Temporadas de ciclones

Para las latitudes y meridianos actuales, sobre todo en México, entró ya la temporada de ciclones. El portal de la Universidad Nacional Autónoma de México explica que los ciclones son: “una concentración anormal de nubes que gira en torno de un centro de baja presión atmosférica, cuyos vientos convergentes rotan en sentido contrario a las manecillas del reloj a grandes velocidades. Sus daños principales son por descarga de lluvia, viento, oleaje y marea de tormenta. Se clasifican de tres modos de acuerdo con la fuerza de sus vientos: depresión tropical, tormenta tropical y huracán, el cual tiene cinco categorías”.
Toda la gente de la costa intuye estos fenómenos y los conoce más o menos bien (por lo menos así sucedía hasta antes de que se agenciaran con características raras o únicas, producto del calentamiento global). La gente sabe que, pasando el ciclón, como dice la frase hecha, “viene la calma”. Sin embargo, justamente este fenómeno singular en los últimos miles de años de la Tierra –antes también lo padeció–, el calentamiento irreversible, ocasiona de pronto que esos ciclones no se vayan y hasta se puedan acelerar o desembocar en otro tipo de fenómenos. Esto es, se golpea fuerte y más seguido. Estamos entonces, cada año, sin duda, frente a una nueva y desconocida temporada de ciclones. Y sabemos, por obvio que suene, que el poder destructivo de cualquiera de las modalidades de los ciclones obliga siempre a toda la población a que adopte medidas de seguridad. Los sistemas nacional y locales de protección civil se encargan de avisar, alertar, informar si hay emergencias, situar en estados de alarma si se requiere y atender a las contingencias.
La metáfora de la temporada de ciclones y los estados o situaciones límite, frontera, es chocante de tan evidente. No obstante, esta columna ocupa deslizar su sentido para descolocarse del “ojo del huracán” y reposicionarse con algo de distancia, a ver si es posible vislumbrar salidas.
Empezando con el sentido literal de la temporada de ciclones, ahora como fuente UNAM Global, para este 2025 se pronostica una temporada algo más activa de lo normal en el océano Atlántico.
Ciclones. Se espera que se formen 17 ciclones tropicales […] y en el Pacífico se prevé una cifra de 19 ciclones, también algo arriba del promedio*. Se imagina y espera que, en este año y ya para siempre, no se descuiden todas las alarmas e informaciones meteorológicas para poder auxiliar a tiempo a la población y, aún mejor, prevenir lo más crudo del desastre.
Ciclones. Uno reciente e insólito es el discurso xenófobo, discriminatorio y mentiroso, bastante fascista, promovido en el país al norte en contra de las personas que no tienen documentos. Las redadas en algunas ciudades de Estados Unidos recuerdan los principios ideológicos que promovieron el nacional socialismo, el nazismo, que sabemos acabó en un exterminio que avergüenza a todo ser humano.
Ciclones. La subida, bajada y vuelta a subir del arancel al acero y todas sus consecuencias y atropellos a la norma internacional, a los acuerdos, tratados. Como si el diálogo internacional, diplomático, se borrara de un plumazo y se retornara a las épocas en las que quien golpea más fuerte gana.
Ciclones. Narcovendetas, reacomodos, venganzas, cobros de piso, homicidios y otros horrores ocasionados por la industria del narcotráfico sostenida por la aparentemente inacabable adicción a los estupefacientes de una parte de la humanidad.
Ciclones. Los ecos de fallos y cismas económico-financieros a lo largo y ancho del mundo.
Ciclones. Palestina-Israel.
Ciclones. Rusia-Ucrania.
Ciclones. El no acuerdo previsible para bajar y detener las emisiones responsables del efecto invernadero en la atmósfera.
Aunque la tentación de parálisis esté latente, vale la pena recordar que las situaciones límite son precisamente las que pueden presionar o arrojar pensamiento y acciones distintas, únicas, cuyo destino sea otro –hasta posiblemente pudiera ser mejor–, con otra forma. Y en la transformación de esa forma está el sedimento de la esperanza. Manuel De Landa –escritor, artista y filósofo mexicano radicado en Nueva York– lo explica muy bien cuando habla de morfogenética ante la European Graduate School**, sólo a partir de los tremendos choques de intensidades llevados al límite, en esos puntos críticos, en esas situaciones, puede haber un cambio cualitativo, un cambio de forma.

*https://unamglobal.unam.mx/global_revista/temporada-huracanes-2025-pronosticos-preparacion/
*https://www.youtube.com/watch?v=slbrwHnMTyk

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Entrelíneas de las leyes de telecomunicaciones y radiodifusión

