Optimismo y pesimismo corresponden a dos maneras de ver la vida, el pasado, el presente y el futuro. Son actitudes que afectan la percepción y la manera de afrontar los acontecimientos. Los optimistas ven el vaso medio lleno y los pesimistas ven el vaso medio vacío; los primeros sólo ven las oportunidades mientras que los segundos sólo ven los obstáculos; los primeros son más resilientes mientras que los segundos tienen la tendencia a la depresión. Pareciera que el optimista tiene todo por ganar mientras que el pesimista es ya un perdedor.
Hay un optimismo, que podemos llamar inteligente, que implica la aceptación real de los problemas y su análisis a partir de los recursos habidos, que recurre siempre a la realidad objetiva y que no se ampara en la pura subjetividad.
Sin embargo, el optimismo puede tener un sustento ingenuo e interesado que puede desencadenar frustraciones cuando las cosas no salen como se calculaban. Hay optimistas que, ante las circunstancias adversas, simplemente dicen: “todo va a salir bien”. Creen que el futuro puede sustentarse en deseos o en ilusiones. También hay un optimismo ideológico que se sustenta en una visión de la vida enfocado al éxito individual o social, al éxito económico o político. Y sostienen que la idea o la ideología es más poderosa que la realidad. Pero sucede que tarde o temprano se derrumban las ideas que no tenían sustento en la realidad objetiva. En mi opinión, eso sucedió en los países del socialismo real o con las ideas pregonadas por el nazismo y el fascismo que parecían invencibles y un día se derrumbaron.
Por esta razón, el optimismo tiene que contar con una ruta autocrítica, de vigilancia sobre sí mismo, de racionalidad estricta y, sobre todo, de contacto con la realidad y sus contradicciones. No hay que olvidar que una de las tendencias más fuertes de las ideologías es el dogmatismo, cuando las ideas se congelan y se endurecen con la pretensión de identificarse con la realidad.
Es muy frecuente que las élites en el poder muestren un optimismo permanente y hasta a ultranza. Los poderosos suelen ser demasiado optimistas. Ya sea en la empresa, en la política, en la religión, en la educación o en la cultura, suelen tener una visión optimista de la realidad. Siempre dicen: vamos bien, el país va bien, la economía está mejorando. El discurso de las élites suele ser optimista, pero muchas veces sin sustento en la realidad. La percepción desde el poder es muy diferente a la percepción de la población. El país no se mira igual desde arriba y desde abajo, desde un palacio y desde una choza. Este optimismo ideológico e interesado distorsiona la manera de percibir la realidad y predetermina el proyecto desde las élites. Y se convierte en el gran argumento para sostenerse en el poder.
Ante este tipo de optimismo hay una actitud diferente que mira la realidad y proyecta el futuro de otra manera, con una perspectiva diferente. Se trata de la actitud de la esperanza, que no puede reducirse jamás al optimismo, ya que tiene otros componentes. Esta actitud se construye a partir de un propósito de vida que no depende de los resultados que se obtengan. No es una apuesta al éxito fácil ni inmediato, no es la creencia de que todo va a salir bien; más bien, busca el significado de los desafíos y aún, de los fracasos. La esperanza es una fuerza resiliente que acompaña la transformación de la realidad en medio de las dificultades que se encuentran en el camino. El referente de la esperanza es la realidad llena de contradicciones y de adversidades; y no los deseos, ni las expectativas propias o ajenas, ni una idea, por muy elaborada que se presente.
Los tiempos difíciles no son para el optimismo que establece que todo lo que vendrá será mejor, que las cosas van a salir bien y en que hay que pensar positivamente para que los pensamientos de ese tipo se materialicen, sino para la esperanza. En tiempos de violencias exacerbadas y de pobreza extrema los optimismos se vuelven un problema más. Quien vive esperanzado es consciente de lo difícil de una situación, siente necesidad de cambiarla y está dispuesto a hacer algo para que ello ocurra, aun cuando no haya garantía alguna sobre el resultado.
El ensayista y crítico cultural inglés Terry Eagleton, afirma que la esperanza y el optimismo son irreconciliables. En su libro Esperanza sin optimismo apunta que mientras la primera acepta el dolor, el segundo lo niega. Mientras que la esperanza tiene que pasar por la prueba, por la contrariedad y por el sufrimiento, el optimismo no soporta la adversidad ni la fuerza de la razón; es más, el optimismo lleva a la deserción de la razón misma y transita por el sendero de la magia y de la irracionalidad.
El psicólogo estadunidense Charles Richard Snyder habla de tres factores determinantes para construir la esperanza: metas, caminos y acciones. Se requiere de (1) un objetivo, un propósito que impulse, algo concreto que esperar; (2) un camino con estrategias y planes precisos en la dirección del propósito. Y, aunque el objetivo fuera difícil y pudiera no alcanzarse, (3) se requiere actuar con los recursos posibles. En el sendero de la esperanza no caben ni la expectativa pasiva, ni el victimismo, ni los lamentos plañideros, ni la furia contra el destino. La esperanza es la que mueve a caminar.
Así las cosas, las élites que están encumbradas en el poder, tienen la tendencia al optimismo sustentado en sus ideas, en sus deseos, en sus proyectos y en la misma magia que da el poder. El optimismo suele ser su gran argumento para ejercitar su liderazgo y para convencer a las masas con estadísticas, números e interpretación de datos. Solo visualizan éxitos y tienden a conservar el poder al costo que sea, sean de izquierda, de derecha o de centro. En ese sentido, son conservadores, pues no miran más allá de sus propias ideas y de sus propios proyectos, ya sean económicos, políticos o ideológicos-culturales en detrimento de la dura realidad de su entorno.
En nuestro México hay de todo. Abundan los pesimistas que sólo viven de lamentos, que no incluyen en su mirada a los demás, pues sólo piensan en sí mismos y viven repartiendo culpas por todos lados, viven como derrotados y asumiendo el papel de víctimas permanentes. Se sienten a sus anchas y muy cómodos mirando los toros detrás de la barrera. Tienden a ser maniqueos, estableciendo los parámetros entre buenos y malos. Y siempre se sienten como los buenos. Pero también abundan los optimistas que creen en la magia de las influencias y del dinero. Creen que el mundo está a su favor y viven practicando el culto a sus ideas y a sus privilegios.
Por fortuna, tenemos un pueblo esperanzado, que desde el sufrimiento y del dolor sigue luchando desde su debilidad por la justicia, por la verdad y por el prójimo. La esperanza es su gran patrimonio y lo mejor que tiene aún y no puede permitir que las élites se la roben. Este pueblo esperanzado tiene espacios en una diversidad de luchas, desde las luchas por los recursos naturales, por las causas de los desaparecidos, por los derechos de las mujeres y de los niños, y otros más. Y se meten a los infiernos de este mundo para predicar la esperanza a quienes tienen el riesgo de perderla como el gran recurso para cambiar este mundo. No viven convenciendo a los demás en que “todo va a estar bien”, sino sembrando esperanzas donde hay dolor y muerte.
