La bondad de los océanos

Por más esfuerzo de memoria que hago, no recuerdo si de niño tenía curiosidad de conocer el mar, ni fui de los alumnos que cuando llegaba un maestro nuevo a la escuela lo acosaban con la pregunta,
–Y de dónde viene usted maestro, ¿está cerca el mar?
Pero mi descubrimiento del mar fue en una edad temprana, aunque viajé a su encuentro, sin saberlo, de la mano de mi madre a la edad de siete años.
De mi pueblo lo más próximo al mar es el puerto de Acapulco, y ese que fue el primer viaje de mi vida, obedeció a circunstancias familiares que mi madre resolvió llevándonos con ella en ese que fue también su primer viaje fuera del pueblo.
Después de muchos años he concluido que mi poco interés de conocer el mar obedece a mi amplia familiaridad con el agua cuya abundancia siempre me acompañó en mi niñez porque mi pueblo está a la orilla y en la confluencia de dos ríos y muy cercano al nacimiento del tercero, de manera que bañarse, echar clavados y aprender a nadar fue algo muy natural para todos los de mi generación que nacimos en la cabecera municipal de Quechultenango.
No faltaba un día sin que nos divirtiéramos en el agua como si fuera el recreo. Mi madre nos sacaba casi a fuerzas del río con la advertencia de que nos saldrían escamas y una cola de pescado de tanto bañar.
Incluso, antes de viajar al puerto ya conocía yo las aventuras de Simbad el marino y de las ballenas que eran unos peces gigantes capaces de tragarse a un ser humano y mantenerlo entero en sus entrañas. Aunque pueda parecer extraño, mi padre era asiduo lector de Las mil y una noches, nos contaba muchas historias de aventuras marinas, pero aun así el mar de Acapulco me sorprendió por el imponente poder de sus olas y me arrobó su olor perfumado y salobre y a veces “choquioso”, con su feroz bramido que en las primeras noches nos mantuvo en vela creyendo que se acercaba a nuestra cama para sacarnos en vilo y llevarnos.
Después me resultó divertido jugar y revolcarme en la arena, aprender a lidiar con la fuerza de las olas dejándolas pasar sobre la cabeza y aprovechando su impulso para llevarnos ilesos a la playa después de probar buches de agua salada que también entraba por los oídos y la nariz irritándonos la vista.
Conocí el mar en Acapulco. Mi madre nos llevó a vivir con una hermana suya que tenía una cabaña de bajareque precisamente en la playa de la Base Naval de Icacos, donde ahora se levantan los grandes hoteles de lujo.
Para nosotros, más que un privilegio de vivir en esa zona, fue un choque con nuestra cultura rural, tierra adentro, y pronto nos tuvimos que acostumbrar a la vida costeña de usar ropa ligera para sobreponernos al calor, esperando la tarde o aprovechando la mañana para explorar la larga playa de arena blanca que estaba a nuestra disposición.
Al mar íbamos siempre acompañados de mi padre que ya sabía lidiar con las olas y asustaba a mi madre porque de bromista se sumergía y tardaba bajo el agua hasta que una vez pensando en que podía estarse ahogando lo sacó a flote jalándolo de los cabellos, en una acción que todos festejamos.
En esa playa y en ese mar aprendimos los secretos básicos de las mareas, las aguas malas y el antídoto cuando pican, los tumbos y las grandes olas que ahora llaman “mar de fondo”, y mis hermanos y yo conocimos el eficaz método de aprender a nadar que mi padre nos impuso y que consistía en que nos perseguía en la arena, nos cargaba en sus brazos, se metía al agua con nosotros para luego lanzarnos lo más lejos que podía para que con la ayuda de nuestro instinto nadáramos hacia la playa. Nada más eficaz que eso para aprender a nadar rápido, aunque mis hijos hoy me lo reclamen por lo salvaje del método y mis nietas me demuestren que hay otros más sofisticados para aprender.
Recuerdo que fue durante el cuarto año de primaria cuando ilustrando los mapa mundi conocí la dimensión de los océanos respecto a la tierra para participar en la exposición de fin de cursos que se organizaba cada año en la escuela. Había concursos de ilustración y conocíamos “El cuerno de la abundancia” como se decía entonces de nuestro país, porque su figura en el mapa era parecida a esa prolongación dura de la cabeza muy propia de las reses, y porque también desde entonces se tenía la certeza de que los mexicanos éramos ricos y vivíamos en la abundancia. El cuerno cuya punta terminaba o empezaba como una canasta rebosante de productos diversos expresaba su enorme riqueza, cercada, así lo veía yo entonces, por dos grandes océanos que azules parecían ahogar esa pequeña tira de tierra que era nuestro delgado país.
Ahora que mi visión del mundo y de la vida ha cambiado sé que esos océanos que nos rodean significan una extensión, más que una frontera de México con el mundo, y he aprendido que la principal diferencia entre un mar y un océano es su extensión. Los océanos son los que abarcan más allá de un continente, y nosotros somos bendecidos hasta en eso porque México está entre dos grandes océanos que en realidad lo comunican con el resto del mundo, un recurso que apenas ahora se está aprovechando con proyectos como el tren interoceánico que será el moderno canal de Panamá para llevar y traer carga del oceáno Pacífico al Atlántico, y viceversa.
Lo que no sabía y significó un gran descubrimiento para mí es la manera como los océanos tienen impacto también en el clima del mundo y son los responsables de repartirlo porque es en ellos donde se genera el fenómeno de la evaporación del agua que como gas se eleva a la atmósfera para formar las nubes que el viento lleva y trae regando la tierra.
Y esta es una pequeña parte de la importancia que tienen los océanos, además de haber originado en su seno la vida como la conocemos, por eso y porque esa vastedad de agua recibe todos los desechos que se generan en la tierra a través de sus venas que son los ríos cuyos escurrimientos desembocan en el mar.
En los tiempos de mi niñez, cuando la lluvia provocaba una creciente del río era un espectáculo para el pueblo y a cual más se acercaba a la orilla para ver la impetuosidad de la corriente que con su fuerza arrastraba árboles y animales ahogados o ahogándose. Otros aprovechaban las primeras crecientes de la temporada para hacer la pesca de su vida aprovechando que por el agua sucia los peces buscaban la orilla y así era fácil sacarlos a tierra y pescarlos usando el pie como una pala que lanzaba el agua a lo seco con una patada y con esos pescados la gente hacía tamales en hojas de mazorca que eran una delicia.
Pero no hace muchos años el espectáculo del río crecido dejó de ser motivo de regocijo y entretenimiento porque con la construcción del drenaje sanitario en los pueblos ubicados río arriba sin su respectiva planta de tratamiento, su lecho se ha convertido en drenaje a cielo abierto que desde la capital del estado, Chilpancingo, la creciente arrastra todos los desechos orgánicos que le dan al agua un color negruzco y pestilente que inunda con su fetidez los pueblos por los que pasa, alejando a la gente de ese nuevo espectáculo pestilente. Esos residuos contaminantes van a parar al mar y no debo abundar más sobre el impacto que tiene su contenido en el alimento de las especies marinas que todos comemos.
Claro que la contaminación que los seres humanos generamos en nuestra vida diaria y nuestro consumo no se compara con la que producen las grandes empresas petroleras, gaseras, mineras, alimenticias, agroquímicas, etc. Pero como nuestro pensamiento ha sido guiado por las propias empresas trasnacionales, nos distraen a través de los medios de comunicación haciéndonos creer que somos nosotros los principales causantes del enorme desastre de contaminación que provoca tantas enfermedades en el mundo, y así encubren su responsabilidad mientras nosotros vamos por la vida cargando con esa culpa, convencidos de que el mundo se salvará cuando cada uno de nosotros deje de usar popotes y bolsas y envases plásticos mientras las grandes empresas pesqueras se roban los pescados y mariscos con sus extensas redes de arrastre.