Quién sabe el detalle fino de por qué se frenó dictaminar y votar –meter aplanadora– el proyecto de Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión (LMTR) enviado por el Poder Ejecutivo en los albores de 2025. Lo cierto es que, en este tema, en México sucede que los grandes avances ocurren casi de manera aleatoria, sin que esta columna deje de valorar que en paralelo se construyen sustentos teóricos, prácticos, académicos, reflexivos y experienciales por parte de muchas personas.
En días recientes se dieron cinco conversatorios plurales y diversos en el Senado, liderados por Javier Corral Jurado, para debatir, discutir y señalar los problemas con los que emergió la iniciativa que regulará ahora, a nivel federal, las telecomunicaciones y la radiodifusión.
Esta ley es de suma importancia –siempre lo fue y ahora lo es más– porque se encarga de normar todo lo que tiene que ver con la comunicación mediatizada en el país y por ende todos sus contenidos. Esta ley, históricamente, en sus poco menos de cien años de existencia, ha dado fiel cuenta de cómo están los juegos de poderes, sobre todo entre el empresariado dueño de los medios –radio y televisión, esencialmente– y los distintos gobiernos en turno. En su articulado se van transparentando con toda nitidez los pesos y contrapesos de la comunicación, del negocio de la comunicación, de las restricciones o alcances que pueden tener los contenidos mediáticos y, sobre todo, cuánto –si acaso– importa la población mexicana, en su carácter de audiencias, respecto de los medios.
La Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión (LFTR) de 2014 no era perfecta, pero tenía grandes aciertos –que al final fueron impugnados o frenados, pero estaban inscritos– e incorporaba conceptos, figuras y jugadores que antes ni siquiera se habían enunciado. Ejemplos del progreso en esa iniciativa: se nombraron las concesiones como sociales, públicas, comerciales y privadas; es decir, por primera vez se les llamó a los medios públicos como tales, ya no solamente como concesiones y permisos. Se diseñó y creó un órgano regulador, autónomo, especializado –que pudo haber funcionado mejor o no, pero que era independiente y no juez y parte– para otorgar concesiones. Se enunciaron y delinearon los derechos de las audiencias; esto es, se consideró que todas las personas éramos sujetas de derechos respecto de los medios y hasta se crearon las defensorías de las audiencias*. Se señaló que el espectro radioeléctrico es un espacio de interés público a través del cual se deben respetar los valores civilizatorios, ciudadanos y de igualdad.
Esa LFTR, a diferencia de la anterior, también tomaba en cuenta a las audiencias con discapacidades y abría la discusión a la ética como algo fundamental para los contenidos: consideraba importante que a la gente, a la población, a las audiencias, no se les diera de antemano información falsa –“gato por liebre” como diría la maestra Beatriz Solís Leree–, comerciales entreverados con datos duros, el comentario editorial como si fuese la nota.
Cuando se leyó la nueva posible ley, en este periodo legislativo, la gran mayoría de los jugadores con algo de voz o poder, especialidad o práctica en estos terrenos, hallaron huecos, lagunas, despropósitos inconstitucionales, recarga de poder y algunos retrocesos.
Paradójica -pero- lógicamente, a cargo de hacer una pausa y reconsiderar el texto de la presente iniciativa de LMTR, tomando en cuenta –o escuchando por lo menos– a muchas voces de diferentes especialidades, ha estado un integrante del propio partido que diseñó ese documento: Javier Corral Jurado. Cabe recordar que, durante años de su carrera política, el hoy senador de Morena estudió a fondo y apoyó el derecho a la información (en cuyo seno están la libertad de expresión, el derecho a solicitar información y el derecho a ser informado con oportunidad, veracidad, pluralidad, independencia editorial y respeto; esto todo es el centro de los derechos de las audiencias). Antes panista, ahora el morenista quedó perfecto como el designado para comprometerse, según dijo el pasado 23 de mayo, con “hacer una minuta con las principales propuestas y cambios que se perfilen; tenemos que hacer una especie de compendio de propuestas y sugerencias”.
Se espera que el lunes 30 de junio se logre tener un dictamen que se revise en comisiones y posteriormente en la mesa directiva, y quizá se apruebe una nueva ley en la materia en un periodo extraordinario de sesiones en julio. El aire y el debate ya agregados han valido mucho la pena. El escrito final dirá qué poderes tendrán más peso y cómo quedarán las simetrías o asimetrías en el sector.

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Vivir con Arte, casos concretos

AMERIZAJE

 

