En lo más difícil de la pandemia, comían pescados que sacaba su esposo y después lo que daba la Marina

Elena Rodríguez vendedora en la playa de Caleta en el puerto de Acapulco, en su puesto de tacos de guisado Foto: Jesús Trigo

Jacob Morales Antonio

Para la señora Elena Rodríguez vender una sola orden de tacos en playa Caleta se ha convertido en toda una Odisea, pese a la gran afluencia, la mayoría de los visitantes llegan gastados y con el dinero lo justo, por las afectaciones que les ha dejado la pandemia. Durante los meses más difíciles, su esposo pescó y a diario y ella preparaba los pescados para comer.
Bajo la sombra de una palmera y otros árboles, la señora de 38 años coloca una mesa de plástico a partir de las 12 del día y se retira a las 6 de la tarde. Ahí desde hace 8 años ofrece hasta 10 tipos de guisados.
Cada taco de doble tortilla “para que llene” lo vende en 10 pesos, sin embargo desde diciembre pasado cuando los visitantes comenzaron a llegar luego de meses de encierro para evitar el contagio de Covid-19, casi no compran, “ellos llegan gastados, y uno pues también lo entiende, nosotros estuvimos más de tres meses sin trabajo y comíamos de lo que nos daba la Marina en el comedor”.
Antes de la llegada del virus la mujer que tiene a tres hijas, sólo trabajaba entre tres y cuatro horas a lo máximo porque los tacos se terminaban muy rápido. De los trastes de plástico que tenía en la mesa salía el olor de una salsa de chicharrón, la tinga, pollo con papa, y se veía el arroz rojo con su huevo cocido.
Pese al buen aroma, esto no deleita el paladar de los vacacionistas que tratan de ahorrar lo más que pueden. Según la mujer las familias comen lo más que pueden en los bufetes de los hoteles donde llegan para no gastar en la playa, y ahorrar. A veces dice que no recupera los 600 pesos que invierte para preparar los platillos.
La mujer recordó que no fueron tres meses, sino más que no hubo turismo y que las playas permanecieron cerradas, durante ese tiempo ella y su esposo que se dedica a la renta de una embarcación para paseo en la isla de La Roqueta, no tuvieron ni para un kilo de tortillas y a diario comían en el comedor que instaló la Marina en la zona.
Contó también que durante los días previos a la instalación del comedor comunitario de la Marina su esposo junto a otros trabajadores se pusieron a pescar y de lo que sacaban del mar comían, incluso a diario preparaban pescado.
Durante la entrevista, a menos de dos metros una integrante de una familia de vacacionistas que se encontraba sobre unas toallas disfrutando del sol, exprimía unos limones para prepararse un agua y refrescarse. La vendedora expresó “miré, ahí está lo que le digo, todos están gastados”, y sonrió.
La mujer dice que durante la pandemia fue registrada para recibir un apoyo económico federal y entregó toda su documentación pero no fue beneficiada.
La mujer cree que a pesar de que se sobre expuso el nombre de Caleta en los medios nacionales y en las redes sociales por el conflicto que hubo entre prestadores de servicios turísticos y una familia originaria de Tepito, no afectó las actividades de esta playa, ni para bien, ni para mal.
Sin embargo dice que no es la primera vez que hay un enfrentamiento con los “chilangos” porque no quieren pagar lo que consumen, además de pagar con billetes falsos o a veces quererse llevar las cosas que son rentadas como las bocinas para escuchar música.

 

Vendedora de Acapulco superó al coronavirus en casa y se encontró con un desolado malecón al regresar a trabajar

María Azucena vende boletos en el malecón para las embarcaciones que hacen recorridos por la bahía de Acapulco Foto: Jesu?s Trigo

Jacob Morales Antonio

Un medio día en el malecón de Acapulco, a los rayos del sol todos le escapan y buscan un lugar con sombra, a excepción de la señora María Azucena de 55 años, quien está cubierta de cabeza a los pies para poder ofrecer y vender los boletos para pasear en las embarcaciones que recorren la bahía.
En junio ella enfermó de Covid-19, por fortuna dice que lo superó en casa y no requirió de atención en el hospital, sus familiares la cuidaron. Desde hace 8 años trabaja en la zona del malecón, que nunca había lucido tan desolado como ahora, dice.
Desde las 8 de la mañana ella llega al malecón con la ayuda de una bocina y los boletos en la mano, los ofrece a los turistas, su jornada termina a las 4 de la tarde con la ultima salida.
Pese a estar cubierta, detrás de la mascarilla, el sombrero, y las largas mangas de su blusa, se puede observar a una mujer con canas, de voz fuerte y con una vocación de servicio que atrae a los visitantes.
Dice que trabaja para completar el gasto con la pensión que recibe por el fallecimiento de su esposo, no es mucho. En la venta de boletos antes de la pandemia se llevaba a casa 300 pesos, con el cierre de las actividades y sus restricciones ahora a penas logra al día 150 pesos.
Por fortuna para ella, ese dinero es para si misma, sus hijos están grandes y trabajan. Sostiene que desde hace 8 años trabaja en el malecón porque tiene la fuerza y es productiva.
Cuando enfermó de Covid-19 la zona donde trabaja era fantasmal, ahora poco a poco se recupera pero no llegan los visitantes de antes.
Dice que cada embarcación puede llevar hasta 80 personas, pero las restricciones sanitarias e impuestas por el gobierno les autorizan sólo 35.
Cada uno de los visitantes paga 150 pesos para dar un paseo de una hora a una hora y media por la había de Acapulco, precio que se ha mantenido a pesar de que el diésel aumenta y se tiene que dar el mantenimiento a las embarcaciones estén o no en uso.
La mujer contó que la pandemia le ha traído mucho sufrimiento a sus compañeros que se han visto en aprietos ante la falta de venta de los boletos, y por las restricciones de la capacidad de turistas que pueden ir en una embarcación, pero también porque no todos los que llegan a visitar el puerto traen mucho dinero.
En el malecón de Acapulco, era común ver a niños y sus padres tratando de pescar con las cuerdas que ahí se venden, pero ayer no había nadie.
La misma vida cotidiana de la zona se ha visto afectada por la pandemia, algo que a María le impacta, al extrañar los días en que grandes cantidades de familias llegaban y hasta tenían que esperar o tomar embarcaciones distintas para poder pasear en la bahía, lo que ahora es imposible.

