Los estragos de Erick en la Montaña

 

No solo fue Erick, también John, Otis e Ingrid y Manuel, los huracanes y tormentas han arruinado la vida de las familias indígenas de la Montaña. Ha sido imposible levantarse del fango por tantas afectaciones que han padecido y que difícilmente pueden salir adelante con los apoyos que brinda el gobierno. Las huellas de los desastres están en toda la Montaña: en los caminos trozados, en las viviendas agrietadas, en sus terrenos anegados y sus huertas de café con las ramas quebradas. Los techos de las escuelas son coladeras y las casas de salud deterioradas y abandonadas por falta de médicos.
Con el huracán John los productores de la Montaña que reportaron pérdidas en sus cultivos de maíz y café fueron engañados por la Sagadegro, que dejó pasar el tiempo para que al final nunca llegaran los apoyos. Las familias tuvieron que migrar para subsistir en la temporada de secas. Con la decisión de la presidenta de la República de que sólo atenderían por teléfono a las personas que no fueron censadas, varias personas mayores y madres solteras quedaron excluidas de estos beneficios porque desconocieron el procedimiento para realizar sus reportes.
Con el huracán John las comunidades mixtecas de Metlatónoc y Cochoapa el Grande se quedaron esperando a que repararan los tramos dañados de la carretera que va de Tlapa a Metlatónoc. El gobierno federal por medio de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT) le informó a una comisión de comisarios, que no tenía presupuesto y sólo mandó a una empresa para que removiera algunas piedras y abriera el paso de manera provisional. Ahora con el huracán Erick varios tramos son intransitables. La forma de atender un problema añejo es mandar una máquina para que sólo abra el paso. Nadie le da seguimiento para que se reparen a fondo los daños.
En la carretera que va de los puentes de Igualita a Juanacatlán, San Juan Puerto Montaña desde el huracán John los habitantes reportaron serias afectaciones. La atención que brindaron fue abrir el paso de manera provisional y así lo dejaron, las consecuencias son graves y más costosas porque hay daños mayores: tramos trozados, derrumbes, agrietamientos, desprendimiento de piedras. La gente no tiene otra alternativa que contratar una máquina para que por lo menos haya paso. Las máquinas que se requieren para reparar estos caminos no llegan a la región.
La comunidad me’phaa de El Tepeyac, municipio de Malinaltepec se vio obligada a desplazarse en la parte alta de sus tierras por el desgajamiento del cerro con las lluvias del huracán John. Pidieron el apoyo a las autoridades de los tres niveles y nadie las atendió. Improvisaron sus viviendas con láminas galvanizadas y hasta la fecha más de 40 familias viven en condiciones deplorables. No cuentan con luz porque la CFE no puede otorgarles ese servicio mientras no haya un convenio con la autoridad municipal para que sufrague el gasto. Es obvio que el presidente no se ha interesado en apoyarlos. Protección civil no registró este riesgo que enfrenta la población y por lo mismo no emitió un dictamen para determinar su retorno o reubicación. Ahora con Erick tuvieron que guarecerse en sus cobertizos de lámina pidiendo al cielo que los vientos no los dejara a la intemperie. Las familias no tienen otra opción que seguir desplazadas porque sólo así se sienten más seguras, aunque tengan que padecer mayores desgracias.
Los desastres naturales han evidenciado el abandono de todos los gobiernos. No hay interés en revertir esta situación oprobiosa, las intervenciones son para salir del paso y con el menor costo. El trato discriminatorio es el sello distintivo de los gobernantes. No se asigna un presupuesto acorde a los múltiples problemas que arrastra la población indígena. La situación se complejiza porque ninguna autoridad le apuesta a revertir estos rezagos, sólo hacen remiendos y ponen parches para que la gente sobreviva. Es la misma gente la que se organiza para levantar su casa con adobes, la que trabaja comunitariamente para medio abrir los caminos, la que tiene que salir a trabajar al norte del país para juntar dinero y comprar maíz. Resisten ante tanto abandono.
De acuerdo con los reportes preliminares que compañeras de la región nos han hecho llegar tenemos información de que hay varias madres solteras y personas mayores que tienen afectaciones en sus viviendas. Hay comunidades incomunicadas debido a los derrumbes como Chichihuatlaco, municipio de Atlixtac y del núcleo agrario de Teocuitlapa. Las comunidades de Alcamani y Rincón de los Pinos, Piedra Tuza y Santa Rosa municipio de Acatepec también están incomunicadas.
En el municipio de Malinaltepec la carretera de Moyotepec está dañada y sus habitantes reportan afectaciones en los plantíos de café y plátano. Lo mismo pasa con Colombia de Guadalupe. Reportan daños a sus viviendas en Loma Toro que está incomunicado. En Llano de Heno el viento voló sus techos. En el municipio de Zapotitlan Tablas hay reportes de viviendas agrietadas como en Ahuixotitla y Tierra Colorada. En Llano Verde, Tierra Colorada y Apolcalcitepetl en el municipio de Atlixtac hay familias que se quedaron a la intemperie. En Acatepec hay varias comunidades con viviendas sin techos y caída de sus paredes de adobe como Cerro Gavilán, Agua Xoco, Alcamani entre otras.
Las comunidades ñuu savi de Tierra Blanquita, San Miguel el Nuevo y la cabecera municipal de Cochoapa el Grande quedaron incomunicadas porque sus caminos quedaron bloquedos por los cerros que se derrumbaron. En el tramo de Igualita a San Juan Puerto Montaña no hubo paso. En la carretera Tlapa-Metlatónoc hubo un derrumbe antes de llegar a la comunidad de Cuautipan. “Vinieron autoridades del gobierno del estado, medio abrieron sólo para que pasara un carro, se tomaron la foto y se fueron.
No sé qué piensan las autoridades estatales, federales y municipales. Las lluvias van a seguir, no pueden dejar los caminos a medias. Además, el río está a un metro para que se lleve la carretera como lo hizo el huracán John. Las autoridades municipales tienen que buscar una forma de desviar el río porque si no va a destruir el camino”, plantea el defensor comunitario Abel Campos.
Agripino Bailón, coordinador regional de la Casa de Justicia de Las Juntas Caxitepec, relató: “el huracán Erik nos agarró de sorpresa. No nos enteramos de nada porque no tenemos señal de teléfono y el internet no funciona sin luz eléctrica. Nadie nos pudo advertir si era una tomenta tropical o un huracán. Sentimos que hubo un viento muy severo a pesar de que duró pocas horas. Se dañaron las casas, sobre todo, los techos de lámina de cartón y galvanizadas. Estamos incomunicados por los derrumbes en los caminos carreteros. Necesitamos maquinaria pesada que saque los derrumbes”.
Ángel García, originario de la comunidad de El Paraíso, municipio Ñuu Savi, contó que el “viento levantó el techo de mi casita que está a un lado de la clínica. Hay varias viviendas afectadas y derrumbes en los caminos. Rumbo al Charquito la carretera está a punto de romperse por la lluvia. Los platanares quedaron el el suelo, los árboles cayeron encima de las milpitas, los pocos cañales quedaron doblados, las piñas en el tlacolol quedaron sin raíz”.
Este huracán Erik llegó como a las 8 de la mañana del jueves 19 de junio. A las 2 de la tarde poco a poco se fue calmando. Empezó con una fuerte lluvia y luego se soltó el viento que rugía como el diablo. El viernes contraté peones para que me ayudaran a acomodar el techo de mi casa porque se cayó. Tardó sólo unas horas, pero eso bastó para que nos aruinara.
Del crucero al Paraíso también hubo derrumbes, crecieron las barrancas y los árboles quedaron en la tierra, No había paso hasta este viernes 21 de junio por la tarde. El Ayuntamiento está recabando información de las viviendas dañadas, pero la verdad en las comunidades no sabemos nada de apoyos. Es lo mismo que pasó con el huracán John. A veces ya no tenemos esperanzas, sabemos que tenemos que arreglárnoslas como podemos.
La ruta de la comunidad de Tierra Colorada, municipio de Malinaltepec, que conecta con Ayutla de los Libres está cubierta de piedras, hay partes con derrumbes y los árboles quedaron en el asfalto. La gente tuvo que abrir cortando las ramas de los árboles y a pala los derrumbes pequeños. Los corrales que son para el ganado vacuno quedaron destrozados.
En la comunidad de Pascala del Oro los cafetales quedaron entre los ramales. El río que pasa por la comunidad de Arroyo Mixtecolapa casi se desborda sólo el arenal se aprecia en las orillas. Más adelante los troncos quedaron atravesados en la carretera. El lodazal predomina en algunas partes. En las curvas de la Cortina que siempre ha estado mal, ahora le tienes como cruzar la barranca.
Lo grave en Cochoapa el Grande, además de los caminos trozados y viviendas dañadas son los asaltos que se dan por parte de un grupo armado que además de quitar el dinero y pertenencias de los pasajeros, también secuestran como recientemente pasó con un niño. Se han dado varios asesinatos durante 5 años que tienen controlado este tramo de la Laguna-Cerro de la Garza. La gente sabe que se asientan en el paraje Tuun Deta, pero ninguna autoridad investiga ni hacen operativos para desarticular esa banda. Se tiene conocimiento de que hace meses balearon a dos empleados de la CFE. Llegaron a tomar lectura y por curiosidad vieron que un señor estaba amarrado. Al darse cuenta de este hecho optaron por correr para ir a su camioneta. Este movimiento alertó a los secuestradores que accionaron sus armas. Uno de los comisionados fue lesionado en la pierna, su compañero lo auxilió y lo subió a la camioneta, afortunadamente pudo comunicarse por radio a Chilpancingo y fueron auxiliados con un helicóptero que se los llevó.
A pesar de estas agresiones las autoridades no se interesan por atender este problema que se está extendiendo en la región porque el grupo armado está creciendo y la gente no tiene otra alternativa que salir por la costa. La violencia, el abandono y los huracanes tienen en vilo a las comunidades de la Montaña.

