Eduardo Chillida. Convergen-cia es la imperdible exposición temporal que inauguró el pasado 2 de agosto The San Diego Museum of Art, en California, en la mera frontera, en el horizonte de nuestro noroeste geográfico y que estará abierta al público hasta el 8 de febrero de 2026.
Según se anuncia, se trata de la muestra de Chillida con mayor investigación que se ha montado en América del Norte en casi medio siglo y abarca un amplio rango de la práctica del artista vasco: desde su escultura –monumental o pequeña– forjada en hierro, como la hecha con roble o alabastro, trabajo en tinta, formas en arcilla sólida, hasta creaciones en papel. De acuerdo con el catálogo de la exposición, el mote de “convergencia” para titularla se refiere a lo que el propio Chillida veía en la obra escultórica, “una miríada de fuerzas, incluyendo la naturaleza, la cultura, lo material y lo inmaterial, la forma y el vacío, en donde todo se encuentra”.
Una brevísima y simple descripción de Chillida (1924-2002) lo describiría quizá como uno de los escultores monumentales en hierro y en acero más importantes –o el más– de la segunda mitad del siglo XX. De acuerdo con gran parte de los textos biográficos elaborados por su esposa, Pilar Belzunce, Chillida se caracteriza por explorar el diálogo entre formas orgánicas y el espacio, entre la naturaleza y las interrogan-tes filosóficas fundamentales. Su obra tiene la virtud de insinuar en trazos directos y diseños contundentes la complejidad del hombre, su contexto, las relaciones humanas, el mundo.
Quizá por esos motivos Chillida gozaba tanto de la obra del compositor, músico, director de orquesta y cantor Juan Sebastian Bach, y de la obra del filósofo Martin Heidegger, ambos alemanes. De hecho, existe un libro de Heidegger que fue diseñado por Eduardo Chillida, El arte y el espacio. Heidegger y Chillida se conocieron en 1968 y pudieron coincidir en esa dupla, arte y espacio, como tema de interés vital. De ese encuentro y de una conversación surgió en 1969 el libro de artista, de 38 páginas, que tiene “collages litográficos sobre papel” combinados con el ensayo de Heidegger, quien explora “cómo la escultura le da forma al espacio a través del pensamiento y los materiales”.
Como artista de gran talla, Chillida tiene una mirada de poeta; piensa, escribe, traza y esculpe en modo poético y los títulos de sus obras dan fe de eso: Peines de viento, La puerta de la vida, Gravitación, Montaña vacía, Alba, Homenaje a la humanidad, Elogio del hierro, Komuna, La casa de nuestro padre, Elogio de la sombra, Casa de la paz, Yunque de sueños V, Canto rudo, etcétera.
La fuerza requerida para la fundición, abrazo o unión e integración de las obras monumentales de Chillida es notable. Una de sus piezas enormes e impresionantes, Elogio del horizonte, ubicada en el Cerro de Santa Catalina, en Gijón, España, pesa 500 toneladas, mide 10 metros de altura y está hecha de hormigón.
Entre lo más destacado de la exposición de Chillida en San Diego ahora, está también la singular proyección inmersiva, viaje virtual de 360 grados, que lleva al visitante a La Concha, en el País Vasco, a experimentar de una manera que físicamente sería imposible ya que lo coloca estando adentro, parado, bajo una de las tres esculturas Peines de viento, instaladas sobre las rocas. Cada una de estas esculturas de nueve toneladas desafía la fuerza del mar, las olas y el viento que ahí rompe, “se peina”.
Entre los créditos del catálogo y montaje de Eduardo Chillida. Con-vergencia está el de la curadora Ra-chel Jans, el nieto del artista Mikel Chillida, la profesora de filosofía Ana María Rabe, el conductor Gustavo Gimeno y el renombrado arquitecto Norman Foster.
Mérito especial siempre tiene la mexicana Roxana Velázquez, directora ejecutiva del San Diego Museum of Art, quien recibió incluso un reconocimiento como mexicana distinguida por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores hace unos días.
En una de las fichas de la exposición, la referida a Gravitación, una obra de 1989 en papel, tinta y cuerda, se explica lo siguiente, aplicable al mundo actual: “Para Chillida, el horizonte, aquel extremo elusivo donde el mar se fusiona con el cielo, constituye la línea definitiva. A raíz de su profunda devoción por la humanidad, también lo concibió como un lugar donde las personas podían convivir y dejar de lado sus diferencias. En sus palabras: “Todos los hombres somos hermanos. ¿No será el horizonte nuestra patria común?”.