Vendedor de ceviche en playa La Angosta sobrevivió al coronavirus, pero tres de sus hermanos fallecieron

El señor Lauro Olivera López muestra su popular consomé de pulpo en su puesto de mariscos en la playa La Angosta de Acapulco Foto: Carlos Alberto Carbajal

Jacob Morales Antonio

Lauro Olivera López llegó de Puerto Escondido, Oaxaca, hace de 30 años a Acapulco en busca de oportunidades de trabajo; se dedicó a vender ceviche en playa La Angosta, pero en junio enfermó de Covid-19, tres de sus hermanos fallecieron.
El hombre de 62 años de edad cuenta que migró a Guerrero porque en Puerto Escondido no había mucho trabajo y era muy visible la pobreza, “me vine para tener mejor vida”.
En 1986 comenzó a vender en su puesto ubicado en la zona aledaña a la playa La Angosta, donde habilitó el local que nombró El Marisquito por recomendación de un cliente. En la banqueta hay dos mesas de madera, y bancos, el puesto está decorado con una manta pintada a mano que tiene 12 años donde se ve la fauna marina.
En una esquina, bajo una carpa y en la banqueta el señor ha sobresalido, y ha podido sostener a su hijo que le ayuda de 25 años.
En junio se contagió del virus, 15 días tuvo temperatura, escalofríos y otros síntomas que lo obligaron a estar en cama. Recuerda que en los primeros días, amigos periodistas le llevaron a una enfermera que le puso un suero. Fue ese mismo día que su hermano mayor pasó frente a su puesto en un ataúd. Había fallecido por complicaciones del virus.
De lejos observó el cortejo fúnebre que acudió a la zona donde también su hermano tenía un local de comida. Otros dos hermanos fallecieron por las mismas complicaciones. Dice que él se salvo porque no tiene ninguna enfermedad crónica.
Pero la crisis que se agudizó con la llegada del virus y la pandemia, no era actual, desde hace ocho años el hombre ha resentido un declive de la llegada de turistas y las bajas ventas de comida. Antes vendía entre 800 y mil pesos diarios de lunes a domingos, ayer vendió esa misma cantidad pero desde el lunes y en Viernes Santo apenas lograba vender 300 pesos.
Los clientes que acudían con él año con año desde 2020 no van, no sabe de ellos, los que han llegado le cuentan que han perdido a seres queridos por el virus.
Dice que no sabe cómo se contagió “y lo peor es que no sentía que estaba enfermo al principio, luego me dio temperatura y escalofríos”, una de sus hermanas que vive en Estados Unidos le ayudó con dinero para poder atenderse porque se quedó sin nada. “Me fue mal, sentía que ya mero me iba”.
El hombre está ansioso de recibir la vacuna contra el Covid-19, y espera que en la próxima semana la letra O sea una de las que entren en la estrategia en Acapulco. Sin embargo dice que no se ha registrado en la plataforma.
Ayer, fue viernes, y en cualquier otro año antes de la pandemia, su puesto debería estar con mucha afluencia, pero apenas había atendido a seis clientes, la marea roja que había en la zona tampoco le ayudaba.
Don Lauro dice que a pesar de no aumentar los precios de la comida, no hay ventas. Un ceviche con pulpo cuesta 90 pesos, una orden de quesadillas en 60 pesos y un coco está en 30 pesos. “Son precios cómodos, porque todos estamos mal”.
Después de haber enfermando señaló que tiene temor de volver a infectarse, por eso él acata cada una de las medidas sanitarias que las autoridades han recomendado.
En octubre pasado fue a Puerto Escondido por una semana que se prolongó a cinco, vio un pueblo convertido en una ciudad. No lo reconoció y ahora vio que había más oportunidades allá que en Acapulco, piensa en regresar pero no quiere dejar solo a su hijo en el puerto hasta que encuentre una pareja. Pero él esta decidido a regresar al lugar donde nació.

El coronavirus le trajo estrés y los clientes de la peluquería México 70 disminuyeron pero los gastos no

Los peluqueros Marcelo Carrasquedo y Jorge Ramírez Rodríguez en entrevista en la famosa peluquería México 70 en el centro de Acapulco Foto: Carlos Alberto Carbajal