Los asesinos en casa

La violencia se agrava en la Montaña no solo por la presencia de grupos de la delincuencia que se han apostado en comunidades estratégicas para tener el control de las rutas, sino porque los niños y jóvenes indígenas han incursionado en el consumo de drogas sintéticas. Así como los teléfonos celulares proliferan en las comunidades de la Montaña, el cristal es una sustancia que está al alcance de toda la gente, principalmente niños y jóvenes. Es más difícil conseguir una medicina que comprar una bolsita de cristal. Las escuelas están asediadas por estas drogas psicoactivas, al grado que se han transformado en espacios idóneos para alentar su consumo y su venta dentro de las mismas instituciones educativas. Pocas comunidades están abordando este problema en las asambleas, con muchas reticencias se quiere abordar un asunto que está causando estragos entre sus hijos e hijas. Hay temor a ventilar públicamente cómo están llegando las drogas a sus comunidades, quién las está vendiendo y las conductas que están asumiendo los niños y los jóvenes en las escuelas y dentro de sus casas.
Las autoridades municipales y educativas no se han interesado en atender este problema de salud pública. Nadie quiere cargar con la responsabilidad de platicar lo que está sucediendo en las comunidades por el consumo de estas drogas. Las madres y padres de familia tampoco están dispuestos a aceptar esta realidad y mucho menos afrontarlo con sus hijos. Le apuestan a que sea algo pasajero y que con el tiempo los jóvenes se alejen de las drogas. No solo el alto consumo de refrescos, sobre todo la Coca Cola, ha aumentado la diabetes de forma alarmante en los organismos mal alimentados de la Montaña, también las metanfetaminas en la población joven que se vende sin control alguno. La Montaña es un mercado cautivo para el consumo de comida chatarra y para el consumo de drogas psicoactivas. El negocio de las drogas no solo se da en las grandes ciudades ni en ámbito urbanos, el mercado no conoce fronteras, llega a los lugares más pobres y apartados para expoliar a sus habitantes y desquiciarlos con el consumo de drogas. El fetiche del capital requiere sacrificios humanos para robustecer su poder devastador.
Las tragedias protagonizadas por los jóvenes están dejando huellas profundas en las comunidades indígenas. A pesar de estos focos rojos, ninguna autoridad atiende ni previene, mucho menos investiga ni castiga a quienes lucran con estos negocios. Se han documentado casos de suicidios en la Costa Montaña, homicidios y feminicidios en las comunidades indígenas. En los municipios de San Luis Acatlán, El Rincón, Malinaltepec, Copanatoyac, Cochoapa El Grande, Zapotitlán Tablas, Acatepec y Tlapa se han consumado hechos deleznables. Este fin de semana se registró un multihomicidio en el municipio de Tlacoapa: dos mujeres y hombre fueron asesinados a puñaladas por un sobrino dentro de su vivienda.
Cleotilde de 75 años, creció entre las hondas barrancas de la Montaña. Ayudaba a sus padres en la siembra del maíz. Aprendió a sobrevivir con tortillas y quelites. Nunca tuvo oportunidad de estudiar. Cuando nació su hija Araceli no pudo ofrecerle más que los saberes del trabajo agrícola porque no tenía dinero para que fuera a la escuela. Luchó a brazo partido con su hermana Eco para levantar su casa de adobe. De las 8 hermanas que fueron, Araceli y Escolástica (Eco) son las únicas que se quedaron con doña Cleotilde. Ante la muerte de una de sus hermanas quedó huérfano el niño Francisco, que también perdió a su papá cuando tenía 3 años.
Araceli se casó con Leandro y decidieron hacerse cargo del sobrino Francisco. El adolescente pronto supo que no eran sus papás. Le dolía mucho que le recordaran que no tenía madre. Sentía que nadie lo quería y que en el pueblo estaba solo. “Fue como un odio que se incrustó en su mente y en su corazón que nunca pudo controlar. Empezó a consumir droga y nadie se atrevía a decirle algo. Mi mamá lo consentía y lo dejaba que anduviera de ocioso, porque no quería trabajar. No sé qué pasó, pero tengo muy presente su amenaza de que nos iba a matar”.
Este jueves estuve platicando con mi mamá Cleotilde y mi hermana Araceli sobre la clausura de mi hijo. Fue un día extraño porque platicamos de la muerte. Yo les dije que solo ellas podrían darme una cristiana sepultura. Mi hermana me pidió que no mencionara la muerte porque nadie sabe cómo será nuestro final. Eran como las 5 de la tarde cuando le dije a mi mamá que tenía pesadez en mi cuerpo, como mucha flojera, pero tenía que lavar mucha ropa. Mi madre todavía me dijo que descansara, al fin hay más tiempo que vida. Nunca imaginé que la desgracia iba a llegar a la casa.
Eco y Araceli tardaron en encender el fogón por la lluvia que cayó en la madrugada. Cerca de las 9 de la mañana se corrió la voz que Pancho había apuñalado a Leandro. Ante la trágica noticia Araceli corrió para su casa para controlar a Francisco. Eco hizo las tortillas para que almorzaran los maestros y pidió a su sobrina que fuera a ver qué había pasado. La sorpresa fue que no encontró a nadie dentro de su casa. Eco presentía algo malo. Llamó por teléfono a una prima mientras los buscaba alrededor de la casa. Después de una revisión más meticulosa Eco vio las huellas del huarache de su hermana Araceli, bajó por unos ramales y vio otras huellas. Después de una hora de búsqueda entró a una segunda casa que está a unos metros de la otra y se espantó al ver que unos perros sorbían la sangre que salía de adentro. Desesperada empujo la puerta y al entrar vio a su mamá Cleotilde en una esquina. Cerca de ella estaba Araceli tirada bocabajo, y a su lado yacía Leandro tirado bocarriba, todos ensangrentados y ya muertos. Al salir para pedir auxilio Eco alcanzó a ver a Pancho cerca de la casa, que al sentirse descubierto corrió para el cerro.
Caminé con mucho miedo para ponerme a salvo, a pocos metros me topé con un vecino a quien le pedí que me apoyara. No se quiso involucrar y solo me recomendó que me fuera con cuidado. Cuando llegué a la casa de mi compadre les platiqué todo y les pedí que me acompañaran para ir a la comisaría municipal. Me subí a su carro y llegamos a la comisaría donde les informé lo que había pasado.
A las 2 de la tarde llegó la síndica municipal de Tlacoapa, escuchó nuestra denuncia y levantó un acta. Más tarde llegó el Ministerio Público y unos peritos forenses que se encargaron de hacer las diligencia para levantar los cuerpos. A las 8 de la noche se los llevaron a la comisaría. Fue muy duro para todos tener que velar tres cuerpos. Nos invadía la tristeza y el coraje por la forma cobarde en que lo hizo un miembro de la familia. Nunca había pasado algo así en la comunidad, varios piensan que a la mejor es un castigo de Dios por tanto desorden que hay en la comunidad.
Este sábado llegaron los familiares a la Fiscalía de Tlapa para interponer la denuncia formal. Fue un trabajo arduo que duró más de seis horas declarando y realizando los trámites correspondientes. Después de la necropsia los tres cuerpos fueron trasladados a La Sabana. A pesar de la pena y el cansancio emprendieron el viaje a su comunidad en medio de la densa neblina y la lluvia que los acompañó en el viaje de tres horas. En el trayecto Eco recordaba a su mamá y a su hermana. Se lamentaba de lo que había sucedido. Manifestaba que no comprendía por qué había llegado a ese extremo su sobrino Francisco. No concebía la barbarie que cometió. Deducía que estaba drogado porque sus comportamientos eran muy violentos.
La gente se mantuvo en vela hasta ver llegar los féretros. El sacerdote de Tlacoapa hizo compañía para recibirlos y celebrar a la una de la mañana la misa en el albergue de la comunidad. Los vecinos tapizaron de veladoras alrededor de los tres difuntos. El humo de copal elevaba las plegarias de una que se siente culpable por la que pasó, que consideran que es un castigo divino, una reprimenda de las fuerzas sagradas porque no están haciendo bien las cosas. Lo más trágico es que no están tomando medidas efectivas para tener en sus manos el control de su comunidad. Han dejado que actores políticos se coludan con grupos de la delincuencia para hacer negocios ilícitos. Son agentes externos los que imponen su ley y los que distribuyen la droga en las comunidades para tener entre los niños y jóvenes una clientela cautiva, dispuesta a cometer crímenes para que ellos mismos se encarguen de aterrorizar a la población. Estas fracturas destruyen la cultura comunitaria, causan divisiones y confrontaciones internas. La violencia con el consumo de drogas entre las nuevas generaciones se adhiere al problema de un tejido comunitario que se desangra con los asesinos que habitan en la propia casa. Esta violencia endémica le viene bien a las autoridades de los tres niveles de gobierno porque se desentienden del problema y culpan a las mismas comunidades de su propia desgracia. Para los gobernantes los generadores de violencia no son las redes macrocriminales que siguen intactas en su estructura y organización, sino los jóvenes pobres que caen en las garras del cristal.