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Algunos pendientes para 2024
Aunque el comienzo del año corresponde a un ciclo convencional en Occidente, ya que existen también los ciclos del año chino y del año árabe entre otros, ha servido para la medición del tiempo y como referente para actividades económicas y sociales. Esta referencia ha servido en nuestro país para hacer evaluaciones y propósitos que pueden ayudar a hacer comparativos y a mirar hacia el futuro.
Quiero, en esta ocasión, mediante una mirada retrospectiva, sugerir algunos pendientes que deberían ocuparnos durante el año que comienza en estos días. Hay situaciones que causan honda preocupación en el país, que merecen toda la atención de todos para ir resolviéndolas paulatinamente.
La primera situación es más local y tiene que ver con la reconstrucción de las ciudades de Acapulco y de Coyuca de Benítez, que fueron destrozadas por el huracán Otis en octubre pasado. Si reconstruir no es sólo reponer las construcciones que fueron derribadas para que todo siga igual que antes, entonces hay que analizar, imaginar y proyectar una reconstrucción que considere las fragilidades de la ciudad, de sus viviendas, de los servicios y de los espacios públicos y que, por otra parte, responda a una filosofía de la vida que necesitamos promover para que Acapulco tenga el futuro que deseamos y que beneficie a todos los acapulqueños y al país. Esto significa que la reconstrucción tendría que irse proyectando de manera democrática, con la participación de todos y no sólo de las élites económicas y políticas que han sido, en el pasado, quienes le han dado forma a este Acapulco destrozado que ahora estamos viendo en el escenario.
La segunda situación que tiene preocupado a todo el país es la de inseguridad y violencias crecientes. Llevamos ya dos décadas, desde el sexenio de Vicente Fox, con el alza continua de las violencias que agobian a las familias, a las comunidades y, sobre todo, a las ciudades. Son escasas las regiones del país que no han sufrido crisis en este sentido. Y parece que la violencia, esa que llega aparejada con el narcotráfico y con tantas formas de delincuencia organizada, cuando llega, lo hace para quedarse indefinidamente. Acapulco vivió una crisis de terror allá por el año 2011, cuando las fuerzas federales llegaron a esta ciudad, cuando iba en declive económico por la violencia y, hasta ahora, no ha disminuido significativamente. Si bien, desde entonces ningún gobierno ha tomado en serio la participación de la sociedad para diseñar procesos de acceso a una mayor seguridad pública en colaboración con los cuerpos de seguridad militares y policiacos. De hecho, la seguridad pública es lo mínimo que podemos desear.
Si bien las violencias de la delincuencia organizada son las que han tenido el mayor impacto social, hay muchas otras violencias que están diseminadas en la sociedad. En estos términos, la sociedad misma ha de ser corresponsable en los esfuerzos que se hacen para desterrar las violencias. Y, por otra parte, hay que considerar que la delincuencia está enquistada en el interior de la sociedad misma, por lo que no podrá ser desterrada sin la participación de la sociedad civil. ¡Cuánto puede hacerse desde las escuelas, las universidades, las empresas, las iglesias, las comunidades indígenas, las organizaciones sociales y las comunidades del campo y de la ciudad!
Hay que agregar que no sólo aspiramos a la seguridad pública sino a la seguridad ciudadana que establece condiciones sociales, económicas, políticas, culturales y ambientales que garantizan todos los derechos humanos para todos. Para esto, hay que abrir el horizonte en la mente de las personas y de los pueblos, para que estas aspiraciones se hagan posibles. Y que los gobiernos y los ciudadanos caminemos juntos en el sentido de una colaboración orientada hacia el bien común.
Una tercera situación que debiera estar en primer plano en este año que estamos comenzando es el cuidado del medio ambiente. Este cuidado tiene expresiones “micros”, como aquéllas que pueden desarrollarse por personas, por localidades o por instituciones, y expresiones “macros”, como aquéllas que tienen que ser desarrolladas por las élites económicas, financieras y políticas. Ambas son necesarias en este momento en el que la furia del calentamiento se está manifestando. Hay quienes señalan que el huracán Otis ha sido efecto del calentamiento desmesurado de los océanos, ante el cual no estamos haciendo aún nada. Estos efectos se van a ir normalizando en la medida en que continuemos devastando el medio ambiente en lo micro y en lo macro.
El papa Francisco, en su última exhortación Apostólica Laudate Deum (Alaben a Dios), sobre la crisis climática habla del “paradigma tecnocrático” como una ideología que sostiene que el poder de la tecnociencia aplicado a la vida económica y social conduce al progreso y al estadio final de la evolución humana. Sucede que, en la práctica, la técnica en lugar de manejarse como un instrumento que favorezca el desarrollo humano, se ha convertido en un fin en sí mismo que se vuelve contra la propia humanidad. Esa tecnificación surge porque la naturaleza (y el propio ser humano) pasa a ser vista como una materia informe para que el hombre la transforme a su antojo mediante un poder técnico sin límite alguno.
Es necesario caer en la cuenta de que la humanidad es parte de la naturaleza misma y que requiere mirarse a sí misma en una “relación fraterna” y horizontal con el conjunto de todas las cosas creadas. Por eso, mientras unos miran la naturaleza como un “recurso” que puede ser mercantilizado, otros la miran como “casa común” que hay que cuidar y custodiar.
En el ámbito “micro”, la población tiene que ir gestionando procesos modestos pero significativos. Cuando el Otis deforestó con sus impetuosos vientos los municipios de Acapulco y de Coyuca de Benítez, como nos vendría bien un esfuerzo colectivo de reforestación acompañada de un proceso educativo y técnico. Podemos encontrar otras formas de tratamiento de los desechos sólidos, del manejo del agua y de la energía eléctrica y otras cosas más. Pero, sobre todo, la filosofía del cuidado de todos y de todo.
Estos tres temas, la reconstrucción de ciudades, la participación de la sociedad en la seguridad ciudadana y el cuidado del medio ambiente, son temas pendientes que requieren la atención de todos, de los gobiernos y de los ciudadanos. Para que estos tengan mejores resultados se requiere mejorar nuestros procesos de democratización que no se identifican sólo con la elección de nuevos gobernantes, sino que requieren actitudes y procesos de participación, de colaboración y de solidaridad, más allá de los conflictos que suceden en el camino. Este 2024 puede ser una oportunidad abierta para asumir estos pendientes.
No habrá solución a la inseguridad si no participa la sociedad, advierte sacerdote
Ramón Gracida Gómez
Para el sacerdote Jesús Mendoza Zaragoza, el aumento de la presencia de la Guardia Nacional en Acapulco no será suficiente para desactivar de “fondo” la delincuencia, si la sociedad no es protagonista de la política anunciada el miércoles por el presidente Andrés Manuel López Obrador de construir 38 cuarteles para 10 mil elementos de esta corporación de seguridad.
El párroco del poblado de La Sabana señaló vía telefónica que los grupos criminales se están adaptando a las modificaciones que ocasionó el huracán Otis a la economía del municipio y pueden buscar robar los apoyos federales, por lo que la reconstrucción de Acapulco pasa por “reconstruir sus condiciones de seguridad” y fortalecer la persecución del delito.