Jacob Morales Antonio

En la Peluquería México 70 quedaron los recuerdos de los días en que cada uno de los peluqueros realizaba hasta 15 cortes de cabello; ahí iban empresarios y gobernadores antes de ocupar los cargos y antes de que fueran millonarios, recuerda don Marcelo Carrasquedo.
La pandemia de Covid-19 provocó que tres trabajadores optaran por renunciar de manera voluntaria luego de años de miles de tijerazos para que sus clientes quedaran satisfechos.
Don Marcelo de 64 años y don Jorge Ramírez Rodríguez de 50 años son los únicos que se niegan a bajar las cortinas del local, ubicado atrás del Palacio Federal, en el centro de Acapulco.
El local donde se encuentra la peluquería es antiguo, tiene un techo que se siente inalcanzable, con dos grandes ventiladores arriba se refresca el ambiente caluroso, que entra desde la calle. Desde afuera se puede observar las cuatro sillas de corte colocadas a distancia y las sillas de espera separadas una de la otra por las restricciones sanitarias.
Don Marcelo, un hombre desconfiado, habla de manera golpeada. Recuerda que llegó a trabajar a Acapulco proveniente de Veracruz en 1976, al local que en 1970 su hermano mayor abrió y que por el mundial de futbol que se celebró en el país lo nombró Peluquería México 70.
Desde entonces es el encargado de abrir el negocio a las 9 de la mañana y cerrarlo a las 6 de la tarde.
El coronavirus sólo le trajo estrés y preocupación porque los servicios y la renta del local no disminuyeron, pero los clientes sí, y casi no le alcanza para pagar.
Antes de la pandemia, en el local cada uno de los cinco trabajadores que había atendían a 15 personas, ayer hasta la una de la tarde habían llegado tres en total. Don Marcelo dice que cuida que se cumplan los protocolos, por principios porque junto a Jorge son personas mayores.
Recordó que antes de ser políticos y ocupar cargos como alcaldes y ser gobernadores, al local acudían varios personajes conocidos. Cuenta que él atendió en 1979 al empresario y ex alcalde de Acapulco Luis Walton Aburto, en 1982 iba el ex alcalde de Acapulco, Alberto López Rosas.
En 1984 el ex gobernador priista René Juarez Cisneros con Miguel Mayren Dominguez, desde 1989 y por ocho años continuos fue Zeferino Torreblanca, quien dejó de ir luego de que don Marcelo se fue durante un mes a Veracruz de visita. Ahora lo han olvidado por completo y el señor cree que es porque “ahora son millonarios”.
El único que aún continúa visitándolo y para cortarle el cabello es el ex gobernador interino Rogelio Ortega a quien durante su gobierno en una ocasión lo mandó a traer y en un hotel le cortó el cabello, recuerda que le pagó mil 500 pesos, hace un mes el catedrático de la Universidad Autónoma de Guerrero fue al local, “vino solo y abandonado”.
Hace 20 años el señor también atendió al actor y cineasta Mel Gibson en el hotel Las Brisas, un guía de turistas fue por él al local, le prometió un pago de 300 pesos por el corte para una persona importante, pero jamás le dijo que sería el actor, hasta que lo vio en persona, el actor le pagó con un billete de cien dólares.
Otros reconocidos personajes que lo frecuentaban fueron líderes de comerciantes y conocidos políticos del puerto, como Celerino Peláez Ramos, Eloy Polanco Salinas, Roger Catalán, el ex comandante de la extinta Policía Judicial Gustavo Olea Godoy, quien le regaló un arma y una placa, “él me hizo judicial y me pagaba”.
Dijo que en una ocasión acudió a la casa del jefe policiaco donde se encontró con una reunión de varios políticos, él sin saber nada, estuvo sentado y se quedó pero no habló, “ellos platicaban de sus asuntos, y yo ahí como tonto”.
“En ese tiempo no existían los celulares, si no tendríamos repleto de fotos las paredes”, se lamentó. Pero de esos personajes que aún viven nadie ha regresado, desde que la pandemia llegó, otros van con miedo.
Jorge tiene 22 años trabajando en el local y 32 años como peluquero, su oficio es de familia, su papá trabajó ahí. Su hijo ahora estudia la preparatoria, quiere ser ingeniero en sistemas, y no le llama la atención cortar cabello.
En marzo de 2020 cuando llegó el virus el negocio no cerró porque es un espacio abierto, “me espanté porque se empezó a morir mucha gente. Me puse triste, tratábamos de sacar aunque sea para comer.
El hombre dice que hasta febrero de 2020 cada día se llevaba a casa 300 pesos, ayer estaba esperanzado en poder llegar con 150 pesos. Cada corte de cabello o de barba cuesta 60 pesos, pero la competencia de las estéticas donde el corte tiene un precio de hasta 25 pesos, hace que el costo parezca elevado, sin embargo sus clientes, los viejos como ellos, los prefieren, pero por miedo al virus no van y otros han fallecido.

Un arrendador de sombrillas en playa Hornos sobrevivió a la crisis por el coronavirus con la ayuda de sus clientes

El prestador de servicios en la de playa Tamarindos, Juan Flores, en imagen de ayer Foto: Jesús Trigo

Jacob Morales Antonio

Juan Flores Cruz trabaja rentando toldos, mesas y sillas en playa Hornos, mejor conocida como playa Tamarindos en la bahía de Acapulco. La crisis provocada por la pandemia de Covid-19 la superó con la ayuda de sus clientes predilectos quienes le mandaron dinero y despensas en los meses del cierre total de las playas.
A un año de la llegada del virus al estado, el señor de 64 años de edad, perdió a su papá y a un tío por complicaciones del coronavirus. Lleva 25 años trabajando bajo los rayos del sol, de lunes a domingos. Así sacó adelante a su único hijo quien también se dedicó a la atención a los turistas, pero en Cancún.
Don Juan va y viene, va y viene, de la orilla de la playa a la zona donde tiene junto con otros dos compañeros una carpa, las mesas y sillas que no se utilizan por las restricciones impuestas a la actividad en playas a 30 por ciento de la capacidad que tienen.
Es el caminar diario. Ofrece sillas y camastros a los visitantes, y una vez instalados les ofrece el menú de los restaurantes aledaños, y de la venta se lleva un porcentaje.
Reflejando una mirada esperanzadora el señor confía en que en esta Semana Santa se pueda recuperar de la crisis que pasó junto a sus compañeros que trabajan en las playas del puerto.
Antes de la pandemia, en la playa él montaba hasta 15 toldos y 25 sombrillas para recibir a los visitantes, ayer sólo se instalaron 10 sombrillas y cuatro toldos. “Eso nos ha mermado en la economía, la gente no se siente a gusto como antes”.
Un día como ayer en 2019 desde las 7 de la mañana ya tenía sombrillas rentadas, ayer a la 12 del día apenas comenzaba a atender a tres familias en igual número de toldos. A pesar de la crisis los precios de renta de los muebles no subieron, y se mantiene en 100 pesos las sombrillas que incluye una mesa, y cuatro sillas, y en 150 pesos el toldo que además incluye un camastro.
La pandemia mermó sus ingresos, pero sus clientes predilectos, que lleva años en atender y que le tienen aprecio no lo dejaron solo. Durante los meses más difíciles de 2020, a don Juan le mandaron dinero y le regalaron despensas. Así sobrevivió con su esposa y su nieto.
“Estoy muy agradecido con ellos. Nos marcaban por teléfono para preguntarnos cómo estábamos, y nos preguntaban qué necesitábamos”. Algunos le mandaron dinero, otros llegaban con despensas.
El señor reclamó que por parte del gobierno federal, del estado y del municipio no recibió un gramo de arena de ayuda, “ellos dicen lo que les conviene, a nosotros no nos han dado nada”.
Pero la crisis también alcanzó a los visitantes, porque son pocos los que le piden de comer del menú que entrega de los restaurantes. Dice que la mayoría de los vacacionistas prefiere ir a los super o las tiendas de conveniencia a comprar productos para preparar de comer y no gastar tanto.
A pesar de las restricciones, y el miedo de las familias a salir de vacaciones por el virus, confió en que en estos días de Semana Santa le vaya mejor junto a sus compañeros, porque en 2019 desde el Domingo de Ramos ya había muchos turistas.
En la playa de esa zona de la bahía, a la par de los músicos que buscaban deleitar a las familias vacacionistas, un grupo de militares realizaba recorridos exhortando a visitantes y porteños a usar el cubrebocas; con la ayuda de un altavoz reproducían un audio de las medidas sanitarias por la contingencia.
Seis militares que caminaban con sus armas, y su uniforme se imponían ante las personas que de inmediato se ponían el cubrebocas a la primera solicitud que les hacían, pero una vez que éstos avanzaban, las personas volvían a guardar la mascarilla.