Condenadas al olvido

“Salgan perros” fue el grito desafiante del general Alfredo Oropeza Garnica contra los indígenas que pernoctaban en los salones de la escuela primaria Caritino Maldonado en la comunidad ñu savi de El Charco. Tenía información que había llegado una columna guerrillera para platicar con las autoridades y líderes comunitarios de Ayutla de los Libres. El Ejército movilizó a varias unidades especiales y se apertrechó alrededor de la comunidad. En la madrugada arremetieron contra los indígenas que descansaban. El estruendo de las balas los sorprendió. No había forma de ponerse a salvo, varios fueron alcanzados por las balas y algunos optaron por salir con las manos en alto. De nada les sirvió, porque fueron blanco fácil al ser ejecutados. Los militares descargaron más de 280 municiones y al menos 2 granadas de fragmentación. Los testigos refieren que a varios indígenas los llevaron retenidos al centro de la cancha, los tiraron boca abajo y les dispararon en la cabeza.
El saldo fue de 10 indígenas del pueblo ñu savi y un estudiante de la UNAM ejecutados; 5 heridos graves, entre ellos un niño; 22 detenidos y torturados, entre los que se encontraban 4 niños y una estudiante universitaria. A la fecha este artero crimen se encuentra en la impunidad. Las únicas causas penales que se abrieron fueron contra los indígenas del Charco. Los acusaron de rebelión, conspiración, terrorismo, acopio y portación de armas, la mayoría fueron sentenciados, pero los ministerios públicos no abrieron alguna investigación por los 11 asesinatos, por las lesiones graves, las detenciones arbitrarias y la tortura infligida contra los indígenas.
Los saldos fueron funesto después de esa noche trágica, por lo menos 4 sobrevivientes al salir de prisión fueron asesinados en condiciones que no se han investigado. En lugar de que las autoridades civiles apoyaran a las comunidades y a los deudos, apoyaron el cerco militar que alentó la represión y la consumación de múltiples violaciones a los derechos humanos, aplicando una estrategia de guerra preventiva o de baja intensidad. Las violaciones de las indígenas Valentina Rosendo Cantú e Inés Fernández Ortega, en el 2002, formaron parte de las acciones de contrainsurgencia que aplicó el Ejército de manera impune y cobarde. Esta represión y acoso militar fragmentó a las comunidades y destruyó la organización autogestiva que buscaba romper con el sometimiento caciquil y la explotación de los ricos. Hasta la fecha las comunidades indígenas de la Montaña se encuentran sumidos en la pobreza: no existen hospitales que garanticen servicios gratuitos y tratos dignos; la mayoría de las escuelas son de multigrado y no hay suficientes docentes. Los caminos son intransitables, ya es costumbre que en tiempos de lluvia las familias indígenas tengan que caminar varios kilómetros cargando sobre sus espaldas el maíz o el frijol para malbaratarlos en Ayutla.
Las viudas de El Charco padecen el maltrato, el engaño y el olvido de las autoridades. Su vida cambió para hacer más cruento su sufrimiento. No solo mataron a sus esposos, sino que les infundieron miedo. El Ejército sembró el terror entre las comunidades y las viudas tuvieron que resignarse a callar, a no exigir justicia y a conformarse con las migajas del gobierno. Abusaron de su estado de vulnerabilidad: los líderes del PRD las utilizaron para obtener recursos económicos en su nombre y capitalizar políticamente su exigencia de justicia. Nadie asumió su defensa ni reivindicó sus demandas básicas. Quedaron en el olvido y lo peor de todo es que las autoridades municipales difundieron en las comunidades que ya habían sido indemnizadas con sumas millonarias. El gobernador Ángel Aguirre acudió a Ayutla después de la masacre para anunciar la entrega de un cheque con el fin de apoyar a las viudas de El Charco. Nunca recibieron nada, su presencia solo fue para tomarse la foto y entregarles una despensa con una cobija. Ellas nunca supieron si en realidad tenía fondos el cheque ni quien fue el que lo cobró. Estos hechos causaron un gran agravio a las esposas de los caídos porque nunca las apoyaron para que se investigara al Ejército y alentaron la animadversión contra ellas al difundir que ya habían sido beneficiadas por el gobierno federal y estatal. Esa ofensa sigue lastimando su dignidad y su honorabilidad.
En aquellos años Eustolia tenía 18 años estaba embarazada de 4 meses. Vivía en la Palma, recién se había juntado con José Rivera Morales de 22 años, un líder indígena que desde muy chico salió a trabajar al puerto de Acapulco. Eustolia y José formaron un matrimonio muy activo que salían a las comunidades para impulsar la organización y la defensa de sus derechos. Eustolia tuvo la oportunidad de capacitarse como auxiliar de enfermería y de apoyar a la gente que requería algún medicamento. Creció en ellos el espíritu solidario, que implicaba mucho sacrificio y muchas malpasadas por la precaria situación de las comunidades. Aprendieron a trabajar en la adversidad y a vencer innumerables obstáculos, sobre todo, cuidarse del Ejército que vigilaba a la gente que tenía presencia en las comunidades.
Unos días antes del 7 de junio, José visitó varias comunidades para asegurar la asistencia de los comisarios a la reunión del fin de semana en El Charco. Eustolia recuerda las últimas palabras de José: nos vemos el domingo en la mañana subes el domingo. No pudo acompañarlo porque su embarazo era de alto riesgo. Se preparó para subir ese día, sin embargo, notó que había muchos militares en los caminos y varios helicópteros volaban bajito. Llegó a Ayutla para encontrarse con don Chano, pero antes le mandó decir que sabía que habían masacrado a unos compañeros. Con mayor razón se arriesgó a ir al Charco para saber qué había pasado con José. No pudo avanzar porque los militares habían atravesado camiones y a toda la gente que se acercaba la encañonaban. No les daban alguna explicación de por qué les impedían el paso. Eustolia desesperada y llorosa les decía que quería pasar a ver a su marido: “Allá no puede llegar, usted no puede pasar.” Se sentía muy mal porque recientemente habían matado a su papá y ahora temía lo peor con su esposo. Recuerda que el 13 de junio era el cumpleaños de José y eso la angustió más. Ese día se decidió hablar con el síndico para pedirle que le ayudara a encontrar a su esposo. La respuesta fue dolorosa porque le dijo que tendría que ir a Acapulco para que identificara el cuerpo de su esposo. Le dijo que muchos estaban irreconocibles y que él no lo había podido identificar. Eustolia se armó de valor y se atrevió a ir a la funeraria Manzanares donde estaban los cuerpos. El lugar estaba lleno de policías y militares. Unos maestros le dijeron que no hablara. Tardó horas esperando y fue ya entrada la noche cuando llegó personal de derechos humanos de México y ellos fueron los que le ayudaron para que le entregaran el cuerpo de José. El síndico hizo los trámites para llevarlo de Acapulco y enterrar a su esposo en La Palma.
Dentro de los caídos estuvo el comisario de Ahuacachahue Mauro Feliciano Castro y su compañero Honorio García Lorenzo. Los dos ciudadanos fueron reclamados por toda la comunidad que bajó a Ayutla para exigir a las autoridades civiles que intervinieran para que el Ejército saliera de sus comunidades y que investigaran a los asesinos. Una comisión fue hasta Acapulco por ellos y como comunidad les hicieron un reconocimiento por luchar en favor de su comunidad.
De los caídos en esa madrugada dos líderes eran de El Charco. Fidencio Morales Castro y Mario Chávez García. El esposo de Catalina, Fernando Félix Guadalupe, era de Ocote Amarillo. El hijo de doña María Julia, Zeferino Damián Marcos también cayó entre los más jóvenes. Daniel Crisóforo de El Coyul era un joven muy entusiasta. Apolonio Jiménez García era de El Mesón Zapote; Manuel Francisco Prisciliano de El Potrero. Ricardo Zavala Tapia estudiante de la UNAM también fue víctima de las ejecuciones extrajudiciales que perpetró el Ejército.
Las madres y esposas de los masacrados de El Charco a lo largo de 27 años enfrentan situaciones muy graves no solo por la falta de justicia sino por el trato racista de las autoridades en turno. Viven confinadas en sus comunidades. Se mantienen con la siembra del maíz y del frijol. La mayoría son monolingües y no saben leer ni escribir. Han trabajado de sol a sol para que por lo menos sus hijos estudiaran la primaria. Padecen el mal endémico de la pobreza intergeneracional. Sus hijos e hijas son peones o salen a trabajar como jornaleros agrícolas. Varias madres no son beneficiarias de los programas federales. Tienen que endeudarse para poder curarse. Son víctimas de maltratos y engaños por parte de los comerciantes mestizos que las explotan como trabajadoras domésticas o les compran sus productos a precios bajos.
Las viudas de El Charco acudieron a Chilpancingo para denunciar un crimen atroz que ha sido ignorado por las autoridades. El nuevo gobierno de Morena en lugar de investigar y castigar a los militares por estas ejecuciones extrajudiciales mantiene el pacto de impunidad, se confabula con sus crímenes y archiva las investigaciones para robustecer su imagen como una institución honorable. La 4T en lugar de apoyar a las víctimas y atender su clamor de justicia las ignora y discrimina, las condena al olvido. Se les ha olvidado que las históricas luchas que han protagonizado los indígenas son las que han impulsado las transformaciones sociales.
Los indígenas que cayeron en El Charco sembraron la semilla de la rebeldía contra los gobiernos caciquiles y contra el mismo Ejército que implantó el terror en nuestro estado con sus planes de contrainsurgencia, que dejaron una herida abierta por las innumerables desapariciones, las ejecuciones y los vuelos de la muerte. Es un Ejército que tiene que ser juzgado ante los tribunales civiles por los crímenes atroces que ha destruido la vida comunitaria y segado centenas de vidas que lucharon contra la opresión.

 

Morir en la tortuosa búsqueda de los 43

En memoria de Arturo Hernández Cardona, luchador aguerrido
que denunció el narco poder
que se gestaba en Iguala.

En el verano del 53 nació Donato Abarca Beltrán entre los desolados terregales de la comunidad de Jalapa, municipio de Cuautepec, en la Costa Chica. Creció en la pobreza de los años 50 que golpeaba como las olas del mar bravío. Su papá Eleno Abarca, falleció hace tres años, y su mamá Josefa Beltrán fue su baluarte, que lo educó en el campo. Todo su trabajo estuvo centrado en la tierra. No encontró otra opción a pesar de que estaba cerca el puerto de Acapulco. La educación para las comunidades rurales era un lujo. No hubo más que luchar por la sobrevivencia.
Doña Berna, hermana de Donato recuerda que “las familias se animaron a trabajar la papaya porque la pagaban bien. En esos años venía gente con tráiler de otros lugares a comprar. Ahorita sólo quedan los sembradíos de maíz, de coco, limón, tamarindo y la ganadería, pero con el huracán John todo se perdió”.
La familia de Donato vivió en las parcelas donde sembraban su milpa. Con el tiempo hicieron su casa, así como otras familias de Jalapa. Poco a poco se conformó la comunidad de San Antonio sobre la carretera de Cruz Grande-Marquelia. Donato fue el primer hombre y el segundo hijo de los hermanos Abarca Beltrán. Donato se dedicó a sembrar maíz y ajonjolí.
Antes de cumplir 18 años conoció a Metodia Carrillo. Pronto se casaron y procrearon 9 hijos. Con muchas dificultades salieron adelante. Trabajaron muy duro en la siembra de maíz, calabaza, ajonjolí, jamaica y sandía. Sus hijos desde pequeños participaban en las labores del campo. Donato siempre animó a sus hijos para que salieran a estudiar. A pesar de no contar con dinero para apoyarlos sacrificaba sus gastos personales para apoyarles. Luis Ángel Abarca Carrillo, su octavo hijo tomó a pecho sus consejos y se decidió a salir para estudiar en Ayotzinapa. Para Donato fue su gran orgullo, porque al fin vería que uno de sus hijos se graduara como maestro.
A Donato le pesó que su hijo se fuera lejos de su casa, sin embargo, albergaba la esperanza de que algún día regresaría como maestro. Aún así lo extrañaba “cuándo vendrá”, pensaba mientras cosechaba su milpa. Luis Ángel estaba contento porque había entrado al primer año de su carrera. Todo se derrumbó con la trágica noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre del 2014 cuando fue desaparecido junto con 42 compañeros de Ayotzinapa en Iguala.
Esta noticia para Donato y doña Metodia fue devastadora. Todo San Antonio se quedó en silencio. Nadie creía lo que había pasado. La gente visitaba a la familia para saber alguna noticia de su paradero. La solidaridad de los vecinos amortiguaba el dolor y la angustia de la familia. El trabajo en el campo se transformó en una dura carga porque no había ánimo ni ganas para trabajar en la parcela. Con el corazón quebrado Donato pedía al cielo que volviera su hijo. Antes de enfermarse Donato se sumó a las búsquedas con los demás padres y madres de los 43. Caminaba en los montes de Iguala y de Huitzuco en busca de los muchachos, no solo de su hijo Luis Ángel. Con su amor de padre no le importó el cansancio ni los peligros que implicaba entrar a lugares controlados por la delincuencia.
Con la tristeza y la angustia su salud se deterioró más. En los últimos años se quedaba en casa, sembrando en el campo para sobrevivir con lo que cosechaba. En septiembre de 2024 tuvo una intervención quirúrgica, fue doblemente doloroso porque en ese mes su hijo cumplía 10 años de desaparecido. Vivía afligido, pero quería mantenerse en pie para abrazar a Luis Ángel. Tuvo más cuidado de las indicaciones que le dio el médico. Acudía a sus citas y estaba atento a que la sonda que le pusieron no se tapara. Le programaron una segunda operación, su situación era complicada porque requería cuatro unidades de sangre. Su esposa Metodia de inmediato pidió apoyo a los jóvenes normalistas quienes solidariamente atendieron su petición. El pasado 13 de mayo Donato tuvo su segunda intervención. Afortunadamente su cuerpo respondió y fue dado de alta. Tendría que regresar el 29 de mayo para que le retiraran los puntos.
La tarde del 28, Donato y Metodia salieron de su pueblo para dormir en la Normal. Por la mañana Donato preguntó a su esposa “¿Ya nos vamos?”. Antes de salir del cuarto pasó al baño, dio un paso en falso y se cayó. “De repente ya no pudo respirar, quise levantarlo, pero no lo logré. Le grité a los estudiantes que me ayudaran. Rápido corrieron para auxiliarme, pero cuando se acercaron para levantarlo me dijeron, tía, pero ya no respira. Me negaba a creerlo, yo le seguía hablando para que reaccionara, pero todo fue en vano. Me dicen que fue un paro respiratorio”.
El mismo día llevaron su cuerpo a la comunidad de San Antonio. Sus familiares, amigos y vecinos lo velaron en un cuarto de su casa. Algunos ramos de flores adornaban el féretro, las veladoras eran colocadas en el piso y el humo del copal se expandía por toda la casa. Sobre el ataúd sobresalía la lona con el rostro de Luis Ángel su hijo amado. La presencia de las madres y padres de los 43 estudiantes fue un alivio para doña Metodia porque ha sufrido con ellas infinidad de momentos dolorosos. Sabe que con ellas podrá salir adelante.
A pesar de sobreponerse al dolor Metodia no tuvo más que decir: “Me quiero morir, me quiero morir…” La presencia de los estudiantes de Ayotzinapa le recordó a su hijo que en sus noches de aflicción era su bálsamo que mitigaba su dolor. Los jóvenes cargaron a Donato como un reconocimiento y un homenaje a un padre que murió buscando a los 43. Después de la misa fue trasladado a la comunidad que lo vio nacer.
Amigos y vecinos reconocieron a Donato como “un padre amoroso y hogareño, que siempre estuvo del lado de sus hijos y que cuidó de su familia. El amigo Dona, se ganó el cariño de todo el pueblo, por su forma tan sencilla de convivir, por ser una persona solidaria. Siempre tenía una sonrisa, una buena palabra, un saludo fraterno para toda la gente”.
Su hijo Mario agradeció la presencia de las madres y padres de los 43 por su gran corazón, por estar presentes en momentos difíciles y por sentir el dolor de la familia. “A mi papá Donato lo llevo en el corazón porque siempre me impulsó a ser un hombre de bien, a ser una persona trabajadora y disciplinada. A pesar de que fuimos pobres, me transmitió valores para no hacer daño a nadie. Gracias por el amor que nos dio. Quizá no tuvo cosas materiales qué darnos, pero hizo lo que pudo y eso se lo agradezco de todo corazón. Le doy mi abrazo y mi reconocimiento”.
Melitón Ortega, en representación de las madres y padres de los 43, reconoció la incansable lucha de don Donato en las jornadas de búsqueda; “ahí lo conocimos, como un padre decidido, con mucha fuerza, con esa mirada firme, con esa postura digna para encontrar a los 43. Hoy le decimos que no se vaya con la pena por no haber encontrado a su hijo. Nosotros, junto con nuestra compañera Metodia, seguiremos en la batalla buscando a los 43 jóvenes. Esta lucha que iniciamos juntos no va a terminar, seguirá hasta que las madres y padres encontremos a nuestros hijos. No nos cansaremos de exigirle al gobierno que nos diga dónde están. Que Donato descanse y que encuentre a los otros padres y a doña Minerva que están allá, que les diga que nosotros aquí seguimos firmes y que llevaremos sus voces donde quiera que estemos”.
Clemente Rodríguez, padre de familia, habló de las batallas que han librado para encontrar a sus hijos. “Don Donato deja a una gran guerrera que ha luchado para encontrar a su hijo y a los demás jóvenes. Hemos batallado, hemos hecho huelgas de hambre y también plantones, sin embargo, los gobiernos hacen que no oyen. Prefieren ofendernos al decir que nuestros hijos ya están muertos. Qué nos digan entonces dónde están y quién los mató. Todos se cubren y le apuestan al olvido. Quisieran que ya nos calláramos y que nos regresemos a nuestras casas. Eso nunca va a suceder, aunque digan que somos necios. Usted bien lo sabe doña Metodia todo lo que nos ha costado esta lucha, nadie nos ha detenido a pesar de nuestras enfermedades. Estamos aquí para decirle que seguiremos juntos, que tenemos que saber qué pasó con nuestros hijos. Sea al costo que sea los vamos a encontrar. Doña Metodia, sepa que los 43 madres y padres somos su familia”.
Doña Metodia, madre que ha sabido vencer todas las adversidades gritó con gran fuerza “¡Nunca dejaremos de luchar por encontrar a nuestros hijos!” Al unísono estudiantes, familiares y amigos retumbaron sus voces: ¡Donato vive, la lucha sigue! ¡Porque vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!.

