felícitas Alicia, cuya madre era una hermosa mujer llamada Juana del Valle Rizzo. La descripción de Juana del Valle la dejo en la pluma de quien será su medio hermano, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano: “Mazatleca de hermosos ojos claros (…), mujer recia y de fuerte personalidad”. Como sabemos, el amor hace milagros, y en este caso el regalo eterno para la vida del Lázaro civil o combatiente fue esa pequeña bella criatura a quien todo mundo se acostumbró a llamarla sencillamente Alicia.
El encuentro amoroso entre el General y Juana del Valle Rizzo puede adivinarse, de las propias líneas ya citadas del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y de lo que sabemos que siguió en la historia de sus vidas, que no fue un simple cruce casual ni pasajero. Sobrarían palabras para imaginar el vínculo emocional que pudo haber existido entre aquella joven mazateca de 16 años cumplidos “de hermosos ojos claros y de recia personalidad” con un joven de veintidós convertido entonces en un volcán en erupción que, a su corta edad, imantaba a propios y extraños con su voluntad de Ser, sus ensoñaciones de transformación y sus maneras muy particulares de actuar.
Tal vez algún día encontremos fuentes firmes para recrear con solidez esa parte del relato, pero lo cierto es que de esa relación nació Alicia, la amada hija del General, quien pasó su primera infancia en Sonora, para poco tiempo después trasladarse a residir con su madre en la capital del país. Nos dirá el ingeniero Cárdenas: “Alicia, en cuanto su padre logra cierta estabilidad en su vida de militar, (será) siempre su cercana compañera y uno de los más entrañables cariños de su vida” (CCS, en Cárdenas por Cárdenas).
Es la misma Alicia Cárdenas del Valle la que cuenta que “casi toda (su) vida de soltera” vive con él y lo acompaña “a muchos de sus viajes de la República”. Según el testimonio de Amalia Solórzano sabemos también que, “muy al principio, Alicia, la hija del General, vivió con nosotros y hubo que hacerle baño a ella. Cuauhtémoc tenía ya seis meses y en la recámara que ocupaba frente a la nuestra se cerró uno de los balcones y se adaptó como baño”. (Amalia Solórzano, en Era otra cosa la vida).
El propio General nos aporta elementos para hacer un primer acercamiento a la imagen de Alicia, quien en 1967 escribe en sus Apuntes: “Con Alicia, mi hija, Amalia ha sido noble y cariñosa. Vivió varios años en nuestra casa hasta su casamiento. Hoy se ven con frecuencia y se tratan mutuamente con afecto. Con Cuauhtémoc se quieren bien”.

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El mundo es grande y la gran rueda de la vida gira a velocidades sorprendentes. En 1928, cuando el General tiene 33 años de edad y es candidato a la gubernatura del estado de Michoacán, conoce a quien será en definitiva el amor eterno de su vida. Su nombre de soltera: Amalia Alejandra Solórzano Bravo. Tacámbaro será el lugar de su primer encuentro.
Sobre ello platicaremos en una próxima ocasión.

 