 

Semana Santa

Viajamos del altiplano a la costa durante los días santos envueltos en la humareda de los incendios forestales que inundan el valle de Cuernavaca y mantienen cerrada la subida al cerro del Tepozteco, uno de los mayores atractivos del pueblo de Tepoztlán, pero aunque estamos en Semana Santa, para el día martes ya es poco el tráfico de los capitalinos que viajan por la Autopista del Sol a la playa más próxima que sigue siendo Acapulco.
El único desconsuelo para los vacacionistas es que las casetas han suspendido la gratuidad del peaje que se mantuvo por meses y ahora, muy en las vacaciones han vuelto a cobrar con un precio elevado como para recuperar pronto lo que dejaron de ingresar durante la reconstrucción del puerto.
Los contratiempos del camino que vemos en la Autopista del Sol son los de siempre: algunos vehículos averiados, parados en la zona de acotamiento, esperando el auxilio que no llega.
El colorido en estos desperfectos vehiculares que a veces terminan pronto con el entusiasmo de los vacacionistas, queda a cargo de los avisos improvisados pero llamativos que ponen los afectados para evitar colisiones. A falta de una franela roja que es la señal universalmente conocida, una familia usó su equipaje poniendo en fila sus nuevas, relucientes y llamativas petacas multicolores en espera de Los Ángeles Verdes.
El patrullaje del Ejército y la Guardia Nacional se mira constante y eso ayuda a la tranquilidad de quienes viajan, permitiendo disfrutar del paisaje que, aunque seco, cenizo y ahumado, resulta siempre atractivo, gracias a la bondadosa naturaleza que siempre sorprende, porque aun con todas las calamidades y peores condiciones de sequía, puede hacer brotar entre los montes la floreada fronda de los robles, con sus acampanadas y menudas flores de tenue color púrpura o rosado, y los primaveros con su intenso amarillo chillante.
Las parotas o juanacastles y las ceibas son, entre tantos árboles, el mayor atractivo, porque apenas terminando de madurar sus frutos que al caerse tapizan el suelo, renuevan con rapidez sus hojas caídas que se convierten en un oasis de sombra, que contrasta con el estrés que sufren la mayoría de las plantas que por el calor y la sequía se encierran en su corteza esperando impacientes las gotas de la lluvia que ya las cigarras piden a coro todas las mañanas y tardes de estos días.
De tramo en tramo el paisaje cambia, de lo reseco y requemado por el fuego y el sol, al doméstico verde de los cañaverales del valle de Morelos.
Más adelante se encuentra un paisaje de palmas silvestres que parecen sembradas a propósito para vestir de verde las faldas de los cerros sobrevivientes de los incendios en la vecindad con el territorio de Huitzuco, muy cerca de Paso Morelos donde se encuentra la siguiente caseta de peaje.
Por fortuna ya son pocos los tramos carreteros donde se trabaja para evitar los derrumbes y eso facilita y hace más descansado el viaje. Solo conté un lugar donde se reducen los carriles por esas obras y porque veo trabajando bajo el candente sol a los peones, lo que me lleva a pensar en que alguien debe dar la orden a los contratistas y capataces para que los provean de suficiente agua, fraccionando la jornada laboral para evitar los golpes de calor que son una realidad, aunque muchos lo tomen a chanza.
Después vienen los cuatro puentes colgantes en territorio guerrerense, tensos e intactos que me siguen asombrando por su belleza, sobre todo el que cruza el río Mezcala, que permite admirar el pequeño pueblo de ese nombre, fundado en uno de los recodos del río.
Ya en territorio guerrerense que no hemos dejado atrás es el humo que nos envuelve y que en vez de aminorar se torna más denso, confirmando lo que dicen las notas periodísticas de que el estado ocupa ya el segundo lugar en incendios, y por eso pienso en mi amigo Carlos Toledo recién nombrado delegado de la Conafor que tiene el reto de acometer tantos frentes de fuego con tan pocos recursos.
Así llegamos a la capital del estado donde seguimos respirando el humo de los incendios cuyo olor a madera quemada nos despierta en la noche y mientras conciliamos el sueño pensamos en el riesgo que corren las brigadas de apaga fuegos, recordando con pesar el deceso del brigadista muerto en el territorio de Ahuacuotzingo.
Jueves y Viernes Santo estamos en Chilpancingo y cuando por necesidad tenemos que salir a la calle, antes de que el viento de la montaña traiga un poco de frescura, nos entretenemos haciendo recuento de los escasos y descuidados parques de la ciudad que podrían ser un lugar para la distracción de los habitantes que pasan estos días de vacaciones escolares encerrados en sus casas por el calor. Empezamos con el parque de la Alameda que con todo y lo caro que resultó es un refugio decente para los vecinos, así como la unidad deportiva de la UAGro que bien podría integrarse con el Zoochilpo para convertir esa área céntrica de la ciudad en una zona arbolada y sombrosa, cancelando el anacrónico y peor atendido lugar donde los animales sufren cautivos.
Un parque así podría ser mejor aprovechado y con menos gasto para su mantenimiento.
Después está la plaza Primer Congreso de Anáhuac con sus jacarandas en flor, sus higueras y laureles gigantes que dan calidad al descanso y esparcimiento de los paseantes, porque ni siquiera el deportivo del CREA, recientemente desocupado, está en condiciones óptimas para los que gustan del deporte al aire libre.
Dejamos Chilpancingo en ese ambiente para seguir nuestro rumbo a la Costa Grande cuando es viernes y suponemos que aumentará el flujo de visitantes en carretera, pero no hay lugar para el estrés, todo está tranquilo salvo porque siguen sin avance visible las reparaciones del tramo colapsado en la continuidad del puente de Coyuca, y el libramiento de Tecpan cuya afectación obliga al viajero a visitar la cabecera y perder hasta una hora en esa desviación.
Y es precisamente en territorio tecpaneca donde sin anuncio que avise de la reparación de la carretera hay largos tramos prácticamente sin asfalto porque supuestamente trabajan para reencarpetarlos. Cabe comentar que en esas partes no hay vigilancia alguna a pesar de que es un riesgo el uso de un solo carril para los que van y vienen.
Desde Bajos del Ejido, en la entrada a la costa contamos las vistas que se tienen del mar y las lagunas como espectáculo que se disfruta en el extenso litoral sembrado de cocoteros.
Los surtidos puestos de venta a bordo de carretera en casi todos los pueblos, son dignos de visitarse mientras se toma un descanso para estirar las piernas y comprar alguna fruta de temporada, pues en ellos no faltan nunca los plátanos frescos y deshidratados ni los mangos que aquí tienen su cuna en toda su variedad, las papayas y cocos, las gigantescas yakas de múltiples olores, los chicos dulces como cajeta, los guanábanos en fruta y en agua, el café molido y en grano, la miel de abeja, en tarro, con y sin panal, dulces de coco en todas sus formas, plantas y empanadas, y sal de mar para regalar.
Desde El Calvario, ya en territorio petatleco pudimos ver la gran afluencia de turistas que nos esperan porque esa playa, siempre desierta frente al elevado y angosto paso de la carretera, ahora luce llena de bañistas y no hay lugar para estacionarse frente a los restaurantes cuyo principal espectáculo es la puesta del sol y el azul del mar vistos desde una hamaca.
Por la tarde hemos llegado ya a nuestro destino, el puerto de las maravillas donde compartiremos con miles de visitantes el sol, la playa y el mar.