Señala el director de Tlachinollan lentitud en la investigación del asesinato de Suástegui

Zacarías Cervantes

Chilpancingo

A un mes de la muerte del dirigente del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a La Parota (Cecop), Marco Antonio Suástegui Muñoz, las investigaciones transcurren lentas y la Fiscalía General del Estado (FGE) está más a la expectativa de lo que la familia pueda aportar, que en ahondar en las líneas de investigación, informó el director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan, Abel Barrera Hernández.
“Vemos que todavía no logra (la FGE) allegarse de mayores pruebas para impulsar las líneas de investigación que se tienen como hipótesis”, indicó el director del organismo que da acompañamiento a la familia del dirigente social asesinado.
El 25 de mayo se cumplió un mes de la muerte de Suástegui Muñoz derivado del ataque a balazos que sufrió el 18 de mayo en la playa Icacos donde resultó herido.
Consultado por teléfono, Barrera Hernández informó que la agresión que sufrió el activista fue básicamente por su trabajo como defensor de la tierra y del río Papagayo y habló de las líneas que deben seguirse.
Recordó que el ahora finado tenía una clara postura en favor de la protección de los terrenos comunales de Cacahuatepec, donde se confrontó con empresarios gravilleros del río Papagayo que se han instalado de manera ilegal y contra quienes peleó todo el tiempo Suástegui Muñoz para que se respetaran los bienes comunales.
Dijo que, sin embargo, “pesan más los intereses económicos pues los gravilleros siguen encorralando los terrenos para seguir dragando el río y explotando los recursos pétreos”.
Propuso que ésta sea una línea de investigación por la confrontación que tuvo con los empresarios gravilleros y los grupos políticos locales con los que estaban coludidos.
Añadió que también se debe revisar la colusión que hay de estos grupos (de gravilleros y políticos) con el crimen organizado, “es decir, no hablamos solamente de un actor sino de un conjunto de actores que tienen intereses económicos, delincuenciales y políticos que se han mezclado en esta región del río Papagayo y de Acapulco”.
Otra de las líneas, agregó, es su lucha que dio por el reordenamiento de las playas para que quedaran en manos de los trabajadores y prestadores de servicios que son gente de las colonias y que han trabajado por muchos años en las playas.
En este caso dijo que también afectó intereses “de otra índole en términos económicos porque de lo que se busca es afianzar un proyecto que reordene el paisaje de las playas pero también que asegure el trabajo de los prestadores de servicios con permisos como los tenía Marco Antonio.
Abel agregó que esta línea también tiene que investigarse porque hubo varias ocasiones que llegaron a amenazarlo o a quitarlo del lugar donde estaba y en una ocasión lo siguieron en una motocicleta y él mismo vio que eran personas que iban a agredirlo.
Otro asunto que también debe ser línea de investigación, agregó el activista de derechos humanos, fueron las denuncias, protestas y señalamientos que hizo por la desaparición de su hermano Vicente.
“Yo creo que todos estos elementos relacionados con el trabajo de Marco como defensor comunitario, deben de tomarse en cuenta en la investigación”, y pidió que la FGE analice todas estas líneas que el defensor dejó en la entrevista que le hicieron en el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas para evaluar las medidas cautelaras que solicitó en febrero pasado.
Barrera Hernández declaró que por las actividades que llevó a cabo el dirigente del Cecop hubo varios incidentes y amenazas en su contra “y podemos decir que todos fueron porque estaba defendiendo las playas para los trabajadores y las tierras para los campesinos y comuneros”.
Añadió que espera que la FGE haya abundado en las indagatorias relacionados con cuando menos estas tres líneas, “porque si no hay nada sería muy lamentable que a 30 días del asesinato de Marco la Fiscalía esté todavía con nulos avances y hablaría de la ineficacia del sistema de administración de justicia, de la lentitud y el burocratismo con lo que se mueve, así como del desinterés que hay por esclarecer los crímenes, sobre todo cuando hablamos de defensores comunitarios”.
El director de Tlachinollan denunció que al parecer el avance de las investigaciones es lento y no se ve que sea expedita o inmediata como para que la familia de Marco Antonio sienta que hay protección y compromiso.
Añadió que si sigue esa inercia será lamentable porque las investigaciones para que tengan resultados necesitan acciones inmediatas para allegarse de pruebas de lo que más se pueda tener del lugar donde sucedieron los hechos, “porque si no, en la medida de que transcurre el tiempo se diluyen las pruebas y los testimonios porque se pierden muchos datos que son definitivos para ubicar al o a los responsables”.