Es posible que el arte sea uno de los vehículos más eficientes para detener la violencia y desigualdad vigentes en el mundo y en el país. Esa premisa básica es lo que mueve a muchas organizaciones, mecenas y asociaciones a promover la expresión artística. Sin embargo, pocos organismos –como el caso de la asociación civil Vivir con Arte– tienen el empuje y la experiencia para lograr ese objetivo, persona por persona.
Ya decía el maestro de la sospecha y bombardero del pensamiento anacrónico del siglo XVIII, el filósofo Friedrich Nietzsche, que el quehacer artístico era equivalente a diseñar un modo propio de vida, una forma de existir y la mejor ruta para superar el nihilismo.
El arte, al final de cuentas, independientemente del diagnóstico estético que cada contexto le otorgue, es un transporte paralelo al recorrido de la verdad-realidad, en donde se intensifican los significados, símbolos, signos y valores, a la luz del deseo, la revelación, la metáfora didáctica y apasionante.
Vivir con Arte aspira a “promover el bienestar a través de la expresión artística y a sensibilizar a la sociedad sobre el invaluable rol de la creación en todas las etapas de la vida, en especial con nuestras niñas, niños y adolescentes; a través de la colaboración, gestión y producción de diversas actividades, buscamos demostrar cómo el arte puede ser un método efectivo de prevención y remedio ante la violencia, el abuso y la detección temprana de problemáticas sociales, fomentando así una sociedad más sana a nivel mental y emocional”. Así lo anunciaron el pasado 13 de mayo en el Museo de la Bola, durante la conferencia de prensa oficial, aunque los impulsores de esta asociación tienen toda una vida trabajando en paralelo para lograr esos objetivos.
Una de las personas clave de esta fundación es la soprano Ericka Bañuelos, cuya sólida formación musical comparte desde su @EstudioAllaire con alumnas y alumnos, ya que domina la musicología, el canto, la dirección coral y orquestal. Ha sido alumna de sopranos legendarias como Montserrat Caballé e Ileana Cotrubas, y ha aportado a la didáctica musical una técnica exclusiva, muy potente, para el aprendizaje del canto. Además, tiene una larga y exitosa trayectoria de trabajo de campo con personas marginadas para vincularlas con el arte.
Otro es el conocido actor y productor Mauricio Ochmann, a quien desde niño el teatro le abrió un espacio seguro para afrontar los retos de la vida. Sumando esfuerzos con Ericka, con la muy eficiente maestra de la gestión cultural Esdena Bañuelos y con la reconocida productora ejecutiva Lorena E. González, los cuatro se lanzaron a la construcción de esta asociación civil.
Consultada sobre ejemplos concretos, Ericka Bañuelos nos comentó que el caso más impactante, cuya transformación ha sido muy obvia en estos primeros meses de la fundación, es el de Camila Mar, participante del ensamble musical que inició en noviembre de 2024. Tímida, evasiva y de lenguaje corporal retraído, Mar tuvo oportunidad de ser parte de dinámicas de integración, juegos rítmicos, ejercicios de improvisación y comunicación musical, prácticas de dirección colectiva y un poco de teatro (presencia escénica y contacto visual). Para febrero de 2025, Camila Mar tenía una gran presencia escénica, solidez interpretativa; era sonriente, enfocada, expresiva. Desde entonces está conectada profundamente con la música y se comunica con sus compañeros.
Alonso, otro ejemplo, es el más joven del grupo y único varón. Al inicio mostraba grandes dificultades para comunicarse con sus compañeras. Mediante ejercicios específicos de expresión corporal, contacto visual, postura y comunicación musical, ahora sorprende como un joven risueño, sociable y bromista.
Regina, chelista del ensamble, representa un proceso de crecimiento profundo y valiente. Forma parte de una familia compuesta por tres hermanas que viven en el Estado de México. Al integrarse al ensamble, Regina encontró no sólo un apoyo económico, sino sobre todo una red de acompañamiento humano, psicológico y social. De ser una persona seria, con una postura rígida y una expresión corporal contenida, ahora puede soltarse, reír.
Chicho, Martina y Tadeo también han experimentado la libertad expresiva y la creación, a través de sus escritos. Han logrado, como dice Bañuelos, “ofrecer su palabra al mundo”. Una potencial violinista de un orfanato se añade a la lista de niñas y niños tocados por la vida vivida con arte.
Por ahora, la asociación promueve la música, las artes escénicas, la creación literaria y las artes visuales. Muchas otras ramas e interdisciplinas artísticas se añadirán conforme pasen los meses. En Instagram, para información, apoyos y suscripciones, la asociación Vivir con Arte se encuentra en https://www.instagram.com/vivirconarte_ac/

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¿Por qué parece que vamos hacia atrás?

La media de la generación X, nacida entre 1965 y 1980, que recibiera una educación superior en terrenos humanistas, de corte social, crítico, intuye que algo muy importante se le escapó. De no ser así, ¿por qué parece que los siguientes pasajes de la historia no tuvieron o tienen impacto y hasta pueden llegar a repetirse?: el holocausto de la Segunda Guerra Mundial; las dictaduras latinoamericanas o las tiranías en Europa del Este; el fracaso del capitalismo extremo o del comunismo totalitario; la falta de liberación sexual; las muertes por enfermedades prevenibles; las hambrunas del continente Africano; las guerras y exterminios; el uso depredador de todos los recursos de la Tierra; la ausencia de organismos integradores de todas las naciones, como la ONU; la omisión de los derechos humanos en el hacer y quehacer; la inexistencia de libertades de prensa; las fórmulas estereotipadas en la cultura para definir a mujeres u hombres; la no creencia en la igualdad de todas las personas.
En ideales, sueños, teorías, libros, instituciones y formas de ser de muchas naciones, se comenzaron a desinstalar los horrores mencionados arriba, o por lo menos eso creyó la hoy azorada generación X. No obstante, ahora este mismo grupo etario vislumbra:
Un planeta que no puede (y lo peor es que hay quien no quiere) frenar de tajo todas las causas del calentamiento global; sociedades que votan por líderes autoritarios, discriminadores y violentos; guerras y matanzas que no cesan entre naciones (por causas comerciales, estratégicas o de intereses económicos); tendencias regresivas en favor de los estereotipos de personas o estructuras sociales (mujeres, hombres, familias); desaparición o adelgazamiento de instituciones defensoras de derechos humanos; vulneración de estructuras dedicadas al altruismo; recorte de organismos sociales al rescate de las personas más débiles, frágiles y marginadas; iniciativas para volver a levantar fronteras geopolíticas infranqueables; negación de avances científicos (como los farmacéuticos o la propia teoría darwiniana de la evolución); preponderancia de los grandes negocios en detrimento de los pulmones de la Tierra o de la salud física de las personas.
Para los X, esto no se puede creer, entender o analizar. No es fácil digerir un mundo en el que no se caminó o camina hacia el bien de las mayorías; la salud del ecosistema que nos permite vivir; la igualdad entre todas las personas; el respeto y la armonía universal.
Sin embargo, parece que, afortunadamente, se puede rastrear o apuntar el origen de esto inexplicable desde la construcción ilustrada y moderna del sujeto (o la sujeta). Ese sujeto ilustrado estuvo y está gobernado por saberes y poderes, es un individuo singular integrado a una sociedad. Ese sujeto ilustrado, entre más saberes y poderes tiene, más puede ser “alumbrado” por la razón. Y esa razón pugna por más saberes y más poderes, los cuales deben de distribuirse a las y los otros sujetos sociales. Así entonces, pensados en singular, los sujetos devienen en capitalistas irredentos o en tiranos protorredentores y las naciones se mueven al son del individualismo subjetivo, subjetivante y de la subjetividad que ha obnubilado al pensamiento colectivo, a la esencia comunal que sí distinguió a las agrupaciones humanas prehistóricas, premodernas, preilustradas.
La buena noticia es que, como dice la filósofa Ana Patto Manfredini, si el sujeto se construye, según los racionalistas (Descartes, Kant, Hegel), también se puede deconstruir, desubjetivar.
Hace 81 años que Theodor Adorno y Max Horkheimer escribieron la Dialéctica de la Ilustración, en la que aparece una fatídica reflexión que cobra lamentable actualidad: “Lo que nos propusimos fue nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo tipo de barbarie… La ilustración, en el sentido más amplio del pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y hacerlos dueños de sí mismos. Pero la tierra plenamente ilustrada brilla bajo el signo de una calamidad triunfante…”.
“Algo va mal”, parafraseando el título de Tony Judt de 2010. Y ese algo es el sujeto moderno, racionalista. Urge repensar el yo en colectivo.