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Los incendios y las quemas

El humo que invade las ciudades con su peculiar olor a incendio, irritando los ojos y limitando la visión en las carreteras, tiene el atenuante de oscurecer el día, evitando los rayos solares y recreando como espectáculo en el horizonte el redondo disco del sol enrojecido que se mira al atardecer, nos recuerda cada año el uso del fuego como herramienta fundamental y atrasada de limpiar el suelo en el campo, para la nueva siembra del temporal de lluvias que se avecina.
Pero la situación ahora se hace más compleja porque en muchas ciudades y pueblos el fuego se ha asumido como medio para disminuir el volumen de desechos en los basureros, lo cual no solo afecta el ambiente y la infraestructura con la ceniza, sino la vida y salud de los seres humanos al obligarnos a respirar el detritus así suspendido.
En el valle de Cuernavaca el humo es tan denso que Capufe intervino para reducir la circulación debido a la falta de visibilidad en la autopista y para evitar accidentes por los numerosos incendios registrados en los cerros de Huitzilac y Tepoztlán.
Hace apenas veinte días, en la última ascensión que he realizado al Tepozteco, solo era el calor, el suelo reseco y la falta de humedad en el ambiente, pero sin problemas de visibilidad.
Pero en pocos días la situación ha cambiado y la ceniza en la Semana Santa nos recordará que entre todos estamos abonando en la destrucción del planeta pues en esta misma parte de la república se incendió el basurero de la ciudad de Iguala el cual requirió de la intervención de Protección Civil del estado y decenas de trabajadores con pipas y maquinaria pesada para controlarlo, lo cual no quiere decir que esté cancelado.
Durante mucho tiempo creí que el método agrícola de la siembra trashumante o tlacolol había pasado a la historia desde la década de los años sesenta del pasado siglo y que así como en nuestra familia se había clausurado dicha práctica porque el ejido había agotado la tierra virgen, en los demás había pasado lo mismo.
Pero al parecer la situación no ha cambiado y el atrasado método de limpia mediante el empleo del fuego que luego se convierte en incendio, arrasando en un santiamén miles de hectáreas de bosque que la naturaleza tardó años en construir, parece que seguirá prevaleciendo porque no hay ningún indicio de que alguna autoridad muestre interés en hacer que las cosas cambien para bien de todos.
Los incendios del bosque continúan asociados con la época de mayor calor y su origen suele ser diverso. Ni siquiera es única la mano del hombre la que los provoca porque quienes están dedicados a evitarlo y combatirlo informan que los envases de vidrio tirados en el campo, cuando están expuestos al sol actúan como lupas que con los rayos solares encienden cualquier pasto seco y que en ese caso el viento provee del oxígeno necesario para que la flama crezca y se propague con daños anuales difícilmente calculables.
A menudo es un descuido lo que puede provocar un incendio y lo más frecuente es cuando los fumadores que caminan por el campo tiran la colilla de sus cigarros sin apagarla y es esa brasa le da origen al incendio.
Pero también existe el incendio provocado a propósito por la mano del hombre como método fácil y barato (para quien los provoca) de limpiar con la lumbre una determinada superficie. Se dice que es el más socorrido para quienes siembran enervantes y así preparan el terreno sin que nadie los pueda señalar como responsables.
Los ganaderos que todavía usan el método de libre pastoreo ocupando grandes extensiones de tierra que antes fueron bosques y después potreros, utilizan el fácil método de la quema dizque controlada, echando un cerillo encendido y muchas veces no se salva ni la cerca del alambre de púas porque el fuego se propaga sin control debido a que no hay ninguna autoridad que supervise la obligada guardarraya con la que se previenen los incendios y así, lo que podía ser una quema controlada se convierte en un incendio, un modo barato para el ganadero que así extiende sus agostaderos para el libre pastoreo.
En este tiempo desde la carretera se pueden ver los cerros pelones y quemados donde en el futuro, y solo durante la época de lluvias, se verán unas cuantas vacas pastando y criándose solas, porque ese nivel de desarrollo es el que ha alcanzado la ganadería.
Quienes combaten los incendios son héroes anónimos que siempre están expuestos a morir por asfixia, respirando el humo denso, muchos sin entrenamiento ni el equipo adecuado, a veces rodeados y quemados por el fuego debido a la falta de previsión.
Todo ese gasto que implica la compra de maquinaria pesada, de pipas para transportar el agua que tanto escasea, y en el pago de tantos hombres dedicados a prevenir y combatir los incendios debería tener otro destino si se prohibiera el uso del fuego como método para limpiar el suelo.
Debería obligarse por ley a convertir las miles de toneladas de maleza que se quema en abono para fertilizar la tierra y hacerla más nutritiva. Por eso la capacitación para incorporar el método agroecológico sería un gasto justificable y tendríamos un campo más sano y productivo, ahorrándonos también las enfermedades y accidentes que provocan los incendios que son tan contaminantes para el ambiente y podríamos presumir también por la extensión boscosa y la salud de los árboles, pues parece una contradicción que mientras nos erigimos como potencia mundial en la siembra de nuevos bosques con el programa oficial que tanta fama nos ha dado, por una parte se siembra y por otra se destruye.
Desde que en mi familia dejamos el antiguo método de tumba, roza y quema para la siembra de maíz, soy más sensible a los incendios forestales y estoy en contra del anacrónico método de la quema para limpiar el suelo, por eso soy de los partidarios de prohibirlo y de incorporar el método agroecológico para mejor aprovechamiento de la materia que ahora es combustible para al fuego convirtiéndola en recurso para hacer suelo.
Lo que me alegra en este principio de la Semana Santa es que ya se escucha el canto de las cigarras anunciando la proximidad de la temporada de lluvias que sin duda ayudarán a despejar el ambiente y a que cesen los incendios, poniendo fin a las calamidades que padecemos.

 

Doña Lioba

Doña Lioba era una mujer alta y fornida, que imponía con su presencia recia y su voz de autoridad. Era blanca, como las personas de la sierra, con ese tono de piel que con el sol se chapean. Su familia no era nativa de Quechultenango aunque ella seguramente nació allí. Todo mundo la conocía como doña “Lioba” aunque fuese una muchacha soltera que nunca se casó. Su nombre de pila era Leobarda Tejeda Deloya y Su papa se llamaba Miguel, un señor muy mayor, de ojos verdes, de oficio talabartero y su esposa doña Toya. Vivían en la calle del Centro de Salud, rumbo al barrio de Manila, en una casa de adobe y teja que funcionó muchos años como oficina de correos, atendida por los tres. No tenían el servicio de repartir las cartas, y menos de recogerlas. Los interesados en recibir y mandar correspondencia tenían que ir a preguntar si había llegado carta o a comprar los timbres.
Yo siempre iba de mala gana al correo, cuando mi mamá me mandaba preguntar si tenía carta, porque a veces nada más al verme la “Señorita” como le decía mi mamá, antes de preguntarle me decía que no había nada, aunque yo estuviera viendo que no revisaba, porque andaba apurada haciendo la comida.
Doña Lioba era una mujer muy trabajadora y activa, siempre caminaba de prisa y nunca la vi descansando. Cuando era joven trabajó como dependienta en la tienda de doña Adelita, una señora también blanca, que vino de la región de la Montaña casada con el maestro Gabriel Cortés, hijo de doña Viela, la mujer más rica en Quechultenango quien le puso una tienda en la principal calle del pueblo.
Doña Adelita, que era una mujer simpática y bromista, le consiguió pretendiente a doña Lioba, un muchacho del pueblo de Ostocapa que vivía de hacer carbón y lo vendía en Quechultenango. Todos los domingos bajaba el carbonero, al pueblo jalando su burro. Se llamaba Leno, o así le decían, y era un joven alto de hablar pausado que por su oficio siempre andaba tiznado y caminaba por el lecho del río procurando no rozarse con la gente porque le daba pena que lo vieran sucio, aunque de lo que no podía sustraerse era de llevarle su entrega de carbón a doña Adelita, quien lo engañaba haciéndolo creer que le gustaba a doña Lioba, y él que pecaba de ingenuo lo creyó y desde entonces cada domingo pasaba al río a bañarse antes de entrar al pueblo, y bañado y cambiado iba a entregar el carbón y a ver a la muchacha que ya la sentía su novia porque ella le siguió la broma a doña Adelita.
Al paso del tiempo, Leno quiso saltarse el período de noviazgo y mejor pensó en proponerle matrimonio antes de pedirle que fuera su novia hasta que se presentó a la tienda con ese propósito y se encontró conque la pretendida novia ya no estaba, se había ido a la ciudad de México, de donde no volvió sino muchos años después cuando Leno, decepcionado por el engaño ya se había casado.
Doña Lioba que nunca se enteró del drama, regresó al pueblo con fama de rezandera que se allegó muy bien a la iglesia como ayudante del párroco que dejó en sus manos muchas de las actividades y fiestas religiosas, sobre todo de la Semana Santa en la que se encargaba de los arreglos pertinentes en el templo, comenzando por enlutar a todos los santos, cubriéndolos con lienzos de tela púrpura.
Era la mujer que más conocía de las fiesta religiosas y el protocolo correspondiente de cada una. Conocía toda la historia de los santos que tenían una imagen dentro de la iglesia y a todos los trataba con familiaridad. Cuentan que era tanta la confianza que le tenían que algunos de los santos que solo con ella se animaban a ser desvestidos. Mucha gente no creía en esa habilidad de doña Lioba hasta que una vez los comisionados de la hermandad se vieron en la necesidad de acudir por su ayuda para cambiar de ropa la imagen de Jesucristo porque no lo podían desvestir cuando ya la Semana Santa estaba próxima. Ninguno creía que doña Lioba pudiera lograrlo y ya hasta partidarios había para que le metieran tijera a la túnica, pero al final todos quisieron esperar a mirar cómo hacía ella para cambiarlo y se sorprendieron cuando comenzó platicando con la imagen como si se tratara de una persona viva. Le dijo que todos estaban alegres porque verían como cada año el milagro de la resurrección para acrecentar su fe. Luego pidió a todos los presentes que se salieran del lugar porque a la imagen le apenaba que la vieran desnuda. Todos obedecieron y cuando doña Lioba los llamó ya la imagen estaba cambiada. Eso incrementó el respeto que ya de por sí tenía Doña Lioba.
Para la Semana Santa, después de poner el luto en la iglesia, veía con los integrantes de la hermandad la organización de los voluntarios encargados de tocar la matraca, ese instrumento ruidoso y peculiar con el que se sustituía el sonoro tan-tan-tan de las campanas, cuyo silencio en toda la semana era el mayor indicador del luto que el pueblo guardaba, recordando el sacrificio de Jesucristo.
Con el traca-traca-traca de la matraca cada día de la Semana Santa se anunciaban los hechos trascendentes. Así todos sabían cuándo se cerraba la gloria que obligaba a hablar quedito y no pelear, hacer ayuno y no cortar fruta alguna. Se conmemoraba la última cena con el lavatorio de los pies de los apóstoles por parte del cura.
Por cierto que en una ocasión, cercano como era también a la iglesia mi tío Procopio, se acomidió para ayudar a Doña Lioba en la tarea de conseguir voluntarios para representar a los apóstoles, a sabiendas de que la mayoría se negaba a participar en ese acto porque les daba pena el lavado de pies, pues sabían por propia experiencia que ese momento de la representación era esperado no sin cierto morbo por los muchachos que se reían de la expresión de quienes se negaban a mostraban sus pies cenizos para que el padre los lavara.
En aquella ocasión mi tío llegó a su casa buscando a su hijo mayor que ya iba a la Secundaria.
–Hijo, la iglesia necesita voluntarios, no quieres salir de apóstol? Te van a prestar la ropa de alguno de los santos.
–No, no quiero –le respondió mi primo. Me da vergüenza y me va a dar cosquillas el lavado de pies, y luego uno tiene que estar parado mucho tiempo y con calor. No, no quiero.
–Pero hijo –insistía mi tío. A poco no te gustaría estar junto a San Pedro y a un lado de la madre de Jesús?
–¿Y quien va a ser San Pedro? –preguntó mi primo quien no podía sustraerse a la dicha de estar acompañado entre tanto personaje.
–Mago, el hijo de Nicho Tejeda –respondió su papá para animarlo.
–¡Ah, no!, con ése menos papá, porque cada vez que lo encuentro me quiere pegar.
Así desarmó mi primo la intención de su papá quien desistió de su propósito al saber la maldad de Mago.
Antes mi pueblo era muy religioso, la gente se tomaba muy a pecho la celebración de la Semana Santa y a cada sonido de la matraca a cual más anunciaba en voz alta la razón del traca-traca-traca. Ya es hora del prendimiento, así le llamaban al momento en el que detienen a Cristo cuando está rezando en el monte de los Olivos un día jueves, y luego el viernes en que es entregado a los judíos para su crucifixión. Ese día es cuando se realizaba la mayor peregrinación bajo los quemantes rayos del sol, por un lado las mujeres y por otro los hombres, todos de luto, acompañando a María y a su hijo, para presenciar el indecible encuentro camino al calvario donde será crucificado. Ese es el triste final de la ceremonia religiosa de la Semana Santa cuando los niños y jóvenes esperábamos impacientes el día sábado en que ya con el tan- tan-tan de las campañas se abría la gloria para iniciar el paseo familiar hasta el nacimiento del río Azul.
En la semana que viene extrañaremos a Doña Lioba que murió casi santa y se notará su ausencia en esa fiesta religiosa. Descanse en paz.