Gobiernos sin justicia

La población pobre de Guerrero ha librado batallas emblemáticas contra los caciques desalmados. Ha tumbado gobernadores que reprimieron movimientos disruptores y, que con gran determinación salió a las calles para pelear por sus derechos y castigar con sus votos a los políticos corruptos. Fueron luchas que dejaron heridas profundas por el terror que sembraron los gobiernos represores con las desapariciones forzadas y las ejecuciones extrajudiciales de luchadores sociales.
Los cambios de gobierno que se han dado en el estado fueron producto de movilizaciones sociales; de marchas masivas, toma de ayuntamientos, protestas en las calles, confrontaciones sociales y políticas, peleas en las urnas y largas jornadas de lucha. Los líderes sociales que sobrevivieron a esta guerra sin cuartel sufrieron persecuciones, encarcela-mientos, amenazas, desplazamientos forzados y hasta el exilio.
Toda esta fuerza emancipadora fue aprovechada por los partidos políticos y sus dirigentes que se montaron en la ola democratizadora emergida de la base social. Aprovecharon la coyuntura para aparecer como los protagonistas del cambio, como los forjadores de la nueva transformación social. Las demandas históricas del pueblo combativo de Guerrero fueron usurpadas por una clase política que se asumió como progresista, acuerpándose en un primer momento en el Partido de la Revolución Democrática (PRD) liderada a nivel nacional por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) impulsado por su fundador y líder moral el licenciado Andrés Manuel López Obrador (AMLO), marcó un nuevo derrotero político de tinte progresista que enfrenta serios desafíos por la violencia imparable y por las grandes falencias en el sistema de procuración de justicia.
Para la gente que luchó por un cambio, los triunfos electorales de Morena representaron una esperanza, sobre todo, por la posibilidad de desmontar las estructuras de poder ancladas en la corrupción y de arribar a una nueva etapa de la lucha social cimentada en la verdad y la justicia. Las demandas históricas estaban a punto de materializarse con la búsqueda de familiares desaparecidos de la guerra sucia y con el impulso de las investigaciones por parte de la Fiscalía General de la República (FGR). Las desapariciones forzadas y las ejecuciones extrajudiciales cobrarían fuerza legal con la judicialización de los casos contra generales del Ejército y autoridades civiles que implementaron los planes de contrainsurgencia.
Corrieron vientos a favor en los primeros años del gobierno de AMLO. Fue muy significativa su postura de no criminalizar ni perseguir a los sobre-vivientes de la guerrilla, de recono-cerlos como actores legítimos que lucharon por un cambio. Los escuchó y entabló reuniones con los colectivos, sobrevivientes y familiares de despa-recidos y ejecutados. Un gran acuerdo fue su decreto presidencial para la creación de la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las Violaciones Graves a los Derechos Humanos cometidas de 1965 a 1990 (Coveh).
Su gobierno empezó con tambor batiente al reunirse con las madres y padres de los 43 normalistas desaparecidos y al emitir el decreto que creó la Comisión para la Verdad y Acceso a la Justicia del caso Ayotzinapa. Para darle mayor fuerza a la nueva Comisión pugnó para que el fiscal general de la República creara la Unidad Especial de Investigación y Litigio del caso Ayotzinapa (UEILCA) como una instancia encargada de investigar, perseguir los delitos y concluir los procesos penales sobre el caso Ayotzinapa.
Estas dos grandes iniciativas dibujaban un nuevo escenario nacional: el gobierno de la Cuarta Transformación (4T) combatiría la impunidad y castigaría a los militares que diseñaron y aplicaron los planes contrainsurgentes. A lo largo del sexenio los colectivos de víctimas fueron relegados y las fuerzas armadas se ubicaron en el primer plano, como los principales aliados del presidente para impulsar megaproyectos, como el nuevo Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y el Tren Maya. Al mismo tiempo se erigieron en los artífices de la nueva política de seguridad con la creación de la Guardia Nacional, quedando la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) como una de las instituciones con mayor presupuesto y con multiplicidad de funciones, suplantando a las autoridades civiles.
Este proceso de militarización no ha revertido la ola imparable de violencia que se expande por todo el país. Las consecuencias son devastadoras porque se ha debilitado a las corporaciones policiacas que encontraron en las organizaciones criminales a sus principales aliadas para delinquir y tener mejores prebendas. La captura de las instituciones del Estado por parte del crimen organizado se fue afianzando con la inacción y complicidad de la Guardia Nacional, al grado que la mayoría de municipios de Guerrero cuentan con un jefe de plaza.
Nos aterra ver a un gobierno lejano de las demandas de justicia que más afectan a la población que se siente inerme: no hay un combate frontal contra la inseguridad. Los asesinatos se multiplican porque no hay una estrategia que se oriente a contenerlos. Hay permiso para cometer crímenes. El clima de impunidad es atroz. Tiene que haber protestas para obligar a que la Fiscalía investigue, sin embargo, es insuficiente, porque no rinden cuentas ni entregan resultados tangibles. Hay un desface abismal entre los crímenes que se cometen y las investigaciones que se judicializan.
Las deficiencias del órgano investigador son graves porque esperan que las pruebas las aporten las víctimas. Sin estos elementos las indagatorias no avanzan, no hay interés por recabar otras pruebas, por identificar patrones en el modo de operar de quienes delinquen, tampoco privilegian los análisis de contexto. Es inconcebible que las cámaras del C4 no funcionen en Acapulco y que nadie se interese en repararlas. Estas actuaciones son parte del engranaje de la impunidad que impera desde hace décadas en nuestra entidad.
El caso de Marco Antonio Suástegui es un ejemplo de esta inoperancia de la Fiscalía. A 30 días de su asesinato no hay avances en la investigación. Es grave que no se hayan recabado más pruebas en el lugar del crimen y que no cuenten con datos duros para trazar las líneas de investigación. Esperan que la víctima se encargue de dilucidar los hechos.
En este gobierno de la 4T no es una prioridad transformar las fiscalías, en lugar de fortalecerlas dotándoles de infraestructura, equipamiento, tecnología, personal especializado, se toma el control de las investigaciones por parte del Ejército alejándolas de las víctimas. Tampoco vemos que esté en la agenda de la gobernadora cómo reformar por completo el sistema penitenciario. Los reclusorios son una bomba de tiempo, las mismas cárceles preventivas en los gobiernos municipales, son lugares tenebrosos donde se violentan los derechos humanos y se hace un gran negocio con las faltas administrativas que se resuelven con exacciones ilegales. Estamos muy lejos de imaginar que el aparato de seguridad del estado acuerpado en la Mesa de Coordinación para la Construcción de la Paz tenga una estrategia para desmantelar las redes macro criminales (político-criminales) que se han enraizado en nuestro estado.
La clase política sigue negándose a perder el control político de la verdad y la justicia, por eso ha optado por dejar en manos de mandos militares las fiscalías y que la estrategia de seguridad pase por el filtro del Ejército. Las consecuencias han sido desastrosas por el descomunal fracaso en materia de seguridad y la nula reducción de la impunidad. La lucha de los guerrerenses parece difuminarse porque es imposible reducir el horror y ser un estado que pueda garantizar la vida, que logre controlar el territorio, que rompa el vínculo político-criminal y se empeñe en desmantelar las redes criminales que son el gran desafío para la 4T. La violencia y el vínculo de los grupos delictivos con las autoridades son el caldo de cultivo que generan un clima propicio para las agresiones a los luchadores sociales. En este contexto de violencia irrefrenable son los grupos delictivos y los cuerpos de seguridad los actores que agreden. Este gobierno no reprime directa-mente pero el entramado delincuencial (delincuentes-autoridades) se encarga de silenciar a los que incomodan a caciques y gobiernos locales o intereses económicos de empresarios extractivistas.
Son ilustrativos los casos de los defensores Quintin Salgado Salgado, Arnulfo Cerón, Samir Flores y Gustavo Salgado, Marco Antonio Suástegui, el líder yaqui Tomás Rojo Valencia, Ricardo Lagunes en Michoacán y otros más. Eran líderes que defendían el agua, la tierra y los derechos de los más pobres. Lamentablemente estas luchas legítimas han sido silenciadas por el actual gobierno con tal de aparentar que ahora las cosas ya no son como antes. Con el entramado delincuencial se diluye la responsabilidad de los actores del Estado en estos crímenes, sin embargo, el clima de impunidad que impera, la inacción de las autoridades para investigar los delitos y para someter a los que delinquen, los hace corresponsables y cómplices con los perpetradores que se sienten protegidos por un gobierno que no procura justicia.
Con la 4T ?los programas sociales se han ampliado para que lleguen a los sectores más olvidados, sin embargo, estos apoyos se diluyen porque los grupos del crimen organizado han tomado el control del comercio y son los que imponen pre-cios y cobran cuotas a los pobres que sobreviven con ventas raquíticas y de sus precarios ingresos. El tejido social se ha roto a causa de la violencia que se enseñorea en las comunidades rurales.
El caso Ayotzinapa es el ejemplo más nítido de los entramados delictivos que se dan entre gobierno y el crimen organizado. La desaparición de los 43 estudiantes debió ser un punto de quiebre para que las autoridades implementaran nuevas políticas que permitieran reformar las estructuras del gobierno municipal, y que se impulsaran nuevas reglas de participación político-electoral, para evitar el arribo de perfiles delictivos en la administración pública y sobre todo para esclarecer el caso Ayotzinapa. A 128 meses el caso Ayotzinapa se encuentra lejos de su esclarecimiento. Las líneas de investigación están diluidas y sin impulso procesal.
La entrega de los archivos militares que pueden ofrecer nuevos bríos a la investigación quedó trunca. Puede más el poder militar que la exigencia de las madres y padres de los 43 para que haya verdad y justicia en México.

 

Destruir evidencias

En Guerrero es muy común que las autoridades se encarguen de destruir evidencias para obstruir las investigaciones de graves violaciones a los derechos humanos y garantizar impunidad para los perpetradores. La cuenta es interminable y el manto de la impunidad inabarcable, porque cubre todas las atrocidades cometidas por los gobernadores. En la matanza de Aguas Blancas el gobernador Rubén Figueroa ordenó editar los videos que registraron los hechos por parte de los agentes de seguridad del estado. La coartada era que los campesinos habían iniciado la agresión contra los policías. Todo se derrumbó cuando el periodista Ricardo Rocha decidió difundir en cadena nacional la versión original de la matanza.
En lugar de que el presidente Ernesto Zedillo solicitara al Senado de la República la desaparición de poderes en Guerrero y, al mismo tiempo, ordenara a la Procuraduría General de la República que investigara al gobernador por los crímenes cometidos en Aguas Blancas, prefirió transferir su responsabilidad política a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para deslindarse del ex gobernador y obligarlo a pedir licencia. Hasta la fecha las viudas y las organizaciones sociales, como la OCSS, mantienen viva la lucha para que haya justicia por este crimen artero.
En los dos períodos de gobierno de Ángel Aguirre Rivero se cometieron crímenes atroces como la masacre de El Charco perpetrada por militares en junio de 1998; las ejecuciones de dos estudiantes normalistas: Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús, por parte de policías estatales y federales en la Autopista del Sol, en diciembre de 2011. Otro crimen deleznable fue el asesinato de 6 personas (3 normalistas) y la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa el 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. El gobierno timorato de Enrique Peña Nieto, en lugar de intervenir con toda la fuerza de su investidura y de ordenar que se investigaran a profundidad las graves violaciones a los derechos humanos cometidas contra los estudiantes, solapó a los responsables. Se desentendió del caso y de facto exoneró al gobernador del estado, a los mandos policiacos y militares que se coludieron con los grupos del crimen organizado. Fue omiso y negligente. Dejó que el caso perdiera fuerza y que todo quedara en manos de la Procuraduría del estado. Fueron las madres y padres que con su reciedumbre y dignidad, levantaron un movimiento nacional que colocó contra la pared a un presidente de la República frívolo y ausente.
Con la tortura aplicada a los detenidos Murillo Karam y Tomás Zerón de Lucio armaron su verdad histórica. Fabricaron culpables, alteraron pruebas y destruyeron evidencias con la perversidad de encubrir a las autoridades responsables. A nivel estatal solo detuvieron al secretario de seguridad pública Leonardo Octavio Vázquez Pérez por el delito de delincuencia organizada. A más de una década, el miércoles 14 de mayo, fue detenida la ex magistrada Lambertina Galeana acusada por los delitos de desaparición forzada y contra la administración de justicia por desaparecer las grabaciones de cámaras de video colocadas en las instalaciones del Palacio de Justicia en Iguala. Este hecho sigue siendo clave para esclarecer el caso Ayotzinapa.
Rememorando la noche del 26 de septiembre, la salida de los autobuses de la central camionera fue caótica porque los policías ya iban persiguiendo a los estudiantes. De los 4 camiones que salieron juntos, 3 avanzaron rumbo al Periférico Norte porque no sabían dónde estaba la salida para Chilpancingo. Solo un camión, el 1531, tomó la ruta correcta, por Periférico Sur. Informes de la CNDH, de la Covaj y el GIEI manejan un numero de 12 a 20 estudiantes que iban en el autobús 1531. La CNDH habla de 17 a 20 normalistas, el GIEI no precisa el número, pero más o menos da una cantidad de 15 a 17.
Cuando el autobús 1531 va a la altura del Palacio de Justicia los estudiantes son agredidos por policías de Iguala. El Palacio de Justicia es un punto estratégico porque en ese tramo se puede regresar a Iguala o salir a Chilpancingo. También está la opción de tomar otro carril o agarrar la ruta para la caseta de Iguala. En ese lugar los interceptaron 4 patrullas, posteriormente llegaron 3 más de la policía municipal de Iguala, también acuden policías federales y policías del estado. El GIEI menciona la presencia de la policía estatal y la policía de Huitzuco.
De acuerdo con las investigaciones hay dos testigos que relatan la llegada de estas corporaciones policiacas. En la escena hay un soldado, un OBI, que a distancia registra los hechos. Los testimonios coinciden de que el autobús 1531 es atacado por los policías; rompen los vidrios, tiran gas lacrimógeno en el interior de la unidad para obligar a que los estudiantes bajen, porque se resistían. Los bajaron violentamente, unos no podían avanzar por su propio pie, por eso los arrastraron y los subieron a las patrullas de la policía de Iguala. Ahí es donde los testigos declararon que un policía dice “jefe, ya no caben”. El jefe le contesta “no hay pedo, ahorita llegan los de Huitzuco”. Los testigos manifestaron que en efecto llegaron 3 patrullas más y que fueron subidos los estudiantes que ya no cabían en las patrullas. Posteriormente las patrullas de Iguala, como las de Huitzuco, tomaron la ruta de Chilpancingo.
Estos hechos se conocieron por los testimonios de los choferes, porque de ese autobús ningún estudiante sobrevivió. En cambio, del camión 1568 sí hay un sobreviviente, fue un estudiante de los que ahí viajaba. Fue herido de un brazo y como iba herido, cuando los tenían tirados en la tienda Aurrerá, frente a donde sucedieron los hechos, este estudiante fue sacado del grupo y se lo llevaron a un hospital para recibir atención médica. El estudiante fue asistido médicamente y él fue testigo. También hubo otro estudiante que se puso mal, porque padecía asma, eso le valió que lo sacaran del lugar y lo llevaran al hospital.
Como testigos pudieron decir cuántos venían, quiénes eran los jóvenes que iban en el autobús 1568. Hay un número exacto de estudiantes que fueron desaparecidos, pero esto se supo gracias a los testigos. En ese autobús se puede establecer de manera clara cómo estuvo la agresión y a dónde fueron llevados los estudiantes. En cambio, en el autobús 1531 ningún estudiante sobrevivió. La única prueba que hay son de los testigos que presenciaron los hechos. Lo que ayudaría a cerrar el círculo para el esclarecimiento de la desaparición de los jóvenes son los videos del Palacio de Justicia. Ahí había 6 cámaras; 4 con una visión fija, pero que alcanzó a registrar lo que estaba ocurriendo abajo del puente. Pudo captar dónde fueron atacados los estudiantes. Tenían una visibilidad perfecta. También había dos cámaras grandes que tenían mayor potencia y cobertura, la visibilidad y calidad del registro fue mayor. Eran cámaras que tenían una visión completa y que seguramente captaron con detalle lo que sucedió con los estudiantes que viajaban en el autobús 1531.
Las cámaras del Palacio de Justicia pudieron haber ofrecido elementos claves para saber qué es lo que ahí ocurrió. Con estos registros hasta se podrían ver quiénes eran los policías responsables y hacia dónde estaban llevándose a los estudiantes. Por eso se deduce que la destrucción de estas evidencias que registraron la escena del crimen, tuvo el fin perverso de proteger a los perpetradores, de obstruir deliberadamente el esclarecimiento de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.
Por su parte la Fiscalía General de la República (FGR) citó a declarar al jefe de informática del Palacio de Justicia y al técnico que operaba estas cámaras. Ellos refieren lo siguiente: “a nosotros nos solicitaron la información y sacamos la que estaba almacenada en ese dispositivo, la entregamos a la presidenta del Tribunal y de ahí no sabemos qué ocurrió”. La FGR realizó un peritaje al dispositivo y concluyó que hay indicios de que hubo otra persona que extrajo esa información antes de que los técnicos del tribunal lo hicieran. Los peritos refieren que cuando hay un ingreso al dispositivo, deja un registro de la hora en que alguien ingresó. Está acreditado que antes que los técnicos del Tribunal accedieran, una persona desconocida ya había tenido acceso a las cámaras para extraer las imágenes claves del 26 de septiembre. El punto que debe dilucidarse es quién autorizó el ingreso. Otra circunstancia que manejan los peritos es que el sistema de cámaras de seguridad del Palacio de Justicia también era manejado de manera remota, por lo tanto, hay probabilidades de que a control remoto pudieran haber extraído los videos. Pero quién lo pudo haber hecho.
Es claro que la presidenta del Tribunal y el personal que operaba las cámaras sabían cómo operaba ese sistema de seguridad, sin embargo, obstruyeron la investigación, se negaron y se empecinaron en ocultar lo que realmente sucedió. Actualmente el video que tiene la FGR, y que fue entregado por el Tribunal Superior de Justicia, no es visible, está totalmente oscuro. Lo increíble es que las imágenes que aparecen borrosas y oscuras tienen que ver con las horas críticas de la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre, cuando desaparecieron a los estudiantes. En cambio, las imágenes que se registraron antes y después de los hechos violentos, son nítidas. Todos estos pormenores de la destrucción de las cámaras del Palacio de Justicia de Iguala el 26 y 27 de septiembre son los que la Fiscalía Especial para el caso Ayotzinapa espera que proporcione con veracidad la ex magistrada Lambertina Galeana.

