El dicho de que febrero es loco y marzo otro poco se escucha mucho en el campo porque en esos dos meses del primer trimestre del año suele llover, aunque las cabañuelas hayan quedado lejos y el temporal de lluvias tarde en llegar, lo cual resulta una bendición en esta temporada que inician los incendios porque es una aliada eficaz de las brigadas que previenen y combaten su acción destructiva de la capa vegetal que oxigena el ambiente y mantienen el clima benigno para la vida, pero para quienes siembran cultivos de regadío se ven afectados porque esas lluvias fuera del temporal, también llamadas atípicas, suelen traer consigo una serie de plagas a veces imposible de combatir.
Marzo es el mes en que inician las humaredas por los incendios en que derivan las quemas como método socorrido parade limpiar el suelo para el establecimiento de cultivos, a veces no muy santos, y hasta para habilitar el espacio para nuevos asentamientos humanos en las zonas urbanas porque, considerados como fenómenos naturales, los incendios suele romper restricciones legales para la construcción de unidades habitacionales o fraccionamientos, como está sucediendo en Zihuatanejo, donde cada pedazo de tierra es codiciado por los mal llamados desarrolladores, quienes no tienen ningún miramiento para afectar incluso zonas de reserva ecológica o vulnerables por la amenaza de derrumbes e inundaciones.
Pero marzo es también el mes del llamado equinoccio de primavera, fenómeno que marca el inicio de la estación del año que dura 92 días, largos y cálidos que le siguen al invierno y cuyo contenido cultural se asocia al cambio porque el campo florea y su atuendo se renueva.
Salgo de la Costa Grande dejando el mar de fondo que provoca grandes oleajes a lo largo de los 500 kilómetros de litoral, deteniendo la pesca e incomodando a los turistas, y en el camino disfruto del espectáculo que en medio de la sequía nos ofrecen los árboles de bocote vueltos a florear después de su temporada de Todos Santos, pintando de blanco algunos puntos del cenizo esplendor de la selva caducifolia que lucen los cerros. Los árboles que en esta temporada reconocen su tiempo para florear son los primaveros o guayacanes con el amarillo chillante de sus ramos que cada vez adornan las calles y los jardines de las ciudades, sin desterrarse del campo, que es de donde proceden, diferentes a las citadinas jacarandas con sus flores tubulares que van del color lila al morado, pasando por el violeta, agrupadas en racimos funiculares que lucen en muchas ciudades procedentes de Sudamérica gracias a la reproducción masiva de su semilla traída de la región guaraní por el japones Matsumoto. Pero también están los colorines que he visto tan altos como las parotas, estos árboles originarios de nuestro país con sus exóticas flores rojas en forma de espigas que son parte de la cocina mexicana, y los robles que cada vez pueblan más las avenidas de las ciudades con sus flores de que van del tenue color rosa pálido al encendido, y que se conocen como guayacán rosado, todo lo cual debería formar parte de las clases de botánica en las escuelas, de modo que en los paseos la gente se distrajera tratando de localizar esa parte de la riqueza natural que la estación de primavera reproduce.
Marzo es también el mes que refuerza los cambios que vive el país en lo económico y social desde el año 2018 cuando triunfó la revolución pacífica y que se manifiesta como escasez de mano de obra en el campo y la ciudad donde la queja es recurrente culpando a la política del presidente Andrés Manuel López Obrador por la conducta que ahora asumen los trabajadores, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, que antes se peleaban por obtener el empleo peor pagado ante la necesidad de ganar dinero para mal comer.
Ahora en cambio parecen invertidos los términos porque los que han tenido solo su mano de obra como medio para su sustento parecen despreocupados y sin urgencia de emplearse por el salario miserable que les ofrecen, lo cual expresa la deprimente situación en la que antes vivían cuando padecíamos un gobierno que ni siquiera volteaba a verlos.
Esa es la parte del cambio notable que cualquiera puede ver aunque la explicación sea tan diversa pero siempre dominada por el razonamiento de la clase dominante que lleva a muchos a pensar que es negativo el resultado de esa política que se resume en el lema de Primero los pobres, porque sostienen que el apoyo que el gobierno entrega a millones de mexicanos los ha vuelto holgazanes y haraganes que prefieren disfrutar del ocio mejor que del trabajo y porque esa pereza que los hace carentes del deseo de progresar no nos conviene. Sin embargo es tiempo de salir a la defensa de quienes reciben los apoyos y de su conducta aclarando que si hay escasez de mano de obra esto se debe a que los sueldos no son atractivos. A la gente que requiere de los servicios de un trabajador le parece un disparate pagar 400 pesos diarios porque ha estado acostumbrada a explotar a los trabajadores pagándoles un salario miserable que antes aceptaban porque no tenían otra alternativa que aceptar cualquier paga para sobrevivir, porque durante los largos años de gobiernos neoliberales del PRI y del PAN favorecieron a los patrones con la mentira de que el aumento en el salario era la causa de la inflación que repercutía peor en los pobres, hasta que la 4T terminó con la mentira demostrando que no había mejor camino para ampliar el mercado interno que el aumento en el consumo de los trabajadores pagados mejor.
Durante aquellos gobiernos que solo servían a los patrones los trabajadores carecían de medios para negociar mejores condiciones de trabajo y de salario con el patrón y el mínimo siempre se negociaba a la baja, por eso la pérdida del poder adquisitivo del salario nos ubicaba como país en el más desigual del mundo.
Sin embargo fue el gobierno de Andrés Manuel López Obrador el que por fin le hizo justicia a los trabajadores aumentando el salario mínimo el 154 por ciento del año 2018 al 2026.
Si ahora los trabajadores no se pelean por los empleos que se ofrecen es porque tienen la ventaja del apoyo que reciben como obligación constitucional del gobierno.
Y es que las necesidades de los trabajadores son tan básicas que las resuelven con el apoyo de los programas del gobierno, lo cual da una idea de la enorme pobreza en la que vivían con los salarios de hambre que pagaban los patrones.
Eso es lo que efectivamente ha cambiado en México que los jodidos de siempre ahora se conducen con dignidad, aunque digan de ellos que son flojos y no quieren trabajar.
Por eso digo que México vive la primavera más larga que hallamos conocido, y que está presente en el campo y la ciudad donde cualquiera la puede ver con solo voltear la mirada hacia su entorno, anunciándose en cartulinas con letras siempre urgidas en los puestos de mercado, las farmacias y tiendas de la esquina, en las tortillerías y en las oficinas, también en las lavanderías, en fin, en todas partes.
Por eso cuando yo escucho la queja de los empleadores me alegro porque a la larga no tendrán otra alternativa que ofrecer mejores salarios para allegarse de la mano de obra que reclaman. Lo mejor y más honroso que pueden hacer los explotados de antes es dedicarse al ocio para compensar toda la vida de explotados y hambrientos, y si son capaces de vivir solo con el apoyo del gobierno que les asegura comida y salud es la mejor forma de ser felices. No importa que les digan mantenidos del gobierno. Eso y no otro es lo que podemos llamar la felicidad de trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