Dificultades en un año tratando a pacientes con Covid-19 en el Hospital General de El Quemado

El médico internista Rafael Salgado dijo que hay personas que no quieren que su familiar sea internado porque puede morir Foto: Aurora Harrison

Aurora Harrison

Rafael Salgado es médico internista en el Hospital General El Quemado en Acapulco, tiene 30 años de labor, y a un año de la pandemia de Covid-19, que ha causado casi 4 mil muertes, demostró que no se cuenta con la infraestructura y personal capacitado para dar un servicio de calidad.
Sentado en una de las sillas metálicas del hospital, con su traje quirúrgico, recordó que en marzo del año pasado el secretario de Salud, Carlos De la Peña Pintos lo invitó para que acudiera a un curso de inmersión a la Ciudad de México sobre el virus, que sigue afectando a las familias.
Recordó que en la capacitación que recibió con otros médicos en la Ciudad de México, aprendió de la revisión a los pacientes con esta enfermedad, cómo era el proceso de hospitalización, los criterios que se tenían que seguir para evitar saturación en el hospital.
“Los que ingresaban eran aquellos que tenían una saturación (de oxígeno) por debajo de un límite que ellos habían determinado de 93 por ciento, estos eran los pacientes que se ingresaban, una vez adentro se le hacían estudios, tomografías para evaluar en qué parte de la evolución van los pacientes y con eso determinan la celeridad el daño a nivel pulmonar”, indicó.
El médico internista, que fue director del Hospital Donato G. Alarcón, detalló que todos esos conocimientos se los trajeron a Acapulco para empezar a aplicarlos y “me invitaron a trabajar en este hospital e implementamos la estrategia, entonces a un año hemos tenido dos incrementos (en el contagio de Covid-19), uno que fue el año pasado, precisamente después de mayo, junio y el siguiente después de diciembre cuando se vino la segunda ola”.
Actualmente, indicó, que Guerrero se encuentra en semáforo epidemiológico amarillo, aunque hay pacientes en el área de terapia, “no hemos rebasado el número, cuando nos vemos rebasados en esas áreas, tenemos un área en hospitalización de medicina interna lista sin paciente para que si ellos son rebasados se pueda ingresar”.
“Nos ha costado trabajo poder ayudar a la población, la idiosincrasia del mexicano que se deja llevar por el vecino, la familia, por el resto de la gente, inicialmente se decía que ingresábamos a los pacientes para sacarles líquido de la rodilla y que ese lo vendían, una parte grande que la gente no quería ingresar a los hospitales”, dijo.
Abundó que todavía hay personas que no quieren que su familiar sea internado porque se va a contagiar y puede morir, “desgraciadamente muchos fallecen, pero es parte de la evolución de este padecimiento desconocido y que actualmente se desconoce mucho de el”.

La llegada tarde a un hospital

“Actualmente hay un tratamiento, se podría evitar las muertes o la evolución de la infección, pero aun así la gente se tarda mucho para llegar aquí y llegan con saturación de oxígeno por debajo de 90, eso no nos permite a nosotros poderlo sacar adelante” contó.
Detalló que si algún paciente se infecta, al séptimo día de que inicie con los síntomas aparecerá algo que se llama “tormenta de citocinas, esto produce una inflamación generalizada, en donde esta inflamación hará que nuestro organismo empiece a generar coágulos, de tal forma que por eso los pacientes se ponen mal”.
“Cuando llegan con daño renal, hepático, en el pulmón y no podemos resolver el problema, tenemos la llegada tarde a un hospital” precisó, y afirmó hay otros pacientes a los cuales les falta el aire, el olfato, gusto, un poco de tos y temperatura.
El médico internista afirmó que el exceso de sustancias inflamatorias ocasiona lesiones en los pulmones, y otros órganos como el cerebro, riñones, hígado, “incluso hay datos clínicos que hay afección de otros órganos como son piel, ojos, si nosotros no atendemos a tiempo este problema de tormenta de citocinas se lesionan otros órganos”.
Agregó que sus pacientes, a quienes atiende en ocasiones vía telefónica, cuentan con un oxímetro de pulso para que por las mañanas, tardes y noches se estén checando, “es la única forma que tenemos para saber si ese paciente se pondrá grave, la segunda es una tomografía, si me dice que tiene más del 50 por ciento afectado el pulmón, el paciente se pondrá mal y lo tengo que tener en vigilancia en un hospital”.