Memoria y acontecimiento

LASCAS

García Aragón y la vena zapatista del joven Cárdenas

La incorporación de Lázaro Cárdenas del Río a la Revolución, lo hemos sabido, se dio a sus 18 años de edad, en 1913, a partir de una entrevista con el general Guillermo García Aragón en el pueblo de Buenavista Tomatlán, en Michoacán. Y hemos relatado en las tres entregas de esta columna que, ya formando parte de la Segunda División del Sur, tuvo un papel destacado en las batallas de Aguililla y de Purépero.
No ahorraremos decir que en estas dos batallas Cárdenas aún no dejaba de ser el joven recluta a quien de entrada los experimentados guerreros de la División lo empezaron a estimar y nombrar como El Chamaco, con la distinción que tuvo de inicio al ser incorporado desde aquel día luminoso al Estado Mayor del mencionado agrupamiento militar, con la tarea primaria, pero no menor, de hacerse cargo de la correspondencia del general García Aragón.
Pero el jefe mayor de aquella tropa había visto de hecho “algo más” en el joven jiquilpense. ¿Su mirada, su serenidad, su inteligencia evidente o su historial recabado? Nunca lo sabremos. Pero sin mayores trámites García Aragón lo nombró Capitán Segundo y le entregó, por medio del general Jaimes, un caballo alazán y las armas mínimas para el estar y la guerra.
La sorpresa que hubo entre la tropa desde el día siguiente de su incorporación fue que El Chamaco montaba caballo al igual o mejor que algunos de sus iguales, que sabía usar sin dificultad la pistola o el fusil, y que no tenía la menor dificultad para comunicarse con naturalidad con cualquiera de los soldados de la Segunda División sobre prácticamente cualquiera de los temas que vinieran al caso.
Y no era para menos. Prosapia es destino. Su abuelo paterno había servido a la causa republicana en el Regimiento Lanceros de Jalisco, siendo un connotado combatiente en la importante batalla de La Traquila sostenida contra los franceses en noviembre de 1864. Para Lázaro su abuelo siempre había sido un ejemplo a seguir.
Por otro lado, desde niño, dirigido por el siempre memorable maestro de Jiquilpan, Hilario de Jesús Fajardo, jugaba “a la pelota” y jineteaba becerros. Y nunca fue un venadillo tímido perdido en la serranía: sus amigos le reconocían su carácter justiciero, con capacidades de combate directo para hacer justicia y hacerse respetar. Cuando un amigo suyo fue agredido “fuerte” por un coterráneo de nombre Alberto, el joven Cárdenas intervino para exigir que se acabara el pleito, pero a aquél no se le ocurrió otra cosa que, frente al reclamo justiciero del chamaco, lanzarle con fuerza y con buen tino una piedra que dio de seco en el cuerpo del muchacho reclamante. La respuesta inmediata de Lázaro fue revirar el tiro con un pesado ladrillo que pegó directo en la cabeza del mencionado agresor.
Alberto se quejó con su familia y autoridades civiles del “agravio”, pero Lázaro decidió que aquel acto cobarde tenía que responderse de su parte con silencio. Ello implicó que el atacante justiciero recibiera un castigo “ejemplar”, con un confinamiento por dos semanas en lo que entonces se llamaba La Casa de los Ejercicios. El castigo: trabajos forzados para hacer que se reeducara y que pagara “su culpa”.
¿Algo más que decir sobre los antecedentes significativos en la capacidad de combate que el chamaco pudo mostrar a plenitud en las batallas de Aguililla y de Purépero? Acaso un detalle que en mi opinión no es de poca relevancia: su proclividad e interés para vincularse en lo posible y aceptable personalmente con personas de mayor edad. Dejemos con él, en sus Apuntes, las líneas que dibujan esta faceta de su personalidad: “Mi padre comentaba con sus amigos mi preferencia por reunirme con personas de mayor edad, a oír sus experiencias, en vez de dedicarme al recreo como amigos de mi edad”.
Cabe decir aquí algo más sobre la vida juvenil del joven jiquilpense. Encargado muy tempranamente de una imprenta en compañía de varios amigos suyos que, en cooperativa, se encargaban de la administración, no dejaban que el día terminara sin reunirse, ya ajenos al trabajo, para informarse de los acontecimientos en curso y de hablar en torno a la que “pronto” sería su “entrada a la Revolución”.
Pero, sin saberlo, más temprano que tarde la Revolución llegó a su nido. Revolucionarios que peleaban contra una banda de huertistas que se habían apoderado de la hacienda Guaracha, limítrofe con Jiquilpan, le pidieron a los cooperativistas de la imprenta que les publicaran un manifiesto. Pedro Lemus, de las fuerzas de Rentería Luviano, le dijo a Lázaro que lo requerían “con urgencia”. Y no fue un ferrocarril sino un rayo lo que se movió en ese taller de esos jóvenes rebeldes: el manifiesto en cuestión fue publicado en número de 5 mil antes que cantara el gallo, mismo que fue entregado muy temprano por el propio Lázaro a las fuerzas revolucionarias de que echaban tiros contra los huertistas en Guaracha.