 

Las madres no se rinden

Para todas las madres, esposas, hermanas e hijas que diariamente luchan por encontrar a sus familiares desaparecidos. A pesar de la impunidad y la corrupción ¡las madres llegarán a la verdad!

Cipriana González, colectivo Lupita Rodríguez

Los días son de lágrimas por nuestros desaparecidos. Las madres tenemos que subir a los cerros más altos para gritar sus nombres. Los buscamos en los cerros y barrancas, saltando las piedras. En el lodo, la hojarasca y las cuevas. Nos caemos, pero nos levantamos para seguir buscando. No hay consuelo para una madre. Nunca lo habrá por el dolor tan grande de perder a un hijo. Es muy doloroso que nos maten a un hijo, pero el sufrimiento es una brasa caliente, un tormento continuo que te quita la vida lentamente.
Mi hijo Javier Benítez González fue desaparecido en Chilpancingo el domingo 3 de junio del 2017. Yo había salido a ver un terreno. Él estaba en la casa porque tenía 8 días de haberse separado con su pareja. Él me dijo “nada más hoy me quedo y ya me voy a mi casa”. Cuando llegué ya no lo encontré. Le empecé a marcar y no me contestó. Le marqué a la muchacha y me dijo que tampoco allá había llegado. Desde entonces no he parado de buscarlo.
Durante siete años no he descansado de buscarlo y hasta la fecha no he dado con él. Nosotras hemos andado aún con enfermedades, les gritamos en los cerros. Preguntamos a los 4 vientos dónde los dejaron, qué hicieron con ellos. A pesar de que tengo los pies hinchados de tanto andar en los campos y en los pedregales, el amor por mi hijo se hace más grande.
En esta vida tan cruel he tenido pensamientos extremos: mil veces me lo hubieran matado y me lo hubieran dejado tirado porque así lo hubiera recogido para sepultarlo. Así sabes dónde está, dónde le vas a ir a llorar, a ponerle una veladora o una cruz. Lo peor es cuando está desaparecido porque no sabemos dónde se encuentra. Todo lo que hacemos es llorar, gritar, buscarlos, pedir ayuda, pero las autoridades nunca te apoyan, porque no tienen un hijo desaparecido y no sienten lo que sentimos. Aún no encuentro palabras para describir este sufrimiento. Es como una herida que duele y que todo el tiempo sangra. De este dolor saco fuerzas para ir a buscarlo.
He andado en todas las búsquedas: en Acapulco, en Chilpancingo y en otros lugares. A mí no me da miedo buscarlo. Lo que yo quiero es encontrar a mi hijo, si por eso voy a morir o me van a dar un balazo, que me lo den. Así nos han acostumbrado. No quiero nada contra quien lo desapareció, sólo quiero que me digan dónde está mi hijo o dónde lo dejaron.
Desde hace 10 años trabajo en una cocina elaborando tortillas, hago guisos y atiendo a los clientes, pero ando con todo el dolor. No me queda más alternativa que trabajar. Tengo cuatro nietas que son hijas de él y a veces vienen a pedirme dinero para comprar medicina o zapatos. Nosotras como abuelas tenemos que solventar algunos gastos. Aunque estemos enfermas tenemos que seguir adelante.
El gobierno del estado no hace nada por los desaparecidos. Nos dicen que sí nos van a ayudar, pero no pasa nada. Nos dicen que sí los están buscando, pero de ahí no pasa. No les interesa. Queremos que busquen a nuestros desaparecidos, que hagan su trabajo. No lo han querido hacer, si no ya los hubieran encontrado. Esta lucha es por nosotras las madres que ahora somos buscadoras.

Filiberta, indígena me’pháá del municipio de Zapotitlán Tablas

Para nosotros no hay fechas especiales, y desde que desapareció mi papá Zeferino Cristino Vázquez y mi sobrino Elmer Zaid Vázquez Cristino, no tenemos nada que celebrar. La familia ya no está completa. Desde el 22 de mayo del 2022 cuando los desaparecieron, mi mamá quedó destruida. A pesar de su enfermedad y su dolor el hilo amoroso nunca se romperá.
Los desaparecieron cuando regresaban del doctor, en el municipio de Zapotitlán Tablas. Mi sobrino venía manejando cuando personas armadas que iban en una camioneta los interceptaron en el tramo carretero Nuevo Amanecer y Santa Rosa. Ahí también iba mi mamá. Ella se bajó antes y vio cómo los golpeaban. De inmediato los subieron a otro carro y se los llevaron. Uno de los hombres armados se llevó la camioneta que conducía mi sobrino.
Tenemos la costumbre de que siempre que bajan al doctor los acompañamos, pero ese día nos dijo mi papá que no iban a bajar. Nuestro día transcurrió con las labores del programa Sembrando Vida. Estábamos en el vivero cuando me avisó mi hijo que mi teléfono estaba sonando. Era mi hermano para decirnos que gente armada se había llevado a mi papá. No creí porque los acababa de ver en la casa. De inmediato fuimos al municipio para que nos ayudaran a localizarlos. Mi hermano fue por mi mamá donde habían ocurrido los hechos. Buscamos a la síndica municipal, pero nos dijo que no podía hacer nada. Estuvimos esperando porque se fue la luz y también la señal por las fuertes lluvias. Nos quedamos en el Ayuntamiento hasta las 2 de la mañana, pero nadie nos ayudó. Queríamos que la policía municipal saliera a la carretera a buscarlos, que se comunicaran a través de sus radios para localizarlos, pero no hicieron nada.
El 23 de mayo nos trasladamos a Tlapa para poner la denuncia formalmente en la Fiscalía. Nos hicieron entrevistas y nos dijeron que teníamos que esperar porque podía ser un secuestro. En ese tiempo recibí una llamada donde me decían que tenían secuestrados a mi papá y a mi sobrino. Estuvimos todo el día en la Fiscalía y las llamadas continuaron. Me daban cierto tiempo para juntar 150 mil, yo les dije que no tenía ese dinero, pero que me dieran más tiempo de conseguirlo. Yo les pedí una prueba de vida para saber si en realidad se trataba de mis familiares.
Llamaban cada 30 o 40 minutos. La última llamada fue el 23 de mayo a las 12:38 del día. Me dijeron que tenía que dar el dinero, les dije que todavía lo estaba consiguiendo, que me dieran más tiempo. Aceptaron, pero ahora tenía que darles 200 mil pesos. Me preguntaron si aún quería la prueba de vida, les dije que sí. Me mandaron una fotografía de mi papá. Le dije al personal de la Fiscalía que sí era mi papá y que íbamos a ver la forma de juntar el dinero.
Sabía perfectamente que se trataba de mi papá porque vi la ropa que traía ese día, sin embargo, el equipo antisecuestros de Chilpancingo me dijo “diles que ese no es tu papá”. De inmediato puse en silencio el teléfono y les respondí que sí se trataba de mi papá, pero me insistieron “diles que no es él”. Yo pensé que la Fiscalía tenía su forma de trabajar y tuve el gran error de decirles, contra mi voluntad a los secuestradores, que no era mi papá. Fue un momento en el que pude haberles dicho que sí era mi papá, pero le hice caso a la Fiscalía pensando que ellos sabían cómo actuar. El secuestrador me contestó ¿estás segura? La Fiscalía me estaba exigiendo que le dijera que no era él, aunque por dentro sabía que sí. Me colgaron y a los 10 minutos me volvieron a marcar para decirme “está bien, tú acabas de tomar la decisión de que no es tu papá, pero bueno, así como fuiste de chingona de llamarle a la Guardia Nacional y a todos los que vienen en camino para buscarlo, te quedas con eso en tu conciencia”. Cuando personal de la Fiscalía escuchó, me dijeron “entonces sí era tu papá”. Sabía que se trataba de él, pero la Fiscalía me obligó a decir lo contrario.
Este 22 de mayo se cumplen 3 años. Acudí varias veces a la Fiscalía, pero no he tenido una respuesta, a pesar de que mandaron la carpeta de investigación a Chilpancingo, no hay avances. En la sábana de llamadas tampoco identificaron los números. Enojada le dije al encargado de los casos de desaparición forzada que como no son sus familiares no mueven un solo dedo para buscarlos, pero si fueran sus familiares moverían cielo, mar y tierra para encontrarlos. Nosotros como somos gente pobre de la Montaña nos dejan en el olvido. Me dijeron que seguían buscando, pero en realidad no han movido nada. Como familiares estuvimos realizando algunas búsquedas en puntos que la gente nos informaba, pero no hemos podido dar con su paradero. No perdemos las esperanzas de que un día van a regresar a casa.
Para mi mamá ha sido muy duro este golpe, ya no la involucramos por la enfermedad de su corazón. Tenía 5 años de haber sido diagnosticada y tras la desaparición de mi papá tememos que le pase lo peor. Yo tengo cáncer en fase terminal, aún así no pierdo la esperanza de que un día traeré a mi papá y a mi sobrino de regreso. Mi papá decía que yo era la más valiente, pero hay veces que las fuerzas se me acaban. Mi sobrino pequeño me pregunta ¿tía y mi papá ya va a volver? Cómo le explico a un niño que su papá está desaparecido. Por eso no me voy a quedar con los brazos cruzados, al contrario, aun con mi enfermedad no voy a parar de buscarlos. Para nosotras el 10 de mayo, ya no es una fecha significativa, cambió nuestro calendario, la fecha más importante para la familia será el día en que regresen.