El 50 por ciento no quiere la intubación

“Porque tenemos tan alta la mortalidad? porque la gente no quieren que se intube, la gente te dice a mi familiar no la intubes, porque si lo hace lo va a matar, la gente prefiere que se muera sin intubar, le puedo decir que el 50 por ciento no quiere la intubación, he tenido muchos casos y no nada más aquí, sino también en el Donato G. Alarcón donde no aceptan que se les intube a los pacientes, algunos incluso no aceptan que sus pacientes tengan Covid, nos cuesta mucho trabajo”, platica.
También dijo que familiares suyos, han tratado que sus casos permanezca ocultos, no quieren que se den cuenta sus vecinos de que tuvieron Covid y que por eso se murió, incluso “familiares míos”.
Rafael Salgado reflexiona sobre el sistema de salud a nivel nacional y estatal, “ahora lo vemos con la pandemia, está deteriorado, no contamos con la infraestructura hospitalaria para atender a todos los mexicanos, y le voy a dar los puntos clave , para que atienda un paciente que tiene falla respiratoria, hepática, falla renal, tengo que estar capacitado y si no estoy el resultado será la muerte”.
Señaló que en el Seguro Social, “ni la mitad de los que están son intensivistas y en la Secretaría de Salud del Estado es peor, no tenemos intensivistas, soy médico internista, no me siento capaz para poder atender terapia intensiva, adolecemos de intensivistas, por eso aplaudí que se incrementara la matrícula para la especialidad eso va a mejorar el sistema de salud, vamos a tener intensivistas”.
En el caso del hospital de Ciudad Renacimiento, el Donato G. Alarcón, cuenta con un área de terapia intensiva y “pregúntame cuantos intensivistas tiene, ninguno, no hay. En el turno de la mañana no hay internista, eso es grave, la matrícula del hospital de Ciudad Renacimiento no ha crecido en más de 15 años, al contrario, se ha reducido, porque falleció un compañero mío de medicina interna y es fecha que no lo suplen”.
Dijo que a un año para varios de sus compañeros médicos ha sido de mucho desgaste, “ponerte todos los días el traje, quitárselo, el estrés que te produce que tu estés adentro y te puedas contagiar y finalmente nadie tiene la certeza de que no le va a tocar una complicación”.
Actualmente, mencionó, se puede complicar en aquellos con hipertensión, diabetes, cáncer, o que tienen mucha edad, “pero hay gente joven y que ha fallecido, aunque es mínimo un uno por ciento pero eso habla de que te debes de cuidar”.
“Se ha generado un desgaste físico, psicológico, hay compañeros que ya no pueden o no quieren entrar, porque produce ansiedad, pero dependerá de tu psique que tan fuerte seas porque algunos tienen depresión al ver tanto paciente grave, muerto, y sí afecta y mucho”, contó.

No ha faltado a trabajar en un año, no se ha infectado

Al recordar que ha pasado un año de la pandemia y del confinamiento mundial, dijo que lo que ha cambiado en su vida es la “movilidad, no puedes moverte como antes, no podemos convivir, saludar de la misma forma, pero la atención en el hospital es igual”.
“Seguimos dando la atención, seguimos yendo a trabajar, no he faltado, no me he infectado, tengo las dos vacunas, pero antes de eso no me infecté a pesar de que fuimos a Nutrición (en la Ciudad de México) nos metimos en terapia intensiva con 20 pacientes en cada módulo y eso me brindó que me vacunara de antes (generó anticuerpos)” dijo.
Aunque comentó que en el caso del hospital, sólo se atiende urgencias y pacientes que requieren cirugía, “no hay consulta, ese es un pequeño cambio”.

 

Enfermó por el virus y un paro respiratorio lo tuvo al borde de la muerte, relata funcionario de Pungarabato

El director del Agua Potable de Pungarabato Juan Gómez Radilla Foto: Israel Flores

Israel Flores

Ciudad Altamirano

En mayo de 2020 se dio el primer repunte de contagios de Covid-19 en la región Tierra Caliente, las muertes por esta enfermedad eran tres diarias en Altamirano, se contagió el director del Agua Potable de Pungarabato Juan Gómez Radilla, quien tuvo un paro respiratorio internado en un hospital, se vio al borde de la muerte pero sobrevivió.
Juan Gómez tiene 54 años, es médico veterinario y desde el inicio de la administración en Pungarabato asumió el cargo.
En mayo escaseó el agua debido al bajo nivel del río y él acudió a regalarla en pipas a diferentes familias, ahora cree que en esta actividad se contagió, pero no sabe cómo ni cuándo exactamente.
“Yo me había cuidado, tomaba todas las precauciones, pero el 24 de mayo yo comencé a sentirme mal, calentura, dolor de huesos, a los tres días perdí el olfato y el gusto”, relató.
En casa se medicó porque no tenía alternativas, su hijo quien también es veterinario lo ayudó, “todo lo estaba aguantando pero lo que ya no aguanté fueron mis pulmones, a los siete días estaba oxigenando 65 por ciento (cuando tiene que ser 100), acudí a una cita médica con el director de Salud municipal, nos mandó a hacer todos los estudios y ahí detectó que mis pulmones estaban mal”.

Aglomeración ayer en la calle 21 de Marzo que está a un costado del mercado central Baltazar R. Leyva Mancilla de Chilpancingo, donde la movilidad no ha parado pese a la pandemia de Covid-19 Foto: Jesús Eduardo Guerrero