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Pero no hay poco que contar en torno a esos pequeños o grandes “detalles” que hicieron que la entrada de Lázaro a la Revolución fuera venturosa. Regresando un poco la bobina, preguntamos ¿Fue una casualidad que el joven Cárdenas decidiera hacer el largo camino del rancho de su tío en el que se alojaba para encontrarse y entrevistarse con García Aragón? Ciertamente Buenavista Tomatlán era uno de los lugares “cercanos” al lugar en el que residía temporalmente El Chamaco, pero no me parece descabellado pensar que fue el propio Lázaro quien decidió el tiempo y el lugar de la entrevista.
Porque Lázaro sabía ya desde tiempo atrás con relativa precisión quién era quién en la guerra contra Huerta. Pudo integrarse de inicio con el propio general Rentería Luviano cuando este atacó la hacienda Guaracha. Pero aceptemos que ello quizás era muy apresurado y que el joven que ya quería abrirse al enrolamiento prefirió esperar un tiempo, pues, además, era responsable de cuidar y sostener ya para entonces a su familia.
Pero algo que sí sabía Lázaro era que el general García Aragón era cabeza de un movimiento de varias ramificaciones que, extendidas sobre amplios territorios que iban más allá de las fronteras michoacanas, tenía como principal divisa la lucha y la restitución de sus tierras, con la distinción de provenir directamente de la lucha zapatista; García Aragón no sólo había hecho sus primeras andanzas armadas junto al general Zapata, sino que incluso había sido su compadre.
Lázaro tenía noticias, además –nos dice en sus Apuntes– que el general García Aragón era un “hombre culto, de mentalidad ágil, con disposiciones para el mando, comedido en el trato, exigente en la disciplina.” Y que había penetrado a Michoacán procedente de Morelos, justo desde el seno de las filas del General Zapata.
García Aragón llevaba consigo entonces la fama de ser un zapatista real, de carne y hueso, cuestión que no era menor en las inclinaciones del propio Cárdenas durante sus años juveniles. Que ello era expresamente pensado por el joven revolucionario de Jiquilpan quedó plasmado por propia mano en los Apuntes de los que ya hemos hablado: “(…) fue en esta columna (la de García Aragón) donde más palpable se hizo el sentido agrarista de la lucha armada. Ello, sin duda, se debió al origen zapatista del general García Aragón y a los contingentes de Trinidad Regalado y Ernesto Prado, que luchaban por la tierra”.
¿Quedó el vínculo entre el general García Aragón y el joven Cárdenas en una empatía “ideológica y política” para entender el círculo de hierro que selló de por vida la aventura guerrera de ambos personajes? “Algo” más entrañable quedó grabado en sus vidas. Una nota simple lo denota.
Al acercarse a Aguililla, plaza que, como hemos visto, se había decidido tomar cuando fue el primer lance guerrero del Chamaco, el médico mayor Navarro fue herido “por una bala que le penetró un poco en el carrillo derecho” y que él mismo se sacó. Al mostrársela al García Aragón, éste le dijo dirigiendo su mirada a Cárdenas: ‘Regálesela a este joven (…) para que tenga su primer recuerdo de esta acción.”
El fusilamiento del general García Aragón por parte de Zapata –por “viejas rencillas personales”– dolió a Cárdenas en lo más profundo de su ser. Pero esto sucedió algún tiempo después, en 1914, cuando Lázaro ya contaba con 19 años de vida.

Memoria y acontecimiento

LASCAS

Purépero: el milagro de sobrevivir en la guerra

Nota bene: Retomo la ruta escogida para integrar un primer bloque de artículos que en las anteriores dos quincenas se han detenido en relatar la entrada de Lázaro Cárdenas del Río a la guerra contra el huertismo, cuando aún era un chamaco (así le decían entonces) de 18 años de edad. Señalo esto sobre todo para aquellos lectores que por una u otra razón no han tenido la oportunidad de haber leído las primeras entregas de esta serie.

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Después de haber conquistado la plaza de Aguililla, la Segunda División del Sur siguió con rumbo al pueblo de Tepalcatepec, donde incorporó a los contingentes rebeldes de Serapio Sifuentes, para seguir de inmediato la ruta de la región de Churumuco, Cayaco, El Jorullo, Apatzingán, Buenavista, Acahuato y Tancítaro, pasando por El Tejamanil y por el río de Paracho hacia Aranza, pueblo éste donde pactaron una alianza con los núcleos de insurgencia indígena local dirigidos por Casimiro López Leco. Siguieron después hacia Tanaco, para instalar su cuartel general en el pueblo de Purépero.
No habían terminado de organizar las condiciones mínimas de estancia y de preparación militar del espacio cuando llegaron las noticias de que las tropas del coronel huertista Rodrigo Paliza estaba haciendo estragos entre los núcleos rebeldes de la zona. Las fuerzas de este coronel habían iniciado su avance desde Acuitzio, dirigiéndose hacia el sur. Se calculaba que en total sus tropas se componían de alrededor de medio millar de hombres, con dos piezas de artillería y dos ametralladoras. Y se supo además que habían combatido con éxito en confrontaciones de no muy alto calado abatiendo a dos o tres núcleos guerrilleros revolucionarios. La preocupación llegó a su punto de mayor preocupación cuando se enteraron que el 2 de septiembre las fuerzas de Paliza habían conquistado la importante plaza de Tacámbaro.
¿Podría resistir la Segunda División del Sur un vendaval que había logrado vencer al cuartel general de los revolucionarios michoacanos?