Durante la conferencia matutina realizada en la Base Naval este miércoles, López Obrador y el titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), Luis Cresencio Sandoval, anunciaron la creación de 40 cuarteles, 38 en Acapulco y dos en Coyuca de Benítez, para que 10 mil elementos se queden de manera permanente en el primer municipio.
Consultado al respecto, Jesús Mendoza indicó que la construcción de muchos cuarteles en Acapulco “era la idea general del gobierno, pero ahora con el Otis parece que se está acelerando aquí en la ciudad porque la Guardia Nacional se quedó a cargo de la seguridad”.
El también articulista de El Sur dijo que, aunque está “cobijada” por el Ejército, la Guardia Nacional sigue siendo una policía y en esos términos es positiva su presencia porque “la policía estatal no tiene la capacidad para estar en donde se cometen todos esos delitos que agobian a la gente en la vida cotidiana, sobre todo los delitos de extorsión que son comunes en donde quiera”.
Sin embargo, acotó: “la Guardia Nacional no es suficiente para bajar la delincuencia, no es suficiente para perseguir el delito”, y agregó que esta corporación se dedica a “inhibir el delito y en ese sentido no basta eso, no basta la presencia de la Guardia Nacional en las localidades porque no es suficiente la inhibición del delito”.
Expuso: “tienen que reforzarse las acciones de las fiscalías, tanto de la Fiscalía General de la República (FGR) como la Fiscalía estatal, de tal forma que realmente se tengan esos avances en la persecución del delito”.
“La delincuencia está dentro de la misma sociedad”
El sacerdote Jesús Mendoza sostuvo: “Mientras no se involucre de una manera activa la sociedad en un proyecto gubernamental como éste tampoco va a suceder gran cosa”.
“Puede ser que disminuya a partir de la inhibición, pero no se desactiva la delincuencia y lo que necesitamos es que se desactive y que haya una desactivación de fondo porque la misma delincuencia está dentro de la misma sociedad”, explicó.
Dijo que “hay en la sociedad toda una podredumbre criminal que la acecha y que está producida en la misma sociedad, entonces es necesario la participación activa de la sociedad de manera que pueda desactivarse eso que está en su seno”.
“Y para eso se necesita que la sociedad tenga un protagonismo también, es decir, si queremos ir al fondo no basta la Guardia Nacional, no basta el Ejército, necesitamos convertirnos en actores en las comunidades, en las localidades, en lo local, en lo regional de manera que vayamos a las causas del delito y podamos entre todos hacer esa desactivación de las causas y las cosas puedan prosperar”, propuso.
El sacerdote de la parroquia de La Sabana, comentó que la delincuencia “se está adaptando a esta modificación que hizo el Otis aquí en Acapulco, la modificación de la economía”.
Alertó que los fondos de los proyectos gubernamentales de reconstrucción pueden caer en manos de la delincuencia y consideró que la recepción de dinero del beneficiario del censo federal “no le da seguridad y que lo pone incluso en riesgo”.
Por ello, propuso el ex coordinador de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Acapulco, la seguridad es un tema “que también necesitamos reconstruirlo, es decir, hay que reconstruir la seguridad, hay que reconstruir la paz que ha estado ausente en los últimos años”. Hablar de reconstruir Acapulco pasa por “reconstruir sus condiciones de seguridad”, remató.
Jesús Mendoza consideró que el gobierno federal levantó de forma “muy temprana” la emergencia porque ésta seguía debido a que no había alimentos todavía accesibles. “Pero en este momento yo creo que el tiempo de la emergencia ya pasó y ahora lo que toca es la rehabilitación”.
Además de la rehabilitación de las viviendas, indicó, también están las calles porque muchas de éstas “tienen montonales de basura y de escombros”, lo que tiene que ser removido para tener acceso como el que se tenía antes.
“Y otra etapa es la reconstrucción donde tiene que ser algo de fondo, es decir, en la reconstrucción estamos hablando de que haya una orientación general para que Acapulco sea diferente”, propuso y agregó que hay varias vulnerabilidades a atender, como las ambientales.
El sacerdote Jesús Mendoza tiene un historial amplio en atención a víctimas y se le pidió su punto de vista sobre la atención del gobierno federal a los familiares de los marineros desaparecidos por el huracán Otis.
Para contextualizar su opinión, el párroco retomó la queja de los colectivos de familiares de desaparecidos contra el censo impulsado por el presidente Andrés Manuel López Obrador “porque ellos entienden que se pretende reducir el número de víctimas”.
“Yo percibo que no se ha asumido el tema de las víctimas y en particular el tema de los desaparecidos en el gobierno federal, es decir, el presidente no ha recibido a los colectivos en todos estos años, entonces como que el interés no está puesto en atender esta herida nacional”, señaló.
Del meteoro del 25 de octubre, Jesús Mendoza dijo que “son víctimas del desastre y bueno, pues, al igual les está sucediendo lo mismo, no sienten que el Estado esté respondiendo a las necesidades que ellos tienen de búsquedas y de encontrarlos”.
Señaló que “el Estado no está equipado todavía para eso, no tiene personal capacitado, no tiene el presupuesto, el dinero necesario para eso y yo creo que es un asunto pendiente en el cual van a seguir desapareciendo y van a seguir las inconformidades”.
A propósito de saqueadores
Nos sorprendió a todos el poder destructor del huracán Otis durante la noche del 24 de octubre. Pero al amanecer del día 25 nos sorprendió otro huracán, tan destructor como el primero, la cadena de saqueos por toda la ciudad que, incontenible, no había fuerza humana que la parara durante los siguientes días. El comercio en su conjunto, desde las grandes tiendas departamentales, hasta los puestos de los mercados fueron objeto de una rapiña multitudinaria, que requiere una explicación y una solución. Hay que señalar de entrada que en los saqueos ha participado sólo un segmento de la población, que es minoritaria. Pero esto ha sido noticia, mientras que los miles de voluntarios que se han dedicado a ayudar a los demás no han sido noticia.
Estos saqueos no son circunstanciales y no debieran sorprendernos. Tienen su historia. Hay que recordar la rapiña en Costco Diamante en el año 2013 después de las inundaciones provocadas por los huracanes Ingrid y Manuel. También hay que recordar que, a propósito de accidentes viales de vehículos repartidores de mercancías, que suelen darse en calles y carreteras, hay gente que acude, no a auxiliar a las víctimas sino a saquear lo que puedan llevarse de mercancías. La rapiña, pues, se ha vuelto costumbre. Ya es algo cultural en una parte de la población.
Pero hay que entender que este tipo de saqueos no es el único. Hay otros tipos de saqueos que se han vuelto estructurales y, por lo mismo, se han vuelto invisibles a primera vista, tanto que hay que reconocerlos a partir de la observación y del análisis preciso. Pero, de alguna manera son tangibles porque han generado pobreza y desigualdad en el país.