“Yo respiraba y quería hablar y se me iba la voz, lo primero que hizo mi familia fue internarme en el Hospital Regional de Coyuca de Catalán”.
Dijo que estaba nervioso, “estuve nueve días en el hospital regional. La verdad con tal de salvar la vida uno hace todo y aguanta todo. Adentro nos tienen aislados, cada quien tiene su espacio, pero no entra la familia, sólo platicamos con las enfermeras, camilleros, alguna cosa están al pendiente”.
Estuvo tres días sin alimento porque el oxígeno era primordial, “no me podía mover porque me faltaba el aire, hasta el tercer día comencé con dieta blanda”.
Internado, su salud se complicó, “tuve dos noches difíciles, me daban por muerto. Mis pulmones tuvieron dos noches de vida o muerte, tuve un paro respiratorio y los médicos le dijeron a mi familia todo eso. La verdad me dijeron también ‘no tengas miedo y encomiéndate a Dios’”.
Juan Gómez reconoció el apoyo de su familia, “mi esposa, mi hermana, mis hijos, estuvieron pegados afuera del hospital, soportando todo, el clima, los moscos, mis respetos para mi esposa y todos los que estuvieron al pendiente de mí y velaron durante nueve días aquí afuera del hospital, durmiendo en el piso”.
Dijo que se desesperó, “llegó el momento en el que quise pedir mi baja voluntaria, pero en ese tiempo el oxígeno se acabó en la ciudad y el médico me decía ‘aguanta’, porque si te vas no hay oxígeno y no llegarás al puente de Altamirano cuando te mueras, aguanta aquí”.
Al término del tiempo que el médico valoró que la enfermedad había descendido fue dado de alta, pero su salud seguía delicada.
“Cuando salí me aislé por completo, y mi hijo que es médico veterinario me cuidó, él me inyectaba, literal, me atendió un veterinario”.
En esa temporada varios médicos le temían al Covid, las clínicas particulares prefirieron cerrar que atender pacientes por miedo a posibles contagios.
En el ámbito particular nadie quería acercarse a las casas con pacientes enfermos de coronavirus. No había muchas alternativas.
Gómez Radilla pasó dos meses y medio más con oxígeno. Su salud se fue recuperando lentamente.
A casi 10 meses de su contagio cuenta que el Covid “me dejó cinco secuelas: una es la pérdida del pelo, la pérdida de memoria, hubo tiempos que no sabía dónde dejaba algo muy reciente, la taquicardia, los problemas para respirar y los problemas en mis rodillas, con dolor muy intenso, a la fecha sigo con tratamiento y poco a poco he ido superando lo demás, sólo me queda un poco lo de mis rodillas”.
Juan Gómez dice que fue un milagro salir vivo, “le doy gracias a Dios porque me salvó y me dio un día más. Al personal del hospital le agradezco mucho, es personal capacitado que arriesgó su vida por la gente y yo soy un ejemplo de ello”.

 

Una paciente hospitalizada con Covid pone en estrés a la familia y se enferman otros dos

Brenda Escobar

Zihuatanejo

Para la familia Téllez Amable, el Covid-19 no tiene palabra de honor, pues el matrimonio se contagió pocos días después de que la madre de él salió del Hospital Regional Ignacio Manuel Altamirano del IMSS en este puerto, luego de estar 40 días luchando por su vida contra este virus.
Isabel Amable Santiago, vecina de esta ciudad, de 35 años de edad, cuenta que el 4 de enero de este año, su suegra, Gloria Vázquez Yánez, una mujer hipertensa de 65 años, fue ingresada al área Covid-19 de dicho nosocomio a donde llegó proveniente del municipio de Atoyac, a donde había ido a pasar las fiestas decembrinas con parte de su familia, “tenía festejos navideños y anterior a eso, cumpleaños y nos imaginamos que entre eso se contagió”.
“Ella empezó con una tos persistente y posteriormente fiebre desde 10 días antes de que fuera trasladada en ambulancia a Zihuatanejo, nos llamaron para decirnos que ya se encontraba mal y que ya no podía respirar, que no la recibían en ningún servicio médico en Atoyac, cuando llegó aquí, los médicos le diagnosticaron neumonía y sus órganos ya estaban colapsando”.
Isabel dice que la familia de su suegra, “tenían mucho miedo de internarla porque decían que las personas que entran a internarse luego las quieren intubar y lamentablemente ya no salen de ahí, por todo lo que se ha dicho, hay el miedo de que las personas acudan a tiempo a buscar atención médica, eso permitió que le avanzar más la enfermedad, el que no se atendiera a tiempo”.
“La verdad es que el servicio médico sí respondió, sí es efectivo, creo que si tienes la disponibilidad como paciente y la fe en la medicina, pueden llegar a recuperarte; ella estuvo inconciente un tiempo, ya después se fue recuperando poco a poco, estuvo 40 días internada”.
Dijo que durante el tiempo que su suegra estuvo hospitalizada, “sí fue necesario llevar medicamentos, principalmente vitamina C porque hay mucho desabasto de medicina, nosotros, mi suegro les dijo a los doctores y enfermeras que si les hacían falta medicinas que se lo informaran y nosotros les llevábamos y así fue, a ella le inyectaban vitamina C cada cierto horario y la vitamina D3”.
Comentó que en términos económicos, la familia ha gastado más de 15 mil pesos tan sólo en doña Gloria, quien salió del hospital con secuelas de la enfermedad y por estar tanto tiempo en cama, perdió mucha masa muscular y actualmente recibe terapias de rehabilitación para poder volver a caminar pues perdió motricidad, pero su suegro, quien es un adulto mayor pensionado, tenía ahorros y otros integrantes de su familia también han aportado económicamente para ayudarlos a sortear este problema de salud.
Isabel Amable agregó que su esposo, Roberto Carlos Téllez Vázquez, de 37 años de edad, fue quien recibió a su madre una vez que fue dada de alta, a mediados de febrero pasado, “la recibió ahí en el centro Covid-19 del hospital del Seguro Social, entonces, quiero imaginarme que ahí, en su ropa o algo, adquirió el bicho y en el coche se quedó o no sé, porque él tenía cubrebocas, gel antibacterial y aun así, 15 días después, nos enfermamos los dos”.
Cuenta que “el Covid-19 no tiene palabra de honor” pues nunca se imaginaron que podrían contagiarse “porque ambos somos jóvenes, llevamos una alimentación sana y los dos nos ejercitamos a diario, sin embargo, creo que el nivel de estrés al que nos sometimos durante 40 días por no saber mucho sobre el estado de salud de nuestro familiar, fue el que nos bajó las defensas y nos dejó más vulnerables al contagio”.
“Desde un principio, desde que se internó, nos dijeron que estaba muy grave y que nos mantuviéramos pendientes del teléfono, que estaba muy grave, que tenía la neumonía muy avanzada y que sí estuviéramos al pendiente en caso de ser necesaria la intubación; firmaron una documentación de autorización, pero con la reserva de que en caso de ser necesario utilizar esa autorización, tendrían que llamarnos, entonces sí teníamos que estar pendientes del teléfono, siempre con la angustia de que no fueran a ser malas noticias, cada vez que nos llamaban del hospital, es desgastante emocionalmente”.
Continúa, “la verdad es que sí fue muy angustiante, mucho, es un estrés y una incertidumbre porque no sabes cómo está realmente tu paciente ahí adentro, si está siendo bien atendido, si él está tranquilo o no, todos estábamos preocupados, toda la familia aquí en Zihuatanejo y de fuera, estaban al pendiente de mi suegra”.
“El estrés que vivimos durante esos 40 días mi esposo y yo, nos dejó más vulnerables y quizá por eso nos contagiamos pese a que llevamos una vida saludable, el Covid-19 no respeta, no tiene palabra de honor; los dos presentamos fiebre, dolor de cabeza y pérdida del gusto y del olfato; mi esposo recuperó esos sentidos a los 15 días de haber padecido la enfermedad, yo todavía no los recupero del todo, pero lo que más me angustiaba era que mi hijo de casi 2 años de edad pudiera contagiarse también”.
Isabel Amable asegura que “el estado de ánimo es muy importante cuando uno se contagia de Covid-19, eso tiene mucho que ver para una pronta recuperación; mi esposo y yo decidimos aislarnos durante nuestra cuarentena de 15 días y relajarnos completamente para no darle oportunidad a la enfermedad de que pudiera causarnos un daño mayor, eso es lo que recomendaría, que si tienes síntomas, atenderte de inmediato y mantener una actitud positiva, relajada y con buen ánimo para que no la pases tan mal”.

