Permiso para perder

 

La selección mexicana jugó un partido que mereció ser visto de pie y así fue como cayó.
Impulsado por un público vibrante, el Tri dominó de principio a fin. Lanzó 18 disparos a puerta por seis de Inglaterra y, sin embargo, acabó cayendo.
Dos contragolpes minaron las esperanzas mexicanas. No se trató de jugadas prodigiosas; simplemente, Inglaterra supo encontrar a la defensa descolocada y anotó dos goles que parecieron de entrenamiento. Lo mejor de México había sido el cuadro bajo, pero Inglaterra lo sometió a un baño de realidad.
El Tri disputó con enjundia en cada palmo de terreno. Lira fue espléndido en la recuperación de balones y de nuevo Quiñones y Jiménez mostraron su jerarquía de goleadores. Sin embargo, se necesitaba algo más. Cuando Inglaterra se quedó con diez hombres, el empate pareció posible, pero sobrevino un dominio estéril. Mora y Quiñones salieron del campo, tal vez por desgaste físico. Lo cierto es que se trata de los únicos que intentan jugadas de pared. Sin ellos en el equipo, todo fue mandar centros inútiles a un área dominada por muy altos súbditos de la corona.
La gran paradoja es que Rangel, nuestro portero, tuvo una noche bastante tranquila. Casi no fue exigido, pero recibió tres goles. Inglaterra supo dosificar su pólvora.
¿Qué queda de esta aventura? En noviembre de 2025, Javier Aguirre recibió un regalo que cambiaría el estado de ánimo de un país. El Loco Bielsa le dio The Culture Code, de Daniel Coyle. El entrenador argentino pasará a la historia como un notable motivador de otros entrenadores. Hace casi veinte años preparó en Rosario un asado para Guardiola y le habló durante once horas de lo que significa ser técnico. Retirado como futbolista, Pep encontró en ese torrente verbal el mapa de sus futuras conquistas como estratega.
Aguirre dijo alguna vez que, cuando se retirara del futbol, abriría una librería. Ha pospuesto ese momento, pero no deja de leer. Bielsa lo sabe y le dio un libro ideal para alguien que se atreve a valorar sus errores.
Coyle analiza el éxito de dinámicas grupales muy diversas: el equipo de basquetbol San Antonio Spurs, los guionistas y animadores de Pixar, las tropas de asalto de los Navy Seals e incluso una banda de ladrones de joyas. La fuerza de esos grupos depende de no ocultar sus debilidades. El líder no opera como alguien superior; admite con humildad sus dudas para que los demás aporten soluciones y reconforta a los que fallan.
Los códigos propuestos por Coyle ayudan a equipos que deben aprender de sus carencias. El Tri se prestaba para eso y de manera intuitiva Aguirre buscaba el modo de ponerlo en práctica.
Cuentan que, antes de un partido contra el Real Madrid, el Cholo Simeone dijo a sus jugadores: “Lo primero que debemos saber es que ellos son mejores. Por eso vamos a ganarles”. La frase parece contradictoria, pero remite al viejo lema de sacar fuerza de flaqueza.
Fue lo que México logró en sus primeros partidos. La selección inglesa, que vale en el mercado siete veces más que la nuestra, era un reto de otro tipo.
Con todo, también ellos debían superar dificultades, comenzando por nuestros patrióticos 2 mil 200 metros de altura, y por los descalabros que han sufrido en estas tierras. Nadie olvida el partido de hace cuarenta años, cuando fueron ultimados por Maradona en el Azteca. El portero Pickford tenía su propio handicap: Raúl Jiménez le había anotado 12 goles en la liga inglesa; además, cuando defendía la portería de la selección Sub-20, vino a México para que el portero de Canadá le metiera un gol casi desde su propia meta.
El partido fue un delirio económico. El Mundial ha tenido un vertiginoso proceso inflacionario. La reventa de boletos para el Azteca alcanzaba precios de 90 mil a 200 mil pesos; algunas personas pagaron 20 mil pesos para trabajar de repartidores de cervezas, una compañía de helicópteros ofrecía viajes por 71 mil 500 pesos para llegar a Santa Úrsula.
El esfuerzo atlético por alcanzar al quinto partido era superado por el de entrar al estadio. Nunca el futbol se sometió a una estratificación similar. Estamos ante una nueva variable social: la “economía del acceso”. La franja más obvia son los millonarios, que eran esperados por guaruras en las inmediaciones del estadio. A uno de ellos le oí decir: “Me conviene que gane México porque mis patrones se van al siguiente partido a Estados Unidos y yo descanso”.