 

Mi primo Elpidio Pacheco Rosas

Mi primo Elpidio Pacheco Rosas murió en un accidente doméstico el lunes 24 de marzo en Quechultenango a la edad de 79 años. Cayó de la azotea de su casa al dar un paso en falso, según cuentan testigos. Su muerte inesperada cubrió de luto a su familia que lo llora desconsolada.
Vivía en su pueblo, retirado de la política y de la función pública, dedicado al ocio y descanso merecidos. Cuando en el pueblo se supo del deceso su casa se llenó de vecinos, conocidos, amigos y familiares que se solidarizaron con su viuda Ana e hijos.
Mi primo Elpidio fue el segundo hijo de Enedina Rosas León y Sidonio Pacheco Chavelas, ella prima hermana de mi mamá y él, hermano de mi papá.
Elpidio fue el orgullo de mi tío Sidonio, un hijo ejemplar que desde joven buscó la superación mediante el estudio y el trabajo para ayudar a sus padres.
Recuerdo que aún no había terminado la secundaria cuando obtuvo un empleo en el ayuntamiento encargado del sistema de radio comunicación y del reloj del pueblo.
Alguna vez invitado por Gonzalo, su hermano menor, lo acompañamos a la torre de la iglesia para conocer el sistema de pesas que hacía funcionar el reloj de cuerda que marcaba el tiempo de la gente del pueblo, y él se encargaba de ponerlo a la hora cada vez que se atrasaba.
Perteneció a la segunda generación de estudiantes egresados de la escuela secundaria Lázaro Cárdenas, fundada por el médico Epifanio Martínez Barrera, el cual le ayudó después a ingresar al Politécnico Nacional. Estudió en la Vocacional 5 y en la Escuela Superior de Comercio y Administración e hizo la carrera de licenciado en Economía.
Desde su ingreso a la Vocacional sostuvo sus estudios trabajando en los laboratorios Senosiain, y después, cuando terminó la carrera, ingresó a la Secretaría de Programación y Presupuesto del gobierno federal trabajando en una oficina del Palacio Nacional en el gobierno de Miguel de la Madrid.
En ese tiempo recuerdo que mi primo tuvo su primer carro, un Datsun azul, chiquito y usado que estrenó con mi hermano Lorenzo y mi primo Fausto en un paseo memorable que hicieron los tres al balneario de Las Estacas en el estado de Morelos, aprovechando para visitar a mi tía Lucía, hermana de nuestros papás quien vivía en Tlaquiltenango y tenía años de no verlos.
En Quechultenango los Pacheco Rosas con los Pacheco León éramos como una sola familia, crecimos juntos compartiendo el mismo patio a la sombra de los mangos y naranjos, aislados del pueblo por el paso del río, de manera que nos veíamos y convivíamos todos los días.
Mi mamá que siempre le habló con cariño le decía “Pillito”. Un día saliendo ya de la casa para ir a la escuela, mi hermana y yo no teníamos lápiz para escribir ni mi mamá dinero para comprar, entonces acudió con mi primo que ya era estudiante de secundaria para pedirle ayuda, y él, diligente, le regaló el único lápiz que tenía, y mi madre al recibirlo agradecida lo partió e hizo dos lápices y así, contentos salimos corriendo a la escuela provistos cada quien con su lápiz.
Mi primo Elpidio formó parte del equipo de estudiantes de secundaria que el doctor Epifanio Martínez escogía entre los más avanzados para ocuparlos en las labores del Centro de Bienestar Social Rural que compartía con el Centro de Salud, donde los jóvenes se encargaban de los diversos programas para la comunidad pero principalmente de administrar y repartir las despensas que el gobierno de Estados Unidos, a través de la ONU, enviaba a México como parte del programa de la Alianza para el Progreso.
Él, junto con mi hermano Lorenzo, Evaristo, Jesús la Moya, Jesús Grande y Chente Lara, que era su mascota, formaron parte del equipo de basquetbol que se llamaba Los Pichones, con su uniforme color blanco y muchos seguidores. Mi primo que era bajito se hizo memorable con sus tiros y encestes de gancho para burlar a los altos.
Regresó de la Ciudad de México a su estado natal como parte de los profesionistas que acompañaron al también politécnico Alejandro Cervantes Delgado para gobernar el estado y aquí hizo una larga carrera que se extendió por varios sexenios.
Fue funcionario del programa de Fortalecimiento Municipal, Contralor General del estado y Procurador Social de la Montaña, también subsecretario de Turismo, subdirector de Egresos en la Secretaría de Finanzas y del Poder Legislativo, hasta que su partido perdió el poder.
Pocos saben que fue tanta su cercanía con Cervantes Delgado que con frecuencia el gobernador llegaba a comer a la casa de mi tía Enedina y durante un tiempo en que el político quiso aislarse del ruidoso ambiente de la política mi tía lo asistía con la comida que mi primo Pablo Barrios le llevaba a su guarida en Santa Fe, a orillas del río Azul.
Esa confianza ganada entre los políticos por el trato amable y el decoro profesional que lo caracterizaba, además de ser lustre para la familia, explica su larga trayectoria en el servicio público y en los cargos de elección popular que ostentó, ya como diputado local, ya como presidente municipal de Quechultenango.
Su trayectoria nunca se manchó ni por desvío de recursos ni enriquecimiento ilícito. Tampoco fue un hombre ostentoso ni se sabe que haya dilapidado los recursos públicos. Su vida siempre fue austera y nunca hubo indicios de que lo mareara el poder. Quienes lo conocieron dicen que no era el clásico funcionario abusivo y corrupto, al contrario, opinan que siempre estaba dispuesto a resolver los problemas, no a complicarlos.
Recuerdo que en el año 2013 nos vimos en el auditorio municipal invitado para asistir a la presentación de El Pasante un libro que escribí sobre la vida del doctor Epifanio Martínez. Allí, después de elogiar mi libro, me advirtió que no fuera a pasarme lo de un amigo que tenía, quien después de invitarlo a la presentación de su cuarto libro no pudo nunca escribir otro, pero por fortuna no fue mi caso y aunque no lo tuve al tanto llevo ya diez libros publicados.
Lo que escribo ahora es parte del panegírico que no pude decir personalmente en la despedida de mi primo pero quiere ser mi pésame para Anita y sus hijos Raúl, Javier y mis primos Manuel, Lena y Bernardo.
El alejamiento que tuvimos como familia creo que lo superamos con la madurez de las personas adultas, aunque siempre nos pareció exagerado que mi primo utilizara su encargo en el gobierno para intentar que mi hermano Vicente fuera a la cárcel acusándolo de un falso delito para que dejara la lucha como líder indiscutible de la oposición que ahora gobierna, pues somos conscientes de que en la disputa entre partidos políticos suele haber dificultades que acaban con los lazos familiares más sólidos, pero por fortuna no fue ese nuestro caso, las diferencias eran de tipo ideológico y político, por eso de nuestra parte no hubo nunca ningún intento de reclamo y dejamos que la historia mostrara la superioridad del proyecto que representamos, para todos todo, sin distingos de partido ni de religión. Que descanse en paz Elpidio Pacheco Rosas.