 

Dos acapulqueños, de 26 y 27 años, contagiados en enero

Linayme Reyes Ávila y Ramón Gracida Gómez relatan que “fueron dos semanas de sufrir náuseas, dolores de cabeza, y de padecer a las autoridades que tardaron 10 días para entregarnos los resultados de las pruebas gratuitas” Foto: Ramón Gracida

Linayme Reyes Ávila* y Ramón Gracida Gómez**

A dos meses de que nos diagnosticaron Covid-19, nos da tristeza recordar nuestra experiencia. Sin embargo, a pesar de que nos genera temor el reinfectarnos, también decidimos no vivir con miedo.
Fueron dos semanas de sufrir náuseas, dolores de cabeza, y de padecer a las autoridades que tardaron 10 días para entregarnos los resultados de las pruebas gratuitas en Acapulco.
El 8 de enero iniciamos con el mareo y una ligera fiebre. Nos resistíamos a que fuera coronavirus, pero los mareos de Rosa María, la mamá de Ramón, la pérdida de olfato de su tía Guadalupe y la tos de su tío Pedro, auguraban que la pandemia había llegado a nuestras vidas después de casi un año de estar exentos de ella.
El sentimiento de culpa comenzó a inundarnos: ¿nos contagiamos en el festejo del cumpleaños 27 de Ramón el 2 de enero? ¿Fue por nosotros que los demás se enfermaron? Nos acordamos de todas esas salidas en noviembre y diciembre, los bares clandestinos en los que no guardamos la distancia, los saludos.
El 11 de enero fuimos a hacernos la prueba gratuita a un costado del Asta Bandera con el papá de Ramón, quien también ya había empezado a sentir fiebre. Nos formamos desde las 7 de la mañana para ser los primeros en llegar, pero fue hasta las 10 de la mañana que pasamos por esa prueba en la que te arde la nariz.
A pesar de que nos avisaron que la entrega de resultados tardaría 5 días, decidimos ir rápidamente a ver al doctor Víctor Gómez Zanabria, cuya fama ya circulaba en la familia, porque los síntomas se volvieron más intensos en un par de días, sobre todo en Linayme, de 26 años. La consulta no tardó más de 10 minutos, por los síntomas, Zanabria nos aseguró que saldríamos positivos de coronavirus y que ya era necesario tomar medicina. Fueron 900 pesos de medicamentos por cada uno. Sin que resultara un problema para nosotros, luego nos preguntamos cuántos de los enfermos pueden pagar esta cantidad.
Los síntomas se intensificaron: el dolor de cabeza que no dejaba dormir, el mareo que llegaba al asco y al vómito, y la fatiga por subir unas cuantas escaleras o unos metros del carro a la puerta de la casa. Por momentos odiamos esa medicina que sólo revolvía el estómago. Previendo el malestar, la piel se erizaba cada vez que escuchábamos “ya pasaron 12 horas” o “se te olvidó el paracetamol”.
Fue hasta el 21 de enero, 10 días después de realizarnos la prueba, que una trabajadora de la Secretaría de Salud estatal nos habló para confirmar lo obvio: salimos positivos de Covid-19. Aparte, nos informaron que Ramón y su papá, quien apenas y hablaba porque tosía, resultaron positivos de influenza.
El tratamiento que nos dio Zanabria ya había terminado y el gobierno apenas nos decía que estábamos enfermos. ¿Habrá gente que espere atenderse hasta que lleguen los resultados? ¿Cuántos pacientes se agravan por esperar este papel?
Nuestras escuelas, inconscientes, sólo aligeraron la tarea durante nuestra enfermedad, pero no la pausaron por completo, entonces sentimos esa presión de sentarnos frente a la computadora, y el mareo inmediato y repentino surgía y nos íbamos corriendo al baño a vomitar.
Nosotros también padecimos esos raros tés de cúrcuma, limón y ajo que circulan en internet y que preparaba Rosa María. Sus extraños mantras de sanación y eucalipto también nos acompañaron, y aunque en ese momento no la comprendimos, ahora podemos decir que esa actitud positiva nos ayudó bastante. Pero equilibrar la vida en esta pandemia es sólo para quienes pueden pagar dicho equilibrio, concluyó Linayme al ver a su suegra.
“¿Vamos a salir de ésta, verdad?”, fue la pregunta de Linayme que nos concientizó del miedo que llegamos a sentir después del intenso dolor de cabeza y la temperatura que llegaba a 38.7 grados y no la dejaba dormir.
“¿Estás respirando bien?”, le preguntaba Ramón obsesivamente con todas las emociones revolviéndose con el Covid-19. Lloramos en silencio para no afectar al otro y suspendimos las videollamadas con la hermana de Linayme, que vive en Yucatán, porque sólo agudizaba la tristeza. El sentirnos acompañados nos llevó a pensar que incluso era un privilegio el no estar solos e imaginamos a esas personas que viven la enfermedad en soledad.
Cumplimos el ciclo de 14 días, pero las secuelas comenzaron: cuando menos lo esperas, pierdes la energía y sólo quieres estar acostado en tu cama sin hacer absolutamente nada porque simplemente no puedes, el cuerpo pesa como si tuvieras a una persona encima que te aplasta y te inmoviliza. También aparece de repente una insoportable agudización del oído, el cual se vuelve muy receptivo a cualquier sonido. “¡Qué enfermedad más rara!, ¿verdad?!”, nos decíamos extrañados de nuestros cambios de humor.
Nos recuperamos, pero la culpa continuó: ¿Qué será del tío Pedro que ya tiene que usar oxígeno? Nos tocó buscar sus medicinas que escasearon a finales de enero, por ejemplo, la Clexane. Un par de días simplemente no la encontramos en ninguna farmacia y cuando sí, costaba como mil pesos. ¿Quién puede pagar eso?
Empezó febrero: ¿qué hacemos? ¿Hasta cuándo podremos salir? Fue aproximadamente un mes después de los primeros síntomas que salimos a la primera fiesta de una amiga a Pie de la Cuesta. ¿Estuvimos mal? Tal vez sí porque el riesgo siempre existe a pesar de que asistieron pocas personas y nos cuidamos.
En marzo desaparecieron las secuelas, pero permanece latente la advertencia de que la recaída o el recontagio de Covid son peores que la primera vez. No sabemos aún si vale la pena vivir esa experiencia por unas cuantas comidas fuera de casa, las cervezas en la playa o ver a los amigos, pero tampoco vale la pena vivir con miedo.