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En busca de la empatía imposible

La empatía es una cualidad que, cuando escasea, derrumba toda civilidad. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la empatía es un “sentimiento de identificación con algo o alguien” y es, asimismo, la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. En medicina y psicología, la empatía puede ser cognitiva o emocional y es una cualidad fundamental para poder tratar a las o los pacientes. Un profesional de la medicina sin empatía se torna frío, distante, y puede llegar a provocar lo opuesto a su deseable meta que es curar, aliviar o mejorar la salud de su paciente.
Los estudios científicos recientes*, referentes a la empatía, la dejan de ubicar como una simple cualidad para colocarla como una competencia relevante perteneciente a la neurobiología. Especialistas en ese ramo aseguran que los seres humanos tenemos conexiones neurológicas sofisticadas para poder ser empáticos; de hecho, cuando falla del todo la empatía, se está frente a un problema social muy fuerte, ya que es gracias a esta característica que podemos conducirnos y comunicarnos con las otras personas que no son yo, que no es una o uno. Parece que, la posibilidad de intentar sentir lo que la otra persona siente es un rasgo de avanzada en la evolución cerebral del ser humano.
A través de los siglos, muchas culturas y espiritualidades coinciden en que la regla de oro es “tratar a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. Esto, en un intento convivencial por excelencia, para ser empáticos y hacer empatía ante todo lo que ocurre que escapa del egoísta uno mismo, al yo y a mi circunstancia. Los teóricos críticos, los filósofos de la posverdad y sus seguidores, afirman de todas maneras que es imposible salirse de uno mismo para poder comprender al otro, a lo otro; no se puede ser otro, acaso podemos apalabrar e intentar descifrar lo que piensa, siente y es el otro, sabiendo que lograrlo es imposible y sabiendo que esos intentos subjetivos también cambian dependiendo del momento en que el sujeto interpreta o quiere hacer empatía, ser empático.
En el fondo de la empatía está operando, continuamente, el texto y el contexto, la historia subjetiva y la imposibilidad de ser otra persona. Además, en ese marco experiencial –el conceptual se puede tornar demasiado complejo para funcionar socialmente y en la práctica cotidiana– es muy difícil tratar siquiera de ser empáticos con situaciones, condiciones y formas de estar demasiado distantes, distintas, ajenas, remotas.
No obstante, en la medida en la que podemos siquiera procurar comprender lo que le pasa a la otra persona, en ese momento las preguntas, las respuestas, la conversación y la vida se vuelve completamente distinta a la del sujeto que sólo se dedica a buscar su felicidad y realización propias. En esos momentos, los caminos hechos por los intentos de ponerse con toda honestidad e intención en los zapatos del otro, nos llevan por senderos que facilitan extraordinariamente la comunicación, la socialización, la comprensión social y la manera en la que se puede sostener y defender un mundo en donde todas las personas tengamos igualdad de oportunidades. Toda esa empatía urge en el mundo para remediar heridas sociales tan profundas, tan vergonzosas, como las que vemos ahora vestidas de exterminio, guerra y violencia. Quién, sin haberlo sido, vivido o estado, puede comprender la falta de comida, agua, techo, cariño, ropa, amistades, lenguaje, movilidad, comprensión, conversación, salud, educación, divertimentos, padres, familiares, maestros, apoyos, zapatos, cobertores, habitación, compañía, integración social, sitio para dormir, patria, Estado benefactor, seguridad, privacía, sanitarios, regaderas, ejercicio recreativo, juegos, infancia alegre, risas…
Hace algunos años, una amistad privilegiada, un empresario visionario con gran tino para los proyectos de largo aliento, contaba de un viaje equivalente al desierto, con prácticamente nada encima, como una travesía indispensable para valorar la vida, para valorarlo todo, para poder ser empático. Atravesar la nada sin ayuda formal transforma la visión y el modo de apreciar lo que se tiene y lo que otros no tienen. Verse e intentar sentirse como la otra persona, en todas las ocasiones, en lo personal y como gremio humano, sería una conquista empática que pudiera ser una salida al desfondamiento universal que atestiguamos a diario, en muchísimos espacios, países, agendas y noticiarios.

