Luis Daniel Nava
Puerto del Bálsamo, Coyuca de Catalán
Productores de mezcal enclavados en el filo de la sierra madre del sur entre las regiones Tierra Caliente y Costa Grande resisten al pago barato de su producto, a un acceso en pésimas condiciones y a la inseguridad.
En el horno para destilar mezcal dos jóvenes meten leña del árbol encino amarillo, a unos metros dos niños lazan y arrean su ganado y adentro de la “vinata” bajo la sombra de una lámina tres hombres tasajean sobre una mesa de madera carne de puerco para la comida.
Son las 12 del día en la fábrica de mezcal de la localidad Puerto del Bálsamo. La temperatura es de unos 30 grados, pero el bosque de la zona hace el calor soportable.
Para llegar se recorrieron 110 kilómetros por la carretera federal Coyuca de Catalán-Zihuatanejo. Los pobladores dicen que la vía está desamparada, llena de baches y de parches con cemento; recorre cañadas, pueblos que parecen fantasmas y bordea el río del oro.
También se observan dos puntos donde camiones son cargados con maderas preciosas producto de la tala indiscriminada.
Sobre la vieja carretera aún continúa la promesa de rehabilitación desde Toluca por parte del gobierno de Claudia Sheinbaum que no se ve por ningún lado. En diciembre de 2025 sólo fueron restituidos dos tramos de 3 kilómetros al iniciar la vía en Coyuca de Catalán.
En torno a la larga carretera se cuentan crímenes de alto impacto como el del político y periodista Carlos Loret de Mola, papá del comunicador del mismo nombre, que fue hallado sin vida al fondo de un barranco en febrero de 1986. Su familia ha sostenido que fue interceptado en un retén de hombres armados en la comunidad El Cundancito y luego privado de su vida.
O el asesinato a balazos de un matrimonio originario de Toluca, Estado de México, que viajaba por esa carretera para pasar su luna de miel en el puerto de Zihuatanejo.
Pese a la adversidad del acceso, Puerto el Bálsamo y las comunidades a su alrededor no desisten en producir mezcal de calidad. Desde los años 80 han forjado el prestigio de elaborar un producto artesanal de calidad.
La zona donde se ubican al menos ocho fábricas están en un clima más que óptimo a más de mil 200 metros sobre el nivel del mar.
Hay calor, bosque, manantiales de agua y el maguey cupreata silvestre se reproduce de manera natural en las laderas de los cerros y caminos.
En la fábrica hay seis trabajadores que revisan las distintas etapas por las que pasa la bebida. Lo hacen como si fuera un ritual.
Unos están al tanto del horno de piedra subterráneo donde se cuecen las cabezas o piñas de maguey.
Otros revisan las enormes talegas hechas de cuero de res donde las pencas de maguey cocidas se fermentan durante 5 o 7 días.
También echan agua limpia sobre el horno y colocan un nuevo alambique de cobre.
Una hora después: un adolescente anuncia: “ya está saliendo”. El mezcal cae por un chorro constante pequeño a un garrafón.
El joven maestro mezcalero verifica con un alcoholímetro de carrizo los grados y el sabor.
Durante la temporada al menos dos hombres tienen que hacer guardia en la fábrica día y noche.
El proceso que siguen en la fábrica es completamente artesanal como lo hacían sus ancestros, salvo el uso de una trituradora que redujo el tiempo y la fuerza humana usada en la molienda del agave cocido.
Piden ayuda a Evelyn y a Sheinbaum
El maestro mezcalero Agustín Coria Granados. Un hombre alto, un poco encorvado, de tez blanca y bigote ralo negro, lleva más de 50 años en el oficio. Inició haciendo labores básicas porque su extinto padre Jesús Coria Sánchez inició la estirpe mezcalera.
Hilario Villanueva Gaona, de 65 años, también es productor. Su fábrica Arroyo Verde, está a una hora y media en automóvil por un camino a lo alto del bosque más otros 20 minutos a pie. Hilario ya tiene nietos de 18 años que ayudan desde el labrado del maguey.
Cada quien, Agustín e Hilario, producen en la temporada de marzo a mayo alrededor de 3 mil litros de mezcal.
En la zona hay ocho “vinatas” que se mantienen activas. Son pequeñas empresas que cada una da empleo a unas 15 personas de las que dependen sus familias.
La inversión, estiman, es de unos 20 mil pesos para sacar 300 litros de mezcal.
Aún recuerdan que en la década de los 80 y 90 clientes de la Tierra Caliente y de otros estados acudían y hasta esperaban por días en burros para esperar el mezcal y llevarlo.
Sin embargo, el deterioro de la carretera y la inseguridad bajaron la demanda, producción y precios.
“No pues ya se nos descompuso todo por las carreteras y ya esas gentes ya agarraron nuestro negocio de otra forma”.
“Venían a llevar con diez burros en garrafas, desde allá de Tierra Caliente, llegaban aquí hasta la vinata. Y si no tenía mezcal aguantaban hasta ocho o diez días aquí parados hasta que había mezcal”.
Los productores le pidieron al gobierno municipal de Coyuca de Catalán, a la gobernadora Evelyn Salgado y a la presidenta Claudia Sheinbaum capacitación, inversión a sus fábricas, impulsarlos en la certificación de sus fábricas y mejores precios sin intermediarios.
“Que entremos al mercado, que se busque apoyo para etiquetarlo y que se vaya a donde nos paguen mejor precio.
“Se le mete mucho a los trapiches y el precio está bajito, uno anda vendiendo nomás para ir a comiendo”.
“Luego ya no lo podemos vender, nos preocupa que a veces andamos hasta vendiendo algún animal para pagarle a los peones que trabajan por necesidad”.