 

Mi primo Olegario Pacheco

El más lejano recuerdo que tengo de mi primo Olegario, es una visita que hizo a la casa de mis papás en Quechultenango cuando ya vivía en la Ciudad de México.
Era un hombre en extremo respetuoso y con un especial modo de hablar que lo distinguía en su plática. Era delgado y de estatura regular. Pelo muy negro y quebrado, con bigote bien recortado. Usaba lentes que le daban un aire de personaje importante y distinto de los demás.
La familia de mi primo vivía enfrente de la nuestra pero con el río de por medio, como si hubiera habido un tiempo en que las dos casas formaran parte del mismo terreno.
El patio de su casa, casi al nivel del caudal, era una capa de arena fina y blanca que las frecuentes crecientes del río iban acumulando sobre una veta de barro que lo identificaba con nuestro terreno.
La mamá de mi primo se llamaba Altagracia Escobar, una señora menuda, delgada y cariñosa, con cierta cadencia al hablar que en el lenguaje común le llaman plaguienta. Todos los que la conocían le decían “Gacha” de cariño y solo mi mamá la nombraba como “Altita”.
Cuando yo la conocí ya era viuda y se ganaba la vida de lo que producía en su patio cercado con un ancho tecorral levantado con piedras del río y reforzado con una fila de árboles de ciruelas amarillas cuyos frutos ella misma cortaba y deshidrataba y eran el principal sostén y demanda de las señoras que hacían atole para vender.
Todo el patio era un vergel siempre barrido y regado, con árboles y plantas aprovechados a lo largo del año. Frondosos árboles de granadas, rojas y verdes, naranjos, limones dulces y ácidos. Cada uno protegido con arriates de barro cocido, siempre llenos de agua para repeler a las hormigas cuando se convertían en plaga.
Nosotros que teníamos su patio como un paso obligado de la calle que lleva a la plaza teníamos mucha cercanía con la familia y conocíamos el perfume de cada planta que cambiaba en cada época del año como las propias ciruelas, los azahares de los cítricos, las resedas y huele de noche así como los nardos que cultivaba con devoción.
Viuda y con cuatro hijos que mantener la tía Gacha no tuvo tiempo de hacerle caso a la depresión y cierta locura que le quedó por la muerte de su marido, mi tío Custodio, un hombre como pocos según cuenta mi madre, cariñoso y muy cercano a la iglesia que se ocupaba de administrar la tienda más rica del pueblo, hasta que un día se murió de repente por un ataque al corazón.
Una secuela que tuvo mi tía era su insomnio permanente lo que de cierta manera resultó benéfico para los sobrinos que por andar de noche en la calle nos teníamos que enfrentar al oscuro y a veces riesgoso y crecido paso del río, pero ella que parecía un fantasma estaba siempre parada en su tranca que daba a la calle, nos trataba hasta con dulzura para darnos confianza con el saludo de siempre.
–Buenas noches tía!
–Buenas noches mi rey.
–¿No va para la casa tía?, era una pregunta sin sentido por lo avanzado de la noche, pero ella que se daba cuenta que teníamos miedo nos respondía.
–De aquí te veo papacito. Dicho lo cual el sobrino corría en la oscuridad adivinando el camino, y ya subiendo la cuesta le gritaba agradecido dándole las gracias.
Por fortuna, antes de morir, mi tío Custodio consiguió ayuda del párroco para que mi primo Olegario, que era el hijo mayor, estudiara la carrera del sacerdocio en el seminario de Chilapa, lo cual fue un gran descanso para mi tía pensando que su hijo sacaría provecho de su afición al estudio, y mi primo no la defraudó porque fue alumno destacado en todo lo concerniente al aprendizaje de los dogmas de la iglesia, aficionado a la literatura, la música y la oratoria, además de su erudición para leer y escribir el latín y el griego, lenguas que se decía que hablaba con soltura.
Dicen que la ceremonia de ordenación de mi primo todos la celebraron porque sería el primer cura nacido en Quechultenango, pero no todos porque su novia le había pedido que se casaran, de manera que cuando el recién ordenado cura supo que coqueteaba con otro pretendiente le ganaron los celos y no encontró otra salida para el caso que renunciar al sacerdocio y colgar los hábitos, pero quizá no lo hizo con la premura requerida porque cuando buscó a la novia esta ya estaba comprometida con el otro para casarse y entonces mi primo quedó sin poder ejercer la carrera ni casarse, pero también con una gran deuda con su madre que se sentía defraudada.
Por eso deseando alejarse del lugar donde todos se lamentaban por sus decisiones, se fue a la Ciudad de México buscando la manera de revalidar sus estudios porque fuera de la iglesia ninguno de sus documentos de estudio tenía validez, así fuera de altas calificaciones.
Con ese propósito ingresó a la UNAM para estudiar la carrera de Derecho en la cual destacó muy pronto por sus amplios co-nocimientos, ganándose el respe-to de sus maestros y la admira-ción de sus compañeros a quienes daba clases como adjunto.
Fue en la Universidad donde uno de sus maestros lo llevó a trabajar al Grupo Modelo, la empresa de dueños españoles que en aquel tiempo estaba destacando en el mercado por la calidad de su cerveza.
Haciendo gala de sus conocimientos y habilidades mi primo participó con éxito en el sindicato de la Cervecería Modelo y pronto lideró ese organismo afiliado a la CTM en tiempos de Fidel Velázquez.
Fue en esa época cuando conocí a mi primo Olegario en un viaje que hizo a Quechultenango con motivo de la muerte de su mamá Altita.
Mi primo mejoró sustancial-mente su economía al tiempo que se perdía en su afición por la cerveza a raíz del prestigio que ganó al conseguir que en su contrato colectivo los obreros pudieran beber sin restricciones la cerveza que quisieran durante la media hora que tenían para el almuerzo. Él se encargaba perso-nalmente de supervisar que en el comedor de la empresa hubiera suficientes hieleras repletas de cervezas enfriándose con todas las marcas que producía la empresa: Victoria, Corona clara y obscura, barrilito, Negra Modelo y Modelo Especial.
En pocos años mi primo, dominado por el alcohol, perdió el prestigio ganado y miró deshecho su matrimonio sufriendo el abandono de su esposa. Puso entonces un alto a su vicio y dejó la ciudad capital para regresarse a su estado.
Establecido en Chilpancingo en la época en que su compañero en el seminario de Chilapa Israel Nogueda Otero era gobernador, recibió la oferta de contratarlo como asesor pero rechazó el ofrecimiento con la idea fija de volver a Quechultenango para trabajar como maestro rural. Esa fue la ayuda que aceptó de su amigo, una plaza de la SEP para trabajar en la escuela del pueblo del Aguacate.
Cuando supe que escribía sus opiniones para algunos medios locales lo busqué sin éxito para agradecerle porque, quizá sin recordarlo, me ayudó como a muchos paisanos, a ingresar a la fábrica cervecera recién llegado de mi pueblo.
Hace unos años conocí en Quechultenango a mi primo Hugo, uno de sus hijos, que trabaja también para la Secretaría de Educación Pública, quien me compartió copia de algunos poemas que escribió su papá.