*https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5513638/

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¿Ha cambiado la fórmula de la felicidad?

Como cada año, desde 2012 –no hace tanto tiempo, por cierto, si la especie llamada Homo sapiens existe, según se estima, desde hace unos 300 mil años–, el 20 de marzo se celebró el Día Internacional de la Felicidad. Esta efeméride fue propuesta por la Organización de las Naciones Unidas, que desde su fundación, a mediados de los años cuarenta, propone a los países integrantes temas que deben ser de avanzada, de civilidad, de progreso, para mejorar como humanidad.
Como antecedente de esa fecha, cabe recordar que uno de los países más pequeños del planeta, Bután, diseñó desde los setenta el índice llamado Felicidad Nacional Bruta (el FNB, en contraposición al Producto Interno Bruto o PIB) que mide la calidad de vida en términos menos económico-financieros y más socio-psicológicos. Ese concepto fue propuesto por el rey de entonces, Jigme Singye Wangchuck, quien quiso contrastar lo feliz que era su población a pesar de no gozar de un PIB particularmente ejemplar. El monarca argumentaba que los butaneses, siendo tradicionalmente budistas, eran muy felices.
Quizá los motivos para la existencia de ese indicador –como ocurre con muchos de los verdaderos pasos adelante dados por las sociedades– no eran los mejores, pero el resultado fue la inserción en el imaginario mundial de una forma distinta de medir el desarrollo y el progreso, mediante algo más etéreo y muy importante: la felicidad.
Entre las dimensiones que se medían en ese incipiente FNB estaban: el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, la cultura, la salud, la educación, la diversidad medioambiental, el nivel de vida y el gobierno. Años después, dos estudiosos –uno incluso fue acreedor del Premio Nobel, el psicólogo israelí, Daniel Kahneman– diseñaron un nuevo indicador, el “método de la reconstrucción del día”, que agregaba a las mediciones económicas tradicionales, elementos psicológicos que influyen en las decisiones y juicio de los seres humanos. Como su nombre lo indica, el método de la reconstrucción del día tiene que ver con lo que se puede recuperar de las acciones cotidianas registradas en un diario.
El Reporte Mundial de la Felicidad 2025 colocó a México en el décimo lugar entre los países más felices del mundo. Esta ubicación en el ranking mundial puede contrastar con las noticias en los medios y las perspectivas económicas para el país este año y, sin embargo, hace algo de sentido si se consideran estos tres elementos también relevantes para medir la felicidad de una sociedad: uno, si se tiene a alguien que nos acompañe en momentos de crisis, difíciles, o de gran celebración; dos, si no se siente la persona señalada o discriminada por su comunidad; y tres, si las decisiones que se toman se hacen de manera individual y libremente.
Es posible que cuando se transite de un grupo, gremio o ubicación socioeconómica y geográfica a otra, el país no sea tan amable con las y los individuos. No obstante, en términos generales, en México siempre hay un familiar, comadre o amistad que apoye con toda pasión y el cuerpo entero en casos de ser necesario. También solemos no ser necesariamente señalados o juzgados –se reitera, mientras no salgamos de ciertos meridianos y latitudes geopolíticas y sociales. Finalmente, en el caso de la toma de decisiones, las y los mexicanos no solemos vernos demasiado arrinconados para hacer o deshacer a voluntad –laboral, familiar o amistosamente. Nada de esto obvia nuestras limitaciones, fobias, clasismos, racismos ni cultura discriminatoria; solamente nos ayuda a entender por qué vivimos presuntamente más felices que las poblaciones de otros países. Por cierto, el listado del reporte en cuestión* está encabezado por Finlandia (1°), Dinamarca (2°), Islandia (3°) y Suecia (4°).
Químicamente hablando, se sabe que la gente puede producir las hormonas (que son sustancias químicas en el organismo) llamadas de la felicidad: serotonina, dopamina, endorfina y oxitocina. Y lo anterior, puede lograrse asoleándose, con la práctica regular de ejercicio, con una sana vida sexual, con disfrutar algunas actividades, juegos o hobbies, mediante la risa, la meditación y aunque suene cursi, amando a alguien. De ahí también, que los animales de compañía sean fundamentales para la vida cotidiana moderna de muchas personas, porque la caricia perpetua y el amor incondicional que recibimos y damos, nos inyecta contentura y felicidad. Es por eso por lo que quizá la fórmula para la felicidad no ha cambiado tanto con el paso de los siglos: bailar, comer, vestir, reír, amar, correr, jugar, compartir.