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Las fuerzas enemigas se abalanzaron sobre la Segunda División del Sur en su improvisada y frágil guarida de Purépero. El 13 de septiembre, al filo de las nueve de la noche, empezó a caerles un copioso aguacero y con él una descompasada lluvia de balas.
Las tropas huertistas tenían una clara superioridad numérica, en cantidad de hombres y de armamentos. La carta fuerte que además tenían bajo la manga era un contingente de alrededor de trescientos indios juchitecos, con capacidad para pelear prácticamente en cualquier condición de horario, clima y relieve.
La defensa del pueblo se montó sobre tres líneas de contención, una columna volante y tres bloques centrales de tiradores. En su conjunto, visto desde el aire, podría haberse observado una especie de línea en compás o en semicírculo, que cubría todos los posibles flancos de ataque. En el centro del pueblo, parapetados detrás de una casa de adobe y techos elevados, García Aragón dirigía el conjunto de las operaciones con unos cincuenta hombres, entre ellos el joven Lázaro Cárdenas del Río. En la Iglesia, desde las cúpulas, ventanas y los costados, se encontraba otro grupo nutrido de defensores encabezados por el mayor Guido. En la parte izquierda de la defensa, con un contingente de no menos de cien esforzados combatientes, dirigía el General Mastache. Cubriendo la parte derecha del círculo central, desde ventanas, azoteas y balcones, comandaba el General Cipriano Jaimes.
La noche y el agua que caía en cataratas redujo la visibilidad prácticamente a cero. Sólo se veían por uno y otro lado los repetidos destellos de los rifles, como mensajes cifrados que en el mismo ritmo y tiempo se acompañaban del ruido producido por los impactos de bala en paredes, vidrios, piedras, cuerpos. Los gritos de combate y mando empezaron a mezclarse con los de dolor y auxilio de los primeros caídos. Otros ruidos de dolor y miedo aparecieron: mulas y caballos que caían fulminados, perros heridos o ansiosos de saber qué hacer y adónde ir. Los vecinos del lugar se encerraron en sus casas a piedra y lodo, aunque no pocos de ellos se sumaron activamente a la defensa, con armas que sacaron debajo de sus camas o con apoyos logísticos diversos, en agua, comida, medicinas.
La lluvia se densificaba o se volvía ligera, y al paso del tiempo un viento de ráfaga se impuso al viento suave. En ese ambiente líquido y de fuego los gritos en el bando amigo se cruzaban: sellar la bocacalle, reforzar la esquina, ayudar al compañero herido. La superioridad numérica tanto como la agilidad y bravura de los combatientes juchitecos se habían convertido en arma letal para los defensores de la plaza. La destreza militar del coronel Paliza se sumaba a la vez a la eficacia de fuego nutrido de las ametralladoras y de las piezas de artillería que no dejaban de disparar. Un círculo de hierro y fuego comenzó a ahogar a los rebeldes, quienes ya a esas horas les faltaba parque, fuerza y hombres.
En medio del combate y de los diferentes rostros de la muerte, una luz de luna menguante y unos cuantos faroles encendidos mostraban cuerpos de hombres y bestias caídos las calles. Fue en ese estado de debilidad y desconcierto cuando García Aragón dio la orden de retirada: saldrían a pie, por la única rendija que les quedaba, en núcleos compactos de diez en diez o de veinte en veinte, cobijados por una neblina cada vez más espesa, con distancia calculada entre dichos núcleos de quince a veinte metros, reptando por ramblas, zacatales y socavones y untados a los muros y a las paredes de las casas evitar más bajas en lo posible.
El joven Lázaro Cárdenas del Río, quien en todo momento había peleado junto al general García Aragón, llevaba el paso firme y, en su cuerpo, dos o tres heridas leves que no afectaron en ningún momento su capacidad de acción activa en la refriega.
El general Cipriano Jaimes y unos cincuenta hombres cubrieron la retirada, apostándose con un pequeño cañón en una esquina de la plaza. El resto de las fuerzas, maltrechas, se encaminaron hacia el cerro del Tigre.
Serían alrededor de las tres y media de la madrugada cuando Cipriano Jaimes y su reducida fuerza de contención lograron romper el cerco. ¿Cómo pudieron escapar? La bruma y la espesura de la noche, que al principio había jugado como un factor adverso para los defensores, se convertía en el momento del repliegue en un extraordinario manto protector. Cuando por fin la zaga entró en contacto con los núcleos comandados por García Aragón, tomaron la marcha hacia el cerro de Patamban. Luego cambiaron la ruta hacia occidente, rumbo a Peribán. En resumen, las menguadas fuerzas de la Segunda División del Sur pasaron cuatro días de fuga cubiertos de polvo y de derrota, afectados por los mordiscos del hambre y prácticamente sin parar. Fue a su llegada a Peribán cuando tuvieron posibilidades de un primer respiro, pero no confiaron en su suerte y muy pronto se encaminaron a Tancítaro, para luego desplazarse hacia Acahuato.
Fue en tales condiciones que el general García Aragón reunió a los sobrevivientes de su Estado Mayor para tomar la inevitable decisión: volverían a la guerra de guerrillas, en pequeños comandos separados entre sí. Él se internaría en el estado de Guerrero por el rumbo de la Hacienda de Balsas, para continuar por Coahuayutla y La Unión. Lázaro Cárdenas del Río quedaría bajo las órdenes del valiente capitán Primitivo Mendoza.