A un lustro del Covid-19

En este mes se cumplen cinco años que inició la pandemia que conocimos como Covid-19, causada por un virus que tuvo su origen en China y que se contagia a través de las “gotículas” que se liberan al hablar o estornudar, entrando al cuerpo de otra persona a través de los ojos, nariz y boca, el cual en poco tiempo se propagó al resto del mundo sin importar estatus social, afectando con rigor a las personas más pobres y vulnerables, con bajas defensas, y sin recursos para guardarse del contagio ante la necesidad de salir a trabajar.
Como el contagio era casi mortal la sociedad vivió un período de miedo y desesperación por la falta de cura y prevención, pues aunque en el récord de un año se encontró el antídoto y la producción de la vacuna la gente infectada saturaba los hospitales y los pacientes morían por miles en el mundo por falta de oxígeno.
Durante el tiempo que duró la epidemia cada quien vivió en el encierro y aislamiento esperando la invención de la vacuna y su aplicación mediante una prioridad que la mayoría respetó, dejando en manos del Estado el monopolio de su adquisición y la estrategia para aplicar las dos dosis que se suministraron.
Los que seguimos vivos somos sobrevivientes de aquella calamidad que cimbró a la humanidad y quedamos de pie gracias al ejemplo y entereza del gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador quien diariamente, en la conferencia mañanera, estuvo pendiente de la salud de la población invirtiendo lo necesario para la reconversión del sistema de salud que el neoliberalismo dejó en bancarrota.
Pero después de que durante mucho tiempo el Covid-19 se convirtió en el único tema que ocupó a la sociedad, parece que a la distancia de un lustro ha sido olvidado, si no fuera porque siendo tan fuerte su impacto todavía se ven las secuelas en calles y plazas de esa generación adulta envejecida y dañada como sucede después de una guerra.
Para muchos la pandemia significó un antes y un después en su vida porque entre las cosas positivas que nos dejó fue como una sacudida del cuerpo pero también de la conciencia que nos permitió volvernos a ver de manera completa para revalorar nuestro paso por este planeta con quienes nos acompañan y acompañamos en este viaje.
En los días más largos de la pandemia mi mujer y yo nos ocupábamos haciendo recuento de las personas obligadas a trabajar por necesidad que pasaban por nuestra calle, y ayudábamos en lo que podíamos a los recolectores de basura, pepenadores y vendedores ambulantes cercanos a nosotros.
Cada vez que podíamos alentábamos y felicitábamos a las enfermeras valientes y a los médicos que atendían a los enfermos, algunos verdaderamente enloquecidos por su miedo a morir que sin pensar los infectaban.
Todos nos volvimos solidarios en ese tiempo, aunque unos más que otros, y durante la pandemia vivimos los momentos estelares del apoyo familiar sabiendo que todos estábamos pendientes del bienestar de los demás.
Las semanas y meses sin salir de casa también fueron de gastar poco y ahorrar como nunca con nuestra pensión vitalicia que recibíamos de Amlo.
El tiempo que pasamos aislados lo programamos muy bien para mantenernos ocupados. Comíamos sano, hacíamos ejercicio, nos manteníamos hidratados y descansados durmiendo la siesta. Dedicábamos tiempo para los juegos de mesa y organizábamos encuentros familiares esporádicos guardando la sana distancia. Entonces teníamos conciencia de que éramos afortunados.
Nos dimos tiempo para armar rompecabezas y ver las series de televisión a nuestro antojo, y de vez en cuando nos íbamos de paseo aprovechando tantas playas desiertas.
Ese despertar de la conciencia obligados por el aislamiento durante la etapa del contagio nos permitió el encuentro consigo mismo, porque además de las secuelas que dejó en cada quien la pandemia como el marcado desequilibrio en la movilidad, la falta de memoria y las dificultades para hablar y oler, los dolores crónicos de cabeza o incomodidad intestinal, nos hizo conocer y reconocer esa realidad familiar ausente de diálogo y reveladora de desajustes que nunca confrontamos por falta de tiempo estando juntos, conviviendo a nuestro pesar con las diferencias, manías y conductas de los demás.
De los gritos, reclamos y confrontaciones violentas las familias en ese tiempo pasaron a la reconciliación convencidos de la importancia que tiene aprovechar el tiempo para vivirlo en plenitud.
Como sociedad aprendimos las ventajas de ser empáticos y dejamos de ver como excentricidad a la gente en la calle con el cubrebocas puesto, y no nos causó ninguna extrañeza, aunque sí sorpresa vernos por miles de viejos tomando nuestro lugar en las filas de vacunación esperando pacientemente nuestro turno.
Los medios de comunicación tuvieron un papel protagónico en la pandemia porque nos permitieron conocer en tiempo real lo que sucedía en casi cada parte del mundo, y en ese ir y venir trayendo y llevando noticias, vivimos colectivamente el miedo al fin del mundo, la desesperanza frente al sufrimiento humano y las medidas coercitivas de los gobiernos de países considerados modernos y cultos que nos sirvió para valorar con el gobierno que habíamos conquistado.
Nos impresionamos mirando en los parques y calles desoladas de las grandes ciudades animales salvajes recuperando sus praderas y selvas sin estar seguros de que habría un mañana para los humanos.
Pero enfrentando al Covid-19 cambiamos para bien nuestros hábitos y conducta. Aprendimos a lavarnos las manos con más frecuencia y asumimos como deber que los productos, aún los del supermercado, no todos son estériles y entonces lavarlos es obligado antes de guardarlos en el refrigerador.
Aprendimos a trompicones la importancia de comer sano y hasta nos hicimos especialistas en distinguir qué clase de alimentos nos conviene consumir .
Tuvimos tiempo de más para dedicarnos a ver y atender cada detalle de nuestras relaciones familiares, reconocimos cada parte de nuestras casas, las plantas y flores de jardín, la pintura donde hacía falta, las pequeñas reparaciones, los días sin agua y la cantidad de su gasto diario, sin faltar la repartición más democrática de los quehaceres domésticos.
Para no sentir eterno el tiempo del aislamiento aprendimos a ocuparnos del otro o los otros, valorando su compañía y disfrutando con mayor frecuencia e intensidad cada día.
Volvimos a reír como artimaña para sentirnos bien y bailamos pensando en las bondades del ejercicio, abrazándonos cada vez para confirmar que estamos vivos.
Entre los recuerdos de desconcierto en aquel tiempo que debo contar están las fiestas que religiosamente celebraban cada fin de semana los vecinos de la esquina que nos mantenían despiertos con sus risas y gritos de borrachos acompañados del ruido escandaloso de un tosiento que se escuchaba de veras enfermo pero que a nadie acongojaba más que a nosotros que contábamos los días en que no tosería más.

 