El primero es el saqueo de las trasnacionales, que es una expresión capitalista a partir del modelo neoliberal de la economía que sigue vigente en nuestro país, que tiene sus mecanismos de rapacidad que consagran la acumulación de la riqueza a costa del saqueo de los intereses de los trabajadores y del país. Las grandes fortunas tienen detrás mecanismos injustos y abusivos. La industria del turismo nacional e internacional ha hecho grandes inversiones en nuestro puerto, cuyas ganancias no se quedan en la economía local, sino que alimentan los grandes capitales de los que proceden. El dinero que fluye del turismo no se derrama en el conjunto de la población, ni siquiera entre los trabajadores y menos en el conjunto de la ciudad. De este saqueo nadie habla porque ya nos acostumbramos a él y hasta lo hemos aceptado como si fuera un beneficio. Este saqueo es depredador tanto de los paisajes naturales como de la fuerza de trabajo local.
El segundo es el saqueo de la corrupción pública que tiene raíces muy hondas en el sistema político mexicano. En los municipios, en los estados y en la federación sigue vigente un sistema corrupto y corruptor que sigue causando graves deterioros sociales y económicos. El gran aliciente en la política es, precisamente, la corrupción que promete jugosos dividendos para quienes deciden entrar al sistema. De ninguna forma puedo decir que todos los políticos son corruptos. Los hay en todos los partidos y sin partidos. Los políticos que se resisten a la corrupción la suelen pasar muy mal, en una situación incómoda. El saqueo de la corrupción ha sido mayúsculo pues gran parte de los presupuestos gubernamentales son objeto de rapiña, y de una grande rapiña que impide el desarrollo, la democracia y la justicia.
Y el tercero es el saqueo de la delincuencia organizada en sus más variadas formas. Por naturaleza propia, este saqueo ha sido sostenido por la corrupción pública, que reparte beneficios a las bandas de delincuentes y a las autoridades que los amparan. La delincuencia ha sido muy creativa para imaginar formas de saqueo a los bolsillos de las familias y de los pueblos. Algunas de ellas son la trata de personas, el tráfico de migrantes, los secuestros, el tráfico de armas, las extorsiones en sus múltiples formas, el cobro de piso a transportistas y comerciantes, y el lavado de dinero, entre otras. Hay regiones en las que tiene el control de la economía local y regional. El miedo, la inseguridad, la corrupción y la impunidad suelen ser los principales ingredientes de esta forma se saqueo criminal, que ha trastornado la economía del país y de regiones enteras de la geografía guerrerense.
Si las trasnacionales roban, si las autoridades roban y si la delincuencia organizada roba, entonces está permitido robar, como consecuencia. Este es el razonamiento antiético que se hace este segmento de la población que, por su parte, ha estado a merced de los impunes saqueadores permanentes. La rapiña ha conformado ya una subcultura permisiva que se manifestó en nuestra ciudad a propósito del huracán Otis, lastimando la imagen pública de nuestra ciudad.
Estamos ante un problema ético que no podemos soslayar y que necesita ser afrontado. Nos hemos acostumbrado a las rapiñas amparadas en los mecanismos depredadores del neoliberalismo y del sistema político y a la rapiña de la delincuencia organizada que llega a tener rostros atroces. La rapiña posterior al huracán tiene este trasfondo de rapacidades que, en parte, la explican. Todas las rapiñas son inmorales y hablan mal de nuestra humanidad nacional y hablan de nuestra descomposición ética como personas y como pueblo. ¿Cuál futuro podremos construir con esta disfunción ética? Como consecuencia, hay que condenar todas las rapiñas y desactivarlas con más democracia y con un mejor nivel en la educación.
Por fortuna, no todo es rapiña en nuestro contexto. Cada día hay más empresas con proyección social que atienden las necesidades de los trabajadores, de la población y del medio ambiente; cada día hay más autoridades que asumen su responsabilidad política con honor para buscar el bien común; y cada día hay más ciudadanos y organizaciones que ejercitan tareas de beneficio comunitario y social. Lo hemos visto a partir de los estragos del huracán Otis, cuando algunas organizaciones de la sociedad civil mostraron su solidaridad hacia las víctimas del desastre. Aun así, no dejan de preocupar todas las rapiñas que dañan la democracia, la justicia y el desarrollo del país.
¿Quién reconstruirá Acapulco?
A propósito de la reconstrucción de esta ciudad castigada por el huracán Otis, hay actores que se han estado pronunciando por un diálogo acerca de ese “nuevo Acapulco” que necesitamos. Se han pronunciado académicos, colegios de profesionales, organizaciones sociales y empresarios, tanto de la ciudad como del país. Se ve necesario escuchar todas las voces que aporten elementos para el diseño de un proyecto de reconstrucción integral.
En primer lugar, hay que plantear qué entendemos cuando hablamos de reconstrucción. Una cosa es hablar de la reconstrucción física de la ciudad con sus mismas vialidades, sus mismas edificaciones renovadas y su misma estructura física. Otra cosa muy diferente es hablar de las necesidades que tiene nuestra ciudad para que la reconstrucción responda a esas necesidades, las que pueden ser ambientales, económicas, sociales y culturales. Otra cosa es hablar de los valores que queremos establecer en su diseño, tales como la armonía, el equilibrio, el humanismo, la justicia, etc., en orden a fortalecerla. Tiene que darse una amplia discusión al respecto, sobre el mismo concepto de reconstrucción.
Por otra parte, en el diálogo debiéramos participar todos. Y cuando digo todos, me refiero a todos: ciudadanos, empresarios, políticos, académicos, profesionales, filósofos y científicos. Todos, significa que participemos los acapulqueños, incluyendo a nacionales y extranjeros que tengan interés en aportar algo para rediseñar esta ciudad.
El huracán Otis fue un aviso de lo que será el clima en los próximos años y nos señaló las vulnerabilidades de esta ciudad, por lo cual su diseño tiene que prever el futuro de la misma. Si físicamente esta ciudad tiene altas vulnerabilidades, socialmente también las tiene. Y no digamos que, también, tenemos vulnerabilidades económicas y culturales. Pensemos en las rapiñas como dato cultural, que expresa el individualismo que prevalece en esta ciudad, cuando las personas no piensan en las demás.
Somos una ciudad que se ha formado y ha crecido vertiginosamente en los últimos cincuenta años sin una identidad colectiva propia, carente de símbolos que la identifiquen como tal. La violencia y la inseguridad de los últimos veinte años nos han fragmentado y no tenemos opciones a corto plazo. Hay que pensar en la reconstrucción como una oportunidad para que, desde ahora, nos escuchemos todos y forjemos una identidad que nos vincule a todos, cada quien según el lugar que tiene o desea tener en la ciudad.
Sería una pena y una oportunidad perdida el que la reconstrucción se redujera a una reparación de los daños sin más. Démonos la oportunidad para pensar lo que queremos que suceda en el futuro de esta ciudad. Esto nos haría mucho bien. Pensémonos como una comunidad y no como un conglomerado. Pensemos también en las futuras generaciones, a las que hay que dejarles una rica herencia plasmada en la configuración de la ciudad.