* Estudiante de la maestría en Ciencia Política del Instituto Internacional de Estudios Políticos Avanzados (IIEPA)
** Estudiante de la maestría en Estudios Comparados de Antropología, Historia y Sociología de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS, por sus siglas en francés) de Marsella

 

Sin dinero para medicinas, solo en su casa, tomando tés de yerbas, sobrevivió a Covid

Alejandro, de 68 años, que vive en las faldas del cerro Chuperio, barre un jardín en Ciudad Altamirano Foto: Israel Flores

Israel Flores

Ciudad Altamirano

El señor Alejandro, de 68 años de edad, vecino de Altamirano, de las faldas del cerro Chuperio, sobrevivió a un contagio de Covid, con remedios naturistas, en medio de una crisis de salud y temor porque no tenía dinero para las medicinas.
Hombre de bajos recursos, con salario de 2 mil pesos a la quincena, sufrió un contagio en diciembre pasado. Fuertes temperaturas de 38 y 39 grados, con crisis de tos. Vive solo, su familia no está en la región.
De pronto fue a un médico y le dijo que estaba contagiado. La pérdida del olfato y el gusto eran síntomas claros entre otros. Le dio una receta para surtirse, pero a sumar el costo de los medicamentos se le hacía la cuenta de un mes de salario.
Entonces tomó la decisión de su vida: “Me pongo en las manos de Dios porque no me alcanza, y voy a tomar unos tés calientes y unas yerbas que tengo”.
Don Alejandro contó que para el momento en que fue al médico ya llevaba unos 7 días. Le dieron permiso de faltar al trabajo, pero además, su preocupación es porque su mayor ganancia de dinero es lo que la gente le da de propina. Confirmó que se encerró en su casa.
“Yo me puse a pedirle a Dios, vivo solo, sufro de diabetes, de la presión, y no tenía nada de dinero para los medicamentos. Algunos amigos me traían de comer, me ayudaron de ese modo. Tenía unas pastillas para la calentura, y eso fue lo que tomé”, contó.
Dijo que no le alcanzaba para irse al hospital, porque en el hospital no hay medicamentos, y “tiene uno que comprarlos, y es el mismo problema”.
Entonces comenzó a cortar todas las yerbas que tiene en casa: “la papaya, el te de hojas de limón, el eucalipto, comí muchos limones, tengo un árbol de toronjas, me las acabé, me acabé todos los árboles de yerbas que tengo como el muicle, algunos vecinos me trajeron atoles, comí hasta iguana, y en una semana estuve mejor. Nunca me faltó mucho la respiración, sólo algo, un poco, pero cuando me sentía mal, le seguía comiendo de todo”.
“Me pidieron que me hiciera la prueba, pero no salí de mi casa para no contagiar a nadie, no me moví de mi casa. Como vivo solo, casi no recibo visitas, pero sí pensaba mucho en la muerte, y entonces me ponía a pedirle a Dios, porque no había de otra”.
Contó que los mareos siguieron. “Tardé casi un mes y medio en regresar a trabajar, y no del todo bien, seguí con tos, seguí con problemas. No me considero un hombre sano, pero creo que como estoy activo siempre esta enfermedad me dejó vivir”.
Don Alejandro, argumentó que en su manzana murieron dos personas de Covid en el inicio del año, y más jóvenes. “Yo ahora de vez en cuando me sigo mareando, todavía siento a veces que me falta el aire, pero me cuido más, porque sigo sin tener para las medicinas. Corrí con suerte, y Dios me quiere aquí todavía, de otra forma, no la estaría contando”.