Emigrar

Emigrar es salir del lugar habitual en busca de mejores condiciones de vida. Eso dice la Real Academia de la Lengua refiriéndose a la acción de mudar del lugar donde uno vive por alguna incomodidad que se opone o le impide realizarse como uno desea, aunque el riesgo que se corre al realizar esa acción muchas veces resulta peor de lo que se deja.
Pero en su sentido más amplio la definición puede comprender el ambiente opresivo que suele vivirse en el hogar que motiva la emigración como una reacción para la sobrevivencia, igual que la huida ante una amenaza de muerte, cuando no se tiene otra opción para salvar la vida.
En todo caso, se trata siempre del derecho a la libertad y por ella, como decía el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, uno debe estar dispuesto a arriesgar hasta la vida.
Lo anterior viene a cuento porque la emigración parece ser un ejercicio de libertad que a los mexicanos nos viene de origen porque, si se recuerda, nuestros ancestros vinieron de la mítica Aztlán en una peregrinación que duró cientos de años, hasta encontrar las señas que sus dioses les dieron para asentarse, encontrada en un tunal donde vieron que un águila devoraba a una serpiente.
Esa determinación de dejar el lugar donde uno vive muchas veces requiere planearse, mirar el entorno y buscar la mejor opción con el menor esfuerzo, y en otros casos la emigración suele ser como una huida, un desplazamiento que se decide en un momento porque alejarse es asunto de vida o muerte.
El primer caso es el que viven nuestros paisanos, los que emigran al norte buscando el sueño americano de hacerse de un capital en poco tiempo para mejorarse, pero en ese intento muchos no saben que ponen en riesgo su vida porque recorren largas distancias en territorio desconocido, tienen que pasar el río grande y terrenos donde hay animales salvajes y bandas criminales que los asaltan, roban y hasta los matan. Los que sobreviven llegan a un ambiente desconocido, donde se habla una lengua diferente y cuando encuentran empleo se someten a jornadas intensas e interminables en un ambiente de cárcel, porque sin papeles legales para estar y trabajar no tiene la libertad para salir y pasear ni siquiera en sus días de asueto. A pesar de ello lo que pueden ahorrar de su salario lo envían a México para mejorar la vida de sus familiares y eso les llena de satisfacción y es un aliciente para permanecer allá.
Pero los que se han quedado en su tierra muchos están sujetos al ambiente opresivo que provoca la guerra entre cárteles que se disputan el control del territorio para ejercer el poder, parecido a lo que vivían los antiguos pobladores de las encomiendas, sujetos al poder del señor encomendero que después se convirtió en el hacendado y la peonada de la época porfiriana.
Mientras esa disputa continúa el ambiente de guerra que se respira es opresivo para las familias que no tienen más opción que buscar la forma de sobrevivir buscando cada día salvarse de los problemas cotidianos y las acechanzas de la maña.
Más graves son los desplazamientos forzados de poblados completos en prácticamente todas las regiones del estado y las autoridades a lo más que han llegado es tratar de intervenir y mediar para que esas disputas de territorio sean lo menos escandalosas por la cantidad de muertes provocadas.
Pero eso tampoco es todo y nada mejor que aprovechar que el sábado acaba de conmemorarse el Día Internacional de la Mujer porque siendo la mayoría de la población, las mujeres juegan un papel secundario en la sociedad, y apenas con el triunfo de Claudia Sheinbaum parece que su circunstancia puede mejorar para alcanzar la igualdad que se traduce en la superación de la brecha salarial que ahora permite que se les pague menos que a los hombres por el mismo trabajo, visibilizar su doble jornada por su trabajo en la casa.
Además de esos beneficios materiales por los que lucha, la mujer tiene que romper en su propio entorno con las condiciones que le impiden ejercer su libertar para ser dueña completa de su destino, porque a la mayoría aún le cuesta desprenderse de los controles que tiene en el hogar marcados por las creencias, la costumbre y el enorme peso que le significa la crítica social que para muchas resulta más fuerte que estar satisfechas consigo mismas. Emigrar a otro ambiente es su derecho y una necesidad.
Un ejemplo de lo anterior es de manera instintiva animales y aves que emigran para salvar su especie, en un rito que se reproduce todo el tiempo, como las mariposas Monarca que viajan cada año de Canadá a Michoacán, igual que los patos. A muchas mujeres les pesa una enormidad tomar decisiones que las alejen del maltrato y deciden ajustarse a las condiciones limitadas por la costumbre y la tradición, antes que poner en entredicho lo aprendido de las relaciones sociales que viven.
Claro que los ejemplos en contrario son los que vale la pena recuperar, por eso en conmemoración del Día Internacional de la Mujer recurro a mi experiencia propia, del entorno familiar que provengo.
Mi madre que en este año cumplirá cien años de vida tuvo cuatro hermanas y tres hermanos que nunca tuvieron el apoyo ni la comprensión de su madre. Su padre, un hombre instruido pero autoritario, y su madre una mujer obediente y sometida, vivió el mayor de los dramas porque su ambiente familiar la asfixiaba.
Mi madre muy joven se rebeló contra ese ambiente opresivo, víctima del maltrato diario, encerrada, casi prisionera, porque le prohibían asomarse a la calle. Cuenta que sufría y temblaba con solo oír que su padre llegaba a la casa, porque su sola presencia era violenta.
Huyó de su casa a los 16 años buscando su libertad aunque fuera casándose, no creo que haya obrado otro razonamiento más sofisticado que liberarse de la sumisión y el patriarcado, porque fue más fuerte su deseo de sentirse libre, aunque casarse no hubiera sido la mejor opción porque lo hizo con un joven campesino sin tierra, atenida a que tenía fama de ser trabajador y sin vicios, con cierta popularidad entre los hombres y las mujeres de su época, que sabía leer y escribir que si bien no era gran cosa en una sociedad de analfabetos donde no abundaban los libros ni era popular la costumbre de mandar cartas, podía ser ameno contando historias y después transcribiendo las recomendaciones en largas epístolas que mi madre dictaba hacia sus hijos distantes.
Por eso en el Día Internacional de la Mujer rindo tributo a ella que ha sido ejemplo para mis hermanas por su tesón, determinación y coraje para tomar decisiones, no importa que a su edad siga en la falsa idea de que el hombre vale más que la mujer, pues ni sus hijas y menos sus nietas han creído esa falsedad.

 

¿Por qué es salado el mar?

El mar es salado debido a la cantidad de minerales acumulados en millones de años que han sido arrastrados desde las montañas más altas por las escorrentías de los deshielos y las lluvias, por eso tiene sentido que esa agua en extremo salobre se use como líquido curativo y suplemento alimenticio, incluso como manera de enfrentar la sequía sembrándola en lugares donde los campesinos piensan que puede dar origen a manantiales.
Esa primera parte la explicó el biólogo de la UNAM, Carlos Federico Candelaria, en su disertación sobre la importancia de los estuarios en los ecosistemas costeros, mejor conocidos como “esteros” en lenguaje zanca y popular.
El biólogo de la facultad de Ciencias de la UNAM ocupó el espacio cultural del ecotianguis Zanca de Zihuatanejo para dar continuidad al programa de divulgación mensual de la enciclopedia Biodiversum que guarda el conocimiento del litoral guerrerense acumulado en diez años de investigación de los biólogos marinos.
Federico Candelaria define como el encuentro de dos mundos al fenómeno que mezcla el agua dulce proveniente de tierra a adentro para mezclarse con la salada del mar en los amplios arenales, creando ecosistemas de una gran riqueza biológica donde lo más conocido son sus aves, animales, árboles y plantas.
El sábado pasado, el biólogo a cargo de la escuela de Ecología en Zihuatanejo explicó de manera didáctica que es tal la acumulación de minerales en el lecho marino que la sal que contiene representa el 35 por ciento de su volumen, razón que explica la vocación natural de los costeños para fundar salinas que producen miles y miles de toneladas de blancos granos de sal para un mundo que desconoce su origen pero que difícilmente podría vivir sin ella, pues su uso es generalizado en la preparación de alimentos, sirve para fijar el sabor, ayuda a conservar el pescado y la carne, es sustancia medicinal para detener las hemorragias y curar las heridas, relativamente barato por su abundancia en la naturaleza y la facilidad de su producción.
En la exposición de la importancia que tienen los esteros ninguna de las preguntas fueron ociosas, ni siquiera la que pretendió contradecirlo aduciendo que en el monte Himalaya también se había encontrado sal. El investigador nos recordó que hubo un tiempo en la evolución del planeta que todo era agua, y esa es la razón de que incluso en las montañas más altas la sal encontrada es prueba de que estuvieron cubiertas de agua. De allí que se hable de tantas bondades que tiene el agua de mar, aunque ahora también esté contaminada.
Claro que cuando todo era agua la vida que conocemos no había emergido porque ocurrió muchos tiempo antes del relato bíblico que se conoce como el diluvio universal, una lluvia que duró 40 días con sus noches “inundando las más altas montañas”, salvándose de morir ahogados solo quienes pudieron subir a la barca que el patriarca Noé construyó.
Por eso la sal marina ha estado presente desde siempre en la historia del mundo y su uso es tan generalizado que pocos piensan en el tiempo y lugar donde su uso se desconocía o era un producto con precio prohibitivo, de manera que también se usó como moneda de cambio definida como el oro blanco de entonces.
El imperio azteca se sabe que intentó romper la alianza de los tlaxcaltecas con los conquistadores españoles ofreciéndoles sal y algodón, porque parte del dominio que el imperio ejercía sobre ese pueblo tributario era monopolizando la sal.
Otro comentario sin desperdicio sobre la importancia de la sal fue la marcha que encabezó Mahatma Gandhi en 1930 en su lucha contra el imperio británico, para denunciar el control monopólico que ejercía sobre las minas de sal. Esa marcha hasta las playas del mar Arábigo donde simbólicamente produjo un puño de sal fue icónica en su lucha contra el imperio.
Pero la sal es también un producto demasiado cercano a la vida e historia de la Costa Grande y de Zihuatanejo en lo particular porque no solo lleva ese nombre la Ciudad Integralmente Planeada de Ixtapa, sino el de la laguna de Zihuatanejo que se llama de las “Salinas” pues el hecho es que en lengua Náhuatl para nombrar la sal se dice Ixtapan.
Pero se habló aún más en esta parte de la exposición para ilustrar las bondades de los esteros o el encuentro de dos mundos. Esos espejos de agua, la mayoría ocultos bajo la sombra de los manglares, refugio de chaneques, territorio de cocodrilos y escondrijo de cangrejos, son lugares umbrosos cuyo silencio suele interrumpir y hasta espantar el aleteo y sonoro canto de una garza pico de cuchara huyendo del cocodrilo que cae pesadamente en el agua en su vano intento por hacerse de una presa.
En ese ambiente se desarrolla el mundo que viene de tierra adentro para encontrarse con el inmenso y salobre océano con cuya mezcla generan ese ambiente especial en el que viven garzas de distintos colores, zanates, cigüeñas, de tamaños y picos diversos como las barredoras de fango, filtradoras, come néctar, (definidos así por el biólogo Pablo Mendizábal en un trabajo pionero de las aves comunes de Ixtapa y Zihuatanejo) y Cocodrilos, iguanas, cangrejos tortugas, árboles de mangle, manzanillos, icacos, marañona.
Para enriquecer e interesar la exposición acerca de los esteros se recordó el aporte poético del ilustre y liberal tixtleco, don Ignacio Manuel Altamirano quien seguramente sin proponérselo, ya en 1864 visitando los lugares vecinos del campamente del general Juan Álvarez, en la sierra de Atoyac, escribió un extenso poema a su río, que de acuerdo con los conocedores constituye uno de los más inspirados, sensibles y bellos cantos a la naturaleza.
La profesora Esperanza Mora, toda una institución cultural de la ciudad, junto con el maestro Alejandro Honda y quien esto escribe, nos deleitamos leyendo Atoyac, el río que corre blandamente bajo la fresca sombra/Que el mangle con sus ramas espesas te formó/ Y duermen tus remansos en la mullida alfombra, que dulce primavera de flores matizó. Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo/el mango con sus pomas de oro y de carmín; y en los ilamos saltan gozosos el papagayo, el ronco carpintero y el dulce colorín.
Pero el tema de la sal siguió presente, quizá porque es uno de los productos que tiene un lugar especial en el catálogo de lo que la Costa Grande aporta al estado, que ofrece al país entre 700 y mil toneladas de ese grano blanco que antes de almacenarse, hecha montones, semeja ser el reflejo de las nubes que han bajado hasta el suelo.
Recuerdo que hace tiempo, en una supuesta disputa entre salineros sobre la calidad de su sal, unos adujeron que la suya era más salada. Eso que era difícil de refutar y tampoco era fácil de comprobar pronto pasó a la historia porque los consumidores la siguen comprando indistintamente y no reparan en esas exquisiteces.