Para que esto suceda, es necesario que las autoridades no se vayan por la libre: sin escuchar ni consultar a nadie. Eso representaría un daño imperdonable para todos. Las autoridades, las universidades, los empresarios, las organizaciones sociales y los colegios profesionales podrían organizar encuentros de diálogo para compartir ideas, diseños y alternativas de manera que esta ciudad sea fortalecida con la colaboración de todos. Esta tendría que ser una política necesaria para que Acapulco sea de todos.
El huracán como oportunidad para la reconstrucción integral
Nunca imaginamos lo que el huracán Otis haría con los municipios de Acapulco y de Coyuca de Benítez. Fue como una amarga pesadilla que, cuando salió el sol, pudimos ver destrozos por dondequiera. Destrozos físicos en la ciudad de Acapulco y en las poblaciones aledañas, destrozos en la economía sostenida en el turismo, destrozos en la ecología, destrozos en las casas habitación, destrozos en las capacidades emocionales de la población, destrozos en las reacciones de parte de la población que cedió a la tentación de la rapiña, destrozos en las capacidades de los gobiernos que comenzaron a reaccionar tardíamente y otros destrozos más.
Hay diferentes miradas para visualizar lo que el huracán nos dejó. Hay quienes se enfocan en el desastre aterrador, en las desgracias sufridas, en la economía quebrantada, en la impotencia, en el dolor sufrido. Es una mirada sobre nuestra realidad que tiene que ser reconocida, aceptada y asumida. Pero, al mismo tiempo, es una mirada que se enfoca en la parte oscura de las desgracias y que puede arrinconarnos en la resignación y en la impotencia.
Se necesita una mirada diferente ante esta desgracia, que visualice el futuro. Lo que sucedió a partir del huracán nos sirve para hacer análisis sobre sus causas y para sacar aprendizajes de lo que tuvimos que vivir. El pasado para eso nos sirve. Ahora hay que mirar hacia el futuro. Eso significa que, además de mirar la desgracia sufrida, la miramos como una oportunidad. Las crisis podemos verlas así, como oportunidades para hacer los cambios necesarios y para el crecimiento y la maduración. Y en nuestro caso, el huracán provocó una crisis mayor en la población, acompañada de desconcierto y de confusión, de la que aún no acabamos de salir.
Una vez pasadas las fases de emergencia y de rehabilitación, hay que visualizar la fase de la reconstrucción de las ciudades de Acapulco y de Coyuca de Benítez, además de sus áreas rurales afectadas. Por ahora, pensemos en la ciudad de Acapulco como unidad demográfica que tiene sus propias características económicas, sociales y culturales.
¿Qué significa, en este caso, la reconstrucción de Acapulco? Para comenzar, hay que pensar de manera estratégica e integral.
Ya se ha dicho que la economía del puerto necesitará alrededor de cinco años para recuperarse. El caso es que esta recuperación económica es sólo un aspecto de la reconstrucción. No sólo hay que recuperar los niveles de la economía anteriores al huracán, sino hay que reconstruirla. Acapulco es para todos y no para unos cuantos privilegiados que han disfrutado los beneficios del turismo. Por eso mismo, hay que reconstruir la economía para que beneficie a todos, a trabajadores, a empresarios, a los habitantes de las colonias marginadas. Pero también es necesario atender y reconstruir la economía ilegal gestionada por la delincuencia organizada, que atrofia las relaciones económicas en el puerto. Hay que pensar en una economía legal y justa a la vez. Que beneficie a todos. ¿De qué nos serviría solo recuperar la economía anterior al Otis, si seguiríamos con el desastre permanente de la desigualdad y si la delincuencia sigue con sus negocios boyantes?
En segundo lugar, hay que visualizar la reconstrucción de la seguridad humana en esta ciudad, donde vivimos con miedo a la delincuencia organizada en sus múltiples formas. Y cuando hablamos de la seguridad ciudadana, estamos hablando no sólo de que nos cuide la Guardia Nacional, sino que un día ya no sea necesaria porque las condiciones de inseguridad hayan sido superadas. En este tema, la participación de los ciudadanos y de sus organizaciones tiene que integrarse a la participación gubernamental. ¿De qué serviría la reconstrucción física de la ciudad si seguimos a merced del desastre cotidiano de la delincuencia con sus múltiples violencias?
En tercer lugar, es necesario considerar que Acapulco nos necesita a todos los ciudadanos, que podemos participar en su reconstrucción. El tejido social está muy averiado en nuestra ciudad debido a diversos factores. Tenemos que reconocer que el recurso más importante para la reconstrucción de nuestra ciudad es el humano. No es el dinero, ni la economía misma. Así que tenemos que buscar formas para reconstruir a las personas y a las comunidades, de manera que la rapiña y el saqueo no suceda en estas circunstancias. El humanismo se apoya en la dignidad de todos y de cada uno, sin excluir a nadie, por el hecho de ser personas. En la medida en que mejoremos las condiciones para reconstruir personas, comunidades y organizaciones, en esa medida tendremos mejores oportunidades para contar con una economía sólida y con la seguridad ciudadana que necesitamos. Hay que apostar por las personas, las comunidades y las organizaciones.
En cuarto lugar, hay que pensar en la casa común que nos alberga. Necesitamos reconstruir el medio ambiente, que quedó derrumbado por los poderosos vientos del huracán. Necesitamos una política cultural y, a la vez, ambiental, que pueda sostener los ecosistemas en la ciudad. La cultura de cuidado es fundamental para sobrevivir en estas circunstancias. Si se dice que el huracán Otis es parte de la factura que el calentamiento global nos está pasando, por lo que no podemos continuar con los abusos que hacemos con la naturaleza y con nuestra basura que está contaminando todo, los mares y nuestros espacios urbanos y rurales. Por lo pronto, hay que pensar en la reforestación de nuestros campos y de los espacios urbanos que lo requieran, en la que todos participemos apoyados en datos científicos y técnicos. Que tanto de los gobiernos como de la sociedad surjan iniciativas para la cultura del cuidado y para proteger el medio ambiente.
Y, desde luego, hay que repensar lo que tiene que ver con la urbanización y las vialidades, que suelen ser afectadas por situaciones de riesgo ante desastres naturales y sociales. Hay que ordenar los asentamientos humanos con criterios de sostenibilidad y de movilidad, de manera que disminuyan los riesgos para la población. También se necesita afinar la cultura de la protección civil porque muchos tenemos la idea de que no hubo la prevención necesaria para que la población tomara las medidas adecuadas ante el huracán.
Hay que pensar esta reconstrucción con el plazo que sea necesario. Con la participación de todos los actores de esta ciudad. Cada quien haciendo la parte que le toca, pero con una mirada estratégica con el fin de que estemos preparados para las amenazas que el calentamiento global provoque. Otis es un aviso de lo que puede venir en adelante, por lo que necesitamos que nuestra ciudad esté muy fortalecida para resistir este tipo de amenazas. Por esa razón, la reconstrucción tiene que ser integral y estratégica, pues de ella depende la fortaleza de nuestra ciudad.