Violencia imparable, impunidad incólume

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El asesinato de Marco Antonio Suástegui Muñoz es un hecho funesto para el movimiento social de Guerrero y un botón de alarma para los luchadores y luchadoras sociales que están en las trincheras dando la batalla para defender los derechos de la población olvidada y perseguida de nuestro estado. Este contexto de violencia que envuelve a nuestra entidad y que nos ha colocado como rehén de la delincuencia, es un indicador grave de la descomposición de las instituciones del Estado y de la claudicación de las autoridades que han bajado la guardia para hacer valer el Estado de derecho. Actualmente se han erigido en guardianes de la ilegalidad y protectores de la criminalidad.
Nuestro estado continúa en el torbellino de la violencia que reproduce las mismas prácticas del pasado, pero ahora con nuevos actores estatales y no estatales que atentan contra la vida de la población. Las desapariciones forzadas siguen consumándose diariamente como hace 50 años. Las ejecuciones extrajudiciales son un patrón de criminalidad que prevalece como antaño y que siguen cubiertas por el manto de la impunidad.
Estos hechos deleznables nos muestran un continuum en el actuar de las autoridades. Tomando como referencia el quinto volumen del informe final del Mecanismo para la Verdad y el Esclarecimiento histórico titulado “Fue el Estado”, se plantean los factores de persistencia de las violaciones graves de derechos humanos que se cometieron de 1965 a 1990. La política del terror impulsada por un régimen autocrático no se ha arrancado de raíz, se mantienen vigentes porque no hay castigo a los perpetradores, no se han desmontado las estructuras que propiciaron las desapariciones, las ejecuciones y las torturas que se aplicaron contra los opositores al régimen.
No es fácil dejar atrás la herencia de un pasado reciente de violencia estatal, implica un esfuerzo social extraordinario y ante todo voluntad política y compromiso con las víctimas. La lucha de quienes exigen verdad y justicia víctimas por los crímenes del pasado y del presente pueden llevar a cambios paradigmáticos que refunden el diálogo entre el Estado y la sociedad, sin embargo, hay un gran abismo entre las autoridades estatales, las organizaciones sociales y los colectivos de víctimas. Siguen siendo tratados como enemigos del régimen, como hace cinco décadas. Esta insensibilidad acumula agravios y mayor violencia porque persiste el pacto de impunidad con los criminales.
El gran desafío es saber lidiar con un pasado reciente de violencia estatal que busque desmantelar lógicas institucionales, redes de actores, prácticas y hasta marcos ideológicos que retroalimentan los patrones de violencia que están enraizados. Esta apuesta requiere de esfuerzos deliberados y sostenidos que incorporen el respeto a los derechos humanos como un articulador social de primer orden y que coloque en el centro a las víctimas como motores de este cambio. Lo primordial es entender que la lógica de la violencia estatal no se desvanece con el tiempo, por el contrario, muchos de sus elementos tienden a perdurar y hasta complejizarse o amplificarse a la luz de nuevos actores y contextos. En ocasiones se derriba el edificio, pero sus cimientos continúan enraizados. La violencia estatal no concluye por disposición oficial ni por convención historiográfica. Requiere compromiso, ante todo hechos que se traduzcan en resultados favorables para la población agraviada. Tiene que cimbrarse el sistema que encubre a los perpetradores con investigaciones científicas que den con los responsables de los crímenes cometidos contra los luchadores sociales.
La institucionalidad que permitió la violación grave, sistemática y generalizada de los derechos humanos genera un momentum de largo aliento. Este impulso para combatir la impunidad y desmantelar las redes de la macrocriminalidad es el que no quiere dar la autoridad. Pesan mucho los intereses creados al margen de la ley y bajo el amparo de la institucionalidad gubernamental, se cuidan más las atrocidades cometidas en el pasado para no tocar intereses de actores estatales que gozan de privilegios e impunidad.
Hablar de lo que permanece, entender por qué dura el trazar líneas para evitar que continúe es un imperativo histórico, social y político para una sociedad ávida de justicia. Visibilizar los factores de persistencia ayuda a colocar en su justa dimensión las falencias de un gobierno que no ha roto con las inercias del pasado, que continúa protegiendo al Ejército, que no los investiga, que más bien los cubre de gloria y sus principales aliados en sus políticas de seguridad. No podemos seguir con esa herida sangrante, de que los responsables de las desapariciones sean los privilegiados del régimen y que ahora comanden la seguridad a través de la guardia nacional, sin resultados favorables para una población inerme. Hablar de factores de persistencia es buscar explicar por qué hasta la fecha hay prácticas y redes delincuenciales que nunca se cortaron de tajo dentro de las instituciones del estado. Con los factores de persistencia se trata de entender, a partir del pasado por qué no se ha logrado erradicar la violencia en nuestro estado.
La no repetición de graves violaciones a los derechos humanos forma parte de la justicia transicional en la medida en la que se busca que los gobiernos dentro de sus procesos de verdad logren adoptar las medidas necesarias para garantizar que no se produzcan violaciones graves en el futuro. Este tema es crucial para transitar a un estadio donde la impunidad no sea el sello distintivo de un nuevo régimen. Por ello se entiende que es igualmente relevante que los gobiernos destinen recursos a atender los derechos de las víctimas con el fin de prevenir que se presenten violaciones semejantes contra otras personas en el futuro. El compromiso general de respetar un derecho implica hacer lo necesario para que cese su vulneración y que esta no se repita. Así, el deber de prevenir la repetición está estrechamente vinculado con la obligación de poner fin a una vulneración en curso. Sobre esta base las garantías cumplen una función preventiva y pueden describirse como un reforzamiento positivo del cumplimiento futuro.
La reforma de las instituciones, el desmantelamiento de los grupos armados no oficiales, la derogación de la legislación de emergencia que sean compatibles con los derechos fundamentales, la investigación de los antecedentes de los miembros de las fuerzas de seguridad y del poder judicial, la protección de los defensores de los derechos humanos y la formación de los derechos humanos de integrantes de las fuerzas de seguridad, las garantías de no repetición tienen una función de carácter esencialmente preventivo a la que se supone contribuyen la verdad, la justicia y la reparación.
El funcionamiento de las instituciones, las redes de actores, sus prácticas y hasta los marcos cognitivos que hicieron posible la violación de los derechos humanos no se desvanecen con el paso del tiempo, generan una sinergia, incluso sobreponiendo sus lógicas a las nuevas instituciones que buscan trascenderlas. Por esta razón no debe extrañar la connivencia entre las lógicas violatorias de los derechos humanos y la institucionalidad democrática que prevalece en nuestro país y en Guerrero, con un fuerte legado autocrático. En este sentido la dinámica institucional y en particular su inercia constituye un continuum.
Dos masacres en Guerrero durante la década de 1990 muestran la persistencia de violaciones graves a los derechos humanos por parte de las policías locales y militares en este estado. No podemos olvidar que nuestro estado fue uno de los más golpeados durante el periodo de 1965 a 1990. La matanza de Aguas Blancas fue un crimen de Estado que abusando de su fuerza masacró a 17 campesinos pobres y dejó 19 heridos el 28 de junio de 1995. Fue un crimen perpetrado por policías del estado. Es un caso que también sintetiza la lógica contrainsurgente. Atrás estuvo la mano del siniestro general Mario Arturo Acosta Chaparro. La masacre de El Charco acaecida el 7 de junio de 1998 es otro crimen de Estado perpetrado por el Ejército que ejecutó a 10 indígenas y un estudiante de la UNAM en un contexto de contrainsurgencia. Hasta la fecha los dos crímenes se mantienen en la impunidad. Lamentablemente estas dos masacres han sido ventiladas actualmente por la presidenta de a República Claudia Sheibaum por la confrontación que se ha dado con el expresidente Ernesto Zedillo, quien protegió al ex gobernador Rubén Figueroa, a Ángel Aguirre Rivero y a los mandos militares. Sin embargo, hasta la fecha los gobiernos de Morena tampoco han impulsado los dos casos para garantizar justicia a las viudas del Charco y de Aguas Blancas y acabar con el pacto de impunidad que sigue intocado.
En Guerrero no sólo se masacró a indigenas y campesinos, se declaró la guerra contra las organizaciones guerrilleras y se implementó una política de terror para arrancar de raíz las acciones armadas de los insurrectos. Fueron crímenes que hasta la fecha siguen sin ser investigados, por el contrario, los líderes guerrilleros continúan en el limbo. No se les reconoce como héroes ni como dirigentes sociales que impulsaron los cambios sociales que hoy se han concretado en nuestro país. A Genaro Vázquez y a Lucio Cabañas se les adjetivó como roba vacas, salteadores, bandoleros, comunistas. Siempre buscaron mil maneras de criminalizarlos fabricando delitos e historias falaces.
El gobierno actual ha descalificado a los movimientos y luchadores sociales independientes. Todos los que no están en las coordenadas del partido en el poder son incómodos y se les descalifica y denuesta, exponiéndolos ante la opinión pública, siendo blanco fácil de agresiones, al mismo tiempo envían un mensaje de que son sacrificables. No le apostó por la justicia transicional, los violadores a derechos humanos se mantienen en la impunidad y siguen enquistados en el poder público. A los miembros del Ejército, que cometieron graves violaciones a los derechos humanos, no se les toca ni se les molesta. Hacer justicia por los casos de la guerra sucia y Ayotzinapa era la oportunidad para alcanzar la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas. De sentar las bases para la no repetición de esos pasajes obscuros de la historia pasada y reciente de México. Sin embargo, fallaron, y la impunidad es la que se mantiene en la cúspide del poder, como un trofeo de los perpetradores.
Por esos factores de persistencia estamos condenados a que hechos atroces sigan ocurriendo, como el crimen artero de Marco Antonio Suástegui, que fue criminalizado por todos los gobiernos: lo encarcelaron en tres ocasiones, lo estigmatizaron como un líder rijoso, machetero, e ignoraron sus denuncias en las que relataba los riesgos que corría. Lo dejaron solo y más bien enviaron una señal siniestra a los perpetradores de que tenían permiso para matarlo.