* https://worldhappiness-report.translate.goog/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc

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Falla, Injerta, arte y amor

Dos palabras que empiezan con la letra A y cuyo significado y acción se han orientado en exclusiva, a lo largo de la historia, a las y los seres humanos, son amor y arte. El amor, dice el Diccionario de la Real Academia Española, es un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”; para el concepto arte, la misma fuente tiene más entradas y la primera reza: “capacidad, habilidad para hacer algo”.
No sorprende la cualidad de “insuficiencia” que otorga el DRAE al concepto amor, pero también aplica, sin la menor duda, para el concepto del arte. Ambas acciones, amar y expresarse por medio del arte, provienen, humanamente hablando, de un vacío, de una falta, de la –llamada así por algunos teóricos críticos– “incompletud”. Las personas –según refieren todas las historiografías, filosofías, psicologías y teorías sociológicas y antropológicas– se configuran y construyen mediante la mirada o el crédito del otro o de la otra. Ante lo otro exterior, digamos, nos completamos, parchamos nuestra falla, el hueco, lo que falta para ser.
A su vez, se sabe que la inspiración creativa acontece cuando la mirada puede ver de otra manera y llenar el vacío de la incomprensión. Ese reacomodo o recolocación, con amor al arte mismo y a la manera de re-relatar la obra, hace que surjan las metáforas poéticas, las obras plásticas, las composiciones musicales, los ensayos, las escrituras, el drama, el cine, la escultura.
Para la filosofía psicoanalítica del francés Jacques Lacan, ese vacío mencionado, esa insuficiencia, se llama falta y la falta “hace surgir el deseo” y el deseo se conecta con una suerte de herida en el ser gracias a la cual las personas estamos invitadas a la experiencia o acción deseante, a una pulsión y a veces a una pasión. A la luz de la falla, arte y amor están indisolublemente conectados.
Y así ocurre con Injerta, exposición temporal de arte que exhibe de manera rotunda el talento y el amor de los artistas por el nuevo tejer que implica su creación. Se encuentra en Eugenia Espacio Creativo, ubicado en la calle Eugenia 1360, en la colonia Narvarte Poniente de la alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México.
Injerta es producto de la estancia artística de dos talentosísimos jóvenes colombianos quienes cuentan ya con una seria y exitosa trayectoria: Andrés Vergara y Larry Muñoz. Injerta, dice el boletín de prensa, “muestra los resultados de su residencia en Eugenia, en donde exploraron el recurso de caminar sin rumbo, llenarse los bolsillos y volver. Para los artistas, el tránsito por el entorno es un acto transformador. Cada paso, cada encuentro, genera preguntas y abre nuevas posibilidades. En ese caminar, ambos artistas se cuestionan la diferencia entre artificio y naturaleza. Así como el pájaro construye su nido, nosotros hacemos arte. Construimos a partir de los materiales que nos rodean. A veces construimos casas –algo funcional, pero también obras de arte que se escapan a la funcionalidad e incluso a definiciones conceptuales con un sentido finito y perfecto. El arte, entonces, parece ser una fuerza movilizadora y natural en nosotros, aun sin que podamos entenderla del todo”.
Por mencionar algunos materiales, las piezas de esta exposición, que termina el 22 de febrero, incluyen madera, hojas, semilla, espinas, partes de antena, láminas, tubos metálicos; metal, hongo disipador, alambre, tubo, cáscara de mamey.
La exposición se puede visitar en horarios hábiles, tocando el timbre; se puede escribir al correo eugenia.espacio@gmail.com, o hacer contacto en @eugenia.espacio, su perfil en Instagram.
Algo de lo más impactante de Injerta es el ave “Fénix Canaria” que yace en la azotea del inmueble. Esta ave gigante que ha caído al suelo lleva un plumaje maravilloso: un cúmulo de hojas de alguna palmera capitalina herida por esa plaga de hongos llamados Fusarium. Todo juego de palabras guardado, ese hongo causa en las Islas Canarias la enfermedad conocida como “bayoud”, y esa “bayoud” afecta sobre todo a las palmeras de las especies Phoenix canariensis, muy presentes (ahora muy enfermas) en Ciudad de México. En esa hermosura de esta Fénix Canaria se injerta la falla, el arte, el amor.