Un complejo sistema de intercambios permitió llenar las gradas con influencers, amigos de amigos, plutócratas vestidos como colados, oficinistas favorecidos por una rifa, herederos de la platea que la abuela compró por despiste en 1966.
El uniforme reglamentario de la masa era el verde, pero la Dance Cam individualizaba a la gente. El lema de esa cámara es el opuesto al de la fotografía: sólo el que se mueve sale en la imagen. La gente se contorsiona para que las pantallas gigantes del estadio le concedan celebridad exprés.
La esperanza, la decepción, la ilusión recobrada y la angustia terminal alteraron el ritmo cardiaco de millones de espectadores.
Durante el Mundial, la criminalidad había bajado en México el 33 por ciento. Cuesta trabajo aceptar que volveremos a la realidad.
La eliminación obliga a revisar los problemas estructurales de nuestro futbol. La liga MX tiene demasiados extranjeros, los torneos cortos impiden los planes a largo plazo, la eliminación del descenso frena la competitividad. Pero eso da dinero: mediocre en lo deportivo, el futbol mexicano es el más comercial del continente.
Con el material de que dispuso, Javier Aguirre hizo un magnífico trabajo. Durante cuatro partidos nos autorizó a soñar y hasta el final dio una batalla sin cuartel. Sus logros no desaparecen con la derrota. La selección que nos representó ganó el derecho a muchas cosas; entre otras, a perder como lo hizo. (Agencia Reforma / Ciudad de México).

Beristain: falta voluntad política para investigar las irregularidades de la PGR en el caso Ayotzinapa

El integrante del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), Carlos Martín Beristain, lamentó la “falta de voluntad política” para atender las investigaciones internas de la PGR sobre las irregularidades cometidas por Tomás Zerón de Lucio, ex director de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) y otros funcionarios, en las indagatoria sobre la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Dijo que a la fecha, no se han atendido 60 por ciento de las recomendaciones que dejaron los expertos para esclarecer el caso.
Al señalar que las resoluciones de las investigaciones sobre la actuación de los funcionarios y sobre la averiguación previa son coincidentes con algunas de las observaciones del GIEI, Beristain consideró que “es importante es que se tomen decisiones con base en ese informe que muestra esas irregularidades, falencias y problemas en la investigación, y eso contribuiría a generar esos puentes de confianza también con los familiares”.
Entrevistado al término de la presentación de su libro El tiempo de Ayotzinapa (Ediciones Akal en su colección Foca, 2017), el experto español insistió en la urgencia en reconstruir el diálogo entre los familiares de los jóvenes desaparecidos y la PGR, roto a partir de la negativa de la dependencia a sancionar a los funcionarios que incurrieron en graves irregularidades.
Tras señalar que “sin un diálogo y confianza con las víctimas no va a haber investigación adecuada”, Beristain lamentó que al “ejercicio honesto” de la Visitaduría General de la PGR de evidenciar las fallas, “no haya pasos consecuentes, eso muestra falta de voluntad sobre la respuesta a esas cuestiones, no se puede actuar como si eso (la investigación interna) no existiera”.
Beristain, uno de los cinco expertos independientes seleccionados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para dar apoyo técnico a México, puntualizó que será el Mecanismo de Seguimiento para el caso Ayotzinapa el que determinará el avance de las líneas de investigación que plasmó el GIEI en sus dos informes.
Durante la presentación de El tiempo de Ayotzinapa, Beristain expuso que se trata de un “un mosaico de historias” sobre el camino recorrido por los cinco integrantes del GIEI en busca de contribuir al esclarecimiento del caso.
Beristain, quien para la redacción de su texto regresó a sitios donde se desarrollaron algunas de las experiencias narradas, sostuvo que su libro aborda también “cómo se cerró un camino en un momento, cómo se trató de desviar la investigación, y esas no fueron dificultades propias de una investigación, que las hay en todas las investigaciones, sino que estaban motivadas por el miedo a la verdad”.
Ante algunos de los padres de los jóvenes desaparecidos, el médico español reconoció que como en otros países en los que ha colaborado en la atención de víctimas de graves violaciones a derechos humanos, han sido las familias de los normalistas quienes “empujan” para llegar a la verdad.
Beristain retomó la frase que los padres y madres de los estudiantes han repetido infinidad de veces para tratar de sensibilizar a funcionarios de la PGR para que atiendan el caso, “póngase en mi lugar”, lo que para él significa tener empatía con las víctimas, condición indispensable para avanzar.