 

Marco Antonio: la tierra no se vende, se ama y se defiende

En la misma tumba donde yacen los restos de Pedro Suástegui Valeriano fue sepultado Marco Antonio Suástegui Muñoz, el hijo amado que heredó la tradición de los hombres y mujeres del río Papagayo que defienden sus tierras empuñando los machetes. En este domingo sofocante y polvoso partió el cortejo de la casa de su tío Juan al panteón de Cacahuatepec. En este histórico lugar se hilvanó la lucha imbatible contra la presa La Parota. En el corazón de la resistencia Marco Antonio le dio consistencia a un movimiento opositor que hizo trizas los planes privatizadores y extrativistas de los gobiernos neoliberales.
Las lágrimas de sus familiares y de las mujeres que lucharon al lado del Tigre mostraron la estirpe de un pueblo indómito, que sabe pelear en medio de tantas adversidades y carencias materiales. Su fortaleza y determinación para defender a la madre tierra trascendió fronteras. Se ganaron el reconocimiento y el apoyo de los relatores de la ONU, que constataron en la comunidad de Agua Caliente la grandeza de su lucha.
Por sus posturas críticas, Marco Antonio fue un actor incómodo para las autoridades. Nunca tomaron en serio sus diagnósticos que compartía sobre la inseguridad en el puerto de Acapulco y en las comunidades rurales. Calibraba con mucha objetividad los riesgos que corría. Solicitó en varias ocasiones acompañamiento de la Guardia Nacional, pero las solicitudes nunca prosperaron con el argumento de que no había denuncias penales.
Marco tenía una gran desconfianza en la Fiscalía por la falta de secrecía en las investigaciones. En las denuncias que interpuso, no solo no prosperaron, sino que hubo fuga de información que lo puso en mayor riesgo. Las reservas que mostraba no eran gratuitas, consideraba más bien un peligro mayor y prefirió mejor las medidas de autocuidado. Marco Antonio tuvo varios incidentes que le indicaban que los riesgos que corría eran inminentes. Lamentablemente el Mecanismo de Protección de Defensores no priorizó su caso y tampoco dimensionó los riesgos. Las autoridades del estado evidenciaron las graves fallas de sus operativos de seguridad. Es increíble constatar que ningún elemento policiaco, de los 4 mil que desplegaron, haya estado en la zona donde el agresor tuvo tiempo suficiente para sacar su arma y vaciarla contra el defensor de la playa Icacos.
Durante ocho días los médicos lucharon para salvarle la vida. Todo el tiempo permaneció en terapia intensiva. Los daños eran severos y sólo un milagro podía salvarlo. A pesar del apoyo del gobierno del estado, para que tuviera la mejor atención médica, fue imposible estabilizarlo. Con gran tristeza y coraje recibimos la noticia de su muerte. Estaba en la playa trabajando para garantizar el sostén de su familia. Había logrado organizar a los compañeros de la playa para ser tomados en cuenta en el plan de reordenamiento de los servicios turísticos. Defenderían colectivamente su espacio y no permitirían que empresarios los desplacen de sus lugares. Con el liderazgo de Marco Antonio había mayores garantías de que los funcionarios municipales respetarían los acuerdos alcanzados. La semilla que sembró Marco no se marchitará, robustecerá el tallo de la resistencia.
Marco Antonio enfrentó constantes peligros con los mismos gobernadores: con René Juárez que ordenó su encarcelamiento. Con Zeferino Torreblanca que se obstinó en imponer el proyecto hidroeléctrico con el uso de la fuerza policiaca. Con Ángel Aguirre Rivero que lo encarceló en un penal de máxima seguridad y con Héctor Astudillo por fomentar la división de los comuneros. Con todos pagó caro su osadía: fue encarcelado en tres ocasiones, castigaron con mayor severidad a las comunidades del Cecop. En lugar de reconocer su labor como defensor comunitario en todo momento le dieron trato de delincuente. A pesar de la persecución y de la apertura de carpetas de investigación, Marco Antonio permaneció fiel a sus ideales, siempre al lado de las familias pobres del Acapulco rural. Su temple como defensor del territorio demostró tener capacidad para convocar, movilizar y convencer a las comuneras y comuneros, tuvo también la fuerza, la decisión, valentía y gallardía para estar al frente de las batallas y de impedir la realización de asambleas espurias convocadas por la Procuraduría Agraria.
Siempre con su acero en la mano se abrió camino. Enfrentó a los policías a pedradas, con la fuerza de sus machetes y con su voz de trueno hizo crecer un movimiento que inspiró muchas luchas en el país. Era una tromba que atacaba con toda su fuerza para desbaratar la estrategia gubernamental de acarrear taxistas para que votaran por el sí a La Parota. Todo se vino abajo cuando en una asamblea convocada por el gobierno y el Cecop para hacer una consulta por usos y costumbres, de manera contundente ganó el no a la construcción de la presa.
Los enemigos de Marco Antonio fueron los grupos de poder, los políticos arribistas, los empresarios depredadores del medio ambiente, sobre todo los gravilleros que son los que más han dañado el río Papagayo y que se han enriquecido con las reservas naturales como la grava, la arena y la piedra. Han despojado las tierras comunales con el respaldo de las autoridades que hacen negocios compartidos. Marco Antonio, había focalizado su lucha contra las empresas gravilleras, sin embargo, descubrió que existe una red de complicidades entre autoridades municipales y empresarios, junto con grupos de la delincuencia. En esta telaraña de intereses los grupos de la delincuencia hacen el trabajo sucio para asegurar los negocios de los empresarios y varios políticos.
Fue muy reveladora la última llegada de Marco Antonio a Cacahuatepec. Las “pangas” estaban listas para trasladarlo. Dos de ellas son del Cecop. Ahora bajaron el cuerpo inerte de quien en muchas ocasiones se trasladaba para asistir a las asambleas dominicales y darle seguimiento a las tareas de reconstrucción de sus viviendas y de sus parcelas que fueron afectadas por los huracanes Otis y John. Ahora estas pangas cargaron el cuerpo de Marco Antonio y lo trasladaron a la comunidad que tanto quiso: Cacahuatepec, donde forjó su acero como defensor comunitario. Cuando bajaron su cuerpo de la carroza, de inmediato se escucharon los gritos de sus compañeros: ¡Marco vive! ¡La lucha sigue! Al otro lado del río más de cien mujeres también coreaban ¡Viva Marco Antonio! ¡Viva! El grito en el río Papagayo es el grito de justicia de las comunidades olvidadas del río Papagayo. Es el grito de indignación del Acapulco de los terregales, del Acapulco encharcado por las aguas negras, del Acapulco donde la Casa de Salud sigue sepultada desde el huracán Otis. El Acapulco de los desempleados, de los que sobreviven como vendedores ambulantes y que se ocupan en los hoteles y en la industria de la construcción. Los que sufren el saqueo de su agua y de los recursos pétreos de su río.
Marco Antonio se sensibilizó más con los problemas de la pobreza, la discriminación, el clasismo, el racismo que padecen secularmente las comunidades rurales. Marco sufrió en carne propia el estigma por ser un hombre de campo. Fue apodado como huarachudo, el sombrerudo o el machetero. La grandeza de Marco fue su estatura moral, para él su sombrero, su machete, sus huaraches fueron los símbolos de su identidad. Hoy lo sepultaron con sus huaraches que más le gustaban, con un pantalón de mezclilla, su pantalón de lucha, su sombrero negro que le dio siempre la estampa de un campesino galán, de un campesino carismático, bragado, dicharachero, que supo convivir con la gente del campo, donde estaba su vida. Fue el hombre valiente y bullanguero que se ganó el aprecio de la gente.
Marco Antonio fue un hombre que se acercó a los sacerdotes y al obispo, una persona respetuosa de las creencias de la gente. También fue un hombre de batallas, que recibió al subcomandante Marcos en los Bienes Comunales de Cacahuatepec, que se solidarizó con los indígenas zapatistas y que participó en marchas para acompañar a las madres y padres de los 43, para gritar ¡Fue el Estado! y para exigir que se investigara al Ejército. Las luchas que dio Marco abrazaron las mejores causas del movimiento social en Guerrero. Apoyó a la Policía Comunitaria y varias comunidades del Cecop se incorporaron al sistema de justicia y seguridad comunitaria, para dar seguridad a las comunidades. Por eso en su último viaje fue escoltado y cargado en hombros por sus compañeros de la Policía Comunitaria.
La pérdida de su hermano Vicente le rasgó el corazón. Lo marcó para toda su vida. Le hizo sentir lo frágil que es el ser humano, sin embargo, en esta fragilidad encontró la fortaleza espiritual, porque Marco cultiva valores y principios, convicciones y un compromiso probado por la justicia. Marco se fue a los lugares más difíciles para buscar a su hermano. Encaró a los responsables que participaron en su desaparición, señaló a los autores materiales y exigió que sean detenidas todas las personas involucradas como el comandante Pino. Se fue sin saber el paradero de su hermano y alcanzar justicia.
La mañana de este domingo caminamos en medio de la arena, del polvo y del calor. Fuimos a su última morada, para refrendar nuestro compromiso con su lucha, para mantener vivo su legado y apoyar al Cecop para que su espíritu indómito no se debilite. Queda vivo su ejemplo, su temple, su acompañamiento a las comunidades más pobres, su entrega incondicional para defender el territorio y luchar por una vida digna entre las comunidades del río Papagayo.
Ahora quedan en manos de la autoridad las investigaciones. Tienen que llegar al fondo. No pueden seguir pretextando que sean las víctimas quienes hagan la investigación. Son las autoridades las que tienen que trazar las líneas, sobre todo, deben de tomar en cuenta la trayectoria de Marco Antonio como defensor del territorio. Su vida fue cien por ciento dedicada a defender los derechos de la gente pobre. Lo hizo en las comunidades rurales, en la playa Icacos, acompañando a las organizaciones solidarias para exigir justicia y verdad o ya sea buscando a su hermano Vicente Suástegui. Las autoridades tienen que dar resultados contundentes sobre este crimen artero. No puede continuar este pacto de impunidad, de atentar contra la vida de los defensores y defensoras y permitir que los responsables sigan libres. Esta espiral de violencia está socavando la seguridad de las personas y es la amenaza más funesta para quienes luchamos por los derechos del pueblo. Las autoridades del estado tienen que corregir el rumbo, porque el naufragio es inminente.