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Fluir sin palabras

El 1 de enero de 2025 estrenó el año cinematográfico en México la película Flow, habiendo conquistado el premio de mejor largometraje internacional de animación en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2024. Flow es una obra animada, letona-francesa-belga, dirigida y escrita por Gints Zilbalodis y coescrita por Mat?ss Kaža; la maravillosa música es de Rihards Zalupe.
En este filme no hay presencia de diálogo alguno ni de seres humanos. Trata sobre un viaje fantástico y de supervivencia entre diluvio y diluvio, liderado por un gatito. La estética, la música, las escenas, las aventuras, el drama, todo fluye hasta el final –tiene una duración de hora y 25 minutos–, como su nombre lo indica. Es muy factible que la película del letón Zilbalodis se acredite un Oscar, según presagia la crítica y, además, ya fue ganadora del Globo de Oro a mejor película animada. En México, a sólo 15 días de su estreno, había roto récords de taquilla con un millón de entradas vendidas.
Si bien la película sigue las huellas de La tortuga roja u otras animadas que resuenan con el drama apocalíptico del cambio climático, en Flow el acento está en la posibilidad de marchar hacia adelante sin detenerse, sin oportunidad para demasiados reparos. La conquista del viaje por el viaje mismo, los vericuetos de la travesía, el trabajo en equipo –con otros personajes animales– y el devenir irrefrenable, son el tema principal de Flow.
El concepto anglosajón flow se traduce en español como “flujo” o “fluir”. A alguien alivianado, a una situación sin tensión se le puede adjudicar este mote también porque, de hecho, en inglés se le atribuye a un estado mental, a una manera de escribir o hasta a un género musical que se funda en la capacidad de adaptación a una base rítmica generalmente rapera.
El título de la película parece deslumbrantemente sincrónico con la definición de flujo en el ramo de la física, que reza así según el Diccionario de la Real Academia Española: “magnitud que expresa la energía luminosa emitida o recibida por un cuerpo en la unidad de tiempo, y cuya unidad en el sistema internacional es el lumen”*.
Un momento climático de la película, de hecho, tiene que ver justamente con ese lumen, que recuerda mucho a un bagaje de tradiciones del Oriente, que vinculan a toda entidad con la resplandeciente energía primigenia del Universo denominada Qi.
Esas mismas tradiciones, que son practicadas por los monjes chinos del monasterio shaolin, aseveran que la enfermedad en el ser humano solamente ocurre cuando se topa el organismo con un bloqueo, con un estancamiento, con algo que deja de fluir. De hecho, la medicina china está basada en la eficiente circulación de distintos meridianos que atraviesan el cuerpo. En el momento en que algo se obstruye o se topa con importantes tropiezos, entonces viene la falla. Extrapolando burdamente este proceso, los problemas de las personas ocurren cuando se detiene el flow.
El psiquiatra hollywoodense Phill Stutz basa su exitosa terapia en el desbloqueo de sus pacientes para que puedan seguir en movimiento, no parar ni frenarse hasta encontrar ese flujo de energía y fuerza vital.
La cinta Flow tiene clarísimo ese concepto. La aventura, el correr, el tiempo, la música, el drama, el acontecer, nada se estaciona. Todo, como el agua que inunda el mundo de Flow, pasa sin detenerse.
El concepto o sentencia de “fluye” puede haberse frivolizado un poco al calor de las sugerencias o recomendaciones exprés de autoayuda, “deja que todo fluya; fluye con los cambios”. El decreto no es fácil y las explicaciones simplificadoras del dejar hacer, dejar pasar, pueden ser pedantes y hasta sonar algo obtusas. No obstante, el fluir inmaterial y trascendental, el energético y proveniente de la física cuántica, tiene mucho sentido en su consideración profunda.
El inédito guion de la película Flow se ubica sobre todo en ese recorrido a través del tiempo, a bordo solamente de la música, los sonidos, las expresiones de los protagonistas y una tiernísima y perfectamente empática animación que nos convoca a bien fluir con una trama sin palabras, plena de sensaciones.

* https://dle.rae.es/flujo

@anterrazas

Acapulco blues

Lydia tiene 51 años. Nació un 30 de junio de 1973, en Temoaya, Estado de México. Nunca había tenido la oportunidad de conocer el mar. México, con sus 11 mil kilómetros de litorales, no suele ser amable con millones de personas como para facilitarles, alguna vez en la vida, ir a visitar el mar. Esta falla de Estado ya la había detectado el propio presidente Adolfo Ruiz Cortinez a mediados del siglo pasado, por lo que ideó su plan llamado La marcha al mar, que consistía en “desarrollar la pesca y las instalaciones portuarias” al máximo, llevando a las orillas de la tierra firme en la nación un impulso económico, turístico y poblacional de gran importancia. Esta misma inquietud, imagino, es la esencia del controversial proyecto Tren Maya.
De La marcha al mar hablaban frecuentemente, con emoción, dos economistas entrañables para esta columna, por lo que este vasto cuerpo de agua ha sido considerado una posible salvación de hambrunas, una deseable solución para mejorar la calidad de vida de nosotras todas las personas mexicanas.
Lydia, con su poco más de medio siglo de vida, cuando vio a media mañana, por primera vez, este azul de mar profundo Acapulco, pensó y dijo: “Qué bonito, parece que no se acaba”. Para la tarde, con los rubores celestes del atardecer, agregó: “¿Cómo puede alguien no creer en Dios al ver esto?”.
Muchísimas personas creemos devotamente en Acapulco; nos sabe a vacación, a primera ilusión de infancia. Hoy, los acapulqueños que viven del turismo –como es el caso del muy atento Manuel Zamora, supervisor condominal en un inmueble casi íntegramente restaurado de Real Diamante– están felices con las vacaciones decembrinas y de año nuevo pasadas: “nos dio mucho gusto, hubo muchísima ocupación… como no había desde Otis. Nos emocionó ver que regresó la gente a caminar por la costera”.
Acapulco nunca ha sido ingenuo; ha sido habitualmente maduro y ahora es durísimo. Es espectacular territorio de turismo, es de película, de reventón, de inconmensurable belleza, de inigualables atractivos. Acapulco es tan diurno como nocturno. Igualador, da cabida a ricos y pobres. El Acapulco asolado por vientos, lluvias y mareas, sigue doliendo y es doliente en mucho. Las huellas y grietas de Otis (octubre de 2025) no se comentan, se ven, se sienten. Las inundaciones traídas por John, que golpeó sin compasión por Marquelia (a dos horas de Acapulco), dejando 40 mil casas anegadas y sumando gran cantidad de pérdidas, no ayudaron al ánimo.
Pero Acapulco no está vencido. Eso sí, le falta mucho, como este diario registra cada día, para sonreír cual plaza turística de primer nivel, en el orden internacional, que fue. Le faltan turistas, le sobra delito, lo tumba el cambio climático. Y sí, por qué no, necesita de millones de turistas dispuestos a intentar conocer el mar, el mar profundo de un azul Acapulco.
Hay que tomar en cuenta, eso sí, que, en muchos lugares de Acapulco, el penoso clasismo sigue. El contraste ardiente entre la opulencia y la carencia estallan.
Lydia, cuando supo que venía al mar, tenía trabajo. Habló con sus hijas. Una le dijo que se fuera, que claro, “que ni lo pensara”. Otra le ofreció el invaluable apoyo sororo y filial, para que pudiera liberarse de sus pendientes y vacacionar por vez primera. Esta última le dijo, “las oportunidades en la vida se dan una sola vez”.
En esa oportunidad, Lydia ha sentido la arena debajo de sus pies, “es suave, no es lodo ni tierra”. Ha dejado que el oleaje le sorprendiera las plantas por su temperatura, que, a pesar de la inmensidad del mar, no es tan gélida ni infinitamente fría. A Lydia la han deslumbrado las barquitas de pesca, huérfanas a medianoche, contra el fondo totalmente oscuro, detenidas por un solo foco. Le han conmovido los pescadores de la playa que se dejan cubrir totalmente por la ola y, además de que no se ahogan, cuando pasa la ola siguen ahí con sus redes. Y es que el horizonte turístico de Acapulco, a diferencia de su mar, a pesar de todo, parece que no se acaba.