“Esa empatía es la energía transformadora, sin ella no hay transformación, no hay política frente a la problemática de los desaparecidos y no hay solución para ese círculo de violencia-impunidad-corrupción que desgraciadamente atenaza la experiencia de este país, México”, sostuvo.
El experto en la atención psicosocial a las víctimas estimó que su texto podría contribuir no sólo a la lucha de los familiares de los 43, sino también los de otros desaparecidos, para “que puedan verse identificados (…) o que les pueda representar al menos un espejo de dignidad”.
Carlos Martín Beristain informó que en el segundo periodo que participó como coadyuvante del caso de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, se encontraron obstáculos motivados “por el miedo a la verdad”.
Ante algunos de los padres de los jóvenes desaparecidos, el médico español aseguró que la verdad siempre emerge si se le empuja “y son los familiares quienes la empujan, esa verdad tendrá más impacto del que pensamos”.
La presentación se trasmitió en Internet desde el museo de la Memoria y Tolerancia en la Ciudad de México. Allí el doctor en sicología, veterano investigador de violaciones a los derechos humanos, dedicó la publicación a los 43 normalistas y a las familias de los miles de desaparecidos en el país, 26 mil 274 hasta octubre de 2016, según el dato que aportó la politóloga Denise Dresser en su intervención.
También se refirió a los jóvenes del equipo de fútbol Los Avispones. Precisó que “esta historia no es la de El Chuky, La Rana, ni de Abarca”, algunos de los inculpados en quienes la Procuraduría General de la República (PGR) sustentó su principal versión de los hechos, que dice que los jóvenes fueron incinerados en un basurero en Cocula, pero fue descartada científicamente por el GIEI y otros investigadores independientes.
Afirmó que el libro es de los familiares, de Los Avispones, de los normalistas, con quienes tuvo empatía desde la primera visita a Guerrero cuando los cinco extranjeros del grupo llegaron al país.
Mencionó que en la escuela Normal Rural de Ayotzinapa los padres les pidieron “no se vendan”, y con el paso del tiempo entendió que había varias formas de neutralizar su labor, y cobró sentido la petición de los familiares.
Escribir este libro de vivencias fue otra forma de procesar una historia insólita, dura, que no se podía contar a través de los informes que redactaron, particularmente en su segundo de mandato cuando se trató de desviar la investigación, reveló.
Recordó que a pesar de que no lograron desentrañar dónde están los 43 estudiantes desaparecidos, en la presentación del informe final en Ayotzinapa los padres de familia estaban sonrientes, agradecidos, y uno ellos explicó, “estamos más sonrientes porque se nos ha quitado el peso de la mentira”.
“No sé cuánto pesa la mentira, pero sé que la verdad es sanadora y sé que viene otra comisión a tratar de esclarecer el hecho”, expuso.
Martín Beristain cuestionó el traslado de funcionarios como Tomás Zerón de Lucio a otra institución de gobierno, la negación de que se trataba de un caso de desaparición forzada, peritajes de ínfima calidad, “que describe cómo el gobierno ignora una y otra vez la hipótesis del quinto autobús y la multimillonaria industria de la heroína en la región”.
Dijo que esas actuaciones contadas en el libro, evidencian que en la PGR nadie quiere tomar como línea de investigación el negocio de la droga, el negocio del crimen, y la sociedad sigue esperando una versión creíble “tan ausente como los 43”.
La única respuesta que explique lo anterior, dijo, “es una estrategia de comprar tiempo, para que se olvide por el gasolinazo, por Trump o con la siguiente elección”.
Denunció que Ayotzinapa revela un patrón que ya ocurrió y sigue ocurriendo, “perverso de desapariciones forzadas que nadie investiga, autoridades que no proveen justicia ni reparación del daño”.
Citó, “curiosa la forma en que representantes institucionales le dicen a la gente cómo debe afrontar su pérdida, mientras no le dice lo que necesita: la verdad”.
Recordó que al retirarse de la investigación, los miembros del GIEI dijeron que ojalá pudieran ser una clase de vacuna para que Ayotzinapa no se repitiera en México, que la PGR no siguiera fabricando culpables, para que hubiera una ley de desaparición forzada, sin embargo, “parece que se fueron pidiendo lo imposible, que el Estado se reforme asimismo cuando le ha convenido no hacerlo”.
A la fecha, aseguró que no se han atendido 60 por ciento de las recomendaciones que dejaron los expertos para esclarecer el caso.
En la presentación participaron el periodista Luis Hernández Navarro, responsable de la sección editorial del diario La Jornada, la politóloga y colaboradora de Proceso, Denise Dresser, y el escritor Juan Villoro.