El gobierno abandonó a la gente en la primera semana tras Otis, señala párroco

Daniel Velázquez
El párroco de La Sabana, Jesús Mendoza Zaragoza, consideró que el huracán Otis mostró que no hay autoridades, pues “en la primera semana después del huracán vimos la ausencia del gobierno, de todos los gobiernos, la gente se sintió abandonada”.
Consultado en la parroquia de San Isidro Labrador, el padre Jesús Mendoza indicó que “la gente está desalentada por lo que padeció, por lo que perdió, y lo que nosotros hacemos es tratar de fortalecer la esperanza de la gente para que no se deprima, no se amargue y pueda estar en mejores condiciones”.
A los ciudadanos les dio un mensaje: “en esta circunstancia tan dolorosa necesitamos sostener la esperanza, nos vamos a levantar, tenemos los recursos humanos, espirituales para hacerlo. Si cada quien piensa en los demás y ayuda al que tuvo más pérdidas, de esa manera vamos a salir adelante”,
Confió en que las autoridades de los tres niveles de gobierno también hagan lo que les corresponde. A los ciudadanos y autoridades los llamó a no estar pasivos en espera de que otros resuelvan los problemas, “necesitamos todos hacer lo que cada quien debe hacer desde su metro cuadrado y de esa manera esperamos que con el paso del tiempo las cosas recuperen su rumbo y así podamos levantar nuestra ciudad, reconstruyendo a las personas, las familias, las comunidades y reconstruyendo a la sociedad en su conjunto. Nos va a hacer mucho bien si todos ponemos nuestras manos a trabajar”.
Los vecinos de La Sabana, advirtió, carecen de servicios básicos como agua y el internet que sirve para la comunicación.
Narró que allí el huracán Otis pegó doble, por el viento y por desbordamiento del río, lo que afectó a todos los vecinos que viven en la parte baja, y recordó que el agua del río llegó a 20 metros de la iglesia de San Isidro Labrador.
El reporte que tenía hasta ayer es que a siete capillas que dependen de la parroquia los fuertes vientos del huracán las dejaron sin techo. Indicó que la recomendación que dio es que primero se enfoquen en sus viviendas, “ya después veremos las capillas, ahorita la primera necesidad es la familia”.
Las acciones inmediatas
El párroco informó que esta semana está en preparación la instalación de un comedor comunitario en la parroquia para dar alimento a las familias que perdieron trabajo y no alcanzaron despensas porque la ayuda que llega es insuficiente.
Adelantó que esta semana llega una planta tratadora para potabilizar el agua y llenar garrafones a los vecinos, pues sabe que es una carencia y el precio aumentó por la contingencia.
Y adelantó que el comedor comunitario tendrá insumos para operar mediante las donaciones que reciba la arquidiocesis de Acapulco de otras entidades, y se prevé que a partir del viernes o sábado empiece a funcionar. Al principio será solo una comida al día y después verán si es posible entregar dos, mientras dura la contingencia.
Empezarán a trabajar con seis equipos de cocina, uno para cada día y el número de raciones que entregarán dependerá de los insumos que puedan conseguir.
Informó que la diócesis de Acapulco ha empezado el reparto de despensas en las colonias de la parte alta del municipio pues saben que ahí es difícil que llegue la ayuda humanitaria porque son colonias de difícil acceso y en ocasiones la ayuda se concentra en las partes bajas de la ciudad.
Estimó que la planta potabilizadora llegará hoy o mañana y el viernes, personas de la Ciudad de México vendrán a instalarla y que empiece a funcionar de inmediato. Ese equipo es una donación de la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos, mediante el aporte de algunas familias.
La planta tomará el agua que envía la CAPAMA para purificarla y sea apta para consumo humano. Los vecinos llevarán sus garrafones para que sean llenados.
El aporte comunitario a la seguridad ciudadana
Tiene la razón el presidente de la República cuando, a propósito del asesinato de Bruno Plácido Valerio, fundador de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), dijo que las autodefensas han sido infiltradas por el crimen organizado. Y no sólo la UPOEG, pues esta circunstancia la padecen todas las autodefensas del país, como consecuencia de sus propias dinámicas sociales. Con excepción de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC-PC), que ha podido, con muchas dificultades, superar la posibilidad de dicha infiltración, las autodefensas han quedado arrinconadas al servicio de quienes las financian, sean políticos, caciques o grupos criminales.
Lo que el presidente no dijo es que el primer responsable del surgimiento de las autodefensas en México, ha sido el Estado mexicano, desde Calderón hasta ahora. La ausencia, la omisión y la incompetencia de las instituciones del Estado en materia de justicia y de seguridad han dejado a la gente en un estado de indefensión y de abandono ante las artimañas de la delincuencia organizada, que destruye el tejido social y comunitario en los pueblos y en las ciudades. Si el Estado defendiera a los pueblos, no tendrían que armarse para defenderse.
¿Cuál ha sido el lado débil de las autodefensas, que ha permitido las infiltraciones de la delincuencia organizada y algunas de ellas terminan estando bajo su control? A mi juicio, es la siguiente: la carencia de una base comunitaria acompañada de una reglamentación comunitaria. Cuando hablo de una base comunitaria, me refiero a la presencia de mecanismos democráticos al interior de las comunidades, que mediante asambleas presididas por las autoridades comunitarias garantizan las decisiones en favor de la comunidad y rechazan las decisiones arbitrarias. Este ha sido el camino que ha adoptado la CRAC-PC, con algunas dificultades. Pero este no ha sido el camino de las autodefensas.
Estas surgen, de ordinario, en tiempos de emergencia, cuando los pueblos o comunidades viven amenazadas por grupos delincuenciales y no tienen a las instituciones del Estado de su parte para ser defendidas y protegidas. Las autodefensas emergen de la desesperación de los pueblos que se sienten abandonados a su suerte y deciden tomar las armas para darse seguridad y protección. Se organizan, se arman y se lanzan a la autodefensa. Pero carecen de una comunidad que los respalde mediante asambleas, carecen del aval de las autoridades comunitarias y carecen de reglas aprobadas por las comunidades.
Paulatinamente avanzan en sus procesos de organización con estas carencias, de forma que, sin regulaciones comunitarias, los más abusivos se quedan con el poder y toman decisiones arbitrarias. Cada autodefensa va desarrollando sus propias alianzas, que pueden ser con gobiernos, caciques o con grupos delincuenciales. Esto va generando un clima de inseguridad que en algunos casos convierte a las autodefensas en organizaciones criminales. El grave problema está en la carencia de reglas democráticas para que puedan mantener una organización favorable a la gente.
Es sabido que las autodefensas tienen una base social, como la suelen tener los grupos criminales, que responde a sus intereses y no a los intereses de los pueblos. Es una base social forzada y bajo presión, que suele responder a sus demandas ilegales e ilegítimas. En nuestros contextos, esa base social suele estar constituida por transportistas y comerciantes, que suelen estar bajo su control. Las autodefensas se suelen gobernar a sí mismas al no contar con regulaciones ni comunitarias ni gubernamentales. No se someten a autoridad alguna, ni comunitaria ni de ningún orden de gobierno. Y eso es lo que las hace estar en la ilegalidad y en la arbitrariedad. El mismo tiempo, hay que decirlo, esta es su vulnerabilidad.