 

La campaña de afiliación de Morena

A un mes de iniciada la campaña nacional de afiliación del partido Movimiento de Regeneración Nacional, mejor conocido como Morena, su dirigencia encabezada por Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán, anunció haber alcanzado un millón de afiliados que representa ya el diez por ciento de la meta propuesta de 10 millones de ciudadanos en todo el país cuya cifra, de acuerdo con la estrategia del partido, pretende ser el voto duro que sea garante del triunfo en las elecciones venideras, con afiliados organizados en 70 mil comités seccionales, con un modelo, guardando las proporciones, similar al partido de masas que le permitió al PRI su permanencia en el poder por siete décadas.
Pero en las condiciones optimas para formalizar la adhesión de la mayoría de los 36 millones que respaldaron el triunfo de la presidenta Claudia Sheinbaum, los dirigentes de Morena perecen estar perdiendo la perspectiva para construir en México el partido de izquierda moderno, poderoso e influyente, necesario para acompañar y dirigir los cambios que supone la construcción del segundo piso de transformaciones, teniendo como filosofía lo que ha dado en llamarse la doctrina del Humanismo Mexicano, modelo que pone por delante primero la atención de los pobres, cuyo fundador y dirigente histórico ha sido Andrés Manuel López Obrador.
El principal indicio de esa pérdida de perspectiva de Morena ha sido el exceso de pragmatismo en que ha caído, afiliando a un numeroso grupo de priístas con un negro y sucio pasado repudiados dentro y fuera del partido, con un desprestigio que ahora será Morena quien lo asuma, sin dejar clara la ventaja en términos políticos que eso tiene, pero creando bastante suspicacia en sus bases por la experiencia que esos afiliados tienen en corromper y traficar con influencias para saquear la riqueza de la nación y desviar los recursos destinados a combatir la pobreza y la desigualdad.
La falta de iniciativas para que la militancia no se relaje y continúe siendo útil al proceso de transformación corre el riesgo de que se convierta en una masa informe y obediente solo para tareas electorales como antes se usó a la base priísta, cuando más falta hace que se movilice y se haga notar para enfrentar las acometidas del presidente Donald Trump y para acompañar las acciones y decisiones de la presidenta cuando necesite el amplio respaldo popular.
Si bien se entendió y fue justificada la negociación con la veracruzana y panista familia Yunes para obtener el voto requerido para hacer mayoría calificada en el Senado, a cambio de darles protección contra las acusaciones que pesan en su contra por nepotismo y corrupción, logrado el propósito, la afiliación a Morena del senador Miguel Ángel Yunes se ha visto como un exceso porque con ello se busca cubrirle las espaldas aunque eso implique olvidar los ataques y agresiones que sufrieron tanto el propio López Obrador como la actual gobernadora Rocío Nahle. Y todavía más porque Miguel Ángel Yunes Márquez el titular de la senaduría veracruzana ahora ha recibido el premio de presidente de la Comisión de Hacienda.
Ese es el pragmatismo al que se debe poner un límite y no mencionar que ya el ex presidente López Obrador lo inauguró con su amplia estrategia de alianzas electorales en 2018 ampliamente criticada pero justificada porque en esa elección se trataba de ganar con una diferencia tal de votos que impidiera cualquier intento de nuevo fraude.
Sin embargo, después de afianzado en el poder, con una oposición política reducida a su mínima expresión, la situación para el partido de Morena es desahogada y bien pudo establecer desde el principio un filtro tal para prevenir las viejas y malas prácticas de personajes de la oposición que infiltrados en las filas de Morena puedan actuar como “quinta columna” cuando teniendo ya el carnet de Morena puedan crear grupos afines a la oposición y contrarios a la propia política de transformaciones a favor de la justicia y la igualdad. No olvidemos las consecuencias que ha tenido el error de invitaciones como la que en su momento aprovechó la desquiciante senadora Lilly Téllez.
Por eso antes de extenderles su credencial de afiliados y recibirlos con apapachos, convendría que se les cuestionara públicamente sobre su pasado para que en esa medida se les calificara si verdaderamente han mudado de parecer y de práctica como para sumarse a este proyecto político que tiene el serio compromiso de transformar la realidad de desigualdad que oprime a la mayoría de los mexicanos por culpa de los partidos tradicionales.
Estas coyunturas que estamos viviendo deberían ser aprovechadas para avanzar en la educación política y prevenir a los mexicanos de vanguardia contra los ataques ahora sofisticados del imperialismo encabezado por Trump quien embelesó a su pueblo igual como lo hizo Javier Milei con los argentinos, ambos creídos que nos engañan a todos con su idea fascista de que los ricos, supermillonarios lo son por inteligentes y que tienen la bondad de interesarse en un futuro para la humanidad, cuando han dado muestras bastantes de su formación clasista y su ignorancia que los lleva a oponerse y a negar la grave situación y riesgo que hoy padece el mundo como consecuencia de la falta de conciencia ambiental de parte de los dueños de las grandes empresas e industrias que han contaminado al planeta.
Ese es el debate principal en que deberían estar ocupados los mexicanos que son vanguardia en los cambios que se están realizando en nuestro país para convertirnos en una potencia mundial que enseñe y construya el camino por donde transiten los pueblos de ciudadanos que piensan que otro mundo es posible.
Recordemos que el sentido de estar organizados en un partido no solo se limita a votar y participar en las campañas para que ganen sus candidatos, sino a una serie de acciones para debatir y actuar modificando el entorno adverso que afecta a la mayoría.
Si en el estado de Guerrero se cuenta con una militancia abnegada no se ve la razón de que se tenga una dirigencia ocupada en promover su obediencia y poniendo límites a quienes lanzan iniciativas.
Sería una pena que el enorme esfuerzo de tantos mexicanos empeñados en construir un futuro de justicia e igualdad se vea traicionado por dirigentes que carecen de una visión amplia y no entienden que el partido es un órgano que pertenece a los afiliados, y que organiza, educa y dirige la energía para el cambio.