Aprender a desaprender

Hay una máxima difícil de procesar: “con la edad –si no se trabajan, pulen y superan– se exacerban los defectos”. No hay duda. Nos topamos todo el tiempo con personas que conocíamos hace muchos años y que no sólo no han cambiado, sino que a nuestros ojos juzgadores han empeorado en sus flaquezas. Y, si nos atrevemos a realizar un escaneo verdaderamente crítico de nuestra persona, veremos que realmente no vamos mejorando de manera natural con el tiempo en tanto no corregimos, recolocamos y volvemos por otro camino en muchísimos sentidos. Si nos dejamos ser, nada más así, a lo largo de la vida y de los años, “como somos, tal cual somos”, el final es seguro: nuestros defectos solamente crecerán.
Parece paradójico que, toda esa experiencia y saber hacer cosas, librar obstáculos, controlar situaciones, navegar por los fondos, alcanzar satisfactores, pueda servir de poco cuando envejecemos.
Sin embargo, no sólo “no todo está perdido”, sino que, en la medida que podamos hacer una suerte de exploración y acondicionamiento de fortaleza interior, estaremos listos para concluir la existencia con una magna riqueza espiritual.
Lo más importante para transitar lo que viene resulta casi impensable: hay que aprender a desaprender. ¿Por qué? Porque la ruta de la vida no es completamente recta ni únicamente ascendente y porque, ya lo decía Heráclito, “ningún hombre pisa dos veces el mismo río, porque no es el mismo río y él no es el mismo hombre” en referencia a que todo cambia.
Todo el organismo comienza a funcionar de manera distinta; todos los órganos vitales, todos los sistemas –endócrino, respiratorio, digestivo, nervioso– y las emociones, el intelecto, la psique, van procesando la vida con otros enfoques, quizá menos sanos o tal vez solamente diferentes.
Se llega a la cúspide a cierta edad que varía dependiendo del país, la biología, el contexto cultural, los recursos para mantenernos sanos, el ritmo cotidiano y las circunstancias experimentadas y, desde luego, lo que cada cuerpo porte genéticamente y lo que haga cada persona con su vida.
Después de esa suerte de clímax, viene lo que mal se lee como un declive. Se relata así porque deja de haber ese vigor, esa novedad, esa energía y esa llamada salud. Una manera de ver la vejez o la ruta final hacia la muerte, bajo una connotación oscura, edadista, negativa, es pensar que todo se desfonda y deja de funcionar. No es que no sea cierto que tengamos que operar de manera distinta, es que con esa sola manera de enfocar la época de vida adulta mayor queda nada más que el desconsuelo, el duelo, la pérdida permanente y acompañarlo de una gran tristeza o una depresión profunda.
Las personas dedicadas a aprender a envejecer, algunas especialistas en psicología geriátrica e inclusive ciertos tanatólogos, aseguran que la cultura no nos ha ayudado a relatar de manera positiva y esperanzadora el tercer capítulo de nuestra vida.
El discurso de estas personas reconoce, en primera instancia, que las circunstancias, los contextos, la familia, los amigos, el cuerpo y las emociones sí cambian y no necesariamente operan como antes. Son realistas y admiten que se transforma la manera en la que cuerpo, mente y emociones pueden salir a la vida. Sin embargo, el énfasis de estas personas está en un tipo de lectura que incluye una suerte de recta final para mejorar, superar, acrecentar y obtener una ganancia real para llegar a una muerte siendo personas más fuertes (si no de cuerpo) de espíritu y a veces también de mente.
Librar los problemas de la vida cotidiana con otro cuerpo, otros recursos, amerita que seamos creativos y diferentes. Para remontar las dificultades de las “disminuciones” hay que hallar, ineludiblemente, caminos nuevos, hacernos de sistemas distintos, buscar ayudas o apoyos antes no necesarios; hacer lecturas, consultas y búsquedas antes no requeridas.
Hacernos viejas o viejos puede ser una manera –nadie dijo que fuese fácil– de hacernos realmente mejores personas, al fortalecer, ejercitar, hacer ganar y poner a prueba máxima aquello que nos constituye, pero que no se toca –hay quien le llama espíritu o alma– y que muchísimas personas consideran que al morir tampoco se destruye, sino que solamente se transforma.