También es oportuno señalar que la estrategia federal de seguridad carece también de base comunitaria. En cierto modo, este es su lado débil al lado de la fragilidad de los gobiernos municipales. La seguridad no aterriza en las localidades porque carece de base comunitaria, por lo cual no incorpora la contribución de las comunidades del campo y de las ciudades. Y creo que, si la estrategia federal no fortalece lo municipal y no integra la participación de las comunidades, seguirá dando palos al aire.
La pregunta es: ¿Por qué la estrategia federal no reconoce el potencial de lo comunitario? A veces la percepción es que desprecia esta parte y no la considera importante ni necesaria. El esquema de seguridad pública que el Estado promueve está muy distante de la seguridad ciudadana que necesitamos para construir la paz. Y sigo pensando que la paz no vendrá de los militares y de las policías, debido a que no cuentan con las capacidades necesarias. No podemos pedirles lo que no pueden dar. Necesitamos, ciertamente a militares y policías, pero como una parte complementaria para la paz que, si bien, se construye con decisiones políticas de alto nivel, requiere la participación ciudadana para que sea efectiva al ras del suelo.
Así las cosas, la estrategia de las autodefensas y la estrategia federal de seguridad tienen de parecido en que ambas no consideran el aporte de los ciudadanos en sus tejidos comunitarios porque, sencillamente, se han desconectado de ellos. La construcción de la paz tiene que ser incluyente, esto es, desde arriba y desde abajo. Si el tejido social y el tejido comunitario no se cuidan y atienden, la paz que deseamos seguirá estando muy lejana, porque la paz sostenible requiere la contribución de la base social y comunitaria.
Y la mejor opción para las comunidades no es la que tiene que utilizar las armas, sino aquélla que promueve la participación mediante la toma de conciencia, la educación, la organización y la movilización de los ciudadanos.
Atender factores de riesgo en adolescentes y jóvenes
Una de las siete acciones nacionales previstas como parte de la agenda nacional para la paz en México a partir del Diálogo Nacional por la Paz, desarrollado en días pasados en la ciudad de Puebla por organismos de la Iglesia católica, es la atención a los factores de riesgo de adolescentes y jóvenes en sus contextos familiares y comunitarios.
Es sabido que adolescentes y jóvenes son altamente vulnerables ante los embates directos de la delincuencia organizada, que mira en ellos un botín para desarrollar sus proyectos ilícitos e ilegales. Por una parte, la mayoría de la población atrapada por los grupos criminales son adolescentes y jóvenes y, por otra parte, la mayoría de las víctimas de asesinatos y desapariciones son adolescentes y jóvenes. Ellos están expuestos al reclutamiento forzado masivo y a las adicciones a las drogas ilícitas, en una especie de esclavitud criminal.
¿De dónde procede la vulnerabilidad de adolescentes y jóvenes? Fundamentalmente, de dos espacios altamente descuidados por todos: la familia y la comunidad.
¿Qué está sucediendo en tantas familias que generan vulnerabilidad en adolescentes y jóvenes? Las familias son instancias de educación y de socialización para el desarrollo integral de cada uno de sus miembros. Son espacios en los que se aprende a forjar vínculos, a resolver conflictos, a desarrollar la identidad, a manejar las emociones, a vencer los retos, a acoger la diversidad y a descubrir que somos parte de una comunidad más amplia y del papel que jugamos en ella. En las familias se crean modelos de vida a partir de valores y de principios que impactan la vida social, las relaciones económicas y políticas; en ellas se establece el balance entre la persona y la comunidad, entre la vulnerabilidad para ser ayudados y la solidaridad para ayudar.
Necesitamos una nueva generación que reemplace a los adultos de hoy. Una generación con conciencia, sabiduría e inteligencia para vivir en comunidad integrada en la sociedad, una generación en la que la fraternidad y la paz sea una experiencia fundante que fortalezca las capacidades de construir, de crear, de servir y de vivir en la solidaridad. Esta generación no vendrá por generación espontánea. Necesitamos atender a las familias como lugares privilegiados que den fortaleza a los adolescentes y jóvenes de hoy, de manera que no se dejen atrapar en las redes de la delincuencia ni en las adicciones.
A su vez, hay que cuidar el tejido familiar tan averiado por factores externos. Uno de ellos y, quizá, el más importante, es el económico. La pobreza extrema y la desigualdad es uno de los flagelos que más inciden en las familias. El padre y la madre tienen que trabajar y descuidan a sus hijos, quienes tienen que buscar espacios de socialización alternos, que pueden ser de riesgo cuando el entorno está minado por la delincuencia común u organizada.
Por otra parte, urge la reconstrucción del tejido social como espacio de confianza y de solidaridad entre personas, familias y comunidades. La construcción o reconstrucción de lazos de confianza y solidaridad en las comunidades se caracteriza por habilitar espacios de encuentro y de convivencia en todos los entornos. En este sentido, la paz requiere la formación de una ciudadanía basada en la empatía, la justicia y el reconocimiento de la dignidad de las demás personas.
Estos lazos serán sostenibles y duraderos en el tiempo cuando se acompañen de estructuras de reciprocidad y se asuman como una responsabilidad de todos y de todas; es necesario recuperar la conversación ciudadana, el sentido de vecindad y la convivencia sana, y eso implica impulsar visiones empáticas y solidarias en todos los niveles y sectores sociales. Recuperar la confianza y solidaridad hará sostenible la paz.
Fortalecer la familia y la comunidad es requisito necesario para contar con una sociedad que tenga poder para transformar los contextos de inseguridad y violencia y hacer procesos sociales con impactos políticos para la construcción de la paz. Que las familias y las comunidades den condiciones de fortaleza a adolescentes y jóvenes en orden a que se conviertan en constructores de paz aportando sus energías, su creatividad y sus fortalezas.
Por su parte, los gobiernos tendrían que respaldar estas acciones con políticas públicas que fortalezcan a las familias y que ayuden a reconstruir el tejido social. Mientras que las escuelas, las universidades, las iglesias y las empresas pueden contribuir con la parte que les toca en el fortalecimiento de adolescentes y jóvenes, tanto en su identidad, como en sus relaciones para que puedan contribuir a la justicia y a la paz desde diferentes perspectivas.
Dos tareas se imponen para superar los riesgos de adolescentes y jóvenes en sus entornos familiares y comunitarios. El primero está en que las familias se conviertan en protagonistas para la construcción de la paz al ejercitar las tareas de la educación y de socialización, tan indispensables para una sociedad responsable. Y el segundo está en la reconstrucción del tejido social tan deteriorado por razones económicas, políticas y mafiosas, de manera que la comunidad se convierta en un referente de socialización, de movilización y de organización.
Humanizar y construir la paz
El Diálogo Nacional por la Paz realizado en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de Puebla, se desarrolló después de una serie de conversatorios y foros regionales con la finalidad de proponer una agenda y una red, ambas nacionales, para la construcción de la paz. Durante tres días hubo tiempos para el análisis y los diagnósticos, para mostrar una serie de buenas prácticas en los temas de seguridad ciudadana, justicia y reconstrucción del tejido social, para escuchar a las víctimas de las diferentes violencias, como la desaparición de personas y el desplazamiento forzado, y para trazar perspectivas orientadas a la elaboración de una agenda nacional.
Lo que quiero compartir ahora son algunos puntos de una conferencia teológica realizada por Gloria Liliana Franco Echeverri, religiosa de origen colombiano que hizo un esfuerzo para trazar el perfil humanizante de la construcción de la paz. ¿Qué es lo que nos hace competentes a las personas para una construcción de paz humanizante y para que tenga eficacia? Este perfil humanizante de la construcción de la paz no ha trascendido aún como para que haya resultados decisivos tanto para quienes trabajan por la paz como para los contextos en los que se desarrollan acciones y procesos de paz y de reconciliación.
El asunto está en comprender cuáles son las actitudes, capacidades y habilidades humanas y espirituales de quienes quieren construir paz entre nosotros. Hablemos de algunas más básicas que pueden hacernos más competentes.
La actitud de la fraternidad es fundamental. Ser radicalmente hermanos cuando importan todos los seres humanos, a quienes se abre el corazón sin distinguir su situación moral o legal o social o política, sin enjuiciarlos, sin crear dependencias ni sumisiones. De manera particular, importan quienes viven más cercanos, en el metro cuadrado del propio entorno, sobre todo, los más sufrientes. No importan sus méritos ni sus culpas. Lo que importa es que somos radicalmente hermanos y abrimos los brazos hacia ellos para tejer relaciones de fraternidad. Nos fijamos más en sus necesidades que en sus merecimientos. Hay quienes necesitan consuelo, respeto, sanar sus dolencias, sentirse escuchados y aceptados como son. Esta actitud fraterna es básica para no generar otras violencias y para generar procesos de paz.
De la actitud de la fraternidad surgen habilidades básicas para la vida y para las relaciones humanas y sociales. Para construir la paz se requieren habilidades para el encuentro, la escucha y el diálogo, habilidades no muy comunes en las relaciones humanas, sociales y políticas. La primera de estas habilidades es la del encuentro que nos hace posible dar la cara y mirar atentamente al prójimo, sobre todo, a quienes sufren. Ya sea en encuentros ocasionales, circunstanciales o también encuentros buscados y organizados. Tener buenas miradas y buenas actitudes hacia todos. Miran el lado bueno de cada persona, de cada comunidad o de la misma sociedad. Dejar atrás los prejuicios para no rehuir a nadie. Y remover los muros que hemos puesto para no encontrarnos, sobre todo a quienes nos incomodan o remueven nuestros pensamientos y sentimientos.
La segunda habilidad que se construye sobre la actitud de la fraternidad es la escucha. Esta es una necesidad fundamental que todos tenemos. Hay una imperiosa necesidad de catarsis en todas partes. Negarse a escuchar llega a ser un muro que se coloca para establecer un área de confort y hasta un mecanismo de defensa para proteger nuestras inseguridades, nuestros egos y nuestros intereses. No solemos sentirnos escuchados por nuestros gobiernos que establecen medidas para eso, para no escuchar. Eso mismo hacemos unos con otros en la vida cotidiana porque el narcisismo que sufrimos no nos lo permite. Quien no escucha, suele agandallar y cerrar los procesos en sus intereses o en la satisfacción de algunas necesidades.
Y la otra habilidad es la del diálogo, tan urgente en contextos de polarización política. Quien dialoga, lo hace porque sabe que no tiene la verdad y se abre a la verdad de los demás. Cada quien tiene su propia verdad que, compartida, puede ofrecer una visión más amplia de la verdad misma y puede propiciar decisiones por consenso. El diálogo nos capacita para involucrarnos en acciones y procesos para el bien común y para construir la paz.
Una capacidad fundamental está en vencer la indiferencia como estilo individualista y egoísta de vida. Aún no sospechamos el daño individual y social de la indiferencia que discapacita a personas, comunidades y sociedades enteras para abrir caminos de justicia y de paz. Es espantoso cuando la indiferencia se convierte en la respuesta espontánea, generalizada e institucionalizada ante el dolor humano y social. La indiferencia rompe toda posibilidad de justicia, de fraternidad y de paz social. Es como un mecanismo de defensa para que no nos afecte el dolor ajeno. Es poner muros para no sentirnos afectados por las mil formas de violencia que se dan en nuestros contextos. En México, en nuestros contextos guerrerenses es uno de los factores mayores que no nos permite hacer procesos de paz. El altar del individualismo se llena de adoradores que son simplemente egoístas y buscan justificar su inmoralidad y su perversidad. No alcanzamos a ver el lado perverso de la indiferencia que prevalece entre nosotros. Se mira como algo tan natural cuando se aleja la mirada del dolor de los colectivos de desaparecidos.
En contraposición a la indiferencia, se despierta la compasión como una actitud de vida, que nos hace capaces de acompañar a quienes sufren el dolor de ser víctimas en cualquiera de sus formas, a comunidades victimizadas, alguna de las dolencias sociales más sentidas. Nuestra sociedad necesita compasión para avanzar en un camino de sanación social. La compasión es un gran motor que genera entusiasmo, persistencia, resistencia y fortaleza ante las adversidades.
Una actitud más, necesaria para la construcción de paz es la actitud del cuidado. Necesitamos reconocer una grave carencia: no nos cuidamos. Los gobiernos no han cuidado a los ciudadanos, las empresas no han cuidado a sus trabajadores, las iglesias no han cuidado los valores espirituales de sus miembros, las escuelas no han cuidado el desarrollo integral de alumnos y estudiantes y las familias no han cuidado a sus niños. Quien nació y creció sin los cuidados necesarios, ha ido desarrollando un sentimiento de abandono y de orfandad que le lleva a no valorarse a sí mismo y a descuidar su vida. Si no sabe cuidarse a sí mismo, está discapacitado para cuidar a los demás. Nadie cuida a nadie. Ganar, comprar, competir, vender, trabajar, consumir, y otros han sido los verbos preferidos. El verbo cuidar no está en nuestro vocabulario cotidiano. La violencia ha arrasado todo e instrumentalizado todo.
Hay que entender que los graves entornos de violencia que tenemos en el país y en nuestras localidades, nos han deshumanizado al grado que inconscientemente empeoramos las cosas. Los descuidos, la indiferencia, el individualismo, el agandalle y otras actitudes más nos discapacitan para abonar a la paz. En la medida en que trabajamos por la paz podemos desarrollar un proceso de humanización personal, comunitaria y social. Es necesaria una forma de ser diferente que nos haga capaces de construir la paz en nuestro metro cuadrado.
En posteriores entregas ofreceré algunos temas que se tocaron en este Diálogo Nacional por la Paz, como una contribución que nos ayude en Guerrero.
